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Él era la estrella caída. Ella, la luz que lo haría renacer. Lily es una joven prodigio del patinaje artístico y sueña con ganar la medalla de oro en el Mundial. Lo que no esperaba era compartir la pista de hielo con el rebelde Orion Williams, su ídolo y una leyenda del patinaje apodado «el campeón maldito». Obligados a entrenar juntos durante el invierno, la convivencia se convierte en un torbellino de miradas que arden, caídas que los acercan y verdades que ninguno de los dos se atreve a pronunciar en voz alta. Y mientras el hielo de la pista parece transformarse en fuego, Lily y Orion descubren que lo más difícil no es luchar por el podio… sino resistirse ante lo que sienten el uno por el otro. Porque en este baile entre la rivalidad y el deseo, la gloria puede ser efímera, pero el amor es la luz que nunca se apaga. La adictiva novela que ha causado sensación en Francia Más de un millón de ejemplares vendidos
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Seitenzahl: 510
Veröffentlichungsjahr: 2026
A mi abuela, Danielle. Gracias por las tardes de Betty Boop, las sopas de fideos y los viajes a la chinette.
Este libro es una novela de ficción. Por razones estrictamente narrativas, me he permitido ciertas licencias en lo que respecta al mundo del patinaje artístico: especialmente en cuanto a sus normas y lugares de competición.
Dicho esto, ¡os deseo una feliz lectura sobre hielo junto a Lily y Orion!
«You’re On Your Own, Kid», Taylor Swift
«Trust Fall», Bebe Rexha
«Stay», Rihanna feat. Mikky Ekko
«Dopamine», Jackson Wang
«Comfort Crowd», Conan Gray
«UNDERSTAND», Keshi
«Next Life», ROSIE
«Beautiful», Anne-Marie
«Stuck In My Head», BLÜ EYES
«cinderella’s dead», EMELINE
«Dusk Till Dawn», ZAYN feat. Sia
«King of My Heart», Taylor Swift
«Finally // beautiful stranger», Halsey
«Crowded Room», Selena Gomez feat. 6LACK
«Easily», Bruno Major
«Like Crazy», Jimin
«Love Her», Jonas Brothers
«I GUESS I’M IN LOVE», Clinton Kane
«Little Bit More», Suriel Hess
«It’s Only Love, Nobody Dies», Sofia Carson
«Keep Your Head Up Princess», Anson Seabra
«Moonlight», Chase Atlantic
«Honeymoon Fades», Sabrina Carpenter
El lago de los cisnes, op. 20, acto II, escena 1, Orquesta nacional de Bolshói
Lily
Tres años antes
La primera vez que vi patinar a Orion Williams en la televisión yo tenía trece años. Todavía recuerdo el instante exacto en el que se me cortó la respiración. El latido irregular del corazón, boom, BOOM, boom, que se desbocaba con cada uno de sus movimientos. Recuerdo llevarme la mano al pecho como para detenerlo, sin éxito. Estaba hipnotizada.
Me avergüenza haber creído que era un ángel, al que la luz de los cielos bañaba la cabeza. Tenía el cuerpo esbelto, ágil, y la expresión melancólica; sus gestos eran tan fluidos como la corriente de un arroyo. Se convirtió en un modelo, una motivación, una meta a la que aspirar.
Trabajé con ahínco para tener la oportunidad de conocerlo, aunque no como para llegar a su altura. Me costó seis años, pero lo he conseguido. Ahí está, en carne y hueso, en el centro de la pista de hielo, con un pantalón y una blusa de encaje negros, como un príncipe de la Muerte. Las plumas oscuras que le rozan las mangas le dan un aire celestial, casi irreal, y las cuentas doradas en el pecho atraen la mirada… y la luz.
El vestido ligero de Harper, su compañera, le ondea en los muslos. Parece una diosa enamorada del Diablo.
Estoy al borde de la pista, sin pensar en los estiramientos, cuando el sonido de un violonchelo eléctrico resuena y me sobresalta. Tengo la mirada fija en Orion como si fuera el único sobre el hielo. Él reacciona de inmediato y se lanza en cuerpo y alma a la música.
Hoy es un guerrero que se desliza a toda velocidad. Reconozco de inmediato la melodía que me eriza la piel. Hans Zimmer. «Wonder Woman Theme».
Toda la grada está tan hechizada como yo con la batalla que Orion libra contra sí mismo. Da pasos apresurados, hace gestos rabiosos, como si el diablo le poseyera el alma durante la actuación. Utiliza el cuerpo como una espada, con el ceño fruncido en una mezcla de concentración y determinación. La sonrisa fina y cruel que se le dibuja en los labios deja entrever una arrogancia apenas disimulada. Lo sabe. Tiene muy claro que es el mejor.
El corazón me late con fuerza cuando intenta un cuádruple axel y aterriza mal. Se cae, algo nada sorprendente dada la dificultad del salto, pero se recupera de inmediato con una serie de pasos rápidos. «Es como si la muerte lo persiguiera».
Me quedo boquiabierta, envidiosa y admirada a la vez cuando ejecuta la segunda mitad del programa como si fuera una escena de combate. Orion se enfrenta a un adversario bello pero peligroso, que se llama Harper, encadenando figura tras figura con potencia y magnetismo. El público no tarda en aplaudir el espectáculo deslumbrante.
Sé que mi compañero y yo no lograremos igualar su actuación, al menos no hoy. Es mi segundo Campeonato del Mundo en categoría sénior y el primero frente a Orion. Tengo suerte de competir contra él.
—¡Por fin podrás pedirle un autógrafo! —dijo mi madre entusiasmada al enterarse de que me habían seleccionado.
Todo el mundo sabe lo mucho que admiro a Orion… y no solo porque tengo un póster suyo colgado en la puerta de mi habitación.
—Autógrafo que besará en secreto cada noche en vez de la almohada —se burló mi hermano, lo que le valió una peineta.
Que quede claro: no beso la almohada.
De hecho, no beso a nadie, es una decisión.
Al terminar la actuación, veo a Orion saludar al público con gracia y humildad, con el pecho elevándose al ritmo de la respiración entrecortada. Observo fascinada a sus admiradores lanzar ramos de flores al hielo y peluches con la imagen de su perra, una dálmata llamada Princesa. Varias patinadoras se encargan de recogerlos mientras el joven campeón abandona la pista junto a su compañera.
—Lily, prepárate —me ordena mi entrenadora—. Os toca. ¿Dónde está Walter?
Quiero asentir mientras me bajo la cremallera de la cazadora para dejar al descubierto el maillot de patinaje de terciopelo, pero de pronto noto que se acerca hacia mí. Abro mucho los ojos, intento parecer tranquila y desenfadada, pero es más fuerte que yo: siento pánico. A sus veintitrés años, Orion es como una leyenda para mí. Un mito tan conceptual como la guerra de Troya o la desaparición de la Atlántida. Y, sin embargo, se materializa ante mis ojos.
El cabello corto y rizado se le arremolina en la parte superior de la cabeza, unas gotas de sudor le brillan en las sienes sobre la piel mestiza. Es alto, el tejido negro del traje se le ajusta al pecho musculado y estilizado, su aura me anula cualquier pensamiento coherente.
Orion pasa por el hueco de entrada y se detiene justo a mi lado mientras recupera el aliento. Su compañera lo abraza contenta, con el moño rubio perfectamente recogido, y va a reunirse con su entrenador.
Orion se queda solo saludando a la multitud con la mano. Es el momento. No sé qué hacer. ¿Lo saludo, me presento o mejor lo felicito? No tengo tiempo de decidirme. Justo cuando alguien le da una botella de agua y la enhorabuena por la actuación me clava la mirada, de un negro profundo. Me quedo inmóvil, los nervios me paralizan. ¡Tengo que decir algo, lo que sea, o pareceré idiota! Pero los labios se me sellan con firmeza. Solo consigo tragar saliva mientras clavo los patines en el suelo.
