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Una casa nueva. Un hijo con ganas de salir adelante. Una madre rota que intenta recomponerse. Todo parece empezar de cero… hasta que el pasado comienza a susurrar desde las sombras. Una llamada desde el cielo (¡crac!) es el retrato sincero de una relación entre madre e hijo que, en medio del dolor, la soledad y las facturas por pagar, se enfrenta a lo inexplicable. Rodolfo busca trabajo. Catalina intenta sobrevivir al vacío que dejó Santiago, su marido. Pero hay noches en las que la luz se apaga sola, el frío entra sin permiso y una voz, una sola palabra, lo cambia todo. Aleix Brotons Sanchiz camina entre lo cotidiano y lo extraordinario, entre la crudeza de la realidad y el temblor de lo invisible. Construye una historia donde lo espiritual no es consuelo fácil, sino pregunta abierta. Porque a veces, lo extraordinario se cuela en lo cotidiano sin pedir permiso, solo para recordarnos que aún estamos a tiempo.
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Seitenzahl: 324
Veröffentlichungsjahr: 2025
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© Derechos de edición reservados.
Letrame Editorial.
www.Letrame.com
© Aleix Brotons Sanchiz
Diseño de edición: Letrame Editorial.
Maquetación: Juan Muñoz Céspedes
Diseño de cubierta: Rubén García
Supervisión de corrección: Celia Jiménez
ISBN: 979-13-7012-985-9
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.
«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».
«Pasado el tiempo sigo igualA veces, pienso que he perdido la cabezaY, algunos días sin razónYa ni me late el corazónEn esta cárcel de rencor».
Canción: Miro la vida pasar (Fangoria).
«Ni siquiera la gente que quiere ir al Cielo
quiere morir para llegar allí».
Steve Jobs.
PRÓLOGO
Hay ausencias que no se llenan, solo se aprenden a habitar.
Esta es la historia de una madre que intenta seguir con su vida —como puede— y de un hijo que aún busca su lugar en un mundo que no le ha dado tregua. Pero también es, sin pretenderlo, una historia sobre lo que ocurre cuando la realidad se quiebra apenas un milímetro… lo justo para que se cuele algo que no entendemos.
No hay fuegos artificiales aquí. Solo una grieta. Un crujido. Una llamada. Y todo cambia.
Lo que Aleix Brotons Sanchiz logra en estas páginas es difícil de definir. A primera vista parece una historia sencilla, doméstica, incluso silenciosa. Pero a medida que avanzamos, algo se remueve. Porque Una llamada desde el cielo (¡crac!) no se sostiene solo sobre lo que ocurre, sino sobre lo que late debajo: la ausencia de un padre, las deudas de lo no dicho, los ecos que deja la muerte… y las formas inesperadas que tiene la vida de recordarnos que no estamos tan solos como pensábamos.
Aleix no escribe sobre fantasmas, lo hace sobre el amor que sigue presente, incluso cuando ya no hay cuerpo que lo sostenga. Sobre la fragilidad de las personas fuertes. Y sobre cómo lo inexplicable, a veces, llega no para asustar, sino para acompañar lo que todavía no hemos sabido soltar.
Quizá por eso duele. Y quizá por eso también consuela.
ÍNDICE
PRÓLOGO 9
1. NUEVO HOGAR 5
2. EL ADIÓS DE SANTIAGO 13
3. MALDITO DÍA 21
4. SOLA 29
5. SIN PAPELES NI TRABAJO 37
6. HELOR 43
7. DESESPERACIÓN LABORAL 49
8. AUTOPSIA 53
9. SI LA VIDA ES SUEÑO… 57
10. MALDITOS NERVIOS 61
11. ADAPTACIÓN 67
12. FAMA 71
13. DUDAS 77
14. COMO UNA FLECHA 83
15. RECUERDO 89
16. MEDICAMENTOS 93
17. LA VERDAD 99
18. EL SECRETO 105
19. NOCTURNIDAD 109
20. CONTROVERSIA 113
21. CORREO INDESEADO 119
22. TRAS UN BELLO SUEÑO 123
23. TIEMPO AL TIEMPO 127
24. UN BUEN ABRAZO 131
25. RUMBO AL BANCO 135
26. LA ÚNICA SOLUCIÓN 143
27. LA CAJA FUERTE 147
28. UNA CENA DIFERENTE 151
29. TESORO 155
30. DESPEDIDA 159
31. NEGOCIO RECÍPROCO 161
32. IMPOTENCIA PATERNAL 167
33. LÍNEA PERFECTA 173
34. MANO FRÍA 177
35. TAROT 181
36. COMO UN PACIENTE 185
37. LLAMADA INOPORTUNA 189
38. CELESTINA 193
39. SOLO EN CASA 197
40. EL JUEGO DEL COLOR 201
41. ORGULLO MUDO 207
42. LUGAR SEGURO 211
43. ÚLTIMO TRAGO 213
44. EXPLICACIÓN 227
45. HUMOS 221
46. BUEN PLAN 225
47. LA AYUDA DE SOFÍA 229
48. SANO Y SALVO 233
49. MAGNÍFICO DÍA 239
50. LA PRUEBA DEL DELITO 243
51. A SOLAS 245
52. LA PRIMERA VEZ 251
53. LA LISTA 255
54. PRISAS 259
55. GRACIAS 263
56. SINIESTRO 267
57. OSCURA CONFESIÓN 271
58. DOBLE MORAL 275
59. CAMBIO DE SENTIDO 281
60. CONSUELO 287
61. VELATORIO 291
62. ENTIERRO 295
63. DESPUÉS 299
64. AUMENTO 303
65. CAMBIO 307
66. SOLEDAD 311
67. BUENA DECISIÓN 315
68. PRESENTIMIENTO 321
EPÍLOGO 325
AGRADECIMIENTOS ESPECIALES 329
1. NUEVO HOGAR
Únicamente el poder de su madre le reconfortaba y le llenaba de estabilidad. Encontraba en su madre a una verdadera amiga. Era un chico muy constante. Sabía que no podía estar obligado por nadie, solo por la que le trajo al mundo, y esta a su vez, no se aprovechaba en tal caso. Al contrario, lo animaba e intentaba que saliera de esa especie de círculo que se había creado él mismo que con el paso del tiempo se transformó en una especie de escudo indestructible.
