3,49 €
¡Cita a ciegas: el magnate italiano y la camarera! Cari Christensen lo divisó al otro lado de la abarrotada discoteca. Y, sin darle ni siquiera tiempo a pensar que era el hombre perfecto, el desconocido, alto, moreno y atractivo como un galán de cine, la tenía fuera del local y metida en su coche. ¡Eso sí que era poder de seducción! Cuando Max Angeli se dio cuenta de que Cari no era su cita a ciegas, ya se estaba enamorando de la bonita camarera. Aunque pertenecían a mundos muy diferentes, ella le estaba enseñando un lado de la vida que él no conocía, y no podía evitar que eso le encantara. Tal vez unir sus mundos no fuera mala idea…
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 193
Veröffentlichungsjahr: 2020
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.
www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47
Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2008 Helen Conrad
© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
¿Una unión equivocada?, n.º 4 - abril 2020
Título original: Her Valentine Blind Date
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Estos títulos fueron publicados originalmente en español en 2009
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Jazmín y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imágenes de cubierta utilizadas con permiso de Dreamstime.com
I.S.B.N.: 978-84-1328-869-7
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Créditos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Epílogo
Si te ha gustado este libro…
Qué inoportuno.
Max Angeli se metió la rosa roja que llevaba en el bolsillo para abrir el móvil y responder con un bufido, resignado a la certeza de que fuera lo que fuera, la llamada crearía un nuevo nivel de caos en su vida. Primer problema: el club nocturno en el que acababa de entrar era demasiado ruidoso. Las luces giraban del suelo a las paredes y el ritmo machacón de la música se hacía insoportable. El ruido de las copas y vasos de cristal rivalizaba con las agudas carcajadas femeninas que daban al lugar un ambiente de desesperada frivolidad. Acababa de entrar y ya detestaba el lugar.
–Espera un momento, Tito –dijo al teléfono–. Voy a buscar un lugar donde te oiga mejor.
Sabía que era su ayudante, pero no entendía ni una palabra. Echando un rápido vistazo a su alrededor, localizó el tocador de señoras y se dirigió hacia allí, donde por fin consiguió oír lo que Tito le estaba diciendo.
–La hemos encontrado.
Fue como si le hubieran dado un golpe en todo el pecho. Con dificultad para reaccionar, cerró los ojos y trató de digerir las palabras. Llevaban semanas buscándola, sin pistas ni rastro de su paradero, hasta que descubrieron que la antigua novia de su hermano, Sheila Bern, podía haber viajado hasta Dallas en autobús.
Su hermano Gino había muerto hacía unos meses, y en todo ese tiempo Sheila no había dado señales de vida. Tan sólo se puso en contacto con él meses más tarde, para comunicarle que tenía un hijo y que el padre era Gino. Cuando Max le preguntó si tenía pruebas de que era realmente hijo de su hermano, la mujer desapareció de nuevo sin dejar rastro. Casi había perdido toda esperanza, y ahora, saber que por fin la habían encontrado le producía un inmenso alivio.
–¿Estás seguro? –preguntó con voz ronca.
–Bueno, sí y no.
Max sujetó con fuerza el móvil.
–Maldita sea, Tito…
–Ven cuanto antes, Max, y lo entenderás –dijo su ayudante dándole una dirección.
Max cerró los ojos y la memorizó.
–Está bien –dijo–. No te muevas de ahí. Tengo que librarme de esta maldita cita a ciegas. Me reuniré contigo cuanto antes.
–Vale, pero, jefe, date prisa.
Max asintió y cerró el móvil, tentado a dirigirse directamente hacia su coche y olvidarse de la mujer que le esperaba entre toda aquella insoportable multitud de noctámbulos enfebrecidos. Pero ni siquiera él podía ser tan maleducado. Además, su madre no se lo perdonaría. Por mucho que en aquel momento estuviera sentada en su ático de Venecia, su madre sabía muy bien cómo hacer llegar su influencia hasta Dallas y poner en marcha la máquina de remordimientos. Aunque ella era estadounidense, Max era italiano, y había sido educado en la importancia de hacer feliz a una madre.
