Una mujer con alas - Fernanda Pérez - E-Book

Una mujer con alas E-Book

Fernanda Pérez

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Beschreibung

¿Acaso alguien sabe a ciencia cierta qué es el amor? Leticia, Carolina y Lola viven etapas y circunstancias de vida muy diferentes. Una siente el peso de la rutina y la soledad, a otra le cuesta terminar una relación que la tiene estancada, la tercera no sabe qué hacer frente al desarraigo y la llegada de un amor inesperado. Unidas por su trabajo y el compromiso social, irán sorteando problemas y desafíos con la convicción de que la amistad femenina cura casi todos los males. Una novela sobre mujeres reales, adultas y valientes que se atreven a ponerles alas a sus sueños y deseos.

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Veröffentlichungsjahr: 2021

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/editorialelateneo

@editorialelateneo

Las mujeres siempre nos hacemos preguntas.

Leticia quiere saber qué queda del amor en su matrimonio, dónde fue a parar su pasión por la justicia, y en qué momento sus hijos crecieron tanto que ya ni siquiera parecen necesitarla.

Carolina a veces querría seguir sintiéndose una adolescente despreocupada, pero sus casi 40 años la desafían a enfrentar su deseo de maternidad y su propio lugar de hija que debe resolverlo todo en la vida de sus padres.

Lola está entusiasmada por su nuevo trabajo, donde puede ayudar a las personas más vulnerables, pero la burocracia le pone obstáculos. Tampoco sabe qué hacer con ese sentimiento nuevo que ha llegado a su corazón y que pone su vida en jaque.

Unidas pero independientes, cada una transitará un camino de aprendizaje, con alegrías, desamores y redescubrimientos.

CAPÍTULO 1

Lo que urge

LETICIA

—Mamá, me voy.

La voz de Magui suena desde la planta baja y yo bajo las escaleras a toda prisa para hacer las preguntas de rigor.

—¿A qué hora volvés?

—Calculo que a las dos, más o menos, después del partido nos quedamos en el club… Ah, Pili y Lucre se vienen a dormir acá.

—Mejor, no quiero que te vuelvas sola.

—¡Mamá! —ya empieza con ese clásico tono que los hijos suelen aplicar cuando creen que sus padres están siendo demasiado sobreprotectores. Sin embargo, su modo no me hace escarmentar y le consulto:

—¿Quieren que las busque?

—¡No, ma! Vayan a hacer algo lindo con papá. Salgan a comer o al cine…

No me da tiempo a decir nada más. Me estampa un beso y se va con su bolso y su ropa deportiva. Ella es mi debilidad. Cristian y Gabriel, los gemelos, fueron más independientes. Magui, en cambio, es mi “nena”, mi gran compañera. Vamos a comprar ropa juntas, miramos series, nos quedamos charlando en la galería durante las noches de verano…

De pronto, viéndola partir, siento un dolor punzante en el pecho. Al terminar la secundaria se tomó un año sabático, pero la cuenta regresiva ya comenzó. En pocos meses se irá de casa y de la ciudad para empezar sus estudios. La voy a extrañar demasiado…

Sin premeditarlo me miro en el espejo del recibidor. Me redescubro en este rostro de mujer madura. La imagen que tengo de mí es aún la de una persona joven y vigorosa, pero estas arrugas delatoras, esta piel gastada y este cabello, cuyo tinte cobrizo tapa con esfuerzo las canas, dicen lo contrario. O más bien dicen la verdad.

El silencio que me rodea me resulta excesivo.

Sin pensar, sonrío con nostalgia al recordar cómo me gustaba el silencio cuando mis hijos eran pequeños. Había algo de felicidad culposa cuando los dejaba en el colegio y regresaba sola a casa. Encontrarme con un café humeante entre mis manos sin tener que berrear con ellos era un deleite. Más de una vez, los fines de semana, inventaba que me dolía la cabeza o que estaba descompuesta para que Beto se llevara a los chicos a jugar a la plaza. En ese momento, me encerraba en la intimidad de mi cuarto a divagar por los canales de TV, a leer con avidez un libro o simplemente a sumergirme en la bañera y quedarme allí un largo rato sin la presión de tener que estar con la puerta semiabierta, pendiente de sus reclamos y peleas.

El tiempo pasó rápido… Cristian y Gabriel se fueron a estudiar: uno, Arquitectura; el otro, Ingeniería. Y si bien ellos aún se refieren a esta como “su casa”, sé que ya no van a volver más que para las vacaciones o para algún fin de semana largo. Magui va por el mismo camino.

Me cuesta transitar estos cincuenta y tantos (esa extraña edad en la que a veces se tiene la certeza de que lo mejor tal vez ya pasó) y me cuesta también aceptar una vida sin la rutina de los hijos. Se fueron emancipando sin que me diera cuenta del todo. Vivimos en un mundo demasiado veloz…

“Debería volver a terapia”, me digo. Pero después de tantos años de psicoanálisis, uno ya sabe qué esperar del diván. Varias charlas en torno a lo mismo, algunas pautas para trabajar y un gasto excesivo que bien podría invertir en un lifting o en levantarme las tetas…

Al fin de cuentas, todos sabemos que la vida es así. Períodos de estabilidad y períodos de cambios. A mí ahora me toca el de los cambios… De repente, debemos reconstruirnos en una vida nueva, diferente.

Aquello de “nuestro tiempo sin hijos” que añorábamos con Beto cuando los gemelos tenían ocho años y Magui, tres, está por hacerse realidad. Y, al menos en mi caso, no es como lo imaginaba. No me siento feliz ni libre. Me siento sola.

Me alejo de ese maldito espejo que me devuelve una imagen que no sé si quiero ver. Voy al equipo, conecto el bluetooth y busco alguna canción, de esas que me regresan a los años de la juventud… Es raro, en mi cabeza aún me veo como esa chica que abrazaba todas las causas sociales y políticas que encontraba en el camino. Mi viejo había sido un sindicalista honesto y comprometido. Nos transmitió ese espíritu de lucha. “Sos quilombera, como yo”, me solía decir. Pero, con el tiempo, pasaron dos cosas que me alejaron de aquella que fui: primero, con mis hijos me volví excesivamente temerosa y, luego, el sistema me fue ganando… Incluso cuando papá murió, fue más fácil dejarme vencer. En el fondo, los hijos hacemos muchas cosas para enorgullecer a nuestros padres, aun cuando somos adultos y ellos viejos.

“Leti, estoy saliendo para casa. Ya terminó la reunión. ¿Querés que hagamos algo a la noche?”. El mensaje de Beto me sobresalta. “Vemos…”, le respondo.

Mientras la música suena de fondo, decido que para combatir esa extraña nostalgia que me invade al atardecer no hay nada mejor que matar el tiempo en redes… Las redes, el lugar de la catarsis, de la exposición. Un sitio en el que la gente parece más feliz de lo que realmente es. Ayer, sin ir más lejos, colgué fotos del fin de semana en la casa de campo familiar. Todos sonreíamos: Beto, Magui, mi mamá, mis hermanos, mis sobrinos, yo. Sin embargo, durante el día habíamos estado apagados, preocupados por mil cosas. No…, definitivamente no nos parecíamos en nada a los de las fotos. Entro al álbum: cinco likes de gente que apenas conozco, de gente que apenas me conoce.

“¿Qué quiero?”, me pregunto… Hubo un tiempo en el que me sentía poderosa y lo quería todo. Pero luego llegaron otros tiempos y cada vez que aparecía el interrogante, respondía con evasivas. Me decía: “Quiero hacer esto, pero cuando los chicos crezcan”, “si cambio de trabajo voy a hacer tal o cual cosa”, “haré esto cuando pasen las fiestas”, “haré esto cuando Beto esté menos sobrecargado de obligaciones”… Durante muchos años mi existencia fue una carrera que siempre tenía como objetivo la frase “después de…”. Pasaron los veranos, los otoños, los inviernos, las primaveras y yo hice poco y nada de aquello que deseaba.

