Ellos me tocaron - Aleix Brotons Sanchiz - E-Book

Ellos me tocaron E-Book

Aleix Brotons Sanchiz

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Beschreibung

Durante toda una vida sin pensar en qué sucedía, Silvia Mendoza se enfrentará a su propia realidad. La razón es simple: conoció el valor del amor de Marco, y la verdadera amistad de Claudia y Nacho. Es una aventura después de un auténtico martirio. Es una historia sobre bullying llevada hasta un buen punto. Es una nueva etapa en la vida de una chica joven cegada por una lacra social. Después de todo, hay un futuro.

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Seitenzahl: 308

Veröffentlichungsjahr: 2023

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© Derechos de edición reservados.

Letrame Editorial.

www.Letrame.com

[email protected]

© Aleix Brotons Sanchiz

Diseño de edición: Letrame Editorial.

Maquetación: Juan Muñoz

Diseño de portada: Rubén García

Supervisión de corrección: Ana Castañeda

ISBN: 978-84-1144-877-2

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

Letrame Editorial no tiene por qué estar de acuerdo con las opiniones del autor o con el texto de la publicación, recordando siempre que la obra que tiene en sus manos puede ser una novela de ficción o un ensayo en el que el autor haga valoraciones personales y subjetivas.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

1 —EL DRAMA DE SILVIA

—No sé si podré… —dijo Silvia, irritada, pronunciándose tras las acusaciones.

La pobre de Silvia continuaba su debate interno que, en ocasiones, resultaba un poco nefasto. La chica no entendía qué sucedía con su vida. Estaba metida en su propio mundo en la que cada día luchaba por tener sus mismas obligaciones.

Se llamaba Silvia Mendoza. Una de las mejores de su clase, no solo por tener un apellido más bien con carácter, sino porque, después de todo su esfuerzo por ser feliz, tampoco lo conseguía.

No es de extrañar que se sintiera pesimista ante sus acciones al defender su propia causa, al intentar rejuvenecer cualquier momento olvidado y al estudiar cómo pudo confundirse la gente de su propio pueblo de tal manera. No solo eso; lo que la chica en cuestión consiguió fue que todo el mundo se riera de cualquier acto, de cualquier decisión, de cualquier sentimiento o pensamiento y exteriorizarlo desde el lado más objetivo de la palabra.

—¿Qué he hecho yo…? —continuaba siendo pesimista, o más bien intentaba también reprochar su sentimiento de culpabilidad.

La gente de su pueblo tampoco era tan mala; bueno, en realidad, habría de todo, como en todos lados. De lo bueno, lo mejor; lo mejor de cada casa o la crème de la crème. En este apartado, más bien, la chica se sentía como cabeza de turco ante represalias populares, es decir, la típica conspiración juvenil que a nadie nos hubiera gustado sufrir e, incluso, sobrevivir. Porque, después de todo, Silvia continuaba viva. Y tan viva. Más que viva.

—Siempre he estado por la labor de decir a la gente lo que pienso en cada momento en el momento dado, no solo a la gente conocida, sino a mis familiares, a la gente que me conoce o más bien creo que me conoce, a los extraños, a los que miro por las calles de esta ciudad y ya sé que son conocidos del mismo pueblo. Que sí —continuaba, aterrorizada—, que no estoy contenta con muchos de mis actos, pero ni he insultado a nadie ni tampoco me he peleado con nadie ni he hecho nada para ofender a nadie… Supongo que habrá sido toda una gran equivocación.

Fue tal el clamor popular que a Silvia, decidida a invadir otros campos, se le paralizó el corazón. Un corazón absorto en terribles sospechas y desdichas ligadas a una vida un tanto infernal y que no solo convencía a cualquier tipo de persona, sino que estaba cegada por cómo quedaba ante los vecinos de su pueblo.

Para Silvia, la cosa pintaba mal. En su casa, todo intentaba encajarse. En su trabajo, nada resultaba evidente. En el amor, ¡ay, en el amor! Ya le hubiera gustado tener algo de amor. Nada de chicos, nada de líos, nada de besos. Es más, tras una cosa y otra, decidió también poner la señal de STOP como una casa en cualquier relación.

Una pena, la chica no lo merecía. Necesitaba limpiarse la imagen, estaba impregnada de locuras vivas y ajenas a ella. También necesitó construir un mundo más eficaz, más idóneo a sus posibilidades. Unos sueños bastante accesibles y normales a sus 26 años.

Lo único que le invadía su corazón era su propia meta de ser feliz.

Las malas lenguas del propio pueblo donde residía le llamaban la mujer salmón: luchar contra naturaleza era su baza.

El primer o mejor aliciente que tenía de vivir en su casa era el sosiego de que nadie le dijera nada, ni bueno ni malo. Que, en esa parcela o habitáculo, podía hacer y deshacer a su antojo.

