Utópicos, pioneros y lunáticos -  - E-Book

Utópicos, pioneros y lunáticos E-Book

0,0

Beschreibung

Una cuidada, poética e ilustrada antología de relatos en donde la utopía y la pasión por la ciencia se confunden a menudo con la sátira política, social y de costumbres. Nuestra querida Luna, admirada desde la Tierra por los humanos, ha sido venerada como una diosa pero también anhelada como vía de escape hacia un mundo alternativo. Ya desde la Antigüedad proliferaron los relatos de viajes fantásticos, oníricos y utópicos; aventuras legendarias que quisieron buscar un más allá ideal, filosófico o paródico. Este libro recoge una selección de viajes a la Luna anteriores a la visionaria obra de Julio Verne, que consagró la ciencia ficción para la modernidad, comenzando con la pionera aventura que narra Luciano de Samósata. Desde los clásicos griegos, el tema del viaje lunar —entre divertimento, ciencia y filosofía— tiene una larga historia que pasa por el medievo y el Renacimiento y desemboca en la moderna astronomía a partir de Kepler. Posteriormente, Godwin, Wilkins y otros teóricos del siglo XVII elucubraron acerca de la posibilidad de colonizar el mundo lunar. Las obras fantasiosas, humorísticas y filosóficas de Cyrano de Bergerac y Voltaire complementan esta sugerente selección de travesías. Un itinerario por la Luna acompañados por la sabiduría y experiencia de dos grandes argonautas: Carlos García Gual y David Hernández de la Fuente.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern
Kindle™-E-Readern
(für ausgewählte Pakete)

Seitenzahl: 428

Veröffentlichungsjahr: 2023

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Derechos exclusivos de la presente edición en español

© 2023, editorial Rosamerón, sello de Utopías Literarias, S.L.

Primera edición: noviembre de 2023

© 2023, Carlos García Gual y David Hernández de la Fuente por la edición

Imagen de cubierta: detalles de una iluminación de la Comedia de Dante realizada por Giovanni di Paolo en 1444.

Imagen de interior: ilustración para la edición de 1888 de L’Atmosphère: Météorologie Populaire de Camille Flammarion.

ISBN (papel): 978-84-127383-2-2

ISBN (ebook): 978-84-127383-3-9

Diseño de la colección y del interior: J. Mauricio Restrepo

Compaginación: M. I. Maquetación, S. L.

Todos los derechos reservados. Queda prohibida, salvo excepción prevista por la ley, cualquier forma de reproducción, distribución y transformación total o parcial de esta obra por cualquier medio mecánico o electrónico, actual o futuro, sin contar con la autorización de los titulares del copyright. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (arts. 270 y sigs., Código Penal).

Gracias por comprar una edición autorizada de este libro y por tanto respaldar a sus editores y a editorial Rosamerón. Te animamos a compartir tu opinión e impresiones en redes sociales; tus comentarios, estimado lector, dan sentido a nuestro trabajo y nos ayudan a implementar nuevas propuestas editoriales.

[email protected]

www.rosameron.com

Índice

Utópicos, pioneros y lunáticos

Introducción. Sobre unos cuantos viajes a la Luna

Viaje a la Luna. Luciano de Samósata

Aventuras de Domingo González en su extraño viaje al mundo lunar. Francis Godwin

El sueño. Johannes Kepler

El descubrimiento de un nuevo mundo en la Luna. John Wilkins

Historia cómica de los estados e imperios de la Luna. Cyrano de Bergerac

Micromegas. Historia filosófica. Voltaire

Epílogo. Algunas notas sobre el Viaje a la Luna de Luciano

Índice de ilustraciones

Notas

INTRODUCCIÓN

—————

Sobre unos cuantos viajes a la Luna

¿Qué haces, luna, en el cielo? Dime, ¿qué haces

silenciosa Luna?

Surges de noche y vas

contemplando los desiertos, y luego te paras.

¿Aún no estás cansada

de recorrer los caminos del cielo?

¿Es que aún no te cansas ni te hastías

de mirar estos valles?

«CANTO NOCTURNO DE UN PASTOR ERRANTE DE ASIA»

ESTOS CONOCIDOS VERSOS de Giacomo Leopardi invocan al astro blanco radiante en la noche. Como en otros muchos poemas, el poeta solitario y melancólico canta a la Luna, compañera única de sus largas meditaciones, pero aquí pone su llamada en la boca de un pastor errante por las estepas asiáticas que, como el mismo Leopardi, interroga al callado astro por el sentido de la vida:

¿Para qué tantas estrellas?

¿Qué hace el aire infinito,

la profunda serenidad sin fin?

¿Qué significa esta

inmensa soledad? ¿Y yo qué soy?

Otros poetas románticos y también los clásicos —de cualquier tiempo, desde Safo a Li Po y García Lorca— han dirigido elogios innumerables y lamentos desesperados a la remota y esplendente Luna. El caso es que otros, más dados a la ficción narrativa que al soliloquio nocturno, acaso más frívolos, de fantasía más atrevida, han recreado a la Luna como un territorio muy apropiado para una excursión fabulosa (posible solo con la imaginación hasta hace pocos años) y se han inventado las extraordinarias aventuras de un viajero a esta y sus alrededores. Desde la Antigüedad existen eruditas especulaciones sobre las posibilidades de la versátil Luna como lugar de destino para almas o espíritus. (Valga como buen ejemplo el tratado de Plutarco «Sobre la cara visible de la Luna»).

En nuestros días, sin embargo, las conquistas espaciales han hecho perder a nuestro satélite de luz prestada el prestigio fantasmagórico con que se aureolaba en los poemas y los viajes novelescos. Ahora que ya, gracias a los progresos de la astronomía y la tecnología de los vuelos espaciales, varios astronautas provistos de escafandras y embutidos en blancos y voluminosos trajes, como aerodinámicos buzos, se han paseado por su polvorienta y desolada superficie clavando alguna que otra banderola en el polvo lunar, las fantasías antiguas parecerían haber quedado fuera de lugar. Los vetustos y familiares fantasmas de la literatura no se encontraban allí, y no han salido al paso para dialogar con los astronautas.

Y, no obstante, a los relatos fantásticos les quedan algunas ventajas. Tienen más colorido que las exploraciones más mecánicas apadrinadas por la ciencia y ofrecen aventuras más divertidas, al menos para los frívolos aficionados a la literatura de ficción. En esos relatos, la Luna está poblada de seres pintorescos, y tiene unos decorados un tanto surrealistas. No es un astro muerto y desértico, sino un espejo curioso de la Tierra y sus conflictos. Los selenitas que encontraron Luciano y los otros viajeros pretecnológicos eran criaturas del aire que sorprendían por sus aspectos pintorescos, y con ellos a menudo se podía conversar, dado el milagroso don de múltiples lenguas no infrecuente en esos relatos fantásticos. En fin, los viajes reales a la Luna resultan bastante más aburridos que los de la vieja literatura.

