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Los primeros años de vida conforman, sientan cátedra, saltan a la vida por la ventana como materia prima, solventan piélago de luces y sombras, glorias y miserias salidas al paso. No son memorias ni mentiras, ficción ni ensalmo. La obra recaba impresiones y emociones perdidas que encaran días que restan tras cada esquina que se dobla. Efluvios del pasado que no se va ni se detiene, porque no cabe hacerlo, anclados como están en lo recóndito de la memoria. Ráfagas, ramalazos que montan años por caminos revestidos de colores y extraños fogonazos —de todo hay en la viña del Señor—; lo que el aire se lleva por medio y sin remedio. Renegaba de que todo partiera tan pronto, entero y artero, aspirando a pervivir de modo inoxidable; como la idea colmatada que no vuela, pero arraiga por dentro. Prende evolutiva por arrabales del recuerdo, avatares que deja el tiempo, juicios de valor que cobrando cuerpo repentivo, logran que no se marchen del todo. Como atrapar fantasmas a suspiros, cazar ideales siendo mariposas de otra época. Asómese el lector, si quiere, a esa ventana de Tailandia de hace un abismo, donde fui niño.
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Seitenzahl: 128
Veröffentlichungsjahr: 2024
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© Derechos de edición reservados.
Letrame Editorial.
www.Letrame.com
© Enrique Morales Cano
Diseño de edición: Letrame Editorial.
Maquetación: Juan Muñoz
Diseño de cubierta: Rubén García
Supervisión de corrección: Celia Jiménez
ISBN: 978-84-1089-178-4
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.
«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».
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Dedicado con cariño a mi nieta Carmen, que estrena vida;
a Esperanza, en el recuerdo que tanto me valió; a mi hermana Lupe, que me pedía estas reflexiones de la infancia en Tailandia.
PRÓLOGO
Ante un libro tan insólito y difícil de encuadrar en género literario conocido —al menos por mí—, solo cabe la posibilidad de afirmar que no se trata de una novela, ni de un ensayo, ni de texto filosófico, autobiografía, etc., a pesar de las concomitancias que puedan existir. Solo si hubiese un género literario que se llamase «química del pensamiento» —palabras del autor—, no cabe duda de que este libro sería un buen ejemplo.
Dos cuestiones que siempre considero en un comentario de texto, que en este caso tienen especial interés, son autor y el lector frente al libro.
Respecto al autor, resulta imposible averiguar cuál ha sido su fuente de inspiración —que no las influencias— y la finalidad que persigue. En cuanto a la primera, cabe la posibilidad de encontrar una motivación remitiéndose a lo que él mismo escribe: «cuando te gustan las palabras estás perdido, querrías hacer con ellas lo que el obrero con ladrillos...». Sobre la finalidad, si es que la hay —yo creo que siempre la hay—, cabe una interpretación en función de su frase: «porque sobra querer ganar», deduciendo que se trata de una necesidad de ser honesto consigo mismo, y, por lo tanto, ha prescindido absolutamente, de forma consciente o inconsciente, de la aceptación del lector, sin otro planteamiento que el de gustarse o aceptarse a sí mismo en el libro.
No creo que sea incongruente afirmar que es un libro anticomercial por las dificultades que ofrece al gran público, al que exigiría una lectura demasiado lenta o a un ejercicio de asimilación que se convierte casi en un estudio. Una u otra son condiciones indispensables para acceder a su comprensión. En esto se asimilaría a un devocionario del que se extraen pequeños párrafos como objeto de reflexión.
Nada de esto pretendería su autor, pero ha conseguido crear una obra excluyente y elitista, de único acceso a una cualificada minoría de lectores, dotados de gran capacidad intelectual, gusto por lo alucinante y grandes dosis de sensibilidad.
