Prosas dispersas - Ernesto Cardenal - E-Book

Prosas dispersas E-Book

Ernesto Cardenal

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Beschreibung

En la larga vida del poeta nicaragüense Ernesto Cardenal (1925-2020) cupieron varias vocaciones que le ayudaron a templar su ideario de cómo la acción del espíritu cambia el mundo. Luce López Baralt afirma que es "uno de los más altos poetas contemporáneos de la lengua española, un místico que se hizo revolucionario por amor al Reino", también escultor, sacerdote de la teología de la liberación—suspendido por Juan Pablo II y rehabilitado por el papa Francisco—, ministro de Cultura sandinista y fundador de una comunidad contemplativa en la isla de Solentiname que acogía a pobres.  La obra de Cardenal está llena de amor al ser humano, por eso recuperamos en su centenario estas Prosas dispersas, la mayoría inéditas. A través de breves ensayos, crónicas y textos autobiográficos profundizamos en la relación de ciencia y espíritu; lo místico y lo cósmico, maestros como Lao Tse, Heráclito o su mentor Thomas Merton; poetas como Rubén Darío o Neruda y pasajes que evocan la utopía de Solentiname.  El libro incluye un código QR que permite acceder a pódcast del artista Niño de Elche versionando musicalmente textos de Cardenal, además de entrevistas.         

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Seitenzahl: 745

Veröffentlichungsjahr: 2025

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PROSAS DISPERSAS

ERNESTO CARDENAL

PROSAS DISPERSAS

Prólogo deLuce López-Baralt

Selección e introducción deJuan Carlos Moreno-Arrones Delgado

Pódcast con entrevistas y con versiones de textos por Niño de Elche

Fundación Banco Santander quiere dejar constancia de su agradecimiento entusiasta a la Fundación Ernesto Cardenal por las facilidades que nos ha dado en las gestiones y por su colaboración en todo momento. Especialmente, desea agradecer a su director, Óscar de Baltodano, su ayuda de corazón y alma para que vea la luz este volumen, publicado en el centenario del nacimiento de Ernesto Cardenal.

COLECCIÓN OBRA FUNDAMENTALResponsable literario: Francisco Javier Expósito LorenzoDiseño de la colección: Gonzalo ArmeroCuidado de la edición: Antonia CastañoConversión a libro electrónico: CYAN, Proyectos Editoriales, S.A.

© De esta edición: Fundación Banco Santander, 2024© Del prólogo: Luce López-Baralt© De la introducción: Juan Carlos Moreno-Arrones Delgado© De las versiones de los textos de Ernesto Cardenal en pódcast: Niño de Elche© Herederos de Ernesto Cardenal

Reservados todos los derechos. No está permitida la reproducción total o parcial de esta obra, ni su tratamiento informático, ni la transmisión de ninguna forma o por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico, por fotocopia, por grabación u otros medios, sin el consentimiento previo y por escrito de Fundación Banco Santander. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de un delito contra la propiedad intelectual.

ISBN: 978-84-17264-55-0

ÍNDICE

Luce López-Baralt, Vida perdida y ganada en el amor

Juan Carlos Moreno-Arrones Delgado, Obra principal cardenaliana

ESPIRITUALIDAD

Vida en el amor (fragmento)

Mi dirección espiritual con Thomas Merton

Lao-Tse, profeta de Cristo

Reinterpretación de la filosofía griega

Heráclito luminoso

Sermón y misa por Fernando Gordillo

Somos polvo de estrellas

Este mundo y otro

La revolución hoy y mañana

En tu luz veremos la luz

Evolución y revolución

ARTE Y LITERATURA

La poesía nica

Barro en la sangre, de Fernando Filva

Azarías H. Pallais

Alfonso Cortés, poeta loco

El Güegüense

El paisano inevitable

El Darío difícil

Darío y Martínez Rivas

Nicaragua y Chile: Darío y Neruda

El suicidio de Haydée Santamaría

Recuerdo de un paseo con el poeta Benedetti en La Habana

Poesía y compromiso

Joaquín Pasos

José Coronel Urtecho

La lengua española

La utopía de América

Mercedes Graham

Cultura y revolución

Recordando al pintor Armando Morales

Cintio y Fina en su isla infinita

Poesía de los Estados Unidos

Pintura primitivista

Unas reglas para escribir poesía

Nace nuevamente la poesía en Solentiname

ECOLOGÍA

En defensa de la Tierra

En defensa de los indios

DISERTACIONES

Encuentro de «Escritores por la Tierra»

Un homenaje en Zacatecas

Poesía de la revolución

Los prodigios de Dietmar Schönherr

Hermann Schulz

Vénganos la República de los Cielos a la Tierra

200 millones de dólares para la poesía

discurso al recibir el premio Neruda

MISCELÁNEA

Entrada a la Trapa

Desembarco en Solentiname

Taller de poesía de niños con cáncer

Mi isla de Solentiname

Miradas de los niños de Solentiname

Ya nadie sabe hablar sumerio

EL SUECO (Cuento)

PÓDCAST

Entrevistas de Javier Expósito a

Luce López-Baralt

Francisco Contreras, Niño de Elche

Versiones de textos de Ernesto Cardenal por Niño de Elche (voz, música y producción)

«Vida en el amor» [4 min 43 s]

«Mi dirección espiritual con Thomas Merton» [8 min 36 s]

«Este mundo y otro» [3 min 25 s]

«Recuerdo de un paseo con el poeta Benedetti en La Habana» [2 min 46 s]

«En defensa de la Tierra» [2 min 48 s]

«En defensa de los indios» [6 min 45 s]

«Desembarco en Solentiname» [4 min 40 s]

«Ya nadie sabe hablar sumerio» [1 min 30 s]

[Acceso mediante el código qr en portada del presente volumen, así como en www.fundacionbancosantander.com/es/cultura/literatura, Spotify y Apple Podcasts.]

Luce López-Baralt

Vida perdida y ganada en el amor

El mundo conoce a Ernesto Cardenal, uno de los más altos poetas contemporáneos de la lengua española, como poeta revolucionario que adelanta la teología de la liberación y que se compromete con los pobres de su tierra. Yo, por mi parte, conozco más de cerca al poeta místico, el que se hizo revolucionario por amor al Reino, justamente tras recibir la indecible gracia del éxtasis el 2 de junio de 1956. Me he venido refiriendo desde hace muchos años al paulatino proceso de desarrollo espiritual que reflejan los textos literarios del poeta1 y, por necesidad, he tenido que reinterpretar su obra y lanzarme a la arriesgada tarea de reubicar la escritura de Ernesto dentro de unas nuevas coordenadas contemplativas. Advierto que eso no implica dar la espalda al compromiso social que Cardenal ha ejercido desde joven, pues su vivencia espiritual no ha hecho otra cosa que potenciar su entrega al prójimo. Durante unos años, Cardenal interpretó esa solidaridad social en términos de la fundación de una comunidad contemplativa en Solentiname; en otros, como un estricto compromiso político revolucionario; en otros, tomó la forma de servicio público como ministro de Cultura de Nicaragua; en otros, de talleres de poesía para niños enfermos con cáncer. Coincido plenamente con Arianna Fabbri: la mística de Cardenal es «ciertamente una “mística” […] no de separación del mundo, sino de compenetración con la historia»2. Me atrevo a presentar en estas páginas la vida del poeta desde este ángulo particular, porque Ernesto y yo hablamos largamente del sentido de su vida y concurrimos en que el centro fundante tanto de su monacato y sacerdocio como de sus actividades políticas y sociales había sido precisamente su experiencia teopática3.

