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Una novela cautivadora y asombrosamente original sobre el acoso y el poder de las historias... y de quienes consiguen contarlas 2015. Una escritora en la sombra, solitaria y con talento llamada Alice Lovett se gana la vida ayudando a otras personas a escribir historias. Sin embargo, a ella la persigue una historia propia que no puede narrar: la historia de «lo que pasó mientras dormía», como ella la define. 1999. Nick Brothers y sus compañeros del equipo de lacrosse comienzan el último curso en un acomodado instituto de Maryland como los campeones estatales. Están en la cima del mundo, hasta que dos de sus amigos llevan a una chica a casa, después de que esta pierda el conocimiento en una de las fiestas «legendarias» del equipo, y de que un rumor sobre lo sucedido en el asiento de atrás del coche se extienda como la pólvora por el pueblo. Los jóvenes niegan las acusaciones y, al final, el pueblo pasa página. Pero no todos. Nick cae en el alcoholismo y Alice desarrolla una vida de vaivenes en la que se menosprecia a sí misma y confía en la gente equivocada. Cuando por fin tiene la oportunidad de enfrentarse al pasado que no recuerda -pero que ha conformado su vida-, ¿lo aceptará? Una historia verdadera es un análisis ingenioso y sobrecogedor de una mujer que busca su voz en las secuelas del trauma: una mezcla de thriller psicológico, delirio y análisis sobre la agresión sexual, el poder y la naturaleza de la verdad. Su chispeante estructura, llena de giros y vueltas, que mantendrá al lector en vilo hasta las últimas páginas, marca el debut de una nueva voz en la ficción, una voz singular y atrevida.
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Seitenzahl: 431
Veröffentlichungsjahr: 2021
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Somos, soy, eres
por cobardía o por valor
quien halla nuestro camino
de vuelta a esta escena
con un cuchillo, con una cámara,
con un libro de mitos
en el que no aparecen nuestros nombres.
ADRIENNE RICH, «Inmersión en el naufragio»
La última vez que me preguntaste por esta historia, yo ya llevaba varios años escondida en Barcelona. Vivo en un estudio amplio, situado en el ático de un edificio de cinco plantas, con el suelo de azulejos y una gran puerta de cristal corredera que da a una terraza. La terraza está rodeada por unos maceteros de terracota demasiado pesados para moverlos, abandonados por los anteriores inquilinos y rebosantes de suculentas. El apartamento es barato y ofrece intimidad; los vecinos van a lo suyo y a la casera le gusta recibir los cheques por correo. Aunque me ha llevado algo de tiempo, ya me siento lo bastante segura como para no cerrar la puerta de la terraza, durante las noches calurosas, para que entren en mi dormitorio tanto la brisa que se eleva susurrante desde las calles de la ciudad como los fantasmas intrusos que antes frecuentaban mis sueños.
Adoro este apartamento igual que los astronautas adoran sus naves. Lo único que no me gusta es el escaparate de la farmacia de abajo, por delante del cual paso todas las mañanas cuando salgo a correr. En él se exhiben tres maniquíes femeninos con unas superficies de ónix redondeadas en lugar de rostro y con los brazos y las piernas cercenados a la altura de los bíceps y los muslos. Están colocados con posturas insinuantes, con la cadera contoneada como si lucieran biquinis, cuando lo que lucen en realidad es material de primeros auxilios. El maniquí que está más próximo a la puerta de mi casa tiene un cinturón lumbar negro a modo de corsé y un cabestrillo azul alrededor del cuello. A su izquierda, en una silla de ruedas, otro maniquí lleva una rodillera en el muslo. El tercero está apoyado contra la pared del fondo, rígido, con un antifaz para dormir que le cubre la zona donde deberían estar los ojos.
Hace meses y meses que el escaparate no cambia. Por más que intento apartar la vista, no consigo dejar de mirarlo al pasar por delante, como una mujer que, en una película de miedo, no pudiera resistirse a subir las escaleras. Espero que no te lo tomes a mal, pero cada vez que veo los maniquíes me acuerdo de ti. Mi vieja amiga, siempre has estado a mi lado frente a la misoginia fortuita y al mal gusto.
Cuando viniste a Barcelona, tenía la intención de ir a verte al hotel, como te dije. Pero cuando salí a la calle me di cuenta de que había echado a andar en dirección contraria. Necesitaba tiempo para pensar. Era uno de esos exuberantes días de finales de verano y di un gran rodeo para pasear bajo los naranjos, que sacudían sus hojas al sol. Me crucé con algunas mujeres mayores agarradas del brazo, con familias que empujaban a sus niños en los columpios de los relucientes parques infantiles. Caminé hasta el Parc de la Ciutadella, donde revoloteaban unos loros verdes que se mezclaban con las palomas en el suelo adoquinado.
No pretendía dejarte plantada. Me convencí de que me había desviado para llegar al hotel por el otro lado, pero seguí dando vueltas.
Al final, volví a casa. Apagué el teléfono, me senté en la terraza bajo el sol de la tarde y me terminé una novela de misterio cuyo final intuí desde el principio. Me quedé dormida y, cuando me desperté, preparé una cena más elaborada de lo habitual: pasta con aceitunas y corazones de alcachofa acompañada de una ensalada de endivias. Estaba todo delicioso. Hasta que no terminé de lavar los platos no llamé a tu hotel.
Estoy segura de que pensaste que seguía enfadada, pero lo cierto es que me daba vergüenza. Tú siempre fuiste la valiente…, o mejor dicho, la que estaba segura de todo. Siempre has estado convencida de la historia que querías que contara, de la historia por la que me llevas preguntando desde que teníamos diecisiete años: lo que pasó mientras yo dormía. «Es tu historia —decías—. Si no la cuentas, se adueñará de tu vida.» Pero en realidad me pertenece tanto como un juicio a la víctima o como el arpón a la ballena. Contarla siempre ha sido el privilegio de los perpetradores, que conocen los hechos reales, y de los espectadores —como tú—, que creen saber lo que sucedió.
Por aquel entonces no estaba preparada para dar explicaciones. Así que le pedí al recepcionista que no llamara a tu habitación, sino que te dijera que un cliente muy exigente me había citado en Londres con poca antelación. «Dígale que no me espere —expliqué—. No estoy segura de cuándo volveré.» Entonces apagué el teléfono de nuevo y volví a la terraza. Observé las luces que parpadeaban por la ciudad como ojos, una constelación de vigilantes nocturnos. Esperaba que aceptaras mi excusa, aunque estuviera claro que era falsa.
Ahora lo que espero es que aceptes esto.
LAS ESPOSAS DE SATÁN
De Alice Lovetty Haley Moreland1/9/95
FUNDIDO:
INTERIOR. UNA CABAÑA DIÁFANA EN EL BOSQUE – NOCHE
LISA está sola, sentada con una botella de VINO TINTO y una gran TARRINA DE HELADO. Ha estado LLORANDO. Se le ha CORRIDO el maquillaje.
LISA
¡Cómo puede ser tan cabrón!
