Una boda oportuna - Sophie Weston - E-Book
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Una boda oportuna E-Book

Sophie Weston

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Beschreibung

A Bella Carew le aterraba tener que volver a Inglaterra para ser la dama de honor de su hermana. En Nueva York tenía un nuevo empleo, buenos amigos y una apasionante vida social; y, lo que era más importante, allí nadie sabía su secreto... Gil de la Court sospechaba que había mucho más detrás de la imagen alegre de Bella... ¡Y estaba deseando descubrirlo todo! Pero, ¿qué haría ese apuesto millonario si se enteraba de que Bella creía estar enamorada de otro hombre?

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Seitenzahl: 207

Veröffentlichungsjahr: 2019

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Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra. www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 2001 Sophie Weston

© 2019 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Una boda oportuna, n.º 1666 - agosto 2019

Título original: The Bridesmaid’s Secret

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Jazmín y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.

Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.: 978-84-1328-440-8

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

 

 

 

 

 

POR SUPUESTO que Bella será tu dama de honor. ¿Por qué no iba a serlo?

Nerviosa, Annis barajó las invitaciones de la boda.

–Oh, no lo sé –contestó vagamente–. Solo lleva un par de meses en Nueva York. A lo mejor prefiere estar instalada del todo antes de volver a Londres.

–Y por eso no vino en Navidad –respondió la madre de Bella–. Pero ahora se trata de tu boda. Eso es diferente. Bella lleva toda la vida esperando el día de tu boda.

Annis sonrió con desgana.

–En eso tienes razón. Bella parece haber nacido para vestirse de dama de honor.

Instintivamente, ambas miraron la fotografía que descansaba sobre la estantería. Era una fotografía de estudio en blanco y negro. La falta de color no hacía justicia ni al pelo dorado de Bella ni al azul inolvidable de sus ojos. Pero lo que sí reflejaba era su expresión divertida. Los ojos chispeaban. A pesar de la solemnidad de la pose, Bella parecía a punto de estallar en carcajadas.

Lynda Carew sonrió mientras contemplaba la fotografía de su hija.

–Sí, todavía le encanta disfrazarse, ¿verdad?

–Eh, ya no podemos decir que se disfraza. Ahora está trabajando para Elegance Magazine, es periodista del mundo de la alta costura.

Lynda reprimió un suspiro.

–Desde luego, ha encontrado el trabajo ideal. Pero me gustaría que no hubiera tenido que irse tan lejos para conseguirlo.

Annis tenía la sensación de que los miles de kilómetros que separaban la casa de los Carew en Londres, y las oficinas de Elegance Magazine, era una de las razones por las que Bella había aceptado aquel trabajo. Ella no lo había dicho. Y, al fin y al cabo, era solo una impresión. Una débil impresión basada en un par de cosas que Bella había comentado dos meses atrás y a las que Annis no había prestado entonces demasiada atención. Dos cosas que había que unir, por supuesto, a todo lo que no había dicho cuando Annis había anunciado que iba a casarse con Kosta Vitale.

Y después había surgido aquella brusca salida a los Estados Unidos.

Pero, por otra parte, Bella siempre hacía las cosas sin pensar.

Olvidándose de la lista de invitados, Annis mordisqueó el bolígrafo. Bueno, quizá no fuera nada. Las sensaciones nunca habían sido su fuerte. Era Bella la que siempre comprendía los motivos por los que la gente hacía determinadas cosas, no Annis, que era la más cerebral de las dos hermanastras.

–Annis…

Esta alzó la mirada. Lynda la estaba observando con los ojos entrecerrados. La joven pestañeó. Quería y respetaba a su madrastra, pero todavía le costaba enfrentarse a su agudeza y astucia.

–¿Hay algo que debería saber? –preguntó Lynda quedamente.