—Ahora, Silvia, este es tu momento. Hazte un favor y déjalo todo atrás, mañana será otro día mejor. —Era su frase preferida nada más entrar por la puerta y descalzarse como hacen los japoneses desde años ha. Vivía sola.

Observando cualquier situación referente a su vida, esta chica no sabía disfrutar, no sabía alegrarse de nada. Aunque tenía muchos momentos buenos para poder darse cuenta de que valía la pena vivir.

También es cierto que acudía a un centro para discapacitados físicos y mentales donde ejercía de algo muy peculiar, de algo que le costó mucho esfuerzo encontrar y aprobar: secretaría de dirección, en el que desconcertaba con sus vestidos y su sencillez al hablar. Nunca se cabreaba, pero no veía más allá de ella misma.

Había un grupo de personas en la vida de Silvia que no todo se le reconocía con buenas intenciones, sino al revés, malos pensamientos generados por envidias, malas costumbres, malas palabras que hicieron de una pequeña parte del mundo un enorme hoyo lleno de piedras, las cuales intentó escabullir, pero acabó afectándole más de lo que ella misma pensaba. El fuero interno de esta chica empezó a llenarse como cuando se llena un cenicero, pero de sustancias que ni conocía.

—¿Por qué no buscas una razón para vivir? —dijo una de sus verdaderas amigas, de esas que no traicionaban, que ni siquiera estaba ligada a malas historias—. Está claro que tendrías el mundo a tus pies, que no tienes la clave del éxito, eso ya lo sé, pero…

Ni Silvia misma estaba dispuesta a ser arrebatada de sus propias convicciones, pero esta amiga en cuestión estaba pendiente y mantenía una amistad en silencio, lo cual le pareció bastante regular para ser una chica muy callada. Claudia, de arriba abajo, era como un pez en el agua a la hora de ayudar a sus respectivos amigos. Tenía ese don. Gracias a Dios, no era tan malo como se pensaba.

Se conocieron una vez, pero perdieron el contacto al cabo de unos pocos meses. Es irremediable pensar cómo cada uno es un mundo, mientras que Silvia sostenía la certeza de su vida. Su inimaginable amiga, Claudia Santos, convivía desde lo lejos para hacer de algo esporádico, algo que nunca dejaría escapar…

—¿Por qué te aferras a algo que apenas existe y te hace daño?

Estas eran las palabras por las que Silvia y Claudia forjaron una de las mejores amistades dentro del mismo pueblo. Y que ahora y después de todo están por la labor de continuar con algo que sigue siendo lo mejor de sus vidas.

Cada día que pasaba y que salía el sol, saliese por donde saliese, se acostumbraban un poco más Silvia y Claudia a conocerse como personas, sin naturaleza, sin importar los malos momentos. Cada una de ellas sentía el amor hacia sexos opuestos, aunque nunca habían cerrado la puerta a cualquier género, puesto que respetaban como buenas ciudadanas de mundo que eran.

—Cuántas contradicciones tiene la vida… —conjeturó Silvia al cabo de un buen café mañanero y una tostada.

—Es cierto, Silvia, pero no puedes ofuscarte a que todo venga como uno quiere, el amor aparece sin más, sin buscar, sin concentrarte en ello. Sin fuego, la leña no arde.

—No sé a qué te refieres, Claudia, mi fuego no está por la labor…

—¿Cómo qué no? —sentenció expresivamente su inseparable amiga entre risas.

Por la tarde, el viento continuaba su curso. Al igual que las chicas, que eran como uña y carne a su edad temprana, y después de haber pasado lo que casi le cuesta la vida a una de ellas, continuaron con sus pertinentes ataduras y sus susodichas conversaciones.

—Qué pesado que es todo, Claudia, no tengo más remedio que continuar viendo cómo todo se vuelve negro después de todo lo que estoy haciendo por cambiar mi futuro —añadía Silvia así, sin ton ni son.

—¿En qué sentido lo dices?

—No sé si seré yo…, pero veo que todo se me desmorona, lo he pasado francamente mal. No tengo tanta edad para sufrir, supongo que dentro de un tiempo todo volverá a ser lo que era. Pero gracias a ti…

—No te pongas ñoña, Silvia. Yo estoy peor… —vaticinó Claudia, un día en el que tampoco sus dudas la dejaban existir.

Cuando menos te esperabas, las dos chicas ya se estaban riendo. No era una risa fácil, era una risa cómplice de momentos vividos y, por suerte, borraban cada rasgo de malentendidos. Se puede decir, exactamente, que tenían muy buena vibra. Silvia nunca quiso contar su verdad, a lo que Claudia se opuso rotundamente.