De manera inconsciente fui edulcorando las frustraciones. De manera inconsciente fui adormeciendo mis sueños. Ahora, con cinco décadas a cuestas, tal vez ha llegado la hora de volver a preguntarme: “¿Qué quiero?”.

Un mensaje privado de Carolina me sorprende: “Ya lo decidí, me tomo una licencia sin goce de sueldo y mando a la mierda al boludo de Ernesto. Es el cumpleaños más choto de mi vida”.

JUAN

Llevo más de diez minutos juntando fuerzas para levantarme de esta cama. Cada 31 de diciembre me pasa lo mismo. Es como si quisiera que ese día, solo ese día, el mundo quedara detenido, y yo, libre de todo lo que hace a esta fecha de mierda. Mi vieja murió el 31 de diciembre, hace tres años. En el primer aniversario hice guardia, luego, cuando me vine a La Colonia, fue todo un poco más sencillo. No tenía que dar excusas a nadie y me permitía quedarme solo, abrirme un vino, comer algo hecho a la parrilla, sentir el calor y el crepitar del fuego y esperar la medianoche mirando las estrellas o escuchando algunas de esas canciones que a ambos nos gustaban: Silvio Rodríguez, Pablo Milanés… El típico programa que mi hermano definiría como “un bajón total”. Lo que él no entiende es que para mí es más triste y agotador caretear la felicidad del Año Nuevo cuando todavía me pesa la tristeza. He superado el duelo, he encontrado las razones suficientes para sentirme bien y útil. Pero es hoy, y solo hoy, cuando necesito unos minutos más para levantarme de la cama. Requiero una energía extra para ponerme en movimiento.

Logro levantarme, pongo el agua, preparo el mate y empiezo el día tarareando “Al final de este viaje en la vida quedarán / nuestros cuerpos hinchados de ir / a la muerte, al odio, al borde del mar”.

“Qué tipo tan pelotudo y sentimental que soy a veces”, me digo.

Suena el WhatsApp. Leo el mensaje: “Esta noche te venís a comer con nosotros. No acepto excusa. Además Lucio compró un champancito y vamos a brindar por la Gaby, mi amiga del alma”… Mariana, esa sí que le cumplió a mi vieja. Eran amigas de la infancia y estuvo cerca de nosotros siempre, una de esas tías que nos heredan las amistades de nuestros padres. El día que me llamó y me contó del puesto de médico en La Colonia, no lo dudé. Fue una locura, pero fue y sigue siendo la mejor aventura de mi vida.

Abro las ventanas, me voy al patio, empiezo a cebar y de pronto me concentro en ese jazminero que ya venía con el jardín de esta casa que alquilé. Está lleno de flores, el aroma es exquisito… Sonrío. Mi vieja amaba los jazmines, siempre cuando empezaban a crecer los botones me decía: “Mirá, Juanse, qué lindo están creciendo”. Yo le respondía: “Sí, lindo, pero no me empecés a hablar de plantas que para mí un jazmín o un cardo son lo mismo, vieja”.

Y entonces con picardía sentenciaba: “Bueno, el día que te des cuenta de que crecieron los jazmines, ojo… Mirá que tu abuela decía: ‘Hombre que se da cuenta de las flores a su alrededor, hombre al que se le viene el tiempo del amor’”.

CAROLINA

Después de los treinta viví cada cumpleaños como un peso y este no es la excepción.

En el trabajo tuve que aguantarme los chistes obvios sobre la edad y alguna otra que trató de atemperar el tema con la típica frase: “Lo llevás muy bien, parecés menos”. Me dieron ganas de preguntarle cuánto menos. Solo para escuchar respuestas boludas como “treinta y tres, treinta y cuatro”… Como si uno cambiara mucho entre los treinta y cuatro y los treinta y ocho.

Incluso, un técnico al que he cruzado no más de cinco veces se le ocurrió largar la típica: “¿Ya treinta y ocho y con el pescado sin vender?”. No podía creer que un tipo de mediana edad, en estos tiempos, dijera semejante huevada. “¿Y el pescado qué simbolizaría?”, consultó Leticia con malestar. Silencio total. Ella, siempre tan dispuesta a incomodar, volvió a la carga: “¿Sería la vagina?”. Silencio doblemente incómodo. “Porque nosotras no tenemos que andar vendiendo nada por ahí, querido. Te lo dejo pasar porque creo que todavía te falta bastante para deconstruirte, pero empezá de una vez; si no, vas a terminar llevando a tu mujer de los pelos arrastrándola por todo el barrio, muy a lo cavernícola”. Su tono fue cortante, pero a mí me sacó una sonrisa. La miré y le agradecí la intervención. El técnico salió espantado. “Sos tremenda”, le dije. “Pero no, qué desubicado. Es para darle una buena patada en el culo, de esas que te hacen volar tan alto que pasás hambre en el aire”, respondió. Largué una carcajada, las ocurrencias de Leticia podían transformar una tragedia en comedia.

Igual, y pese a las risas, a mí los treinta y ocho me pesan… Más aún, los siento como si ya fueran cuarenta y más.

Después del trabajo me fui a lo de mis viejos, a los que adoro, pero que tienen todas las ñañas propias de la edad. Los achaques, las anécdotas repetidas sobre mi nacimiento y esa especie de penumbra en la que habitan los mayores. Me los traje hace cuatro años del pueblo en el que crecí y en el que ellos vivieron siempre. Con dos hermanas en el exterior, era imposible resolver todo a la distancia. Tras muchas discusiones, y gracias a mi persistencia, logré que aceptaran la proposición de instalarse en la ciudad y dejar la casa intacta para que regresaran al pueblo cada vez que quisieran. Me da culpa admitirlo, pero juro que descanso cada vez que se van para allá. Más de una vez detesto a mis hermanas, cuya misión es solo enviar dinero para pagar gastos altísimos de empleadas, dos propiedades y una pila interminable de remedios.

Me volví la hija-enfermera, la hija-banquera, la hija que inventa programas para que tengan un día diferente, la hija que debe resolverlo todo: “Caro, el celular suena muy bajo”, “Caro, el techo de la pieza se llueve”, “Caro, me duele el hombro… ¿será el corazón?”, “Caro, no me acuerdo dónde dejé la tarjeta de débito”, “Caro, ¿me acompañás al cajero que no sé cómo se hace?”... Caro, Caro, Caro.

Soy algo así como una especie de hija única, lo que encima me vuelve el blanco de sus críticas: “Te dedicaste mucho a la profesión y poco a tu vida personal, por eso te quedaste soltera”, repite Yolita, mi madre, con ese tono imperativo que la caracteriza. Habitualmente no respondo. ¿Qué le voy a decir? ¿Que hace varios años mantengo una relación clandestina con un tipo casado? ¿Que el tipo en cuestión es además mi jefe y que no tiene ni tendrá jamás las pelotas de dejar a su esposa por mí?

“Ajá, puede ser”, respondo. He aprendido a no discutir. Digo “ajá” y pienso y hago lo que se me canta. Es una buena forma de sobrevivir.

Ya son más de las nueve de la noche. Para matar el tiempo abro el Face (una antigüedad de la que no logro desprenderme) y veo que tengo muchos saludos de cumpleaños. ¡Qué locura! Montones de mensajes que dicen cosas así como “feliz cumple, que la pases lindo”, “feliz cumple, bendiciones”, “feliz cumple y que tengas un gran festejo con tus seres amados”, “feliz cumple y…”.

