Solo las nubes dan permiso - Enrique Morales Cano - E-Book

Solo las nubes dan permiso E-Book

Enrique Morales Cano

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Beschreibung

El joven que se siente abandonado trata de ocupar el lugar que no encuentra, y ante las dificultades creadas debe organizar la vida por sí mismo partiendo casi de cero y de las emociones que debe inventarse con objeto de ocupar un hueco en su existencia. El apartamiento que tiene de su familia le hace recordar insistentemente el tiempo que permaneció a resguardo entre ellos antes de que saliera del seno familiar para emprender estudios en otro país. El panorama que encuentra una vez se siente desvalido y roto el cordón umbilical que le unía con los suyos hará que poco a poco vaya perdiendo la continuidad de la línea evolutiva que hasta entonces guiaba sus pasos para tener que configurar su propio cosmos y la existencia que sustenta con las impresiones y experiencias que va cobrando al paso. El pesimismo que le invade gradualmente y el choque constante con la realidad que le abate hará que trate de hallar la solución que no encuentra; razón de que un día elevando la mirada al cielo comprenda instantáneamente lo que estaba necesitando y sea el título de esta novela: Solo las nubes dan permiso para tratar de entender algo de la vida que lleva.

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Seitenzahl: 432

Veröffentlichungsjahr: 2021

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Crédistos

© Derechos de edición reservados.

Letrame Editorial.

www.Letrame.com

[email protected]

© Enrique Morales Cano

Diseño de edición: Letrame Editorial.

Maquetación: Juan Muñoz

Diseño de portada: Rubén García

Supervisión de corrección: Ana Castañeda

ISBN: 978-84-1386-837-0

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

Letrame Editorial no tiene por qué estar de acuerdo con las opiniones del autor o con el texto de la publicación, recordando siempre que la obra que tiene en sus manos puede ser una novela de ficción o un ensayo en el que el autor haga valoraciones personales y subjetivas.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

.

Dedicatoria

A mis padres, que me hicieron.

A la vida, que hizo todo lo demás.

.

Dedicatoria

A los amigos de la ergástula.

.

La vida es una carrera con el sol de frente. La madeja que hilvana desatinos. El centro está en todas partes menos en su sitio, como tú, que los años te privan de acomodo, entrando en la categoría fehaciente de no existir. ¿Qué hay de Montano incapaz de ser, la iglesia anidando culpas? Castilla abriéndose las venas en ceremonias oficiadas, morenas, amarillas, sin sangre apenas. Pone colores, los saca a la cara. Lagunas que lloran por ojos de sal, lagrimales con grumos de salar. Las voces callan como gozne de puerta sellada y la distancia se hace para comunicar silencios. Adonde vas no hay más misterio que el que eres: la vida es cuanto hace que no tenga sentido, lleno el tiempo de vacíos a cada batir de las horas. Pensar es tirar una pared para encontrar otra, porque las expectativas se inventan para romperlas. No saber qué hacer con las horas ni ellas contigo. Siempre te pasó lo mismo. No es que pasen lentas, es que gravitan demasiado. De forma que las cinco pueden ser las seis y media a poco que te descuidas y se propongan. Dar contenido es huir a campo traviesa. La fuerza está en perderse en este sol de dura madre que no te deja ver ni mirar, ni siquiera concentrarte en lo que no hace falta. En Montano los veranos con Rufa y el tío Luis, todo por determinar, como un reloj de maquinaria agotada. A rebosar de lo que se ignora ni tiene nombre. Recuerdos mal enterrados, peor sujetos, que vagan por ti con la asiduidad de andar por casa. Desde entonces sabía que la mejor forma de parecer tonto era serlo sin remedio ni torpes componendas, cuando todo deja de tener sentido y resistir sea acorazarte en la nada. El objetivo de ascender, empequeñecerse. El motivo por el que no se puede ser uno mismo es uno mismo. Nada cabe en su lugar y las vueltas que das te las resta la vida por delante y por detrás para que te ventiles. La cualidad del hombre: estar perdido, enfrentarse a lo más insoportable de él. No repetir es hacer versiones de lo mismo. La posibilidad se construye en sueño, se desarma en la vigilia. Parte y todo es el comienzo zambo sin paso adelante y huella atrás. Cuando no sueñas queda la vida, que es el sueño que no sabe despertar. Dime cómo te encuentras y te diré por qué no quieres saber tu nombre. El hombre no es traducible. Ningún canalla traductor puede matarle. Los hijos, en cambio, el invento para no salir corriendo y seguir con el mínimo emplasto posible. Los padres, la trama para que los hijos salgan adelante. Sin hijos estás incompleto, pero luego no encuentras piezas de repuesto... Queda la escritura que no valida el papel, el labio que no lee. Exprimiendo un limón compruebas que la vida no vale tanto. Que está sobrevalorada. Se ignora dónde se está o cómo se escribe lo que se siente, pero, desde aquí, veinte toneladas de silencio dan vida por aliento. Quizá se venga a meditar que no se está en parte alguna ni haga falta. Que la vida es el IVA, el valor añadido que pagar por creer que estás vivo. Todo recuerda lo que no hace falta, lo que es preciso desencajar de contexto. La vida es irrepetible, porque si hubiera otra sería irreparable. Las cabezas en el mostrador, como las pistolas y algunas las cartucheras. Aún no se ha inventado morir de ser, aunque sí de estar, porque no hay identidad que lo resista.

A la casa del tío Luis le faltaba el patio, que fue rebanado para hacer una calle por la que no circuló ni el recuerdo del corral de gallinas, su microcosmos de clausura. Volver es descubrir que nada está en su sitio. Que te han engañado. Como si hubiera lugares, no nichos, donde dejar la memoria, el perejil que nos cocina por dentro. ¿Cómo podría ser de otra manera lo que no es de ninguna forma? Notas que mueven el alma cuando se va, la muy tránsfuga. Solo se asegura que nada es como es, que conforme te tratas te apartas de ti. Según hablas, yerras. Nadie es más suyo que el que no se pertenece. Nos sostienen las fobias tras habernos casado varias veces con los recelos, el pequeño mundo de partes inmensas para que la magnitud esté hecha de no tener medida y carecer de remedio. Estar bajo de moral y que te hagan un enema... Antes se vivía para pagar un piso, hoy naces para ello. Un pedazo de papel en los planos, aire desde el suelo. De nada valdrían los sueños sin la nostalgia que todo lo embrolla cuando el sentimiento deja de existir de pura incandescencia. No hay afueras porque no hay adentros, y el alma, instalada en su grupo mixto, es el camisón del deseo. El hombre filfa, proclive al chantaje de alojar la conciencia en algún cajetín del recuerdo. El caos: echar de menos todo y nada a la vez, mientras nos come la insularidad del marasmo. A la vida la salva no tener cara para rompérsela. Muy estructurada en su falta de vértebras y venero sin palabras, en su construcción inversa, como los hombres que se beben y eructan. Solo una cosa es más completa que estar muerto y es estar cada vez más acabado. Morirse es un seguro de vida. Primero te destrozan y luego piden que aplaudas. El hombre lo hace todo al revés, pero a destiempo. A cada uno le da Dios su respectiva incompetencia para que se calme, se convenza de lo que quiera. Sin ella no podría tener consuelo ni conservar las piernas. La herramienta de todos los días, como la hogaza de pan, El Ángelus de Millet o la radio. Todos los recuerdos pesan como si hubieran sucedido. Todo daría igual si ya no diera lo mismo.