«Elizabeth Linh Pham, ¡espabila! Estás haciendo el ridículo delante de OrionWilliams».
El chico frunce el ceño al ver que lo observo con tanta insistencia, probablemente incómodo por esa atención no deseada. Sé perfectamente qué aspecto tengo, pero no consigo apartar la vista. Espero no estar sonrojándome como una fan enamorada, eso no va conmigo.
—¿Eres la siguiente?
«Me habla. OrionWilliams se dirige a mí».
Abro la boca, pero no sale ningún sonido, así que asiento como una idiota. Seguro que está acostumbrado a provocar reacciones como esta. No soy la primera fan con la que se cruza. Creo que se marchará sin decir nada, no se lo reprocharía. Pero en vez de eso, ocurre la magia, como en un sueño —un sueño del que no quisiera despertar nunca—, una sonrisa divertida le ilumina el rostro de repente y me apoya una mano enguantada en el hombro.
—Buena suerte, entonces. Estaré mirándote.
«“¿Buena suerte?”. ¡No necesito suerte!».
No llega a ver mi reacción, porque su entrenador lo agarra del brazo para ir a esperar la puntuación.
La parte del cuerpo donde me ha tocado me arde bajo el terciopelo del traje, prueba de que no he imaginado el gesto. Me invade un extraño orgullo al pensar que me conoce y me anima a mí. Y al mismo tiempo, eso quiere decir que no me considera rival, de lo contrario, desearía que me fuera mal. Su comentario me escuece, pero me recompongo. Tiene razón, al fin y al cabo, no estoy a su altura. Todavía. Pero algún día lo alcanzaré.
«Algún día, seré su rival».
«Algún día, batiré su récord».
Todavía estoy alterada con una euforia mal contenida cuando Walter, mi compañero, aparece por fin.
—Perdón, estaba en el baño —se disculpa mientras me agarra la mano.
Me lleva hacia el hielo con una sonrisa hipócrita en el rostro. Sé que no tenemos ninguna posibilidad contra Orion y Harper, pero me prometo darlo todo. Quiero que conozca mi nombre. Quiero que me aplauda sin saber que lleva años inspirándome ni que sueño con sucederlo.
—¿Lista? —susurra Walter cuando nos colocamos en el centro de la pista.
Tomo una gran bocanada de aire y borro de la mente el mundo que me rodea, los espectadores están impacientes y los periodistas, con la cámara al hombro.
—Siempre.
«Una respiración. Dos respiraciones. Tres res…».
Me muevo un nanosegundo antes de que suene la música. Me habita una nueva determinación cuando la melodía mágica de «Chandelier»* me marca los pasos. El viento me roza las mejillas y la peluca bicolor y me ondea la falda a medida que avanzo. Ya no presto atención a nada salvo a la armonía entre mi compañero y yo. Patinamos, bailamos y volamos como marionetas animadas, sedientas de libertad.
El público aplaude las figuras perfectamente ejecutadas, pero no me basta. A pesar de nuestra creatividad y técnica impecable, no es suficiente. Nos falta riesgo, desafío. Emoción. Es lo que llevo meses reclamando, pero Walter se niega, prefiere dormirse en los laureles. Quiero mostrarle al mundo de lo que soy capaz.
Una confianza desbordante me brota en el centro del pecho. Ya no pienso con sensatez. ¿Y si me tomara una pequeña libertad?, si cometiera una locura que nos costaría el podio, o una pierna?, porque estoy convencida de que, de todas formas, no tenemos ninguna opción.
Una sonrisa de emoción se me dibuja en los labios, lo que llama la atención de Walter. Capta mi postura desde la distancia, lo veo palidecer. Adivina lo que voy a hacer demasiado tarde.
No me doy tiempo de arrepentirme ni de tener miedo. Calmo mi respiración y me impulso con los pies para dar un salto enérgico. Ejecuto un mortal hacia atrás a pesar de que esa figura está expresamente prohibida, principalmente por el peligro que entraña. Solo Surya Bonaly la hizo una vez en competición, por eso lleva su nombre.
El tiempo parece detenerse durante una corta eternidad.
Voy a caer de cabeza. Voy a romperme la espalda.
El reloj vuelve a andar y, de pronto, aterrizo… ¡sobre un solo pie!
Los ojos desorbitados de Walter me dan a entender que lo he conseguido. ¡Lo he hecho!
Me tiemblan muchísimo las piernas y temo que se me doblen, pero continúo patinando y sujeto la mano de mi pareja. La multitud grita, pero no le presto atención. El corazón me retumba en los oídos demasiado fuerte y ahoga cualquier otro sonido. El orgullo debe reflejárseme en el rostro mientras seguimos con nuestro programa.
Cuando la música termina, Walter sacude la cabeza en mi dirección. Parece conmovido, admirado, pero también enfadado. He sido egoísta, ni por un segundo he pensado en él cuando asumí el castigo por mi acto de rebeldía.
—¿Qué te ha pasado?
—Lo siento —digo mientras sonrío, con lágrimas en los ojos.
Ambos sabemos que no es cierto.
—Siempre haces lo mismo… —murmura con los dientes apretados—. Solo piensas en ti.
No se equivoca, por eso me callo en vez de decirle que él y yo somos distintos. Walter se hizo patinador porque le gustaba, yo, porque sin patinaje no puedo respirar. Él se conforma con ejecutar programas pulidos y sencillos, sin exigirse nunca más, mientras que yo quiero mejorar cada vez un poco más. Quiero sudar, sentir el dolor punzante de las agujetas en los músculos, derramar lágrimas de esfuerzo.
«Mi único adversario es mi propio potencial. Mi único enemigo, mi perfeccionismo».
Busco a Orion con la mirada al salir del hielo, consciente de la atención general que recae sobre mí y de los comentarios de los jueces, que están atónitos. Por desgracia, no lo veo por ningún lado, pero espero que él me haya visto.
Mi entrenadora me fulmina con la mirada en silencio, pero se reserva la reprimenda para cuando estemos a solas. Ni siquiera tengo la decencia de parecer arrepentida.
Mi incumplimiento de las normas nos cuesta una fuerte penalización. Orion y Harper ganan la medalla de oro, lo que no sorprende a nadie, Walter y yo quedamos en último puesto. Aun así, no me arrepiento de nada. Porque, después de hoy, sé que la gente recordará mi nombre.
* «Chandelier», del disco 1000 Forms of Fear, de Sia.
Lily
Diciembre de 2023, Montreal
—¡Otra vez! —exclama Isabella, con los brazos cruzados—. Ponte más firme, estás demasiado floja.
Me incorporo con dificultad disimulando una mueca de dolor. El sudor me pega el pelo a la frente y todo el cuerpo se me resiente por otro intento fallido, pero obedezco de todas formas.
Tengo las mallas deportivas cubiertas de escarcha por las incesantes tentativas, no me extraña, he pasado la tarde repitiendo el triple axel. Me he caído siete veces bajo la mirada recriminatoria de mi entrenadora y la compasiva de mis compañeras. La de Piper, en particular, que también está entrenando.
Mi amiga me dedica una sonrisa alentadora mientras me deslizo con determinación, dispuesta a ejecutar un salto perfecto. Hasta ahora, solo me salen dos de cada tres. Doblo las rodillas y lanzo la pierna libre hacia delante. Mi cuerpo se eleva y realizo una, dos, y luego tres vueltas y media. Pero al aterrizar, mis músculos exhaustos ceden bajo el impacto. Me estrello con violencia contra el suelo.
—¡Joder!
Casi lo tenía.
Estoy tan enfadada por no conseguirlo que suelto la palabrota en voz alta. Piper patina hasta mí, me tiende la mano y me ayuda a levantarme. Acepto a regañadientes.
—Gracias —susurro, pero apenas me oye.
