Validos y validas de los Reyes de España - Vicenta Márquez de la Plata - E-Book

Validos y validas de los Reyes de España E-Book

Vicenta Márquez de la Plata

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Beschreibung

En el siglo XVI, y más o menos simultáneamente, en las principales monarquías europeas: España, Francia, Inglaterra y Suecia, se inició la época de los validos o favoritos. Entre las razones de su aparición en escena, se encuentra la complejidad creciente del Estado Moderno, y a que muchos de los gobernados sintieron que en la monarquía hacía falta alguien más profesional y enérgico para gobernar sin las cortapisas impuestas al monarca por las leyes, por la costumbre y la iglesia. Estas figuras apasionantes, que tanto influyeron en las decisiones reales y en la historia, cuentan entre sus filas con algunas mujeres excepcionales que se las ingeniaron para llevar las riendas del poder con su inteligencia y su mano izquierda. Vicenta Márquez de la Plata, una vez más, nos desvela algunos capítulos de nuestro pasado con una mirada nueva. Esta obra nos sumerge en el intrincado mundo de estos consejeros políticos.

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Seitenzahl: 382

Veröffentlichungsjahr: 2024

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VALIDOS Y VALIDAS DE LOS REYES DE ESPAÑA

Vicenta María Márquez de la Plata Ferrándiz• Luis Valero de Bernabé y Martín de Eugenio

Validos y validas de los Reyes de España

©Vicenta Mª Márquez de la Plata • Luis Valero Bernabé y Martín de Eugenio, 2024

© Ediciones Casiopea

Primera edición: Septiembre 2024

ISBN-EBOOK: 978-84-126080-8-3

Imagen de cubiertas: Marie Anne de La Trémoille, princesa de los Ursinos. Autor: René-Antoine Houase

Diseño de cubierta: CaryCar Servicios Editoriales

Corrección y maquetación: CaryCar Servicios Editoriales

Impreso en España

Reservados todos los derechos

Presentación

Antes de entrar en materia con unas aclaraciones acerca del validato en general, hacemos notar al lector que nuestras consideraciones son válidas tanto para los validos varones como para las damas que desempeñaron el mismo cargo. En el desempeño de este poder, ellos y ellas no se diferencian en actuación, buena o mala, en ambición o en generosidad y acierto. Es ciertamente curioso, que las dos damas validas eran de origen noble, cosa que por lo general no ocurre con los varones. Vamos a ello.

Los validos nunca fueron bien considerados por los historiadores, según nos dice John Elliott,1 esta animadversión se debe en gran parte a la trascendental inquina que contra ellos tuvieron sus propios coetáneos, por considerar que por sus malas artes habían ascendido a una situación de deslumbrante prepotencia, sin otro título para ello que su habilidad para ganarse y conservar el favor real; de ahí que, al sobrevenir su caída en desgracia, todos aquellos que antes los habían alabado para ganarse alguna prebenda, se pasaran en masa al bando de sus enemigos haciéndoles culpables de cuantos males, reales o imaginarios, acontecieran en el reino, además de perseguirles desde ese momento con un odio que en ocasiones llegaría hasta la muerte.

No es una simple coincidencia el hecho de que en el siglo XVI, y más o menos simultáneamente, en las principales monarquías europeas (España, Francia, Inglaterra y Suecia), se iniciase la época de los validos o favoritos. Algunas razones de índole histórica han llevado a algunos historiadores a apuntar que este hecho no se deba tanto al capricho de unos monarcas abúlicos, sino a la complejidad creciente del Estado moderno, que hace que el gobernar sea cada vez más gravoso para los reyes, no solo por lo complejo del problema en sí, sino también por la resistencia que a su acción de gobierno oponían nobles y prelados, parapetados en sus antiguos privilegios. Además, la figura del monarca se había mitificado y sacralizado en exceso, tanto, que a un rey cristiano le estaban vedadas ciertas decisiones absolutistas y que Maquiavelo consideraba propias de la política. Por otro lado, los reyes se encontraban enormemente mediatizados tanto por la Iglesia como por la nobleza.

En algunos momentos inclusive, los gobernados sentían que en la monarquía del momento hacía falta alguien más profesional y enérgico que pudiera gobernar sin las cortapisas que se le imponían al monarca, tanto por las leyes como por la costumbre y la Iglesia. La figura apropiada para este gobierno (¿más enérgico?) sería la del valido, a quien con razón se le ha llamado El heraldo de la tiranía. Pero no todos los validos han sido iguales, la historia nos muestra un amplio catálogo de ellos, unos mejores y otros peores, desde el benéfico José, favorito del faraón y salvador de Egipto, hasta el malvado Sejano, favorito de Tiberio y tirano de Roma. Tampoco han actuado todos ellos de la misma forma, pues unos han desempeñado el poder claramente y otros desde la sombra.

Ha surgido hoy en día una corriente historiográfica que trata de reconocer la labor desempeñada por privados y validos en las diversas monarquías europeas, facilitando el tránsito desde una monarquía personalista de cuño medieval a un estado moderno. Hasta el punto de que algunos autores, como Thompson, los ven como una respuesta indispensable que, en la crisis de crecimiento del gobierno de finales del siglo XVI, permitía poner todos los recursos al servicio del reino e integrar a las elites locales en la política real a través del clientelismo del valido2. Mientras que otros, como Berenguer3, ven en ellos una modernización de la vida política anticipando la figura del primer ministro de las monarquías modernas.

No deja de sorprendernos este movimiento pendular, pues se ha pasado desde satanizar a todos los validos hasta casi trazar un panegírico de ellos. Sin apoyar a una u otra corriente, trataremos de considerar lo que de cierto tienen ambas escuelas, haciendo algunas reflexiones sobre el papel que los validos desempeñaron en la historia de España.

El ejercicio del poder

Previamente, debemos detenernos en analizar cómo era el ejercicio del poder real en España durante la monarquía medieval y su evolución en la época moderna.

