Un novio fingido - Robin Nicholas - E-Book
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Un novio fingido E-Book

Robin Nicholas

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Beschreibung

¿Qué pasaba con las mujeres en aquella ciudad?, se preguntaba Nathan mientras la preciosa Marcy Sheldon le cortaba el pelo. Últimamente, no dejaban de perseguirlo para casarse con él. Nathan Dalton era un hombre muy atractivo, pero Marcy podía pasarse sin los hombres. A quien verdaderamente necesitaba era a su hija, y por eso quería un prometido rico. Solo alguien así podría evitar que su adinerado ex-marido obtuviera la custodia de Mindy...

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Seitenzahl: 212

Veröffentlichungsjahr: 2020

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Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.

www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 2000 Robin Kapala

© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Un novio fingido, n.º 1126- diciembre 2020

Título original: Engaged to the Doctor

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.: 978-84-1348-873-8

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

 

 

 

 

 

POR nada del mundo se echaría a llorar.

Cuando cerró la puerta de la peluquería, después de que saliera la última clienta del día, Marcy frunció el ceño, tratando de contener las lágrimas. Marcy Sheldon nunca lloraba y no pensaba hacerlo tampoco en aquella solitaria noche de sábado.

Agarró una escoba y comenzó a barrer vigorosamente, limpiando el suelo de los cabellos cortados. De reojo, a través del escaparate, vio cómo se alejaba la señora Cromwell. Incluso ella, la oronda señora Cromwell, la florista, tenía una cita para ir al cine de la localidad.

Marcy se contempló en el espejo. Pasó sus dedos por sus desarreglados cabellos y se fijó en la fotografía y en el dibujo a lápiz que estaban pegados sobre el marco del espejo. La fotografía de una niña. No, en realidad no era un hombre lo que necesitaba. Desde que se divorciara de Kevin no había vuelto a desear a ningún hombre. Era a su hija a la que echaba de menos, a Mindy, que se encontraba pasando unos días con Kevin, sobre todo después de que éste la hubiera amenazado con arrebatársela.

Apoyada en la escoba, sumida en sus tristes pensamientos, oyó el chirrido de la puerta. Parpadeó varias veces para aclarar la vista. Lo último que deseaba era recibir a otro cliente. Se inclinó para reunir los cabellos cortados en el recogedor y tratando de recobrar el ánimo. Al incorporarse para vaciar el recogedor en la papelera vio, a través del espejo, la absorta mirada de Nathan Dalton, fija en la parte trasera de su minifalda vaquera.

¡Hombres! Incluso aunque cabía situar a aquel veterinario moreno y de ojos azules entre los miembros privilegiados de la especie, tampoco él era ajeno a las peores actitudes de sus congéneres.

Dejó la escoba y el recogedor apoyados en la pared y dio media vuelta.

—Lo siento —dijo, secamente—, pero hemos cerrado.

Nathan se limitó a meter las manos en los bolsillos de sus desgastados vaqueros, como si no hubiera comprendido las palabras de Marcy. Llevaba una camisa caqui muy arrugada y que parecía tener adheridos algunos pelos de perro. Evidentemente, llegaba directamente desde su clínica. Aunque eso, se dijo Marcy, era muy raro, pues eran ya las siete y media y a pesar de que Nathan era conocido por su gran capacidad de trabajo, era también uno de los solteros más apetecibles de la ciudad y, sin duda, habría quedado aquel sábado por la noche. En fin, quizás a última hora hubiera decidido cortarse el pelo. Típico en un hombre.

Pero lo cierto era que necesitaba un buen corte de pelo. El flequillo caía desarreglado sobre su frente y una corta pero desigual melena casi le llegaba por los hombros. Marcy inclinó a un lado la cabeza, distraída momentáneamente de sus preocupaciones. El brillo del sol realzaba la belleza de aquel cabello oscuro, pero ella podría hacer por él mucho más. Con un buen corte de pelo, ella conseguiría realzar sus redondeados pómulos, dorados por el sol, y sus preciosos ojos. Sentía debilidad por los ojos azules…

—¿Dónde está Grace? —preguntó el veterinario. Marcy se fijó en el brillo de sus ojos y se sonrojó. Sin duda, Nathan había advertido cuáles eran sus pensamientos.

—Estará de vacaciones durante todo el mes de junio.

Nathan frunció el ceño, contrariado.