Isabella me observa desde las gradas, con expresión severa. Sé lo que piensa, que aún no estoy preparada para ganar el mundial. Es cierto, pero he decidido que dentro de cuatro meses lo estaré.
—Tendrás que trabajar el aterrizaje —suelta mi entrenadora cuando llego a su lado, después de esquivar a las alumnas que siguen practicando sus figuras sin fijarse en mí—. No te concentras lo bastante.
—He dormido mal esta noche…
—¿Comes bien últimamente? Parece que has engordado. Mañana por la mañana te pesamos.
Asiento en silencio, aunque me gustaría recordarle que llevo aquí desde las ocho de la mañana y apenas he parado un rato para comer a mediodía. Igual que los últimos seis días de la semana. No sé cómo podría haber ganado peso.
—Ve a descansar —me ordena—. Así, no me sirves de nada.
En ese mismo instante, Piper ejecuta un doble salchow y aterriza a la perfección sobre un pie. Isabella la felicita, lo que me sorprende. No suele soltar halagos; lo sé bien, llevo tres años aguantándola.
Después del mundial —en el que quedé en última posición con Walter—, cambié de club para estar más cerca de OrionWilliams. Mi hermano dice que soy una acosadora, pero no lo entiende. Si su entrenador logró convertirlo en la mayor promesa de su generación, entonces ese es el entrenador que necesito. Evidentemente, Orion desapareció justo cuando llegué… Al final, me aceptó Isabella y no tuve voz ni voto sobre mi nuevo compañero: Oliver.
—¿Qué haces aquí todavía? —me pregunta mi entrenadora al verme al borde de la pista—. ¡Fuera!
No hace falta que me lo repita. Normalmente, soy de las que se quedan hasta que se cierre la pista. Nunca me quejo. Sigo ejecutando los ejercicios sin descanso, a pesar de los moratones y el sudor. Pero hoy, me caigo de cansancio.
Cojeando me dirijo al vestuario con el glúteo derecho especialmente dolorido por tantas caídas. Me desvisto y hago una mueca al ver el hematoma que ya empieza a brotar en la cadera.
—¡Guau! Estás completamente magullada.
Me giro hacia Piper, que me ha seguido, y acepto la bolsa de hielo que me tiende. La presiono contra la zona herida y el dolor se atenúa de inmediato.
—¿Por qué soy la única que entrena tan duro? —suspiro mientras me siento, solo con la ropa interior deportiva—. ¿Dónde está Oliver?
Ni siquiera sé por qué lo pregunto. Mi compañero probablemente estará tomando algo con sus amigos o echándose una siesta en el sofá. ¿Presión? La desconoce. El trabajo duro, también. Esa es, sin duda, nuestra mayor diferencia y la razón por la que —aunque nunca se lo he dicho a nadie— sé que jamás me llevará adonde quiero llegar.
Dos júniors entran de pronto en el vestuario, una de ellas me llama:
—Lily, tu hermano está aquí.
Gruño entre dientes. Odio los días en que mi hermano mayor viene a buscarme. No solo porque me obliga a escuchar el estúpido rap en el coche —y cómo desafina—, sino sobre todo porque las chicas se vuelven locas cada vez que aparece.
—¿Está Jane? —pregunta Piper peinándose a toda prisa. La observo con una expresión congelada de horror. Estoy acostumbrada a que mis amigas se encaprichen del idiota de mi hermano desde primaria. Nunca lo he comprendido. Siempre tengo que recordarles que ese jugador de hockey de sonrisa encantadora es el mismo que se cambia los calcetines de higos a brevas y que come pizza de hace tres días. «¡Un poco de criterio, por favor!».
—No… Piper, te lo ruego, tú no.
—¿Qué?
—Cualquiera menos Jane.
Ella se sonroja antes de lanzarme una mirada asesina.
—Te guste o no, tu hermano está buenísimo. A diferencia de ti, que te ciegan los lazos de sangre, a mí la vista me funciona perfectamente.
Hago como si fuera a vomitar, lo que le provoca una carcajada. Es a ella y a todas las demás a las que ciega el uniforme de hockey de mi hermano. Y a él le chifla. No me sorprendería que Jane juegue al hockey solo por eso.
—En serio… Hay miles de millones de hombres en la Tierra, todos igual de decepcionantes, ¿y te fijas en mi hermano?
—Si todos son igual de decepcionantes, mejor elegir a uno que esté como un tren, ¿no? —responde sonriendo—. Seguro que es buenísimo comiendo el co…
Contengo una segunda arcada y ella se echa a reír sin terminar la frase. Me niego a escuchar una palabra más.
—Te voy a pasar la factura de mis próximas sesiones con la psicóloga —le anuncio mientras guardo los patines en la bolsa.
—Encantada. Toma, para lo del culo —dice, y me da un tubo de crema.
Se lo agradezco y termino de vestirme. Jane es un imbécil con un pasatiempo favorito que consiste en hacerme la vida imposible. En los contactos de su móvil aparezco como «Kreacher», por el elfo doméstico de Harry Potter. Aun así, viene a recogerme en coche siempre que puede y me ahorra volver a casa a pie bajo la nieve.
No todo son defectos…
—Tías, ¿habéis oído? —susurra una chica que entra al vestuario con el rostro preocupado.
Su grupo de amigas le pregunta qué pasa. Las demás la miran con curiosidad, igual que Piper y yo. Sin embargo, decido no cotillear y me concentro en atarme los cordones de las zapatillas. Odio los chismorreos, y no solo porque esas mismas chicas hablan mal de mí a mis espaldas cuando les conviene. Aquí cada una va a lo suyo. ¿Sororidad? Eso no existe.
Estoy a punto de irme, ya con el abrigo puesto, cuando noto que todas las miradas se vuelven hacia mí. Me quedo paralizada, no entiendo nada. Algunas patinadoras parecen horrorizadas, se tapan la boca con la mano, mientras otras me dedican muecas compasivas.
—¿Se puede saber qué pasa? —pregunto en voz alta, con los dedos apretados en la correa de mi bolsa.
Ninguna se atreve a darme la noticia. Al final, Piper repite la pregunta. Una de las chicas se aclara la garganta, incómoda, y suelta la terrible noticia:
—Han ingresado a Oliver en el hospital. Se lo he oído a Isabella, que hablaba por teléfono hace solo cinco minutos…
El golpe me alcanza de lleno. Me tambaleo, pero Piper me sujeta del codo. No me lo esperaba en absoluto. ¿Oliver está lesionado?
Por mucho que haya rezado durante meses para que me cambiaran de pareja, jamás quise que le pasara nada malo, ¡lo juro!
Salgo del vestuario apresuradamente, presa del pánico. El corazón me late a toda velocidad cuando por fin encuentro a mi entrenadora, cerca de las gradas. Está hablando con un hombre moreno e imponente, al que no presto ninguna atención.
—¡Isabella! —la llamo, intentando que no se me note el miedo—. ¿Qué ha pasado? ¿Cómo está Oliver?
Ella levanta la cabeza al verme llegar y me apoya una mano en el hombro para tranquilizarme.
—Síndrome compartimental… Es la pierna.
Me quedo petrificada, con una expresión atónita. El síndrome compartimental es una lesión habitual entre algunos deportistas, provocada por una presión excesiva en torno a ciertos músculos que interrumpe el flujo sanguíneo. En los casos graves, cuando los tejidos del miembro mueren, puede acarrear la pérdida de ese miembro. Estas lesiones suponen una tragedia para todo el mundo, pero es la peor pesadilla de un atleta.
—¿Van a operarlo?
Isabella asiente y un escalofrío de horror me recorre la espalda. Me lo imagino en el hospital, solo, aterrado ante la posibilidad de perder la pierna. «Su herramienta de trabajo». No lo suelto en voz alta, ya sé qué diría la gente. El propio Oliver repite que no tengo corazón, que solo pienso en mí misma. Me acaban de decir que quizá le amputen una pierna y solo me preocupa el fin de su carrera, porque, para mí, eso es lo más importante.