Sorprendía no encontrar los muros de la iglesia, los ritos pegados a la boca del estómago, solapa de un sueño en barbecho. Sustituida por viviendas enfiladas como los cursos que iban a dar a la capilla, aguas sin mar. Ladrillos que refractaban los gritos del patio, el trallazo feroz de las persianas defendiéndose del sol, de la vida, los girasoles de la memoria envueltos en el ruido de un equilibrio de antemano muerto. Entre capas de polvo, ristras de domingos y un pasado que no sabía por qué tenía que haber ocurrido, la iglesia resurgía como una posibilidad por nadie interpuesta, remota en la asunción de los frescos de la bóveda, las destempladas imágenes de San Lorenzo, San Fernando y Santiago Matamoros al acecho, parrilla y sable en mano, destacados a rabiar en la impunidad sonora del altar mayor, pintarrajeado de azulenco. Traspuesta la sacristía, el cura se encaraba. Ferocidad compartida por la agitación remecida de los bancos. Luego, se encogía marchando al negocio del trasaltar, los bancos rechinando de rodillas genuñexas, las voces perdidas al final de un canto, desprovistas de tiempo, de carne, desgarradas de esencia donde hincar el diente.

Pese a sustraídos a los años, Andrés Mellado conservaba su fisonomía habitual. Muchos locales proseguían en su sitio con aire de haber perdido el candor y cumplido su deber. Pero los rótulos apuntaban a otro lugar, a funciones nuevas y desconocidas familiaridades, traspasos que digería la calle. El tiempo traducía las cosas en algo infranqueable. Ocurría en las esquinas troqueladas de la memoria y en el acople de los chaflanes con la impávida tapia del colegio, larvado el cromo en la imagen que se desmorona. Todo caía a fuerza de piqueta y el mazazo resonaba en el cerebro. La capilla, el corazón del barrio. Por los recónditos ventanales, que querían ser góticos sin reparar mucho en las formas, se filtraban los paladines de la Reconquista, que allí parecían cobrar resuello, bajarse del caballo para echar un tiento y reponerse del saqueo de las tropas. Gozar del privilegio de anclarse para siempre en un pasado testicular y fangoso que olía malamente. Los muros, los confesionarios, el altar como el croquis de un desengaño que humedecía las paredes de despropósitos, la rodilla devastada por el restriego sin piedad del asperón y el estropajo de las señoras de la limpieza. La caja cernida de tardes de invierno, el agujero por el que trascendían los cantos a la calle, dormida por el paso transparente de las horas muertas.

Convocados a sagrado se rememoraban grandezas, la muerte de algún papa. Señales venidas de un mundo desprovisto de sustancia como en invierno el bocadillo adquiría ribetes señeros, perfiles tiritones que alargaba el polvo helado, las manos azuladas, las ideas traslúcidas a falta de peso en el patio desolado. Centenares de cuerpos pateaban ya un balón sin fueros, huérfano de contenido, humano, empujado por la marea que dirigía la bola a la portería. Pelotas y balones de todas clases y linajes iban y venían en el galimatías empeñados en batir el hueco que defendían tres o cuatro porteros. El silbato ponía fin al alboroto. El ruido caía muerto como el golpe de un pájaro ciego. El viento palidecía más de la cuenta y el polvo se asentaba en los cuerpos, prefigurando que todo volvería a ser como nunca. El silencio, la argamasa fuera de época. Más chocolate en una taza vacía. Sacudía la piel vuelta del revés en la que se estiraba el patio como un sudario que cumplía con lo esperado. La paz volvía a rincones poblados de palabras, recatos rebotados como animalejos aplastados contra las tapias. El barrio sabía que tras las bardas erizadas de bárbaros cristales verdes comenzaban las clases, azules y blancas, las torrecillas desmochadas de ladrillos.

Pabuchi le daba con el codo, Pablo miraba esquinado. ¿Qué año corría? Entre las diferencias adiposas del patio, las suyas eran las más sanas y lustrosas para los tiempos en boga. Gordo por la gracia de Dios, crecía en grosor mientras se desmerecía a su lado, menguada la envidia de nuevo y viejo cuño. Pretérito el tiempo para todo: para quitarse la pegajosa sensación de que la vida cambiaba con solo salirle al paso, para darse de bruces con lo que no terna nombre acuciados por las clases. Fernando el Católico, el tranvía aplastando las chapas, relucientes que parecían otra cosa, más nobles que las perras chicas. Lo poco que brillaba en la época junto al dispensario antituberculoso. Las tapias del asilo, el Cristo de la Victoria, el desagüe de Guzmán el Bueno en los bulevares antes de que el gran comercio acabase con el barrio de las Luces. Calles metidas en su recapitulación sin fronteras, levitando en imágenes de media tarde lo que no había podido antes. Caminar, lo único que estaba permitido y se daba por hecho, lo que decía del madrileño que era gato nada doméstico.

Absurdo, Pabuchi. Cebado de gorrino.

—¡Silencio! —La voz del frío se arrellanaba en la sotana.

El delegado tomó nota.

En su presencia, la cohorte de soplones se veía preservada. Martínez era implacable; su mirada parda, proverbial. En ello le iba la matrícula, que ni era de familia numerosa ni su madre fregaba suelos, pero echaba una mano en la cocina para que el hijo levantara cabeza.

Se había quedado sin cine por mucho que añorara el túnel húmedo de imágenes, fresco de oscuridad y el resplandor que cubría la pantalla, saciada y agitada como pez de fondo sacado de un mundo desgarrador y dormido para hacerle la respiración artificial y agradecer la presencia del público.

El Pelayo ejercía la fascinación del tabernáculo, de lo que excluye pero deja vivir después de clavarte el aguijón del asombro, el sortilegio de las impresiones que pujaban desde atrás sin ver nada delante.

Los tiempos, de espaldas a lo permisivo, acrecentaban la extrañeza de un destello captado en cautiverio, devorado en el silencio clandestino de la butaca.

