Vulnerables - Jorge Santkovsky - E-Book

Vulnerables E-Book

Jorge Santkovsky

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"Vulnerables es la nueva colección de cuentos de Jorge Santkovsky. Abrir estas páginas es entrar en el ámbito del prodigio, cercano a los senderos descriptos por Todorov para definir lo maravilloso. En su lectura, caminaremos a la par de personajes como Javier, la loba Luperca o Pedro de Mendoza, habitantes del Parque Lezama, encarnado uno, materializados en bronce los otros; encontraremos un peluquero poeta; un Aleph; un Superman anclado a esta tierra por causa de las ramas de los árboles; fantasmas de esclavos que hacen tropelías en un sótano; un hombre que mantiene un triángulo amoroso con su esposa y un árbol de magnolia; una historia sobre un doble, dotada de una amenidad de la que carece la vida de William Wilson o la de Goliadkine... Curiosamente, las pocas historias que no participan de lo maravilloso, conservan su clima, y esto se debe a que Santkovsky ha sabido crear un narrador que las amalgama, un narrador (protagonista o testigo, pero nunca impersonal) dotado de una voz inocente, un narrador que sentimos amigo, y que nos invita a creer. En este libro de aciertos literarios, Jorge Santkovsky nos obsequia unos cuentos que escapan de las trilladas estructuras y los predecibles sobresaltos del cuento clásico. Nos brinda unas criaturas ejemplares que, como su dragón blanco, saben sobrellevar la vulnerabilidad de los seres mágicos ante la hostilidad del mundo material" (Manuel González López).

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Seitenzahl: 176

Veröffentlichungsjahr: 2024

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Comentario / Manuel González López

Vulnerables es la nueva colección de cuentos de Jorge Santkovsky. Abrir estas páginas es entrar en el ámbito del prodigio, cercano a los senderos descriptos por Todorov para definir lo maravilloso. En su lectura, caminaremos a la par de personajes como Javier, la loba Luperca o Pedro de Mendoza, habitantes del Parque Lezama, encarnado uno, materializados en bronce los otros; encontraremos un peluquero poeta; un Aleph; un Superman anclado a esta tierra por causa de las ramas de los árboles; fantasmas de esclavos que hacen tropelías en un sótano; un hombre que mantiene un triángulo amoroso con su esposa y un árbol de magnolia; una historia sobre un doble, dotada de una amenidad de la que carece la vida de William Wilson o la de Goliadkine... Curiosamente, las pocas historias que no participan de lo maravilloso, conservan su clima, y esto se debe a que Santkovsky ha sabido crear un narrador que las amalgama, un narrador (protagonista o testigo, pero nunca impersonal) dotado de una voz inocente, un narrador que sentimos amigo, y que nos invita a creer.

En este libro de aciertos literarios, Jorge Santkovsky nos obsequia unos cuentos que escapan de las trilladas estructuras y los predecibles sobresaltos del cuento clásico. Nos brinda unas criaturas ejemplares que, como su dragón blanco, saben sobrellevar la vulnerabilidad de los seres mágicos ante la hostilidad del mundo material.

Manuel González López

Jorge Santkovsky

Vulnerables

 

Vulnerables

Jorge Santkovsky, 2024

1a edición por este sello, 2024

ISBN: 978-987-8907-21-5

 

Villa Los Aromos

www.edicionesacapela.wordpress.com

[email protected]

Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial 4.0 Internacional.

Santkovsky, Jorge

Vulnerables / Jorge Santkovsky. - 1a ed. - Villa Los Aromos : Ediciones A capela, 2024.

Libro digital, EPUB

Archivo digital: descarga

ISBN: 978-987-8907-21-5

1. Cuentos. 2. Grupos vulnerables. I. Título.

CDD A863

A mis nietos Malena, Juana y Domingo. Por ser tan valientes de venir a este mundo y alegrarnos nuestras vidas.

A mi prima Silvia Diana Naguelblat. No dudo que hubiera disfrutado estos relatos.

Lezama

El parque se ha metido muy hondo en mi vida, nada de lo que ocurre en su interior me es ajeno. Puede parecer que yo quiero rescatarlo, pero es él quien me ha rescatado. No hay día que no me ofrezca nuevos motivos para el asombro. Apenas pongo un pie adentro mis ojos se pierden en el paisaje. Sea en los árboles, en los pájaros o en los variados personajes que lo visitan.

