Volver a Shangri-La - Jorge Eduardo Benavides - E-Book

Volver a Shangri-La E-Book

Jorge Eduardo Benavides

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Beschreibung

A partir de una caja de fotos familiares, Mariana le cuenta la historia de su vida a su hija, para justificar la manera en que repetimos ciertas conductas, muchas veces a nuestro pesar. Detalla cada una de esas imágenes, y se detiene en ellas para recuperar un pasado elusivo, esa infancia limeña que existe simplemente como algo destinado a añorarse, un paisaje que vibra de fugacidad antes de desaparecer por completo, igual que un espejismo en el calor del desierto. Los retratos no mienten para quien sabe mirar y desenmascarar la fragilidad de las poses. Jorge Eduardo Benavides (Arequipa, Perú, 1964), ganador del XXV Premio de novela Torrente Ballester y del XIX Premio Unicaja Fernando Quiñones de novela, recrea en Volver a Shangri-La con enorme sensibilidad e inteligencia la nostalgia y el dolor que causan el amor, y el exilio, la renuncia y la fortaleza de las madres, los roles sociales que mutilan la creatividad femenina, la erosión de la vida en pareja, y el lastre de los matrimonios fallidos, temas que indagan en el universo femenino tanto actual como de otras épocas. "Benavides se ha instalado en la tradición realista de la novela hispanoamericana, la de las preocupaciones sociales y políticas, dando así continuidad a una tendencia más que consolidada en esta literatura. Y lo ha hecho, además, con una maestría que se sustenta no sólo en la compleja estructura arquitectónica de sus novelas, sino en una forma de narrar sensacional." Eva Valero, Cervantes virtual "Uno de los escritores peruanos más prestigiosos de la generación que se dio a conocer a caballo entre dos siglos, aunque hayan desarrollado lo mejor de su obra en éste." Juan Ángel Juristo, Cuadernos hispanoamericanos

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Veröffentlichungsjahr: 2022

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Jorge Eduardo Benavides

Volver a Shangri-La

I

Mira, la niña que sonríe sentada en la banca y a la que se le empieza a derretir el helado bajo la tarde de sol soy yo. Recuerdo esos zapatos negros con hebillas porque me hacían daño y mi madre se obstinaba en que me los pusiera cada vez que salíamos al centro con papá. No me gustaban esos zapatos, creo que los odié desde la resuelta y pura convicción de los seis años. La mujer que me abraza y ensaya una mirada artificiosamente tranquila es mamá. Qué extraños son los gestos cuando tienen como destino el flash inmediato de las fotografías, hay algo crispado en aquellos ademanes que debieron ser naturales y que, ante la presencia de la cámara, buscan una naturalidad que en el fondo sólo resulta fingida y por tanto equívoca. La sonrisa de papá tampoco es su sonrisa, su mano descansando y como distraída en el hombro de mi madre, tampoco es su mano. O sí lo es, pero de otra manera, menos franca, menos resuelta. Sus ojos sin embargo parecen haber sido sorprendidos en una inconsciente reflexión, en esos particulares abismos en que se sumergía de tarde en tarde, cuando yo lo encontraba en el salón, leyendo el periódico, ensimismado, apenas dispuesto a contestar mis preguntas con el timbre parsimonioso y didácticamente explícito con que se les responde a los niños. Cuando paseábamos era igual, caminar por el jirón de la Unión, tomar un helado en el Tip Top, comer unos anticuchos cerca del Estadio Nacional, eran sólo pretextos para su particular paseo por dentro de sí mismo. Esa vuelta sosegada alrededor de sus pensamientos resultaba algo cuya naturaleza más íntima se le escapaba a mamá que siempre estaba hablando y riendo, incapaz de entender nada que no fuera más allá de su propia y trivial órbita. Se le escapaba a ella, pero no a mí. Mi padre la miraba atrincherado en una sonrisa ausente, asentía a todo lo que su mujer decía sin soltar una palabra, comentaba lo necesario para no ser grosero, sonreía lo imprescindible para no arrebatarnos la felicidad de pasear y comer helados sin preocuparnos por el dinero, por las cuentas, por todas aquellas cosas que lo lastraban hacia esa otra dimensión que adquiría el silencio en su sonrisa. En realidad a mí no me importaba, ni siquiera sabía —al menos conscientemente— cuánta falta podía hacer el dinero, cuánto costaban aquellos paseos por el centro, pero la alegría de mamá, su nerviosismo para elegir mis vestidos más bonitos, su concentrada aplicación de perfume y carmín nunca fueron cotidianos, no tenían la placidez de la costumbre, como la sonrisa que suele ofrecer en las fotos; eran gestos que se adueñaban del momento para investirlos con una solemnidad patética y que a mí, en ese entonces, simplemente me parecía exultante, como la promesa de fiesta que encerraban. Mamá me hacía cómplice de su alegría, me obligaba, sin saberlo, a aceptar el gozo como un compuesto ajeno a la rutina, como algo que hay que ganarse con las notas del colegio y con acompañarla a misa sin protestar, con toda la comida que no me gustaba, mojada con mis lágrimas y sollozos y que terminaba a duras penas cuando papá —que casi nunca pronunciaba palabra en la mesa— me decía que el sábado no habría paseo si no terminaba todo el plato. Y lo señalaba con el tenedor, como para que no cupiera duda de qué hablaba. Pero no decía «no irás de paseo», o «no habrá paseo». Decía: «no habrá sábado», con lo que anulaba cualquier posibilidad para ese día, hacía de él el campo remoto, soleado e idílico del disfrute y lo colocaba en el calendario como si fuera una meta, como si éste fuera en realidad un mapa donde el sábado constituía la única isla distinguible en aquel mar sin sorpresas. «No habrá sábado», decía sin dejar de mirar su plato, comiendo sin placer, pero también sin disgusto, alimentándose para seguir vivo, nada más. Mi madre entonces me miraba como si no creyera que mi maldad fuera tan grande como para privarla a ella del sábado. Yo terminaba de comer asustada, con un miedo inmenso de perder su cariño, de despertarme en una noche y no encontrarla en su cama, huida de mi crueldad, perdida en una noche que la conduciría a otras niñas y a otros sábados, a los sábados que yo nunca más volvería a disfrutar, confinada para siempre a vivir con un almanaque incompleto. ¿Cuánto duraron aquellos paseos semanales? No lo sé con exactitud porque pertenecen al territorio ambiguo de los recuerdos más remotos, se inscriben en la dudosa contabilidad de la infancia. Casi nunca nos tomábamos fotos, porque eran un gasto innecesario, un derroche absurdo al que rara vez accedía mi padre, una trivialidad en la que mamá se empecinaba como si fuera necesario dejar constancia de su felicidad, dejar prueba de ello para disipar las dudas futuras que le asaltarían cuando mi padre se marchó para siempre de nuestras vidas.

