Vivir lejos - Patricia Severín - E-Book

Vivir lejos E-Book

Patricia Severín

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Beschreibung

A partir de conversaciones con Raquel Mercedes López, una mujer que tuvo una vida azarosa y apasionante, Patricia Severín reconstruye en Vivir lejos una historia de novela.  Berta es una joven mujer que sueña con un compañero que la quiera y la respete, para poder dar el inmenso caudal de amor que lleva dentro. Pero en los años setenta debe huir de su hogar en el norte de Santa Fe con sus dos pequeñas hijas. ¿Qué la impulsa a escapar? ¿De qué o de quién huye? Deja atrás el calor agobiante de su tierra para internarse en el frío de la Patagonia en donde, en bicicleta, recorre kilómetros para llegar a su trabajo, muchas veces en contra del viento gélido que no la deja avanzar. Allí, su vida dará un giro inesperado. Vuelve a empezar, a fuerza de voluntad y coraje, al tiempo cruzará el océano y vivirá al lado del mar. De esas cosas no se hablaba, nos murmura Berta que, sin saberlo, toma como propia la lucha inmemorial de la mujer por encontrar su lugar en el mundo, para que su voz sea escuchada. Los prejuicios, la pobreza, la soledad, la marginación, han sido obstáculos insalvables en este arduo recorrido de siglos. Junto a sus hijas, deberá reconstruir su mundo, incansablemente, una y otra vez. El amor, el dolor, las pérdidas pero también, la esperanza y la abnegación, se entrecruzan en esta novela que indaga el alma de una mujer que jamás se dio por vencida.

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Seitenzahl: 120

Veröffentlichungsjahr: 2024

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Vivir lejos

Vivir lejos

Patricia Severín

Índice de contenido

Portadilla

Legales

Vivir lejos

Landmarks

Tabla de contenidos

Comienzo de lectura

Portada

Severin, Patricia

Vivir lejos / Patricia Severin. - 1a ed - Santa Fe : Palabrava, 2024.

CD-I, EPUB

ISBN 978-987-4156-79-2

1. Novelas Biográficas. I. Título. CDD A863

Vivir lejos

Patricia Severín

Editorial Palabrava

Diagonal Maturo 786

Santa Fe

[email protected]

www.editorialpalabrava.com.ar

Colección Rosa de los vientos

Directora de colección: Patricia Severín

Coeditoras: Viviana Rosenzwit, Susana Ibáñez.

Diagramación y Tapa: Álvaro Dorigo

Diseño de Colección: Álvaro Dorigo y Noelia Mellit

Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723

ISBN 978-987-4156-79-2

Digitalización: Proyecto 451

La vida de Raquel Mercedes López ha sido,

sin lugar a dudas, una historia de novela.

Amorosamente, Raquel, me la contó durante muchos años y yo escribí estas memorias como homenaje a su fuerza de voluntad y a su coraje. Pese a todos los obstáculos difíciles que se le presentaron, construyó su vida basada en la

esperanza y en el amor. Dos pilares indestructibles.

Todo aquello que no se puede decir,

no hay que callarlo,

hay que escribirlo.

Al que me causa esta herida,

los vientos se lo lleven,

y las penas.

.

Safo

Mi abuelo, Dalmacio Benítez, mató a mi abuela de una patada. Virginia Silvestre se llamaba mi abuela, y estaba a punto de parir cuando eso pasó. Mi padre tenía dieciocho, y era el mayor de diez hermanos. Ella cayó al suelo y él la siguió pateando. La abuela se tapó la cara, pero el vientre le quedó al descubierto. Se levantó como pudo, abrió la canilla de la cocina y estuvo largo rato allí, mirando correr el agua fría. Luego se enjuagó la frente y los ojos, se sentó con la mirada hacia el patio y las manos sobre el vientre inmenso.

Al otro día o al otro o al otro, mi padre fue a buscar a su madre a la habitación, pues no estaba en ningún rincón de la casa. La vio morada, no podía respirar. Corrió en busca de la comadrona con su hermanita pequeña en brazos. Cuando volvieron, la comadrona lo atajó en la puerta de la habitación; sin revisarla siquiera, movió la cabeza de un lado hacia el otro y mandó a hervir grandes ollas con agua, pidió trapos, toallas y que llamaran a las vecinas. No tenía familia, mi abuela. Le habían hecho un vacío por haberse juntado con un criollo, con Benítez.

