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La cultura iletrada, la voz popular y marginal, se abre paso en esta obra para hacernos comprender su papel en la historia de México, incluso en la forja de un discurso letrado que se alimenta de ella, bien sea porque la comprende, la utiliza o es solidario con sus puntos de vista. A lo largo de estas páginas suenan reivindicaciones, demandas, réplicas, consignas, bromas, refranes y ocurrencias; y se perfilan acciones, estrategias, habilidades y hábitos de los grupos que, en las fronteras de la sociedad y sus instituciones, o en un lugar precario dentro de ellas (escuelas, prensa), han creado un mundo propio para vivir y han hecho saber sus necesidades y proyectos (aún cuando, con frecuencia, solo sea para ser reprimidos o mediatizados). "Voz popular, saberes no oficiales..." constituye así un parteaguas en la historiografía social, cultural y educativa de México, y permite comprenderlo - con rigor y vastísima documentación- desde ángulos absolutamente inusuales.
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Veröffentlichungsjahr: 2016
Este libro fue sometido a dos dictámenes doble ciego externos, conforme a los criterios académicos del Comité Editorial del Instituto de Investigaciones sobre la Universidad y la Educación, de la Universidad Nacional Autónoma de México.
Esta obra es producto del proyecto de investigación “El contacto entre cultura letrada e iletrada como vía no formal de trasmisión de saberes en el siglo XIX mexicano” y contó con el apoyo del PAPIIT IN 404509-3, de la DGAPA-UNAM.
Coordinación editorial
Dolores Latapí Ortega
Edición
Graciela Bellon
Diseño de cubierta
Diana López Font
Primera edición impresa: diciembre de 2015
DR © Universidad Nacional Autónoma de México
Instituto de Investigaciones sobre la Universidad y la Educación
Centro Cultural Universitario, Ciudad Universitaria, Coyoacán, 04510, México, ciudad de México.
http://www.iisue.unam.mx
Tel. 56 22 69 86
Fax. 56 64 01 23
DR © Bonilla Artigas Editores, S.A. de C.V.
Cerro Tres Marías, núm. 34, col. Campestre Churubusco
04200, México, D.F.
www.libreriabonilla.com.mx
ISBN: 978-607-02-7339-1 (UNAM)
ISBN: 978-607-8450-11-4 (Bonilla Artigas Editores)
ISBN edición ePub: 978-607-8450-59-6
Se prohíbe la reproducción, el registro o la trasmisión parcial o total de esta obra por cualquier medio impreso, mecánico, fotoquímico, electrónico, magnético u otro existente o por existir, sin el permiso previo del titular de los derechos correspondientes.
Hecho en México
Contenido
Introducción Trasmisión informal de saberes y contacto entre cultura letrada e iletrada
Rosalina Ríos
La voz popular
Juan Leyva
Educación
Voces populares en torno a la escuela y los mediadores letrados en la ciudad de México, siglo XIX
Rosalina Ríos
La escuela elemental en el horizonte de las repúblicas de indios de Oaxaca en el siglo XIX
Gabriela Pellegrino
La ¿autogestión? educativa en los grupos laborales: Del gremio a las organizaciones obreras del siglo XIX
Sonia Pérez Toledo
Educación y progreso. La enseñanza formal de las artes y los oficios en Guadalajara, 1842-1900
Claudia Rivas
La calle
La voz popular en los “vivas” del 13 de agosto de 1855 o de cómo las élites y el pueblo se unieron en un mismo acto político
Regina Tapia
La participación de estratos populares y marginales en el movimiento antirreeleccionista de 1892
Alberto Quintero
¡Viva México! ¡Viva la Independencia! ¡Mueran los gachupines! Hispanofobia en la fiesta del grito de Independencia en la ciudad de México, 1887-1900
José Rodrigo Moreno
Las fiestas patrias como artilugio de conciliación social (ciudad de México, fines del siglo XIX)
Florencia Gutiérrez
Disidencia y humor en la prensa
Las voces populares en el Diario de México, 1805-1817
Elizabeth Becerril Guzmán
¿Humanos en el teatro y títeres en la política? La risa popular como pedagogía política en las Seis noches de títeres májicos en el callejón del Vinagre [Juan Camilo Mendívil, México, 1823]
Alejandra Sánchez Archundia
¡No atranquen que falto yo! Democracia y voz popular en El Valedor (1884-1885): hacia una lectoescritura igualitaria
Juan Leyva
Los márgenes
Saberes de lo prohibido, saberes para subsistir: Un robo en la ciudad de México, 1853
Francisco Beltrán Abarca
Registros de lo popular. Escudriñar el mundo de Antonio García Cubas, 1832-1912
María Esther Aguirre
Un panorama sobre la lectura entre prostitutas en la ciudad de México, 1872-1911
Lucía Esquivel
Referencias documentales
Bibliografía
Índice onomástico
Sobre los coordinadores
Introducción Trasmisión informal de saberes y contacto entre cultura letrada e iletrada
Rosalina Ríos *
Letrados e iletrados en contacto 1
El objetivo general de este libro es profundizar en el conocimiento y análisis de las rutas a lo largo de las cuales la población mexicana del siglo XIX –en un entorno de precarias condiciones para la educación formal– se hizo de saberes no formales que le permitieron enfrentar situaciones, retos y prácticas de la vida cotidiana, e incluso negociar con las autoridades y otros grupos sociales.
Dicha problemática no ha sido aún superada; por el contrario, persiste a la fecha dado que, si bien los porcentajes de alfabetización han mejorado sustancialmente en comparación con la centuria decimonónica, las autoridades no han hecho más eficiente el sistema educativo, a manera de que ofrezca y garantice a las mayorías al menos una sólida aptitud para la lectoescritura.2 No obstante, los grupos populares –hablamos de artesanos, obreros, sirvientes, pequeños comerciantes, maestros de primeras letras, empleados, practicantes de profesiones liberales, entre otros– y marginales –prostitutas, vagos, malentretenidos–, ya sea que estén conformados por hombres, mujeres, criollos, mestizos, indígenas, o una mezcla de todos ellos, a lo largo de la historia se han valido de diversas estrategias para hacer posible una trasmisión de saberes de carácter diverso; e incluso la propia dinámica del contacto entre la cultura letrada (de fuerte base en la escritura) y la cultura popular (con predominio de la oralidad) ha permitido la circularidad entre una y otra. ¿Cómo, pues, se ha resuelto el contacto entre una y otra cultura? ¿De qué manera se han acercado o se acercan entre sí? ¿Cómo explorar la forma en que la cultura iletrada se recrea y construye? ¿Cómo se trasmite el conocimiento entre una y otra más allá de la escuela?
En el México decimonónico, como sabemos, a la par de la construcción del Estado-nación, que implicó fuertes luchas político-ideológicas, también se propusieron diversos proyectos de educación pública y tuvo su boom la prensa. Ambos elementos fueron de importancia capital no sólo, como lo verían las élites, para crear el espacio público (en tanto zona de discusión de los intereses colectivos), sino –quizá mucho más importante– para ayudar a la difusión de las letras, de la cultura letrada entre la población en general.
De hecho, uno de los propósitos de la nueva era consistió en formar ciudadanos conscientes de sus deberes y derechos, como continuación del proyecto de la Ilustración: “que cada uno pueda actuar como crítico gracias al intercambio de lo escrito”;3 en eso estribó –y estriba–, la misión de la escuela. Sin embargo, como bien lo ha estudiado la historiografía, los proyectos educativos o no fueron aplicados o no tuvieron el éxito esperado. Así, los propios medios y espacios de sociabilidad de la cultura de élite fueron tomados en cuenta entre los populares para apropiarse, recrear o reproducir y construir formas culturales, y así posibilitar la trasmisión de diversos saberes.4 Los medios impresos –periódicos y folletería–, cuya impronta fue creciendo a lo largo del siglo XIX, sirvieron muy bien a esos propósitos, ya sea por su lectura directa5 o en voz alta,6 muchas veces realizada en espacios públicos como cafés, pulperías, gabinetes de lectura e incluso seguramente las propias calles.
