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¿Qué es lo peor que puede pasarte cuando creas una superplanta capaz de darle la vuelta al cambio climático? Que te den una subvención que solucionará todos tus problemas. Que intenten robarte el proyecto y tus sueños se vean truncados. Que el poli que lleva la investigación sea tu antiguo amor del pasado. Noe, científica especializada en Bioquímica Celular, hace tiempo que dejó de experimentar como loca con el fulminato de mercurio para centrarse en el proyecto estrella que la ha coronado como una de las científicas más innovadoras del momento. Dani, antiguo grafitero de los barrios bajos e informático de vocación, ahora trabaja como policía para la Brigada Científica de Investigación Tecnológica. El destino querrá ponerlos a prueba de nuevo y darles una segunda oportunidad haciendo que se vean en la obligación de compartir una proximidad forzada que ninguno de los dos desea… pero que en el fondo anhelan. ¿Serán capaces de resolver juntos el enigma que los ha hecho coincidir de nuevo? ¿Podrán dejar las dudas y los miedos atrás y retomar su historia donde lo dejaron?
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Seitenzahl: 607
Veröffentlichungsjahr: 2025
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Primera edición: marzo de 2025
Copyright © 2025 Cristina Calderón Rodríguez
© de esta edición: 2025, Ediciones Pàmies, S. L. C/ Monteverde 28042 Madrid [email protected]
ISBN: 978-84-10070-78-3
BIC: FRD
Arte de cubierta: CalderónSTUDIO®
Fotografías de cubierta: gstockstudio/wirestock_creators/Freepik
Fotografía de la autora: @_la_wagemann_photo
Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización escrita de los titulares del Copyright, bajo la sanción establecida en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo público.
Índice
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Epílogo
Agradecimientos
Contenido especial
Para Carmen.
Seguimos guardándote el sitio.
Para Álex, mamá y papá,
por estar siempre para mí.
«Nadie puede hacerte sentir inferior sin tu consentimiento».
Eleanor Roosevelt
Mercurio retrógrado
Me decía el horóscopo que esa semana Mercurio iba a estar retrógrado. Estupendo. ¿Y eso qué significaba? ¿Que iba a tener una semana de mierda? ¿Que acaso el efecto óptico que provocaba un planeta que estaba a millones de kilómetros iba a afectar en algo de lo que hiciera? ¿Acaso tenía que dejar de lado mi impulsividad para que no me pasaran cosas malas?
Pues spoiler: ya estaban pasando.
La parte racional de mi cerebro, que era muy empírica, me decía que todo eso no eran más que chorradas. Cuentos de señoras pitonisas que se inventaban historias y nada más. Pero mi parte irracional, por llamarla de algún modo —esa que hacía que leyera el horóscopo todos los días como si fuesen los titulares de las noticias del matinal, pero, en este caso, de mi vida—, me indicaba que debía hacerle caso y darles, por consiguiente, todo mi dinero a esas señoras del tarot. La parte práctica de mi cerebro opinaba que eso del Mercurio retrógrado y de cómo la astrología influía de un modo considerable en los humanos era una tontería; pero mi psicóloga, muy creyente en el asunto también, opinaba que yo era bastante visceral, y que leer el horóscopo a primera hora de la mañana me salvaría el culo de cometer varias cagadas a lo largo del día.
Pues ¡a la mierda! A la mierda Mercurio y esa manía de orbitar alrededor del sol, a la mierda el funcionamiento del sistema solar que hacía girar los planetas, pero, sobre todo, sobre todo: a la mierda el horóscopo.
Pero había que ir a lo importante, porque cuando empezaba a divagar no había quien me parase. El caso era que lo había leído en el laboratorio donde trabajaba. Sí, podía reconocerlo, lo había leído como si fuese algún tipo de libro sagrado, siendo solo el periódico local de turno que alguno de mis compañeros había dejado por ahí tirado para que científicas locas como yo investigásemos sobre cómo los astros podían influir en nuestro estado de ánimo y nuestras acciones a lo largo de la semana, o del día, o de la vida… No se notaba el sarcasmo, ¿verdad? Nunca había sido mi punto fuerte. Hablar en bajo tampoco.
«Sagitario: esta semana ten cuidado con la gente que te rodea. Puedes tener un accidente. Alguien del pasado volverá a tu vida de un modo fuera de lo común. Atención a tus reacciones, puesto que Mercurio estará retrógrado durante tres semanas».
Maldición.
Eso lo había leído esa mañana. Eso lo había leído antes de salir por la puerta del laboratorio y coger mi patinete. Eso-lo-había-leído-antes-de-que-pasara-todo. A veces el destino nos mandaba señales de neón que no veíamos ni aunque nos golpeasen con ellas, en la cara, de canto. Pues yo no las había visto, no había visto las señales, literalmente. Así que ahí estaba: en comisaría. Con un collarín en el cuello, esposada y junto a tres gallinas en una jaula que permanecía a mis pies.
Pero antes de explicar cómo había acabado ahí, porque obviamente yo no había ido por mi propio pie, tenía que contar cuál había sido el elemento que había desatado toda esa movida. Qué elemento catalizador, o, mejor dicho, qué acción había provocado que se desencadenase esa clase de reacciones que me disponía a contar. La ciencia encuentra explicación para todo.
Había salido yo del laboratorio en el que trabajaba, ubicado en el centro de Madrid y bastante importante —Mabiolab se llamaba—, donde me dejaban investigar y probar todo tipo de cosas en temas de ingeniería genética, mientras terminaba mi doctorado de Bioquímica en una de las universidades del centro de la capital. Y no, no me daba la vida para nada, pero esa era otra historia que en ese momento no interesaba contar.
Aquella mañana me habían dado una buena noticia, una de esas en las que Mercurio retrógrado no tenía suficiente influencia, una de esas que provocaban envidias entre los compañeros porque estaba relacionada con la investigación que yo llevaba a cabo en el laboratorio, una de esas noticias que te cambian la vida. Y, claro, no había nada que nos gustara más en el laboratorio que las celebraciones. Aunque en realidad lo que nos gustaba era beber, pero esa también era otra historia.
El caso fue que, tras enterarnos de la noticia, nos dedicamos a celebrarlo, así que ahí me encontré yo, en plena fiesta improvisada, yéndome a la francesa. Lo hice mientras la gente estaba en lo más alto del asunto. No sé quién dijo que daba mucha clase irse antes de que el personal se desmadrara. Yo lo hice. Lo que no sabía era que mi propio desmadre personal vendría más tarde.
Cogí mi patinete eléctrico para ir a casa; en aquel momento podía permitirme un pisito de alquiler en el centro —que, para ser una chavala de veinticinco años, no estaba nada mal, y estaba cerca del curro, que era lo importante—. Mi amiga Olivia se había sentido en la necesidad de regalármelo, el patinete, por navidades. La pobre había estado estudiando como una loca para conseguir plaza en el Museo Arqueológico Nacional, cosa que al final acababa de pasar. También sabía que centrarse en aquello había sido su terapia para superar la ruptura con su ex, Miguel, hermano de Marta, nuestra otra amiga, pero esa era otra movida —un dramote de los gordos— que también habría que dejar para otra ocasión; como el drama con mi familia, una constante continua en mi vida que entonces tampoco venía al caso.
