Un premio para toda la vida - Kate Denton - E-Book

Un premio para toda la vida E-Book

Kate Denton

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Beschreibung

Cara Breedon iba a tener que enfrentarse al mayor reto de su carrera: convencer a Wyatt McCauley, un soltero insoportable, de que se dejara subastar en una obra benéfica. Por el momento, Cara había intentado todos los trucos que conocía, pero no había conseguido que Wyatt McCauley aceptase. Sin embargo, con todas sus gestiones, había logrado algo que nunca hubiera imaginado: Wyatt se sentía atraído por ella y, como quería volver a verla, estaba dispuesto a acceder a participar en la subasta. Pero Wyatt tenía sus propios recursos... pensaba pujar en nombre de Cara con una oferta exorbitante de modo que ella ganara el premio: ¡un fin de semana con él!

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Seitenzahl: 209

Veröffentlichungsjahr: 2021

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Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.

www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 1998 Kate Denton

© 2021 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Un premio para toda la vida, n.º 1441 - agosto 2021

Título original: The Bachelor Bid

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Jazmín y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.

Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.:978-84-1375-864-0

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

 

 

 

 

 

CARA BREEDON se disponía a salir del despacho de su jefa, Brooke Abbott, cuando, antes de que llegara a la puerta, su voz la hizo detenerse.

—Por cierto… ¿algún progreso con respecto a Wyatt McCauley?

«Dame fuerza. ¡McCauley otra vez no!». A Cara, este nombre comenzaba a resultarle tan molesto como el chirriar de las uñas al arañar una pizarra. Había rogado pasar tan sólo un día, incluso una mañana, sin oír ese nombre o ese asunto… No hubo suerte.

—No he adelantado gran cosa todavía —contestó Cara sin entusiasmo.

—Entonces, tendrás que espabilarte; quiero a Wyatt McCauley.

«Dime algo que yo no sepa». Desde que a Brooke la nombraron presidente de la subasta de solteros que organizaba su club de mujeres, se había obsesionado con la idea de tener al magnate de la informática, McCauley, como invitado principal. Para ello delegó en Cara, su secretaria, la tarea de conseguir que ese sueño se convirtiera en realidad, y se reservó para sí misma la faena de recordárselo y exigirle una puesta al día. Brooke habría perseguido a McCauley ella misma si no fuera por el hecho de que su empresa, Brooke Abbott Advertising, acababa de firmar un contrato con el mejor de sus clientes hasta la fecha. El revés de tan buena fortuna era que ahora todas las energías de Brooke tenían que concentrarse en su nuevo cliente.

Aún así, se las arreglaba para emplear algunos minutos al día en recordarle a Cara el tema de McCauley. Durante las dos últimas semanas, una de cada dos frases pronunciadas por Brooke había sido:

—Wyatt esto, Wyatt aquello.

Cada vez que oía su nombre, se confirmaba la sospecha de Cara de que, cuando Brooke decía que quería a ese hombre, no hablaba sólo sobre la subasta. Quería a Wyatt McCauley y punto. Y lo quería de verdad. Si estuviera en manos de Cara, se lo enviaría envuelto para regalo o, si fuera necesario, atado de pies y manos, sólo para sacar a Brooke de su obsesión.

Conseguir a McCauley no era el primer objetivo difícil que le habían encargado a Cara, pero, sin duda, era el más irritante. Mientras conducía de vuelta a casa desde la oficina, Cara intentaba recordarse a sí misma que Brooke era una jefa generosa que pagaba bien a sus empleados. A cambio, pedía numerosas horas extras y sábados trabajados, además de miles de gestiones personales que no tenían nada que ver con los negocios de la empresa. En general, a Cara no le importaba. No era raro que el dueño de una compañía exigiera esos trabajos adicionales. Si de lo que se trataba era de complacer a su jefa, ella podía aceptar recogerle la ropa de la tintorería o hacer el trabajo rutinario de algunas obras de caridad. Con todo, Cara tenía pocas quejas. Pocas quejas, hasta el día en que Brooke pronunció por primera vez la palabra «subasta» y el nombre de McCauley en la misma frase. Ahora, su trabajo se estaba convirtiendo en un enorme dolor de cabeza.

El problema era que Wyatt McCauley no colaboraba. Durante los últimos diez días, Cara había estado llamando a su oficina y encontrándose con que nunca estaba disponible. Ayer mismo lo había intentado de nuevo y se sorprendió de que le pasaran la llamada directamente.

