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Descubre la inquietante y desgarradora distopía posapocalíptica que arrasa en TikTok, una novela "evocadora y apasionante" según Dua Lipa. En un futuro cercano, en un planeta irreconocible, cuarenta mujeres son mantenidas en una jaula custodiada por silenciosos hombres uniformados. La más joven de ellas, la única que no recuerda cómo era el mundo antes de la catástrofe, narra este relato inquietante y se pregunta sobre lo que nos hace humanos. Mientras, va descubriendo las emociones esenciales: la nostalgia, el amor, la amistad y la muerte. Los años pasan en esa cárcel subterránea hasta que un día los guardias desaparecen, y las mujeres consiguen salir al exterior. Entonces comenzará una errancia en busca de sentido por una tierra baldía, en un mundo sin pasado ni futuro. "Un delirio que sugiere el trabajo de una Kafka femenina". Le Nouvel Observateur "Harpman dice aquí todo lo que hay que decir sobre la dignidad y la dificultad de permanecer humano frente al sufrimiento". Le Quotidien "Lo que hay en esta novela, por encima de todo, es un instinto de supervivencia que, en la extrema pobreza, se obstina en recrear y enriquecer el mundo. Absolutamente abandonadas a su suerte, las mujeres reinventan lo más antiguo y elemental de la humanidad en torno a un fuego, a un canto, a la construcción de un hogar o al duelo por alguien a quien se ha amado de verdad". Zenda "La ficción distópica solía ser popular porque permitía a los lectores identificarse con alguien que ejerce la resistencia frente a la opresión del mundo totalitario en el que viven. Las lectoras sensibles a las amenazas a los derechos reproductivos de la mujer y a la libertad sexual, unido al hecho de que el feminismo está siendo perseguido en muchas partes del mundo, han visto todo eso reflejado en el texto de Harpman". Susan Watkins, The Guardian
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Seitenzahl: 256
Veröffentlichungsjahr: 2021
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Jacqueline Harpman
Yo que nunca supede los hombres
Traducción del francéspor Alicia Martorell
A Denise Geilfus, por la amistad.
Ya casi no salgo, así que paso mucho tiempo en uno de los sillones, releyendo libros. Hasta hace poco, no me había interesado por los prefacios, los autores suelen hablar de sí mismos, explicar por qué han escrito la obra en cuestión. Me parece sorprendente: resulta que en aquel mundo no estaba más clara la necesidad de transmitir los conocimientos adquiridos que en el mundo en que me ha tocado vivir. A menudo parecen sentir la necesidad de precisar que en su tarea no hay inmodestia alguna, que les han pedido que escriban, pero se lo han pensado mucho antes de aceptar. ¡Es muy curioso! Como si las personas no estuvieran ávidas por instruirse y hubiera que pedir disculpas por la osadía de querer transmitir conocimientos. O bien explican por qué consideran que es adecuado publicar una nueva traducción de Shakespeare, pues las anteriores, por muy loables que sean, presentan tal o cual imperfección. ¿Por qué traducir, si debía de ser muy sencillo aprender los diferentes idiomas y leer cualquier obra sin necesidad de intermediarios? Son cosas que me dejan perpleja. Está claro que soy muy ignorante: aparentemente, todavía sé menos de lo que creía. Hablan con agradecimiento de las personas que los formaron, les abrieron las puertas de tal o cual campo del conocimiento y, como no entiendo de qué están hablando, leo en general con cierta indiferencia. Sin embargo, ayer mis ojos se llenaron de lágrimas, pensé en Théa y me invadió una inmensa pena. La volvía a ver, sentada en el borde de un colchón, con las rodillas de lado, cosiendo pacientemente con su hilo de mala calidad, hecho con cabellos trenzados, que se rompía constantemente, parando de vez en cuando para mirarme, asombrada, a punto de descubrir mi ignorancia y enseñarme lo que sabía, desolada de que fuera tan poco. Sentí una congoja inmensa y me puse a sollozar. Nunca había llorado. Me dolía tanto el alma como el cáncer me duele en el vientre y yo, que ya no hablo porque nunca hay nadie que me escuche, me puse a llamarla, repetía ¡Théa! ¡Théa! Era incapaz de tolerar que no estuviese aquí, de dejar que la muerte se apoderase de ella, que la arrancase de mis torpes brazos, me reproché no haber podido retenerla, no haber comprendido que no podía más, me dije que la había abandonado porque soy tan tiesa como lo he sido toda mi vida, como lo seré cuando muera sin poder estrecharla cálidamente, que mi corazón estúpido estaba congelado, que no me había dado cuenta de su desesperación.