Los teóricos de la monarquía medieval, como Juan de Salisbury, recurrían a mostrar la sociedad bajo el aspecto de un cuerpo humano en el que las piernas las constituían los campesinos y artesanos, sobre cuyo trabajo se sostenía todo el cuerpo; los brazos eran los guerreros con cuyo esfuerzo se defendía la sociedad; el tronco eran los diversos funcionarios reales o feudales; y la cabeza era el príncipe o monarca que regía el reino. Pero, para que el cuerpo tuviera vida, precisaba de un corazón que lo dirigiera y éste lo constituían los consejeros que habían de asesorar al príncipe en la toma de decisiones. Éstos pertenecían normalmente a dos grandes estamentos: el clero y la nobleza, quienes, con su auxilium y su consilium, trataban siempre de condicionar e influir en las decisiones reales.

La monarquía medieval se encontraba limitada por los magnates y los prelados, pues tal era su poder que eclipsaba al de la propia monarquía. Con el devenir del tiempo se llegó a la época moderna, que supuso la reducción progresiva del poder de la nobleza. Primero se vería afectado su poder militar, con la disgregación de las mesnadas señoriales y el desmantelamiento de los castillos, después sería su poder político, con el alejamiento de la gran nobleza de los centros neurálgicos de decisión y su substitución por los letrados, en vías de la profesionalización de la administración y de su control por parte de la Corona. No obstante, la clase dirigente siguió conservando su poder económico, sustentado por las cuantiosas rentas que les proveían sus extensos patrimonios y por su patrimonialización de los numerosos cargos públicos que detentaban, bien directamente o bien a través de sus familiares y paniaguados. Es por ello, que la creación de un Estado moderno, centralizado alrededor de la figura del monarca y con tendencia al absolutismo, fue un largo proceso iniciado en España por los Reyes Católicos y seguido por los Habsburgo. Si bien el gobierno del Imperio español fue siempre una labor harto compleja, tanto por su gran extensión (abarcando muchos reinos y territorios), como por el hecho de que todos ellos se seguían rigiendo por sus propias instituciones locales.

A fin de aglutinar todas estas instituciones, el gobierno central se desarrollaba mediante un sistema polisinodial formado por diversos Consejos, unos de jurisdicción territorial y otros sobre un tema específico. Esta doble funcionalidad daría lugar a numerosos conflictos de competencias entre ellos y a una larga tramitación de los asuntos. Tenemos así los Consejos de Castilla, Aragón, Navarra, Indias, Italia, Estado, Inquisición, Órdenes, Guerra, etc., formados por consejeros vitalicios, unos de capa (letrados) y otros de espada (nobleza), y regidos por un presidente más o menos honorífico, por lo que la función esencial recaía sobre su secretario, encargado de comunicar las peticiones y acuerdos del Consejo a los secretarios reales para que éstos se las transmitieran al monarca.

El más importante de los varios Consejos en que se dividía la administración fue el Consejo de Estado, pues en él se regula la política general del Imperio, el presidente del Consejo era el propio rey, auxiliado de cerca por el secretario, el cual, por su cercanía al rey, a la postre terminó por ser el hombre —o mujer en el caso de las damas—, que mejor conocía todos los asuntos de la monarquía. Este burócrata llegó a desempeñar una importante función de gobierno y sobre todo disfrutaba de la confianza y cercanía del rey.

La historia nos dice que sólo unos pocos gobernantes pueden ser considerados como validos en España: Alburquerque, Luna, López de Córdoba, Villena, Lerma, Uceda, Olivares, Haro, Nithard, Valenzuela, Austria, Ursinos, Alberoni, Ripperdá y Godoy. Todos ellos constituyen un grupo heterogéneo, pues entre ellos se encuentran validos principales que se mantuvieron en el poder durante largo tiempo (Luna, Lerma, Olivares, Godoy, Ursinos), mientras que otros fueron simples epígonos (Uceda y Haro) o validos de poco fuste que sólo estuvieron un breve periodo (Ripperdá, Nithard, Valenzuela, Alberoni..). Casi todos fueron varones, habiendo sólo dos mujeres excepcionales (López de Córdoba y Ursinos). Trataremos seguidamente de analizar su figura y fijar algunas conclusiones sobre ellos.

Procedencia social de los validos

Salvo en dos casos (Villena y López de Córdoba), ninguno de ellos procedía de la alta nobleza, sino que normalmente fueron de origen obscuro o procedentes de la mediana nobleza, por lo que su encumbramiento suscitó el resentimiento y la envidia de los Grandes, que se veían preteridos por el nombramiento y cercenados sus privilegios por la acción autoritaria del valido, al que consideraban un simple arribista.

- Unos estaban tachados de bastardía: Álvaro de Luna, hijo de un noble aragonés, y Alburquerque, hijo de un bastardo del rey Dionis I de Portugal. Sin olvidar a Juan José de Austria, hijo bastardo de Felipe IV y la Calderona.

- Otros proceden de líneas secundariaso bien de la nobleza provinciana: como Francisco de Sandoval y Rojas, señor de Denia, y su hijo y sucesor, Cristóbal; mientras que Gaspar de Guzmán procedía de una línea secundaria de la casa de Medina Sidonia que no podía ocultar su frustración por no pertenecer a la grandeza, y su sobrino Luis de Haro. Tanto Valenzuela como Godoy, fueron de linajes provincianos y de escasa fortuna.

- Otros no son más que unos aventureros procedentes del extranjero: el jesuita austriaco P. Nithard; la francesa Ana Mª de la Tremouille, princesa viuda de los Ursinos por su segundo matrimonio; el italiano abate Julio Alberoni; y el holandés Juan Guillermo de Ripperdá.