Aunque los sobretonos espirituales que entreveran la obra del antiguo monje trapense saltan a la vista, no nos ha sido igual de fácil asumir su dimensión estrictamente mística. Cardenal, sin embargo, ha legado a la espiritualidad occidental una obra contemplativa de importancia capital dentro del discurso místico cristiano en el que se inserta por derecho propio. Es más fácil asumir la protesta política que la contemplación mística. Y ello va dicho sin menoscabo de una u otra dimensión de vida, pues de ambas se ha hecho eco el poeta nicaragüense. Pero lo cierto es que estamos ante el fundador de la literatura mística hispanoamericana moderna y ante uno de los místicos más originales de los siglos xx y xxi. Me atrevo a pensar que dentro de cien años recordaremos a Cardenal como poeta místico más que como poeta de compromiso social. O de compromiso social por místico, que acaso sea más adecuado.

Ernesto Cardenal, poeta, prosista, traductor, sacerdote, escultor, pintor, teólogo de la liberación, revolucionario y ministro de Cultura de su país (1979-1987), nace el 20 de enero de 1925 en Granada (Nicaragua) y muere en Managua el 1 de marzo de 2020 a la edad de noventa y cinco años. Se forma académicamente en el Colegio Centro América, luego en la Universidad Nacional Autónoma de México (1942-1946) y más tarde en la Universidad de Columbia (1946-1947), donde antes había estudiado su mentor Thomas Merton. También fue un estudiante becado en Madrid que no asistía a clase: eran los días de una vida que él mismo describe como «disipada», pero de amores muy profundos. La posteridad recuerda esta etapa bohemia por los encendidos epigramas, inspirados en Catulo y Marcial, que Ernesto dedica a las muchachas que tanto amara. Ya de regreso a Nicaragua, el poeta participa en la revuelta en contra de Anastasio Somoza García en abril de 1954. Su compromiso social y su saga contra la injusticia habían comenzado.

Pero la experiencia espiritual avasallante que recibiera en medio de una crisis amorosa hace tomar al poeta una decisión dramática: «Sentí entonces […] la necesidad de un cambio radical. Nada más radical —­me pareció entonces— que ser trapense»4. Cardenal pasa dos años en la Trapa de Kentucky bajo la formación espiritual de Thomas Merton y, aunque tiene que dejar el monasterio por problemas de salud, admite que los poemas de Gethsemani, Ky. constituyen «un testimonio de la poesía indecible de esos días, que fueron los más felices de mi vida»5.

Cardenal se inicia en la literatura mística con Vida en el amor (1970). Se trata del libro más gozoso, compasivo y armónico del poeta, en el que compartimos el júbilo del místico que ha descubierto que ese Amor avasallante es el centro ontológico del universo. De ahí que el cosmos se encuentre en oración perpetua: el coyote solitario cuando aúlla en la noche, el ternerito llamando a su madre, Romeo silbando bajo el balcón de Julieta. Merton comprendió bien los alcances del tratado contemplativo y, en su prólogo a la Vida en el amor, se refirió al entonces joven monje como maestro espiritual: «Ernesto Cardenal dejó Getsemaní por mala salud. Pero yo ahora puedo ver que también había otra razón: no tenía sentido que continuara aquí como novicio y como estudiante, cuando en realidad él ya era un maestro»6. Merton conocería de cerca los verdaderos alcances de la vida interior del que fuera su dirigido en la Trapa de Kentucky. Por cierto que la dirección espiritual que el contemplativo norteamericano dio a Ernesto tuvo una tendencia zen, que tomaba en cuenta la vocación artística y la personalidad del dirigido: «Dios quería que yo fuera tal como yo era y no otro»7. Hablaban de libros y de los amigos de Columbia, pero cuando al fin el discípulo revela al maestro su experiencia trascendente, este queda asombrado. Fue entonces que pudo comprender la magnitud de la vocación monacal del joven poeta y de la radicalidad de sus renuncias, que incluían dejar de escribir poesía. Ernesto, por su parte, me confió que lo más que recuerda de Merton era, curiosamente, su extraordinario sentido del humor.

Cuando Cardenal abandona la Trapa en 1959 pasa a estudiar teología en Cuernavaca y a cursar estudios sacerdotales en Antioquía (Colombia). Allí recibe la noticia de la muerte de Marilyn Monroe y escribe su famosa «Oración por Marilyn Monroe», intercediendo ante Dios por el alma de la artista. Termina ordenándose sacerdote en 1965. Enseguida regresa a Kentucky a visitar a Merton, y este se arrodilla humildemente para recibir la bendición sacerdotal de su antiguo discípulo.

Tanto Merton como Cardenal habían sentido que, después de su período de contemplación prolongada, les tocaba expresar de manera pragmática la unión con Dios ayudando a las comunidades pobres de sus respectivos países. La idea de la fundación de la comunidad contemplativa de Nuestra Señora de Solentiname fue de Merton, aunque quien la termina fundando en 1966 es su discípulo Cardenal, ya que aquel nunca obtiene autorización papal para abandonar la Trapa. Juan XXIII, aunque en principio aprueba la idea, niega a Merton el permiso de fundar, argumentando que la orden trapense no era la más adecuada para llevar a cabo esa fundación experimental. En Solentiname, Cardenal se propone imitar el espíritu fraterno de los primeros días de la iglesia cristiana: abole las estructuras monásticas tradicionales y convierte la comunidad en un espacio abierto para artistas y parejas casadas. Cardenal establece talleres de pintura y escultura de los que nace una escuela de cuadros y artesanías primitivas que se habría de hacer célebre. Los coloridos cuadros y artesanías de Solentiname recorren mundo antes de la destrucción de la comunidad por las tropas somocistas, y el propio Cortázar contribuye a esta inmortalización artística con el relato «Apocalipsis en Solentiname». Cardenal describe la experiencia de su monacato abierto en el segundo volumen de su autobiografía, Ínsulas extrañas, pero es en su correspondencia con Merton donde proporciona detalles entrañables acerca de la isla del archipiélago donde funda su espacio simultáneamente monacal y artístico en el Lago de Nicaragua. El poeta fue, por cierto, un escultor de formación profesional muy influido por Constantin Brancusi, y mucho después de la caída de Solentiname exhibiría sus piezas tanto en galerías en Managua como internacionalmente.

Pero importa recordar que la comunidad del Gran Lago se establece como fundación religiosa donde se vivía un cristianismo simple en el contexto centroamericano de donde Cardenal era oriundo. Incluso la vestimenta que adopta el poeta —­cotona blanca, blue jeans, sandalias— es el atuendo del campesino nicaragüense, que el contemplativo usa como hábito religioso, imitando a los monjes del medioevo, vestidos como los pobres de su tierra.

Es precisamente en esta comunidad religiosa donde comienza la radicalización política de Cardenal. A través de su lectura comunitaria de las escrituras (recogidas en El Evangelio en Solentiname), el poeta aprende la lección cristiana de «dar de comer al hambriento, vestir al desnudo, enseñar al que no sabe, dar vivienda al que no la tiene»8. El antiguo monje trapense es el primero en dar fe de que su radicalización tiene un fondo espiritual y evangélico: «la mística es la que me ha dado a mí la radicalización política. Yo he llegado a la revolución por el Evangelio. No fue la lectura de Marx sino por Cristo»9.