Lisa se BEBE DE GOLPE el VASO DE VINO.
Se SECA la boca. TIRA el vaso hacia la otra punta de la habitación. El vaso se hace AÑICOS.
LISA
¡Quince años de matrimonio! Y me deja por… ¡¡¡Francesca!!!
Lisa se desploma sobre la mesa. GIME.
LISA
¿Por qué, Jim? ¿Por qué? ¿Por qué?
Se estira y toma una buena cucharada de HELADO.
LISA(lamentándose)
¡Ni siquiera el helado está tan rico!
De repente: ¡Un GOLPETAZO EN LA PUERTA!
Lisa SE SOBRESALTA. Se levanta. Mira hacia la puerta.
LISA(vacilante)
¿Quién… quién es?
Lisa ABRE LA PUERTA despacio: hay un GRAN CUCHILLO clavado en la puerta.
Lisa GRITA y cierra de un PORTAZO.
DESPUÉS: Oye una RISA MALVADA DE MUJER.
Lisa se DA LA VUELTA.
LISA
¿Quién está ahí?
En la sala no hay nadie.
Pero la TARRINA DE HELADO está volcada. Hay un charco de HELADO DERRETIDO en la mesa.
LISA
Dios mío.
Lisa se da cuenta de que alguien ha pasado el DEDO POR EL HELADO DERRETIDO y ha escrito:
SATÁN AÚN TE AMA
Lisa GRITA.
Lisa CORRE hacia la puerta y la abre.
AGARRA el CUCHILLO.
Luego HUYE.
EXTERIOR. EL BOSQUE POR LA NOCHE – A CONTINUACIÓN
Lisa CORRE por el BOSQUE, aterrorizada. Mira hacia atrás…
¡TROPIEZA! ¡CAE! ¡El CUCHILLO se le resbala y sale volando!
MUJER (FUERA DE PLANO)(con maldad)
Hola, Lisa.
Lisa levanta la vista. Es FRANCESCA. Una mujer guapa con los labios pintados de un rojo intenso y con una marcada sombra de ojos azul.
LISA
¡¿Francesca?!
FRANCESCA
¿Te alegras de verme?
LISA
¡No! ¡Me robaste a mi marido!
Francesca muestra un desdén condescendiente.
FRANCESCA
No te «robé» a tu marido. Lo distraje. A quien quería era a TI.
Lisa retrocede. Se acerca al CUCHILLO.
FRANCESCA
Te robé a Jim para que vinieras sola a la casa de campo.
LISA
¿Por qué?
FRANCESCA
Porque quiero que te unas a nosotras.
LISA
¿A quiénes?
FRANCESCA
¡A las esposas de Satán!
LISA
¿¿Qué??
FRANCESCA
Tu marido está atado a un árbol cerca de aquí. Solo has de sacrificarlo con ese cuchillo; ¡entonces Satán nos convertirá en todopoderosas a ambas!
Lisa se agacha y agarra el CUCHILLO mientras considera sus palabras.
LISA
Entonces, lo único que tengo que hacer es matar a Jim…
FRANCESCA
¡Piensa en la facilidad con la que te dejó!
LISA
¿… así?
Lisa arremete contra Francesca y le CLAVA el cuchillo en el corazón.
Francesca GRITA y CAE de RODILLAS.
FRANCESCA
Podríamos haber sido… todopoderosas…
Francesca MUERE.
Lisa se levanta y recupera el aliento. Alza la vista y mira hacia el bosque. COMPRENDE.
LISA
¡¡¡Jim!!! ¡Ya voy!
FUNDIDO EN NEGRO.
En el otoño del último curso detuvieron a mi colega Max Platt por dirigir un puntero láser a un avión. Ni siquiera sabíamos que fuera ilegal. Era una de las cosas menos graves que Max había hecho y tuvo gracia que lo enmarronaran justo por eso. (Aún faltaban varios meses para lo de la chica del colegio privado.)
Cuando nos enteramos de lo que había pasado, estábamos en el Denny’s, por supuesto. El equipo de lacrosse casi se había apropiado del Denny’s, aunque esa noche solo estábamos Max y yo, y mi viejo amigo Richard Roth.
—Llevo haciéndolo desde agosto —dijo Max. Se saltaba las clases, se iba a la explanada de detrás del auditorio y se tumbaba en la hierba amarillenta para apuntar hacia el cielo y mover la luz roja de un lado a otro—. Es como la batseñal.
—¿En serio? —preguntó Richard.
Me tocaba las narices que Richard admirara tanto a Max. Así que dije:
—¿Y para qué, Batman? ¿Qué sentido tiene eso?
—Para joder a los pilotos —contestó Max.
Max hacía muchas cosas que no teníamos cojones de hacer los demás. Pero a esta, personalmente, no le veía la gracia.
Volvió a contar la misma historia durante el entrenamiento. Fue mejor con todo el mundo delante. Max se levantó e imitó al poli que lo había pillado.
—«¿Qué estás haciendo?» —dijo Max con voz de Sam Bigotes. Se paseó con andares de pato y las manos separadas del cuerpo, como si fuera demasiado gordo para bajarlas—. «Me he resbalado y me he caído», grité, o intenté gritar, qué coño sé, estaba colocadísimo. Levanté las manos y se me cayeron como si fueran de gelatina, como si las moviera en gelatina.
Todos asentimos como si supiéramos de qué hablaba. Como si todos hubiéramos estado alguna vez tan fumados como para no poder levantar los brazos, aunque yo sabía de buena tinta que algunos de esos tíos no habían probado la hierba en su puñetera vida.
—Y va el poli y me dice: «Ven aquí, chaval. Baja los brazos». Solté la pipa que estaba fumando y el tío, como le debió de dar pereza andar treinta metros, no llegó a verla —dijo Max—. No se coscó de nada.
Nos descojonamos de la risa. ¡El policía no se dio ni cuenta de que Max estaba fumado! Sacudimos la cabeza.
—Los polis son tontos del culo —dije. Los demás se rieron.
Pero el lunes siguiente, Max no vino a entrenar. Lo habían expulsado por un tiempo. El entrenador nos contó que lo del puntero láser era un delito federal. Doscientos cincuenta mil dólares de multa y cinco años de cárcel. Ese día estuvimos todos con la moral por los suelos. Faltaban solo ocho meses para los campeonatos estatales. Nos preguntamos si para entonces Max estaría en la cárcel. Nos preguntamos si le habría contado al FBI que fumaba hierba. Durante un rato no hablamos de otra cosa mientras, llenos de preocupación, dábamos vueltas al campo.
Pero al final no pasó nada. Solo teníamos diecisiete años. Y como el padre de Max era auditor jurado de cuentas, es probable que conociera a un buen abogado. El caso es que ni siquiera tuvo que hacer servicio comunitario. Lo pusieron en libertad condicional y tuvo que acudir todos los meses, durante un año, para que lo viera un policía. Básicamente, eso fue todo. Lo único es que tuvo que dar un discurso delante de todo el colegio sobre los peligros de los punteros láser, lo cual resultó, cómo no, desternillante.