En esta obra recordaremos algunos de estos relatos, comenzando por el pionero viaje que narra Luciano de Samósata en el siglo II, que incluye en sus Relatos verídicos una curiosa excursión a la Luna. Pero entre ese texto primero, antecedente de la ciencia ficción, y el comienzo del género en la modernidad con la famosa novela de Julio Verne De la Tierra a la Luna (1865), situada entre la ciencia ficción y la sátira, hay muchos viajes a la Luna que han quedado algo más oscurecidos por la fama de Verne y de las recreaciones posteriores, hasta llegar a la célebre misión del Apolo 11 en 1969.

Cómo no recordar pasajes como el ascenso a la Luna en el Paradiso de Dante. Pero hay más. Quizás la más rara de esas excursiones lunares sea la de un fascinante episodio del canto XXXIV del Orlando furioso (1515) de Ludovico Ariosto, donde se relata cómo el héroe Astolfo alunizó en un carro de fuego guiado benévolamente por san Juan Evangelista y encontró allí, en la superficie lunar, entre otras muchas cosas sorprendentes, unas redomas con el juicio que la gente ha perdido, y entre las numerosas ampollas que albergan las líquidas razones que los humanos han perdido, rescató el juicio de Orlando, cumpliendo así el objetivo que se había propuesto en su viaje estelar.

No vamos a repetir todos los pormenores de la rara y lunática excursión. Basta decir que Astolfo, montado en su raudo hipogrifo (monstruoso corcel que recuerda Calderón al iniciar La vida es sueño), llegó hasta la alta montaña del Paraíso, y allí fue recibido por san Juan, que le invitó a comer y luego, en un carro de fuego que ya había servido al profeta Elías para subir al cielo, lo guió hasta la misma Luna. Pero conviene citar unas líneas de Italo Calvino, excelente relator siempre, que resume muy ágilmente el episodio:

En el universo jamás se pierde nada. Las cosas que se pierden en la Tierra, ¿dónde van a parar? A la Luna. En sus blancos valles se encuentran la fama que no resiste al tiempo, las plegarias de mala fe, las lágrimas y los suspiros de los amantes, el tiempo perdido por los jugadores. Y allí, en unas ampollas selladas, se conserva el juicio de quien lo ha perdido, del todo o en parte (XXXIV 75):

Lloros, suspiros férvidos de amantes / Las horas que en los vicios se enajenan / El tiempo inútil de hombres ignorantes / Locos designios que la mente apenan / Y los vanos deseos pululantes / La mayor parte de aquel sitio llenan / En suma, todo cuanto aquí perdimos / Lo podremos hallar, si allá subimos.

Pasan (Astolfo y san Juan) la esfera de fuego sin quemarse, entran en la esfera de la Luna, de acero inmaculado. La Luna es un mundo grande como el nuestro, con mares y todo. Hay ríos, lagos, llanuras, ciudades, castillos, como entre nosotros; y, sin embargo, diferentes de los nuestros. Tierra y Luna, tal como intercambian dimensiones e imágenes, también invierten sus funciones: vista desde aquí arriba, es la Tierra la que puede decirse el mundo de la Luna; si la razón de los hombres se conserva aquí arriba, quiere decir que en la Tierra no queda sino la locura (XXXIV 83-84).

Es natural que el depósito donde se conservan las razones perdidas sea un lugar muy ordenado. Cada ampolla lleva un rótulo con un nombre. Astolfo ve con maravilla que allí arriba, a la Luna, ha ido a parar la razón de muchas personas que en la Tierra gozan de gran predicamento. Al recorrer los nombres de las ampollas (probablemente en orden alfabético) Astolfo descubre también el suyo. San Juan le da permiso para que, inhalando profundamente, recupere la cantidad de razón que le baste para hacer otras locuras.

¡Y entonces aparece el rótulo «Juicio de Orlando»! Astolfo toma la ampolla, que es más grande y pesada que las otras; ahora no tiene más que llevarla a su legítimo propietario y, quieras que no, verterle el contenido por la nariz.

Dejando a un lado este viaje tan ocasional como extravagante, enmarcado en un gran poema fantástico, intentemos subrayar algunos rasgos comunes en esta brevísima antología desde Luciano a Voltaire. Los viajeros a la Luna encuentran allí una perspectiva sobre la Tierra, y actúan fundamentalmente como observadores de un ultramundo que en parte espejea al terrícola, pero que, a la vez, lo cuestiona. Lo más notable es que siempre pueden basar sus observaciones en sus tratos y conversaciones con los selenitas. En estas ficciones, la Luna está poblada, y, como era de esperar, por bichos variados y tipos con figuras extravagantes. Sin embargo, no resulta difícil al viajero la comunicación con ellos. (Entre los griegos el tema de la dificultad lingüística no se presenta. Los griegos pensaban que hasta los dioses hablaban en griego. En otros casos la variedad de lenguas se resuelve de modo un tanto mágico). No hay tampoco problemas de movilidad ni de respiración en la atmósfera lunar. Los antiguos eran ingenuos y tampoco trataban, en estos casos, de atender a detalles realistas. El mundo de la Luna es igual al de la Tierra en sus factores ambientales, aunque sus habitantes sean algo diversos de los terrígenos. La Luna repite las condiciones atmosféricas de nuestro planeta y desde la Luna la Tierra se deja ver como otra Luna. No hay, pues, problemas para el paseo lunar.

En el caso de Luciano, aunque entre los monstruos que pueblan los espacios lunares y estelares haya especies de bichos de muy raras formas, el viajero no tiene ningún problema para entenderse con los selenitas. Se dedican, habitualmente, a lo mismo que los griegos y los bárbaros: a guerrear los unos contra los otros, aunque tengan sus extraños hábitos y vestidos pintorescos. Persiste un poso mitológico en esa representación carnavalesca: Endimión, el rey de la Luna, es el amado de Selene, y Faetonte, el hijo de Helios.

Toda la narración de Luciano es, como él declara, una burla de los relatos fabulosos, y así no es extraño que con el mismo barco con que ha volado a la Luna visite el País de los Bienaventurados, una especie de celeste paraíso, un Elíseo mucho mejor que el Hades infernal, donde se puede banquetear a placer y charlar con los más ilustres muertos de siglos atrás. Lo maravilloso se codea con lo mítico. Luciano no se preocupa por justificar ni su medio de viaje: basta un barco corriente y un viento algo extraordinario para surcar casi infinitos espacios. No tiene ninguna preocupación por dar verosimilitud a ningún detalle en esta parodia disparatada de otros relatos de aventuras viajeras.

