Una buena esposa - Kate Denton - E-Book
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Una buena esposa E-Book

Kate Denton

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Beschreibung

SE BUSCA: ¿MADRE Y ESPOSA? ¡Jane no supo quién estaba más loco... si Greg Merrifield por poner el anuncio o ella misma por contestarlo! Pero en cuanto ella conoció a sus adorables bebés gemelos, supo que había tomado la decisión correcta. Desgraciadamente, no podía decir lo mismo del sexy y hostil padre. Greg pensaba que ella era demasiado sofisticada para una vida doméstica... y demasiado deseable para su propia paz mental. Pero Jane estaba segura de que sería una madre perfecta... solamente necesitaba la oportunidad de convencer a Greg de que ella sería una gran esposa.

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Seitenzahl: 168

Veröffentlichungsjahr: 2021

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Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.

www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 1998 Kate Denton

© 2021 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Una buena esposa, n.º 1414 - noviembre 2021

Título original: Mail-Order Mother

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Jazmín y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.

Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.:978-84-1105-180-4

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

 

 

 

 

 

PROPIETARIO de rancho busca esposa y madre para gemelos. Escribir a Apartado de Correos 826, Martinsville, Tejas» ¿Qué me decís de esto? Menudo partido —sonrió Cerise Henley. La lectura del anuncio en el Amarillo Times había despertado la risa del grupo de chicas. Sin embargo, Jane Jarrett no lo encontraba nada gracioso—. ¿Alguna voluntaria? —preguntó Cerise, tirándole el periódico a Ángela.

—Estoy a punto de escribir —rió la joven, volviendo a leer el anuncio que Cerise había marcado con bolígrafo.

—Parece del siglo pasado —intervino Bonnie—. Cuando no había mujeres en el oeste y tenían que encargarlas, como los sacos de harina.

—Ese hombre está intentando poner su vida en orden —dijo Jane, cuando el periódico llegó a sus manos—. Y yo diría que es muy valiente.

Ignorando la expresión de incredulidad en la cara de las otras chicas, Jane guardó el periódico en su bolso. Aquel hombre estaba haciendo algo admirable, pensaba con cierta envidia. En ese momento, su propia vida era un caos y ella no parecía capaz de solucionarlo.

El último golpe había llegado el día anterior con la noticia de que Carvel quería prescindir de sus servicios como imagen de la marca. Aquella sesión fotográfica en Amarillo, Tejas, sería su último trabajo como modelo para el gigante de los cosméticos.

La razón para no renovar su contrato era que estaban buscando una imagen más joven. Iba a ser reemplazada por Cerise o Ángela, o alguna otra modelo de veinte años. Le daba igual quién fuera. Lo único que le molestaba era que la considerasen demasiado vieja a los treinta y tres años.

El trabajo no la satisfacía y Jane había empezado a notar los signos de fatiga profesional antes de que lo notara la compañía. No estaba segura de qué dirección iba a tomar su vida a partir de entonces, pero no se le partiría el corazón si sus días como modelo habían terminado.

Cuando el fotógrafo terminó de colocar las luces, se dedicó a posar con toda su colección de sonrisas. Tenía cuidado de no mostrarse aburrida o harta porque era una profesional. Aquélla iba a ser su última sesión para la empresa Carvel, pero la haría con la dedicación y seriedad que la habían llevado a lo más alto.

Sólo cuando terminaron la sesión y volvió al hotel, se permitió a sí misma pensar en el futuro… y en el pasado.

Primero, un matrimonio roto y, después, el final de su carrera profesional. Era difícil de soportar, pero podría haberlo hecho si no fuera por… por…

Sus ojos empezaron a llenarse de lágrimas. Aún no había podido aceptar lo que había sido el golpe más fuerte para ella: la confirmación de que nunca podría tener hijos. Estéril. Una palabra horrible.

Habían pasado varios meses, pero las palabras del médico seguían sonando en su cabeza como si hubiera ocurrido el día anterior:

—Hay un noventa y nueve por ciento de posibilidades de que nunca quede embarazada —le había dicho el especialista al que había acudido después de cinco años de matrimonio—. Ningún tratamiento puede cambiar eso.