Pero el servicio al prójimo no siempre se expresa en términos de redención social, a la manera de santa Teresa de Calcuta. Cardenal llegó a entender que también se sirve a Dios y a los demás con la escritura. Estando ya en Solentiname sintió la urgencia de escribir poesía, pese a que al hacerlo dejaría momentáneamente de ayudar en la pesca a los jóvenes de su comunidad. Me confesó por carta que se sentía culpable haciendo algo ajeno al activismo práctico que había sido el móvil principal de la fundación de su espacio religioso. Me tocó consolarle, recordándole que tocaría muchas más almas con sus escritos que pescando en las islas del archipiélago con los miembros de su comunidad. Hace mucho que Solentiname dejó de ser; pero los libros de Ernesto seguirán recorriendo el mundo, aliviando almas y ayudando a construir una mejor Nicaragua hasta mucho después de su muerte. Por fortuna, hoy podemos compartir el camino contemplativo e incluso político-social de Thomas Merton y Ernesto Cardenal, porque ambos tuvieron la generosidad de ponerlo por escrito.

Ernesto esperaba la visita de su maestro en Solentiname. Pero poco antes Merton muere en Bangkok en un sospechoso accidente con un ventilador mientras asistía a un Congreso de Monasticismo Comparado. Eran los arduos días de la guerra de Vietnam y Merton había expresado públicamente su oposición a la misma.

El activismo político de Cardenal se acentúa tras la devastación de Solentiname y la muerte de su mentor espiritual. Viaja a Cuba en 1970, y queda tan impactado que no duda en declararse marxista-cristiano. Su libro En Cuba, en el que describe su impresión de la revolución de Fidel Castro desde una óptica de justicia social evangélica, tuvo una gran repercusión a nivel internacional. El poeta apoya a su vez a Salvador Allende en Chile y, ya en su propio país, colabora con el Frente Sandinista de Liberación Nacional en contra de Somoza, cuyas tropas habían destruido la comunidad de Solentiname. Tras el triunfo de la Revolución sandinista en 1979, participa en los procesos de alfabetización colectiva y es nombrado ministro de Cultura de Nicaragua, cargo que ocupa hasta 1987. Siendo ministro, es humillado públicamente por el papa Juan Pablo II, quien lo increpa, estando el poeta arrodillado, por formar parte de un gobierno socialista. La célebre escena, que recorrió el mundo, culmina en la suspensión a divinis del ejercicio del sacerdocio a Ernesto. El poeta siempre me decía, sin embargo, que estaba en regla con la Iglesia católica, ya que esta lo había castigado y él había aceptado el castigo. Cuando, andando los años y habiendo abandonado Ernesto la vida política, le pregunté por qué no intentaba la reconciliación eclesiástica, me contestó en la negativa, riendo: «¿Te imaginas que me dieran una parroquia a estas alturas?». Sin embargo, en 2014, poco antes del fallecimiento del poeta, el papa Francisco le levantó el castigo eclesiástico: sé que en el fondo Ernesto estaba muy feliz con la reconciliación religiosa.

Habiendo abandonado el Ministerio de Cultura, Cardenal retoma el hilo de su discurso místico. Es un poeta transformado quien entona el Cántico cósmico en 1989. Los cambios históricos se han sucedido vertiginosamente y el poeta ha pasado de la denuncia antisomocista del Oráculo sobre Managua a la celebración del triunfo del sandinismo en los Vuelos de victoria. Y se sume ahora en la reflexión prolongada de un cántico que forma escuela con san Juan de la Cruz, los Cantos de Pound, el Canto general de Neruda y la Divina comedia. En esta «épica astrofísica», el poeta pretende «proclamar que el universo tiene sentido». Cardenal canta a los espacios interestelares, a los átomos infinitesimales, a las galaxias nacidas del Big Bang, a las campesinas del Cuá, al triunfo sandinista y a los cuadros de Klee. Irónicamente, cuando el Cántico sale a la luz, se ha venido abajo el Gobierno sandinista y el marxismo ha recibido un duro golpe histórico a nivel mundial. El contemplativo admite en tono confesional que «El propósito de mi Cántico es dar consuelo. / También para mí este consuelo. Tal vez más»10. Y se hermana con los balbuceos místicos de todas las persuasiones religiosas, desde Anaxágoras a san Jerónimo hasta Meister Eckhart, Al-Hallaj y Confucio, y nos persuade dramáticamente de su vivencia experiencial de Dios: «Yo tuve una cosa con él y no es un concepto»11. De otra parte, por primera vez un sacerdote se hace portavoz de los tormentos del celibato cristiano: «Pío XII fue para mí lo que Stalin a Neruda»12. Como era de esperar, nuestro poeta vuelve a cantar el amor humano perdido para siempre en una estremecedora «canción desesperada» nerudiana que da al traste momentáneamente con su tradicional exteriorismo poundiano. Todo porque una joven alemana en Hamburgo de ojos color uva moscatel le recordó su antiguo amor perdido en Nicaragua.

Entre 1992 y 1993, Cardenal escribió nuevos poemas para ampliar su Cántico cósmico, pero surgieron con la fuerza de un poemario independiente. Le sugerí que hiciera un nuevo libro y lo prologara, explicando los procesos espirituales que celebran los versos. En carta desde Managua del 9 de julio de 1993 me comunica su negativa inapelable: «ni ante un paredón de fusilamiento podría hacer el prólogo. Y sólo de una persona me gustaría que fuera y sos vos». Ernesto me explica su poemario en dicha carta, que escribe, bromas veras, como si él fuera un frailecillo antiguo y yo una «monja descalza de Toledo. (Y casi lo eres)», añade con su habitual humor, que nunca nos faltó. Accedí a prologarlo porque pude decir con más libertad las cosas que el poeta no hubiera dicho de sí mismo. Así nace el Telescopio en la noche oscura. Por primera vez Ernesto fecha su experiencia mística —­había ocurrido el sábado 2 de junio de 1956— y la describe en primera persona. Vuelve indefectiblemente al amor humano pero concluye que «Hay un erotismo sin los sentidos, para muy pocos, / en el que soy experto»13.

Cardenal va abandonando la política activa. En 1994 rompe definitivamente con Daniel Ortega y se desvincula públicamente del Frente Sandinista de Liberación Nacional —­aún conservo su fax dándome la noticia—. Prestigiosos premios literarios reconocen la obra literaria del poeta a nivel internacional: el Premio José Martí de Cuba, el Premio Rubén Darío de Nicaragua, el Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda, el Premio Henríquez Ureña, el consagratorio Premio Reina Sofía en 2012, entre otros. Cardenal viaja intensamente y se vuelca sobre su escritura, que terminará siendo traducida incluso al chino y al japonés. Y le llega entonces el momento de reflexionar sobre su vida. De esta introspección nace su autobiografía, que titula Vida perdida14. A pesar de la inmensa variedad de sus vivencias, Cardenal hace claro que el móvil secreto de todas ellas ha sido la sed de Dios que un 2 de junio se viera infinitamente colmada: «Ahora debía contarlo todo al escribir mis memorias; o no habría tenido sentido escribir memorias. Para mí lo importante era todo lo que me llevó a este encuentro [con Dios], y todo lo ocurrido después a consecuencia de él. Tengo 72 años y quería dejar escrito esto antes de mi muerte»15. Terminan siendo tres los tomos de sus memorias: Vida perdida, Las ínsulas extrañas y La revolución perdida, volumen en el que, como antes Sergio Ramírez, Gioconda Belli y aun su hermano el sacerdote Fernando Cardenal, Ernesto da testimonio sobre la experiencia de la revolución sandinista como testigo de primera mano.