Otros viajeros más modernos se preocupan por usar un medio de transporte más sofisticado: ya sea un carro tirado por una bandada de gansos (que puede recordarnos tal vez cómo Alejandro Magno, en un relato mítico, subió al cielo en un carro tirado por unos grifos), o bien en una especie de globo, como hace Cyrano. Los escritores modernos aluden además a algunas teorías astronómicas, de Copérnico y otros, aunque sea brevemente y un tanto de pasada. En ese sentido están más próximos a los relatos de la ciencia ficción. En Luciano tenemos una ficción que no tiene ni ciencia ni mecánica.

Pero hay otro detalle tal vez más importante que diferencia el texto lucianesco —al que todos los posteriores deben cierto impulso narrativo, aunque no lo nombren— de otros. Cyrano aporta una perspectiva nueva, que de algún modo está anticipada en el relato de Godwin, al representar el mundo de los selenitas no solo como novedoso, no solo en sus apariencias externas, sino sorprendente en su manera de pensar la realidad. Aquí se abre una ventana a otra visión del mundo, a la sátira y la crítica de los hábitos y los juicios y prejuicios terrestres; es decir, a los de la sociedad y la época del escritor. En la Luna se vive y piensa de otra manera en muchos respectos, pero persisten también allí vicios muy semejantes y censuras parecidas a las que encontramos aquí. Aquí se perfila una cierta conexión entre la sociedad de la Luna y los paisajes de Utopía, aunque sea todavía un mero esbozo en Godwin.

El mismo año que el libro de este, 1638, apareció el de su compatriota y colega episcopal John Wilkins, que era, al parecer, una persona de talante distinto. Menos aficionado a las novelerías, pero más erudito, y muy interesado en los proyectos para navegar por el espacio, el obispo Wilkins se plantea con notoria seriedad y buen acopio de citas de autoridades bíblicas y no bíblicas, antiguas y modernas, siempre respetables (no deja de ser curioso que cite a Plutarco, pero no a Luciano), la cuestión de si habrá habitantes de los astros, lo que le parece deseable y probable en un futuro, dados los avances de la ciencia, y si se podrá comerciar con ellos, un detalle práctico que nos parece una buena muestra de la mentalidad británica de la época. (No se plantea, como tal vez habría hecho un obispo español, el tema de la conversión y conquista de los selenitas, a mayor gloria de Dios y de su nación). Al final de su segundo ensayo, recuerda «el placer y el provecho de los últimos descubrimientos en América», algo que podría multiplicarse en las exploraciones de tierras y pueblos de la Luna, e incluso más allá.

Luego hay otro tipo de viajes a la Luna de índole utópica o moral, con el matiz de fantasía onírica que les otorga el haber sido soñados. Así, desde el Renacimiento tenemos el Sueño (1541) del humanista español Juan Maldonado, que cuenta el sueño de un viaje a la Luna en latín, a imitación del clásico Somnium Scipionis. Maldonado, discípulo de Nebrija, sueña cómo se le aparece una difunta que le ofrece un viaje fantástico por las estrellas hacia la Luna, cuyo rostro, con facciones humanas, es habitable para los visitantes terrestres. El periplo lunar es utópico y sirve de comparación con la corrupta sociedad terrestre, pues allí «no existe la avaricia ni la lujuria, y la palabra tiene el mayor valor. No conocen la mentira».

A veces estos viajes a la Luna oníricos se producen a instancias de fuerzas mágicas o demoníacas. Así, corría por Castilla la leyenda del mago Eugenio de Torralba, quien, según una historia publicada en 1566, habría logrado emprender un viaje estelar llevado por un demonio que le ayuda con drogas poderosas. La curiosa figura de Torralba, que fue llevado a proceso por la Inquisición para abjurar de sus brujerías, la trata Julio Caro Baroja en Vidas mágicas e Inquisición (1992). Y muy a propósito recuerda su caso Don Quijote, en su paródico viaje espacial a lomos del caballo Clavileño, para prevenir al desconfiado Sancho de que no se quite la venda para no fastidiar el hechizo aéreo:

No hagas tal —respondió Don Quijote— y acuérdate del verdadero cuento del licenciado Torralba, a quien llevaron los diablos en volandas por el aire, caballero en una caña, cerrados los ojos, y en doce horas llegó a Roma, y se apeó en Torre de Nona, que es una calle de la ciudad, y vio todo el fracaso y asalto y muerte de Borbón, y por la mañana ya estaba de vuelta en Madrid, donde dio cuenta de todo lo que había visto; el cual asimismo dijo que cuando iba por el aire le mandó el diablo que abriese los ojos y los abrió, y se vio tan cerca, a su parecer, del cuerpo de la Luna, que la pudiera asir con la mano, y que no osó mirar a la tierra por no desvanecerse (II, 41).

Años después, Kepler retoma este viaje estelar llevado por los demonios y las sustancias mágicas, de clara raigambre en el cuento maravilloso, imitando por un lado el sueño lunar de Maldonado y por otro los medios brujeriles, pero con la aparición de la pujante ciencia astronómica, en un curioso texto que va trocando lo moral por lo científico. Pero su trasfondo es mágico. El argumento de El sueño o La astronomía de la Luna de Kepler es el siguiente: Kepler lee la biografía de un mago, se queda dormido y comienza un sueño en el que se ve leyendo de nuevo, pero esta vez la historia de un joven islandés que se convierte en alumno del célebre astrónomo y alquimista Tycho Brahe. A su regreso a Islandia y gracias a las artes mágicas de su madre, el joven consigue que un demonio le hable de los paisajes que hay en el país lunar de Levania, con sus dos hemisferios y sus curiosidades botánicas y zoológicas, en lo que para Carl Sagan o Isaac Asimov fue uno de los antecedentes más curiosos de la ciencia ficción de uno de los primeros astrónomos modernos. Kepler forma parte de la selección de textos barrocos que aparecen en esta antología; todos ellos con una acertada combinación de ciencia, moralismo y sátira social. Ahí están los viajes relatados por Kepler (1634), Godwin (1638), Wilkins (1638) y Cyrano de Bergerac (1657).