Martínez daba al prefecto el mínimo de diez nombres exigidos. Pabuchi, siempre apuntado, se sacaría la espina. Ninguna mancha en su historial. Los demás, nacidos de padre y madre, contaban con robustos expedientes. Un carácter, su amigo. Conducta velada por la indiferencia del rencor, como si dispusiera de la bula que exime del trato con la contingencia diaria, el mercadeo que su padre se traía con el colegio. El primero en ser llamado por el padre Lucio, contra lo que no había réplica. Pasillos que bajaban al sótano, junto al jardín de lo que había sido una residencia particular y entraba en el cuarto repleto de libritos que olían a tinta, a goma y a papel recién descapullado, como pequeñas joyas de pastelería. Folletos edificantes que exhalaban cosas de provecho que no atañían a nadie. Dos o tres más de su cuerda eran invitados a dejar el aula, única exclusión permitida durante clases junto con la muerte. Traspasaban el aire embalsamado con tiza y encierro del que se impregnaban las galerías pintadas con falsas vetas de mármol y jade tramposo que tampoco pretendían engañar a nadie, artimaña que nunca pasó por buena.

Miró a Martínez. Subían por galerías abiertas hacia el hueco de las aulas que sugerían catacumbas. Atrás, el redil del padre prefecto, ennegrecido de gafas y sotanas, humeante de perplejidades y masturbaciones. El cubículo del hombre lobo. Texturas que exudaban secreciones, efluvios de sobaquera exhalados por lustros sin piedad. Visiones carentes de sustancia que el sonido aquejaba de luces y sombras, las medias tintas de verdades muertas.

En clase, alguien reparaba en una oscuridad más fría que la usual. Entraba el cura con el faldeo recogido, fasto preciso para empezar la función. Costaba desprender los ojos de la ventana, un órgano hueco. Para eso se hacían, para filtrar la vida sin pulso que barría la calle, centrar términos en desánimos y desaciertos, deshacerse del influjo que animaba a las manos.

Pesado como su nombre, don Pedro tardaba muchísimo en surgir del légamo del que salía asfixiado para empezar la clase, en enhebrar las flemas escatológicas previas a recomponer la mirada, en escapar del objeto en cuestión y polivalente de su figura (daba Arte, Historia y Matemáticas), ajeno a la res pedagógica. Carroña, la redoma de la clase, vuelta del revés en su hipogeo. Don Pedro inspiraba una lástima no exenta de lamparones de sotana.

Bandidos montaraces, a la lista de Martínez iban los mismos sin saber cómo se las arreglaban. Martín, su silencio de granito berroqueño, concentrado en cómo su madre se afanaba de la costura del colegio. Muro, Mangada y Merino, fijos. Merino manchaba la lista con sus fluidos al cerciorarse de estar inserto, cábalas en las que no había misterios. En ese ambiente, más una metáfora abastardada, descollaba la figura del padre prefecto. Borrado tras sus gafas, oculta la mirada en la inmensidad de la licantropía de la que nunca sabrían, el paso por sus vidas se teñía del color de la sotana, la caspa como puntos distintivos del maná de lo sobrenatural, la voz seca del padre Saura adscrita a otra galaxia.

El tiempo mejoraba. El curso, harto de ir a la deriva y perder carga, enfilaba las estribaciones de las escolleras, por delante capear los exámenes. El padre prefecto osciló su cuerpo, la tarima crujió como una bolsa de polillas o patatas fritas, de termitas sucesivamente devotas de reencarnación tardía. Flanqueado por don Julián, el profesor de Lengua, y don Arturo, que daba Formación del Espíritu Nacional, la asignatura estrella, el prefecto comenzó el exordio, alisó la sotana, la boca más llena de dientes de lo recomendado, sobremontando molares en judería de caninos:

—Sabéis —un estertor de cueva herida salía de la sotana, untadas las golas como podía—. Sabéis —repitió para cobrar conciencia de lo que hacía entre aquellos menesterosos—, el benefactor de la casa ha entregado su alma a Dios. Alma buena —prosiguió entre agónicos carraspeos de tráquea—. Se nos fue sin damos tiempo —dijo— de reaccionar, de agradecerle sus favores y largueza. Hoy, queridos niños, hermanos en Cristo, hemos de sentirnos huérfanos de su figura de prócer, de su carisma vigorizante y benemérito... —Paró porque sus ojos se anegaron de una sustancia acuosa que no eran lágrimas, sino lubricante de su mala conciencia. En el patio decían que era de «cristalino flojo», sin saberse de qué clase de vidrio se trataba.

Aquello era bastante y además era invierno. El frío constreñía lo que para algunos sería el ánimo, de haber tal. La sensación afectaba a las paredes. Ninguna a resguardo, exhausta la presión ambiental. Cada cual aventurado a su medida en el entierro que prestaba su luz a la caricatura del cielo, despojo de mazos que amenazaban sin descargar. La luz escamoteada en los rincones. Las ventanas con motas, sellos de agua, nódulos inmersos en la masa descerebrada del cristal que mandaba reflejos pardos y verduscos a la clase. Aprovechado el vacío de la escena, el orador se restañaba lágrimas de caimán, lamía heridas abiertas como babosas en losetas, rango natural de la crónica falta de humor, siquiera vítreo. El padre Fidalgo, que en vida fuera el marqués de los Sargazos de Quintana Roo, que así ya podía, decía Muro, se había desplomado al patio. Siempre rocambolesco, Muro veía en ello una mano delictiva.

Se quedaron sin recreo, pues fueron llevados a la capilla para rezar por el difunto.

Muro, timoneando el percance como todo, constató que al marqués se le habían cruzado los cables. Un cortocircuito, que el finado explicaba Electricidad. Incluso los curas ricos, a la par que nobles, caían en la deferencia crepuscular. Al occiso se le había cruzado el arcano con la ley de Ohm, que para eso era aristócrata, blanca la cabeza, sobado el Libro de Horas que le acompañaba como un hijo tonto. Olisqueó un último deseo de llevarse algo del frescor del viento (acababa de llover); salmodió las palabras que conjuraban el silencio y adelantó sus ojos a la nieve incipiente de Guadarrama, precaria como una calva, mordaza que a toda prisa venía en su busca. Cayó el breviario en la terraza en hoja que no se sabía para morirse adelantando unos pasos, y eso que no se había suicidado, seguía Muro que estaba en todo y hacía caer a los demás en lo que no reparaban, empujado por la inmaterialidad aviesa del aire que estrenaba el patio. Faldas abajo, porque los curas morían armados y bragados, propulsados sin más bagaje ni afán chagalliano que la caída en manzana a las pistas de baloncesto recién estrenadas, como su muerte. Despoblada de gritos, prontas al recreo. Sumida la explanada en la profusa colección de balcones y ventanas que circundaban el colegio por encima de las tapias, de los ruidos sucintos de la calle maquillados a la hora por el choque de vacíos contrapuestos y pie cambiado.