En mi cabeza, todo lo que ocurría en la vida diaria —o casi todo— eran sucesos complicados de explicar sin utilizar alguna referencia científica, y, por ese motivo, más para explicármelo a mí y entenderlo yo que para hacerme la científica guay, las tres leyes de Newton me explicaron perfectamente los pormenores del accidente que sufrí tras irme de la fiesta, de la misma manera que un objeto no puede cambiar su movimiento a no ser que actúe sobre él una fuerza que lo modifique, según estipula la primera ley, o lo que era lo mismo: si sabías que no estabas en condiciones de conducir, no haber cogido el patinete, joder, porque estaba claro que el sorbito aquel de champán que me había tomado en la fiesta desde luego no había ayudado a que el movimiento de mi cuerpo fuese coordinado.
Y, en serio, vaya mareo del copón que me había dado para haberme mojado solo los labios…
Además de eso, los objetos que son más pesados necesitan una fuerza mayor para ser movidos, y, por lo tanto, no es lo mismo que un patinete —que no pesaba nada— se moviera un poco hacia la izquierda en un carril de circulación a que lo hiciera un turismo de grandes dimensiones —hacia la derecha para esquivarme a mí—, tal y como decía la segunda ley.
Y, por último, lo que más me molaba del asunto era que por cada acción hay una reacción igual y opuesta, según la tercera ley, lo que, traducido al idioma común, supone que el volantazo que pegó el turismo de grandes dimensiones para esquivarme cuando invadí su carril supuso que el coche también se echara hacia la misma dirección hasta invadir el sentido contrario y colisionar con una furgoneta que venía en dirección opuesta a nosotros y que estaba llena de jaulas con gallinas.
El destino a veces es poderoso, las fuerzas gravitacionales son majestuosas, pero no tanto como todo lo que iba a gravitar a mi alrededor a partir de ese instante. No, eso era para investigar con una subvención como la que me acababan de dar en el laboratorio para investigar sobre lo que yo quería.
Pero en ese instante, en ese maldito momento en el que esos elementos colisionaron como si el mundo acabara de estallar, estaba yo, en el medio, con el patinete en el suelo, con una de las ruedas del coche que se había estrellado contra la furgoneta cerca de uno de mis pies y el asfalto lleno de plumas de gallinas, las cuales intentaban por todos los medios escapar de aquel drama.
Lo que pasó a continuación lo tengo un poco borroso. En algún punto me había puesto a correr detrás de las gallinas para evitar que las atropellaran. También recuerdo cómo un sanitario me ponía un collarín en el cuello mientras yo conseguía alcanzar a uno de los animalitos por una de sus patitas. Pero lo que más fresco tengo en la memoria es el motivo que hizo que acabase metida en medio de todo ese drama. Me refería, por supuesto, a lo de acabar detenida en comisaría. O lo que era lo mismo: agredir a la autoridad.
Antes de nada, había que dejar claro que yo no quería agredir a nadie. Jamás podría hacer tal cosa, aunque increpar al cretino que era el dueño de la furgoneta donde estaban las gallinas y llamarlo de todo —porque de lo cabreado que estaba tiraba las jaulas de los animalitos contra el suelo—, pues… debía reconocer que lo mismo a él sí que me hubiera gustado agredirlo. Pero no acabé detenida por eso. Aquel imbécil, con su barba mal cuidada y su piel grasienta, siguió haciendo aquello mientras yo le gritaba que parara. Debido al alboroto, la Policía Nacional, que era la que andaba por allí, al ver mi estado de ánimo tan exaltado, me cogió por detrás antes de que yo me subiera a la chepa de aquel señor, y con la intensidad de ese instante mis reflejos me traicionaron y acabé mordiendo el brazo de aquel policía.
Y ya estaría todo.
¿Mereció la pena? Sí, rotundamente. Si yo no hubiera hecho eso, nadie habría intervenido y aquel idiota habría seguido maltratando a aquellos animales. Todo fuera por defender a las gallinas. Para mí hacer cosas como esas siempre había sido algo habitual. No era la primera vez que me veía en una así. En la comisaría del centro de la Policía Nacional ya me conocían, bien por haber ido a intentar convencerlos de que no arrestaran a algún amigo o compañero, bien para denunciar algún tipo de abuso tan importante como ese. En mis tiempos de universidad —esto es, un par de años antes— me había convertido en una antisistema revolucionaria que luchaba activamente por los derechos de los animales y por las acciones contra el cambio climático. Y aunque debía reconocer que no me importaba dejarme caer por las comisarías de vez en cuando, nunca habían llegado a colocarme las esposas como en aquel momento.
Así que, poniendo aparte lo que Mercurio retrógrado había provocado y centrándome de nuevo en el instante en el que me encontraba, podía decir varias cosas: una, que me dolía el cuello una barbaridad; dos, que pensaba adoptar a esas gallinas, aunque mi casera me lo hubiera prohibido específicamente —o sea, no lo de tener gallinas, sino animales en general—; y tres, que lo mismo era la más importante y la estaba dejando a un lado con toda la intención para no ahondar en el tema: la posible, aunque segura, aparición de mi Némesis.
Némesis, sí, había dicho bien. No, no me había fumado nada; al menos, hacía tiempo que no lo hacía. No había científica loca que se preciara que no tuviera una Némesis. Así que ahí estaba yo, esperando a que apareciera, porque iba a aparecer. A fin de cuentas, ya no era solo que me hubieran llevado a la comisaría en la que él trabajaba, sino que, además, me habían sentado en lo que me pareció que era su despacho: mesa ordenada, rotuladores de colores en un bote de color negro, un tablón de corcho en la pared, detrás de la mesa, con dibujos de grafitis… Tenía que decir que hacía mucho tiempo que no lo veía, pero estaba segura de que aquellos elementos me seguían indicando que seguía siendo él.
Si alguien me hubiera preguntado, habría negado totalmente que el cosquilleo que sentía se debatía entre el miedo y la emoción y que me recorrió el cuerpo entero. Ese cosquilleo hacía mucho que no lo sentía. Ese cosquilleo solo lo sentía con él.
Oxitocina, serotonina y dopamina eran elementos que estaban alterando mi cerebro, mi glándula hipófisis, dándolo todo mientras yo permanecía ahí, sentada, expectante, con mi collarín al cuello y las gallinas a mis pies.
Mi Némesis. Mi Némesis y todas las veces que había estado en esa comisaría. Mi Némesis y mi pasado, porque teníamos un pasado, un poco turbio quizá, pero lo había, una historia que explicar, aunque esa explicación quizá tuviera que esperar, porque me estaba doliendo mucho el cuello y estaba segura de que estaba empezando a marearme. Y las esposas no ayudaban. Era la primera vez que me esposaban; las otras veces solo había recibido un rapapolvo, algo sin importancia, pero eso, en ese momento, me parecía historia antigua, y a mí no me gustaba la historia.
A pesar de mi miedo a toparme con mi pasado y mi incredulidad por el instante en el que me encontraba, mi conciencia estaba tranquila: había salvado a esas gallinas. A las que, por cierto, tenía que ponerles nombre, porque, si no, ¿cómo iba a dirigirme a ellas? No podía llamarlas «gallinas» y ya está. Era como si los animales nos llamaran «humanos» cuando tenemos un nombre. «Mira, te presento a mi humano», podría decir la gallina.