Las fotos son sólo la evidencia de que la nostalgia se prepara, se va armando en la confianza implícita de que el pasado existe simplemente como algo destinado a añorarse, un paisaje que vibra de fugacidad antes de desaparecer por completo, igual que un espejismo en el calor del desierto. Por eso mi madre insistía tanto en tomarse aquellas instantáneas, en sonreír con su mejor sonrisa, con la cabeza ladeada en un estudiado escorzo para acentuarla, con los gestos más naturales que creía asumir, abocada en fingir una placidez, una sedante alegría o serenidad de la que años más tarde debería sacar toda su fuerza para resistir el desmoronamiento de su vida, la lenta pero irremediable ausencia de mi padre, esa herrumbre que se fue depositando paulatinamente en sus días.

A él en cambio no parecía importarle tener fotos porque quizá no creía necesario recordar aquellos largos o quizá tediosos paseos sabatinos, aquella vida con esa mujer de cabello corto y pestañas profundamente negras que sonríe en esta imagen dejándose abrazar; con esa niña de zapatos brillantes que se contorsiona bajo el sol evitando que se le derrita el barquillo que sostiene en su mano pequeña e inhábil: vivir sin fotos que le estorbaran el presente, la otra casa, el velador de otro dormitorio, la vida con otra mujer que terminó venciendo a mi madre simplemente con la persistencia de su olor en las camisas de papá, en esas llamadas telefónicas intempestivas que ella atendía con incredulidad y estupor, primero, y luego con gritos e insultos antes de colgar. Entonces, arrebatada por un furor desbordante, se ponía a sollozar frente a mí, a veces de rodillas y con las manos ocultando su rostro como de una visión imposible de tolerar. Luego me rodeaba entre sus brazos casi haciéndome daño, asfixiándome, aunque yo no me atrevía a despegarme de ella, y finalmente se sentaba en el banquito que había junto al teléfono, con los ojos enrojecidos, resuelta a esperar a mi padre sin moverse de allí, fumando un cigarrillo tras otro, reconcentrada seguramente en funestos pensamientos, inventariando con minucia el catálogo de insultos y reproches que le dirigiría cuando llegara, resoplando como para atizar el odio que empezaba a menguar con el paso de las horas, como si todo aquel encono y frustración se hubiese disuelto en una mansa ciénaga de perplejidad donde ella chapoteaba exhausta y ya vencida. Mientras tanto, yo iba y venía de un lado a otro de la casa, asustada de escucharla murmurar agravios y maldiciones, de rumiar ofensas y reproches, mientras se retorcía las manos como si quisiera desollárselas. Tenía unas manos largas, frágiles y apreciablemente bonitas, ¿sabes? Y a mí me daba pena ver cómo se las estrujaba en aquellos momentos en que la furia y el desconcierto, la humillación y el terror se apoderaban de ella. Entonces me alejaba de su lado callada, disimuladamente, con el corazón latiendo apresurado, temiendo además que ella fuese a pensar que aquel alejamiento mío constituía una deserción imperdonable de su dolor, la estocada final de la traición que había cometido mi padre.

En aquellos momentos iba a la cocina a tomar un poco de agua o me acercaba a la ventana del salón a mirar la calle, o subía a vagar por las habitaciones sin que ella se percatara de mi ausencia. Y volvía sigilosa. «¿Tú qué haces ahí?», se volvía entonces a mí con unos ojos malignos al descubrirme observándola, casi escondida en el umbral de la puerta. «Vete a tu habitación», me ordenaba casi con un ladrido. Y yo me iba. Para cuando mi padre por fin llegaba y había pasado una eternidad desde la llamada, yo ya estaba en la cama, después de haberme tomado unas galletas y un vaso de leche, y me fingía dormida, flotando en un sopor oscuro y denso como un lago de alquitrán donde poco a poco se alzaban las voces veladas, los siseos como de serpiente, imprecaciones, un rugido sordo, los pasos que iban y venían como en rápidos círculos y cerradas contramarchas, pues tan pronto sonaban apresurados y lejanos como en el propio umbral de mi puerta. Y volvían a alejarse con un rumor atropellado, impaciente, lleno de rabia, y por fin se abría la puerta del cuarto contiguo donde proseguían los gritos contenidos y sin embargo furiosos como navajazos, los llantos angustiosos y luego un silencio pesado, larguísimo y oscuro en el que apenas me atrevía a moverme, asustada de oírlos en su habitación, entre gritos sofocados e insultos, atrapados finalmente en otra violencia, en un forcejeo que no podía imaginar, que no quería imaginar, cerrando los ojos, conteniéndome también para no gritar y correr donde mamá, a salvarla de mi padre que debía estar pegándole, cegado por un furor terrible cuyas dimensiones me era imposible alcanzar o entender desde mis escasos seis o siete años de ese entonces. Pero no era así, no habían reñido más, mi padre no había atacado a mi madre y la había dejado muerta, desmadejada en un charco de sangre sobre la cama, porque al día siguiente se habían amistado, desayunaban tranquilos, se sonreían como amigos que no se ven desde hace mucho tiempo, y yo sabía que durante algunas semanas o meses no habría más de esas llamadas anónimas y sorpresivas que hacían llorar a mamá, que no la vería olfatear ansiosamente las camisas de mi padre, revisarle los bolsillos aprovechando que él no estaba o se estaba duchando, y eso me hacía feliz pues significaba que la semana tendría sábado.

Los retratos no mienten; se van desdibujando cuando los gestos y las sonrisas de las personas atrapadas en esos recuadros de luz y sombras no son del todo sinceros, les va cayendo como un polvo invisible que se aposenta con los años y que no se puede quitar con nada porque no hay nada que remedie la inmovilidad del pasado, su ultraje de cosa finiquitada ya para siempre. Para quien sabe mirar, descubren el tono de una risa detrás del gesto mudo que la anuncia, advierten los mínimos detalles de un ademán furtivo, de una mirada sin destino, desenmascaran la fragilidad de las poses, socavan la alegría desmesurada, revelan el traslúcido dolor de los que fingen indiferencia, y con el paso del tiempo se van volviendo radiografías de nuestra más recóndita intimidad porque se les añade la dimensión de la memoria, la perspectiva fértil y al mismo tiempo engañosa de los recuerdos. Los únicos que quedan iguales en las fotos son los niños: quedan niños para siempre, detenidos en una infancia que todavía no finge ni miente aun posando. Te vas a reír, pero yo me veo como soy ahora en esta instantánea en que abrazo a Fígaro que se me escurre de entre las manos, demasiado grande ya para que lo pueda cargar sin esfuerzo. Intento sonreír a la cámara pero estoy concentrada en el cuerpo elástico del gato al que le he puesto un sombrero que se intenta sacar con una pata y se encrespa lo suficiente como para adivinar su rápida huida después del flash que nos ha inmovilizado en un segundo, suspendidos en el fogonazo de luz que atrapa mi gesto entre divertido y asustado, mis piernas flacas que muestran los arañazos de Fígaro que prefiere tomar el sol y largarse de casa durante días, igual que papá.

