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En el año que se cumple el 75º aniversario de la muerte de Walter Benjamin, los autores presentan con esta obra una sistemática de su pensamiento pedagógico. Supone un reto inédito, pues hasta ahora, solo en el extranjero y de forma muy parcial, este aspecto había llamado la atención de los investigadores. La pedagogía en W. Benjamin posee una característica esencial, y es que siempre la fundamenta en su autobiografía, en su devenir vital, de modo que conocer sus pensamientos pedagógicos es aproximarse a su persona y a su contexto familiar y social. Todo ello nos obliga a asentar unas bases filosóficas, ya que el tiempo y el recuerdo son la razón de ser de su aportación educativa. El tiempo y la sociología de la memoria serán las bases filosóficas de su pedagogía. Así, vida, filosofía y pedagogía nos permiten adentrarnos en una obra moderna, diletante incluso, profunda, culta, original; en la que Benjamin refleja un tiempo difícil que abandona las seguridades de la modernidad para intrincarse en una época convulsa e indefinida, como testigo de los dos grandes conflictos mundiales.
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Seitenzahl: 368
Veröffentlichungsjahr: 2015
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Sobre los autores
Lluís Ballester Brage. Doctor en Filosofía y Sociología; profesor titular de Métodos de Investigación Educativa en la Universidad de las Islas Baleares. Su experiencia profesional se centra en el análisis de las necesidades de los jóvenes, en la prostitución femenina y en las personas mayores; todo ello en el contexto de los estudios socioeducativos.
Antoni J. Colom Cañellas. Catedrático de Teoría de la Educación en la Universidad de las Islas Baleares y miembro de la Academia Nacional de Cataluña. Sus aportaciones se refieren a la epistemología pedagógica, al pensamiento contemporáneo de la educación y a la historia de la educación desde la Ilustración hasta nuestros días.
Walter Benjamin: filosofía y pedagogía
colección
educación comparada e internacional
serie retratos críticos
Antoni J. Colom
Lluís Ballester
Walter Benjamin: filosofía y pedagogía
Colección Educación Comparada e Internacional, Serie Retratos críticos
Colección dirigida por Miguel A. Pereyra (Universidad de Granada)
Título: Walter Benjamin: filosofía y pedagogía
Primera edición en papel: octubre de 2015
Primera edición: octubre de 2015
© Lluís Ballester Brage y Antoni J. Colom Cañellas
© De esta edición:
Ediciones Octaedro, S.L.
Bailén, 5 – 08010 Barcelona
Tel.: 932464002 – Fax: 932311868
www.octaedro.com – [email protected]
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.
ISBN: 978-84-9921-780-2
Diseño, realización y digitalización: Editorial Octaedro
Prólogo
Los estudios que presentamos tienen un nombre propio: Walter Benjamin. En rigor, es un nombre que identifica a un filósofo y una manera de pensar. Nos han interesado ambas perspectivas, aunque sea la segunda la que justifica el interés biográfico e histórico.
El filósofo y sus aportaciones pertenecen a un tiempo concreto, a la primera parte del siglo xx; sin embargo, la trascendencia de sus análisis y propuestas llegan hasta nosotros con vigencia renovada. La revisión crítica de dichas aportaciones se ha estructurado en siete capítulos y en dos partes introducidas por una revisión biográfica. La primera parte, la constituyen los estudios filosóficos; la segunda, los estudios pedagógicos.
Tal vez pueda parecer problemático que el libro se estructure en dos partes, pero se podrá comprobar cómo el enfoque es rigurosamente unitario. Dos autores y dos partes, pero con un enfoque común que reconoce a Benjamin como uno de los autores más originales y actuales de la teoría crítica. Y es que, en nuestra aportación, filosofía y pedagogía se muestran entrelazadas y en profunda relación. Cabe tener en cuenta que, en Benjamin, la pedagogía se conforma a partir de experiencias vitales, pues se haya intrincada en su biografía, lo que supone siempre una reactualización de su tiempo y, por consiguiente, echar mano del recuerdo y de la memoria. De ahí que el lector encontrará como contexto de sus planteamientos educativos dos capítulos dedicados precisamente al tiempo (los famosos tiempos cruzados de W. Benjamin) y al recuerdo (la sociología de la memoria).
Queremos, pues, incidir en ello y que el lector vea que el presente libro no está conformado por dos unidades temáticas independientes y sin conexión ninguna. En nuestro caso, lo filosófico que hemos acotado es el fundamento y el contexto natural donde descansan sus planteamientos pedagógicos.
Otra cuestión que cabe plantearse es por qué resulta necesario volver sobre la biografía para iniciar el libro. En primer lugar porque, en nuestro autor, pedagogía y vida van unidas. Ahora bien, una cuestión muy importante es el hecho de que las aportaciones de Benjamin tienen una dimensión histórica que no las explica desde una perspectiva anecdótica o circunstancial, sino argumental. Benjamin puede crear y desarrollar sus concepciones porque vive y analiza una realidad histórica. Nosotros, decenas de años después, podemos interpretar su obra y aprovecharla para entender y actuar sobre el presente, porque la caja de herramientas conceptual que construyó aún es útil.
El pensamiento de Benjamin se nutrió a partir de buena parte de la tradición intelectual de Occidente. Por eso, entenderse con Benjamin y entender a Benjamin implica debatir con esas tradiciones. Hemos dedicado parte de nuestro trabajo a tres ejes temáticos en los que Benjamin se apropia de la tradición, discute de ella y la renueva, con éxito o sin él: su proyecto crítico de reforma del materialismo histórico, en primer lugar; su concepción del lenguaje y la memoria, a continuación; y, finalmente, su discurso pedagógico, fundado en los motivos anteriores.
