2,99 €
El papá Gordon Galloway es un padre soltero, decidido a conservar la custodia de su hija. En la actualidad, está completamente encaprichado de Mackie Smith. El dilema Mackie Smith es guapa e inteligente, pero es la abogada de su ex-esposa. Además de encontrarse en el otro bando, Mackie está convencida de que lo suyo es la abogacía y no la maternidad. Y el bebé Ashley, la hija de Gordon, es una niña adorable y traviesa experta en enternecer a Mackie, en despertar sus anhelos más profundos...
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 198
Veröffentlichungsjahr: 2020
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.
Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.
www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47
Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 1999 Kate Denton
© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Una mujer de ley, n.º 1108 - mayo 2020
Título original: The Daddy Dilemma
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Bianca y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-1348-091-6
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Créditos
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Epílogo
Si te ha gustado este libro…
CUANTO más escuchaba Mackie Smith, más loca se volvía.
Gordon Galloway era un peleón, no… un auténtico monstruo.
Mackie sacó una caja de pañuelos de papel de un cajón y se la ofreció a la llorosa mujer que estaba en frente de ella.
–Ha pasado tanto tiempo desde que no tengo a Ashley en mis brazos, tanto desde que mi bebé… –y Beth se deshizo en lágrimas nuevamente–. He estado intentando verlo desde hace tres meses pero él no quiere escucharme.
Para calmar su enfado, Mackie respiró profundamente. ¿Quién se creía que era ése tal Galloway?… Ignorando a una mujer vulnerable e impidiéndole ver a su hijita de esa manera. Mackie apenas podía esperar a darle su merecido en el juzgado.
–Voy a intentar por todos los medios solucionar el problema. Se lo prometo, Beth.
–Pero no conoce a Gordon. No hay quien le lleve la contraria. Además mentirá sobre mí, diciendo que tengo enormes defectos. Reconozco que metí la pata, ¿pero cuánto tiempo tengo que estar pagándolo?
–Olvidémonos de él por un rato –contestó Mackie–. El que cuenta es el juez. Y Fillmore no va a dejarse convencer por un violento loco de atar como él.
–Pero Gordon puede ser muy persuasivo –dijo Beth, sacudiendo la cabeza desesperadamente–. Y además ahora es rico, lo suficientemente rico para comprar a un juez.
Mackie se levantó de su silla y se acercó a la madre, dándole una palmadita en el hombro.
–Entonces su ex marido es más rico que un banco suizo… Eso tampoco convencerá al juez Fillmore –repuso la abogada, apretando ligeramente el brazo de su cliente–. Trate de relajarse dejándome todo el peso del asunto a mí. Si las cosas salen bien, podrá ver a su hija el próximo fin de semana.
–Pero yo quiero tenerla más tiempo.
–Lógicamente, debemos aproximarnos a nuestras peticiones poco a poco. Recuerde, primero conseguiremos un fin de semana y luego vendrá la custodia.
–Pero…
–Beth… –arguyó Mackie, tomándole las manos–. Si voy a ser su abogado, tiene que confiar en mí. Ahora es mejor que se vaya: nos vemos mañana en el juzgado, a las nueve en punto.
Mackie acompañó a su cliente hacia la puerta del despacho.
Una hora más tarde, la abogada tenía delante el informe de otro caso, pero volvió a acordarse del asunto Galloway. Se quedó mirando por la ventana el horizonte de los rascacielos de Dallas. Tenía miedo de decepcionar a Beth. Sabía lo importante que era la ayuda de un abogado en una situación como aquélla. Ella misma se había puesto en manos de un profesional para deshacer su desastroso matrimonio. Y quería apoyar a Beth con el mismo entusiasmo que lo habían hecho con ella. Se quedó pensando si, en su caso, habría dejado a su marido si hubiesen tenido hijos… Pero aquellos pensamientos no tenían sentido.
Antes del amanecer, Gordon Galloway estaba sentado en una mecedora viendo dormir a su hijita. Había estado así toda la noche, dando alguna que otra cabezada. Pero había sido incapaz de dormir.
