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Este libro investiga el papel de la educación informal en una fase importante de la historia reciente de España, evaluándolo de nuevo. En este estudio, centrado en la época de la toma del poder del Caudillo, La Guerra Civil y la euforia final de los vencedores, se muestra como la Iglesia sincroniza con los medios de educación. Tomando como ejemplo la fusión de la revista juvenil nacionalista Flechas y la conservadora Pelayos, se destaca que en la España de la Guerra Civil y los años siguientes, Iglesia y educación religiosa estuvieron bajo la influencia del caudillo y su poder.
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Seitenzahl: 609
Veröffentlichungsjahr: 2010
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Editorial Milenio
Lleida
Colección Educación • Serie Estudios
Director: Joaquim Prats
Coordinador: Fidel Molina
© Henar Herrero Suárez, 2007
© de edición impresa: Editorial Milenio, 2007
Sant Salvador, 8 — 25005 Lleida
www.edmilenio.com
Primera edición impresa: junio de 2007
Depósito legal: L- 557-2007
ISBN: 978-84-9743-210-8
Impreso en Arts Gràfiques Bobalà, S L
© de esta edición digital: Editorial Milenio, 2010
Primera edición digital: mayo de 2010
ISBN digital (epub): 978-84-9743-367-9
Conversión digital: O.B. Pressgraf, S L
Jaume Balmes, 52, bxs.
08810 Sant Pere de Ribes
A Carlos Herrero y Alejandra Suárez, mis padres.
INTRODUCCIÓN
Capítulo I. CRÓNICA DE UN POLÉMICO ALUMBRAMIENTO
El caso Pelayos. ¿Una estocada a la Iglesia?
Los últimos estertores de Pelayos
Los primeros balbuceos de Flechas y Pelayos
La vertebración de Flechas y Pelayos
La sede
La impresión y la distribución
La dirección y la redacción
La administración y las finanzas
La línea editorial de Flechas y Pelayos
De la información a la formación y el adoctrinamiento
La recta ordenación de la prensa infantil
Capítulo II. PROPAGANDA DESDE EL FRAGOR BÉLICO
Claves interpretativas
Objetivo: la legitimación
La dialéctica amigo-enemigo
Cuentos de buenos y malos
Los niños y la guerra
“Currito el pastor”
El arquetipo de la maldad: los rojos
Impiedad e irreligión
El esperpento republicano
Perversidad y fiereza
El arquetipo de la bondad: el Caudillo
El carisma del Caudillo
Un caudillo para los niños
Frente a la agresión, la unión
La unificación
La unidad
Por los sentidos hacia el corazón
La codificación de la simbología social
El yugo y las flechas
La bandera
Por el imperio hacia Dios
Capítulo III. PROPAGANDA DESDE LA EUFORIA DE LA VICTORIA
Inercias y continuidades
La estigmatización del enemigo
El culto al líder
Celebraciones y conmemoraciones
La psicología de la fiesta y los lugares de la memoria
El día de la victoria
Una memoria heroica y tanática
Héroes y caídos anónimos
García Morato y José Antonio Primo de Rivera
La sacralización de lo profano
La victoria o el juicio de Dios
De la casa de David había de venir el Mesías
El supremo Caudillo y el Caudillo de España
El rapto nacionalcatolicista de Clío
“Historia Gráfica de España: la metanarración histórica
Héroes de la patria o cómo construir un héroe
Epílogo. EL DECLIVE DEL MODELO “AZUL” DE PRENSA Y PROPAGANDA INFANTIL
Hipótesis sobre las causas del cambio
Del clamoroso adoctrinamiento a la sutil moralización
El primado del entretenimiento y la amenidad
APÉNDICES
Apéndice 1: “Los niños y la guerra”
(Flechas y Pelayos de 29 de enero de 1939, nº 8, p. 11.)
Apéndice 2: “Currito el pastor”
(Flechas y Pelayos de 26 de febrero de 1939, nº 12, p. 19)
Apéndice 3: “Jesusín”
(Flechas y Pelayos de 5 de marzo de 1939, nº 13, p. 16)
Apéndice 4: “Los hijos del labrador”
(Flechas y Pelayos de 11 de diciembre de 1938, nº 1, p. 19)
Apéndice 5: “De Flechas y Pelayos”
Apéndice 6: “A la bandera”
FUENTES DOCUMENTALES
A. Fuentes archivísticas
B. Fuentes bibliográficas primarias
BIBLIOGRAFÍA
AGRADECIMIENTOS
Tal y como corresponde a la naturaleza de toda investigación, el origen y la génesis de este libro —sobre la educación no formal y el adoctrinamiento en el Semanario Infantil de la España “Azul”—,[1] se encuentran en un deseo de dar respuesta a multitud de interrogantes que nos han asaltado a lo largo de nuestro quehacer profesional y que, al menos a nuestro modo de ver, afectan de manera medular a la razón de ser y a la función de nuestro oficio, el de profesores de didáctica de las ciencias sociales.
Claro está que estos interrogantes —que en esencia siempre han sido los mismos—, han ido experimentado sucesivas transformaciones a medida que causas y azares del más variado talante han asomado a nuestro horizonte, por lo que nos ha parecido que quizás pudiera resultar interesante dar comienzo a esta narración con el relato de la breve, pero intensa, historia del proceso de conformación de este libro, de por qué nació, de cómo se fue definiendo, de qué influencias recibió, de cómo fue creciendo y adquiriendo su propia personalidad..., en fin, todo ese cúmulo de circunstancias que nos permiten conocer y, sobre todo, entender mejor cualquier fenómeno, sea éste de la índole que sea.
Y es que creemos que cualquier investigación ha de ser entendida, también, desde la perspectiva de su concepción, su gestación, su nacimiento y su crecimiento, porque también ellas son “seres” históricos. Por este motivo, en el puñado de páginas que siguen nos acercaremos al porqué de nuestro destino, a las dudas y las incertidumbres en su planificación y a los avatares y las encrucijadas del camino. De este modo, nos remontaremos al pasado más lejano, al comienzo de todo, cuando las ideas acerca de la investigación no eran más que un balbuceo discordante y arrítmico pero cuando también unos cuantos interrogantes, que pudiéramos llamar “de base”, reclamaban nuestra atención con terca insistencia. Aquellas pertinaces preguntas no fueron otras que: ¿qué función social debe cumplir la educación?, ¿puede y debe la educación constituir un territorio aséptico, neutral y desideologizado?, por el contrario, ¿puede y debe existir una educación comprometida y al servicio de unas ideas, por ejemplo, las de la creación de determinadas identidades?, y, en relación con ello, ¿a qué llamamos adoctrinamiento?, ¿aceptamos como legítimas determinadas formas de adoctrinamiento en tanto que otras, no muy alejadas de este concepto, las consideramos, por el contrario, indeseables y repudiables?, ¿estamos incurriendo los profesores, particularmente los de historia, en un modelado de conciencias sin ni siquiera pretenderlo? En definitiva, y en relación con el papel de la historia y de los profesores de historia en el aula, ¿existe un adoctrinamiento legitimado y legitimable y otro rechazado y rechazable?
Aún no hemos hecho más que empezar y quizás ya haya aflorado en el lector la pregunta de qué conexión existe entre los semanarios infantiles de los tiempos de Franco y los interrogantes que acabamos de formular. Ciertamente, la relación causa-efecto no es inmediata, pues —como acabamos de anunciar—, en el proceso de conformación de este trabajo han confluido causas y azares de naturaleza muy diversa, y los distintos “protagonistas” de estas páginas han irrumpido en escena a golpe de un devenir educativo, harto efervescente, atractivo y estimulante en los últimos tiempos.