Benjamin, en cualquier caso, era un autor que pensaba escribiendo; que se presenta en primera persona en sus textos, los cuales cambian con él. Una de sus aportaciones es mostrar cómo se va construyendo una reflexión sobre la realidad, en confrontación permanente. Por eso su obra sigue abierta, dispuesta como una interpelación constante. Durante años, nos hemos sentido invitados a pensar y actuar desde sus textos. La mejor parte de nuestras reflexiones se incluye en este libro.
A. J. ColomL. Ballester
Capítulo 1
Una cata en la biografía de Walter Benjamin
Lejos de nuestra intención está aunar biografía y bibliografía en W. Benjamin, y más cuando su vida apenas nos aporta luz respecto a la profundidad y variedad de los temas que trató.1 Aunque acaso tengamos que decir que su obra sí nos dice algo de su vida; son siempre anécdotas sueltas, sin solución de continuidad, que afectan a detalles de su infancia (Infancia en Berlín hacia 1900),2 a algunas vivencias, como el caso de sus estancias en Ibiza, y quizás a los afectos (Diario de Moscú o Calle de dirección única). En cambio, la temporalidad, la época que le tocó vivir, el devenir de la historia que se iba haciendo es más proclive para significar algunos aspectos importantes de su pensamiento.
W. Benjamin, y con él muchos aspectos de su obra, responde al abandono de un pasado que podríamos definir como propio de la tradición, afianzado en seguridades de siglos, para transitar por una modernidad aún no asentada ni definida, y que es, por el contrario, motivo de vaivenes y contradicciones. Este ir y venir de la tradición a la modernidad tan presente en su obra, así como en su pesimismo, en general nebuloso aunque casi siempre patente, responden a las turbulencias de su tiempo y de esta modernidad aún insegura que mencionamos. Una nueva situación que se manifestaba amargamente en el fracaso de la burguesía, en el conflicto armado de la primera gran guerra, en una república de Weimar inconsistente e incapaz de posibilitar la necesaria regeneración que necesitaba Alemania, en el ascenso del nazismo, en la persecución a la condición judía, en el inicio de la Segunda Guerra Mundial y en su inevitable exilio. Todo ello no solo conforma el trasfondo de la vida de Benjamin, sino también las dificultosas situaciones a las que de forma descarnada, casi siempre en solitario, tuvo que hacer frente.
Tales condicionamientos son los que, de una forma u otra, encontramos en su legado. Benjamin personalizó siempre la necesidad de afianzarse, de encontrar seguridades ante una realidad convulsa; se manifiesta, por ejemplo, en su filosofía del lenguaje —la comunicación no se da con el lenguaje, sino en el lenguaje—; o en la búsqueda del apoyo colectivo para personalizar lo más íntimo, como pueda ser la memoria —no hay memoria sin concurso de la sociedad, que es quien la alimenta—, y que él materializa, por ejemplo, en los objetos del pasado que conforman su seguridad presente —hablamos de su afán coleccionista—, o en el posibilismo de la técnica en el seno de la estética del momento, y siempre en la necesidad de vislumbrar un futuro mejor.
Todo ello son ejemplos de un Benjamin que, al abandonar su idealismo juvenil (retazos de la tradición), buscará, acuciado por los acontecimientos, la necesaria seguridad a fin de dar sentido a su existencia y a su pensamiento. No creemos que lo lograra, a pesar de que vislumbraba en la revolución moral de la clase obrera —visto el fracaso continuado de la burguesía— algún atisbo de esperanza; de ahí que vea en el marxismo —en todo caso, en su marxismo— el proyecto para soñar con un mundo mejor. Esta revolución, que en él se acoge a aires mesiánicos, incluso de salvación personal, será la solución que nos aporta y que aún puede ser un revulsivo para la izquierda actual. Saber que desde el presente se construye el futuro, y que uno y otro están ligados al pasado, junto con un activismo crítico para el logro de un mundo mejor y más justo, así como contar con la necesaria participación de la clase obrera, la menos contaminada por los vicios del poder burgués, son puntos de inflexión aún actuales, vista la situación del capitalismo contemporáneo, ávido y monopolista.
La vida de W. Benjamin, decíamos, apenas nos ilustra de su portentosa obra, pero también creemos que su conocimiento, aunque sea esquemático, nos puede ayudar a entender su tiempo y cómo a través de su historia personal tuvo que enfrentarse a sí mismo y crear uno de los testimonios más interesantes del siglo xx. Benjamin fue un pensador, filósofo si se quiere, pero sin duda también un memorialista de su época. Su enorme cultura, su capacidad de análisis, su sentido crítico, junto con su postura y escritura, intelectualmente diletante y aun esnobista, fueron acaso mecanismos de defensa para enfrentarse a la cruda realidad personal, social y política que sufrió y le hizo sufrir. Su muerte podría verse como el fracaso de su pensamiento, pero sin duda también es el argumento definitivo de que W. Benjamin tenía razón.
Retazos de todo ello encontramos en su biografía. Walter Bendix Schönflies Benjamin nació el 15 de julio de 1892 en el seno de una familia de la burguesía judía acomodada. Sus padres fueron Emile Benjamin (1866-1926) y Pauline Schönflies (1869-1930). Se casaron en 1891 y tuvieron además de Walter, el mayor, dos hijos más: Georg (1895-1942) y Dora (1901-1946). Georg estudió medicina, especializándose en pediatría —algunos centros médicos alemanes llevan su nombre—, fue militante del Partido Comunista, murió en el campo de concentración de Mauthausen y siempre estuvo muy unido a su hermano Walter; en cambio, con Dora, que estudió sociología y psicología, siempre tuvo una relación dificultosa y ambivalente. Falleció de cáncer en Suiza, tras una vida plagada de necesidades (Lane, 2005).
