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Intento de advertencia: Este libro está basado en hechos reales. ¿Pero qué cosa escrita no lo está? ¿Qué realidad no es producto de la imaginación? Estaba por escribir "la imaginación de dios", pero recordé que soy agnóstico. Entonces, muy prolijo no es hablar de dios asumiendo que existe. Y soy judío, pero por suerte me reconozco como judío y agnóstico. Algo que no todas las religiones aceptan. Ya la ley judía primitiva no atribuía una importancia tan preponderante a la teología y, en cambio, enfatizaba más los actos y la conducta. Un buen recurso para mantener reunido al rebaño. O la certeza de saber que no hay ateos en la trinchera. El libro no habla de los cuentenik de principios del siglo pasado. Lo declaro en el prólogo, para que nadie lo lea sin estar advertido. Ningún vendedor puede decir toda la verdad de su producto. No digo mentir, pero sí es aceptable ocultar ciertas cosas. No lo soy al viejo estilo de andar en bicicleta por los barrios. O como mi abuelo que llevaba los tapados de piel caminando hasta las casas de las señoras de los hombres ricos. Los tiempos cambian y la palabra también debería ajustarse a representar lo que somos las personas como yo: buscavidas. Ocurre que la palabra cuentenik me encanta. Pensaba que era una palabra ídish, pero resultó algo diferente. En el Río de la Plata se lo llamaba cuentenik o cóntenik, en Brasil, clientelchik, en Venezuela, cláper. Lógicamente cuentenik deriva de cuenta y clientelchik de cliente. A estas confluencias lingüísticas se las llama idishol. No es ídish propiamente dicho.
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Seitenzahl: 122
Veröffentlichungsjahr: 2024
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Jorge Santkovsky
Diario de un cuentenik
Jorge Santkovsky, 2020
1a edición por este sello, 2024
ISBN: 978-987-8907-16-1
Diario de un cuentenik fue editado en 2020, en papel, por la editorial Leviatán.
www.edicionesacapela.wordpress.com
Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial 4.0 Internacional
Santkovsky, Jorge
Diario de un cuentenik / Jorge Santkovsky. - 1a ed. - Villa Los Aromos : Ediciones A capela, 2024.
Libro digital, EPUB
Archivo digital: descarga
ISBN: 978-987-8907-16-1
1. Cuentos. Título.
CDD A863
Durante la pandemia pasaron cosas buenas y malas.
Cosas malas a montones, pero entre las cosas buenas tuve la dicha de escribir este libro. No necesariamente para hablar del Covid, pero sí cosas de mi experiencia con las personas con las que tengo tratos comerciales —aunque no creo que a nadie le sirva para aprender a comprar y vender—, a mí me divirtió retratar a algunos de mis clientes favoritos.
Este libro está basado en hechos reales. ¿Pero qué cosa escrita no lo está? ¿Qué realidad no es producto de la imaginación? Estaba por escribir “la imaginación de dios”, pero recordé que soy agnóstico. Entonces, muy prolijo no es hablar de dios asumiendo que existe. Y soy judío, pero por suerte me reconozco como judío y agnóstico. Algo que no todas las religiones aceptan. Ya la ley judía primitiva no atribuía una importancia tan preponderante a la teología y, en cambio, enfatizaba más los actos y la conducta. Un buen recurso para mantener reunido al rebaño. O la certeza de saber que no hay ateos en la trinchera.
El libro no habla de los cuentenik de principios del siglo pasado. Lo declaro en el prólogo, para que nadie lo lea sin estar advertido. Ningún vendedor puede decir toda la verdad de su producto. No digo mentir, pero sí es aceptable ocultar ciertas cosas. No lo soy al viejo estilo de andar en bicicleta por los barrios. O como mi abuelo que llevaba los tapados de piel caminando hasta las casas de las señoras de los hombres ricos. Los tiempos cambian y la palabra también debería ajustarse a representar lo que somos las personas como yo: buscavidas. Ocurre que la palabra cuentenik me encanta. Pensaba que era una palabra ídish, pero resultó algo diferente. En el Río de la Plata se lo llamaba cuentenik o cóntenik, en Brasil, clientelchik, en Venezuela, cláper. Lógicamente cuentenik deriva de cuenta y clientelchik de cliente. A estas confluencias lingüísticas se las llama idishol. No es ídish propiamente dicho.