Cuando llego del colegio hago las tareas, pero rara vez salgo a la calle. El papá de Natalia se iría a trabajar a Piura y yo ya no volvería a verla. En realidad, eso ocurrió bastante después, aunque los años desbaraten la cronología: me dijo que me quería mucho y que era su mejor amiga pese a que nos enemistamos durante meses cuando le dije que Laura era más dueña del Perú que nosotras y que su papá seguramente le había robado al papá de Laura. No tengo ninguna foto de Natalia y ella en cambio debe de tener varias mías, si es que aún las conserva, ¡ha pasado tanto tiempo ya! Y seguro que también guarda aquella en la que aparecemos las dos con Miss Mary, nuestra profesora de primaria, y probablemente conserve alguna fotografía de Fígaro, al que ella quería tanto como yo, que era su dueña, aunque él parecía no hacer distinciones a la hora de restregar el lomo contra nuestras piernas o huir dando zarpazos cuando intentábamos bañarlo o ponerle los vestidos de las muñecas. A Fígaro lo quise a pesar de —o precisamente por— la indiferencia con que respondía a mi cariño. O quizá porque era el único cariño que tenía a mano: por esos días, mi madre pasaba largas horas llorando en su habitación, y acepté la convivencia del dolor hasta el día que entendí cabalmente su origen y lo acepté como mío, odiando a mi padre con un desprecio que también tomé como propio y que a fuerza de prestármelo de mi madre terminó perteneciéndome con más entereza que a ella misma, a quien los años y la soledad que le fueron acomodando los recuerdos terminaron dejándole unos rescoldos de amargura que, sin embargo, no alcanzaban para seguir atizando la hoguera de su odio.

Ahora, las veces que la llamo, casi siempre me contesta con estupor sincero cuando sale a flote el tema de papá —como un cadáver imposible de sumergirse para siempre en el olvido— y entonces nuestras charlas se vuelven extremadamente cautas, como si de pronto avanzáramos por un campo sembrado de minas. Me habla con extrañeza y parece que me va a recriminar que me refiera con tanto desprecio a quien nos abandonó. «¿Cómo puedes guardarle tanto rencor a papá?», murmura seguramente moviendo la cabeza incrédula. Ella dice así, «papá», como si también lo fuera de ella, como si su añeja lejanía nos lo hubiese devuelto, al cabo de los años, convertido en una figura que nos trasmuta patéticamente en hermanas y no en lo que somos, madre e hija; dos tristes hermanas abandonadas por sus respectivos maridos y con una hija a su cargo: duplicadas en nuestra trayectoria vital, me digo con abrumador desconcierto las pocas veces en que he vuelto a Lima y la he visitado en su casa, la que fue también la mía, ya sabes, el departamentito de Miraflores. Así, cada vez que ella se refiere a mi padre abarcándolo en un plural tan implícito como detestable, como si también fuese el suyo, yo soy su atroz imagen en el espejo y ella lo es en el mío. Quizá eso es lo que más me duele y me ofusca porque entiendo que el hermanamiento que ella fuerza entre nosotras al hablar de mi padre es también una metáfora de nuestros respectivos fracasos…

Pero por esas fechas, ya te digo, por los días en que tío Pedro me tomó esta foto con Fígaro, yo prefería quedarme en mi habitación peinando al gato, cantando en voz alta las canciones que nos enseñaban en el colegio para así no oír a mi madre, poniendo el televisor a todo volumen para ver cantar a Yola Polastri y no escuchar los aullidos llenos de desesperación y furia de mamá, los insultos o las súplicas de papá, que intercambiaba unos y otras en un discurso desconsolado y angustiante. Me quedaba abrazada a Fígaro que se dejaba hacer hasta que lo apretaba demasiado fuerte y entonces maullaba saltando de entre mis brazos y huía hacia la cocina para alcanzar desde allí el patio trasero, saltar la tapia y huir a la calle. Fígaro era el cariño de tío Pedro, el cariño ronroneante que se dormía como una pelota de aire cálido y pelos entre mis brazos, igual que a mí me gustaba dormirme entre los de tío Pedro y, algunas veces, en brazos de papá. Pero papá me daba miedo porque casi no hablaba conmigo, y me miraba malhumorado, extendiendo injustamente su enojo y su hartazgo hacia mí, pues muchas veces, cuando llegaba tarde a casa, mi madre lo recibía desesperada, mesándose los cabellos, lo insultaba con un encono tóxico y casi lujurioso, como esperando que él le soltase una bofetada que la aplacara o quizá la excitara aún más, sin apenas enterarse de que yo asistía temblorosa a aquellas escenas pegada a la pared, y oía aquellas injurias que jamás antes había oído temblando y casi sin poder respirar. Entonces él, tomándola fuerte de un brazo, la arrastraba hacia la habitación mientras ella se debatía con vehemencia, jadeando fuera de sí, el rostro contraído, las uñas dispuestas a arañar, la ropa revuelta, oponiéndose a la fuerza de mi padre con una vehemencia mediterránea y febril. Allí, en la habitación, se encerraban durante horas, como si una simple pared fuera suficiente para desmentir los renovados gritos, los insultos, las discusiones y los bruscos silencios que me hacían temer lo peor. Lo realmente espantoso era sentirse atrapada por un miedo para el que no hallaba explicación alguna, un temor horrible y gelatinoso que me negaba a admitir, hamacándome frente al televisor encendido a todo volumen, cantando las canciones del programa musical, concentrada en las letras, en los alegres contoneos de las chicas que bailaban, con sus botas blancas y sus vestidos cortos de lentejuelas, meciéndome en la cama para sumergirme en un ritmo que me hiciese olvidar las lágrimas, que me sacase de ese otro ritmo de voces serpenteantes y sollozos y blasfemias y portazos y silencios que me obligaban a ovillarme debajo de la cama metiéndome los dedos en los oídos hasta hacerme daño. En la oscuridad miraba los ojos de fuego plácido con que Fígaro me admitía a su lado y lo acariciaba como si se tratase de mi tío Pedro.

A Fígaro lo quería pese a que me abandonaba con frecuencia y recibía mis caricias con un desapego invencible que mi madre se afanaba en explicar —para consolarme— diciéndome que estaba en celo, por eso se escapaba de tanto en tanto y yo quería saber qué era estar en celo, por qué cuando estaba en celo huía de mí. «Porque los animales machos escapan cuando están encelados», respondió ella una tarde durante el almuerzo y mi padre sacudió su servilleta, retiró bruscamente la silla y salió de casa dando un portazo. Mi madre siguió con la vista clavada en su plato, no dijo nada y luego señaló el mío con la barbilla, que me comiera todo sin rechistar, pero yo pude ver que mientras se llevaba los bocados de comida le resbalaban unas gruesas lágrimas por las mejillas.