Por tanto, el contacto entre cultura letrada e iletrada y la trasmisión de saberes no formales nos remiten no solamente a un problema de historia de la educación y de la lectura,7 sino a varios otros aspectos que confluyen en la realidad, y en cuyo acercamiento permanente se experimentan, comparten y negocian la política, la economía y la cultura. De ahí que el enfoque que hemos construido descanse no sólo en una revisión de la historia de la educación y la lectura en México –incluyendo aportaciones novedosas como la de Josefina Granja, quien aborda la trasmisión informal de saberes ofreciendo un adelanto de lo que esa vertiente puede aportar,8 así como visiones optimistas sobre el acceso de la población a la lectura, como la de José Ortiz Monasterio–,9 sino también en otras historiografías orientadas a escuchar la voz o voces populares.
Las investigaciones sobre el mundo del trabajo, los trabajadores y las movilizaciones populares –varias de ellas conducidas por Sonia Pérez Toledo– han logrado avances notables en el conocimiento de las formas de trasmisión de saberes entre los trabajadores, sobre todo por el tránsito que experimentaron del trabajo artesanal al obrero, y que los llevó a buscar formas de adecuarse a la nueva realidad, a organizarse, defenderse y negociar con las élites; experiencias que les permitieron dejar testimonio de su voz o voces, y que los historiadores han procurado escuchar.10
La historiografía sobre las librerías, los libreros, las imprentas y los impresores, cuyo avance en las dos últimas décadas ha sido muy importante en México, nos da cuenta de qué se leía, cuánto se leía, quiénes estaban detrás del mundo de las impresiones y qué intereses en particular defendían, y ofrece por eso vías para ir más a fondo en nuestra temática.11
En el caso de la circularidad entre cultura letrada e iletrada, que ha sido abordada por diversos autores para distintos espacios geográficos y etapas de la historia, partimos del trabajo seminal de Carlo Ginzburg, El queso y los gusanos,12 donde el autor trató de demostrar, con base en el proceso inquisitorial del molinero Menocchio, la circularidad entre ambas culturas; se trata de un punto esencial de referencia y de discusión sobre el tema. Sin embargo, Ginzburg no logró del todo su propósito, debido en parte a una insuficiente estrategia teórico-metodológica que le impidió aprovechar mejor sus fuentes.
No obstante, pese a los esfuerzos realizados por las señaladas corrientes historiográficas (no siempre con propósito de responder a preguntas como las aquí planteadas, pero que, sin embargo, llegan a presentárseles “de manera natural”), todavía no se ha logrado avanzar en la explicación de la manera como se realizaba ese contacto entre cultura letrada e iletrada ni cómo se lograba la trasmisión de saberes no formales ni de qué carácter eran éstos para las mayorías, si bien –y volviendo al contexto mexicano– una obra reciente da importantes pasos en ese sentido: Los letrados interpretan la ciudad: los barrios de indios en el umbral de la Independencia (2009), de Marcela Dávalos, cuya aportación radica en observar en documentos de procesos por disputas de tierras los diversos modos en que, tanto por escrito como de manera oral, los indígenas de los alrededores de la ciudad de México expresaban sus vínculos con la tierra.13
Temáticas similares a las que hasta aquí hemos mencionado son también exploradas por Roger Chartier en Cultura escrita, literatura e historia,14 pues en esta obra observamos, gracias a las agudas relaciones establecidas por este autor, la convergencia de aspectos –varios aquí ya mencionados– a que conduce la relación entre historia de la educación y aquellas otras corrientes que le son complementarias, como la historia de la lectura, la de los libros y la de los autores, editores e impresores. A todo ese entramado, agrega Chartier la importancia que tienen las prácticas de lectura, la producción de sentido a partir de ella, o aspectos hasta ahora poco analizados como son la delegación de la escritura y la lectura, que tienen que ver, a su vez, tanto con la apropiación como con la función de los mediadores y, en todo caso, con el compromiso de los historiadores por investigar estos temas.
Varios núcleos problemáticos surgen de la historiografía hasta aquí revisada: primero, el aprendizaje formal en la escuela; segundo, las prácticas informales y cotidianas, como podía ser la lectura en voz alta; tercero, la circularidad del flujo de los imaginarios y hábitos culturales entre populares y sectores de élite; cuarto, la intervención en muchos casos de mediadores que hicieron posible el contacto; quinto, la idea de construcción de una identidad frente al otro; sexto, el cariz detonador de múltiples impresos en la generación de un nuevo tipo de cultura. Las pistas que brindan estas rutas son sumamente valiosas para comenzar a plantear de manera más clara cómo los sectores iletrados de la población han logrado acceder a diversos saberes letrados o cómo fue su contacto con éstos, porque, además, cada ruta de análisis pone énfasis en diversas series y tipos documentales.
Otra conclusión que arroja el anterior estado de la cuestión es que existen dos tendencias interpretativas sobre la relación entre cultura letrada e iletrada: por un lado, se sostiene que la primera no se trasmina a la segunda; y, por otro, que hay recepción de aquélla por ésta. De tal relación, como apuntamos arriba, pueden derivarse una serie de situaciones de distinto orden capaces de rozar lo político, lo cultural, lo social y lo económico. Por ejemplo, en el primer caso, muchas veces se ha planteado el carácter sumiso y de obediencia que mantienen los sectores iletrados hacia los grupos que detentan el poder –facciones integradas en general por letrados–; otras, por el contrario, se defiende la capacidad de autogestión y de actuación propia de quienes no están alfabetizados y pueden aumentar sus conocimientos gracias a la apropiación de la cultura de las élites.
La cuestión se presenta, además, como uno de los grandes problemas educativos, puesto que entraña, por un lado, la dinámica de cómo se ha educado a las mayorías y cómo se han educado éstas por sí mismas, especialmente a partir de fines del siglo XVIII –momento en que surgen las políticas de una educación pública moderna– y, por otro, cuánto es el éxito que han tenido las iniciativas impulsadas por autoridades o grupos independientes.
Por nuestra parte, consideramos que, desde luego, existía –y existe– no sólo una recepción activa de la cultura letrada (que era por lo general la dominante) por parte de los grupos iletrados, sino que también es presumible que tal recepción girara en doble dirección: de arriba hacia abajo y de abajo hacia arriba. La tarea sería sacar a la luz la evidencia de ello y estudiarla de manera que permita ponderar los flujos de esa circulación. A nuestro parecer, una de las vías de acceso a ese contacto y esos flujos es la polifonía de todo enunciado, de todo documento y toda voz; es decir, la confluencia de voces diversas que todo enunciado y todo documento poseen como producto de la naturaleza dialógica del lenguaje; de esa manera, tanto los enunciados emitidos por las élites como por los grupos populares mostrarían huellas de la “otra” cultura, de enunciaciones ajenas provenientes de sus opuestos.