Nunca había estado tan angustiada, y eso que habría jurado que tal cosa nunca me pasaría. Había visto temblar, llorar, gritar a las mujeres, pero era ajena a su drama, testigo de movimientos que me parecían ininteligibles, silenciosa, incluso cuando hacía lo que me pedían para ayudarlas. Estábamos todas atrapadas en la misma tragedia, tan potente, tan total, que era insensible a lo que no viniera de ella, pero había acabado pensando que yo era diferente. Y allí, estremecida por los sollozos, no tuve más remedio que reconocer, muy tarde, demasiado tarde, que yo también había amado, que podía sufrir y que, a fin de cuentas, era humana.
Me parecía que ese dolor nunca se calmaría, que había tomado posesión de mí de una vez por todas, que me impediría definitivamente consagrarme a algo que no fuera ese dolor, y lo aceptaba. Creo que se refieren a algo así cuando hablan de estar devorada por los remordimientos. Ya no podría levantarme, ni siquiera prepararme la comida, y me dejaría morir lentamente, me causaba un placer oscuro imaginarme abandonada a la desesperación, y, de repente, el dolor físico volvió, tan brutal y agudo que me distrajo del dolor moral. Y yo, que forzosamente nunca me divierto, encontré divertida esta alternancia y, doblada en dos como estaba, me puse a reír.
Cuando el dolor remitió, me pregunté si me había reído ya alguna vez. Las mujeres reían con frecuencia y me pareció que a veces me había unido a ellas, pero no estaba segura. Ahí me di cuenta de que nunca pensaba en el pasado, vivía en un presente perpetuo, estaba olvidando mi historia. Al principio, me encogí de hombros, diciéndome que no sería una pérdida demasiado grande, ya que no me había pasado nada, pero pronto este pensamiento me inquietó. Después de todo, si era un ser humano, mi historia era tan importante como la del rey Lear o la del príncipe Hamlet, que ese William Shakespeare había descrito con tanto detalle. La decisión se tomó en mi interior casi sin darme cuenta: haría como él. Con el tiempo, había aprendido a leer con fluidez; escribir es mucho más difícil, pero nunca he retrocedido ante las dificultades. Tengo papel y lápices, quizá no tenga mucho tiempo y desde que ya no salgo de expedición no tengo ocupación alguna: decidí empezar inmediatamente. Fui a la despensa, saqué la carne que comería a mediodía y la puse a descongelar: así, cuando tuviera hambre, mi comida estaría lista rápidamente. Luego me instalé en la mesa grande y empecé a escribir.
En el momento en que escribo estas líneas, he terminado mi relato. Todo está en orden a mi alrededor y he llevado a cabo la última tarea que me había impuesto. Solo me ha llevado un mes, que quizá haya sido el más feliz de mi vida. No lo entiendo: después de todo, mis recuerdos se limitan a esa existencia extraña que no me ha deparado demasiada felicidad. ¿Habrá en el trabajo de la memoria una satisfacción que se alimenta de sí misma, por la que aquello que recordamos es menos importante que la actividad de recordar? Otra pregunta que también quedará sin respuesta: me parece que no soy más que eso, preguntas sin respuesta.
