Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
¿Qué es lo peor que puede pasarte mientras vuelves de hacer la colada en la lavandería de la esquina porque tu lavadora se ha rebelado contra ti? Hay preguntas que es mejor no hacerse, pero Olivia cae en la tentación, y ese día, en el que ya pensaba que su vida era un tanto monótona y que los treinta estaban cerca, todo cambia. Miguel Ángel Sánchez, modelo y actor del momento, vuelve desde la otra punta del mundo por un asunto familiar. Este huracán, que viene directamente desde las playas de Santa Mónica y las avenidas de Hollywood, agitará los cimientos de la vida de Olivia otra vez. Su presente volverá a unirlos, y su pasado les llenará la cabeza de recuerdos que harán que todo su mundo conocido se tambalee, removiendo los sentimientos que creían tal vez olvidados. Lo que ni siquiera sabrán es si después de tanto tiempo intentando recomponerse por separado serán capaces de volver a entenderse o simplemente fracasarán en el intento. ¿Tomarán caminos distintos o la realidad superará a la ficción y terminarán el uno al lado del otro? Sólo llegando al final de esta historia lo sabremos.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 474
Veröffentlichungsjahr: 2023
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
Primera edición: mayo de 2023
Copyright © 2023 Cristina Rodríguez Calderón
© de esta edición: 2023, ediciones Pàmies, S. L. C/ Mesena, 18 28033 Madrid [email protected]
ISBN: 978-84-19301-50-5
BIC: FRD
Diseño e ilustración de cubierta: CalderónSTUDIO®
Fotografías de cubierta: gstockstudio/depositphotos.com
Fotografía de solapa de la autora: @_la_wagemann_photo
Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del Copyright, bajo la sanción establecida en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo público.
A todas las incomprendidas; recordad: no estáis solas.
A ti, por regalarme lo más valioso que tienes: tu tiempo.
«Hay una palabra coreana que me enseñó mi abuela. Se llama jung. Es un vínculo entre dos personas que no puede cortarse, incluso cuando el amor se convierte en odio. Sigues conservando esos antiguos sentimientos por esa persona; no puedes librarte de ellos por completo; siempre guardarás un poco de ternura en tu corazón».
P. D.: Todavía te quiero, Jenny Han
Índice
1
2
3
4
5
6
7
8
9
10
11
12
13
14
15
16
17
18
19
20
21
22
23
24
25
26
27
28
29
30
31
32
33
34
Epílogo
Agradecimientos
Contenido especial
Un final, un comienzo
En la actualidad
A los cinco años me persiguió una gallina en el pueblo. Seguramente parezca gracioso, pero que a los cinco años te persiga una gallina es como si lo hiciera un Velocirraptor. El caso es que estaba yo en una lavandería, de esas donde hay veinte lavadoras apiladas, haciendo mi colada y acordándome de aquel incidente, cuando caí en la cuenta de algo: tenía que llamar a mi madre, tenía que llamarla y contárselo. ¿Qué otra cosa podía hacer? Mejor eso que no gastarme medio sueldo en comprar ropa interior, porque no tenía dónde lavarla. Pero ahora lo aclaro.
A ver, que mi trabajo me daba para comprar ropa interior, que ahora era funcionaria, pero no había dinero suficiente en el mundo para calmar el mal genio de mi madre. Ese invento aún no existía. Tenía que hacerme dueña de mi destino y afrontar el problema.
Estaba medio independizada, sí, vivía en casa de mis padres, en mi casa de toda la vida, vaya, pero es que ellos no estaban allí, sino que estaban en el pueblo, viviendo la vida padre de prejubiletas y gozándolo máximamente haciendo torneos ilegales de petanca. Ilegales, sí, eso he dicho, pero eso no voy a aclararlo. Así que allí estaba, pagando yo los gastos, que tampoco había que vivir del cuento.
Lo malo de estar medio independizada era que, bueno, tenía que hacer cosas como lavar la ropa en una lavandería, porque la lavadora de mi madre se había estropeado y no había narices a decírselo para que se presentara en casa al día siguiente. Yo a mis padres los quería mucho, pero cuanto más espacio…, mejor.
Aparte de los dramas infantiles, la rebelión de los electrodomésticos en casa y mi pelo rizado que siempre iba en todas direcciones, mi vida era bastante común. Había empezado a trabajar desde hacía poco en el Museo Arqueológico Nacional, en Madrid capital, de auxiliar, y, la verdad, nunca me imaginé que pudiera conseguir la plaza, pero así fue, que después de dedicarme a estudiar un montón de cosas de las que no me acordaba ni de la mitad tras las pruebas correspondientes de acceso al puesto, más me valía. Pero en general mi vida era bastante corriente: de casa al trabajo y del trabajo a casa, con las salidas hasta las tantas los fines de semana con mis amigas y poco más.
Mis amigas, Noe y Marta, que eran las de siempre, porque, aunque lo nuestro nos había costado y más gente había ido y venido de nuestro grupo, ahí seguíamos las tres. Lo más reseñable de todo era que ninguna de nosotras habíamos superado aún la edad del pavo —me incluía también—, y eso que ya íbamos camino de los treinta.
En cuanto al amor, yo había vivido mis más y mis menos; había conocido a gente que realmente merecía la pena, pero, al final, nada había llegado a cuajar. A veces tenía la sensación de conservar demasiadas cicatrices en el corazón para entregárselo a alguien de nuevo, e incluso después de tanto tiempo. Mi fracaso amoroso, porque sólo había tenido uno importante en mi vida, fue de dominio público, literalmente, y de vez en cuando aún recibía algún que otro coletazo de dolor cuando la gente hablaba de nuevo sobre ello. Por eso, ante mi incapacidad de enamorarme otra vez, quizá por la falta de confianza o porque algo de mi interior se había perdido en el proceso de olvidar aquel fracaso, prefería estar soltera que engañarme a mí misma con la posibilidad del amor.
Así que después de recoger toda mi colada salí de la lavandería en dirección a mi casa, bueno, a la de mis padres. En realidad no se tardaba demasiado, pero, claro, ir con un supercesto de ropa por la calle pues un poco sí que te dificultaba el trayecto.
Mi barrio molaba. Vivía en un municipio del sur de Madrid, de esos que son ciudad dormitorio, de esos que fueron pequeños pueblos mutados en grandes ciudades en los que vive un montón de gente de todos los sitios; pues esos. Allí había pasado casi toda mi vida. Había intentado irme en varias ocasiones en los últimos años, pero, por circunstancias del destino, volvía de cabeza una y otra vez. Quizá no lo sabía, pero había un imán que no dejaba que me alejara demasiado. A veces tenía la sensación de que me encontraba esperando a que pasara algo.
El frío del otoño se colaba por dentro de mi chaqueta, haciéndome tiritar. Estaba entrando en la urbanización malamente con el cesto a cuestas, mientras seleccionaba la llave del portal en el llavero y miraba a mi alrededor, cuando algo no me cuadró. Había mucha gente en la calle, vecinos de mi portal. Algo malo estaba pasando; tampoco había que ser muy lumbreras.
Pasé por entre las vecinas que se agrupaban en corrillos. Algunas estaban bastante afectadas, y lloraban; una de ellas se llevaba la mano al pecho y otra se secaba las lágrimas con un pañuelo de tela. Otra vecina, la señora Margarita —entrada ya en la senectud—, estaba en rulos y zapatillas, y consolaba a otra vecina que también estaba en bata. Entré en el portal, inquieta, porque no es que fuese cotilla, pero, mira, tenía curiosidad por saber lo que ocurría.