Sin el patinaje, no soy nada.
—Espero que no tenga miedo…
—Estas cosas pasan. Saldrá adelante.
Asiento con la cabeza, perdida en mis pensamientos. Si operan a Oliver ahora y todo sale según lo previsto, retrasará mucho su preparación. Tenemos el Campeonato de Canadá en un mes exactamente, y el mundial en menos de cuatro. Es una desventaja, sí, pero podemos afrontarlo. Yo mejoraré lo suficiente para compensar el resto, aunque tenga que repetir ese triple axel día y noche.
—¿Crees que podrá patinar en enero? Supongo que necesitará descansar después de la operación, pero…
Las palabras se me mueren en la boca. Isabella me mira como si fuera idiota. Su interlocutor, hasta ese momento silencioso, suspira con compasión. Al girarme hacia él, me doy cuenta de quién es. ¡Dios! Abro los ojos como platos sin saber qué decir.
Es él, Scott Martínez, alto y con una calvicie incipiente. Su complexión maciza podría intimidar, pero con esa expresión bonachona parece un oso de peluche enorme. Sé perfectamente quién es, por supuesto. Entre otras cosas, es parte de la razón por la que vine a este club.
—Lily…, creo que no lo has entendido.
Levanto una ceja hacia Isabella y me invade un mal presentimiento. Me responde Scott:
—Oliver no podrá participar en el Campeonato de Canadá dentro de un mes, ni en ningún otro a lo largo de 2024.
Algo se rompe en mi interior. Porque sé perfectamente lo que eso significa. Si Oliver no puede patinar, yo también salgo perjudicada. Así funcionan las cosas en pareja.
«Nada de competiciones este año».
No estoy triste ni decepcionada, estoy frustrada y enfadada, aunque sé que no debería. No soy yo quien está en el quirófano temiendo perder una pierna. Pero ¿qué pasa con mis sueños?
—Entonces…, ¿he entrenado como una loca durante un año para nada? —susurro con la voz quebrada y los hombros temblorosos—. He sudado, sangrado, llorado y ¿todo para retirarme sin más? Isa, no puedo…
Me resulta físicamente imposible. Se me saltan las lágrimas, pero me esfuerzo por no dejarlas caer. No quiero llorar por tan poco, y menos delante de mi entrenadora. Lo detesta. Siempre me ha repetido que es una debilidad, que hay pocas cosas que merezcan el llanto.
—No sé qué decirte, Lily. ¿Qué quieres que haga?
—Búscame otro compañero —le ruego apretándole las manos.
Es terrible, lo sé, pero la situación me parece una señal, la ocasión de cambiar las cosas.
—No es tan sencillo. Aunque encontrásemos a alguien pronto, lanzar a una pareja completamente nueva al hielo sería un suicidio. Te tocará esperar un año, no pasa nada.
«¿No pasa nada?». ¡Claro que pasa! No lo entiende, nadie lo entiende. Me hice una promesa: batir el récord de OrionWilliams. Quería a toda costa ser parte de la historia del patinaje y ganar el mundial con veintidós años. Él tenía veintitrés cuando me sonrió y me deseó suerte.
Es como si Isabella me clavara un puñal envenenado en los sueños de infancia. El veneno se esparce e infecta todas mis esperanzas. Me doy cuenta demasiado tarde de que estoy llorando. Scott me tiende un pañuelo, que acepto avergonzada.
—¿Quieres el oro, jovencita?
Levanto la cabeza tan rápido que me tuerzo el cuello, atónita. Tiene los ojos entrecerrados, fijos en mí. Siento que me escruta y trata de averiguar cuánto valgo. Asiento con el corazón desbocado. Un brillo extraño le reluce en las pupilas oscuras.
—Eso es muy bueno, yo también lo quiero. Ya te he visto sobre el hielo… No tienes piedad.
—Y es una cabezota que no hace caso de lo que se le dice —murmura Isabella.
Scott sonríe al oírlo, como si fuera más un cumplido que un reproche.
—Como los grandes, ¿no? Si estás dispuesta a todo por ganar, entonces puedo ayudarte.
—¿A dónde quieres llegar, Scott? —le pregunta mi entrenadora.
Isabella y yo lo miramos con una mezcla de curiosidad y recelo.
—Conozco a alguien que podría sacarte de esta situación —anuncia, y el alivio que me inunda casi me deja sin aire—. Seguro que me mandará a la mierda, pero si insisto un poco…, hay posibilidades de que acepte. Nadie rechaza una medalla de oro, ¿verdad?
Me cuesta no lanzarme a abrazarlo. Hasta lo besaría de lo feliz y agradecida que estoy por su ayuda. Si Scott me encuentra un compañero, quien sea, podré entregarme al máximo.
Isabella me observa, dubitativa, y se cruza de brazos.
—Te escucho. ¿A quién tienes en mente, si se puede saber?
Scott sonríe antes de girar los ojos hacia mí.
—OrionWilliams. Supongo que sabes quién es.
«¿Cómo?».
Tengo la sensación de que el corazón me explota como un globo pinchado con una aguja. Pierdo la sonrisa, petrificada. He oído mal, ¿verdad? Seguro que mi imaginación me está pasando una mala jugada. ¿Estoy soñando? No sería la primera vez que vivo una situación inverosímil como esta por las noches, lo reconozco.
Me pellizco el brazo, en silencio. No, es completamente real.
—¿Orion? —repite Isabella sin comprender—. Pensaba que se había retirado.
—¿Quién ha dicho eso? Desde luego, yo no.
Los escucho sin conseguir abrir la boca, conmocionada.
—Todo el mundo, Scott. A tu protegido no se le ve desde hace tres años. No te hagas el tonto, conoces de sobra los rumores sobre su retirada.
Isabella tiene razón, esto es absurdo. Al margen de que Orion y yo no estamos al mismo nivel, todo el mundo sabe que ya no patina.
He oído rumores y cotilleos sobre él, aunque decidí no prestarles atención. Muy en el fondo, siempre he creído que algún día Orion volvería por todo lo alto, para sorpresa de todos. Pero no así. No a mi lado.
—Como dije, necesitará algo de persuasión… La pregunta es más bien: ¿la señorita se considera capaz? Significa empezar de cero y alcanzar el nivel de Orion.
Los dos entrenadores se vuelven hacia mí y me clavan la mirada. No estoy a la altura, lo sé.
Pero puedo estarlo si me lo propongo.
Durante una fracción de segundo me imagino sobre el hielo a su lado, de la mano, alzando juntos la medalla de oro desde lo más alto del podio… La decisión está tomada. Ni siquiera tengo que pensarlo.
—Sería un honor —aseguro en voz baja, con la espalda erguida y una expresión decidida—. Estoy dispuesta a todo.
—Esto no me da buena espina —interviene Isabella—. ¿Por qué elegirías a Lily antes que a otra?
Scott suspira y luego sonríe abiertamente.
—Voy a serles sincero, estoy desesperado. Nadie quiere formar equipo con él, a todas las chicas a las que he tanteado hasta ahora les da demasiado miedo.
«Imposible. ¿Quién dudaría ante semejante oportunidad?».
—No lo entiendo. ¿De qué tienen miedo?
Se instala un silencio incómodo, hasta que Scott murmura:
—¿No has oído los rumores? Todas dicen que Orion está maldito.
Orion
Diciembre de 2023, Montreal
—Te he encontrado una chica.
Es lo primero que me suelta Scott, mi entrenador desde hace veinte años, en cuanto cruzo las puertas de la pista de hielo. Ni un «hola» ni un «has engordado», que sería cierto. Últimamente he desarrollado adicción a la tarta de tres chocolates.
Es el único alimento que puedo comer sin que Princesa, mi querida perra, me convenza para dárselo.