Ahora bien, desde el punto de vista historiográfico –puesto que los documentos del pasado son el principal material de este libro–, la importancia de la voz radica, además, en la posibilidad de recuperar rasgos de la documentación cuyo valor testimonial no ha sido suficientemente apreciado. Por otra parte, hablar de voz popular implica situarse en una zona de atención o escucha a las voces de aquellos que comúnmente no fueron tomados en cuenta por quienes dominaban la letra, o lo fueron sólo para ver reducida, ridiculizada o descalificada su voz, filtrada por el punto de vista de algún mediador letrado. El término voz popular conlleva entonces una mancuerna de palabras en donde lo oral remite a la presencia, aunque sea precaria, de rasgos de la enunciación viva y original en los testimonios documentales del pasado, con el carácter adicional de acercarnos a los elementos de verdad –incluso ajenos a la voluntad de quien enuncia–, presentes en el enunciado en su carácter de pronunciamiento espontáneo o inmediato ante circunstancias específicas. Por su parte, lo popular se refiere al conjunto de enunciados emitidos por grupos cuyo rasgo sobresaliente es no poseer medios de producción, sino sólo su fuerza de trabajo, ya sea corporal-intelectual o intelectual-corporal, según la prioridad de los componentes de esa dupla en las labores que constituyan la principal participación de tales grupos en la estructura socioeconómica.
Habitualmente la voz se diluye o pasa inadvertida en ausencia de conceptualizaciones alrededor del término, lo que incluso debilita el aprovechamiento de los testimonios.15 En adición, el discurso popular presenta un alto rango de inasibilidad no sólo debido a la reducción de la voz en general y de la suya en particular en los documentos, sino a que sus grupos emisores no suelen dejar huellas directas, de modo que los testimonios documentales son escasísimos o se encuentran mediados por diversos tipos de letrados: frailes, escritores, escribanos de procesos jurídicos, confesores, maestros o preceptores (véase los trabajos de Ríos y Pellegrino en este libro), etcétera. Ello obliga a ser extremadamente cautos y a ampliar la búsqueda a otra clase de huellas donde la voz popular figure de modo más directo, por ejemplo, movimientos de protesta (como los estudiados en varios capítulos de este mismo volumen), también mediados, pero en menor escala que una confesión o una declaración procesal; objetos donde llegan a deslizarse representaciones populares (artesanías),16 o bien textos directamente orientados a la reproducción del habla popular (casos del semanario El Valedor; de la sección de correspondencia del Diario de México, o la recolección de letreros, pregones y expresiones populares realizada por García Cubas, también estudiados en estas páginas).
En suma, creemos que la cuestión del contacto entre ambas culturas tiene como problema principal el de la voz, en tanto mezcla de la expresión verbal y corporal, y la manera como se construye en relación dialógica con su contexto, es decir, incorporando diversas voces en la propia de quien enuncia; pero, sobre todo, la forma como nosotros, en tanto investigadores, podemos recuperarla a partir de los únicos testimonios con que contamos, muchos de ellos procedentes de instancias de poder y, por tanto, elaborados por letrados o mediadores.
De ese modo, para acotar la búsqueda, definimos que la cuestión por estudiar es la identificación del cruce de voces de ambas culturas, estableciendo diferencias entre ellas susceptibles de ser halladas en los testimonios documentales, con la finalidad de encontrar en ese contacto la manera en que distintos grupos no letrados dieron sus primeros pasos rumbo a la trasmisión de conocimientos que no siempre provienen de su propia tradición. Este planteamiento incide directamente en la problemática de la procedencia e índole de las fuentes señalada por Peter Burke,17 y en la importancia de la mediación y los mediadores para entender la naturaleza de las voces presentes en los documentos; esto es, se trata de hallar las huellas, marcas o reminiscencias de cultura letrada en las diversas manifestaciones culturales, políticas y sociales de los sectores populares iletrados y, en convergencia, los restos de la cultura generalmente oral de los iletrados en aquellas manifestaciones de quienes se expresaban mediante la escritura.
Creemos que de esa manera se estarían dando pasos para avanzar en la solución de un problema que contribuiría a explicar no sólo la convivencia entre los grupos o sectores sociales sino, sobre todo, las respuestas dadas por los sectores populares al poder en determinadas coyunturas históricas. En otro sentido, la identificación de ese cruce de voces entre ambas culturas constituye un primer paso para, más adelante, avanzar en la comprensión de procesos de adaptación y aceptación, por parte de los sectores populares, de la trasmisión formalizada de saberes, como la que transcurre en las escuelas de primeras letras y las de artesanos y obreros.
Así pues, creímos necesario construir una metodología de trabajo con base en recursos historiográficos pero también en la lingüística, el análisis literario, retórico y poético, y los conceptos de voz y géneros discursivos, a modo de hacer una mejor lectura y aprovechamiento de los documentos. Los pormenores de esa metodología se tratan en “La voz popular”, primer capítulo del libro.
Organización del libro
Voz popular, saberes no oficiales… es un libro que reúne trabajos en torno al contacto entre cultura letrada e iletrada desde diversos ángulos, perspectivas y fuentes. La mayoría de ellos gira en torno a una, dos, tres o más de las problemáticas expuestas en esta introducción; se sitúa en diferentes espacios –aunque uno de los principales es la ciudad de México–, enfoca diversos actores de los grupos populares y las élites, y utiliza los conceptos voz popular y géneros discursivos. Vale decir que el libro es el producto final de un proyecto colectivo de investigación (PAPIIT IN404509-3, patrocinado por la DGAPA-UNAM),18 pero también de otros variados esfuerzos de investigación difundidos en el coloquio El Contacto entre Cultura Letrada e Iletrada en el Siglo XIXMexicano, realizado en el Instituto de Investigaciones sobre la Universidad y la Educación, de la UNAM, en octubre de 2010, como parte de las actividades de dicho proyecto. Esta obra recoge, pues, los trabajos de los integrantes directos del proyecto, pero también los de aquellos participantes del coloquio que se identificaron con los objetivos de nuestra empresa.
El libro está organizado temáticamente en cuatro secciones, cada una con un número diverso de capítulos, a su vez ordenados en forma cronológica, si bien esto se rompe parcialmente en la primera, que se organizó considerando tanto el tema como el espacio geográfico. Vale decir también que los dos primeros trabajos abordan la mayor parte del siglo XIX. Antes de las secciones se incluye también un capítulo teórico sobre la voz popular que recoge las principales líneas de discusión del coloquio y del seminario que constituyó la base del proyecto. Veamos el contenido y la organización de cada parte.
En la primera de ellas, se agrupan textos que versan sobre la enseñanza de las primeras letras en las escuelas, así como la enseñanza técnica. Enseguida, se ubica la que integra otros tantos capítulos centrados en las festividades cívicas y la participación en éstas de mujeres, grupos populares y estudiantiles. Un aspecto importante es que al menos dos de estos trabajos vinculan ese rol de los populares con la hispanofobia. La tercera parte concentra tres artículos relacionados con el análisis de las voces populares en el medio de comunicación más importante del siglo XIX: la prensa, sea en la vertiente periodística, sea en la folletinesca. Finalmente, tenemos la cuarta parte, que incluye análisis sobre tres actores, tres maneras de trasmitir enseñanza y/o recuperar lo popular.