En ese punto de pirada de olla máxima que estaba teniendo se abrió la puerta. Y toda yo me puse en tensión. La puerta de aquel despacho se había quedado a mi espalda, por lo que no tenía claro quién era la persona que había entrado en la sala. Aunque había de reconocer que podía sentirla. Podía imaginarme quién era también. De hecho, podía notar cómo el vello se me ponía de punta, cómo la tensión en el aire se cargaba… Hasta que apareció en mi campo de visión —nunca hubiese estado preparada para eso— y por el rabillo del ojo le vi rodear la mesa que ahora se interponía entre nosotros para colocarse delante de mí. No sabía si él estaba nervioso, pero desde luego tardó más de la cuenta en pararse a colocar unos papeles que estaban perfectamente colocados. Se movía despacio, tomándose su tiempo, con toda la calma, sopesando cada gesto antes de hacerlo.
No me había dicho nada, aún no. Entonces, tras un instante que fue como si se alargara de forma imposible, me miró. Fijamente y sin tregua. Y solo entonces cogió aire y lo soltó mientras me decía:
—Otra vez tú.
No dijo nada más. Simplemente volvió a rodear la mesa, aunque esta vez se apoyó en uno de los laterales, colocando su bonito trasero en el borde, el muy zángano.
Su tono denotaba cansancio, como si realmente le diera pereza tenerme cerca, como si no quisiera tenerme ahí —otra vez—, cosa que entendía perfectamente, puesto que nuestro final no fue…, bueno, no fue muy bonito que dijéramos, pero aquel tono hizo que me irritara. Lo miré fijamente y empleé mi mejor mirada asesina, esa que solo le había dedicado en los momentos más importantes, esa que él conocía tan bien. No iba a mostrar debilidad ante él y mucho menos iba a permitir que notara que me importaba su opinión sobre aquello.
Se cruzó de brazos, mostrando una tonificación poderosa que tuve que hacer un gran esfuerzo para no mirar. Estaba claro que Mercurio retrógrado no le impedía acudir al gimnasio. A mí sí. A mí estaba claro que me impedía hacer muchas cosas, como, por ejemplo, coordinar pensamientos cuando lo miraba.
Podía reconocer avergonzada que le había dado un gran repaso. La parte empírica de mi cerebro me decía que solo era verificar que todo estuviera bien, que seguía siendo él. No llevaba uniforme como la última vez que lo vi, sino unos vaqueros oscuros, una camiseta que marcaba esos potentes antebrazos y la placa colgada descansando sobre su pecho. Su pelo iba más corto por los lados, y el pequeño aro que lucía en la oreja y que tantas veces yo había mordisqueado seguía allí. Su piel bronceada seguía igual de bonita. Y sus ojos del color del caramelo seguían mirándome fijamente.
Sí, estaba claro que mi Némesis seguía siendo él. Seguía siendo Dani.
Otra vez tú
Dani
—¿Qué haces aquí? —pregunté de mala gana.
—Hola a ti también, simpático —me soltó con su voz cantarina, como si no pasara nada, como si no tuviera importancia el hecho de estar ahí sentada, como si no llevásemos dos años sin vernos.
Me puse los dedos en el puente de la nariz, cansado, y me paré un segundo a pensar antes de responderle algo de lo que me pudiera arrepentir.
—No tengo tiempo para esto ¿Qué es lo que has hecho esta vez?
Intenté rebajar la bordería de mi tono. Verla con un collarín en el cuello y ojitos para dar lástima era algo que hacía que lo que había sentido por ella se me removiera por dentro. Sin embargo, había sido un día jodido y tenía que hacer acopio de mi esfuerzo al completo para ser amable. Pero ella se empeñaba en mirarme fijamente, con aquella mirada suya, tan verde e intensa, esa que hacía que me replantease todo de nuevo, esa que pensaba que había olvidado.
—¿Es que nadie te lo ha dicho? —me preguntó.
Seguía apoyado en la mesa, atónito, tratando de comprender qué narices estaba haciendo en mi despacho con una jaula con tres gallinas a sus pies y esposada, pero no era capaz de descifrar el enigma, con ella nunca había funcionado. Antes me gustaba ese juego: mirar el verde intenso de sus ojos era mi pasatiempo favorito, pero las cosas cambiaban, habían cambiado, aunque definitivamente otras no: me seguía costando mirarla tan de cerca.
—La verdad es que no —respondí al fin—. Sorpréndeme.
Realmente no tenía ni idea de por qué la habían llevado allí, a mi despacho, aunque me lo podía imaginar. En aquella comisaría eran unos cotillas, y les gustaba demasiado el salseo. Mis compañeros sabían quién era Noe y sabían lo que había pasado entre nosotros, de modo que no me hubiese sorprendido nada en absoluto que estuvieran fuera poniendo el oído, escuchándolo todo. Pero aun así me fastidiaba el que la hubieran traído. Estaba liado, en medio de un caso por un delito informático, cuando me habían llamado, y había sido tan idiota de salir corriendo. ¡Corriendo! No me extrañaba que luego se rieran. Como si no hubiera sitios en comisaría, como si esperaran que cada vez que Noe entrara por la puerta me tuviera que hacer cargo de ella, como si aún estuviéramos juntos…
Habría mentido si hubiera dicho que no había perdido el culo para acudir y que no me había dado cabezazos mentales por permitir que eso siguiera sucediendo después de tanto tiempo. Pero en ese momento que la tenía tan cerca…
Estaba como siempre, como mi memoria la recordaba, como si el tiempo que llevábamos sin vernos no hubiese pasado; aunque si me fijaba bien… Quizá fueran cambios sutiles, pero para un ojo experto como el mío, que la conocía en todas sus facetas, no lo eran. Sí, algunos eran obvios, como su pelo en rastas finas —algo que siempre había querido hacerse— o su oreja llena de pendientes; pero su mirada, aunque afilada como siempre, parecía un poco más madura, más adulta. Ocultaba vivencias que me moría por descubrir. Tan igual y tan distinta.
—Me quiero ir a mi casa —me dijo de pronto—. Dile a tu compañero que lo siento. —Seguía mirándome fijamente, y por un instante casi me apiadé de ella, pero entonces volvió a convertirse en la lianta de siempre con lo que dijo a continuación—: ¡Vale! Está bien. Siento haberle mordido el brazo, ¿contento? Pero es que estaban tratando mal a las gallinas, Dani, tienes que entenderlo…
—Espera, espera —la interrumpí de pronto—. ¿Has mordido a un policía?
—¡Ha sido en defensa propia! —gritó.
La miré atónito porque no sabía qué responderle, así que le dije lo primero que se me ocurrió:
—¿En qué estabas pensando?
—En defenderme. No me vengas con chorradas paternalistas.
—¡No me pongo paternalista! En menudo lío te has metido. Esa falta que has cometido contra la autoridad está sancionada en el Código Penal. ¿Cómo se te ocurre?
—¡Estaban maltratando a unas gallinas! ¿Cómo eres tan insensible? —Sus ojos estaban empezando a enrojecerse, y yo no era capaz de pensar en otra cosa que en que tenía razón. Que para ella aquello era lo más importante y que solo por eso siempre había merecido la pena. Ella había merecido la pena—. Perdona, olvidaba que sí lo eras —añadió al final.
Joder.
No quería alterarme, yo no era así, pero al final iba a conseguir llevarme al límite, como había hecho siempre. Así que me levanté del borde de la mesa donde estaba apoyado y me acerqué a la ventana con tal de no ver aquella mirada escrutándome, implorándome. ¿Por qué habían tenido que traerla aquí? Ya no era nada mío. En realidad, nunca lo había sido. ¿Es que cada vez que hiciera algo iba a tener que encargarme de ella? Un inspector de la Brigada Central de Investigación Tecnológica poco podía hacer en ese caso a no ser que hubiera hackeado algo.
—Agredir a un agente de policía es un delito —repetí. Intenté ponerme serio. Aún no me había girado para mirarla, así que me armé de valor y me di la vuelta.