«El amor de una madre es lo más grande del mundo», pensaba cada día que pasaba desde cualquier recoveco de su cabeza, y el cual, no estaba muy equivocado. Pero, solo el hecho de ser su hijo, llegaba a veces a agobiarla o a emborracharla con sus conversaciones. Algo que para su madre no estaba de más y nunca reconocería, ya que nadie podía estar entre madre e hijo.
Compraron juntos una casa de planta baja, en la que solo por ver la fachada podría decirse que eran gente de sociedad media-baja, con un color beige en lo alto y un gris muy claro en el resto. Además de la puerta de entrada, constaba la casa con una mediocre fachada con dos ventanales uno a cada lado. Lo bueno de esta casa de casi ochenta metros cuadrados era que en la parte trasera tenía una especie de patio con un pequeño jardín. La compraron por menos de lo que valía realmente, debido a que fue una «ganga» cedida por clientes morosos de un banco nacional.
Antes de eso no vivían mal, aunque les faltaba alguna comodidad, pero no les importaba demasiado. En la casa invirtieron todo lo ahorrado durante años.
—¿Crees que hemos hecho bien, madre?
—No nos queda otra alternativa. Debemos cambiar de página, cuanto antes.
—Sí, madre.
—De donde venimos, no nos echarán en falta. Te lo digo yo.
—Entonces… digamos que es una nueva etapa en nuestra vida.
—La segunda, hijo mío. La primera desde que murió tu padre, que nunca superaré… y la segunda, esta nueva vivienda. Esperemos que nos ayude a salir hacia delante. No nos queda mucho dinero ya. Lo hemos invertido todo aquí, y aún debemos hacer alguna remodelación.
No tenían otra opción. Estaban contentos por la nueva adquisición, pero aún no habían visto el interior de la casa desde que la compraron. No sabían lo que se iban a encontrar dentro. Desde su casa antigua hasta su casa nueva había un buen trayecto, y estos no poseían coche alguno. Tampoco tenían carnet de conducir. Lo hacían todo andando, de un lado a otro.
—¿Estás listo para entrar, Rodolfo?
—Sí, madre. Más vale tarde que nunca.
No se lo pensaron dos veces e introdujeron la llave en el pomo. Doblaron la llave hacia la derecha. Costaba bastante empujar la puerta. No sabían cuántos años habrían tenido sus anteriores propietarios la puerta cerrada a cal y canto. Ya empezaban a intuir todo lo que habría dentro: muebles viejos cubiertos de sábanas blancas, polvo por doquier y ratas en los rincones en donde los zócalos ya no hacían tanto su función.
—¡Madre mía…! Sí que cuesta abrir.
—A ver déjame a mí, Rodolfo. No insistas. Más vale maña que fuerza.
—Está bien.
Rodolfo se apartó con un suspiro de desesperación, y dejó el hueco oportuno a su madre que estaba ansiosa de ver qué había dentro de dicha casa.
—Solo hace falta que haga el típico ruido de las casas de terror…
La madre del joven lo miró con descaro.
Sacaron de nuevo la llave, y la volvieron a introducir. Esta vez, la mujer vio que se iba a quedar atascada cuando con un golpe seco de muñeca a estilo karate, la puerta se abrió lentamente.
—Bueno, lo importante es que está abierta. Entremos a ver qué hay. Me parece que tenemos los dos mucho trabajo para adecentar todo esto.
La primera impresión que dio la casa fue totalmente nefasta. Desde la puerta principal hasta el interior de la casa, donde parecía que hubiera una especie de cuarto, se introducía a través de la ventana tapiada un pequeño rayo de luz, donde parecía que tuviera más luminosidad que en cualquier otra hora del día.
Al entrar el olor era insoportable, apenas había transpiración.
—Huele a cerrado. Encendamos las luces…
Poco a poco, fueron adentrándose en la casa. Estaban a punto de abrir las ventanas de la habitación más cercana a la puerta principal, cuando se les rompió el tirador.
—¡Vaya, empezamos bien!
—Tranquilo, Rodolfo. Ya verás cómo nos acostumbraremos. Al principio todo cuesta.
Recorrieron habitación por habitación. Habían comprado a ciegas y ahora era el momento de enfrentarse con su presente. Los dos solos como tantas veces, pero en una casa en la que debían pasar la primera noche.
—Seamos sinceros, madre…
Catalina se puso nerviosa al oír a su hijo. No pensaba que la casa iba a estar tan degradada, gracias al paso del tiempo. Se agachó al suelo y se puso a llorar de forma desgarradora. Estaba tan harta de ver cómo les trataba la vida, de ver cómo lo habían pasado y ahora debían empezar de cero. Se puso las manos en la cara, y lloró desconsoladamente.