Esperé al ascensor, y cuando llegó y fui a abrir la puerta, esta se abrió y de dentro salió mi amiga Noe, que vivía en el quinto, nerviosa e impactada por verme allí.
—¡Olivia, tronca, te he estado llamando!
El punto fuerte de Noe nunca fue hablar en bajo.
—¿Qué pasa?
—¿No sabes nada? ¿No has hablado con nadie?
—No… —Miré el móvil (que estaba en silencio y sin vibración), y tenía no sé cuántas llamadas perdidas y mensajes.
—Noe, ¿qué pasa? ¡Dímelo!
—Antonio, tía, que ha fallecido hace nada…
—¡No! —Me quedé en shock.
Ella asintió con los ojos llorosos. Antonio era el padre de Marta.
—He subido a tu casa, pero no estabas.
—Ya, es que ido a hacer la colada. —Le enseñé la cesta.
—¿Y la lavadora? ¿Aún no se lo has dicho a tu madre? —Negué con la cabeza—. Pues estás jodida, porque va a venir.
—Ostras, es verdad… —Mi destino acababa de llamar a la puerta—. Pero, bueno, eso es otra historia. ¿Y Marta?
—En casa, con su madre… y medio edificio.
—¿Y tú adónde ibas?
—A por tabaco.
—No, sube conmigo; luego vamos. —Tiré de su mano y la metí de nuevo en el ascensor—. No lo entiendo… Si en la última revisión fueron optimistas…
Al bajarnos en el octavo, la planta de Marta, el rellano estaba lleno de gente. Nos abrimos paso entre los vecinos hasta llegar a la puerta, que estaba abierta de par en par. Algunos de ellos nos saludaron y otros miraban mi cesto de ropa. No sabía yo que unas bragas limpias pudiesen crear tanto interés. Entonces entramos hasta el salón. Allí estaban las dos, Marta y su madre, Ana, sentadas en el sofá; mientras, algunas vecinas intentaban consolarlas, en balde.
Nos acercamos despacio hasta donde estaban y Marta se puso en pie nada más verme y vino hacia mí.
—Oli…
Me abrazó con mucha fuerza y rompió a llorar. Yo la estreché entre mis brazos e intenté contener mis lágrimas, sin éxito. Su pelo, largo, negro y liso, le caía por los hombros extendiéndose por la espalda. Sus ojos negros estaban enrojecidos e hinchados.
Había sido un año muy complicado, lleno de altibajos, de hospitales, de enfermeras, de hoy es sí y mañana puede que no, y, al final, después de todo el sufrimiento, después de todo ese esfuerzo…, ahí estaba, había llegado el momento que tanto habíamos temido. Marta y su madre ya no serían las mismas. Estaban exhaustas, cansadas, desbordadas… Por eso, en ese instante, yo solo podía abrazar a mi amiga y dejar que me apretara fuerte y llorara.
Se separó un poco de mí para sonarse la nariz.
—Lo siento, te he manchado…
—No te preocupes. —Sonreí. Le pasé la mano por el pelo y metí tras su oreja uno de los mechones sueltos—. ¿Cuándo ha ocurrido?
—Esta mañana. No sé, ha sido muy raro… Nos habían dicho que aún le quedaba tiempo…, pero no ha despertado. —Rompió a llorar de nuevo.
Ana, que estaba hablando con una vecina, me miró, y sonrió fugazmente. Quizá le hiciese gracia verme de esa guisa en un momento como aquel. Después de todo, siempre tuvo buen humor. Y aunque tenía los ojos enrojecidos por la pérdida, aparentaba estar bastante entera. Era como mi segunda madre. Morena y menuda, sus hijos habían heredado sus ojos. Antes de sentarme junto a ella, la abracé muy fuerte, respirando su olor a lavanda. No sé por qué, pero siempre me recordaba al perfume que usaba mi abuela, que ya no estaba, la pobre, y me emocioné de nuevo.
Noe y Marta se sentaron en el sofá también, y allí estuvimos las cuatro.
—Tronca, cuánta gente. Qué agobio —se quejó Noe.
—No, está bien. Ya sabéis que mi padre se llevaba bien con todo el mundo.
—¿Necesitas que te traigamos algo? —pregunté.
—¿Podéis devolverme a mi padre? —Noe y yo nos quedamos un poco paralizadas y nos miramos un momento—. Lo siento, es que esto es muy duro. Pensé que no lo sería tanto.
Antonio, el padre de Marta y policía de toda la vida, llevaba más de un año enfermo. Los últimos meses habían sido los peores. Al final no ocurrió en el hospital, sino en su casa. Tres días antes le habían dado la última sesión de quimio para intentar controlar el cáncer que padecía en el colon. Los médicos eran optimistas, decían que había mejorado un poco. Pero, al final, Antonio se había ido. En los últimos meses había luchado más que en toda su vida, y la triste realidad que lo invadió fue la que acabó con él, estoy segura de eso: la tristeza por verse consumido por la enfermedad y, sobre todo, por la ausencia de su hijo, el hermano de Marta. Del que yo no sabía nada desde hacía mucho. Él y yo llevábamos años sin hablar, y después de cómo acabó todo, de todo lo que pasó entre nosotros, tampoco tenía muchas ganas de hacerlo.
Mientras estábamos allí sentadas el tiempo pasaba y la gente no dejaba de entrar y salir. Después de un rato, los servicios funerarios llegaron y se llevaron el cuerpo. Creo que no estábamos preparadas para vivir ese episodio. Nunca, en mi vida, nada me había impresionado tanto como ese momento. Marta lloraba silenciosamente mientras a mí se me grababan a fuego esas imágenes. Me recordé mentalmente que Antonio ya no estaba allí, que se había ido, y que lo que se llevaban los técnicos sólo era un cuerpo, nada más.
Yo necesitaba salir de ahí.
—Marta, me voy a marchar, que aún tengo que recoger cosas por si vienen mis padres.
—Está bien, no pasa nada —me respondió con un hilo de voz.
—¿Quieres que luego os llevemos al tanatorio?
—No es necesario; mis tíos están de camino, creo que iremos con ellos.
—Llámame si necesitas algo.
—Ahora solo quiero que todo esto acabe pronto. No sé cómo gestionarlo…
—Respira. Es lo más importante. No te pongas nerviosa, ¿vale?
Y asintió.
Abracé fuerte a Marta y le di un beso a Ana. Me despedí de Noe y salí de allí sin mirar atrás, con el estómago revuelto, mi cesto de la colada bajo el brazo y los nervios a flor de piel.
El origen de todo
—Mamá, antes de que te enteres por otra persona, tengo varias malas noticias que darte. ¿Qué quieres saber primero? —le dije a través del auricular del teléfono, mientras terminaba de doblar la ropa limpia.
—Ya me he enterado de lo de Antonio; me ha llamado Ana. Te he estado llamando antes, pero no me contestabas. Qué tragedia más grande, madre mía… —dijo con un sollozo.
—Mamá, no llores. —Cogí aire y esperé unos instantes—. Escúchame: ya he bajado a casa de Ana y le he dado el pésame; he estado con ellas un buen rato, y Noe también, claro. Esta tarde iremos al tanatorio, aunque aún no saben la hora. No hace falta que vengáis.
