5,99 €
Guido, un hábil profesional soltero de poco más de cuarenta años, ve interrumpida su monótona existencia por la llegada de Amalia, una brillante joven proveniente del interior del país, con quien comienza una intensa relación amorosa. Todo transcurre en el marco de una intrincada investigación que le fue encomendada por uno de sus clientes. En medio de auditorías, operaciones poco transparentes y amenazas encubiertas, surge un nuevo grupo económico que pretende hacerse cargo del antiguo pool empresario, imponiendo una particular condición. Todas las personas encargadas de trabajar allí deben someterse al escaneo del iris. En Un paradigma inesperado, Guido, Amalia y su grupo de colaboradores se sumergen en una maraña de situaciones, atravesando investigaciones turbulentas y secretos familiares insospechados. Lo que comenzó como una auditoría para detectar una serie de ilícitos se transforma en un descubrimiento sorprendente, con la aparición de extraños personajes que parecen salidos de un cuento de ciencia ficción.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 410
Veröffentlichungsjahr: 2026
VÍCTOR SIGFRIDO POZZI
Pozzi, Víctor SigfridoUn paradigma inesperado / Víctor Sigfrido Pozzi. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Autores de Argentina, 2025.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-987-87-6995-0
1. Novelas. I. Título.CDD A860
EDITORIAL AUTORES DE [email protected]
Capítulo I
Capítulo II
Capítulo III
Capítulo IV
Capítulo V
Capítulo VI
Capítulo VII
Capítulo VIII
Capítulo IX
Capítulo X
Capítulo XI
Capítulo XII
Capítulo XIII
Capítulo XIV
Capítulo XV
Capítulo XVI
Capítulo XVII
Epílogo
Vivir sin soñar es existir sin rumbo.
Los sueños son los que le dan color y significado a cada día de nuestra vida.
Guido era una persona bastante singular. Ya había pasado los cuarenta hacía un par de años. Se dedicaba a asesorar empresas en el área financiera legal y, en tal actividad, era muy conocido. Como abogado, se había especializado en derecho societario e impuestos.
Vivía solo en la ciudad, en un amplio piso de Barrio Norte. Su situación económica era totalmente desahogada. En su vida privada no había podido formar una familia; si bien tuvo algunas relaciones medianamente estables, nunca prosperaron.
En la actualidad, no sabía cómo continuaría su futuro, pero sentía la necesidad de generar algo más permanente a nivel personal. Pese a todo, era bastante feliz. Se había quedado absolutamente solo, ya que era hijo único, y sus padres habían partido algunos años atrás.
Con la última —y efímera— pareja, estuvo a punto de concretar algo, pero no lo conformó. Tal vez, temía perder lo que consideraba su libertad; por otro lado, también era cierto que no sentía mucha atracción por ella.
Se ocupaba de prepararse la comida para varios días y luego la congelaba. Si no, iba a un restaurante cercano. Tenía ayuda de una muchacha en las cosas de la casa, dos o tres veces por semana. Era bastante prolijo, pero le hacía falta alguien que se encargara de su ropa y la limpieza del departamento.
Sus últimos días en el trabajo fueron bastante complejos. Tenía entre manos un caso interesante, ya que importantes empresas iban a fusionarse. Sus honorarios serían jugosos y ya le habían entregado el anticipo pedido.
La noche anterior, se había quedado hasta tarde estudiando el caso, porque debía evaluar todo con mucha pericia y astucia. Las cláusulas eran muy confusas. Una empresa de capitales extranjeros iba a absorber casi totalmente a una que él asesoraba, que era nacional y estaba en el medio de una situación económica muy difícil. Además, la política de Argentina, siempre tan cambiante y sin seguridades de ningún tipo, no hacía más que poner un condimento más dificultoso a esa operación.
Al ser contratado como auditor externo, debía evaluar los controles que había efectuado el equipo interno. No tardó mucho en observar que ciertos temas necesitarían una evaluación más compleja.
A la mañana siguiente, mientras se estaba despertando, sintió el ruido de una llave en la puerta. Indudablemente había llegado Amalia, la muchacha que trabajaba en la casa, muy sigilosamente, ya que nunca hacía ruido. Él le dijo:
“Estoy despierto, en un rato te dejo libre esta parte. Igual, voy a salir”.
“¿Querés que te prepare un té?” —preguntó ella, con quien tenía bastante confianza.
“Bueno, hacé para los dos”.
Él tomaba primero un par de vasos de agua, y luego bebía el té con un poco de leche, costumbre que tenía desde muy joven. Aprovechó para darse una ducha rápida y se puso ropa ligera y cómoda. Estaban en plena primavera.
Ese día iba a evaluar una cuestión bancaria que no le cerraba. Ya había hecho contactos con la casa central y detectó unos créditos bastante confusos que no sabía si habían sido liquidados por completo. Además, advirtió una serie de prendas sobre maquinarias totalmente amortizadas que no le convencían.
Al entrar en la cocina, vio que la muchacha ya tenía bastante organizadas las cosas. Pero la notó triste.
“Eh, Amalia, qué cara tenés, ¿qué te pasó?”.
“No, nada”.
Él se dio cuenta de que había estado llorando.
“Decime, nosotros nos contamos nuestros problemas. ¿Con quién te peleaste? ¿Con tu novio?”.
“Ahora te cuento”, le contestó Amalia.
Ella era una joven de veintitrés años que había llegado de San Luis con un trabajo de encargada contable en una empresa puntana. Estudiaba Administración de Empresas, y también Filosofía como hobby en su provincia. Al mudarse a Buenos Aires, se pasó a la UBA para continuarlos y finalizarlos allí. Pero al año, la compañía cerró su sucursal en la capital de forma definitiva.
Vivía en un departamento pequeño en la zona de Flores. Al quedarse sin trabajo y no poder encontrar otro, una amiga la vinculó con una agencia de servicios. Amalia no quería volver a San Luis.
Luego de varios días de espera, lo único que le ofrecieron fueron tareas para servicio doméstico. No era la mejor opción, pero la aceptó, ocultando de esa forma la situación a sus padres en la provincia.
Su primer cliente —y prácticamente el único— había sido Guido, ya que su antigua empleada se había jubilado luego de varios años y él tuvo que recurrir a una agencia de empleos temporarios.
Al conocerse, se pusieron de acuerdo de inmediato. Un mes después, él le dijo: “¿Para qué voy a pagarle a la agencia? ¿Por qué no te pago directamente a vos? Así te evitas darles un porcentaje a ellos. Podés trabajar todo el tiempo que quieras conmigo, así ya tenés aseguradas varias horas”.
