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Beschreibung

Cuando un grupo u organización política se embarca en la reescritura de la historia hasta convertirla en irreconocible a quienes se han especializado en su estudio, entonces el rigorhistórico se erige en una prioridad política y el deber cívico en un imperativo moral. De un tiempo a esta parte, la proliferación de mitos y la escala de desinformación sobre el pasadohan adquirido una nueva dimensión. La práctica no supone ninguna novedad. Ahora bien: el estrujamiento de la historia con fines políticos ha vuelto a ser puesto de actualidad de lamano de demagogos de extrema derecha, la misma que ha hecho de la historia patria uno de los ejes de su combate por la hegemonía cultural.Vox y sus ecosistemas mediático y parahistórico, a menudo sin formación en la disciplina e ignorando sus métodos de funcionamiento, reescriben la historia empezando por las conclusiones y escarban en el pasado para encontrar (o inventar) algún tipo de evidencia en apoyo de su interpretación. Los historiadores e historiadoras del presente volumen, avalados por una dilatada trayectoria profesional en el estudio y análisis de la historia, salen al paso de los intentos interesados de poner la historia al servicio de un proyecto ultranacionalista, El libro cubre los hitos fundamentales de los periodos de la historia por los que Vox siente particular querencia (la Reconquista, la Hispanidad y la Guerra de la Independencia),así como aquellos sobre los que ha tratado de poner sordina en sus programas, escritos y declaraciones (la Guerra Civil y el franquismo). Además, en él se abordan temas como el aparato simbólico, la apoteosis de la épica patria o la visión de la nación de Vox.

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Veröffentlichungsjahr: 2023

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akal / pensamiento crítico

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Diseño interior y cubierta: RAG

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Nota a la edición digital:

Es posible que, por la propia naturaleza de la red, algunos de los vínculos a páginas web contenidos en el libro ya no sean accesibles en el momento de su consulta. No obstante, se mantienen las referencias por fidelidad a la edición original..

© de los textos, los autores, 2023

© Ediciones Akal, S.A., 2023

Sector Foresta, 1

28760 Tres Cantos

Madrid - España

Tel.: 918 061 996

Fax: 918 044 028

www.akal.com

facebook.com/EdicionesAkal

@AkalEditor

ISBN: 978-84-460-5386-65

Jesús Casquete (ed.)

Vox frente a la historia

Cuando un grupo u organización política se embarca en la reescritura de la historia hasta convertirla en irreconocible a quienes se han especializado en su estudio, entonces el rigor histórico se erige en una prioridad política y el deber cívico en un imperativo moral. De un tiempo a esta parte, la proliferación de mitos y la escala de desinformación sobre el pasado han adquirido una nueva dimensión. La práctica no supone ninguna novedad. Ahora bien: el estrujamiento de la historia con fines políticos ha vuelto a ser puesto de actualidad de la mano de demagogos de extrema derecha, la misma que ha hecho de la historia patria uno de los ejes de su combate por la hegemonía cultural.

Vox y sus ecosistemas mediático y parahistórico, a menudo sin formación en la disciplina e ignorando sus métodos de funcionamiento, reescriben la historia empezando por las conclusiones y escarban en el pasado para encontrar (o inventar) algún tipo de evidencia en apoyo de su interpretación. Los historiadores e historiadoras del presente volumen, avalados por una dilatada trayectoria profesional, salen al paso de los intentos de poner el pasado al servicio de un proyecto ultranacionalista. El libro cubre los hitos fundamentales de los periodos de la historia por los que Vox siente particular querencia (la Reconquista, la Hispanidad y la Guerra de la Independencia), así como aquellos sobre los que ha tratado de poner sordina en sus programas, escritos y declaraciones (la Guerra Civil y el franquismo). Además, en él se abordan temas como el aparato simbólico, la apoteosis de la épica patria o la visión de la nación de Vox.