Con Cyrano de Bergerac damos un notable paso avante, en lo fabuloso y lo literario. Se trata de un pensador de enorme fantasía y fino humorismo, tan diestro con la pluma como lo fuera con la espada. Imitador de Luciano, discípulo de Gassendi, algo epicúreo y muy escéptico, amigo de novelerías, lector de los antiguos y a la vez hombre muy de su tiempo, amante de la libertad de pensamiento hasta extremos un tanto peligrosos, es un fabulador desenfrenado. Hay bastante de utópico en sus textos, tanto en el Viaje a la Luna como en su continuación El viaje a los Estados del Sol (que hace acompañado por el famoso utopista Campanella), pero ciertamente no pretende escribir una utopía, sino una sátira funambulesca. Los proyectos utópicos suelen requerir cierto reglamento y una programada legislación, y eso no va en consonancia con la fantasía desaforada del bizarro espadachín gascón. Quedan varios ecos de la fantasía lucianesca en Cyrano, y sus selenitas tienen rasgos externos tan sorprendentes como los que relataba el viajero griego, pero además hay muchas referencias críticas a su propio mundo, y a la ciencia de su tiempo. Su sátira es, a la vez, intelectual y moral.

Citaremos algunas líneas que le dedica a este libro Raymond Trousson en su Historia de la literatura utópica:

En la Histoire comique des États et Empires de la Lune (1657), Cyrano, elevado a los aires por cohetes, descubre el Paraíso en nuestro satélite. Los lunáticos tienen dos lenguas; los nobles se expresan mediante sonidos musicales, el pueblo mediante meneos del cuerpo; se alimentan con el humo de los platos y pagan la cuenta con poemas; los jóvenes gobiernan y los ancianos obedecen; tienen ciudades móviles y libros que hablan, etc. Ya no queda gran cosa de utópico en esa fantasía brillante y de tono irónico casi volteriano, simple pretexto para exponer, como en las obras de Godwin y Wilkins, teorías científicas avanzadas.

Y no solo aprovecha las licencias del viaje fantástico para exponer modernas discusiones y teorías científicas, sino también algunas ideas filosóficas que de seguro podrían suscitar la censura inquisitorial. Están en boga entre los selenitas, por lo visto, con ligeros retoques, algunas tesis epicúreas, tanto con respecto al alma y al placer como a la infinitud de los mundos.

En su novela sobre el otro mundo lunar, que se publicó póstuma en 1657, Cyrano ridiculiza la censura inquisitorial y la postura dogmática de la Iglesia, enfrentada a algunas modernas investigaciones científicas. Parodiando la situación de su entorno, ofrece una imagen de la Luna donde impera también el dogmatismo más necio. También allí los sacerdotes obligan a proclamar las «verdades» oficiales. Y el viajero se ve obligado a declarar, bajo crueles amenazas, por todas las esquinas que «la Luna no es la Luna, sino el mundo, y que el mundo que desde allí se ve no es la Tierra, sino la Luna». La sociedad de los lunáticos espejea en sus hábitos dogmáticos la estructura de la sociedad intolerante terrestre —la de la Francia de Mazarino— en que vivió Cyrano.

A comienzos del siglo XVII, Galileo había confirmado y precisado la teoría heliocéntrica de Copérnico. Y esto le valió un triste proceso inquisitorial. El astrónomo tuvo que retractarse en 1632 y sus obras pasaron al Índice de libros prohibidos por la Iglesia (la prohibición se levantaría bastante tarde, en 1835). La infinitud del mundo y la existencia de mundos infinitos había sido profesada por Giordano Bruno, que, como se sabe, acabó sus días en la hoguera. En los Entretiens sur la pluralité des mondes (1686) de Fontenelle, una serie de conversaciones entre un filósofo y una marquesa que contemplan el firmamento por las noches, se desarrolla esta idea, el modelo heliocéntrico y la posibilidad de vida extraterrestre, sobre todo en dos capítulos sobre la Luna («Que la Lune est une Terre habitée» y «Particularités du Monde de la Lune»). Tampoco escapó de la censura eclesiástica y la obra acabó incluida en el Índice en 1687.

Treinta años antes, en su viaje a los ámbitos lunares y solares, Cyrano discute con los filósofos de allí arriba sobre estos candentes y peligrosos temas. Le acompaña el demonio de Sócrates, un espíritu de ambiguo prestigio, desde luego. (En la segunda parte de sus viajes, Cyrano, de vuelta en la Tierra, y cuando se difunden sus relatos, se ve perseguido por la superstición popular, que le cree un brujo). La teoría de que el hombre es el rey de la creación, la culminación del proceso histórico, se ve ridiculizada en medio de la pluralidad de mundos y de culturas. En la Luna, ese otro mundo que a la vez espejea los errores del nuestro, el viajero Cyrano y el español que por allí alunizó algo antes son considerados como unos bichos pintorescos, una especie de monos o animales de feria. (Ya aquí parece anunciarse el mundo de Gulliver y de los cuentos de Voltaire). El demonio socrático mantiene, como de propina, unas inquietantes tesis que ponen en duda el parentesco del ser humano y el divino. En fin, toda la jactancia humana sobre la posición central del hombre en el cosmos y su divina filiación quedan en entredicho en las discusiones lunares de esta desconcertante sátira, de tonos muy actuales.

Insistimos en que Cyrano no pretende ofrecer la imagen de una sociedad utópica, más o menos feliz, en ese «otro mundo» de la sociedad lunar, en algunos aspectos exótico y divertido mundo al revés, pero en otros una ácida caricatura de la dogmática y represiva sociedad de su entorno terrestre. El viaje a la Luna aquí mezcla la crítica del presente con un cierto afán de evasión, aunque esta sea solo posible en lo imaginario, en un mundo maravilloso.

La utopía y la pasión por la ciencia se confunden a menudo en los viajes a la Luna con la sátira política, social y de costumbres: así se ve en la novela satírica de Daniel Defoe de 1705 The Consolidator, que parodia el parlamentarismo británico y describe un viaje entre China y la Luna en un carro alado, declarándose deudor del obispo Wilkins. También sigue esos derroteros La aventura incomparable de un tal Hans Pfaall (1835), novela corta de Edgar Allan Poe, sobre un sinvergüenza que consigue hacerse un globo gigante que le permite viajar desde Róterdam a la Luna y contemplar el panorama de la Tierra desde el espacio. A su regreso, Pfaall usa la información obtenida sobre el satélite y sus habitantes para conseguir el perdón de las autoridades por sus muchos delitos. Entre los simpáticos caraduras que viajan a la Luna en la literatura, cómo no acordarse de Las aventuras del barón Münchhausen (1786), que incluye dos viajes del barón a la Luna, con una descripción de su flora y fauna1.