Narrada su vida, fracasada la revolución, imposibilitado el amor humano, Cardenal desvía su mirada de este mundo lleno de decepciones hacia el firmamento estrellado. Así surgen los Versos del pluriverso (2005), una meditación cosmológica en la que el poeta reflexiona sobre el sentido del cosmos con las herramientas de la astrofísica moderna. Todo ello lo había preludiado en la Vida en el amor, en el Cántico cósmico e incluso en el Telescopio en la noche oscura, pero en este libro el poeta pone la astrofísica al servicio de sus reflexiones místicas y de su cuestionamiento acerca de los misterios últimos del universo. Y cómo no, también al servicio del amor humano, que nunca cesa de cantar. Su reflexión sobre el Génesis a la luz del Big Bang implica una dramática innovación teológica y poética: «Antes del cual no había luz, ni oscuridad tampoco / ni tampoco tiempo / y con el cual empezó la evolución. / Dios habrá visto que “todo estaba bueno” billones de años después»16. El poeta, de otra parte, siempre se preguntó si Carmen, la amada que jamás olvidaría, alguna vez le reciprocó su amor. En este poemario vuelve a su pregunta desconsolada dentro de un contexto astrofísico alucinante:

Exestrellas que se comprimieron en neutronespesadísimos con liviana membrana de hierro,o como a la estrella Cygnus X-1 la acompañauna cosa invisible como la masa de cien solesque parece que antes era estrella y hoy hoyo negro.

Existe la teoría de que me quisiste.Mi prima Silvia la sostiene.17

Pero las preguntas cósmicas no tienen respuesta para el poeta sediento de sabiduría. Es que tampoco la tienen los astrofísicos que lo invitan al Max Planck Institute a discutir de física y de mística, del Big Bang y de los extraterrestres «con café y galletas»18, como apunta el poeta con su inveterada ironía.

Ernesto se vuelca cada vez más en el consuelo de la literatura. Establece talleres de poesía y enseña a niños que padecen cáncer a hacer versos, que luego edita amorosamente. Estuve con él y con los pacientitos en Managua y pude ver cuánto amaban a su poeta mentor. Pero también en estos momentos el clima político se vuelve aciago para el gran escritor, ya que resulta una presencia incómoda para el Gobierno de Ortega. No sólo es conocido internacionalmente, hay algo aún más peligroso: Ernesto es muy amado en su tierra, donde lo llaman el «Padre» o «el Padrecito».

Largamente aficionado a la biología evolutiva, a la microfísica y a la astrofísica, Ernesto Cardenal quiere entender la vida antes de despedirse de ella. Por eso sigue prodigando sus poemas cosmológicos, que puntea con reflexiones metafísicas, siempre haciendo escuela con las ideas evolucionistas de Teilhard de Chardin. En Este mundo y otro (2011) va de la cuántica de Niels Bohr al Tao te Ching de Lao Tzé, admitiendo que no hay respuesta científica posible a los enigmas del universo. Dado su novel sesgo agnóstico, no duda en hacerse eco de Emil Du Bois-Reymond: Ignoramus et ignorabimus («lo ignoramos y lo ignoraremos»). Pero, ya en sus últimos poemas, Ernesto retoma su aliento místico, y en «El origen de las especies» apuesta a que las especies entrelazadas en el ADN sean devueltas al Amor último. Reinterpreta las Escrituras, eso sí, con humor desacralizante, terciando a favor de Jesús frente al Dios Padre, que lo envió a redimir el caos del cosmos: «[es un] mundo peligroso para enviar un hijo»19. Consciente, de otra parte, de la innovación literaria que está llevando a cabo al hacer poesía metafísica de aliento místico sirviéndose de la cuántica, comenta sin ambages: «Paul Davies ha dicho: La ciencia es un camino hacia Dios más seguro que la religión. Yo así lo creo, porque las religiones dividen a los pueblos y la ciencia no»20.

La editorial Trotta edita su Poesía completa en 2019, recogiendo un total de dieciocho libros21. Pero ya la salud del poeta se deteriora y se acerca la muerte. Como adelanté, llega a tiempo la reconciliación eclesiástica y Ernesto, ya muy debilitado, puede concelebrar misa desde su lecho mortuorio. Rinde su alma el 1 de marzo de 2020. Su sepelio se sumió en el caos por las turbas del Gobierno de Ortega —­las imágenes recorrieron el mundo y Luz Marina Acosta, secretaria de Ernesto, y el novelista Sergio Ramírez me dieron detalles angustiosos del evento—. Los allegados a Cardenal tuvieron que defender el féretro del poeta para que no lo desacralizaran y terminaron sacándolo por la puerta lateral del templo.

Ernesto había titulado su autobiografía con el epígrafe agridulce de Vida perdida, remedando a Lucas 9, 24: «El que pierda su vida por mí, la salvará». Pero la ha «salvado» no solamente por haberla rendido al prójimo, por lo extremo de sus renuncias y por su alto ejemplo de verticalidad cívica y humana, sino por su escritura. Vida ganada para la literatura y también para la posteridad y para el mundo, porque el inmenso legado de Ernesto Cardenal es hoy patrimonio de todos.

Juan Carlos Moreno-Arrones Delgado

Obra principal cardenaliana

El libro que ahora tiene entre sus manos pretende aunar toda la obra en prosa de Ernesto Cardenal, brindando al lector una referencia que pasa por todas las etapas de su vida, con la elección de lo más significativo, lo clave, lo necesario; poniéndolo en primer plano para que el que se asoma por vez primera a la obra cardenaliana pueda formarse una visión panorámica que le permita entender al autor nicaragüense. Fue el último gran proyecto de Ernesto Cardenal, quien, luego de publicar su poesía completa, quiso recopilar toda su prosa y publicarla en una única edición que, a modo de compendio, guardaría todas sus intervenciones en el ámbito de la prosa. Luz Marina Acosta —­­su asistente y hoy heredera de su obra— se encargó de compilarla y el mismo Ernesto seleccionaría los textos para que, a la postre, llegara a las manos del lector esta edición. La obra de Ernesto Cardenal es amplísima y se encuentra repartida a lo largo de toda su vida, pues el místico estuvo activo desde antes de su entrada a la Trapa en 1957 hasta casi el día de su fallecimiento en 2020. Así, exponemos aquí lo escrito en prosa por Cardenal a lo largo de su particular recorrido vital, dando una serie de pinceladas que dibujan el contorno de un cuadro que brilla por su riqueza y amplitud. El legajo de textos, que el autor dejó reunidos sin un orden aparentemente lógico, aparecen cerrados por un papel mayor en el que manuscribió Prosas dispersas, título bajo el que, en consecuencia, publicamos esta recopilación.

Esta edición forma parte de la colección «Obra Fundamental» de la Fundación Banco Santander, siendo un esfuerzo conjunto entre el vicepresidente y director general de la Fundación Ernesto Cardenal, Óscar de Baltodano, y el director del área de literatura de la Fundación Santander, Francisco Javier Expósito Lorenzo, que, desde el primer momento, confiaron en echar a andar este proyecto decidiendo trabajar juntos para hacerlo realidad. Es labor conjunta también la confianza depositada en el presente antólogo de la obra, a cargo de la dirección académica de la Fundación Ernesto Cardenal en el momento de la realización de este trabajo.