Con los ojos, Max buscó a una mujer que llevara una rosa roja, igual a la que él se había metido en el bolsillo. Sólo tenía que localizarla y decirle que le había surgido un imprevisto. Así de sencillo. No le llevaría más de un minuto.
Cari Christensen se mordió el labio y deseó poder hacer desaparecer la rosa roja en el fondo de la copa de vino que continuaba intacta delante de ella.
–Cinco minutos más –se prometió–. Y si no aparece, tiro la rosa a la basura y me mezclo con la gente, para que no sepa quién soy.
Su cita llevaba casi media hora de retraso. Media hora. Más que suficiente. Pero le había prometido a Mara, su mejor amiga, que mantendría la cita, aunque no habían hablado de esperar tanto rato. Cari suspiró, evitando contacto visual con cualquiera de los hombres interesados que se acercaban a la barra, y deseó con todo su corazón poder estar en casa metida en la cama con un buen libro. Mara lo hacía por su bien, pero no podía entender que Cari no estaba buscando a Don Perfecto. Ni a ningún hombre. No quería un hombre en su vida, ni tampoco una relación sentimental. Tampoco quería un marido. Todo eso ya lo había tenido y había convertido su vida en un infierno.
Pero eso Mara no podía entenderlo. Ella se había casado con su novio del instituto, con quien tenía una bonita casa con jardín y dos hijos preciosos. El matrimonio de Cari había sido todo lo contrario.
–Hay gente que encuentra su anillo de oro flotando en los cereales del desayuno –intentaba explicarle Cari a su amiga–. Mientras que a otros se les cae en la playa y se pasan el resto de su vida buscándolo por la arena.
–¡Qué tontería! ¿Crees que mi vida es perfecta?
–Sí, Mara, claro que lo creo. Al menos comparada con la mía.
–Oh, Cari –Mara le había tomado la mano con compasión–. Lo que ocurrió con Brian y… Michele… fue horrible –le aseguró con los ojos llenos de lágrimas–. Pero tienes que volver a intentarlo. Y cuando encuentres al hombre adecuado…
El hombre adecuado. Cari dudaba mucho de que existiera. Ni siquiera Mara conocía todos los sórdidos detalles de la realidad de su matrimonio. De ser así, no estaría tan decidida a empujarla de nuevo al agua.
–Mara, por favor, déjalo de una vez. Estoy muy contenta con mi vida tal y como es.
–Oh, Cari, no soporto la idea de que pases otro día de San Valentín sola en casa viendo películas antiguas por la tele.
–Por favor, San Valentín me importa un bledo.
–A mí no me engañas, Cari Christensen. Yo sé lo que te hace falta.
–Mara, ni se te ocurra.
–Necesitas un hombre –le dijo con tanta resolución que Cari tuvo que echarse a reír.
–No sé por qué te dejo ser mi amiga.
–Porque sabes que quiero lo mejor para ti.
Cari suspiró, consciente de que ya había sido derrotada, pero continuó oponiendo resistencia.
–No necesito que nadie cuide de mí.
–Ya lo creo que sí. Soy tu hada madrina. Ve acostumbrándote.
–No.
Pero Mara, por supuesto, continuó en sus trece, y por eso Cari estaba sentada allí, en el Longhorn Lounge, con una triste rosa roja y esperando a un hombre llamado Randy de quien su amiga le había asegurado de que era su media naranja.
–Espera y verás –le había dicho–. Es un hombre muy especial. Te sorprenderá.
Así que lo estaba haciendo por su amiga. Su intención era sonreír mucho y parecer interesada en las batallitas de Randy, disfrutar de una cena agradable en el comedor del club y tener dolor de cabeza a la hora de pedir el postre, la excusa perfecta para disculparse y volver a casa. A partir de ese momento, el contestador automático se ocuparía del asunto. Y Mara dejaría de ser tan insistente.