—Madre… no era mi intención.
—No es culpa tuya, sino mía.
—Poco a poco, madre. Ya verás cómo sí. Ahora lo vemos todo negro. Será mejor que pongamos manos a la obra y cuanto antes.
—Abrázame, hijo. Te necesito. Si no fuera por ti…
—Debemos ver dónde vamos a dormir. Desempolvemos y adecentemos un poco este sitio y…
Los dos hicieron lo oportuno. Se pusieron a trabajar después de haber inspeccionado toda la casa. Debían decidir qué era lo que valía dentro de la casa. Sacaron las sábanas de todos los muebles, y cada vez era peor, puesto que los muebles y enseres eran antiguos.
—Estas reliquias no las quieren en ningún sitio. Debemos desprendernos de ellas.
—De momento no, Rodolfo. No tenemos tanto dinero. Acomodémonos con lo que hay. Eso sí, hay que limpiar. Cuando pase algo de tiempo, decidiremos qué debemos tirar a la basura y qué no. Pero ahora que estamos ya aquí, hay que hacer dos cosas importantes: la primera y principal, echarle aceite a la cerradura y ver qué le pasa a la puerta; y después, quitar el cartel de «SE VENDE» de la reja.
—Perfecto, madre. Aún tenemos suerte de que tengamos luz y agua.
—Qué menos… pero ahora que me lo has dicho, debemos abrir los grifos para que corra bastante el agua. Las tuberías deben de ser viejas.
Apenas comieron nada en el día entero, ni merendaron haciendo cosas en su nueva casa. Cuando terminaron la habitación donde dormirían, comprobaron las camas y fueron espolsadas en plena calle. Al igual que la habitación fue desinfectada con agua y lejía.
—Estoy empezando a tener hambre.
—Yo igual, hijo.
La noche ya empezaba a caer y sabían lo que iban a hacer prácticamente hasta la hora de dormir. Seguir limpiando y sacando polvo por donde lo hubiera. Pero antes de ponerse otra vez más a limpiar, cogieron una mesita pequeña y se sentaron alrededor. Catalina abrió un par de latas de comida, en este caso, albóndigas en salsa con guisantes verdes. En sus pequeños enseres que se habían traído, habían cogido algo de pan de molde, junto con un poco de leche para el día siguiente, y poco más.
Rodolfo y Catalina se disponían a comer tranquilamente.
—Los anteriores propietarios también han dejado utensilios de cocina.
—Está claro. Lo más seguro es que los propietarios serían mayores…
—¿Y no tendrían descendencia?
—Creo que no… —opinó Catalina entre bocado y bocado—. Nos queda poco dinero.
—Ya lo sé, madre. Soy joven, me pondré a trabajar duro.
Cuando terminaron de cenar, madre e hijo descansaron más de la cuenta. Tanto fue así que Rodolfo se quedó durmiendo una vez probó la cama. Pero a pesar de que fuera dura, el día lo había sido más todavía. Catalina también se sentía estupefacta. No paraba de toser, por tanto polvo que había tragado. Cerró la puerta con llave, y se dirigió a su cama de muelles, al lado de su hijo que roncaba. Apagó la luz, e intentó dormir.
El primer día no fue tan deseado como hubieran querido. Seguían durmiendo los dos, Catalina en posición fetal, y Rodolfo, bocabajo. Hacía frío. Lo único que podía ayudarles esta vez eran las mantas antiguas que estaban guardadas. Era un frío muy seco, que se entraba por la garganta y les hacía respirar mal.
Tanto los nuevos inquilinos como la casa dormían. Había algún pequeño ruido en plena noche. Pero ni a madre ni a hijo les atemorizaba, puesto que podían ser gatos correteando por encima de las tejas de la casa.
Era obvio que Rodolfo podía mantener en su cuerpo el helor, pero llegó un momento en el que Catalina abrió los ojos y vio que estaba titiritando más de la cuenta. No se llegaba a habituar a estar a tan pocos grados.
Escuchaba la respiración de su hijo durante pocos minutos en la noche. Estaba decidida a quedarse dormida. Estaba todo oscuro. Sabía que, si estaba su hijo en la otra cama, Catalina estaría protegida. No había nada de lo que preocuparse, lo único que quería en esos momentos era un poco de aire caliente, como el de la estufa.
De momento su hijo cambió de posición y se puso bocarriba. La respiración fue más intensa, aunque algo entrecortada. De repente, a Catalina se le ocurrió despertarlo llamándolo por su nombre, algo que después de pensar se arrepintió.
Más tarde tuvo que pensar en la táctica de pensar en cosas calientes, ya sea fuego, desiertos o el propio sol, para que finalmente le venciera el sueño. Catalina tuvo suerte, no había nada más importante que autoconvencerse de que iba a dormirse. Finalmente, lo consiguió.
—Madre…
Abrió los ojos de golpe. Parecía que Rodolfo la llamaba en voz baja. Pero se percató de que seguía con la misma respiración de minutos atrás. No fue capaz de entender nada.
—Dime, Rodolfo. ¿Estás despierto…? —preguntó Catalina, con un tono más alto.
Pero su hijo seguía sin responder. Estaba dentro de su profundo sueño, aunque su cama fuera también incómoda.
