Vida con estrella - Jiri Weil - E-Book

Vida con estrella E-Book

Jiri Weil

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Beschreibung

Cosida en la chaqueta, justo sobre el corazón, tal y como dictan las normas en una Praga ocupada por los nazis, una estrella convierte a Josef Roubícek en un forastero en su propia ciudad. Él, en tiempos un tipo tan normal e inofensivo que resultaba casi anodino, se ve obligado a esconderse en una buhardilla de las afueras con la única compañía de un gato, a trabajar como sepulturero en el cementerio y a mantenerse alejado de las calles. Su vida se centrará a partir de entonces en la supervivencia y en las cosas sorprendentemente pequeñas —una cebolla, un libro, un amor perdido— a las que se aferra para perseverar. "Vida con estrella" es una conmovedora e inquietante fábula que nos muestra que sobrevivir contra toda probabilidad es el mayor acto de resistencia que se puede concebir.

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vida con estrella

i

—Růžena —dije—, la gente a estas horas está sentada frente a la mesa puesta. Sobre la mesa hay jarrones con flores, los platos tintinean y los cuencos de sopa humean. Comienzan a comer: cortan la carne con sus cuchillos y la pinchan con sus tenedores, se limpian los labios con las servilletas y beben cerveza. Luego, a estas horas, sestean, beatíficos, en todas partes, en los restaurantes y en sus ho­gares.

Růžena no podía contestarme: no estaba en la habitación, no estaba en absoluto conmigo. No sabía qué había sido de ella. Hacía ya tiempo que no la veía. Tal vez no estuviera siquiera sobre la faz de la Tierra, tal vez ni siquiera hubiera existido nunca.

Pero yo hablaba con ella. Tenía que hablar con alguien. Me estaba preparando la comida en una estufilla cilíndrica. Hacía frío, pues la estufa no llegaba a caldear la buhardilla. Las puertas y ventanas no encajaban; en vano había tratado de sellarlas con calcetines viejos. Dos veces había deshollinado ya el conducto. Estaba cansado, lleno de mugre y desesperado. Tenía hambre y era la hora de comer.

—Růžena —dije—, ahora la gente bebe café solo. Bueno, quizá no sea café del bueno, pero al menos están sentados al calor de la lumbre después de un buen almuerzo, y yo me estoy congelando, Růžena, y me muero de hambre.

La buhardilla estaba repleta de hollín, puede que de la estufilla, o puede que de los cigarrillos que fumaba. Me los liaba con sucedáneos de hierbas. Se trataba sobre todo de hojas de frambueso y fresal, pues no podía fumar lúpulo porque me daba sueño y dolor de cabeza.

—Růžena, ahora la gente se enciende un cigarro, exhala nubes de humo y escucha la radio. Ya ha pasado un buen rato desde la comida y están deseando que llegue la merienda. Pronto mojarán panecillos en el café con leche. ¿Cuánto hace que no como un panecillo?

Tenía que hablar con alguien. Estaba solo, completamente solo en aquel desván gélido, hediondo y ahumado. Tenía que reavivar otra vez el fuego. Soplé las ascuas, temeroso de que la lumbre se apagara de nuevo. Me quedaban pocas cerillas y me encontraba en una casucha de las afueras vestido con unos pantalones de deporte mugrientos. Junto a la estufilla se extendía el colchón; en la pared, en una hornacina, estaban colgados mi abrigo y mi único traje.

Había quemado la cama y el armario. Había quemado todo lo que se podía quemar, porque no tenía carbón y porque no les quería dejar nada. No se quedarían con nada mío, ni siquiera con los calcetines viejos con los que sellaba las ventanas y las puertas ni con las cortinas con las que me había fabricado un paño para el suelo ni con los muebles que ya se había tragado la estufa. Aún no sabía qué hacer con el colchón: en algún sitio tenía que dormir y pasaría frío si me echaba directamente sobre el suelo. Tampoco sabía qué hacer con el palanganero, porque, como era de madera maciza, no me alcanzaban las fuerzas para cortarlo. También tenía una plancha de mármol, que había tirado al jardín con la esperanza de que se rompiera, pero no se había roto y estaba aplastando la hierba. Me había propuesto quemar el colchón tan pronto como intentaran hacerme algo. Luego tendría que apañármelas para destrozar asimismo el palanganero, y ya solo me quedaría entonces una vieja mesita de café desvencijada. Sí, no la había quemado deliberadamente, aunque habría resultado muy fácil, pues estaba hecha de unas endebles varas de bambú. La mesita de café debía quedarse. Cuando vinieran a confiscar los muebles, encontrarían solo paredes agrietadas, una buhardilla vacía, una estufa rota y, en medio, la mesita de café. La única pieza del mobiliario que no servía para nada sería la soberana del cuarto.

—Růžena —continué la charla—, no me estás escuchando. Se ve que a estas horas andas zurciendo o cogiendo puntos de las medias. Seguramente estás pensando en una película que has visto. Es una tontería de película, Růžena: no merece la pena que pienses en ella. Es una película checa de amor y de no sé qué velo azul. Vi los carteles y enseguida me pude imaginar toda la historia. Luego también vi unas imágenes en un escaparate. Una señorita entrada en carnes actúa en un papel doble: a veces se ríe y a veces llora.

»Sería mejor que me aconsejaras cómo cocinar la comida en la estufilla. No hay manera de que arda la lumbre, mira. La verdad es que siempre has sido juiciosa, siempre has sabido apañártelas. “Huye, Pepík”, me decías. “Vas a tener muy mala vida: no ves que no te tienes más que a ti mismo y la gente así lo pasa mal en tiempos difíciles…”

No huí. Me asustaba atravesar la frontera. No tenía a nadie que fuera conmigo, estaba solo y nadie me podía aconsejar. Tenía miedo de que me pillaran en la frontera. No sabía cómo manejarme en un país extranjero.