La puerta se abrió y apareció un hombre cerrando el móvil. Alto, moreno y enfundado en un traje de corte impecable en lugar de los vaqueros y camisas que llevaba la mayoría de los que frecuentaban el club, el hombre atrajo la atención de muchas de las presentes. Algo en su forma de moverse atraía las miradas, o quizá fuera el hecho de que era el hombre más atractivo que ella había visto fuera de una pantalla de cine. El corte de pelo era exquisito, aunque daba la impresión de llevarlo demasiado largo y un poco despeinado, como si fuera el resultado de la brisa de la noche o las manos de una amante. Los hombros anchos se marcaban bajo el traje de seda, y la raya de los pantalones sólo servía para enfatizar la musculatura de los muslos. Una estatua griega que había cobrado vida disfrazada bajo un traje actual.
Cari se estremeció y después sonrió para sus adentros. Una cosa era segura. Aquel hombre, desde luego, no podía ser su cita, Randy. Casi se alegraba. En su experiencia, los hombres tan atractivos y enérgicos como aquél eran los peores. Aunque ella debía admitir que tenía su atractivo.
Un deleite para los ojos, sin duda. Por suerte ella estaba curada de eso.
Cari apartó los ojos de él y echó una ojeada al reloj. Un minuto más y quedaría libre.
Una sombra cayó sobre su cabeza y Cari levantó los ojos para encontrarse con un tipo bastante fornido tocado con un sombrero texano y pantalones vaqueros ceñidos que le sonreía.
–Hola, preciosidad –dijo el vaquero llevándose la mano al ala del sombrero–. ¿Qué tal si te invito a una de esas copas con sombrerito y lucecitas que tanto os gustan a las chicas? –sugirió con un guiño.
Cari quiso gritar, pero se contuvo.
–No, gracias, vaquero –dijo procurando no ser descortés a la vez que se levantaba del taburete y se volvía hacia la puerta–. Ya me iba.
–No hay prisa, monada –dijo él planteándose delante de ella, sin dejarla pasar–. Eres tan bonita como una flor de cactus.
Cari alzó la barbilla y esbozó una forzada sonrisa.
–Y tan espinosa. Será mejor que me dejes pasar. No quiero pincharte.
La expresión del hombre se ensombreció.
–Oye, monada, escucha un momento…
Pero tan rápidamente como había aparecido desapareció, porque alguien más grande y más impresionante acababa de presentarse ante ella. Cari sintió su presencia antes de verlo, y contuvo una exclamación. Lentamente, levantó los ojos. Sí, era el hombre que había visto entrar por la puerta hacía unos minutos, plantado delante de ella, con una aplastada rosa roja en una mano y preguntándole algo.
–¿Qué? –preguntó ella sin poder oír ni una palabra de lo que le estaba diciendo.
Max se vio atrapado entre el interés y la irritación. Quería terminar con aquello cuanto antes y largarse de allí. No le había costado mucho encontrarla. Era una joven muy atractiva, con una cabeza llena de rizos rubios y un vestido negro que revelaba una figura perfecta, con curvas y carnes en los lugares exactos, y unas piernas que merecían la admiración masculina.
El problema era que no recordaba su nombre. Su madre se lo había repetido infinidad de veces. De hecho, cada vez que repetía la historia de cómo a su familia le habían robado el rancho Triple M. Aquella era la hija de la mujer que traicionó a su madre, pero ¿cómo se llamaba? Algo no sé qué Kerry, ¿no?
–¿Señorita Kerry? –repitió al ver que no le había oído.
–¡Oh! –exclamó ella perpleja–. Tú no puedes ser… bueno… ¿eres… tú?
–El mismo –dijo él enseñándole la rosa y señalando con la cabeza a la que ella llevaba–. Esperaba que tuviéramos un rato para conocernos mejor –dijo él–, pero tristemente no va a poder ser. Siento hacerte esto, pero ha surgido algo y me temo que tendremos que dejarlo para otro día.