Desde su llegada a la capital, Amalia estaba sola. Compartía alguna salida con las compañeras en una pensión de universitarias, pero desde hacía menos de un año se había puesto de novia con un joven coterráneo, primo de una de sus amigas. Ahí nació una relación amorosa que le contó a Guido, quien en ese entonces estaba transitando también un pseudonoviazgo, que finalmente naufragó.
Es así que ella, al poco tiempo y sin dar muchas explicaciones, les pidió ayuda a sus padres para alquilar un departamento. Como era de prever, el joven enseguida se mudó con ella.
La relación con Guido era fluida y muy amigable. Le dejaba comida preparada con una nota, diciéndole que era más saludable eso que estar comiendo siempre afuera. Él, le pagaba más de lo acordado; ella, a veces, decía: “No, me estás dando mucho, esto no me lo llevo”. Así era el trato entre ambos.
“Vamos a hablar al balcón”, le dice Guido.
“No, no, tengo que hacer”, le contesta Amalia.
“Dale, contame, ¿qué te está pasando?”, insistió Guido.
Apenas abrieron el ventanal, Amalia se echó a llorar.
“¿Querés la versión más larga o la más corta?”, dijo, sollozando.
“La que vos quieras”, le contestó.
A Guido le gustaba hablar, pero en ese momento prefirió que ella se desahogara. Amalia le dijo que había terminado la relación con Luis.
“No es la primera vez que tenés algún problema con él”, le dice Guido.
“No, pero ahora fue terrible lo que me hizo. Comenzó una historia con otra chica. Me enteré de todo ayer. Me largó de sopetón que lo nuestro estaba definitivamente cortado y que su nueva relación había crecido poderosamente. Hasta me dijo que estaban pensando en irse a vivir juntos”.
Amalia ya lo había notado muy distante en los últimos dos meses, pero lo tomaba como un desgaste normal entre ambos. De ahí a largarle de una que no la quería más fue demasiado.
En ese momento se echó a llorar otra vez. Él dejó que expresara todo lo que sentía y le contara las cosas que le estaban sucediendo. Después, le tomó la mano y se la apretó suavemente. Le dijo:
“Sos una chica hermosa, ¿qué problema te hacés? Ya va a aparecer alguien que te merezca como corresponde”.
Amalia agregó que, para colmo, lo estuvo ayudando económicamente, porque él estaba mal. Se había hecho cargo de todos sus gastos durante un tiempo, perdiendo todos los ahorros. Y no solo eso: tampoco pudo avanzar con sus estudios, y encima no sabía qué iba a hacer con el departamento, ya que el alquiler había aumentado mucho y sus padres habían sido los garantes del contrato.
“¡Cómo pude haber sido tan estúpida!, ¡cómo no quise ver lo que era obvio!”, repetía, mientras lloraba.
“Eh, esperá, tranquila, yo te ayudo con el dinero que te falta, para que no tengas problemas”, acotó Guido, tratando de tranquilizarla.
“No, no, no, tengo que salir por mí misma”, le contestó ella.
Guido prefirió no darle más consejos. Simplemente, le dijo:
“Mirá, yo en la vida he pasado momentos muy difíciles, y te digo que todo va a tener solución. Hoy no hagas nada, quedate tranquila”.
“No, no, dejame trabajar, porque si no hago nada, voy a estar peor”.
“¿Y cómo vas con los exámenes?”, le preguntó él.
“Me fue mal, tengo que volver a recursar una de las materias” —le contestó ella, mientras se largaba otra vez a llorar—. “Es que todo mi esquema, todo mi mundo se vino abajo. En definitiva, no sé si no me tendría que volver a San Luis...”.
“No te entregues, ahora es el momento en el que tenés que tener más fuerza que nunca”.
Moqueando y a la vez un poco reconfortada, le dijo:
“Gracias por ayudarme a estar un poco mejor”.
“Ya que querés trabajar, dejame la oficina lista, así me pongo a revisar unas cosas y, después, vemos cómo seguimos”.
Guido fue a su escritorio a revisar el saldo de su cuenta bancaria para darle un cheque que solucione el problema. En ese momento, Amalia le tocó la puerta y le dijo:
“Realmente sos una excelente persona, gracias por escucharme. Esto va a ser tema de charla con mi analista, cuando pueda retomarlo. Ya le venía contando acerca de todo lo que hablamos y cómo sos vos. ¿Me permitís abrazarte y darte las gracias?”.
“Sí, cómo no” —le contestó Guido, y agregó:
“¿Qué te parece si te tomás el día? ¿Me querés acompañar?”.
“Pero estoy así vestida...”.
“Estás perfecta, vamos a la city. Tomamos un taxi porque no vale la pena sacar el auto. De paso, ves un poco lo que yo hago y, después, si tenemos ganas, vamos a almorzar, ¿qué te parece?”.
“Pero es mucho... Te estoy complicando...”.
“Para nada, nos hacemos compañía mutuamente”.
“Si querés, te empiezo a contar mis rollos, en una de esas con todo lo que hablo con vos me ahorro una sesión de mi psicóloga”, agregó él, sonriendo, tratando de distender el clima.
“Dale, solo dejame terminar lo que estaba haciendo y nos vamos”.
Amalia pasó al baño de servicio y se soltó el cabello. Era una hermosa muchacha, y realmente no se merecía lo que le habían hecho. Poco después, tomó su cartera y salieron juntos.
Ya en la city, Guido le dijo:
“Mirá, tenés dos opciones. Acá tengo para un rato. Podés esperarme o venir conmigo, te hago pasar como mi secretaria”.
“Bueno, dale, te acompaño, qué voy a estar haciendo sola...”.
Guido se encontró con la persona del banco con quien se había citado. Necesitaba revisar unos estados que no cerraban en la empresa que atendía. Rápidamente les pegó una ojeada y le fue explicando:
“¿Ves? Acá hay un crédito encubierto, uno de los directivos se mandó algo fuerte. Estas son las cosas que de pronto van apareciendo, ¿te das cuenta?” —y le mostró varios ítems—. “Indudablemente, esto no lo pudo hacer si no había un contubernio con alguno del banco. Esta empresa, encima de lo poco que va a recibir de quienes la van a absorber... Imaginate, los auditores extranjeros, iban a descubrir todo...”.
“¿Cómo te das cuenta tan rápido?” —le preguntó ella, curiosa.
“Es que ya tengo algunos años en esto, había cosas que no encajaban y dos de los ejecutivos están muy apurados por cerrar el trato. Indudablemente, quieren escaparse antes de que esto salga. Acá se ha ido mucho, mucho dinero”.
Habiendo tomado las notas pertinentes, Guido mandó un mensaje a la empresa diciendo que había hecho algunas averiguaciones interesantes. Suponía que, desde adentro del banco, iban a avisar lo que había estado hurgando.