A otros —entre los que me hallo—, aún reconociendo sus méritos, la capacidad de asombro ante el libro superaría al enjuiciamiento, situando su criterio justo en la frontera entre lo calenturiento y lo genial, lo disparatado o lo extraordinario, aunque sabiendo que debe de estar en alguno de los dos márgenes, porque es un hecho que no admite el término medio como calificativo. No se trata de asepsia, es imposibilidad real.
En esta obra tan densa, profunda, analítica y cuidada —diría que mimada por su autor— se adivina un trabajo arduo detrás de esa aparente facilidad intelectual y dominio del lenguaje.
El estilo y la construcción gramatical van estrechamente unidos en su estética a lo que son en la obra las constantes del tiempo, el color, lo onírico, la conducta de los sentidos, la infancia... que son todas ellas pautas, pero no el hilo argumental, que permanece ausente.
En este comentario se podrían tratar muchos aspectos del libro, pero para no extenderme quiero resaltar uno en particular: la enorme belleza descriptiva del libro, hasta el punto tener la impresión en muchos momentos de estar leyendo una poesía, sencilla y de gran calidad:
«Miro la casa en la que aprendí a andar
y a tocar la yerba con la mano
aún la yerba del fondo del jardín
donde se reúnen las palomas
a dejar caer la tarde...».
Porque la verdadera fuerza de la obra es una sensibilidad extraordinaria y un talento desperdiciado de cara al gran público, el cual merece sea planteada la posibilidad de escribir de y para él.
Esperanza Abad
INICIO
Me empeñaba en hacer las cosas sin hacerlas. Terminar el día con algo en las manos; la materialización de que no se camina en balde, pero, sin querer saber dónde, se meten las manos en algún que otro agujero para extraer de la tierra un mapa, un plano que te diga los momentos de ese día que sabes hay enfrente y del que debes conocer sus sentidos.
Pero razonar un día es como evitar la luz de la mañana y que la noche sepa que será mañana el día señalado para recomenzar de nuevo el plano que tu mente dicta de ensueños y de encantos, de vidas que tienes dentro y de lo que se te va muriendo cuando decides que se muera, porque no reporta la satisfacción de saber que está relacionado con lo que eres o piensas que eres.
Los dedos teclean el vacío de una imagen viscosa del esquema en que has sumido tu vida y del sentido que preguntas a esos esquemas que inventas para entenderte a través de terceras, de cuartas y de quintas personas que hacen con su vida lo que no quieres para la tuya, ahora que la buscas, y que la buscas en los recuerdos para extraer lo que aún perdura de lo que estuvo vivo —sin tú saberlo— y, sobre todo, que estuvo vivo porque no lo sabías.
Has matado las cosas solo con pensarlas y quieres obtener imágenes vivas de un catálogo de documentos archivados, ordenados en ese desorden que pones en las cosas y que solo es la nueva modalidad del respeto que siempre te inspiró el desorden.
Cuando te gustan las palabras, estás perdido. Querrás hacer con ellas lo que el obrero construye con ladrillos, el arquitecto piensa sobre el papel pautado y los médicos inciden con el bisturí.
Y tú piensas que el color azul es el más válido de cuantos cuelgan del cielo.
Porque un cielo verde o naranja permanece pendiente del paraguas que todos los días se come el sol. Es lo más apropiado que hace el Dios que está en su distante columpio, meciéndose en sus pensamientos con cada brisa que llega de la Tierra, de esa Tierra donde no hay nombres, sino solo tierra.
Y las palabras te llevan de un lado para otro, como si fueras un verbo mal encajado, la falta sintáctica de una coma puesta con prisa y a destiempo.
Caminas y preguntas la letra del alfabeto que eres.
Pasas revista a los signos que dicen ser letras y que alguien inventó para confundir aún más.
Eso es lo malo: poner cara de urgencias nuevas, de recientes prisas. Decirte que vas a alguna parte mientras tu razón (esa vieja escondida que llevas dentro y de la que únicamente sabes que sonríe) se carcajea de lo convencido que estás de que tienes prisa, sin que nada te urja, ni de verdad hayas de acelerar un poco los vuelcos del corazón: hasta el corazón se ríe de tu prisa.