—Creía que se marchaba mañana. Esta mañana ha pasado por la clínica a dejar el gato de Gracie y no me ha dicho nada.

—Si quieres te puedo dar hora para la semana que viene o puedes esperar a que vuelva Grace. —no pensaba cambiar de idea solo para complacerle, por muy atractivo que le resultara aquel «cuidagatos».

Sin embargo, lo cierto era que no le importaría cortarle el pelo alguna vez. Ya se había fijado en él más de una vez, durante sus extrañas visitas a la peluquería. Extrañas porque más parecía que lo normal en un hombre tan masculino como él habría sido ir a la peluquería de caballeros de la localidad. Pero el caso era que solía cortarse el pelo allí, en la Peluquería Grace Marie. Extraño, sí. Quizás disfrutara más de la compañía femenina de la peluquería.

Grace había tratado de despertar su interés por él en el pasado, hacía ya dos años, fecha en la cual coincidieron los dos en su llegada a la ciudad. Él había inaugurado la clínica veterinaria una semana antes de que ella se estableciera, y con su atractivo y sus maneras amables al cabo de un mes ya se había ganado el favor de todas las mujeres en cincuenta kilómetros a la redonda. Con su costumbre de adoptar gatos y perros vagabundos, algunas veces le recordaba a un adolescente con buenas intenciones y una gran colección de mascotas. Y lo último que ella necesitaba era relacionarse con otra especie de Peter Pan.

—Ya tenía hora —insistió Nathan.

Marcy frunció el ceño.

—Está bien, voy a consultarlo.

Sus cómodas botas de cuero resonaron sobre las baldosas al dirigirse al mostrador donde tenían la caja y el cuaderno donde anotaban las citas. Comenzó a hojear el libro y se sintió incómoda al comprobar que Nathan se acercaba a ella. Emanaba un olor extraño, el de cierto medicamento, probablemente, que sin embargo no ocultaba un agradable aroma masculino. Suspiró profundamente al ver que Nathan la interrumpía, señalando su nombre con el dedo.

—Ahí está. ¿Ves? Tenía hora a las siete y cuarto.

Marcy trató de no prestarle atención. Pero resultaba ciertamente difícil. Se asomaba al papel por encima de su hombro, con la cara a la altura de la suya. Su musculoso brazo extendido descendía al lado del suyo hasta su mano grande y bronceada, que contrastaba con la suya, pequeña y pálida. Se sentía igual que una mariposa atrapada en una red. Contrajo los dedos y se fijó en la página del cuaderno.

Maldita sea. Era verdad, y había sido ella quien se había olvidado de cambiarle la hora, pues era ella la encargada de hacerlo. ¿No se trataría de un desliz freudiano y se había olvidado inconscientemente para tener así la posibilidad de tocar aquel delicioso cabello negro?

No, en absoluto. Se acordó de que el mismo día en que Grace le dijo que se iba de vacaciones y tuvo que reorganizar todas las citas, fue el día en que llamó Kevin para decirle que se llevaba a Mindy por unos días y que estaba dispuesto a luchar por su custodia. Lo extraño era que no hubiera cometido más errores.

Marcy se mordió el labio. Nathan era un cliente habitual, de modo que estaba obligada a subsanar su error. Además, si había alguien a quien no podía defraudar, ese alguien era Grace.

Después de ganar la custodia de Mindy, se había esforzado por dar a su hija una vida digna. Antes del divorcio vivieron en una casa de Chicago, muy distinta, desde luego, al modestísimo hogar en que ella se había criado. Poco después, sin embargo, Kevin había solicitado la custodia de la niña, sin duda ante la presión de sus padres, que adoraban a Mindy, y ella se había visto obligada a trasladarse a Ashville, sobre todo por miedo a que la niña acabara por observar la áspera relación que había acabado por desarrollarse entre Kevin y ella. Grace, entonces, le había dado trabajo y un hogar en el que vivir hasta que encontraron su propia casa. Gracias a Grace, había podido conservar a Mindy a su lado. Al menos hasta aquel momento.

Cuando Grace se enteró de las últimas amenazas de Kevin, estuvo a punto de cancelar sus vacaciones con su nueva familia, formada por su marido Johnny y la sobrina de éste, la pequeña Gracie, por si ella la necesitaba.