—Repetid conmigo: hay que tener cuidado al menear el puntero —dijo Max mientras señalaba con el pulgar por encima del atril, como Bill Clinton.
Y todo el mundo repitió:
—HAY QUE TENER CUIDADO AL MENEAR EL PUNTERO.
El señor Kaminsky, profesor de Lengua, trató de intervenir:
—Gracias, Max, es suficiente.
Pero el colegio entero siguió repitiendo:
—¡HAY QUE TENER CUIDADO AL MENEAR EL PUNTERO! ¡HAY QUE TENER CUIDADO AL MENEAR EL PUNTERO!
Al final fue necesario que dos empleados del instituto nos hicieran callar mientras Max no dejaba de sonreír desde el escenario. Nosotros, sentados al fondo, lo ovacionamos. Sabíamos que había vuelto.
Eso sí, como ahora tenía antecedentes, no podía permitir que lo detuvieran de nuevo. Pero no nos pareció que eso fuera un problema. Si éramos capaces de escapar de un delito, éramos capaces de todo.
Entré en el equipo principal cuando estaba en segundo, un año antes que Max. Richard y yo habíamos asistido a un campamento de lacrosse y éramos bastante buenos. Además de con nosotros, solo contaron con otros dos chicos de nuestro curso: Ham Tierney y Alan Byron.
A los cuatro nos raparon la cabeza en la primera semana, justo al acabar las clases del viernes. Solo teníamos media hora antes del entrenamiento, lo cual no era mucho. Y por cada minuto que llegabas tarde a entrenar tenías que hacer quince flexiones. A mí no se me daban demasiado bien las flexiones y más de diez eran una humillación, así que me aseguraba de no llegar nunca tarde. Siempre me pasaba por el vestuario nada más salir de Química.
Aquel día, estaba pensando en algo que me acababa de decir una chica al terminar la clase. Me dijo:
—Nick, para ser un chico, tienes un pelo precioso.
No entendí por qué me había dicho eso. En ese momento no manteníamos ninguna conversación, solo estábamos guardando nuestras cosas, cada uno junto a su mesa, pero ella lo soltó sin más. Aunque lo dijo con amabilidad. A lo mejor era un piropo y tendría que haberle pedido salir. A lo mejor era un sarcasmo y me estaba insultando, en cuyo caso le tendría que haber contestado que tenía el pelo tan bonito como la polla antes de pedirle salir. En cualquier caso, la había cagado.
En eso iba yo pensando cuando abrí la puerta de los vestuarios y vi a unos seis tíos de tercero y cuarto sentados en los bancos. Qué raro. Normalmente yo era el único que llegaba tan temprano. Dejé que la puerta se cerrara a mi espalda. Entonces, de repente, tuve una sensación extraña. Sentí que tenía que salir de allí por patas. Pero ellos ya se habían levantado. Me agarraron y, en cuestión de un momento, ya estaba bocarriba en el suelo.
Cuando juegas al lacrosse, te acostumbras a tener mucho peso encima. Siempre nos echamos unos sobre otros para celebrar los goles. En el campamento también lo hacíamos, aunque los goles allí no importaran. Al principio te asustas, porque parece que te ahogas, pero te acabas acostumbrando. En esa época yo ya estaba acostumbrado. De hecho, era una sensación familiar, me ayudaba a mantener la calma. Me limité a respirar e intenté aguantar el tipo.
Uno de los de cuarto se sentó a horcajadas sobre mi pecho mientras otro me sujetaba las piernas y alguien me tiraba del pelo.
—Con este pelo tan largo estás guapísimo —dijo uno.
Me pregunté si sería verdad que estaba guapo. Entre la chica de clase de Química y el equipo, me planteé si la gente me diría lo mismo toda la vida.
—Tanto que me pone cachondo —dijo otro, y todos se echaron a reír.
Ya me estaban tocando los cojones, pero no quise parecer un gilipollas. No quería que se notara que estaba cabreado. El tío que tenía encima se empezó a sacar la polla por la cinturilla del pantalón de deporte. Eso ya me acojonó. Pero me quedé quieto. Sabía que, mientras no opusiera resistencia, todo acabaría rápido y me dejarían en paz. Se oía un zumbido.
—No te muevas, preciosidad —dijo alguien—. Mejor que no te escurras.
De pronto entendí lo que la chica de Química había querido decirme. No se refería a algo concreto. Solo había dicho eso porque el equipo de lacrosse se lo había pedido. La metieron en el ajo para que me avisara. Era parte del ritual. Todos gritaban y se reían, y el tío de cuarto que tenía sentado encima se empezó a sacudir la polla. Estaba flácida, por supuesto, no éramos gais. Cerré los ojos mientras me la pasaba por delante de la cara. Cerré la boca. Pensé que la chica ni siquiera me habría dirigido la palabra si yo no formara parte del equipo y que en realidad no me había querido decir nada. Era solo la mensajera.
Entonces noté que alguien me frotaba la cabeza y decía:
—Como un mono dispuesto a salir al espacio.
Y el ruido pareció cesar, el peso pareció aligerarse, poco a poco, como cuando sales de una piscina, y de pronto todo el mundo estaba de buen rollo con la polla dentro del pantalón.
—Pensé que se iba a mear encima —dijo uno mientras salían.
Entonces otro me dijo:
—Muy bien, Nick. Eres guay. Te vemos en el campo.
Les había cambiado la voz. Como si de pronto me respetaran.
Me senté en el banco un momento. Me encontraba algo mejor. Entonces me levanté y me miré al espejo. No tenía pelo, me lo habían rapado a trasquilones. Se me veía la cara extraña, parecía más grande. Le saqué la lengua a aquel rostro estúpido.
Me habían dejado allí la maquinilla. Me la pasé por la cabeza hasta que no quedó nada. Me brotaron unos cuantos puntitos de sangre, pero me los limpié con la camiseta. Un poco de sangre en la camiseta te hace parecer un tipo duro.
Cuando salí al campo era muy tarde. El equipo estaba estirando como siempre, pero no me dio la impresión de que tuviera que hacer flexiones.
—Siéntate, Nick —dijo el entrenador con un gesto de aprobación.
Doblé la pierna y estiré el muslo. Miré a Richard. Él tampoco tenía pelo. Ham y Alan no levantaron la vista de la rodilla.
Richard me contó después que a él lo habían pillado en los baños de fuera del gimnasio. Después de afeitarle la cabeza, se la metieron en el váter, pero la cara no llegó a tocar el agua, solo la coronilla. Tampoco es que intentaran matarlo. Le metieron papel higiénico en la boca y le hicieron cantar una de las canciones sagradas del equipo. Cada vez que se equivocaba, le metían un montón de papel higiénico más. Tuvo que aguantar hasta el final sin atragantarse. Parecía lógico. Richard era un poco blandengue.
Pero no le dije eso. Le dije:
—¡Qué movida! A mí lo único que me han hecho ha sido pasarme la maquinilla.
Ham dijo:
—Igual que a mí.