Su padre, cuyos familiares eran banqueros oriundos de Renania, se estableció en Berlín; fue anticuario, corredor de arte, socio de una casa de subastas y hombre de múltiples negocios; accionista de diversas y boyantes empresas, dado también a la especulación financiera. Y llegó a alcanzar una elevada fortuna y una alta posición social entre la más selecta burguesía del Berlín finisecular (Benjamin, 1996: 224 y 225). Tenemos alguna información que nos da pie para refrendar el alto nivel económico de los padres de Benjamin, habitantes del elitista barrio Oeste —en concreto, en el distrito de Grunewald—, tal como las niñeras que se hacían cargo de él y de sus hermanos, o la institutriz que ya a los nueve años le enseñaba francés, o cómo el servicio se dirigía a su madre llamándola siempre «distinguida señora» (Benjamin, 1987 y 1996), así como las vacaciones de verano de las que nos dice que, «como mis padres eran acaudalados», las pasaban en diversos lugares. En todo caso, y a modo de resumen de todo lo mencionado, cabría citar unas palabras en las que Benjamin rememora su infancia y que se refieren a lo orgulloso que estaba cuando le permitían ayudar a poner la mesa. Dice así: «abreostras; tenedores de langosta; copas verdes para el vino blanco, las pequeñas y lisas para el oporto, las de filigrana del champaña; los cuencos de sal…» (Benjamin, 1987: 208). Creemos que huelgan los comentarios.
Cabe decir que la madre de Benjamin pertenecía también a una familia de notable posición dedicada al comercio agrícola. La abuela materna de Benjamin, al quedar viuda, se dedicó a viajar por toda Europa llegando al desierto africano y a realizar diversos viajes transatlánticos; vivía en una casa de 14 amplias habitaciones, y nos cuenta el propio Benjamin que las postales y fotografías que guardaba le incitaron a iniciar su afán coleccionista y su pasión por los viajes.
De pequeño fue a un parvulario del que rememora a su maestra Helene Pufahl, cuyas normas «no eran muy estrictas», y a su sucesor el señor Knoche, del que dice que «casi todo lo que sucedía en el aula me repugnaba», así como que «sabía apreciar el uso de la caña». Pronto, pues, se inician en él los malos recuerdos en relación con la educación, aunque tendrá unos años de latencia, ya que realizó la enseñanza primaria en su casa con un preceptor particular, del que evoca que se aplicaba a enseñarle a estudiar (propedéutica). Cabe decir que este profesor era compartido con algunos niños y niñas pertenecientes a familias judías también de alta posición social.
Su posterior etapa de estudiante de bachillerato le condicionará de diversas maneras; entre ellas, no será la menos importante su dislexia, de la que nos dice: «he tardado treinta años en meterme en la cabeza lo que son la derecha y la izquierda, en descubrir cómo se usa un plano de una ciudad» (Benjamin, 1987: 179; 1996: 190). Como se reconoce hoy en día, no era un buen síntoma de éxito escolar, máxime cuando el joven Benjamin estaba a punto de dejar las seguridades del hogar para iniciar sus estudios en el Gymnasium (equivalente a nuestros antiguos institutos de bachillerato). Nuestro autor tenía todas las papeletas para ser un fracasado escolar, y el ambiente que se encontró en su nuevo centro ayudaron a consumar tal diagnóstico.
Efectivamente, a los diez años (en 1902) y sin problema alguno, aprobó el ingreso al Gymnasium para seguir con sus estudios secundarios. Su centro fue el Gymnasium Kaiser Friedrich, situado en la Plaze Savigny de Berlín, dedicada al ministro prusiano Karl von Savigny. Se trata de una plaza con un aire romántico, debido a la estética que le proporciona su vegetación, y separada del centro político de Berlín por el amplio parque de Tiergarten.
Con los antecedentes mencionados no debe extrañarnos que el joven Walter no se adaptase a la enseñanza pública; allí se iniciarán sus angustias, miedos y desasosiegos, que conllevarán un escaso rendimiento académico y cuadros clínicos de carácter psicosomático, debido especialmente al clima disciplinario del centro, donde eran frecuentes las vejaciones e incluso los castigos físicos. Su fobia le hará, como mecanismo de defensa y como excusa, llegar tarde a clase, debido a unos irrefrenables deseos de dormir que no le dejaban despertarse; por ello era reprendido por sus profesores; iniciándose así una escalada de problemas escolares, que normalmente concluían con más faltas de asistencia a clase.
Recordando aquellos años, afirmó que solo conoció «las más anticuadas formas de disciplina escolar (palos, cambio de sitio o arresto). «[…] Nunca he superado el terror y la desolación que pusieron a mi alrededor en esos años.» También menciona con total desagrado alguna (pocas) experiencia de aquellos años: «Solo hoy soy capaz, me parece, de darme cuenta de todo lo que de odioso y degradante había en la obligación de quitarse el gorro ante los profesores. […] Pero saludar a un profesor como a un pariente o a un amigo me parecía tan enormemente abusivo como pretender celebrar las clases en mi casa» (Benjamin, 1996: 231 y 232).
Todo ello hizo que sus padres buscasen una solución, vista la nefasta trayectoria escolar de su primogénito, del tal manera que lo internaron en un colegio privado situado en Haubinda (Jarque, 1992: 23 y 24), a medio camino entre Berlín y Sttugart y bastante próximo a Frankfurt. Para una mayor comprensión de lo que se dirá de este colegio a continuación, cabe decir que Haubinda es una pequeña aldea que hoy en día no llega a los cien habitantes.
Esta escuela pasaría con los años a formar parte de la historia de la «escuela nueva» alemana, que, pese a que cuando ingresó W. Benjamin en ella aún no hacía muchos años de su inauguración (1901), ya gozaba del prestigio de ser una escuela «diferente», puesto que, tal como se reconoce en alemán, se trataba de una escuela «reformada», contraria entonces al espíritu de las escuelas tradicionales.