2. EL ADIÓS DE SANTIAGO
Desde que su marido murió, Catalina no era la misma. Si ya de por sí no era una chica muy social en su juventud, el haberse casado con el amor de su vida y que este se fuera tan temprano la trastocó tanto que tuvo que experimentar una crisis nerviosa severa de las que jamás desearía a ninguno de sus enemigos. Pasaron años para superar la muerte de Santiago. La culpa de dicha superación fue unas pequeñas pastillas blancas que la dejaban en su sitio, llamadas venlafaxina, que también hacían su función en quitarle parte de ansiedad de no poder volver a ver a su estimado marido.
—¡Se lo ha llevado todo! Incluso mi corazón… —señaló Catalina el día del entierro de Santiago Izquierdo.
Este hombre sufría desde siempre dislexia. Nunca trató de ser nada importante en la vida. Lo único que quería era trabajar. Sabía que, gracias a eso, podría obtener dinero. No aspiraba a nada. Uno de sus sueños más especiales era tener una familia. Santiago decía que no quería morirse sin tener descendencia. Comentaba entre sus amigos, que se iría pronto al «otro barrio», que no sabía por qué, pero sentía una corazonada que le hacía pensar en ello. Exactamente no sabía el día de su muerte, solo sabía que no llegaría a viejo.
En una de las veces que intentó conocer a chicas, Catalina Narváez cayó en sus brazos como una auténtica colegiala. A punto estuvo de dejar la escuela para ponerse a formar una familia. El flechazo fue instantáneo. Ella, más que él, sabía que eran el uno para el otro.
Al cabo de dos años de relación decidieron casarse de forma humilde. Su pequeña economía no les permitía más y con voces de aviso de que pronto serían padres, ya que Catalina anunció de forma accidental a una de sus amigas más íntimas que probablemente estaría en estado. Su amiga no tuvo otra cosa que hacer mejor que airear dicho cotilleo por todo el vecindario, lo cual hizo desengañar totalmente a Catalina.
El joven matrimonio optó por seguir el juego de lo que decían y dejaban de decir. Tenían más que claro que no era nada malo traer a alguien al mundo, aunque fuese de «penalti». Así que continuaban dando la razón a aquellos que seguían proclamando a los cuatro vientos que Catalina tendría un hijo antes de lo previsto. Nadie podía acallar los rumores.
Catalina jamás se enteró del gran secreto de Santiago. Fue algo que el marido se llevó a la tumba consigo. Obviamente ninguna persona sobre la faz de la tierra sabe el día de su muerte, siempre con la excepción de que uno no tenga ya una enfermedad crónica degenerativa, la cual este no padecía. Pero Santiago Izquierdo tenía un don intuitivo bastante efectivo. Fue tal la efectividad que, al cabo de unos diez años de su propio enlace matrimonial, y Rodolfo ya revoloteando por sus vidas, falleció sin dar explicaciones a nadie.
A mediados de un fatídico octubre, fue a su trabajo como cada jornada laboral. No estaba de muy buen humor, pero sí tenía las fuerzas suficientes como para poder terminar con sus tareas en una fábrica de textiles. El trabajo era rutinario. De pronto, notó cómo una de sus manos se quedó inmóvil. Notaba que esta no respondía. Estaba flácida. Inerte. Sin vida.
—Qué me pasa…
Santiago levantó el brazo, pero su mano seguía en el mismo estado. Se empezó a preocupar al ver que después de un cuarto de hora no reaccionaba. Dejó de hacer lo que hacía y se dirigió directamente al encargado de la fábrica. Este tampoco entendía qué le estaba sucediendo, pensaba que era una broma de mal gusto.
—Necesitas ver un médico —añadió el encargado después de ver que podía ser verdad.
No tardó mucho tiempo en ir a acudir a urgencias, pero fue en vano. Cuando tocó el timbre para que le dejaran entrar al centro se desvaneció por completo cayendo al suelo de forma estrambótica. El enfermero que estaba de guardia no pudo hacer nada por salvarle la vida, intentaron con todo tipo de artefactos para que recobrara la conciencia. Dieron por hecho que había sufrido un infarto al corazón. La autopsia dictaminaría su resolución.
Sobre el mediodía, Catalina y Rodolfo continuaban con los deberes impuestos por la profesora de la escuela. Solían estudiar juntos. Catalina ayudaba con sus trabajos ya fueran manuales o de usar la cabeza más de la cuenta. A Catalina siempre le había gustado leer, fuera lo que fuera. Practicaba mucho con los pasatiempos: sopas de letras, sudokus y todos esos tipos de ejercicios para agudizar el intelecto. Desde pequeña seguía enganchada, y solía hacerlos gracias a las revistas del corazón que su madre compraba casi todas las semanas.
Recibió una llamada al domicilio desde el ambulatorio. Donde con mucha delicadeza intentaron por todos los medios comunicarle dicho percance.
—¿Señorita Catalina Narváez?
—Sí, soy yo. ¿Quién es?
—Llamo del centro de salud. Siéntese, y escúchenos un momento. Sabemos que es muy complicado lo que le vamos a comunicar. Ha sido realmente terrible todo lo que ha pasado esta mañana justo aquí, y usted…
—No le entiendo. ¿Qué sucede? Me estoy empezando a preocupar…
—Es mejor, señorita Catalina, que venga al centro de salud.
—No. Lo siento, estoy con mi hijo… ahora no puedo dejarlo solo.
La mujer no se lo estaba poniendo nada fácil a los auxiliares de clínica.
—No tengo otra opción que decírselo desde aquí. Su marido Santiago Izquierdo ha fallecido esta mañana cuando intentaba entrar a urgencias.
Los ojos de Catalina se abrieron como platos. No podía ser cierto lo que sus oídos estaban escuchando. Todo era una mentira. La peor de las bromas.