Por estar en celo murió Fígaro. Fue una mañana en que yo no había ido al colegio porque el día anterior tío Pedro me llevó al Parque de las Leyendas y al salir ya bien entrada la tarde, después de corretear todo el día viendo a los animales, nos cogió un ventarrón tremendo. Amanecí con el rostro congestionado y húmedo, y con la garganta dolorida. Mi padre me puso su mano grande y caliente en la cabeza y le dijo a mamá que era un poco de fiebre, que mejor no fuera al colegio. Pero, en contra de lo que supuse, no me dejaron levantarme de la cama y me quedé todo el día leyendo Billiken y un ejemplar de Mujercitas que había sido de mi madre cuando niña. Si no es porque en la tarde tío Pedro llegó a casa muy excitado hablando de disturbios en el centro, hubiera tenido que soportar la muerte de Fígaro sin su consuelo. Mi madre lo escuchaba asustada porque papá tenía que hacer sus visitas en aquella zona que quedaba precisamente por donde tío Pedro decía que la policía estaba en huelga y se estaban armando manifestaciones incontenibles por el centro de la ciudad, que una turba fuera de sí coreaba consignas contra el gobierno y quemaba neumáticos, rompía escaparates, saqueaba tiendas. Incluso había intervenido el ejército, pero con el correr de las horas las cosas parecían írseles de las manos incluso a los militares. La programación televisiva se había interrumpido y todas las emisoras destilaban una música instrumental, anestésica e inofensiva.

Los dos, mi madre y tío Pedro, estaban de pie cerca a mi cama y parecían confusos, sin saber bien qué hacer ni a quién dirigirse para indagar por el paradero de mi padre, en aquel tiempo prehistórico sin teléfonos móviles ni ordenadores del que tú tanto te ríes, con cierta condescendiente incredulidad. En ese momento llegó la señora Vilca llorando a gritos y mi madre se volvió a ella, repentinamente pálida, preguntándole por papá, pero la señora Vilca no decía nada y lloraba apoyada en el quicio de la puerta de mi habitación. De pronto me miró con una pena profunda y sentí un miedo vertiginoso revolviéndome el estómago. Me subió un reflujo ácido hasta la garganta y apenas me dio tiempo para volverme y vomitar fuera de la cama. Pensé en papá y en el entierro del abuelo de una chica del colegio a la que yo no conocía bien pero al que asistimos todas y la gente lloraba así, mirando a aquella chica con unos ojos desconsolados. Me cubrí la cara con la sábana y dije «no», antes de escucharle decir que el gatito de la niña estaba espachurrado en la pista justo enfrente a la casa.

Mucho más tarde, cuando por fin me iba quedando dormida, exhausta de tanto llorar en los brazos de tío Pedro, llegó mi padre. Había sido horrible, dijo, hay muertos regados por toda la avenida Abancay; Marcazzolo, Scala Gigante y otras tiendas están destrozadas y vacías a causa del saqueo. A los policías huelguistas los habían acorralado como perros, el ejército se había metido con tanquetas en la comisaría que quedaba cerca del puente del Rímac y sin mediar palabra los acribillaron, como a perros. ¡Como a perros!, insistía como si él mismo no pudiera creer lo que estaba contando. Recuerdo que a lo lejos y durante muchas horas se oían los helicópteros del ejército sobrevolando la ciudad.

Él es mi padre. La imagen está captada en la puerta de la casa que teníamos en Magdalena, aquella casita de la que no tengo ningún recuerdo —como tú tampoco lo tienes de la casa de la calle Ocharán, donde vivimos con tu padre— y que tu abuela a menudo evoca con una añoranza demasiado insistente porque dice que era un tiempo en que ella y mi padre fueron felices. Lo dice suspirando y en sus ojos culebrea una emoción que normalmente parece extinta por tantos años de soledad, de sordidez y desencanto. Es una casa muy bonita, grande para los estándares de hoy y con matas de geranios en la entrada, como eran muchas casas en la Lima de aquel entonces y como no he visto aquí en Madrid, salvo en los barrios de las afueras. Parece dibujada por un niño o construida para que la gente sea feliz en ella sin mayores pretensiones, sin deseos absolutos, sin la necesidad de formularse nunca promesas capaces de desbaratar esa sencillez cotidiana que fortalece las convivencias más recientes: una casa para recién casados.

Pero mi padre tenía muchas ambiciones, se le nota en la sonrisa, en la resolución con que coge el maletín grande y negro que le dieron en el laboratorio donde por entonces comenzó a trabajar como visitador médico. Acababa de entrar en la farmacéutica cuando se casó y, atrapado por las urgencias que el trabajo le exigía para abandonarse a la exclusividad de una sola preocupación, dejó la universidad, que le quedaba a más de una hora de viaje en aquellos microbuses viejísimos que surcaban Lima por entonces, cumpliendo un trayecto desesperanzador y lunático para llegar a su destino y para el cual mi padre empleaba todo su esfuerzo y buena voluntad. Pero las horas del día no eran suficientes para estudiar, asistir a clase, volar al laboratorio, hacer sus visitas y rellenar sus fichas por la noche. Estaba recién casado y el entusiasmo que puso en los primeros meses para levantar aquella vida a base de madrugones y esfuerzos hercúleos, de comidas a salto de mata y fines de semana trabajando hasta el anochecer se vino abajo vencido por una rutina donde lo perentorio iba arrinconando a lo deseado. El laboratorio exigía cada vez más esfuerzo porque ganaba allí por comisión y si no rendía lo suficiente corría el riesgo de ser expulsado sin miramientos de aquel trabajo implacable de primas, cuotas e interminables horas de caminatas que recompensaba sólo la entrega exclusiva, devota, sin resistencias ni excusas.

Me imagino ese amor también excluyente al que ellos se entregaron en la casita de Magdalena, al mundito sencillo y sin sombras que fueron construyendo convencidos como todas las parejas de recién casados de que el amor es el tónico más efectivo para combatir las estrecheces económicas, y no sólo el arma ingenua que se esgrime contra el artilugio inapelable de la rutina, o contra esos fantasmas que acaban poblando los sueños más limpios y que hacen de toda historia de amor una historia de desencanto y de pérdidas. Todo lo que se ama, aun con la más violenta intensidad, acaba finalmente perdiéndose, confundiéndose con otros sentimientos, diluyéndose por último sin dejar más rastro que su recuerdo.

Todo lo que se ama se pierde, me digo y me sobresalto, quisiera borrar esa frase, como si sólo al pronunciarla convocase su posibilidad más aciaga, justo hoy, justo en este preciso momento, pero es inútil rebelarse contra lo que se ha pensado; una vez puesta en marcha, la idea avanza lenta, obstinada y maléfica, igual que un tanque, hasta aplastar la frágil empalizada de esperanzas en las que uno se parapeta y nos obliga a rendirnos ante su dolorosa evidencia: quien ama algo debe saber que tarde o temprano lo perderá, y vivir consiste en darnos cuenta de que así es, que el estado natural de la vida es la pérdida, el desgaste, el deterioro. Yo también amé. Yo también perdí. Mi madre suele recordármelo cuando, en mis cada vez más esporádicas llamadas a Lima, terminamos recriminándonos mutua e implícitamente nuestros respectivos fracasos, como si al escuchar mis reproches a papá ella se viera acicateada, en contrapartida, a hablar de Arturo, a recordar detalles inofensivos, casi asépticos de aquellos años, y lo hace con la destreza de quien coloca taimadamente un ingenio explosivo que activará en el momento menos pensado, con una frase que me alcanzará de lleno, en el centro de gravedad de esa autoconfianza que a duras penas he levantado en todos estos años, haciéndola añicos: «Qué buen hombre ha sido siempre Arturo» o «Con todo y sus defectos, siempre fue un hombre honesto y a carta cabal»…

Esas discusiones resultan lastimosas porque tienen un punto de enajenación ridícula, bizantina, aliñada con pequeñas ofensas y reproches que nos van orillando a los pies de un abismo donde llegamos exhaustas, temerosas de que cualquiera de las dos, ella o yo, podamos dar un paso más y precipitar una relación que el tiempo ha ido volviendo más y más precaria, sobre todo desde que la tía Rossana se marchó a los Estados Unidos, pocos meses después de la muerte del doctorcito Ibáñez. Pero al mismo tiempo sabemos, sin necesidad de decírnoslo a la cara, que más que el amor nos ha unido y nos une el dolor. Y eso ya es difícil de remediar.