Soplé el fuego y miré al techo: había allí un cerco de humedad, una mancha enorme que crecía sin parar, y a veces, durante las lluvias torrenciales, se hacía gotera. Estaba en el punto donde el tejado se había deteriorado. Conocía bien el lugar, pues yo mismo había roto las tejas en verano con un hacha. Estaba a solas en casa y quería que se desmoronara. Quería verla en ruinas antes de que se me torcieran las cosas. Pero en otoño, cuando empezó a gotear de mala manera, el asunto se puso feo, lo mismo que en invierno, cuando se amontonaba la nieve en el tejado.

Bueno, no había manera de que hirviera el agua. Había metido dentro huesos, huesos grandes, buenos. Tuve que partirlos con el hacha para que cupieran en la olla, y también logré rascarles bastante carne, con la que pretendía preparar un guiso. Hacía mucho tiempo que no comía carne y tenía unas ganas locas de probarla. Me imaginaba hincándole el diente a un trozo de cerdo: su corteza crujiente que se me desharía en la boca. O le pegaría un mordisco a la ternera: sería un gran pedazo y todo mío. Pero no tenía tarjeta de racionamiento para carne ni dinero para comprarla de estraperlo. Tampoco sabía quién podría vendérmela. Salía a comprar sangre, pues eso sí me estaba permitido. Con ella cocinaba sopa. Era al menos algo parecido a la carne.

Al mediodía llegué a la carnicería. La sangre ya se había vendido, porque no veía por ningún lado en el tajo la olla esmaltada azul. Sin embargo, me quedé; tal vez le quedara un poco por ahí. Agarré la lechera y esperé.

—Señor Halaburda —dije—, ¿no le habrá quedado algo de sangre?

—La vendí toda esta mañana —respondió el carnicero. Estaba cortando una carne con muy buena pinta. La miré con ansia: una hermosa carne roja. ¿Cómo sabría, vuelta y vuelta? Sí, eso sí que sería un bistec. «Antaño también yo comía de esos», me decía. «Señor, la de bistecs que habré comido…»

Allí estaba, papando moscas en la tienda, mirando cómo el carnicero cortaba tajadas y repartía porciones. No sabía qué iba a cocinar mañana. Había confiado en conseguir sangre. Si hasta tenía ya lista la cebada perlada. No iba a comerme la cebada a palo seco… Y, sin embargo, ¡cuántas veces la había comido! Pero ahora no podría tragar ni un grano, después de haber estado esperando la sangre con tantas ganas.

—Señor Halaburda —dije con voz ronca—, ya sabe que no me está permitido ir de compras por la mañana, pero me gustaría tanto comprar sangre…

—¿Sabe qué? Le venderé huesos. Puede hacerse una sopa con ellos.

Los huesos me alegraron el día. Me dije que me prepararía una comida de gala. Eran huesos grandes, hermosos, de los que pendían trozos de carne.

Me fui a casa, guardé los huesos y me puse a cortar leña: debía preparar algunas astillas. Me había estado guardando un tablón largo y seco de la cama; me había durado mucho. Lo golpeé unas cuantas veces con el hacha. Entretanto, se me helaban las manos pues los dedos asomaban de los viejos guantes de lana. No obstante, siempre me agenciaba algunas astillas.

Después me senté pegado a la estufa. Levanté la olla del agua, pero ya no me quedaba ni gota: la había gastado al lavarme las manos renegridas y no me quedó más remedio que ir al surtidor. Rompí el conducto del agua en verano, poco después del destrozo del tejado. Aquella vez me dije que a la gente quizá no le importara vivir en una casa derruida, pero que no querrían vivir sin cañerías. Seguro que no. El agua caía al suelo. Sin duda se derramó mucha agua, pero aquella no era mi casa y no era yo quien pagaba la factura.

Cogí un cántaro y me acerqué al surtidor, en la esquina de la calle. Estaba cubierto de hielo, así que los pies me resbalaban, las manos me ardían al agarrar la palanca, el agua salía despacio y a regañadientes… Pero ¡ajá!: a pesar de todo logré llenar el cántaro. Lo arrastré, el agua gélida me salpicaba las manos. Debía calentarla en la estufa.

—Růžena, son las dos y media y aún no tengo la comida. Tenía tantas ganas… Por la mañana bebí aguachirle con pan; después me partí una rebanada de queso acartonado. Me levanté tarde, ya sabes que debo levantarme tarde porque hace frío en el cuarto. En el aserradero me prometieron que me guardarían algo de leña, pero cómo traga madera la estufa, y no hay manera de que arda el carbón.

Recordé que aún me quedaba el armazón del somier de alambre de la cama. Bajé corriendo al sótano. Si por un casual el fuego se apagaba, debía tener leña a mano. Claro está, el hacha acumuló unas cuantas mellas al deslizarse por los alambres. Pero, cuando regresé, la lumbre aún no se había extinguido. Añadí algo de leña y solo entonces el agua comenzó a hervir tímidamente. Sentado junto a la estufilla, iba entrando en calor. Sabía que, una vez se apagara el fuego, tumbado sobre el colchón en mi saco de dormir, sujetando un libro con una sola mano, leería. Después, cuando los dedos se me entumecieran de frío, sacaría la otra mano. Leería hasta que se me cerraran los ojos y luego dormiría mucho, mucho tiempo.

Sin embargo, a veces me costaba conciliar el sueño. Daba vueltas en el saco, me asaltaba el miedo, me ahogaba, me entraban ganas de gritar de terror. Todo eso cuando temía que vinieran a buscarme.

O se me pasaba por la cabeza que me llamaban a la oficina de la comunidad1 y me mandaban a trabajos forzados. Ya había estado una vez en el alistamiento. En aquella ocasión no me habían mandado, pero esa sí que lo harían, para salvar su propio pellejo, pues tendrían que ir ellos mismos si no enviaban a alguien. Aunque pesara cincuenta y un kilogramos, daba lo mismo... Ellos estaban sentados en su oficina, bien caldeada, y les importaba un bledo lo que le ocurriera a Josef Roubíček, antiguo empleado de banca, porque siempre había habido y siempre habría Roubíčeks para dar y tomar.