Volvió a sentir ganas de llorar. Echaba tanto de menos a su hija. Si le quitaban la custodia, ¿cómo iba a poder soportarlo? ¿Cómo iba a poder soportarlo Mindy? La niña la quería tanto, tanto.

Tragó saliva y parpadeó, pero una lágrima resbaló por su mejilla.

—Eh, no llores —dijo Nathan, con sincera preocupación.

Su primer impulso fue el de salir de allí cuanto antes. No conocía nada más peligroso que las lágrimas de una mujer. Ni siquiera el toro del viejo Hofstetter, que le había perseguido a campo abierto aquella misma mañana.

Pero nadie llora porque se haya olvidado de cambiar la hora de la peluquería. Ni siquiera las mujeres, ¿no?

Demonios, justo cuando empezaba a disfrutar de su proximidad, justo cuando comenzaba a aspirar con gozo el fresco aroma de su pelo y de su piel, a admirar las formas de su cuerpo, precioso con aquella falda vaquera y la camisa de seda, y aquellas botas de cuero que le parecían un detalle estrafalario. Y ahora se sentía contrariado, y algo culpable, a pesar de que no tenía ni idea de qué estaba pasando. Lo único que quería era que dejase de llorar y sus ganas de marcharse aumentaron. Pero no era ningún canalla, de modo que la tocó ligeramente en el hombro, para que ella se diera la vuelta y preguntarle así qué estaba pasando.

Tuvo apenas tiempo de ver sus bonitos ojos marrones antes de que ella hundiera el rostro en su pecho, apoyando sobre él todo el peso de su cuerpo.

Se quedó helado y levantó las manos como si le estuvieran amenazando con una pistola. El calor de su cuerpo, era en realidad letal como una bala, pues su corazón se detuvo. Marcy se estremeció y él notó sus curvas, con lo que el contacto con su cuerpo se hizo más importante si cabe. Disgustado consigo mismo por notar con tanta intensidad la fuerza de su atracción, trató de apartarse, pero solo para comprobar que ella se aferraba a su camisa cerrando los puños. Como si su vida dependiera de él. De él.

Cerró los ojos y entonó una oración silenciosa. No quería que de él dependiera la vida de nadie.

Fue a ponerle las manos en los hombros para apartarla, pero al hacerlo le rozó los cabellos, suaves como la piel de un niño. También su piel era suave, suavísima en comparación con las callosas palmas de sus manos. Qué poco le costó acariciarle los brazos y la espalda, consolándola. Deseaba que dejara de llorar, pero ya no sentía deseos de marcharse de allí. Lo único que quería era echarla sobre aquella misma mesa y…

Enfadado consigo mismo, Nathan abrió los ojos. El olor de aquella mujer era el mismísimo olor del pecado, pero al ver, en un cajón entreabierto, un montón de lápices de colores y una pequeña muñeca, recordó que la atractiva mujer que estaba entre sus brazos era madre de una pequeña de cinco años.

¿Cómo podía haber olvidado que tenía una hija? Se había fijado en Marcy desde el mismo momento en que pisó la ciudad, había llegado incluso a cortarse el pelo con asiduidad en cuanto supo que trabajaba en la peluquería de Grace. Luego, un día, al fijarse en ella, vestida como siempre con una de aquellas seductoras minifaldas y con el tipo de botas estrafalarias que solía ponerse, la vio entrar en una guardería y salir al cabo de un momento con una niña idéntica a ella, y sus fantasías se habían disipado para siempre.

Le gustaban los niños y además se le daban bien, pero no hacía tanto que se había graduado y aún tenía una deuda que cobrarse. Los años de estudio habían sido muy duros y con treinta años todavía creía tener derecho a los privilegios de los solteros. Quería divertirse un poco más antes de asumir más responsabilidades.

Entonces, ¿por qué estaba allí, incapaz de apartarse de Marcy, sin dejar de acariciarla? Lo único en que podía pensar era en cómo sería el tacto de su piel, bajo aquella camisa de seda.

Antes de reunir la suficiente voluntad para apartarse de ella, comprobó que Marcy se quedaba inmóvil en sus brazos. Nathan dejó de acariciarla y dio un paso atrás, levantándole la barbilla para que lo mirase a los ojos. Marcy lo miraba con suspicacia, como si supiera lo que había estado pensando.

Nathan se apartó torpemente. Di algo, di algo.

—¿Estás bien?