–No puedo perderte –murmuró el padre, con el corazón en un puño.
Realmente, existía esa posibilidad, y todo por culpa de Beth y su brillante abogada, Mackie Smith.
De hecho la dos mujeres ya le habían estado acuciando, y las cosas podían ponerse mucho peor. Gordon intentó visualizar el encuentro que iba a tener lugar. Beth era una experta en inventar dramas y su papel estelar era el de doncella traicionada. Gordon se puso a especular sobre cuál sería el papel que interpretaría la madre de su hija. Sin duda, intentaría impresionar a la audiencia hasta hacer pedazos su mundo.
Sus abogados le habían dicho que parara de amargarse, que no temiera que Beth pudiese arrebatarle a Ashley con sus artimañas. ¡Qué fácil era decirlo! Después de todo, no se trataba de su hija. Y habría que ver qué era lo que declaraba la propia Beth: esa mujer era capaz de cualquier cosa.
Pero lo que Gordon tenía muy claro era que no iba a darse por vencido fácilmente, aunque no dejara de tener cierto miedo. Actualmente, en los tribunales más progresistas, la norma consistía en favorecer a las madres en la custodia de sus hijos. Incluso a madres como Beth.
Gordon miró por la ventana. Poco a poco, la oscuridad se había teñido de rosa: estaba amaneciendo por el horizonte. Había llegado el maldito día.
Levantándose rígidamente de la silla, el padre se estiró y se acercó suavemente a la cuna de su hija. La arropó con la manta y de mala gana se alejó. Tenía que ducharse y vestirse, porque, por muy asustado que estuviera del resultado de la vista, no quería llegar tarde.
MACKIE se colocó en el centro de la sala para comenzar su alegato. Miró subrepticiamente a sus adversarios que estaban sentados unos metros más allá. Gordon Galloway, rodeado de sus abogados del Bufete Alexander, Mott y Percy, estaba realmente impresionante. Los cuatro demandados estaban dejando ver su capacidad para acabar con su adversaria. ¡Cualquiera diría que se iban a enfrentar a Microsoft!
–Su Señoría –comenzó Mackie, dirigiéndose al juez–, cómo afirma nuestra petición, el objetivo último de mi cliente es compartir la custodia de su hija. No obstante, ella quiere ser la primera en reconocer sus errores del pasado y plantear la posibilidad de comenzar una nueva vida. Ésa es la razón por la cual estoy presentando un nuevo recurso. Más que tratar directamente el tema de la custodia, lo único que solicito a su señoría hoy es la posibilidad de que Beth Galloway tenga opción a convivir con su hija varios fines de semana, durante los próximos seis meses. De ese modo, tendrá la oportunidad de relacionarse con su hija y poder comenzar una nueva vida como madre.
El estupor que emanaba de los abogados contrarios era el previsto por Mackie al preparar la vista. Admitiendo clara debilidad y pidiendo menos de lo esperado, la abogada le había ganado la partida a los letrados de Galloway.
Mackie pudo ver una chispa de interés en la mirada del juez Fillmore. Era media mañana y todavía iba a tener varios juicios más. Una solución breve al conflicto era claramente tentadora.
–Denme un momento para leer la petición –dijo el juez.
La abogada aprovechó para observar al ex marido de Beth. Antes, apenas había comprobado que llevaba el pelo oscuro no demasiado corto. Pero ya podía mirarlo con más detenimiento.
No se trataba de un hombre guapo en términos convencionales. Tenía una cara demasiado angulosa y llevaba gafas metálicas. Su pelo era ondulado y parecía como si acabase de pasarse la mano para peinarlo. Pero había algo en él que le llamaba la atención. A pesar de llevar gafas, sus ojos eran increíblemente azules. En realidad, se trataba de un hombre muy sexy. Era evidente cómo una mujer tan inocente como Beth se había enamorado de él.
En cuanto el juez dejó el informe sobre la mesa, Sonia Mott, una de los letrados de Galloway, emitió una protesta. Pero fue interrumpida por Fillmore.