—¿Cómo puede ser…? Mi marido está trabajando toda la mañana. Le he preparado yo misma con mis manos el almuerzo y la comida… Vendrá alrededor de las seis de la tarde, como siempre.
—Ya no volverá. Lo siento. Venga al centro de salud. Se lo digo de verdad…
—¿Qué pasa, mami? —preguntó inocentemente Rodolfo esperando a que terminara la conversación telefónica para continuar con los deberes.
—Nada, hijo. Es posible que te tenga que dejar con la vecina un momento —añadió la madre a su hijo al mismo tiempo que iba a confirmarle que iba a ir a ver lo ocurrido—. Está bien. En diez minutos estoy ahí…
—Lo…
Antes de terminar con la disculpa del auxiliar de clínica, Catalina ya había colgado el teléfono fijo. Sonó tan fuerte el golpe al dejar el teléfono que Rodolfo se asustó mirándola fijamente.
—Te voy a dejar con la vecina, Rodolfo. Ahora quiero que te portes bien, vendré dentro de poco… Haz los deberes, y lo que no sepas te lo dejas en blanco. Esta tarde te ayudaré a rellenar los huecos, ¿te parece bien?
—Sí, mami.
Dejó a su hijo con la vecina de abajo, con la que tenía más confianza. Doña Rosaura, que le doblaba la edad, siempre la ayudaba en ocasiones extraordinarias como esta.
—Es solo un momento, es una falsa alarma, Rosaura. Vendré enseguida. O eso espero.
—¿Que ha pasado?
—Dicen que Santi ha muerto en el centro de salud. Yo no me lo creo. Ayer estaba como un jilguero jugando con Rodolfo. Además, yo no lo vi en mal estado. No sé…
—Está bien. Ve, niña, y compruébalo. Pase lo que pase, tienes mi móvil.
—La llamaré si ha pasado algo malo.
Rosaura acogió a Rodolfo en su casa. Le preguntó si quería algo para beber, para que el niño no se sintiera del todo incómodo. Le ofreció un asiento en su sofá de color marrón a juego con la mesa central, mientras la mujer seguía viendo su telenovela preferida desde el otro sillón.
—Tranquilo, Rodolfo. Tienes una edad que aún no lo comprendes casi todo. Tu madre vendrá en cuanto pueda.
—Gracias, Rosaura.
—De nada.
—¿Te has traído algo de deberes?
—Sí, Rosaura.
—Pues sigue. Eso sí, yo ya soy mayor, no me preguntes…
El niño estaba repasando los deberes. Al levantar la cabeza para ver lo que hacía su vecina, pudo contemplar que se había quedado dormida. Tuvo que toser para que se despertara de ese sueño pasajero. Enseguida abrió los ojos.
—¡Uy, la telenovela…!
—Ya he terminado con los deberes…
—Bien, chico, bien.
Rosaura miró rápidamente el móvil. No había llamada, como tampoco llamada perdida.
—Mala señal.
—¿Cómo? —preguntó Rodolfo inquieto por no saber qué hacer ya.
—Nada. ¿Quieres ver la telenovela que estoy viendo?
—Vale —afirmó inocentemente.
—Trata de…
Iba oscureciendo el día. Rosaura miraba por la ventana de la habitación donde seguían los dos y la tarde ya estaba a punto de pasar. Miraba el móvil a cada poco tiempo, y no recibía ningún tipo de señal de Catalina. La situación comenzaba a ponerse dramática.
—A estas horas es cuando papá siempre viene a casa.
Rosaura lo miró, y se le llenaron los ojos de lágrimas. No podía contenerse más. Pasaba el tiempo y la experiencia de la vecina le vaticinaba la peor de las situaciones. Nada bueno para la familia Izquierdo Narváez.
Después de dos horas en las que la respiración de la vecina estaba tan quebrada como la futura vida de Catalina y su hijo, sonó el móvil de Rosaura.
Ring, ring.
La vecina se puso tan nerviosa que casi se le cae el móvil de las manos. Miró directa y fijamente a Rodolfo y le dijo:
—Es tu madre.
Seguidamente descolgó la llamada.
—Catalina, ¿qué ha pasado?
—Es verdad, Rosaura.
Y empezó a llorar a lágrima viva, como si no hubiera un mañana. Estaba tan descolocada por la situación que no pudo articular más palabras durante un buen rato donde su vecina solo intentaba consolarla, aunque fuera en vano. Al final, pudo decir entre jadeos:
—Quédese con Rodolfo. En cuestión de una hora, voy a por él. Realmente no saben de qué se ha muerto. Van a hacerle la autopsia. Hasta que no venga…
—No me lo puedo creer…
3. MALDITO DÍA
Durante mucho tiempo, más del debido, pusieron en una lista lo que era lo más importante a la hora de empezar a hacer en la casa nueva. Había que poner un buen termo para ducharse, acondicionar la sala de estar, comprar como mínimo un microondas y una estufa de luz, ir al supermercado más cercano para las pequeñas cosas cotidianas. Más tarde ya habría tiempo de empezar a pintar, cambiar alguna instalación que otra, y así, paso a paso.
—No tenemos prisa, hijo. Lo más importante es que hagamos lo primordial, y que esté todo limpio y aseado.
Rodolfo asentía con la cabeza mientras miraba el papel con la lista de las cosas más importantes.
—¡Ah! Muy importante: quiero que empieces a buscar trabajo.
—Sí, mamá. Creo que va a ser lo mejor. Los meses van pasando, y tú sola no puedes llevarlo todo.
