Una boda entre enemigos - Lorraine Hall - E-Book

Una boda entre enemigos E-Book

Lorraine Hall

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Beschreibung

Tenía que elegir: ¡odiarle, o casarse con él!   Serena Valli no esperaba que la empresa de su difunto padre estuviera ahogada por las deudas. ¿Qué estrategia iba a seguir? Poner en marcha la fusión del siglo casándose con su archienemigo y CEO de Ascione International, Luciano Ascione. Era un plan infalible, si conseguía llegar a soportar a su insufrible, e irresistiblemente atractivo, rival. Llevar una vida de playboy le había ido bien. Así, tanto el mundo como su padre, un hombre cruel, subestimaban todos sus movimientos. También se le daba bien irritar a su inflexible y fascinante prometida. Pero cuando Serena empezó a descubrir su verdadera naturaleza plantando cara a su fuego con el suyo propio, los temores de Luciano sobre quién iba a quedar expuesto empezaron a extenderse.

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Seitenzahl: 192

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Portadilla

Créditos

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.

www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

 

 

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Avenida de Burgos, 8B - Planta 18

28036 Madrid

www.harlequiniberica.com

 

 

© 2025 Lorraine Hall

© 2025 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Una boda entre enemigos, n.º 3189 - octubre 2025

Título original: A Wedding Between Enemies

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

Sin limitar los derechos exclusivos del autor y del editor, queda expresamente prohibido cualquier uso no autorizado de esta edición para entrenar a tecnologías de inteligencia artificial (IA) generativa.

® Harlequin, Bianca y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.

Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.: 9791370007768

 

Conversión a ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

 

 

Portadilla

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Epílogo

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

 

 

 

 

 

Serena Valli sabía dos cosas con toda certeza: la primera era que detestaba a Luciano Ascione con un fuego en el que ardía toda la leña de al menos cuatro generaciones anteriores de su familia. La segunda, toda una desgracia, que era precisamente a él a quien necesitaba.

Menos mal que él también la necesitaba a ella, porque ambos habían fracasado, se ahogaban y acabarían colapsando si no se salvaban el uno al otro. Parecía la clase de justicia poética que emanaba de la muerte de sus progenitores, todos enemigos mortales desde la cuna y todos fallecidos en el mismo accidente de tráfico. Era como si ambos padres compitieran entre sí por conseguir un objetivo, pero, al mismo tiempo, estuvieran tan centrados el uno en su odio hacia el otro, que no habían sido capaces de alcanzar la meta.

Serena estaba decidida a aprender de esa lección, aun cuando su padre no hubiera sido capaz de hacerlo, y si para ello tenía que llegar a un acuerdo con su enemigo acérrimo, se tragaría ese sapo. Ni Serena Valli, ni Valli Shipping se rendirían sin luchar, por brutal que pudiera ser el campo de batalla. O por desmoralizador. O por bochornoso. Lo que sintiera carecía de importancia. Solo el destino de su legado la tenía. Si había algún modo de honrar la memoria de su padre, y muy especialmente la de su abuelo, era aquel.

Serena había sufrido, a su manera. A la manera Valli. Entre padre e hija no había habido un gran afecto. Solo respeto. Serena respetaba a su padre por obligación, mientras que había tenido que ganarse el respeto de él con la perfección, y lo había logrado. Creía en el deber, y seguiría cumpliendo con él por el bien de su apellido y su negocio. Por su legado. Y con ese mantra, entró en la guarida del león.

A Luciano nunca le había importado gran cosa la empresa de su padre, Ascione International. En el nombre mismo de la empresa estaba el problema al que Serena y él se enfrentaban: Valli tenía el mercado nacional bajo control, y a Ascionele iba mejor en aguas globales. Ambos estaban siendo víctimas de una empresa emergente norteamericana, que se había colado por las grietas que el fallecimiento de su padre el año anterior había dejado en Valli. Sabía que Ascionepadecía el mismo mal, aunque dudaba de que Luciano fuese consciente de ello.

De todos era sabido que Luciano era un inconsciente, un despreocupado, un disoluto. Lo único que había logrado por sus propios medios en toda su vida era el club en el que se estaba aventurando a entrar en aquel momento. Todo lo demás lo había heredado, y era muy probable que lo dilapidase. Podía dejar que se hundiera, pero se temía que, de ser así, su rival americano acabaría ganando, pero si lograba reorientarlo, Ascione y Vallipodrían trabajar juntos y derrotar a su común enemigo, en lugar de pelear entre sí.

