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Sacerdote católico, poeta y escultor comprometido políticamente con los conflictos sociales de su país, Nicaragua, Ernesto Cardenal experimentó en 1956 una conversión espiritual que cambió su vida para siempre. Tras entrar en contacto con Thomas Merton y escribir uno de sus poemarios fundamentales, fundó la comunidad contemplativa de Solentiname, ubicada en el archipiélago del mismo nombre e inspirada en el proyecto evangelizador que le propone Merton durante su estancia en la Trapa. Esta obra, Vida en el amor, es considerada la cima de su obra mística. El mensaje que contiene se vuelve, tras su muerte y las circunstancias históricas que atraviesa la humanidad, especialmente necesario.
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Seitenzahl: 200
Veröffentlichungsjahr: 2021
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Índice
Portada
Portadilla
Créditos
Prólogo
Vida en el amor
Carta testamento
Epílogo
© SAN PABLO 2021 (Protasio Gómez, 11-15. 28027 Madrid) Tel. 917 425 113 - Fax 917 425 723
E-mail: [email protected] - www.sanpablo.es
© Ernesto Cardenal
© Luz Marina Acosta Guillén
© Thomas Merton (Prólogo)
© Padre Ángel García (Carta)
© Óscar de Baltodano (Epílogo)
Texto de la edición revisado por Anamá Ediciones
Distribución: SAN PABLO. División Comercial
Resina, 1. 28021 Madrid
Tel. 917 987 375 - Fax 915 052 050
E-mail: [email protected]
ISBN: 978-84-2856-061-0
Depósito legal: M. 2.225-2021
Composición digital: Newcomlab S.L.L.
Todos los derechos reservados. Ninguna parte de esta obra puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio sin permiso previo y por escrito del editor, salvo excepción prevista por la ley. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la Ley de propiedad intelectual (Art. 270 y siguientes del Código Penal). Si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos – www.conlicencia.com).
E n una época de conflicto, angustia, guerra, crueldad, confusión, el lector se podrá sorprender con este libro que es un himno al amor, y que nos dice que «todos los seres se aman».
Tal vez estamos más acostumbrados a decir que debiera haber amor (con lo que se da a entender que generalmente no lo hay). Sabemos que hay una obligación de amar, que los hombres tienen el mandamiento de amarse. Pero damos por supuesto que casi nunca lo hacen. De ahí deducimos que el mundo está tan mal porque hay en él muy poco amor, y queremos culpar y castigar a los responsables de la falta de amor.
Así una teología o ética del castigo sustituye a la visión del amor. El amor se vuelve abstracto e ideal: la realidad cotidiana con la que debemos vivir no es el amor, sino la ley, la fuerza, el castigo. Hablamos del amor, pero vivimos con el odio: y odiamos en nombre del amor. El odio es nuestra protesta contra la «imposibilidad» del amor. En estas circunstancias se hace necesario decir, una vez más, que el amor no es imposible. El amor no es irreal. Al contrario, el amor es la única realidad. Todo lo que es, es por el amor, y si el amor no es evidente en todas las cosas, es solo porque nosotros no hemos querido ver el amor en todas las cosas. Radicalmente, el amor es la única posibilidad. Todo lo que no es amor es fundamentalmente imposible.
La finalidad de este libro es sencillamente la de abrirnos los ojos a lo que debiera ser obvio, pero que es increíble: «todos los seres se aman». «La vida es solo amor». Por lo tanto este libro no dice que los hombres debieran amar, ni lamenta el que los hombres no amen. No dice detalladamente cómo debieran ser castigados por no amar. Simplemente dice que todas las cosas se aman, y agrega que los hombres aman de hecho, lo sepan o no. Afirma que no pueden dejar de amar. Aun el ateo ama a Dios a su pesar. Si los hombres tienen conflictos entre ellos y con Dios, no es porque no amen, sino porque no entienden ni aceptan el hecho de que tienen que amar.
El psicoanálisis nos ha enseñado que muchos odios desconocidos y temores y aun enfermedades físicas con frecuencia no son sino amor que rehúsa reconocerse como tal, amor que se ha vuelto enfermo porque no reconoce su verdadera naturaleza y ha perdido de vista su objeto. Los conflictos en el mundo no se deben a la ausencia del amor, sino al amor que no se reconoce a sí mismo, que es infiel a su propia realidad. La crueldad es el amor sin dirección. El odio es el amor frustrado.