—Por eso mismo.
No podía negarse que Rodolfo era hijo de Santiago, aparte del físico también se parecían en la forma de pensar y en la de hacer las cosas. Trabajar en lo que fuera para ganar dinero, y de esta manera obtener buenas cosas en un futuro.
Para empezar a encontrar trabajo, uno debe estar dispuesto a trabajar y tener ganas. Hay que aportar energía, fuerza y tiempo, para que la empresa te aporte económicamente. Por eso mismo, empezó a preguntar por todo el polígono municipal donde él creía que tendría más suerte, antes de mirar por comercios. Tocar a puerta fría en las oficinas no era muy difícil, claro que no, lo complicado vendría después… ofrecerte para trabajar y que te rechazaran a las primeras de cambio. Ahí vendría lo peor. Tanta negativa podría dañar la autoestima del desempleado.
En el polígono industrial llamado Las Tierras Verdes había fábricas de todo tipo. Se acercó a preguntar donde su padre dejó su puesto para irse detrás de una lápida. Era cruel, y Rodolfo lo sabía. No sabía cómo hacerle pagar a su padre lo mucho que le echaba de menos. Justo ahora que no estaba. Tocó en la puerta de la fábrica de textil, y habló con la secretaria por el telefonillo:
—Hola, soy Rodolfo Izquierdo. Estoy buscando trabajo.
—Hola. Deja el currículum en el buzón. Gracias.
—Perdona, soy hijo de Santiago Izquierdo. Trabajó aquí hace ya algún tiempo.
—De eso ya ha pasado diez años, su puesto está ocupado.
—Si me dieran una oportunidad… Soy como mi padre.
—No puedo garantizarte nada. La cosa está bastante mal.
—Vale. Pero… no tengo currículum, no tengo ordenador.
—Hazlo a mano, y lo dejas mañana en el buzón, ¿vale?
—A mano… —añadió Rodolfo sin entusiasmo al terminar la conversación.
Hubo un pequeño pitido al colgar el auricular.
Fuera donde fuera, iban a pedirle el dichoso papel con sus datos personales y su experiencia. Pero no desistió tan fácilmente. Sabía que sería difícil, o más bien, inconscientemente debería intentarlo, aunque obtuviera siempre un «no» como respuesta.
Para colmo de los colmos, fue andando y volvió del polígono con el rabo entre las piernas. Su madre no se pondría muy contenta de ver cómo el primer día de búsqueda a Rodolfo le había salido todo mal, y acabó frustrándose. Al llegar a casa, se acercó a Catalina, le dio un beso en una mejilla mientras su madre estaba limpiando a fondo la antigua cocina. Tenía en sus manos guantes de nitrilo y estaba pringada de arriba abajo.
—Rodolfo, mírame.
—No preguntes, mamá.
—Eso quiere decir que ha salido mal.
—Mal, no. Horrible.
—Es el primer día, ¿qué esperabas? Las cosas cuestan lo suyo.
—Ya, pero me han dicho algo de un currículum.
—¿Qué es eso? —preguntó al oírlo Catalina por primera vez en su vida.
—He ido donde papá trabajaba y me lo han dicho lo mismo. ¿Qué quieres que haga?
—Y, ¿cómo te han atendido?
—Regular. Han pasado de mí olímpicamente.
—¡Qué raro! Con lo que hizo papá por esa fábrica. ¡Qué poca consideración! Mirándolo mejor, haz ese currículo, o como quiera Dios que se llame, y entrégalo allí donde quieras.
Rodolfo no miraba a su madre muy convincente después de haber pasado toda la mañana buscando trabajo.
—Siempre puedes hacer lo que te han pedido y hacer fotocopias, ¿no? —aconsejó Catalina a su hijo, a punto de tirar la toalla.
De repente la mirada de Rodolfo empezó a brillar mientras su madre seguía limpiando todo aquello que veía sucio. Pero pronto se le desvaneció al pensar que no tenía ordenador, con lo cual, apartó ese pensamiento tan negativo de su cabeza. No quiso sentirse un fracasado por partida doble. Volvió a mirar a su madre cómo limpiaba a fondo, y resurgió animándose de ese maldito día.
Santillana del Camino, o también llamada Camino por sus ciudadanos, estaba situada en la falda de una de las montañas más altas de toda la región. Antiguamente figuraba un sendero que bajaba desde la cima hasta el valle. Fue creado por las idas y venidas de los pocos que empezaron a edificar esta pequeña aldea. Subían a la montaña para refugiarse en las cuevas que había en la ladera cuando hubo guerras, al igual que les servía para dejar allí productos perecederos, para que no se echasen a perder. Conforme fueron pasando las generaciones el pequeño sendero se convirtió en camino, gracias a esto, la bautizaron como tal.
Adelante en el tiempo, llegó el día en que un arzobispo decidió llamar a la aldea Santillana, puesto que también empezaron a recibir a gente de prestigio o nuevos ricos. Lo que provocó una gran conmoción entre los habitantes. Al cabo del poco tiempo, se formó tal y como se conoce Santillana del Camino.
No llegaba a ser más que una pequeña población en la que sus habitantes solo quieren vivir en tranquilidad.
No había mucho trabajo, pero justo el necesario para sus habitantes y para las pedanías limítrofes del contorno de la comarca. Lo más moderno que poseía Santillana del Camino era el polígono y su mercado central. El ayuntamiento y la iglesia se remontaban hacia el siglo XVII con su arquitectura románica. Claro que hubo una pequeña evolución, necesaria para no perder la esperanza; se trató de su economía, la cual dependía del sector textil, es decir, el algodón y la lana.