—Cómo no voy a ir, hija mía, ¡si son nuestros vecinos de toda la vida! ¡Si su madre te ha criado! Te ha dado de comer, te ha llevado al colegio cuando eras pequeña porque yo trabajaba…
—Está bien, mamá, tranquila. No pasa nada. Deja de llorar, ¿vale? —Suspiré—. ¿A qué hora salís del pueblo?
—Después de comer, dice tu padre. Ya veremos si no le entra sueño…
—Por favor, tened cuidado. Solo faltaba que os pasara algo.
—No seas agorera, niña, que aún somos jóvenes para hacer estas cosas.
—Bueno, bueno, que yo solo me preocupo. —Puse los ojos en blanco.
—¿Y cuáles son las otras noticias? —preguntó tras sorberse la nariz—. Porque había más noticias, ¿no?
—Sí, mamá…
—¿Y bien?
—Verás… —Me preparé para lo peor—. Es que hace unas semanas hubo un problema con la lavadora…
—¡Olivia, ¿qué le has hecho a mi lavadora?!
—¡Yo no le he hecho nada! Es que es una mierda y está para que la jubilen. Se enganchó un aro del sujetador en el tambor y no lava, así que tengo que hacer la colada en la lavandería del centro.
Total, de perdidos, al río. Era mejor confesarlo todo de golpe. Al menos teníamos la línea telefónica por medio.
—Madre mía… Ya lo sabía yo, ¡que tanto tiempo sola al final algo iba a tener que pasar!
—Mamá, que no pasa nada, que es una lavadora, que se arregla y listos, que peor parado quedó mi sujetador.
—Ya, y por eso has tardado tanto en decírmelo, ¿no? ¿Y a mí qué me importa el sujetador? Te compras otro y punto.
—Pues mira, no te lo he dicho porque sabía que te ibas a poner justo así. Y el sujetador era de los caros, por cierto.
—¿Y cómo quieres que me ponga? Me da igual el sujetador. ¡Mi lavadora, por dios!
—Mamá, en serio, cuando vengas hablamos, ¿vale? Avísame cuando salgáis del pueblo y te digo la sala del tanatorio y demás.
—Sí, hija, sí, yo te aviso —respondió recuperando la compostura. Venga, luego nos vemos.
—Un besito, te quiero. Y tened cuidado.
—Venga, un besito. Que sí, pesada. Adiós. —Y colgó.
¡¿Por qué, Señor?! ¡¿Por qué?!
En resumidas cuentas, mis padres iban a venir. Pues claro, ¿cómo no iban a hacerlo? Ana y Antonio fueron para mis padres los mejores amigos desde que se vinieron a vivir todos jóvenes al barrio. Sus hijos y yo crecimos juntos, casi como si fuéramos hermanos, y digo «casi» porque no me quiero adelantar a nada.
El caso era que tenía que liarme a limpiar y ordenar, y a poner todo en su sitio y meter las malditas bragas limpias en el cajón, al fin. Y así, tras darme una paliza para acabar con el desorden de hacía semanas —porque yo no es que fuera una cerda, pero, a ver, que el polvo y yo pues como que no nos llevábamos—, me preparé algo de comer y me duché, y entre unas cosas y otras Noe y su hermana, Irene, llamaron a la puerta.
—¿Estás ya? —preguntó Noe al abrirles yo la puerta.
—Sí, espera, que cojo el bolso.
—Oye, mejor vamos en tu coche, que yo no tengo gasofa.
—Vale, no hay problema. —Buscaba las llaves, pero no estaban donde debían estar—. ¿Dani no viene?
—Qué va, tronca; está liado con el curro y no le dan la tarde.
—No le mientas —dijo Irene—. Lo que mi hermana no te dice es que se ha peleado con su novio y que por eso no viene.
Me veía en el espejo de la entrada, mientras intentaba colocarme los rizos como podía. Al oír aquello, mis ojos color miel me devolvieron la mirada, y me giré en redondo:
—¿Cómo dices? —pregunté.
—Joder, Irene, eres una bocazas. Te podías callar un ratito, guapa.
—Eso, por decirle a mamá lo de los condones.
—Yo no le dije nada, es que no los puedes dejar dentro de los vaqueros, porque pone la lavadora y los encuentra. A ver si eres un poco más lista. Además, Dani sería incapaz de perderse el funeral del padre de su amigo. —Noelia se cruzó de brazos, enfurruñada, mientras su hermana la miraba con desdén. Irene era cuatro años menor, pero gran parte del tiempo había sido la sombra de su hermana, y, por extensión, nuestra amiga también. Si no hubiera sido porque se asesinaban con la mirada de vez en cuando y se abrazaban después, jamás se habría podido decir de ellas que fueran hermanas.
Noe era muy delgada, con el pelo castaño hecho rastas finas que le iban llegando ya casi a la cintura, y sus ojos verdes decían verdades que su boca en ocasiones ocultaba. Directa, intuitiva, rebelde y con los pantalones siempre raídos que su madre le remendaba a escondidas, aunque yo creo que, simplemente, para hacerle rabiar.
Irene, en cambio, era morena, de ojos negros, piel olivácea… Desde pequeñas le decíamos que era adoptada, y ella nos mandaba a freír espárragos. Luego iba corriendo donde su padre y se podía ver que eran dos gotas de agua. Ella era mucho más reservada que su hermana, aunque sorprendentemente divertida. Las dos vivían en casa de sus padres —Noe, tras haber dado varios tumbos como yo—, y no podía alegrarme más que hubiese vuelto al redil.
Encontré las llaves al fin y bajamos al garaje. Mientras Noe le mandaba un mensaje a su chico, su hermana sujetaba un tupper gigante con varias tortillas y una botella de Coca-Cola.
—Pero ¿dónde vais con eso? Que no vamos a un pícnic.
—Mi hermana, que se le ha ido la olla.
—¿Crees que debería haber traído algo? —De pronto me sentí culpable por no haber preparado nada nada.
—Ya lo lleva ella por las tres.
—Pues también es verdad.
Nos metimos en el coche y me dispuse a arrancar. Al girar la llave en el contacto, la batería me hizo un amago de no querer seguir con su vida, pero finalmente obedeció; el coche arrancó y salimos de allí. No podemos pedirle peras al olmo, ni que un Citroën Saxo del 98 arranque a la primera… ¿O sí? Bueno, en esa ocasión no le di importancia; tenía otras cosas en la cabeza, unas cincuenta mil, que iban en todas direcciones, y ninguna era la correcta.
Había llovido, y con todo el trajín de ese día yo no me había ni enterado. Además, el día estaba cerrado, como si se preparase para caer una tormenta de esas que mencionan en el telediario y borran a la población del mapa.
—Coño, qué viento hace —dijo Noe sujetándose las rastas hacia delante.
—Tía, sube la ventanilla, que tengo puesta la calefacción.
—Es que me iba a fumar un piti…
—En mi coche no, please.
—Joder.
Y guardó el tabaco de liar de mala gana en el bolso.
—Es un segundo, no tardamos nada.
—Eso espero —dijo mirándome de reojo. Aunque al final se le escapó una sonrisilla y su escudo se vino abajo.