–Oh.
Él la miró desconcertado. La mujer parecía dulce y encantadora, y desde luego estaba bastante cohibida. No era lo que él esperaba. No se parecía en nada a la altiva sirena que había imaginado en las historias de su madre, una mujer incapaz de sentir remordimientos ni ningún otro tipo de sentimiento.
–Mi madre te manda saludos –dijo él contemplando con deleite el bonito rostro femenino.
Desde luego no era su tipo. En general a él le gustaban las modelos, mujeres altas y mundanas, decorativas pero lo suficiente maduras para no querer nada más allá de una relación divertida y pasajera. Las jóvenes inocentes no pensaban más que en enamorarse, y él ni quería ni estaba para ese tipo de compromisos. Se había pasado la vida observando la naturaleza humana y, en su opinión, enamorarse era para tontos que se negaban a la realidad y esperaban que la vida fuera un cuento de hadas. Él se consideraba demasiado duro para esas tonterías.
De todos modos, aquella joven tenía algo que le atraía intensamente. Parecía inteligente y con reflejos, aunque ahora lo miraba un poco con la boca abierta. Tenía los ojos de un color azul vivo, enmarcados por unas pestañas oscuras y espesas, y la nariz respingona y salpicada de algunas pecas. El pelo, del color del sol en primavera, era una estilosa masa de rizos que no dejaba de caerle a los ojos, lo que la obligaba a retirárselo de la cara para verlo mejor.
No era en absoluto lo que había esperado. Por lo que le había dicho su madre, estaba convencido de que la detestaría nada más verla. Ahora ya no estaba tan seguro.
–Espero que podamos hacer esto en otro momento –dijo él, sorprendido por la verdad que había en sus palabras–. ¿Puedo llamarte mañana?
–Oh –repitió ella otra vez, con los ojos como platos–. Bueno, vale.
La chica no tenía mucho vocabulario. O quizá él estaba siendo demasiado brusco. Sus amigos y empleados solían acusarle de serlo, y ahora lo lamentó. No quería ser grosero.
Pero no tenía tiempo. Con un encogimiento de hombros, le sonrió y se dirigió a la puerta. Estaba casi fuera cuando recordó la estúpida rosa que llevaba en la mano. Hubiera tenido que dársela. Después de todo, ¿qué iba a hacer con ella?
Se volvió hacia ella y la encontró mirándolo. Aquellos enormes ojos azules tenían algo… y dejarla allí sería como decirle a un cachorro que no te siguiera a casa.
–¿Por qué no vienes conmigo? –sugirió siguiendo un extraño impulso–. Podemos comer algo en otro sitio.
–Oh, yo, bueno… –Cari carraspeó, sin saber por qué estaba siendo incapaz de hilar una frase completa.
Ella no era así, pero encontrarse a un hombre tan totalmente opuesto a lo que había imaginado la había dejado sin palabras, y todavía no se había recuperado. Casi sin pensarlo, se levantó y se dirigió hacia la salida del club dejándose llevar por una de las manos masculinas en la espalda. Antes de salir, volvió la cabeza hacia la barra, no muy segura de que fuera muy prudente salir de allí con un desconocido.
Aunque era primo del marido de Mara. O al menos eso le había dicho su amiga.
Lo curioso fue que, al mirar de nuevo hacia atrás, tuvo la sensación de ver una rosa roja en manos de un hombre alto, rubio y con gafas. Pero todo estaba sucediendo tan deprisa que se dejó llevar por su acompañante hasta el exterior del local y hasta su coche. Un coche muy impresionante.
–Oh, Dios mío –dijo ella cuando él le abrió la puerta.
–Es un Ferrari –dijo él frunciendo el ceño–. Seguro que has visto alguno por aquí. En Dallas los hay a cientos.
–Claro que los he visto, pero nunca me había montado en uno –dijo ella sentándose en el lujoso asiento de piel.