“Bien, todo finiquitado, ahora sí, estamos en libertad”, dice Guido, y le pregunta a Amalia:
“Ya es casi mediodía ¿Qué te parece si vamos a almorzar? Yo personalmente tengo hambre, si te parece nos alejamos un poco del centro. ¿Vamos a Puerto Madero?”, le sugirió él.
“Me parece perfecto”, contestó Amalia.
La observó más sonriente, la tomó del hombro y le dijo:
“Fuerza, que todo esto va a ser una anécdota en tu vida que le vas a contar a tus nietas el día de mañana”.
“Ya no sé si alguna vez tendré nietas, ni hijas, ni hijos, no sé... El mundo se me vino en banda...”, le explicó ella.
“Sos una chica joven y todo te sonríe”, agregó él.
Fueron hasta el restaurante, almorzaron, charlaron, se rieron y decidieron volver caminando por el Bajo. Se sentaron a tomar un café, viendo pasar la tarde.
Así llegaron al departamento de Guido.
“Gracias, me has ayudado mucho...”.
“No hay ningún problema, pero te estás poniendo triste de vuelta. Si querés, y sin ningún tipo de situación extraña ni mucho menos, quedate acá”.
“No, no, no”, respondió Amalia, pero él le retrucó:
“Nos une el mayor de los respetos, ¿qué vas a hacer en tu departamento, sola? ¿Te vas a empezar a dar manija?”.
“No, prefiero ir a cambiarme y, si me siento mal, te llamo más tarde”.
“Bueno. Este es un trato; si vos notás que te empezás a rayar, te paso a buscar y seguimos hablando, ¿dale? y charlamos toda la noche”.
“No, no quiero abusar de vos...”, le respondió.
Guido le pidió un Uber. Minutos después, le avisó que el auto estaba abajo, y le dijo:
“Andá tranqui y avisame cuando llegás”.
Poco después, Amalia le enviaba un mensaje por WhatsApp. “Llegué a casa, todo ok”.
Guido se puso a trabajar hasta muy tarde. Finalmente, el sueño lo venció y se quedó profundamente dormido. De pronto, tomó conciencia de que su celular se había apagado por falta de batería. Lo enchufó y encontró una llamada perdida de Amalia, de una hora atrás. La llamó:
“¿Qué pasa, muchacha? ¿Cómo estás?”.
“Mal” —contestó ella—. “Estoy mal, estoy... re contra mal”.
“¿Querés que te vaya a buscar?”, le preguntó él.
“No, no, no sé, necesitaba... No sé, abusando de cómo sos vos, cómo te comportás conmigo... Necesitaba hablar”.
“Bueno, vamos a hablar, una de las cosas que yo más hago es hablar. Te voy a escuchar todo lo que vos quieras”, le dijo Guido, y agregó:
“Mirá, con todo el cariño que te tengo, tráete algo de ropa y venite. Lo que sobran en este piso son habitaciones. Te buscás un cuarto mientras evaluás lo que querés hacer de tu vida”.
“¿No será demasiado?” —atinó a decir ella.
“No, dale. ¿Te mando un Uber?”.
“No... Pero sí. Dale, acepto tu invitación. Estar en este departamento me está matando. Tengo que tomar alguna decisión... No sé qué voy a hacer”.
“Ya lo pensarás tranquila, ahora te venís para acá. Avisame apenas tomes el auto, yo te voy a estar esperando abajo, ¿está bien?”.
Una hora después, Amalia llegó al departamento de Guido con su cara lavada. Llevaba un bolso. Había estado llorando, se le notaba. Apenas la vio, Guido la abrazó fraternalmente y le dijo:
“Tranquila, esta es tu casa mientras pensás qué hacer”.
Él le preguntó:
“¿Querés tomar algo? ¿O preferís dormir?”.
“Mirá, la verdad es que quiero sentarme acá, en el sofá, a mirar un poquito cómo está amaneciendo, si a vos no te molesta. ¿Querés quedarte vos también?”.
“Dale, con la condición de que yo preparo algo. Vos relajate”.
Guido hizo café porque sabía que ella era cafetera por naturaleza, como todos los jóvenes en su etapa de estudiantes.
Por lo que pudo ver, dentro de su escaso equipaje, ella también había traído sus libros.
“Bueno, no pensemos en nada, miremos qué lindo es el amanecer y lo hermosa que está la primavera. Esto es maravilloso”.
Tomaron el café y se quedaron profundamente dormidos. Uno al lado del otro.
Cuando al rato se despertó, Guido sentía el cabello de ella en su cara. Era una muchacha realmente hermosa. Lo separó de sus ojos y, de pronto, ella lo miró y le dijo:
“No sabés lo que me hacía falta un amigo como vos, realmente lo necesitaba”.
“Con esto, te saqué como dos años de terapia, ¿no te parece?”
“Bueno, vos tenés que hacer tus cosas” —dijo ella. Suavemente, le dio un beso en la mejilla.
“Disculpa mi atrevimiento”, agregó.
“Todo bien, somos amigos”, contestó él, y agregó:
“Ahora, después de pegarme un baño, me voy a poner a trabajar. Está prácticamente finalizado el informe; voy a tener una charla bastante profunda con el directivo que me contrató y vamos a ver qué sucede con todo eso”.
“Es admirable cómo trabajas y las cosas que hacés. Para mí, que estudio Administración de Empresas y como hobby agregué Filosofía, además de ser lectora algo compulsiva de las obras de Freud, tu rapidez mental me sorprende a cada momento”.
Guido se sonrió y le dijo:
“No dejo de ser un técnico en mis apreciaciones”.
Y agregó:
“Otra cosa: mirá, sin querer ofenderte, no sé cómo estás de dinero. Igual, ahí está la caja chica”.
“Dejame que te compense toda tu gentileza de estos días mínimamente con trabajo. Igualmente, algo de efectivo me quedó, no tengo por ahora problemas en ese sentido”.
“Sos una chica muy inteligente y fuerte, estás dolida, te ves traicionada, pero relajate. Esta es tu casa, movete libremente, entrá y salí cuantas veces quieras. Si podés, intentá estudiar, sino hacé lo que te venga en ganas”.
Guido se vistió con ropa de ejecutivo. Amalia estaba poniendo todo en orden. Le dijo:
“¡Qué manera de tener alimentos congelados! ¿Esperabas el fin del mundo y la llegada de los zombis? Abrí ese freezer que tenés en la habitación que usás de depósito. Está repleto de todo. ¿Venís a cenar?”
“Sí”, respondió Guido.
“¿Qué querés que te prepare?”
“Lo que te sea más simple y fácil. Ahora voy a la empresa a mostrar lo que descubrí; la conversación se va a poner interesante. También tengo que ir a ver a otro cliente, hay unas cuestiones que me quedaron también del pasado. Cualquier cosa, llamame al celu”, le contestó Guido, mientras pensaba lo loco que había sido lo ocurrido en las últimas horas.