Así, el desencadenante, o la causa remota, de esta investigación no fue otro que tratar de conocer el papel que los diferentes agentes implicados en el proceso educativo representan en la construcción de las identidades colectivas, sean éstas del signo que sean. Este interés estriba en que, como es sobradamente conocido, las concepciones que los individuos y, en su caso, las instituciones, poseen acerca de las finalidades y las misiones que la educación puede o debe cumplir en el seno de la sociedad, están latentes en todo el hecho educativo y tienen una trascendencia cardinal, por cuanto interpenetran absolutamente todo el proceso, condicionándolo y determinándolo en toda su expresión, al tiempo que, subsidiariamente, implican la difusión de diferentes modelos de sociedad, de individuo y de identidad personal y cultural.
Este extremo se torna aún más expresivo en el caso de nuestro primordial objeto de estudio, la enseñanza de las, tan traídas y llevadas y, (en ciertos episodios de nuestra historia), vapuleadas e instrumentalizadas, ciencias sociales que, no en vano, tanto han tenido y tienen que ver con la transmisión de la tradición y de las ideologías, y con la forja de identidades.
Así, con nuestra investigación pretendíamos adentrarnos en el sugerente y crucial mundo de las funciones que la educación, tanto formal como no formal, ha desempeñado y puede llegar a desempeñar en las distintas sociedades que la alumbran y la gestionan, y que oscilan entre extremos tales como la reproducción de las ideologías hegemónicas y su instrumentalización al servicio del poder, o la articulación de la resistencia y la conformación de nuevas cosmovisiones, acordes con ideologías antagónicas, o al menos disidentes; pasando por un sinfín de escalas, modalidades y variantes.
Como tantas veces se ha dicho, la educación siempre canaliza y traduce un determinado ideario, por lo que resulta muy improbable la existencia de una educación y ni siquiera una instrucción, aséptica, neutral o desideologizada, dado que, de una manera u otra, las diferentes instancias implicadas en este multiforme fenómeno van marcando el hecho y el proceso educativo con sus propias señas de identidad: sus concepciones económicas, sociales o políticas, sus escalas de valores, sus creencias, sus ideas, sus miedos, sus esperanzas, sus presupuestos científicos, sus paradigmas educativos...
Esto no quiere decir, claro está, que este tipo de influencias se ejerza siempre de una forma volitiva, premeditada y explícita o que tenga que servir, necesariamente, a un proyecto ideológico concreto. En estos presupuestos ya nos estaríamos refiriendo al caso extremo del adoctrinamiento, en el que la educación deja de ser tal para convertirse en un instrumento de manipulación de las conciencias y de propaganda del poder establecido.
Existe también, como han puesto de manifiesto los estudios realizados en relación con el llamado “currículum oculto”, un modo inconsciente, involuntario o, por lo menos, implícito de intervenir e interferir en el proceso educativo, más vinculado con el dominio de las mentalidades que con el de las ideologías y, probablemente, más inocente o menos agresivo —por cuanto puede no surgir de la intencionalidad—, pero, desde luego, en absoluto inocuo e inofensivo.
Sea como sea, lo que resulta incuestionable es que tanto el papel de seleccionadora, gestora y distribuidora de la cultura, que la educación desempeña, como su condición de agente de socialización primario, le conceden un enorme potencial para transmitir las diferentes ideologías y sus correspondientes cosmovisiones, así como la convierten en uno de los resortes básicos en la construcción de determinadas identidades, tanto culturales-colectivas, como personales.
En este orden de cosas, y habida cuenta de la capacidad que la educación tiene para construir y modelar las formas bajo las cuales las personas viven y construyen significativamente su realidad, sus sueños, sus deseos y sus aspiraciones y, en definitiva, para acuñar identidades, consideramos especialmente interesante orientar nuestra investigación a seguir profundizando en el potencial reproductor de la educación, pero, desde la perspectiva prioritaria del cómo, del proceso, de los mecanismosque cobran forma y se materializan en el discurso social, en la realidad construida y en el imaginario colectivo.
Esta focalización en el estudio de la realidad construida y en el imaginario colectivo procede de la idea, hoy comúnmente aceptada, de que la tupida red de interacciones que constituye cualquier imaginario y que resulta observable, analizable y cuantificable, permite descifrar los componentes básicos de las ideologías y las mentalidades.
Así, siguiendo a J. L. Pintos, los imaginarios sociales y la realidad construida poseen la virtualidad de hacer visible lo invisible y de sacar a la luz los principales resortes de la conformación ideológica, entre los que se cuentan los esquemas de representación de las cosas, las ideas y los procesos que afectan al conjunto de la existencia, las categorías de comprensión básicas de los fenómenos sociales y los instrumentos de percepción que tienen el poder de metamorfosear la “realidad social construida /inventada” en “realidad social existente y legítima”.[2]
Estas perspectivas hicieron que nuestras “preguntas primeras” se fueran aquilatando y concretando, dejando atrás los planteamientos meramente conceptuales, y casi nos atreveríamos a decir ontológicos, para dar paso a los “qué”, los “cuáles”, los “cómo”, los “por qué”, los “de qué”. Y así es como comenzamos a preguntarnos ¿qué es lo que realmente sucede para que un determinado orden social llegue a ser considerado como algo natural?, ¿cómo se concita la adhesión y la identificación con el modelo social propuesto?, ¿cuál es el proceso que se opera para que el orden social propuesto se convierta en inmanente, para que el individuo lo interiorice y connaturalice?, ¿cuáles son las claves de la legitimación, de la perdurabilidad y de la identificación?, ¿por qué un individuo asume como propia y personal una cosmovisión que le ha sido impuesta a través de los cauces más diversos?, ¿cómo participa la educación en los procesos de legitimación, implantación y consenso de las ideologías, ya sean éstas tradicionales y heredadas, o novedosas y alternativas?, ¿de qué contenidos, de qué métodos, de qué recursos, de qué técnicas y de qué estrategias didáctico-pedagógicas se sirve la educación para construir los esquemas de representación, las categorías de comprensión y los instrumentos de percepción de la realidad?, ¿a través de qué complejos e intrincados mecanismos didáctico-pedagógicos contribuye la educación a la divulgación, connaturalización y universalización de una determinada ideología, de su correspondiente imaginario social y del modelo de identidad subyacente?
En relación con todo lo dicho, nos inquietaban y nos atraían sobremanera las diferentes propuestas “ideológico-identitarias” y los imaginarios colectivos que desde las instituciones políticas y educativas, desde los medios de comunicación de masas y, sobre todo, desde las aulas, se están haciendo hoy en día. Y estamos hablando de fenómenos tan heterogéneos como puede ser la construcción de la ciudadanía europea, la educación intercultural, la identidad territorial, local, autonómica o nacional, la identidad religiosa, la globalización, la educación para el desarrollo humano y sostenible, con sus implicaciones en la construcción de una ética cosmopolita y de la responsabilidad que propicie el advenimiento de una ciudadanía participativa y comprometida ...[3] Todas ellas cuestiones fascinantes y de, cada día, mayor interés y actualidad.
Pero, nuestra formación de historiadores nos empujaba irremediablemente a interesarnos por el pasado, porque estas mismas cuestiones, o muy parecidas, también se han planteado en otras etapas de la Historia y, en consecuencia, pueden estudiase en ellas. Tras elegir nuestro hábitat primigenio, el pasado, ¿qué identidad podíamos rastrear? Necesitábamos encontrar una identidad del pasado que, por sus características, nos sirviese para comprender mejor el presente y, por encima de todo, el presente educativo que es el que corresponde a nuestro quehacer profesional actual.