Mi padre y los nueve hermanitos se sentaron a esperar. La más chica lloraba de hambre; ya se habían salteado varias comidas, entonces mi padre peló papas, hirvió huevos y le dio leche en un tazón.

Por momentos, alguna mujer buscaba agua caliente y trapos limpios, y volvía a la habitación cerrando la puerta.

Al atardecer, la comadrona fue a la cocina, se lavó las manos en la pileta y miró fijamente a papá, le preguntó por dónde andaría Dalmacio Benítez, había que llamarlo con urgencia porque la cosa no había salido bien.

Los hijos rodearon la cama de la madre; se quedaron tomados de la mano, en silencio. Los más pequeños se acurrucaron a su lado y se durmieron; los mayores se turnaron para hacer guardia.

Hasta que vinieron a llevársela. No habían podido sacar al bebé.

La fosa estaba a medio cavar en el fondo del cementerio. Mi padre tomó una pala y ayudó al sepulturero para que el pozo fuera amplio y profundo. La bajaron con unas cuerdas que chirriaban; cada tanto alguno de los hermanitos hipaba y se limpiaba los mocos con el dorso de las manos. Rodeando el agujero, veían cómo su madre descendía hasta el fondo.

Dalmacio Benítez, lejos, se apoyaba, corpulento y macizo, sobre la pared del panteón de Bonavita, allí donde terminaba la línea de mausoleos y comenzaban las tumbas en la tierra.

Se pasaban la pala unos a otros para echar tierra dentro del hoyo, los más chicos agarraban un puñado y también lo tiraban dentro.

Las mujeres rezaban en voz baja y se repetían al oído lo que algunas habían visto: en vez del bebé, a Virginia Silvestre, se le escapaban, por abajo, gusanos grandes como dedos.

A Dalmacio Benítez le decían el Arenero. Traía en carros, tirados por caballos, la arena del puerto. Se la vendía a los que se la encargaban para levantar sus casas. Tenía un camión volcador y la llevaba también a la iglesia. Para mi abuelo eso era un gran honor. Antes de repartirla en el pueblo, la acopiaba cerca de los muelles en un descampado. Casi todo el pueblo construyó su casa con la arena que mi abuelo sacaba del río. Hizo fortuna: propiedades, hacienda, toros de raza que alquilaba al mejor postor en las épocas de celo. Pero después de la patada, de que mi abuela cayera sin poder protegerse el vientre, de que muriese amoratada con los ojos grandes muy abiertos, de que sus diez hijos la rodeasen en la cama y luego la bajaran al hoyo, una palada de tierra cada uno, corrió la leyenda, de boca en boca, de que las casas construidas con esa arena, con la arena que Dalmacio Benítez sacaba del río, se resquebrajaban. ¿Qué podía esperarse de un hombre así, qué llevaba en sus carros arena teñida de sangre? ¿Qué podía esperarse del Arenero, hijo de una india con un desconocido?; preñada por algún soldado, quizá violada la india, por alguien que pasó y se fue.

Mi padre dijo que él mismo vio las grietas que empezaban a abrirse desde el techo hasta los cimientos de las casas.

Incluida la de ellos.

El abuelo vivió solamente cinco años después de que murió su mujer, la que había cruzado el mar con sus padres en 1879, la tímida, la rubiecita, la que siempre estaba en silencio.

Empezó a jugar el abuelo. Y a tomar. Liquidó la fortuna, los carros, la arena, los toros de raza, la hacienda, las propiedades… Hasta su propia casa se jugó, y desparramó a los hijos entre los parientes de buena voluntad.

Mi padre se iba a los bañados a cazar nutrias, comía esa carne y secaba los cueros; le daban unos pocos pesos por ellos, pero igual levantó un rancho con sus propias manos; empezó a buscar a sus hermanos, casa por casa, para llevárselos con él.

A mi abuelo no podían encontrarlo nunca. No tenía domicilio fijo ni amigos a quienes preguntar. Iba de boliche en boliche y pasaba la noche donde lo agarraba, a cielo abierto, rodeado de perros en un hoyo de tierra.