—Soy Cara Breedon, señor McCauley. Gracias por aceptar mi llamada —comenzó.

—No se preocupe —contestó McCauley cordialmente—. He tenido un día tan ocupado que bienvenida sea cualquier oportunidad que me permita olvidar la pila de trabajo que tengo sobre mi mesa, y ahora usted me ha proporcionado una.

Hablaron amablemente durante un par de minutos antes de que él preguntara:

—¿Y qué puedo hacer por usted, señorita Breedon?

Su suave acento de Texas no reflejaba insinuación alguna, pero aun así Cara era capaz de imaginarse lo que él podía hacer. Sólo la voz había sido suficiente para ayudar a Cara a entender el fanático interés de Brooke.

—Estoy reclutando participantes en nombre de Brooke Abbott, presidente de la subasta de solteros de Rosemund. Usted probablemente esté al tanto de que los beneficios de la subasta…

Un fuerte suspiro interrumpió su discurso.

—Señorita Breedon, siento que haya perdido su tiempo y el mío. Como ya le he dicho una y otra vez a su equipo, yo no hago ese tipo de cosas. Buenos días —dijo colgando a continuación.

Cara se quedó mirando al auricular que, para entonces, ya estaba dando el tono de línea. Tuvo la tentación de volver a llamar para decirle lo que pensaba de sus modales. Había sido tan agradable al principio, hasta que… ella se aprovechó de su amabilidad y le soltó un discurso con un tono de vendedora que, al parecer, ya había escuchado demasiado a menudo. Cara reconoció con desgana que él tenía derecho a colgarle el teléfono.

Pero, maldita sea, pensó. Tenía que conseguir a ese hombre y seguiría tras él hasta que aceptase. De alguna manera tenía que hacerle entender que la subasta no era ese tipo de cosa, sino una eficaz manera de conseguir fondos para una causa digna.

Tenía que, o bien seguir tras McCauley, o bien informar a Brooke de su fracaso. Y en ese momento, haría cualquier cosa para evitar ese panorama. Brooke estaba tan nerviosa, atrapada entre su nuevo gran cliente y la próxima subasta, que quizás se hiciera el hara-kiri, o le pidiese a Cara que se lo hiciera ella.

 

 

A la mañana siguiente, Cara llamó de nuevo a la oficina de McCauley. La secretaria le dijo que el Director estaba ocupado y que no podía hablar con ella. Cara dejó un mensaje pidiéndole que contestara a su llamada. Pasaron tres días y no obtuvo respuesta. Se le ocurrió un acercamiento diferente, y decidió adoptar una estrategia de marketing, empezando por regalarle una gorra deportiva rojo brillante de edición limitada en la que se anunciaba la subasta. Junto con la gorra le envió una carta explicando la buena causa a la que se destinarían los beneficios: el Centro de Aprendizaje Rosemund para niños discapacitados.

Ni la gorra ni la carta provocaron una respuesta, así que Cara continuó su estrategia con una corbata, enviada especialmente desde Neiman-Marcus, la mejor tienda de moda de Dallas. En la tarjeta adjunta, ponía que de esta manera esperaba conseguir su apoyo a la subasta. Tampoco obtuvo respuesta.

Después de probar suerte con la corbata y de imaginarse a Wyatt luciéndola anudada alrededor del cuello, Cara hizo un nuevo intento enviándole comida de su restaurante Mexicano favorito, ya que tenía entendido que era un gran aficionado a la famosa cocina Tex-Mex de Austin.

Puesto que atacar a la cabeza y al cuello no había dado buenos resultados, Cara apuntó más abajo obedeciendo al refrán que dice que el mejor camino para llegar al corazón de un hombre es a través del estómago. La comida, acompañada de una nota escondida entre el postre de pecan praliné, resultó ser un nuevo fracaso. No hubo contacto alguno, ni siquiera un «muchas gracias, la comida estaba deliciosa». Nada. Los pensamientos homicidas de Cara se iban multiplicando. Ante las incansables presiones de Brooke, Cara optó por realizar otra llamada de teléfono y le informaron de que habían enviado un cheque por correo. Cara pronunció una exclamación para sus adentros. McCauley podía enviar toda su fortuna en un camión blindado y no conseguiría quitarse a Brooke de encima. Él no se daba cuenta de eso.