Tenía una mezcla de sensaciones. De bronca, por lo que le había hecho el novio a Amalia, pero por otra parte sentía cómo ella se encontraba sola y bastante desamparada en la ciudad, ocultando a su familia lo que estaba viviendo. Una profunda sensación de ternura y protección hacia ella lo invadió. Pensaba que estuvo varios meses entrando y saliendo de su casa, mientras él estaba en sus cosas, sin haberle prestado atención alguna.
Se sacudió mentalmente la cabeza y sacó de su memoria el roce de esos cabellos que le acariciaron el rostro un rato atrás, y se dijo: “Guido, no pensés cosas que no van a suceder. Sos un hombre grande y ella una muchacha que necesita contención”.
Fue a verse con el directivo conocido, Pedro Álvarez, el gallego, como lo llamaba él. No se encontraron en sus oficinas, sino que lo hicieron en un bar. Luego del saludo, le confirmó sus sospechas: “Encontré lo que suponía, la empresa está yéndose a pique por créditos cruzados y deudas infladas. Esto es lo que he descubierto hasta ahora. Si ustedes le hacen una denuncia penal, dudo mucho que devuelvan algo de lo que vaciaron. Pero por lo menos, tendrán algo para poder negociar con ellos y hacerlos salir en forma inmediata. Después, lo que podemos intentar, antes que nada, es una refinanciación, que no va a ser fácil, porque van a pedir garantías. Si no, van a tener que pensar que le van a llover algunas ejecuciones”.
Se empezaron a barajar hipótesis. Álvarez tenía un contador de mucha confianza en la empresa y podían contar con él para estudiar en profundidad dónde estaban parados.
Tres horas después, y con varios cafés de por medio, finalmente decidieron continuar al día siguiente.
Guido estaba mental y físicamente agotado. En el interín, le mandó un mensaje a Amalia para saber cómo estaba. Ella le contestó con una foto cocinando y la frase: “Es una sorpresa que te tengo para esta noche”.
Realmente se sentía contento, feliz, con su solitaria vida. Y la presencia de esta muchacha lo llenaba de una sensación muy reconfortante.
“¿En cuánto tiempo querés comer?” —le dijo ella, apenas llegó—. “Encontré un lindo vinito para acompañar... ¿Tenés que trabajar hoy?”
“No, ya no. Ahora debemos esperar los acontecimientos. Vamos a tener una guerra con la refinanciación. Le dejé la pelota en el campo de ellos... para ver qué van a hacer con esos dos directivos. Mucha casa en Punta del Este... mucho de esto y de lo otro... Pero se robaron todo. Lo que necesitamos es dilatar la venta, o la posibilidad de que la empresa no se fusione todavía. Además, deberíamos considerar un período de tres a seis meses, para enderezar todos estos entuertos”.
Luego, agregó:
“Pero lo primero es hacer una auditoría a fondo de todo. Realmente yo no estaría en condiciones de hacerme cargo de tantas cosas, no tengo personal...”.
“Pero, ¿qué habría que hacer?”, preguntó Amalia.
“Necesito a alguien calificado dentro la firma, para que vaya evaluando la realidad actual, revisando cada operación efectuada por esos dos involucrados en los últimos meses”.
Entusiasmada, Amalia le dijo:
“¿No querés pensar en mí para ese trabajo? Mirá que estoy cerca de recibirme de licenciada en Administración, y en la firma puntana donde estaba me encargaba de toda el área contable... Pensalo... Lo que vos quieras pagarme, para mí estaría perfecto...”
“No es una mala idea” —dijo Guido—. “Dejame ver cómo se desarrollan las cosas, tengo una persona de confianza y había pensado en uno de sus contadores. Pero como está bastante ocupado en una inspección integral de ingresos brutos, no sé si podrá”.
“Andá, ponete cómodo que vamos a cenar”, dijo ella. Había cocinado una excelente carne con una salsa muy suave para los ravioles, como a él le gustaba. De entrada, había preparado jamón crudo con palmitos. “Me acordé de que por acá cerca había un lugar con buenos fiambres”, le contó.
Comieron alegremente, charlaron, y ella, en un momento, le tomó la mano y le dijo:
“Gracias por todo lo que estás haciendo por mí. No te das una idea...”.
Guido le dijo:
“Vos rompiste mi rutina... Es que mi vida es súper monótona”.
“¿Te puedo hacer una pregunta?”, dijo Amalia.
“Claro”.
“¿Por qué estás soltero a esta altura de tu vida?”.
Guido sonrió, y le contestó:
“Porque no apareció la persona justa”.
Y agregó:
“Soy hijo único, y prácticamente no tuve familia, solo primos lejanos que veo de vez en cuando. Cuando partieron mis padres me invadió una melancolía terrible. ¿Qué decisión tomé? Llevar una vida tranquila y conocer lugares”.
“Viajé por Europa, hice muchas excursiones. No soy gran deportista. Me gusta pasar tiempo en Estados Unidos cuando puedo... pero por mi trabajo no más de un mes o cuarenta días, aunque hoy, si quisiera, podría quedarme más tiempo. Además, soy un lector compulsivo e incursioné mucho en el budismo. Así fue pasando mi vida...”
“¿Te sentís solo?”.
“Sí. Por supuesto que me siento solo. El ser humano no nació para estar solo”.
“Realmente te merecés a la mejor mujer del mundo”.
“Tal vez, algún día aparezca. ¿O no? No tengo vicios. Mi última relación... me acuerdo que parecía que iba a caminar... y sin embargo no pudo ser. El resto... te miran la billetera por sobre todas las cosas, ¿viste? Si no, comienzan a soñar con campanas nupciales, y realmente nunca me quise embarcar, tal vez por temor a fracasar y después quedar peor. Eso a mí no me interesa”.
Siguieron charlando. Amalia le comentó sobre el recuperatorio de su carrera de Administración, y le volvió a recalcar que por favor entendiera que no quería aprovecharse de él. Guido, por enésima vez, también le recordó que era un caballero y que no se cruzaba por su mente intentar aprovecharse de la frágil situación emocional que ella estaba atravesando.
Amalia le contó que había llamado a su ex, y que pudo decirle muchas cosas, pero con tranquilidad. Le dijo que era una mala persona, que el universo le iba a cobrar cómo se comportó con ella. Es más, le agregó que si tuviera algo de decencia le pagaría todo lo que le estaba debiendo. Pero ella estaba convencida de que no iba a devolverle nada.
“Está perfecto” —le contestó Guido—. “Demostraste valentía”.
“También estuve charlando con el dueño del apartamento. Le dije que en una semana iba a decidir lo que iba a hacer”.
Guido la interrumpió.