El parque me enamora, me dice cosas al oído, me conmueve, reclama mi atención. Cuando estamos juntos, respiramos en armonía. El parque es mi segunda piel.

Entrar al parque Lezama es como entrar en un sueño. Me regala todas las mañanas alguna revelación. Otras veces me pide que lo cuide. Cuando es así, siento en mi cuerpo el peligro circundante. Por eso, en ciertas ocasiones es una pesadilla. Se de buena fuente que nada que lo habite está libre de ser dañado. Ni los monumentos, ni los postes de luz, ni los animales, ni los árboles ni la gente. Pero el parque se repone, resistente como nadie nunca supo serlo. Aunque su recuperación es despareja y arbitraria: una y otra vez vuelven a repintar el templete griego pero las estatuas de Diana Fugitiva, Palas Atenea, La Vid, El Invierno y La Primavera las pasan por alto, están sucias y se siguen arruinando. Y las que se llevan a reparar nunca vuelven ni se sabe su paradero. Reponen a Rómulo y Remo, pero ya no están hechos de bronce, los bebes inmortales ahora son de vulgar yeso pintado. Hay más ejemplos, pero con esos basta.

El público se renueva. Los visitantes traen diferentes objetivos, siempre legítimos. Están en su derecho. Para algunos es un mercado donde ganarse el sustento y vienen a hacer su comercio. Para los más vulnerables un hogar temporario. Los privilegiados lo aprovechan como espacio de ocio y esparcimiento. A los enamorados les basta con un espacio diminuto bajo la sombra de un árbol. Pero hablar de ellos sin pedirles permiso está lejos de mi interés. Prefiero poner el ojo en los seres mágicos que pueblan Lezama. Que los hay y no se ofenden, aprecian la efímera fama que puedo brindarles en estos textos. Los seres irreales son cualquier cosa menos vulgares e inocentes. Este es su único destino posible y bien que lo saben. No hay día que con sus actos no atrapen mi atención. Son indispensables, la argamasa que sostiene la leyenda.

Algunos de estos seres, que son de carne y hueso, caminan a dos aguas entre lo terrenal y lo mágico. Su mayor exponente es Javier. Habita en el punto más alto del parque. Donde se encuentran las calles Defensa y Brasil. De entrada, el visitante no lo nota, pero por donde vaya va a tener que ir bajando y si debe volver al punto de partida lo va a sentir en sus piernas pesadas.

En ese lugar, junto al monumento a Pedro de Mendoza, Javier tiene su santuario. Es un secreto, no es fácil darse cuenta de que sus latidos uniformes y acompasados regulan los acontecimientos del parque.

Con el pulgar de la mano derecha levantado sostiene al mundo. Al menos al mundo conocido. Si está para arriba acompañado de una sonrisa es que uno es bendecido por la vida. Es un día que merece ser vivido. Por eso cuando algún amigo está sumido en la autocompasión le pido que me acompañe para verlo. Su solo saludo y la alegría de su rostro es un bálsamo suficiente contra la furia.

Se dice que Javier sabe disfrutar de no hacer nada. La verdad es que ignoro si esto que se dice es verdadero. Hay momentos en que está activo. En otros parece dormir un sueño eterno para nunca despertar. Si esto ocurre me acerco a ver si respira. No me avergüenza decir que tengo miedo de un día no encontrarlo. Y que el parque se quede a la deriva. Sin defensa contra los que odian sin pausa ni descanso. Porque no saben qué hacer con su vida. Esas almas en pena que pasan por el parque son las que Javier espanta, con su mano izquierda, para que no hagan daño.

¿Desde cuándo está Javier en el parque?

No se sabe con certeza desde cuándo Javier vive en el parque. Los vecinos más antiguos no recuerdan Lezama sin su presencia. Se lo ve más desmejorado, sus piernas más llagadas, sus pies más hinchados y su ropa más destruida. Pero siempre es Javier sentado a la intemperie en el mismo banco de madera. Acompañado de su balde amarillo sobre ruedas, botellas vacías, bolsas de residuos y palomas revoloteando alrededor de su cabeza.

Sabemos que está. Todos han intentado ayudarlo, todos se preguntan por qué no va a un refugio, todos rescatan que es muy educado. Pero nadie sabe desde cuando duerme al aire libre.

Camina suavemente sobre el parque sin hacerle daño, sus pies ligeros no pueden abandonar el predio. Como si el parque hubiera sido creado bajo su sombra. Es difícil imaginar el parque sin su presencia. Imposible imaginar a Javier rodeado de otro paisaje.