El cheque, de una cuantiosa suma, llegó junto a una nota concisa en la que manifestaba que no estaba interesado en participar. Quizás el pobre hombre pensaba que si lo ponía por escrito, finalmente captarían el mensaje.

A Cara le entraron de nuevo remordimientos de conciencia. Se había tomado tan en serio las órdenes de Brooke que no se daba cuenta del hecho de que, en realidad, lo estaba acosando. Wyatt McCauley probablemente pensaba que ella y cualquiera relacionado con la subasta eran una serie de locos que no podían comprender el simple significado de la palabra «No».

De hecho, ella había empezado a cuestionar su propia cordura al continuar con esa ridícula campaña en vez de suplicarle a Brooke que abandonara o asignara el trabajo a otra persona. No quería ni imaginarse cuál iba a ser la reacción de Brooke ante tal propuesta.

Después de haber intentado todo lo que se le ocurría menos planear un secuestro, Cara decidió ir a buscar al león a su guarida. Si ella se presentaba en persona, podría atacar su lado sensible, suponiendo que lo tuviera, y quizás persuadirlo para que reconsiderara la petición.

La guarida de Wyatt era una oficina situada en el centro de Austin, cerca del Capitolio. Mientras conducía su antiguo Volkswagen Jetta, se fijó en que los árboles estaban en flor y que los jardines estaban a rebosar de turistas con sus cámaras y de empleados de oficinas cercanas que habían salido a respirar el fresco aire primaveral. Se las arregló para encontrar un sitio para estacionar, depositó algunas monedas en el contador y se dirigió hacia el edificio de Wyatt. Por el camino vio una floristería en la esquina. «¿Flores? ¡Qué diablos! Esto era una misión. ¡A por todas!». Entró.

—Una docena de rosas amarillas, por favor. Bueno, no… que sean dos docenas.

Brooke le había dicho que hiciera todo lo que fuese necesario. Quizás las flores ablandarían al hombre… o por lo menos permitirían que se adentrara en su santuario.

—Soy Cara Breedon. Quiero ver al señor McCauley.

—Me temo que va a ser imposible, señorita Breedon.

La mujer, Frances Peters, Secretaria Ejecutiva, según la placa que había encima del escritorio, era cortés y eficiente, pero se mantenía distante.

Cara hubiera jurado que, al ver las rosas envueltas en celofán, en el rostro de Frances había aparecido un gesto de diversión.

—Creo que el señor McCauley ha ido a…

—Frances…, oh, perdona. No sabía que había alguien contigo —se volvió hacia Cara—. ¿Puedo interrumpirla un momento, señorita? —sin esperar su consentimiento, se volvió hacia su secretaria— Necesito saber la diferencia horaria que tenemos con Melbourne.

—La buscaré —Frances Peters se giró hacia un fichero y sacó un almanaque.

—Lo siento —dijo él centrando su atención en Cara, mientras Frances estudiaba el almanaque.

Así que ése era Wyatt McCauley. Estaba claro por qué Brooke tenía tanto empeño. Cara había visto fotos de él en las páginas de negocios y de sociedad, que a pesar del granulado mostraban a un hombre guapo. Sin embargo, no captaban la esencia… Los indescriptibles ojos que mostraban las fotos eran en realidad de un pardo cálido, su pelo oscuro, tan brillante como las alas de un cuervo, y la amplia sonrisa de disculpa que iba dedicada a ella, parecía capaz de iluminar una habitación, incluso del tamaño de un estadio de fútbol. Quizás McCauley fuera un especialista en informática, pero, desde luego, no era el clásico estereotipo.

Iba sin chaqueta, llevaba una camisa blanca almidonada arremangada hasta los codos, pantalones azul marino a rayas finitas y… bueno, lo inimaginable, ¡la corbata de Cara! Un punto a su favor. Sabía que lo estaba mirando de forma impertinente, pero él también estaba dándole un buen repaso. Sin duda menos impresionado que ella. Wyatt McCauley era un diez, un diez alto y ella… ella podía ser un seis raspado. La verdad era que Cara no podía competir en la liga McCauley, no contra las mujeres maravillosas con las que él se codeaba.

La persistencia con que McCauley la miraba se debía probablemente a la curiosidad que le causaba el descubrir una mujer en la sala de espera agarrando veinticuatro rosas contra su pecho, o quizás el simple hecho de que no tenía nada mejor que hacer en esos momentos. Sería presuntuoso por parte de ella interpretarlo como un signo de especial interés.