“¡La puta que los parió!”, me digo. Tantos mensajes y aquí estoy, sola en el living, a medio vestir y esperando que Ernesto me responda a qué hora nos encontramos en el restaurante.

Veo que Leticia también anda navegando, estoy a punto de escribirle, pero me llega un mensaje por WhatsApp. “Perdón, Caro, no puedo hoy, tengo que resolver problemas en casa. No te enojes”. Como siempre, un mensaje seco, breve, de los que no pueden despertar demasiadas sospechas. Aunque suele borrar audios y mensajes, intenta ser cuidadoso a la hora de escribir… Estoy por romper la diplomacia y mandar a la mierda a Ernesto, pero me detengo. Prefiero no decirle nada.

Mi indignación me empuja a regresar al Face y contabilizar cuántos mensajes de cumpleaños tengo. Son setenta y seis; setenta y seis… y estoy sin nadie alrededor. ¡¿Qué hice para llegar a esto?! Tal vez fui demasiado intolerante con cada relación que tuve y “patológicamente” tolerante con Ernesto.

Hace unos cuantos años empezamos a salir, luego, la enfermedad de su único hijo instaló un intervalo. Cuando el niño se recuperó, regresamos. Entre nosotros hay algo fuerte, profundo, que va más allá del sexo. Pero en momentos como este me siento una infeliz.

Si a eso le sumo que dediqué mi vida a estudiar no una sino dos carreras, y a trabajar y a cuidar de otros y que tengo ese aire de mujer que todo lo puede y…

Trato de callar mi mente, esconder los motivos. Me permito lloriquear como una estúpida. Mi mente, con su habitual mecanismo de defensa, se traslada a un recuerdo feliz, a aquel cumple de diecisiete con mis amigos del pueblo, con Diego y los chicos de la banda tocando en un bar de mala muerte… El grupo se llamaba Los Orson Welles y hacíamos covers. No sé si éramos buenos, pero nos divertíamos.

Era la época del frenesí, los años de las ilusiones, los tiempos en los que se sueña con cambiar el mundo. Por eso estudié Trabajo Social y luego seguí con Psicopedagogía. Trabajé en cada sitio en el que sentí que podía hacer grandes cosas. Pero visto en perspectiva, no fueron tan grandes, ni tantas cosas.

“Todavía estoy a tiempo, puedo ir por algún sueño”, me repito. Sueno como esas estúpidas comedias norteamericanas y me avergüenzo de esa reflexión naïf que se instala en mi cabeza.

Yo, que siempre me burlé de la cursilería, quisiera que alguien me tocara el timbre con un ramo de flores, una caja de bombones… “Cosas que solo pasan en la ficción”, me reprendo.

El timbre no suena. No hay bombones, ni flores. Ni siquiera hay alguien. Estoy sola, con un par de zapatos altísimos que me interpelan desde el costado del sillón.

Con una convicción de esas que suenan a locura y a escaso sentido común, le escribo a Leticia: “Ya lo decidí, me tomo una licencia sin goce de sueldo y mando a la mierda al boludo de Ernesto. Es el cumpleaños más choto de mi vida”.

Una cosa es pensarlo, otra escribirlo…, más difícil será ejecutarlo.

Abro una cerveza y brindo por esos setenta y seis mensajes sin alma, por esta soledad que a veces sirve para decir basta. En YouTube la voz de Lila Downs suena a ruego: “Urge, una persona que me arrulle entre sus brazos / a quien contarle de mis triunfos y fracasos / que me consuele y que me quite de sufrir”.

LOLA

¡Al fin voy a comenzar a trabajar! Necesitaba volver a sentirme útil, ganar mi propio dinero. No fue fácil convencer a Pablo, pero al verme tan cabizbaja, claudicó.

Hace algunos meses estábamos en Córdoba, buscando una casa cerca de la de mis padres y, de pronto, él apareció con la idea de irnos a vivir a su ciudad.

—Mi primo, el que es ministro de Gobierno, me consiguió un puesto de asesor en el área de Comunicación. Es una gran oportunidad y el sueldo es muy bueno. Le quedan dos años y medio de gestión, pero podemos hacer una buena diferencia de guita y después vemos si podemos volvernos para acá o irnos al exterior.

Me costó asimilar la propuesta. En primer lugar, porque yo no soy de las que le dan demasiada importancia al dinero y, por otra parte, porque eso de irnos un tiempo para luego volver me sonaba a excusa para hacer menos doloroso el desarraigo.

Llevábamos tres años de novios y estábamos proyectando vivir juntos. Pero una cosa era dejar la casa paterna y otra muy distinta instalarnos a tantos kilómetros de mi hogar, de mi mundo. Me costó horrores asimilar la idea de alejarme de mis viejos, de mis abuelos, de mis hermanos, de mis amigos. Soy una persona sociable por naturaleza; en realidad, habría sido imposible no serlo en una casa con seis hijos, en la que siempre hay gente desparramada por los rincones.

—¿Qué voy a hacer yo allá? —le pregunté.

—Lo que quieras. No vas a necesitar trabajar, así que vas a poder viajar para acá cuando quieras.

—Trabajo desde que tengo veinte y me encanta —repliqué. Siempre me gustó trabajar, incluso más que estudiar.

—Bueno, entonces trabajá allá. No vas a decirme ahora que vas a extrañar tu puesto en el hospital. Volvés llorando todos los días, quejándote de la burocracia, angustiada por las enfermedades graves, por la indigencia, por la ignorancia. ¡Ni te digo cuando se muere un chico!

—Una cosa es llorar todos los días y otra es dejar de trabajar.

—Podés ejercer tu profesión donde sea. Encima, lo de acá es un contrato, algo que puede terminarse en cualquier momento.

—Igual, es mi laburo.

Me miró con firmeza y me advirtió:

—Bueno, no sé, yo me voy.

Sabía que entre nosotros no funcionaría una relación a distancia. Al menos no para mí.

Sabía también que Pablo ya tenía su decisión tomada.

No le respondí en ese momento y le pedí unos días para pensarlo.

Cuando se lo conté a mis padres, no ocultaron la sorpresa. En el fondo, ya les dolía un poco que me fuera de casa y ahora además venía con esto de instalarme en otra ciudad. Igualmente ellos son de los que apoyan las decisiones de sus hijos. Ni siquiera era una situación extraña. Benjamín vivía en España hacía ya unos cuantos meses y Carla se había ido hacía dos años a vivir con su pareja. En casa solo quedábamos Vico, Matías y Lautaro, y yo.

—Si es bueno para los dos, vayan. No estamos tan lejos, vamos a poder vernos seguido —dijo mi mamá. Mi papá no agregó mucho más.

Mis hermanos hicieron chistes como: “¡Qué bueno! Nos queda un cuarto libre”, “nadie va a estar molestándonos para que ordenemos”, “por fin Dios escuchó nuestro ruego” y ese tipo de cosas. Pero lo cierto es que no paraban de abrazarme y besuquearme. Sobre todo Vico; es dos años mayor que yo, pero siempre hemos sido muy unidas.

Cinco días me tomé para pensar. En ese tiempo no me encontré ni hablé con Pablo. Nos mandamos algunos mensajes, a los que yo simplemente respondía: “Necesito un poco de distancia para decidir”. Finalmente opté por irme con él. No porque estuviera tan convencida, sino porque en esas pocas jornadas de lejanía me di cuenta de que lo extrañaba y lo quería.