Si se le pregunta cómo llegó a vivir así, la respuesta es muy vaga. Siempre alude a un momento traumático, de quiebre, una traición. Una acción que solo puede cometerla un familiar, un amigo cercano. Otra cosa sería solo una estafa que afecta el bolsillo, pero no el corazón.

¿Quién no vivió algo así en su vida? ¿Quién no tuvo una sentida decepción? Qué fue diferente en este caso es un misterio que dudo se pueda algún día descubrir.

Por qué un hombre culto con modales delicados termina viviendo en esas condiciones es algo que perturba e intriga.

Vive aferrado a sus bártulos. Bolsas negras que para el común de la gente son menos que basura. Pero son sus pertenencias y teme alejarse de ellas. Me consta que le han robado el termo de metal. Tuve que llevarle otro para que beba algo caliente. Dice que no puede tener cosas que brillen, que no pueden tener oro que demuestre su riqueza. Otros más pobres y con menos escrúpulos, en la noche, se aprovechan de su fragilidad.

Vivimos sujetos a nuestros pensamientos, ideales, a nuestras heridas. Resabios incómodos de experiencias que acumulamos como trastos viejos. Si se materializaran también se verían como un montón de bolsas negras. No somos tan distintos. Solo habitamos vibraciones diferentes. Javier muestra sus miedos, sus obsesiones, su vergüenza. Nosotros las ocultamos hábilmente de la vista de nuestros pares.

Haciendo señas me pide ayuda desde lejos para que no me olvide de pasar a verlo.

En el momento en que me acerco es cuando recién se pone a pensar qué necesita. Puede ser solo contarme cosas que piensa o compartir recuerdos traumáticos cuya trama no llego a comprender.

O algo de comida, pan fresco, agua caliente o agua fría. Que le cuide sus cosas mientras va a tirar el orín, que acumula en una botella de lavandina, a la alcantarilla que hay en la vereda. Donde sienta que nadie lo descubra. Javier nunca deja su orín en el parque. No es ese tipo de persona.

Si no muestro entusiasmo en ayudarlo se asusta y cree que me siento ofendido. Si voy a faltar unos días es mejor que se lo diga previamente, para que no entre en pánico. Una vuelta me dijo que había escuchado un rumor por ahí —señalando al bar británico— de que me había mudado.

Me siento muy ligado a Javier. Un poco en deuda porque fui creando un personaje de fantasía a partir de observar sus acciones y comentarios. Siempre respetando su espacio vital y sus tiempos. Un Javier que solo existe en mi imaginación. Pero es posible que esa no sea la única verdad. A cambio, Javier creó en mí un ayudante vital para su existencia. Soy, desde su punto de vista, un actor de reparto.

Me lo ha hecho saber diciéndome qué sería de su vida si yo no existiera. En otra ocasión afirmó que cada uno sobrevive como puede. Siempre con una sonrisa clara y abundante.

Nuestra relación tiene una dialéctica que excede mi comprensión. Aunque sospecho que es posible que no haya ningún vínculo humano verdadero, por banal que resulte a los ojos del vulgo, que no cumpla el mismo propósito que el de la leyenda de los 36 hombres justos. El de preservar la vida en la tierra de la ira del creador.

El secreto de Javier

Dice el Talmud que hay cosas que se pueden contar a muchos, otras a pocas personas y otras que a nadie.

Agrega Clarice Lispector que hay cosas que no quiere contarse ni a ella misma.

Aunque no se perciba a primera vista, Javier y Pedro conviven en una curiosa armonía. A ellos no los amedrenta la lluvia ni mucho menos los altera la niebla. Javier se fastidia si hay una gran tormenta. A Pedro de Mendoza nada afecta su serena presencia.

Javier escribe con prolijidad, en una libreta naranja de tapa dura, sus diálogos con Pedro. En cambio, Pedro no puede siquiera tener una hoja de papel abierta entre sus manos.

Pedro está firme con su cabeza erguida apuntando su mirada hacia el horizonte. Sin importarle los curiosos que se agolpan alrededor de la fuente.

En cambio, Javier, en ciertos momentos, baja la testa. Recostado entre bolsas de nylon negras y botellas vacías de lavandina. Sentado en el banco de madera perpendicular a los aposentos de Pedro, aunque parezca dormido, Javier está despierto.

Cuando Javier ve algún conocido, levanta su mano derecha y sonríe. Sonreír es algo que nunca puede hacer Pedro. Su mano derecha solo la usa para clavar la espada en el piso.