Y Alan dijo:
—A mí también, solo la maquinilla.
Era la primera vez que pillaba a mis amigos en una mentira. A partir de entonces empecé a ver con otros ojos a Ham y a Alan. Me pregunté qué les habrían hecho los del equipo.
Pero lo importante era que a todos nos habían rapado, y que nos habían rapado a la vez. Me sentía bien al pensarlo. Era humillante, pero al menos era una humillación conjunta. No como sucedía otras veces, con las chicas o con los padres o con quien fuera. Habíamos vivido algo importante. Era probable que ese año participáramos en los estatales.
Quería jugar bien ese primer día de pelo rapado. Quería que supieran que era duro de pelar. Cuando corría, notaba un aire raro en la cabeza y en la nuca, pero jugué bien. Tal vez mejor que nunca. Me pregunté si no sería el pelo lo que me había frenado cada vez que me había sentido humillado, cuando estaba solo, cuando no sabía qué decirle a una chica.
Después de entrenar, uno de los mayores, Dean McGarvey, dijo:
—Hola. ¿Os venís a dar una vuelta, gusanos?
Richard y Ham se montaron con él en el coche, y Alan y yo nos fuimos con Matt Komen y Sam Simpson. Callejeamos por el barrio hasta la casa de uno de los chicos. Aparcamos en la calle y rodeamos la casa. El jardín descendía hasta un muelle que daba a la bahía de Chesapeake. El sol empezaba a ponerse detrás de nosotros y el cielo estaba rosa. El muelle sobresalía como un dedo corazón.
—Es del entrenador —le dijo Dean a alguien.
—¿Qué? —preguntó Richard.
Me molestaba que Richard no dejara de recordarles a los demás que éramos novatos.
—Que es la casa del entrenador —le dije para hacerme el guay, como si lo supiera desde siempre. Deseé tener razón.
La tenía. Los mayores nos explicaron que el hijo del entrenador estaba en cuarto cuando ellos estaban en segundo, y que aún les permitían usar el muelle, aunque no podían entrar en la casa.
—Si te dan ganas de mear, meas en la bahía. El váter de la naturaleza —dijo Gary Wooten. Nos echamos a reír y nos sentamos sobre la madera envejecida, llenos de asombro: estábamos en la casa del entrenador.
Me puse un poco nervioso cuando Komen dijo:
—Quítense los zapatos, señores. Relax.
Gary estaba tirando de una cuerda viscosa. Todos parecíamos estar a gusto. Nos reíamos y bromeábamos. No estábamos nerviosos, formábamos parte del equipo. No tenía que inquietarme que Gary estuviera sacando una trampa para cangrejos. No tenía que inquietarme que ahora les fuera a dar por ponernos los cangrejos en los pies para que nos picaran. Ya nos habían rapado la cabeza, no había de qué preocuparse.
Y de nuevo, estaba en lo cierto. No era una trampa de cangrejos. Era una nevera azul amarrada con una cuerda elástica y cubierta de balanos. Sentí que estaba a punto de suceder algo increíble.
—La nevera de la naturaleza —dijo Gary señalando hacia la bahía.
Desenganchó un mosquetón oxidado de la cuerda y abrió la tapa de la nevera. Estaba llena de latas doradas.
—El tesoro marino —dijo Dean.
Todos nos echamos a reír.
Dean les pasó las cervezas, de una en una, a los demás. El olor a sudor se dispersó sobre las aguas mansas. Metimos los pies descalzos en el mar. Estaban acalorados y doloridos, y el agua nos sentaba bien.
No tenía claro si los de segundo tomaríamos cerveza o no.
Greg Morrissey y Matt Iglehart no quisieron beber. Me chocó mucho, pero como no quería parecer estúpido, no dije nada. Aun así, nos lo explicaron.
—Nos metemos Oxy —dijeron—. Con el Oxy no se puede beber.
—Se te secan los renacuajos.
—Por eso yo no tomo Oxy.
—Yo tampoco. Reservo los renacuajos para las chicas.
—Claro, mejor. Para cuando las chicas tomen Oxy.
Todos nos reímos con eso último.
—¿Qué es Oxy?
Richard era amigo mío desde hacía mucho, pero me habría gustado que no fuera tan capullo. Dean aún no nos había pasado las cervezas. Morrissey e Iglehart se miraron y comenzaron a reírse.
—El Oxy hace que estés contento con todo —dijo Komen.
—Sí, se lo recetaron a Wilbur cuando se rompió el tobillo en junio —explicó Iglehart.
Matt Wilbur, uno de los de cuarto, levantó la lata de cerveza como si brindara. No abrió la boca.
Komen dijo:
—Es un tío fuerte. Lo tomó ¿durante cuánto tiempo? ¿Un día? Casi nada. Así reservó un poco de amor para el equipo.
Komen tenía un par de cicatrices en la nariz, como si se hubiera rascado un montón de granos, pero con las pecas no se le notaban. Sin embargo, yo estaba sentado tan cerca de él que se las vi. En realidad tenía un aspecto muy raro, pero parecía caerles bien a todos. Siguió hablando:
—La próxima vez podéis probar un poco —dijo—. Ya no queda mucho, pero seguro que pronto alguien se lesionará y se lo recetarán. Siempre hay lesiones.
Entonces Komen miró a Wilbur, que asintió. Parecía ser el experto del grupo en lesiones. Parecía ser un tipo muy duro. Todavía no había dicho una sola palabra. Y por fin, sentenció:
—Si os toca a vosotros, ya sabéis lo que hay que hacer.
Asentimos con solemnidad. Aceptamos de buen grado. Tomaríamos la dosis mínima de Oxy. Reservaríamos un poco de amor para el equipo.
No llegamos a recibir las cervezas. Temimos haberla cagado, y resultó que teníamos razón: el lunes después del entrenamiento, los mayores se montaron en los coches y se largaron sin nosotros. Nos sentimos humillados y le echamos la culpa, sobre todo, a Richard. No tendría que haber preguntado qué era el Oxy. Tendría que haber fingido que lo sabía.
Pero el sábado siguiente ganamos el amistoso y nos invitaron a la fiesta de después. Todo el mundo bebió. Yo me tomé una cerveza, aunque por entonces no solía beber porque me consideraba deportista por encima de todo. Ham y Alan bebieron mucho. Richard, un poco. Cantamos agarrados del brazo las canciones sagradas del equipo en el jardín de Wilbur. Cuando Alan vomitó en el camino entrada, todos ayudamos a limpiar el suelo con la manguera. Y le dimos un manguerazo a Alan. Fue muy gracioso. Después de aquello, nos invitaron a todas las fiestas. Montábamos juergas siempre que podíamos.
La fiesta más legendaria tuvo lugar en el verano siguiente a tercero, justo después de que terminaran las clases. Acabábamos de ganar el campeonato estatal por sexta vez consecutiva. Los tres Matts (Wilbur, Komen e Iglehart) y los demás que estuvieron en cuarto durante nuestro primer año en el equipo se habían graduado el año anterior. McGarvey, Simpson y todos esos estaban a punto de marcharse. Ahora nosotros éramos los mayores y manejábamos el cotarro.