Así, en el trabajo de Rosalina Ríos, “Voces populares en torno a la escuela y los mediadores letrados en la ciudad de México, siglo XIX”, la autora argumenta que la historiografía de la educación se ha enfocado, por lo general, en el punto de vista institucional y en cómo las autoridades han tratado de imponer proyectos educativos a la población. Sin embargo, pocas veces esa misma historiografía ha buscado escuchar las voces de la sociedad. Por tanto, las incógnitas que busca resolver son cómo la sociedad enfrentó o respondió a los distintos proyectos educativos de las autoridades; si había interés o demanda de la propia gente por la escuela en general, o si entabló negociaciones por ella y de qué tipo. La autora recurrió a diversos documentos vinculados con lo educativo –peticiones de apertura de establecimientos, cambio o instalación de maestros, solicitudes de exenciones de asistencia a clases, dispensa de cursos a los jóvenes que asistían a los colegios–, tanto del Archivo Histórico de la Ciudad de México (AHCM) como del Archivo General de la Nación (AGN). Con base también en los elementos de la metodología general (principalmente la identificación de los géneros discursivos de los diversos documentos, la identificación en ellos de rasgos de la voz popular o de rasgos de la cultura letrada), le fue posible identificar el lenguaje directo de los populares. Sin embargo, cabe decir que un rasgo de esta investigación fue que –a diferencia de otros trabajos aquí incluidos– contiene menos elementos típicos de la voz popular (no hay aquí el tono transgresor de intención antijerárquica ni la risa popular con sus fuertes dosis de crítica, pero sí el rasgo colectivo y, en ocasiones, la búsqueda de reconocimiento, así como la clara autoidentificación como gente del pueblo). Se trata, en cambio, por decirlo así, de una voz “más educada”, pues resulta obvio que se pidió a algún mediador –escribano o maestro– que redactara el documento, práctica muy común en este tipo de comunicaciones, elevada por individuos de los sectores populares a las autoridades (otra posibilidad pudo ser que los propios remitentes escribieran el texto, pero cumpliendo las formalidades del caso; es decir, adoptando el lenguaje de los letrados). De cualquier forma, los logros de este trabajo permiten observar otra dinámica del contacto entre cultura letrada e iletrada.
En el mismo tenor pero en otra geografía, Gabriella Pellegrino, en su capítulo “La escuela elemental en el horizonte de las Repúblicas de indios de Oaxaca en el siglo XIX”, se centra en la pregunta de cómo los pueblos indígenas de Oaxaca, a lo largo del siglo XIX, continuaron con la práctica colonial de presionar a las autoridades para asegurar su acceso a la educación elemental exigiendo la presencia de un profesor. La autora resalta la importancia del caso oaxaqueño por la gran cantidad de población indígena de la zona y también por la gran cantidad de material documental relativo al tema encontrado en el Archivo General del Estado de Oaxaca (AGEO) y en el Archivo Histórico Judicial (AHJ) de la misma entidad. Argumenta que los pueblos indígenas de la zona reconocieron el uso de las letras como un instrumento importante de comunicación y negociación política con las autoridades, si bien, como en el caso anterior, hicieron uso, necesario y estratégico, de intermediarios –escribientes, abogados o maestros. La hipótesis que demuestra es que en la demanda del aprendizaje de las primeras letras por parte de las comunidades indígenas predominaron los fines instrumentales sobre los educativos, pues la escritura les era necesaria para tener mayor posibilidad de control sobre los mediadores y las autoridades, en una estrategia que ya conocían y que venía de tiempo atrás; por eso, en el siglo XIX dichas poblaciones se movilizaron en torno a ese tema. Se trata de un estudio novedoso y una propuesta de análisis de la educación en la que la autora logra identificar elementos de contacto entre cultura letrada e iletrada en el mundo indígena del México independiente.
Por su parte, en “La ¿autogestión? educativa en los grupos laborales: del gremio a las organizaciones obreras del sigloXIX”, Sonia Pérez Toledo explora, en el contexto de constitución y desarrollo del orden liberal decimonónico y de sus asociaciones de tipo moderno, el lugar asignado a la instrucción, especialmente la instrucción elemental y la difusión de conocimientos útiles entre los artesanos. Sostiene que la preocupación por esa difusión pasó a ser otro de los espacios de contacto, diálogo, intercambio, tensión y apropiación de prácticas y discursos entre los diversos grupos sociales. Cuestiona la existencia de autogestión en las sociedades de trabajadores de mediados de siglo, y afirma que no sería sino hasta mediados de la década de los setenta que las organizaciones de trabajadores formularían con mayor claridad los elementos del asociacionismo moderno, ya en la forma de mutualidades y federaciones de trabajadores y no sólo de obreros, pues para entonces todavía muchos eran artesanos. La revisión a profundidad tanto de dos asociaciones artesanas –la Junta de Fomento y la Sociedad Mexicana Protectora de las Artes y los Oficios–, como de sus órganos de prensa en relación con las celebraciones septembrinas de 1844, le permite advertir, en primer lugar, las diferencias entre una y otra, para enfocarse principalmente en la segunda de ellas por ser la primera asociación mutualista de carácter moderno; carácter que se revela en el discurso emitido y en las prácticas inauguradas por esta organización. Tras el análisis que realiza de diversos artículos del periódico, evalúa el lugar asignado en ellos al aprendizaje y difusión de conocimientos prácticos. Si bien en ambos órganos de prensa explora la preocupación latente por difundir conocimientos útiles para la mejor producción de los trabajadores, en el segundo es en el que identifica otro rumbo, más moderno, tendiente a la autogestión de los grupos laborales, lo que no ocurría con aquel de la Junta de Fomento, más de carácter oficialista.
La atención prestada a la prensa artesana de mediados del siglo XIX le permite a Pérez Toledo encontrar no sólo esos primeros esfuerzos de autogestión de los trabajadores, sino también una respuesta a la pregunta de cómo fue que el aprendizaje de los oficios continuó a lo largo del siglo XIX prácticamente en manos de los casi extintos gremios, sin la vigilancia de las autoridades públicas, pese al establecimiento de la Escuela de Artes y Oficios en 1856. En particular, identifica también puntos de contacto entre artesanos y la “comunidad letrada” que participó en el mundo de las letras impresas; contacto que, sin duda, incidió en el rumbo que iba tomando la transición de los gremios hacia las organizaciones obreras. Cuestiones que también serán tratadas, y algunas de ellas reafirmadas, en el capítulo siguiente, preparado por Claudia Rivas para el caso de Guadalajara.
En efecto, luego de un minucioso estado de la cuestión en torno a la educación técnica, Claudia Rivas concluye que los interesados en el tema solamente han visto el periodo que corre de fines del siglo XIX a principios del XX, sin tomar en cuenta los proyectos que en la materia antecedieron. Señala que, además, la bibliografía más extensa se ha dedicado a historiar el proceso sucedido en la ciudad de México y que apenas recientemente se han empezado a abordar otros casos, como el de Zacatecas y, con su trabajo, el de Guadalajara. Así, en su capítulo, “Educación y progreso. La enseñanza formal de las artes y los oficios en Guadalajara, 1842-1900”, la autora busca reflexionar sobre algunos aspectos de la enseñanza de las artes y los oficios en Jalisco, particularmente desde 1842, año de fundación de la Escuela de Artes y Oficios en su capital. Sostiene que había dos discursos en torno a este tipo de enseñanza: uno de parte de las autoridades, que veían en ella una manera de ofrecer a las clases menesterosas una ocupación que les allegara medios de subsistencia y así, también, proveer al Estado de medios para combatir y disminuir la vagancia. Por otro lado, estaba el discurso de sectores ilustrados que veían que mediante el cultivo de dicha formación se podría combatir el tutelaje de las naciones tecnológicamente más avanzadas, promoviendo además el desarrollo de una industria nacional. De allí se pasaría a la intención de que esta educación se considerara parte de la instrucción pública y no de la beneficencia. Éstos fueron los argumentos que llevaron a defender el proyecto. Sin embargo, un tercer elemento se presentó en esta trama: el paso de la trasmisión del conocimiento técnico artesanal, del ámbito de los talleres, al de la escuela. La primera forma representaba la cultura iletrada/oral y popular, la segunda, la cultura letrada/escrita, civilizada. La pregunta de la autora es, ¿qué tanto éxito tuvo el Estado en sustituir verdaderamente el aprendizaje tradicional con la enseñanza formal que se impartía en el plantel recién establecido? Responder a esa pregunta fue el objetivo de su investigación; tarea que emprendió con base en los informes del director de la escuela y de los gobernadores del estado, así como en periódicos independientes locales, como Juan Panadero y El Continental. Los dos discursos de que se hizo mención antes emergen de dichas fuentes. En la conclusión final, Rivas encontró que, desafortunadamente, los proyectos de la Escuela de Artes y Oficios corrieron por un lado y la enseñanza tradicional de las artes por otro; es decir, la mayor parte de los jóvenes aprendices de los diferentes artes y oficios continuaron su enseñanza en los talleres tradicionales, mientras que aquellos que acudían a esta escuela provenían de los sectores populares y marginales de la sociedad, prestándose apenas a la intención de combate a la vagancia formulada por el Estado. Así, la Escuela de Artes y Oficios de Guadalajara resultó un fracaso en el siglo XIX.