Algunos de los clientes que retraté en este libro están contentos de esta discreta inmortalidad literaria. Pero el maestro del Corán no lo sabe, y no creo que le interese.
Gorby tampoco, él es de otra dimensión. Alejandro tampoco, porque está preso por violencia de género y tiene otras urgencias que atender. Carlos sí lo sabe, y está tan orgulloso que se lo contó a sus hijos.
Al vendedor de cuadernos no le interesa nada salvo cuántos pletzeles puede comprar al fin del día. Emerson está feliz de ayudar a un judío, pero no piensa leerlo porque lee solo lo que le da su rabino. Además, no tiene tiempo libre entre los rezos y sus innumerables hijos. Al falso judío no se lo dije, pero si se entera le voy a decir la verdad. El astronauta fracasado no pierde tiempo con estas cosas, toda su energía está en conquistar el mundo, ya que no pudo con la luna. Daniel y el vendedor de espejos están del otro lado, no solo ellos, también varios de los que me conocieron siendo aprendiz de peletero. El stripper se moriría de risa, pero no veo la gracia en contárselo. Cariñito solo me mandaría bendiciones. Al policía patagónico que quiere ser judío no tengo modo de encontrarlo. La monjita no volvió más, y lo lamento mucho, me gustaba hablar con ella. El exorcista judío desapareció de los lugares que sabía frecuentar. Emerson supone que Luis se convirtió él mismo en un dybbuk. El Rabino Emerson no le desea el mal a nadie, pero no le gusta la competencia desleal. El Rabino Binder no existe, es un personaje que le robé a Philip Roth, pero no creo que sus herederos se den cuenta.
Pienso para mis adentros que mi mamá estaría contenta de que escriba un libro con una palabra que suena a ídish en el título. Ella sabía que algún día haría algo como la gente. Eso dijo cuando representé a Mordejai Anilevich en un acto en Macabí, y lo convertí en mi héroe preferido. Hubiera sido mejor identificarme con Marek Edelman, que fue también muy valiente y sobrevivió para contarlo. Eso opina, al menos, mi psicoanalista, pero en esa época no teníamos tanta detallada información. Mi suegra diría que ella siempre supo que un marido judío era bueno para su hija. La tía Irma diría que su sobrina tuvo mucha suerte. Mi mujer me dijo que cómo voy a contar esas cosas en un libro. Mis hijas están contentas de poder decir que, al fin, su padre escribe cosas que la gente puede entender, no solo poesía. Mis nietas todavía no saben leer, pero algún día sabrán que escribo para que ellas puedan saber quién soy.
Porque estoy rodeado de mujeres como Tevye el lechero, será por eso que cuando tarareo la letra de Si yo fuera rico me pongo de buen humor y me dan ganas de bailar como Topol.
If I were a rich man,
Yubby dibby dibby dibby dibby dibby dibby dum…
El primer encuentro con Carlos no fue muy promisorio. Se presentó como miembro de una cooperativa de trabajadores para solicitar una donación de computadoras en desuso. Estaba al tanto de que esa cooperativa había nacido de un grupo de desocupados que cortaban reiteradamente los puentes de acceso a la ciudad para pedir trabajo. A cambio de que dejaran de hacerlo, el gobierno nacional les había dado un galpón donde se dedicaban a procesar basura electrónica como medio de vida. Por la fluidez con la que se expresaba, y el uso de ciertos conceptos comerciales, era evidente que quien me llamaba no era parte de esa comunidad o, a lo sumo, un representante. Cuando se lo dije sé que me odió profundamente, pero no pudo negarlo. En ese mismo momento, debo reconocer, yo lo desprecié por mentiroso. Más tarde me enteré que había recortado su apellido para evitar que se asocie con su origen judío.