Así, encontramos que un tipo de identidad que no sólo se presta, sino que resulta idóneo para desentrañar los mecanismos a través de los cuales la educación gestiona la cultura, las ideologías y la identidad, desde la perspectiva del pasado o del discurrir histórico, es la identidad nacionalista-española. He aquí un problema de otra época, pero no aislado en el pasado (si es que algún pasado se presta al aislamiento), pues se trata de un fenómeno que, de una manera u otra, aún sigue pesando sobre nuestro presente y sigue influyendo sobre nuestros diferentes proyectos sociales.
Hubo un tiempo en que, quizás, pudo parecer que la identidad nacionalista española y su gestión educativa había perdido interés, cediendo el protagonismo a los nacionalismos “periféricos”,[4] pero recientemente esta cuestión —en ocasiones un tanto espinosa—, se ha convertido en el centro de atención de propios y extraños.
Sea como sea, de lo que no cabe la menor duda es de que cualquier intento serio de acercarse al tema de las identidades y, más concretamente a la identidad nacionalista-española, debe plantearse desde el análisis del proceso, del “hacerse” o del “construirse”. Esta proyección de las identidades en el pasado, y también en el futuro, ha sido tratada por A. Rivière, quien sostiene que: “Para «ser» humanos o grupos y a diferencia de otros primates —nos dicen los psicólogos cognitivos—, necesitamos «contarnos». Si no lo hiciéramos, nuestra identidad no haría referencia más que al momento, a una sucesión de diferentes presentes carentes de sentido y de significado. Es preciso, pues, conectar el presente con el pasado, lo que inevitablemente va unido a saber que existe un mañana, un futuro en el que proyectarse.”[5] Y ello es así también para las naciones, los Estados y las regiones porque ninguno de ellos tiene una identidad esencial, permanente y unívoca ya que, al igual que le pasa al hombre, no tienen naturaleza, sino historia.[6]
De este modo, cada vez es más aceptada la idea de que la nación como comunidad imaginada, idealizada y eterna, (que es la que más frecuentemente ha transmitido la educación), fue una invención del nacionalismo político y literario de los siglos xix y xx, cuya reproducción ha oscilado, desde entonces hasta ahora, entre la construcción, la destrucción y la ocultación.
Por ello, la identidad nacionalista-española, al igual que las nacionalistas de cualquier otro tipo, sólo puede ser comprendida si se analiza desde un planteamiento retrospectivo y diacrónico que atienda a su gestación, su conformación y su consolidación, aunque sin darla nunca por definitiva o concluida, ya que cualquier cambio en el juego de fuerzas que estructuran el poder hegemónico implicará una reformulación del discurso y una modificación en la definición de los códigos de identidad y en los modelos de socialización.
Y de este modo, y por todas esta razones, es como la identidad “nacionalista española”, y más concretamente el ser, el estar, el estilo y, en definitiva, la ideología nacional-catolicista, (por ser la más próxima a nuestros días), salieron a nuestro encuentro y se convirtieron en nuestro objeto de estudio.[7] Esto supuso una nueva concreción de nuestras preguntas, que al ceñirse ya a un fenómeno ideológico en particular, se poblaron de adjetivos calificativos y, lo que es más importante, se transformaron y se condensaron en los siguientes objetivos: A) Evidenciar que la ideología política del nacional-catolicismo —entendida como un sistema de creencias y una estructura de valores—, constituye una dimensión fundamental y generadora de significados en el ámbito educativo. B) Desentrañar el proceso de legitimación de la ideología franquista.[8] C) Reconstruir el imaginario social que articula la identidad “nacional-catolicista” y tratar de sacar a la luz las imágenes que aquella sociedad construyó sobre sí misma. D) Esclarecer los mecanismos, los recursos, las técnicas y las estrategias “didáctico-pedagógicas” a través de los cuales la naturaleza arbitraria de las normas, las costumbres, los contenidos y los valores, de un orden social —ilegítimo en origen—, alcanzaron un fuerte grado de consenso y se connaturalizaron, condicionando los procesos de socialización, y de manera muy particular la socialización infantil y juvenil.
Pero, ¿cómo acercarnos a unos fenómenos tan complejos, abstractos y evanescentes? Necesitábamos un observatorio en el que la ideología, el discurso social y el imaginario colectivo del nacional-catolicismo cobrasen forma, se objetivasen y se materializasen, y de esta manera fuesen examinables, medibles y cuantificables, es decir, fuesen susceptibles de ser sometidos a un proceso de análisis e interpretación.
Para este periodo nos encontramos con que el ámbito educativo, además de constituir nuestro principal centro de interés, servía magistralmente de campo de observación y de investigación. No en balde, y como describe de forma muy gráfica y aclaratoria G. Gavilanes, el régimen franquista se planteó de manera totalitaria y desde luego hegemónica la gestión de la educación,[9] al tiempo que la convirtió en una auténtica portavoz propagandística de su ideología. Sigamos sus propias palabras:
Nuestra concepción integral de Estado exige toda hegemonía educativa, siempre que la influencia política no descuide la cultural (...). El Estado ha de dirigir y encauzar la educación en el sentido que la convenga. En primer término, con el fin de encauzar las nuevas generaciones en el sentido religioso (...). Es preciso infiltrar en las nuevas generaciones el espíritu y el sentido de las normas Nacionalsindicalistas (...).[10]
Sobre la importancia que se concedió a la educación tanto a la hora de promover la “Revolución” y el “Alzamiento”, como a la de consolidar el Nuevo Estado y difundir su “ideología” trataron un sinfín de autores, quienes no albergaron la menor duda de que uno de los principales “instrumentos”, a través del cual el régimen podría construir la españolidad y la nacionalidad era la educación. Detengámonos —simplemente a modo de glosa o de ejemplo—, en las palabras de A. J. Onieva a este respecto:
Vamos a recoger, pues, el tesoro que pretendieron robarnos, un espíritu nacional fuerte y unido. Vamos a ser antes que nada, nacionales, españoles, producto de este bregar de generaciones que han llegado a esta sustancia específica: lo español. ¿Cómo lo conseguiremos? Mediante la educación. ¿Por qué? Porque mediante este cauce se administró el veneno y mediante él ha de venir la reparación.[11]
Y fue precisamente el uso que se hizo de la educación (al que acabamos de aludir) y de los medios de comunicación de masas, (al que nos referiremos posteriormente) —amparado y auspiciado por el dirigismo estatal y por la vocación totalitaria—, uno de los principales agentes que, unido a la acción violenta y represora ejercida por el franquismo, posibilitó la institucionalización del imaginario social y de un tipo concreto de realidad construida.
Algo que, desde un punto de vista metodológico, nos facilita, y no poco, nuestra tarea, pues este “totalitarismo” y la existencia de un discurso y un pensamiento único y monolítico, sobre todo en los tiempos iniciales del Movimiento, hace viable tratar de comprender la transmisión ideológica y la construcción de identidades desde un solo ámbito de socialización. Cosa que de pretenderse para otros contextos toparía con obstáculos muy serios, pues, como es obvio, las identidades brotan de un sistema denso de interacciones, de la confluencia de causas múltiples y circulares y de la relación dialéctica de una pluralidad de instancias difícilmente abarcables.