—Qué amable…, pero ¿de verdad crees que estoy tan desesperado como para tener una cita a ciegas? Si es otra de tus ideas para impresionar a las amigas de tu hija, te aviso, acabaré pasándote la factura.
—No digas tonterías —murmura, dándome una palmada en el hombro, lo que me arranca una sonrisa.
—Esta cara vale su peso en oro, Scott. Anda, eso me recuerda que debería asegurarla…
—Se me había olvidado que hablabas tanto.
Suspira con cara de fastidio, pero sé que se alegra de verme. Yo también, aunque nunca lo admitiría.
Nos sentamos en la parte alta de las gradas, apartados del resto. Echaba de menos esta pista. La he evitado durante tres años, y también los murmullos malintencionados que me persiguen cada vez que pongo un pie aquí.
Antes, me encantaba. Era la estrella del club. Las chicas me regalaban sonrisas seductoras y los chicos me estrechaban la mano y me proponían salir a tomar unas cervezas. Ahora hablan y se tapan la boca para que no escuche las críticas. Tienen miradas de curiosidad satisfecha, como si disfrutaran de mi fracaso. Solo sueñan con pasar por encima de mi cadáver inmóvil, y los entiendo.
—Ahora en serio, es perfecta, Orion —continúa Scott con entusiasmo—. Te va a encantar.
—Sin ánimo de ofender, pero me fío muy poco de tu criterio con las mujeres…
—Curioso, eso mismo me dice mi hija desde que su madre desapareció de un día para otro.
Dejo escapar una carcajada con los codos apoyados en las rodillas. Scott me descubrió cuando era niño, con apenas seis años. Me prometió que haría historia si lo escogía para acompañarme, con una condición: que hiciera todo lo que él dijera.
—Este talento solo aparece una vez por generación —le dijo a mi madre—. Su hijo tiene un don.
Entonces ella se asustó. Al final, aceptó cuando entendió que en realidad era algo bueno. Y cuando murió, Scott no se separó nunca de mí.
Siempre le estaré agradecido por darme una oportunidad, por haber visto algo en mí que nadie más veía. Después de veinte años juntos, Scott y yo tenemos una relación muy estrecha. Es mi única figura paterna…
—Ahora en serio, ¿qué hago aquí? Hay un partido de hockey que quiero ver y empieza en veinte minutos.
Mis ojos siguen a los pocos patinadores que entrenan sobre el hielo, más abajo. Una pulsión familiar me empuja a calzarme los patines y unirme a ellos…, pero no me muevo. No estoy aquí por eso.
—Te hablo de una nueva compañera, imbécil —continúa Scott con tono brusco—. Es hora de volver a competir. Has estado demasiado tiempo metido en tu cueva, ¿no crees?
Se me tensa todo el cuerpo. No es su primer intento para que vuelva a la pista, pero tengo la sensación de que esta vez es diferente.
Scott ha tenido bastante paciencia, y eso no es precisamente su fuerte. Si no regreso pronto a la competición, me dejará. Lo sé. No podría reprochárselo. Tres años son muchos. A mí también se me han hecho largos.
Cuando desaparecí después de ganar mi primera medalla de oro en los mundiales por parejas, los medios se apresuraron a especular: unos decían que me había retirado en silencio y otros, que preparaba un regreso triunfal, pero todos sabían por qué decidí apartarme del foco, por eso Scott no ha conseguido encontrarme una nueva compañera. Todas huyen, una tras otra.
—Ya te lo dije, quiero dejar las competiciones de pareja. No son lo mío, nunca lo han sido.
—¿Así que te rindes? No esperaba eso de ti. Es decepcionante.
Sé que lo dice solo para herirme un poco el orgullo. Y en otras circunstancias, habría funcionado. Después de todo, cada fibra de mi ser desea volver al hielo. Echo de menos la emoción de las competiciones, la angustia de los resultados, la adrenalina de las figuras complicadas y la adoración de los aficionados tanto que sueño con eso todas las noches. Pero la realidad siempre vuelve. Los susurros me invaden la mente y me despiertan sobresaltado. No soy sordo, sé perfectamente lo que dicen de mí.
«Campeón maldito. Gafe».
Y empiezo a creer que tienen razón.
—Si has conseguido encontrar una chica lo bastante desesperada como para formar equipo conmigo, seguro que hay gato encerrado. Vamos, suéltalo: ¿qué tiene de malo?
No soy idiota. Scott lleva tres años luchando por conseguirme una pareja nueva, pese a mis constantes negativas. Ninguna ha aceptado. Tienen demasiado miedo, tanto por su carrera como por su vida, y lo entiendo.
Dicen que la mala suerte es contagiosa, pero estoy convencido de haber nacido con ella. Aún me pregunto qué hice para merecerla.
Harper siempre bromeaba con que debía de haber hecho un pacto con el Diablo. Cree que sus chistes alivian la situación, pero en realidad me hacen reflexionar. «¿Son esas tragedias el precio de un talento como el mío?».
—Su compañero está en el hospital. Síndrome compartimental.
Giro la cabeza hacia mi entrenador, enternecido. No conozco a ese chico, pero lo compadezco. Esa lesión es un veneno. Lo sé porque mi tercera compañera, Nathalie, perdió una pierna por eso. Aún me lo reprocha, de hecho.
—¿Y? —insisto, entornando los ojos.
—Es fan tuya. Le brillaron los ojos cuando mencioné tu nombre. Me resultó adorable.
Me lanza una sonrisa divertida, seguro de que eso me convencerá, pero yo pongo los ojos en blanco. A esa chica, quien sea, debe de cegarla su admiración por mí. Se arrepentirá pronto, como todas. Siempre ocurre lo mismo.
—No formo pareja con groupies.
—Eres un esnob. La gente tiene razón, se te ha subido a la cabeza.
Sé que solo lo dice para provocarme, así que no contesto.
—¿Es principiante?
—No. Patina desde los cinco años —responde Scott, visiblemente satisfecho de haber captado mi interés—. Ganó el Campeonato de Canadá por primera vez con diecisiete.
No está mal. No dejo entrever mi sorpresa, y mucho menos la curiosidad. Pero Scott me conoce a la perfección; sonríe y señala la pista con el dedo.
—¿Ves a la morena de ahí abajo, con las orejeras blancas? Es ella.
Ahora lo entiendo. Este cabrón me ha traído aquí a propósito para obligarme a verla. A pesar de lo molesto que me resulta este teatrillo, observo a la chica. Asiática, muy guapa, con una melena negra recogida en una larguísima trenza que le cae por la espalda. Repite un triple salchow una y otra vez entre los gritos de su entrenadora. La veo caerse sobre el hielo, levantarse y volver a empezar sin quejarse ni una sola vez.
—ElizabethPham —continúa Scott en voz baja—. Más conocida como Lily. Es joven, pero la favorita del momento. Todos dicen que tiene un gran futuro. Su objetivo es ganar el oro en el mundial de este año… y batir tu récord.
Suelto un suspiro divertido observando cómo gira sobre sí misma en una pirueta Biellmann perfecta. Su postura es ligera y mantiene los ojos cerrados mientras sujeta la pierna derecha por encima de la cabeza.
—¿Y crees que puede lograrlo?
Scott guarda silencio unos segundos.
—Yo en tu lugar preferiría estar con ella que contra ella.
«Así que eso es un sí».
Una leve punzada de celos se me clava en el pecho, pero la arranco con facilidad, como una astilla. Sabía que no seguiría siendo el mejor mucho tiempo, y menos después de tres años de parón. El mundo no gira a mi alrededor, el tiempo sigue avanzando aunque yo no esté. Aun así, constatarlo me duele, sobre todo porque estoy convencido de que aún no he demostrado todo mi potencial.
Cuanto más observo a esa Elizabeth, más familiar me parece. Ese rostro, a pesar de la distancia, me resulta conocido. ¿La habré visto antes?
—Necesito pensarlo.
—Sin problema —dice Scott mientras se levanta—. Tienes hasta mañana.