“No te apresures, tomate tu tiempo, quedate acá, a mí me ayudás, podés trabajar como mi secretaria. Evalúa la situación, todo se va a solucionar”.
“La verdad es que, en dos días, mi vida dio un vuelco” —dijo ella.
“Yo estoy contento de que estés acá. Vamos un rato al balcón, a mirar el anochecer”.
“¿Y si hacemos una excepción y nos tomamos un whisky?”, propuso ella. Él asintió.
“Tengo tantas botellas de viajes diferentes...” —comentó él, mientras revisaba el mueble del living—. “Mirá, esta tiene como veinte años de añejamiento. Vamos a abrirla, a ver si está bueno”.
Se sirvieron.
“¿Con hielo?”, le preguntó él.
“Dale”.
Se sentían bien los dos. Así pasó un rato largo. Él le preguntó si quería poner música. Y agregó: “Yo sé que cuando yo no estaba vos la ponías”.
“¿Te molestaba?”.
“No, para nada”.
“Buscá la que te guste, mientras no sea bailantera” —le dijo él—. “Yo soy de la melodía clásica y del jazz”.
Ella contestó:
“Aunque no lo creas, soy apasionada de Mozart, pero estuve chusmeando y vi ‘Rapsodia en blue’ de Gershwin”.
“Esa música siempre me fascinó, desde chico. Creo que es mi preferida”.
Sonaron los acordes y así fue pasando la tarde. Rato después, ella se levantó y dijo:
“Es hora de irme a descansar. Gracias por estar. Decime cuándo comienzo con mi nuevo trabajo” —y sonriendo, agregó—: “¿Va a ser con aportes o sin aportes?”.
“Sin” —contestó Guido—. “Así después me hacés un juicio laboral a mí y a la empresa... Hablando en serio, ahora dependo de lo que decida mi amigo Álvarez para ver si autorizan y podemos arrancar con la auditoría, que te aclaro no va a ser nada fácil”.
Se dieron las buenas noches. Guido le dio un beso suave en la mejilla y se fueron a dormir.
Esa noche se desató una tormenta. Al rato, empezaron a sentirse truenos muy fuertes. Guido se levantó a ver si las ventanas estaban cerradas, y vio que Amalia estaba despierta.
“¿Te asustan estos relámpagos? Vine a ver si está todo cerrado”, le dijo.
“Dirás que soy una tonta, pero las tormentas me dan un poco de temor”.
Ella tenía puesta una larga camisola hasta las rodillas. Sonriendo, él le dice:
“No tengas miedo, a veces cae algún rayo, pero no va a pasar nada”, y se rio.
“No, no hagas esa broma que me asusta”, le contestó ella. Él agregó:
“Vení, vení”.
Lo que sucedió a continuación era previsible.
Los cuerpos se acercaron. Guido sintió cómo ella temblaba, el calor que emanaba... y sin darse cuenta de lo que hacía, le dio un beso. Pero se detuvo en forma automática, y dijo:
“Perdón, perdón, no sé qué me pasó”.
Amalia se colgó de su cuello y lo besó, ahora sí, apasionadamente. Él la separó otra vez:
“No... Estás vulnerable...”.
“No, vulnerable estaba antes”, le contestó ella.
A partir de ese momento, todo ocurrió de forma súbita. Le quitó la camisola. Era una mujer hermosa. Fueron directamente a la cama de Guido.
“Por favor, no me estoy cuidando de ninguna forma”, balbuceó Amalia, entre lágrimas—. “Estaba tan mal que... hacía rato que no...”.
“No te hagas problema” —contestó Guido—. “Vamos a tomar todas las precauciones”.
Rato después, se quedaron profundamente dormidos, luego del vendaval que se había desatado.
Cuando Guido despertó, la vio a su lado, sonriente. Le dijo:
“Dios mío... ¿estás arrepentida?”.
“No... Para nada”.
“Perdoname... Las cosas se nos fueron de las manos. No quiero que pienses que me quise aprovechar de vos por todo lo que estás pasando...”.
“Tranquilo” —contestó Amalia—. “Fue maravilloso”.
Le dio un beso en los labios, se levantó y le dijo:
“Me voy a pegar un baño”.
Y agregó, con una mirada atrevida:
“La verdad es que me siento re bien. Tranquilo, acá no pasó nada”.
Luego, al salir del baño envuelta en un toallón, entró él. Estuvo largo rato bajo la ducha, pensativo pero feliz. Hacía rato que no se sentía tan pleno. Respiró profundamente y se dijo: “Dejemos que las cosas sigan su curso”.
Amalia, ya vestida, lo esperaba con el desayuno listo. Le tomó la mano y le dijo:
“Tranquilo, yo la pasé de maravillas. ¿Y vos?”.
“De diez”, contestó él.
“Quiero que entiendas que estos últimos meses mi vida fue muy difícil. Mi ex se distanció, era mi primer novio, nos conectó una compañera. Al principio, todo bien. Les pedí a mis viejos alquilar un departamento, y, por supuesto, él enseguida se vino conmigo. Pero perdí mi trabajo, en la facu no avanzaba bien... De a poco nos distanciamos, le pedí que se fuera, me rogó quedarse a dormir en el living. Yo compraba todo, él estaba deprimido, se iba y no decía dónde... Muchas veces intenté hablarte, no podía contarle mis rayes a nadie. Acá, sola, sin amigas, sin familia... Hasta que el otro día me salió con eso de que se había enamorado de otra. Ahí me di cuenta de lo boluda que había sido. Por eso exploté”, le confió.
Guido la abrazó y le dijo: “Por eso lo de anoche...”.
“No, no, lo de anoche fue algo mágico, no sé lo que pasó por mi cabeza. Solo sé que no estoy arrepentida y no quiero que te sientas mal. Fue único, maravilloso”, le dijo, y se abrazó a él, llorando. Agregó:
“Disculpa, estoy sensible y muy avergonzada, pero bien”.
“Mirá, en vez de quedarte encerrada y sin ganas de estudiar, salí a dar una vuelta. O, mejor aún, andá a tu departamento y traete todas tus cosas mientras pensás cómo querés seguir. Acá no pasó nada...”
“Qué lástima que no te puedo acompañar”, dijo Amalia.
“Esta noche, cuando regrese, nos ponemos cómodos y salimos a caminar. O a trotar un rato”.
“Uy, sería bárbaro”, le contestó ella, entusiasmada.
Guido la besó suavemente en los labios y pidió un Uber.
Mientras iba a la reunión, no podía dejar de pensar en ella. Sí, la conocía desde hacía tiempo. Nunca la había observado con detenimiento, pero era una linda muchacha, muy recatada en su vestimenta. Solo, de tanto en tanto, le miraba el cuerpo, sin que ella lo notara. Era dulce y en las pocas charlas siempre mencionaba sus estudios, a sus padres y hermanas en San Luis. Pero también veía que era muy joven y él había ya pasado los cuarenta. En fin, que el destino decida, pensó. Pero que por favor no los haga sufrir a ninguno de los dos.