Por otra parte, en el campo de la investigación de la transmisión-comunicación de las ideologías y de la construcción de los imaginarios sociales, a través de la educación, no somos, ni mucho menos, pioneros, ya que disponemos de abundante e interesante bibliografía al respecto, pero casi siempre concebida y elaborada desde la perspectiva de la educación formal o reglada, lo que nos ha parecido suficiente motivo para adentrarnos en territorios más desconocidos, como son los de la educación no formal,[12] a la que también tuvo muy en cuenta el “aparato ideológico del franquismo”, tal y como se pone de manifiesto, una vez más, en las palabras de Onieva, quien afirmó que:
(...) la acción del Estado para asegurar su disciplina ha de ser vigilante e impositiva, hasta que se forme un estado de conciencia colectiva que acepte voluntaria y complacidamente las nuevas normas. Una labor de educación social y ciudadana se impone terminantemente.[13]
En este sentido es preciso dejar patente que aunque el universo de la educación no formal o informal fue muy rico —ya en los tiempos del primer franquismo—, el semanario Flechas y Pelayos constituye una fuente de información especialmente decidora y expresiva de los procesos de adoctrinamiento en el mundo infantil, al confluir en él, de forma prácticamente única, los ámbitos de socialización política más representativos de la época: la educación, la política de juventud y los medios de comunicación de masas.[14] Cuestión ésta nada desdeñable, por cuanto la versatilidad de la fuente auspicia, al menos a priori, una visión polifacética y global del fenómeno que pretendemos estudiar.[15]
Ahora bien, junto a las potencialidades de la fuente documental, en nuestra elección de Flechas y Pelayos como objeto de análisis también ha tenido bastante peso, cómo no, el pensar en la fascinación que los colores, las historietas, los héroes, las ilustraciones, los concursos, los pasatiempos, los recortables, el imprevisible Cubillo, la traviesa Mari Pepa o el desastroso Pat O´Sho podían despertar en los niños de aquella España de la guerra y de la postguerra, y se nos antoja que, con cada página de Flechas y Pelayos, un universo de evasión, de fantasía y de magia se abría ante sus ojos —inocentes y ajenos a la carga doctrinal—, lo que tornaba a la revista en un instrumento de adoctrinamiento aún más poderoso.
Mas, en relación con lo mencionado, aún nos queda hacer una precisión, y es que a lo largo de este trabajo hablaremos de educación no formal, aunque en principio los medios de comunicación y, más concretamente la prensa infantil —realidades, ambas, de las que participa Flechas y Pelayos—, han sido considerados agentes de la educación informal. Nuestro empleo del concepto educación no formal no es aleatorio sino que se desprende de que pensamos, con H. S. Bhola, que “muchas de las actividades propias de la educación informal, de transmisión de valores e ideas por medios no sistemáticos, ni organizados, se convierten cada vez más en una educación no formal”.[16] Y esto es lo que sucedió con la prensa infantil de los tiempos de Franco, dado que los medios de comunicación fueron utilizados de manera programada y se les atribuyó como finalidad la acción propagandística y la segunda socialización de masas.
En nuestra opinión, resulta claro que, en el caso que nos ocupa, los medios de comunicación fueron, al menos para los que los programaron, unos auténticos medios de educación no formal, aunque quizás, desde la óptica de los que recibían su influencia, pudieran ser considerados como un medio de educación informal, al no ser los receptores conscientes de las intencionalidades y los programas sistemáticos subyacentes. Así pues, creemos poder sostener que, en el terreno de los medios de comunicación y propaganda del franquismo, la educación no formal y la informal experimentaron una hibridación o fusión.
Llegados a este punto y tras tratar de esclarecer la naturaleza de esta investigación y los objetivos que hemos perseguido con ella, aún resta plantear aquí su estructura o, por mejor decir, su vertebración, que obedece a las premisas de, por un lado, conferir gran relevancia a la historicidad de los procesos de adoctrinamiento, y, por otro, conceder tanta importancia a la forma del mensaje o del discurso como a su contenido, al mensaje latente como al patente y a la modificación del universo sensitivo como a la del cognitivo, lo que nos ha llevado a contemplar tres grandes ámbitos de observación fundamentales dentro de la “Realidad representada”, que son: el contexto sociohistórico en el que se produce la comunicación-imposición ideológica, las señas de identidad y la personalidad del semanario que canaliza y transmite los mensajes, es decir, el medio o canal en el que se produce la comunicación ideológica, y, por último, las características del mensaje o del discurso, desde la doble perspectiva de la forma y del fondo.
Tales fenómenos se abordan en los distintos capítulos del libro. Así, el primero de ellos, “Crónica de un polémico alumbramiento”, tiene por objeto el estudio del proceso de gestación del semanario Flechas y Pelayos y de las circunstancias sociohistóricas en las que se produjo su aparición, a fin de elucidar la corriente o corrientes ideológicas que estaban detrás de su línea editorial y de arrojar luz, con este caso, sobre el proceso más amplio, y de singular trascendencia, de las tensiones surgidas entre la Iglesia y la Falange en los momentos iniciales del régimen franquista.
En este primer capítulo se plantean también las señas de identidad que dotaron al semanario de una fisonomía, de una idiosincrasia y de una personalidad propias, atendiendo a rasgos tales como sus tiradas —para poder deducir su grado de difusión—, su gestión empresarial, sus medios técnicos, sus medios humanos, sus cuentas, su estructura jurídica y financiera, las condiciones en las que se produjo la fabricación de la revista, las condiciones de la distribución, la organización de su redacción y la definición de la línea ideológico-política que presidió e inspiró la publicación... Se trata, por lo tanto, de realizar su biografía técnica, partiendo de los registros de identidad y de los expedientes de identificación del semanario, previamente elaborados.[17]
Por su parte, el segundo y el tercer capítulo están dedicados a esclarecer cómo se representó la realidad del primer franquismo y cómo se adoctrinó a los niños de aquella época a través de los mensajes —tanto icónicos, como escritos—, consignados en el semanario Flechas y Pelayos. Para ello, y por considerar que el fin prioritario del “Nuevo Orden” era el de legitimarse ante los sometidos, la atención se centra en los contenidos, las técnicas y los métodos con los que se llevó a cabo la legitimación, primero del alzamiento y de la guerra, y después del primer franquismo.
Ambos capítulos comparten, pues, el objetivo de reconstruir el imaginario social o la realidad representada de este periodo, y a través de ellos definir las claves, los mecanismos y las técnicas y estrategias didáctico-pedagógicas de la acción adoctrinadora.
No obstante, y pese a la identidad de los objetivos y de los métodos de análisis que comparten el segundo y el tercer capítulo, lo cierto es que muy pronto observamos que el discurso legitimador, fuertemente condicionado por las circunstancias históricas, experimentó una evolución y no pocos cambios entre los tiempos de la guerra y los de la inmediata posguerra, lo que aconsejaba tratar sendos periodos y discursos de forma individualizada. De estas diferencias procede, pues, la planificación, por un lado, del capítulo 2 en el que se estudia y analiza la “Propaganda desde el fragor bélico” y, por otro, del tercer y último capítulo, que tiene como principal centro de interés la “Propaganda desde la euforia de la victoria”.
Para finalizar, el libro comprende un epílogo,[18] en el que, a modo de conclusión, se interpreta y se explica el paulatino declinar del modelo “azul” de prensa y propaganda infantil, (pormenorizadamente descrito en los capítulos 2 y 3). El crepúsculo de este modelo coincide con la finalización de la etapa beligerante y gloriosa de las publicaciones gestionadas por la Falange y con el propio declive de la Falange, acontecido para unos en 1943 y para otros, entre ellos nosotros, en 1945.
Tras bucear en el proceso de disolución del modelo, en el epílogo se apuntarán también, aunque sea muy someramente, las líneas maestras de los modelos editoriales que vinieron a relevar al fundacional y bajo cuya férula se concibieron las sucesivas ediciones de Flechas y Pelayos hasta la publicación del último número el 29 de junio de 1949.
Una vez hechas las presentaciones de rigor —destinadas a hacer más aprehensible y más amable este libro—, parece llegada la hora de poner fin a este prefacio y sumergirnos en el paisaje de la España de los tiempos finales de la guerra civil y de la primera posguerra y descubrir, cual ávidos y expectantes viajeros, la realidad inventada-construida y el universo cognitivo, sensorial y afectivo en el que se quiso que vivieran los niños y las niñas de finales de la década de los treinta y comienzos de la de los cuarenta del siglo pasado.