«La muerte salió a su encuentro como un acreedor más», acotaba Muro, quizá porque debía decir algo. El primer cura que se iba al otro mundo sin permiso de conducir por más bula que tuviera. La muerte del padre Fidalgo, cuya cosmética se trataba de maquillar o, al menos, afeitar de astifinos detalles, añoraba a los cachetes del padre Saura el mejor carmín de sus palabras. Muro recordaba que en un retiro, o así, en medio de un pasaje especialmente bíblico, el prefecto propinó tal sopapo al micrófono que saltó a las primeras filas de badulaques, desde entonces menos concurridas.

Pabuchi le invitaba a su santo. Todo intimidaba allí, empezando por su madre, doña Laura. Las luces que llegaban al techo despreciando el suelo, tan relucientes se las gastaban. Doña Laura tenía algo de cisne al estirar el cuello, arabescos cultivados con éxito. El padre de Pabuchi llevaba una carrera que no se detendría hasta ocupar un puesto, para lo que hacía acopio de méritos. Tronco y retoño nimbados por el triunfo, indolentes. Orondos, cariñosos ahora, bien vestidos, amables a escala maleable y con la deferencia de la buena crianza requerida para llegar a todas partes, incluso a la parada del tranvía. El tiempo no encargado aún de poner nada en ningún sitio para desajustarlo luego de otra manera, el esplendor de la casa cautivando como a un gato una sardina.

La casa de Lourdes, ya se sabía. Llegó tan pequeño. Esqueje y gemación fuera de tiesto. A esa edad pasaban años antes de reparar unos ambientes de otros, hacer inventario de las difusas posibilidades que ofrece el día. La casa de Pabuchi era otro mundo: retazos del Pelayo los jueves si Martínez no disponía otra cosa y tenía dinero, la aventura de lo improbable que hacía prescindible el gel de la pantalla, el ozonopino que espolvoreaba el portero en la sala.

Dejó la fiesta de noche. Había comido. No metería las manos en la fresquera cuando tía Lourdes regresara de sus meriendas y se acostara con la excusa de la migraña.

Rufa le abrió con su aire deshilachado mientras se sorbía los mocos a falta de otra cosa, las manos hinchadas como guantes de béisbol, enrojecidas por el agua de la pila. Se sonó con la punta del delantal sin recatarse. Le dijo que su tía estaba ya acostada y la puerta se cerró, siendo engullidos por la oscuridad sin nombre del pasillo.

El frío se prendía de todos los rincones: en los dibujos del jersey, en las vetas del pelo. Abrió la cama y se arrebujó en las mantas. Escuchaba a Rufa en la cocina. Rufa comía algo antes de cantar y defenestrar el día, dar distraída cuenta de la lámpara de cristal que le mandaba limpiar los miércoles la señorita para demostrar que allí había un principio de disciplina. Atravesaba la puerta acristalada del cuarto de huéspedes, por entonces desocupada, y llegaba a la sala de estar, cruzada la cortinilla que separaba del dormitorio de Lourdes, para lo que necesariamente tenía permiso. Bordeaba la mesa camilla con el tapete de ganchillo como conurbación de la que habían huido sus habitantes por falta de pago o exceso temperamental. Abría la cama plegable que en el día ejercía de altar para el Niño Jesús gordezuelo y sonrosado que desde su lecho de virutas bendecía todo lo que parecía carecer de importancia en la casa, empezando por sus habitantes. Las paredes granuladas, de un color que en algún tiempo fue verde o amarillo hasta camuflarse en una pasta de indefinible edad. Allí se metía pensando que estrangulaba un día más, coloreando su Cuenca natal, su Montano, donde la madre aún servía a don Luis, el hermano de la señorita. Pensó en las vacaciones: derrengada de no hacer nada, pegada la molicie al cuerpo, echado otro palote a los meses que hacía que no le pagaban.

Muro era admirable, pensó atenazado por el frío que apretaba tuercas, convertido en la imagen de la desolación, una dolorosa laica entregada a las tareas domésticas. El reloj permanecía en el cuchitril del portero y solo quedaba recogerlo. Martínez estaba malo, gracias a Dios. No había castigos. El grupo seguía a Muro con disciplina perruna. Tenía en la cabeza sin asimilarla, como una borrachera de confetis y colores, de chispas que amenazaba con prenderlo todo, incluso el silencio en que navegaba la oscuridad, el día en que Muro cogió el reloj. Era un bárbaro. Nadie había contravenido así las normas de saber lo que eran. Hacía lo que los demás temían y no osarían ejecutar en la vida. En el otro platillo estaba la cerveza negra, «la Venus de ébano», decía el cursi de Mangada que se acababa de aprender la palabreja, hablando con cabal desconocimiento de la materia.

Jugaban al gua en tapas de alcantarilla, bendición de época por precisión de contornos y rotundidad de vías acotadas. Aristas que laminaban el recuerdo. Salto del barro a las canicas, tan perfectas en el fulgor de cueva fosilizada de ojos de gato, la belleza de las maléficas lenguas de fuego que asomaban al corazón como un tesoro irrescatable. Como los Super G Constellation que empezó a regalar El Corte Inglés una vez implantado en suelo patrio.

Olisqueaban el aire recogiendo carteras. Martín, Mangada, Merino, nombres sucesivos de la lista con la que Muro creaba clanes hasta la diáspora de la gesta académica, formando la piña temprana que marchaba a la Moncloa, centro de operaciones.

Muro conocía el terreno que pisaba y, si no, lo inventaba, ciencia en la que conseguía logros mayores. Fechas antes se había apoderado del reloj de boda de sus padres que lucía en la chimenea. Un ropavejero, el socorrido señor Matías, perista de fechorías, consintió el trueque para la escapada a la cervecería, arrojo incesantemente debatido como promesa en verbenas e incursiones al Parque del Oeste.