Ascendencia social de los validos:

Todos ascendieron en la escala social. Alburquerque, un simple inmigrante portugués, atesoró tierras y fortuna; Álvaro de Luna, un bastardo sin riquezas, se convirtió en condestable y ricohombre, llegando a tener más de 20 000 vasallos en su señorío de Montalbán. Juan Pacheco, era ya marqués de Villena y poderoso ricohombre, pero ambicionaba con el poder absoluto y lograr el maestrazgo de Santiago, no dudando en traicionar una y otra vez. Francisco de Sandoval consiguió para sí y sus hijos ducados, grandezas y hasta un capelo cardenalicio, amén de convertirse, según sus coetáneos, «en el mayor ladrón de España». A Olivares le traicionó su pasión por el mando, obteniendo también ducados y grandezas para sí y los suyos. El P. Nithard pasó de ser un obscuro jesuita a inquisidor general, haciéndose tratar de excelentísimo señor, y obteniendo al final el preciado capelo cardenalicio, como antes lo había obtenido en Francia el valido Richelieu. El abate Alberoni, por su parte, conseguirá también un capelo cardenalicio. Mientras, el bastardo Juan José de Austria quería simplemente la Corona y pretendió casarse nada menos que con su hermana de padre, la infanta doña Margarita, en la que recaían los derechos dinásticos, para así poder reinar. Ripperdá obtuvo un ducado y cuantiosos ingresos, y además se hizo pagar por las diversas Cortes europeas a cambio de revelar los secretos de Estado y cambiar tres veces de religión. Godoy fue un ejemplo de ambición y nepotismo, coleccionando títulos y grandezas, pretendiendo enlazar con la propia familia real. Al final no dudó en traicionar a España a cambio de un pequeño reino en el Algarbe que le ofreció Napoleón.

Es de destacar que solamente las dos únicas mujeres que accedieron al validato: Leonor López de Córdoba y Ana María de la Tremouille, supieron mantenerse libres de caer en el nepotismo y la codicia, aunque no por ello dejaron de ser acusadas.

En esta obra presentamos los hechos de cada uno de estos validos y validas, su ambición, su evolución, el poder que lograron y cómo el pueblo los amó/odió. Vamos a ello.

Luis Valero de Bernabé

Doctor en Historia. Director del Colegio Heráldico de España y de las Indias

Don Juan Alfonso de Alburquerque

Valido del rey Pedro I de Castilla (1350-1354)

Pertenecía este magnate al linaje de los reyes de Portugal, aunque no era de la rama legítima, pues era hijo de un bastardo de don Dionís. El nacido tuvo por nombre Alonso Sánchez, y su madre fue María Téllez, hija de Juan Alfonso Téllez. Por si no era suficiente este origen, don Juan Alfonso de Alburquerque también era, por parte de madre, pariente lejano de doña María de Molina, la cual había sido tutora de Alfonso XI en su minoridad. El hecho de ser deudo de la reina María de Molina añadía mucho prestigio a su persona, pues esta soberana, que había reinado sabiamente tres veces, era amada por los súbditos, que la recordaban como reina de gran experiencia y generosidad. Desgraciadamente para el pueblo, la tutoría de María de Molina sobre el infante don Alfonso había durado muy poco, pues la muerte se la había llevado demasiado pronto (30 de junio de 1321) como para que la virtuosa dama hubiese podido tomar parte en la formación del rey.. Una más larga influencia en la educación de don Alfonso, habría sido muy beneficiosa para el díscolo infante y luego caprichoso monarca.

El joven Juan Alfonso de Alburquerque había venido a Castilla en 1328, cuando el rey Alfonso XI, rey de Castilla (1311-1350) y de León (1312-1350), contrajo matrimonio con su prima hermana, doña María de Portugal. Vino acompañando a la infanta portuguesa, pues ocupaba el cargo de camarero mayor de la casa de la futura reina. Tras el matrimonio de ésta se estableció en la corte castellana manteniéndose en sus funciones, lo que le permitió estar muy cerca de la soberana y oír sus confidencias de mujer olvidada y pospuesta por su marido.

En efecto, la citada doña María tuvo una vida matrimonial muy desgraciada ya que desde los primeros días se dio cuenta de que su esposo no la amaba y que la boda se había llevado a cabo por simples razones de conveniencia política. El rey tenía una amante, doña Leonor de Guzmán, mujer de extraordinaria hermosura, y también de extraordinaria altivez, con la que convivía públicamente en la Corte y que ocupaba el primer puesto en los actos oficiales, mientras ella, la legítima esposa y reina, se veía postergada y humillada, pues si la otra era celebrada y respetada, la reina era ignorada y olvidada, cuando no despreciada por los cortesanos, atentos sólo a hacerse agradables al rey y a su favorita.

El de Alburquerque navegaba entre el rey y la reina con gran destreza, gozando no sólo de la confianza de su señora, sino también de la del caprichoso rey. Ya en los últimos años del reinado de Alfonso XI la influencia de Alburquerque se hizo notable. Desde 1338, a la muerte de don Vasco Rodríguez, maestre de Santiago, se había hecho cargo de la educación del hijo de los reyes, don Pedro, heredero del trono, cargo, como puede suponerse, de la mayor importancia y que presuponía un grado de confianza difícilmente superable. Viéndose tan bien colocado en el escalafón del poder, comenzó el ambicioso camarero mayor y ayo real a dar rienda suelta a su sed de honores y a su desmedida codicia. Aunque, por decir verdad, debemos subrayar que el de Alburquerque siempre fue leal a doña María de Portugal y luego a su hijo don Pedro, hasta que las circunstancias le obligaron a tomar otra actitud, pero ello fue después de que el soberano ya le hubiese retirado su favor y su amistad.

Tuvo doña María dos hijos; el primero había sido don Fernando, cuyo nombre se le puso en honor de su abuelo, don Fernando IV, nacido en Valladolid en 1332, y muerto al año siguiente de unas calenturas. Las ocasionales relaciones con el rey, su esposo, y la situación de angustia y desamparo en que vivía la soberana hicieron que un nuevo embarazo se retrasara, y a su humillación de reina engañada, se unió la de ser tachada de estéril, mientras la prolífica favorita iba dando a luz sucesivos hijos que colmaban de alegría a don Alfonso. Por fin, la reina, tras otros dos años de espera, quedó otra vez encinta de un nuevo heredero. El segundo nacido fue don Pedro (Pedro I de Castilla), nacido en Burgos el martes 30 de agosto de 1334, el cual, como apuntamos, fue educado por don Juan Alfonso de Alburquerque.