Es un plazo corto.
—¿Y si rechazo la oferta? —suspiro volviéndome hacia él.
Se encoge de hombros y me lanza una mirada muy seria.
—Si la rechazas, te dejo.
Yo: Necesito tu ayuda.
Yo: ¿Nos vemos en el Tim Hortons?
Harper: Voy volando, bebé.
Sonrío al leer el mensaje de Harper mientras camino por Montreal a pesar del frío glacial. Es la primera persona en la que he pensado en pedirle opinión, por varias razones. Entre ellas, porque fue mi compañera. La séptima… y última hasta ahora.
Harper es la única con la que mantengo un contacto regular y también la única que no me guarda rencor por lo que ocurrió. Dejó el patinaje hace tres años, después de que ganáramos juntos la medalla de oro… y sufriera un accidente de coche. Lo que no le impidió casarse y vivir un amor perfecto. Fui testigo en su boda, aunque muchos no entienden su indulgencia conmigo.
Paseo por el Quartier des Spectacles y me refugio en el Tim Hortons más cercano. Mientras la espero, saco el móvil del bolsillo y entro en el chat que comparto con Scott. Me ha enviado un vídeo de ElizabethPham para convencerme a competir con ella, así que me pongo los auriculares y pulso el botón de reproducir.
La chica está sola sobre el hielo, vestida con un traje de patinaje rojo con lentejuelas. Contrasta con la melena negra, que parece el ala de un cuervo. Suena «Unfaithful»* y, de pronto, soy incapaz de apartar la mirada. Se desliza con gracia y las cuchillas de los patines dibujan líneas limpias sobre el hielo. Lleva los brazos extendidos a los lados como un pájaro a punto de alzar el vuelo mientras va cogiendo velocidad. Tiene una postura firme y controlada, hace movimientos fluidos cuando gira y patina hacia atrás. Un rubor rosado le colorea las mejillas y una sonrisa de emoción se le dibuja en los labios. Está disfrutando.
La veo girar sobre sí misma como una peonza, con el cuerpo completamente arqueado y la cabeza echada hacia atrás. Gira tan rápido que ya no puedo distinguir su expresión. Sin embargo, continúa con la coreografía sin el menor desequilibrio, bailando sobre el hielo como si llevara haciéndolo toda la vida. Cada nuevo paso es una obra de arte.
En ese momento me doy cuenta de que el corazón me late con más fuerza. «Joder, Scott tenía razón, es increíble». Muy pocos patinadores son capaces de hacerme sentir algo así con una actuación. Esta chica ejecuta las figuras complicadas sin esfuerzo, con semejante facilidad que hasta me da un poco de envidia.
Un talento así no es común. Solo hay uno por generación, como dice Scott, a quien me apresuro a enviar un mensaje.
Yo: He visto el vídeo.
Scott: ¿Y?
Yo: Meeeh.
Scott: Mentiroso. ¿Sabes a quién me recuerda?
Yo: Creo que puedo hacerme una idea…
Scott: A ti.
«Bingo». Frunzo el ceño ante la pantalla del móvil y le pregunto qué quiere decir con eso.
Scott: Tiene un talento innato. Pero más que eso, está decidida. Esa cría está dispuesta a todo por ser la mejor…, y eso, más que el talento, la llevará lejos.
Todavía no la he conocido, pero quiero creer que es verdad. La vi encadenar salto tras salto, caída tras caída, sin pedir una pausa. Por supuesto que está dispuesta a todo. ¿Por qué, si no, querría formar equipo conmigo? A estas alturas, eso es un suicidio.
—Hola, guapo.
Levanto la cabeza hacia Harper, que está radiante, y se acerca en la silla de ruedas. Me levanto para coger la bandeja que lleva sobre las piernas y darle un beso en la mejilla.
—¿Cómo estás?
—Mejor ahora que te veo la cara. —Sonríe mientras me siento frente a ella—. Me alegra que hayas salido de tu cueva.
Pensaba disculparme por haberla hecho venir con este frío, pero me muerdo la lengua. Harper me prohibió formalmente volver a disculparme con ella.
Me ofrece uno de los dos dónuts que lleva en la bandeja, lo acepto y brindamos con ellos como niños.
Que quede claro, adoro a Harper. Formábamos un dúo genial y, de hecho, fue nuestra amistad lo que nos permitió ganar la medalla de oro en el mundial.
—¿Qué te cuentas? —pregunta con la boca llena, apartándose un mechón rubio de la cara.
Suspiro y voy al grano:
—Scott me ha encontrado una nueva compañera. Me está presionando para que acepte.
Abre los ojos como platos y casi se atraganta con el dónut. Finalmente lo deja sobre la bandeja y me ordena que le cuente todo desde el principio. Y así lo hago, sin omitir ni un solo detalle. Incluso le enseño el vídeo de Elizabeth, que observa sin decir nada.
—¡Guau! ¿Y aún dudas después de ver esto? —me pregunta arqueando una ceja.
Me limito a encogerme de hombros. Me cuesta ordenar los pensamientos y más aún expresarlos.
—Tienes ganas, ¿verdad? Se te nota en los ojos.
Sonrío, enternecido, pero ella me fulmina con la mirada.
—No te rías, hablo en serio. Te conozco de sobra, OrionWilliams. Crees que puedes vivir sin patinar, pero es mentira. Es lo único que te mantiene vivo. Y si dejas pasar esta oportunidad, te arrepentirás toda la vida.
—No me río… Sonrío porque tienes razón.
—¿Pero? Esa chica tiene talento, mucho más que yo, más que cualquiera de tus antiguas compañeras. Imagino que el problema no es ella.
—No. El problema soy yo.
Me doy cuenta de mi error en cuanto pronuncio esas palabras. Harper aprieta los labios; sé que se ha enfadado. Me observa en silencio durante mucho rato con el dónut completamente olvidado. Me he ganado una reprimenda, lo noto.
—Orion.
—¿Mmh?
—¿Te crees Dios?
Frunzo el ceño, tanto por la frialdad de su voz como por lo insólito de la pregunta.
—A veces me llaman así, sobre todo en la cama, pero…
La mirada que me lanza lo dice todo, aunque no me detiene.
—Aparte de eso, no, no es lo mío —remato con una sonrisa radiante—. ¿Por qué lo dices?
—Porque pareces creer que tienes la culpa de lo que me pasó —responde con seriedad—. Pero los dos sabemos que aquel accidente fue cosa del destino. No tienes tanto poder.
No me atrevo a mirarla a los ojos. ¿Cómo podría? Todo el mundo se lo había advertido. Harper sabía que mis seis compañeras anteriores acabaron mal. Con la primera creí en el destino. Con la segunda, en el azar. Con la tercera, en la mala suerte. Con la cuarta ya me convencí de que estaba maldito. Seguir arrastrando a esas pobres chicas por ese infierno fue mi único error. Solo culpo al egoísmo, mi principal defecto.
«Nunca más».
No conozco a Elizabeth, pero sé que no se merece eso. Es demasiado buena para que me cargue su carrera.
—No has sido la única, Harper. Tienes que admitirlo, ya es demasiado…
—¡Eso es una locura! —exclama, exasperada—. Me niego a creer en semejantes estupideces. Estás hundido en un torbellino de culpa mal encauzada y odio ver cómo te compadeces de ti mismo por un rumor ridículo.
¿Acaso piensa que me resulta fácil? Alejarme de la competición, abandonar lo único que me hacía sentir vivo, aislarme en medio del bosque con mi perra… No lo hago porque me gusta. Lo hago porque tengo miedo de acabar matando a alguien.
—Espabila —insiste Harper con firmeza—. Lo que piensen los demás es problema suyo. Tú no estás maldito. Eres una de las cosas más bonitas que me ha pasado en la vida.