El segundo bloque de contribuciones toma como base festividades y/o celebraciones patrias. En “La voz popular en los ‘vivas’ del 13 de agosto de 1855 o de cómo las élites y el pueblo se unieron en un mismo acto político”, Regina Tapia refiere los acontecimientos de la fecha indicada, cuando la multitud y un grupo llamado “los amigos del pueblo” llegaron hasta el general Rómulo Díaz de la Vega, quien fungía como presidente de México en esos momentos, con la intención de presentarle algunas peticiones. Se trata de un estudio de caso en el que la autora desentraña las relaciones entre cultura iletrada –actuando por derecho propio y en propia voz–, y la cultura letrada del mencionado grupo y algunos personajes que no sólo estuvieron en el movimiento, sino que escribieron sobre él y lo utilizaron para promover un nuevo gobierno. Como lo señala la autora, con el registro de los vivas lanzados durante la jornada, observó que ésta tuvo dos momentos: por la mañana el acto político en sí y, por la tarde, la ocasión de hacerse justicia en propia mano. A lo largo de la jornada, el pueblo y las élites actuaron juntos. La perspectiva de la autora resulta sumamente interesante pues, como ella misma afirma, generalmente los historiadores encuentran dificultades para explicar cuáles son las bases sociales de los movimientos políticos, ya que los hechos suelen relatarse casi siempre desde arriba. Tal situación se repite también en las obras de quienes relatan contemporáneamente los acontecimientos. Una última fuente de recuperación de los acontecimientos es la información gubernamental, de suma importancia sin duda, pero que debido a su carácter narra sólo lo que oficialmente pasó. En ese sentido, con la intención de conocer tanto la composición de la multitud participante como la interacción que hubo entre gente del común y los hombres ilustres, la autora hace una minuciosa lectura de la prensa capitalina de la época, que relató el acontecimiento. Gracias a ello, al final es posible conocer quiénes eran, qué objetivos tenían y de qué manera interactuaron élites y grupos populares.
En el capítulo siguiente, Alberto Quintero, autor de “La participación de estratos populares y marginales en el movimiento antirreeleccionista de 1892”, examina la participación de diversos sectores sociales en los movimientos políticos de estudiantes acaecidos en la ciudad de México a fines del siglo XIX. Así, con base en el movimiento antirreeleccionista de 1892, cuyo grupo principal fue estudiantil, lleva a cabo un análisis que permite identificar los vínculos habidos entre aquellos diversos actores para explicar sus raíces político-ideológicas y organizativas, además de la red social que tejieron, aun cuando fuera de carácter temporal. Señala que tales relaciones y lazos están identificados para los movimientos estudiantiles del siglo xx, como el de 1968, pero no para aquellos ocurridos en el siglo XIX. En particular, el problema que plantea es cuál fue el “conjunto de implicaciones de la protesta política como poder generador de confluencias sociales y aun de organizaciones” en una coyuntura histórica específica, y entre los extremos del horizonte sociocultural.
Las fuentes utilizadas por el autor fueron de dos tipos: por un lado, los diarios de la época en los que se consignó toda la información concerniente al movimiento estudiantil, particularmente porque en ellos los opositores al gobierno incidieron incluso en el desarrollo de los acontecimientos; por el otro, las minutas dirigidas, al parecer por un policía secreto, al jefe de la policía, en las cuales se describen las reuniones y los eventos antirreeleccionistas. La importancia de tales documentos reside en el hecho de que permiten conocer el desempeño de los grupos populares y marginales en el movimiento, e indican los objetivos que perseguían, el peso que tuvieron en la toma de decisiones y los beneficios que obtuvieron de su participación.
Por su parte, Rodrigo Moreno apunta que aunque existen muchos estudios alrededor de la fiesta de la Independencia en México, la historiografía ha prestado poca atención a la forma como la población la vivía, se apropiaba de ella y la hacía parte de la fiesta popular o de otras intenciones alejadas de las oficiales. En ese sentido, en el capítulo “!Viva México! ¡Viva la Independencia! ¡Mueran los gachupines! Hispanofobia en la fiesta del grito de Independencia en la ciudad de México, 1887-1900”, el autor se propuso acercarse a la forma como la población se apropia de la fiesta mediante comportamientos considerados reprobables. Busca responder preguntas tales como a qué se debe que una población difiera incluso ampliamente “de los lineamientos celebratorios con los que es convocada por las élites o su sector gubernamental, y cuál es el conjunto de significados de esa diferencia con que los sectores sociales conmemoran el acto fundacional de una nación”.
Es decir, ¿por qué existe esa disonancia? El periodo que aborda comprende algunos años del México porfirista, en particular uno en que la disonancia, agudizada por el descontento sociopolítico y la presencia de un grupo adverso a los intereses locales, como eran los españoles, se revela de manera muy crítica. La apropiación de la fiesta y las agresiones a miembros de la colonia española constituyen parte de esas referidas conductas disonantes o reprobables y su examen es el objetivo principal del capítulo. El autor cuestiona el papel atribuido al nacionalismo de la élite política y sus intenciones de moldear la conducta de las mayorías, en aparente solidaridad con ellas, pero en contradicción con la política oficial frente a la comunidad española. Las fuentes consideradas en este artículo son documentos de la serie festividades del 15 y del 27 de septiembre, y bandos, leyes y decretos de 1825 a 1925, además de la prensa. Si bien se utilizan periódicos donde se reproduce la voz oficial, también se hace uso de otro tipo de prensa, aquella de carácter gremial o aquélla dedicada a la defensa de los trabajadores, pues en tales fuentes se puede recuperar la voz de los subordinados. Así, los logros alcanzados son varios, entre otros proponer que ciertas acciones desarrolladas por los sectores populares –espontaneidad, anonimato, falta de organización–, lejos de ser limitaciones tácticas, son modos efectivos de protesta desarrollados algunos de ellos en las fiestas de Independencia. Sus gritos con consignas tomadas del discurso de las élites se combinaban con gritos populares de tradición centenaria, y que tales grupos reviven en el día a día.
Al continuar con el tema de las conmemoraciones, pero desde una perspectiva opuesta, Florencia Gutiérrez nos ofrece en “Las fiestas patrias como artilugio de conciliación social (ciudad de México, fines del siglo XIX)”, un análisis de los cambios que las fiestas patrias sufrieron a fines de aquella centuria. El papel que hasta antes de 1884 tenían las sociedades mutualistas en esas celebraciones, nos dice la autora, fue eclipsado por la política de control sobre los principales dirigentes artesanales y las instituciones laborales conducida por Porfirio Díaz, mediante la cual dichas organizaciones pasaron a ser simples invitadas del espectáculo “diagramado por el poder”; esto le permitió a Díaz dotar de nuevos sentidos y significados a los festejos cívicos, en particular uno que tenía que ver con la promoción de la concordia entre el pueblo mexicano, en concreto los trabajadores, y las colonias española y francesa. Conocer las intenciones que subyacían a esa maniobra reconciliadora, los artilugios utilizados para la construcción del nuevo imaginario social y la respuesta que dieron los actores involucrados, señala la autora, permitió explorar las formas de interlocución y circularidad entre las clases trabajadoras y las dominantes; esto es, las estrategias y mecanismos puestos en marcha para hacer efectiva la trasmisión, así como las resistencias, asimilación y refuncionalización que “los de abajo” articularon frente a los embates de la ideología dominante. Las fuentes documentales utilizadas por la autora son principalmente periódicos de la época.