Una de las primeras etapas vitales de Cardenal, de obligada cita y profundización, es su experiencia mística, que se da el 2 de junio de 1956 —­­mientras pasaba delante de él la caravana de Somoza— y que marcará el punto de inflexión en su vida, pues le obliga a tomar los hábitos y, en segunda instancia, a intensificar su labor de escritura. De esta primera etapa destacan textos que son publicados en diferentes revistas; podríamos citar Gethsemani, Ky., Hora 0 o Poemas, entre otros. Esta primera etapa cardenaliana se caracteriza eminentemente por la búsqueda de lo divino, la comunión entre lo humano y lo místico, la experiencia en Solentiname y la explicación de las raíces americanas en el arte y la cultura. Cardenal establece en una de las islas de Solentiname —­­siguiendo los consejos de su antiguo maestro Thomas Merton— una comunidad contemplativa con campesinos, cuya proyección clara sería un compromiso político que les llevaría en última instancia a la revolución. De esta experiencia en la comunidad de Solentiname es necesario que el lector neófito entienda que caló el ser de Ernesto hasta los huesos, lo configuró en una línea muy determinada de comprender el mundo y de ver y sentir con el hombre que sufre. De esta época serán obras muy sentidas, también en lo estético, pues se producirán las grandes aportaciones de pintura primitivista en la isla. Seguirán libros como Antología de la poesía norteamericana, de 1963, o Salmos, de 1964. No podemos pasar por alto la profunda y comprometida formación académica de Cardenal, ya que es el primer escritor centroamericano que estudia Letras y, sobre todo, profundiza en la obra lírica estadounidense, que acabará incorporando en su propia producción. Empieza también a indagar en los temas científicos que marcarán hondamente sus composiciones poéticas; ya en 1965 encontramos obras como La voz de un monje en la era nuclear. Este cientificismo incipiente en el místico nicaragüense se mantendrá presente durante décadas en sus textos y le llevará incluso a ser reconocido por la Academia de Ciencias en Alemania por la explicación que da de ciertos eventos cósmicos en sus poesías.

La gran aportación de esta época llega en 1970 con Vida en el amor,que le lanzará al gran público y le hará famoso en todos los ámbitos de cultura y letras hispanoamericanas en el mundo. Ya podemos hablar de un escritor consagrado. Como consecuencia de esto, y de forma paralela, empiezan a traducirse sus obras a los principales idiomas mundiales, destacando la gran tirada que tuvo en alemán, país donde Cardenal siempre ha sido muy leído y estudiado. Fruto de sus años por Europa, surge una serie de escritos de corte político y amoroso que son recogidos con el nombre de Epigramas y que verían la luz en 1972. Es una época en que su poética empieza ya a virar hacia cánones mucho más políticos por la revolución sandinista en la que está inmersa Nicaragua y que Cardenal apoya sin cortapisas. Así, es entonces cuando empiezan a aparecer composiciones del tipo Canto Nacional al Frente Sandinista, publicado por primera vez en Venezuela en 1973. El corte estético aquí es claramente cambiante, pues dejamos atrás esas indagaciones en lo divino, en lo místico, en lo oculto, para empezar a adentrarnos en lo profundamente humano, lo radicalmente social. También en esa línea aparece en el mismo año en Chile Homenaje a los indios americanos, donde ya se puede atisbar al Cardenal más implicado con la realidad que le rodea: un Cardenal muy politizado, muy marcado por el sufrimiento del mundo, por sus desgracias y desigualdades. La etapa política de Ernesto está en su cénit.

Como apuntamos arriba, de su estancia en Solentiname surgiría una serie de profusos escritos, básicos para ahondar en la psique de nuestro autor; textos que, entre otros libros, son recogidos en 1976 bajo el título El Evangelio en Solentiname y que rápidamente adquieren un halo de misticismo que los acompañarán por siempre; las ventas hacen que ese mismo año Ernesto sea traducido y publicado a muchos más idiomas europeos. También en esa época se empieza a organizar y publicar la poesía surgida en ese entorno de Solentiname; un ejemplo es la Antología de poesía primitiva, ligada a la labor de la pintura, con la que conformaría un solo árbol estético de varias ramas. Podemos decir que, durante este período, los escritos de Cardenal se van politizando cada vez más, pariendo hijos tan conocidos como Canto a un país que naceo La santidad de la revolución, ambos de 1978. La revolución sandinista está a punto de triunfar y ahora vemos en Cardenal la pluma más beligerante, más comprometida, más social, más revolucionaria. Obviamente, este momento más político de su vida coincide con su trabajo en el Ministerio de Cultura —­­iniciado en julio de 1979 y que se alargaría hasta 1987—, que le llevó a recorrer a lo largo y ancho el globo por cuestiones literarias y artísticas (al final de su vida publicaría Pasajero de tránsito, recordando anécdotas y curiosidades de esos viajes). A la postre, toda esta vorágine revolucionaria le acarrearía ser suspendido de sus funciones como sacerdote bajo el pontificado de Juan Pablo II; no sería hasta la llegada a la silla de san Pedro del papa Francisco que fuera restituido en sus funciones como sacerdote, casi en el ocaso de su vida. Ven la luz en este período las obras marcadamente sociales Nostalgia del futuro y El estrecho dudoso. Es una época frenética, móvil, de cambios, de evolución… Un Ernesto vivo, un Ernesto que cambia, que crece y que comienza a dibujar los primeros trazos de una mística revolucionaria. En este momento, Cardenal cree firmemente en la santidad de la revolución y todo esto impregna hasta la médula su producción artística.

Es en 1985 cuando compone el gran poema épico de Quetzalcóatl, donde ahonda de forma visceral en la idea del indio precolombino, haciendo un juego magistral entre lo cotidiano, lo mágico y lo divino. La obra está cargada de imágenes muy visuales que acercan al lector a la huida y exilio de Tula, el protagonista que nos lleva de la mano por diferentes estados espirituales en los que el propio Cristo está presente como telón de fondo. Los grandes temas cardenalianos están casi definidos en su totalidad: nuestro poeta está preparado para abordar su obra maestra.

A finales de la década de los ochenta, publica su gran obra, por la que sería recordado en todo el mundo: Cántico cósmico. En ella, el autor nicaragüense nos arroja al mar de la ciencia, pero una ciencia que no pretende desligarse de lo divino, sino que explica, complementa y acerca al observador hacia la idea de creación a través de los descubrimientos científicos más en boga en esos momentos. El cientifismo de Cardenal es aquí absoluto y la gran cantidad de tiempo que pasa leyendo teorías cuánticas, físicas y de relatividad se ve reflejada de una manera fina y con maestría en el Cántico por una pluma que ya se siente eminentemente cómoda en estos asuntos: es el único poeta místico vivo en castellano y él lo sabe. En 1993, fruto de esta combinación mágica que hace Cardenal de lo espiritual y lo científico, ve la luz Telescopio en la noche oscura, que aúna la imagen del místico español san Juan de la Cruz con los últimos avances en observación espacial. La conjugación sensual que se establece entre estas dos temáticas, hasta ese momento casi irreconciliables, es rompedora y novedosa; es un místico innovador, carismático, comprometido y, sobre todo, cargado de humor. No entiende cómo tratar estos temas sin hacerlo desde la carcajada irónica, el giro intelectual, lo cotidianamente gracioso.