Para quien hace negocios en el conurbano, puede ser adecuado un apellido que pase desapercibido. No creo ser quién para juzgarlo y nunca se lo dije.
A lo largo de los años nos repartimos varios segmentos del mercado de reciclado, evitando entrar en conflicto. Como una danza a ciegas, donde uno estaba haciendo un negocio, el otro no molestaba. Todo en silencio, sin un acuerdo siquiera de palabra. Al conocernos en persona y poder intercambiar opiniones, vimos que teníamos mucho más en común que lo que pensábamos. Su hijo, al enterarse de nuestra naciente amistad, concluyó que ambos nos mentíamos en cada palabra para no revelar nuestras estrategias. Hoy puedo decir que lo reconozco un hombre sabio y los negocios que compartimos pasaron a segundo plano.
El momento de inflexión fue al despedirnos, el día que lo visité. Sin prólogo alguno, ni consideración por el efecto que podrían tener en mí sus palabras, me dijo algo que quedaría grabado en mi mente; que yo “carecía de las miserias necesarias para llevar adelante una empresa”. Lo sentí como una advertencia, pero también lo conservo como un elogio. Lástima que me lo aconsejó tarde. Hubiera evitado mucho dolor a propios y a extraños. “La clave es ser insolvente”, suele decir. Cuando ve problemas con su gente, les cede parte de su negocio y los transforma en variopintas cooperativas o fundaciones para que se independicen “y todos contentos”.
A pesar de que recortó su apellido no solo no disimula su origen, sino que es orgulloso de su linaje. Esa mezcla de la astucia de barrio y de las enseñanzas de la vasta historia judía, lo vuelven un personaje para tener en cuenta. Ahora comenzó un emprendimiento con expresas, socias en las que confía sin dudar. Ellas recibieron un predio, bastante alejado, para trabajar la tierra y así poder reinsertarse en la sociedad. Él las convenció de hacer juntos cabañas para turismo social. Tal es mi asombro que vuelve a decirme algo para dejarme pensando. “El universo de nuestros clientes se conforma de tres tipos diferentes: estuvieron en cana, o están en cana, o lo estarán en algún momento”. De lo que estaba seguro es que los más peligrosos son los que aún no están privados de su libertad. Le faltó decir que dejarían de ser peligrosos si se mueren antes de ir presos, lo que pasa más a menudo de lo que uno se entera.
Fue el caso de Daniel, uno de los tantos clientes de origen humilde que he tenido, y que terminó manejando considerables cantidades de dinero. Cuando alguien afirma que salió de la pobreza extrema y se convirtió en comerciante hay que escuchar lo que tiene para compartir. No puede dar una conferencia porque hay mucho para ocultar, pero también algunas cosas para enseñar.
Era un tipo robusto de mediana estatura, que me había comprado cantidades inusuales de parlantes. Los retiraba un camión tras el pago en efectivo que hacía su mujer, que siempre llegaba en un vehículo diferente. Coches importados que impresionaban, pero de los que ignoro marca y modelo. Según él, se los dejaban de garantía por préstamos a corto plazo que daba con intereses usurarios.
Un día me llamó para ver si conocía a alguien en la comisaría de mi zona por dos autos que le habían demorado con problemas de papeles. Decía que de uno de ellos podía mostrarlos. Daniel tenía un trato áspero y nunca andaba solo: lo acompañaba algún ladero, a quien le daba comida y trabajo. Él sabía muy bien lo que es pasar hambre, porque cuando tenía cinco años comía las papas que le regalaban en el mercado y que él acercaba a las brasas para que se cocinaran. Su único estudio era haberse graduado como barra brava de Independiente. Con orgullo contaba que cuando llegaba a la tribuna, los hinchas se corrían para dejarlo pasar. Eso sí podía creerlo.