Kevin, su marido, no había podido soportar la idea de no tener hijos y la había abandonado. Ni siquiera había esperado a tener una segunda opinión, pero hubiera dado igual. Jane lo había hecho y todos los especialistas coincidían.

Así que… ni niños, ni matrimonio, ni carrera. Jane se apoyó en el cabecero de la cama, pensando qué podría hacer para ordenar su vida como hacía el propietario del rancho que buscaba esposa a través del periódico. Lo había dejado sobre la mesilla y, distraídamente, lo tomó para leer el anuncio de nuevo.

Desde luego, no era muy habitual encontrar ese tipo de anuncio, pensaba. Despertaba su curiosidad, pero ¿quién podía tomárselo en serio?

Sin embargo, se quedó pensando en ello durante más de una hora. Cuanto más lo pensaba, menos descabellada le parecía la idea. La vida de aquel hombre estaba desordenada, igual que la suya. Él debía de haber perdido a su mujer recientemente y ella había perdido a su marido. Él necesitaba una madre para sus hijos… y ella necesitaba ser madre. Parecían predestinados.

—Si dudas, estás perdida —se recordó a sí misma, sabiendo que aquélla era una de esas decisiones que no soportan una reflexión pausada. Antes de que pudiera cambiar de opinión, escribió una nota, la metió en un sobre dirigido a un apartado de correos en Martinsville y llamó al botones para que la enviase inmediatamente.

 

 

Estaba oscureciendo mientras Greg Merrifield conducía por la carretera rodeada de granjas hasta el arco que señalaba la entrada a su rancho. Se le había pasado el tiempo sin darse cuenta en la subasta de ganado y estaba molesto consigo mismo por haberse perdido la cena de los niños. Aunque sabía que estarían bien atendidos por Helga, el ama de llaves, eso no era suficiente. Los niños tenían que estar con su padre.

Estaban durmiendo en sus cunas cuando subió a darles un beso y ninguno de los dos se despertó cuando rozó sus caritas de terciopelo con los labios. Greg volvió a bajar a la cocina para cenar lo que Helga le había dejado en el horno y, mientras comía a solas, pensaba en los niños.

Sean y Sarah eran toda su vida. Si no hubiera sido por ellos… Por ellos había podido soportar los días posteriores a la muerte de Charlotte y por ellos se había dado cuenta de que la vida no se detenía; mientras los enseñaba a caminar, les salía el primer diente, el primer «papá». Aquellos dos críos le habían devuelto la alegría de vivir.

Parte de él estaba convencido de que serían felices para siempre, los tres solos. Pero otra parte… otra que intentaba acallar, se daba cuenta de que los niños necesitaban más. Necesitaban una madre. Por eso había puesto aquel ridículo anuncio en el periódico. Por eso y porque todo el mundo insistía en que volviera a casarse.

Ese había sido el deseo de Charlotte en su lecho de muerte, más de un año antes. Si hubiera sabido lo difícil que iba a ser llevarlo a cabo, estaba seguro de que no se lo hubiera pedido. Pero lo había hecho y él se sentía obligado.

Sobre la mesa de la cocina estaba el correo y Greg echó un vistazo. Eran respuestas a su anuncio; unas veinte, diecinueve más de las que había anticipado. Eligiendo uno de los sobres al azar, lo abrió y empezó a leer.

El anuncio había dado el resultado que esperaba: cero. Ninguna de aquellas mujeres despertaba el más mínimo interés en él, igual que no lo despertaba ninguna de las mujeres que conocía.

Lo que él quería era una compañera. Una compañera que, además, fuera la madre de sus hijos. No una soñadora con la cabeza llena de pájaros, sino una mujer sensata que compartiera con él la tarea de ser padres. Por eso había aceptado con desgana la idea de Elton de poner un anuncio. Y, como esperaba, no había dado resultado. Gracias a Dios, se decía, aquello pasaría pronto y podría volver a hacer su vida normal con los niños. En cuanto leyera la última carta.