No podía dormir, así que intenté leer, pero las letras se embrollaban, temblaba de frío y de miedo. Habría deseado que estuvieras conmigo, Růžena, en aquel instante. Dor­míamos juntos en la amplia cama turca cuando venías de visita, y por la mañana preparabas el café, me lo traías. ¡Qué bien olía entonces el café y cómo crujían los panecillos! Te sentabas a mi lado, lo bebíamos juntos y después encendía un cigarrillo y haraganeaba largo rato en la cama mientras tú te aseabas en el baño. Seguro que ahora ahuyentarías mi miedo.

Me comí la sopa de huesos y vacié el tuétano. Troceé en la sopa el pan duro. Y el guiso de carne me supo a gloria, a pesar de haber hecho la salsa sin grasa y a pesar de que no había ni rastro de carne. Como tenía una colilla de un cigarrillo de verdad, la mezclé con las hierbas y me lo fumé con gusto. Había entrado en calor. Me olvidé de todo. Sabía que estaba en casa. Se me hicieron agradables las paredes desnudas; me quedé prendado del cerco húmedo en el techo en aquel preciso instante, pues también él era aún mío.

—Gracias, Růžena —dije—. Te agradezco la compañía. Ha sido una buena comida y he entrado en calor. Fue buena idea que me enseñaras a cocinar en la cabaña.

Růžena no contestaba. Sentado a oscuras, no me apetecía levantarme y girar el interruptor. Entre las tinieblas resplandecían las ascuas incandescentes en el interior de la estufa. Mientras las contemplaba, me fumaba las hierbas con las que había mezclado la gruesa colilla.

ii

Aquel día había soñado con un bosque. Caminaba durante largo, largo rato con Růžena por el bosque. No conocíamos bien el camino, no teníamos mapa, pero nos daba lo mismo: andábamos y nos reíamos. En algún lugar tenía que estar la linde del bosque. Pero el sendero desapareció súbitamente, el bosque se oscureció, ya no podíamos divisar el sol. Me acometió la angustia de que no íbamos a salir jamás de allí. Tiré la mochila y me tumbé sobre el musgo. Růžena se inclinó sobre mí. Me reprochaba algo. No lograba entenderla bien: decía algo sobre unas cazuelas y una olla. Yo no recordaba ninguna olla, ni las cazuelas, y le dije que su amiga Máňa la estaba traicionando, que iba contando chismes sobre ella.

—¡Růžena! —grité—, tú no me quieres.

De repente allí estaba la olla de la que hablaba Růžena. Era de cobre, todo resplandeciente. En tiempos había visto una semejante en casa de mi abuela, cuando era pequeño. Quise arrancarla de la pared. La marmita era gigantesca; se irguió sobre las patas y caminó derecha hacia mí. Růžena se esfumó y yo me quedé en el bosque a solas con la olla. Las piernas se me habían petrificado, la olla avanzaba. Ahora se había transformado en un gran tambor. Alguien lo golpeaba con vehemencia y bramaba, puede que fuera el mismo tambor el que gritaba. Entonces, como si tal cosa, se desvaneció, y yo comencé a despabilarme. Oí, esta vez consciente, que alguien voceaba mi nombre al otro lado de la puerta: «¡Rou-bíček, Rou-bíček!». No logré salir de inmediato del saco de dormir, por lo que la voz siguió vociferando. «Debe de ser alguien que tiene derecho a vociferar así.» Me escabullí del saco y, al fin, me levanté de un brinco para abrir la puerta. Llevaba un pantalón de deporte, de modo que no hacía falta que me vistiera.

—Así que es usted Roubíček —dijo el hombre que se encontraba en el umbral—. Ya puede uno desgañitarse… ¡No tiene ni timbre! ¿Estaba usted dormido o qué? Aquí tiene una citación de la comunidad.

—Por favor, caballero, ¿no sabrá usted qué quieren de mí?

—Yo reparto el correo.

No estaba vestido más que con los pantalones de deporte y tenía frío. Bajé corriendo por las escaleras, mirando la citación por el camino. Me habían citado a las nueve. Ya no iba a poder calentar agua para el café, ni iba a poder entrar un poco en calor frente a la estufa. Tendría que lavarme con agua gélida y salir yerto a la helada. No me apetecía quitarme los pantalones porque estaban calientes, pero debía asearme. El agua resquemaba. Corté una rebanada de pan y de aquel queso acartonado.

—Si tuviera un termo —me dije—, podría haber calen-tado ayer el agua y hoy podría confortarme el estómago con algo. Así sería más agradable viajar a Praga en tranvía.

Iba temblando de frío en el vagón de remolque del tranvía. Caminé de un extremo a otro hasta que se vació el vagón, y entonces comencé a patalear. Como llevaba los calcetines agujereados y unos ligeros mocasines de verano amarillos, se me habían entumecido los pies. Tenía tanto frío que me lloraban los ojos. Deseé poder al menos fumarme un cigarrillo, pero no me quedaban. No podía liarme uno de sucedáneo. Tampoco podía entrar a calentarme a un bufé del centro, porque en todas partes había carteles de «prohibida la entrada».

Me apresuré por las calles, deleitándome en la idea de que las oficinas estarían caldeadas. Recorrí los pasillos en busca de la persona que me había citado. Se trataba de un edificio de cuatro plantas, lleno de gente que iba de acá para allá, arriba y abajo, por las escaleras, que se apiñaban en los corredores y que esperaban ante las puertas. Montaban bullicio y correteaban de un lado a otro. Ninguno de ellos fue capaz de indicarme la puerta en la que me habían dado cita; todos andaban haciendo diligencias, malencarados y hoscos. Parecía que me miraran con hostilidad porque había llegado una persona más a pedir y querer algo que, en consecuencia, los demás no recibirían. Subí a la cuarta planta, tras un grupo de gente que corría a algún sitio. Pensé: «Esta gente sin duda se dirige a la misma oficina que yo». Pero se detuvieron frente a una ventanilla y vi cómo, allí, recogían unas tazas de té y lo removían con una cucharilla atada a un cordón. Me puse a la cola y esperé a que me tocara la vez.