—Quiero un abogado —dijo de pronto.
—Nadie va a llamar a nadie.
—¡Quiero un abogado!
La miré bien y me aguanté las ganas que tenía yo también de preguntarle de nuevo que en qué estaba pensando. Resolví, de pronto, que era mejor salir.
—Quédate ahí; ahora vuelvo.
—Tampoco es que pueda moverme mucho —me respondió de mala gana.
Antes de dirigirme a la puerta hecho una furia me di cuenta de que seguía esposada. Decidí que podía ser buena idea dejarla así: al menos de esa forma estaba seguro de que no cometería ninguna locura más. Sin embargo, por otra parte, no podía tolerar que estuviera en esas condiciones.
Me acerqué despacio a donde seguía sentada. Saqué la llave, que era igual para todas las esposas, y dejé que la viera. Pareció entender lo que iba a hacer. Así que, simplemente, me dejó que cogiera una de sus muñecas, suavemente. No pude evitar recrearme unos instantes es su piel, en los lunares de su brazo, que siempre se me antojaron pequeñas constelaciones, y en sus manos pequeñas, cuyas caricias siempre me hicieron sentir tanto.
Primero quité una esposa y luego la otra. Ella me miraba desde su asiento, desde abajo, sin decir nada, siguiendo el movimiento de mis dedos hasta que sus ojos tropezaron con los míos. Y cuando noté que aquella conexión estaba tirando demasiado de mí, otra vez, me separé como pude.
—Quédate aquí, por favor. Ahora vuelvo.
Me dirigí hacia la puerta y salí intentando no dar un portazo, pero contener mis emociones en ese momento, como contener a la persona que se había quedado en el interior del despacho, fue difícil. Mientras avanzaba por la sala, donde se encontraban las mesas de otros subordinados e incluso las de algunos inspectores que no habían tenido la suerte de tener una sala propia, mi cara no pasaba desapercibida. Y entonces recordé de nuevo que aquella gente no era capaz de meterse en sus asuntos, aunque, al menos, no habían estado al otro lado de la puerta.
En esas, Charly, uno de mis compañeros —al que más bien consideraba mi hermano porque estábamos juntos desde hacía eones y porque sabía más de mí que yo mismo—, había estado esperando al lado de la puerta del despacho, y comenzó a seguirme nada más salir de ahí.
—Tío, ¿qué ha pasado?
—Nada —respondí sin más, malhumorado.
—Vamos, las voces se oían desde el otro lado del edificio.
Tampoco me extrañaba; la comisaría era un edificio diáfano, prácticamente no había paredes y los despachos estaban separados por paneles semitransparentes. La acústica era horrible.
—Que sigue tan loca como siempre, eso pasa —respondí al fin.
—¿Qué ha hecho esta vez? —preguntó preocupado. Charly y yo siempre nos habíamos cubierto las espaldas y nos habíamos protegido el uno al otro. Los dos veníamos de barrios humildes, y al final nos habíamos apoyado en todas nuestras decisiones. Aunque en esa ocasión quizá le estuviera costando un poco más apoyarme…
—Ha mordido a un policía.
—¿A un policía? ¿A quién?
—No lo sé, eso es lo que voy a averiguar; a ver quién ha registrado su ingreso.
—Sabes que no deberías involucrarte, ¿no?
Me paré en seco y me giré para mirar a mi compañero a la cara, a los ojos.
—¿Y qué quieres que le haga? —pregunté con desesperación—. No soy capaz de mantenerme al margen. Con ella no. Además, la han traído directamente a mi despacho; tampoco es que pudiera ignorarla.
—Tío, alguna vez tienes que superar lo que os pasó.
—¿Y acaso crees que no soy consciente de todo esto? —le respondí agarrándolo de los hombros. Charly era más bajito que yo, de modo que era un poco rara la postura que teníamos, más que nada porque a continuación fue él quien me replicó e hizo lo mismo:
—Oye, tío… Tienes que espabilar, ¿entiendes? No puedes estar en la cuerda floja otra vez. No voy a permitir que vuelvas al infierno y que pases por todo lo que pasaste con esa chavala, ¿vale? Pero tienes que poner de tu parte. Tienes que solucionar lo que sea que tengas que hacer.
—No es tan sencillo.
—Nada lo es. Pero no puedes empezar nada nuevo si no superas lo anterior. No es justo para nadie.
—Escúchame —le ordené mirándolo a los ojos—. Ya no hay nada entre nosotros. Nada. Nunca lo ha habido y nunca lo habrá.
Lo solté y me separé de él en mitad del pasillo. Las miradas curiosas que nos perseguían hacía tiempo que habían cambiado su interés por otra cosa. Charly se apartó también, no sin antes decir lo que pensaba:
—Ahora solo falta que te lo creas.
Y echó a andar por el pasillo hasta perderse en algún punto.
Me apoyé contra la pared y me llevé las manos a la cabeza. Joder, Noe, pensé. Cogí aire y lo exhalé con violencia. Me incorporé y eché a andar de nuevo de camino al ascensor, jurándome que esa sería la última vez que intervenía.
Una vez en mi despacho, las miradas que un rato antes me habían perseguido lo hacían de nuevo, pero más discretamente. Me importaba poco, en realidad. Abrí la puerta y lo primero que vi fue a Noe dándoles de comer unas galletitas saladas que había sacado de no sabía dónde a las gallinas, y ahora estas andaban sueltas por el despacho.
Ella estaba relajada, y se la veía feliz. De no haber sido por su collarín, seguro que habría estado en el suelo con ellas. Sin embargo, cuando su mirada se cruzó con la mía, su semblante recuperó su rigidez y toda la armonía que sentía hacía unos instantes desapareció de pronto. Lo notaron hasta los animales.
—Ah, eres tú —musitó.
—¿De dónde has sacado las galletas?
—Las he encontrado en un cajón. Espero que no te importe; no están caducadas.
—No sabía ni que estaban ahí.
Seguía completamente descolocado. Como si estuviera dentro de un maldito sueño donde las cosas estuvieran pasando con total normalidad en una realidad donde lo imposible fuese lo normal. Me senté en mi silla y Noe cogió a una de las gallinas entre sus brazos, como si la acunara. Me recosté y me crucé de brazos mientras tenía toda su atención.
—¿Dónde está mi abogado?
—No va a haber abogado.
—Te he dicho que quería hablar con un abogado.
—No necesitas abogado porque nadie va a presentar cargos contra ti —le solté antes de que siguiera diciendo cosas de las que pudiera arrepentirse.
—No necesito que nadie me defienda. Soy muy consciente de lo que hacía y de lo que decía. Si tengo que pagar por ello, lo haré. No me importan las consecuencias.
—Ese es el problema… —mascullé.
—¿Cómo dices?
—Que ese es el problema. Que no piensas lo que haces. ¿Puedes explicarme qué es lo que se te pasó por la cabeza al morder a ese policía? ¡Está descolocado! Me ha dicho que nunca le habían mordido.
Entonces me miró bastante seria, aunque más bien parecía cabreada.
—¿Exactamente cuándo, en el momento en que el tío aquel estaba tirando las jaulas de mala manera contra la furgoneta o en el momento en el que me agarraron por detrás como si fuese un saco de patatas? Porque ahora mismo no lo tengo claro.
Estaba intentando salirse por la tangente. No se lo iba a permitir. Aunque había de reconocer —aunque fuera solo para mí— que había sido una situación jodida de narices.