A finales del siglo xx, Ernesto Cardenal se sitúa ante su propio recorrido existencial y hace un pequeño acto de reflexión sobre lo ocurrido tras su experiencia mística años atrás. Este ejercicio de autoindagación personal hace que se publique en 1999 la obra de tintes autobiográficos Vida perdida. En ella intenta explicar cómo un pequeño nicaragüense se encuentra con Dios, cómo lo saborea y se deleita con su amor y, como consecuencia de ese encuentro de dos, vive una vida plena en el amor, de búsqueda de la igualdad y la mejora sociales. Las ínsulas extrañas, publicada en 2002, sería una continuación autobiográfica y se centraría de forma mucho más explícita en las ramificaciones y decisiones políticas que Cardenal se vio obligado a tomar tras poner, en el contexto social que le tocó vivir, su propia experiencia mística. En esta obra se acerca a postulados de la teología de la liberación en la forma de aplicar ideas cristianas en contextos sociopolíticos deprimidos.

Su incesante labor de indagar en los asuntos del corazón mirando a las estrellas le lleva a publicar en 2005 Versos del pluriverso, donde funde ya radicalmente ciencia y producción lírica; la fusión aquí es total: la forma, el contenido y las expresiones tienden un puente difícilmente equiparable en otros autores. Seis años después seguiría en esta misma línea de su poesía científica con la publicación de Este mundo y otro. Este gran proceso de creación poética basada en lo científico, con solidez teórica y marcado carácter riguroso, hará que en 2013 vea la luz el afamado Somos polvo de estrellas, que recoge algunos textos anteriores con nuevas aportaciones que dan a su producción científica el carácter serio y reconocido a nivel internacional que hoy tiene su obra y del que hablábamos arriba. Como todo poeta en el ocaso de su vida, comienza a preguntarse por el origen de la misma, el porqué de las cosas y hechos vividos y su relación cósmica con el todo; publica así en 2014 El origen de las especies, donde pone sobre la mesa el desmesurado conocimiento que tiene del cosmos, cerrando el poema con una apuesta total y rotunda por la vida. Leer estos textos es dejarse transformar, dejarse guiar hacia lugares desconocidos; uno no sabe si está leyendo mística, poesía religiosa o un canto a la evolución que, ya de forma radical, se identifica con la creación. Ve el hálito divino en todas las cosas y no puede comprender un mundo evolucionado separado de un mundo que aspira a conocer, saber y seguir sin descanso.

En el mismo año de su muerte, en 2020, de forma póstuma se publica En el camino de Emaús con el añadido como subtítulo de Poemas de resurrección. Poniendo como telón de fondo Telescopio en la noche oscura, Cántico cósmico y Vida en el amor, este libro viene a cerrar el proceso místico-espiritual cardenaliano y a relacionarlo de forma ya clara con la doctrina social de la Iglesia en un mundo hambriento de Dios, pero también de justicia social.

De este modo, el libro que tiene entre sus manos le llevará por todo este entramado vital, desde el punto de vista de las composiciones en prosa. Ernesto era un místico, un poeta, y esto lo podemos sentir y palpar en sus primeros escritos, pues parece que al autor nicaragüense le cuesta la prosa mucho más que la poesía. En su poesía, el lector descubre a un Cardenal seguro, consolidado, pero en la prosa parece que duda, reconduce postulados, hace giros perifrásticos, no tiene la seguridad de haberse expresado con claridad… y con ello consigue —­­quizá sin pretenderlo— textos de una hondura y finura léxicas y formales que atrapan, que enamoran. Son casi prosa lírica. Como la producción en prosa también fue rica y variada, hemos optado en la presente edición por agruparla a partir de criterios temáticos. Así, el primer gran bloque, llamado «Espiritualidad», aúna todo aquel texto que de alguna manera se relaciona con lo espiritual, entendiendo el término en el sentido amplio y grande que Cardenal le otorgaba. Un segundo aspecto, que hemos venido a llamar «Arte y literatura», condensa en sí aquellos textos ligados a algún tema estético, o de algún autor, o fragmento que aborda cuestiones de contenido ligado a este campo; este es también un apartado amplio. En la parte de «Ecología», el lector podrá encontrar dos artículos que Ernesto compuso en relación con este asunto y que hoy son de rabiosa actualidad, pues hablan de un mundo que sufre —­­y más si cabe— los males que ya apuntara el poeta. El apartado «Disertaciones» no es sino una presentación de ciertos discursos que, por diversas ocasiones públicas, el autor pronunciara o publicara; por eso, la temática es más variada, pero condensan también parte del pensamiento de Cardenal del que venimos hablando. De una clasificación más dificultosa son los últimos textos, agrupados en «Miscelánea», donde podemos encontrar elementos de su época en Solentiname, pero que no son puramente espirituales, sino más bien anécdotas y consejos para la producción poética, por ejemplo. En toda la obra de Ernesto, la producción cuentística brilla por su ausencia, a excepción de un único relato breve llamado El sueco, que se presenta al final del libro a modo de broche de oro, de cereza de regalo que anuda la edición del libro de una forma sutil y elegante.

Hay que añadir el hecho de que, para hacer esta obra más asequible al público, la mencionada asistente y heredera de la obra de Ernesto Cardenal, Luz Marina Acosta Guillén, ha reorganizado el compendio de apuntes y notas que van situando los textos tanto en el tiempo como en el espacio, lo que hace que sea muy fácil leerlos por separado. Incluso en conjunto, esta serie de glosas hace que la obra sea clara para un público neófito que quiere ir entendiendo el porqué, la razón última de cada pasaje.

En definitiva, el lector podrá formarse una idea bastante certera de quién era, cómo pensaba y cómo sentía el último místico hispanoamericano de finales del siglo xx y principios del xxi a través de estos textos seleccionados, organizados y anotados con ocasión del centenario de su nacimiento.

ESPIRITUALIDAD

Vida en el amor22[Fragmento]

Todas las cosas se aman. La naturaleza toda tiende hacia un tú. Todos los seres vivos están en comunión unos con otros. El fenómeno del mimetismo hermana a todas las plantas y animales y cosas: hay insectos que imitan a las flores y flores que imitan insectos, animales que imitan el agua o las rocas o la arena del desierto o la nieve o los bosques o a los otros animales. Y todos los seres vivos se aman o se comen unos a otros y todos están unidos unos a otros en ese vasto proceso del nacimiento y del crecimiento y de la reproducción y de la muerte. En la naturaleza todo es mutación y transformación y cambio de unas cosas en otras, y todo es abrazo, caricia y beso. Y lo mismo que las leyes que rigen a todos los seres vivos, las leyes que rigen a la naturaleza inerte (que también está viva, con una vida imperceptible para nosotros) son también una misma ley de amor. Todos los fenómenos físicos son un mismo fenómeno de amor. Lo mismo la condensación de un copo de nieve que la explosión de una «nova», el escarabajo abrazado a su bola de estiércol y el amante abrazado a su amada: todo en la naturaleza es un querer rebasar los propios límites, traspasar las barreras de la individualidad, encontrar un tú a quien entregarse, transformarse en otro. Las Leyes de la termodinámica y de la electrodinámica y de la propagación de la luz y de la gravitación universal son todas la misma ley de amor, y en la naturaleza todo está incompleto y todo es entrega y abrazo, y los seres son en la intimidad de su esencia y el más profundo misterio de su existir: hambre y sed de amor.

Las cosas están relacionadas unas con otras y unas están comprendidas en otras y estas otras en otras, de modo que todo el universo es una sola cosa vasta.