Nos habíamos conocido algunos años atrás, en un congreso de la universidad. Yo jamás escuché lo que explicaba el disertante, solo me dediqué a mirarlo. Era perfecto: sus ojos claros, su piel tostada, su cuerpo torneado… Estaba impecable y tenía un perfume exquisito. Cuando se organizaron los grupos de trabajo rogué al cielo que me tocara con él. Y así fue. Éramos cinco en el equipo. En ese momento no me prestó demasiada atención. Su inteligencia y esa capacidad de comunicar me dejaron encantada. Días después armamos una salida nocturna entre todos los participantes. Recuerdo que dejé atrás mis pollerones coloridos y mis musculosas claras, para ponerme un vestido negro y ceñido que me marcaba las curvas. Me maquillé, me planché el pelo y utilicé todos los artilugios necesarios para que me mirara. Finalmente lo logré. A las tres semanas estábamos saliendo. No tenemos demasiado en común, pero nos gustamos, nos amamos y respetamos. Tres años juntos no es poca cosa.

El 3 de enero. Esa fue la fecha de la partida. Era una mañana lluviosa y eso le imprimió más dramatismo a la despedida. Igualmente me mantuve estoica y sonriente; recién cuando tomamos la ruta me permití soltar alguna lágrima. Pablo manejaba con una mano y con la otra me acariciaba la cabeza, mientras me repetía una y otra vez: “Vamos a estar bien”.

Puse lo mejor de mí para adaptarme a un departamento caluroso en el corazón de la ciudad. Traté de vincularme a algunos de sus viejos amigos (cuyas mujeres no hacían grandes esfuerzos por integrarme) y sobrellevé de la mejor manera esa primera etapa. Llegué a llamar hasta tres veces al día a mi casa, y cuando de fondo escuchaba a mis hermanos y a sus amigos en la pileta o me contaban que eran un montón y que iban a preparar un asadito porque la noche estaba divina, sentía que mi soledad era inconmensurable. Colgaba y lloraba.

La familia de Pablo es pequeña y distante. Su hermana Virginia siempre está ocupada, mi suegra es más bien fría y mi suegro habla lo justo y necesario. No hay abuelos vivos y el vínculo entre tíos y primos no es muy cercano, así que por ese lado tampoco recibía contención.

Además, Pablo salía a trabajar cerca de las siete de la mañana y volvía a las ocho de la noche. “Este es un mes clave para ponerme al día con todo. Pero te prometo que desde febrero van a ser solo ocho horas, así que cerca de las cuatro y media voy a estar en casa”. Era obvio que sentía culpa, porque, aunque yo trataba de mostrarme animada, mi tristeza era evidente.

“Enero es un mal mes, las ciudades están desiertas”, comentaba como para alentarme.

En febrero mis padres vinieron a visitarnos. La pasamos muy bien, pero se me hizo tan breve… En cuanto se marcharon, volví a sentir ese vacío de la soledad. Casi sin querer, me empecé a transformar en una voyerista de las redes. Daba vueltas y vueltas, “stalkeando” las cuentas de amigos y conocidos. Cosa horrenda, eso de andar metiéndome en cuentas ajenas era casi lo mismo que mirar por la ventana del vecino. Pero se me hacía inevitable. Instagram estaba sacando lo peor de mí: las fotos de mis amigas reunidas en las clásicas noches de jueves de mujeres solas y cosas por el estilo me despertaban envidia, bronca, angustia… Me estaba volviendo una persona odiosa. Tenía que hacer algo al respecto.

Los primeros días de marzo empecé a buscar opciones de cursos o deportes, pero nada me entusiasmaba. Encima todo representaba gastos y, aunque Pablo es un tipo generoso, yo no estaba dispuesta a hacerle pagar ninguna acti­vidad recreativa. Lo que necesitaba era trabajar, no tenía dudas. Se lo expuse a Pablo una noche, en medio de un brote de angustia. Seguramente aquello lo movilizó, porque cinco días después llegó con la noticia. “Mi primo te consiguió un puesto en el área de Desarrollo Social. Es una suplencia, pero creo que te va a gustar. Están buscando a alguien con tu perfil”. Me le colgué del cuello gratificada.

“Te voy a pedir un favor, no hables de tu vida personal. Podés decir que estás en pareja, pero evitá los detalles, ni se te ocurra decir que tu novio es el primo del ministro de Gobierno, porque, si no, todo el mundo va a empezar a manguearte cosas”, me recomendó.

Y acá estoy yo ahora. Mirando mi pantalón oscuro, mi camisa blanca, mi cabello ondulado amordazado con una trenza larga y mi alma llena de entusiasmo.

A punto de salir de casa, me llega un WhatsApp de mi mamá: “Buen comienzo, hija”. Ese mensaje me anima para salir desafiante por la calle, dispuesta a comerme el mundo. Estoy segura de que allí, en ese “puesto piola”, como lo calificó Pablo, está mi lugar. Mi espíritu romántico agrega: “Seguramente hay mucho para hacer”.

Llueve, pero nada puede quitarme la sonrisa de los labios. Salgo caminando con mi paraguas, feliz como una loca. Me calzo los auriculares y pongo a Rod Stewart con un tema que mis viejos solían cantar en un pésimo inglés y que a mí me encanta: “I want to know, have you ever seen the rain?”.

ERNESTO

“Sos una mina egoísta y además impulsiva. Estás tomando la decisión equivocada”, le escribo.

Espero su respuesta… Una rayita, dos rayitas, rayita celeste. La pantalla se apaga, vuelvo a encenderla y sigo atento. Está escribiendo, el mensaje tarda y, finalmente, leo: “Yo egoísta e impulsiva. Vos cagón e incapaz de tomar decisiones. Por eso no funcionó”.

La llamo, no da para seguirla por mensaje. Pero no me atiende. Quiero decirle que hubo y hay muchas razones por las cuales no funciona. Ella nunca quiso hablar de eso, pero no tiene idea de lo que es cargar con la enfermedad de un hijo pequeño. Cuando a Joaquín le diagnosticaron su leucemia fueron dos años en los que viví con miedo, como si el aire no fuera suficiente para llenar mis pulmones. Exámenes, tratamientos, el trasplante, los casi sesenta días de vivir en una burbuja con un niño inmunodeprimido… Y encima de eso, Claudia, con su depresión, sus brotes de locura, esa forma tan suya de hacerme sentir el culpable de todo. No pude contar con ella para nada. Preferí que se quedara en casa, haciéndose la mártir, a tener que tolerar sus ataques de llanto, sus enojos y sus histerias. Soy de los que creen que quien no te suma, te resta. Bien podría recriminarle a Caro que en ese tiempo ella tampoco sumó, tomó distancia, se alejó de mi dolor y me dejó solo. Tal vez fue mejor así.

Pero el cuerpo tira, el deseo es una pulsión que no tiene reglas ni límites… Cuando las cosas se fueron acomodando, aquello que alguna vez tuvimos renació. No lo programamos, simplemente una noche, en la reunión de fin de año de la oficina, nos miramos y con eso fue suficiente. Ella se fue, yo la seguí y a los pocos minutos terminamos cogiendo desenfrenadamente en el auto, como si fuéramos dos adolescentes.

Volvimos a construir nuestra rutina en esta incómoda clandestinidad. A mí me basta y sobra, pero al parecer para ella es insuficiente. Y ahora, cuando pienso que tal vez con el tiempo las cosas se pueden acomodar, me sale con esto: la licencia, el viaje… En fin, la distancia.

El día del cumple de Caro, Claudia se encerró en el baño y amenazó con tomar pastillas. Sé que es su modo de manipularme, pero lo logró. No me pude ir y me quedé alerta, junto a la puerta, pidiéndole de mil maneras que saliera de allí y se tranquilizara.

Al otro día fui a lo de Caro, le llevé de regalo un perfume carísimo, de los importados, pero me lo devolvió. No quería ni perfume ni nada mío.