Son momentos en que estamos a punto de discutir con toda la acritud acumulada en una vida, de pelearnos para siempre, conteniendo un rencor y una pastosa crueldad que amenaza con desbordarse igual que un afluente incontenible alimentado durante años: queda flotando en el aire una chispa de amargura que se podría encender con una palabra de más y lo sabemos. Por eso nos quedamos de pronto calladas, buscando esforzadamente sumergirnos en charlas mínimas e inofensivas cuyo vigor resulta insuficiente porque al momento el silencio se espesa, sofoca y nos deja la irremediable tristeza de saber que otra vez hemos desperdiciado una conversación que empezó cordial y amena en la que le hablo de mis proyectos y charlamos de ti y ella comenta admirativa cómo has crecido y lo guapa que estás, y luego suspira y e imagino que entorna los ojos como una abuela, pensando cuándo llegará el día en que pueda visitarte aquí en Madrid, como si todavía fuera poco menos que imposible hacer ese viaje, hoy que no nos falta dinero y ya ni siquiera piden visa. Luego, cuando ve que voy a protestar, gimotea un poco, y la puedo ver secando una lágrima más imaginaria que testimonial, componiendo una sonrisa antes de que me pida que le cuente sobre mis recientes exposiciones y se muestra verdaderamente orgullosa de mis progresos, y me comenta lo que ha aparecido en algún periódico nacional, como cuando yo tenía nueve o diez años y conseguí, siendo tan poco aplicada como era, una medalla en el colegio. Es igual que entonces, siente una necesidad muy grande de explicarme cuánto me quiere, cuánto hizo por mí, cuánto sufrió conmigo. Cuando llega a este punto, invariablemente termina callada, como si una jauría de recuerdos la hubieran acorralado de súbito y no supiera bien cómo hacerles frente y teme que yo vaya a hablar de papá, de ese padre que compartimos, nuevamente hermanas, más que madre e hija. Entonces me habla de la casita de Magdalena, de un tiempo que únicamente conozco por fotos, porque allí viví sólo hasta los dos o tres años.

Papá, que en la imagen hace adiós y lleva en la mano con un orgullo demasiado notorio su maletín, trabajaba todo el día, diseñándose rutas que le permitieran hacer gran parte de sus visitas a pie, porque así ahorraba en colectivos y ómnibus o taxis, o incluso en sus propios coches, como hacían sus compañeros más veteranos o simplemente mejor pagados, quizá tan jóvenes como él, pero no casados, sin mayores preocupaciones laborales ni atados por las exigencias de una familia, relajados y felices jóvenes limeños que vivían en un mundo confortable y gentil, sin ver nada más a su alrededor que sus pagas quincenales, sus primas e incentivos, sus largos fines de semana sin deudas ni letras de hipotecas siempre a punto de vencerse.

Cuando llegaba por la noche, mi madre tenía preparado un barreño lleno de agua caliente y sal donde papá sumergía los pies suspirando, agradeciendo la modesta voluptuosidad que le permitía su agotamiento. Después de cenar, entre ambos rellenaban las fichas que él debía presentar al día siguiente en el laboratorio. Cuando tuve edad para hacerlo, yo también participé en esa tarea y recuerdo que era un trabajo mecánico y agotador, consistente en escribir cifras y copiar cuidadosamente términos médicos, enigmáticos para mí y que sin embargo me quedaban flotando en la cabeza cuando, rendida de cansancio, me iba a dormir y las palabras y los números seguían conmigo, sumiéndome en un principio de vértigo empalagoso y pertinaz.

Mi madre se quedaba con él hasta la una o una y media de la mañana. A veces, al levantarme para ir al baño, los veía escribiendo en el revoltijo de la mesa, alcanzados espectralmente por la luz cruda de una lámpara, embebidos en su labor con paciencia frailuna. Trabajaban callados porque cualquier conversación, cualquier mínima frase, los podía hacer equivocar y entonces había que empezar otra vez toda una serie de fichas. Creo que ese silencio impuesto que compartían en la mesa del comedor los fue uniendo en una confianza artificiosamente solidaria de pareja antigua, cuando lo cierto era todo lo contrario, que empezaban a alejarse sin darse cuenta, sumidos en sus propios pensamientos, equidistantes respecto a ese pacto aritmético y riguroso que obligaba al silencio y al que mi madre se entregaba devotamente, sin adivinar que papá terminaría, como suelen hacer los hombres, reprochándole la falta de ambiciones que ellos mismos exigen como cuota de convivencia y como prueba de amor.

Sin embargo, en la foto no se le nota ni el cansancio ni los reproches que luego lo obligarían a huir en busca de otra mujer. Es joven y tiene esa soberbia felicidad, esa petulante confianza en el futuro que suelen tener los jóvenes. La miro y me parece intuir en su gesto inocente, en su saludo, que es más bien un adiós detenido y sencillo, el adiós reservado para otro tiempo, para años más tarde, él también víctima, como todos, del destino, sin saber —cómo podría saberlo— que su gesto y su sonrisa y su mano extendida, su traje azul, su maletín color cereza, sus zapatos brillantes, su corbata ancha y de nudo impecable iban a moldear una silueta burlona, una silueta que siempre estaría diciéndonos adiós, porque las fotos nos roban un segundo necesario de verdad, son un crimen de luz que desbarata e inmoviliza el tiempo, lo fracciona, lo pone en marcha una y otra vez, eternamente.