Se trataba de un Landerziehungsheim, u «hogar de educación en el campo», que fueron característicos del movimiento de la escuela nueva o «reformista alemana», y cuya existencia se prolongó hasta 1934, cuando fueron clausurados por el régimen nacional-socialista. El caso del «hogar» en el que estuvo Benjamin es digno de mencionarse, porque en él había profesores que bebieron directamente de la primera experiencia «nueva» de educación que se implantó en Europa, tal como era el caso de Hermann Lletz, antiguo colaborador de Cecil Reddie3 en Abbotsholme, Derbyshire, Inglaterra.
Uno de los profesores colaboradores de Reddie era Hermann Lletz, que en el año 1898 fundaría, imitando a la «new school», su primer Landerziehungsheim, en Ilsenburg, o primera experiencia reformista alemana; este centro estaba dedicado a alumnos de 8 a 12 años. Visto el éxito de la experiencia, en 1901 creó otro centro similar para niños de entre 13 y 16 años en Haubinda, donde W. Benjamin fue alumno entre los 13 y los 15 años. En este centro trabajaban Gustav Wyneken y Paul Geheeb, hombre este último también clave en la pedagogía reformista alemana, ya que en 1909, al abandonar el centro de Haubinda, creó su propia experiencia pedagógica en Odenwald, a la que denominó Schuigemeinde o «comunidad escolar». Ambos modelos se extendieron por Alemania y Austria con cierta profusión, protagonizando, en definitiva, el movimiento de la escuela nueva («reformista», en alemán) en ambos países (Luzuriaga, 1929).
La educación que aplicaba Wyneken, que hacía las funciones de director del colegio, se basaba en la creación de un ambiente familiar, cercano o imitando la vida sencilla de las granjas de los alrededores; es decir, se estudiaba en general por las mañanas y se trabajaba por las tardes en tareas agrícolas y en otras manualidades. El espíritu era comunitario, grupal, con ciertos niveles de autogestión; en consecuencia, se creaba un clima de libertad y compañerismo, que también se extendía a las relaciones entre profesores y alumnos, en las que ambos tenían los mismos derechos al estar unidos por los mismos objetivos.4 Sin duda, todo ello impactó en el joven Benjamin, sobre todo tras la experiencia que había tenido en el Gymnasium de Berlín.
Durante los años que Benjamin estuvo en este centro, Gustav Wyneken será su mentor y orientador intelectual hasta tal punto que la aportación idealista y pedagógica que realizará Benjamin en sus primeros escritos está casi toda ella inspirada por la obra teórica y práctica del mencionado director de Haubinda (Wyneken, 1926; 1927a; 1927b). Tras esta experiencia regresaría de nuevo a Berlín. El motivo del traslado a su antiguo Gymnasium no lo especifican sus biógrafos ni él mismo; pero, teniendo en cuenta que culminó sus estudios de bachillerato (el abitur) nada menos que a los veinte años, nos imaginamos que sus padres debieron ver un lento proceso cultural que no era conveniente prolongar por más tiempo. Fue en esta segunda etapa, en el mismo centro público de sus inicios de estudiante de bachillerato, cuando notó por primera vez algún tipo de discriminación por parte de sus compañeros de estudio por motivo de su raza. Es decir, desde muy joven fue consciente de su judaísmo y de lo que suponía ser judío en su país.
También tuvo que sufrir, una vez más, el maltrato que era habitual en su Gymnasium, lo que le siguió propiciando enfermedades psicosomáticas para no asistir a clase, falta de atención, escaso éxito en los estudios, etc. Todo ello hizo que se retrasase en la culminación de los mismos, de tal forma que, cuando al fin acabó los estudios de bachillerato, hablaba en referencia a su colegio de «despedida de ese infierno» (Benjamin, 1987: 179 a 232; 1996: 188 a 235).
Benjamin inició sus estudios superiores el trimestre de verano del año 1912, tras acabar, por Pascua, los propios del bachillerato. Ingresó en la Universidad de Friburgo, para estudiar Filosofía, donde tuvo de profesor a Heinrich Rickert, neokantiano, seguidor y actualizador en pedagogía de la obra de Dilthey. Allí se afilió a la «sección para la reforma escolar», integrada en el Freie Studentenschaft o Asociación de Estudiantes Libres, o sea, no pertenecientes a partidos políticos. Esta sección para la reforma escolar se había creado el invierno de 1911, por tanto, unos meses antes de iniciar Benjamin sus estudios universitarios. Allí pretendió desarrollar una «cultura juvenil independiente» siguiendo los postulados de G. Wyneken.
Su dedicación a ello fue tal que abandonó casi por completo los estudios, de tal manera que, como nos reseña uno de sus biógrafos, Bernd Witte, en junio de 1912 escribió a un amigo suyo, compañero del Gymnasium que se había quedado en Berlín, H. Belmore, diciendo que se consideraba «héroe de la reforma escolar y víctima de la ciencia» (Witte, 2002: 24).
Benjamin alternaba los semestres entre dos universidades, ya que en invierno estudiaba en Berlín, donde también pronto destacó por su activismo, y creó entre 1912 y 1913 una sociedad de debate, Sprechsaal, que se reunía en un piso que sus componentes habían alquilado y al que denominaban Das hem, «el hogar». Con ello quería formar una sociedad libre con formas de vida libre, lejos de la vigilancia ejercida por los padres. Como veremos, en sus escritos pedagógicos de este año abundan las críticas sobre los padres por su escepticismo, su pasividad en la acción y por lo que el joven Benjamin denomina la «experiencia de los filisteos», en referencia a la «moral de los mercaderes», es decir, la propia de la burguesía.5 También cabe destacar en este mismo contexto sus escritos sobre sexualidad (Benjamin, 1914a: 73 y 74).