Mientras la reina legítima sólo tuvo dos hijos, la manceba doña Leonor tuvo los siguientes vástagos: el primero, nacido en Valladolid en 1330, recibió el nombre de Pedro de Aguilar, porque su padre le dio en señorío la villa de Aguilar. Pedro (que murió en Guadalajara en 1338), Sancho (que resultó ser anormal), Enrique y Fadrique (gemelos entre sí), Fernando, Tello (señor de Aguilar tras la muerte de su hermano), Juan (señor de Badajoz, que murió asesinado por orden de Pedro I El Cruel), otro Pedro (también asesinado por Pedro I) y otro Sancho (conde de Alburquerque). Doña Leonor y don Alfonso XI tuvieron también una que se llamó Juana.

El amor que don Alfonso sentía y exteriorizaba sin recato por la hermosa doña Leonor, hacía que la vida de la reina doña María fuese amarga e infeliz; sólo encontraba algo de compañía y consuelo en la pequeña corte de portugueses que le había acompañado y en las confidencias que hacía a su camarero y ayo de su hijo. Aunque el monarca cubría de bienes y honras a su amante y compañera, doña Leonor, el rey siempre reconoció que su heredero, y por lo tanto heredero del trono, era el hijo legítimo suyo y de la reina doña María, don Pedro.

El ayo y camarero mayor, a pesar de ser el confidente, y especial amigo de la reina, también era un hombre de feroz ambición, y por lo que pudiera suceder cultivaba al mismo tiempo la amistad del rey, haciendo a veces ojos ciegos a la actitud de éste para con su señora y pariente. En su calidad de caballero, acompañaba al rey en sus campañas, ganándose la confianza de don Alfonso. De hecho, don Juan Alfonso de Albuquerque estuvo con el rey en sus campañas más famosas, así sabemos, por ejemplo, que estuvo en la batalla del Salado.

Las guerras entre la península y África continuaban, a pesar de las treguas. El duelo entre Hispania y África estaba nuevamente planteado. El sultán de Marruecos, Abulhasán, soñaba con reducir la península a su dominio, resucitando con sus benimerines el Imperio almohade. Afortunadamente para la península, a pesar de sus veleidades amatorias, don Alfonso era un hombre enérgico que se había preparado para recuperar Gibraltar, mientras el moro deseaba entrar para hacerse dueño de la tierra que tanto ambicionaba. Tanto el cristiano como el musulmán, llegaron a la conclusión de que quien fuese dueño del mar lo sería de la tierra. Así que el sultán y el rey Alfonso, se organizaron convenientemente y buscaron la ayuda de flotas amigas: Abulhasán la de los genoveses y Alfonso XI pidió auxilio a la Marina catalana, no menos prestigiosa. Pero, llegado el momento, Pedro IV no cumplió y la Marina castellana fue derrotada en Algeciras, el 16 de abril de 1340. No desesperó Alfonso y esta vez pidió colaboración a su suegro, el padre de doña María. Juntos acudieron a Tarifa, a la que habían puesto sitio conjuntamente el rey de Granada y Abulhasán. Allí, en las orillas del río Salado, consiguieron un brillante triunfo sobre los benimerines. En este 30 de octubre de 1340, estaba nuestro Juan Alfonso de Alburquerque junto al rey Alfonso XI. También le acompañó en las campañas que siguieron, como la de Algeciras en 1342. Asimismo, también se hallaba en el séquito de Alfonso XI cuando éste murió víctima de la peste en el sitio de Gibraltar en julio de 1350.

Muerto don Alfonso, el séquito funerario se dirigía desde Gibraltar a Sevilla. Sin ninguna prudencia, en el cortejo fúnebre iba la amante del rey, doña Leonor, quien no se dio cuenta de que su tiempo había pasado y de que habría hecho mucho mejor desapareciendo de allí antes de que su osadía llegase a los oídos de la familia real. Iba como una reina viuda, con sus dos hijos mayores, don Enrique, conde de Trastámara, y don Fadrique, gran maestre de Santiago; también iban en el séquito aquellos que se habían hallado en el asedio a Gibraltar: don Fernando de Aragón, hermano de don Pedro El Ceremonioso; don Juan Núñez de Lara, señor de Vizcaya; don Fernando Manuel, señor de Villena; don Alonso Fernández Coronel y Juan Alfonso de Alburquerque. Pronto se enteró la de Guzmán de que ya no era reconocida como persona real y que su estrella se había apagado. Al llegar a Medina-Sidonia, Alonso Fernández Coronel, que tenía aquella villa por generosidad de ella, le dijo descaradamente que se sirviese alzarle el homenaje que le tenía hecho y entregar la villa a quien quisiere, pues estaba decidido a no tener nada, ni bienes ni cargos que procediesen de doña Leonor o de sus hijos. Un poco más adelante, don Juan Alfonso de Alburquerque, temiendo hacerse sospechoso ante la reina viuda, doña María, y don Pedro I, si viajaba en compañía de la que había sido amante real, propuso que se tuviesen como presos a los bastardos pese a su alcurnia y a doña Leonor, hasta ver lo que con ella se hacía. En este momento tomó tal miedo la de Guzmán que quiso retirarse, pero don Juan Núñez de Lara, que era su suegro, pues tenía una hija casada con don Tello, hijo de doña Leonor, le dio seguridades de que nada malo le acontecería estando él allí. No obstante, todos los partidarios de los bastardos y parientes de doña Leonor se apartaron enseguida del cortejo y se refugiaron cada uno donde pudieron.

Con la muerte de Alfonso XI, llegó el momento de máximo poder para don Juan Alfonso de Alburquerque. Él, como ayo del infante, había gozado de su confianza, sobre todo porque don Pedro, ahora Pedro I, le sabía fiel a su persona. El nuevo soberano era aún muy joven, nacido en 1334, tenía 16 años. Siempre había visto a su lado a Juan Alfonso de Alburquerque. La vida, y sobre todo la adolescencia del joven, se habían desarrollado en una atmósfera sofocante. Creció como un joven impetuoso y vehemente que atesoraba en su juvenil corazón una pasión rencorosa hacia la de Guzmán y hacia sus hermanastros, a quienes atribuía las humillaciones de su madre y su desairada situación. Había visto con resentimiento cómo se amontonaban las riquezas y favores sobre los bastardos y sus parientes, y ello le había llenado de ira y de envidia. Alburquerque había sido el confidente de toda esta animosidad escondida y disimulada y ahora era el hombre en quien podía confiar. Desde el primer momento, Alburquerque dirigió la política del impulsivo e inexperto monarca.