Lo encontraron en el descampado donde antes acopiaba la arena, cerca de los muelles. No se sabe cómo llegó hasta allí. Se habría venido caminando desde el pueblo, buscando quién sabe qué, quizá su carro, sus caballos.

Boca abajo, en la zanja, sobre la arena que se mezclaba con barro, los ojos y la lengua comidos por las sanguijuelas.

Mi madre, al contrario de mi padre, nunca quiso hablar de su vida. Yo no me atrevía a preguntar: si quería sacarle algún recuerdo me miraba de un modo que me congelaba. Berta, decía, es de muy mala educación preguntar.

Hablaba poco, mamá.

Pero, aunque nunca contó nada, me enteré por las vecinas de qué a la madre de mi madre, mi otra abuela, la robó de trece un español de apellido Solís, que se había afincado hacía mucho tiempo en tierra argentina, y le hizo siete hijos. Tenía fortuna el español, tropillas de caballos que se reproducían como langostas en los campos de Corrientes. Hacia allá la llevó. De los siete hijos que la abuela tuvo con Solís, mamá era la sexta. Pero un buen día al español comenzaron a perseguirlo porque, tomado, chuceó a un militar por unas polleras. Se dio a la fuga en un caballo de su tropilla, su preferido, alazán de gran presencia, de buena alzada, pero ni con el mejor caballo pudo evitar a la partida.

Cuando la abuela se enteró de su muerte repartió a sus hijos, igual que hizo con los suyos Dalmacio Benítez. Sólo se guardó a la más chica. Mamá tenía dos años cuando la dio. Nunca más vio a sus hermanos ni a su madre. La depositaron en la casa de la madrina. La madrina la bautizo y la educó. Estaba casada con un judío aunque ella era cristiana. No fue mezquina con mamá. Le enseñó de todo, a ahorrar le enseñó. Siempre contando las monedas, los centavos, mamá. La mandó a la escuela, la adiestró en el tejido, en la costura; le decía, Las mujeres tienen que saber de todo para defenderse en la vida.

La familia de la madrina desconfiaba de los criollos, como antes habían desconfiado de ese español, Solis, de mirada turbia, que cada tanto pasaba por el frente de la casa. Pensaban que era mejor tenerlos lejos, que eran gente ladina, buscavidas, aprovechadores. Y justo apareció papá, que había dejado su pueblo para ir cazar nutrias y a changuear, para sobrevivir. Con un carro sacaba rollizos del monte y los vendía de pueblo en pueblo. Pasaba por la casa de la madrina y miraba a mamá. Una noche se encontraron en el baile. Allí comenzó todo. Mamá siempre fue loca por el baile y su madrina la llevaba. Papá se animó y le habló.

No, dijo la madrina, de ninguna manera. No tiene empleo fijo.

Prohibieron que el nombre de papá fuese pronunciado en la casa. Comenzaron a vigilarla. Ya no podía salir, sólo algunos mandados urgentes por la cuadra.

Mamá esperaba. Era mansa. Su mayor virtud fue la paciencia.

Esperó a que su familia cambiase de opinión.

Esperó a que la fuerza de los días demostrase que podían confiar en papá.

Esperó.

Hasta que se dio cuenta de que los planes eran otros: habían elegido para ella a un primo de la familia.

Para poder verla, papá gritaba un suave sapucai y mamá, si no había peligro, sacaba una toalla blanca y la sacudía desde la ventana de su habitación; si había moros en la costa, desplegaba un trapo a rayas.

Y una noche, mamá se escapó.

Él la recogió con el carro detrás de la iglesia; se fueron al pueblo de papá, lejos de Corrientes, en busca de los hermanos de él.

Mis padres abrieron una carnicería en el pueblo. El mismo día de la boda la abrieron. Se instalaron en el rancho que papá había levantado años atrás. Sin barullo. Antes era así. Primero trabajar. No había luna de miel, ni fiestas, ni trajes. Tampoco dinero para gastar. Y como ese era el pueblo de papá, tenía conocidos. Se relacionó con un chacarero que vendía animales y pusieron juntos el negocio. Carneaban en el campo, a la madrugada, y traían las medias reses en el sulky del chacarero; papá las trozaba, acomodaba los cortes sobre el mostrador y se iba a acostar unas horas. Mamá abría la carnicería, y trabajaba allí y luego en la casa, siempre lo hizo, nunca se le fue la costumbre. Hablaba poco y trabajaba mucho. Al tiempo empezó a preocuparse: no quedaba embarazada. Fueron a consultar a un médico. Nunca podrá tener hijos, fue la respuesta.