La emoción me hace un nudo en la garganta, pero una sonrisa se me dibuja en los labios. No merezco la amistad de un ángel como Harper…, aunque me alegro de tenerla.
—Tu querido marido estará encantado de oír eso.
—Él va primero, por supuesto —responde poniendo los ojos en blanco—. Aunque Tom Hardy os gana a los dos.
Desliza la mano sobre la mesa hasta encontrar la mía. La dejo hacer, mientras disfruto del calor reconfortante de su piel. Harper es como una hermana mayor para mí, la que nunca tuve. Jamás ocurrió nada raro entre nosotros, y no solo porque Scott nos lo prohibiera. Le tengo un cariño puro y sano, como si fuéramos familia.
—¿Entonces? ¿Vas a darle una oportunidad a esa chica?
Suspiro mientras aprieto los dientes. Todo en mi interior me grita que no lo haga, pero me obligo a ceder. No pierdo nada por conocerla, ¿no? Al fin y al cabo, no tengo elección. Scott me ha lanzado un ultimátum.
Cojo el teléfono ante la sonrisa orgullosa de Harper. En cuanto envío el mensaje, una nueva angustia me oprime el pecho.
Yo: Has ganado.
Yo: Organiza un encuentro con Elizabeth.
* «Unfaithful», en el disco A Girl Like Me, de Rihanna.
Lily
Diciembre de 2023, Montreal
—¿Cómo te encuentras? —me pregunta Piper mientras me ato los cordones de los patines.
Me incorporo con las manos apoyadas en los muslos y respiro hondo. Aunque eso no basta para calmar el ritmo frenético del corazón. «¿Cómo me encuentro?». No he pegado ojo en toda la noche y tengo la sensación de funcionar con una pila eléctrica.
—Como si fuera a desmayarme y luego a vomitar las tripas. En ese orden.
Mi amiga arquea una ceja rubia confusa.
—O sea, ¿planeas vomitar inconsciente? ¡Puaj! No cuentes conmigo para limpiar eso.
Pone cara de asco, lo que consigue hacerme reír. Poco a poco empiezo a relajarme, aunque me cuesta. No soy una persona nerviosa. Nunca sufro miedo escénico, ni siquiera antes de salir a patinar delante de miles de espectadores. Es mi superpoder. Piper dice que presumo de ello, pero es cierto. Mi madre siempre me repetía que preocuparse por algo que no se puede controlar es una tontería.
Hoy es distinto. Estoy tan intimidada como emocionada. Voy a conocer al hombre que admiro desde hace tantos años, a mi ídolo. Me da miedo hacer el ridículo o que me considere poco interesante. Más que nada, quiero impresionarlo.
—¿Estás segura de que es lo que quieres? —insiste Piper por tercera vez en lo que va de día.
—Ya te lo he dicho, me dan igual los rumores.
He oído lo que se dice por los pasillos de la pista y lo que circula por Internet, sé lo que pesa sobre los hombros de Orion. Y, sinceramente, me da pena. Son estupideces propagadas por gente envidiosa, que disfruta con su caída. No soy supersticiosa, así que ese tipo de comentarios me resbalan.
—Pero… ¿No te parece raro?
—No. Este deporte es peligroso, sabemos perfectamente el riesgo que corremos.
—Lil… ¡todas sus compañeras se han lesionado! A estas alturas ya no es una simple coincidencia.
Suelto un suspiro, de repente me molesta su actitud. Sé que se preocupa por mí, y se lo agradezco, pero no es justo juzgar a Orion por una serie de accidentes.
—¿Qué insinúas?
—Seguro que a ese tío le hicieron vudú de pequeño o algo por el estilo.
—Venga ya. La mayoría de sus compañeras se lesionaron fuera de la pista, muy lejos de Orion. No tiene nada que ver con él.
Me pongo en pie para zanjar la conversación, todavía con los protectores en las cuchillas, y me calzo los guantes de lycra. Piper parece entenderlo, porque no insiste cuando empiezo a estirar con una mano apoyada en la barra de gimnasia.
Nos conocimos cuando llegué al club. Es muy simpática, todo lo contrario a mí, dulce, discreta y muy femenina… En algún rincón oscuro y feo del corazón, la envidio en secreto. A diferencia de mí, Piper no tiene que esforzarse demasiado para que los demás la consideren perfecta. Supongo que es el privilegio de las chicas blancas y rubias con ojos azules.
Bajamos juntas, enfundadas en nuestros forros polares. Algunos alumnos ya están patinando frente a sus padres, sentados tras el inmenso ventanal que protege la pista de hielo, bien calentitos con un café en la mano.
—¡Ya vienen! —susurra Piper de repente, retirándose con discreción. Suerte.
Me tenso, intento calmar la respiración y me vuelvo, con las manos entrelazadas, hacia los dos hombres que se acercan. Orion está tal y como lo recordaba, aunque parece menos imponente sin el vestuario de competición. Hoy lleva una sudadera con la capucha puesta sobre el pelo castaño y un pantalón de chándal gris. Camina mirando al suelo, escuchando con aparente desgana lo que le dice Scott.
¿Se acordará de mí?
—Perdón por el retraso —se disculpa el entrenador cuando llegan junto a mí—. He pasado media hora intentando abrir la puerta del coche, que estaba completamente congelada.
Le aseguro que acabo de llegar, aunque está claro que es mentira. Soborné al conserje con café hacia las cuatro de la madrugada para que me dejara entrar antes de la apertura oficial. Siempre funciona.
—Orion, te presento a Elizabeth —dice Scott sonriendo con tranquilidad.
Abro la boca para corregirle; me incomoda que me llame por mi nombre de pila.
—Lily, sin más.
Justo entonces, Orion alza la barbilla y cruzamos la mirada. Como aquella vez hace años, el tiempo se detiene. Lo único que oigo es el estruendo del corazón que me golpea contra la caja torácica.
«Joder, es realmente guapo».
Le ofrezco una sonrisa cordial, él me devuelve una inclinación de cabeza. Los labios se le curvan ligeramente hacia arriba, pero la sonrisa no le llega a los ojos.
—Encantado, «Lily sin más».
No se acuerda de mí. Me gustaría que ese simple hecho no me doliera tanto, pero supongo que mi ego es más frágil de lo que creía.
Scott pasa un buen rato hablando, sobre todo para destacar los méritos de Orion. Como si no supiera ya de sobra lo que vale.
—¿Isabella aún no ha llegado?
—¡Aquí estoy! —resuena su voz justo cuando empuja las puertas de la pista.
Ambos intercambian algunas banalidades mientras Orion deja su bolsa de deporte sobre un banco y empieza a prepararse en silencio. Como yo ya estoy lista, me mantengo al margen. No puedo evitar observarlo con disimulo, curiosa.
Nunca había tenido ocasión de verlo fuera de las competiciones, en la «vida real». No sé por qué, pero imaginaba nuestro primer encuentro oficial de otra manera… Más relajado, quizá.
Aparto la decepción mientras él se quita la sudadera y luego el pantalón de chándal. Bajo la ropa lleva una malla de compresión negra. Sus patines son del mismo color, lo que le alarga aún más la figura.
Piper me hace señas desde lejos para que le hable, pero no me atrevo. No parece muy charlatán, lo que me sorprende. Siempre sonríe cuando está sobre el hielo y es el primero en charlar con los principiantes, por eso pensaba que era una persona luminosa…
—¿Has calentado? —me pregunta Isabella echándome una mirada crítica al peinado.
Asiento con la cabeza mientras me quito los protectores de las cuchillas.
Cuando llego a la pista, Orion ya está listo. En su elemento. Su camiseta ajustada le marca cada músculo del pecho y veo a lo lejos cómo Piper levanta las cejas con picardía. La ignoro, pero siento que me sonrojo. Orion no es una belleza clásica —al menos, no de las que gustan a todo el mundo—, pero tiene un encanto inmediato y eficaz. Si no lo admirara tanto, la intensidad de su mirada color chocolate, la gracia de sus movimientos y la elegancia de su figura esbelta podrían seducirme.