La fiesta fue en casa de Dave Campbell. Él había entrado en el equipo en tercero, junto con Max y otros cinco chicos. Todos eran buenos. Pero Dave y Max eran los mejores, casi tanto como Ham, Alan, Richard y yo. Comenzábamos todas las jugadas, ocupábamos las posiciones de portero y ataque, y yo era el especialista en faceoffs. Los seis éramos los mejores. El corazón del equipo. Los mayores, los que manejaban el cotarro.
La fiesta era una fiesta de lacrosse, pero estaba abierta a cualquiera. Asistió todo tipo de gente. Había chicos del equipo de natación —por lo general demasiado pijos y estirados para beber— y del equipo de fútbol; vinieron incluso el estudiante alemán de intercambio y Mateo, el chico de México. Las tres chicas que dirigían la revista de arte del instituto vinieron vestidas con camisetas blancas a juego. Llevaban rotuladores permanentes en el bolsillo de atrás. Nada más franquear la puerta, le dijeron a la gente que les escribieran algo en la camiseta. Así que había gente de todo tipo, pero todos sabían que era una fiesta de lacrosse.
Al principio del todo estuvimos un rato buscando los vasos de plástico. Los tenía Max. No nos los dio. Se subió a la mesa del salón con la pila de vasos en la mano como si fuera un megáfono. Se chocó contra el ventilador del techo. Fue muy gracioso.
Nos gritó para que guardáramos silencio.
—Caballeros…, ya sabéis lo que quiero decir con «caballeros».
Todos nos descojonamos. Entonces un chico interrumpió a Max.
—¡Chillas como un cerdo! —Era uno de los más jóvenes del equipo, y gritó—: ¡Qué boca tan bonita!
Max, sin inmutarse, levantó el dedo corazón. Gritó más fuerte:
—¡Caballeros! —Y se puso a cantar—: We are the champions, my friends! —Max estaba graciosísimo. Gritó—: ¡Somos los campeones estatales este año!
Entonces se puso serio. Casi pareció que iba a echarse a llorar. Por un momento, nos asustamos, pero nos dimos cuenta de que estaba fingiendo. Cerró los ojos y se mordió el labio. Recuperó la compostura y dijo:
—Somos los campeones estatales este año. ¿Y la próxima temporada?
Hizo una pausa mientras fingía contener una lágrima. Esa vez todos lo jaleamos. Gritamos todos juntos. Lo subimos a hombros. Todos exclamamos:
—¡VOLVEREMOS A SER CAMPEONES!
Entonces nos pasó los vasos, todo el mundo se sirvió cerveza y la fiesta legendaria comenzó.
En la fiesta legendaria, cuatro tíos vomitaron y Max se enrolló con tres chicas diferentes en la misma noche. En la fiesta legendaria, todos comimos unas cerezas que los miembros de la hermandad a la que pertenecía el hermano de Han habían macerado en alcohol durante un mes. En la fiesta legendaria, hicimos nuestras mejores imitaciones; Richard se salió al imitar a Nicholas Cage, aunque gané yo con Jack Nicholson. En la fiesta legendaria, dibujamos un centenar de pollas en la camiseta sin mangas de una de las chicas de la revista de arte, a la chica le pareció divertido y para devolvérnosla, engañó a Seth Marcus y le dibujó una polla en la cara. En la fiesta legendaria, apareció el camello de Max y, como por arte de magia, todo el mundo puso dinero y montamos un submarino en la habitación de Dave.
La poli interrumpió la fiesta legendaria antes de media noche. Era demasiado legendaria para durar.
Una de las chicas de arte que estaba fumando en el porche delantero vio a los policías antes que los demás. Entró en la casa gritando:
—¡La poli! ¡La poli!
Todos echamos a correr y salimos entre empujones por la puerta de atrás. Un grupo de chicos saltaron desde la terraza. No había mucha altura. La casa de Dave estaba en el bosque. Todos nos fuimos de allí cagando leches.
Mi coche estaba aparcado en la calle. Me colé por el jardín del vecino, subí al coche y conduje en dirección contraria. Me pasé un rato por ahí solo, dando vueltas, demasiado excitado para volver a casa.
Pero la magia de la fiesta legendaria seguía en mi interior, porque cuando ya creía que tenía que volver, que no había nada más que hacer, me paré a comprar un granizado y me encontré con Richard, Ham y Alan, que salían del 7-Eleven. Dave había llamado a Alan al móvil para que nos buscara y nos reuniéramos con él en el Denny’s.
(Después de aquello, se convirtió en tradición lo de quedar en el Denny’s cuando las fiestas se dispersaban.)
Cuando llegamos, Dave y Max ya estaban comiendo tortitas. Dave sonrió:
—Siéntense, caballeros. Tengo una cosa que contar.
—Este cabrón os tiene que contar una cosa —dijo Max. Él también sonreía.
Dave había salido por el sótano y se había adentrado en el bosque, pero luego volvió a la casa para echar un ojo. Se encontró con que en el porche delantero había un policía hablando por radio.
—Se me pusieron los huevos de corbata —nos dijo—. Ya veía la cara de mi padre. Esa cara de «te voy a dar hasta en el cielo de la boca».
(Dave decía que su madre era jurista y su padre gilipollas. Nunca supe si era metafórico, pero nadie se lo preguntó.)
De manera que Dave no podía volver a casa con aquel poli en el porche. Pero como tenía el coche aparcado enfrente, avanzó a hurtadillas y esperó a que el policía se diera la vuelta para arrancar y salir pitando como una puta bala. No creía que el poli le hubiera pillado la matrícula ni nada por el estilo.
Justo antes de tomar la avenida principal, vio a un tipo que iba andando junto a la carretera. Era Max. Se pasaron un rato dando vueltas juntos.
—Dave seguía lamentándose: «Mi padre, mi padre, no sé qué voy a hacer…» —dijo Max.
Dave añadió:
—Pero entonces a Max se le ocurrió una idea.
Se acercaron al cine y esperaron hasta que salió una pareja de chicas guapas. Eran niñas de colegio privado. Dave y Max les contaron lo que les había pasado y les pidieron las entradas del cine.
—Les preguntamos qué peli habían visto. Atención: era la sesión de las nueve de Sesenta segundos.
Todos soltamos una carcajada.
—Es una señal —dijimos.
Richard repitió su imitación de Nicholas Cage.
La historia continuó: Dave y Max volvieron a casa de Dave, cuyo césped estaba lleno de vasos de cerveza por todas partes. Dave llamó por teléfono a la policía. Les dijo que alguien había entrado en su casa mientras él estaba en el cine en una cita doble. Quería que fueran a echar un vistazo para cerciorarse de que no había peligro.
Nos partimos de la risa.
—Es verdad —dijo Max—. No sabía que Dave tuviera tantos cojones, pero es como lo está contando. Lo vi con mis propios ojos.
El poli que llegó era el mismo que había dispersado la fiesta. La actuación de Dave fue perfecta. Fingió miedo y preocupación. Max le echó un cable. El poli se mostró escéptico, como es lógico.