Silvia, morenaza donde las hubiera, optaba siempre por sincerarse, a decir a su amiga que la vida que vivió de forma invisible nunca había ido con ella, que no permitiría caer otra vez sobre la misma piedra. Que siempre ha sido la víctima que han hecho los demás sobre su propia vida. Que tenía ángel, eso estaba claro, pero ella no era un ángel, más bien quería ser persona sin terminar de ser algo diferente.

Claudia, por el contrario, rubia de nacimiento, algo más natural de lo deseado, puesto que esta siempre se fijaba y diferenciaba las rubias según su tinte. Claudia, 28 años, visiblemente de la misma edad, se adelantó a una buena causa para lograrle la estabilidad.

Por esta misma razón se fusionaban en perfecta armonía. Luego, más tarde, vendrían los problemas. Ni la una quería relación con ningún chico ni la otra quería malas o falsas amistades. Eso fue lo que más les perjudicaba dentro de la amistad: la falsedad de la gente, el aguante que tienen por delante y por detrás una vez te vean y una vez que te has ido.

Claudia Santos, para los conocidos «la rubia impecable», nunca decía una grosería, nunca hablaba por encima de nadie ni en boca de nadie, una chica, por qué no decirlo, de 10, a la que todos les hubiera gustado ser amiga. Desaliñada alguna vez, pero perfeccionista la mayoría de veces. Aunque siempre había tenido pensamientos en los que hubiera chocado con cualquiera, por ello evitaba cualquier tipo de conversación con cualquier vecino del mismo pueblo, o simplemente se basaba en lo básico. «Sí y no». Hasta que llegaron a conocerse las dos amigas.

—Cuando veas que te torean y que no sabes qué hacer, piensa en mí. Te sentirás mucho mejor. En este mundo se sufre mucho, y no es bueno que sufras sola —aconsejaba de alguna manera Claudia a su amiga Silvia en uno de esos días que también parecía malo.

—Tengo que hacer algo, Claudia. Lo que no sé es el qué y cómo. Cómo puedo hacer que mi alma y mi niña interior vuelvan a lo que era, aquella chiquilla tan buena, tan inocente y tan agradecida con la vida.

—Ten paciencia, querida amiga, todo tiene su tiempo. Aunque no sea la primera persona que te lo haya dicho…, el tiempo pone cada cosa en su lugar.

—¿Cómo lo sabes? Este año voy para 27 años y no tengo porvenir ninguno. No sabes por dónde estoy pasando. Estoy en un punto que a veces me gustaría pasar desapercibida, y otras me gustaría ser alguien, no muy importante, sino alguien normal. ¿Es eso tanto pedir?

—Tranquila, Silvia. Estaré contigo para salir del bache; con cada piedra que tropieces, yo estaré ahí y te serviré de muelle. Cada cosa viene a su tiempo. Cree en ti misma, es la mejor opción.

Silvia, por aquella época, no se creía lo que sucedía. No entendía nada del alma y sus conjeturas, algo en lo que Claudia era toda una experta. Silvia no se creía que le hubiera tocado como amiga a una chica como Claudia. Tampoco entendía nada parecido a la lealtad que regalaba cada tarde la una a la otra. No entendía que pudiera haber resucitado en la calle de la amargura, o por qué no decirlo, en un «infierno social».

—Para cada ocasión, aparece una flecha que te guía. Para elegir el mejor camino, sigue según tus razones. No te pierdas en recuerdos olvidados. Pero no olvides tus recuerdos, estos te harán más fuerte. Eres una persona sociable, es por eso que debes acertar en la mayoría de las situaciones, siempre y cuando no te veas forzada. No te rindas, amiga —aconsejaba Claudia a Silvia, aunque esta siguiera desorientada.

—Está claro, Claudia. Necesito de tu ayuda para continuar. Pero siempre que decido hacer algo me siento bastante aliviada. Pero no sé… Creo que sucede algo. Algo en mi contra. Gracias por el consejo, pero pronto se resolverá todo.

Silvia se sentía como dentro de un bucle en el que todo está mal. Como si a cada acción hubiera un juicio esperando ser aprobado, un juicio de valor que a la chica le afectaba llana y moralmente. ¿Para qué comprender algo que no estaba a su alcance? ¿Para qué avivar algo que apenas tenía ni idea? ¿Cómo comprender todo lo que a su alrededor sucedía si nunca tuvo ningún problema psicológico?

Claudia vio en Silvia algo fuera de lo común. Quiso conocerla, saber quién era. Qué hacía en este mundo. Observó en Silvia algo que la torturaba. Algo que no estaba bien, que no era de este planeta. Vio algo malo, desagradable; desconfianza era poco, una estrella maldita que la analizaba a cada instante, a cada pensamiento interno. Algo infernal que nada tiene que ver con lo normal, como un hechizo de alguna absurda bruja de los bajos fondos.

Según iba pasando los años, desde pequeña, Silvia se iba acostumbrado a esta manera de vivir. Esa estrella no se separaba de alrededor de ella. Debido a esto, se podría decir que estaba protegida por algo que nadie sabía lo que era.