Tras un momento en silencio y mientras me incorporaba al tráfico, su hermana reanimó la conversación.
—Oye, qué pena Marta y su madre. ¿Qué van a hacer ahora?
—Tener una vida, para empezar —dijo Noe, y suspiró—. ¿¡Qué!? No me miréis así. Sé que puede parecer que no tengo tacto, pero sabéis que en el último año no han tenido vida ninguna de las dos. Además, si me dejaras fumar, no estaría tan borde.
—Ya… —dije yo—. Si razón sí tienes, pero mejor no digas eso delante de nadie. Y anda, fuma. Pero el humito por la ventanilla, ¿eh? —Le dije eso último con retintín.
—Sí, bueno, pero sabéis que tengo razón.
Y sacó la carterita del tabaco del bolso.
—Venga, Noe, déjalo ya —insistió su hermana—. Oye, ¿eso de ahí es una nube?
—Tiene toda la pinta… —afirmé.
—Parece que vamos a Mordor en vez de al tanatorio.
—Pues no sabría decirte ahora mismo qué sitio de los dos es peor… —respondí.
Puse la radio para relajar el ambiente y dejar de pensar si íbamos a ser engullidas por aquella tormenta del infierno o si solo íbamos al tanatorio.
—Oye, ¿y su hermano? —preguntó Irene, y de pronto me puse en tensión.
—¿El hermano de Marta? Ese está haciendo las Américas y no se entera de nada —le respondió Noe a su hermana mientras me miraba de reojo, con precaución, y se liaba el cigarro; yo puse cara de póker.
—Pero va a venir, ¿no? Que vale que es actor y toda la leche, pero, no sé, digo yo que nos honrará con su presencia. Era su padre —insistió Irene.
—Ese siempre ha estado en las nubes —respondió Noe, mirándome de reojo, de nuevo.
—No lo sé, no sé nada de él —respondí.
—¿Pero vosotros…?
La pregunta de Irene sobrevoló unos instantes entre nosotras, hasta que decidí responderle:
—Nosotros perdimos el contacto —solté de pronto.
—Irene, hostias, no seas cotilla y déjalo estar. Además, de Miguel ninguna sabemos nada desde hace mucho tiempo —añadió—, e incluso Marta y él han estado distantes.
Noelia intentaba quitarle importancia al asunto, ella sabía el porqué, aunque era normal que su hermana quisiera saberlo. Cuando todo ocurrió, cuando llegó el final de nuestra historia, la gente se hizo muchas preguntas, pero al final yo no me digné a contestar ninguna: ya escribían en las revistas y contaban cosas de nuestra relación, opinando y mintiendo sobre todo lo que querían. Así que fue como una especie de pacto conmigo misma no contar nada para volver a ser persona de nuevo y seguir con mi vida.
Por el filo de la ventanilla bajada que llevaba Noe se colaba un perfume ligero a tierra mojada, y las hojas secas de los árboles se desprendían a nuestro paso. El aire estaba enrarecido y cargado de electricidad. Estábamos llegando a la carretera que llevaba al tanatorio. Esta, que se cogía a las afueras de la ciudad, serpenteaba por un campo de labranza con altos cipreses a ambos lados del camino, y así avanzamos varios kilómetros hasta llegar a nuestro destino.
El tanatorio de nuestro municipio era un edificio grande, que repartía su espacio en dos salas gigantes y una capilla para las misas. Tenía una antesala, un poco recargada para mi gusto, con madera y tonos cálidos, a la que se accedía desde el exterior por una cristalera con dos puertas dobles gigantes. Todo el edificio estaba precedido de un porche con bancos para sentarse. Cuando dejamos el coche en el aparcamiento, ya estaba lloviendo a raudales; es lo que tiene el otoño. Salimos del Saxo y corrimos como pudimos a refugiarnos debajo del porche, aunque nos mojamos igual.
Después de intentar sacudirme un poco el agua y mirar a mi alrededor, observé que el tanatorio estaba a reventar de gente. Vecinos del barrio, amigos de toda la vida, policías de la comisaría donde Antonio trabajó hasta jubilarse… Reconocí a algunos familiares a los que saludé debidamente antes de entrar.
Cuando las tres atravesamos las puertas dobles de cristal, flipamos, literalmente. Mirase donde mirase veía a gente afectada de verdad, con caras muy largas y conversaciones a media voz. Nosotras seguíamos allí, plantadas, sin movernos; me atrevería a jurar que nos sentíamos igual: impresionadas y abrumadas. Aquella carga que me había estado acompañando todo el día se intensificó.
De pronto, y como si a mi cuerpo lo hubiese poseído un espíritu del pasado, los nervios que sentía se incrementaron, paralizándome, porque caí en la cuenta de que había una pequeña posibilidad de que él estuviese ahí, de que Miguel hubiese vuelto. Me giré hacia Noe y le pregunté como un autómata:
—¿Lo ves?
Ella reaccionó rápidamente a mi pregunta, sabiendo muy bien a quién me refería.
—No, tía. No está aquí —comentó mientras miraba sutilmente a su alrededor. Mi silencio le inquietó. Me cogió de la mano y añadió—: Es pronto para que llegue si tiene que venir desde Los Ángeles…
—Claro, qué idiota. —Solté el aire que retenía de golpe.
—Venga, vamos a por Marta. —Y me apretó aún más la mano.
Tiró de mí con suavidad hasta que mis pies se movieron por la sala. Irene nos siguió. Saludamos a algún que otro vecino intentando pasar hasta la sala del difunto. Las coronas de flores estaban empezando a llegar y allí dentro no se cabía, por la gente y porque parecía un jardín botánico: había desde coronas de rosas con unos carteles pequeños hasta flores exóticas y otros tipos de plantas más imponentes. No sé por qué me sorprendía: el hijo de Antonio era una persona muy conocida. Ver aquellas plantas con carteles de nombres de personas famosas y productoras de cine y televisión importantes no tenía por qué extrañarme en absoluto, pero, aun así, me hacía sentir rara. Me recordaba a otro instante de mi vida muy distinto, en otro lugar muy lejos de donde me encontraba en ese momento.
Fue difícil, pero al fin vimos dónde estaban Marta y Ana. Y también confirmé mi teoría: Miguel no andaba por ninguna parte, no estaba allí; su madre y su hermana estaban, sí, rodeadas de un montón de gente, pero solas. Mi incertidumbre creció, así como mi enfado. Un enfado irracional que nació de repente por el simple hecho de que no estuviera. ¿Cómo no había podido estar? ¿Por qué se lo había perdido todo? ¿Es que no tenía ni un minuto libre en su apretada agenda para despedirse de su padre? Entonces recordé que Miguel siempre había hecho lo que había querido y que en un momento como aquel no iba a dejar de hacerlo.
El teletransporte aún no existe
Cuando llegamos donde estaban Marta y su madre, la primera se echó a llorar, no sé si porque de pronto se vio abrumada por la sensación de sentirse arropada por sus amigas, por el apoyo que les estaba dando todo el mundo o simplemente por la pena y el dolor desgarrador que sentía.
El sofá donde se encontraban estaba situado enfrente del cristal que separaba la sala de donde estaba Antonio. Yo no quería verlo así, pero hice un esfuerzo para darle el último adiós, así que me armé de valor y miré.
—Está tapado… —susurré, más para mí que para alguien, después de atreverme a mirar el ataúd.