Relación de autores:

Jesús Casquete (ed.) (Universidad del País Vasco/Euskal Herriko Unibertsitatea)

Mateo Ballester Rodríguez (Universidad Complutense de Madrid)

Zira Box (Universitat de València)

Ana Isabel Carrasco Manchado (Universidad Complutense de Madrid)

Julián Casanova (Universidad de Zaragoza)

Matilde Eiroa San Francisco (Universidad Carlos III)

Alejandro García Sanjuán (Universidad de Huelva)

Marcela García Sebastiani (Universidad Complutense de Madrid)

Eduardo González Calleja (Universidad Carlos III)

Javier Moreno Luzón (Universidad Complutense de Madrid)

Xosé M. Núñez Seixas (Universidade de Santiago de Compostela)

José María Portillo (Universidad del País Vasco/Euskal Herriko Unibertsitatea)

Juan Luis Simal (Universidad Autónoma de Madrid)

Extrema derecha e historia: a modo de introducción

Jesús Casquete

La filósofa Hannah Arendt cuenta una anécdota que se presta para ilustrar sobre los peligros de los usos falsarios de la historia. Estando reunidos el exprimer ministro francés George Clemenceau y un representante de la República de Weimar en algún momento de la década de 1920, salió a colación la cuestión de la responsabilidad del estallido de la Primera Guerra Mundial. «En su opinión, ¿qué pensarán los futuros historiadores acerca de este asunto tan problemático y controvertido?», inquirió el alemán al francés. Clemenceau respondió: «No lo sé, pero estoy seguro de que no dirán que Bélgica invadió Alemania».

El sucedido da pie a Arendt para extraer dos corolarios que, casi seis décadas después de escritos, gozan de plena vigencia. Primero, que cada generación tiene derecho a escribir su propia historia ordenando los acontecimientos del pasado según su perspectiva, que no tiene por qué ser la misma de quienes los vivieron y protagonizaron. El debate sempiterno en España sobre la Transición resulta ilustrativo de las pujas desatadas por historiadores y otros productores de historia (periodistas, escritores, actores de la sociedad civil en el campo de la historia y la memoria) por ponderar el alcance de las transacciones y renuncias de ese punto de inflexión de nuestra historia. Segundo, y más interesante en lo que aquí nos concierne, que ese derecho a escribir la historia desde el presente no es compatible con retorcerla alterando la «verdad factual», es decir, lo que la evidencia histórica nos permite conocer y cuyo opuesto no es ni el error ni la opinión, sino la falsedad deliberada[1].

Cuando un grupo u organización política se embarca en la reescritura de la historia hasta convertirla en irreconocible a quienes se han especializado en su estudio, entonces el rigor histórico se erige en una prioridad política y el deber cívico en un imperativo moral. De un tiempo a esta parte, la proliferación de mitos y la escala de desinformación sobre el pasado han adquirido una nueva dimensión. La práctica no supone ninguna novedad. Ahora bien: el estrujamiento de la historia con fines políticos ha vuelto a ser puesto de actualidad de la mano de demagogos de extrema derecha, la misma que ha hecho de la historia patria uno de los ejes de su combate por la hegemo­nía cultural, dominada, denuncian, por el establishment «se­sentayochista» o, en su versión española, por los «pro­gres». Al fin y al cabo, esos políticos y sus partidos anhelan convertir a sus países en grandes otra vez, y en ese empeño la historia resulta inexcusable. Frente a las visiones críticas del pasado remoto o reciente, activan una suerte de revivals nostálgicos del pasado, en particular del pasado imperial en aquellos países que tienen uno. Otean el futuro girando la mirada a un pasado leído como glorioso e inmaculado.