—Dieciséis horas de diferencia señor McCauley —dijo Frances.

—Gracias. Perdón otra vez por la interrupción —dijo, dirigiéndose a Cara.

Con sus fantasías ya bajo control, Cara se puso alerta. No podía creerse que hubiera desperdiciado unos minutos preciosos en mirarlo boquiabierta en lugar de aprovechar la oportunidad perfecta para vender la subasta. Afortunadamente, no era demasiado tarde para rectificar su error. Cara le lanzó las flores a Wyatt y dijo:

—En realidad, no estaba interrumpiendo. Estas flores son para usted. Soy Cara Breedon.

Obviamente sorprendido por haberse dejado atrapar por la persona que lo había estado acosando durante semanas, Wyatt agarró por instinto el ramo y se quedó mirándolo durante unos segundos.

—Lo siento, señor McCauley —dijo Frances—. Le dije que usted no estaba disponible.

—Está bien —Wyatt le dio las flores a Frances—, póngalas en agua. Supongo que puedo dedicarle unos minutos —dijo resignado— ya que la señorita Breedon se ha tomado tantas molestias —hizo un gesto para que Cara lo acompañara a su despacho.

Al entrar, quedó impresionada por la vista magnífica de Town Lake que se contemplaba desde el ventanal así como de la elegancia de la oficina. Funcional. El ordenador al lado derecho del escritorio, el teléfono de múltiples botones en el lado izquierdo, un maletín abierto con documentos asomándose en la repisa de detrás y decorando dos de las paredes, artesanía traída del suroeste: en una esquina colgaban unas botas de vaquero talladas en madera pero que parecían reales y cerca del maletín, un marco dorado con la foto de dos setters sonrientes.

—Quizás debería reclutarla para mi equipo de ventas. Dudo que alguna vez haya conocido a alguien, hombre o mujer, con tanta tenacidad —dijo Wyatt mientras cerraba la puerta.

—Sospecho que eso no es un cumplido. Por favor, señor McCauley, esté seguro de que no intento ser pesada —dijo Cara con un tono que esperaba fuera tranquilizador.

Su mirada recelosa dejaba claro que ella no tenía que intentar ser pesada para serlo, pero aun así le ofreció una silla. Cara se sentó y Wyatt apoyó la cadera en la esquina del escritorio, estirando una pierna para soportar su peso. El hecho de que él no tomara asiento era una advertencia silenciosa: «no derroches ni un segundo más».

—Es sólo que Brooke Abbott y yo confiamos fervientemente en el Centro de Aprendizaje Rosemund y en lo que hace por los niños —comenzó Cara—, y como el centro no recibe ninguna ayuda gubernamental depende por completo de la buena voluntad de gente como usted. La subasta de solteros es la mejor manera de obtener fondos.

Wyatt tomó la chequera del otro lado del escritorio.

—No hay discusión. He leído mucho acerca de esa organización y estoy de acuerdo con que realmente marca diferencias. Estaré encantado de…

—Usted ya nos ha enviado un cheque.

—Es evidente que necesitan más. Si no, usted no estaría aquí.

Sacó un bolígrafo de oro de su estuche, comenzó a rellenar el cheque deprisa y lo firmó con rúbrica.

—No he venido a por otro cheque —protestó Cara—. He venido por lo de la subasta.

Él se dio una palmada sobre el muslo con impaciencia y dijo:

—¿Qué parte de mi negativa no ha entendido, señorita Breedon? ¿Es usted torpe o patéticamente testaruda? Cualquier idiota ya se habría dado cuenta de que el infierno se puede congelar antes de que yo desfile por delante de un público formado por mujeres hambrientas de carne masculina admirando mi figura.

«Admirando» había dicho, como dándolo por hecho. Tenía razón, por supuesto que todo el mundo estaría admirándolo. Sin duda, él estaba acostumbrado a que le dieran el visto bueno, no sólo a su trasero sino a cualquier ángulo imaginable.

Ella misma había disfrutado un buen rato observándolo cuando estaba en el recibidor. En cualquier caso, la adoración que Cara estaba experimentando hacia él desapareció ante la reacción de Wyatt y su petulante negativa. Ya no sentía remordimientos por haberlo molestado. En ese momento, lo que se sentía era dolida por el ofensivo despliegue de arrogancia.

—Me lo estoy imaginando —dijo él con sorna—, un grupo de chicos actuando en un local de striptease masculino. Llega mi turno. Me muevo contoneándome hasta que una voz grita:

—¡Cinco dólares por el de los calzoncillos morados!