—Así es mejor, ¿no crees?
Marta se había levantado y acercado a nosotras. Sujetaba un clínex húmedo entre las manos y estaba completamente demacrada. Yo le pasé la mano por el hombro y la acerqué hacia mí para intentar que se sintiera mejor.
—Cuando hemos llegado nos han preguntado si queríamos que estuviese destapado, pero… —Suspiró, como si el alma se le fuera a escapar en ese instante.
—Está perfecto así, no lo pienses más. Todos lo vamos a recordar por cómo era, no por este día —respondió Noe.
Yo asentí levemente, y no dijimos nada más. Era tan desolador todo aquello… Notaba agarrotada la garganta. Estaba conteniendo mis ganas de llorar, pero no podía consentirlo, no era mi momento.
La sala no dejaba de llenarse de gente. Venían, daban el pésame y se retiraban. Mientras estábamos allí, apoyadas, las tres contra el cristal, de espaldas al cuerpo, me dediqué a mirarlos a todos. Marta sorbía de vez en cuando por la nariz y Noe no paraba de mirar el móvil. Me di cuenta de que conocía a bastante gente, sobre todo a algunos de los compañeros de trabajo de Miguel: actores, actrices, directores, fotógrafos, modelos… Y, bueno, pues allí estaban todos reunidos, excepto Miguel, que no estaba por ningún lado. Mi estómago daba un vuelco cada vez que lo pensaba. Lo de que pudiese aparecer en cualquier segundo.
Algunas de aquellas personas sí me conocían. Otros fingían que no, demasiado bien —se dedicaban a eso, a fingir—, pero ninguno me dijo nada, nadie. Y me resultó normal. Habían pasado muchos años y el común denominador que teníamos aún no había hecho acto de presencia.
—Voy al baño —anunció Marta.
—¿Te acompañamos? —preguntó Noe.
Asintió y la seguimos al exterior de la sala, al hall, la antesala que daba a la salida. Cogí aire, porque de pronto me pareció que me faltaba; me sentía rara, como agobiada de estar ahí dentro, cansada por la tensión que llevaba en mi interior, aguantándome las ganas de llorar… Y entonces, lo vi, sin más.
—Marta… —dijo desde el otro lado de la sala. Acababa de atravesar las puertas de cristal que antes habíamos atravesado nosotras, y, con él, se había colado una ráfaga de aire que trajo el olor a tierra mojada del exterior, además de su propio aroma, hasta nosotras.
La gente se giró de pronto, porque se hizo un silencio sepulcral, antinatural. Varios susurros inundaron la sala mientras Miguel se quitaba las gafas de sol —porque las llevaba puestas en pleno diluvio universal— y se acercaba sin más a donde nos encontrábamos.
Dios mío, la realidad superaba a la ficción, una vez más. Sus vaqueros negros se ajustaban de una manera en la que no debería haberme fijado. Sus ojos eran oscuros, tal cual los recordaba, y de una intensidad… abrasadora. El resto, sin embargo, lo había olvidado; me había obligado a olvidarlo todo. Incluso en ese momento, era el hombre más guapo que había visto en mi vida, aunque, bueno, no exactamente guapo en el sentido estricto de la palabra. Los actores de las telenovelas turcas son guapos; Miguel era… fascinante, como un animal exótico: enigmático sin siquiera pretenderlo, alguien al que no podías evitar mirar, o admirar.
Sus cejas eran marcadas y definidas; las facciones de su cara, angulosas; nariz recta y labios carnosos, lo justo para resultar bonitos. Y en vista de la anchura de sus brazos, nunca había dejado de hacer ejercicio.
Me ardían las mejillas, y me daban ganas de darme a mí misma un guantazo por eso.
No estaba paralizada, estaba petrificada, y creo que, si me hubieran pinchado, no habría salido sangre, porque tampoco podía coger aire para respirar. El instante más temido, más esperado, más rehuido y más soñado, todo a partes iguales, había llegado. Y, sin embargo, me acordé de algo, de una imagen: nosotros, juntos.
Dejé todo en el pasado por él, pero recordé a continuación que él me dejó a mí por todo aquello, su mundo, así que volví a la realidad de golpe mientras él llegaba hasta su hermana y se fundía con ella en un abrazo infinito. Marta parecía tan pequeña entre sus brazos… Oí el crujir de su cazadora de cuero negra al abrazar a su hermana con fuerza, pensé fugazmente en que podría romperla de aquel abrazo. Ella empezó a sollozar, y temblaba entre sus brazos. Yo intenté aguantarme las lágrimas, pero ver aquello era superior a todo lo que había vivido, y no me pude controlar más. El dolor que sentían terminé por sentirlo yo también.
Miguel se separó de ella y, cogiéndole el rostro entre las manos, le secó las lágrimas suavemente con los pulgares.
—Enana, ¿estás bien? —le dijo con su voz un poco ronca, y yo me morí allí mismo. Me derretí. Las lágrimas salieron y corrieron libres por mis mejillas, y, aunque silenciosas, ya no tenían fin. Me mordí el labio, fuerte, en un intento por no sollozar. La ternura con la que pronunció aquellas palabras, que hacía tantos años que no oía, fue superior a mis fuerzas. La miró intensamente a los ojos. Marta estaba de espaldas a mí, por lo que no pude ver su expresión, pero asintió levemente, despacio, y entonces, solo entonces, los ojos de Miguel se fijaron en los míos.
Un escalofrío me subió por la espalda e hizo que se me erizara todo el vello de mi piel. Aquellos ojos negros que me mostraron el cielo y el infierno una vez, enrojecidos por la emoción y el dolor que sentían en ese momento, me lo transmitieron todo: dolor, amor, ternura, deseo, odio… Lo vi de nuevo, lo vi todo en ellos, todo lo que había dejado atrás hacía cinco años y lo que aún tenía escondido para mí. Yo había visto a Miguel como nadie más lo había hecho, y en ese instante lo estaba viendo de nuevo: cómo era, cómo se encontraba y lo que anhelaba.
Y de pronto tuve miedo, porque me di cuenta de que aquello que una vez sentí y que enterré en lo más profundo de mi corazón quería salir; estaba segura de que pretendía hacerme sentir todas aquellas emociones de nuevo, pero no podía, no quería, no se lo podía permitir. Cinco años era mucho tiempo, aunque ahora me parecieran un suspiro.
Nos mantuvimos la mirada un segundo o una vida entera, no estoy segura, pero sí tengo clara la intensidad que nos abrumaba. Yo tenía los ojos rojos por las lágrimas, y él también, aunque intentaba disimularlo, pero era imposible. Aquellos ojos negros enrojecidos eran lo más bonito que había visto en mucho tiempo.
Entonces devolvió la mirada a su hermana y cortó la conexión que nos unía. Sentí como un calambrazo, como si alguien hubiese apagado la luz o como si hubiesen estallado los plomos de aquel sitio.
—¿Dónde está mamá? —preguntó con esa voz ronca que tanto había echado de menos.
—Dentro. Ven.
Miguel le pasó a su hermana el brazo por el hombro y juntos atravesaron en silencio la multitud que los rodeaba para meterse en la sala. La gente no apartó la mirada de ellos según pasaban. Cuando hubieron desaparecido de mi vista, me rompí, en mil pedazos.