—«¿Me estás diciendo —dijo Dave imitando la voz del policía como Nicholas Cage— que estás en el último curso del instituto y no tienes ni idea de quién se ha metido en tu casa para montar una fiesta un sábado por la noche mientras tus padres están fuera?» Lo miré con mis ojitos azules y le dije: «Exacto, señor».
—No te creyó ni de coña —le dije.
—Seguramente no. —Richard se encogió de hombros—. Pero era casi la una de la mañana, el tipo quería irse a casa y en realidad nuestra fiesta le importaba una mierda.
—Además, teníamos las entradas de cine —dijo Max—. Le contamos que habíamos estado en una cita doble, le dimos el número de teléfono de una de las chicas por si quería comprobarlo.
—Esa chica es mi coartada —dijo Dave—. Creo que le gusto.
Por supuesto, los padres de Dave no se lo creyeron. Más tarde nos enteramos de que había tenido un lío gordo con ellos. Pero en el Denny’s nos quedamos admirados. Era una mentira buenísima. Nos impresionaron los dos: Max por haber tenido la idea y Dave por haberla puesto en práctica.
Pedimos tortitas para celebrarlo. Entonces empezamos a hablar de lo sucedido en la fiesta. Del submarino en la habitación. De las tres chicas de Max. De todas las cosas increíbles que habían pasado esa noche. No fuimos conscientes de lo legendaria que había sido la fiesta hasta que estuvimos todos juntos. Al hablar de ella, nos dimos cuenta de que habíamos vivido algo alucinante. Y no veíamos el momento de repetirlo.
Aquel verano, Dave estuvo enrollado durante un tiempo con su coartada.
—La vida imita las excusas —dijo Richard. Siempre estaba citando la serie Kids in the Hall como si estuviéramos en primaria.
A la coartada de Dave le encantaban las comedias y hacía de todo en la cama, así que a Dave no le vimos mucho el pelo, aunque entendíamos la razón. En cualquier caso, era verano, y algunos fuimos a la playa o a Europa con nuestros padres, o asistimos a diferentes campus de lacrosse, sobre todo si los organizaba la facultad que habíamos elegido como primera opción. Richard, por ejemplo, estuvo en la Academia Naval. Como yo no tenía una facultad preferente, me apunté a un campus en la Universidad de Maryland. También me puse a trabajar como dependiente en la tienda de lacrosse Lax World, donde me pasaba las tardes hablando con los chavales que estaban empezando. Cuando les contaba que era especialista en faceoffs y que mi media era del cincuenta por ciento, me miraban con auténtico respeto y me hacían recordar lo que se sentía al estar en primero y ver el equipo desde fuera.
En resumidas cuentas, como estábamos ocupados, tampoco echábamos mucho de menos a Dave. Y las fiestas eran más pequeñas en general, solo unos cuantos tíos que quedábamos para beber y contar historias sobre la fiesta legendaria y sobre la fiesta aún más legendaria que montaríamos en otoño.
En agosto, Dave y la chica se distanciaron un poco, así que volvió con nosotros justo a tiempo para empezar a entrenar. Por entonces, retomamos también las fiestas. Dave decía que todas las chicas del colegio privado querían quedar con nosotros. Aunque él y su coartada lo hubieran dejado, seguían siendo amigos.
Las niñas del colegio privado eran así. Nunca te presionaban. Tampoco eran del tipo de chicas con las que te apetece quedar todo el rato. Nuestro instituto público era un buen centro. Mi madre decía que, en nuestra zona, si alguien iba al colegio privado era por algún problema: porque tenía alguna dificultad en el aprendizaje o porque le habían expulsado del instituto. No sabíamos muy bien qué les pasaba a las chicas del colegio privado, pero era obvio que algo tenían. Como aquella chica que me contó que los viernes le encantaba comprarse un paquete de seis cervezas y pasarse la noche conduciendo sola por ahí, bebiendo y oyendo la radio.
Cuando me enteré, pensé: «Eso ya es pasarse». A ver, a veces yo también cogía el coche después de una fiesta y volvía a casa demasiado mamado para conducir. Pero no lo convertía en el objetivo de la noche. Seguí hablando con la chica por educación, pero después de lo que me contó le perdí todo el respeto.
Lo que sí resultaba admirable era lo animadas que eran las chicas del colegio privado. Siempre traían una botella de algo. Compartían la hierba con el resto. Bailaban, aunque nadie más bailara. También daban buenos consejos sobre los procesos de admisión en las facultades. Y, lo más importante, venían a todas las fiestas.
Aquel agosto, justo antes de que empezaran las clases, estábamos ansiosos por otra fiesta legendaria. Pensábamos que todas las fiestas tenían que ser legendarias. Cuando entrábamos por la puerta, gritábamos: «¡Aquí está Jack!». Grabábamos cintas de música. Se nos daban tan bien los juegos de beber que teníamos que inventar retos nuevos para divertirnos; colocábamos las botellas vacías y las rompíamos con una bola de bolos que Richard compró en una tienda de segunda mano (lo llamábamos el juego del bolorock) y cantábamos las canciones sagradas del equipo. Todo era como debía ser, pero siempre había algo que no encajaba.
Una noche, en casa de Ham, encontré una botella de whisky en el despacho de su padre y me la llevé fuera. Me quedé de pie en un extremo del jardín. Quería pensar en cómo, más que vivir la vida, la estaba observando. Miré el cielo y decidí que era verdad. Me provocó tristeza y una especie de desasosiego. Era como cuando estás al lado de una chica y la película es un peñazo, pero la chica está llorando y se supone que no debes tocarla, hasta que te das cuenta de que a lo mejor lo que ella quería era que la tocaras. Pero para entonces ya es demasiado tarde.
Esa sensación nunca desaparecía del todo. Estaba presente en todas las fiestas. Era entonces cuando volvía a casa con la radio a tope para no perder el conocimiento y luego me quedaba mirando el techo de la habitación sin poder dormir. Aunque nunca hablamos del tema, notaba que a los demás también les pasaba.
Los de primero iban a muerte en las fiestas, pero nosotros, los de cuarto, nos manteníamos un poco más al margen. Bebíamos mucha cerveza y, como nos daba corte bailar, observábamos a las chicas del colegio privado. Eran las que mejor se lo montaban. Nosotros pasábamos un poco de todo. Al echar la vista atrás, de no ser por esas chicas del colegio privado, no sé si hubiéramos montado fiestas ese año. Habríamos echado de menos esos buenos ratos. Y habría sido una tragedia.
Durante el primer mes del último curso decidí que quería que Haley Moreland me la chupara. Estábamos comiendo pizza en el sótano de Max después del primer día de las pruebas deportivas. Nosotros no teníamos que hacer las pruebas, claro. Éramos el equipo. Pero se presentaron como treinta chicos.
—Es un grupo ambicioso —había dicho el entrenador mientras veíamos a los chicos que hacían cola para recibir los dorsales.