—Noe, escúchame. —La miré a los ojos, y, joder…—. No puedes ir haciendo esto por ahí. Eres una mujer adulta, por favor, tienes que pensar con la cabeza. ¿Sabes que un día puedes meterte en un lío de verdad? ¿Sabes las consecuencias que puedes sufrir, acaso?
—Me dan igual —me respondió, condescendiente.
—Te lo voy a explicar de manera que lo entiendas. Si te detienen, di adiós a las gallinas y también a todos los animales que tengas secuestrados en tu casa.
Se calló lo que fuera que iba a decirme.
Sabía que tenía razón.
Pero entonces, en contra de todo pronóstico, se puso en pie, despacio, con aquel animal entre los brazos. Me miró fijamente a los ojos cuando dijo:
—Te lo voy a explicar para que lo entiendas tú: si nadie hace nada cuando pasan estas cosas, entonces hemos fracasado como personas. Y ahora, si nadie va a denunciarme, me gustaría irme a mi casa. Necesito mi patinete.
Preferí no discutir más.
—Te acompaño. Tu patinete te lo entregarán abajo.
—No. —Me hizo un gesto con la mano, frenándome—. Ya conozco el camino. Es mejor que esta conversación se quede aquí.
Ella era así. Siempre había hecho lo que había querido conmigo, porque yo se lo había permitido y porque en el fondo me había gustado. Así que solo pude ver cómo metía a las gallinas en una jaula demasiado grande para poder cargar con ella, cogía su mochila y salía por la puerta.
—Gracias… por todo —me dijo, girándose mientras atravesaba la puerta. Su mirada, verde, intensa, era sincera. Y al menos eso me hizo sentir en que aquel encuentro había sido bueno. Que, a pesar de todo lo que habíamos vivido, aquel momento no nos había atravesado por entero, no nos había consumido, no nos había borrado el nombre… ¿Verdad?
El clic del picaporte al cerrarse fue lo único que me hizo entender que aquello no había sido una alucinación.
Todo lo que dices ha sido corroborado por la ciencia
Noe
Si alguien me hubiese preguntado cómo había sido capaz de desplazarme con una jaula de gallinas y un patinete medio desmadejado bajo el brazo, la respuesta habría sido sencilla: no se podía. Así que no me quedó más remedio que pagar con un riñón y la mitad del otro un taxi que aceptara transportar gallinas en el asiento trasero. Fue difícil, pero al final lo conseguí. El señor taxista se apiadó de mí y de mis animales, creo que después de mirarme de arriba abajo y verme con el collarín y darse cuenta de que no era una loca escapada de un manicomio, y al final nos llevó a las cuatro. Llegué a mi casa un rato después, hecha una mierda, pero lo hice.
Metí la llave en la cerradura de mi pisito de Malasaña y abrí la puerta, solté la jaula, que pesaba un quintal, en la entrada de mi cuchitril y el patinete donde solía ponerlo, al lado del recibidor-armario de la entrada. Aquella mañana, cuando me había levantado, jamás hubiera pensado en que habría terminado el día de aquella forma —siendo medio rica por el tema de una subvención de la que aún no había contado nada y madre de gallinas—, y aún faltaba lo peor: buscarles un sitio a los animalitos. Camila, Clotilde y Catalina eran los nombres con los que las había bautizado, y me daba un poco igual lo que pensaran los demás: yo era su madre adoptiva y punto, aunque mi casera no estuviera por la labor de permitir su estancia en aquel dulce hogar, puesto que me había dejado bien clarito el día que me mudé que no admitía mascotas.
Cuando por fin hube instalado a las gallinitas en el pequeño cuarto que utilizaba para la plancha —por llamarlo de alguna manera, porque yo no planchaba, y la verdad era que estaba lleno de trastos—, decidí que era hora de darme una ducha. Necesitaba quitarme la mugre del día, primero porque alguien me había tirado una copa de champán en la pierna durante la celebración —que ya me era tan lejana— y luego por todo el asunto de revolcarme por el suelo con el tema del accidente y demás. Un drama, vaya.
Así que justo en el momento exacto en el que parecía que los planetas se habían alineado para que yo me metiera en la pequeña bañera de mi pequeño pisito, llamaron a la puerta. Bueno, en realidad, casi la tiraron abajo con todo el aporreo.
—¡Ya va! —grité, recolocándome la ropa que unos segundos antes había empezado a quitarme, y tapándome, bien tapado, lo que me había hecho en el lateral del costado y que siempre juré que nunca me haría. Por un instante se me cruzó por la cabeza que fuese la poli, que venían a buscarme, y que aquel pitufo que se había llevado un souvenir por agarrarme por detrás se había arrepentido y volvía a por mí para detenerme. O peor aún, mi casera, con ganas de jarana por haberme descubierto con la jaula a cuestas.
Miré por la mirilla.
Solté todo el aire de golpe al descubrir de quién se trataba.
Abrí la puerta.
—Joder, tronca, que me tiras la puerta abajo.
—¿Hola, por lo menos? —me dijo mi amiga Oli echándome a un lado y entrando en mi cuchitril-piso.
—Vale, perdona. Pero es que me pillabas en bragas para ducharme.
—Sí, sí, ya veo —respondió examinándome de arriba abajo—. ¿No tienes nada que contarme?
Me paré a pensar un segundo. Estábamos en medio del salón-cocina.
—No.
—¿De verdad? —Soltó en el suelo la bolsa que tenía en las manos, que parecía pesada, por cierto, y se cruzó de brazos.
—¿Qué traes ahí?
—Contéstame —exigió.
Cuando Olivia se ponía pesada, era la más pesada de toda la humanidad —la ciencia lo corroboraba, estaba completamente segura de ello—, así que sabía que no me quedaba otra que confesarle lo que había pasado, porque, sinceramente, si por un segundo me pensaba que mi amiga no sabía ya por lo que me estaba preguntando, Mercurio retrógrado no estaba haciendo bien su trabajo.
—¿Qué es lo que quieres saber exactamente? —pregunté cansada, sentándome de mala gana en el sofá.
—¡Todo! Qué te ha pasado. Por qué no me has llamado. Si has cenado… —Esta última frase la lanzó mirándome de reojo.
Se sentó de la misma manera dramática en que lo había hecho yo, justamente al otro lado del sofá, pero mirándome de forma fija, exasperante, como solo ella podía llegar a ser, a veces, cuando quería, como en aquella situación.
—Lo primero: ¿quién te lo ha dicho? Y lo segundo: ¿no podías esperar a que te lo contara yo? Quizá necesito mi tiempo para mentalizarme y soltarte el drama.
—¿Estás de coña? Mis informadores me han dicho que llevabas un collarín. Claramente, podías haberte mareado en algún sitio, o algo peor…
—Oli… —pronuncié su nombre, cansada—. No, cari, esas cosas solo pasan en las series. Hazme caso, estoy bien, solo hasta las narices.
—¿Acaso te ha visto alguien el cuello?
—El sanitario que me atendió me dijo que, si me mareaba o algo, que fuera a urgencias. Pero estoy bien.
—No te creo; eres buena actriz, pero esta noche me quedo contigo.
—Tronca, que no hace falta. ¡Que estoy bien!
—Que me importa una mierda, me quedo contigo y punto. —Oli gesticulaba mucho con las manos cuando se ponía nerviosa, como en ese momento—. Además, estoy esperando a que me cuentes todo lo que ha pasado.
—¿Para qué? Si seguro que ya te lo ha contado quien-no-debe-ser-nombrado…
—Dani no me ha dado detalles. Solo me ha contado un poco por encima que has estado en la comisaría.