Solo unas palabras sobre el cuento de Voltaire Micromegas, que recogemos en la antología. No hay aquí ningún viaje a la Luna, sino un ameno y sorprendente coloquio de dos gigantes de más allá de la Luna, uno de Sirio y otro de Saturno, que acuden a visitar la Tierra, un planeta de muy pequeñas dimensiones para ellos. Voltaire escribe bastantes años después de que Jonathan Swift hubiera publicado sus Viajes de Gulliver, de modo que puede divertirse con un amplio repertorio intertextual de criaturas fabulosas y motivos satíricos. Desde su perspectiva macrocósmica, los dos colosales turistas interplanetarios que protagonizan la narración volteriana dialogan, a la manera de filósofos de ilustrados modales, sobre los extraños habitantes, los humanos, para ellos casi microscópicos, pobladores inquietos de un insignificante astro. Desde esa mirada extraterrestre las belicosas empresas y afanes de los humanos parecen ridículos. He aquí, en esta fina parodia, una sátira de extremado humorismo que ridiculiza la pretensión de considerar al hombre y la Tierra como centro del universo. Al viejo Luciano, tan aficionado a los coloquios disparatados y surrealistas, y a los juegos literarios intertextuales, seguramente le habría encantado.

VIAJE A LA LUNA

—————

Luciano de Samósata

Luciano de Samósata (c. 125 - c. 192). Escritor griego del siglo II de nuestra era. Cultivó el diálogo y la sátira. Contamos con algunos datos sobre su vida que se desprenden de su Sueño. Nació en Samósata (Siria) y comenzó su carrera como aprendiz de escultor, que abandonó por la oratoria. Hizo fortuna y fama pronunciando discursos en sus viajes por Asia Menor, Grecia, Italia e incluso la Galia antes de establecerse en Atenas para dedicarse a la filosofía. Cultivó el diálogo satírico con gran éxito. Escribió los Diálogos de los dioses, en los que se burla de la mitología tradicional, los Diálogos de los muertos, los Diálogos de las heteras, etc. Además, cultivó la prosa satírica, con obras como Icaromenipo o los Relatos verídicos, que se suelen considerar el antecedente de la ciencia ficción. Su obra ha sido traducida a menudo al castellano, ya desde el Siglo de Oro, con ejemplos como los de los humanistas Juan de Jarava, Francisco de Enzinas, Francisco de la Reguera o Juan de Aguilar, pues influyó ­sobremanera desde el Renacimiento. Entre las traducciones modernas, además de la que aquí se reproduce, hay que citar la más reciente, de Francisco Socas (La piedra Lunar, Sevilla 2013). El libro I de Relatos verídicos (1-30) contiene el «Viaje a la Luna» de Luciano de Samósata. Traducción y notas de Carlos García Gual.

DEL MISMO MODO QUE LOS ATLETAS y quienes se dedican a la preparación de sus cuerpos no solo prestan atención a la buena disposición física y a los ejercicios de gimnasia, sino también al reposo conveniente en el momento oportuno, pues consideran que esa es la parte más importante de su entrenamiento, así también pienso que a quienes tienen preocupaciones intelectuales les conviene, después de la lectura de las obras más serias, relajar su entendimiento y disponerlo más suelto y vivaz para el esfuerzo posterior.

Y les resultaría un descanso si combinaran con esas lecturas suyas aquellas que no solo les procuraran una diversión refinada y graciosa, sino que también les ofrecieran una cierta perspectiva bastante inspirada, tal cual sospecho que advertirán en estos escritos míos. Porque no solo les resultará atractivo lo extraño del argumento y lo gracioso de su tema, y el que vayamos ensamblando un montón de pintorescos embustes de modo convincente y verídico, sino además que cada uno de los episodios narrados está figurado cómicamente a la manera de algunos de los antiguos poetas, historiadores y filósofos, que compusieron numerosos relatos prodigiosos y míticos, a quienes también habría citado por su nombre a no ser porque ya a ti mismo en la lectura te van a resultar evidentes.

Ctesias, el hijo de Ctesíoco, de Cnido, compuso su historia sobre el país de los indios y sus prodigios, lo que ni él había visto ni escuchó a otro que se lo contara. Escribió también Yambulo muchas maravillas acerca de lo que pasó en el gran Océano, forjando una mentira notoria para todos, pero componiendo un relato, sin embargo, bastante placentero. Muchos otros también escogieron los mismos temas y por escrito han expuesto como propios viajes y peregrinaciones, describiendo los tamaños de las fieras salvajes y el salvajismo de las gentes y la extrañeza de sus modos de vida.

El caudillo de estos y maestro de ese arte de burlas fue el Ulises de Homero, al contarle a los de Alcínoo la cautividad de los vientos y hablar de hombres de un solo ojo, devoradores de carne cruda, y otros salvajes, y además de animales de muchas cabezas y de las metamorfosis de sus compañeros por efectos de filtros, prodigios numerosos que él se inventó ante los bobos de los feacios.

Concluí por no reprocharles mucho por todas las mentiras que encontré al leerlos, viendo que eso ya es algo habitual incluso entre los que prometen filosofar. Pero me extraña en ellos lo de que hubieran pensado que pasaría inadvertido que no escribían la verdad. Por lo que también yo, empeñándome por vanagloria en dejar algo a los venideros, para no ser el único desheredado en la libertad de contar mentiras, puesto que nada verdadero tenía que referir —porque nada digno de mención me había ocurrido—, me he dedicado a la ficción de modo mucho más descarado que los demás. Aunque en una sola cosa seré veraz: en decir que miento.

Me parece que así escaparé a la acusación de los otros, al reconocer yo mismo que no cuento nada verdadero. Escribo, por tanto, de lo que ni vi ni comprobé ni supe por otros, y es más, acerca de lo que no existe en absoluto ni tiene fundamento para existir. Conque los que me lean no deben creerme de ningún modo.

Partiendo pues de las columnas de Heracles un día y zarpando hacia el Océano occidental con viento favorable, me lancé a navegar. La causa y el propósito de mi viaje era la curiosidad de espíritu y el deseo de ver cosas nuevas y el ansia por saber cuál era el final del Océano y qué gentes eran las que habitaban más allá. Así que, con tal motivo, embarqué todo tipo de víveres y tomé abundante provisión de agua, y enrolé a cincuenta camaradas que tenían la misma intención y luego adquirí un buen montón de armas y tomé al mejor piloto, atrayéndolo con una buena paga, y reforcé la nave —que era un barco ligero como para una larga y dura navegación.

Así pues, durante un día y una noche navegamos con viento favorable sin dejar de avistar la tierra y avanzábamos de manera suave; pero al día siguiente, a la salida del Sol, aumentó el viento y creció el oleaje y sobrevino la tiniebla y ya no era posible ni siquiera extender la vela.

Conque, abandonándonos a las ráfagas y entregándonos, sufrimos la tempestad durante setenta y nueve días, y al llegar al ochenta, de pronto, al brillar el sol, divisamos no lejos una isla alta y boscosa, rodeada por un oleaje suave.

Y por entonces había cesado el grueso de la tormenta. Así que, arribando a ella y desembarcando, como escapados de una larga calamidad durante largo tiempo, nos quedamos allí tumbados. Luego nos levantamos y designamos a treinta de los nuestros para que permanecieran como vigilantes de la nave, y veinte para que se internaran conmigo a la descubierta de las cosas de la isla.