Iba dispuesta a darlo todo. Salvaría las dos empresas y, si se presentaba la oportunidad, haría lo que su padre no había sabido hacer: conseguir que Ascione mordiese el polvo.

Pero, por el momento, se necesitaban. O ella necesitaba a Luciano.

Serena no era de clubes. La poca luz, la música machacona y los cuerpos apretujados no le atraían en absoluto. Lo único que podía decir como positivo de Cattiva Idea, que era como se llamaba el local de Luciano, era que no olía a humo y a alcohol, y que las suelas de los zapatos no se pegaban al suelo. Cattiva Idea estaba resultando ser un lugar… elegante. Ruidoso en exceso, por supuesto, pero con una sofisticación que latía bajo aquel tropel de herederos y herederas que intentaban deslumbrarse los unos a los otros. O eso suponía ella.

Fue avanzando con el ceño fruncido por el nivel de ruido. Ella solo tenía veintiséis años, pero su abuelo había llegado a decirle, en una ocasión, que había nacido con un alma envejecida, y no podía negarlo viéndose entre toda aquella masa de su misma edad.

Llamó su atención ver a Luciano, en un rincón de la primera planta, sobre una especie de plataforma elevada, sentado junto a una hermosa mujer sobre cuyos hombros desnudos había pasado el brazo. Creía haberla visto en uno de sus programas favoritos de televisión. Había unas cuantas personas más sentadas en torno a la mesa en aquella sección, que debía ser la zona VIP.

Sin duda, Luciano era un hombre rico. Se vestía con lo mejor de lo mejor. Era guapo, de pelo negro como la tinta y ojos oscuros, pómulos marcados, boca sensual y mentón bien definido. Además, era un hombre alto y ancho de espaldas. Todo ello le hacía resultar muy atractivo y él lo sabía. Y lo utilizaba. Podía despreciarlo por ello, pero no culparlo por hacerlo.

Ella también empleaba las herramientas que tenía a su alcance. Por eso se había puesto unos buenos tacones aquella noche: para que su estatura estuviera más en consonancia con la de él. También, y por el mismo motivo, no vestía un traje de los que llevaba para trabajar, y como la frivolidad no era lo suyo, había elegido un vestido negro, seguramente más adecuado para un cóctel de trabajo que para un club. Por eso se había dejado el pelo suelto y en sus ondas naturales, en lugar de sujetarlo en un moño. También su maquillaje era más apropiado para salir que para una reunión corporativa y había añadido algunas joyas, tomadas prestadas a su madre, que era más ostentosa que ella. Serena se parecía más a su padre, algo que su madre solía decirle: un aburrido buitre comparado con los pavos reales, mucho más interesantes. Pero los aburridísimos buitres eran animales exitosos, le decía su padre, mientras que los pavos reales se limitaban a eso, a pavonearse. Por eso, después del divorcio de sus padres, Serena pasaba más tiempo en casa de su padre.

Luciano entraba, sin dudarlo, en la segunda categoría: todo plumas, colores y nada de sustancia. ¿Cómo iba a conseguir conectar con él cuando todas sus motivaciones iban a caer en saco roto? «Encontrarás la manera», se dijo.

Al acercarse, sus ojos oscuros repararon en ella y vio en su mirada que la reconocía. No dejó de avanzar por ello, pero se preparó para la lucha. Sin pestañear, fue directa hacia él y no miró ni de reojo a uno de los hombres que trabajaba protegiéndolo cuando el trajeado musculitos extendió un brazo para impedir que se acercara.

–Querrá verme –le dijo.

Y Luciano debió hacerle alguna seña porque el guardaespaldas bajó el brazo, retiró la cinta que cerraba el espacio y pudo avanzar.

Una vez se acercó lo suficiente, Luciano sonrió. Era la misma sonrisa que tendría un tiburón.

–Vaya, qué sorpresa. Si es el diablo en persona quien viene a verme.

Serena le devolvió la sonrisa, y la suya fue de loba.

–¿De verdad imaginas al diablo con forma de mujer, cuando los hombres están siempre en el origen de todos nuestros problemas? Dos de ellos en particular.

El hombre sentado al lado de Luciano se echó a reír al oírla.

–Dos hombres –repitió, y miró la copa que tenía en la mano–. Los investigadores opinaron de otro modo.

–Vuestros investigadores. Los que no estaban en vuestra nómina opinaron que los culpables fueron dos hombres que conducían a una velocidad irracional. Un hecho que, conociendo a tu padre y al mío, es innegable.