—¿Y por qué narices tiene que llamarte Dani?
—¿Porque es mi amigo? O sea, también es el tuyo… —Suspiró—. Bueno, lo era. —Me miró fijamente—. Bueno, ¡ya no sé qué leches sois! Pero me da igual. El caso es que el chaval se preocupa. Tampoco tienes que ponerte así.
—¿Y no te ha dicho que me ha echado un rapapolvo de cuidado?
—Como te digo, no me ha dado detalles —añadió quitando importancia con la mano—. Así que ya sabes lo que tienes que hacer.
—Está bien —le dije poniendo cara de culo—. Pero no me interrumpas hasta que termine, que se me pira la pinza y me pierdo.
Ella asintió, un poco ansiosa por que empezara a relatarle todo el asunto. Le conté lo que había pasado y también lo de que había adoptado a tres gallinas, pero por un motivo concreto.
—¿Pero por qué perdiste el control del patinete?
—La verdad, no lo sé. No me bebí el vaso entero, solo me mojé los labios. Esa cosa, que estaba caliente como un infierno, olía raro. Pero la gente se lo pimpló de un trago.
—¡¿Qué me cuentas?!
—Sí, sí, si ya sé lo que me vas a decir: que cómo se me ocurre y blablablá, pero solo lo hice para brindar, y yo creo que fue eso, porque no entiendo entonces cómo me pude ir hacia un lado de la vía. Pero, bueno, ya está hecho. El caso es que nadie ha reparado en eso todavía, y me gustaría que siguiera siendo así.
—¿Y el patinete?
—Guardado en el armario, bajo llave. Está claro que si llega a considerarse una prueba del delito, nadie lo va a encontrar. Además, nadie me hizo un test de alcoholemia. Aunque insisto: solo me mojé los labios para brindar. Lo juro.
—Bueno… Te creo. Además, nadie puede inculparte ya de nada. De todas formas, ¿por qué estabais brindando?
—Si es que no me ha dado la vida para contártelo, joder. —La cogí de los hombros para que me mirara y me prestara toda su atención—. ¡Que me han dado la subvención, tronca!
Oli me miró unos segundos atónita, incrédula, sin saber muy bien lo que le estaba diciendo.
—Pero… ¡eso es una pasada! —exclamó después mientras me abrazaba muy fuerte. A mí no me gustaban los abrazos, pero a ella le dejaba dármelos. Entonces se puso en pie y me miró desde arriba, emocionada—. ¡No me extraña que te tomaras una copita! Yo estaría borracha. ¡Sácate el alcohol! —exclamó levantándose del sofá para ir directamente a la cocina —que se encontraba dentro del salón—, y abrió la nevera.
—Ostras. —Se giró y me miró—. Está vacía. No tienes ni hielo.
—Ya… —Me puse de pie también, dándome cuenta en ese momento de que mi cuello quizá estuviese un poco más dolorido de lo que yo pensaba. Me acerqué a su lado, y por un instante las dos nos quedamos mirando el interior vacío de la nevera como si por un milagro divino se fuera a llenar de repente.
Spoiler: no pasó.
—Venga, que pedimos algo para celebrarlo.
—Pero invito yo, que la subvención lo merece.
Oli cerró la puerta de la nevera y me abrazó suavemente.
—¡Qué orgullosa estoy, joder! ¿Es por esa cosa de las plantas que has desarrollado?
—Sí, por esa-cosa-de-las-plantas —respondí sin darle toda la importancia que requería. Era normal que la gente no entendiera lo que estaba investigando. A veces no lo entendía ni yo.
Básicamente se reducía a que había estado desarrollando un tipo de planta que podía adaptarse a una climatología adversa cambiando su cadena de proteínas. Más o menos. Era más complejo de explicar, pero gracias a eso el ministerio me había dado una subvención. Ni tan mal.
Entonces Oli me soltó y buscó el número de una de las pizzerías que más cerca estaban de mi casa. Yo la miraba mientras marcaba el número y veía el menú del sitio en el móvil. Quería a Oli como solo se puede querer a alguien que nunca te ha juzgado ni criticado por cómo eres, que nunca se ha enfadado contigo por gilipolleces, y como solo se puede querer a alguien que forma parte de ti, íntegramente. Pero ella lo estaba pasando mal, a mí no me engañaba. Hacía por esconderlo, con risas, bromas y salir de fiesta; pero no estaba bien. Y haber aprobado la plaza de funcionaria en el Museo Arqueológico Nacional —algo que había sido su sueño desde antes de graduarse— no le había quitado esa tristeza. Quizá fuera que el paso del tiempo y la pérdida de su gran amor le estaban pasando factura. Pero ella era así: intentaba ocultar cosas que los demás ya sabíamos. Así que yo solo podía estar a su lado y apoyarla en todo lo que se le ocurriera. Básicamente como ella hacía conmigo.
—Oye, me voy a sentar, que estoy cansada —le dije.
—Si te ibas a duchar, hazlo, que yo pido lo de siempre mientras tanto y listo.
—No te preocupes —dije sentándome en el sofá de nuevo, apretándome bien la toalla para que no se me viera lo que me había hecho en el costado y de lo que había renegado toda la vida. Sentía además el cansancio que me acompañaba durante el día de mierda que había tenido. Y sí, Mercurio retrógrado venía a mi cabeza. Todo el tiempo.
—Sé que te estás haciendo un poco la loca, pero… —me dijo mientras ojeaba la carta de la comida en el teléfono— aún no me has dicho cómo has visto a Dani.
—Lo he visto de lejos, gracias.
—Joder, Noe. No te hagas la remolona. —Soltó el papel en algún sitio y vino al sofá conmigo. A veces era como una ardillita: se movía sutilmente y muy rápido.
—No hay nada que decir. Eso-es-todo.
—¿Sabes que el muy capullo me ha dicho lo mismo? Desde luego, sois lo peor.
—No somos lo peor, es solo que no le damos importancia al habernos visto.
Aquello me dio en el corazón, en las tripas, en lo profundo de mi ser un pinchacito que oculté rápidamente y sin piedad.
—Venga, hombre, no me fastidies —se quejó echándose hacia atrás en el sofá—. Si yo viera otra vez a… —Se calló un segundo. Iba a decir el nombre de Miguel, pero no lo hizo—. Si yo lo viera, desde luego algo se me removería por dentro. Aunque fuesen las tripas. Ya sabes…
Desde luego que algo sí se me había removido, pero no iba a decir nada, ni siquiera a ella.
—¿Cuánto tiempo hacía que no lo veías?
—Casi dos años —reconocí en un susurro.
—¿Dos años? Joder. ¿He pasado dos años estudiando las oposiciones? ¡Me muero! —exclamó llevándose la mano a la frente.
—Sí, tronca, sí, dos años.
Aún recordaba la última vez que nos habíamos visto. ¡Claro que no acabó bien! Si no, hubiésemos seguido tal y como estábamos, pero… El miedo era un compañero despiadado. Y desde luego que me acompañó aquella temporada en la que parecía que las cosas por fin fluían, pero al final se había jodido todo. Y hasta entonces.
Nos habíamos quedado mirando al techo. En silencio. Al jodido techo descascarillado que mi casera eludía arreglar. Pero ahí estábamos. Pensando, quizá en segundo plano, en los que un día fueron los hombres que nos hicieron vivir, que nos hicieron sentir. Yo aún sentía algunas cosas… Y me estaba rayando por ello.