Sabíamos que tenía razón y estábamos preocupados. Corrían rapidísimo y lo daban todo; algunos, incluso, corrían alrededor del campo durante los descansos, para fanfarronear.
Aunque eran ellos quienes hacían las pruebas y quienes querían una oportunidad para entrar en el equipo, seríamos nosotros los que tendríamos que seguirles el ritmo, así que nos mostramos bastante duros. Les dimos caña en los ejercicios de despeje. Max la tomó con un rubio que era bastante bueno y durante todo el tiempo no dejó de decirle «pichacorta» al oído.
La verdad es que eso me molestó. El rubio podía ser un buen fichaje para el equipo y traté de que Max lo dejara en paz.
—Eres un capullo —le dije a Max durante el descanso para beber agua—. Pichacorta, menudo insulto.
Pero en realidad a todos nos hacía gracia. Y necesitábamos desfogarnos de algún modo porque, en general, era una mierda de día.
Nos dimos cuenta de lo que pasaba en realidad. Nos habíamos metido demasiadas juergas en verano. Estábamos en una forma física lamentable. El entrenador también se percató. Al final, les chocó la mano a los chicos y les dio las gracias por haber asistido. Luego dijo:
—Ahora quiero ver a los veteranos.
Todos los nuevos se marcharon con la cabeza baja y la esperanza alta. Todavía contaban con dos días más de pruebas y con varios años de instituto por delante. A nosotros solo nos quedaba un año.
—Caballeros, siéntense —dijo el entrenador.
Nos sentamos en círculo a su alrededor. Los mejores, nosotros seis, estábamos justo en medio. El entrenador nos miró fijamente.
—Hoy os habéis esforzado —dijo—. Sé que le habéis echado ganas, pero… —Cuando dejó la frase suspendida en el aire, sentí un escalofrío. Aunque yo ya sabía lo que venía después, escuché el puto discurso con todo mi corazón—. Recuerdo la presión de saber que la universidad está a la vuelta de la esquina. Y sé que esta es la mejor etapa de vuestra vida, la edad dorada.
Al oírlo me sentí algo aliviado. No era tan malo. El entrenador quería que nos divirtiéramos, que disfrutáramos de ese periodo. Me enderecé. Miré a los demás. Max y Dave, a mi izquierda, sonreían con satisfacción. Ham y Alan parecían aburridos y enfadados. A mi derecha, Richard observaba al entrenador con gesto serio y tranquilo, y asentía ligeramente. Intenté que mi cara se pareciera a la de Richard.
—Pero además quiero que seáis los campeones estatales. Y este es el último año que podéis conseguirlo.
Cuando dijo eso, fui consciente por primera vez de que quizá no ganáramos ese año, de que podían arrebatarnos ciertas cosas.
—Tengo fe en vosotros —dijo el entrenador. Sentí en el pecho frío y calor simultáneos, y los pulmones se me inflaron tanto que temí que se me saltaran las lágrimas. Eso no llegó a pasar. Pero fue una buena charla.
Entonces el entrenador nos pidió que nos marcáramos un objetivo concreto y que lo dijéramos en voz alta. Yo dije que quería que mi efectividad en los faceoffs superara el sesenta por ciento, a lo que el entrenador me contestó de corazón con un «muy bien dicho».
El entrenador lo había hecho bien. Tenía razón. Solo debía motivarnos. Aun así, nos quedamos un poco fastidiados; por eso nos fuimos a comer pizza al sótano de Max. Allí, Dave imitó la voz del entrenador y dijo:
—Establezcamos unos objetivos, caballeros.
Y fuimos uno por uno nombrando a las chicas que queríamos que nos la chuparan antes de Navidad.
Todos nombraron a tres o cuatro chicas. Max habló de cinco, dos de las cuales ya se la habían chupado, de manera que no contaban. Yo solo mencioné a Haley Moreland.
—Soy un tío de una sola mujer —dije.
Todo el mundo tenía que respetarlo. Yo no era un simple borrego que alardea de sus conquistas, sino un tío de una sola mujer.
Pero fue un error. Un par de días después, resultó obvio que lo mío estaba jodido. Haley y yo teníamos clase de Cálculo Avanzado a primera hora. Ella estaba en tercero, pero iba un año por delante en Matemáticas. Me pasé toda la clase mirándola. Se suponía que iba a chupármela. Intentaba no mirarla, pero la miraba sin parar.
Conocía a Haley desde que éramos pequeños. Su madre era amiga de la mía. Teníamos fotos juntos jugando al baloncesto con siete u ocho años. A veces hablábamos entre clase y clase. Por eso no era raro que intentara hablar con ella ese día. Tenía que conseguir que me la chupara, eso era todo. Me había enterado de que el año anterior le había hecho una mamada a uno de los de cuarto, un tipo que hacía atletismo con ella.
Pero lo que dije no funcionó. Solté una broma estúpida y ella, más que reírse, gimió. Me dieron ganas de abofetearme. Me había propuesto a Haley como objetivo porque era fácil. Y porque siempre me había gustado. Siempre pensé que era guapa. Pero cuando se alejó, sentí un nudo en el pecho y fue ahí cuando me di cuenta de que estaba bien jodido. Estaba colado por ella.
Hice el panoli delante de Haley durante varios meses hasta que tuve los huevos de pedirle salir. No quise proponerle ir al cine ni nada por el estilo para que no pensara que era un soso, así que le pregunté si pensaba ir a la fiesta de Dave.
Sería en diciembre, el último día de exámenes. Dave la había llamado la FDTF (la Fiesta Donde Todos Follan, incluido Richard).
Como es lógico, no le podíamos decir a la gente lo que significaban las siglas, así que dijimos que el FDTF era un tipo de baile.
—Pero no podemos enseñároslo —les decíamos a todos—. Es demasiado provocativo. Si lo bailamos, os pondréis a mil.
Era gracioso, pero no tan gracioso como podría haber sido. Y no solo porque Richard se mosqueara. Resultó que las bromas ya no eran tan graciosas como antes. Nuestro primer partido clasificatorio sería en marzo y mi porcentaje de faceoffs seguía rondando el cincuenta. Las solicitudes para la universidad terminaban en enero. Algunos habíamos solicitado plaza de manera anticipada y estábamos en la lista de espera. A un chico lo habían rechazado de antemano. Cargábamos con un peso en el pecho que no disminuía por muy rápido que corriéramos en los entrenamientos.
Sin embargo, había un rayo de esperanza. La FDTF sería en la casa de Dave. Era la primera fiesta en casa de Dave desde la fiesta legendaria.
Los padres de Dave ya no se fiaban un pelo de él y habían contratado a una chica de la escuela preparatoria para que cuidara la casa cuando ellos no estaban. Así que todos pusimos dinero para sobornarla y Dave le prometió que no haríamos ruido, que lo limpiaríamos todo después y que no nos desmadraríamos.