–¿Tiene usted algún dato que demuestre que actualmente la madre puede ser un peligro para la niña? –preguntó el juez.
–Bueno…
–¿No es acaso peligrosa una mujer que abandona a su hija recién nacida? –gritó Gordon Galloway, desde el banco de los demandados.
–Abogado, controle a su cliente –dijo el juez Fillmore, fulminando al equipo de Gordon con la mirada–. Aceptada la propuesta de la demandante. De momento, verá a su hija los fines de semana alternos durante los próximos seis meses. Más adelante, seguiremos con otras consideraciones que serán convenientemente documentadas en su día.
A continuación el juez dio un golpe con el martillo y se ausentó de la sala por unos minutos, no sin antes excusarse.
–Hemos ganado –dijo Beth, estrechando los brazos de Mackie, y dedicando una sonrisa sagaz en dirección a su ex marido.
La letrada comprendía que su cliente tuviese ganas de recrearse en la victoria. Pero no era muy astuto demostrarlo en exceso frente a Gordon Galloway y sus abogados. Acompañó a Beth a la puerta.
–Es mejor que vuelva al trabajo. Yo negociaré las condiciones de los fines de semana con Ashley.
Gordon tuvo que oír fríamente cómo debía ser el acuerdo para renunciar a su hija el siguiente fin de semana. A continuación, caminó unos metros junto a sus abogados y, allí, bebió varios sorbos de un surtidor de agua. Lo más probable era que su arranque de furia lo hubiese echado todo a perder. Si pudiera hacerlo, se daría varios puñetazos por haber perdido los estribos de ese modo.
Normalmente, Galloway era tranquilo y reflexivo. Solía comportarse en todo momento como el profesor de Universidad modelo que era. Pero había sucumbido a sus emociones. No podía soportar que el bienestar y el futuro de su hija estuviesen en manos de otras personas.
«¡No puedo dejar esto así!» pensó Gordon, dirigiéndose hacia la sala de vistas donde permanecía aún Mackie. Pero en el momento en que el padre de Ashley abrió la puerta, la abogada salía. De manera que se encontró cuerpo a cuerpo con ella, que interpuso una mano en su pecho para que el contacto no fuera total.
Con la firme intención de no perder el control, Gordon le dijo a la abogada:
–Le ofrecí una cantidad a Beth para que se alejara de la niña. Y estoy dispuesto a multiplicarla con tal de que nos deje en paz a Ashley y a mí.
Mackie estaba desconcertada. No sabía qué la molestaba más, si la reaparición de Galloway o su contacto físico… El breve tacto de su cuerpo o el brillo electrizante de sus ojos azules. Unos ojos con unas pestañas increíblemente densas.
La oferta que le acababa de hacer tampoco sirvió de mucho para que recuperara el equilibrio. Beth no le había comentado nada del dinero… Pero lo importante en ese momento era retirarse de aquel hombre.
–Realmente, señor Galloway, esto me parece del todo inapropiado.
Gordon puso los ojos en el cielo.
–Lo mismo digo de su farsa. Le repito: ¿cuánto dinero quiere que le dé?
–Beth no busca su dinero.
–Ah, ¿no? ¿Y entonces por qué se ha interesado por su hija precisamente ahora que acabo de heredar una fortuna de una vieja tía? Es mucha coincidencia, ¿no le parece?
–Las coincidencias también ocurren –repuso Mackie, intentando ocultar su irritación–. Aunque todo lo que usted dice fuese cierto no deberíamos hablar sin un abogado delante. Buenos días.
La abogada se metió en un ascensor vacío y cuando la puerta se iba a cerrar alguien logró que se volviera a abrir. Se trataba de Gordon, otra vez.
–Nuestra conversación ha terminado, señor Galloway.
–Oh, no. Ni mucho menos.
Mackie no contestó pero apretó el botón del bajo, fulminándolo con la mirada.
Gordon podía leer el pensamiento de aquella mujer: «este hombre es un puro inconveniente». Pues sí, podía ser todo lo pesado y obstinado del mundo cuando se trataba de Ashley.