En el semestre de invierno de 1913-14, llegó a presidir la Asociación de Estudiantes Libres de la Universidad de Berlín, donde, a través de sus proclamas y discursos, se haría muy impopular entre los estudiantes. Benjamin, por una parte, va radicalizando sus posiciones y comienza a negar en parte la influencia de Wyneken; así, con ocasión del Primer Congreso Pedagógico-estudiantil, llega a afirmar: «No somos unos fanáticos partidarios de Gustav Wyneken…» (Benjamin, 1914b).6
Pronto destacó por defender las tesis más radicales de la asociación, así como el derecho de los estudiantes a participar en la organización universitaria, en un intento de lograr un cambio social a través de una revolución cultural, lo que solo sería posible en una Universidad más comprometida con la autodeterminación; en definitiva, buscaba una Universidad más libre, puesto que solo con libertad y en libertad se podría conseguir una mayor producción intelectual y, en definitiva, el desarrollo de una cultura no contaminada por los vicios de la sociedad adulta.7
Será también en esta época cuando comience a criticar el compromiso político de los estudiantes diciendo que con la politización lo que se consigue es satisfacer la necesidad de los partidos políticos y no las necesidades de la juventud, de una verdadera cultura juvenil, ya que con la politización se va cayendo en la alienación; por tanto, es falso el interés que el estudiante pueda sentir por el proletariado, porque esta actitud no es propia del espíritu de los jóvenes, sino que es más bien una manipulación de los adultos en favor de sus intereses, y, por ello mismo, una invasión en toda regla del espíritu juvenil.
Estos planteamientos harán que sea acusado de elitista y que sea rechazado dentro de su asociación, hasta tal punto que no solo dimitió de su cargo de presidente, sino que incluso tuvo que abandonar la propia Universidad. Las tesis de Wyneken, la idea de lograr una universidad basada en el espíritu, verdadero creador de la cultura de la juventud, no tuvo en realidad ningún predicamento entre la propia juventud universitaria. Tras su fracaso verá cómo su maestro y guía publicaba en 1914 Juventud y guerra, un panfleto a favor del belicismo en el que llamaba a la juventud alemana a participar en lo que sería la primera contienda mundial. Con ello la relación tanto personal como ideológica con Wyneken se enfriará definitivamente.
Puede decirse que W. Benjamin inicia su aventura publicista a través de una serie de artículos pedagógicos de marcado carácter idealista, en el que se denota en muchos de ellos la influencia de su antiguo maestro. Se trata de 16 trabajos de longitud muy variable y que fue sacando a la luz —muchos bajo seudónimos— entre 1911 y 1915 en diversas revistas y otras publicaciones, es decir, entre los 19 y los 23 años.8
Benjamin tuvo alguna que otra tentación belicista, pues parece que se quiso afiliar como voluntario. No obstante, el suicidio de su amigo Fritz Heinle y de su novia, Rita Seligson, en 1914, como protesta por el posicionamiento bélico de Alemania, tuvo sin duda consecuencias decisivas en la vida de nuestro autor que definitivamente le hicieron abrazar una postura radicalmente pacifista. Luego, más tarde, cuando fue llamado a filas fue declarado no apto por una ciática inducida.
Tras el rechazo de sus compañeros de la Universidad de Berlín, Benjamin se matriculará en la Universidad de Múnich, de cuyo profesorado hará una dura crítica. Allí conocerá a Rainer Mª Rilke y también, en 1915, a G. Sholem, que será desde ese momento su confidente y amigo a pesar de la diferencia de edad. Efectivamente, G. Sholem era cinco años menor que Benjamin, pero su influencia sobre nuestro autor será determinante. A pesar de la facilidad que Benjamin tenía para romper con sus amigos, en este caso, y a pesar de las divergencias existentes entre ambos, no hay duda de que la suya fue un modelo de amistad. Ambos judíos, Benjamin laico y Scholem practicante y sionista, este le sirvió de orientador y tutor intelectual en muchas ocasiones.
En 1917 se casará con Dora Sophie Kellner,9 nacida en 1890, a la que conocía desde 1914. Esta se había divorciado de Max Pollack en 1916, año en el que ya había establecido relaciones con Walter. El matrimonio se instaló en Berna, Suiza, al parecer como protesta o autoexilio por el belicismo de Alemania. En el país alpino cursará los estudios de doctorado. En 1918 nace su único hijo, Stefan Rafael (W. Benjamin, 2008; Scholem,1987). El afán coleccionista de W. Benjamin se inició cuando su esposa Dora, que era hija de una traductora de cuentos y libros para niños, le regaló una pequeña biblioteca de libros infantiles, que, como vemos, coincide en el tiempo con el nacimiento de su único hijo, Stefan. Sin embargo, no podemos olvidar la tradición familiar en la que creció Benjamin, ya que, además de que su padre fue coleccionista y vendedor de arte, también cabe destacar que su madre, Johanna Schönflers, ya tenía una pequeña biblioteca de libros infantiles, por lo que en un momento dado W. Benjamin escribiría: «El meollo de la colección es el fruto de mis sistemáticas incursiones durante largo tiempo en la biblioteca de mi madre, en la biblioteca de la primera infancia» (Schiavoni, 1989: 18 y ss.).
Al año siguiente, en 1919, culminaría su tesis «El concepto de crítica de arte en el romanticismo alemán», calificada cum laude y de la que podemos afirmar que está contextualizada en el idealismo, ya que en ella concluye que el crítico con sus aportaciones consigue aproximarla al Absoluto.