Esta foto de mi madre la sacó el tío Pedro. La obligó a relajarse, a cruzar las piernas sin tanto esmero, a apoyar ligeramente la mano sobre el brazo del sofá, a inclinarse asumiendo un perfil coqueto, como si fuera a ponerse en pie o acabase de tomar asiento, la hizo reír obligándola a no poner tanto ahínco en la sonrisa y le sacó finalmente la única estampa en la que aparece como lo que realmente era: una mujer de treinta y pocos aún no devastada por la amargura de saberse efímera en la vida del único hombre que amó; sin el excesivo maquillaje que usaba para salir, sin ese peinado esponjoso y coqueto que trajo del salón de belleza una tarde y que paseó ante la indiferencia de mi padre antes de echarse a llorar. No le conocí otro llanto que ese aprehensiva queja sofocante cuyo origen siempre era él, él y su ausencia, él y su presencia ajena, él y su amor ya demasiado lejano, perdido en el recuerdo nocturno de esa otra mujer que lo desvelaba obligando a mi madre a odiarlo aturdida de dolor, de saberse relegada por una pasión más fuerte de la que ella era capaz de despertar en ese hombre de ademanes más cansados que serenos, de mirada más triste que ecuánime, de silencios demasiado sumisos para ser ciertos, incapaz de decidirse entre dos mujeres, huyendo de una y volviendo a la otra, refugiándose de vez en cuando en mí, llamándome con su voz discreta a su lado para acariciarme sin decir palabra, limitándose a que sus manos se perdieran en mis cabellos, buscándome la mirada para abandonar la suya en un perdón anticipado que jamás acepté porque era como traicionar a mi madre, dejarla que se apañara sola con un dolor demasiado grande para ella sola. Y ya ves, al final parece una culpa que me ha arrastrado hasta aquí, hasta las orillas mismas de mi relación con tu abuela, por lo demás apenas existente desde que partí de Lima contigo.

En esta foto que tomó el buenote de su cuñado, el que juró matar a su propio hermano cuando éste amenazó una vez con abandonarnos a mamá y a mí, ella aún no debe de saber nada sobre su rival. No, no lo sabe; no sólo porque ya nunca volvió a sonreír como en esta instantánea sino porque recuerdo el día que se enteró. Era mi cumpleaños, el tío Pedro me había regalado a Fígaro cuyas uñas se me enganchaban en la chompa cuando lo apretaba contra mi pecho y maullaba lamentando quién sabe qué penas de gato recién nacido. Mi madre había preparado una torta de chocolate para convidar a mis amigas del Canonesas, no se enojó cuando dejé la mitad del almuerzo y tampoco lo hizo cuando al poner el platito de leche para Fígaro cerca de la puerta de la cocina ella lo tiró sin darse cuenta. Se le veía contenta y me abrazaba y me besaba como si recién me hubiera descubierto. Yo estaba con Natalia, que había llegado temprano, y vestíamos al gato con las ropas de la muñeca que ella me regaló. En ese momento sonó el timbre de la puerta y tío Pedro fue a abrir. Era un chico que traía una caja inmensa, envuelta en papel de regalo y con un lazo precioso. Mi tío la recibió y firmó un papel mientras Natalia y yo alborotábamos a su alrededor, avanzando con él hasta la cocina donde esperaba mi madre secándose las manos en el delantal blanco, divertida con nuestros gritos y nuestra alegría mientras rasgábamos el papel de regalo y abríamos la caja. Era una muñeca rubia y grande, de pestañas hermosas y —a mis ojos embelesados de aquella edad— con rasgos de princesa encantada.

Mi tío Pedro comenzó a leer la tarjeta que acompañaba a la muñeca pero la sonrisa con que empezó a hacerlo se esfumó vertiginosamente, no supo dónde mirar, quiso volver a sonreír pero mi madre le arrancó la tarjeta de las manos mientras el pobre nos empujaba a Natalia y a mí al patio con gestos nerviosos y una mueca crispada que desencajaba su rostro de facciones suaves. Creo que esa fue la primera vez que oí llorar a mi madre con aquel llanto inconsolable al que me tendría que acostumbrar con el tiempo, ese llanto amargo que oscilaba entre el sufrimiento y un odio al que terminé con los años aliándome oscuramente, sin saber que las alianzas del dolor ajeno suelen ser indestructibles, que avanzan por nuestro interior con una furia nunca saciada, ajenas al motivo que les dio origen y que incluso pueden haberse disipado ya en quien nos las trajo. Pero entonces no comprendí ni le perdoné que rompiera la muñeca, que la tirase a la calle por más que yo le suplicaba, ahogada también en llanto, que por favor no lo hiciera, gritando que yo quería esa muñeca, que la iba a odiar siempre, que era mala, y ella lloraba más fuerte aún y Natalia se había escondido detrás de la puerta, con los ojos redondos por un susto que no le correspondía y del que la rescató tío Pedro cargándola igual que a mí, atropellándose con historias improvisadas que pretendían lastimosamente acallar el llanto de mi madre, que se había ovillado en un rincón de la cocina con las manos cubriéndole el rostro.

Finalmente, cuando tu abuela se encerró en su habitación, el tío Pedro tuvo que encargarse de atender a mis amigas, de partir la tarta y cantar el happy birthday, de servir los platos de gelatina, hacernos jugar y aporrear la piñata, y luego acompañar a las niñas a la puerta cuando iban llegando sus padres para recogerlas. Por último, secó mis lágrimas cada vez que yo me acordaba de la muñeca y él juraba que iba a comprarme una más grande y más linda y poco a poco iba tirando de mi sonrisa, matizando las dimensiones de la muñeca que me traería, el color de sus ojos, el detalle de su vestido, la forma de su rostro y sus manos. «Una muñeca que diga mamá y llore cuando no le den el biberón», me susurró cuando nos sentamos a esperar a papá y yo me iba adormeciendo entre sus brazos. «No, no, que no llore», le pedí entre sueños y sentí que me apretaba muy fuerte rectificándose de inmediato con una nota de aprehensión en la voz: «no, que no llore, que ría mucho y muy bonito, una muñeca que ría y que sea feliz como tú».

Era menor que mi padre, pero parecía más cuajado, más enérgico, con las dudas resueltas desde hacía mucho tiempo. Quizá me daba esa impresión porque también era más alto, usaba barba y reía con una risa grave y al mismo tiempo contagiante. Siempre estaba contento y nos visitaba con frecuencia, al salir de la universidad que quedaba cerca de casa, decía, son sólo diez o doce cuadras, y ponía su gesto ceñudo cuando mi madre protestaba por los caramelos y las golosinas que siempre me llevaba. «Vas a malacostumbrar a esta niña», le reprendía ella desaprobando mi avidez al llevarme los dulces a la boca y entonces él soltaba su risa incólume advirtiéndome, con la voz falsamente severa, que las golosinas se tomaban después de la comida de mamá y sólo después de eso. Te hubiera gustado conocerlo y a mí me hubiera encantado que te conociera porque estoy segura de que la devoción que sintió por mí hubiese encontrado un cauce natural para fluir hacia ti también.