Pablo crecía en el olvido de sí mismo y lo elusivo de su capacidad adquisitiva, de la que ignoraba que existiera. Lourdes disponía de una pensión de huérfana que cada año desamortizaba menos los recuerdos y vestía sus coordenadas de desánimo. En aquella casa, el habilitado era contertulio de solera, por años introducido con aplomo pasillo adentro, daguerrotipo de época, los desconchones de las paredes a punto de echarse a llorar. Asido a la cartera, pieza fácil para un catálogo de mariposas muertas. En el comedor retiraban el terciopelo que cubría la mesa como una marea negra, altar y piedra sacrificial dedicada a ese cometido, que salieran a relucir los papeles. El BOE, recortes de periódico sobre fluctuaciones del mercado, tan rematado en palabras de don Mamerto que con las mismas terminaba de posar los labios en la taza de café que venía presta. Allí los dejaba, plantados con los billetes sobre la mesa, coloreados con la forma del deseo, para enfundarse el abrigo y salir de gafas negras escoltado al ascensor entre reverencias y protestas de gratitud y amistad que parecían nipones. A su paso encendían las luces, por lo general prohibidas salvo de noche, pondrían la alfombra de tenerla, descorrían cortinas, cerraban puertas y Rufa se apresuraba a lavar la taza dejada por don Mamerto. Rito menstrual como la eventualidad de que la casa, el barrio, el colegio, la plaza, el mercado, las salas de juventud y las verbenas no se evaporaran al sacudir la estera pisada por don Mamerto a las capas amontonadas de vecindad. Precariedad de persianas echadas a la calle, exhaustas, el silencio del pasillo, la incongruencia de los muebles y el apartijo que el tiempo hacía en los moradores de la casa, descosidos en la misión de levantarse de la cama, volver secos a ella por la luz que rozaba las aceras, la apariencia de los árboles que pedían clemencia.

Al desgaire, el habilitado preguntaba por la salud (eran años de repetir lo mismo antes de recoger el abrigo). Agradecía ofrendas como un dios maya acepta las atenciones con gesto cardenalicio, de no ser funcionarial. El diálogo de palacio fascinaba a Pablo por la templanza cartuja de aquel hombre que ni afirmaba, ni negaba, ni concedía, ni extrapolaba que el Gobierno subiese algún día la pensión a la tía. Don Mamerto, pequeño pero con impronta de grandes ambiciones, había estado en la División Azul y tenía un primo que acompañó a Moscardó en todo aquello... Era el nexo de las paredes encerradas con un solo juguete de Andrés Mellado, lo más importante que ocurría en su seno. Se tomaba el café sin pasteles, con la misma dignidad de María Antonieta antes de subir al cadalso, en una taza que Lourdes se había traído de Melilla, donde había nacido en su pasado militar, barruntando el cometido. Se atusaba el bigote de actor de Casablanca con Rufa en el papel de la Bergman, con un gesto de señorito que ha dejado de serlo para meterse en más severas retaguardias. Las vetas azulencas cubriéndole las sienes, la misoginia amparándose en huérfanas de guerra. La legión de viudas voraces que alimentaban la rapiña de la memoria de sus deudos para apuntalar esperanzas que habían dejado de existir en la corte de los milagros. Contingente nunca acabado de ancianas de moño enhiesto, torcidas de cuerpo, prendidas del reuma y la mirada en el suelo, como don Mamerto en sus visitas, que siempre parecían nocturnas.

Extendía la libreta, que la tía firmaba feliz de salvarse otro mes del naufragio, embotada en el Floyd del habilitado, que aprovechaba la visita para afeitarse en la peluquería de abajo.

Suspiros de España: las quejas conformes de Rufa a fin de mes, cuando cosechaba otra negativa a cobrar. El cerebro en lasitud de imágenes. El calendario del tedio que pronto empaparía de sudor el verano se helaría después de las babas depuradas del brasero.

Muro les descubrió la verde atracción de los billares. Todo era nuevo, sin la experiencia para ejercerlo. Salas cegadas de humo masticado, obscenamente deglutido. El jefe pegado a su colilla, feo como endriago, mano a la faltriquera resobada de generaciones de estudiantes, mandilón para guardar los cuartos, abrir el artilugio de las bolas pegadas a la pared, mondas como calvas de verano. Una guarida empedrada de toses y voces golfas, donde las blasfemias estallaban promiscuas como trallazo de látigo. Un sagrado profano de desvergüenzas.

Por gracia mortificaban a Lola, a cuyo tribunal se acudía con ánimo de gastar lo que Muro decía que era una broma, una chanza tribal que se repetía a la salida de clases. Muro decía que el destino de Lola era sufrir por ellos y perdonarlos como Jesucristo en el cruce de Donoso Cortés con Andrés Mellado, donde había sentado sus pocos reales, alma en pena escapada de alguna ciénaga de la Edad Media. Una muerta viva huida en última instancia del purgatorio para pagar sus cuentas. La pobre que no sabía leer, apuntaba Martín, arrimada a la pared para sostenerse como todo en la vida.

Lola le temía en solitario y en comandita, al por mayor y en especies. Formas de pavor desde que Muro, en montaraz ultraje, remecía su puesto como si fuera una botella de La Pitusa. En el embate, la pipera travestida de la España negra entregaba los alientos que quedaban para chillar como una rata que huye de las marmitas, mientras la mercancía, rala y pringosa, se esparcía por el suelo. Las risas limpias como las cuentas de un collar o la pintada del prefecto en las puertas del colegio.

De aquellos fastos se cerró el quiosco y Lola abandonó el chaflán, tal como la costra necesita plaquetas para sobrevivir y sosiego para seguir hurgando en el dolor. «Un atentado a la dignidad», decía Martín, que era el más conspicuo en la defensa de los derechos civiles y tenía ideas sociales porque su padre había sido linotipista.

Cuando la daban por muerta, la pipera regresó del mundo de los arcanos, que muy lejos no estaba ni parecía. Los ojos metidos en las cuencas, defensa de nuevos ataques convencionales.

Muro la había tomado con ella. Por no hablar, y menos irse así de la lengua, Martín fue el depositario del reloj aliñado en papel de periódico con el que vieron salir a Muro de su casa.

Era el más conspicuo, el más constante en la sonrisa rota, la cuchillada a las voces que servían para mellar el tiempo y hacer estropicios en los silencios en los que cabalgaba el cuerpo.

Martín, pequeño, con las piernas perladas por el frío, el pantalón remangado por la memoria de ese día, pobladas las cañas que subían por pelos hirsutos a fuerza de huérfanos. La nuez de Adán, y medio en mitad de la efigie, daba a la cara el aire inofensivo de una rata apaleada por sucesivas heladas y solaneras a no salir del escondrijo de su alma, sin fuerza para remontar los días.

Resistía como si fuera otra persona, no la esmirriada imagen que acompañaba como un pegote, la coma que yerra camino o el punto que no remata la comparsa. Nunca se quejaba, y menos de la fiebre, su compañera sentimental, que lo encamaba en cuanto su madre le echaba la vista encima o le tocaba la frente. Ojos vidriosos pero rientes a fuerza de recalentar la vista en el homo del caletre, raído de jersey, todo del color de su piel morena, estampada con las manchas que traía el invierno.

A la señal de Muro los demás esperaron fuera. La covachuela, el tablero recomido por el sol que engorda el tiempo, bandera de las transacciones que se practicaban en su seno.

Subió los escalones, sucios de orines y excrementos de perros y palomas, y desapareció tras la cortinilla que ocultaba aquel trasiego.