—Deme un té —le dije a la oronda señora que lo vertía de una gran olla. Junto a ella estaba un hombre que me recorrió de arriba abajo con mirada penetrante.

—¿Sección? —chistó.

No supe qué contestar. No tenía ni idea de qué era eso de la sección. Solamente quería sucedáneo de té, caliente, sin azúcar, para quitarme el mal sabor de boca.

—¿No entiende? ¿En qué departamento está empleado?

—No estoy empleado aquí. Quería un poco de té.

—Eso es lo que trato de decirle: esto es un bufé solo para em­pleados.

Las personas que estaban detrás de mí me empujaban impacientes para que me marchara. Me quedé allí de pie, sin saber qué hacer, contemplando la gran olla de té, que humeaba que daba gusto, y tragándome la espesa saliva.

—Muévase de una vez —me increparon.

Me aparté y observé a los que me habían gritado: tenían buen aspecto, rezumaban celo funcionarial, se arremolinaban junto a la ventanilla como si cumplieran una importante tarea.

«Sí, son funcionarios. Alguien me dirá dónde está la puerta correcta.»

Elegí a uno que sorbía el té con parsimonia y que parecía lo suficientemente veterano, y le mostré la citación.

—Debe ir usted al segundo piso. Allí está el registro. ¡Pero si está escrito en la primera planta! ¿Es que no sabe leer?

Me planté frente a la puerta del segundo piso. Había allí una verdadera multitud de gente. Pensé en la palabra «registro». No me gustaban nada los extranjerismos, siempre resultaban hostiles. Había rellenado ya multitud de formularios y respondido a enormes pilas de preguntas. Siempre sonreía sin saber bien qué responder a «¿de qué vive usted?». ¿Y si yo mismo no sabía de qué vivía? Una vez escribí «del subsidio», aunque no era cierto porque en realidad no recibía subsidio de nadie, así que en el último cuestionario me limité a responder: «Así».

Las personas situadas tras de mí en la cola andaban taciturnas, hablando entre sí en voz baja. Pregunté al de al lado cuánto había que esperar aún.

—Este proceso dura una eternidad. Y después todavía debe ir a Střešovice.2

Střešovice era la palabra que más temía. Se trataba de la oficina en la que uno quedaba a merced de la inquina. Era una oficina por la que se caminaba de puntillas. Muchos de los que habían entrado allí no regresaron, y los que habían regresado yacían…

Tenía hambre, pero me había olvidado de ella; tan solo persistía aquel amargor en la boca. Esperé en silencio.

—Růžena —me dije—, te he esperado así tantas veces… Te he esperado así, en silencio. A pesar de que no sabía si acudirías, te esperaba. Sabía que vendrías de buen grado si podías, porque me amas. No veía nada de lo que sucedía a mi alrededor mientras te esperaba. Si estaba completamente solo en aquella calle, o si caminaba gente a mi alrededor, o si circulaban los tranvías… Solo al llegar tú se ponía todo en movimiento, y yo divisaba los escaparates de las tiendas y a los transeúntes, escuchaba el traqueteo del tranvía y los bocinazos de los cláxones.

La fila avanzaba lentamente. Admitían a tres personas por cada tres que salían. Me esforzaba por olvidarme del sórdido pasillo y del cansancio.

La primera vez que vi a Růžena fue una Nochevieja. No tenía compañía alguna. Había quedado con František Stejskal, que se sentaba junto a mí en el banco, en salir a algún sitio. Recorrimos muchos locales, y en todos nos sentábamos un rato y bebíamos algo. No estábamos borrachos en absoluto, solo algo alegres, sin embargo no sé cómo llegamos a Pokorný. Era una mezcla de bar y sala de baile donde tocaban un jazz horrendo, pero tenía una atracción: un violinista que se echaba el violín por encima del hombro y lo tocaba de espaldas, que se tumbaba en el suelo y lanzaba el violín para cogerlo al vuelo. A la gente le encantaba.

Aquello estaba atestado. No me apetecía quedarme, pero František avistó a un conocido y nos sentamos a su mesa. Me dijo que se llamaba Jarka Pospíchal. Junto a él estaba sentada una muchacha. František me la presentó como la esposa de Jarka, Růžena. La observé. Quise decirle algo agradable. Yo estaba achispado y ella era alta y esbelta. No tenía aspecto de mujer casada para nada, sus ojos eran vivarachos.

No presté la menor atención a Jarka Pospíchal, que estaba como una cuba. Me enteré de que también era empleado de banca, pero de una pequeña caja de ahorros. Yo estaba mirando a Růžena cuando Jarka, como si nosotros no existiéramos, se puso a parlotear. Y no le hice ni caso, pues yo solo tenía ojos para la señora Růžena.

—Bailemos —dijo como si nos conociéramos de toda la vida. Nos embutimos en medio de aquel gentío. Debido a la cantidad de asistentes, tuvimos que arrimarnos mucho el uno al otro. La cabeza me daba vueltas. En mitad del baile, le dije:

—La quiero, Růžena.

—¡Y yo a usted!

Por cómo lo dijo, sentí que era la verdad; no podía decir lo contrario.

—Avance —me gritó alguien desde atrás. Y solo entonces vi que ante mí había un hueco, que estaba de nuevo en aquel sórdido pasillo y que de nuevo podía sentir aquella amarga sequedad de boca. Di unos cuantos pasos y me apoyé en la pared. Vi semblantes verdosos y aviesos. Estaba otra vez solo.

Eché una mirada a mi alrededor. Imposible descansar los ojos en nada, ya que ante mí solo estaba el sórdido pasillo y, en la puerta, un cartel que, la verdad, era incapaz de leer. No quería mirar a aquella gente.

Regresamos entonces de la pista de baile algo encendidos, pero František y Jarka no se fijaron en nosotros.

—Růžena, está usted casada —dije.

—¿Acaso importa?

—Es usted de pueblo —comenté sin saber por qué.

—¿Porque tengo manos toscas?

—No, no quise decir eso —empecé a balbucir y ella se echó a reír.

—En cualquier caso, tiene razón: soy de pueblo. Jarka y yo fuimos a la misma escuela.