Mackie Smith tenía pinta de remilgada con tanta indignación. Si no fuera por el ceño fruncido y por esos labios tan firmemente cerrados podría estar bastante bien. Su figura era esbelta y tenía unos ojos verdes como esmeraldas. Demasiado perfecta para su gusto, tan bien peinada, con el maquillaje y la manicura impecables. Le recordaba a un maniquí del mejor almacén de Dallas. O quizá a un robot bien vestido.
De pronto fue consciente de que se estaba interesando demasiado por esa mujer. Al fin y al cabo era su enemiga. Tenía que concentrarse en lo que le iba a decir.
–Beth es materialista y no tiene reparos en confabularse con nadie. Lo que quiere es pedir la custodia para que yo le dé parte de mi dinero y luego marcharse lejos de aquí. El rechazo de mi primera oferta era parte de su plan.
Mackie permanecía seria y rígida, para su mayor fastidio. Pero si creía que eso lo iba a inhibir, estaba muy equivocada. No conocía su determinación. De pronto, Gordon pulsó el botón de Stop y el ascensor se paró entre dos pisos, dando un bote.
Ella lo miró completamente indignada.
–Pero, ¿se puede saber qué es lo que hace?
–Quiero que comprenda bien el caso.
–De nuevo, se trata de algo inapropiado, señor Galloway.
–Al infierno con las buenas maneras. Soy un padre que está luchando con puños y dientes por su hija.
Mackie intentó pulsar algún botón del panel, pero Gordon se interpuso en su camino.
–Señor Galloway, está usted perdiendo el tiempo conmigo. No voy a discutir los pormenores del caso en un ascensor. Le doy cinco segundos para que ponga esto en funcionamiento o me pongo a llamar a la policía a gritos.
–Muy bien, muy bien –exclamó Gordon, levantando las manos–. Debería haberme dado cuenta de que es usted demasiado testaruda para razonar conmigo. Pensaba ahorrarme un montón de malos ratos y muchas molestias por su parte. Pero si usted lo prefiere así…
La abogada iba a comenzar a gritar cuando Gordon desbloqueó el ascensor.
–Cuide sus cuerdas vocales para la próxima vista. Las necesitará para defender lo indefendible. Puede que haya ganado la primera batalla pero la guerra no ha hecho más que comenzar. Quiero que sepa que voy a hacer todo lo que esté en mi mano para conservar a mi hija junto a mí.
–Eso suena a una amenaza.
–No, se trata simplemente de una advertencia amistosa.
En ese momento se abrieron las puertas de la cabina en el piso bajo, dejando a Mackie completamente boquiabierta. ¿Y aquello era una advertencia amistosa?
Ese tipo era increíble… Primero se había enfrentado al juez, luego la había aprisionado al salir de la sala del juzgado, y finalmente la había retenido en el ascensor. Incluso había insinuado una amenaza velada.
La gente que quería entrar le recordó a la abogada que ya era hora de salir de aquella horrible cabina. ¡A no ser que quisiera pasarse el resto del día subiendo y bajando por el edificio!
Cuando llegó al aparcamiento para subirse en su coche, aún pensaba en aquel hombre.
Estaba tan seguro de sí mismo y era tan inflexible, que no se parecía en nada al ex marido que le había descrito Beth.
Quizá tuviera razón… A lo mejor lo que motivaba a su ex esposa era el dinero. Entonces, ¿por qué no se lo había ni siquiera sugerido? ¿Y si era importante para ella, por qué no lo había revelado abiertamente?
No, lo que ocurría era que Gordon era un bocazas, y estaba acostumbrado a hablar fuera de lugar. Lo que Mackie había presenciado era precisamente el orgullo herido de un macho de Texas. Su ego, anulado por el abandono de su esposa, le había hecho perder sus facultades mentales para pensar correctamente y le había creado la necesidad de devolver siempre cada golpe. Ella tenía que ser consciente de eso y no dejar que se deteriorara la relación con su cliente.