Como primera providencia, el rey procedió a ordenar los oficios de su casa y reino. Don Juan Núñez de Lara fue nombrado alférez y mayordomo mayor; el cargo de adelantado mayor de Castilla fue para Garcilaso de la Vega; el adelantamiento de la Frontera a don Fernando de Aragón, primo del rey; guardia mayor del rey, don Gutierre Fernández de Toledo; copero, don Alfonso Fernández Coronel; don Juan Alfonso de Alburquerque, que se guardó para él mismo el cargo de canciller, e hizo que a su hijo Martín Gil se le nombrara adelantado de Murcia. Alburquerque también consiguió que se nombrase tesorero al famoso judío Samuel Leví.

Sabedor de la inquina que sentía el rey hacia doña Leonor de Guzmán, de una manera poco generosa tomó el de Alburquerque medidas contra la antigua amante del difunto Alfonso XI, y para congraciarse con el joven monarca hizo que la recluyesen en la cárcel del palacio de Sevilla. Sabía el canciller que don Juan Núñez de Lara había dado palabra a doña Leonor en cuanto a su seguridad y empeñado su honor en ello, y no le importó que Lara lamentase amargamente que se rompiesen sus promesas sin hablar antes con él. Esta fue una de las razones de la enemistad de los Lara y los de su círculo contra el valido portugués, cuya voluntad prevalecía en el corazón del rey, hasta el extremo de hacer lo que él quería sin consultar a nadie más.

Sin embargo, la prisión no fue al principio tan rigurosa y era posible visitar a la dama caída en desgracia. Don Enrique, su hijo, venía todos los días desde Sevilla a visitarla, pero, a pesar de estar en prisión y en evidente peligro, doña Leonor, que había gozado de todo el poder, no se daba cuenta de su verdadera situación. Se habló por entonces de casar a doña Juana, hermana de don Fernando de Villena, con el rey don Pedro o con el infante don Fernando de Aragón, primo del rey. Doña Leonor, imprudentemente, maniobró desde la prisión y frustró la boda, haciendo que la joven prefiriese a su hijo don Enrique, cuyo matrimonio llegó a consumarse ocultamente dentro de palacio. Como el plan de casar al rey o al infante con doña Juana había sido fraguado por la reina María y el canciller Alburquerque, al verse burlados por la que consideraban su enemiga, mandaron inmediatamente estrechar la prisión de la Guzmán y la enviaron a Carmona, lejos de Sevilla y de don Enrique. Éste, cuando supo lo sucedido con su madre, no pensó en defenderla, pero sí en huir precipitadamente a Asturias con algunos parciales suyos.

A poco de este suceso, don Pedro, con gran preocupación por parte de todo el reino, enfermó gravemente, tanto, que se llegó a pensar que no sobreviviría, por lo que se empezó a buscar a una persona que fuese idónea para sustituir al rey si moría, como parecía inevitable. Se formaron dos partidos o facciones: la que acaudillaba don Juan Alfonso de Alburquerque, juntamente con el maestre de Calatrava, que propugnaba la candidatura del infante de Aragón, don Fernando, por ser sobrino de Alfonso XI e hijo de su hermana Leonor y del rey de Aragón, Alfonso IV; otro grupo, capitaneado por Alfonso Fernández Coronel y Garcilaso de la Vega, patrocinaban a don Juan Núñez de Lara, de quien decían tocaba reinar por ser descendiente del infante de la Cerda. Unos y otros trataron de casar a su candidato, si salía elegido, con la reina viuda doña María.

Contra los pronósticos agoreros, el joven monarca sobrevivió y quedó claro que siendo el de Alburquerque el favorito del monarca, los de la otra opción habían de caer en desgracia ante los ojos del rey. Don Juan Núñez de Lara y los suyos quedaron expuestos al enojo y a la persecución del soberano y de su valido. Don Juan Núñez se refugió en sus tierras de Burgos, dispuesto a presentar batalla si había de defenderse del rey y del odiado Alburquerque; y si nadie en su momento había comprendido cómo se había salvado el rey de una muerte que parecía cierta, nadie supo tampoco ni comprendió cómo ni por qué murió impensadamente don Juan Núñez de Lara. Ello dejó al de Alburquerque sin un poderoso enemigo. Casi al tiempo falleció don Fernando Manuel, señor de Villena y sobrino del de Lara, con lo que el camino de Albuquerque quedó libre de perseguidores, pues eran ambos los grandes apoyos de los contrarios al valido don Juan Alfonso de Alburquerque.

Después de salvar su vida, el resto del año 1350, lo pasó el rey en Sevilla convaleciendo de su enfermedad. Al año siguiente, según costumbre al principio de cada reinado, había que convocar Cortes, así que determinó salir para Castilla (febrero, 1351). En Carmona tomó consigo a la prisionera doña Leonor de Guzmán y la llevó hasta Llerena, contento de ver a la altiva y antigua causante de sus penas abatida y humillada. Como en Llerena se hallaba su hijo don Fadrique, maestre de Santiago, le pidió éste permiso para ver a su madre, cosa que se le concedió. El abrazo que se dieron al despedirse fue el último porque ya no volvieron a verse más.