La naturaleza toda se toca y se entrelaza entre sí. Toda la naturaleza se abraza. El viento que me acaricia y el sol que me besa y el aire que respiro y el pez que nada en el agua y la estrella lejana y yo que la miro: todos estamos en contacto. Lo que llamamos los vacíos espacios interestelares están formados de la materia que forma los astros, aunque tenue y rarificada, y los astros no son sino una concentración mayor de esa materia interestelar y todo el universo es como una inmensa estrella y todos participamos en este universo de un mismo ritmo: el ritmo de la gravitación universal, que es la fuerza de cohesión de la materia caótica y la que une a las moléculas y hace que unas partículas de materia se reúnan en un punto determinado del universo y que las estrellas sean estrellas, y este es el ritmo de amor.

Todos estamos en contacto, y todos estamos incompletos. Y esta naturaleza que está incompleta está tendiendo siempre a lo más perfecto. Esta tendencia es la evolución. Y lo más perfecto de la naturaleza es el hombre. Pero el hombre también está incompleto, y también es imperfecto, y también tiende a otro: tiende a Dios. Y cuando el hombre ama a Dios, lo ama con las ansias de la naturaleza entera, con el gemido de todas las criaturas, con el inmenso y milenario anhelo de todo el proceso de la evolución. Toda la creación gime con nosotros, como dice san Pablo, con dolores de parto: y son los dolores de este inmenso proceso de la evolución.

Cuando los monjes cantan en coro están cantando en nombre de la creación entera, porque también todo en la naturaleza, desde el electrón hasta el hombre, es un solo salmo. Y nosotros no podemos descansar hasta hallar a Dios. Sólo entonces se aquietará en nuestro corazón la gran angustia cósmica, se aquietará este inmenso amor que oprime el pequeño corazón del hombre con toda la fuerza de la gravitación universal: hasta que nosotros encontremos este Tú al que tienden todas las criaturas.

Y todas las cosas nos hablan de Dios, porque todas las cosas suspiran por Dios: el cielo estrellado lo mismo que las cigarras, las inmensas galaxias y la ardilla listada que juega todo el día con todo lo que la rodea y teme a todo lo que la rodea y se esconde en todo (y todo cuanto hace es un movimiento inconsciente hacia Dios).

Hacia Él se mueven todos los astros y la expansión del universo es hacia Él, hacia Él donde han salido todos los astros y de donde salió el primer gas original, y sólo en Él descansará el universo.

El coyote cuando aúlla solitario en la noche, aúlla por Ti23. Y por Ti grita la lechuza cuando grita en la noche. Y por Ti arrulla dulcemente la paloma y no lo sabe; y cuando el ternerito tierno llama a su madre, es a Ti a quien llama, y a Ti llama el león cuando ruge, y todo el croar de las ranas es en Ti. Toda la creación te llama con toda clase de lenguajes. Como te llama también con el lenguaje de los amantes, y de los poetas, y con la oración de los monjes.

Y en los ojos de todo ser humano hay un anhelo insaciable. En las pupilas de los hombres de todas las razas; en las miradas de los niños y de los ancianos y de las madres y de la mujer enamorada, del policía y el empleado y el aventurero y el asesino y el revolucionario y el dictador y el santo: existe en todos la misma chispa de deseo insaciable, el mismo secreto fuego, el mismo abismo sin fondo, la misma ambición infinita de felicidad y de gozo y de posesión sin fin. En todos los humanos existe un pozo profundo, que es el pozo de la samaritana.

Toda mujer es una mujer junto al pozo. El pozo es profundo. Y en el brocal del pozo está sentado Jesús. «Y la mujer le dijo: Señor, no tienes con qué sacar el agua y el pozo es profundo…»

Respondió Jesús y le dijo: «Quien bebe de esta agua volverá a tener sed; pero el que beba del agua que yo le dé nunca tendrá sed, sino que el agua que yo le daré se hará en él una fuente de agua viva que saltará hasta la vida eterna».

Y le dijo la mujer: «Señor, dame de esa agua para que yo ya nunca tenga sed» (Juan 4, 11-15).

Esta sed que hay en todos los seres es el amor a Dios.

Por este amor se cometen todos los crímenes, se pelean todas las guerras y se aman y se odian todos los hombres. Por este amor se escalan las montañas y se desciende a los abismos del océano; se domina y se conspira, se edifica, se escribe, se canta, se llora y se ama. Todo acto humano, aun el pecado, es una búsqueda de Dios: sólo que se le busca donde no está. Por eso dice san Agustín: «Busca lo que buscas, pero no donde lo buscas». Porque lo que se busca en orgías, en fiestas, en viajes, en los cines, en los bares, no es más que Dios: que no se encuentra sino dentro de uno mismo.

En toda entraña hay la misma llama, quema la misma sed: «Como desea la cierva las corrientes de las aguas, así mi alma te desea a ti, ¡oh Dios!», dice el salmo. Todo corazón tiene clavada esta saeta.

El deseo insaciable que tienen los dictadores de poder, de dinero y de propiedades es el amor a Dios. El amante que busca la casa de su amada, el explotador, el hombre de negocios, el agitador y el artista y el monje contemplativo, todos buscan una misma cosa: el cielo.

Los rostros de las muchachas tienen un reflejo del cielo, y por eso son tan fascinadores para nosotros, porque nosotros hemos sido creados para el cielo.

Dios es la patria de todos los hombres. Es la única nostalgia. Desde el fondo de todas las criaturas nos llama Dios, y esa llama es el encanto que hay en todas las criaturas. Su llamada es escuchada en lo más íntimo de nuestro ser, como la alondra llamando a su compañero en la alborada, o Romeo silbando a Julieta bajo el balcón.

Mi dirección espiritual con Thomas Merton24

Debo revelar aquí dos desconciertos que me fue produciendo Merton:

Uno fue que en la dirección espiritual iba siendo cada vez más crítico con respecto al monasterio y la vida monástica en general. Siempre se ha dicho —­y es una realidad— que el noviciado es una luna de miel en la vida religiosa. Y como la luna de miel en los matrimonios es algo que después pasa. Yo estaba gozando esa luna de miel, pero Merton tenía dieciocho años de ser monje y veía las cosas de otra manera. Además, él ya se adelantaba al Concilio Vaticano II, antes que hubiera Juan XXIII y de que nadie pensara en la convocatoria a un concilio. Me decía, por ejemplo, que la vida que llevábamos era irracional. Que la observancia diaria del monasterio era estar dando vueltas a una noria. Nuestra vida estaba llena de ritualismos y rúbricas sin sentido. Una vez se refirió al monasterio como un circo. Otras veces, por su comercialismo, lo llamaba Trappist Corporation.

Yo salía de la dirección espiritual sintiendo un desasosiego. Una vez ya era invierno, ya comenzaba a nevar; y después de una conversación de estas, mientras miraba cómo los árboles se iban poniendo blancos, yo sentía una confusión interior. Sin tener a nadie a quien recurrir para consultar. Recordé que José Coronel Urtecho me había producido una angustia semejante cuando en mi adolescencia lo comencé a tratar. Porque rompía todos mis esquemas. José Coronel como mi mentor literario; y Merton ahora, mi mentor religioso, también rompía mis esquemas.

Estas cosas me las decía a mí, no se las decía a los novicios en sus conferencias. Su misión era formar a los novicios para ser trapenses; no espantarlos. Les hacía una exposición objetiva, digamos. Sin sus juicios subjetivos. Pero también cuidándose de no decir algo en lo que no creía.