El tercer bloque abre con el tema de las voces populares rescatadas por la prensa. Así, Elizabeth Becerril, en su trabajo “Las voces populares en el Diario de México, 1805-1817”, examina ese espacio abierto por los editores de dicho periódico, pues permitió la expresión de quienes llama la autora “los silenciados”; es decir, los personajes populares y mujeres, casi siempre marginados de la posibilidad de manifestar su sentir por escrito. Dicho periódico, como lo constata Becerril Guzmán en su estado de la cuestión, ha sido estudiado por diversos historiadores. Sin embargo, la intención de escuchar las voces populares presentes en él y que comenzaron a emerger a principios del siglo XIX –como lenguaje popular y como muestra de las inquietudes populares– no había sido atendida hasta ahora. Así, la autora estudia el periodo de 1805 a 1817 mediante una selección de las cartas enviadas a la sección del periódico llamada “Correspondencia”; se trata de cartas escritas en castellano, procedentes de provincia y a veces remitidas por indígenas. Con ello, la autora halla puntos de encuentro entre la cultura letrada e iletrada de la sociedad todavía novohispana de esa etapa. La actitud solidaria de los periodistas con los sectores populares posibilitó, argumenta, que la oralidad sonara en las páginas del diario, “aminorando en ocasiones las voces cultas”; asimismo, sugiere que esa apertura fue una más de las fisuras del ocaso del Virreinato, por la intención de los edito-res de incluir en la opinión pública las voces de los grupos populares y de educarlos mediante la difusión de valores y saberes, y la creación de una conciencia de los problemas sociales. De esa manera, tales editores incidieron en la apertura de un proceso de educación popular en el que la prensa sería uno de los medios principales de aquel siglo, como se constatará en las otras contribuciones del bloque. Finalmente, la autora aporta también algunos elementos para conocer la circulación y recepción del Diario por parte de grupos populares novohispanos, contribuyendo de esa forma a un tema central en la historia de la lectura y las huellas de la educación informal.
En “Humanos en el teatro y títeres en la política? La risa popular como pedagogía política en las Seis noches de títeres májicos en el callejón del Vinagre”, Alejandra Sánchez sostiene que la historiografía sobre el siglo XIX ha utilizado la abundante folletería de la época más como fuente de estudio que como objeto en sí mismo y ha dejado de lado sobre todo aquella que contiene un alto sentido jocoserio y satírico. Así, tomando como base de su investigación un singular folleto publicado en 1823, intitulado Seis noches de títeres májicos en el callejón del Vinagre, en el que el autor narra varias funciones de títeres escenificadas en un teatro de barrio, con el propósito de modelar una opinión pública menos maniquea y más tolerante y objetiva, así como de incluir una queja por su situación como burócrata al que no le pagaban su sueldo y criticar la inestabilidad política que caracteriza la época, Sánchez Archundia plantea el problema de cómo en el discurso letrado se emplean elementos de la cultura popular (a su vez, no exentos de contacto con la cultura letrada), a fin de trasmitir enseñanzas sociopolíticas a los sectores de élite, a quienes parece sugerírseles que aprendan de las clases bajas.
Para resolver la problemática planteada, la autora analizó aspectos de la poética del texto que explican la manera como el burócrata decimonónico evaluó y representó las tensiones entre la cultura letrada e iletrada mexicana, y por qué utilizó una representación de títeres para ello. Lo anterior le permitió identificar los distintos planos de la realidad representados en el texto y los elementos de carácter popular de que se valió el autor para hacer posible su fuerte crítica y la mencionada función pedagógica. La voz popular es vista aquí en su tono transgresor, antijerárquico e hilarante, gracias a la identificación de las alusiones grotescas al cuerpo y el uso de elementos estilísticos cercanos a la tradición oral observables en las funciones de títeres y en otros rasgos del folleto.
A contracorriente del tópico de la escasa o nula lectura entre grupos populares, en “¡No atranquen que falto yo! Democracia y voz popular en El Valedor (1884-1885): hacia una lectoescritura igualitaria”, último capítulo de esta sección, Juan Leyva analiza el perfil maduro del periodismo jocoserio del siglo XIX mexicano, visible en ese semanario, que alcanzó ventas “fabulosas” para su época al llegar a vender 10 mil ejemplares por entrega sólo en la ciudad de México.19 Dicho periódico era dueño de un estilo de trasmitir saberes más allá de las aulas, que para entonces tenía varias décadas en gestación, y del que los sectores antiporfirianos se sirvieron toda vez que la caricatura estaba siendo severamente perseguida. Gracias a cimientos como la tradición oral, la sátira titeresca, la folletería crítica, la creciente lucha de sectores laborales, el desarrollo de instancias educativas y de opinión pública, la discusión estilística sobre el relato de ficción emprendida por la generación de Altamirano y, finalmente, la autoafirmación debida a las guerras de Independencia y Reforma, brilla en El Valedor un lenguaje cómico de enorme riqueza genérico-estilística: parodias, chistes, coplas, viñetas lúdicas, diálogos callejeros, léxico salpicado de nahuatlismos, aglutinaciones y deturpaciones de palabras, todo encaminado a cuestionar y limitar al gobierno y las ambiciones de Porfirio Díaz en la voz misma con que ello se practicaba en las calles. Finalmente, a partir de la pregunta central en torno a cuáles serían los elementos de la enunciación capaces de acercar a poco letrados o iletrados al enunciado escrito, el autor demuestra que, más allá de la discusión sobre si los grupos populares leían o no leían, o si lo hacían únicamente de manera esporádica, es fundamental estudiar la importancia de los elementos temático-estilísticos y contextuales, a fin de comprender las motivaciones de los grupos populares para acercarse o tomar distancia de la letra. Además del periódico y documentos provenientes de diversos repositorios, Leyva examina la correspondencia a Vicente Riva Palacio, pieza clave detrás de ElValedor, y la Colección Carlos Basave del Archivo Histórico de la Universidad Nacional Autónoma de México (AHUNAM), ya que Basave, como estudiante, conoció al grupo de periodistas que, al igual que los del citado semanario, fueron encarcelados por Díaz en represalia por su alianza con estudiantes en las protestas contra las grandes decisiones económicas del gobierno.
Dos de los tres capítulos que integran la sección final están dedicados a estudiar las voces de sujetos marginales, como son los delincuentes y las prostitutas, y un tercero, a un letrado que estudia lo popular. En primer lugar, la investigación de Francisco Beltrán, titulada “Saberes de lo prohibido, saberes para subsistir. Un robo en la ciudad de México 1853”, después de una revisión historiográfica de obras relacionadas con la temática en torno a la impartición de justicia, la criminalidad y la trasmisión de saberes en la ciudad de México, constató que la historiografía no ha considerado la problemática en torno al papel que como ladrones pueden jugar tanto sectores letrados como iletrados, ni de qué modo, mientras unos son castigados por la ley, otros quedan impunes por ser quienes la escriben y definen el uso de la justicia. El objetivo del autor fue contestar preguntas como quiénes son los que roban, qué saberes utilizan para hacerlo y cómo son trasmitidos estos conocimientos. La fuente principal fue un proceso judicial seguido a un grupo de sujetos acusados de perpetrar un asalto a una vidriería sita en la calle del Empedradillo número 7, en pleno centro de la ciudad de México. Con base en la metodología de los géneros discursivos y la búsqueda de la voz popular, Beltrán analizó el largo proceso, auxiliado además por otros documentos del mismo corte, lo que le permitió identificar, en las declaraciones de los inculpados, aspectos de esa voz mediante ciertas huellas de oralidad y gestualidad de los individuos involucrados en el delito. De esta manera, reflexionó sobre saberes prohibidos o interdictos que se trasmiten entre los propios populares de generación en generación; por ejemplo, la habilidad para mentir y desarrollar estrategias de defensa (no exentas las redes delincuenciales) ante las instancias de poder, producto bien de una experiencia constante en ese tipo de situaciones, bien de la adopción que hacen de actitudes de élite y que sirven a los sectores marginales para sobrevivir con las propias armas de los dominadores.