Por muy lejos que me remonte, solo veo el sótano. ¿Es eso lo que llaman recuerdos? Las escasas veces que las mujeres se animaron a relatar momentos de sus historias, no había más que anécdotas, idas y venidas, hombres: yo me tengo que limitar a llamar recuerdo al sentimiento de existir en un mismo lugar, con las mismas personas, haciendo las mismas cosas, que eran comer, evacuar y dormir. Durante mucho tiempo, los días fueron idénticos, luego me puse a pensar y todo cambió. Antes solo había una cosa: la repetición de gestos similares y el tiempo que parecía inmóvil, aunque me diera cuenta confusamente de que pasaba porque estaba creciendo. Mi memoria empieza con la ira.
Evidentemente, no puedo decir qué edad tenía. Las otras ya eran adultas cuando alcancé la edad en que podía llegarme la pubertad. Solo tuve los primeros signos: me salió vello en las axilas y en el pubis, mis senos se hincharon un poquito y ahí se quedó todo. Nunca tuve la regla. Las mujeres me dijeron que era una suerte, que no tendría que bregar con la sangre ni tomar precauciones para no manchar el colchón, escaparía a la tarea fastidiosa de lavar todos los meses esos harapos que llevaban entre los muslos como podían, es decir, apretando los músculos, ya que no tenían nada para sujetarlos, y no sufriría los dolores de vientre tan frecuentes entre las jóvenes. Pero no las creía: casi todas tenían la menstruación, ¿cómo puede ser una ventaja no tener lo que tienen todas las demás? Tuve la sensación de que me engañaban.
En aquella época, no me hacía preguntas sobre las cosas, ni se me ocurrió preguntarme para qué servía la regla. Quizá fuera de naturaleza silenciosa; en todo caso, no me alentaban las respuestas que recibían mis escasas preguntas. En general, las mujeres suspiraban, apartaban la vista y me respondían «¿de qué te servirá saberlo?», lo que me hacía sentir que las molestaba o las entristecía. Como no tenía ni idea, no insistía. Hasta mucho tiempo después, Théa no me explicó lo que era la regla. También me dijo que ninguna de las mujeres tenía mucha instrucción, eran obreras, mecanógrafas o vendedoras, palabras que en mi cabeza nunca llegaron a adquirir un sentido preciso, y que no estaban mucho más informadas que yo. No obstante, cuando lo supe, me pareció que me daban la información de mala gana. Lo viví como una ofensa. Théa me dijo que me equivocaba del todo y trató de explicarme las razones de que se comportaran así: volveré más adelante, si me acuerdo, pero en ese momento del que quiero hablar estaba furiosa, me sentía menospreciada, como si hubiera sido incapaz de comprender las respuestas a mis preguntas (que tampoco eran muy numerosas), y decidí no prestar atención a las mujeres.
Estaba todo el rato de mal humor, pero no lo sabía, porque no conocía los términos que designan los estados anímicos. Las mujeres iban y venían dedicándose a las escasas ocupaciones de la vida cotidiana y nunca me pedían que participase. Me acuclillaba y miraba todo lo que hubiera que ver. Cuando lo pienso, no era casi nada. Estaban sentadas y charlaban o bien, dos veces al día, preparaban la comida. Poco a poco, mi atención se centró en los guardias que recorrían constantemente el pasillo exterior. Siempre iban de tres en tres, separados por solo unos pasos, observándonos, y en general ignorábamos su presencia, pero yo me estaba volviendo curiosa. Me di cuenta de que uno de ellos era diferente: más alto, más delgado y, tardé un poco en comprenderlo, más joven. Eso me interesó mucho. En sus periodos de buen humor, las mujeres hablaban de los hombres, del amor, se reían como locas y se burlaban de mí cuando les preguntaba qué tenía aquello de divertido. Recopilé todo lo que sabía: los besos en la boca, los abrazos, poner ojitos, roces con el pie, que no entendía en absoluto, y luego venía el séptimo cielo, pero como no había visto ningún cielo, ni el primero ni los otros, tampoco perdí mucho tiempo en ello. Y también las quejas sobre la brutalidad, me hace daño, no se preocupan de las mujeres, las preñan y se marchan diciendo «¿cómo puedo saber que es mío?». A veces declaraban que no habían perdido nada, otras veces se ponían a llorar. Yo estaba destinada a seguir siendo virgen. Un día, reuní todo mi valor para superar mi ira y pregunté a Dorothée, la menos desagradable de las dos viejas.