—Claro —dijo ella con desdén, limpiándose las lágrimas con el dorso de las manos—. No lloro nunca.

Un caso definitivo de mentira palpable, concluyó Nathan.

—Bueno, casi nunca —corrigió Marcy, y luego añadió en tono de disculpa—: Te he arrugado la camisa.

Eso estaba mejor. Nathan se dio cuenta de que Marcy se avergonzaba en cierto modo de haberse reclinado sobre él. Ojalá él pensase lo mismo, se dijo, pero la verdad era que estaba deseando volver a abrazarla. En aquel momento se daba cuenta de lo difícil que le había resultado mantenerse apartado de ella en los dos últimos años. Y ahora que la había tenido entre sus brazos, sería mucho más difícil todavía.

Marcy se mesó los cabellos y Nathan pensó en lo suaves que eran. Como toda ella, probablemente. Debía estar pasando por un momento horrible para echarse a llorar en brazos de alguien a quien apenas conocía.

Nathan se dio cuenta de que aquella mujer le atraía más de lo que pensaba. Era el momento de retirarse.

—¿Por qué no te sientas ahí? —dijo Marcy señalando el lavabo—. Puedo lavarte la cabeza y hacerte ese corte de pelo.

—No tienes por qué. Solo quería asegurarme de que no me había equivocado, pero ya llamaré a Grace cuando vuelva.

—No, no, ha sido un error mío. Soy yo la encargada de la agenda de clientes. Y la verdad es que te hace falta un corte de pelo. Siéntate, por favor —dijo Marcy, y se dirigió al baño. Las suelas de sus botas resonaron en el suelo una vez más.

Demonios, se dijo Nathan, mesándose los cabellos. Necesitaba un corte de pelo, cierto, pero no estaba tan seguro de querer que ella se lo hiciera. Marcy llevaba el pelo más corto aún que él. Y, desde luego, no quería tenerla rondando a su alrededor, tocándolo, acariciando su pelo, rozándole con el cuerpo…

—¿Listo?

Marcy reapareció con aspecto renovado.

—Venga, vamos, siéntate.

Sacó un delantal de plástico de un cajón y lo desplegó, esperando que Nathan se acercara a ponérselo. Nathan, en efecto, se acercó, pero de mala gana.

Era un hombre que carecía de vanidad y la mayoría de los días ni siquiera se peinaba. Sin embargo, no le apetecía salir de allí con aspecto de rocker, haciendo resonar sobre el suelo unas flamantes botas de cuero.

Normalmente, se limitaba a sentarse en la silla y disfrutar del momento, charlando amablemente con Grace, ligando un poco con ella, aunque menos desde que se había casado, gozando de la presencia de otras mujeres y contemplando a Marcy desde la seguridad de su silla. Ahora, sin embargo, estaba solo con ella, rodeado únicamente del aroma de su perfume, con los ojos cerrados y los pechos…

Tendría que haberse marchado… pero era demasiado tarde. Marcy pisó un pedal para dejar caer el respaldo del sillón, y poder lavarle la cabeza. Sí, era demasiado tarde.

Le mojó la cabeza, le echó el champú y le frotó la cabeza hasta que pensó que se iba a quedar sin pelo. Grace lo hacía con más suavidad, pero Grace nunca se había echado a llorar sobre sus hombros ni tenía aquella mirada de preocupación.

Sin embargo, era mejor no saber qué la preocupaba. Un solo parpadeo de aquellos ojos y quién sabía dónde podían acabar.

Marcy le indicó que se sentara en una silla. Al poco, comenzó a aplicarle el fluido rosa de unos botes de plástico. Grace nunca utilizaba aquellos mejunjes, pero Marcy, claro, tenía su propio estilo. Hizo una mueca cuando comenzó a cepillar su pelo húmedo. Grace nunca le cepillaba el pelo como si estuviera rastrillando un jardín.

Y tampoco se mordía el labio como Marcy, ni profería suspiros de frustración. Normalmente, Grace le refería en tono jocoso las últimas noticias de Gracie y de los gatitos. Al contrario que Marcy, que hacía su tarea en silencio, como ausente, hasta el punto de que parecía estar más en otra cosa que en el corte de pelo. Comenzaba a temer el fin de la sesión. Podía acabar hecho un punky, o algo peor.