–Así que conocías a tu padre, ¿eh? Pues me sorprende, porque es bastante difícil llegar a conocer a una serpiente.

–Seguramente igual de difícil que conocer a un escorpión.

–Disfruto mucho con nuestros tête-à-tête, pero ahora mismo estoy ocupado –dijo, y señaló a la mujer que tenía bajo el brazo.

–Creo que los dos sabemos que no lo estás –repuso, haciendo un gesto que abarcaba todo el club–. Como es normal en ti. Pero es que tenemos un problema, y me gustaría que le diéramos solución. –Dirigió una sonrisa cortés a la actriz que estaba con él–. En privado.

–Paso.

–¿Crees que he venido hasta aquí por algo de lo que puedes «pasar» sin más, Luciano? Sé que no entiendes cómo funcionan las cosas importantes ni la clase de amenaza a la que se enfrenta tu legado, pero quiero pensar que entiendes hasta qué punto estamos en peligro si yo me he dignado a venir a hablar contigo. En este sitio.

–¿Qué pasa con tu legado? –preguntó la actriz.

Serena tuvo que contener la sonrisa al ver que, aunque a regañadientes, se levantaba.

–Hablemos en mi despacho –dijo.

Miró a la actriz preguntándose si habría pretendido deliberadamente ayudarla. Un guiño le confirmó que sí.

Serena decidió interpretarlo como una buena señal. Cualquier buena señal le valdría en aquella pesadilla.

Luciano echó a andar delante de ella y Serena lo siguió en dirección a un ascensor que se accionaba con una tarjeta. Seguramente solo su personal tendría acceso a la segunda planta. Tras una breve estancia en la cabina, tomaron un corredor y entraron en una oficina bien amueblada.

Encendió las luces, cerró la puerta tras ella y se volvió a mirarla con los brazos cruzados sobre el pecho.

–No me han hecho ninguna gracia tus comentarios sobre mi legado delante de mis amigos.

Serena asintió.

–Te pido disculpas –respondió, mintiendo a boca llena–. ¿Es que no sabías de qué te hablaba? Puede que sea una sorpresa para ti, o puede que los hombres que dirigen Ascione no te hayan informado. También puede ser que simplemente tú no entiendas que…

–Entiendo perfectamente a qué se enfrenta Ascione–respondió de mala gana, mirándola con aire fiero y peligroso.

Pero Serena no iba a dejarse intimidar. Llevaba enfrentándose a hombres ricos y con ego desmesurado desde que era una adolescente, y había aprendido a quedar por encima de ellos.

–En ese caso sabrás que, si no haces algo en los próximos seis meses, Ascione tendrá que declararse en bancarrota.

Su expresión se volvió insondable.

–No sé nada de algo así.

–Pues yo, sí.Valli Shipping tiene algo más de tiempo porque yo he estado a los mandos.

No iba a admitir que su padre le había dejado un lío casi tan gordo como el que el padre de Luciano le había dejado a él. No iba a revelarle que, durante un breve periodo de tiempo, la injusticia de que a ella le exigiera la perfección mientras que él estaba muy lejos de conseguirla le parecía insoportable.

–Pero hay una solución bastante sencilla a nuestros problemas. Una cura que puede servirnos a los dos. Pero, como ocurre con todas las curas, sabe mal y también puede matarnos. Esa es la naturaleza del último recurso.

–Soy todo oídos, Serena. Háblame de tu brillante plan.

Ojalá fuera brillante. Más bien era solo desesperado.

–Cásate conmigo.

 

 

Luciano Ascione no creía en el odio. Era malgastar emociones. Era lo que había devorado en vida a su padre, aunque jamás lo admitiría ante la mujer que tenía delante. Nunca le diría que ese odio había acabado con él de forma tan radical como la colisión frontal con una montaña.

Luciano solo se había permitido una excepción en lo referido al odio: los Valli. Y más en particular, la glacial, perfecta e insufrible Serena Valli. La detestaba profundamente, y disfrutaba con ese odio casi tanto como disfrutaba de una mujer lujuriosa y un whisky caro.

«Cásate conmigo», le había dicho, erguida, con sus ojos castaños mirándole desafiantes y aquellos interminables tacones que la ponían casi a su misma altura. Casi.

Lo que le estaba costando más trabajo ignorar era su pelo. No estaba seguro de haberlo visto nunca así. Era una especie de halo de rizos oscuros alrededor de su cara. Casi se atrevería a calificarlos de salvajes, si en Serena Valli fuera posible encontrar algo salvaje.