Ahora, Guido debía enfocarse en esa reunión con los dos directivos delincuentes. Los iban a citar, y con las pruebas sobre la mesa, los obligarían a renunciar en forma inmediata. Por supuesto, sin ningún tipo de indemnización.
Ya había hablado con su amigo Guillermo, un penalista muy renombrado. Era un poco mayor que él. Se mantendría todo el tiempo en comunicación con ellos; previamente se les daría la oportunidad para que devuelvan lo robado o en su defecto se introduciría la querella: los elementos probatorios del desfalco eran muchos.
La reunión era a las diez de la mañana. Guillermo ya había armado la denuncia y estaba esperando en la mesa de entrada de los Tribunales para hacer el sorteo. Todo estaba bien coordinado.
Al llegar a la empresa, Álvarez le dijo a Guido: “¡Qué precisión! Parece que fueras suizo”. “No, soy tano, mi querido gallego”.
Llegó el momento. Parte del directorio ya estaba reunido junto a un representante de los accionistas. Álvarez, señalando a dos de los directivos, les dijo:
—Tenemos las pruebas suficientes de que han generado deudas a la empresa en beneficio de ustedes. Han obtenido créditos y hemos examinado que su patrimonio creció de manera inconmensurable, lo que demuestra a simple vista que nos han estado robando.
Ambos se levantaron automáticamente ofuscados.
“No hemos hecho nada de lo que nos acusan”, dijo uno de ellos.
“Miren, la cosa es así. En este momento, nuestro abogado penalista está entrando una denuncia criminal. Tienen dos opciones. Primero que nada, devolver lo que han robado. Y segundo, en este mismo momento presentar su dimisión. Tienen diez minutos para pensarlo. Por supuesto, también tenemos identificados a los empleados de la empresa que ustedes sobornaron, y uno de ellos ya está dispuesto a testificar”.
Esa fue una valentonada, ya que, en realidad, no era tan así. Ellos se quedaron muy callados. Los invitaron a pasar a una oficina contigua para que pensaran lo que iban a hacer. Protestaron:
“Nos están apurando, esto es ilegal”.
“Ilegal es robar. Ustedes deciden”, les contestó Álvarez.
Cerró la puerta y se dirigió a Guido.
“¿Qué pensás?”.
“No sé” —le contestó—. “Están sin celulares, tomaste la precaución de sacárselos. Están pensando lo que está sucediendo, y están asustados. A mi entender, tal vez acepten, pero hay que ver si es obra solo de ellos o hay algo más atrás que aún no sabemos. Todo lo sustraído fue enviado al exterior en cuentas offshore, va a ser muy difícil que se pueda recuperar. Te lo digo con mucha impotencia, pero es así, prácticamente no han dejado rastros en el país”.
Pasaron diez minutos y no hubo respuesta de ellos. Entonces los llamaron y les preguntaron si habían tomado alguna decisión. La respuesta fue categórica:
“Nosotros no nos hacemos responsables de nada”.
Ante esa situación, Álvarez dijo a Guido: “Decile al amigo Guillermo que entre la querella”. A continuación, les devolvieron los celulares y se remitieron las cartas documento comunicándoles que, por su desempeño criminal de estafas a la empresa, eran despedidos con justa causa.
Tampoco se les permitió el ingreso a sus computadoras y el agente de seguridad los revisó al salir, siguiendo todos los protocolos del caso. Así quedó planteada la situación.
Guido iba a efectuar todos los controles pertinentes para anexarlos a la prueba. Se venía un momento bastante difícil. Aprovechó para comentarle a su amigo que se trataba de un trabajo complicado, más allá de la ayuda que él necesitaba.
“Sí, ya sé, me vas a seguir sumando honorarios...”.
“Lo mío, como vos sabés, es un valor alto, pero fijate que tenés la certeza de que obtengo resultados” —dijo—. “Vamos a hacer lo siguiente: aparte de la ayuda que voy a tener de acá, voy a traer a una persona de mi confianza y vamos a hacer todos los controles pertinentes. Pero eso sí, tenemos que evaluar un honorario acorde a su capacidad. Ella es una muchacha a la que le tengo muchísima confianza. Estaría trabajando conmigo a full, y, en los momentos en que yo no esté, ella se va a hacer cargo”.
Su amigo aceptó la propuesta. Al volver a su casa, Guido pensaba que no iba a encontrarla a Amalia, pero estaba sentada en el balcón. La vio triste.
“Hola” —dijo ella.
Él le dio un beso en la mejilla y le dijo:
“¿Cómo estás? ¿Cómo te sentís?”.
“Siento que tal vez estoy siendo una carga para vos por todo lo que pasó”.
“¿Estás arrepentida de lo que sucedió? Mirá que a mí no me gusta presionar para nada a nadie. Acá no ha pasado nada...”.
“No, Guido, al contrario. Es todo tan especial lo que está pasando entre vos y yo y todo lo que me está sucediendo... Realmente siento como que me estoy aprovechando de esta situación. Pensé tantas cosas hoy a la tarde...”.
“¿No saliste?”, preguntó él.
“No, fue un error”.
“¿Para qué te quedaste encerrada?”.
“No sé. Pensé hasta en volver a San Luis, tomarme un tiempo... Estar a tu lado es algo muy especial, sos un caballero, un hombre de verdad. Me siento tan bien y protegida... Tengo miedo, mucho miedo...”.
“¿Miedo de qué?”.
“Ay Guido... Vos no entendés lo que me pasa...”.
“Sí, ya sé, los hombres somos muy irracionales... Vos sos, como te dije, el ser humano más dulce que existe en el mundo”.
“Bueno, dejalo así...”.
“Mejor no lo dejo así. Te aclaro algo, Amalia. Me gustás mucho y en tres días me trastocaste la mente. No me quiero apresurar, pero me pasa algo muy fuerte con vos”.
Y agregó:
“Ahora te quiero dar otra noticia: ¿querés trabajar conmigo? Vos tenés capacidad y yo necesito a alguien, una mano derecha, que me revise bien todo lo que estamos haciendo. Me urge hacer una auditoría a fondo, más allá de lo que ya tengo”.
“¿Pensás que tengo la aptitud para eso?” —le dijo ella.
“Sí, te tengo un total y absoluta confianza, pero tenés que tomar las cosas con calma”.
“¿Sería rápido?”, preguntó ella.
“Mañana mismo podés empezar, si querés”.
“¡Wow!”, dijo ella.