Papá volvió a juntar a varios de sus hermanos y los trajo con ellos. Algunos se habían casado y ya tenían sus propios hijos. Otros se habían ido a otros pueblos o a trabajar al campo. Construyó más habitaciones y el rancho se fue agrandando y tomando forma de hogar.

Era 1935 y Don Evaristo, el rico del pueblo, había ido comprando, en vida del abuelo, sus terrenos. A papá y sus hermanos sólo les quedaba ese cuadrado en donde levantó el rancho. Don Evaristo les había hecho firmar un papel en blanco en el que luego escribió que el abuelo le había dejado el terreno. Pelearon con papá, pelearon fiero; papá lo agarró del cogote hasta que se puso lila, mamá lloraba, ¡Te van a meter preso!

Don Evaristo se asustó (quizá se acordó de Dalmacio Benítez cuando mató a su mujer), y les dio la escritura. Se quedaron en el rancho y nunca más se movieron de allí.

Papá no era organizado, se cansaba de las cosas, de los trabajos: dejó la carnicería y volvió a ser acopiador de cueros de nutria. Decía que no era lo suyo estar encerrado entre cuatro paredes atendiendo a la gente, aunque en realidad la que estaba mañana y tarde en el local, era mamá. Trabajaba en cualquier cosa que le ofrecieran en el pueblo, papá. Mal carácter tenía, nadie se animaba a llevarle la contraria. En casa se hacía lo que él decía. Tuvo caballos de carrera, lecheras. Mamá vendía la leche de casa en casa. Llevaba damajuanas cargadas en una carretilla que había acondicionado, iba volcando un litro en esta casa, dos litros en la otra, hasta vaciarlas.

Habían pasado diez años desde el casamiento y mamá no quedaba. A escondidas comenzó a consultar. Doña Engracia era curandera y práctica. Cada vez que papá se iba a matar nutrias, mamá la consultaba sin que nadie la viera. Se ponía un pañuelo en la cabeza y se iba por los caminos en los que había descampado. No se resignaba mamá. Doña Engracia le decía, Sin tranquilidad mijita no vamos a ningún lado. Estás muy flaca vos, vas a tener que comer más. Después de muchos días y muchas charlas, Doña Engracia se levantó despacio de su gran sillón de mimbre, porque era muy gorda, y le trajo un frasco transparente, Andá al baño y oriná mijita. Mamá volvió más nerviosa que antes pensando en dónde se había ido a meter; papá le había prohibido andar con curanderas. Quién sabe qué cosa haría esta mujer con sus aguas. Pero ya estaba allí y no podía volverse atrás.

Doña Engracia tomó el frasco, se levantó otra vez con mucho esfuerzo y se fue caminando lentamente al patio. Miró el contenido y lo elevó hacia el sol. Giró el frasco hacia la izquierda, hacia la derecha.

Entró tan lentamente como había salido, se acomodó en el sillón de mimbre y dijo, Hijos podés tener. Veo una gran inflamación. Primero baños de malva. Luego te daré otros yuyos. Vas a quedar embarazada.

Doña Engracia también dijo que ese primer hijo podía nacerle enfermo, que no se ilusionara, quizá muriese en el parto.

Mamá tomó los yuyos, hizo baños de inmersión, se fregaba con ungüentos las plantas de los pies, las enjuagaba con romero, se friccionaba el vientre con hierbas por debajo del ombligo.

No cosió ninguna ropita mamá, no había tejido nada: el primer hijo podría llegar a morir, como dijera Doña Engracia.

Pero nací yo, Berta. Era 1947. Un día sábado nací, a las cuatro y media de la mañana. En los astros está escrito nuestro destino. Siempre lo supe aunque no me lo dijeran. Hay algo mucho más grande que nosotros que guía nuestros pasos y nuestra voluntad.