Al poco escucharon la campanilla por la que hablaba el antro. Asomó la cara del taimado, la mano metida en el bolsillo en seña de buena marcha del negocio.

En grupo Muro enfiló por Blasco de Garay con el orgullo de ignorar lo que hacía, realzada la confianza tocándose los genitales, la tarde en desacato buscando una almohada en la que hundir la felonía.

El aire complotaba con la confusa redondez que sacaba ahítos de norias y tiovivos, el humo de los churros, los carruseles y el definitivo desplante de los coches de choque, destartalados, conchabados y legendarios, que desplegaban su agresividad barata y sin sentido.

Hubo un momento en el que el cielo, hecho paraguas, se rebeló en volcado para tragarlos. La barra, aquella boa humana, recorría mareante la entraña del local del váter a la calle, oscilante como el reptil que ingería espuma negra, rubia, umbría, verdosa como la bilis, impregnada de distancias y sabores que existían fuera y dentro del cuerpo.

El camarero, ave tardía del paraíso, miraba como el portero del Pelayo para no dejar entrar, avezado en escorar la escena hacia un mundo agigantadamente confundido en la serpentina que atenazó el cerebro. Daba un brinco vomitivo en la aldaba del estómago, armazón que fundía alcohol y la razón que condujo a la desbandada de cada cual a su rama de olivo, mochuelos a la caza de la necesidad primera y tardía que embotaba el corazón para traducir el aire en gritos y humareda.

Rufa cogió la escoba tras limar el suelo con asperón, frotándolo como si fuera un artículo de fe. Tenía diecisiete años y meses antes había venido del pueblo. Tan suelta de cuerpo como de ideas, sin otra recomendación que la de don Luis, en cuya casa enredaba más que otra cosa.

Allá, el tejido de los campos se montaba en los verdes que cedían terreno a la cuchilla del asfalto, camino de Villares de la Sal y Horcajos, parajes que vivían de reblandecer la manoseada inmaterialidad de la Mancha, sábana que se tensaba hasta rasgarse en el recuerdo del día siguiente.

En verano, el pueblo se enroscaba como una gargantilla de la que no cabía huir, ahogado en el olor de las eras, resbalando a ambos lados de la tierra de nadie en la que se dividía el misterio de su conciencia, los escalones que, contraviniendo su naturaleza conductora, no llevaban a ningún lado, mientras la luna le inundaba el camisón.

Al crepúsculo se dejaba llevar por afán de que algo blandiera a sus pies junto al castillo, en la llanura sin alicientes ni fisuras que conectara con parte alguna, hacia las ruinas, adelantando alientos salobres que no acababan de secar el cañonazo de los sueños.

Juntas, tragándose resplandores del cielo como golosinas de un mundo aparte, las chicas arracimaban sus cuerpos al compás de risas asomadas a la boca de un augurio que no se movía. El viento, una imagen metafórica de su impotencia empujando el abismo abierto entre sus piernas, la resonancia de las tardes de tormenta y el reuma del pasado. La ciudad señuelo espolvoreada de bocaditos de nata. Como si no supiera ver el agujero de Andrés Mellado atenazado de tinieblas de repollo y los guisos de doña Lula. Pasar por las horcas caudinas del portero, medio gitano, cojo de silletazo brindado en reyerta y tuerto entero de clavarse, ebrio, el pico de una mesa mientras cantaba el alirón del Madrid en una taberna.

Cuando Rufa, en espera de algo imposible, creía que todo estaba perdido, sonó el timbre. Resignación que se tragaba la tarde, la casa en brumas donde no mandaba nadie y todo se hacía por dejación de poderes o silencio administrativo.

Aún tenía que vaciar el cubo en el baño. Así llamaba la señorita el cuchitril donde apenas cabía la taza del váter y por cuya ventana asomaban los paisajes desconchados del patio que el niño le nombraba para instruirla en Geografía. La mancha que llegaba al tercero desde la promiscua fermentación del patio, almacén de cochambre, era Andalucía gracias a un caprichoso meteoro empeñado en descartes.

Tiró el delantal sin reparar en que caía sobre los últimos orines sueltos que no había tenido tiempo de limpiar. Siempre esperaba algo. El corazón acelerado. Se alisó el pelo pensando en hacer la maleta y marcharse al pueblo. Se ajustó el jersey que llevaba desde no sabía cuándo.

Era guapa, se dijo mirándose en el espejo roto carcomido de lepra y tiempo en uno de los bordes. Qué duda cabía.

El corazón alborotado pensando quién sabía qué cuando salió a abrir, sometido a anónimas descargas de adrenalina, gruesas por incautas.

Al ver a Antonio se le erizó la nuca.

Días antes había intentado meterle mano en la escalera, al bocado de una oscuridad que tiznaba y de los tufos desfallecidos que subían del patio. Raudo en palparle las carnes, si bien tiernas, siempre escasas.

Con Antonio se sabía cómo acababan las cosas: por lo general, echándolo sin más reparo. Pero se las arreglaba para saber cuándo estaba sola o con el crío, que era igual, sujeta a la carencia de un todo crónico. Tenía prohibido poner los pies en la casa, y menos las manos, desde que Lourdes acudió al piso de enfrente para hablar con doña Lula, la madre del desafuero, «como se hablan cosas de hijos casquivanos y doncellas atropelladas», le dijo Lourdes alterada a quien solo podía arrimar la cara a las ollas para pagar las culpas del primogénito y de paso sentir los calores del infierno. La madre de aquel tesoro, aprendiz sempiterno de sastre que se hacía viejo sin pasar de los rudimentos del oficio. Doña Lula, confinada a sus perolas, bastante tenía con ese hijo reventón que no sentaba plaza, ni cabeza, ni buscaba las conquistas fuera de casa, sino que tenía frita a la Rufa, que huía de él como de la gangrena.

La lucha fue intensa pero corta. Esa tarde, rayando el oscurecer, las paredes listas para echar el cierre a la esperanza, Antonio parecía más bestia que de costumbre. Rufa no había podido contenerle y el otro la empujaba con fuerza. Su cuerpo rebotó contra el gotelé y allí intentó agarrarla. Ella acordándose de Pablo y gritando su nombre como los primeros cristianos invocaban a Saulo para disfrutar de ventajas eternas. Una invocación que llegó a lo que Lourdes llamaba la sala de estar y donde Pablo estudiaba Geografía, para variar, lo único que le gustaba en este mundo, quizá por volar con los ojos. En la mesa camilla se fagocitaba una lección de Canadá que sacaba del marasmo de sentidos revueltos. Evidencia de que el mundo seguía existiendo, era amplio, sin saber aún que también era ajeno.