Dije que yo era de ciudad, pero que siempre había estado solo. Le conté mi vida entre la baraúnda de la sala y la música: cómo mi tío y mi tía me habían acogido, cómo me reprochaban cada céntimo y cómo se deshicieron de mí en cuanto pudieron, procurándome un puesto en el banco.

Růžena callaba. Yo no sabía si le interesaba lo que le estaba contando. Cuando se puso en pie, nos cogimos de la mano. Luego acabamos en una tasca de mala muerte frente a una sopa de callos y un café solo. Era ya de madrugada. La parroquia allí reunida bebía cerveza. Tuvimos que sentarnos a su lado. Había entre ellos un acordeonista. František y Jarka miraban como pasmados el suelo bajo la mesa, dando cabezadas sobre los vasos.

Růžena y yo nos sentamos juntos sin decir nada. Quise explicarle que todo aquello era un despropósito, pero se me fue el santo al cielo y preferí quedarme callado. Era una mañana gris. Cuando nos despedimos, las aceras estaban embarradas y caían goterones de los tejados. Observé a Růžena marcharse con Jarka. Me quedé de nuevo solo. Despacio, regresé a casa.

—Es su turno. —Me empujó alguien desde atrás.

Entré por la puerta y entregué la citación al funcionario.

—Roubíček, Josef —leyó este despacio—. Tome asiento.

iii

Debía responder a unas preguntas. El funcionario dictaba las respuestas a la mecanógrafa. Fue un largo interrogatorio, pues los formularios parecían no acabar nunca. De pronto, sin embargo, dejé de sentir miedo y me entraron ganas de reír ante tanto esfuerzo malgastado, despilfarrado en un don nadie como Josef Roubíček, que no le importaba un bledo a nadie. Ahora era alguien importante, hasta demasiado importante, y querían saber hasta la última minucia sobre él, lo medían y lo pesaban, sacaban a la luz su pasado.

—Listos —dijo el funcionario—. Mañana vaya a las 9:50 a Střešovice. A la hora en punto: ni un segundo más ni menos.

Ya no tenía frío, tenía hambre. Era casi mediodía. No sabía muy bien a qué venía aquel interrogatorio interminable. Pregunté:

—¿Podría decirme al menos qué significa todo esto? Vivo en las afueras, y no me entero de nada. ¿Qué me va a pasar?

—Yo tampoco lo sé y, aunque lo supiera, no me está permitido decirle nada. Órdenes de arriba. Se trata de un censo concerniente a emigración.

Así que me iban a trasladar. No tenía ninguna objeción. Encantado de mudarme a cualquier parte, aunque no sabía qué podría hacer. No sabía hacer nada más que estar sentado frente a una mesa y sumar partidas. Con gusto emigraría lejos de la estufa, quemaría el colchón y enrollaría el saco de dormir. Me iría a otro país.

No me apetecía salir del edificio a la calle. Sabía que debía hacer un largo viaje en tranvía y que, una vez en casa, tendría que volver a encender el fuego. Siempre tardaba un buen rato en entrar en calor y cocinar la comida. Tenía ante mí medio día completo y no sabía qué hacer con él. Estaba cansado y, sin embargo, convencido de que no iba a dormir, porque estaría pensando en Střešovice.

Bajé las escaleras despacio. Estaba ya cerca de la salida cuando alguien me llamó por mi nombre. Conocía a Karl Wiener. No, no era siquiera un conocido, ya que solo nos habíamos cruzado unas cuantas veces en reuniones de empleados de banca. Trabajaba en un banco de postín y andaba la mar de ufano. No me caía bien, pero entonces lo saludé amigablemente, pues así tenía excusa para entretenerme un poco en el interior del caldeado edificio.

—No puedo decir que se le vea bien… Pero ¿quién tiene buen aspecto en los tiempos que corren?

Miré a Wiener. Llevaba un abrigo raído, iba sin corbata y por debajo del abrigo le asomaban unos pantalones sin planchar. En los pies, unas botas de piel. No obstante, todo era de buen material y su cara tenía un tono sonrosado.

—¿Qué hace usted por aquí?

Se lo expliqué. Me dirigió una mirada extraña.

—Bueno, qué se le va a hacer. Igual es para bien. Aquí uno nunca sabe qué hacer. Piensas que fulanito es espabilado y luego hace una tontería. O se mete en un embrollo y resulta que ese embrollo es precisamente su única escapatoria. En cualquier caso, debo serle sincero: ninguno de esos funcionarios quiere ir a Střešovice. Mandan allí a gente como usted, sin ningún enchufe. Bueno, a mí no me van a meter allí, pero me enviaron a Lípa.

Sabía bien lo que era Lípa, un campo al que también habían querido mandarme a mí.3

—Y Ruda Fantl se ha matado.

—¿Cómo que se ha matado? —dije. Fantl, empleado de una empresa de exportaciones y amigo de Wiener, tenía mucho dinero. Él mismo me contó en tiempos que solía ir con él en coche al campo.

—Pues se mató él mismo. Perdió los nervios. Le concedieron un visado para América del Sur, ya le habían dado todos los permisos, y entonces estalló la guerra. Se tomó cianuro y punto final.

—¿Es bueno el cianuro?

—Lo mejor que hay. Actúa como un rayo.

Estábamos de pie junto a la entrada y la gente caminaba a nuestro alrededor, arriba y abajo. En la portería se amontonaba una multitud. La gente hacía preguntas al portero, que respondía a gritos desde la ventanilla.

—Ese sí que es un buen empleo, el de portero. Sentado al calor y gritando a la gente. Pero también es el primero en encajar los golpes cuando vienen. Vamos a sentarnos a algún sitio.

—No tengo dinero. —Me quedaban solamente un par de coronas que debía guardar para el tranvía y para el pan.

—No se preocupe: yo invito.