—Creo que deberíais pasar más tiempo juntos —soltó mientras seguía mirando al techo. Lo dijo con un tono serio, como si de verdad fuera algo importante.
—Estás de coña, ¿no?
—¡No! No lo estoy —respondió exasperada—. ¿Sabes lo que es una gilipollez? Una gilipollez absoluta es perder el tiempo en convencernos a nosotros mismos de que no queremos a una persona, ¿sabes? —No le dije nada, así que ella siguió—: Vosotros estáis aquí, los dos. Sé que entre vosotros aún hay algo. Lo hubo desde el día que os conocisteis. La ciencia lo corrobora, para que lo entiendas. Además, lo vi. Y ya sabes que yo a veces veo cosas; pocas, pero las veo. El caso es que me jode mucho que dos amigos no estén juntos porque no quieren.
Entonces, como sus palabras estaban removiendo cosas importantes dentro de mí, cosas bonitas y tiernas y cursis que me recordaban al verano en que lo conocí, y como yo no quería que me vinieran aquellos recuerdos a la mente porque debía mantener mis sentimientos hacia él bien guardados en mi interior, me di el lujo de ser un poco borde. Pero solo un poco, porque era Oli, así que le dije:
—¿A Dani también le das la misma chapa?
—Joder, tía.
Me miró un poco enfadada y se levantó. Por un segundo pensé en que la había cagado con ella, que realmente se había mosqueado un huevo y se iría para no volver jamás. A fin de cuentas, siempre se me había dado de puta madre echar a la gente de mi lado. Pero no. En realidad, se giró hacia la cocina y cogió el maldito teléfono con el menú de la pizzería.
—Vamos a comer algo. Me muero de hambre —indicó cogiendo el teléfono—. Y no, a Dani no le digo estas mierdas porque, aunque también sea mi amigo, me preocupas más tú.
Tenía que abandonar mi tendencia a apartar a las personas que se preocupaban por mí. Así que dejé de comportarme como una cabrona y me acerqué, malamente, a donde Oli se encontraba.
—Lo siento —le dije poniendo voz infantil y pinchándole un poquito en el costado, donde sabía que tenía cosquillas. Ella se hizo la digna un instante, pero al final rio y me miró.
—Eres una petarda. —Y me abrazó un momento más tarde, con cuidado de mi cuello.
—Tienes razón, ¿sabes? —reconocí con mi rostro casi pegado a su pelo—. Soy consciente de que el miedo lo jodió todo.
Entonces nos separamos un instante y nos miramos de cerca.
—¡Qué jodido es el amor, leches! —me dijo.
Y nos dimos la razón con la mirada mientras nuestras frentes descansaban la una en la otra.
—Bueno, venga, vamos a cenar, que me muero de hambre.
—Vale, pero ahora sí me voy a duchar. Huelo mal —reconocí.
Entonces nos separamos y Oli retomó el teléfono para pedir lo de siempre al mismo sitio de todas las veces que pedíamos comida. Así que yo me fui por el estrecho pasillo en dirección al baño al tiempo que escuchaba cacarear a las gallinas y hacer algo de ruido al otro lado de la puerta de la habitación de la plancha, y entonces caí en que Oli aún no las había visto. Sin embargo, no le di mucha importancia, puesto que esperaría a que se fuera —o a que se durmiera, si es que dormía conmigo esa noche— para ver cómo estaban. Todo ello por un motivo, por un motivo muy concreto.
Cuando me estaba quitando ya prácticamente toda la ropa dentro del baño y estaba a punto de abrir el grifo del agua, escuché a mi amiga venir por el pasillo.
—Ya he pedido la cena —me dijo desde el otro lado de la puerta.
—Vale —contesté mientras el agua fría empezaba a tornarse templada.
—Oye, ¿qué es ese ruido?
Me estaba quitando las bragas cuando mi amiga me preguntó eso. Me quedé completamente paralizada al caer en la cuenta de a qué se refería.
—¿Quién hay aquí? —preguntó, más bien al infinito que a mí.
Y yo, que estaba ya completamente como mi madre me trajo al mundo, solo tuve tiempo de echarme una toalla al cuerpo y salir del baño lo más rápidamente posible para ver a Oli abrir la puerta del cuarto de la plancha y ver lo que había dentro.
—Oli…, ¡no!
—Pero ¡qué…!
Solo me dio tiempo de ver cómo mi amiga empezaba a gritar como una loca y salía corriendo en dirección al pasillo mientras las gallinas, aburridas de estar encerradas —entendía—, salieron corriendo detrás de ella, guiadas por el estruendo.
Así que allí estaba yo, en medio del pasillo, con una toalla de lavabo que no me tapaba ni el trasero, contemplando a Oli aterrorizada por unas gallinas. Porque sí, exactamente, no le había dicho nada del tema de los animalitos porque sabía que tenía pánico a las gallinas.
Y eso fue lo que pasó.
La conjunción de las esferas
En el pasado (ocho años atrás)
Noe
A veces el destino es caprichoso. A veces solo se necesita emplear una pequeña porción de energía en una determinada dirección para provocar una fuerza que se vaya multiplicando exponencialmente y de forma infinita para que todo converja, o, mejor dicho: que la insistencia de Oli en que fuera a verla al curro supuso lo que yo llamé desde entonces «La conjunción de las esferas», o, lo que era lo mismo, la forma que tiene el destino, a veces, de joderte viva.
Oli curraba aquel verano en la piscina municipal; necesitaba pasta para la universidad y el año anterior había hecho la formación como socorrista, así que ahí estaba, dando el callo el verano entero para ayudar en casa. Después de su insistencia en que fuera a verla —tengo que añadir que mi reticencia a ir se centraba en que teníamos piscina en la urbanización y en que yo era un poco vaga para desplazarme hasta allí—, al final me convenció. Y ahí me encontraba yo, cogiendo el autobús a ver a mi amiga en un día de su curro. Que yo por Oli hacía lo que fuera, e incluso aquello.
Después de haber tenido bronca con mi madre, que en realidad no había sido bronca, sino que era su modus operandi mañanero desde que el mundo era mundo, y haber tenido un interrogatorio matutino de adónde vas, cómo vas a ir a ese sitio tú sola, no vas a salir hasta que hagas la cama —que ya estaba hecha—, pulas el suelo y traigas sangre de unicornio, al final pude salir de casa.
De modo que daba igual que fuera verano, invierno o el día de Navidad, que todo tenía que estar impoluto y todas las obligaciones hechas antes de poder salir a cualquier lado. Como había dejado mi cuarto limpio antes de irme, mi madre —siempre con su desaprobación en la mirada, porque si a mí no me hacía gracia ir a la piscina municipal, a ella, que era una mujer un tanto elitista, menos— me miró y solo torció el gesto.
Cuando llegué a la entrada del recinto Oli me estaba esperando con cara de culo.
—Tía, te dije a las once —me increpó.
—Ya, se lo comentas a mi madre, ¿vale? —El sarcasmo intentaba ser mi segundo idioma ya por aquel entonces, aunque no se me daba bien—. Ya sabes cómo se pone.
Y como lo sabía, porque Oli siempre sabía todo, se calló y no dijo nada.
—Sígueme, anda —añadió mientras me rodeaba los hombros con el brazo y me daba un beso en la mejilla—. Entiendo que Marta no viene, ¿verdad?
La miré fijamente a los ojos, frunciendo un poco el ceño. Lo entendió perfectamente y siguió caminando. Hay fuerzas que, por mucho que las empujes en una dirección, nunca lo van a hacer en la que deseas, y Marta, que llevaba rara desde fin de curso y siempre había ido a lo suyo, tenía sus propios planes. Así que entramos.