“Yo te presento en la empresa, conocerás a uno de los directores, y ahí empezamos a recopilar datos. Voy a tener que guiarte. Lo que estamos buscando es bastante complicado. No creas que lo vamos a encontrar así, de una. Ellos han tenido varios meses para armar todo este desfalco. Además, ahora vienen pruebas muy importantes y a mi amigo, Guillermo Müller, necesito entregarle todas las constancias para que el juez pueda entender que la denuncia es totalmente plausible. ¿Qué opinás?”
“Gracias, gracias por pensar en mí”, dijo, se levantó y lo abrazó.
“Bueno, hablemos de tus honorarios...”
“No, por favor, olvidate de eso, no me interesa el honorario” —le contestó—. “Lo que vos me des estará bien, yo lo que quiero es no fallarte”.
“No, a mí no me vas a fallar bajo ningún punto de vista, te creo totalmente capaz”.
“¿Qué he hecho yo?” —dijo ella—. “¿Qué he hecho yo para merecer tantas cosas buenas de parte tuya?”
“Mirá, no sé. ¿Qué he hecho yo para que hayas llegado también a mi vida?” —retrucó él.
“Bueno, pero no vayas a creer que no preparé la cena. Aproveché lo que sobró anoche y armé algo que espero que te guste”.
“Desde mañana no tenés que preocuparte por la comida” —dijo él—. “Calculo que por los próximos dos o tres días vamos a estar trabajando allá adentro. Nos haremos traer algo al mediodía”.
“¿Cómo tengo que ir vestida?”, preguntó ella.
Riendo, Guido le contestó:
“Mientras vayas vestida, está todo bien”.
Y agregó:
“Vamos a hacer trabajo de campo, propiamente dicho. Por ahí, en una de esas, tenemos que meternos en los archivos, tenemos que buscar algunas cosas viejas. O sea que de todo un poco. ¿Cómo andás en computación?”.
“No te hagas problemas, la manejo bien”, contestó ella.
“Porque yo no estoy al cien por cien en ese tema, soy más o menos bueno, pero hay cosas de todos los días que a veces me superan”.
“Claro, claro” —dijo ella, riéndose—. “Eso te pasa por ser más viejo que Matusalén”.
“Bueno, no es tan así, pero sí tengo más años que vos. ¿Qué te parece si me doy una ducha rápida y comemos lo que preparaste? Mañana arrancamos...”.
“¿Nos vamos temprano?”, preguntó Amalia.
“No necesariamente. Le vamos a dar tiempo a mi amigo a que organice un poco todo, incluso el lugar de trabajo nuestro. Los próximos dos o tres días van a ser fatales...”
Cenaron en silencio. Él le preguntó:
“¿Querés ir a mirar la tele un rato?”.
“Si no lo tomás a mal. Quiero ir a dormir al cuarto pequeño. Necesito deglutir todo lo que me está pasando, ¿no te enojás?”, respondió Amalia.
“No, cómo me voy a enojar. Voy a leer un rato y luego me iré a dormir”, contestó él.
Guido observó por la ventana.
“Mirá qué tiempo, nuevamente tormenta. Va a ser una primavera bastante extraña” —dijo—. “Te voy a ayudar con los platos”.
“No, no, dejame a mí” —dijo ella—. “Después, más adelante veremos. No te vayas a mal acostumbrar...”
Guido se retiró a su dormitorio. La dejó limpiando los platos, pero antes le preguntó:
“¿Por qué no ponés la lavadora?”.
“No vale la pena, los lavo en un segundo. Vos tenés que aprender a ahorrar electricidad”.
“Tal vez esa nunca fue mi prioridad. Tengo hechas algunas inversiones afuera para mi futura vejez...”.
“¿Qué hacés hablando de tu vejez? Sos un tipo joven. Por favor, ni pienses en eso”.
“Es verdad. Que descanses”, le dijo. Se acercó, le dio un beso en la mejilla y se fue a su dormitorio.
Guido se recostó, pero no se podía dormir. Anotó algunas cosas. Iba a llamarlo a Guillermo, pero era demasiado tarde. No tenía mucho sentido; además, ¿de qué más iban a hablar? Estaba un poco agotado mentalmente.
De pronto, comenzó a tronar. “Dos o tres noches seguidas de tormenta, por Dios. Esta primavera presagia un verano lluvioso”, se dijo. Amalia había cerrado todas las ventanas.
Un rato después, Guido estaba totalmente dormido. Sintió que se abría la puerta de su habitación. Amalia se acercó y le dijo: “Decime que es verdad todo lo que está sucediendo. ¿No es un sueño todo esto que estoy viviendo desde hace un par de días?”.
Él le contestó:
“No, no, no, es una realidad”.
Ella se acercó a él y le dijo:
“¿Puedo dormir al lado tuyo, pero simplemente... abrazados, sin nada más?”.
“Por supuesto... Vos sabés que yo soy un caballero”, le contestó él.
“Bueno... veremos que así sea”, dijo ella, y se acurrucó junto a él. Guido la abrazó. Luego, ella agregó:
“Un ratito, nada más y después me voy”.
“Lo que vos dispongas”, contestó él. Sentía el calor de su piel, pero respetó su voluntad y se quedó dormido. Cuando se despertó, ya era de madrugada. Estaba solo. Se le habían ocurrido un par de ideas durante la noche...
Al rato, sintió que lo llamaban a la puerta.
“Despertate, dormilón, que tenemos que ir a trabajar”.
“Sí, sí. Dame unos minutos para pasar al baño y afeitarme”.
Al salir, lo esperaba una taza de té humeante. “Por lo menos no llueve más. Dos días de lluvia seguidos”, dijo.
“¿Estoy bien vestida así?”, le preguntó.
“Estás perfecta. Hermosa como siempre”.
Amalia tenía el cabello recogido. Y una sonrisa. Estaba feliz.
“¿Querés que te explique cómo van a ser tus honorarios? Te comento lo que yo pedí y veremos lo que consigo”.
Cuando le dice la cifra, ella le dice:
“Pero eso es muchísimo”.
“¿Sabés qué? Confío totalmente en tu capacidad para trabajar”.
“No, pero no quiero tanto...”.
“Esperemos a ver qué me dicen en la empresa”, replicó él.
Luego de eso, pidieron un Uber. Guido tenía un piso amplio, que daba al frente con una hermosa vista. Apenas sabía quién vivía en el edificio. Al bajar, se cruzaron con el encargado.
“¡Hola, Amalia! ¿Cómo andás?”, le dijo a ella, mirando que ambos se iban juntos.
“¿Qué estará pensando este chismoso?”, dijo Amalia.
“Que piense lo que quiera, ¿qué problema te hacés? Es otra etapa de tu vida...”.
Minutos después llegaron a la empresa. Por cuestión de seguridad, le sacaron copia al documento de ella y tuvo que firmar una serie de planillas; entre otras, una de confidencialidad, acerca de todo lo que se iba a auditar.