Desde entonces no dejamos de hacernos daño. Nos decimos cosas ofensivas, nos mandamos mensajes hirientes… Mensajes que se escriben y se borran, pero que nos quedan resonando en el alma.

Ella no sabe lo que siento, ella cree que mi vida es simple y que todo es cuestión de cobardía. ¡Si supiera…!

Miro el reloj, tengo que ir a buscar a mi hijo a su taller de arte. Me calzo la careta del padre ejemplar y sonriente, y parto en silencio. En el auto suena “Ese maldito momento” de No Te Va a Gustar.

CAPÍTULO 2

Lola, sin Dolores

A Lola le hubiese gustado que Pablo la llevara a su primer día de trabajo, pero había viajado a Buenos Aires para hacer una capacitación. De todas maneras, estaba tan entusiasmada que nada podía atentar contra su buen ánimo. Dio unas cuantas vueltas por el gigantesco edificio estatal hasta que halló la oficina que buscaba. Era una sala pequeña, con tres escritorios.

—Hola, soy la nueva asistente social, Dolores Albariño —se presentó. Las dos mujeres estaban enfrascadas en una conversación que, según percibió, no tenía mucho que ver con lo laboral.

—Ah, ¿como estás? Soy Carolina Acosta, vos venís a reemplazarme a mí. —A Lola, la mujer le pareció encantadora. Le dio un beso y la invitó a que se sentaran para hablar un poco. La otra, en cambio, fue formal y algo distante:

—Hola, soy Leticia Mirabal.

—Mirabal, como las hermanas a las que mandó a matar Trujillo —agregó Lola con la intención de congraciarse.

—Siempre que me presento me dicen lo mismo. —Leticia sonó más molesta que halagada y volvió a concentrarse en su computadora. Lola intuyó que su comentario era una obviedad que no servía para congraciarse con su compañera. Habría deseado que la de la licencia fuera Leticia y no Carolina.

—Mirá, Dolores…

—Lola, todos me dicen Lola. Dolores es un nombre que suena triste, en cambio Lola es más… no sé, alegre.

—Sí, es cierto, Lola es nombre de mujer audaz —aventuró Carolina—. Te cuento que yo voy a venir hasta el jueves para ayudarte y comentarte un poco lo que hacemos en esta área. Te voy a dejar mi celular y mi mail para lo que necesites. El único problema es que el sábado me voy de viaje.

—¿Adónde? —consultó; quería aprovechar la buena predisposición de Carolina para hablar sobre algo más que trabajo. Recién ahora se daba cuenta de cuán sola y callada había estado durante todo ese tiempo.

—Me voy a España. Mis hermanas viven allá y llevo a mis viejos para que los vean. Ellos son un poco mayores y no pueden hacer semejante viaje solos.

—Mi hermano anda por Barcelona, trabajando de todo un poco.

—Está bueno para los jóvenes. Mis hermanas viven en Madrid, hace bastante ya. Están muy instaladas.

—Qué bueno. —Aunque a Lola le hubiera gustado continuar indagando más sobre la vida de Carolina, le pareció que no era correcto seguir preguntando, así que se decidió por una consulta laboral—: ¿Cuánto te tomás de licencia?

—En principio son seis meses, pero mi idea es ver si puedo extenderla a un año.

—En esta área trabajamos principalmente en la zona de La Colonia —agregó Leticia sin levantar la vista de su computadora.

—Escuché hablar de ese lugar.

—¿Vos no sos de acá, no? —sondeó Leticia con cierta desconfianza.

—No.

—Raro que te hayan dado esta suplencia, siempre el requisito es que sea gente que ya viene trabajando o que al menos conozca la zona. Pero, bueno, estos hacen lo que quieren… Ojo, no es nada contra vos —aclaró.

A Lola el comentario la incomodó. Sin prestar demasiada atención a la situación, Carolina prosiguió:

—La Colonia es una de las regiones más indigentes de la provincia. Está integrada por unos diez parajes. Nosotros trabajamos específicamente con ellos, es una población muy variada, rural. Ya te voy a explicar bien sus características socioculturales. Nuestra función es estar en contacto con las fuerzas vivas del lugar, en especial con el área de Salud. Vos receptás las necesidades que luego vas a trasladar a Leticia. Ella y Víctor, un compañero que hoy faltó, arman los informes, los presupuestos, y los elevan a nuestro jefe, Ernesto Sánchez Oribe. ¿Ya te lo presentaron?

—No, cuando llegué me dijeron que no estaba y me mandaron para acá —dijo Lola, quien no pudo ocultar su desi­lusión. Ella había imaginado un trabajo en el que podría hacer grandes cosas y, por lo visto, solo se trataba de enumerar necesidades. Carolina estaba por seguir, pero Lola la interrumpió—: ¿Yo puedo proponer proyectos?

—No, para eso hay un área de Planificación —Leticia fue tajante.

Carolina edulcoró la respuesta:

—Nosotros no podemos proponer mucho, pero a veces, muy cada tanto, respetan nuestras sugerencias. Igualmente, en La Colonia hay gente que hace cosas muy buenas y nosotros tenemos que tratar de conseguir que el Estado les otorgue los recursos para que ellos puedan desarrollar sus iniciativas.

—Claro, debemos acompañar esos dispositivos de intervención. —Lola se esforzó por sonar técnica, no le gustaba cómo la miraba Leticia y quería demostrarle que no era una acomodada, sino alguien que conocía del tema—. Y esas fuerzas vivas, ¿quiénes son?

—Es complejo. Por un lado, hay dos médicos que trabajan en dispensarios desparramados por los parajes. Ellos tienen un consultorio central en Jacinta, que es el pueblito principal, y cuentan además con una ambulancia móvil. Lo que hacen a nivel salud es muy básico, cuando las cosas se complican, tienen que trasladar a la gente a hospitales aledaños. También hay algunos grupos religiosos, una ong que se dedica a la promoción de las mujeres, también una unidad regional que trabaja con infancias, adolescencias y familias, algunas escuelitas rurales y varios proyectos a cargo de artistas o movimientos que se acercan para cuestiones puntuales.

—Contale lo de la fundación —agregó Leticia, ahora enfrascada en unas carpetas rebasadas de papeles.

—Ah, sí. Hace poco se instaló allí una fundación, pero tiene ciertas diferencias con los referentes sociales que te nombré. Nosotros debemos mediar entre ellos. —Miró hacia los lados y dijo en voz baja—: Tenemos que tratar de integrar a la fundación porque están medio acomodados con el gobierno.

Lola se puso incómoda. Le molestaba tener que ocultarles a sus compañeras de trabajo la relación entre su pareja y el ministro. Pero así se lo había solicitado Pablo y ella, pese a que no era afecta a obedecer, en ese punto decidió respetar su pedido.

—¡La fundación es una pantalla! —Leticia no era tan discreta como Carolina; no hablaba por lo bajo, sino que vociferaba—. Un montón de viejas chetas, esposas de funcionarios o con ínfulas de políticas tardías, que quieren hacer cosas en favor de la mujer. Cosas muy del siglo xxi además: enseñarles a coser, a bordar… y en lo posible a no abrir la puerta ni menos aún salir a jugar.

Carolina se rio, Lola también.

—Pará, Leti, que la vamos a aturdir a esta pobre chica.

—Hasta ahora vamos bien, entiendo todo. Una duda: ¿cómo relevamos las necesidades?

—¿No te dijeron que tenés que viajar una vez por semana a La Colonia? —Leticia volvió a su modo áspero.

—No. —Lola sintió que el puesto le empezaba a gustar.