 

 

El teléfono volvería a sonar dos veces más y después saltaría el contestador. Greg lo sabía porque había marcado aquel número cuatro veces. Una señal de llamada más y cumpliría su compromiso con Elton. Le había prometido que llamaría cinco veces y aquélla era la quinta…

—Dígame —contestó una voz. Greg lanzó una maldición en voz baja—. Dígame.

—Jane …Jarrett, por favor.

—Soy yo.

—Hola, soy Greg Merrifield. Usted contestó a mi anuncio —dijo él. Jane ahogó un gemido. Llevaba toda la semana lamentando haber enviado aquella carta. Había sido un acto impulsivo, un momento de locura. Su vida no iba a arreglarse por casarse con un desconocido. Uno no creaba una familia de forma instantánea… La idea de una familia la hizo recapacitar. El anuncio decía que eran gemelos. No sólo uno, sino dos niños. Y ella deseaba tener un hijo más que nada en el mundo—. ¿Sigue ahí, señorita Jarrett?

—Sí. No pensé que me llamaría tan pronto —dijo ella, sentándose en el sofá—. Envié la carta el martes.

—Hoy es viernes, así que han pasado tres días. Y ahora que nos hemos quitado de en medio el calendario, ¿podemos seguir hablando? La dirección de la carta decía Dallas. ¿Cómo encontró el periódico de Amarillo?

—Estaba allí de viaje y… vi su anuncio.

—Los viajeros no suelen leer los anuncios.

—Me llamó la atención —dijo Jane, sin querer dar más detalles.

—¿Por qué ha contestado? —preguntó Greg. La voz de aquella mujer sonaba educada, refinada, sin apenas acento tejano. ¿Qué la habría hecho considerar la idea de formar una familia con un desconocido en Martinsville, Tejas?

—He contestado por los niños. Hace tiempo que deseo formar una familia —respondió ella. Greg se estaba preguntando por qué no había utilizado el método normal para hacerlo. Si su aspecto era tan atractivo como su voz, no debía tener ningún problema para encontrar candidatos—. ¿Qué edad tienen sus hijos?

—Van a cumplir quince meses.

—¿Niños o niñas?

—Un niño y una niña.

—Eso es maravilloso.

Greg frunció el ceño. No quería una mujer que viera la maternidad como algo de película, sino una mujer con los pies en la tierra.

—Contestar a un anuncio como el mío requiere cierta valentía.

—También hay que ser valiente para ponerlo.

—Me pareció una solución rápida porque mi rancho está muy apartado. En realidad, está en medio de ninguna parte —explicó él.

—¿En medio de ninguna parte? Eso suena interesante —rió ella. La voz masculina era suave y varonil, pero parecía querer desanimarla.

—Depende para quién —dijo él—. Martinsville no es un pueblo original ni elegante.

—¿No es elegante? —rió ella—. Me parece que lo podré soportar —añadió. Había tenido elegancia y sofisticación para que le durase una vida entera.

—¿Siempre es usted tan comprensiva?

—¿Preferiría que no lo fuera?

—No —rió él entonces—. Prefiero que lo sea.

A Jane le gustaba su risa. Ronca… como si saliera de dentro.

—¿Le importa si… le pregunto por su mujer? —dijo ella después de un silencio.

La pregunta había sido hecha en un tono muy suave, como si no quisiera despertar malos recuerdos. El dolor por la muerte de Charlotte estaba empezando a dejar de ser una herida abierta, pero Greg sabía que nunca podría volver a sentir interés por una mujer.

—Murió hace poco más de un año —pudo contestar él por fin con voz pausada.

—Lo siento.

—Ya.

—¿Y ha decidido volver a casarse?

—Si encuentro a la mujer adecuada —contestó Greg con sequedad. No tenía por qué darle explicaciones a una extraña, pensaba, incómodo—. Mire, señorita Jarrett, ya que nos hemos conocido, por decirlo así, lo pensaré durante unos días antes de tomar una decisión. Quizá vuelva a llamarla. Adiós —fue todo lo que dijo antes de colgar.

Perpleja, Jane colgó el teléfono, convencida de que no volvería a llamar. Al principio la molestó, pero después se sintió aliviada. Enviar aquella carta había sido un gesto impulsivo e inmaduro. Y, sin embargo, la voz del hombre…

—Tenía una voz sexy —dijo en voz alta—. ¿Y qué? —añadió, enfadada consigo misma por aquellas fantasías—. Todo esto es una tontería.