Era una pregunta que Annis había estado esperando durante semanas. En parte, porque no conocía la respuesta. Y en parte, porque a veces, durante la madrugada, cuando Kosta dormía y ella soñaba despierta entre sus brazos, no podía evitar preguntarse si estaría consiguiendo su felicidad a expensas de la de Bella.

–No –contestó poco convencida.

Lynda no era un ogro, pero cuando algo no la convencía, no renunciaba fácilmente.

–¿Le ocurre algo malo a Bella?

–Yo…

–Cuéntamelo, Annis.

Esta alzó los ojos hacia el retrato de su hermanastra.

Bella le devolvió la mirada con aquel aire travieso apenas disimulado. Su boca no solo estaba haciendo esfuerzos para no reír, sino que tenía una forma tan sensual que sería capaz de elevar la tensión de un hombre hasta límites peligrosos.

Por supuesto que no ocurría nada malo con Bella. Era rubia, maravillosa y, a los veinticuatro años, había conseguido un trabajo con el que la mayoría de la gente solo se atrevía a soñar. Estaba viviendo en la ciudad más emocionante del mundo. Podía tener a cualquier hombre que deseara. De modo que era imposible que le ocurriera nada malo.

–No –dijo Annis, convenciéndose también a sí misma–. Bella está maravillosamente.

Le dirigió a Lynda una sonrisa radiante.

Esta tardó algunos segundos en responder.

–Bella te contaría cualquier cosa –dijo, casi para sí–, ¿pero me la contarías tú a mí?

–Si de verdad pensara que le ocurre algo malo a Bella, lo haría –le aseguró Annis–. Pero no lo creo. Sinceramente. Creo que lo que me pasa es que empiezo a ser víctima de los nervios previos a la boda. Ya sabes lo poco que me gusta tener que aparecer en público.

–Una razón más para que Bella sea tu dama de honor. Ya sabes que ella te ayuda a vencer tus miedos.

Annis recordó los grupos de teatro de la adolescencia, los conciertos en el instituto… Dos minutos antes de actuar, Annis siempre se quedaba paralizada. Entonces le correspondía a Bella hacer alguna trastada. De tal manera que, cuando Annis salía a escena, se había olvidado completamente de sus nervios, pensando en la gamberrada de su hermana.

–Todo el mundo pensaba que yo era una gran oradora y Bella una gamberra –comentó, recordándolo–. Nadie se daba cuenta de que las dos cosas iban juntas.

Lynda soltó una carcajada.

–Será mejor que no repitáis el numerito ante el altar. Consigue que mi hija venga, ¿quieres? La necesitas.

Annis no lo negó. Y en ese mismo instante, decidió llamarla.

 

 

La oficina era un enorme espacio abierto, todo madera y diseño. No había escritorios. Los escritorios eran algo anticuado. Los periodistas utilizaban ordenadores portátiles sobre mesas de diseño minimalista. Había cientos de espejos. Y todos los muebles tenían ruedas.

–Fluido. Dinámico. Nos gusta que todo pueda moverse –le había explicado Rita Caruso, su jefa, el día que le había mostrado su lugar de trabajo–. La decoración nos recuerda que el mundo está en constante movimiento.

Aquello había sido en el mes de noviembre. Para Navidad, Bella ya era campeona de carreras en silla con ruedas. El premio había consistido en salir una noche por la ciudad bajo la dirección de Bella. Todo el mundo se había mostrado de acuerdo en que la salida con Bella había sido una experiencia única. Era divertida, sabía bailar y disponía de una magnífica lista de contactos.

A las cinco de la tarde, Bella estaba sentada frente a una mesa minúscula, intentando hablar por teléfono con un estilista de Los Ángeles y tomando notas, al tiempo que intentaba evitar que sus papeles cayeran al suelo. Bella era consciente de las agujetas que tenía en la pierna, del inicio de una tortícolis en el cuello y de la velocidad a la que se estaba evaporando su paciencia. De hecho, estaba tan concentrada en no dejarse dominar por el genio que al principio ni siquiera registró la llamada.