G. Scholem, en verano, solía visitar a su amigo en Berna, de tal modo que fue en 1918 cuando ambos se dieron a la tarea de criticar la Universidad alemana creando una universidad propia e imaginaria a la que dotaron de ironía y de cierto nivel esperpéntico. De hecho, su lectura no tiene desperdicio. La denominaron Universidad de Muri (Benjamin, 2010), nombre de una localidad cercana a Berna, donde, recuérdese, vivía por aquel entonces W. Benjamin. El lema que tal universidad tenía marcado en su pórtico de entrada era «¿Por qué los niños preguntan tantas cosas?». El rector de tal universidad era el propio Walter Benjamin; en cambio, el papel que le correspondió a Gerhard Scholem en la vida real, verdadero mentor intelectual de nuestro autor —también de forma irónica y paradójicamente— era el de bedel. Estas butades se llegaron a imprimir y se repartieron entre amigos y conocidos, ya que el padre de «nuestro bedel» tenía una imprenta (Witte, 2002).
En uno de sus primeros textos, escrito en 1918, Sobre el programa de la filosofía venidera, Benjamin desarrolla su primera teoría de la experiencia como crítica a las tesis de Kant, pues consideró que Kant se había equivocado al basar su concepto de experiencia en el modelo de la ciencia y de la matemática, mientras que para nuestro autor, la experiencia debería abarcar también al arte y a la religión.
Mientras, la joven familia vivía de una asignación económica que el padre de Benjamin les enviaba. También cabe decir que en Suiza conocerá a Ernest Bloch al que tratará con frecuencia por vivir próximo a su domicilio, y a George Lukács que recientemente había publicado Teoría de la novela, quien estaba ya afiliado al Partido Comunista Húngaro desde 1918. Cabe decir que estos dos autores, algo mayores que Walter Benjamin, también, y por las mismas razones, exiliados en Suiza, junto con otros intelectuales del momento, como el novelista Herman Hesse, coincidían en criticar a la burguesía y su modelo de sociedad, visto su gran fracaso que culminaría con la derrota militar. Con ellos, Benjamin tiene la primera aproximación al marxismo.
Al finalizar la guerra, la joven familia decide regresar a Alemania, y, debido a los nulos recursos que poseían, no les quedará más remedio que instalarse en casa de los padres de Walter. Estamos ya en el año 1920, y Walter Benjamin, con 28 años, no tiene con qué ganarse la vida. Allí comenzarán (o continuarán) las desavenencias entre padre e hijo por motivos fundamentalmente económicos. Se dedica a estudiar al mismo tiempo que logra publicar algunos trabajos. Claro que también hay proyectos frustrados, como el de la revista que tenía que dirigir, Angelus Novus —cuyo nombre es el mismo que el del cuadro de Paul Klee, que el propio Benjamin había comprado en 1921—, y que por motivos económicos fundamentalmente (la gran inflación que tenía Alemania) no pudo publicarse. En este mismo año redescubre la riqueza de la cultura judía leyendo, por consejo de Scholem, La estrella de la redención, el conocido libro de Franz Rosenzweig (1997).
Uno de sus escritos de esta época —por otra parte, una de sus mejores obras— le proporcionará gran predicamento en el grupo de jóvenes intelectuales entre los que se movía, al mismo tiempo que graves disgustos en su matrimonio. Nos referimos a un estudio sobre Las afinidades electivas de Goethe, realizado entre 1921 y 1922, y publicado en 1925, que dedicó a un antiguo amor y cuya relación, por lo visto, había retomado (Jula Cohn). Esto propició una separación transitoria de Dora: culminaba un período de infidelidades por ambas partes que se habría iniciado a su llegada a Berlín y que supuso posteriormente una futura vida matrimonial que ya no se recompondría con normalidad y que concluiría con el divorcio definitivo en 1930. Más enfrentado que nunca con su familia por estas razones y también por no tener un puesto con el que ganarse la vida, llegará a un acuerdo con su padre para que le siga proporcionando dinero, al menos mientras consiga la venia de profesor universitario; objetivo este que Benjamin se había propuesto y que consideraba sería del gusto de la familia, ya que tal ocupación no desmerecería de los gustos y afanes de su familia burguesa. No obstante, el pacto fue difícil y, en consecuencia, la asignación escasa.
Tomada tal decisión, a partir de 1923 se aplicará al logro de la venia docendi universitaria; para ello visitará la Universidad de Heidelberg en diversas ocasiones a fin de calibrar y evaluar sus posibilidades de acceder a esta universidad, aunque visto el antisemitismo que en ella se respiraba abandonó tal pretensión. De ahí pasará a interesarse por la Universidad de Frankfurt, donde será apadrinado por el sociólogo Gottfried Salomon. Permanecerá aquí un semestre preparando su habilitación en historia de la literatura moderna alemana. Conoce a Theodor Wiesengrund (Adorno), aún estudiante a punto de doctorarse y con el que mantendrá desde entonces una estrecha amistad, y a Siegfried Kracauer, con el que luego trabajaría en el Frankfurter Zeitung.
Vistas las dificultades por las que atraviesa, su amigo G. Scholem, profesor de Mística y Simbología Judía en la Universidad de Jerusalem, en donde llegaría a ser una autoridad mundial de la cábala (la mística judía), le envía una invitación para que enseñe en esta universidad, lo que Benjamin rechaza.
En 1924, y bajo la excusa de preparar su trabajo para la universidad, viaja a Capri, donde se instalará desde mayo a octubre. Allí realiza una primera versión de su tesis de habilitación y conocerá a Asja (Asia) Lacis (1891-1979), comunista letona y directora de teatro infantil proletario, cuya influencia será determinante para Benjamin. Con Asja Benjamin culmina una larga etapa, que, ya sin solución de continuidad, lo llevará a integrarse —eso sí, muy a su manera— en las tesis del marxismo para el resto de sus días.