Las palomas se posan en los hombros de Pedro para sentirse seguras, saben que allá en lo alto nadie puede molestarlas. No les importa que su anfitrión las ignore. Para comer prefieren a Javier y que nadie crea que son meras migas de pan duro.

Ambos viven a la espera de la llegada de la noche, con el único fin de poder conversar sin que nadie los observe. Ninguno de los dos quiere que los tomen por locos y los encierren. Se cuidan de los chismes de la gente que habla por hablar y que no tiene nada más interesante para decir. Lo único que teme Javier es que lo secuestren para llevarlo al refugio para indigentes. Antes prefiere quedar rígido como Pedro, su confidente y compañero.

Pedro de Mendoza confesó, en unas de esas noches solitarias, que el monumento en el que vivirá por siempre es una broma macabra. Ni en sueños pensó en fundar una ciudad, mucho menos, imaginó su inmortalidad. Vino hasta estas pampas a buscar una cura para la sífilis que se contagió en el saqueo de Roma. Reconoce que venir a morir a estas tierras resultó un merecido castigo. Nunca pretendió ser un hombre justo, solo quería que dios perdonara sus pecados de lujuria. Menos aún comprende la razón de una india a su espalda, que lo acompañará por toda la eternidad. Una ironía de mal gusto. Fueron los querandíes los que sitiaron, mataron a su sobrino y privaron de alimentos a su gente. Tanto es así que los invasores terminaron comiéndose entre ellos como perros hambrientos.

Javier le dijo que se guarde ese oscuro secreto. A la gente no le interesa la verdad histórica. A los turistas les encanta sacarse fotos frente a la imponente estatua de un visionario. Nunca lo harían frente a un hombre enfermo, enojado con la vida y con la muerte.

Mejor es mantenerse callado, aunque duela. Fue el sabio consejo que Pedro escuchó esa noche de su fiel escudero.

Javier no quiere que se sepa que tiene el poder de comunicarse con los muertos. Su libertad y la paz en que vive estarían en peligro. Lo acosarían todos aquellos que tienen temas pendientes con sus deudos. Ni qué hablar de los periodistas y los lunáticos. Vendrían los políticos buscando el apoyo de sus próceres. Nada bueno se puede esperar de su avaricia.

Para evitar sospechas, Javier se muda cerca del monumento a la Loba Romana. Sus almas se entienden y se protegen. Nadie se atreve con ellos si están juntos. A ella basta mirarla a los ojos para saber de su bravura; tiene la sonrisa de una hiena con las orejas recortadas como un pitbull. Javier es un ahijado más, como lo son Rómulo y Remo. Es mucho lo que tienen en común. No se puede afirmar que sean almas gemelas, pero sí que son complementarias.

Mientras la loba Luperca da de mamar con sus ocho ubres hinchadas a reventar, conversan de amores y rencores. Ambos detestan a los borrachos y a los pendencieros. Javier repite que él no es como ellos. Es su mantra para que no lo confundan con los vagos del parque. La loba recuerda que en sus tiempos abundaban los hombres que no respetaban ninguna ley. Cuando encontró a los mellizos fue más empática que los humanos y les dio de mamar para que no murieran de hambre. Cuando crecieron, sus vástagos postizos no hicieron honor a su legado y se convirtieron en unos vándalos sin remedio.

Javier no necesita moverse, ha logrado que el mundo gire a su alrededor. Ella no puede hacerlo. Está inmóvil tras la reja del monumento. Imposible saltarla salvo en su imaginación. Javier tiene un curioso don: sabe si un perro está sonriendo. La sonrisa de un perro es algo muy sutil que solo un alma como la de Javier puede reconocer. Los perros apenas entran al parque corren a saludarlo. Él sabe sus nombres, uno por uno. Ignora el de las personas, pero nunca olvida el nombre de un perro.

Los perros también aman a la loba, aunque nunca la miran a los ojos. Así son las reglas entre ellos, mirarse de frente se considera un desafío. Ninguno se siente a la altura para eso.

La loba no comprende a los que predican la palabra de Dios. No eran tan fanáticos los sacerdotes en sus tiempos. Aún el hombre no había tenido la extraña teoría de que hay solo un Dios en el universo. Los dioses eran falibles, casi humanos. Nadie daría la vida por ellos.

Javier insiste en que ahora los religiosos vienen a meternos en problemas. Es justo decir que los predicadores ignoran a Javier. Saben que no necesita de su sermón.