Nos sentamos en una taberna cercana al edificio. No había más que mesas de cocina sin mantel y unas sillas toscas. En la puerta se podía leer: «Permitido». Estaba llena de gente arremolinada en torno a las mesas. Miraban temerosos por encima del hombro a su alrededor y se revolvían inquietos en sus sillas. Wiener pidió sopa y patatas con salsa. La comida no era buena, pero yo estaba famélico y en la taberna se estaba caliente. Parecía que Wiener conocía a muchos de los clientes, cuchicheaba con ellos. Pesqué un fragmento de la conversación:

—En el cementerio tienen gansos.

Estaba tan agotado y tenía tanto sueño que no entendí cómo habían llegado los gansos al cementerio, pero me daba igual, porque al menos estaba sentado al calor, adormilado. Ni me había dado cuenta de que Wiener no estaba ya en su sitio.

—¡Despiértese! —me empujó—. No puede dormir aquí, ni tampoco quedarse mucho tiempo sentado. Ya he pagado, marchémonos.

Le di las gracias y me despedí de él.

—Aquí tiene dos cigarrillos para el camino.

Eran auténticos, verdaderos cigarrillos.

En casa encendí el fuego y me preparé un café. Había comprado un sucedáneo de salchicha. Parecía un salchichón. No sabía de qué estaría hecho. Los de la tienda me dijeron que de cangrejo de río, y otros, por el contrario, que de levadura y que por eso no tenían intención de comprarlo.

Esta vez no podía hablar con Růžena: era como si estuviera demasiado lejos. Me la habían espantado y ahuyentado en aquella sórdida oficina, mientras deletreaban mi nombre y me sacaban años y números inútiles. Me puse entonces a charlar con la Muerte.

Sentado entre cuatro paredes desnudas junto a la estufa rota, comía pan malo y picadillo de cangrejos de río. Habían llegado de algún lugar de China. No me quedaba ya nada. Me habían mandado a aquel lugar y ya no tenía a dónde ir. Pretendían arrebatarme incluso aquella habitación vacía con goteras. No querían siquiera permitirme que durmiera en suelo raso o que leyera más de diez veces aquellos mismos libros. Me arrastrarían a un país extraño y allí quizá me matarían. No creía que nos permitieran vivir. La gente apiñada en la puerta estaba asustada. Wiener, de hecho, sintió lástima por mí. Por lástima me invitó a comer, por compasión me dio los cigarrillos. «Querida mía, ¿es difícil morir?» Se lo habría preguntado a Růžena, pero se habría reído de mí. De todos modos, no quería hablar con Růžena. ¿Con quién hablaba?

—Hablo contigo. ¿Quién eres tú? Te llamo y, sin embargo, no te veo. Y también eres mujer. Pero me gustaría, por fin, de una vez, dormir en paz. ¿Logras tú, terrible desconocida, dormir dulcemente? ¡Habla! Me he encerrado entre estas cuatro paredes y, aun así, me quieren sacar a rastras de ellas. Por eso me interrogaron y anotaron todo. Tal vez piensen que también tú gustas de partidas y cuentas. Pero ¿y si me fuera contigo sin su ayuda, sin su salvoconducto? ¿No tienes para mí un anillo de compromiso de cianuro? ¿Y si me tragara el anillo de compromiso y me quedara aquí, a las mil maravillas, echado en mi saco de dormir? ¿Y si dejara de ser Josef Roubíček? ¿Daría al traste con su contabilidad? No, no lo haría. Tirarían mi expediente. Me sacarían por nuestras estrechas escaleras. Me incinerarían o enterrarían. Pero no tengo nada: ni cianuro ni el anillo de compromiso de Růžena ni el tuyo, tú, extraña… mujer. ¿Cómo podría conseguirlos? ¿Qué fue lo que dijeron? Sí, está aquí, está aquí, en Praga…

Llevaba ya un buen rato hablando con mi comadre, pero era una compañía muy poco atenta.

—Ese país —me decía— será un país en el que brille el sol todo el día. Me pasearé por las calles de su ciudad, por hermosas tiendas repletas de productos. El dependiente frente al mostrador se dirigirá a mí: «Venga conmigo, señor Roubíček. Escoja. Aquí tenemos de todo: jamón, auténtico café en grano, trajes de paño inglés, cigarrillos Memfisky y fresas bañadas en chocolate». Yo, sin embargo, me pasearé frente a todo eso indiferente. No, no necesito ya nada. Tengo de todo en mi precioso apartamento con muebles metálicos, calefacción central y cuarto de baño. Tengo prisa por llegar a mi cita con Růžena y no puedo entretenerme. Me espera a las 9:50 en punto. Sí, como mucho compraré flores, envueltas en papel de seda, y las llevaré como ofrenda. «Ese es Roubíček», escucharé susurrar a la gente. «¿Qué Roubíček? Pues ya sabe, el director del banco, un importante financiero. ¿Es que no ha oído hablar de su gran proeza en la bolsa?» Me sentaré con Růžena en el asiento acolchado de mi automóvil, gritaré despreocupado al chófer. «¿A dónde vamos, Pepík?», me preguntará Růžena. «Al mar, a Francia. Pasaremos por París para que te compres allí todo lo que necesites.»

No había manera de que saliera aquella imagen. Fui incapaz de recrear al Roubíček adinerado y los bulevares de París. Vi Střešovice y rostros bestiales con uniforme.

Pasé mucho tiempo dando vueltas en el saco hasta que concilié el sueño.

Me desperté temprano; aún no había amanecido. Encendí la luz y comencé a preparar el desayuno. Debía viajar a Střešovice y estar allí a las 9:50 en punto, como había dicho el funcionario. «Le asigno una hora tan tardía —dijo—, porque vive usted lejos, pero más le vale estar allí a las 9:50 en punto, de lo contrario tendrá un problema.»

Me resultaba imposible tragar el café solo o el paté de cangrejo chino, aunque sabía que tendría que esperar un buen rato en Střešovice y que, sin duda, me entraría hambre. Así que encendí un cigarrillo. Era uno de los que me había dado Wiener. El día anterior había tenido la tentación de fumármelo, pero me lo reservé para la mañana, antes de ir a Střešovice. Me quedé plantado frente a un gran chalé. Era un chalé como cualquier otro y, sin embargo, era distinto. De pie en la calle, nadie decía nada, ni siquiera susurraba. Se me entumecieron las piernas de esperar tanto tiempo frente al portón. Divisé al guardia, despatarrado, junto a la puerta. Miraba como a través de nosotros, pero sabíamos que nos estaba vigilando. A la izquierda había un garaje. Había oído hablar de ese garaje: allí encerraban a los que querían pegar una paliza. Estábamos en la calle, cerca del garaje.