Al avanzar como unos tres estadios desde la costa a través del bosque, vimos una estela de bronce, con una inscripción en caracteres griegos ya borrosos y gastados, que decía: «Hasta aquí llegaron Heracles y Dioniso».

Y había también allí cerca dos huellas en la roca: una de un pletro y otra menor. En mi opinión, la una, la más pequeña, era de Dioniso; y la otra, de Heracles. Nos prosternamos ante ellas y continuamos la marcha. Y no mucho más allá nos encontramos con un río que fluía con vino, de un tipo muy parecido al vino de Quíos. Su corriente era abundante y profunda, de modo que en algunos tramos resultaba navegable.

Entonces se nos hacía mucho más fácil creer en la inscripción de la estela, viendo allí las señales del paso de Dioniso.

Con la intención de observar dónde comenzaba el río seguí su curso hacia arriba, y no hallé ninguna fuente del mismo, sino muchas y grandes vides, cargadas de racimos, y de las raíces de cada una manaban gotas de vino claro y de todas ellas se formaba un río.

Podían verse en él muchos peces, muy adaptados al vino en su color y sabor. Porque nosotros cogimos algunos y al comerlos nos emborrachamos. Por descontado, al trocearlos los encontramos llenos de posos. Pero luego tuvimos la idea de mezclarlos con los otros peces, sacados del agua, y así suavizamos en el combinado la rudeza del vinoso manjar.

Luego atravesamos el río, por donde era vadeable, y encontramos una maravilla de vides. Pues la parte que surgía de la tierra, el tronco en sí, era una hermosa y robusta cepa, pero por la parte de arriba eran mujeres que tenían todo perfecto, desde el talle hacia arriba —tal como entre nosotros pintan a Dafne al convertirse en árbol apenas la agarra Apolo—. Pero de las puntas de sus dedos les brotaban los sarmientos y estaban llenos de racimos. Y, además, de sus cabezas colgaban sus cabelleras con zarcillos, pámpanos y racimos.

Al acercarnos nosotros, nos saludaban y daban la bienvenida, unas en lidio, otras en indio y la mayoría utilizando la lengua griega.

Y nos ofrecían besos en sus bocas. Pero el que las besaba al momento quedaba borracho y en delirio. Sin embargo, no permitían que tomáramos sus frutos, sino que se dolían y gritaban cuando alguien los arrancaba. Ellas estaban deseosas de unirse con nosotros. Dos de nuestros compañeros que se abrazaron a ellas ya no se despegaron, sino que quedaron trabados por el sexo. Así que se asimilaron y echaron raíces y pronto sus dedos se hicieron sarmientos y se rodearon de zarcillos, y en poco tiempo también ellos iban a cargarse de frutos.

De modo que los abandonamos allí y escapamos hacia la nave, y a nuestra llegada les contamos a los que se habían quedado los descubrimientos y los abrazos de los compañeros y las vides. A continuación tomamos algunas ánforas y nos aprovisionamos de agua y, a la vez, de vino del río; y acampamos allí cerca de la orilla para reemprender el viaje al alba con un viento no muy fuerte.

Pero al mediodía, cuando ya no se veía la isla, de pronto sobrevino un tifón que arrastró a la nave en su torbellino y la lanzó por los aires como unos trescientos estadios, y ya no la dejó caer sobre el mar; sino que, suspendida en lo alto en el aire, fue presa del viento que impulsaba las velas y combaba la tensa lona.

Durante siete días y otras tantas noches surcamos los aires, y al octavo avistamos una gran tierra en medio del aire, como una isla, brillante y esférica, y resplandeciente con gran luz. Nos fuimos acercando a ella y, fondeando allí, desembarcamos. Al examinar la región, descubrimos que estaba poblada y cultivada.

El caso es que durante el día no veíamos nada desde allá; pero, al hacerse de noche, se nos fueron apareciendo otras muchas islas cerca, unas mayores y otras más pequeñas, por su color parecidas al fuego y, además, una tierra más abajo, que contenía en sí ciudades, ríos, mares, bosques y montañas. Nos imaginamos entonces que aquella era la que nosotros habitamos.

Teníamos la intención de avanzar más aún cuando fuimos capturados por los cabalgabuitres que nos salieron al paso. Son hombres que viajan sobre enormes buitres y usan estos pajarracos como cabalgaduras. Porque los buitres son enormes y tienen, por lo general, tres cabezas. Su tamaño puede calcularse a partir de un detalle: cada una de sus plumas es más larga y más gruesa que el mástil de un gran barco mercante.

Resulta que a estos cabalgabuitres les han encomendado que den vueltas volando a su tierra, por si hallaran a algún extranjero, y que lo conduzcan a presencia de su rey. Así que nos apresaron y nos llevaron ante aquel. Y él nos echó una mirada y, conjeturándolo por nuestra vestimenta, nos dijo:

—¿Conque vosotros sois griegos, extranjeros?

Al asentir nosotros, dijo:

—¿Cómo pues habéis llegado atravesando tanto espacio aéreo?

Y nosotros se lo contamos todo.

Entonces él comenzó a relatarnos su propia historia: cómo siendo él un hombre llamado Endimión, fue raptado una vez de nuestra tierra mientras dormía, y trasladado allí era el rey del país. Explicaba que la tierra aquella era la que a nosotros, desde abajo, se nos aparecía como la Luna. Por tanto, nos exhortaba a no sentir temor y a no recelar ningún peligro. Pues él nos ofrecería cuanto necesitáramos.

—Y si concluyo con éxito —dijo— la guerra que mantengo contra los habitantes del Sol, viviréis a mi lado con la mayor felicidad.

Entonces nosotros preguntamos quiénes eran sus enemigos y cuál la causa de la contienda.

—Faetonte —dijo—, el rey de los habitantes del Sol (pues también este, como la Luna, está habitado), guerrea contra nosotros desde hace ya mucho tiempo. Comenzó por el motivo que os diré: en cierta ocasión convoqué a los más necesitados de mi reino y quise establecer una colonia en el Lucero del Alba, que está desierto y del todo despoblado. Pero entonces Faetonte, por envidia, impidió la colonización saliendo a nuestro encuentro en mitad del paso, al frente de sus cabalgahormigas. Esa vez nos retiramos vencidos, pues no estábamos a su altura en el armamento. Pero ahora quiero llegar al final en la guerra y enviar la colonia. Así que os daré a cada uno un buitre de las bandadas reales y todo el resto del armamento. Mañana haremos la expedición.

—Así sea —dije yo—, si esa es tu decisión.