Ni que decir tiene que los caminenses disfrutaban en la pequeña Plaza Mayor del pueblo. Ubicada en el centro, donde celebraban festejos, mercadillos, e incluso, ferias de todo tipo en los que se fomentaba la buena relación entre todos sus ciudadanos.
Algunas de las habitaciones estaban vacías completamente y otras estaban todas llenas de trastos. Eran tan humildes que tuvieron que pedir prestados a su exvecina Rosaura una estufa de luz, un microondas y alguna que otra cosa más. A la mujer no le importó en absoluto, puesto que estaba dispuesta a ayudarla en todo lo que pudiera. Catalina nunca había sabido agradecerle de una manera sincera a Rosaura lo bien que se estaba portando con ella desde siempre, o mejor dicho, desde que faltó su marido. En los años venideros a su muerte, siempre estaba ahí para apoyarla.
Se estaba haciendo tarde ya y los cuerpos de madre e hijo estaban cansados. Decidieron tomar algo para cenar y pronto ir a acostarse.
—Esperemos que no pasemos tanto frío como la pasada noche, hijo.
—Yo dormí bien, no pasé nada de frío. Pero eso sí, la cama podía ser mejor… lo digo por los muelles.
—Hace tiempo que sé que cuando te duermes lo haces como un yunque, de lo profundo que puedes llegar a dormir.
—Es cierto, pero hoy al contrario que ayer tenemos la estufa —sugirió Rodolfo.
—Sí, gracias a Rosaura. ¡Qué bien se porta con nosotros!
—Es un alma cándida. Siempre ha estado ahí, desde ya sabes qué… —dijo Rodolfo refiriéndose al día que su padre murió.
No quería sacar el tema y hacer que Catalina se acostara recordando a su marido y se pusiera a llorar al pensar todo aquello.
—Sin embargo, soy consciente de que papá desde el lugar en el que esté estará viéndonos.
—¿Tú crees que estaría contento de haber dejado la casa antigua y haber venido a esta?
Ahora que había sido Catalina la que había hablado de Santiago, Rodolfo quiso preguntar todo aquello que no pudo, o no quiso, o no habían sacado tal conversación desde hacía mucho tiempo. Siempre intentaban no ponerse tristes al pensar en todo aquello. Pactaron intentar seguir adelante, aunque quedaran cosas en el tintero.
—No te lo podría decir, Rodolfo. A veces las cosas materiales no valen, solo el sentimiento que pones en ellas es lo que más valor tiene. A tu padre sigo teniéndolo en el corazón y espero que esté mucho tiempo…
Rodolfo miraba a su madre con ternura mientras hablaba.
—… Será mejor que nos acostemos ya. Se va haciendo tarde.
—Sí, madre.
—Tu padre estaría orgulloso de nosotros.
A Catalina se le conmovieron tristemente los ojos. Su hijo quería evitar por todas las maneras que llegara a llorar.
—¿Ves? Por eso no me gusta hablar de papá. No me gusta verte llorar. Ya pasaste mucho en su día, ahora va llegando el momento de que empieces a vivir.
—Vale, Rodolfo.
Pero sabía exactamente que le dio la razón para que dejaran de hablar del tema. Comenzaron a apagar las luces de toda la casa y se dirigieron a la habitación donde se dispusieron a dormir. Se dieron un beso de buenas noches. La estufa ya estaba encendida.
4. SOLA
Catalina lo tenía crudo. Para empezar, ¿cómo decirle a su propio hijo que su padre acaba de morir, y que ya no lo vería nunca más… solamente en su recuerdo? ¿Cómo explicarle que debían hacerle una autopsia para verificar lo que fuera que había sufrido? Rodolfo, con nueve años a sus espaldas, el cual únicamente pensaba en estar en su cuarto de jugar, estar con su unida familia y también hacerse algún amiguete en la escuela… ¿Cuál sería el vuelco emocional que podría proporcionarle tal noticia? Rodolfo tuvo que ir madurando al enterarse de ello.
Cuando llegó Catalina Narváez al centro de salud, tuvo la sensación de que sería una broma pesada de algún conocido, aunque la duda también existía. Estaba dudando entre el sí y no. Entró por la puerta principal y rápidamente la guiaron las enfermeras hasta una sala de urgencias. Le dijeron que debía esperar, que rápidamente vendría alguien a explicar lo sucedido. La cosa no pintaba bien. La balanza de la duda estaba dictaminando que había faltado su marido. Mientras esperaba estaba cogiendo fuerzas ante lo que le venía. De inmediato se acordó de su hijo y de la buena de Rosaura desde esa fría y solitaria sala, cuando de repente al cabo de los diez minutos entró un médico canoso y con aires de madurez profesional. En el cuello del colegiado, le colgaban unas gafas de vista muy propicias para rellenar informes con el ordenador.
—Hola. Sentimos mucho que estés aquí, señorita…
—Llámeme Catalina, por favor…
El médico se puso las gafas y apuntó algo en los papeles que tenía en su mano. Catalina por el contrario comenzó a ponerse más nerviosa. No estaba dispuesta a estar ahí mucho tiempo sin saber la verdad.
—¿Dónde está mi marido?
—Se lo han llevado. Falleció esta mañana cuando iba a entrar por urgencias. No pudimos a hacer nada por salvarle…
—¡Basta! Eso es imposible. Desde que estoy con él, Santiago nunca ha estado malo de gravedad y mucho menos para morirse.