—Quedate tranquila, que es dentro del horario laboral —le aclaró Carolina—. La Colonia queda a unos noventa kilómetros. El camino es complicado, así que son casi dos horas de viaje. Salimos a las ocho, llegamos allá cerca de las diez. Te juntás con la gente en el dispensario; esas reuniones duran hasta el mediodía. Recorrés un poco y a las dos te estás volviendo.

—Pensé que el trabajo era hasta las dos de la tarde.

—Todavía no empezaste y ya estás con reclamos gremiales… Me empezás a caer mejor —bromeó Leticia.

—No, no es eso, solo que no sabía…

—Tranquila, para compensar, el viernes te dejan salir dos horas antes, te vas a las doce —dijo Carolina.

El resto de la mañana fue para leer carpetas, balances, informes y ver algunos detalles técnicos. Ese día no pudo conocer a su jefe, pero al regresar a su casa se sintió feliz.

Recién el martes se presentó el tal Ernesto Sánchez Oribe. No era como lo imaginaba. Pensaba encontrarse con un hombre viejo y, en cambio, quedó impactada ante el porte de un tipo de unos cuarenta y cinco años, muy buen mozo, impecable, formal y con un perfume de los buenos.

Fue cordial y dijo algo que Lola no terminó de dimensionar: “No va a ser fácil reemplazar a Caro, pero intuyo que vas a andar bien”. Carolina lo fulminó con la mirada. No era la forma en la que una empleada observaba a su jefe, menos aún si este la estaba halagando. Algo raro había entre ellos, podía notarlo.

De Leticia supo que era psicóloga social y de Víctor, que era contador. “Víctor falta mucho, tiene problemas con su hijo”, fue todo lo que le dijo su compañera.

Por fin había llegado el miércoles. Salió del trabajo feliz y a las seis partió rumbo al aeropuerto a buscar a Pablo. Cuando lo vio bajar, no pudo evitar sonreír. En cuanto traspasó la puerta, se lanzó a sus brazos. Lo besó y él le respondió con el mismo fervor.

—¿Cómo te fue? —preguntó ella.

—A mí, bien, pero vos contame cómo te fue.

—¡Genial! —Lola detalló todo y dejó para el final lo de los viajes semanales a La Colonia.

—Mi primo no me comentó nada de eso.

—Pero recupero las dos horas extras saliendo los viernes más temprano —se justificó ella.

—Bueno, fijate. Si se te hace muy pesado, podés dejarlo.

—Por favor, Pablo, ni que fuera un trabajo tan duro…

Esa noche programaron una cena romántica. Fueron a un restó, comieron pescado, bebieron un buen vino y luego caminaron un rato, tomados de la mano, hablando de todo un poco.

Al llegar a la casa, Pablo le dijo en tono lujurioso: “¿Tenés proyectos para lo que resta de la velada?”.

Ella no tuvo que responder. Devoró sus labios con tal ímpetu que en pocos minutos acabaron en la cama.

Después de tres meses, Lola volvía a sentirse plena.

CAPÍTULO 3

Una chica Orson Welles

Pablo estaba tratando de explicarle al vocero de prensa el funcionamiento de unas aplicaciones que bien podrían servir para instalar temas gubernamentales. Trataba de concentrarse en los aspectos técnicos, aunque le costaba. El teléfono celular no paraba de vibrar. Las llamadas eran de Lola.

Cerca de las seis de la tarde pudo salir de esa reunión y en cuanto estuvo afuera se comunicó.

—¿Qué pasa, Loli?

—Perdón, ¿estabas ocupado?

—Sí, estaba en una reunión. Pero todo bien; ¿necesitás algo?

—Te quería contar que me invitaron a la despedida que le hacen esta noche a Carolina, la chica a la que voy a reemplazar. Es en Posit, un local del centro. ¿Querés que vayamos?

—Andá sola, mejor. ¿A qué hora es eso?

—Nos juntamos cerca de las nueve.

—Bueno, vos andá y yo aprovecho para reunirme con mis compañeros del secundario. Parece que una vez a la semana hacen una especie de after office y me invitaron. En todo caso, nos llamamos a la noche y te paso a buscar para que volvamos juntos. Lo mío es en el centro también.

—Dale, amor, quedamos así. Besos.

Lola llegó puntual y en el bar no había casi nadie, solo Caro y otra chica que creía haber visto en las oficinas.

—Ella es Laura, de Mesa de Entrada, y ella, Lola, mi reemplazante —las presentó la anfitriona.

Poco a poco, Carolina le contó a Lola que había decidido tomar la licencia para descansar un poco y desarrollar otros proyectos.

—En realidad, además de asistente social, soy psicopedagoga. Una amiga tiene unos consultorios y me pidió que me sumara a su equipo. Es un desafío y todo un riesgo, pero creo que puede ser una buena experiencia. Necesito un cambio de aire.

A Lola le fascinó que Carolina se atreviera a dejar ese trabajo estable para asumir proyectos nuevos. También se en­teró de que estaba soltera, sin pareja y que no tenía hijos. Estaban hablando del tema cuando llegó Víctor. Era un tipo de unos cincuenta años, pelado, antiguo en su modo de vestir y con la mirada apagada. Volvieron las presentaciones y a Lola le gustó que fuera tan amable con ella. Luego apareció Leticia acompañada por Alberto, su esposo. Lola se sorprendió de que alguien tan cortante como Leticia pudiera estar junto a un hombre tan encantador como Alberto. Ella la saludó formalmente, con esa especie de desconfianza que había demostrado desde el momento en que se conocieron, pero él fue muy amable. Además, intuía que lo de Leticia era una coraza, se le notaba su buen sentido del humor. Y le agradaba su franqueza.

Fueron sumándose uno a uno a la mesa.

Ya habían pasado las diez cuando vio llegar a un grupo que evidentemente no pertenecía a la oficina. Dos mujeres de pantalón oscuro y camisa con una cruz de madera en el cuello. Enseguida se dio cuenta de que eran religiosas. También un treintañero, alto, con barba de algunos días y facciones firmes, un matrimonio de unos cincuenta años, y una chica jovencita, rubia, preciosa y sin una gota de pintura en la cara.

—¡Qué suerte que vinieron! —Carolina se levantó y los recibió con cariño sincero.

—No podíamos dejar de venir, se nos va nuestro “San Expedito” —comentó el más joven.

—Vengan que les presento a la nueva “San Expedito” de la oficina.

Carolina se acercó hasta Lola y le dijo:

—Ellos son de La Colonia. Juan es médico, Mariana es la otra doctora; Lucio, su esposo, al que hemos bautizado con el apellido “de todo”, porque es al que le toca hacer “de todo”. —Se miraron con complicidad y sonrieron—. Las hermanas Lourdes y Victoria trabajan desde su comunidad y Lisa es maestra, hace un año que está en la escuela rural de Jacinta.

Intercambiaron algunas palabras cordiales. A Lola le gustó esa gente, aunque supo que iba a ser difícil ocupar el lugar de Carolina. Así lo había dicho el propio Ernesto Sánchez. En eso pensaba cuando lo vio llegar… ¡Por Dios! Ese hombre podía adueñarse de todas las miradas. Sin embargo, no se detuvo en él, sino que observó de soslayo a Carolina. Hubo algo que mutó en su rostro y ya no tuvo dudas: entre ellos el vínculo excedía lo laboral.

Carolina se acercó a Ernesto y Lola creyó leer en sus labios la palabra “viniste”. No supo qué respondió el jefe, pero sí le pareció que le hablaba demasiado cerca, casi rozándole la oreja.

A Lola le costó encontrarse en esa reunión, aún no pertenecía a ninguno de los dos grupos: ni al de la oficina, ni al de La Colonia.

No estaba cómoda y cada tanto consultaba si le llegaba algún mensaje de Pablo. Pero nada. Por suerte, había tomado la iniciativa de comprar cigarrillos. A Pablo no le gustaba que fumara, pero en esos meses había vuelto al vicio. No más de dos o tres por jornada, pero vicio al fin.