Al ver la fotografía de su hija pegada en una esquina del espejo, junto a un dibujo a colores de… de… de algo, decidió iniciar una conversación.

—Qué niña más guapa.

Y lo era, un pequeño querubín de pelo rubio y ojos marrones.

—Sí que lo es.

Nathan frunció el ceño. El intento parecía fallido, pues Marcy había vuelto a sumirse en el silencio, sin abandonar su tarea. Los mechones de su pelo iban cubriendo el suelo.

—¿Cuántos años tiene?

—Cinco.

—¿Cómo se llama?

Con toda probabilidad lo había oído ya, pero no lo recordaba.

Marcy resopló y Nathan se fijó en el reflejo de su imagen en el espejo. Había bajado los ojos y volvía a morderse el labio. El ritmo de las tijeras fue descendiendo poco a poco hasta finalmente detenerse. En sus ojos observó un brillo familiar. Nathan ya no tuvo duda, Marcy había llorado por su hija.

Pero incluso a pesar de que le preocupaba la posibilidad de que a la pequeña le ocurriera algo, sintió una gran aprensión al pensar en que Marcy podía echarse a llorar de nuevo. Por nada del mundo podría soportar tenerla entre sus brazos otra vez para luego dejarla marchar.

Estaba seguro de que iba a llorar, pero la vio parpadear:

—Se llama Mindy.

Y justo cuando pensaba que su pelo estaba a salvo, siguió cortando.

—Supongo que te debo una explicación —dijo Marcy, abstraída—. Mindy está pasando el fin de semana en la ciudad con su padre. Es arquitecto y trabaja en el estudio de su familia, en Chicago.

Nathan no entendió el problema. A no ser, claro, que el tipo fuera un estúpido. Pero en ese caso la pequeña, Mindy, no estaría con él. ¿O sí?

—Kevin es como un niño. Está a punto de cumplir treinta y cinco años, pero sigue viviendo como si tuviera veinte. Viaja por todo el país con una pandilla de amigos, recorriendo los campos de golf y las estaciones de esquí. Y aun así cree que está capacitado para criar a Mindy. Si Grace no me hubiera ofrecido este trabajo, ya habría perdido a mi hija hace mucho tiempo. Ahora Kevin ha vuelto a la carga. Dice que mi trabajo no es lo bastante bueno, que él puede darle a Mindy una vida mejor.

Aún tenía los ojos húmedos, pero con un brillo de tenacidad. A pesar de su empeño en no verse implicado, Nathan no podía dejar de sentir más y más rabia al ir conociendo los detalles de la situación. Se dijo que toda historia tiene varios puntos de vista, pero había visto a Marcy con su hija y una cosa era evidente: la quería mucho. Su vida parecía girar alrededor de la pequeña, a pesar de que era la clase de mujer por la que cualquier hombre se moría por pasar la noche de un sábado.

En la ciudad, todos sentían curiosidad por su pasado y él no era una excepción. Demonios, cualquier hombre sentiría curiosidad por una mujer como ella. Su atractivo y su actitud independiente incitaban a ello.

Sin embargo, especulaciones aparte, Marcy no podía competir económicamente con un arquitecto. La niña, con toda probabilidad, la quería más a ella que a su padre, pero esto no sería ningún obstáculo para él.

—Me da la impresión de que el padre no ha pensado en los deseos de la niña.

Se preguntó por qué un hombre como el que le había descrito Marcy podría querer la custodia de su hija. Tal vez lo que realmente quería era recuperarla a ella. Ningún hombre en su sano juicio dejaría escapar a una mujer como ella.

Marcy interrumpió su tarea otra vez.

—No, Kevin nunca ha antepuesto las necesidades de Mindy a las suyas —dijo—. Pero perdona, solo quería disculparme por lo que ha pasado antes. Muchas gracias por escucharme.

Se sonrojó, como si pensara que había sido demasiado sincera. Y, sin embargo, Nathan tenía la impresión de que no se avergonzaba con facilidad. Al cabo de un rato, mientras proseguía el corte de pelo, pensó sin embargo que aquel rubor se debía a algo más, algo que revelaba el brillo de sus ojos. Un brillo que tenía más que ver con las chispas de energía que siempre saltan entre un hombre y una mujer que se gustan. Aquel brillo le dijo que ella también se sentía atraída por él.