La búsqueda de un hogar ideal y la mirada retrospectiva constante a una Edad de Oro inspiradora son constitutivas de todo nacionalismo. De ahí que la historia (y la imaginación) figure en el epicentro del proyecto para envolver a la nación con un aura sagrada y retrotraer su existencia hasta tiempos ancestrales. A diferencia de neofascistas, neonazis o posfranquistas, los partidos de extrema derecha como Reagrupación Nacional (heredera del Frente Nacional) y Reconquista en Francia, Alternativa por Alemania, el Partido de la Libertad de Austria o Vox (por entresacar casos representativos de partidos que han alterado el tablero político de sus países) no están interesados en la defensa o glorificación de los movimientos y regímenes fascistas. Su empeño pasa más bien por relativizar «pasados sucios», en expresión de José Álvarez Junco[2]. El balance del Tercer Reich (1933-1945) que efectuó en 2018 el entonces co-portavoz en el Bundestag de Alternativa por Alemania, Alexander Gauland, ilustra sobre los empeños banalizadores del genocidio nazi. Quien ostentase cargos de responsabilidad durante cuatro décadas en las filas democristianas sostuvo que «Hitler y los nazis son una cagada de pájaro en una historia con más de 1000 años de éxitos»; el Holocausto como nota a pie de página en la historia de un país retrotraído a épocas inmemoriales. Gauland no era un verso suelto. El programa de 2021 de su partido proponía que la «cultura oficial de la memoria» no se concentrase en los «puntos oscuros» de la historia alemana, como el nacionalsocialismo y la época imperial (1871-1918), sino que apuntase también a sus «cimas»; al fin y al cabo, concluyen, «un pueblo sin conciencia nacional no puede perdurar a largo plazo».

En Francia, la extrema derecha avanza por los mismos derroteros. El fundador y «hombre fuerte» del Frente Nacional durante cuatro décadas, Jean-Marie Le Pen, efectuó unas declaraciones en televisión sobre el asesinato industrializado nazi durante el Tercer Reich que soliviantaron a gran parte de la opinión pública del país: «No digo que las cámaras de gas no hayan existido. Yo no las he podido ver. No he estudiado especialmente la cuestión. Pero pienso que es un detalle de la Segunda Guerra Mundial». Pero quizá el político de extrema derecha europeo que más ha tensionado la historia, en su caso la francesa, haya sido Éric Zemmour. La amplia obra publicística del candidato de Reconquista a las elecciones presidenciales francesas de 2022 aspira a ofrecer «una verdadera historia de Francia»[3]. Un colectivo de historiadores se ha ocupado de desvelar algunas de las torsiones a que ha sometido la historia de su país. Un primer ejemplo (¡y la lista es larga!): para Zemmour, el «Grand Ferré», un campesino que participó en la Guerra de los Cien Años en el siglo xiv, «encarna al pueblo de Francia». El Grand Ferré es, en realidad, una invención del siglo xix. Las fuentes medievales permiten apuntar que dicho héroe y quienes con él se batieron defendían su modo de vida, su comunidad y su ámbito local, pero no el reino o la nación, todavía en la época realidades abstractas, por mucho que el programa de Reconquista a las presidenciales de 2022 arranque diciendo que Francia es un país con 1500 años de antigüedad. Segundo ejemplo: en una entrevista en el marco de la promoción de su último libro (y de la campaña presidencial de 2022), Zemmour reiteró que «Vichy protegió a los judíos franceses y entregó a los extranjeros». La recuperación de la tesis canónica de la literatura pro-Pétain, según la cual el régimen colaboracionista de Vichy siguió una política del «mal menor» consistente en salvar a los judíos franceses al precio de entregar a los judíos extranjeros, agitó a la opinión pública francesa y a los historiadores, que han documentado que una tercera parte de los 74.150 judíos deportados a los campos de la muerte, incluidos 7.000 menores de edad, tenían la nacionalidad francesa[4].