Aprovechó la excusa de salir a fumar y se escurrió hacia un patio interno que tenía el bar. Era una noche preciosa, prendió el cigarrillo y se puso a mirar a la gente que estaba dando vueltas. Adoraba los bares, la noche… No llevaba más de cuatro pitadas cuando sintió una presencia.

—Parece que vamos a trabajar juntos.

Era el médico. Creía recordar que se llamaba Juan, pero por las dudas consultó:

—Así parece. ¿Tu nombre era Juan, no?

—Sí, y el tuyo, Lola… Bah, supongo que así te dicen. —En­cendió su cigarrillo también, y ella miró sus manos. Eran lindas manos, propias de un hombre con personalidad.

—Me llamo Dolores, pero no me gusta mucho y todos me dicen Lola.

Hubo un silencio incómodo.

—¿Conocés La Colonia?

—No. —Estaba por explicar que ella no era de allí, pero se contuvo. No quería ahondar en detalles, en especial porque le molestaba tener que mentir u ocultar ciertas cosas.

—Es duro, no es un trabajo para cualquiera.

—¿Estás buscando desalentarme?

—No, te estoy alertando, porque me da la sensación de que sos muy joven y tal vez tengas una idea digamos “romántica” de la pobreza.

—No tengo ideas románticas sobre la pobreza —respondió con firmeza.

—Perdón —se excusó él bajando la vista—. Pongo mi voto de confianza en vos, intuyo que vas a andar bien.

—Si te habías propuesto intimidarme, lo estás logrando. —Lola volvió a sonreír.

—No es mi intención, no suelo intimidar a las mujeres. —Juan le devolvió el gesto con un toque de seducción que la descolocó. Sin pensarlo, Lola se detuvo en su boca. Rodeada por una barba bien recortada y tupida, esa boca parecía devorarlo todo… incluso a ella.

El sonido del teléfono celular la sobresaltó. Era un mensaje de Pablo diciéndole que la recogía en la esquina.

—Me voy, me están pasando a buscar. Nos vemos pronto. Un gusto.

—Claro, calculo que nos veremos la semana que viene.

—Sí, creo que el miércoles viajo a La Colonia. —Tiró la colilla y le dio un beso de despedida.

Volvió al interior del bar, recorrió esa mesa gigantesca para saludar a todos, le deseó suerte a Carolina y se marchó.

Juan la observó desde el vidrio. Era bonita, le fascinó el tintinar de sus pulseras, el movimiento de su pollera llena de piedras y colores, ese cabello castaño claro y ondulado que

le llegaba hasta la cintura. En su hombro se veían los últimos trazos de un tatuaje, parecía una mariposa, un ángel, algo con alas, seguro. Lola era de una sensualidad volátil, lo dejó envuelto en un exquisito aroma a cítricos.

Al regresar a la mesa, se acercó a Caro y le consultó:

—Carito, ¿la nueva es casada, tiene hijos?

—No, pero vive con su pareja y parece estar muy enamorada. No te hagas el vivo, que te conozco. Además, ¿cómo se te ocurre andar preguntando por una desconocida cuando llegás muy de la mano con esa otra pobre chica? —Carolina miró a Lisa y Juan le sonrió con un gesto pícaro.

Todos se fueron marchando de a poco, los últimos en irse fueron los de La Colonia. Ernesto no veía la hora de quedarse a solas con Carolina. Finalmente lo logró.

—Bueno, parece que la despedida llegó a su fin —dijo ella sentándose a su lado.

—¿Nos pedimos un martini?

—Prefiero no tomar nada más.

—Me estás evitando.

—Me estoy preservando.

—¿Y lo de la licencia? ¿Eso también es preservación?

—¿A vos qué te parece? No preguntes obviedades, Ernesto, por favor. Sí, me quiero alejar de vos, quiero hacer algo por mí, quiero cambiar, quiero proyectar otras cosas.

—Ya te perdí como pareja y te extraño demasiado. Ahora me hacés esto, me negás la posibilidad de verte todos los días.

Carolina sonrió de mala gana.

—Vos me podrías haber tenido como pareja si realmente hubieras querido darme ese lugar. Pero me relegaste al de una amante. Y yo ahora quiero otra cosa.

—Dale con lo de la amante, por Dios. La pasábamos bien, estábamos bien juntos.

—¿Vos estabas bien? Yo estaba como el culo. Siempre yendo a fiestas y a reuniones sola, como una viuda. Pasé mi cumpleaños sola mientras estabas resolviendo no sé qué historia nueva con Claudia. Dejate de joder, Ernesto… ¿Creés que no me dolió decirte basta? ¿Que no me duele dejar mi laburo, la seguridad de un sueldo fijo, el ir todas las semanas a La Colonia?

—Y yo soy el culpable de ese dolor —expresó con un dejo de resignación.

—No, Ernesto. No empecemos con las culpas. Yo acepté estas reglas y también tengo mi parte de responsabilidad. Pero no quiero seguir así…

Llegó el martini y Carolina terminó pidiendo otro para ella. Ya estaba claudicando, la bebida no le haría bien y tener a Ernesto tan cerca, tampoco.

—¿Creés de verdad que no te amo, que no me volvés loco? Hoy, cuando vi llegar al trastornado ese del médico…

—¡¿A Juan?! —Carolina sonó sorprendida.

—Sí, a Juan, porque desde que llegó a La Colonia, hace unos años, no parás de hablar de él.

—No metas a Juan en el medio, estás diciendo una estupidez.

—¿Por qué no? Es un tipo buen mozo, de carácter, combativo, como te gustan a vos. El tipo se cree el Che Guevara de La Colonia.

—Mirá, no sé qué historia armaste en tu cabeza. No hay otro hombre, ni Juan ni nadie. Acá hay un solo hombre: vos. Un tipo indeciso por el que llevo esperando unos cuantos años.

—¿Te olvidás de la enfermedad de Joaquín?

—¿Ahora metés a tu hijo? ¡Qué bajeza! Eso ya fue y en ese momento yo tomé distancia sin quejas ni reclamos. Pero cuando él se recuperó y volvimos, ¿qué? Todo igual que antes.

—Claudia es una mujer enferma también, inestable… No puedo divorciarme de la noche a la mañana.

—Entonces no hay nada más que hablar. Quedate arreglando los quilombos de tu casa, con tu hijo, con tu mujer, y dejame a mí hacer mi historia.

—Sos una mujer egoísta, Carolina.

—Es probable… Tal vez por eso estoy sola. —Tomó un trago grande del martini que recién llegaba a su mesa. Respiró

hondo y suplicó—: No terminemos mal, por favor, no es eso tampoco lo que quiero.

—No terminemos, entonces. Andá a Europa y cuando vuelvas, hablamos tranquilos.

—¿Vas a dejar a Claudia cuando vuelva? —Era la última esperanza que le quedaba.

—Sabés que no puedo, no por ahora. Joaquín es mi prioridad y dejarlo bajo el cuidado de su madre es casi como abandonarlo dentro de una jaula de leones. Tengo que resolver las cuestiones legales. —Ernesto bajó la vista apesadumbrado.

Carolina tuvo un sentimiento encontrado: por un lado, detestaba su falta de decisión y, por el otro, comprendía que estaba en una encrucijada. Sin embargo, debía pensar en ella.

Tomando coraje, se puso de pie y se fue hasta la barra a pagar la cuenta. Mientras estaba de espalda, sintió la mirada de Ernesto en su piel. Llevaba un vestido ceñido y corto que mostraba sus piernas, uno de sus mejores atributos. Pasaron unos minutos y él se dio por vencido. Dejó dinero en la mesa y se marchó. Carolina respiró, aunque la tentación seguía latente.