En aquel instante salía Růžena a comprar. Me la imaginé caminando con sus botas de fieltro y su bolsa de la compra. Sonreía a la helada, con los ojos entornados.

—¿Ves, Růžena? —dije—. Ahora aguardo hasta que me trasladen. Aguardo ante este horrible edificio sin saber lo que harán conmigo dentro. Pero no quise huir contigo al extranjero.

En aquella ocasión estábamos sentados en la terraza de un restaurante a las afueras de la ciudad. Růžena dijo:

—Hacemos las maletas, Pepík, y nos marchamos. De algún modo nos las apañaremos.

—¿Y de qué viviremos allí? Moriremos de hambre en tu extranjero. ¡Pero si yo no sé más que sumar partidas en el banco y no hablo ninguna lengua!

—No importa, Pepík. De alguna manera subsistiremos. ¿De qué tienes miedo? Pero si nos queremos…

Tuve miedo. Allí abajo, a nuestros pies, se extendía la ciudad. Había nacido allí, conocía casi cada una de sus calles, tenía allí mi cafetería, mi cine, mi estanco y mi quiosco de prensa. No me apetecía marcharme al extranjero.

—Pero, Růžena, no puede ser.

—Estoy segura, Pepík. No sé cómo quitarte el miedo. Piénsalo. Si no, lo nuestro no va a ningún lado. Jarka no se quiere divorciar y tampoco puedo abandonarlo, pues ya sabes cuál es la relación entre nuestras familias. Soy de una ciudad de provincias donde todo el mundo se conoce.

Me enfadé porque Růžena había dicho que tenía miedo. Y lo tenía, pero no quería reconocerlo.

—Pero si huimos será lo mismo.

—No, no lo entiendes. Si huyo, pues huí, como si se me hubiera tragado la tierra, mientras que si viviera contigo en Praga…

No entendía y no quería entender a Růžena. No quería marcharme al extranjero. Yo mismo no sabía qué debía hacer. Nos queríamos, pero teníamos que vernos a escondidas. Era demasiado difícil mantener todas esas evasivas, triquiñuelas y mentiras continuas. No era una vida cabal, especialmente porque nos queríamos.

—¡No hablaremos más de ello, pero un día lo lamentarás!

Me asusté, pensé que Růžena quería dejarme. Ella lo intuyó.

—No, no voy a dejarte. Pero ¿y si tuviera que hacerlo…?

Después me besó y lo olvidamos todo. Fuimos bajando a la ciudad por callejuelas sinuosas. Nos parábamos para besarnos. Dejamos de hacerlo cuando llegamos a las calles iluminadas.

Ahora, aquí, no hacíamos más que esperar. Se abrió el portón. Nos precipitamos al patio, donde nos metía prisa un empleado de la comunidad con un brazalete amarillo. Avanzamos de buena gana, porque estábamos congelados, pasando de largo el garaje, hacia la entrada trasera, pero allí tuvimos que detenernos otra vez. Entregamos las citaciones y el empleado con el brazalete amarillo fue dejando pasar a la gente según el turno de horas y minutos. Ahora estábamos aún más encogidos de frío. Nos encontrábamos ya en el edificio, el garaje a tiro de piedra. En el patio había un hombre de uniforme que nos observaba.

Empezó a nevar.

iv

Los copos de nieve me caían sobre el cuello. Reinaba el silencio, nadie pronunciaba palabra. Hacíamos cola frente a la puerta. Tras ella se encontraba el empleado del brazalete amarillo que nos permitía el paso, de tres en tres, según los horarios establecidos.

Me tocó el turno a las once. Estaba helado y embotado. El empleado con el brazalete amarillo me indicó que pasara a la oficina. Había allí sentadas más personas con brazaletes amarillos. Las mecanógrafas tecleaban raudas en las máquinas de escribir. Tuve que responder a una serie de preguntas: los formularios eran aún más largos que los que rellenaron conmigo en la oficina de la comunidad. Hablaba en voz baja y el repiqueteo de las máquinas interrumpía mis palabras. Todos murmuraban y caminaban como sobre una fina capa de hielo. No había guardias, a no ser que estuvieran escondidos en la casa. Eran invisibles; podían entrar en cualquier momento a la oficina.

Luego nos aguijonearon para que camináramos hacia una gran sala. Había allí mucha gente sentada frente a distintas mesas. Yo fui de una mesa a otra.

—Joyas —me ladró un empleado.

—No tengo —dije.

—Oro —gruñó otro.

—No tengo —dije.

—Depósitos —me espetó entre dientes el tercero.

Caminé de uno a otro. Me preguntaron por hipotecas, seguros de vida, inmuebles, cuentas bancarias, letras del tesoro, acciones, bonos. Se trataba de activos que conocía del banco, pero ahora me resultaban irreales y absurdos ante su pretensión de que yo los tuviera.