Nos dirigimos directamente a la zona donde tenían el tinglado montado los socorristas. Todo se reducía a un espacio donde había dos sillas al lado de una mesa y dos sombrillas de color rojo, juntas, que se encargaban de conformar el puesto.
—Reconozco que, cuando me hablaste de tu puesto de trabajo, me lo esperaba más espectacular —le dije a mi amiga mientras ella tomaba asiento. Entonces fue ella la que me miró con cara de pocos amigos y me dijo:
—Tía, esto no es la tele y nosotros no somos los vigilantes de la playa.
—No, si ya. Está claro que por aquí no veo a David Hasselhoff en bañador…
—¿Quién está hablando de mí? —soltó una voz a mi espalda.
—Anda, mira, el otro peliculero del barrio. Que si el uno con el fbi y la otra con los vigilantes de la playa. Está claro que tenéis mucho en común.
—Oye, que la que ha dicho lo de los vigilantes has sido tú.
Me giré en redondo para ver quién estaba tras de mí mientras mi amiga me miraba mal desde su silla de Diosa del Salvamento. Cuando lo hice, tuve que levantar la mirada, mucho. Un tío bastante grande con bañador rojo y camiseta blanca se aproximaba a nosotras levantándose las gafas y colocándoselas en la cabeza. Debía reconocer por un segundo, uno solo, que en aquel momento sus ojos me parecieron preciosos.
—Dani, esta es Noe. Noe, este es Dani. Hala, una cosa menos.
—A veces la simpatía no es lo tuyo —sentenció Dani.
—Tronca, ¿te ha sentado mal el desayuno o qué? —le pregunté, más retóricamente que para obtener una respuesta. Ciertamente, mi amiga estaba un poco borde. Y ella era todo dulzura y pastelosidad. Algo pasaba. Miré de nuevo al otro socorrista, que, por cierto, me observaba con detenimiento, como si estuviera intentando encontrar algo en mis ojos.
—¿Qué miras? —le solté, no muy amable. Me ponía nerviosa que me escrutara de esa forma.
—¿Así que tú eres la amiga rarita de Oli? —preguntó con voz melosa.
Aquel tío me estaba cayendo mal, y solo acababa de abrir la boca.
—¿A quién llamas rarita? —Me estaba sorprendiendo la capacidad que tenía para hacer que se me hinchara la vena del cuello. No hacía falta señalar que se estaba mofando de algo que siempre me había acomplejado.
—Aunque yo te veo más bien normal; en todo caso, un poco pija. Pero todo bien.
—¿Me estás juzgando sin conocerme de nada?
—Oh, vamos, Dani, no seas pesado. Como sigas por ese camino, vas a probar de qué pasta está hecha mi amiga. Y hazme caso, no te va a gustar —añadió Oli desde detrás de nosotros.
—¡Ja! —soltó.
Aquel tío rarito se rio en mi cara dando una sonora palmada que hizo que me girase hacia mi amiga para mirarla con cara de «¿Y este?». No sabía muy bien de qué palo iba, pero desde luego no iba a quedar por encima de mí.
—No sé si yo seré la amiga rarita de Oli, pero está claro que tú si eres el amigo rarito de Miguel.
—Vaya —dijo, después de dejar de reírse y mirando a Oli por encima de las gafas de sol—, así que no soy el único que salsea de la gente por ahí.
—Nosotras no salseamos —le respondí indignada. Miré a Oli y ella hizo un gesto de indiferencia con la mano. Volví a mirar al que se estaba convirtiendo en alguien muy aborrecible para mí—. Pero las amigas hablan entre ellas, y, como habrás notado, somos amigas. Así que muy observador, Sherlock; no sabía que además de socorrista fueras detective.
Entonces se cruzó de brazos marcando músculo y, lejos de amedrentarse, añadió:
—Ya, bueno… Tu amiga no sabe muchas cosas de mí, y mucho menos si en mi tiempo libre me dedico a la investigación —añadió, alzando las cejas de forma exagerada.
—Perdóneme usted, señor detective; no encuentro palabras para mostrarle todo mi arrepentimiento por ser tan atrevida.
Me iba a replicar. Pero Oli no le dejó:
—Venga ya, haya paz. —Se puso en pie—. Nos vamos a tomar un descanso.
—No me fastidies, pero si acabas de llegar… —se quejó Dani.
—No te fastidio. Me voy a tomar un descanso. Hoy no tengo muchas ganas de jarana, Dani.
—Vale, vale… —añadió él mientras se sentaba en una de aquellas sillas y se ponía las gafas en su sitio—. Pero esto no va a quedar así; si no me cuentas qué te pasa, al final lo averiguaré —insistió con voz cantarina.
Oli en ese momento miró al cielo, un tanto exasperada, y negó con la cabeza. Entonces se puso en marcha y yo no pude hacer otra cosa que seguirla. Enfiló a través de un campo de toallas que reposaban sobre el césped, esquivando con gran maestría a un grupo de niños que corrían con globos de agua en la mano. Llegamos a la zona del chiringuito y se sentó en una de las banquetas apartadas que estaban en la barra, y de pronto me pareció que el escudo que la protegía del mundo exterior se desmoronaba.
—Oye. —Me acerqué a ella—. ¿Qué pasa?
Oli miraba al suelo, hasta que, de pronto, sus ojos se encontraron con los míos.
—No sé nada de él, joder. Nada.
Sabía perfectamente de quién me estaba hablando.
—Ay, tronca…
Y la abracé. Ella me rodeó con los brazos un instante después y me apretó fuerte.
—Oli, ojalá pudiera sacarte a Miguel de la cabeza.
—Mejor sácamelo del corazón —se lamentaba mientras se separaba de mí.
—Entiendo que las cosas no pueden forzarse.
—No es eso, Noe. Es que… yo le dije que no podía ser.
—¿Cómo? —pregunté descolocada—. Pero yo pensaba que todo eso había pasado de forma diferente. De hecho, eso no fue lo que me contaste.
—Ya lo sé, tía. La cagué mazo. Yo fui la que le dijo que no podía ser. —Me tomé unos instantes para asimilar la mierda que me acababa de contar mi amiga—. Lo fastidié, como una imbécil. Y él ha seguido mi petición al pie de la letra manteniéndose lejos de mí todo el verano.
—Pero ¿por qué?
—Tía, por Marta. ¿O es que ya no te acuerdas?
Me quedé a cuadros.
—¡No me fastidies!
—Ya sabes cómo es.
—¿Y qué me quieres decir con eso? ¿Que lo que pasó se va a quedar en nada para que Marta no se enfade? —Ella asintió—. Pues no me lo creo, tronca. No me lo creo. Punto. No puede ser. ¿Cómo vas a negarte a estar con él solo porque Marta se pudiera enfadar? Si realmente lo hace, es que es tonta. Y tú también por anteponerla a ella antes que a tus sentimientos, pero sobre todo por anteponerla al chico al que quieres.
—Ya sabes que en el fondo lo hace porque tiene miedo…
—Que me da igual, Oli. Que no se puede enfadar por eso. Que los sentimientos no se controlan. Que las amigas tienen que alegrarse por las cosas buenas…
—Explícaselo tú.
—Puuuffff.
Ahora la que andaba exasperada era yo.
—Oli, hay que hacer algo. Esto no puede quedar así.
—No —dijo—. No, no, no, no —negaba con la cabeza, asustada.