Dos días más tarde no había vuelto a saber nada de él. Jane estaba segura de que no volvería a llamar y, sin embargo, se lanzaba sobre el teléfono cada vez que sonaba. No podía olvidar la voz de Greg Merrifield. Aquel hombre había despertado su curiosidad y estaba deseando contárselo a alguien.

La oportunidad apareció una tarde mientras merendaba con su hermana Melissa, a quien le contó lo del anuncio, la carta y la llamada telefónica.

—¡Jane, qué emocionante! —exclamó su hermana, mirándola como si fuera una heroína de película—. Ya me lo imagino… montado sobre un caballo negro, bronceado por el sol de Tejas y con los ojos grises…

—Sí, claro, Melissa. Como Gary Cooper. Lo más seguro es que conduzca una vieja furgoneta y sea bajito y gordo. Aunque a mí me da igual.

—Ya —sonrió su hermana—. ¿Quieres decir que no sientes curiosidad por saber cómo es?

—Bueno, un poco sí, la verdad —asintió Jane.

—A lo mejor ese hombre es justo lo que necesitas. Al menos, estarías haciendo algo, en lugar de quedarte en tu apartamento hecha polvo. Esta es la primera vez que consigo sacarte de casa en dos semanas —se quejó su fantasiosa hermana—.Yo creo que deberías ir a ver a ese misterioso vaquero. ¿Qué tienes que perder? —insistió antes de despedirse.

La frase de Melissa se repetía en su cabeza mientras conducía de vuelta a su apartamento. No tenía nada que perder, desde luego. El objetivo en su vida siempre había sido tener un hogar y una familia. No ser famosa, ni ganar toneladas de dinero, ni ver su fotografía en las portadas de las revistas. Todo aquello no había sido más que una diversión mientras esperaba que su auténtico sueño se hiciera realidad y, en aquel momento, aquel sueño parecía perdido para siempre. Una sensación de vacío la envolvía, una sensación de vacío que no podía llenar, a menos que…

Jane tenía que admitir que Melissa tenía razón. Debería comprobar quién era aquel Greg Merrifield, aunque sólo fuera para saber si su oferta era auténtica. Le pediría a Stan, su abogado, que hiciera algunas averiguaciones. Después de todo, él tenía su número de teléfono y su dirección y tenía que asegurarse de que aquel hombre no era un maníaco sexual.

Unos días más tarde, Stan la informaba de que, efectivamente, existía un Greg Merrifield, propietario del rancho Círculo G. Un joven viudo de reputación sólida y miembro respetado en la comunidad de Martinsville, Tejas.

Jane sentía un deseo inexplicable de ponerle cara a aquel nombre y de saber más sobre los niños. Sabía que la idea de casarse con un hombre al que no conocía e irse a vivir a un rancho en medio del desierto era de locos, pero no podía dejar de pensar que aquello parecía cosa del destino.

Tan obsesionada estaba con el asunto que había rehusado dos ofertas de trabajo como modelo. Ron Gold, su agente, echaba humo y la acusaba de estar tirando su carrera por la ventana, pero Jane insistía en decir que no. No podría concentrarse en el trabajo hasta que se hubiera quitado de la cabeza aquella obsesión.

Había pasado una semana desde que había hablado con Greg Merrifield y seguía recordando la voz del hombre. Si pudiera volver a hablar con él… ¿por qué no?, se decía. Conseguir su número de teléfono no sería difícil. Y no lo fue en absoluto. La operadora se lo dio en menos de cinco segundos y, sin pensarlo dos veces, marcó el número.

—Dígame.

—Soy Jane Jarrett —dijo ella, —. ¿Ha decidido ya si soy la mujer adecuada?

Greg sonrió sin darse cuenta y después se puso serio. Aquella llamada no era una broma. La mujer iba muy en serio.

—La verdad es que estoy pensando que poner el anuncio ha sido una falta de juicio por mi parte y creo que debería disculparme por haberla molestado.