–¡Eh, inglesa! Te estoy hablando a ti.

Bella miró entonces a su alrededor. Tras ella, Sally Kubitchek la saludaba alzando los brazos al cielo. Bella posó la mano sobre el pequeño micrófono que tenía cerca de la boca y vocalizó una pregunta.

–Tu hermana –gritó Sally.

–Ah –Bella volvió a dirigirse a su interlocutor de Los Ángeles–. Lo siento, Anton, ha surgido algo. Te llamaré cuando vuelva –haciendo caso omiso de las protestas del estilista, se quitó los audífonos y desconectó el teléfono móvil.

Sally le aconsejó:

–Vete al despacho de Caruso. Esta mañana está entrevistando al millonario del mes en el Museo Guggenheim. No creo que vuelva.

–Muy bien, gracias.

Rita Caruso tenía una de las pocas sillas cómodas de la empresa. Todos la usaban cuando podían. Bella voló hacia el asiento de cuero y descolgó el teléfono.

–Hola, Annie, ¿qué tal?

–Hola, Bella. Yo muy bien, ¿y tú?

–Genial.

–¿Y el trabajo?

Bella soltó una carcajada.

–He tenido un par de roces por culpa del estilo policial de la empresa, pero aparte de eso, todo va bien.

–¿Estás segura?

–Claro que sí. Caruso dice que tengo un desagradable sentido del humor inglés. Y le gusta. Si soy buena chica, incluso me dejará entrevistar a uno de sus millonarios. No, corrige eso. Si soy una chica mala e ingeniosa.

–Caramba. Lo de ingeniosa lo comprendo. Pero tú nunca has sido mala.

–Estoy trabajando en ello –se estiró perezosamente–. Pero háblame de ti, ¿qué tal va la boda?

–Cada vez parece más aparatosa–respondió Annis apesadumbrada.

Bella sonrió.

–Te lo dije. Mi madre no es capaz de imaginar una boda tranquila.

–Quizá sea capaz de hacerlo cuando te toque a ti.

Era una suerte que Annis estuviera al otro lado del Atlántico. Porque la sonrisa de Bella desapareció de su rostro. Afortunadamente, Annis ni siquiera lo sospechó.

–Yo ni siquiera soy su hija –añadió–. Y las bodas y yo siempre hemos pertenecido a universos separados, ¿pero crees que me hará algún caso?

–No –respondió Bella–. En lo que a una madre concierne, la experiencia de una boda ocupa todo el universo conocido –estaba haciendo un enorme esfuerzo. Y lo estaba consiguiendo. Su voz no sonaba demasiado mal.

Y, de hecho, Annis no detectó ninguna preocupación en sus palabras.

–Tienes toda la razón –vaciló un instante–. Eh… Esta es la razón por la que realmente te llamaba.

Bella se aferró con fuerza al auricular, suplicando en silencio que no le pidiera que fuera a su boda. Estaba aterrada.

–¿A qué te refieres?

–Necesito ayuda.

Si Annis la hubiera golpeado, Bella no se habría asustado más.

–No me la pidas a mí –contestó en cuanto fue capaz de respirar–. Yo nunca he organizado una boda. Si no confías en mamá, inténtalo con una de las amigas de Kosta. Y si no, seguro que tiene que haber alguna agencia que ayude a preparar bodas.

–Probablemente –dijo Annie, con la indiferencia de una persona tan segura de que era adorada que apenas se fijaba en las mujeres que rodeaban al arquitecto que la amaba–. Pero no es un consejo técnico lo que quiero.

Bella sintió que se le cerraba la garganta.

–¿Ah, no?

–Quiero a mi hermana –dijo Annis directamente.

Por un instante, Bella se quedó literalmente sin habla. Todo su ser gritaba «¡NO!» Oh, aquello era realmente injusto.