En “Registros de lo popular. Escudriñar el mundo de Antonio García Cubas, 1832-1912”, María Esther Aguirre se acerca a las mediaciones entre la cultura oral y la cultura escrita, “territorio donde se articulan tradiciones de distinta procedencia que dan cuenta del sentido del mundo y de la vida de distintos grupos sociales y donde se incide en la construcción del propio”. La autora recurre a la figura de uno de los más importantes mediadores culturales que tuvieron los sectores populares en el siglo XIX: Antonio García Cubas, quien, además de sus aportaciones a la cultura escolar –ya que fue autor de uno de los libros de historia más utilizados durante el siglo XIX–, recogió una serie de prácticas culturales vinculadas con la tradición oral de esos grupos. Sin embargo, sostiene la autora, la obra de García Cubas no ha sido analizada desde esa perspectiva. En el contexto del costumbrismo, dicho autor recogió las más diversas manifestaciones populares desde un triple registro: el literario, el visual y el sonoro (mediante notación musical), que le permitieron resguardar imágenes para una memoria colectiva.
Las fuentes en las que abrevó Aguirre Lora fueron diversas: obra autobiográfica de García Cubas, fuentes documentales y hemerográficas, y bibliografía secundaria. Sin dejar de lado la discusión teórica en torno a la definición de cultura y el cruce de dos terrenos que abonan a una doble culturalidad –producto de dos vertientes cada vez más distantes, más escindidas en apariencia la una de la otra–, la autora emprende un rescate de las aportaciones del escritor decimonónico.
En conclusión, María Esther Aguirre nos ofrece con mucho éxito lo que hace visible García Cubas y, a la vez, lo que hace visible a este autor del siglo XIX.
Por lo que toca a Lucía Esquivel, en “Un panorama sobre la lectura entre prostitutas en la ciudad de México, 1872-1911”, último capítulo del volumen, la autora aborda un tema totalmente nuevo: la lectura entre las prostitutas y los agentes encargados de hacer posible no sólo su instrucción, sino también su regeneración. Después de realizar un estado de la cuestión en el que muestra cómo, pese al continuo interés en el tema de la prostitución, la manera como las prostitutas se acercaban a la instrucción no había sido atendida hasta la fecha, Esquivel Sánchez señala que un buen número de prostitutas tuvieron acceso a la lectura, pues ello se desprende claramente de las diversas formas de coerción ejercidas sobre ellas, y en específico sobre su práctica lectora. Sus fuentes principales fueron las relacionadas con la filantropía y los archivos eclesiásticos.
El panorama que nos ofrece comienza con una introducción al mundo de la prostitución femenina entre fines del siglo XIX y principios del XX, y continúa con la definición de los diferentes agentes interesados en la regeneración de las mujeres dedicadas al comercio sexual –“las horizontales”–, agentes que siguieron diversas estrategias, una de ellas la instrucción y la lectura, tratando de acercarles “los buenos textos”, obras incluso a veces producidas directamente para estas mujeres. Otras estrategias analizadas por la autora fueron de carácter muy popular, como la lectura en voz alta o el examen del consumo de textos que las alejaban del llamado “deber ser femenino”, opuestos a los ya mencionados “buenos textos”.
En suma, el conjunto de trabajos aquí reunidos ofrece un esfuerzo teórico-metodológico y de investigación empírica, a fin de contribuir, desde diferentes perspectivas y problemáticas, a los intentos que hasta ahora ha hecho la historiografía por escuchar la voz o voces populares con base en el análisis de diversas vías y consecuencias de la trasmisión no formal de saberes, y de la circularidad entre cultura letrada y no letrada.
El resultado es que esta obra constituye –gracias al cuestionamiento de los hábitos y enfoques de la historiografía educativa, cultural, literaria, social, periodística y de la lectura; y asimismo, al despliegue imaginativo, lúdico y antisolemne de los autores aquí reunidos (no exento de rigor en el examen de series documentales y testimonios infrecuentes)– un estimulante capítulo de las actuales investigaciones en torno al siglo fundador de nuestra nacionalidad, cimiento ineludible de las mentalidades que constituyen el México de hoy.
Confiamos en que el esfuerzo y los resultados sirvan para abrir nuevas inquietudes y cauces a investigaciones futuras en torno a tan importante temática, que no sólo pertenece al pasado, sino que invita a la reflexión y a la acción en el presente.
No podemos cerrar esta introducción sin manifestar nuestro más amplio agradecimiento a las personas e instituciones que hicieron posible el desarrollo y feliz culminación de este proyecto. En primer lugar, al doctor Juan Leyva, cuya participación en todo el proyecto fue excepcional en diferentes aspectos: en la elaboración y organización del proyecto, en la coordinación del seminario que funcionó dentro del tiempo que duró esta aventura y, finalmente, del trabajo de edición preliminar del libro que ahora tenemos en las manos. Su comprometida labor permitió, por una parte, reunir inquietudes e intereses de los participantes del núcleo principal del proyecto y, por otra, que los resultados fueran no sólo altamente satisfactorios sino de gran calidad intelectual.
En segundo lugar, a la DGAPA, por el apoyo financiero otorgado a nuestro proyecto, que permitió hacernos de una bibliografía actualizada y adecuada a los intereses particulares que perseguía, además de favorecer la formación de becarios de licenciatura. Varios alumnos, sin ser parte del seminario ni becarios, fueron también piezas importantes de esta empresa intelectual; a todos ellos, nuestro reconocimiento. Agradecemos también a la directora del Instituto de Investigaciones sobre la Universidad y la Educación, maestra Lourdes Chehaibar, por su apoyo en todo lo relativo al ángulo académico del proyecto que ahora concluye; a la coordinadora de la Biblioteca, licenciada Ángeles Ciprés, y al jefe de Presupuesto y Contabilidad, contador Gabriel Flores de la Torre, quienes nos apoyaron plenamente cuando requerimos cumplir con la parte administrativa y de adquisición de libros. Finalmente, nuestro mayor reconocimiento a los dos dictaminadores de esta obra, por su aguda y acuciosa lectura y sus amables sugerencias.
Notas del capítulo
Instituto de Investigaciones sobre la Universidad y la Educación, UNAM <---
1. Con letrados e iletrados nos referimos a la diferencia de habilidades en lectoescritura que se establece, por lo general, en tres sentidos: a) alfabetizados que pueden leer y escribir pero casi no ejercen estas habilidades, y francos analfabetas; b) alfabetizados de menor o mayor formación que ejercen su facultad; es decir, leen e incluso escriben con alguna regularidad, y aquellos que no (analfabetas funcionales), así como francos analfabetas; por último, c) entre quienes son versados o eruditos en alguna especialidad y quienes apenas tienen contacto con la letra o son francos analfabetas. Aquí nos referimos sobre todo a la primera y segunda acepciones, pero los polos de la tercera acepción son los principales agentes en la creación de las culturas letrada e iletrada. Sin embargo, estas oposiciones son relativas: “litteratus e illiteratus hacen […] menos mención a individuos tomados en su totalidad que a niveles de cultura que pueden existir (coexisten con frecuencia) en el seno del mismo grupo, incluso en el comportamiento y la mentalidad del mismo individuo” (P. Zumthor, La letra y la voz. De la “literatura” medieval, Madrid, Cátedra, 1994, p. 149). Por otra parte, las investigaciones de las últimas décadas, cuyo testimonio emblemático (aunque no el único) es la obra coordinada por D. Olson y N. Torrance (comps.), Cultura escrita y oralidad, Barcelona, Gedisa, 1995, han probado con amplitud que las diferencias entre letrados e iletrados, por ejemplo, en desarrollo cultural y capacidad de abstracción, son, en su mayoría, relativas (véase, más adelante, el capítulo sobre la voz popular).