Después de todo, Beth no había intentado edulcorar su trayectoria durante la vista. Había declarado que su actitud se había debido a la depresión posparto que sufrió cuando nació Ashley. Desde el primer momento había aceptado que era culpable de un comportamiento irresponsable: había abandonado a su hija a los pocos días de haber dado a luz. Pero a pesar de ello, Gordon Galloway no tenía derecho a mantenerla alejada de su hija. Además, también Ashley tenía derecho a convivir con su madre y conocerla poco a poco.
Y por lo que respectaba a los derechos de Gordon… ya se ocuparían Alexander, Mott y etc. de ellos.
Mackie tenía sus propios problemas.
–¿Qué pasa si él no trae a la niña?
Eran las seis menos cinco de la tarde del viernes. Beth estaba con Mackie, plantada delante de la ventana que daba al aparcamiento de su despacho.
–Lo hará. Ya verás.
La abogada habló con más valor que convencimiento.
Durante y después de las vistas, Galloway había actuado de modo irregular. No sólo podía tomarse la ley por su mano sino que no tenía miedo a desacatar la sentencia de un juez. Quizá les estuviese haciendo esperar deliberadamente… Mackie volvió a mirar el reloj. Ya eran las cinco y cincuenta y nueve minutos.
Pero a las seis en punto se oyó que golpeaban la puerta del despacho de la señora Smith. Se conoce que había aparcado en la calle.
–¡Ya está usted aquí! –dijo Mackie, sin poder evitar sobrecogerse por la imagen que estaba contemplando… Galloway llevaba de la mano a una niña adorable.
–Desafortunadamente, sí –repuso el padre de la cría irónicamente, lo que le hizo volver a la tierra.
La niña que comenzaba a caminar iba vestida con un abrigo rosa bordeado de peluche. Debajo del gorro a tono sobresalían unos graciosos bucles morenos. Tenía los mismos ojos que su padre, de un azul vibrante.
Beth permanecía al fondo de la habitación sin mediar palabra con su ex marido, que dejó una bolsa con pañales y otras cosas sobre la mesa de trabajo. Él tampoco habló con la madre de su hija.
Mackie instó a su cliente a que saludara a la pequeña.
Parecía como si tuviera miedo de estar demasiado cerca de Gordon o de Ashley. Pero, finalmente, Beth se acercó a la niña y la tomó en sus brazos.
Inmediatamente después, cómo si estuviera programado por su padre, la cría lanzó un gemido. Pero en vez de dirigirse a los brazos de su padre, se pegó a los de la abogada, que anonadada, la acogió como si fuera un cactus. Sin saber por qué, se encontró molesta de resultar tan inexperta delante de Gordon.
–Dios mío –gimoteó Gordon–. Devuélvamela antes de que acabe en el suelo. Es usted tan torpe como su cliente. ¡Qué horror: ninguna de las dos tienen instinto maternal!
Mackie se indignó pero pudo contenerse.
–Las descalificaciones no van a poner las cosas más fáciles, señor Galloway –dijo la abogada, intentando que Ashley no le quitara un pendiente de oro.
–De acuerdo. Me callaré pero démela usted a mí –dijo el padre.
Pero la señora Smith no quiso dejar a la cría en manos de su padre sino en las de su madre. La pequeña hizo unos pucheros pero al menos no lloró.
Dándose la vuelta hacia Galloway, Mackie dijo:
–Ya no lo retenemos más tiempo. La transacción se ha consumado.
–¿Es así como lo ve usted, como una transacción? –le increpó indignado, Gordon a la abogada–. Verdaderamente, tengo delante de mí a dos almas gemelas.
–Y usted es un penoso perdedor. ¿Por qué no se marcha y deja que Beth se reúna con su hija? Lleva mucho tiempo esperando este momento.