Ahora, después de todo, llegó el día en el que Silvia optó por dejar de trabajar, no se sentía con fuerzas. Fue varias veces al médico, a su doctor de toda la vida, donde siempre la había visto con buenos ojos. Se llevaban bien. Para Silvia, intoxicada indirectamente, no tuvo otra objeción que tener como debilidad los calmantes.

—¿Qué le sucede, señorita Mendoza?

—Estoy bajo mínimos, Sr. Gutiérrez. Deme una «vitamina vital» para poder continuar con mi vida.

—No existe tal cosa.

—Pues dígame qué me pasa, doctor, y me marcharé a mi casa. Estoy a base de tranquilizantes, y de esta manera una persona no puede llevar su vida. Solo quiero dormir. Es la única manera en la que me olvido de los problemas.

—Esto no sé si debería de decirlo yo, puesto que soy médico de cabecera, no psicólogo. Estos temas de carácter existencial…

—Quiere decirme que no. Con el único que tengo confianza de todo el centro de salud y me mandas a una persona para que le cuente mi historia sin saber quién soy. Para empezar de cero con algo que no sé si me ayudará. Si es así…, de verdad que lo siento.

—De ti depende, Silvia.

—Entonces, lo único que quiero decirle, Dr. Gutiérrez, es que yo no estoy loca ni tengo enajenación mental ni nada por el estilo.

—No le entiendo, señorita, no entiendo que la locura sea tan mala como para que deje de tener energías suficientes. Si la locura fuera tan mala, que no es su caso, ¿por qué se siente desanimada? Eso era lo único que quería constatar.

—No lo sé. Algo me sucede, lo que no sé es «qué».

—¿Entonces? ¿La envío a un psicólogo?

—Usted ya me ha servido de terapia. Gracias, doctor.

No hubo manera. Los prejuicios mentales de Silvia no la dejaron actuar de forma correcta. Seguía metida en su mundo, acarreando consejos y más consejos de su única amiga pero que, para Silvia, su comportamiento iba mejorando. ¿No sería que estaba un poco verde su vida como para dejarse de trabajar? ¿Necesitaba volver al trabajo? La idea de darse de baja se torció a continuar sentada delante del ordenador en el centro de educación especial de su pueblo.

Después de esto, se sometió a un pensamiento bastante concreto que la hizo titubear y ver que la razón solo tiene un camino, al igual que la verdad.

Al llegar a casa, barajó tantas posibilidades que decidió seguir, continuar, concederse un respiro, alimentarse de buenas cosas. En las horas muertas, subsanar momentos negativos. Dentro de su corazón no cabía nada más que su propia penuria. Sería una razón suficiente para hacerle despertar del terrible sueño.

No es ninguna tontería cuando te suceden este tipo de cosas. ¿Qué remedios habría de ejercer Silvia para su total integridad ante tanta duda sobre su propia vida? ¡Qué desconcierto! No cabía duda.

¿Éxito? No sé si tendría éxito o si lo intentaba. Silvia creía que el mundo en el que vivimos estaba ostentado por gente, materia y química. Sí, así creía, y no era tan bicho raro. En cierta manera, tampoco estaba tan equivocada. Su vida dependía de ella misma y ella lo sabía. No sé si la palabra éxito entraba dentro de su vocabulario o si pensaba en ello. Es por eso que tanta humildad ante el éxito hacía que este mismo la respetara.

Al vivir en una zona tranquila, en una de esas que se llaman residenciales a las afueras del pueblo, siempre dependía del coche para cualquier cosa…, como si viviera en una pequeña villa, con sus montañas alrededor, algún río de poca importancia y con la playa lejana (más de lo que le hubiera gustado). No obstante, admiraba cada vez que aparecía cualquier hamaca de color vivo con su refresco y sus aguas cristalinas y la típica palmera medio deformada casi a nivel del suelo. La playa de ensueño vista desde una revista. No le importaría estar incluso en modo solitario para desconectar totalmente la mente, el cuerpo y el alma de la cruz que llevaba.

Admiraba a su amiga dentro de las conversaciones corrientes y cordiales de lo bien que se llevaban y del futuro prometedor que mantenían. Otra de las cosas que admiraba y que tenía intención de contar algún día era que los deseos que le hubiera concedido aquel genio hipotético de la lámpara maravillosa que todo el mundo ha soñado de niño los hubiera querido compartir con sus seres más allegados. Sin importar nada más que el hecho de vivir una vida plena y confortable. ¡Demasiado bonito! Su propio deseo de contarlo se quedó truncado.

2 —LA LLEGADA DE MARCO

—Claudia, ¿me puedes hacer un favor? —preguntó nada más sentarse en la silla que solía hacerlo al quedar con su amiga en el mismo lugar de siempre. El mismo bar de copas en las que solían desinhibirse. El pub del pueblo era llamado como El Desconsuelo.