2. En otro trabajo hemos profundizado en torno a la problemática del atraso educativo en México. Véase J. Leyva y R. Ríos, “La frontera de la letra o la educación al margen de la escuela. Letrados e iletrados en contacto (México, siglo XIX)”, en Ma. E. Aguirre (coord.), Narrar historias de la educación. Crisol y alquimia de un oficio, México, UNAM/Bonilla Artigas Editores, 2015, pp. 251-296. Para la evolución alfabética de la población mexicana desde el siglo XIX a nuestros días, véase el apéndice 1 al final de esta introducción.
3. R. Chartier, Cultura escrita, literatura e historia. Conversaciones de Roger Chartier con Carlos Aguirre Anaya, Jesús Anaya Rosique, Daniel Goldin y Antonio Saborit, México, FCE, 2000, p. 97.
4. Apropiación, hablando de lectura, es un concepto que para Chartier significa: “mezclar el control y la invención, puede articular la imposición de un sentido y la producción de sentidos nuevos”. Ibid., pp. 90-91.
5. La lectura en silencio, de la que las élites temen se extienda entre la mayoría de la población, debido a su capacidad de borrar “las diferencias entre el mundo imaginario de la literatura y el mundo social de los lectores”. Ibid., p. 79.
6. Para una discusión y análisis sobre este polémico ángulo de la lectura decimonónica y popular, véase J. Ortiz Monasterio, “La revolución de la lectura durante el siglo XIX en México”, Historias,núm. 60, 2005 pp. 57-75, y J. Leyva, “¡No atranquen que falto yo! Democracia y voz popular en El Valedor (1884-1885): hacia una lectoescritura igualitaria”, en este mismo libro.
7. La historiografía sobre educación en México en el siglo XIX es abundante y no tenemos la intención de referirla toda aquí. Existe un balance que ofrece el panorama de la década transcurrida entre 1992 y 2002 en S. Quintanilla et al., Historiografía de la educación en México. Estado de la cuestión, México, Comie, 2002; asimismo, puede revisarse: L. Alvarado y R. Ríos (coords.), Grupos marginados de la educación en el siglo XIX, México, UNAM/Bonilla Artigas Editores,2011, en el que se atiende la problemática de algunos grupos marginados de la educación, como los indígenas, los artesanos y las mujeres, aun cuando el examen no rebasa el ámbito escolarizado. Recientemente se ha publicado el libro coordinado por A. Staples y P. Gonzalbo, Historia de la educación en la ciudad de México, México, El Colegio de México, 2012. En el trabajo citado en la nota 2 de este artículo, hemos elaborado un estado de la cuestión en extenso sobre las diversas temáticas que atraviesan la problemática que aquí nos ocupa y que son abordadas bien desde la historia de la educación, bien desde la de la lectura, la de los trabajadores, la historia de la prensa y la cultural, entre otras.
8. J. Granja, Métodos, aparatos y máquinas para la enseñanza en México en el siglo XIX: imaginarios y saberes populares, Barcelona/México, Pomares/UNAM, 2004.
9. J. Ortiz Monasterio, “La revolución de la lectura durante el siglo XIX en México”.
10. S. Pérez Toledo, Los hijos del trabajo. Los artesanos de la ciudad de México, 1780, 1853, México, El Colegio de México, 1997; “Una organización alternativa de artesanos: la Sociedad Mexicana Protectora de Artes y Oficios, 1843-1844”, Signos Históricos, núm. 9, 2003, pp. 73-100; en este mismo volumen, la autora aporta un nuevo trabajo: “La ¿autogestión? educativa en los grupos laborales: del gremio a las organizaciones obreras del siglo XIX”; M. Trujillo Bolio, Operarios fabriles del Valle de México, 1864-1884: espacio, trabajo, protesta y cultura obrera, México, El Colegio de México, 1997; V. Teitelbaum, Entre el control y la movilización: honor, trabajo y solidaridades artesanales en la ciudad de México a mediados del siglo XIX, México, El Colegio de México, 2008; F. Gutiérrez, El mundo del trabajo y el poder político. Integración, consenso y resistencia en la ciudad de México a fines del siglo XIX, México, El Colegio de México, 2012; S. Pérez Toledo, Trabajadores, espacio urbano y sociabilidad en la ciudad de México, 1790-1867, México, UAM/Miguel Ángel Porrúa, 2011; S. Pérez Toledo, M. Miño Grijalva y R. Amaro Peñaflores, El mundo del trabajo urbano: trabajadores, cultura y prácticas laborales, Zacatecas, El Colegio de México/UAZ, 2012.
11. Por ejemplo, L. B. Suárez de la Torre (coord.) y M. A. Castro (ed.), Empresa y cultura en tinta y papel (1800-1860), México, Instituto Mora/UNAM, 2001; L. B. Suárez de la Torre (coord.), Impresores-editores y libreros de la ciudad de México, 1830-1855, Instituto Mora, 2003; I. Lombardo, El siglo de Cumplido: la emergencia del periodismo mexicano de opinión (1832-1857), México, UNAM, 2002; y E. Chávez Lomelí, Lo público y lo privado en los impresos decimonónicos: libertad de imprenta (1818-1882), México, Porrúa, 2009.
12. C. Ginzburg, El queso y los gusanos, México, Océano, 1997.
13. M. Dávalos, Los letrados interpretan la ciudad: los barrios de indios en el umbral de la Independencia, México, INAH, 2009. Sobre la voz de los indígenas en un tema crucial como la secularización de parroquias: M. Menegus, “La iglesia de los indios”, en M. Menegus, F. Morales y Ó. Mazín, La secularización de las doctrinas de indios en la Nueva España: la pugna entre las dos iglesias, México, UNAM, 2010, pp. 77-137.
14. R. Chartier, op. cit.
15. Ello ocurre incluso en análisis de carácter literario, como los de S. Cortés Hernández, “Oralidad y escritura en los archivos inquisitoriales novohispanos: proceso contra el hombre que se volvió toro”, en M. Masera (ed.), Literatura y cultura populares de la Nueva España, México/Barcelona, UNAM/Azul, 2004, pp. 79-90, y M. Masera, “La voz y el pliego: textos populares y popularizantes de las calles novohispanas (siglo XVII)”, en ibid., pp. 91-112.
16. P. Burke, La cultura popular en la Europa moderna, Madrid, Alianza, 1991, caps. 2 a 6.
17. P. Burke, Visto y no visto: el uso de la imagen como documento histórico, Barcelona, Crítica, 2001. También central en relación con las fuentes, del mismo autor, el libro citado en la nota 16.
18. La explicación de las siglas empleadas en esta obra puede consultarse al final del volumen.
19. Su perseguidor más próximo era El Monitor Republicano, que vendía 1,300 ejemplares por entrega. “Un curioso ha tenido la paciencia de llevar la cuenta de los ejemplares que de cada periódico se venden en la Alacena de D. Trinidad Martínez”, El Tiempo, 4 de enero de 1885, p. 3.