Se dispuso a pagar y a tomar lo último que quedaba en su vaso. Se debatía entre quedarse allí un rato más o salir como una loca hacia la calle, interceptarlo y pedirle que se fueran juntos para tener una última vez, esa mentirosa “última vez” que tantas veces se habían dicho.

Sin embargo, el destino decidió por ella. Una voz la alertó:

—No sabía que una chica Orson Welles tomara martini, en nuestros años eran solo cervezas o alguna sangría hecha con vino barato.

Hubiera reconocido ese modo, ese tono, esa voz, aunque tuviera noventa años.

CAPÍTULO 4

La Colo

—¿No venís? —Alberto hizo la pregunta por pura formalidad. Era evidente que Leticia no iba, estaba descalza, desarreglada, con un pantalón viejo y una camisola suelta.

—No, prefiero quedarme. No conozco a nadie.

—Me conocés a mí. —No ocultó su malestar pese a que ya se había acostumbrado a ir solo a esos eventos—. Como quieras. Yo tengo que ir. Voy a volver lo antes posible.

Le dio un beso suave, de esos que no provocan nada. Pero ella valoró el gesto; al fin de cuentas Alberto aún ponía algo de su parte por mantener cierta dulzura en una relación que se iba apagando.

Cuando cerró la puerta, se sintió liberada. La verdad era que la contrariaba un poco negarse a salir con él o esquivar sus pequeñas manifestaciones de cariño.

Abrió una bolsa de caramelos y se metió en la cama sin más compañía que su teléfono celular. Entró al Instagram de sus hijos. Vio sus fotos de nuevo. De alguna manera era como sentirse aún parte de sus vidas. Los veía sonriendo con amigos a los que desconocía, en fiestas, y hasta tenía la tentación de reprenderlos cuando aparecían con vasos gigantescos de fernet o cerveza. ¿En qué momento se habían ido? ¿Cuándo dejaron de necesitar sus caricias y besos? ¿Cuándo dejaron de llamarla por la noche porque tenían miedo o les dolía la panza? ¿Cuándo se les volvió tan sencillo estar lejos del hogar? Sintió deseos de llorar, pero se resistió. Algo se iba secando dentro de ella.

¡Los extrañaba tanto! Tenía un esposo encantador, un buen trabajo, una excelente posición económica, salud, familia, amigos, pero nada de eso le era suficiente.

Dejó el aparato con hastío. Dio unas cuantas vueltas por el cuarto y encendió la computadora. Le gustaba ver Facebook en la notebook, era más sencillo para su presbicia. Su mundo era más cercano a Face que a IG. Vio algunas fotos de sus hermanos, mandó unos saludos de cumpleaños y se encontró con tres solicitudes de amistad. Una era de Lola, su nueva compañera, y más por respeto que por interés terminó aceptándola. La otra era de una desconocida que se hacía llamar “Madame Bovary”. “Esta está peor que yo”, se dijo y la rechazó.

La tercera la puso en alerta. Ella, que creía adormecidas sus emociones, sintió de pronto un aleteo vital. “Miguel Martínez”. No lograba ver bien la foto de perfil. ¿Sería el Miguel Martínez de la universidad? Habían tenido un romance breve, pero contundente. El primer hombre con el que se había acostado.

Leticia pertenecía a una generación amedrentada bajo el discurso de que se debía llegar virgen al matrimonio. Su madre machacaba: “Todos buscan lo mismo y cuando lo tienen, chau…, desaparecen”. Si a eso le sumaba la mirada intimidatoria de su padre, se podría decir que fue realmente una audacia que tuviera su primera relación a los diecinueve, siendo soltera y con un muchacho al que no había conocido lo suficiente.

Igual, el amor duró poco y le dejó el corazón destrozado. Muchas veces pensó que su madre había tenido algo de razón y se horrorizó cuando años más tarde le repitió una frase similar a Magui.

Por suerte, meses después del abandono de Miguel, apareció Alberto. La pérdida se fue borrando lentamente. Él dejó la facultad y no se vieron nunca más. Sin embargo, Miguel estaba ahora allí, enviándole una solicitud de amistad… Dudó un rato; finalmente, la aceptó.

Estaba por meterse en su muro para indagar un poco más, cuando el chat se activó y Miguel Martínez apareció preguntando: “¿Sos vos, Colo?”.

Colo… hacía años que nadie la llamaba así. Después de esa herida de amor, resolvió dejar atrás el Colo y asumir el Leti. Alberto apoyó la iniciativa y fue el primero en incorporar el cambio.

Sin embargo, ese “Colo” la conectó con aquella Colo que había sido. Esa que se reía con fuertes carcajadas, esa que siempre tenía algún programa para el fin de semana, esa que no tardaba en hacer amistades, esa que hacía gala de su inteligencia e ironía, esa que peleaba y discutía por todo lo que consideraba justo, esa que había festejado en las calles el advenimiento de la democracia, la misma que había abrazado con pasión las causas de los derechos humanos, la que había integrado la lista del Centro de Estudiantes… Esa Colo de las peñas, de las asambleas estudiantiles, de las discusiones acaloradas, de las noches de boliches, de las largas horas de estudio, de la avidez por los libros de historia latinoamericana, no solo había desapare­cido detrás de una tintura castaño cobriza, sino también detrás de una vida plagada de obligaciones, comodidades y rutinas.

Tardó en escribir. Si había sentido culpa en aceptar la solicitud de amistad, responder el mensaje le parecía un pecado mortal.

Finalmente, tecleó nerviosa cual una púber: “Sí, soy yo. ¿Cómo estás? ¿Qué es de tu vida?”.

CAPÍTULO 5

Aprendizajes

Al reencontrarse con sus hermanas, Carolina corroboró aquello de que a veces se solía idealizar la vida ajena, en especial cuando no se estaba bien con la propia. Más allá de la felicidad que le produjo compartir con ellas y ver a sus padres tan entusiasmados con el viaje, observar sus realidades de cerca le ayudó a poner en valor su existencia.

Luisa, que en las fotos parecía tener la familia soñada, con un marido elegante y dos niños perfectos e intelectuales, se la pasaba trabajando todo el día. El trato con su pareja era de una frialdad espeluznante y sus sobrinos, aunque brillantes, parecían dos adultos en miniatura. Maribel, con trece años, no reflejaba ni una pizca de las rebeldías propias de esa edad, y Teo, con ocho, parecía un muchachito de los que trabajan en Wall Street. Se sorprendió cuando una tarde, jugando al Juego de la Vida, expuso una serie de planteos sobre el uso e inversión del dinero que eran impropios para alguien de su edad.

En cambio, su otra hermana, Carmen, estaba sumida en una constante preocupación. La crisis de España los había afectado económicamente. Ella había optado por el silencio y la sumisión, mientras Ricardo, su marido, ordenaba y decidía cual jeque árabe. Un día llegó a su casa a media tarde y era un caos. Tres niños de seis, cuatro y dos años pueden ser algo peor que un ataque de los tártaros. Trepaban a las mesadas, desparramaban juguetes, se peleaban, ensuciaban pisos y paredes, y la pobre Carmen era como un pulpo tratando de hacerse cargo de una situación que se le volvía inmanejable.

Sintió un poco de pena por ella. Estaba al borde de un ataque de nervios, del llanto, de todo. Obviamente que en medio de esa especie de guerra civil era imposible mantener un diálogo. Avanzaban con un tema y en el medio aparecían frases como “basta, no peleen”, “bajen de ahí”, “quiero hablar con mi hermana, no la veo nunca”, “no me faltes el respeto”, etcétera.