En ese momento me hice pequeña, insignificante, quería esfumarme. Sentía tanto dolor que pensé que me iba a explotar el pecho. Sentí cómo Noelia, que había estado a mi lado todo el tiempo, me abrazaba con fuerza y me pasaba la mano por la espalda para tranquilizarme.
—Necesito salir…
Me separé de ella, y asintió.
—Voy a por tu chaqueta, dame un segundo.
—No, no, da igual, no pasa nada.
Ella se quejó, pero yo solo quería salir un segundo, y, sobre todo, quería que no me dejara sola. Aun así, a cabezona no la ganaba nadie, así que entró a por nuestros abrigos. Y yo me quedé allí mientras aquella gente me miraba como si estuviera loca.
Noté cómo la puerta se abría de nuevo, porque otra corriente de aire me heló un poco más la sangre. Sin embargo, esta vez fue todo muy diferente. Miré hacia allí y el alivio me recorrió de pronto: eran mis padres. Al fin.
Al principio mi madre me miró con severidad, pero según se acercaba a donde yo estaba e iba comprobando el estado en el que me encontraba, cambió su expresión. Mi padre la seguía, detrás, como había hecho toda la vida.
—Olivia —me dijo mi madre, y me abrazó.
—Mamá. —Traté de recobrarme y sorbí por la nariz.
—Venga, ya, tranquila. Toma. —Y sacó un pañuelo de esos de tela que siempre llevaba.
—¿Está limpio? —intenté bromear, entre todo aquel drama. Mi ansiedad había pasado a un segundo plano.
—¡Mira, ¿eh?! —Y sonrió. Porque mi madre era así: iba de dura por la vida, pero en el fondo era fácil llevarla.
Me abrazó de nuevo, y después mi padre hizo lo mismo.
—¿Dónde está Ana?
—Dentro, con Marta… y con Miguel.
Ambos me miraron de pronto.
—Claro, ahora entiendo todo —saltó mi madre, recolocándose el bolso en el brazo y mirándome preocupada.
En ese instante Noelia llegó donde estábamos.
—¡Anda, coño! —soltó.
—Yo también me alegro de verte —dijo mi madre.
—Es que no os esperaba así de sopetón. —Y les plantó dos besos a cada uno—. Me la voy a llevar fuera, a ver si le da un poco el aire.
—Abrigaos bien, que sigue diluviando, y hace un aire…
—¿Qué tal el viaje? —le pregunté a mi madre mientras me abrochaba el abrigo.
—Bien, pero ya hablamos luego, que ahora quiero ver a Ana.
—Vale, vale.
Noelia cogió mi mano para tirar de mí hacia la salida, mientras yo me giraba y veía cómo mi madre, ataviada con uno de sus fulares y con su repeinado pelo castaño, cogía aire y miraba a mi padre, que tenía el pelo lleno de canas ya, preparándose para lo peor, que no era otra cosa que entrar en la sala y ver allí a uno de sus mejores amigos. Toda la vida habían lidiado con estas cosas juntos, y sobre todo en ocasiones como esta. Hay gente que es rica sin saberlo, y ellos lo eran, aunque creo que sí lo sabían.
Atravesamos de nuevo las pesadas puertas de cristal y —efectivamente— aquel viento helado nos sacudió el pelo y los huesos. Ya era prácticamente de noche y no dejaba de llover. El porche que rodeaba todo el edificio, al menos en la zona de la entrada, estaba lleno de gente en pequeños grupos que hablaban y fumaban con caras largas.
Nos dirigimos a un apartado donde no había casi nadie para estar más tranquilas. Nos sentamos en un banco de piedra, que estaba helado, y allí permanecimos un rato, un poco en penumbra.
Veíamos la lluvia caer en silencio, sin decir nada, porque no nos hacía falta. Al contrario que Marta, Noelia siempre estuvo ahí cuando todo ocurrió, Ella me ayudó a volver, estuvo a mi lado, conmigo, apoyándome y formando parte de todo el proceso de recuperación.
—Tía, vamos a pillar una cistitis como sigamos aquí sentadas.
La miré de reojo y me encogí de hombros.
—Ahora mismo no siento nada ahí abajo, así que ya me da igual.
Se rio. Su risa era contagiosa, por lo que yo también lo hice. Sostenía un cigarrillo de liar entre los labios y se ajustaba un poco más la bufanda de lana que le había hecho mi abuela hacía ya muchos años. Yo tenía otra igual, pero me la había dejado en casa.
—¿Qué ha pasado ahí dentro? —preguntó de pronto, aún con el cigarrillo en la boca.
—No lo sé… —respondí en un susurro.
En realidad creo que sí lo sabía, pero no me apetecía responderle en ese instante. Tras unos segundos en silencio, y mientras se terminaba de fumar el cigarrillo que sostenía entre los dedos, me dijo:
—Sabes que no lo has superado, ¿verdad?
Soltó la última bocanada de humo y yo asentí. Tardé unos segundos en responder, y me di cuenta de que estaba muy cabreada. Demasiado. El dolor que había sentido hasta el momento se transformó en una ira intensa que hizo que me pusiera en pie de golpe.
—¡Qué cojones, tronca! —dijo—. ¡Qué puto susto!
Normal que se asustara: yo también lo hubiese hecho, porque me levanté como accionada por un resorte, como si aquel banco helado de piedra me quemara de pronto. Empecé a moverme inquieta, de un lado al otro del banco, andando deprisa, y a rascarme la frente como una posesa. Noe me seguía con la mirada mientras fruncía el ceño.
—Bueno, ¡¿qué?!, ¿me vas a decir algo más? —preguntó mosqueada.
—¡No!
—Tronca, ya tienes una edad, ¿eh? —Hablábamos a gritos.
—¡Que me da igual! ¿Que qué ha pasado ahí dentro? ¿Me lo puedes explicar tú? ¿Por qué no nos ha dicho nada? Coño, que no somos invisibles, que estábamos ahí delante, ¡que nos ha visto! ¿Qué pasa, que como ahora es una estrella ya no se junta con la plebe, no? —dije de forma histérica.
—A mí me la sopla —añadió bajando el tono de voz—. Si ha reaccionado así, déjalo, si ya sabemos cómo es, tía. No vas a descubrir nada nuevo. Además, que hace años que no nos vemos. ¿Qué quieres que te diga? ¿«Hombre, ¿qué tal? Cuánto tiempo…»? Pues no, joder, no; se acaba de morir su padre. Yo no sé cómo reaccionaría en su lugar.
—Ya sé que han pasado cinco años. Vale, casi seis, pero… Yo qué sé, precisamente por eso —dije más calmada—. Y me da igual que se haya muerto su padre: él no ha estado aquí. Yo sí, y su hermana, y su madre, y tú también, así que esa excusa de que «Soy huérfano de padre» no me vale. Además, ¿no estaba en Los Ángeles? Se tardan casi veinte horas en llegar.
—Olivia —me dijo, soltando el aire suavemente—, las cosas, por desgracia, no son como nos gustarían. Entiendo que haya sido un reencuentro de mierda, pero es lo que hay.
Me senté de nuevo, y ella se calló lo que fuese que iba a decir y me miró frunciendo el ceño. Creo que, si no me calmaba completamente, Noe iba a perder la paciencia, y creo que nadie en este mundo quería conocer la mala leche que se gastaba mi amiga cuando su paciencia infinita se acababa.