Dejó que las Montañas Rocosas se metieran en el país vecino para atender al revuelo del pasillo con voces a medio desvestir, sofocadas y agrestes, incursiones directas al cauce del San Lorenzo que se estaba merendando. La lucha proseguida otro tanto sin responderse en palabras, y así surgió el rostro alborotado de Rufa con restos de mocos y el mordisco que el otro le había dado en el hombro, en la parte huérfana de jersey. Encendida como si hubiese fuego, buscaba la salida natural del balcón para caer sobre el quiosco donde Antonio se proveía del Coyote y Rip Kirby, y ella de Florita. Se agarró a la mesa mientras Pablo se protegía con la Columbia Británica, que en los nervios había pasado de hoja. La escena puso grumos verdes en los espacios insospechados del cielo, de haberse podido ver afuera.

Antonio no se arredró. Sabía que las dificultades estaban de su lado, esto era lo que llevaba a los delincuentes a hacer heroicidades libres de toda sospecha. Se subió la bragueta, que hasta entonces había permanecido boquiabierta en demostración de principios no consumados. Los obstáculos le hacían crecer, le daban cancha, pero el tiempo jugaba en contra pasada la sorpresa. El tufo de coña alentándolo a no soltar la presa.

Rufa gritó una vez tuvo recompuestas las partes del jersey asaltadas y entró en el capítulo de reproches y vergüenzas, tantas que en el desahogo se sacó el pecho más pequeño y fugaz que jamás había tocado la luz ni visto nadie, primicia que era del desconsuelo. Pecho que estragó la conciencia sin estrenar del explorador de Alberta, precipitadamente puestos los ojos en la superpoblada Indonesia, allí habían ido a parar las manos.

Pablo no sabía qué hacer. Contentado con no ver su primera clase de sexo, que los escolapios no estaban por la materia. Tampoco había mucha masa continental en la que apoyarse, pero sí mucho talud, mucho fuego.

Solapado el interés por Canadá, donde esas cosas no pasaban y los lagos copulaban castamente con los bosques bajo el silencio otorgante de la Administración, la pareja giraba en una acometida de caderas por la cara oronda de la mesa camilla, convertida ahora en principal testigo de cargo. No había a quién echar mano. Su padre perdido en México, lección 18, Yucatán. Pablo pensaba en México, concretamente en el Golfo de Campeche y el Mar de Cortés, cuando Rufa se agarró a sus hombros y le clavó las uñas, un pecho fugaz y el otro jadeante por las galopinas a las que le obligaba el hijo de doña Lula, que de nuevo la perseguía por el pasillo como escuela trotadora de Viena. Antonio suelto de ijares y escaso de fondo, hosco y temeroso de la reincidencia que presentaba ante el jilguero, mudo de espanto. Tanto que al día siguiente apareció patas por alto poniendo colofón a su pájara existencia.

Se llamaba Roberto. Con él se fue el mayor encanto, por gratuito y arbitrario, que había en Andrés Mellado. Rufa se juntó más al ver que Antonio reculaba y Pablo abarcaba no sabía qué, quizá el perímetro de un patio de butacas sembrado de sillas verdes. Era invierno, pero veía el cálido cine iris de verano, escuchaba la música previa a apagarse las luces y encenderse el fulgor que acometía la pantalla. Ese fulgor que impedía ver, pero permitía adivinar lo que en cuatro horas pasaría en ese mundo aparte donde la noche movía a sus criaturas para sellarlas sin importar compartimentos estancos. Luego, el sol se doraría en exceso desechando el día para ocuparse de los ardores que perseguía la noche que entubaba el patio, sin más armas que oponer que el avance sin alas del sueño que envolvía el cuerpo. Un sol purificador de toda lámina de agua se ceñía a los pisos más elevados como última conquista, impensada posesión de azoteas donde desfallecía tras dejarlo todo calcinado: la conciencia, las manos, los ojos de cualquier encrucijada, las franjas de vida impensada adosadas a la calle. Eso veía Pablo con los ojos vueltos para adentro.

Pasado el peligro, Rufa volvió a abrazarle, histérica, encantada como una heroína. Antonio encendía un bisonte a lo Bogart, con aire pitañoso, confundido con él en todo lo que no era la pantalla. Tirar el cigarrillo, aplastarlo como solo el maestro sabía hacerlo, marchar cabizbajo por el pasillo, donde tropezaría con el cubo que había dejado Rufa, y alcanzar la maceta de una patada que le supo a Chesterfield. Mascullando frases que no llegaban a puerto por falta de calado pero partían del tropiezo, se fue creyendo haber hecho un favor a la chica, esa rata medrosa que no tardaría en morir de inanición.

Oyeron aclararse la voz en la cueva herida de su boca, escupió y luego se cerró la puerta. Ni siquiera un portazo, lo que devaluaba notablemente la escena.

Casi no se veía. Rufa seguía con su llanto aferrada al geógrafo, que continuaba sin saber qué hacer, molesto por el olor a lejía de las manos y el hervor a cruda sobaquera, casi radiactiva, de la chica, justificable, por otro lado, por la imposibilidad de lavarse que había en el piso, pues el agua solo corría por la pila de abluciones, que por excusado las demás se hacían en el retrete.

Rufa se enderezó cuando su peso escoraba dos grados de Tampico. Encendió la luz, si aquello podía relacionarse con Edison. Ya había luces en la casa de enfrente. En algún lugar daba la hora Radio Intercontinental. Aquí, Madrid. La noche estaba por acertar la estocada al día. En Canarias, una hora menos. Misterio cuyo análisis dejaba para otro momento.

—¿Cenas?

Rufa, al hablar, pensaba en otra cosa y se tocaba el pecho. No estaba allí. Tampoco estaba mucho en ningún lado, lo que los unía. Lloraba. De los sobacos le caían frondosos rosetones fruto de la lucha que había entablado. Se enjugó el sudor y adelantó a la boca el placer que olisqueaba la derrota.

Sorbidos y enjugados los mocos con el jersey, que el delantal se había roto en el forcejeo, restañó las lágrimas que salían prietas, dichosas de resbalar por las mejillas como un gotelé autónomo.

Al rato, volvió a preguntar si quería cenar.

—¿Hay algo?

Rufa cobraba su anterior primitivismo.

—Voy a ver.

Con Pabuchi velaba guardia el ojo oblongo de las primeras pantallas que aparecieron en el mercado, estrellas del escaparate hasta entonces dominado por aparatos mastodónticos que batían, aspiraban, picaban y traían la ilusión de una vida mejor al doméstico desmadeje. Pabuchi hablaba de la joya del hogar, una Telefunken embutida en el ambiente con el protuberante rayo catódico que parecía dar algo de espiritualidad al que se acercase. Gema que, por primera vez, no ostentaba la pechera de su madre ni lucía su padre con lo que brillaba con ellas puestas, sino la trilogía que unía el ojo cíclope en ubre amalgamada del hogar.