–¿Bella? ¿Estás ahí? ¿Bella?

–Sí –farfulló Bella–. Sí, estoy aquí. Ha debido haber algún problema en la línea.

–¿Y bien?

Bella se sentía como si se estuviera ahogando.

–Annie, ¿eres consciente de cuánto me ha costado conseguir este trabajo? Si vuelvo, no tengo la seguridad de que me dejen entrar al país otra vez –improvisó desesperada–. Este es el sexto mes que llevo aquí y es el primer trabajo que he conseguido que tiene algo que ver con mi carrera. No puedo permitirme el lujo de arriesgarlo.

El silencio que siguió a aquella respuesta estaba lleno de desilusión. Bella se sentía terriblemente mal, pero no cedió. Notó que las lágrimas que empapaban su rostro. No sabía cuándo había empezado a llorar.

–Oh, bueno, si no puedes, no puedes –respondió Annis al cabo de un rato.

Era obvio que estaba dolida. ¡Maldita fuera!, pensó Bella. Aun así, era preferible que su hermana se sintiera dolida en ese momento a arruinarle el día de su boda llorando por el hombre con el que se iba a casar.

–Mira, tengo que irme. Hay un tipo con el que tengo que hablar hoy mismo sin falta. Te llamaré para que vayas dándome noticias sobre la boda. Ponme un correo electrónico, si lo prefieres. Al fin y al cabo, para eso sirve Internet –dijo Bella, intentando mostrarse animada.

–Sí, por supuesto, te llamaré –respondió Annis y colgó el teléfono.

Bella dejó el auricular en su lugar y se sonó con fuerza la nariz.

Si al menos Annis no se hubiera ocupado de ella desde el momento en el que Tony Carew se había casado con Lynda. Si no la hubiera enseñado a navegar. Si no hubiera jugado con ella, y le hubiera leído cuentos, y le hubiera prestado su maquillaje…

Y si las dos no se hubieran enamorado del mismo hombre…

Pero había ocurrido. Y a Kosta Vitale, con su dulce sofisticación, le había bastado mirar a Annis para enamorarse de ella. Y era indudable que Kosta tenía razón. Annis era una mujer de la que los hombres se enamoraban. Bella, sin embargo, era el tipo de mujer con el que a los hombres les gustaba salir de fiesta.

Pero eso no significaba que ella no pudiera enamorarse. El problema era que no debía esperar que nadie la tomara en serio cuando lo hiciera. Y además, debería superar aquel enamoramiento cuanto antes.

Bueno, por lo menos lo estaba intentando. Y no le estaba saliendo del todo mal. A veces era capaz de no pensar en Kosta durante una hora. Estaba segura de que con el tiempo conseguiría quitárselo de la cabeza. Pero no si volvía a Londres y lo veía recorrer el pasillo de la iglesia con Annis.

Bella nunca le había contado a nadie que estaba enamorada. Pero Kosta conocía su secreto. Cada vez que sus miradas se cruzaban, Bella era consciente de ello. Y su corazón revivía una y otra vez el dolor de su rechazo.

–Amor –dijo Bella furiosa–. ¿Quién lo necesita?

Pero lo superaría. Por supuesto que lo superaría. Siempre y cuando Annis y Kosta continuaran en Londres y ella se quedara en Nueva York, dando tiempo al olvido para operar su magia.

 

 

–Annis, necesito que vengas conmigo a Nueva York –anunció Gilbert de la Court sin ningún preámbulo.

Annis, que estaba sentada en su despacho, alzó la mirada sobresaltada.

–¿Qué?

Gilbert le dirigió una de sus rarísimas sonrisas.

–Necesito camuflarme.

Annis se puso inmediatamente en guardia. Llevaban meses trabajando juntos y Annis conocía el trabajo que Gilbert realizaba para la empresa, pero no sabía nada sobre su vida privada.