La sencillez lúcida y «franciscana» del padre Cardenal nos muestra el mundo no como lo vemos con nuestro miedo y nuestra desconfianza, sino como realmente es. Porque el amor no es un sueño: el amor es la ley básica de las criaturas que fueron creadas libres para darse, libres para participar de la infinita abundancia de vida con que nos colma Dios. El amor es el corazón y el verdadero centro del dinamismo creador que llamamos vida. El amor es la vida misma en su estado de madurez y de perfección.
Los santos fueron capaces de ver a través de las máscaras que usa la humanidad, y vieron que no había realidad en las máscaras. Vieron solo un rostro en los numerosos rostros de los hombres: el rostro del amor (es decir, el Rostro de Cristo). Esto es lo que Ernesto Cardenal ha visto y escrito. Todo el libro es un repetido descubrimiento, una intuición poética siempre nueva, de esta realidad central de la vida. Es un canto a la vida. Por lo tanto es eminentemente verdadero. Con profunda convicción, Cardenal dice una y otra vez lo que simplemente es. El amor es. Todo lo demás no es, porque en la medida en que las cosas participan del ser, participan del amor. Lo que no es amor, no es. Todo lo que es, tiene su ser y su acción en el amor.
Las criaturas vivas no racionales son guiadas por un amor que no conocen hacia un fin que no comprenden. Porque el animal vive en la naturaleza, sin ser consciente y sin la libertad que da el ser consciente. El animal vive inmerso en la vida, sin reflexión. Por lo tanto podríamos decir que el animal es «vivido» por la vida y por el amor, pasivamente, sin saberlo. El animal no puede escoger otra cosa que el «ser vivido» por su naturaleza.
Por eso el animal, como dijo Rilke en las Elegías de Duino, está siempre en contacto inmediato con la vida. El animal no interpone la conciencia entre él y la vida. No reflexiona sobre la vida, sino que vive, y vivir es su único conocer. El animal no se conoce a sí mismo como vivo: simplemente vive su conocimiento. El don de la conciencia es una bendición de Dios, pero puede convertirse en maldición si nosotros no queremos que sea bendición. Si la conciencia fuera la pura conciencia del amor (como lo vio Rilke), entonces nuestro amor sería tan inmediato y espontáneo como la vida misma. Como el animal es «vivido» inmediata y directamente por la vida natural, así nosotros seríamos «vividos», activados y movidos en la intimidad de nuestra conciencia por el amor sobrenatural y divino. Nuestra conciencia no sería entonces un sentimiento de frustración por nuestras limitaciones: sería la pura conciencia del amor, de Dios, de la vida como don del amor.
La persona humana no es meramente «vivida» por su naturaleza. La persona es autónoma, consciente de sí misma, capaz de retraerse de su naturaleza y (aunque incapaz de ser de otra naturaleza) tiene la capacidad de aceptar o rechazar su naturaleza. El hombre es capaz de ser humano lo quiera o no. Es capaz de ser hijo de Dios con pleno consentimiento o contra su voluntad. Es capaz de aceptarse a sí mismo o rechazarse. Es capaz de amar a los otros libremente, espontáneamente, con una abierta franqueza, o puede preferir rechazarlos y despreciarlos, y en este caso todavía los amará, pero contra su voluntad, los amará a su pesar. Los amará inconscientemente. Y así, aunque todavía ama, su amor se ha vuelto contra él. Está adulterado, contaminado, falsificado, porque no es consciente y libre. El amor con que desea, en el fondo de su corazón, abrir el corazón a los otros, se vuelve hacia él mismo y se encierra dentro de él. El amor que alimentaría a otros se devora a sí mismo. El amor que encontraría su plena realización en la entrega, encuentra su confusión y su tormento en la negación. La ironía de la negación es que frecuentemente se hace en nombre del «amor».
La creación entera le enseñaría al hombre a amar, si él aceptara estas lecciones. La vida misma es amor, y si es verdaderamente vivida enseña amor. Cuando la conciencia del hombre es adulterada por el rechazo del amor, el hombre, criatura de Dios, rehace el mundo a su imagen, y hay un mundo de crueldad, codicia, odio, temor, conflicto. Cuando el hombre acepta amar y se entrega a la vida en su pureza primitiva –como un puro don de Dios– entonces el mundo todo se ve lleno de amor.
Como escribió el místico cisterciense del siglo XII, Isaac de Stella:
«Este mundo visible sirve a su señor, el hombre, de dos maneras: alimentándolo y enseñándole. Este buen siervo que es el mundo, alimenta y enseña, con tal de que el hombre no sea un mal señor. Necio y desdichado es el mal señor, cuyos ojos pueden mirar hasta el fin de la tierra pero no ver nada sino tinieblas, obligando al mundo a servir a su estómago y a su cuerpo. Él no sabe para qué fue hecho el mundo. Cree que Dios hizo este inmenso mundo para un pequeño estómago».