El tío Pedro entraba en casa y, cuando me veía correr hacia él, taconeaba como un húsar y arqueaba sus cejas fingiendo una sorpresa mayúscula al verme aparecer, una sorpresa risueña y dramática que se disolvía en carcajadas cuando yo le saltaba al cuello y lo llenaba de besos. Se sentaba en la cocina mientras mi madre lavaba los trastos o se embrollaba en un guiso cuya sazón exacta él aprobaba con una sonrisa que a ella le devolvía la tranquilidad y a mí me lo arrebataba de la historia que estaba contándome. Siempre tenía cuentos en los que yo era la protagonista y me hacía viajar por la selva del Amazonas, hacerme amiga de los chunchos que también, explicaba él, eran peruanos como nosotros, aunque a mí no me lo parecían porque andaban desnudos y comían hormigas y toda clase de bichos asquerosos. Pero en sus relatos siempre eran buenos, siempre llegaba yo a enseñarles a leer y a contar y los ayudaba a construir casas mejores y vivía entre ellos. En otras historias yo iba a las barriadas donde también había niños peruanos pero que no tenían la suerte de comer todos los días ni de ir al colegio, «niños suertudos», decía yo, y tío Pedro soltaba una carcajada, me daba un coscorrón inofensivo y amable en la cabeza fingiendo enfadarse pero en realidad buscaba la complicidad de mi madre que se enojaba y me decía que estaba loca, que ya sabría yo lo que era pasar hambre, que no faltaba mucho para que nosotros también viviéramos en una choza de las barriadas, sin agua, sin luz, sin comida caliente todos los días. Tu abuela decía todo eso porque no sabía que en realidad poco faltó para que llegásemos a aquella situación cuando se fue papá, confiada en un futuro del que, anestesiando a conveniencia sus recuerdos, se podía armar el presente que se obstinaba en no ver cayéndosele a pedazos.

El tío Pedro siempre me hablaba del Perú, pero de un Perú que no guardaba ninguna relación con lo que nos decían en el colegio; un Perú sin himno ni desfiles ni próceres de la Patria ni Santa Rosa de Lima; un Perú, en fin, que no se parecía a mi casa ni a la casa de Natalia Romagnoli, ni al Canonesas; un Perú extraño, con chunchos y barriadas y con gente emparentada sutilmente con la señora Vilca, que venía a lavar la ropa los miércoles desde un barrio remoto y polvoriento, con niños que no comían ni iban a estudiar, igual que esos críos invisibles de las colectas de las Misiones, que nos daban un poco de asco y también de miedo porque eran sucios y pobres, nos decía la Madre Edelmira, y ser pobre era una dimensión extraña y violenta, emparentada con la fealdad. Tío Pedro también hablaba de los pobres pero como si fuesen buenos, como si no hubiera nada que temer en esos rostros tristes y oscuros que nos miraban resignados desde algún afiche de Fe y Alegría pegado en el panel del colegio, cuando la pobreza para mí era solamente eso: un cartel lleno de miradas famélicas y una latita en la que poníamos parte de nuestras propinas para alimentar esos estómagos insaciables que año tras año exigían más dinero, más monedas y más rezos, pero también más indiferencia si no desprecio: «no te juntes con Laura porque es una pobretona», me dijo un día Natalia, mientras jugábamos en el recreo y cuando yo miré a Laura que lloraba en medio del patio mientras las demás chicas le coreaban «pobretona, pobretona», la vi igual que siempre y no supe qué contestarle a Natalia. Cuando se lo conté a tío Pedro esa misma tarde, enrojeció de golpe, me dijo que el Perú era de todos y más aún de los pobres, que seguramente el padre de Natalia era un ladrón como tantos otros que se habían hecho con la riqueza de los más necesitados y que algún día se haría justicia y acabaríamos con todos los ricos del país.

Fue la única tarde que lo vi discutir con mi madre porque ella se volvió dando un palmazo contra el fregadero y le dijo que ya estaba bien, que si él era un comunista allá él, pero que de ninguna manera iba a permitir que me metiera esas barbaridades en la cabeza. Yo quería ser comunista como tío Pedro y cuando se lo dije a mamá en plena discusión, ella me zarandeó de los cabellos y yo tuve mucho miedo porque tío Pedro se levantó bruscamente de la silla gritando a mamá que ni se le ocurriera levantarme la mano y antes de que ella fuera a replicar con veneno se fue dando un portazo cuyo estrépito quedó flotando mucho tiempo en el ambiente. Mi madre volvió al fregadero y continuó lavando los platos como si tal cosa, pero al cabo de unos minutos en los que yo me había quedado callada, mirando a la puerta sin comprender lo que había ocurrido, vi que bajaba la cabeza y que sus hombros convulsionaban. Luego, siempre de espaldas a mí, se sonó la nariz y con una voz que pretendía serena me ordenó que pusiera los cubiertos, que papá no tardaría en llegar y que la comida estaba lista.

El tío Pedro no apareció por casa durante casi quince larguísimos días y yo me pasaba las horas retrepada en el sofá, con la nariz pegada a la ventana, mirando la calle por donde cruzaba de vez en cuando un chico con uniforme de colegio que al verme en la ventana me hacía burlas, o unas señoras que se detenían un momento a conversar frente a nuestro jardín, que no tenía matas ni parterres, simplemente césped un poco ralo, descuidado, y un rosal moribundo que mi madre regaba cuando se acordaba. Me sentía aterrada y triste, pensando que el tío jamás regresaría. Cuando me veía así, esperándolo en silencio, tragándome las lágrimas y culpándola secretamente de que su cuñado se hubiera marchado, mi madre se enojaba mucho y me daba algún recado o me abría el cuaderno de tareas en la mesa de la cocina para repasar alguna lección mientras ella leía una revista o vigilaba el hervor del guiso que había dejado en el fuego. Pero alguna vez la sorprendí levantando furtivamente una punta de las cortinas para mirar a la calle antes de alejarse de allí meneando la cabeza, contrariada.

Cuando tío Pedro regresó, abatido por una nostalgia demasiado grande para llevársela a cuestas tanto tiempo, contrito como un perro grandote y torpón, mi madre no le dio importancia a sus disculpas y lo abrazó muy fuerte pero de inmediato se soltó, confundida y asustada igual que él, que se quedó como estrujando un vacío donde me pareció advertir un miedo extraño y tembloroso, compuesto de silencio y embarazo.

Esta foto es del día de su graduación en la universidad. Está rodeado de amigos y sobresale no sólo porque es el más alto sino porque su sonrisa ha resistido el paso del tiempo aunque ahora lo veo menos resuelto y guapo que cuando entonces, cuando soñaba secretamente casarme con él y sentir sus brazos rodeándome con esa ternura que yo siempre creía reservada sólo para mí. Por eso el día que mamá le dijo que ya era hora de que buscara una buena chica y se casara, que si acaso no tenía enamorada, él hizo un gesto vago y sonrió mirándola largo hasta obligar a mi madre a bajar los ojos cambiando torpemente de conversación. Yo, que había escuchado todo con un miedo repentino y punzante de perderlo, creí que su cariño era insobornable y que tío Pedro me quería sólo a mí, que me llevaría a la selva con él, o a las barriadas donde enseñaríamos a leer y a estudiar a los niños, cómplices de un comunismo que le confesé un día al oído y del que tío Pedro se rio feliz diciéndome ojalá algún día, bonita, ojalá algún día, sin tener en cuenta que no le alcanzaría el tiempo para reprocharme la deserción a la que me fui empujando, hastiada o confundida, hasta este futuro irresuelto, alerta a otro tipo de dudas, más triviales quizá, pero también más tangibles, porque sé que las otras, aquellas grandes dudas genéricas que desvelaban a tío Pedro, sólo traen consigo certezas. Y la cara oculta de la certeza es el desencanto. Pero de eso yo aprendería mucho después, cuando el tío Pedro también desapareció de nuestras vidas.