Ni el alma se ve libre de críticas. Crees que los colores rojos te engañan y que los verdes son más serios (reconfortan lo que te buscas en las palabras para saber sus nombres).
Al llegar la noche, algo parecido a un sueño de cansancio se pega al cuerpo.
Una segunda piel compuesta por los pedazos del día vaga por mí hasta que cierro los ojos, y el alma la canción.
Es un cansancio que antes fue mental y ahora es físico.
El calor del cuerpo se cansa, se agosta de permanecer despierto las horas del día. Los párpados miran para adentro y la piel se cuartea en el conjunto de todos los poros que entrelazan las pestañas en un abrazo que trae la noche y el calor desvaído que, por el cuerpo, recoge fuerzas para abrir la puerta del día siguiente.
Es un cansancio que se ve en los ojos y que las manos llevan de un lado a otro de la habitación en la que terminas el día para creer que la idea de pensar mañana es la continuación de lo que hoy dejas pasar.
El cuerpo se recoge sobre sí mismo. Se repliegan los surcos de la piel y cada huella digital se mete en su estuche laqueado que al otro día configura la personalidad, dependiente de que el mapa cromosómico posibilite dar un salto en el vacío de los ojos que duermen o en la punta de los dedos que se prolongan indefinidamente hasta impedir la pérdida de calor que acaba con el día y con la actividad que el día te ha impreso —o te han impuesto—, sin considerar que los propósitos nocturnos eran otros, como si la luz extinguiese los más fraguados proyectos, deslumbrados por la realidad de una llama que comienza blanca y estalla al paso de los minutos, los cuales ceden su densidad a una materia que desgasta el acero y horada la roca para permitir el paso de la sustancia del sueño hacia los rincones donde refugias lo que extraes del día.
En el hueco de tu mano, el día se acomoda en tu conciencia para pasar la noche. El sueño destila un poder corrosivo que alcanza las esporas que devoran con su jugo —siempre voraz— lo que construyes por el día.
En la noche, la prolongación de un silencio templa los lugares vacíos de tu cama. La luz oscura que guardan las mantas disocia las tinieblas que separan una mano y tu imagen cuando abres los ojos para adentro y te ves con la figura invertida, como producto de un experimento prediluviano de fotografía.
Se integra y se conoce, y a mí me sugiere que integrar sea efectivamente la capacidad de separar las partes de esa realidad escondida que llamo pensar.
Recoges las piezas del conocimiento que es pensar y asimilas el entramado mínimo de la sustancia que, por inercia, ni al contrastar dejan nacer las ideas.
Lo imaginado es solo un acto mental, donde el color no es necesario y únicamente la necesidad de razonar pone una nota distintivamente azul en un mundo sin fronteras.
Piensas en cómo desintegrar las cosas de su materia natural para buscar afinidades de lo que no es afín y así desatar una posición interior que extraiga de la mente los mecanismos que juzgas aptos para recomenzar un ciclo que nunca se detiene y que es pensar.
Puede que la realidad del pensamiento esté en su mera virtualidad y en la confianza de que es independiente de la conveniencia de querer hacerlo, y que pensar sea no un refugio, sino la posibilidad de construir una explanada que contenga las cuotas de comprensión de las que se habla y que sirven para adelantar los pasos que conducen a pensar. Pensar no es menos real que el pensamiento alojado en la mente cuando esta no busca discernir ni continuar la búsqueda de una idea que se gesta.
Gestar ideas comienza con la persecución de objetos inmateriales, aunque de densidades abstractas que confieren a la realización del pensamiento un peso específico, comparado con lo que la química cifra en uniones moleculares.
La «química» del pensamiento, el colorido de las imágenes que ilustran las sombras y aparejan color y sensaciones biológicas de tono, gusto y tacto que se unen a los gestos y a la pronunciación de las palabras que nombran el sonido producido en la mente.