Así pues, quedamos albergados en su palacio y al amanecer nos levantamos y dispusimos en orden de combate. Porque los centinelas indicaban que ya estaban cerca los enemigos. El grueso del ejército eran cien mil hombres, sin contar a los porteadores, los ingenieros, los de infantería y los aliados extranjeros. Ochenta mil eran los cabalgabuitres y otros veinte mil los que montaban lechuguialados. Esto es un ave grandísima, recubierta por todas partes de lechugas en vez de plumas, y sus alas son muy parecidas a las hojas de esa hortaliza. Junto a ellos estaban formados los mijotiradores y los ajoguerreros. En su ayuda habían acudido los aliados de la Osa Mayor: treinta mil pulguiarqueros y cincuenta mil ventirraudos. De estos, los pulguiarqueros cabalgan sobre enormes pulgas; de ahí justamente su nombre. Los ventirraudos son de infantería, pero se desplazan por el aire sin alas. Su modo de volar es el siguiente: van vestidos de túnicas flotantes y al hincharlas con ayuda del viento, como a las velas, se dejan impulsar como las naves. Casi siempre estos actúan en las batallas como peltastas. Se decía además que de las estrellas de sobre Capadocia llegarían setenta mil gorrioniboludos y cincuenta mil cabalgagrullas. A estos yo no los vi, porque no acudieron. Por esa razón no me atreveré a describir su aspecto. Pues son extrañísimos y sobre ellos se cuentan cosas increíbles.

Esa era la fuerza de Endimión. El armamento de todos era idéntico: un casco de piel de habas. (Pues por allí las habas son grandes y robustas). Y las corazas todas de altramuces como cotas de malla. (Pues zurciendo las cáscaras de los altramuces se fabrican sus corazas. Pues allí la cascara de altramuz es tan irrompible como el cuerno). Los escudos y espadas eran como los griegos.

Cuando llegó su momento, se ordenaron así: el ala derecha la formaban los cabalgabuitres y el rey, con los mejores en torno a él. Y nosotros estábamos entre estos. A la izquierda los lechuguialados. Y en el medio los diversos aliados, cada uno a su antojo.

La infantería era alrededor de sesenta millones y estaban alineados de este modo: por allí tienen muchas y enormes arañas, mucho mayor cada una que una de las islas Cícladas. A ellas les ordenó el rey que tejieran el espacio aéreo entre la Luna y el Lucero del Alba. En cuanto a toda prisa concluyeron su trabajo, se hicieron una llanura, y sobre ella dispuso en orden la infantería. La mandaba Nocturnón, hijo de Serenarco, y otros dos jefes.

Respecto a los enemigos, su ala izquierda la formaban los cabalgahormigas y entre ellos estaba Faetonte. Son unos animales grandísimos, alados, parecidos a nuestras hormigas con excepción de su tamaño, pues la mayor de estas mide unos dos pletros. Y no solo pelean los que van sobre ellas, sino ellas mismas, especialmente con sus cuernos. Se contaba que allí estaban en torno a las cincuenta mil.

En el ala derecha del enemigo estaban formados los aeromosquitos, que eran también ellos unos cincuenta mil, todos arqueros cabalgando sobre enormes mosquitos. Junto a ellos estaban los aerobailones, que eran de infantería ligera, aunque también muy peleones. Desde lejos, en efecto, disparaban con honda rábanos gigantes, y el herido no podía soportarlo ni por momentos, sino que al punto moría, y de su herida manaba un repugnante olor. Se decía que untaban sus dardos con veneno de malva. Al lado de estos estaban ordenados los tallisetas, que eran hoplitas, diestros en el combate cuerpo a cuerpo, unos diez mil en número. Se les llamaba tallisetas porque en vez de escudo usaban setas, y como lanzas tallos de los espárragos. A su vera se presentaron los perribellota, que habían enviado los habitantes de Sirio, unos cinco mil hombres con rostro de perro, guerreros sobre bellotas aladas. Contaban que se retrasaban algunos de sus aliados: los honderos que venían de la Vía Láctea y los nubicentauros.

Pero estos llegaron cuando la batalla ya estaba decidida, y ojalá no lo hubieran hecho. Y los honderos ni siquiera aparecieron, por lo que afirman que Faetonte, enfurecido con ellos, arrasó a fuego su región.

Con semejante comitiva avanzaba Faetonte a nuestro encuentro. Trabose combate después de alzar los estandartes y cuando hubieron rebuznado los asnos —que los usan allí como trompetas— comenzó la batalla. Y la izquierda de los heliotas comenzó a huir enseguida sin aguardar siquiera el ataque de los cabalgabuitres, y nosotros los perseguíamos matándolos. Pero el ala derecha dominaba a nuestra izquierda y los aeromosquitos avanzaron acosándolos hasta nuestra infantería. Pero allí los socorrieron estos y, rechazándolos, los pusieron en fuga, sobre todo cuando se dieron cuenta de que los de su ala izquierda estaban derrotados. Fue una esplendorosa derrota; muchos fueron apresados con vida, y muchos perecieron, y la sangre fluía abundante sobre las nubes, de modo que las empapaba y se ponían rojas, como nos parece verlas a la puesta del Sol, y mucha sangre goteaba además hacia la Tierra, hasta el punto de que me figuro que fue algo así lo que sucedió cuando Homero supuso que Zeus hacía llover sangre por la muerte de Sarpedón.

Cuando nos retiramos de la persecución erigimos dos trofeos, el uno en las telas de arañas por el combate de la infantería y el otro sobre las nubes por el combate aéreo. Pero, al poco rato de tales hechos, anunciaron los centinelas que acudían los nubicentauros, que debían de haber llegado antes de la batalla en el bando de Faetonte. Pronto se los vio avanzar, extrañísima visión, compuestos por caballos alados y seres humanos. Pero el tamaño de aquellos hombres era como de medio coloso de Rodas, desde la mitad hacia arriba, y el de sus caballos como el de una gran nave de carga.

En cuanto a su número, no lo he puesto por escrito, no vaya a ser que a alguien le parezca increíble. ¡Tan elevado era! Los acaudillaba el Arquero del Zodíaco.

Cuando vieron que sus amigos habían sido vencidos, por un lado enviaron un mensaje a Faetonte para que atacara de nuevo, y por otro dieron una carga, dispuestos en orden de combate, contra los confusos selenitas, que estaban esparcidos y en desorden, dedicados a la persecución y a la recogida del botín. Y los ponen a todos en fuga, y persiguen al rey en persona hasta la ciudad y matan a la mayoría de sus aves. Destrozaron además los trofeos, recorrieron toda la llanura tejida por las arañas, y a mí y a dos de mis compañeros nos capturaron. Ya estaba allí Faetonte y de nuevo se erigían otros trofeos en lugar de los anteriores. Así pues, fuimos conducidos al Sol aquel mismo día con las manos atadas a la espalda por un cabo de telaraña.