Respiró hondo y se puso de pie.
—Mira, te voy a decir algo de una puta vez. Algo que creo que te tenía que haber dicho hace mucho tiempo —me dijo apuntándome con el dedo—. Si quieres algo en esta vida, cógelo, olvídate del puto mundo y disfrútalo como si fuese lo último que fueras a hacer. Y déjame, que ya me tienes frita con el tema de Miguel. —Y tras soltarme esto, tiró de mi mano poniéndome de pie y me abrazó con fuerza—. Te quiero, cabrona, pero me jode que sufras porque quieres. Y sí, tienes razón: seguramente ya estuviera en Madrid desde hace días, porque el teletransporte aún no existe.
Yo suspiré y cogí aire profundamente. Como siempre, tenía razón. Pero es que habían pasado muchas cosas, muchos años, muchas historias, y quinientos mil recuerdos bullían dentro de mí. Era nuestra historia, todo lo bueno y todo lo malo.
Mi historia con Miguel era muy larga, extensa en el tiempo, con altibajos, dramas y momentos que nunca podría olvidar ni incluso superar. Él fue mi primer amor, el único al que había amado, en realidad. La persona por la que perdí la cabeza y por la que me dejé llevar. Él era el obstáculo que nunca había superado. Y nuestra historia, como todas las buenas historias, habrá que empezar a contarla por el principio…
La fiesta del milenio
En el pasado
(Ocho años atrás)
Corría una noticia por el instituto aquel lunes de mayo por la mañana. Una noticia inquietante, algo peligrosa y a la vez excitante en la que no podíamos dejar de pensar. Lo que fue un susurro a primera hora se convirtió en lo más sonado del trimestre después del recreo. Todo el mundo hablaba de ello, y hasta los profesores querían enterarse, ya que nadie prestaba atención en las aulas. Y con razón: era lo más interesante que había ocurrido por allí en mucho tiempo, era la fiesta del milenio.
En cuanto llegamos a casa de Marta a la hora de la comida, porque mis padres trabajaban y yo comía en su casa casi todos los días, interrogamos a Miguel sobre toda la información que nos faltaba: datos concretos, nombres de personas y, sobre todo, si podíamos apuntarnos.
—Ni de coña —nos soltó.
Acababa de entrar por la puerta y nosotras ya lo estábamos esperando mientras poníamos la mesa en el comedor. Miguel entró como una exhalación pasando de nosotras en dirección a su habitación mientras se quitaba la mochila. Venía de su entrenamiento de tenis. ¡Ni siquiera pensó en las preguntas que le habíamos hecho!
—Oye, ¿por qué no? —insistió Marta, que dejó el plato encima de la mesa y lo siguió por el pasillo hasta su habitación. Yo hice lo mismo; no quería perderme detalle de nada.
—¿Pero a ti se te ha ido la pinza o qué? Allí no pintáis nada —le contestó a su hermana de mala manera, y entonces me miró un segundo y relajó un poco el gesto—. Es la casa de Jorge, yo no puedo invitaros —añadió, más suave.
—Pero es tu mejor amigo… Seguro que algo puedes conseguir…
—Que no, tía, ¡que sois mazo de enanas para ir a fiestas de esas! Además, que no es mi casa, que no puedo invitar a la gente. —Miró a Marta y se acercó a su cara—. Ni tampoco convencer a Jorge para que os invite. —Se quitó la sudadera. Había estado jugando al tenis a última hora y tenía la camiseta empapada—. Asúmelo: a eso se le llama madurar, a ver si te entra en la cabeza.
—Venga, Miguel… Es la fiesta del milenio —volvió a insistir, Marta poniendo cara de perrito triste.
Ese era su último recurso. Mierda, ¡nos lo íbamos a perder! Nos íbamos a perder el evento del año porque éramos unas canijas. Resulta que Jorge, el mejor amigo de Miguel, que vivía en un chalé con piscina a las afueras del municipio —y lo llevaba un conductor todos los días al instituto—, se quedaba solo en el puente de mayo…, solo. Jorge se había dedicado a preparar una reunión con sus colegas para el fin de semana; sin embargo, lo que empezó como un plan para jugar a la Play y beber cerveza se convirtió en una fiesta con piscina donde prácticamente todo su curso estaba invitado. Bueno, y nosotras, que teníamos que conseguirlo sí o sí.
—Te he dicho que no, Marta, no me des la brasa. —Se quitó la camiseta sudada y yo me quedé mirándolo fijamente. Estaba bastante… definido—. ¿Os importa? —añadió, cogiendo una camiseta seca del cajón. Le molestaba que lo viéramos así.
Marta resopló, fuerte. Cuando Marta resoplaba solo podían pasar dos cosas: o la ira la iba a poseer o se aburría; y creo que en ese momento no estaba muy aburrida. Yo di un paso atrás, por si acaso.
—Mira, chaval… —Le apuntó con un dedo y se puso en plan chunga—. Si no nos ayudas a colarnos en esa fiesta, le digo a mamá lo de las revistas del cajón.
—¿De qué hablas? —dijo haciéndose el loco con una media sonrisa.
—Ya sabes de qué hablo.
—Mamá ya sabe lo de las revistas. Sí, son revistas guarras. ¿Quién no tiene en su habitación? ¿Tú no tienes? —preguntó con guasa.
—Puajjj —gemí yo.
—¿Te sonrojas, Olivia? —dijo, y a continuación miró a Marta—. ¿Veis cómo sois muy pequeñas para ir a esa fiesta? Seguro que hacen una orgía en alguna de las habitaciones.
Mi cara era un tomate, y Miguel no podía estar divirtiéndose más. Sin embargo, algo cambió en su mirada al mirarme de nuevo, porque tras estar en silencio unos segundos, nos dijo a continuación:
—Veré qué puedo hacer…
—¡Bien! —gritó Marta.
—Pero no os hagáis ilusiones, que no es mi casa.
—Que sí, que sí —respondió Marta, quitándole importancia con la mano.
Y salimos de allí más contentas que unas castañuelas.
La comida fue un poco tensa, al menos lo percibí así. Miguel tenía la cabeza agachada y no apartaba la cara del plato; solo en una ocasión lo pillé mirándome de reojo, pero en cuanto cruzamos la mirada la apartó sin pensarlo.
Por el contrario, Marta estaba eufórica, demasiado subida para mi gusto. Sin duda había conseguido lo que se proponía, como casi siempre. Esa faceta suya no me hacía demasiada gracia, pero, bueno, era mi amiga, y había veces en que yo prefería mirar para otro lado.
Los días pasaron con el fin de semana como objetivo. Las expectativas iban subiendo por momentos. El caso es que al final la invitación llegó, y el hecho de que nosotras estuviésemos invitadas a la fiesta de Jorge supuso un pequeño revuelo en las clases. Marta siempre tenía que destacar por encima del resto, y esto se podía aplicar a resultados académicos, ropa, complementos y, sobre todo, ligarse al chico más guapo del insti —aunque luego pasase de él, cosa que nunca entendía yo—. Por supuesto, el chico más guapo del insti, para casi todas, era Jorge, claro. Por ello, el interés oculto de Marta en ir a aquella fiesta, y es que estaba pilladísima por él.
Llegó el sábado y estábamos eufóricas. Nos pusimos brillo de labios a tutiplén y nos pintamos la raya negra del ojo, al menos Marta; yo aún no dominaba mucho la técnica del maquillaje, así que para no acabar con churretones lo evitaba.