Mucho antes de que la desgracia del tío Pedro alcanzara mi vida, yo había disfrutado de su compañía con esa especial complicidad que a veces establecemos con algunos familiares. En el tío Pedro tuve siempre un refugio cálido donde guarecerme cuando las tormentas caseras y la cada vez más notoria ausencia de mi padre me dejaban confundida, triste, asustadiza como un pajarillo. Al menos eso decía la señora Vilca cuando venía a lavar la ropa: «esta niña se asusta de todo, anda el día entero nerviosa». Era cierto, aunque yo a esa edad no podía ponerle nombre a la sensación de orfandad y desarraigo que experimentaba. Yo, a aquella edad, sólo sabía que cuando el autobús escolar me dejaba en la puerta de casa, donde solía esperarme mi madre, sentía un vuelco en el corazón y era como si una rabiosa tristeza o una ansiedad frenética se apoderara de mí. Hubiese querido dar la vuelta y desaparecer, pero no tenía a dónde ir. Además, no era que lo pensara con esa precisión, como un enunciado de los que escribíamos en la pizarra en clase de lengua. No, era una incomodidad y una pena, un hartazgo y también una rabia que hacía que detestara saludar a mi madre y subiera de inmediato a mi habitación, herida sin ningún motivo ni causa aparente, asaltada por el repentino calor de las lágrimas ante la menor contrariedad.

Pero recuerdo también la tibieza del sol como si las demás estaciones hubieran desaparecido en el horizonte ya lejano de mi niñez. Y recuerdo la delicia que significaba escuchar a mi madre cuando sonaba el teléfono un sábado a media mañana —mi padre últimamente casi nunca estaba a esa hora— y era el tío Pedro proponiendo un paseo, unos helados. Yo sabía que era el tío Pedro por la forma especial que tenía mi madre de apartarse un mechón de cabellos del rostro, la manera de sentarse en el banquito de junto al teléfono con un presagio de sonrisa en el rostro una vez que se hacía el silencio al otro lado del hilo después de que ella dijera «¿aló?». Entonces me acercaba a su lado y por un segundo sus ojos se volvían plácidos, se disolvía aquel pozo amargo que empañaba habitualmente su mirada y me contemplaba con un atisbo de complicidad y picardía. «Sí, de acuerdo, pero no me la traigas muy tarde», decía mirándome, como si en realidad fuera sólo una transmisora de lo que decía su cuñado al otro extremo de la línea. Era la única frase que yo estaba esperando para entender que mis sospechas eran fundadas, que ese timbrazo telefónico que asaltaba el silencio de la casa a aquellas horas irreales en las que mi madre se atareaba limpiando la sala o fatigándose en la cocina era el timbrazo que anunciaba al tío Pedro y su inminente llegada.

Porque el tío Pedro, pese a que vivía lejos de casa —en una pensión de Barranco—, siempre llamaba cuando ya estaba en camino, muy cerca de casa, después de haber hecho un transbordo del autobús que lo acercaba al óvalo de Miraflores y ya sólo le faltaba coger el micrito morado que lo dejaba en quince minutos en la puerta de casa.

Nada más contestar el teléfono y ponerse a hablar, mi madre disfrutaba de esos momentos como yo, probablemente mientras seguía el rastro de curiosidad y duda, de inminente certeza que se iba dibujando en mi rostro de siete u ocho años al intuir, como quien aún no ha terminado de rasgar el envoltorio de un regalo, que se trataba del tío Pedro. «Anda, ve a cambiarte, que ya sabes quién es.» Aquella frase casi invariable en la que ella fingía un fastidio doméstico y trivial ante la pequeña conmoción de su rutina inauguraba para mí el día de fiesta que reportaba la llegada del tío Pedro, exclusivamente mío durante toda la tarde.

Normalmente íbamos al Parque de las Leyendas o a remar en los botes de la lagunilla del Parque de la Reserva, adyacente al Museo de Arte, y de allí solíamos partir hacia una heladería o a tomar unos sándwiches en cualquier cafetería del centro de Lima. El tío llegaba menos de media hora después de haber efectuado su llamada, y yo, en ese tiempo que me parecía eterno, ya me había cambiado, ya había soportado sin protestar los tirones que me daba mi madre al cepillarme el cabello, ya estaba dando vueltas en el salón, lanzándome al sofá desde donde atisbaba por la ventana su llegada. Tu abuela también parecía igual de entusiasmada que yo porque desde la cocina me alcanzaba su voz inusual tarareando alguna canción ligera: tenía una voz tibia y esponjosa, una voz propicia para la confidencia, como un preludio de caricia, una voz que sin embargo raramente llegaba a mí sin estar contaminada por el dolor y la frustración, esa voz encanallada y aguda con que increpaba a papá las veces que este llegaba tarde a casa y yo desde mi habitación escuchaba abrirse la puerta, los pasos vencidos de mi padre, el taconeo agresivo de mi madre que había estado esperando sentada a la mesita de la cocina, con una taza de café y un cigarrillo —«vete a dormir ya», me ordenaba hoscamente— desde antes de las nueve de la noche, luego de haber claudicado a mirar por la ventana de la sala la llegada de papá. Entonces, cuando él aparecía en la puerta, la voz de mamá era como un arroyo de hiel: bajaba su tono hasta convertirlo en una navaja afilada en la piedra de sus reproches y yo, desde el laberinto de sábanas en el que desaparecía, oía sus palabras, el titubeo de mi padre, las broncas, los insultos, los llantos inevitables en que culminaba todo aquello.

Por eso, escucharla tararear una canción inocente cuando picaba cebollas o ponía a cocer unos tallarines mientras el sol entraba despacio por la ventana de la cocina era un fenómeno casi extravagante en mi rutina, como lo era la llegada del tío Pedro. Apenas sonaba el timbre ella conseguía ganar mis pasos atropellados, y en su nerviosismo a la hora de llevarse las manos al delantal y recomponerse fugazmente el peinado ante el espejo del pasillo, yo intuía un júbilo simple, exacerbado por su condición de infrecuente. El tío Pedro siempre traía unos dulces, unas empanadillas, un paquetito oloroso y envuelto en papel de estraza que entregaba a mi madre junto con un beso fraterno, bonachón y liviano, y abría los brazos cuando me veía saltar hacia él, soltaba su carcajada tremenda y mi madre se apartaba un poco, como para no eclipsar con su presencia aquella efusión de cariño. Entonces se sentaba a la mesa donde mamá servía los dulces o las empanadillas y un poco de vino y charlaban un rato mientras yo miraba el reloj de la pared y sus agujas marcando el fugaz paso del tiempo, pero incapaz de reclamar, temerosa de que mi madre se enfadara por ello y fuese capaz de anular el paseo con la misma frialdad con la que mi padre aniquilaba los sábados del almanaque.