El estado económico en el que se encontraba Alemania tras perder la Primera Guerra Mundial, con una inflación descomunal y una crisis que inundó de precariedad a múltiples familias —incluso la fortuna de sus padres se descompuso en parte debido a la situación económica en que se hallaba el país en los inicios de la república de Weimar— hace que reflexione sobre algunas de las tesis discutidas en Suiza con Lukács y Bloch y profundice así en el fracaso de los valores y de la organización social impuesta por el desarrollo de la clase burguesa en cuanto clase dirigente. Una segunda incidencia que a buen seguro reafirmó este sentido crítico sobre la organización de clases fueron los viajes que tuvo que realizar por Alemania con motivo de sus aspiraciones universitarias, a través de los cuales tomó conciencia de cómo se vivía en la Alemania rural y en las ciudades de provincia, donde la pobreza y aun la miseria era más real y profunda que la que él conocía en Berlín y en su acomodaticio círculo de amistades.
W. Benjamin vio con sus propios ojos y experimentó directamente lo que había supuesto la guerra y, con ello, las terribles consecuencias de las irrefrenables aspiraciones de la burguesía en su objetivo de acumular más y más capital. Efectivamente, la política del Estado burgués había convertido la próspera Alemania en un país destrozado y en una sociedad dislocada, con una diferencia abismal en las formas de vida entre las distintas clases. La convivencia con Asja, comunista comprometida, hizo el resto. Benjamin salió de Capri marxista. Debemos añadir, además, que su estancia en Italia le sirvió para conocer e informarse del peligro fascista, ya que Mussolini había iniciado su ascensión política.
En referencia a su apreciada plaza en la Universidad de Frankfurt, debemos decir que el trabajo que presentó en 1925, El origen del drama barroco alemán, no fue aceptado por la comisión que lo juzgó, fundamentalmente por salirse de los cánones académicos, ya que, entre otras cosas, incluía en él explicaciones simbólicas y aun esotéricas con referencia a las leyendas que estarían en el origen de los dramas alemanes. La plaza a la cual se presentaba fue definitivamente la de Literatura alemana moderna, pero, al ser rechazado, intentó presentar su trabajo a otra de Estética, en la que tampoco fue admitido, en parte debido a la opinión negativa que aportó un adjunto a esta cátedra, Max Horkheimer, quien luego llegaría a ser director del Instituto de Investigación Social, cuna en la que surgió y se alimentó la denominada Escuela de Frankfurt. Parece ser que Benjamin nunca supo de la intervención de Horkheimer en esta segunda negativa para conseguir la venia universitaria, a pesar de la relación que años más tarde establecieron en el seno de la citada escuela (Scholem, 2004).
Tras su fracaso, Benjamin se dedicó a viajar, una de sus pasiones que perduraría a lo largo de su vida; visitó Francia, Italia, España, Rusia, los países nórdicos… De España, tras salir en barco de Hamburgo, conoció Barcelona, puerto de llegada. De aquí le interesó «el exotismo simple de las muñecas barcelonesas que, en vez de corazón, llevan una bolita de azúcar en el pecho» (Benjamin, 2008: 102). Recorrió otras ciudades de España; entre ellas, Córdoba y Sevilla, cuyo Alcázar le impresionó sobremanera. Pasó también a Portugal, regresando por el sur de Italia (Nápoles). Luego se trasladó a Riga para estar con Asja Lacis, ya que por aquel entonces dirigía en esta ciudad un teatro infantil.
Cabe decir que su afán por viajar también tiene que ver con su infancia, pues, como nos dejó escrito el propio Benjamin (Benjamin, 1987: 200 y 223), heredó su deseo de viajar de su abuela materna, empedernida viajera, que, además, le regalaba postales de los lugares que visitaba. De tal manera que ya de niño poseía una colección que ocupaban más de tres álbumes de postales que le hacían soñar con viajar y visitar ciudades y países desconocidos: «Con toda certeza, ningún libro de aventuras ha influido tanto en mi afición a viajar como las tarjetas postales con las que ella me obsequiaba abundantemente durante sus largos viajes» (Benjamin, 1996: 223).
En estas circunstancias, su familia le cortó la asignación económica que hasta entonces había recibido; corría el año 1925, Benjamin contaba con 33 años y ninguna forma de ganarse la vida. En tal situación pensó incluso comerciar como librero de libros antiguos, cuestión esta que conocía muy bien por su afición al coleccionismo —de la que más tarde hablaremos—, y al mismo tiempo poder vivir de sus escritos y publicaciones, que fue lo que realizaría a lo largo de toda su vida, con la inseguridad y las penurias económicas que eso le conllevaría.
En 1926 comienza a colaborar con el Francforter Zéitung y la Literarische Welt. También en este año moría su padre, y se decidió a conocer la revolución soviética, trasladándose por espacio de unos dos meses a Moscú (principios de diciembre de 1926 hasta finales de enero de 1927), y a estar también, al mismo tiempo, con Asja Lacis. Sin embargo, las cosas no saldrían lo bien que él hubiese querido, ya que, por una parte, Asja seguía viviendo con el director teatral Bernhard Reich,10 y por otra, y como consecuencia de una fuerte depresión, Asja estaba internada en un sanatorio en Moscú. En estas circunstancias apenas pudieron estar solos, y su relación, según el propio Benjamin —como fruto de aquel viaje publicaría Diario de Moscú— se redujo a algún beso y algunos, muy pocos, abrazos furtivos (Benjamin, 1988). Mientras tanto, se dedicó a analizar aspectos de la «nueva sociedad» —la educación, entre ellos— y a aumentar su colección de libros y juguetes que también compraba para su hijo Stefan Rafael y para la hija de Asja, que más o menos tenían la misma edad. Se llamaba Daga (diminutivo de Dagmara), habida con Julijs Lacis.
En 1927 se encuentra con su amigo G. Scholem en Berlín, quien le propone una vez más trabajar en la Universidad de Jersulem. Sin embargo, y a pesar de que ya había empezado a estudiar el hebreo y a interesarse de cada vez más por el judaísmo, prefirió quedarse en Alemania y multiplicar sus estancias en Francia. Inicia la recopilación de material para su magna obra Libro de los pasajes, al tiempo que escribe un breve trabajo, Sobre el hachís (1995), que evidentemente consumía.