Mientras pensaba en aquella suerte de intuición que comenzaba a desarrollar, algo atrajo su atención. Dirigió la mirada a su lado derecho y a través del espejo vio algo que le hizo fruncir los labios.

Demonios, al otro lado del escaparate, saludándolo sin la menor discreción, estaba la pesada de Priscilla Templeton, la enfermera de la clínica dental que había tratado de mejorar el estado de sus dientes higienizándolos con su propia lengua.

Por lo visto, su intuición no bastaba para comprender ciertas cosas. ¿Qué demonios les ocurría a las mujeres en aquella ciudad? Había salido con muchas, a todas les había dicho que sus intenciones distaban mucho de ser serias, que solo quería divertirse, pero ellas seguían empeñadas en oír campanas de boda y no pasaba una semana sin que una mujer le siguiera los pasos. Al ver que Priscilla, ni corta ni perezosa, irrumpía en la peluquería, se dio cuenta de que necesitaba un descanso. Y lo necesitaba ya.

—Si de verdad quieres darme las gracias, sígueme el juego —le susurró a Marcy.

—¿Cómo? —dijo Marcy, poniendo los brazos en jarras.

Priscilla llevaba un vestido blanco, con la intención, sin duda, de lanzar algún tipo de mensaje subliminal, se dijo Nathan, que al mirar sus ojos verdes, el color del dinero, solo pudo pensar en que el banco de su papá tenía la hipoteca de su clínica.

—Hola —dijo Priscilla, saludando a Marcy sin apartar sus obnubilados ojos de Nathan—. Hola, cariño. He visto tu furgoneta. ¿Te vienes a cenar a mi casa? Y no te molestes en decirme que tienes que hacer la colada porque desde ahora mismo te digo que puedes traértela, yo la haré por ti.

En su papel de observador, Marcy elevó los ojos al cielo. La actitud de Priscilla bastaba para darle una patada en el trasero a los cien años de progreso del movimiento feminista. Nathan no parecía el tipo de hombre al que se le cae la baba por las mujeres monas y sin un átomo de cerebro, pero, por lo visto, ellas sí se pirriaban por él.

—Tengo planes —dijo Nathan, dirigiéndole a Marcy una mirada cómplice. Por lo visto, ella debía desempeñar el papel de la falsa cita. No podía fallarle. Por lo amable que había sido con ella y por la aguda mirada de pánico que tenía en aquellos momentos.

Se fijó en aquellos momentos en el vestido blanco de Priscilla y esbozó una media sonrisa. Parecía una novia. En fin, el caso era que se sentía en deuda con Nathan por haberla escuchado y tenía que ayudarlo. Sin embargo, antes de decidirse a intervenir en el juego, Nathan tomó la decisión por ella.

—He invitado a Marcy a cenar, ella me ayudará a hacer la colada.

Se quedó estupefacta al comprobar que la tomaba por la cintura y la presionaba contra la silla, contra él mismo. Solo el estupor evitó que lo mandase al infierno.

—Mira qué simpática —intervino Priscilla, clavándole una mirada asesina—. No sabía que te gustaran las mujeres como Marcy, no creo que sea tu tipo.

Marcy se quedó helada. En aquel momento se dio cuenta de que se había convertido en motivo de estudio de la rumorología de la ciudad, tan abundante en Ashville. Bueno, al fin y al cabo, se dijo, mientras su hija no se viera implicada, poco le importaba. En aquella pequeña ciudad, una madre divorciada habría sido mencionada ya en muchas charlas.

—Oh, ya sabes —replicó Nathan—, siempre he sentido debilidad por el pelo corto y los ojos marrones.

Cuando ella se relajó, él aprovechó para deslizar hacia arriba, sobre su caja torácica, el dedo pulgar. Marcy se separó, irritada por la oleada de calor que aquel gesto le provocó.

No quería saber nada con aquel hombre, decidió. Sabía bien adónde podían conducir las chispas que saltaban ya entre los dos. Por su relación con Kevin sabía muy bien lo fácil que era confundir aquellas chispas con algo más sólido y profundo.

Se recordó cuán amable había sido Nathan hacía unos minutos y esbozó una sonrisa.

—De hecho, yo diría que se trata de un caso de atracción entre opuestos.

Nathan sonrió. Priscilla resopló su desdén.

—En fin, es la noche del sábado. Más vale que me vaya.

—Adiós —concluyó Nathan, sin ocultar su alivio.