Atravesé la sala respondiendo a todo con un «no tengo». Las personas frente a las mesas no me miraban. Aunque quizá no fueran siquiera personas, sino más bien autómatas, cada uno repitiendo cientos de veces una única pregunta. Tenían ante sí formularios y en ellos tachaban o anotaban algo. No estaba seguro de estar dando la respuesta adecuada al repetir una y otra vez «no tengo», pero verdaderamente no poseía nada, aparte de un reloj, un reloj de níquel de lo más corriente. Sin embargo no preguntaron por él. Llegué junto con los demás a una puerta cerrada. Ante ella, de nuevo, otro empleado con brazalete amarillo. Tuve la impresión de que ante esa puerta la angustia era aún mayor, porque observé que incluso el empleado tenía miedo. Fuimos pasando de uno en uno. Al entrar me encontré con un hombre de uniforme sentado frente a una mesa aislada por un panel de madera. Con las piernas cruzadas, miraba fijamente la pared de enfrente. Tuve que darle el formulario que habían completado conmigo a un traductor. El traductor se lo entregó. El hombre del uniforme me miró como si no me hubiera visto antes. Me dio la sensación de que me miraba mucho y con acritud, como para grabar mi figura en su memoria. Posó el documento en la mesa y lo selló. Luego me dijo malhumorado: «Fertig».4 Salí del chalé por una puerta distinta, me apresuré junto con otros a la parada del tranvía, me senté en el vagón de remolque. Escuché otra vez el habla humana, el habla cotidiana, y me llegaron las palabras: «Hanka está estudiando para ser modista, Fricek está aprendiendo a tocar el saxofón». Eso decían las personas que habían estado conmigo en el chalé, y todos estudiaban o querían estudiar algo. Hablaban del tema con entusiasmo y emoción, como si su vida dependiera del estudio.

Me sentía entre ellos como un paria, pues yo no estudiaba ni tenía intención de estudiar nada. Hablaban de ebanistería, zapatería, jardinería, de todo tipo de oficios que desempeñaban o se disponían a desempeñar. Los envidiaba, porque en algún lugar lijarían un tablón o soldarían una olla, mientras que yo no sabía hacer nada y ni siquiera si sería capaz de aprender.

—Pepík, eres un verdadero manazas —solía decirme Rů- žena—. No sabes ni clavar un clavo.

En ocasiones me vi obligado a hacer todo tipo de cosas, cuando fue necesario: dirigir canoas, encender fuego con dos piedras… También aprendí a cocinar. Sin embargo, sabía que otros lograban hacerlo mejor que yo. No, no fue un gran trabajo en absoluto.

Las personas con las que había estado en el censo se fueron bajando después, uno tras otro, del tranvía. De todos ellos, yo era el único que quedaba en el vagón. Viajaban allí sentados otros pasajeros que charlaban de cosas diferentes, leían el periódico. No les presté atención. Era casi mediodía. Todos se apresuraban a sus casas, pero yo debía considerar, considerar con empeño, que nevaba. Deseé que parara, pues la nieve era mi enemiga.

Tenía que limpiar la acera frente a la casita en la que vivía, porque los gendarmes recorrían las calles midiendo a ojo de buen cubero hasta dónde debía llegar el espacio que se había de rastrillar. También habían aprendido a gritar.

Tenía una vieja rasqueta de madera que había que recomponer constantemente y una escoba gastada. Si nevaba todo el día y se formaban montones de nieve, iba a resultar muy difícil rastrillarlos después. Sobre todo cuando me asomaban los dedos por los guantes harapientos y me rugía el estó­mago.

¡Y qué iba a hacer con aquella hambre! En tiempos, Růžena me solía reprochar que era incapaz de hincarle el diente a una rebanada de pan como Dios manda, que era demasiado tiquismiquis, pero eso no era del todo cierto. Pensaba en la comida únicamente cuando era buena de verdad, de lo contrario ni me fijaba: leía el periódico durante la comida y en ocasiones no me percataba en absoluto de lo que estaba comiendo.

Pero ahora que había llegado el hambre había empezado a pensar en comida y a acechar las tiendas de comida. Me paraba frente a las carnicerías que antes pasaba por alto sin mucho miramiento para contemplar los pedazos de carne cruda.

Por todas partes había carteles, incluso en los restaurantes en los que servían patatas con salsa, incluso en las tiendas, incluso en las bodegas. ¡Hasta el hambre había aprendido a gritar! Caminaba con ella, midiendo la habitación con mis pasos, pero ella era más perseverante.

No obstante, después se fue calmando poco a poco, como si se hubiera acomodado en mi interior, así que a ratos me dejaba en paz. Yo estaba débil. Quizá amara la debilidad, quizá quisiera verme humillado. Pero no estaba negociando con ella. Me bastaba con que guardara las formas. Temía despertarla.

Sabía bien que pediría la palabra en cuanto empezara a rascar la nieve, pues no le gustaba que trabajara. Solo quería que estuviera tumbado tranquilamente, que no me moviera y que no la despertara de su letargo.

De repente estaba otra vez con Růžena en una nava en las montañas. Una ventisca de nieve nos azotaba el rostro. Avanzábamos con dificultad debido al ímpetu del vendaval. Růžena tenía la cara enrojecida, curtida por el viento, y los copos de nieve se le derretían en el rostro. Habíamos salido abrigados de la cabaña. Nos atamos los esquíes en el cobertizo. No había ni un alma en la nava. Hacía un tiempo de perros, pero queríamos salir. Besé a Růžena en la cara empapada. Con su traje de esquí, tenía una figura hermosa, esbelta. Se rio cuando, al besarla, le sacudí la nieve, que le fue a parar al cuello. Yo también me reí. Avanzábamos con dificultad, el viento venía de frente. Entramos al bosque jadeando. Reinaba el silencio. Descendimos y nos reímos al coger velocidad. Nos detuvimos ya abajo, junto al hotel. Nos deshicimos de los esquíes y pataleamos un buen rato para sacudirnos la nieve. Pedimos un café y comimos unas enormes rebanadas bien untadas de mantequilla.

—Pepík —dijo Růžena—, ¿no crees que sería bonito si estuviéramos siempre juntos como estamos ahora, con los rostros al sol, trepando por la ladera y descendiendo al valle? Para trampear este par de días le he tenido que contar a Jarka que me iba a la montaña con Máňa. ¿Y si Máňa regresara antes y Jarka se la encontrara? ¿Qué nuevo embuste tendría que inventarme? A veces pienso que Jarka no se traga ni una sola de todas las mentiras que le cuento sobre modistas, amigas y viajes para visitar a familiares. Está todo de lo más manido; lo puedes encontrar en cualquier novela. A lo mejor Jarka tan solo finge que se lo cree, se obliga a creerlo; si no, tendría que decidirse a hacer algo, y parece que no está por la labor.

—Růžena —respondí—, ¿qué más da eso con tanta nieve a nuestro alrededor?