[1] El calificar de “Azul” a la España del primer franquismo, obedece a que buscamos un término que pueda abarcar la etapa de la Guerra Civil unida a la de los años de la más definida y férrea dictadura de Francisco Franco, de claro predominio falangista. Así, el término “azul” sirve para caracterizar a toda la época de lo que parecía iba a ser un “estado azul”: camisas azules, cielos azules con luceros de plata, División Azul..., y que se extendió hasta el año 1945, en el que la derrota definitiva de los fascismos, hizo que el azul español comenzara a difuminarse en el horizonte.
[2] J. L. Pintos: Los imaginarios sociales. La nueva construcción de la realidad social, Madrid/Cantabria, Fe y Secularidad/Sal Terrae, 1995.
[3] Una buena síntesis de las líneas en las que, desde la perspectiva de la didáctica de las ciencias sociales, se está acometiendo el estudio de las identidades la podemos encontrar en J. Estepa, F. Friera y R. Piñeiro (coords.): Identidades y territorios: un reto para la didáctica de las Ciencias Sociales, Oviedo, KRKA.U.P.D.CC.SS., 2001.
[4] Quizás el calificativo periféricos no sea el más acertado, pero no hemos dado con otro que aglutine mejor el complejo fenómeno al que tratamos de referirnos.
[5] A. Rivière: “Envejecimiento del presente y dramatización del pasado: una aproximación a las síntesis históricas de las Comunidades autónomas Españolas (1975-1995)” en J. S. Pérez Garzón y otros: La gestión de la memoria. La historia de España al servicio del poder, Barcelona, Crítica, 2000, pp. 215-216.Cuando la autora alude a los psicólogos cognitivos se está refiriendo al trabajo de A. Rivière: “The cognitive construction of history” en M. Carretero y J. F. Voss (eds.): Cognitive and instructional processes in history and the social sciences, Hillsdale, Lawrence Eribaum, 1994.
[6] Esta es una idea planteada por Ortega y Gasset, quien entiende que Historia es el modo de ser de un ente que es constitutivamente, radicalmente, movilidad y cambio. en J. P. Fusi: España. La evolución de la identidad nacional, Madrid,Temas de Hoy, 2000, p.10.
[7] Sobre la identidad nacionalista española en tiempos anteriores a los que nosotros hemos elegido tratan los excelentes libros de J. Álvarez Junco: Mater Dolorosa: La idea de España en el siglo xix, Madrid, Taurus, 2001 y C. P. Boyd: Historia Patria. Política, historia e identidad nacional en España: 1875-1975, Barcelona, Pomares Corredor, 2000.
[8] No pretendemos obviar el debate que se ha producido entre los especialistas acerca de la existencia o no de una ideología franquista y, en su caso, de sus características, mas entendemos que no resulta adecuado hablar de ello en este momento.
[9] Son muchos los aspectos relacionados con la naturaleza del franquismo que, aún hoy, no han encontrado respuesta y uno de ellos es el de su caracterización, ¿se trata de un régimen autoritario, o totalitario, o bonapartista, como lo han calificado otros?, ¿se puede hablar de fascismo?... De aquí que no nos atrevamos a hablar abiertamente de totalitarismo, por cuanto especialistas que conocen mucho mejor el tema que nosotros aún no han alcanzado el consenso. Mas en materia de educación, y para los primeros años del régimen, creemos que se puede hablar de totalitarismo o de vocación totalitarista, sin temor a equivocarnos.
[10] G. Gavilanes: “Ensayo Sobre la pedagogía nacionalsindicalista”, Revista Nacional de Educación, nº 14, 1942,pp. 27-28.
[11] A. J. Onieva: Nuevos aspectos. ¡España, Despierta! (Lo que es el Nacional-Sindicalismo), Santarén, Valladolid, 1940, pp. 139-140.
[12] Una interesante revisión de la Educación no formal en la posguerra franquista la constituye el libro de F. Sanz Fernández: Educación No formal en la España de posguerra, Madrid,Universidad Complutense, 1990.
[13] A. J. Onieva: Nuevos aspectos..., p. 59.
[14] La finalidad de la revista era, según sus propios redactores, educar, divertir y enseñar,
[15] Es cierto que en la España de Franco, entre 1936 y 1945, también se publicaron otras revistas como: “Chicos”, que comienza a editarse en febrero de 1938, “Roberto Alcázar y Pedrín”, “El Guerrero del Antifaz”... Pero se trata de publicaciones privadas, centradas en el género de aventuras, que, en la medida de lo posible, trataron de alejarse del objetivo adoctrinador –impuesto por el Estado— que, sin embargo, sí que impregna todos los intersticios del semanario que nosotros hemos estudiado.
[16] H. S. Bhola: “L’Éducation non formelle en perspective”, Pers(pec)tives, revue trimestrelle de l’éducation, vol. XIII, nº 1, 1983.
[17] Estas técnicas son propias de la que ha dado en llamarse “lectura ideológica de los medios de comunicación de masas” o “análisis de medios”, cuya sistematización fue llevada a cabo, al menos en España, por J. M. Casasús: Ideología y análisis de medios de comunicación, Barcelona, Mitre, 1985.
[18] Utilizamos este término en su sentido de relación de sucesos que son consecuencia de la acción principal
El día 4 de noviembre de 1938, a través de una Orden,[19] el Delegado Nacional de Prensa y Propaganda de Falange Española Tradicionalista y de las JONS, Ramón Serrano Suñer, dispuso el cese de la impresión de Flecha y la prohibición de la publicación de Pelayos, acusada esta segunda de haberse apoderado de un título que era propiedad del partido.[20] Tal patrimonialización del nombre del niño mártir cordobés, por parte de FET y de las JONS, se derivó de una norma que establecía que sólo el partido podía ostentar y utilizar —en exclusiva y a su conveniencia—, los símbolos, emblemas, gritos de ordenanza... y demás señas de identidad de las organizaciones fusionadas.[21] Simultáneamente —y en el mismo documento con el que se ponía fin a las efímeras vidas de Flecha[22] y de Pelayos—,[23] se ordenó también el comienzo de la edición de Flechas y Pelayos.
En este orden de cosa, el nuevo semanario —emanado de la aparente fusión entre las dos revistas recién clausuradas—,[24] nacía, al menos supuestamente, como resultado de los efectos desencadenados por el Decreto de Unificación en tantos órdenes de la vida política española.[25] Unos efectos que, como no podía ser de otra manera, alcanzaron al ámbito de la prensa, tanto infantil, como adulta.
En el caso de Flecha, la revista de la Falange, el proceso del cese transcurrió con absoluta normalidad y sin la menor resistencia, pero con Pelayos, de inspiración católica, y puede que vinculada a la Comunión Tradicionalista, las cosas adquirieron un cariz completamente distinto, ya que la prohibición definitiva de la publicación se produjo tras más de un año de tensiones y duros enfrentamientos entre la Iglesia y la Falange. No en vano, la primera arremetida contra Pelayos —y subsidiariamente contra la Iglesia, o al menos así lo vio ésta—, se había producido el 25 de octubre de 1937, cuando la revista fue vedada bajo la acusación de improcedencia de la portada de un número ya impreso.
[19] Orden dada en Burgos a 4 de noviembre de 1938. Boletín del Movimiento de la Falange Española Tradicionalista y de las J.O.N.S., nº 36, de 10 de noviembre de 1938, p. 469.