Una vez decidió tomar un avión y viajar al exterior. Sintió que lo merecía y se marchó al Caribe. Nunca salió del hotel donde le habían provisto de dos acompañantes femeninas. Era adicto al viagra. Como muestra de afecto, un día me puso pastillas en el bolsillo de mi campera.
Cada tanto dedicábamos un tiempo para hablar. Él buscaba artículos de los que tuviera mucha cantidad para comprarlo todo y poder manejar el precio. No le interesaba el surtido sino el control del mercado. Tenía un negocio en Ciudadela, pero además tenía vendedores por todo el oeste. Lo suyo eran los productos de electrónica, pero podía ser cualquier cosa que mantuviera ocupada a su red de vendedores. No era fácil de encontrar el producto, pero cuando lo hacía, el negocio se lucía.
Entre esas conversaciones empatizamos y me contó algunas cosas personales. Por ejemplo, que no quería comprar una casa porque era más rentable alquilar. Él prefería girar el dinero del modo que sea. Prestar plata en su entorno era un negocio más conveniente, pero, para cobrar, a veces, tenía que romper algunos huesos. Me confesó que cada noche al acostarse le invadía el miedo de volver a la miseria.
Tenía una temprana diabetes y problemas de presión que impulsaron su fatal desenlace con menos de cuarenta años. Una vez me dijo que nadie le había hablado así, con respeto, como yo lo hacía.
Cuando murió, su familia descubrió lo que él ocultó todos estos años, el dinero que manejaba no le pertenecía. Tenía que rendir cuentas a un capitalista mayor. Todo lo que había de valor se lo llevaron en pago de sus deudas y presumo que quedaron en la miseria. Ignoro qué habrá sido de la vida de sus hijos y de su segunda mujer. La primera había fallecido muy joven. La mayor de sus hijas quería modelar, él me mostraba las fotos orgulloso. Reconoció, con cierta vergüenza que así como sus hijos varones querían ser futbolistas, sus hijas soñaban con ser botineras. Vivía en una rueda financiera en la cual había perdido la brújula.
Para él morir fue una vía de escape. Me han dicho que murió del corazón, pero es poca información sobre la razón de su muerte. El corazón suele dejar de funcionar si no se lo alimenta.
Que alguien privado de su libertad pueda comprar mercadería para un local puede resultar extraño en ciertos ámbitos. Sin embargo, Alejandro logra llamarme a horas extrañas para que lo provea de celulares para su negocio. Sin duda lo hace cuando la ronda de los guardias deja de pasar. Me llama desde un Whatsapp que lo tiene en su foto de per-fil junto con Tévez, en el famoso casamiento en Uruguay. Él es un destacado miembro de la barra brava de Boca. Ningún otro espacio sino el fútbol es su lugar de pertenencia.
Me preguntó si me molestaba su llamado, él sabía que no podía ignorar el motivo de su encierro.
Cuando me llama me dice siempre lo mismo: que dispone de mucho dinero para comprar y que le separe material que le sirva. Sospecho que el dinero proviene de la propia barra brava. De todos modos, es tan ambigua su propuesta que nunca logramos cerrar ninguna venta. Creo que lo sabe y que me llama porque solo quiere conversar. No es una persona de muchas palabras, a decir verdad. Cuando estaba en libertad hicimos algunos buenos tratos, aunque no era fácil terminar de acordar un precio. Nunca estaba conforme, siempre tenía alguna queja o exigía algún beneficio adicional. De tanto pelear me fui enterando cosas de su vida: sus once hermanos lo celaban solo por haber salido de la villa.
Me contó que cuando eran pibes, él y sus amigos se escondían hasta que pasaba alguien al que le pedían una moneda y si no les daban, lo desnudaban: se quedaban con las zapatillas, la campera y lo que tuviera de valor. Como una venganza porque no les daban plata o los trataban como invisibles. Creo que era eso lo que más les dolía. Se reía de esas maldades juveniles, pese a que sabía que no me gustaban. Tenía una risa franca pero un tanto extraña.