Ellos decidieron no sitiar la ciudad, sino que se retiraron y levantaron un muro en medio del aire, de modo que los rayos solares no llegaran más a la Luna. La muralla era doble, hecha de nubes. De modo que se produjo un claro eclipse de Luna y quedó dominada por entero por la noche continua. Presionado por estos hechos, Endimión envió mensajeros para suplicar que demolieran la construcción y no les condenaran a vivir en las tinieblas; y prometía pagar tributos y ser su aliado y no entablar más guerras, y ofrecía dar rehenes en garantía de esto.

Las gentes de Faetonte celebraron dos veces una asamblea. En la primera no cejaron en su rencor, pero en la siguiente se arrepintieron y se realizó la paz en esas condiciones.

En los términos siguientes acordaron sus pactos los heliotas y sus aliados con los selenitas y sus aliados: «Los heliotas derribarán el muro y no invadirán en adelante la Luna, y devolverán además a los prisioneros por el rescate acordado para cada uno; los selenitas dejarán libres e independientes a los demás astros y no levantarán armas contra los heliotas, y serán aliados unos de otros en caso de que alguien los ataque. Como tributo pagará cada año el rey de los selenitas al rey de los heliotas diez mil ánforas de rocío, y le entregará como rehenes a diez mil de los suyos. Y la colonia del Lucero del Alba se hará en común y participará en ella quien quiera de los otros. Que se inscriban los acuerdos en una estela de ámbar y se instale esta en medio del aire en las lindes fronterizas. Prestaron juramento por los heliotas Fogueantez, Veranón y Flamígero, por los selenitas Nocturno, Mensual y Relumbroso».

Así se hizo la paz. Al momento se destruyó el muro y a nosotros, los prisioneros, nos devolvieron. Apenas llegamos a la Luna, nos salieron al encuentro nuestros compañeros y el propio Endimión, y nos abrazaban entre lágrimas. Entonces él nos animaba a quedarnos a su lado y participar en la colonización, prometiendo que me daría en matrimonio a su propio hijo, porque ellos no tienen mujeres.

Pero yo no me dejé convencer de ningún modo, sino que prefería regresar abajo, al mar. Cuando reconoció que era imposible persuadirme, nos despidió después de hospedarnos durante siete días.

Quiero contar ahora las rarezas y maravillas que observé durante mi estancia en la Luna. Lo primero es que los selenitas no nacen de mujeres, sino de los hombres. Porque los matrimonios son entre varones y ni siquiera conocen el nombre de mujer. Hasta los veinticinco años cada individuo actúa como esposa, y a partir de estos como marido. No se quedan preñados en el vientre, sino en las pantorrillas. Cuando el feto es concebido, empieza a engordar la pierna y, al pasar el plazo de tiempo, la abren de un tajo y sacan los fetos muertos; pero los colocan de cara al viento con la boca abierta y recobran la vida. Me parece que de ahí les vino a los griegos el nombre de «pantorrillas», por transportar allí el embrión en lugar de en la barriga.

Pero voy a contar otra cosa aún más gorda que esta. Hay entre ellos una raza de hombres, a los que llaman «arbóreos», que nacen del modo siguiente: rebanan el testículo derecho de un hombre y lo plantan en el suelo, y de él nace un árbol altísimo, carnoso, como un falo, pero tiene además ramas y hojas y sus frutos son bellotas del tamaño de un codo. Cuando ya están maduras, las recolectan y, descortezándolas, extraen a los hombres de esta clase. Además, tienen sus órganos sexuales artificiales: los unos los tienen de marfil y los pobres de madera. Y con ello tienen relaciones y fecundan a sus cónyuges.

Cuando un individuo envejece, no llega a morir, sino que se disuelve como humo y se transforma en aire. Tienen todos la misma comida; pues encienden fogatas y tuestan ranas sobre las ascuas. Hay por allá muchas ranas que vuelan por entre la bruma. Mientras se van asando, ellos se sientan alrededor, como en torno a una mesa, inhalan el humo que despiden y así se banquetean. Ese es el alimento con el que se mantienen. En cuanto a la bebida, exprimen el aire en una copa y se destila un líquido como el rocío. Tampoco orinan ni excrementan, porque ni siquiera tienen agujero detrás, como nosotros, y los jovencitos no ofrecen sus posaderas para el trato sexual, sino el hueco en su rodilla sobre las pantorrillas, pues por allí están agujereados.

Entre ellos se considera guapo al que está calvo y pelón, mientras que les inspiran repugnancia los melenudos. En los astros cometas, al contrario, consideran hermosos a los melenudos. Andaban por allí algunos visitantes que nos dieron noticias sobre aquellos. Les sale barba, un poco, en las rodillas. Y no tienen uñas en los pies, sino que todos poseen un único dedo. Sobre sus nalgas tienen todos plantada una enorme col, a modo de cola, siempre rozagante, y que no se espachurra si uno se cae de espaldas.

Moquean, al sonarse, una miel acidísima. Y cuando se fatigan o hacen gimnasia, sudan por todo el cuerpo leche, de manera que de ella suelen cuajar queso untándole un poco de aquella miel. El aceite lo fabrican de las cebollas, graso y aromático, como bálsamo. Tienen muchas vides productoras de agua. Los racimos tienen granos que son como los del granizo y, según mi opinión, cuando sopla el viento y zarandea las cepas aquellas, entonces cae sobre nosotros el granizo, al desprenderse los granos de sus uvas.

Por otra parte, utilizan su barriga como zurrón, metiendo en ella cuanto necesitan. Porque tienen que abrirla y cerrarla, pues no guardan tripas ningunas dentro; tan solo sucede que está forrada por dentro con un vello espeso, de modo que los niños pequeños, cuando hace frío, pueden guarecerse allí.

El vestido de los ricos es de un vidrio muy flexible, y el de los pobres de hilaturas de bronce. Pues aquellas regiones son muy ricas en bronce y lo trabajan ablandándolo en agua, como los vellones de lana. En cuanto a los ojos, no me atrevo a decir cómo los tienen, no sea que alguno piense que cuento mentiras, por lo inverosímil del relato; pero, con todo, lo voy a contar. Tienen los ojos desmontables, y el que lo desea se los quita y los guarda hasta que necesita ver, y entonces se los pone de nuevo y ve. Y muchos, cuando han perdido los suyos, piden otros prestados, y así ven con ojos ajenos. También hay algunos, los ricos, que tienen muchos ojos de repuesto. Por orejas tienen hojas de plátano, excepto los nacidos de las bellotas: estos solo las tienen de madera.