Teníamos grandes esperanzas. Queríamos que la fiesta fuera genial. Por supuesto, actuábamos como si todas las fiestas fueran siempre geniales, pero para esta hicimos que se corriera la voz. Queríamos que viniera todo el mundo. Cuando invité a Haley, ella ya había oído hablar de la fiesta, pero me dijo que aún no había decidido si iría. Me pidió que la convenciera. Le conté que habría cerveza y no un vodka normalito, sino uno bueno.
—No bebo —dijo ella.
—Vale, pero fumas hierba —contesté.
—¿Y? —preguntó.
Le expliqué que también habría un montón de maría.
—He oído que también habrá baile. Que bailaremos el FDTF.
—Bueno, habrá algún insensato que lo baile. Es un baile potente.
—¿Tú bailarás?
—Si vienes, sí.
Me sonrió con los ojos entornados, como si estuviera pensando algo, pero no dijo nada. Yo insistí:
—Bueno, ¿vas a venir o no?
Ella contestó:
—Nah, suena aburrido. —Debí de poner cara de idiota—. Es coña —dijo—. Sí que iré. ¿Podrías recogerme en coche? Pensaba ir con Georgia, pero está castigada.
Cuando llegué a casa de Haley, tuve que llamar a la puerta y saludar a su madre, claro, y su madre tuvo que repetirme doscientas veces lo alto que estaba. Me preguntó si sabía que habían elegido a Haley como joven columnista del periódico local a partir de la primavera.
—Mamá… —dijo Haley.
—La sección se llama «Panorama Juvenil» y van a pagarle y todo.
—¡Mamá! —Haley me miró con los ojos en blanco—. No es nada del otro mundo.
Volví a pensar en lo guay y lo lista que era Haley.
—Hal, venga ya, tendrías que estar orgullosa —dijo su madre.
Me pregunté si alguna vez conseguiría llamarla Hal.
—Es genial —le dije a Haley. Y lo era—. Hay que celebrarlo. ¿Quieres ir a tomar un batido antes de…?
Haley me interrumpió con un respingo.
—¿Antes de la peli? Es la sesión de las diez y media, ¿no? Tenemos tiempo.
—Claro —dije—. Antes de la peli.
Le di la mano a la señora Moreland para despedirme, cosa que le hizo mucha gracia.
—Siempre has sido un cielo, Nick —dijo.
Aún me veía como a un niño. Me dieron ganas de responderle algo, de demostrar mi valía, pero no se me ocurrió qué. Me limité a sonreír y nos marchamos.
Lo del batido resultó ser una gran idea. Me apetecía estar un rato a solas con ella. Fuimos al restaurante griego y Haley se puso a echar pestes de su madre.
—Pues parece estar muy orgullosa de ti —dije.
—Es asfixiante —contestó.
Me preguntó si mis padres también eran tan plastas. Le dije que a mí me lo parecían.
Cuando nos terminamos el batido, sentí que todo iba viento en popa. Al limpiarse la boca con la servilleta, imaginé que me la chupaba. Iba a ser estupendo. No había razones para preocuparse. Me pasé la mano por la cabeza. Me había crecido mucho el pelo. Tenía que raparme otra vez. Tenía que conseguir que Haley se colocara esa noche. Había guardado un porro para ella en una lata de Altoids dentro de la guantera. Quería que ambos tuviéramos oportunidad de relajarnos para hablar más y mejor sobre las cosas de la vida.
Dejó que pagara y me acarició el brazo cuando me dio las gracias. Al llegar a la fiesta, se fue a dar una vuelta para saludar a varios amigos, pero me dijo que nos veríamos después. Me pareció bien. Todo iba bien.
Supongo que eso sería sobre las diez. Me acerqué a hablar con Richard y le pregunté qué había pasado hasta entonces.
—Nada en especial —dijo.
Asentí y eché un vistazo alrededor. Una de las chicas del colegio privado estaba bailando sola en medio del salón. Estaba totalmente pedo.
—Oye, pichacorta, aparta de mi camino —me dijo Max al oído—. Tengo un nuevo objetivo.
Me dio una torta en el culo y pasó por mi lado para acercarse a la chica del colegio privado y bailar con ella. Levantó las manos a su lado, pero sin tocarla. Despacio, como si tocara gelatina.
—¿Y tú qué? —le pregunté a Richard—. ¿Algún objetivo para esta noche?
Lo dije de forma animosa, sin juzgar. Richard era mi amigo más antiguo, pero siempre me pregunté si sería gay. No es que se comportara como si fuera gay, pero nunca daba un paso al frente.
—Esperaré a ver qué surge —dijo. Que era lo que siempre decía. Que era la razón de que nunca se hubiera enrollado con una chica. Las chicas no surgían. Aunque yo no fuera un experto, eso lo sabía cualquiera.
—Guay, tío —dije.
Ambos le dimos un sorbo a la cerveza. Tampoco podía juzgar a Richard, ya que Haley estaba en la otra punta del salón y yo aún no sabía qué le iba a decir cuando me acercara para hablar con ella otra vez.
La fiesta estaba bien. Por supuesto, no era legendaria. Dave se acercaba a la gente para hacer bromas sobre la FDTF y para que tomaran chupitos. Algunas de las chicas del colegio privado iban borrachas como piojos. La chica que se había puesto a bailar paró por fin, incapaz de mantenerse en pie, y tuvo que sentarse. Se reía con los ojos cerrados mientras Max le acariciaba el hombro en el sofá. (Supongo que él era la excepción: a Max sí le surgían las chicas.)
La mayoría de la gente se limitaba a hablar. Me di cuenta de que me había quedado apartado de tanto observar. Sentí de nuevo esa urgencia, como si estuviera dejando pasar el momento. Decidí que mi vida no sería así. Fui a buscar a Haley.
Haley estaba hablando con algunas chicas del colegio privado. Le toqué el hombro. Cuando se dio la vuelta y vio que era yo, sonrió. Dije algo, no recuerdo qué. Luego salimos por detrás de la casa de Dave y nos quedamos junto al bosque. Íbamos a sentarnos, pero el suelo estaba tan frío que cogí un par de cojines de las sillas del porche y Haley se puso a mi lado, tan cerca que su manga de la chaqueta rozaba la mía. Cuando saqué el porro de la bolsita de plástico que estaba dentro de la lata de Altoids, Haley dijo que ella no necesitaba más que una calada para colocarse.
—Siempre paro después de la primera calada. Así que es tu día de suerte, Nick. Voy a salirte barata.
Le encendí el porro. Tal y como dijo, le dio una calada y me lo devolvió. Me puso como una moto en todos los sentidos. Le di una calada. Ella exhaló y el humo le rodeó la cara. Apoyó la cabeza en los brazos, encima de las rodillas, y su cuerpecillo se plegó. Haley hacía que me dieran ganas de irme de viaje en tren por Europa. Era corredora de larga distancia. Representante estatal. Me di cuenta de que en ella todo era así, que solo hacía falta una buena calada. Correr para siempre. Deseé que se relajara. Y deseé parecerme más a ella.
Habló de lo que pensaba mientras corría. Corría durante horas. Tuve que preguntarle algo, porque me contestó:
—No, no es soledad. Es paz.