Hizo una mueca. Quizá no debería habérselo dicho.
Él se sentó tras en el volante y metió la dirección que le había dado Tito en el navegador. Después se volvió a mirarla y alzó una ceja:
–Por lo que sé de ti, pensaba que lo tuyo eran los coches deportivos y vivir rodeada de todo lujo.
Cari frunció el ceño, sin comprender nada. ¿La había confundido con otra cita a ciegas?
–¿Quién ha podido decirte una cosa así?
Él la miró un momento y después se encogió de hombros.
–Texas –murmuró poniendo el coche en marcha–. Esta ciudad siempre me sorprende.
Aquella frase sí que sorprendió a Cari. Por lo que le había dicho Mara, Randy llevaba toda su vida viviendo en Galveston, pero en aquel momento ella apenas podía hablar, pensando únicamente en lo increíblemente atractivo que era. Todo sobre él hablaba de riqueza y poder. Seguramente el traje que llevaba costaba más dinero que su coche de segunda mano. El pelo negro, la piel bronceada, los muslos que se adivinaban bajo la estela de los pantalones, todo creaba una imagen para conquistar el corazón de cualquier mujer. Llevaba el cuello de la camisa desabrochado, dejando al descubierto la piel bronceada y un atisbo de vello negro y rizado. Si ella fuera dada a los desvanecimientos, seguro que ahora estaba por los suelos.
Pero no lo era, se recordó Cari con dureza. Y había algo más que no encajaba. Cierto que el marido de Mara era un hombre guapo, pero pensar que había alguien como aquél en su familia no le cuadraba demasiado.
Pero ya era demasiado tarde para decirlo, porque el elegante coche deportivo había salido disparado como un cohete. La fuerza de la inercia la dejó pegada al respaldo del asiento, y con el corazón en la garganta buscó algo donde sujetarse.
El coche se detuvo en un semáforo. Cari tragó una bocanada de aire y se volvió hacia él, para hacerle saber que el despegue no le había hecho ninguna gracia.
–Vaya, ¿siempre conduces así? –le preguntó echándose el pelo hacia atrás con una mano–. Porque si es así, seguro que tienes una silla con tu nombre en los juzgados de tráfico.
A él pareció sorprenderle tanto el tono de su voz como la firmeza de sus palabras, pero se echó a reír.
–Sólo lo estoy probando. Me lo han prestado en el concesionario y quería ver qué tal va –hizo una mueca–. Pero no conozco bien las calles, así que será mejor que lo deje. Perdona, debería habértelo advertido –añadió esbozando una sonrisa ladeada, sin arrepentirse en absoluto de lo que había hecho.
Sin embargo, al mirarla, la sonrisa se desvaneció.
Los rizos rubios seguían, cayéndole sobre los ojos, y Max sintió el incomprensible impulso de retirárselos y un inexplicable cosquilleo en los dedos. Deslizó la mirada por su cara y la sedosa y suave piel de su garganta, y se imaginó recorriéndola con los labios, y la lengua…
El coche de atrás hizo sonar la bocina, y Max se dio cuenta de que el semáforo se había puesto verde. Se concentró de nuevo en la conducción, aunque sin poder dejar de pensar en la mujer sentada junto a él.
Y de repente se acordó de su nombre. Celinia Jade Kerry. ¿Cómo había podido olvidarse de un nombre como aquél? Celinia Jade, menudo nombrecito.
–¿Te importa que te llame C.J.?
Cari parpadeó realmente perpleja.
–¿Por qué?
–Para abreviar. Es más fácil de recordar.
Cari frunció el ceño.
–Pero…
El Ferrari entró en la autopista y él aceleró metiéndose entre el tráfico, concentrándose en los coches.
Era curioso, pero ahora que lo pensaba, su madre le había dicho que Celinia Jade Kerry era del tipo de mujeres con las que él se relacionaba, mujeres por otro lado que a su madre no la impresionaban en absoluto.