–Sí,… mucho tiempo –repuso el padre con sarcasmo–. Estaré en casa todo el fin de semana por si necesitas algo, Beth. He traído algo de ropa y algún juguete para Ashley. También te daré una lista de lo que le gusta y lo que no le gusta. Le dejaré su asiento para el coche al guardia de seguridad de la planta baja. Y aquí están…
Les extendió a cada una la tarjeta con todos sus números de teléfono.
–Espero que me avisen si existe el más mínimo problema –dijo Galloway, ansiosamente.
–No se preocupe. No va a pasar nada –comentó con optimismo la abogada, acompañando a Gordon a la puerta.
El hombre le dijo adiós a la niña con la mano y se fue.
–Gracias a Dios que ya se ha ido –siguió diciendo Mackie, cuando de pronto se quedó horrorizada.
Durante ese breve espacio de tiempo, Beth había dejado que la niña derramara una jarra de agua sobre su mesa, mojando las tarjetas. A la madre no parecía importarle demasiado lo que había ocurrido.
–Más vale que guarde esa tarjeta –le sugirió fríamente su letrada–. Al menos mientras pueda leerse.
Todo lo que habían conseguido hasta entonces podía perderse de la noche a la mañana: si le ocurría algo a Ashley y no avisaban a su padre en el acto.
Beth guardó la tarjeta sumisamente y tomó a la niña.
–Y ahora las acompañaré al coche para que puedan comenzar su fin de semana. Van a pasar dos días conociéndose… A partir de ahora, es usted la responsable de la pequeña.
Beth, que debería estar eufórica, tenía una expresión atolondrada.
–No creí que todo fuese a salir bien –dijo la madre de Ashley, desconcertada–. Pensé que en el último momento se estropearía todo…
–Las cosas han salido bien, o sea que puede descansar tranquila.
–No todo exactamente –repuso Beth, aclarándose la garganta.
–¿Existe algún problema? –preguntó Mackie–. ¿Algo que no me haya dicho? Estoy enterada de la oferta que le hizo Gordon. ¿Se trata de eso?
Beth miró hacia abajo y cerró los ojos.
–No, no es eso –murmuró Beth, con su hija en el regazo–. Es que no me atrevo a decírselo.
La abogada le dio una palmadita en el hombro.
–No sea tonta, no hay nada que no podamos compartir. Y en el caso de que lo haya, ya lo comentaremos.
Pero sin saber por qué, Mackie fue consciente de que no le iban a gustar las palabras de su demandante.
–Ya me imaginaba que iba a ser paciente conmigo. Pero le debo gran parte de su tiempo, Mackie. Su apoyo, su confianza…
–No puedo ayudarla si no me dice lo que ocurre –insistió la letrada.
–Necesito que se ocupe de Ashley esta noche.
–¿Cómo?
–Tengo que volver al restaurante –dijo Beth–. Usted sabe que no trabajo los fines de semana, pero es que hay una fiesta y Tammy está enferma… Necesitan a una recepcionista para recibir a los clientes y sentarlos en las mesas. Rick me ha dicho que quiere que vaya y que si no, me echa. Hacia las diez o diez y media habré terminado… Por favor, necesito realmente este trabajo.
Mackie se sofocó pensando que sólo iban a ser unas horas. Igual la cosa se alargaba y acababan siendo diez años. Además, no sabía nada de niños. Hasta hacía diez minutos no había tomado en sus brazos a un crío en su vida. Y no es que no le gustaran, simplemente había preferido optar por su carrera en vez de tener hijos.
–No se me dan bien los niños –le dijo a la madre–. ¿Por qué no me lo dijo antes? Habríamos pospuesto el encuentro.
–¿Posponer el encuentro? –la increpó Beth, con voz estridente–. Eso es lo que le habría gustado a Gordon. Corroboraría lo que tiene en contra mía. Sabe… No tengo a nadie aquí: ni a amigas, ni a mi familia… Por favor, ayúdeme. Cuide de Ashley esta noche, se lo ruego.
Entonces, Beth tomó la mano de la abogada y la apretó ansiosamente.
Mackie suspiró, prometiéndose tomar distancias respecto a aquella mujer. ¿Pero qué podía hacer sino acceder a su petición?