—Claro, Silvia. ¿Qué quieres?

—¿Le podrías decir al camarero aquel que no para de mirar qué es lo que le pasa? —Silvia empezó a sentirse un poco angustiada por tanto miramiento y necesitaba apartar la mirada de ese tipo de su cuerpo, puesto que la miraba con deseo.

Pero antes de que Claudia asentara con la cabeza la acción que iba a realizar, el camarero estaba a punto de acercarse a la mesa de las chicas. Fue muy imprevisible ese acercamiento, tanto, que las dos se quedaron anonadadas. Las dos chicas sabían que era un camarero nuevo. Pero lo que no sabía el camarero era que Silvia y Claudia pasaban de los chicos como de contar estrellas en el firmamento.

—Hola, chicas, ¿qué tal? Me llamo Marco. Soy nuevo en la ciudad —dijo este un poco cortado.

—Estamos bien, y aparte de eso también eres camarero, ¿no? —dijo una de ellas, algo esperanzadoras.

—Sí, empecé esta semana y me habéis atraído. Por eso he venido, no quiero ser pesado, pero una de las dos me llama mucho la atención, como si la conociera de siempre. El caso es que no soy de aquí, pero…

—Tranquilo, no tienes por qué sufrir. Los humanos suelen relacionarse…

—Bueno, encantado de conoceros…

—Igualmente.

Al rato de irse Marco a su lugar de trabajo, las dos amigas no paraban de mirarse la una a la otra.

—¿Se puede saber por qué no has contestado a nada ni has abierto la boca en ningún momento? Ni que hubieras visto un fantasma, el chico es agradable y muy simpático, no mucha gente hace lo que ha hecho el camarero —dijo Claudia un tanto quisquillosa.

—Sí, pero me estaba atosigando con la mirada, ¿recuerdas?

—Qué manía, no entiendo por qué te encierras a cualquier relación o, más bien, al amor. Del amor no se puede escapar nadie.

—Lo siento, enseguida cierro puertas y eso no está bien por mi parte. No todo el mundo es igual.

—Sí, eso quería decirte. Me has leído el pensamiento.

—Mañana, cuando vengamos, intentaré no ser tan pasota. Pero es que me daba miedo. Se llama Marco, ¿no? Bonito nombre…

Silvia empezó a ver cómo un halo de luz aparecía tras tanta noche oscura.

Más tarde, llegó a casa, menos desconsolada, más avivada. Pero aún en sus trece.

Por aquel entonces, Marco, pensaba que podría haberse integrado en la ciudad donde residía desde hace poco tiempo. No era mal chico, pero sí un desconocido, un anónimo, alguien que partía de la base de sinceridad, empatía y algo en su interior, que le provocó cambiarse de ciudad, ya que donde vivía anteriormente no encajaba del todo. En una capital plural, donde ruido, gente, tumulto y estrés estaban relacionados de por sí. Con lo cual, decidió ahorrar unos pocos cientos de euros y aventurarse como quien va a buscar su sueño. Un sueño donde no tenía nada que perder, más bien solo tenía que ser paciente, siempre y cuando se cumpliera.

También, Silvia seguía como anonadada por las conversaciones que había tenido con su amiga. La llegada de Marco la desorientaba. Después de conocer un poco más el ámbito del amor, Silvia se sentía algo mejor. Tuvo que hacer un cambio de página en su angosta vida. Un giro inesperado en el que no quería deleitarse con su propia imaginación, algo que por razones normales solo sentía en su interior. Dudaba, y mucho.

—Estás pensando demasiado… —se revocaba Silvia—. Es solo un chico normal y corriente. Un camarero de no sé dónde, el cual solo se ha presentado. No seas tonta, no creo que se haya fijado en mí, ¿no? Pero ¿y cómo me miraba? ¿Por qué?

Lo cierto es que, tanto de una manera o de otra, las cosas que Silvia tenía empezaban a ponérsele transparente. O, mejor dicho, a verla de una forma menos opaca. Es por eso que a la mañana siguiente telefoneó a su amiga del alma donde fue directamente al grano de la conversación.

—¿Sabes? Tengo una idea en la cabeza, Claudia, en la que no dejo de pensar en el chico del pub —aseguró Silvia.

—No puede ser. Si solo se presentó en un momento.

—Ya. Pero no importa. Es lo que me faltaba, o, mejor dicho, era lo que necesitaba para no poder dormir por las noches. Entre los tranquilizantes y la irrupción de este chico… Es que te cuento esto porque mira que me han pasado cosas en la vida, tanto malas como buenas, pero esto, no.

—No seas tan exagerada, Silvia.

Se tomó más tiempo del debido para decirlo, lo cual irritó a su amiga.