La sensación de pensar que nos dan al nacer la diferencia entre la manifestación de la idea que crees y las ideas que rondan tus ideas, los estados previos a la visualización del pensamiento, rebasa en cada intento la dicotomía de un sistema de valores opuestos, que refieres a enclaves extremos, a instancias de blanco y negro, de bueno o malo.
Recomienzas cuando el pensamiento supera la posibilidad humana de instituir conjuntos de valores pares y opuestos.
Y el matiz que separa el comienzo y el final de un camino muestra la sucesión de los interminables caminos que existen entre todos los puntos próximos de una cercanía integrada en el concepto centesimal de punto, para abstraer en una localización mínima la inmensidad de la medida que enlaza lo conocido con lo ignorado y la probabilidad de acertar en la vigencia momentánea de una idea.
La voz es sueño cuando está despierta. Todo se comprende si el cuerpo pende de la emoción que sube a la garganta: se desatan nubes de color que ponen un tono especial a la palabra.
Seguridad de que la vida es la persistencia de querer sujetar el cuerpo del alma que escapa por cada poro de tu cuerpo sin la menor resistencia y sin esperar a que el sueño venza y facilite la separación de dos almas gemelas que luchan y vencen y pierden constantemente, y que simultáneamente se atrincheran en bandos que defiendes tú en cada esquina y en cada arista de los bastiones que construyes en tus horas malas, sin saber que destruir es un cansancio, un suspiro ritual que cuelga de altares viejos que refugian los últimos baluartes de la «antigua brujería», el culto pagano que el paganismo olvidó y las primeras leyes morales que estrangularon la moral en nombre de la moralidad y respaldaron una legión de antiguos ecos que no eran de nadie, sino del eco y de las montañas, y de los valles donde se refleja y del agua donde refracta al hacerse saeta y hendir el agua y llegar al fondo del río, perseguir la corriente y un día cansarse y salir a flote, convertido en pez con alas, añorante de un pasado húmedo y apenas reciente.
Te callas cuando te miras la voz e interpones tu mano entre la voz que sale de tu cuerpo y el aire que se la lleva.
Eso piensas cuando tratas de refrescar el sonido que liberan tus labios y que abre la posibilidad de la palabra, esa que nunca viene cuando tu mano atrapa la pesadilla de una noche, en cada movimiento de los dedos, para proseguir entre lo que busca peso y mi sueño sustenta despierto ante los movimientos que transmiten obedientes órdenes a los brazos y a las manos, y estas se enlazan con la visión del sueño que recorre cada pulgada de tu naturaleza escondida y más plegada al cerrar la noche, y esperar que las partes que sueñas se suelden y entramen la mínima densidad capaz de bloquear la incursión del sueño negro que vive junto al tuyo, sin parecerlo, como cercanos están los cuerpos, ahora que dejamos de pensar para pensar aún más y no dejar nunca de pensar, atados a un dulce descomponerse de los objetos reales en inanimadas formas que construyen y deformo, que instruyo o se esconden en un interminable juego de valores contrapuestos.
Porque sobre querer ganar. No se precisa perder para sentirse mal, en una línea que no compite ni ve en el otro una tribuna que escalar y dictar lo que se es, parecido al lentísimo movimiento de la hoja que definitivamente cae, y toque, convertida en raíz, lo que nació sin hojas y transmutado de materia vegetal a ser inorgánico, y guardes el sonido de las voces que callan, porque otras voces hablan.
Ahora me enseño mi pasado.
Me asomo a las cosas sepultadas en la infancia bajo un manto que los años no cesan de recordar.
Son voces propias y colores brillantes, como nunca volvieron a ser.
El tiempo que pasa me enseña lo poco que enseñan las cosas con el paso del tiempo, salvo que las horas —sumadas a los días y a las montañas de momentos pasados— no están para aprender, sino que siempre fueron ajenas a tu presencia.