—Vimos en su expediente que no tenía ninguna enfermedad severa, ni nada por el estilo.
Catalina se levantó de la silla. Miró fijamente al médico.
—Le obligo a que me diga dónde está. Quiero hablar con él. No está muerto, no lo está… Voy a llamar a la fábrica donde trabaja, y corroboraré que ustedes me están mintiendo.
—Señorita Catalina, la familia de su marido nos comunicó que le hicieran la autopsia de manera urgente, por eso no puede verlo. Tendrá que esperar hasta que lo traigan.
Ya no podía más con esa situación. Estaba tan fuera de lugar que Catalina comenzó a decir entre lágrimas y con la voz más alta de lo habitual:
—¡Está muerto! Y no puedo verlo… ¡No han contado conmigo en absoluto! Su mujer no importa en absoluto…
El médico se puso a temblar ante lo que dijo Catalina. Se acercó a ella, y con mucho tacto la abrazó mientras esta lloraba desconsoladamente. Tuvo un hombro con el que llorar hasta que sus lágrimas fueron desapareciendo de sus ojos. Al levantar su cabeza, pudo contemplar la placa de información del médico:
—Doctor Prieto, entiéndame, es mi marido y tenemos un hijo de nueve años.
—Lo siento mucho.
Hubo un silencio sepulcral en la habitación donde estaban. El frío fue más intenso, y apenas entraba ni un rayo de luz desde la ventana más cercana. Se había nublado todo el cielo de Santillana del Camino, y en cuestión de minutos, comenzó a lloviznar.
Catalina y el doctor Prieto intentaban llegar a un acuerdo respecto al caso.
—¿Cuándo podré saber que ya está aquí…?
—Tarde o temprano lo traerán. Es posible que, a la noche, ya esté aquí.
Mientras pasaba el mediodía y parte de la tarde, a Catalina le dieron todo tipo de calmantes neutralizantes, tanto tilas comolorazepam. Pero no le hizo ningún tipo de efecto. Las enfermeras que pasaban por su lado la veían tan rota de dolor que le brindaban también todo tipo de apoyo, algo que a Catalina no le importaba. Solo tenía una cosa en su cabeza: ver a su marido fuera como fuera. Fue tal el ansia generada que rechazaba a cualquier persona ajena, dijera lo que dijera o hiciese lo que hiciese por ampararla en esos momentos. No se dejaba ayudar por nadie y estaba en todo su derecho.
Tampoco pegó ningún bocado. No quería ni hablar de comida en ese momento. Tenía más ganas de vomitar que de comer.
—Hasta que no venga la ambulancia no podrá ver a su marido —reafirmó el enfermero.
Como Catalina no tenía ningún tipo de vehículo no podía desplazarse. Se pasó parte de su día de espera en urgencias, en la puerta de cristal donde se veía la calle. Y así poder controlar la llegada de la ambulancia. Lo que no sabía Catalina era que a pocos metros de donde permanecía, su marido se desvaneció. Las enfermeras de atención al público no paraban de cuchichear si era bueno decírselo o no. Finalmente, todo quedó en el aire.
En una de esas ocasiones en que Catalina estaba asomada mirando a través del cristal, el doctor Prieto se acercó por la espalda y con tacto humano, le puso la mano en el hombro en señal de resentimiento. Catalina estaba tan desesperada que se asustó ante tal gesto. Pero llegó a darle las gracias por el apoyo recibido. Solo a él.
—¿Cuándo vendrá la ambulancia?
—La llegada está estimada en más de media hora. Salen ahora del centro de autopsias.
—No aguanto más…
—Están viniendo, Catalina.
—¿Dónde murió, doctor Prieto? ¿Dónde se desvaneció por completo?
—Justo delante de ti. Cerca del telefonillo. Según el enfermero que iba a atenderlo se cayó al suelo antes de tocar el timbre. Y ya lo recogieron sin respiración.
—No siga, por favor.
—Justo ahí… —señaló el doctor Prieto con el dedo en el suelo debajo del timbre.
—Pobre marido… —añadió Catalina con los ojos empapados en lágrimas y con ganas de salir para siempre de urgencias. Pero no podía escapar… tenía que esperar.
Después de unos cuantos minutos totalmente agónicos, Catalina vio aparecer una ambulancia con las sirenas encendidas.
—Es él…
Abrió la puerta de cristal, donde había permanecido más de cinco horas de espera, y se dirigió directamente a la ambulancia ya estacionada en su parking privado. Los celadores, los enfermeros y el conductor bajaron al unísono. Se disponían a hacer su trabajo como un día cualquiera. Para ellos era un simple protocolo. Pero para Catalina, el peor día de su vida.
—¿Dónde está mi marido? —preguntó Catalina a viva voz.
—Y esta mujer quién es… —dijo uno de ellos de forma general.
—Soy…
El doctor Prieto miraba desde la puerta de cristal donde se accedía a Urgencias.
—¡Catalina! ¡Venga aquí! —chilló el doctor Prieto como si no hubiera un mañana—. Lo verá ahora. Están haciendo su trabajo.
—¡Y un cuerno! Me esperaré a que lo saquen.
Catalina no se apartó del medio, algo que no les gustó en absoluto a los trabajadores, aunque finalmente cooperó. Odiaba montar numeritos. Al igual que no pudo reprimir más las lágrimas mientras abrían la puerta de detrás de la ambulancia. En ese momento se acordó de su hijo. Agradeció a Dios que no hubiera visto la situación que estaba viviendo.