—¡Pobre pequeña!
Y, tras unos suspiros, llegó la respuesta habitual:
—¿Y para qué quieres saberlo, si nunca te pasará?
—Me serviría para saberlo —dije rabiosa, desvelando la razón de mi obstinación.
Ella no entendía que alguien quisiera saber algo sin utilidad alguna y no pude sacarle nada. Ya que, indudablemente, moriría intacta, al menos quería tener satisfacción mental. ¿Por qué se obstinaban todas en no decir nada? Intentaba consolarme diciéndome que era un secreto a voces y que ninguna lo controlaba en realidad. ¿Me lo negaban para darle importancia, para que pareciera algo admirable que estaban creando con su silencio para una chica que no sabía nada y que las miraría como si fueran las depositarias de un tesoro? ¿Acaso no me mantenían en la ignorancia solo para fingir que no estaban absolutamente privadas de todo? A veces decían que era por pudor, pero yo veía claramente que entre ellas no había pudor alguno, susurraban, soltaban risitas, eran indecentes. Yo no haría nunca el amor, ellas ya no lo volverían a hacer: quizá estábamos en igualdad de condiciones y ellas intentaban consolarse despojándome de todo lo que estaba a su alcance quitarme.
A menudo, por la noche, pensaba en el guardia joven. Utilizaba lo poco que había podido adivinar: en otra vida, se habría sentado junto a mí, me habría invitado a bailar, me habría dicho su nombre, yo le habría dicho el mío, porque habría tenido uno, habríamos hablado y, si nos hubiéramos gustado, habríamos paseado de la mano. Quizá no me habría parecido interesante: era el único de nuestros seis carceleros que no estaba viejo y gastado, así que mi indulgencia podía deberse a que no había conocido a ningún otro joven. Intentaba imaginar nuestra conversación, en aquellos tiempos que no conocí: ¿seguirá haciendo bueno mañana? ¿Has visto los gatitos que han nacido en casa de la vecina? Dicen que la tía se va de viaje... Pero nunca había visto gatitos y no podía hacerme una idea de qué era el buen tiempo, lo que acortaba mi ensueño. Entonces pensaba en los besos, me imaginaba con toda la precisión posible la boca del guardia, que era bastante grande, con los labios bien dibujados, apenas hinchados. Las bocas demasiado hinchadas que veía en algunas mujeres no me gustaban. Me imaginaba acercando mis labios a los suyos: sin duda, necesitaba más información, pues en mi interior no pasaba nada especial.
Una noche la cosa cambió. En lugar de dormirme de aburrimiento intentando imaginarme un beso que nunca llegaría, me acordé de que las mujeres habían hablado de interrogatorios, asombradas de que no los hubiera habido. Monté una fantasía sobre lo poco que habían dicho: me imaginaba que llegaban buscando a una mujer y se la llevaban gritando aterrorizada. A veces no la volvíamos a ver, otras veces la dejaban tirada por la mañana, cubierta de quemaduras, herida, gimiendo, y no siempre sobrevivía. Pensaba: «Ah, si hubiera interrogatorios, vendría a buscarme, abandonaría la sala en la que vivo desde siempre, me arrastraría por pasillos desconocidos y pasaría algo por fin».
Mi mente iba a toda velocidad: el chico que me empujaba con aires decididos parecía concentrado en su tarea, pero tras dar la vuelta a la esquina, cuando nadie nos podía ver, se detenía, se volvía hacia mí, me sonreía y decía: «No temas nada». Y luego me tomaba en sus brazos. En ese momento me atravesó algo inmenso, un éxtasis tan desmesurado que parecía más grande que yo misma, una luz inaudita explotó en mi cuerpo, me quedé sin aliento... y lo volví a recuperar enseguida, porque fue algo desesperadamente breve.