—¡Ah! ¿No me crees? El único escape que tengo era este. Conversar, hablar contigo, chismorrear, pero sabías que los chicos los tenía de lado, así como en segundo plano.

—Sí, eso es verdad. ¿Pero para eso me llamas? Mira, niña, me alegro mucho por ti, y todo el mundo sabe que, cuando el amor llama a la puerta, no llama por llamar. Así que no te me rajes como la última vez y guarda una sonrisa, una mirada o llámalo equis para conseguir la atención del chico. Puesto que, según dijo Marco…

—Sí… —irrumpió Silvia con una afirmación para que continuara.

—… le llamaste la atención. —Pudo terminar su frase con un tono algo triste, pero con ganas de que su amiga se guiara por sí sola.

—Claro, Claudia. Eso fue lo que sucedió. Por una vez en la vida, noto que las cosas van a pasar delante de mí y no detrás y que voy a intentar reconstruir mi vida. Al presentarse Marco, me he dado cuenta de que las cosas deben de pasar como son y no como queremos que pasen.

—¡Así es la vida!

—Gracias por escucharme, amiga mía…

Colgaron el teléfono.

Sin duda, tanto como si Marco se le acercara para poder entablar cualquier animada conversación o como si no, a Silvia se le cayó parte de ese velo negro que la mantenía encerrada en ese bucle inapropiado para su edad, y para que eso sucediera debía de haber esa palabra tan poco creíble que hace que todo funcione denominada magia.

Seguía lloviendo. A pesar de que a todo el mundo la lluvia lo entristecía, a Claudia la reconfortaba, la mantenía dentro del propio mundo que dedicaba a sacar lo mejor de sí. Todo estaba limpio por las calles donde pasaba el agua, donde esta siempre busca un camino o una salida. «Así deberíamos ser todos, funcionaría todo mejor», pensaba Claudia al ver la borrasca a través de la ventana de su habitación.

«Optar por un camino siempre es complicado». Volvió su pensamiento a estar en el eco de sus pequeños momentos de placeres pluviales. «Nunca sabes que dejas en el otro camino que has dejado de lado». Pero tampoco le importaba mucho que digamos. Más bien, estaba cavilando. Y continuaba pensando en lo que sería de la gente que se arrepintiera del camino menos desafortunado. Si estaba en lo correcto o no.

Miró hacia arriba y dijo:

—¿Por qué me como tanto la cabeza?

Se reprimió. No solía pensar demasiado en eso. Pero al ver cómo caía la lluvia, cómo seguía sin parar de caer, se le nubló la vista al mismo tiempo que respiraba profundamente. Notaba la paz del momento. Algo que le hacía estremecer.

Continuó con su propia conversación:

—¿Cuántas cosas han pasado en mi vida últimamente? No me arrepiento de lo que no decidí. Solo hay un camino, al igual que una sola vida.

En ese momento, bajó la mirada a ras de suelo; comprobó que todo seguía en orden. Que no había más objetivo que el propio de contemplar la lluvia.

Miró su cama y no pudo resistirse a acostarse. Después de unos pocos minutos y con la música de la lluvia de fondo, le venció el sueño.

Para Marco no había otra posibilidad. Era el momento oportuno, el momento al que todos optamos y deberíamos ver.

El caso es que su corazón seguía latiendo con la misma pasión de cuando era pequeño. Siempre había mantenido unas buenas razones y unos principios formidables. Sus padres, que ya habían fallecido, le inculcaron una buena doctrina, sobre todo a la hora de ser un hombre socialmente abierto y, a la vez, perteneciente de una tierra poco próspera. En su niñez también él se sintió poco próspero, pero sí muy feliz de ver el sol cada día.

Marco se vio capaz de enamorarse cuando vio a aquella chica. No era que le gustara ni que sintiera la misma sensación de juventud. Solo era un capricho o un crush1. Rondaba los treinta y tantos, nunca decía su edad, no era necesario, lo veía como una tontería más. No le gustaba aguantar el rollo de la gente a la hora de divertirse. Notaba cómo se exageraban las risas, los encuentros sociales, los saludos y todo lo que concierne a una noche de fiesta.

Para ello, se metió de camarero. Algo contradictorio, tanto para la profesión como para el propio establecimiento de copas y cafés en el que fue contratado.

—No entiendo tus razones —dijo el responsable de El Desconsuelo—. No te puedo contratar. En un pub, y más en este, hay bastante cachondeo. Siempre lo ha habido, al igual que en todos los demás.

—¿Pero por qué? También puedo servirte de DJ los fines de semana. Tengo algo de experiencia en este sector. No todo es risa, también hay que saber divertirse sin pasarse de la raya. Te serviré, ya verás. Para mí el rollo está de más.

—OK. Probemos esta semana. Ya te diré algo próximamente.