Nada más lejos de la realidad. Serena era una víbora fría y calculadora, como lo había sido antes su padre, pero aún peor, porque ella parecía no tener vicios. No jugaba, no bebía nunca en exceso, no había tras de ella una ristra de hombres, murmuraciones y escándalos. Aquella mujer era un robot. Un robot que sugería que contrajeran matrimonio. Sabía que era un truco, pero no podía ni imaginar qué querría conseguir con ello.

–No sé si me ha dado un ataque –dijo, intentando ganar tiempo.

–No. Y a mí tampoco, aunque puedo comprender tu confusión. Se trata de una solución extrema a un problema extremo. No estoy encantada con ella, pero ¿te imaginas la atención que podemos despertar si nos casamos? ¿La clase de dinero que podríamos ahorrar si fusionáramos nuestras empresas? Sería como un muro de cemento con el que la empresa norteamericana no podría tocar a nuestros clientes. No espero que lo comprendas, pero tengo un informe detallado listo para entregar a quien sea que pueda explicarte lo que supondría para tu legado. Puedo enviarlo y responder a cualquier pregunta, si me dices a quién.

–Hay un problemilla –contestó, sonriendo. O, quizás, intentando sonreír. El perfume de aquella mujer estaba envenenando su despacho con un sutil aroma floral y romántico que no parecía encajar de ningún modo con ella.

–¿Que te detesto? –sugirió.

–No tanto como yo a ti.

–De eso podemos hablar más tarde –dijo, quitándole importancia con un gesto de la mano–. Este matrimonio, esta fusión, no tiene nada que ver con los sentimientos, sino con salvar nuestras empresas.

–¿Y por qué iba a importarte a ti salvar Ascione? De hecho, no te importa. Tú lo que quieres es salvarte tú.

–Por supuesto, pero, por suerte para ti, el único modo de salvar mi empresa es salvando también la tuya. No espero que me des las gracias, aunque las aceptaría si alguna vez llegas a ser lo suficientemente listo como para dármelas.

¿Se podía ser más arrogante?

–La atención que despertaríamos tampoco le iría mal a tu club –continuó, como si él ya hubiera aceptado. Como si necesitase aceptar.

–Mi club no está necesitado de más atención.

–¿Qué millonario no necesita más, Luciano?

Le repateaba estar de acuerdo con ella, que tuviera razón respecto a Ascione: por mucho dinero que inyectara en la empresa, acabaría yéndose por el desagüe. Necesitaba otro plan, aparte del de tapar agujeros con billetes. Ella lo tenía, o eso decía, pero era incapaz de imaginarse qué podía tener pensado.

–Si me das el contacto de la persona que dirige Ascione, le enviaré un correo con el desarrollo del plan. Estoy dispuesta a ofrecerte cuarenta y ocho horas para considerar mi propuesta, una vez te hayan explicado en qué consiste.

Todo aquello era tan condescendiente… ella era condescendiente. Como si necesitara que sus empleados le explicaran en qué consistía su propio legado. Pero esa era la imagen que él había querido crear. Mientras vivía su padre, él había representado el papel de heredero que no tenía nada que ver con la empresa familiar, del que el padre no esperaba nada y que solo se dedicaba a su club.

Pero, después del accidente, se había visto obligado a ponerse las pilas, y no le dijo a nadie cuánto trabajo le había supuesto hacerlo y hasta qué punto sabía y comprendía. Se había inventado un personaje, y esos datos fueron los que le dio a Serena en aquel momento.

Alan Emidio era su hombre de paja. Respondía a los correos, contestaba llamadas, estudiaba el estado de cuentas y todas esas otras cosas tan aburridas que conllevaba la dirección de un negocio y que su padre, con sus estándares imposibles, le había confiado mucho tiempo atrás.

Alan no asistía a reuniones, ni contestaba llamadas, ni interactuaba con nadie que no fuera Luciano porque no existía.

–Espero tu respuesta a la mayor brevedad posible –dijo Serena con una cortesía que solo ella sabía manejar como una acusación o un arma. Como si cada vez que ella escogiese un camino, se burlara del que llevasen los demás.

–Si yo fuera tú, no esperaría despierta –respondió con todo el encanto que fue capaz de imprimirle a su sonrisa–. Tengo muchas… ocupaciones esperándome esta noche.