Después de aquello mi alma cambió. No volví a intentar que las mujeres me dijeran sus secretos, pues yo ya tenía uno. Como el éxtasis era difícil de obtener, tuve que contarme historias cada vez más largas y complicadas y, con gran dolor de mi corazón, nunca lo logré dos veces seguidas, aunque hubiera querido que aquello durase horas. Aspiraba a que esa sensación me recorriese de forma ininterrumpida, noche y día deliciosamente acunada, acariciada como la hierba rala de la llanura por un viento suave que duraba días enteros, algo que no pude ver hasta mucho tiempo después.
A partir de ese momento, me consagré a la tarea de repro-ducir aquel éxtasis. Tenía que inventar circunstancias extraordinarias en las que estábamos solos o, al menos, aislados de las demás, frente a frente, para que, tras muchos tormentos, tuviera la divina sorpresa de sentir cómo sus brazos me rodeaban. Mi imaginación se desarrolló. Estaba obligada a entrenarla con mucha disciplina, pues, después de haber intentado varias veces representarme el gesto delicioso que me había llevado al cielo, sin lograr éxtasis alguno, me di cuenta de que no podía recorrer dos veces el mismo relato, la sorpresa era indispensable. La dificultad era muy grande, porque era a un tiempo la inventora del relato, la narradora y la oyente que necesitaba el impacto del asombro. Lo raro es haber podido superar tantos obstáculos. A qué velocidad debía viajar mi mente para que me sorprendiera la situación que llegaba, de modo que me anegara la conmoción. La primera vez, cuando tuve la idea del interrogatorio, ni siquiera me había contado historias, no sabía que una cosa así fuera posible, estaba completamente atrapada en el juego, maravillada por una actividad tan nueva y por el relato mismo. Luego, enseguida me volví adicta, una experta del relato, aprendí a detectar si empezaba mal, si corría hacia un callejón sin salida, incluso a retomar los hechos para modificar más adecuadamente su curso. Llegué a construir personajes recurrentes que se modificaban poco a poco y se hacían muy familiares. Estaba muy contenta con ellos. Solo ahora, leyendo los libros, he empezado a ver que eran bastante someros.
Tenía que crear historias cada vez más complicadas, algo dentro de mí sabía lo que esperaba de ellas, y levantaba obstáculos: debía encontrar la forma de que me pillaran desprevenida. A veces tuve que prolongar el relato durante varias horas para despistar a mi público interior, hasta que olvidaba desconfiar, se dejaba atrapar por el placer de escuchar, se entretenía y bajaba la guardia. Entonces llegaba el instante admirable, la mirada del muchacho, su mano en mi hombro y el éxtasis de todo mi ser. Luego podía dormir. Quizá al interrumpir la historia estaba decepcionando a un público interior que prefería el relato a la emoción y se afanaba en demorarlo, tanto que me habría privado del placer para prolongar el suyo. A veces, incluso, intentaba negociar: estoy cansada, quisiera dormir, por favor, que venga el éxtasis, mañana continuaré. Pero no servía de nada, no se dejaba engañar.
Las mujeres se dieron cuenta de que había cambiado. Me observaron un tiempo, siempre estaba sentada, con las rodillas dobladas, la barbilla sobre los brazos cruzados y supongo que mis ojos estaban vacíos. No me di cuenta, porque ya no me ocupaba de ellas en absoluto, así que fue una sorpresa cuando Annabelle empezó a hacerme preguntas.
—¿Qué haces?
—Estoy pensando —dije.
Eso la dejó perpleja. Se detuvo un momento, esperando a que añadiera algo más, luego fue a transmitir a las otras mi respuesta. Hablaron un rato y Annabelle volvió.
—¿En qué?
Tuve un acceso de ira.
—Cuando os preguntaba cómo es el amor no me quisisteis contestar, ¿por qué os diría lo que hago en mi cabeza? ¡Os podéis quedar con vuestros secretos, si os apetece, pero no contéis con que os diga los míos!