Para ayudar en esa tarea se presentó un contador joven. Lo primero que hizo fue mirar con mucho ímpetu a Amalia, cosa que a Guido no le gustó para nada. Sintió una sensación de celos ante esa situación.
El lugar de trabajo era cercano a los archivos. Mientras tanto, un hacker amigo estaba intentando descubrir algún dato en las computadoras de los directivos despedidos. “Hubo empleados que colaboraron con esas maniobras, algunos a sabiendas y otros no. Los primeros fueron inmediatamente despedidos”, le dijo Guido.
Pusieron manos a la obra. El lugar de trabajo era un poco lúgubre. Allí estaba archivada muchísima documentación. “Bueno”, dijo Guido. “Tenemos que empezar a colocar todo en orden”. A lo que Amalia respondió: “¿Por qué no me dejas a mí? Yo voy, primero que nada, separando por fechas, y por sociedades”.
Había que revisar una parte manual de años anteriores y luego estaba todo ya pasado a los programas. “¿Sabés lo que pasa? Que acá pueden aparecer justificaciones de salidas”.
Al joven contador no le gustó esa forma de revisión, ya que prefería ir a verificar en libros, pero ella insistió en revisar las anotaciones diarias para encontrar las pruebas pertinentes.
Cerca del mediodía, llegó Álvarez. Guido le presentó a Amalia, que estaba muy ensimismada, con sus lentes colocados, separando cosa por cosa... “Como te darás cuenta, además, voy a precisar los comprobantes. Creo que sería conveniente tener una charla con aquellos empleados que tenemos la certeza de que no tuvieron nada que ver”. “Perfecto”, respondió su amigo. “Los hago venir acá”. “Son dos chicos, bastante jóvenes”.
Empezaron a comentar entre ellos que había cosas que no se estaban pasando a los libros. Al rato, les presentó a ambos empleados. Se los veía bastante temerosos, no tendrían más de veinte o veintidós años. Guido los hizo sentar.
Había pedido café para todos. También estaba el director, amigo. Les dijo: “A ver, muchachos, cuéntenme... ¿qué es lo que ustedes notaron?”.
Les explicaron cómo venían las partidas cuando ellos cerraban el día y al siguiente notaban cambios. Eso los hizo sospechar, pero ellos no eran más que subalternos. Cuando intentaron consultar sobre esas diferencias, les comentaron que eran ajustes correctivos por cuestiones impositivas y que no había motivo alguno para preocuparse, que todo estaba bien. Mucho más que eso no pudieron aportar. Les preguntó si sabían dónde podrían estar esos comprobantes, pero como él suponía, no dejaron huella alguna.
Una de las cosas que saltó enseguida fue que una de las empresas no tenía prácticamente ningún movimiento. “Pero fíjate con cuánto queda de disponibilidad, ¿de dónde ingresó ese dinero? Y tampoco dice cómo salió”, dijo Guido. Habían hecho un lavado muy importante. Esto ya estaba tomando un cariz mucho más amplio de lo que él pensaba.
Mandó a llamar a su amigo Álvarez, y le dijo: “Mirá, esto es más grande de lo que vos y yo pensamos. Yo no sé lo que estaba facturando la empresa, pero acá, además, también está entrando dinero, que no sé de dónde procede”. “Nos encontramos, me parece, con una organización que excede el robo que pudieron hacer dos directores... Acá hay mucho más”. “Puta madre, ¡qué flor de nenes!”, dijo el otro. “¿Y qué te parece? ¿Cómo seguimos?, preguntó Álvarez. “Punteando e investigando, este trabajo va a ser largo”, completó Guido.
A mitad de la tarde lo llamó su amigo Guillermo. Dijo: “Nos han aceptado como denunciantes y, tal como te había dicho, va a salir una citación muy rápida para que se presenten en el juzgado. Yo calculo que en no más de veinticuatro o cuarenta y ocho horas, tendremos alguna novedad”. “Y te aclaro que, por otro lado, según me dijo gente de adentro, ya intentaron mirar lo que denunciamos y no sé si lo lograron. O sea que esto es algo muy grande y hace mucho ruido”.
Guido, a su vez, le comentó: “No te das idea de lo que estoy encontrando acá también”. Guillermo agregó: “Prepárate para los honorarios que te voy a cobrar”. “No te hagas problema, se los pasamos a la empresa”. “Otra cosa, hablando de eso: ¿precisas algún refuerzo más de dinero?”. “No, por ahora estoy bien. Pero andá avisando que esto es muy engorroso y que deberé aceitar algunas cosas, me entendés, ¿no?”.
“Bueno. ¿Sabés lo que vamos a hacer? Voy a pedir un adelanto global por todo el trabajo”. Creo que no va a haber ningún inconveniente, te alcanzo la suma que vos me indiques para que vos, más allá de los honorarios que ya has percibido a cuenta, te puedas manejar libremente. Además, voy a pedir un poco más para mí. Estoy acá trabajando con una muchacha”.
“Vamos, vamos... La quiero conocer”.
“Es un caso muy especial”, dijo Guido. “¿Te acordás cuando viniste a cenar a casa, esa chica que era empleada? Que estaba estudiando...”.
“Sí, sí... vos me habías comentado que era muy capaz...”.
“Es una historia larga”.
“Bueno, haceme la versión corta... ¿Ya te la co...?”.
“¿Ves que sos una bestia total? A veces me da cosa hablar con vos”.
“Pero escúchame, estamos entre amigos”.
“Sí, estamos entre amigos”.
“Está bien... ¿Están... cercanos?”.
“Sí, estamos cercanos. Estamos bien y me está dando una mano bárbara”.
Y agregó: Esto va en serio, es una chica muy inteligente.
“Sí, siempre lo decías vos... ¿Cómo cayó en tus redes? ¿Hay alguna amiga para mí?”.
“No. No hay ninguna amiga para vos, eso es seguro”.
“Mirá que estoy vacante”.
“Siempre estás vacante”.
“Déjame ver qué es lo que puedo conseguirte hoy de adelanto”.
Siendo tipo cinco de la tarde, llamó a su amigo Álvarez y le comentó las novedades. “Estamos descubriendo una serie de maniobras que efectuaron esos dos delincuentes que son bastante complejas, de paso te digo que vamos a precisar también más fondos para acelerar todo esto”. “Sí, ya lo sé, me imaginaba. No hay ningún inconveniente, decime cuánto y dónde te lo transfiero”.
Le pasó la cifra y le pidió lo siguiente: “Hacé la transferencia a tres cuentas diferentes, porque si no, después con los muchachos de los impuestos no sé cómo justificar todos estos ingresos”. “Sí, no hay ningún problema”.