—Calzoncillos morados… ¿usted? —Cara se burló a la vez que arqueaba una ceja.

Durante un segundo, apareció en su mente la imagen de Wyatt en ropa interior morada, bailando entre un grupo de mujeres que entre gritos y aplausos le guardaban billetes en el elástico de la cintura.

—Sin comentarios. Ni usted, ni su jefa, ni nadie más relacionado con esa subasta tendrá oportunidad de verlo. Ya me encargaré yo de preservar mi dignidad al completo —dijo Wyatt con brusquedad interrumpiendo los pensamientos de Cara.

—Me ha decepcionado —dijo ella.

—¿Por qué? ¿Porque no estoy dispuesto a tomar parte en su desfile de modelos?

—No, porque no ha hecho sus deberes. No se trata de un striptease. Los participantes llevan smoking y no van escasos de ropa. Además, no debe preocuparse porque se vaya a discutir su valor monetario en voz alta. Es una subasta a sobre cerrado.

—No estoy ni un poco preocupado, y no me importa qué tipo de acto esté promocionando porque no tengo intención de estar allí —se frotó la nuca lentamente—. Escuche señorita, me han perseguido con esto durante tres años y mi respuesta ha sido siempre la misma. ¿Por qué no abandonan?

Cara evitó responder haciendo otra pregunta:

—¿No quiere que le conozcan como el soltero más cotizado de Austin? —estaba perdiendo fuerza, pero no abandonaría sin pelear.

—Algunas personas ya han tratado de ponerme esa etiqueta. Lo único que significa es que soy soltero, mayor de veintiún años y que tengo dinero en el banco. ¡Ya ve!

—¿Sólo algunas personas? —disparó Cara, pero enseguida se moderó. ¿Qué estaba haciendo? Sería contraproducente para la causa irritar más a ese hombre, y más aún cuando él ya la veía como una gran molestia. Su única esperanza era retomar el estilo maduro, de mujer de negocios. Aunque estuviese a punto de subirse por las paredes.

Ocurrió lo inesperado, él sonrió como si hubiera encontrado divertida su réplica. Pero respondió con firmeza:

—Como ya le he dicho, estoy encantado de contribuir… pero con mi dinero, no con mi cuerpo —separó el cheque que había rellenado y se lo tendió a Cara.

—Maldita sea, yo no quiero otro cheque, lo quiero a usted.

Wyatt dejó el cheque sobre la mesa y le dirigió una larga y minuciosa mirada lo suficientemente intensa para que a Cara se le erizara el cabello de la nuca.

—Eso suena prometedor —dijo él despacio.

—No me interprete mal, sabe que no quería decir eso, me… me estaba refiriendo a la subasta.

Rara vez se ruborizaba, pero en estos momentos sentía cómo su cara se tornaba color escarlata. Le hubiera gustado esconderse debajo del gran escritorio de roble de McCauley, o mejor aún, salir de allí a todo correr.

Gracias a que sonó el timbre del intercomunicador, obtuvo un momento de respiro entre rubores y fantasías.

—Por supuesto, pásame la llamada pero dile que espere un momento, —soltó el botón del intercomunicador y centró su atención en Cara—. Señorita Breedon, ha sido un placer. Tengo una llamada muy importante que atender —se puso en pie y empujó el cheque hacia ella—. Ah, por cierto, gracias por la corbata —dijo tocándola levemente— y por la comida y las flores —hizo una pausa— y si cambia de opinión acerca de quererme… para algo más que para la subasta…

Cara le arrebató el cheque. Por lo menos saldría de este encuentro con algo para los niños. Pero no podía permitir que el comentario de Wyatt se quedara sin contestar.

—Únicamente para dejar las cosas claras, señor McCauley, no soy yo la que lo quiere. Es mi jefa, Brooke Abbott; está convencida de que la subasta estaría muerta sin usted. Yo quizás no esté de acuerdo… —la expresión de su cara sugería que para ella la participación de Wyatt era tan importante para el futuro bienestar de los niños como el sarampión—, pero la señorita Abbott dirige la subasta este año y lo considera una pièce de résistance, un valor seguro que podría generar pujas astronómicas.

—Entonces, transmita esto a su jefa —dijo Wyatt— y puede citarme si quiere. No importa si las apuestas están destinadas a conseguir millones de dólares. Yo no voy a hacerlo —se levantó— y ésta es mi última palabra sobre el tema.