Después de un par de semanas, ya no cabía duda: le sirvió al gerente y optó de vez en cuando por pinchar canciones de pop romántico en los días que se sentía aburrido por la poca gente que había en el local.

No tenía nada de perder. No le importaba el dinero que ganara ni tampoco quiso saber si llegaba a fin de mes. El bohemio de Marco no tenía otra misión que desconectar de su vida anterior y conectarse a la nueva vida, pero para ello le faltaba algo. Ese algo le volvía descontento, irritable, y por qué no decirlo, imposible.

¿Qué sería lo que sentía Marco en su interior? ¿Qué es lo que le ocurría cada vez que se levantaba por la mañana y se lavaba su rostro delante del espejo cada día de su vida? ¿Cómo es que no lo había contado aún para poder desahogarse y poder vivir su vida como Dios manda? Era por eso que nadie de su alrededor lo entendía. Era por eso que decidió cambiar de página y de ciudad.

Al parecer, en un día de trabajo cualquiera, Silvia no podía concentrarse con los asuntos pendientes del día anterior. No era un trabajo complicado el suyo, ni tampoco muy aburrido.

Teléfono, ordenador y un poco más de teléfono. Gracias a su nivel de desarrollo personal, el trabajo en sí le era bastante satisfactorio. Aun cuando por jerarquía, su jefe la culpaba de cualquier estupidez o metedura de pata de él mismo, a Silvia no le importaba, más bien estaba más concentrada en que todo lo que su trabajo le requería a lo largo del día estuviera realizado con buena energía. Sabía cómo era su jefe y sabía a pesar de todo, que su sitio era muy solicitado. Silvia, estaba a la altura permanentemente, lo que le proporcionaba seguridad y un escudo para defenderse. Excepto ese mismo día que…

—Necesito que me mires el expediente del nuevo alumno, que tiene trastornos de bipolaridad y también necesito sus anexos psiquiátricos. Es para hoy. Y también que me hagas una relación de comportamiento psicológico entre todos los alumnos de dicha clase. Es mera información. A la profesora le está resultando algo difícil las situaciones entre los alumnos —soltó el jefe de Silvia al verla nada más entrar por la puerta.

—Pero para eso necesito más tiempo. No creo que sea tan urgente, ¿no?

—Haz lo que te digo. Buenos días.

Y cortó por lo sano la conversación, y su jefe se fue a su despacho de al lado sin oír si había reprochado algo a Silvia de su trabajo o si le había dado también los buenos días. Jamás Silvia se había sentido tan mal, no sabía si era confianza entre los dos o desbordamiento laboral lo que le provocó plantearse si realmente le pasaba algo a su jefe o era la propia Silvia que no captaba la situación. Fuere como fuere, no era el día de Silvia. Y se puso delante del ordenador, intentando buscar una relación fiable.

—Necesito un cambio. Si estuviera en El Desconsuelo con Claudia… —Silvia dijo en su interior.

Miró desde su pupitre la puerta cerrada del despacho colindante y con tono burlesco le imitaba una de las últimas frases que había oído de su jefe. Cuando se acomodó en su silla de forma natural sintió como un flash atronador en sus circuitos cerebrales la presentación que hizo Marco el día anterior. Logró visualizarlo. Por todo su cuerpo aparecieron corrientes eléctricas tan semejantes a las mentales que no le quedó otra opción que contenerlas.

—No puede ser… Otra vez… —se dijo lamentándose, pero lo que no sabía es que sentía curiosidad de lo que sucedía—. Me tocará hablar con él…

Silvia, oportuna como siempre, cogió su móvil, buscó en las llamadas perdidas y, sin más dilación, llamó a su amiga brevemente. Ella misma notaba en su piel que no era normal.

El Desconsuelo estaba totalmente vacío, apenas había un alma en el local ni por los alrededores de donde estaba ubicado el pub. No obstante, Marco, que le tocaba de tarde, apostó por hacerse un americano mientras daba la casualidad que apareciera algunas de las personas que frecuentaban dicho lugar para pasar un buen rato, tanto para jugar a las tragaperras como también para echar algunas partidas al futbolín.

Claudia y Silvia, una vez reunidas, anduvieron y serpentearon callejuelas para llegar hasta El Desconsuelo con unas de sus mejores sonrisas. En cuanto apareció el letrero del lugar, Silvia se paró en seco casi despidiéndose de la calle anterior. Claudia empezó a darle empujones para que fuera andando o progresando en su camino.

—Pero bueno, Silvia, ¿en qué quedamos? ¿No estás segura?

—Si no sucedió nada, Claudia. No comprendo estos acontecimientos. Solo se presentó en un momento y ya sabes el resto de lo que sentí esta mañana. ¡Estoy desconcertada!

—Venga, volvámonos… —aconsejó Claudia sabiendo que, de esta manera, Silvia accedería al pub sin lugar a dudas.