Jane estaba a punto de decir algo cortante, pero se lo pensó dos veces. Al fin y al cabo, tener reservas era algo que haría cualquier persona juiciosa.

—Eso mismo pensé yo después de enviar la carta. Pero cuanto más lo pienso, más me doy cuenta de que su plan es perfecto. Supongo que era sincero cuando puso el anuncio.

—Estaba intentando hacer frente a mis obligaciones —explicó él—. Los niños deben crecer con un padre y una madre.

—Eso es admirable —dijo ella de corazón. El hombre tenía que tener buenas cualidades si su preocupación por el bienestar de los niños era tanta como para buscar una madre por todos los medios posibles—. Lo único que le pido es que nos conozcamos. Después, puede decirme que no, si sigue pensando igual.

Al otro lado de la línea hubo un silencio.

—Su carta no daba demasiada información —dijo él por fin.

—No —sonrió ella, recordando que él sólo había insertado un anuncio de tres líneas para buscar una esposa—. Pero puede hacerme las preguntas que quiera.

Greg tuvo que morderse la lengua para no decirle que le contara todo sobre ella. Lo cual era una ridiculez tan grande como la manera en que aquella mujer había monopolizado sus pensamientos durante toda la semana. Había leído su carta una docena de veces durante aquellos días y había descolgado el teléfono más de una vez para llamarla, pero no se había atrevido a hacerlo.

¿Por qué había despertado tanto interés en él?, se preguntaba. Ni la veterinaria, que continuamente le tiraba indirectas, ni la hija del dueño de la tienda que le había regalado unos jerseicitos de punto para los niños, ni la maestra de Martinsville, que le había preparado suficientes tartas como para mantener a un regimiento habían despertado en él el menor interés.

—¿Ha estado casada alguna vez? —preguntó por fin.

—Sí. Estuve casada durante cinco años y me divorcié hace siete meses.

—Ya.

—¿Qué quiere decir con eso?

—Sólo que me pregunto por qué quiere volver a casarse si se acaba de divorciar. La mayoría de la gente dejaría pasar unos años antes de volver a vivir con otra persona. ¿No será esto una forma de vengarse de su ex-marido?

—No —contestó ella. No estaba segura de por qué aquel hombre despertaba tanto interés en ella, pero no tenía nada que ver con Kevin—. ¿Alguna pregunta más?

Greg tenía un millón de preguntas que hacer, pero decidió no hacerlas. Si seguía por aquel camino, acabaría diciéndole que sí. De eso estaba seguro. Incluso a cientos de millas de distancia y sin conocerla, aquella Jane Jarrett ejercía tal efecto en él que se sentía mareado. Necesitaba una mujer, pero no quería involucrar a su corazón.

—Perdone, pero es tarde y estoy cansado —se excusó él torpemente.

Jane miró su reloj. Eran las nueve de la noche.

—No quiere seguir hablando conmigo, ¿verdad?

—No es eso, de verdad —dijo él, de forma poco convincente—. Recuerde que está hablando con un vaquero. Me levanto al amanecer y me voy a la cama justo cuando se pone el sol. Además, últimamente estoy muy ocupado con el asunto éste del anuncio —añadió, sin saber qué decir.

Inexplicablemente, Jane empezó a sentir celos de las otras solicitantes. Hasta entonces no se le había ocurrido pensar en la competencia, pero estaba segura de que habría una cola de mujeres deseando ser la señora Merrifield.

—Esto no es justo —dijo Jane—. Tengo derecho a que me escuche.

—¿Quién lo dice?

—Piénselo, por favor. Acepte una entrevista… el día que usted prefiera. Ser madre es para mí lo más importante del mundo.

De nuevo hubo un silencio al otro lado del hilo. Pero la sinceridad en la voz de la mujer era imposible de ignorar.

—Esto no es algo que pueda solucionarse por teléfono —dijo él bruscamente—. Si está tan interesada como dice, podemos tener una entrevista. Pero tendrá que venir a Martinsville.

—¿Cuándo? —preguntó ella.

—El miércoles. Ya que está tan interesada en ser madre, podrá ver por sus propios ojos lo que le espera.

—De acuerdo.