Noelia no vino a aquella fiesta, porque ella y su hermana iban a un colegio concertado, de esos de uniforme y ganas de cortarse las venas, por lo que para ellas acudir a ese tipo de fiestas era imposible. No me extrañaba que luego saliera tan antisistema.
No fuimos con Miguel, porque no nos esperó. Estábamos terminando de preparar nuestros outfits cuando nos dimos cuenta de que se había esfumado. Al menos tuvo la decencia de mandarnos un mensaje con la dirección. Aquello sin duda era cosa del karma, y nos lo teníamos bien merecido, porque cuando llegamos a casa de Jorge estábamos pero que bien sudadas —o resplandecientes, según quien lo mire—, y es que hacía un calor del infierno para ser el mes de mayo.
Nos presentamos en la puerta del chalet y, tras llamar, apareció Jorge en el umbral, que sonrió ampliamente al ver a Marta al otro lado, y digo a Marta porque yo debía de resultarle invisible: ni me miró. Jorge era alto y rubio y también tenía el cuerpo muy marcado, porque jugaba al tenis con Miguel. Además, siempre me pareció muy reservado.
Al fin, entramos. Aquel día descubrimos varias cosas: primero, que hay un código las fiestas: por lo visto, si llegas pronto, eres una pringada; si llegas a la mitad, te has quedado sin el mejor alcohol; y si llegas la última, la gente ya va tan pedo que ni siquiera recuerdan que estuviste ahí. Segunda cosa que aprendimos: no pierdas tu vaso de vista; no es agradable beberte las babas de otra persona.
Efectivamente, nada más entrar, la música se metió dentro de mí, aunque no podía oír nada más que ruido. La casa de Jorge estaba llena de gente. A mi derecha estaba la cocina, abarrotada. Seguí adelante para asomarme al salón, e igual: gente bailando, música a todo volumen, botellas de alcohol encima de la mesa de cristal, más gente al fondo, en el jardín, junto a la piscina…
Intenté no reparar en el hecho de que la peña me mirara. En ese instante llegué a sentirme como una intrusa, de verdad. Conocía a esa gente desde hacía años, pero apenas tenía relación con ninguno de ellos, por lo que era una sensación extraña. Era como si me hubiese colado en la fiesta.
Por cierto, a Miguel no se le veía por ninguna parte, y Marta se había perdido por la casa junto a Jorge. Yo me perdí hasta la cocina, donde la gente tenía la nevera abierta, y la estaban saqueando que daba gusto verlo. Que, digo yo, lo mismo es que esta gente no comía en su casa, pero ahí los tenías. Me abrí paso como pude, con miedo de que me fueran a morder en cualquier momento, hasta la isla de la cocina, que estaba en el medio de la estancia. Algunos chicos se estaban echando cerveza de barril en vasos de plástico y unas chicas se habían subido a la encimera, donde se habían sentado, un poco perjudicadas ya, brindando y diciéndose entre ellas cuánto se querían.
Me procuré un hueco hasta llegar al barril y coger uno de los vasos que estaban llenando allí. Olisqueé la cerveza antes de dar siquiera un sorbo, no fuera a ser cualquier otra cosa. Me di la vuelta y, al hacerlo, casi se me cayó el vaso al suelo.
Miguel.
Parecía divertido, con aquella sonrisa burlona… A veces me daban ganas de darle un guantazo en la cara. Últimamente no lo soportaba; estaba bastante pesadito, e incluso me chinchaba casi todos los días con alguna broma estúpida. Yo intentaba ignorarlo, pero era difícil conseguir algo así cuando te encontrabas con alguien tan insistente como él.
Me quitó el vaso de la mano y dio un sorbo.
—¿Estás segura de beberte esto? —Rio con superioridad, intentando hacerse el gracioso.
—No tengo ganas de aguantar tus tonterías. ¿Me devuelves el vaso, por favor?
E intenté cogerlo, pero se lo llevó hacia atrás, lo que provocó tuviera que rodearlo, para él pegarse aún más a mí al no dejarme alcanzarlo. ¡Estupendo! Pegarme al cuerpo de Miguel era… extraño, aunque, a su vez, cálido. Y su olor… Olía muy bien, a jabón y a cítricos.
—En serio, dámelo. No me gustan tus juegos.
—Vamos, Liv, pero si eres una niña.
—No me llames «Liv».
—¿Por qué no? Mola. Más internacional.
—No.
—Me da igual. —Debía de resultarle muy divertido.
—A mí no. Miguel, por favor, devuélveme el vaso.
Tratar de forcejear con él me hacía parecer una idiota, o al menos yo me sentía así. Las chicas que se profesaban amor hacía unos instantes ahora se reían de mí. Miguel también debió de darse cuenta, porque las miró de reojo y me devolvió el vaso, un poco abochornado, rozándome con los dedos deliberadamente la mano al hacerlo.
—No seas infantil, Olivia —sentenció Marta, reapareciendo.
—¿Dónde estabas? —le pregunté un poco nerviosa.
—Por ahí —me contestó haciéndose la interesante—. ¿Qué bebes? —quiso saber, ignorando mi comentario por completo.
—Cerveza, caliente —respondí al fin con cara de asco.
—Dame —le cogió el vaso a su hermano.
—Enana, eso no te va a sentar bien —saltó Miguel, volviendo a prestarnos atención y quitándole el vaso de la mano.
—¿Y eso quién lo dice? ¿Tú?
—Mamá me mata si te llevo a casa borracha.
—Demasiada atención nos prestas para habernos ignorado toda la semana —le solté.
Me quedé más a gusto que un arbusto, de verdad. ¿A qué venía ahora que se preocupara por nosotras si nos había tratado fatal todo el tiempo? Él me miró fijamente: no le había sentado muy bien mi comentario. Pero no le dio tiempo a replicar porque Marta añadió:
—Ignóralo.
Miguel nos miró a ambas negando con la cabeza. Entonces un chico de su curso le pasó la mano por el hombro y Miguel se giró para hablar con él.
—Tía, ¿qué le pasa a tu hermano? —le pregunté a Marta, que me había cogido de la mano para llevarme hasta el salón. Ella se giró y negó con la cabeza, indiferente. Yo tampoco quise darle mucha importancia, pero me volví para mirarlo, y seguía en el mismo sitio, escuchando la chapa que le estaba dando su amigo, apoyado en la pared, cargando el peso en una de sus piernas; aunque sin apartar los ojos de mí.
Nunca me han besado
Atravesamos las puertas dobles que daban paso al salón y nos unimos a los que bailaban allí dentro.
Cada vez había más personas en el interior y hacía más calor. Creo que a Jorge se le había ido la fiesta un poquito de las manos, pero aún no se había dado cuenta.
Como me cansé de bailar, y dado que Marta se había integrado muy bien entre las chicas del último año, fui a por algo de beber y decidí sentarme un rato. Lo hice, con mi vaso de Coca-Cola en la mano, en el reposabrazos del sofá, porque no había otro sitio donde hacerlo al estar el sofá lleno de gente. Miré a mi alrededor: la gente lo estaba dando todo. Muchos ya iban bastante piripis, y, en general, todo el mundo se reía y lo pasaba bien.
—¿Qué miras? —me susurró Miguel al oído.