Isaac de Stella conoce ciertamente el sentido y la importancia del alimento, y conoce la alegría de los banquetes. Dios mismo se nos ha dado como comida en el banquete eucarístico, para que en los dones de la tierra y los frutos de su trabajo el hombre pudiera tener comunión con Dios. Isaac conoce el gozo del vino y de la fiesta, pero ve que esto es solo una imagen del gozo más elevado del amor, en el que Dios nos da su Espíritu como un «torrente de delicia que embriaga con el fervor de la caridad». El amor para Isaac es el vino divino que nos embriaga y enloquece. Dios quiere que bebamos de este vino, pero nosotros tenemos miedo. Sin embargo Él multiplica sus invitaciones.
Este libro está lleno de invitaciones a beber y gozarse en el banquete del amor. O más bien, nos invita a abrir los ojos y mirar el mundo que nos rodea, para que veamos que el banquete está enfrente de nosotros, el vino está al alcance de la mano y no lo sabemos.
Estos principios básicos nos esclarecen a la vez el dinamismo creador de la naturaleza y el dinamismo recreador y redentor de la gracia. Pero los principios simples no se adquieren únicamente en la lúcida indiferencia de una meditación abstracta. Estas páginas están llenas de convicción porque el autor las escribió después de haberse dado completamente al amor, ingresando en un monasterio contemplativo estricto lejos de su tierra. El amor no está solo en la mente o el corazón, es más que el pensamiento y el deseo. El amor es acción: y solamente en el acto del amor alcanzamos la intuición contemplativa de la sabiduría amorosa. Esta intuición contemplativa es un acto de una especie más elevada, un amor más puro. El amor disuelve la aparente contradicción entre la acción y la contemplación.
Para alcanzar un maduro acto de amor, debemos primero experimentar contradicción y conflicto. El amor es una cima de libertad y de plena conciencia personal. El amor se encuentra a sí mismo solamente en el acto. El amor que actúa sin conocimiento, a pesar de él mismo y en contra de su misma naturaleza, no alcanza la plena conciencia de sí mismo. Queda escondido de sí mismo. Tampoco logra actuar perfectamente como amor. Es visto como algo distinto del amor. Actúa como algo que es menos que el amor. Se contradice a sí mismo. Domina el corazón con una pasión ajena y opresora. Sentimos en él amargura, angustia, represión, violencia e incluso un sabor a muerte. Todo amor que no es entrega de sí mismo totalmente libre y espontánea, tiene en sí mismo un sabor a muerte. Esto quiere decir que todo nuestro amor como hombres ordinarios que no son ni santos ni místicos, está lleno de contradicción, de amargura. Y tiene ese sabor a muerte.
¿Qué diremos de este amor? ¿Que no debiera ser? ¿Que es pecado? ¿Que debiera ser prohibido y castigado? Ay, es cierto que nuestro pobre amor tiene sabor a pecado. Pero Ernesto Cardenal sencillamente dice de él que es amor, que todavía no es suficientemente libre, ni todavía puramente amor. Y podríamos añadir que en el conflicto y en la contradicción del amor que no es todavía verdadero, es donde podemos descubrir el camino al amor que es verdadero. Aceptando en nuestra plena conciencia un amor imperfecto, el amor llegará a su perfección.
El primer paso para alcanzar la verdad y pureza del amor es reconocer en nosotros ese amor que no es todavía puro, pero que sin embargo es amor, y que aspira por su misma natu raleza a ser puro.
Los moralistas a veces hablan como si solo debiera haber justicia, rectitud, honestidad, verdad y amor. Como que no debiera haber egoísmo, ni maldad ni injusticia. Como que el egoísmo debiera ser prohibido y el amor obligado a todos.
Para el moralista la vida humana es un complicado sistema de virtudes y vicios, y en medio de esto está el amor, que es únicamente una de las virtudes. Pero para el místico no existe ese sistema complicado, y el amor es todo. Todas las virtudes son aspectos del amor, y todos los vicios son también aspectos del amor. Las virtudes son manifestaciones de un amor que está vivo y sano. Los vicios son síntomas de un amor enfermo porque rehúsa ser él mismo.