Cuando la agarró por el brazo y la condujo hacia la puerta, un hormigueo recorrió el cuerpo de Cara. La cercanía, la sensación de sus cálidos dedos sobre la piel, la hizo desear algo que no sabía como nombrar. Cuando se cerró la puerta tras ella, se sentía vacía del todo, desilusionada, vencida.

—¿Alguien quiere un cóctel de cicuta? —murmuró.

—¿Perdón? —preguntó Frances observando a Cara detenidamente.

—Nada… lo siento.

Cara cruzó con rapidez la puerta de vidrio esmerilado y se dirigió hacia el ascensor, le hubiera gustado irse a su casa, meterse en la cama y taparse la cabeza con las mantas, en lugar de volver a la oficina y darle el disgusto a Brooke.

Acababa de pulsar el botón de bajada cuando se dio cuenta de que Frances Peter iba detrás de ella:

—No pierdas la esperanza —susurró la mujer—. Quizás él se lo piense dos veces.

Sin más palabras atravesó el hall y desapareció hacia los servicios de señoras.

«Mal asunto», se dijo Cara en silencio. «Reconozco una causa perdida en cuanto la veo».

 

 

Había oscurecido mucho antes de que se terminaran las negociaciones del día. Levantando los ojos de la pantalla del ordenador, Wyatt se dio cuenta de que ya había anochecido. La magnífica vista que se observaba desde su despacho dejaba paso al centelleante brillo de las luces de la ciudad.

Se levantó de su sillón de cuero, se desperezó, se desenrolló las mangas de la camisa y tomó su chaqueta. Era la hora de irse a casa. Con el maletín en la mano, abrió la puerta de su despacho.

Frances estaba todavía delante del ordenador. Wyatt miró el reloj y dijo con desaprobación:

—¡Caramba! son las ocho en punto. ¿Qué demonios haces aquí todavía?

—La mayoría de los jefes se quejan de que sus secretarias se marchan demasiado pronto. El mío se queja de que trabajo hasta muy tarde.

—Bueno, termina ahora mismo. No quiero que te quedes sola en el edificio —dijo él—. Toma tu bolso, te acompaño al coche.

Frances sonrió con agrado, cerró el documento y apagó el ordenador. Mientras rodeaba su escritorio, se inclinó para oler una de las rosas amarillas que había traído Cara Breedon. Las había colocado en el jarrón de Waterford.

—Son bonitas ¿verdad? ¿Estás seguro de que no quieres llevártelas a casa y disfrutar de ellas durante el fin de semana?

—Llévatelas tú si quieres. Por lo que a mí respecta pueden ir a la basura.

—¡Qué lástima! —Frances levantó el jarrón y lo sujetó con el brazo izquierdo—. No es tu estilo descargar tu mal humor en una encantadora…

—No insistas, Frances —gruñó Wyatt mientras caminaban hacia el ascensor.

—Lo único que iba a decir era flor —sonrió ella otra vez sin inmutarse a pesar de las advertencias y de la mirada fulminante de Wyatt.

Frances llevaba trabajando con Wyatt desde hacía casi quince años. Empezó cuando las Industrias McCauley se acababan de formar y su dueño, un estudiante universitario, vendía software para informática a sus compañeros de la Universidad de Tejas.

Durante los años siguientes, su negocio se había ampliado extendiéndose más allá del campus al conjunto del mercado nacional. En esos años, Frances se había convertido en algo más que una secretaria para Wyatt. Era una confidente, una amiga, como una madre, lo que hacía que se sintiera con toda libertad para inmiscuirse en su vida privada y ofrecerle consejos aunque no se los pidiera.

Afortunadamente para Wyatt, el ascensor llegó rápido y dentro había otro trabajador trasnochador, así que abandonaron el tema de la visita de Cara Breedon.

Se había librado de las bromas de Frances, pero ahora, mientras conducía hacia su casa situada en la zona de Tarrytown en Austin, no podía impedir que sus pensamientos volvieran a Cara.

Lo cierto era que había empezado a disfrutar de su campaña de persuasión y se preguntaba qué nueva estratagema se le ocurriría la próxima vez. El encuentro de hoy cara a cara había sido imprevisto, pero le había acabado gustando el bien intencionado enfrentamiento. Ella era dulce, pero no demasiado. Lo justo para ser apetecible.