Venecia otra vez - Franco Mimmi - E-Book

Venecia otra vez E-Book

Franco Mimmi

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Beschreibung

Viejo, sucio, borrachín: el gran escritor Friedrich Schwarzenhagger, silente desde hace año,s ha caído en el olvido y es la sombra de si mismo. El narrador, que fue su biógrafo y que gracias a aquella biografía se abrió camino en el mundo literario, lo encuentra un día por azar en Venecia y lo acompaña de callejón en plazuela, de canal en canal, del Puente de Rialto a la Plaza de San Marcos y, sobre todo, de bar en bar, porque también su vena se ha secado y ve en este encuentro la posibilidad de una historia que le consienta remontar la corriente.
Pero no es el único en seguir al viejo escritor. Un joven vestido de lino blanco, cegador en el sol de Venecia, le persigue: quizás un émulo que quiere comprender sus secretos literarios, o quizás el fantasma de su inspiración que, a pesar de los años y la decadencia, desearía alcanzarlo y retomarlo en nombre del gran Arte que no se concede a todos.

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Veröffentlichungsjahr: 2019

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VENECIA OTRA VEZ

No podía creer que aquel viejo fuese de verdad el profesor Friedrich Schwarzenhagger, el hombre que diez años antes, cuando tenía exactamente cincuenta y dos años un mes y un día, me había despedido amablemente desde el umbral de un chalet de los alrededores de Brema. Yo había convivido con él durante aquel último mes, desde el día de su cumpleaños, y en aquel mes Schwarzenhagger me había contado su vida, descrito sus sueños, confiado sus pesadillas. De aquel señor que llevaba tan bien los años yo lo sabía casi todo, conocía cada detalle: mi tesis de licenciatura, premiada por el modo en que había analizado su obra y ahora enriquecida de un denso capítulo biográfico, tenía ya editor con una tirada de decenas de miles de ejemplares. Mi carrera universitaria estaba asegurada.

El gran escritor alemán, aclamado heredero de Thomas Mann (pero me confesó en una velada de confidencias que sentía un afecto particular por Heinrich, que le divertía bastante más que el famoso hermano), había aceptado recibirme, por recomendación de mi editor que era en Italia también el suyo, el día de su cumpleaños para una larga entrevista y después, por simpatía o seducido por mi juvenil adoración, me había ofrecido que me quedara. No solo podría recoger sus palabras, sino sus gestos, sus costumbres, su mirada, observarle mientras rebanaba las salchichas del desayuno o, revolvía los huevos de la cena, mientras saboreaba el vino del mediodía o espumaba la cerveza de la tarde que, según me dijo, le daba en comparación con el vino una sensación más plácida y le ayudaba a dormir. Después de treinta y un días, con un gesto no solo amable, cordial, diría incluso que afectuoso, Schwarzenhagger me había deseado el mayor éxito para nuestro libro, para mi carrera. Cuando me alejaba me había vuelto al menos dos veces para continuar apreciando con la vista a aquel hombre erguido, de cabeza pequeña en la que el oscuro bigotito le daba un aire irónico, de manos cuidadas que, bronceadas como las de un meridional, sobresalían de los puños de las camisa blanca que la querida Lotte, modelo de ama de casa, le acababa de planchar justo antes de que él se levantara para que se la pusiera así suelta, perfecta sin los pliegues de estar doblada en el cajón.

Ese era el Schwarzenhagger que yo había conocido: el profesor Schwarzenhagger, el gran escritor Schwarzenhagger cuya biografía conseguiría hacer olvidar mi modesto trabajo universitario de crítica y, casi por cuenta propia, habría garantizado el éxito a mi libro y a mi carrera, dinero para mí, para el editor y el propio escritor, por la promoción de gran parte de su obra y las consiguientes reediciones. Recuerdo un libro suyo publicado en Italia veintidós años antes, una novela-ensayo juvenil y ahora casi olvidado (bien que considerado a su publicación como un pequeño clásico) “El indecible peso del parecer” (1953, Die unaussprechliche Last des Scheinens), atrajo a una infinidad de lectores, indujo a críticos ilustres a compararlo con “Las afinidades electivas” y llevó al chalet de los alrededores de Brema numerosos sobres conteniendo importantes talones.

Pocos meses después, el editor aprovechaba la ocasión para encargarme la traducción de la última obra de Schwarzenhagger, tan celebrada en Alemania como las anteriores, y yo había aceptado de buen grado seguro de recibir así junto a mi maestro e ídolo un nuevo éxito, como fue el caso, y que trajo consigo satisfacción y remuneración como en el caso anterior. Pero un año después, con el siguiente libro del profesor –una obrita frágil pero seductora, que versaba precisamente sobre la seducción—el tándem se rompió. Entretanto, la correspondencia entre Schwarzenhagger y yo se había hecho menos frecuente y me había parecido notar, en sus últimas cartas, una frialdad que decidí atribuir a la envidia, que esperaba fuera inconsciente y quizás precozmente senil. También mi relación con el editor, que pretendía discutir el precio de mi traducción, se había hecho difícil. Además, me faltaba el tiempo pues estaba inmerso en una gira de conferencias sobre Schwarzenhagger en diversas universidades americanas. Y, además, yo mismo había casi terminado y estaba a punto de enviar a la imprenta mi primera novela.