En realidad no hay más que amor. Pero este amor podría estar en contradicción consigo mismo. Puede ser al mismo tiempo amor y odio, amor y codicia, amor y miedo, amor y celos, amor y lujuria. Su destino es ser simplemente amor, sin ninguna otra cosa contradictoria. Pero no puede cumplir este destino si nosotros tratamos únicamente de suprimir el odio, la codicia, el miedo, los celos, la lujuria. Estas fuerzas malignas reciben su poder solamente del amor. Suprimirlas es suprimir el amor. Debieran más bien, por el contrario, ser conscientes de sí mismas como amor, y cuando lo sean, ya no desviarán la energía del amor para servir a lo que no es amor.
Esto quiere decir que la raíz del mal y la enfermedad moral es la ignorancia del amor que se desconoce a sí mismo y está ciego con respecto a su verdadero ser y a su poder. En cuanto el amor comienza a ser consciente de sí mismo, se ve como una negación de sí. Se desconcierta por el espectáculo de su radical contradicción interna. Se espanta por la división que hay en él. Esto provoca una gran angustia. Por eso el amor que es débil prefiere no ser consciente de sí mismo, o conocerse a sí mismo como algo diferente del amor. En cuanto se hace consciente de sí mismo, al mismo tiempo se hace consciente de que es contradictorio. Todo nuestro amor ordinario, si lo aceptamos, se mira a sí mismo como impuro, angustiado, dividido y lleno de sufrimiento. El amor es por eso una agonía, en el sentido primitivo de lucha. Aunque Dios quería que la vida fuera una pura conciencia del amor y la paz, es en realidad pura lucha, porque en nuestro estado actual la vida no es sino la agonía del amor que tiene miedo de aceptarse a sí mismo, viendo que es una contradicción de sí mismo, afirmándose y negándose a sí mismo al mismo tiempo. «Agoniza el que vive luchando, luchando contra la vida misma», dice Unamuno.
Este es el problema central de todo amor humano. Por muy puro que el amor sea, mientras sigamos siendo unos débiles seres humanos viviendo sobre la tierra y en el tiempo, nuestro amor estará dividido por su propia contradicción. Se rechaza y se niega a sí mismo. Solo el amor de Dios es perfectamente puro. El amor humano solo puede aproximarse a la pureza divina en el místico o en el santo que está completamente poseído por el amor de Dios. Todos los demás (incluido aquel que un día llegará a ser místico pero aún no lo es) deben permanecer en la angustia de la contradicción, o, si no, contentarse con un amor que no tiene conciencia de sí mismo. Desde el momento en que comenzamos a amar sentimos en nosotros la angustia de nuestra propia contradicción. Aceptar el amor en nuestra conciencia es aceptar la conciencia de la agonía.
La contradicción básica que el amor debe afrontar es la contradicción de la vida y la muerte. El idealismo religioso espurio imagina a veces que puede escoger una vida sin muerte. Pero en realidad escoger la vida es escoger la muerte, porque la vida que vivimos como hombres y en el tiempo, termina con la muerte. «Aceptar» otra forma de vida en la que no tengamos que contar con la muerte, es aceptar una irrealidad. Una vida terrena sin muerte es puro sueño. Aun la aceptación de la «vida eterna» para el cristiano significa, por supuesto, la previa aceptación de una vida no eterna que acaba con la muerte. La muerte no puede ser evadida. Es una parte de la vida, y en verdad que le da sentido a la vida, porque es una contradicción básica esencial para la comprensión de la vida humana. ¿Por qué iba a morir Cristo en la cruz si la muerte fuera simplemente una cosa absurda? Su muerte presuponía que toda muerte es trágica. Su amor dio a toda muerte la dimensión de la esperanza y de la victoria. Cristo en la cruz consagró esta agonía del amor. El regalo que Cristo ofrece a quienes aman es la cruz, la cual hace más puro el amor.
Amar nuestra vida como realmente es quiere decir aceptarla como realmente es: incluyendo la muerte. No la idea de la muerte, sino también actos que anticipen la muerte en la entrega y el don de uno mismo. Como Unamuno observa, la definición materialista de la vida como un «conjunto de funciones que resisten a la muerte» hace de la vida una lucha contra la verdad: «contra la muerte y también contra la verdad, contra la verdad de la muerte».
Desde cierto punto de vista, cada sacrificio de nuestro propio interés y de nuestro gozo por el bien del otro o, simplemente, por el «amor», es una especie de muerte. Pero al mismo tiempo es también un acto de vida, y una afirmación de la verdad de la vida. Cada vez que el amor acepta una «muerte» parcial se reafirma como amor, se reafirma como vida, triunfa sobre la muerte y supera la contradicción interna de la vida en nosotros. Por eso en realidad el amor exige esta contradicción para actuar en nuestras vidas.