[20] Pelayos era el nombre que recibían los miembros de la organización juvenil de los requetés —inspirado en Pelayo, el niño mártir—. La organización juvenil de la Comunión Tradicionalista, y sus Pelayos, fueron fusionados a la organización falangista y a sus Flechas por mor del Decreto de Unificación, aunque en 1941 desaparecieron los Pelayos.
[21] Cinco meses más tarde de la clausura de Flecha y de Pelayos este derecho quedaría reglamentado, según la orden de 27 de abril de 1939, B.O. del 28, que decía así: “El Estado se reserva por medio del Servicio Nacional de Propaganda, afecto a este Ministerio (el de la Gobernación), la facultad de emplear y difundir las Armas de España, los colores, las banderas y emblemas de España y de F.E.T. y de las J.O.N.S., los lemas, consignas y nombres del Estado y el Movimiento, las representaciones de figuras, episodios o lugares de la Historia de España y de la Guerra y Revolución y las fotografías ó representaciones de personalidades oficiales del Régimen ó de los Ejércitos”, en M. Martínez Alcubilla: Boletín jurídico administrativo. Anuario de legislación y jurisprudencia. Apéndices al diccionario de la Administración española. Apéndice de 1939, (Legislación), Madrid, Imprenta Sáez, 1939-1950, p. 856.
[22] La revista Flecha, editada por la Jefatura Nacional de Prensa y Propaganda, comenzó a publicarse el día 23 de enero de 1937, y fue la sucesora de Flechas, el Semanario Infantil de la Falange Española de las JONS de Aragón, que había comenzado a publicarse el 5 de noviembre de 1936 y que desapareció el 7 de marzo de 1937. Desde su primer número Flecha se decantó por el género propagandístico, sus colaboradores más habituales fueron María Claret, Emilia Cotarelo, Aróztegui, Serra Massana, Ojeda y Álvaro de Laiglesia.
[23] Pelayos se comenzó a publicar en San Sebastián el día 27 de diciembre de 1936, se cree que estaba editada por la Junta Nacional Carlista de Guerra, su director fue mosén Vilaseca, mientras que de la parte administrativa se encargaba mosén Rosell. Sus principales colaboradores fueron Bonet del Río, Serra Massana, Castanys, Canellas Casals, Consuelo Gil, Alcaide, Mercedes Limona... Desde sus primeros números Pelayos inició una constante obra propagandística a favor de la guerra y de las ideas de la Comunión Tradicionalista.
[24] Decimos aparente porque así se pretendió que lo creyera el conjunto de la sociedad, aunque la evidencia de los hechos demuestra que las cosas sucedieron de una manera muy distinta y lo que realmente se produjo fue una auténtica absorción de Pelayos y una denodada lucha entre la Falange y la Iglesia por el control de la prensa infantil. Diremos también supuestamente porque existe la posibilidad de que Pelayos no fuera propiedad de la Comunión Tradicionalista, con lo que el Decreto de Unificación no debiera haber surtido ningún efecto sobre la revista.
[25] El Decreto de Unificación fue firmado el 19 de abril de 1937 y en él se estableció la fusión de Falange Española, de la Comunión Tradicionalista y de las Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalista, constituyendo el partido único de FET y de las JONS Decreto nº 255. Boletín del Movimiento de la Falange Española Tradicionalista y de las JONS, nº 1, de 5 de mayo de 1937, pp. 3-4.
De la vinculación existente entre la Iglesia y Pelayos no cabe duda, pues la revista contaba con todas las bendiciones eclesiásticas. Así, el 3 de diciembre de 1936, cuando la publicación aún no había visto la luz, el cardenal primado Gomá, a través de Luis Despujol, su secretario, había hecho llegar al canónigo Miguel Rosell Gali —fundador de Pelayos y buen amigo de este segundo, a juzgar por el cálido tono de sus sucesivas misivas—, no sólo la aprobación y la concesión de autorización para llevar a cabo su proyecto editorial,[26] sino también la bendición cardenalicia.[27]
A la aquiescencia y al apoyo de la curia eclesiástica contribuyó, con toda seguridad, el que M. Rosell Gali atribuyese a la revista el objetivo de “realizar una obra de apostolado, inculcándoles, (a los niños), principios religiosos y patrióticos ausentes, hasta aquella fecha, en la casi totalidad de las revistas de igual índole que venían publicándose en España”.[28]
De este modo, y por contar Pelayos con el beneplácito y la protección de la Iglesia, no es de extrañar que ésta viese —ya en el primer intento de suprimir la publicación—, el inicio de un incesante encadenamiento de afrentas que se sucederían entre el otoño de 1937 y el de 1938. Por lo tanto, las distintas acciones emprendidas por la Falange fueron vividas por la Iglesia como un afán de amenazar, de menoscabar y de cercenar sus intereses y, como es lógico y más importante, de disminuir su cuota de poder en el difícil y zozobrante juego de fuerzas que se estaba dilucidando por aquellos entonces. Todo ello a pesar de las reiteradas declaraciones de adhesión pregonadas por la Falange.
Así, el caso particular de Pelayos, que por sí solo no hubiera tenido una excesiva trascendencia, rebasó ampliamente el marco de la casuística y de la coyuntura, viéndose notablemente amplificado, y convirtiéndose en una de las puntas de lanza del debate sobre la estructuración del nuevo régimen que alboreaba y, por consiguiente, del papel que la Iglesia estaba llamada a desempeñar.
De cualquier manera, y a pesar de las tensiones surgidas entre las distintas facciones, o familias políticas, por el predominio en la configuración del “Nuevo Estado”, no cabe duda de que existió una clara voluntad de integrar el ideario católico en las denominadas “esencias del Nuevo Estado”, al igual que se produjo una aceptación formal, y de mejor o peor grado, de estos extremos por parte de la Falange. Pero una cosa era la doctrina y otra el control de los diferentes aparatos del Estado, entre los que se contaban, obviamente, los medios de comunicación social, convertidos en causa y objeto de una fuerte lucha, unas veces abierta y explícita, y otras soterrada y sibilina.