A instigación de Alburquerque y de la reina María, doña Leonor fue llevada bajo la custodia de Gutierre Fernández de Toledo a Talavera, lugar llamado de la reina por ser señorío de la reina madre. A los pocos días, entró en el Alcázar un escudero de doña María y sin mediar palabra hundió el puñal en el corazón de la bella doña Leonor, que terminó sus días de esta manera cruel e innoble. Justo es decir que si bien el rey don Pedro no tuvo parte en esta muerte, tampoco se sabe que reconviniese a su favorito, ni a él ni a doña María, su madre, quien había dado la fatal orden. Ni una palabra parece haberse alzado contra el asesinato de esta dama. Había demasiado odio, demasiado rencor y demasiado resentimiento contra ella, más bien todo apunta a que don Pedro se regocijó al recibir las nefastas nuevas. Al entrar en el fuerte de Palenzuela, encontró allí a don Tello, otro de los hijos de doña Leonor y hermano bastardo suyo, y cuando el joven se presentó a ofrecerle homenaje, con sangre fría manifiesta le dijo:

—¿Sabedes, don Tello, cómo vuestra madre, doña Leonor, es muerta?

A lo que contestó con humildad, y tal vez miedo, el mencionado:

—Señor, yo non he padre ni madre, salvo a la vuestra merced.

Habiendo oído el rey que en Burgos había alteraciones promovidas por el adelantado mayor, Garcilaso de la Vega, uno de los parciales del difunto señor de Lara y enemigo declarado del valido don Juan Alfonso de Alburquerque, salió hacia allí haciéndose acompañar del citado don Tello. En realidad, el levantamiento de Garcilaso se dirigía contra el valido al que acusaba de hechos y actitudes impropias de un buen vasallo y por los cuales —según él— merecía castigo. Pero Alburquerque le recordó al rey, como si fuese una traición, que cuando él yació enfermo, Garcilaso intentó entronizar al señor de Lara.

La reina, doña María, viendo venir la desgracia del adelantado mayor, quiso salvar su vida y le mandó recado de que por nada del mundo se presentase en palacio. Desoyó el infeliz el prudente consejo y al día siguiente, que era domingo, se acercó por allí. Tan pronto como se aproximó con algunos de sus caballeros y escuderos, a la voz de Alburquerque, todos fueron presos. Comprendió Garcilaso lo poco que le restaba vivir y pidió un confesor, se tomó al primer clérigo que se pudo encontrar y allí mismo, donde había sido apresado, junto al quicio de una puerta se confesó. Enseguida gritó Alburquerque a su rey, que era testigo de la escena:

—Señor, ¿Qué mandades facer de Garcilaso?

A lo que el monarca respondió también a voces:

—Ballesteros, mándovos que le matedes.

Si pronta y breve fue la sentencia, también lo fue la ejecución, pues allí cayó acribillado por las mazas y las picas de los ejecutores el adelantado mayor. No satisfecho con ello, el monarca mandó que se arrojase el cadáver a la calle. Posteriormente, de una manera cruel y arbitraria, se condenó también a muerte a todos los que habían acudido con el ejecutado, entre ellos a dos de sus cuñados. Luego se tomó presa a la infeliz viuda. Unos fieles criados salvaron al hijo, al que tomaron y llevaron a Asturias, donde estaba refugiado el bastardo don Enrique. Tal terror produjo en Castilla el ajusticiamiento de Garcilaso después de la muerte del de Lara, que todos huyeron a donde pudieron, inclusive el aya del pequeño hijo de Juan Núñez de Lara, al cual criaba en Tierra de Campos, tomó al tierno infante y se fue a refugiar en Vizcaya, que era señorío de su padre. Y no andaba equivocada la señora, pues don Pedro persiguió al niño hasta Santa Gadea, en donde se enteró de que los vizcaínos estaban dispuestos a enviarlo a Francia si se aproximaba más al señorío. Poco después murió el niño heredero y con las dos hermanas, doña Juana y doña Isabel, en poder del rey, se adjudicó todo el señorío de los Lara a la Corona real.

A poco, en 1351, se celebraron unas Cortes que fueron de gran importancia y en las que se legisló sabiamente4 sobre aspectos varios. También se trató de las Behetrías. El de Alburquerque fomentó la pretensión de que, dado el estado en que se hallaban, era necesario proceder a una repartición y nueva organización de éstas, pues eran, decía, motivo de discordia y enemistades entre los hidalgos. Naturalmente, lo hacía con la esperanza de que en una nueva repartición le tocase a él una buena parte del botín, dada su calidad de favorito, ya que por su valimiento con el rey tenía confianza en que sería el preferido para recibir diversos lugares que, por motivo de la muerte de los Lara y de otros muchos ricohombres de la tierra, carecían de señor. También hay que recordar que su mujer, doña Isabel de Meneses, tenía muchas heredades en Tierra de Campos, y él deseaba añadir alguna otra por la zona.

Mientras tanto, la madre del rey, después del susto pasado con la enfermedad del joven soberano, cuando todos temieron por su vida, consideró prudente casarlo cuanto antes para asegurar la sucesión al trono. En tan trascendental asunto tomó consejo de los principales del reino, entre los que se encontraba su amigo y confidente el canciller mayor Juan Alfonso de Alburquerque, así como don Vasco, obispo de Palencia. El nuevo canciller dio un giro a la política exterior del reino, inclinando a Castilla a una alianza con Francia, lo cual fue la razón por la que decidieron buscar una princesa en el vecino país. Se enviaron dos embajadores castellanos para que, a ser posible, volviesen con una nueva reina para Castilla. Fueron éstos: don Juan de Roelas, obispo de Burgos, y don Alvar García de Albornoz, a quienes les fue presentada en 1351 a la princesa doña Blanca, hija de don Pedro, duque de Borbón, primo del rey de Francia y hermano de la reina Juana, mujer de Carlos V de Francia. Les agradó a los embajadores la joven princesa, y satisfechos por su belleza y su alcurnia, se firmaron las capitulaciones matrimoniales en julio de 1352. Los desposorios se efectuaron por poderes y Pedro I los ratificó y dio orden para que trajese a Castilla a su esposa.

Don Juan Alfonso de Alburquerque ejercía sobre el soberano un ascendiente cada día más notorio, por lo que no tardaron en levantarse contra el valido las envidias de los nobles y cortesanos. Los hermanos bastardos del rey y los enemigos de Alburquerque, hicieron frente común contra el canciller mayor y favorito y promovieron algunos desórdenes. Otro hombre quedaba con vida de los que habían apoyado la candidatura al trono de Juan Núñez de Lara, don Alfonso Fernández Coronel, aquel que desamparó a doña Leonor de Guzmán y aun le devolvió su señorío de Medina-Sidonia, señalando con esta acción el inicio de la caída de doña Leonor. Este noble se había fortificado en su tierra de Aguilar, en Andalucía, tierra que había recibido gracias a la influencia y el favor de Alburquerque, hoy su acérrimo enemigo. De allí también llegaban noticias de rebelión.