En cambio, Teresa se interesa en Javier. Ella se mantiene milagrosamente en equilibrio. Un tanto inclinada hacia su derecha. En la mano sostiene un rosario. Es una pena que esté de espaldas al sur de la ciudad, donde están los más pobres entre los pobres, los que más necesitan de su auxilio.

Habita uno de los pocos lugares diáfanos del parque. Una terraza seca, sin árboles ni fuentes, con un balcón desde donde se ve la parte baja del parque y rejas de hierro que la separan de los fondos del Museo Histórico Nacional.

No hay siquiera una pequeña placa recordatoria que explique el motivo de su presencia entre nosotros. La escultura está apoyada sobre un pedestal sin protección ante las inclemencias del tiempo y la consabida barbarie de los humanos.

Teresa es una más de los seres vulnerables que habitan en el parque, Javier se siente hermanado en su desgracia y la contiene. Con una rama seca y mucha paciencia, limpia las telarañas que se acumulan en el cuerpo de la santa mientras se queja del pobre estado de la escultura.

En la noche, cuando quedan en soledad, Javier le tiende su mano para que pueda bajarse a estirar las piernas. A ella le cuesta mucho relajarse, de tanto tiempo de estar inmóvil.

Cuando se recupera, juntos caminan como lo hacen dos viejos amigos que se encuentran después de mucho tiempo. Muy cerca un cuerpo del otro, para no dejarse caer. Santa Teresa de Calcuta está vestida con una túnica raída. De Javier ya sabemos su vestimenta.

Ella disfruta de la voz dulce y cantarina de Javier. Mientras él se sumerge en su alma limpia para compensar tanta basura que se acumula en el parque. Después de caminar juntos un par de horas Teresa se acerca al rostro de Javier y se despide con un suave beso en la mejilla. Luego él vuelve a su banco y ella lentamente camina a su humilde morada.

Es el secreto que le permite a Javier comenzar cada mañana con una sonrisa.

La seducción

Es irresistible el encanto que ejerce Javier sobre las mujeres rubias. No pueden evitar ser víctimas de su pasiva seducción. Algunas, con elegancia, visten una capelina color caqui cubriendo su cabello ondulado, vestidas con ropas holgadas y coloridas. De polleras largas hasta sus sandalias. De piel muy blanca y rasgos delicados. Jamás maquilladas ni teñidas. Su estilo es ser frescas, naturales. Así es como andan por la vida, deslizándose ajenas al dolor cotidiano que sufren los demás mortales. En esa ajenidad, se parecen un poco a Javier.

Parecen distraídas, pero están muy bien informadas de todo lo que pasa en el planeta. Las enamora las causas justas, las que afectan a los seres vulnerables. No las motivan las causas mezquinas. Ellas viven en el presente, aunque parecen venir de un glamoroso pasado.

Estas jóvenes mujeres reservan, para hablar con Javier, un tono de voz suave, musical. Sus palabras se trasladan por el aire como pidiendo permiso. Muy distinto del que usan con familiares o amigos.

Se acercan con una mezcla extraña de vergüenza y respeto. Quieren brindar su ofrenda: un paquete prolijamente envuelto. Su mayor deseo es que Javier lo acepte de buen grado.

Él siempre está atento a todo lo que lo rodea. Si ve venir a alguna de ellas esconde su cabeza entre sus bolsas como si intentara desaparecer. Solo quedan sus piernas a la vista. Aceptemos que Javier no es tan inocente y, un poco, se aprovecha de la situación. Se hace el dormido, para que la dama insista e insista. Como a cualquiera de nosotros le encanta hacerse desear.

De lejos parece que nuestra heroína le habla a un conjunto de objetos inanimados. Como no le responde se para en puntas de pie, tal como una bailarina, con la intención de ver por arriba de los bultos. Si nadie la ayuda va a tener que levantar la voz lo necesario para que salga y no parecer una loca más de las que andan por el parque.

Si estoy cerca de la escena salgo en su auxilio y comparto su nombre. Digo fuerte: se llama Javier. ¡Javier! Responden. Que le digan su nombre es la varita mágica que hace que levante la cabeza como si tuviera un resorte. Igual que esas cajitas que al sacar la tapa salta un payaso para tomarnos por sorpresa

Javier se siente seguro cuando lo nombran. Él quiere ser uno más de los que pueden ser nombrados. No es lo mismo recibir ayuda de quien no sabe tu nombre de pila. Esto lo entiende cualquiera.