Claro que su madre tampoco conocía muy bien a C.J. De hecho sólo conocía a su madre. O la conoció, hacía mucho tiempo.
–Se llamaba Betty Jean Martin, antes de casarse con Neil Kerry, el hombre que robó el rancho a mi familia –le había contado su madre hacía unos días, sentados en la terraza de su casa italiana, sobre los canales de Venecia–. Era mi mejor amiga, pero cuando se casó con Neal a mis espaldas se convirtió en mi peor enemiga.
Max había oído la historia muchas veces. Era una de las leyendas familiares, y tenía la sospecha de que su madre había estado convencida de que sería ella quien se casaría con Neal antes de que su amiga Betty Jean lo llevara al altar, para poder así recuperar el rancho.
Lo cierto era que él no podía sentir lo que no ocurrió. Además, su madre conoció a su padre, Carlo Angeli, poco después, lo que significó un importante cambio en su vida, sobre todo desde el punto de vista económico. Eso era lo que solía pasar cuando te casabas con un millonario.
Aunque Max sabía que no fue un matrimonio feliz. Su padre apenas estaba en casa, y todo el mundo conocía sus aventuras con las esposas de sus mejores amigos. Su madre había dedicado su vida a sus dos hijos, y a rememorar los amargos recuerdos de una infancia en el rancho Triple M, a las afueras de Dallas, Texas.
–Estoy segura de que Celinia Jade es como tus amigas –continuó su madre blandiendo la carta que había recibido de la hija de su antigua amiga–. Aún tengo contactos en Texas para estar al tanto de lo que ocurre. A esa chica lo único que le interesa es la última moda y si el carmín de labios que lleva le hace la boca más deseable. ¿Te suena?
–¿Has estado escuchando mis conversaciones telefónicas? –había bromeado él.
Su madre se limitó a poner los ojos en blanco.
–¿Es que no lo entiendes, mamá? –le había dicho él sin molestarse–. No salgo con mujeres por su conversación.
–Entonces seguro que te llevas perfectamente con la joven Kerry –había concluido Paula con una sonrisa–. Aunque me extraña que se haya puesto en contacto conmigo después de todos estos años.
–Por suerte, yo me voy a Dallas dentro de unos días y veré qué es lo que quiere.
–Dinero –dijo su madre con un suspiro, sacudiendo la cabeza de rizos canosos–. Sé que tiene serios problemas económicos. Sus padres han muerto y ella ha terminado con lo poco que le dejaron. Sin duda cree que tú serás su cajero automático sin fondo.
–Muy interesante –había murmurado él–. ¿Crees que todavía tiene el rancho?
–Oh, sí, ella nunca venderá el rancho. Pero seguramente necesita dinero para mantenerlo.
–¿Crees que querrá un préstamo?
Su madre soltó una carcajada.
–No, no lo creo. No podría devolverlo –Paula sonrió a su hijo–. En su carta pregunta un montón de cosas sobre ti. En mi opinión, creo que intentará casarse contigo.
–Muchas lo han intentado –le recordó él medio en broma.
–Pero ninguna lo ha conseguido –asintió la madre con un suspiro.
–Llámala –le dijo Max mientras empezaba a diseñar un plan para recuperar el rancho con el que su madre llevaba tantos años soñando–. Que no venga aquí, pero dile que yo estaré en Dallas y que me gustaría conocerla. Conciértame una cita con ella.
Su madre asintió con suspicacia.
–¿Qué estás tramando?
Max le sonrió.
–Mamá, tú sabes que mi especialidad es la adquisición de propiedades. Pienso convencerla para que nos venda el rancho que tanto quieres.
Los ojos femeninos brillaron durante un momento, pero la mujer negó con la cabeza.
–No te lo venderá nunca.
Max se encogió de hombros.
–Eso lo veremos.
–Oh, Max, ten cuidado. No dejes que te seduzca. Si es como su madre…
Max depositó un beso en la cabeza de su madre y se dirigió hacia la puerta.
–No te preocupes –le dijo con un guiño.