Acudió el rey a sitiar a Fernández Coronel y cercó el poderoso castillo del noble, pero allí mismo recibió la noticia de que su hermano bastardo, don Enrique, se había sublevado en Asturias. Deseando ahogar inmediatamente esta nueva sublevación, que podía ser bastante más peligrosa que la de Fernández Coronel, se fue hasta Asturias y allí logró reducir a don Enrique, al que, generosamente, perdonó. De inmediato volvió a Córdoba para continuar con el sitio del castillo de Aguilar, por ver de castigar a su señor.

Don Pedro hubo de recurrir a todos los recursos de la guerra y a todas las máquinas de batir, e inclusive tuvo que acampar todo el invierno ante los muros de Aguilar, tal fue la resistencia de Alonso Fernández Coronel. Por fin, a principios de febrero de 1353, pudieron volar un lienzo de muro y dar así entrada a las tropas de asalto. Dio entonces, ante el inminente peligro, más muestras de valor el de Aguilar, por si no había dado suficientes durante el sitio. Sabiendo que las tropas corrían ya a buscarlo por las veredas del castillo, tranquilamente terminó de oír misa, y a los que le conminaban, al menos a defenderse, les contestó que le dejasen finalizar sus devociones. Al ser tomado prisionero, pretendió ver al rey, pero no lo consintieron sus captores. Albuquerque tuvo ante sí a su enemigo y le preguntó:

—¿Y qué porfía tomaste tan sin pro, siendo tan bien andante este reino?

A lo que contestó Fernández Coronel con aquellas magníficas palabras que se han atribuido a tantos hombres, pero que fueron pronunciadas por éste:

—Don Juan Alfonso, esta es Castilla, que faze a los hombres, y los gasta.

Si a don Alfonso Fernández Coronel no se le permitió ver al rey cuando fue tomado prisionero, sí que lo pudo hacer al morir, pues fue ajusticiado en su presencia. Como en una venganza del destino, su muerte fue casi idéntica a la que él mismo había dado, en iguales circunstancias en tiempo de Alfonso XI, al maestre de Alcántara, Gonzalo Martínez de Oviedo. Seguidamente, fueron decapitados sus seguidores, caballeros y amigos de su bando. Uno más de los enemigos de Alburquerque, había muerto. Casi se puede decir que no quedaba ninguno; ninguno que fuese peligroso.

A pesar de que todos sus rivales habían desaparecido, temía don Juan Alfonso de Alburquerque que de alguna manera alguien se entrometiese en la privanza que tenía con el soberano y caviló algo que dice bien poco a su favor. Sabedor de que la reina doña Blanca de Borbón estaba ya en camino, y temiendo que el influjo de la soberana no le fuese favorable, sabiendo asimismo que el rey era enamoradizo e inconstante, pensó en presentarle a una joven sumisa y hermosa a la que él pudiese manejar y que le mantuviese informado en todo lugar y tiempo de las intenciones del monarca.

En el camino de Andalucía hacia Asturias, en Sahagún (León), le fue presentada doña María de Padilla, hermosa joven, que fue ya para siempre el verdadero amor del rey. Era hija de don Diego García de Padilla y de su mujer, doña María de Hinestrosa. Todo fue una intriga de Alburquerque, en connivencia con el tío de María de Padilla, don Juan Fernández de Hinestrosa. El valido la conocía bien y sabía de su belleza, dotes y dulzura, porque su mujer, doña Isabel de Meneses, la había criado en su casa. Durante todo el medievo las grandes casas criaban y educaban a sus expensas a los hijos o hijas de otros nobles, y estos llamaban sus criados, porque eran esopor ellos, criados. En este sentido, doña María de Padilla era criada de don Juan Alfonso de Alburquerque y doña María de Meneses. No contó el de Alburquerque en ningún momento en que la impresión que recibiría el rey pudiese ser tan profunda y el amor de la joven por el rey tan verdadero. Inmediatamente, a pesar de haberse casado por poderes con doña Blanca de Borbón, el rey inició unos amores que durarían toda la vida con la hermosa doña María, de tal modo que cuando su esposa doña Blanca llegó a Valladolid, el 25 de agosto de 1353, ya esperaba el rey el fruto de sus amores con la Padilla.

Por el gran amor que sentía por ésta dama, y pensando en complacerla, el rey comenzó a amontonar favores y cargos entre los Padilla y los Hinestrosa. El ascendiente de la joven crecía con inusitada rapidez, y las mercedes reales caían como lluvia benéfica, ya no sobre Alburquerque y sus parciales, sino sobre los deudos de doña María. Aprovechando las noticias de la llegada a Castilla de la reina doña Blanca, Alburquerque, celoso de la Padilla, habiéndose percatado de que su plan no le había salido a la medida de sus deseos, convenció al soberano de la necesidad de aceptar los hechos consumados y de recibir a su esposa como ésta merecía. Con astucia le hizo ver cómo los esponsales celebrados en París eran válidos y la extrañeza que causaría en toda Europa que rompiese su promesa, al tiempo que le repetía que el trono necesitaba un legítimo heredero. El caso es que don Pedro atendió a sus razones y se decidió a recibir a su real esposa con todas las dignidades y honores. Con seguridad, Alburquerque pensó que la influencia de doña Blanca sería mejor que la de la Padilla, cuyos parientes estaban copando todos los puestos de la Corte y de la administración, cosa que su ambición no podía soportar. Como quiera que fuese, Pedro I envió a su amada María al castillo de Montalbán, convocó a la nobleza en Valladolid, y allí, el 3 de junio, se veló con su esposa y ahora reina de Castilla, doña Blanca de Borbón, que tenía, como él, 18 años.