Salvo que tenía treinta y tres años y estaba soltero. También que era atractivo, al menos si se pasaba por alto su permanente desconexión del mundo. Aunque para algunas mujeres, aquel aire reservado podía llegar a ser un auténtico desafío. Además, ¿quién sabía con cuantas mujeres podía estar haciendo juegos de manos cuando se apartaba de su ordenador? Al pensar en ello, recordó que la semana anterior se había tomado algunos días libres. En cualquier caso, ella no pensaba dejarse involucrar en sus batallas domésticas.

–Yo soy asesora de dirección. De modo que si lo que quieres es una carabina, tendrás que buscarla en otra parte.

Gilbert consideró en silencio su respuesta, e inmediatamente después le aclaró:

–Alguien está intentando hacerse con el control de la empresa.

Su voz era tan inexpresiva que, por un instante, Annis creyó no haber oído bien. Gilbert continuó en el mismo tono:

–Es un asunto completamente confidencial, supongo que no necesito decírtelo.

–No –respondió, atónita–. ¿Y se sabe quién?

–Una pregunta interesante.

Annis pensó en la estructura legal de la empresa.

–Tiene que ser alguien de dentro. Alguno de los socios –comentó, pensando en voz alta.

–Exacto.

Los ojos de Annis volaron hasta su rostro, apesadumbrada. Gilbert tenía tres socios, y todos ellos eran antiguos amigos. Si eso era verdad, entonces aquella sería una traición más allá de lo meramente empresarial.

–Oh, Gil, cuánto lo siento.

Gilbert se encogió casi imperceptiblemente de hombros.

–Puedo manejar este asunto. Simplemente, necesito ir a Nueva York sin levantar sospechas. Y he pensado que si dijera que quiero que analices parte de mi trabajo y que tú me has pedido hacerlo antes de tu boda, podría justificar el adelanto de un viaje que normalmente hago todos los años en abril.

–Esa sería tu coartada –dijo Annis, comprendiendo sus intenciones.

–Sí. ¿Vendrás conmigo?

Annis vaciló. Pensaba quedarse en Londres hasta el día de la boda. Tenía muchas cosas que hacer.

Pero Bella estaba en Nueva York y Annis estaba completamente segura de que si hablaba con ella cara a cara podría hacerla cambiar de opinión.

–Sí –dijo con repentina firmeza–. ¿Cuándo salimos?

–Esta noche.

Annis tragó saliva.

–Le pedí a Ellen que te reservara un billete –comentó Gil–. Lo único que necesitas es el pasaporte y el cepillo de dientes.

–Y una maleta –dijo Annis con aspereza. Comenzaba a recuperarse–. De acuerdo. Pero será mejor que me vaya ahora mismo.

Salió a buscar a la secretaria de Gilbert.

–Ellen, ¿de verdad tienes un billete de avión para mí?

–Y también un taxi para que te lleve ahora mismo a Londres. Y una reserva de hotel por si pierdes el vuelo. Hay que preverlo todo, como hace Gil. Qué pena de hombre –dijo Ellen, suspirando–. Supongo que continúa pegado a su ordenador, ¿verdad? Alto, moreno, atractivo…, y en lo único que es capaz de pensar es en Watifdotcom.

–Una verdadera pena –contestó Annis con aire ausente. Miró el reloj–. Me voy. Tengo que hacer algunas gestiones si quiero salir esta misma noche hacia Nueva York.

 

 

A la mañana siguiente, a pesar de los efectos del viaje y de la desaprobación de Gil, su primera visita fue a las oficinas de Elegance Magazine.

–¿Annie? –preguntó Bella con incredulidad por el interfono cuando la recepcionista la llamó–. ¿Annie? ¿De verdad eres tú? ¿Estás aquí?

–En persona. Pero tengo una reunión dentro de un par de horas. ¿Podríamos comer juntas?

–Claro. Voy a buscar mi abrigo. Dentro de cinco minutos estaré abajo.