Los demás alumnos por fin se dan cuenta de su presencia y abren los ojos, asombrados. Los más pequeños se detienen para contemplarlo patinar, los intimida encontrarse frente a una estrella. «¡Bienvenidos al club, chavales!».
—¿Nerviosa?
Me sobresalto de pronto y miro sorprendida a mi nuevo compañero. Me hace un gesto para que lo siga y nos lanzamos al hielo con tranquilidad, uno al lado del otro.
—Un poco, sí —admito, aliviada de que me dirija la palabra—. Solo he tenido dos compañeros hasta ahora, no estoy acostumbrada a los cambios…
—Te adaptarás. Lo importante es no encariñarse.
Tiene una voz neutra y una actitud esquiva. ¿Estará pensando en los rumores que rodean su figura? Me gustaría decirle que me dan igual, que no los creo, pero no parece el momento adecuado.
—Eso me parece difícil. ¿Cómo no voy a encariñarme con alguien al que paso años viendo a diario y con el que comparto tantas cosas…?
Orion me lanza una mirada condescendiente, como si no supiera nada de la vida. Odio la timidez que me invade de inmediato.
—Tranquila. No te quedarás tanto para eso, como las demás.
Su respuesta me cae como un jarro de agua fría. Sin embargo, no se me ocurre nada que decir, así que aprieto los dientes y lo asumo. «No se siente cómodo con la gente», pero intento convencerme de que es solo una fachada.
Calentamos en silencio durante unos minutos, cada uno por su cuenta. La fluidez de sus movimientos me hipnotiza y me da envidia. Me gustaría preguntarle cómo lo hace, suplicarle que me enseñe, pero su expresión hermética me disuade enseguida.
Nos cruzamos en la trayectoria y chocamos con el hombro, aunque evitamos mirarnos a propósito.
—¿Puedo hacerte una pregunta? —dice de pronto mientras patina hacia mí.
Asiento con cautela.
—¿Por qué aceptaste formar equipo conmigo?
Lo observo sin entender. ¿De verdad cree que algún otro chico del club le llega a la suela del zapato? Solo una idiota rechazaría una oportunidad como esta.
—Porque eres el mejor —confieso con honestidad. No me gusta fingir ni mentir para agradar. Soy como soy y no me disculpo por ello.
Orion parece valorar mi sinceridad porque asiente pensativo. Me gusta que no finja modestia. Sabe que es el mejor.
Sin embargo, se le tensa la mandíbula cuando añade:
—Scott dice que aspiras al oro en el mundial.
—Como todos, ¿no?
—No necesariamente —responde tras unos segundos de reflexión—. Algunos se conforman con el podio, incluso con el bronce.
Ejecuto una pirueta baja, consciente de que se ha detenido para observarme. No soy tonta, este encuentro es, ante todo, una prueba. Tengo que demostrar lo que valgo aunque no le caiga especialmente bien.
Cuando disminuyo la velocidad lo suficiente como para dejar de ver borroso, añado:
—Ese no es mi estilo.
—¿Cuál?
—Perder.
Orion se ríe con suavidad; comprendo demasiado tarde la imagen que estoy dando: la de una engreída, como siempre dice Piper.
—Mis padres me enseñaron a dar lo mejor de mí en todo lo que hago —explico entonces—. Así que, por supuesto, apunto al mayor premio. Siempre.
Orion frunce el ceño, no sé si es por curiosidad o porque desaprueba mi forma de pensar.
—Debe de ser agotador… no estar nunca satisfecha de tus logros si no llegas a lo más alto.
No esperaba un comentario así; me quedo como una tonta con la boca abierta, sin saber qué decir.
«Sí, lo es. No he dormido una noche seguida desde hace cinco años». Pero si no, ¿para qué esforzarse tanto?
—¿Empezamos? —nos interrumpe Scott. Regresamos junto a nuestros entrenadores en silencio—. No os voy a mentir…, estaréis en desventaja. El tiempo juega en nuestra contra.
—No os conocéis —confirma Isabella con los brazos cruzados sobre su parka—. Tendréis que aprender a confiar el uno en el otro en tiempo récord.
—Sí, y crear química. Es lo que siempre le ha faltado a Orion, porque ninguna chica ha durado lo suficiente a su lado.
Lanzo una mirada inquieta a mi compañero, incómoda por el comentario de Scott, pero él no reacciona. Me pregunto cómo lo lleva. ¿Sabe lo que se dice por ahí de él? Seguramente. Pero supongo que, a estas alturas de su carrera, le da igual.
—¿Os sentís capaces?
Asiento sin dudarlo. No veo la respuesta de Orion. Al principio pienso que ha ignorado la pregunta, pero de pronto Isabella da una palmada y comenzamos el entrenamiento. Es mi mayor sueño, el anhelo que me parecía casi una locura, si no inalcanzable, cobra vida ante mis ojos. Estoy patinando con OrionWilliams.
Con la mirada, me pide permiso para tocarme. Le respondo con una sonrisa, así que me da la mano enguantada. La otra me la pone en la cadera, me guía sobre el hielo y nos deslizamos en sincronía. Ni siquiera hay contacto piel con piel, pero siento que me tiemblan las piernas.
—¡Así! ¡Juntos! —grita Scott no muy lejos.
—Lily, no intentes llevar tú el ritmo. Déjate guiar —añade Isabella desde la grada.
Orion y yo empezamos, algo tímidos, a conocernos a través del patinaje. Primero giramos en arabesco, cada uno sobre un pie; tiene la mano firmemente sujeta a la parte inferior de mi abdomen. Luego hacemos algunas figuras básicas, como el pie cogido con la mano y la figura en Y, donde Orion me sostiene por la muñeca mientras alzamos la pierna izquierda hacia el cielo.
Nuestros movimientos son técnicamente impecables, pero las expresiones preocupadas de nuestros entrenadores confirman lo que ya temía. No hay magia. Todo es plano, frío, vacío. No hay ningún tipo de conexión entre Orion y yo, ni visual ni verbal. Me sostiene con las manos sin tocarme realmente. Como si temiera quemarse. No quiere estar aquí, es evidente. No debería afectarme, pero basta para hacerme dudar de mis capacidades. Nada está saliendo como había imaginado.
—¿Lo dejamos aquí? —propone Scott, e Isabella asiente sin decir nada.
Vuelvo a tierra, consciente de la presencia de Piper en las gradas, que me hace un gesto con el pulgar para darme ánimos. Me siento completamente desconectada del cuerpo, decepcionada por este primer encuentro que se ha quedado tan a medias. También asustada. «¿Y si cambia de opinión después de la primera prueba?».
—Ve a cambiarte y vuelve —me ordena Isabella mientras Scott se lleva a Orion a un aparte.
Eso no es buena señal.
Hago lo que me dicen, invadida de dudas y miedo.
Piper me alcanza en el vestuario, llena de preguntas.
—Bueno, ¿qué te ha parecido?
—Insípido.
No responde nada. Sé que ella también lo ha notado. Orion y yo no hacemos buen equipo. Seguramente habría tenido más opciones de ganar con Oliver, que me conoce a la perfección desde hace años.
—La química no siempre viene dada —me consuela mi amiga mientras cambio las mallas por unos vaqueros y un jersey de cuello alto azul marino—. Es algo que se cultiva y se construye con el tiempo.
Probablemente sea así. Puse demasiadas expectativas en esta prueba, yo misma me metí presión. Todo irá mejor, seguro. Estoy dispuesta a esforzarme.
—Qué ganas de llegar a la cama…
—¿Hoy te recoge Jane? —me pregunta Piper con falsa inocencia—. ¿Crees que podría llevarme?
La señalo con un dedo acusador entrecerrando los ojos.
—Ni se te ocurra, pervertida. ¡Te dije que no me hablaras de él!
Piper