A mí me decía que la orden trapense no era para poetas como él ni como yo. Como un cuartel o una academia militar no eran para poetas. Esa rigidez y disciplina podía ser buena para algunos, que lo necesitaban. Él consideraba que por algo Dios lo había puesto allí; y también Dios por algo me había puesto a mí. Pero tal vez eso no tendría que ser para siempre. Poco a poco yo entonces fui evolucionando, como él mismo había ido teniendo una evolución. Y esa fue también la evolución que la fundación latinoamericana fue teniendo. Primero una fundación de la orden trapense tradicional. Después con una reforma de la orden trapense. Después una fundación fuera de esa orden. Por último una pequeña comunidad llevando una vida sencilla sin regla y sin hábito.

Poco a poco yo me fui identificando con él en todo ese pensamiento renovador, y se me quitó toda inquietud. Estaba ya en la conspiración.

Llegó un muchacho muy joven que sólo estuvo una semana. Merton me contó que se fue porque era diabético y la dieta trapense, que era principalmente de carbohidratos, no era para él; todo el cuerpo se le hinchó en esa semana. Me dijo que el muchacho era inteligentísimo, que parecía un futuro Tomás de Aquino. Y yo no podía dejar de estar de acuerdo con él cuando me hablaba de lo estúpido de un sistema que rechazaba una vocación así por un simple asunto de carbohidratos. O cuando me contó que otro novicio que se había ido era artista, y por su temperamento artístico no había tenido cabida en esta orden, y salido de aquí seguramente no entraría a otra: una buena vocación que se perdería para toda vida religiosa.

Otro desconcierto que me producía Merton era que en la dirección espiritual, que despertaba en mí cada semana mucha expectativa por el increíble privilegio de poder recibir las enseñanzas de un maestro de la vida contemplativa, famoso mundialmente, y que yo había leído y venerado por tantos años, el restringido tiempo que teníamos él lo ocupaba en hablar de cosas no espirituales. Semana a semana yo esperaba las grandes enseñanzas místicas, y él hablaba de Nicaragua, me preguntaba de Somoza y los otros dictadores latinoamericanos, los poetas nicaragüenses, las selvas del río San Juan donde vivía Coronel Urtecho; me contaba de sus amigos de Columbia, Robert Lax, que parece que era su mejor amigo y que sería muy divertido porque con sólo empezar a mencionarlo ya él se estaba riendo; Mark Van Doren, su profesor de Columbia; o me preguntaba qué estaba leyendo yo en ese momento, o me hablaba de sus lecturas, que eran muchas. Al acabarse el tiempo me preguntaba si tenía algún problema espiritual. Generalmente yo le decía que no, porque generalmente no tenía ninguno. Si tenía alguno, por ejemplo el que me abrumaban las distracciones en el coro, me lo resolvía en pocas palabras y yo quedaba en paz.

Pero yo salía con un sentimiento de frustración. Una vez más mi precioso tiempo de enseñanza espiritual con Thomas Merton se había desperdiciado. Acabado el noviciado, yo ya no volvería a tener ningún contacto con él. ¿Pero cómo decirle que yo deseaba una dirección mejor aprovechada?

Poco a poco fui entendiendo. Cuando me hablaba de la fundación, me decía que la vida contemplativa era algo muy sencillo, que no debía tener complicaciones. La vida del contemplativo era simplemente vivir, como el pez en el agua. ¿Hay algo más natural que el pez en el agua? También me fui dando cuenta de que yo había llegado al monasterio creyendo que para ser contemplativo tenía que renunciar a todo lo que yo había sido: al interés por mi país, por la política de Nicaragua y América Latina, los dictadores, el imperialismo, mis amigos, los libros, todo. El que él en su dirección espiritual me hablara de todo esto era una enseñanza espiritual. Sin decirme nunca que me enseñaba la vida espiritual. Al final resultó que me enseñó a ser como él, en quien la vida espiritual no estaba separada de ningún otro interés humano. Lo que Merton me enseñó, y que no hubiera podido aprender en la mística clásica, es que mi vida era la única «vida espiritual» que yo podía tener y no otra. Y que Dios quería que yo fuera tal como yo era y no otro.

Me parece también que esto era una enseñanza zen. Por ese tiempo Merton estaba descubriendo el zen. Empezaba a leer unos libros de zen que había pedido prestados a algunas bibliotecas. Me habló a mí algo de zen, pero poco. Si él me daba una enseñanza zen conscientemente o inconscientemente, no lo sé. Pero era zen. El enseñarme la vida espiritual sin hablarme de la vida espiritual era zen. Sobre todo lo entendía así por un cuento zen que me contó el mismo Merton:

Una vez un peregrino llegó desde muy lejos atraído por la fama de un ermitaño muy sabio que vivía en la cumbre de una montaña. Escaló con mucha dificultad la montaña y encontró a un viejo cortando leña, y le dijo que quería ver al ermitaño sabio para que le explicara la esencia del budismo. El viejo le dijo que allí no había nadie más que él, y que él no sabía nada de budismo porque era sólo un leñador; y siguió cortando leña. Regresó decepcionado, y abajo lo estaban esperando algunos que querían saber de su entrevista con el ermitaño. Él les dijo que allí no había ningún ermitaño, sólo un viejo leñador cortando leña. Le preguntaron cómo era, y él se lo describió, y le dijeron que ese era él. El peregrino entendió que había recibido una enseñanza de la esencia del budismo.

(Del libro de memorias Vida perdida)

Lao-Tse, profeta de Cristo25

Los antiguos Padres de la Iglesia consideraron que Cristo tuvo profetas en el paganismo, y no sólo los había tenido en el Antiguo Testamento. Heráclito y Sócrates fueron de esos profetas paganos de Cristo, según san Justino; y agrega que «son cristianos, aunque hayan pasado por ateos». La doctrina de Platón, dice el mismo Justino, «no es extraña a la de Cristo, tampoco la de los otros estoicos, poetas, escritores». Clemente de Alejandría dice que así como el Verbo envió los profetas a los judíos «también ha separado de la masa a los mejores de los griegos promoviéndolos como profetas en su propia lengua». Y san Gregorio Magno: «Nuestro Señor vino para redimir a los judíos y a los gentiles, y así quiso ser profetizado por los judíos y los gentiles». El Verbo de Dios no había dejado nunca de estar presente en la raza de los hombres, dice san Ireneo. Lo mismo decía Orígenes: «que Cristo aunque invisible está presente a todos los hombres y se extiende a todo el universo». Y ya san Pablo en el Areópago de Atenas les había dicho a los griegos que Dios no había estado sin testimonio entre los paganos.

Si los Santos Padres descubrieron profetas del cristianismo en el mundo grecorromano con todas las contaminaciones de inmoralidad y errores que este tenía, con mayor razón podemos encontrar esos profetas en otras culturas más espirituales que los antiguos Padres no conocieron. Así, Romano Guardini en nuestra época ha considerado a Buda como un precursor de Cristo. Me parece que igualmente podemos considerar así a Quetzalcóatl. Y que también podemos decir que no ha estado sin testimonio entre los mayas, y en muchas otras culturas muy espirituales de nuestra América indígena, como también en la antigua China. Todos ellos son esos profetas del paganismo que según san Ireneo fueron «santos» que anunciaron la venida de Cristo, y según san Agustín pertenecen a la Jerusalén Celestial. De ninguna manera deben considerarse como falsos profetas, sino que su papel fue preparar el camino de Cristo y desaparecer a la llegada de él. Como fue ese el papel de Juan Bautista, a quien sus discípulos trataron de oponer a Cristo, pero él les dijo: «Conviene que yo disminuya y él crezca».