Fueron casi diez. Y en ese tiempo, Bella tuvo oportunidad de recuperarse de la primera sorpresa. Besó a Annis con cariño, pero continuaba mostrándose recelosa.

Aun así, la tomó del brazo mientras se dirigían hacia su restaurante italiano favorito.

–¿Por qué cuando hablamos no me dijiste que pensabas venir?

–Porque entonces no lo sabía. Estoy trabajando para uno de esos tipos cuyo lema es «dicho y hecho». Me sorprende continuamente.

–No pareces una mujer que deje que un hombre la sorprenda.

–No conoces a Gil. Solo es capaz de pensar en una cosa.

–Espero que esa cosa sea el trabajo –dijo Bella, intentando bromear. Pero no le gustó como sonaba su voz.

Sin embargo, Annis no advirtió en ella ningún recelo. Sonrió.

–Como te acabo de decir, no conoces a Gil. Si tiene algún sentimiento, cosa que dudo, lo ha enterrado hace mucho tiempo.

–Parece un tipo insoportable.

–No, no lo es. De hecho, es estimulante trabajar para él. Pero solo es capaz de pensar en su trabajo, en los ordenadores.

–Uf –los ordenadores aburrían terriblemente a Bella–. Un loco de los ordenadores.

Pero Bella no tenía ningún interés en los clientes de Annis. Después de que el camarero tomara nota de lo que iban a pedir, le dirigió una mirada crítica a su hermana.

–Tienes buen aspecto, cerebrito.

–La influencia de Kosta, supongo –comentó Annis–. Me ha renovado el guardarropa.

–Y es evidente que te quiere –dijo Bella con aprobación.

El dolor casi cesó cuando recordó lo feliz que Kosta Vitale había hecho a su querida hermana.

–Sí, claro que me quiere –respondió Annis con una sonrisa que reflejaba todo el amor que sentía.

–Estupendo.

–Bella…

Pero en ese momento se acercó el camarero y lo que Annis iba a decir se evaporó con la llegada de los condimentos y un par de botellas de agua y vino. Cuando se fue, le preguntó:

–¿Y tú como estás? Tan guapa como siempre, claro –no puso ningún «pero». Sin embargo, este flotaba en el ambiente.

Y Bella sabía lo que significaba.

El día anterior, Bella había ido a la peluquería. Le habían cortado su rubia melena de tal forma que realzaba la elegancia de su cabeza y caía suavemente por sus hombros. A su dorado habitual, Raúl le había añadido algunas mechas para darle profundidad y luz. Continuaba teniendo unas piernas perfectas y su figura era capaz de despertar el deseo de cualquier hombre. Pero había adelgazado mucho y sabía que Annis lo advertiría.

–Me estoy adaptando –dijo, con mucho cuidado–. Todo esto puede llegar a ser un poco estresante.

–Lo comprendo. ¿Qué piensa tu jefa de ti?

Una sonrisa sincera iluminó de pronto el rostro de Bella.

–Está impresionada. Por primera vez en su vida, aparentemente.

–¿De verdad? Supongo que escribes como un ángel.

–No tiene nada que ver conmigo. Tú eres el motivo.

–Explícate.

–Bueno, a Caruso no le gustan los cambios, y tampoco tener bajo su mando a extranjeros o a personas sin experiencia. Pero resulta que tu empresa consultora consiguió una mención especial en el Wall Street Journal. Caruso la vio y me preguntó que si eras mi hermana. Contesté que sí y a partir de entonces estoy disfrutando de parte de tu gloria –Bella se echó a reír al ver la expresión de Annis–. ¿Sabes? Aquí no solo leemos noticias relacionadas con la moda y las estrellas de cine. Caruso se encarga de una sección de la revista dedicada al millonario del mes. Si sigues así, terminaremos escribiendo algo sobre ti.