De la vocación católica de la Falange y del Movimiento dejan expresa constancia un buen número de documentos destinados a fijar su aparato doctrinal. Así, en el vigésimo quinto punto de “Los 26 puntos de la Revolución Nacional” se determinaba la incorporación del sentido católico a la que fue calificada de “reconstrucción nacional” y se preconizaba la concordia entre la Iglesia y el Estado.[29] Por su parte, el primer punto del Frente de Juventudes establecía que el fundamento de los actos del niño había de ser la fe cristiana,[30] algo muy similar a lo postulado en los puntos del Flecha, en los que se exhortaba a los niños a seguir consignas tales como “con la Fe en Dios, tus pensamientos serán altos”[31] o “pon tu confianza en Dios y tendrás fuerza para acometer las más grandes empresas”.[32]
Igualmente, y en un tono que parecía querer tranquilizar a la Iglesia, el 25 de agosto de 1937, tras el reconocimiento oficial del Estado de Franco por el Papa, López Bassa, secretario del Movimiento, a la sazón, se dirigió al cardenal primado Gomá, mediante un telegrama, en el que palmariamente declaraba que la Falange Española Tradicionalista —como expresión del pueblo español—, era eminentemente católica, romana y hecha por los principios de justicia social, inspirados en los documentos sociales pontificios,[33] al tiempo que solicitaba a Gomá que comunicase al Santo Padre la filial adhesión de la corporación a la que representaba.[34]
Pero, en opinión de la Iglesia, tan idílicas promesas se habían roto a raíz de que Fermín Yzurdiaga, sacerdote, pero sobre todo hombre importante de la Falange, se hiciese cargo de la Delegación Nacional de Prensa y Propaganda de FET y de las JONS, incorporada algo más tarde a la Delegación Nacional.[35]
Yzurdiaga —que desde muy pronto se había mostrado favorable a la unificación—, era visto con recelo por parte de la Iglesia, tanto por las ásperas críticas que no dudaba en dedicar a esta institución, como por estar incurriendo, desde el punto de vista de la misma, en una peligrosa confusión entre política y catolicismo, por lo que sus repetidos intentos de clausurar Pelayos y La Voz de España no fueron más que la gota que colmó el vaso de la animadversión que el navarro despertaba entre el clero desafecto a la Falange,[36] o, por mejor decir, a la progresiva conversión de la prensa en un aparato del Estado, controlado en aquellos momentos, claramente azules, por la Falange. No en balde, el cardenal Gomá, en una carta dirigida a su amigo y consejero, el obispo de Gerona, Cartañá, expresaba sin reparos su opinión tanto acerca de Yzurdiaga, como sobre lo que podíamos calificar de transfuguismo de los sacerdotes hacia la Falange, y lo hacía en estos términos: “el caso de ese chico en todo su conjunto es grave. Creo que le han tomado de testaferro para hacer lo que no se atreverían ellos: me lo confirma la barrabasada de Pelayos, que ya te diría Luis que parece cosa definitiva. Es otra «falangización», que hay que añadir a tantas. En San Sebastián ya van dos, y fuertes, porque también la Voz de España se ha convertido en Falange, por obra y gracia del mismo bicho. Yo creo que se impone una resolución canónica firme (...). Nos veremos negros con la invasión sacerdotal en el terreno político para con los «préberes» que les sirvan bien.”[37]
Afirmaciones como ésta abundan en la idea de que el caso Pelayos puede y ha de entenderse como un pulso entre la Iglesia y la Falange, algo que expresó con rotunda claridad, aunque con discutibles argumentos, Mariano Vilaseca, quien fuera director de Pelayos y famoso publicista en el mundo eclesiástico. Según él, en aquellos tiempos se estaba viviendo una lucha declarada entre la ideología cristiana (tradicional española) y la ideología naturista pagana (importada por la Falange del extranjero y sobre todo de Alemania), y, vista la progresiva “estatificación” que estaba experimentando la prensa, todo parecía augurar que el litigio se dirimiría a favor de la segunda, a menos que las autoridades de la Iglesia adoptasen rápidamente posiciones y contraatacasen con efectividad. Luego para él la clave del conflicto residía tanto en una cuestión ideológica, como en el proceso de monopolización, o estatificación, de la prensa católica, en el que se hallaban inmersos. Ante tal situación, la Iglesia debía reaccionar e intervenir sin demora, a fin de “salvar el alma cristiana de los niños,”[38] y de preservar sus intereses frente al arrollador avance de la Falange.
Esta urgencia era incontrovertible, de nuevo en opinión de Vilaseca, debido a que la revista infantil Flecha estaba guiada por un criterio naturista, de puro patriotismo pagano, sin fondo religioso e, incluso, irreverente con el Evangelio y la honestidad, lo que contrastaba radicalmente con el criterio cristiano de intensa religiosidad, de patriotismo tradicional español y de amena distracción del niño que, dentro de la moral más pura, representaba Pelayos.[39]
Con semejante panorama, la desaparición de Pelayos (siempre según Vilaseca), supondría la muerte de la prensa infantil católica y el imperio de la falangista, con todas las repercusiones que ello podría acarrear en “la deformación y la perversión de la niñez a través de la prensa”. Así pues, la voluntad de suprimir Pelayos obedecía, para el canónigo, a un deseo de “moldear el corazón de la niñez según la orientación del patriotismo natural pagano”, pero también, y no menos importante, a que la situación económica de Pelayos era mucho más saneada que la de Flecha, ya que la primera tiraba 42.000 ejemplares y cubría gastos, en tanto que la segunda tiraba tan sólo 20.000 ejemplares y sus pérdidas ascendían a más de 80.000 pesetas.
Pero aún había un punto más de tensión añadida en el caso Pelayos, el de la legitimidad de la incautación, ya que, en principio, las empresas particulares o privadas, cuya línea editorial no atentase contra los principios del Movimiento, no estaban sujetas a incautaciones o expropiaciones. Así las cosas, M. Rosell Gali y M. Vilaseca siempre defendieron que Pelayos era una empresa de régimen estrictamente privado, en tanto que la Delegación Nacional de Prensa sostenía que se trataba de una revista de la Comunión Tradicionalista, por lo que, tras el Decreto de Unificación, debía pasar a formar parte de las publicaciones del Movimiento.[40]
Bajo estas premisas, la Iglesia inició su contraofensiva, con el objetivo de desvincular la prensa infantil de la Delegación de Prensa del Estado, absolutamente controlada —a su entender—, por una Falange descreída, laica y secularizante. El primer plan de acción fue diseñado por el propio Vilaseca quien, el 25 de octubre de 1937, lo puso en conocimiento del cardenal Gomá. Su proyecto consistía en proponer que la prensa infantil pasase a depender del Ministerio de Instrucción Pública —mucho más afín a sus intereses y libre de la égida falangista—, dentro de una Secretaría de Prensa Escolar y Universitaria.
Los motivos alegados fueron, por una parte, que la Prensa Infantil constituía un complemento de la escuela, dado que su finalidad era la de completar las enseñanzas escolares, con la amenidad de una revista. Por otro lado se adujo que la Delegación de Prensa estaba compuesta por periodistas, muchas veces sin formación y casi siempre expuestos a los cambios experimentados en los juegos de la política, y atentos solamente a los éxitos de la gran prensa, mientras que el Ministerio de Instrucción Pública estaba integrado por gente formada y formal, profesionales de la enseñanza, con las ideas muy claras en materia de pedagogía. Por último, se argumentó que el Ministerio de Instrucción Pública, ofrecía, frente a la Delegación de Prensa, unas garantías absolutas de moralidad y religiosidad y, lo que quizás fuera más importante, en él estaban destinadas personas adeptas a la Iglesia como Puigdollers, Romualdo de Toledo, J. Tusquets...[41]
Mas las autoridades eclesiásticas consideraron que, aunque el proyecto no estaba mal orientado, la Falange nunca aceptaría esta propuesta,[42] por lo que desistieron de emprender esta batalla.
No obstante, y a pesar de las constantes tensiones, Pelayos continuó su singladura hasta que, en agosto de 1938, y siguiendo de nuevo a Vilaseca, los ataques de la Delegación Nacional de Prensa se recrudecieron. Los argumentos que, en esta ocasión, esgrimió el canónigo, a fin de justificar y avalar su idea de que la libertad de la Iglesia en el terreno de la prensa se estaba viendo sometida a un claro entredicho, se dejaron perfectamente claros en una carta dirigida por él al cardenal primado de Toledo, a 18 de agosto de 1938. En la carta Vilaseca realizó un exhaustivo informe sobre las tajantes pretensiones de la Delegación Nacional, entre las que se contaba en primer lugar, suprimir Flecha y Pelayos y publicar una sola revista, respetando el capital de las empresas, pero unificando sus directrices a través de su enlace con el Ministerio. Esta revista sería la única autorizada para niños.
Del mismo modo, y en el caso de los cadetes, el Ministerio deseaba fundar otra revista, dirigida por una persona de su confianza, que, según se comentaba, podía ser un hermano de R. Fernández Cuesta, y, finalmente, se aspiraba a que la editorial fundada a partir de Flecha, Pelayos y Chicos —aunque inicialmente tan sólo podría publicar una revista—, en un futuro estuviera autorizada para editar tantas publicaciones como quisiera.