Los partidos ultranacionalistas europeos con experiencia de poder dilatada ilustran a sus epígonos sobre la ruta a seguir en las políticas de la historia. El gobierno de Viktor Orbán en Hungría dio luz verde en 2020 a una reforma educativa orientada a que el alumnado aprenda a «estar orgulloso del pasado de su país», incluido el periodo autoritario del gobierno encabezado por Miklós Horthy entre 1920 y 1944, el mismo que aprobó leyes antisemitas y colaboró con los nazis en el Holocausto. Según el «comisionado gubernamental para la educación patriótica», la reforma pretendería que los escolares interioricen los valores del honor, la camaradería, el arrojo, la disciplina y la lealtad al resto de compañeros/as de clase. Al fin y al cabo, como ha sostenido Orbán, «la historia del éxito de toda nación en ascenso empieza reforzando su autoestima». Polonia ha seguido derroteros similares. Atendiendo a estos ejemplos y otros que se pueden esgrimir, George Orwell mostró dotes proféticas cuando advirtió de que «todo nacionalista está obsesionado por la creencia de que se puede alterar el pasado. Pasa parte de su tiempo en un mundo de fantasía en el que las cosas suceden como deberían suceder –en el que, por ejemplo, la Armada Invencible venció o la Revolución rusa fue aplastada en 1918– y, siempre que puede, transfiere fragmentos de este mundo a los libros de historia»[5].

Si traemos a colación casos de otras formaciones de ultraderecha es para ensanchar el campo de visión y destacar que la manipulación de la historia es un hilo común de la última ola de extrema derecha europea. Poco o nada de original se aprecia en el discurso de Vox cuando lo ponemos frente al de partidos análogos. Con especificidades ligadas a la historia española, Vox y sus ecosistemas mediático y parahistórico, a menudo sin formación en la disciplina e ignorando sus métodos de funcionamiento, reescriben la historia empezando por las conclusiones y escarban en el pasado para encontrar (o inventar) algún tipo de evidencia en apoyo de su interpretación. A menudo sus argumentos descansan en «hechos» sin contrastar o que distorsionan lo que sí conocemos a partir de archivos y otras fuentes primarias. La relectura y reinterpretación de la historia punteando los momentos «gloriosos» que hace Vox deja entrever paralelismos notables con los casos alemán y francés. Santiago Abascal habla por todo el espectro de extrema derecha, cada uno adaptado a sus circunstancias nacionales, cuando arremete contra quienes rebotan la leyenda negra y «piensan que la historia de España es algo terrible, que lo hemos hecho todo mal»[6]. Las interpretaciones críticas de la historia de España que sacan a la luz episodios de perpetradores y víctimas son, por definición, «antiespañolas». Vox prefiere el tiro largo de la historia y pasar de puntillas por la historia española del siglo xx. En su lugar, escarba en un pasado remoto rellenado de gestas épicas. Episodios como la Reconquista, la España imperial de los Austrias o la conquista y colonización de América comparten un hilo narrativo épico heredado de la historiografía tradicional española que luego hizo suya el franquismo y que prima la utilidad política por encima de la verdad histórica. Las referencias a la Reconquista y a las luchas en tiempos de Carlos V y de Felipe II contra potencias musulmanas son una forma interpuesta, y menos polémica, de condenar desde un marco «nativista» la «invasión» musulmana a raíz de la inmigración llegada a España en las últimas décadas. La lucha contra esta inmigración queda así engarzada en una narrativa histórica de largo alcance. En cambio, Vox apenas se detiene en la historia reciente y, en particular, en sus capítulos más espinosos, como la Segunda República, la Guerra Civil y la dictadura de Franco, episodios todos ellos donde el «enemigo interior» (el «rojo», el masón, el «separatista») ocupa el lugar del enemigo exterior. Porque el axioma del acercamiento de Vox a la historia de España es que toda ella fue una «epopeya extraordinaria». Su empeño pasa por una reescritura de la misma que destaque los doce siglos de esplendor a partir de la Reconquista iniciada en el siglo viii y hasta hoy. En este espíritu cobra sentido la medida recogida en su programa de elaborar e implementar un «plan integral para el conocimiento, difusión y protección de la identidad nacional y de la aportación de España a la civilización y a la historia universal, con especial atención a las gestas y hazañas de nuestros héroes nacionales»[7].