La estructura metafísica del amor es así en cierta manera dialéctica. El amor exige conflicto, se alimenta del conflicto y es más puro cuando nace del puro conflicto. Cuando el amor alcanza su auténtica pureza en el fuego del conflicto, entonces hace desaparecer el conflicto, de modo que ya no se ve ninguna contradicción. Así, en medio del conflicto, el amor puede afirmar con toda certeza: «Todas las cosas se aman: todo es amor». Pero esto no es meramente una idea: es el fruto de un ACTO. Sin el acto, la idea no tiene sentido.
El amor, pues, es acto e intuición. Y más allá de esto es una presencia. Es un acto por el que nuestra libertad en el sacrificio trasciende la contradicción de la muerte y la vida que hay en el fondo de nuestro ser. El amor es un acto de entrega y una intuición de este acto: la intuición de una libertad más allá de la vida y la muerte, pero libertad que se alcanza solo con la entrega en medio de la contradicción. El amor se hace perfecto en una dialéctica de acto e intuición, culminando en la misteriosa presencia de alguien que es invisible pero que es amor, y entonces comprendemos que tanto el acto como la intuición proceden de su presencia.
De estos actos, intuiciones, muertes y presencias han nacido meditaciones como estas, que osan afirmar: No hay nada más que amor. Todo lo que parece ser distinto del amor, y aunque parezca contradecir al amor, es, en realidad, amor. Pero para ver esto hay que amar. Hay que amar totalmente, completamente, aceptando el conflicto y la contradicción. Hay que aceptar esta muerte del amor para vivir la vida del amor. Cuando uno acepta esto, ve que el conflicto desaparece y que en realidad no hay contradicción: solo hay amor.
El maestro de novicios (al menos esta es mi opinión) debe ser ante todo un hombre que no se meta en lo que no le toca. Un monasterio es una schola caritatis –una escuela de amor–, pero el amor no lo enseñan los hombres. Lo enseña el Espíritu de Amor. La función del maestro humano es ayudar al novicio a oír la voz auténtica del Espíritu y a no engañarse por otras formas de amor falsificadas, por muy espirituales que parezcan. Por eso el monasterio es idealmente una escuela de libertad donde el monje obedece en cosas accidentales de la vida para estar libre en lo esencial, libre para amar. Y el amor a Dios es una cuestión privada de cada uno. Durante los diez años en que fui maestro de novicios en la Abadía de Getsemaní, Kentucky, nunca traté de averiguar lo que los novicios escribían en las libretas que guardaban en sus escritorios. Si deseaban hablar de ello, podían hacerlo. Ernesto Cardenal fue novicio en Getsemaní durante dos años y yo sabía de sus apuntes y sus poemas. Me hablaba de sus ideas y sus meditaciones. También supe de su sencillez, su fidelidad a su vocación, su fidelidad al amor. No me imaginé que un día yo haría un prólogo a las sencillas meditaciones que él escribía en esos días, ni tampoco que al leerlas (casi diez años después) las encontraría tan claras, tan profundas, tan completamente maduras. Aquí hay algo más que una doctrina sistemática: hay una intuición de la profunda verdad de la vida cristiana: el cristiano está unido a Dios en Cristo por el amor. Este libro es completamente tradicional a veces como san Agustín o los místicos del «desposorio» de la región del Rin –y completamente moderno, pues no es ajeno a la visión de Teilhard de Chardin. Es también completamente sincero y sencillo, lo que ciertamente es una de las principales señales de la autenticidad de una enseñanza espiritual.
Ernesto Cardenal dejó Getsemaní por mala salud. Pero ahora me doy cuenta de que también había otra razón: no tenía sentido que continuara aquí como novicio y como estudiante, cuando en realidad él ya era un maestro. Ahora ha sido ordenado sacerdote y ha fundado una comunidad contemplativa, bajo el signo de la sabiduría y la humildad del amor que son tan evidentes en estas páginas. Esta comunidad está precisamente en un lugar donde se necesita –en Centroamérica, donde no hay órdenes contemplativas. El libro del P. Cardenal, este canto a la vida y al amor, es un testimonio de la renovación de la Iglesia de América Latina. Es, esperamos, el signo de un nuevo día en esas tierras del futuro que no solo obtendrán su libertad temporal y su prosperidad, sino que también cantarán a la vida y al amor, realizando así las espléndidas posibilidades aún dormidas y ocultas en ese rico suelo volcánico.
THOMAS MERTON
Abadía de Getsemaní, KY
Enero 1966
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