Al año siguiente, en 1928, publica uno de sus libros más emblemáticos y característicos; nos referimos a Calle de dirección única, calle simbólica a la que denominó «calle de Asja Lacis». Este texto es uno de los más paradigmáticos en tanto que está hecho a base de párrafos cortos, en un claro ejemplo de discontinuidad e interrupciones, tan propio del estilo de nuestro autor. Cabe decir que en sus páginas también aparecen algunos pensamientos referidos a la educación. En este año da a la luz su trabajo universitario El origen del drama barroco alemán. Los métodos de análisis que pone en juego en esta obra, y también en El concepto de crítica del arte en el Romanticismo alemán, realzan las «imágenes dialécticas» de las grandes obras literarias, y constituyen el centro de una teoría de la modernidad que irá confluyendo a lo largo de su fragmentada e inacabada obra, tal como se evidencia en Passagen-Werk (Libro de los pasajes), en el que Benjamin trabajó a finales de los años veinte y de nuevo hacia 1933 (Tiedemann 1988: 276).
La relación entre Asja y Benjamin se afianzó hasta tal punto que en 1929 Asja se trasladaría a Berlín para vivir con el autor, el cual iniciaría por ello los trámites de su divorcio. Asja le presenta en este mismo año a B. Brech, con el que le unirá a partir de entonces una estrecha relación. Sin embargo, esta historia acabó de forma definitiva y para siempre, pues la pareja rompió su compromiso, mientras que nuestro hombre conseguía el divorcio de Dora al año siguiente. Con ello se le fue de hecho toda su herencia, calculada en más de cuarenta mil marcos.
El contrato que logró a partir de agosto de 1929 y hasta 1932 para retransmitir por radio una serie de programas de diversa índole, pero muchos de ellos dedicados a los niños y a los jóvenes, en sendas radios de Berlín (la Funkstunde AG) y de Frankfurt (la Südwestdeutscher Rundfunk, o Radiodifusión del Oeste de Alemania) le reportó sin duda un respiro económico, al menos dentro de sus permanentes necesidades crematísticas, si bien su trabajo concluyó con la infiltración de los nazis en las emisoras de radio del país.
Desde el principio de su obra (su ensayo Sobre el lenguaje en general y sobre el lenguaje humano data de 1916), Benjamin se interesó apasionadamente por los problemas de filosofía del lenguaje, sobre los que volvería a ocuparse en 1932 (Sobre la facultad mimética) y en 1935 (Problemas de sociología del lenguaje), aunque en 1931 se describió a sí mismo como «alguien que fue un filósofo del lenguaje». Esta confesión en pasado tiene su inicio en 1924, cuando realizó «un cambio completo» que, según escribió, «despertó en mí la voluntad no ya, como hasta entonces, de ocultar por retorno al pasado los aspectos actuales y políticos, sino de desarrollarlos, a modo de experiencia, hasta el extremo». La influencia de Bloch, Lacis y Brecht, así como las lecturas de G. Lukács provocan que Benjamin se sienta interesado por el materialismo histórico, que interpreta en un sentido mesiánico más que sociológico o económico. Es decir, lo considera como la esperanza del cambio que requieren los tiempos sin que, por ejemplo, se noten las influencias de la lectura económica de las obras de Marx.
De nuevo en la ruina, acepta la invitación de unos amigos intelectuales y se instala por unos meses en Ibiza (1932). Alquiló una casa al lado del mar, sin luz, cercana al faro de Sant Antoni de Portmany; allí inicia su Crónica de Berlín, libro esencial para hurgar en su vida. En la isla conoce y se enamora de Olga Parem y le pide matrimonio. La negativa de esta hace que abandone la isla y con un bajo estado de ánimo se traslade a Niza, donde hace testamento e intenta suicidarse (Valero, 2001). Ese mismo año le propusieron desde Heidelberg que escribiera un libro sobre una de sus grandes aficiones, el coleccionismo, pero el hecho de estar en París y la ascensión de los partidarios de A. Hitler le impidieron llevar a cabo el proyecto. También ese año tradujo los Tableux Parisiens, de Baudelaire, teorizando al mismo tiempo en el prefacio sobre la imposibilidad de la tarea del traductor.
Digamos a modo de curiosidad que las diversas traducciones que realizaría Walter Benjamin sobre Baudelaire estuvieron supervisadas por Frank Hessel, padre de Stèphane Hessel, el famoso autor de Indignados (2011), folleto de gran predicamento en estos últimos años en los ambientes políticamente más críticos. A finales de 1932 Benjamin se encuentra en Berlín; vive acontecimientos nada beneficiosos para su pueblo, por lo que a inicios de 1933 decide exiliarse de su Alemania natal. Cabe decir que Benjamin infravaloró en sus análisis la amenaza del avance del fascismo en Europa. Él era consciente del peligro, pero tenía dificultades para imaginar una guerra abierta entre Hitler, que él consideró siempre un instrumento del capitalismo, y el resto de Europa occidental. La historia se encargaría trágicamente de desmentir su ilusión.
En tal contexto, y ya exiliado, visita por segunda vez Ibiza (de abril a septiembre) y se instala en el Hostal de la Marina en el puerto de Ibiza y, como la vez anterior, en Sant Antoni de Portmany. Aprovechará esta ocasión para conocer Mallorca, donde visitó, además de la capital, Palma, Valldemossa, Deià, Soller y Cala Ratjada, lugar costero en el que habitaban toda una serie de escritores y periodistas alemanes, algunos de ellos viejos conocidos de Benjamin. Estuvo con la familia Seltz, amigos de París, y con ellos probó el opio. Parece ser que, al no funcionar como él quería su relación con la pintora holandesa Anna Mª Blaupot ten Cate, y enfermo de malaria, regresó a París (Valero, 2001).