Todas estas medidas se le antojaban a Vilaseca perjudiciales para los intereses de la Iglesia pues, con ellas se perseguía un fin político de absorción y sumisión y uno económico de saneamiento de la revista infantil de la Falange.[43] También consideraba el canónigo que las medidas de supresión de algunas de las revistas existentes no resultaban en absoluto necesarias, por cuanto existía mercado suficiente para todas ellas en la “zona liberada”, mercado que, por otra parte, y según su criterio, aún se vería ampliado cuando toda España se encontrase bajo el mando de Franco.
Igualmente, en su alegato, Vilaseca también trató sobre la oportunidad y la conveniencia de la existencia de iniciativas privadas que, como bien se encargó de recordar, había sido defendida incluso por el propio Franco, tanto en sus discursos, como en la ley de prensa de abril de 1938, con la sola restricción de que las publicaciones brotadas de la empresa privada “secundaran noblemente” los ideales del “Glorioso Movimiento” y los propagaran entre la niñez, siguiendo fielmente las directrices que el “Generalísimo tuviese a bien señalar”. Todo ello a fin de demostrar que si Pelayos reunía los requisitos fijados no había razón alguna para impedir que continuara su vida editorial como una empresa privada y no fusionada a Flecha, en Flechas y Pelayos.
Otro aspecto de especial interés para Vilaseca fue que, en caso de que llegase a producirse la fusión-absorción de Flecha y de Pelayos, podía darse la situación de que se les impusiera un director, como de hecho ya había sucedido en ABC, y como de hecho también ocurriría, no tardando mucho, en Flechas y Pelayos, con el nombramiento de Fray Justo Pérez de Urbel.
En otro orden de cosas, y en relación con la revista para cadetes, hacía notar el canónigo que los muchachos a los que iría dirigida se hallaban “en la edad más crítica de la vida y en la que necesitan más de orientación y formación cristiana”,y este asesoramiento religioso no quedaba en absoluto garantizado por una revista concebida y auspiciada desde un pensamiento laico, a lo que había que añadir que esa publicación se la habían ofrecido con anterioridad a los editores de Pelayos, algo de lo que parecía haberse olvidado la Delegación.
Por último, Vilaseca, ya en un tono un tanto apocalíptico, ponía en conocimiento del cardenal que tanto en Alemania, como en Italia se estaban preparando para introducir en España libros y revistas, aseverando que esto causaría un profundo deterioro en la educación y en la formación de la niñez y de la juventud.[44]
Pero los denodados esfuerzos del canónigo, por neutralizar el embate falangista, fueron baldíos, pues, en el mismo mes de agosto, Vilaseca fue llamado a Burgos donde el Delegado Nacional de Prensa le confirmó los términos en los que estaba prevista la desaparición de Pelayos y su fusión formal con Flecha.
Desde aquel momento, y hasta noviembre de ese mismo año, las gestiones de Vilaseca y, por supuesto, del cardenal Gomá, ante todas las instancias con poder y posible voluntad de detener la fusión, fueron incesantes, pero la suerte estaba echada y la sentencia de muerte de Pelayos tenía carácter definitivo.[45] ¡Tanto!, que, el día 4 de noviembre de 1938, el propio R. Serrano Suñer notificó la irrevocable decisión al cardenal Gomá, al tiempo que Giménez Arnau, Jefe del Servicio Nacional de Prensa, se la comunicó a M. Rosell Gali.
Esta determinación, que tanta tensión había provocado en las relaciones de la Iglesia y la Falange, se trató de legitimar, fundamentalmente, a partir de la pertenencia de Pelayos a la Comunión Tradicionalista, un extremo que nunca llegó a ser probado de manera fehaciente y que dejaría la puerta abierta a M. Rosell Gali para reclamar sus derechos económicos sobre la recién fenecida revista.
Fuere como fuere, de lo que no cabe la menor duda es de que el día 11 de diciembre de 1938, treinta y siete días después de la publicación de la disposición fundacional, veía la luz el primer número del Semanario Nacional Infantil Flechas y Pelayos.
[26] En la más explícita de las cartas se dice: “Querido Ms. Miguel: Para tu satisfacción te adjunto la concesión del Señor Cardenal para que puedas llevar adelante tus proyectos de edición de la revista infantil. Su eminencia confía mucho en el buen resultado de la revista. Para tu gobierno es bueno que sepas que la única preocupación que tiene es si hallarás los elementos necesarios y bien preparados para que el resultado sea el que todos deseamos (...)”. Pamplona 3 de diciembre de 1936. Archivo General de la Administración (AGA), Cultura, Medios de Comunicación Social del Estado, (MCSE), caja 988, (inventario 114), 16.
[27] De la favorable predisposición de Gomá da buena muestra el siguiente fragmento: “En contestación a su instancia de fecha de 23 de noviembre último, yo por mandato de S. Em. Me complazco en comunicarle que para la empresa en proyecto de publicación del Semanario de su propiedad bajo el título de Pelayos cuenta Vd con su aprobación y bendición, deseándoles copiosos frutos en bien de la Religión y de la Patria”. AGA, Cultura, MCSE, caja 988 (inventario 114), 15.
[28] AGA, Cultura, MCSE, caja 988 (inventario 114), 4.
[29] En el vigésimo quinto punto de la Revolución Nacional se afirma: “Nuestro Movimiento incorpora el sentido católico —de gloriosa tradición y predominante en España— a la reconstrucción nacional. La Iglesia y el Estado concordarán sus facultades respectivas, sin que se admita intromisión o actividad alguna que menoscabe la dignidad del Estado o la integridad Nacional”, en A. Del Río y E. Conde, (Comps.): Nuestra Tarea. El marxismo y el antimarxismo vistos por José Antonio, Madrid, Ediciones Arriba, Editora Nacional, 1939, p. 109. El 11 de febrero de 1940 comenzaron a publicarse, en el semanario Flechas y Pelayos, los 26 puntos de FET y de las JONS, consignando en cada número uno de los 26 puntos programáticos.
[30] El primer punto del Frente de Juventudes decía: “La Fe Cristiana es el fundamento de mis actos” en J. De Ávila: Origen y doctrina del Movimiento Nacional, Madrid, Editorial Magisterio Español, 1941, p. 166.
[31] Flechas y Pelayos, de 30 de junio de 1940, nº 82, pp. 8-9, se vuelve a repetir el 15 de septiembre de 1940, nº 93, pp. 8-9.
[32] Flechas y Pelayos, de 6 de octubre de 1940, nº 96, p. 5.
[33] AGA, Presidencia, Secretaría General del Movimiento, Vicesecretaría de Servicios (inventario 17.04) caja 2.
[34] El texto del telegrama y también la respuesta de Gomá fue trascrito y distribuido por “si se estima conveniente su difusión por la Radio y la Prensa”. La respuesta del cardenal primado de España a la carta de López Bassa fue la siguiente: “recibo muy agradecido el expresivo telegrama por el que se sirve expresar su adhesión personal y de Falange Española a nuestro Santísimo Padre con motivo del reconocimiento oficial del Estado de Franco por su Santidad. Me será muy grato transmitir al Papa las cálidas manifestaciones de catolicismo que Falange hace, por este motivo, así como la profesión oficial de inspirarse en las enseñanzas pontificias en orden a la justicia social. Sírvase recibir el testimonio de mi personal estima y del afecto con que les bendigo, Cardenal Primado.” AGA, Presidencia, Secretaría General del Movimiento, Vicesecretaría de Servicios (inventario 17.04), caja 2.
[35] El día 21 de abril de 1937 Fermín Yzurdiaga ya ocupaba el cargo de jefe de Prensa y Propaganda.
[36] La Voz de España —que existía desde el 15 de septiembre de 1936 y estaba considerada una publicación católica—, pasó, por decisión final de Yzurdiaga, a integrarse en el patrimonio común de la prensa del Movimiento.
[37]