Martín ayudaba en lo sustancial, que para eso era invitado, visto el ropaje que sustentaban sus canillas. El chasquido de los huesos de sus manos trazaba las líneas maestras de los problemas con los que no daban abasto. Sin embargo, eran tan formidablemente resueltos que el cabeza de familia, el gran burócrata, veía a su hijo como un futuro contable de la Administración. Martín, matemático de cuna, él que dormía en tan mala cama, se estrujaba el cerebro de ecuaciones y quebrados, violencia que los demás soslayaban.

Con años de anticipación para que no se metiera nadie por medio, Pabuchi tenía reservada una plaza en el Instituto San Isidro y el Colegio Mayor José Antonio para alternar con la élite, que a comer iría a su Gaztambide natal en el camino de completar Derecho, carrera trampolín en opinión de doña Laura. Esta, repartiendo pastas a las amigas, echaba ya miradas a un despacho de tronío, decía, donde instalar el bufete del retoño. Plan de ataque que solo Muro, a distancia, y Mangada, echando el bofe, hubieran podido seguir, condenada la demás canallada a su estrellada carta astral.

«El tiempo dirá», decía y relamía el aire la dueña de la casa con los labios pintados de color carmín y el collar de perlas en el pecho, tal como doña Carmen bebía de futuro cuando su marido fuera más preboste, pues todo se alcanzaría. Toda previsión era poca para que el hijo resbalase al éxito sin trompicones, por más que su indolencia sentara cátedra cada día.

Aquella otra joya de la corona, algo en bruto para ser engarzada, siempre dispuesto a compartir bocadillo, quizá de los mejores del recreo, estaba al margen de las contingencias de la calle donde tenía el corazón y el nido como el resto.

A Mermo lo habían heredado. Era repetidor. Se lo habían encontrado sentado en los últimos pupitres de la clase como una escoba olvidada por la señora de la limpieza o cualquier otra fregatriz del sistema, talante hecho a que todo cambiase sin alterar el huidizo sentido de las cosas. Muro se sentía importante en la medida en que lo era y no se defraudaba a sí mismo, raíz de su fuerza, de la determinación que los tenía encandilados. Sin excederse en nada que no extralimitase de propia mano, en todo parecía irle la vida. Nadie discutía el liderazgo esforzado en ejercer su magisterio con equidad y todo el hedonismo posible. Era el más alto y el único claramente rubio de un surtido de cabezas en el que solo Mangada se atrevía a equipararse oxigenado por amor a su madre.

Su sombra cabía en la prolongación de la tarde, el ocaso de las expectativas que cercenaba la precariedad, la falta de alicientes traducida en el horizonte abierto de Rosales, incendiado de nubes, donde los árboles presagiaban alturas que surcaban carros de fuego.

Pasó la noche volando en aprensiones que caían sobre las terrazas de enfrente, la ingravidez atenazando las manos, las ondas aspiradas por el viento en la oquedad que exigía el sueño. Sucedía como su contrario de luces muertas, que se inmiscuían en el agua como el cuchillo antes de faltar el aire. El océano de cielos clavados sobre la superficie, ahora convertida en pesadilla. Las estrellas destilando miel y leche fría, húmeda la noche que veía caer, como cortina de baño sobre el mar, la belleza intacta y por eso siempre gratuita que se hundía en las aguas. Hasta que el sofocón del frío o el calor, lo que enseñorease la mente, mostraba la ventana en la que dormía la noche.

Qué distinta era la luz del verano, los jerséis en destierro, el patio reinando en mangas de camisa. El enjambre humano levantaba nubes de polvo sobre los que trataban de averiguar dónde estaba la pelota, perfecto acople con el sentido de la vida. Algo corría y los demás detrás. Al pitido, la plaga abandonaba el campo hacia los urinarios al paso de oca los más granados, hornacinas laicas que no daban abasto a la materia prima de evacuación sumaria. La cola llegaba hasta la mitad del patio. De espaldas a los que meaban se abrían lavabos desportillados que restañaban el calor de los que habían corrido tras la pelota sin llegar a tocarla, lo que ocurría por generaciones. En eso, como en todo, se vivía del cuento, del mimetismo de aparentar que se hacían filigranas. Recompuesta hacia el centro del campo, la barahúnda se desentendía de los tránsfugas escapados a cumplir con las obligaciones de la vejiga o eran asaltados por la bocanada de fuego que cercaba la garganta. En la cueva donde esto confluía habían desaparecido las puertas de los retretes ante el hallazgo de dibujos obscenos trazados con mano documental y leyendas nada laudatorias para la reverenda casta sacerdotal, los escolapios que tapias adentro se encargaban o daban cuenta de ellos.

Sonó el timbre.

Los depositarios de pelotas las dejaron en manos del padre Luis, del que no se conocía más habilidad suasoria que esta y vender cuadernos en un cuchitril habilitado para estar siempre lleno y que olía tan bien que mareaba. Había empezado su carrera encargándose del gimnasio, un sótano umbrío donde las camisetas resudadas y vueltas a poner desde tiempos ancestrales habían destilado un moho y una permanente penumbra de pantano tuberculoso que parecía radiactivo, apto para que los gatos entregaran la última de sus siete vidas y quedaran allí fosilizados como testimonio crónico del embalsamamiento ecológico. Todo en orden para que nada faltase. Casi sin luz, el panorama se completaba con la exigible falta de aire.

El reino del padre Luis, señor de las catacumbas. Así como la atribución expresa de vigilar las duchas de pago, no fueran a irrumpir las hordas en el internado, intención que atajaba su silbato en bandolera.

Allí y en los recodos del patio, santuario donde tenían su asiento los grifos, Muro completaba sus enseñanzas canónicas, mesías de nuevo cuño, mucho más instructivas que en las aulas, pedagogía alternativa centrada en demostraciones prácticas, como enseñar la longitud notable que le había alcanzado el pene en las últimas semanas o lo largo que meaba. Lo hacía en parábola, no sabían si bíblica o profana, tan desproporcionada y tiesa para la media de la época. Nada recatado, soltando frases que siempre daban en la diana.

—¡Si creéis que esto sirve para mear, vais listos! —espetaba orgulloso del palo enhiesto, espada flamígera que desentonaba con el aspecto de la cueva donde se reunían los catecúmenos, salvaguardada la vigilancia. Parsimoniosamente, ante caras atentas, enseñaba a evacuar líquidos de forma fisiológica con rabiosas sacudidas que salpicaban a la concurrencia, entretenida en incrementar el llanto de los siempre llorosos urinarios, como habían visto en las películas con el champán.

Tardaba en abrocharse antes de ponerse a disposición pública para atajar dudas e ilustrar conceptos.

—A ver, ¡preguntas! —decía.