—De eso ni hablar. Tiene que decirme por qué siento esto. Si no me va a dejar vivir…, será mejor que me diga cómo remediarlo. Y ya sufrí bastante sin saber como para que me pase también en esta ocasión. Así que… —dijo dando sin querer la razón a su amiga.

—Ármate de valor, Silvia —sentenció Claudia un tanto mareada.

Entraron rápidamente y se oyó el típico portazo de alguien que necesita una explicación. Algunos vecinos de la misma calle salieron al balcón y siguieron viendo la calle vacía. Falsa alarma esta vez, no había gentío dando voces.

—Estoy aquí —soltó Marco suavemente para que no notasen que las estaban esperando.

—¿Eres brujo? ¿Aprendiz de brujo? ¿O qué? —dijo Silvia.

Marco rio sin ganas.

Claudia, en esta ocasión, intentó guiar a Silvia para que actuase de la misma manera que siempre actuaba hasta llegar donde iban a tomarse el café.

—¿Qué vamos a tomar, Silvia? ¿Dónde nos sentamos? ¡Que te estoy hablando…!

Intentaba llamarle la atención a su mejor amiga, pero esta hizo caso omiso. Como si hubiera pasado un tren por encima de Silvia, ya que se quedó petrificada o sin latido. Claudia se desquició y pellizcó de manera repentina a su amiga para que reaccionara.

—¡Joder…! A ver… Pongamos orden, por favor —seguía Claudia sin entender las cosas.

En ese momento, Marco cambió de canción. Resurgió del ambiente romántico, que era el que más le gustaba, a un ambiente musical un poco más llevadero, ochentero. Sonaba algo así como una banda sonora de la que apenas se acordaba. Bastante especial llegó a convertirse ese momento en el que parecían tres fichas de ajedrez sin atacantes y sin defensa.

—Es normal… —dijo el atrevido camarero tras la reacción de Silvia.

Silvia no se dejó avasallar; parpadeó y se desbloqueó. No sabía si lo que le había pasado sería algún tipo de enfermedad o más bien un pequeño lapsus.

Controló donde estaba su amiga, desde donde se posicionó, y al instante disparó su mirada hacia el camarero, donde levantaba las manos como respondiendo a sus ojos. Silvia actuó de la mejor manera para que entendiera que no había pasado nada.

—Esto no va a quedar así, Marco, o Marcos…, o como sea que te llames. Esto no va a quedar así…

Las dos amigas se quedaron sin café y sin canción. Claudia intentaba despedirse con un simple «adiós», aunque tarde. Silvia se esfumó como un fantasma en discordia.

Esta vez había ganado el camarero, y sin quererlo.

Por una vez en la vida, por más pequeña que parezca la sensación de estabilidad, esta te da la patada y te consiente cualquier cosa para continuar o, de otra manera, resistir en la vida. ¿Complicada resistencia?

La amiga de Silvia estaba que no se lo creía. Estaba tan enloquecida por el momento que de pronto quiso matar a su amiga al intentar desaparecer de aquella manera. Ninguna de las dos chicas fue consciente de lo que pasó. Se dejaron llevar por el orgullo o por la cobardía, según el caso. Para Marco, la espontaneidad de aquella situación le atrajo un poco más hacia su propio sentimiento irracional, con lo que poco a poco le llenaba más de curiosidad.

Al sentido común debemos de añadirle también un poco de egocentrismo. Ser egocéntrico no es malo, solo es poco ocasional. La gente de corta edad suele serlo mucho, y conforme va cumpliendo años la gente va teniendo menos importancia. O al menos, cuando aparece el amor entre ellos.

Al día siguiente de esta colisión de tres, no quisieron ni verse tanto unos como otros. Pero eso no tuvo que ver nada para que cada uno pensara en cómo actuó para sí mismo, y cómo quedaron para los demás. Un análisis exhaustivo de cada uno los trajo a la realidad…

—No te habrás pasado, ¿verdad? Aunque no hice nada… Las mujeres son como son —se reprochaba y al mismo tiempo se calmaba Marco.

—¿Qué le pasa a este otra vez? ¿Es tonto o qué…? —Silvia se preguntaba infinidad de veces cuando se miraba al espejo de su cuarto de baño. Al final de cada frase medio entrecortada soltaba una sonrisa picarona de las que ni se daba cuenta que sentía.

—No entiendo nada, más bien entiendo demasiado para saber que no estoy por la labor de ser cómplice de ninguna situación escandalosa…, pero es mi amiga, así que… —acató Claudia sin más dilación.

No tenía sentido seguir viendo el móvil por si tenían que llamarse las dos amigas, como tampoco tenía sentido avistar a cada cinco minutos la puerta de entrada de El Desconsuelo por si alguna de ellas dos entraba de repente. Debían de verse otra vez y hablar las cosas… eso sería lo normal.