Todos los historiadores están de acuerdo en que nada faltó en esas fastuosas bodas, sólo el amor del rey. Don Pedro y doña Blanca acudieron a la iglesia montando hermosos caballos blancos ricamente enjaezados. Dos reinas viudas asistieron a ellas: doña Leonor de Castilla, viuda de Alfonso IV de Aragón, y doña María de Portugal, viuda de Alfonso XI y madre del novio, ambas sobre sendas hacaneas. En esta ceremonia se vio el afecto que todavía don Pedro dispensaba a su favorito y antiguo ayo, pues fue él, quien, junto con la reina doña Leonor, los que actuaron como padrinos de la real boda. Llevaron las riendas del caballo de doña Blanca los hermanos bastardos del novio, don Enrique y don Tello. El infante de Aragón, don Fernando, conducía por la rienda la mula en que iba su madre, doña Leonor, y su hermano, don Juan, llevaba las riendas de la cabalgadura de doña María de Portugal. Las fiestas fueron fastuosas, pero el matrimonio duró poco. Don Pedro se casó el lunes y el miércoles abandonó a su esposa legítima y se fue con la Padilla ante el asombro y la consternación de todo el reino. Es de reseñar que esta unión del rey y la hermosa joven duró ya toda la vida.

Tras el original desconcierto y algunas vacilaciones, las reinas, doña María y doña Leonor, comisionaron a Alburquerque para que saliese tras el rey y le hiciese ver lo escandaloso de su abandono, y le encomendaron también que dijese al rey de Castilla que las reinas le solicitaban que reconsiderase su decisión. El maestre de Calatrava, Juan Núñez de Prado, y don Juan Alfonso de Alburquerque, junto con 1500 hombres, salieron tras el rey para hacerle ver lo inconveniente de su comportamiento, tal y como se les había pedido, pero cuando hubieron recorrido un trecho, empezaron a pensárselo mejor, pues conocían el carácter violento del joven y temieron su reacción, que inclusive les podía costar la vida, o por lo menos la ira regia5. En estas dudas estaban, cuando desde Toledo les salió al encuentro el judío Samuel Leví, el cual conminó a Alburquerque a que se presentase enseguida ante don Pedro, asegurándole el favor del monarca tal y como siempre había sido. Al día siguiente, supieron que el rey había mandado cerrar todas las puertas de Toledo, excepto la de Visagra, por donde ellos habían de entrar. Sospechando el avisado Alburquerque de las prisas del monarca por verlos, y de que todo era un lazo para terminar con ellos, en lugar de seguir la real petición, decidió huir cuando más lejos mejor, así que ambos emisarios se separaron y cada uno se fue a su señorío. Don Juan Alfonso, poniendo tierra de por medio, se fue hasta Portugal. No andaba descaminado el de Alburquerque en cuanto a las intenciones del rey, pues éste, al enterarse de su huida, envió una embajada a Portugal para reclamar su entrega.

No buscó enseguida la perdición del antiguo valido el rey don Pedro, al contrario, entró en negociaciones con él y aceptando tomar en rehenes a sus dos hijos, uno legítimo y otro bastardo, le hizo prometer que desde sus posesiones, fortalezas y castillos no promovería guerras contra el rey, ni inquietaría en modo alguno al soberano. Éste, por su parte, tampoco le molestaría en el quieto disfrute de sus posesiones.

Don Pedro había nombrado camarero mayor al tío de doña María, Juan Fernández de Hinestrosa. Este mismo camarero mayor fue encargado de llevarse a la reina, doña Blanca, que estaba bajo la protección de la reina madre en Tordesillas, a Medina del Campo; más tarde, desde allí, por orden del rey, a otro sitio: el alcázar de Toledo. La ciudad de Toledo se conmovió ante la desdicha de la inocente reina y, caballerosamente, los nobles toledanos la tomaron bajo su protección para defender su vida y sus derechos. Para fortalecer su posición entraron en inteligencia con los dos hermanos bastardos del rey: don Enrique, conde de Trastámara, y don Fadrique, maestre de Santiago, ambos eran adelantados de la frontera con Portugal. Sabedores de las querellas de éste con su antiguo pupilo, don Pedro I, acudieron al poderoso y antaño favorito, don Juan Alfonso de Alburquerque. A esta iniciativa toledana se unieron otras ciudades en defensa de la que reconocían por reina legítima, así se hicieron solidarias en este enfrentamiento con el rey: Jaén, Córdoba, Cuenca y Talavera.

Por fin los descontentos consiguieron que al menos el rey accediera a escucharlos y se señaló como lugar de reunión Medina del Campo. En esta reunión se nombraron varios hombres buenos, cincuenta por parte del rey y otros tantos por las ciudades y nobles. El cronista Juan Alfonso de Carvallo, en su libro Antigüedades y Cosas Memorables del Principado de Asturias, nos lo relata así:

Por los amores que el rey don Pedro tenía con doña María de Padilla, dio en aborrecer a su muger, doña Blanca, tratándola con grandísima inhumanidad, por lo cual, muchos Grandes de sus reynos y algunos pueblos, se vinieron a alborotar, y después de muchas cosas vinieron a tratar de pazes y conciertos. Y para esto se nombraron cincuenta caballeros por parte del rey y otros tantos por la de don Enrique y los otros Grandes que defendían a la reina...

De hecho, además de todos los hombres buenos, hay que mencionar como protagonistas a personalidades de lo más granado del reino que deseaban que cesasen los escandalosos amores del monarca, así acudieron los infantes de Aragón, don Fernando y don Juan; tres de los hermanos bastardos del rey: don Enrique, don Fadrique y Tello; don Fernando deCastro, don Juan de la Cerda, etc., siendo en total unos siete mil caballeros.

Cuando el rey, que se hallaba en Toro, recibió noticia de que los nobles ya lo estaban esperando en Medina del Campo y que le pedían que viviese con su legítima mujer, abandonando la convivencia con la Padilla, y que apartase de su lado al tío y al hermano de María. El monarca, ofendido y enojado, sin escuchar más se marchó a Ureña sin acudir a la cita.