Su expresión inicial le confirmó que había dado en el blanco, aunque se apresurara a disimularlo tras una sonrisa.

Sin más, dio media vuelta y salió de su despacho.

 

 

«Cásate conmigo», le había dicho. No era una pregunta, ni un ruego. Menos aún, una broma. Había sido más bien la proclamación de la única posible solución al problema en el que ambos estaban inmersos.

Pero no había un «nosotros», porque ellos dos eran enemigos. Generaciones de Ascione y Valli se habían enfrentado por el control del negocio del transporte en Génova. Y generación tras generación, la obsesión por herir al enemigo había ido creciendo, en lugar de ir con los tiempos y construir un negocio sostenible que pudiera durar.

A él siempre le había parecido una absurda pérdida de tiempo intentar convencer a su padre de que debía cambiar de actitud, de modo que había buscado algo mejor en lo que emplearse, convenciéndose al mismo tiempo de que no le importaba su padre, ni los Ascione, ni su legado. Era curioso lo que la muerte podía hacer con las convicciones de la gente.

Se sentó delante del ordenador y lo inició con el perfil de Alan Emidio.

Por supuesto, ya le había escrito, así que leyó la misiva. Era profesional, cortés y directa. Había unos cuantos documentos adjuntos y Luciano lo ignoró todo: sus guardaespaldas, al director del club y el móvil que no dejaba de sonar en su bolsillo para leerlo absolutamente todo.

Recostándose en su silla, contempló la pantalla con el ceño fruncido. Aquella mujer no debería saber tanto de Ascione. Debía tener algún espía, o quizás su padre antes de morir lo tuviera.

Mientras su propio padre vivía, él no participaba en el negocio. No se lo consideraba con la valía suficiente, y no estaba dispuesto a pelear por cambiar la opinión tan baja que tenía de él. Pero tras su fallecimiento, Luciano no había sido capaz de dejar queAscione se hundiera bajo el mar. Descubrió que había algo que le roía por dentro: la sorprendente necesidad de demostrarle a un hombre muerto que se equivocaba.

A partir de aquel momento, empezó a achicar agua de un barco que se hundía sin tener siquiera un salvavidas, y aún no se había rendido, a pesar de que Serena tenía razón. En seis meses, a no ser que hiciera algo drástico, dejaría de poder mantenerAscione a flote.

No necesitaba la empresa, aunque quería mantenerla viva y de una pieza, pero no por ello estaba dispuesto a casarse con Serena Valli y fusionar sus empresas. Era absurdo a muchos niveles, e iba más allá de ser una medida drástica. Era una locura.

Podía hacer caso omiso, pero Serena tenía información y penetración en su empresa. Y eso no podía ser.

Capítulo 2

 

 

 

 

 

Serena había ido hasta allí conduciendo y volvió a su casa por el camino más bonito y más largo para disfrutar del juego de la luz y la oscuridad.

Le encantaba el viejo castillo de los Valli. La intimidad que le proporcionaba. Era el lugar al que podía volver y dejar de preocuparse por ser Serena Valli. Edificado en lo alto de una colina mirando al mar de Liguria, era su puerto seguro. Su escondite. Su santuario.

Se había trasladado allí definitivamente cuando tenía veintitantos años para ayudar en el cuidado de su abuelo enfermo. Él tenía noventa y un años y ella veintiuno, y seguía pensando que era él la única persona en el mundo que la había entendido. Cuando falleció, hacía ahora dos años, decidió quedarse. Si no había otra persona en la faz de la tierra que la entendiera, al menos aquel lugar lo haría.

Tomó la carretera serpenteante que conducía al castillo. Se había hecho de noche y todo estaba bastante oscuro, ya que no había alumbrado público allí. Las luces del coche iban despejando el camino, y solo podía ver la sombra de la vieja casa en el perfil abrupto de la colina.

Su madre lo llamaba la morgue. Su padre, una decrépita atrocidad. Ella lo llamaba hogar, porque ni la ostentosa vivienda de su padre en la ciudad ni la interminable colección de apartamentos, casas y villas de su madre, casi todas pagadas por su amante de turno, tenían calidez de hogar.

Aparcó en el garaje y entró, tras desconectar y volver a conectar el sistema de alarma. Como solía hacer, se fue directa al dormitorio y comenzó el proceso de quitarse la piel de Serena Valli. Los tacones fueron lo primero, seguidos por aquel vestido caro y las joyas. Se quitó el maquillaje, las lentillas y se puso las gafas. Colocó cada cosa en su lugar.