–Gracias –contestó Annis divertida.

Bella soltó una carcajada.

–Bueno, todavía no tengo tanta influencia en la revista. Pero poco a poco la voy consiguiendo. Caruso me ha dejado escribir un artículo sobre la vida en Nueva York para un recién llegado. Se llama «Nueva en la Ciudad». Saldrá en la edición de abril. Te enviaré una copia.

–Compraré la revista, mejor.

–No hace falta. Ya sé que tú solo lees prensa financiera.

–Ya te he dicho que Kosta me está reeducando.

Bella se sobresaltó. No pudo evitarlo. El nombre había surgido de repente y no estaba preparada para oírlo.

Afortunadamente, Annis estaba concentrada en los fettuccini y no lo notó.

–Entonces, espero tu carta de admiración –comentó Bella, tras una mínima pausa.

Su alegría ni siquiera sonaba forzada, advirtió, felicitándose por ello.

–Cuenta con ella –Annis removió la pasta con expresión ausente–. Bella, mira, no quiero interferir en tu trabajo, por supuesto, pero mi boda… No sé lo que está pasando. Ya sabes que queríamos una ceremonia sencilla. Pero me encuentro con gente que me dice que va a venir, a pesar de que ni Kosta ni yo la hemos invitado. Y estamos recibiendo regalos de personas a las que no he visto desde hace más de veinte años –elevó la voz–. Lynda dice que todo va estupendamente, que todo está bajo control, pero no me escucha. Y yo no sé qué hacer –alzó entonces la mirada–. Cuando te dije que te necesitaba, era completamente cierto.

Bella la miró horrorizada. Y de pronto, sufrió el asalto de los recuerdos. Annis dejó entonces de ser la ejecutiva que tanto había impresionado a Caruso. Y se convirtió en aquella Annis que había subido a un manzano para rescatarla; en la Annis que había trepado aterrada y con torpeza, pero que había conseguido atajar las lágrimas de Bella.

¿Cómo podía abandonarla en un momento así?

¿Pero cómo no iba a hacerlo? Seguramente, lo mejor para Annis era que Bella se alejara del hombre del que ambas estaban enamoradas.

–Oh, Annie –gimió.

–Mira, si no puedes venir hasta el día de la boda, no me importa. Podré llorarte por teléfono, o enviarte algún mensaje por Internet. Siempre y cuando sepa que estarás a mi lado el día de la boda.

–No sé. Es tan complicado…

–¿Podremos al menos hablar sobre ello?

–Ya estamos hablando.

–Me refiero como Dios manda. Sin verte mirando el reloj continuamente. Esta noche, por ejemplo. ¿Qué vas a hacer después del trabajo?

Bella hizo una mueca.

–Llevar a un ilustre visitante a conocer la ciudad. Se supone que soy la persona más indicada del departamento para mostrar la Gran Manzana.

–Oh –repuso Annis desilusionada, pero no se dio por vencida. Buscó en su bolso de mano y sacó una hoja mecanografiada–. Veamos.

–¿Qué es eso?

–Mi horario. Es idea de mi cliente. Cuando le dije que iba a venir a verte, me dio el itinerario del día, para que no me retrase cuando tenga que volver con él.

Bella la miró indignada.

–Ese loco de la informática, ¿también está obsesionado con el tiempo?

Su hermana sonrió.

–Piensa por adelantado –volvió a su lista–. Cena, reunión de negocios, bla, bla, bla. No ahí no. ¡Eh! ¿Y eso que es? «En el club Hombre y Mujer a las diez y media».

–Si pretendes hablar en Hombre y Mujer, nos estallarán los tímpanos –comentó Bella.

–No tenemos por qué hablar allí. Podemos quedar en ese local y después podemos ir a tu casa.

Y de esa forma, Bella tendría diez horas para inventar una excusa creíble. Magnífico.

Así que dijo:

–Estupendo. Nos veremos allí.