Frunció el ceño y se reunió con las otras. Aquella vez su charla duró mucho. Nunca las había visto antes hablar tanto tiempo y con tanta seriedad; en general, a los diez minutos les daba la risa floja. Era como si hubiera hecho nacer algo nuevo en sus mentes. Fue otra la que se levantó y se acercó a mí, la más anciana y la más respetada, Dorothée, que no me caía mal ni a mí. Se sentó y me miró con insistencia. Me resultaba muy molesto, pues interrumpía en un momento muy prometedor el relato que duraba desde hacía mucho tiempo: me iban a encerrar sola en una celda y había escuchado algunas frases a propósito del relevo, quizá el guardia joven hiciera el turno de noche. No podía seguir delante de esta anciana que me miraba sin decir nada. Como mucho, podía intentar no perder el hilo de la situación: estaba sola, jadeando, asustada, oía voces y ruidos de armas en el pasillo. No sabía qué estaba pasando, tenía miedo en ese ambiente de urgencia y agitación. Intenté conservar la escena congelada en mi cabeza mientras examinaba a Dorothée, que me examinaba a mí; me decía que, si el éxtasis no llegaba pronto, estaría obligada a darle un sentido a la situación, y a saber con qué acontecimiento imprevisto podía remontar el universo inmóvil en el que vivíamos, mujeres encerradas desde hace tantos años que habían perdido la cuenta del tiempo.
—Parece que tienes secretos —dijo por fin Dorothée.
No contesté, porque no era realmente una pregunta. Comprendía que intentaba desestabilizarme con el peso de su mirada y su silencio. Sin duda, antes, cuando todavía no había encontrado el mundo interior en el que me distraía, cuando todavía era curiosa y dócil, me habría sentido intimidada, hubiera dado vueltas pensando qué falta habría cometido que me valiera tal examen y hubiera temido el castigo, pero ahora sabía que estaba fuera de su alcance: los castigos solo consistían en apartarme, excluirme de las conversaciones fútiles y vaporosas sobre nada en absoluto, y yo no deseaba otra cosa para poder continuar en paz mi búsqueda secreta.
Como no reaccionaba, frunció el ceño.
—Te he hablado. Tienes que contestarme por educación.
—No tengo nada que contestar. Le han dicho que tenía secretos. Ahora me lo comunica a mí. Vale. ¿Qué más?
—Quiero conocerlos.
Me eché a reír y fui la primera sorprendida. Me habían acostumbrado a respetar la voluntad de las mujeres, especialmente de las más mayores, que estaban dotadas de autoridad, pero todo había cambiado, porque ya no veía en qué se basaba esa autoridad. De pronto descubrí que no tenían ningún poder. Estábamos todas encerradas en el mismo lugar, sin saber por qué, custodiadas por carceleros que, bien por desprecio, bien obedeciendo órdenes, no nos dirigían la palabra a ninguna de nosotras. Nunca entraban en la jaula. Iban de tres en tres, salvo en el momento del relevo, cuando veíamos seis de golpe, y no hablaban entre ellos. A la hora de la comida, una de las hojas de la puerta grande se abría, un hombre empujaba un carro por el espacio que separaba la jaula del muro y otro abría una pequeña trampilla en la reja, por donde pasaba la comida. No contestaban a ninguna pregunta y hacía mucho tiempo que no les preguntábamos nada. Las mujeres viejas eran tan impotentes como las jóvenes. Se habían arrogado algún tipo de poder imaginario, un poder sobre nada, un acuerdo tácito que creaba una jerarquía sin significado, pues no había ningún privilegio que nos pudieran conceder o negar. En realidad, estábamos en absoluto pie de igualdad.
Me quedé inmóvil durante unos segundos, tomando conciencia de estas evidencias familiares que de repente se convertían en revelaciones pasmosas, mirando fijamente a Dorothée. Me acordé de lo que me había dicho.
—Quiere conocerlos, pero todo lo que puede hacer es ponerme al corriente de su voluntad.
Observé con interés su forma de recibir mis palabras: en primer lugar, cuando vio que empezaba a contestar, pareció satisfecha, debió de pensar que obedecía por fin. Luego escuchó, comprendió el sentido de mis palabras, pero era tan sorprendente que pensó que no lo había entendido.
—¿Qué quieres decir?
—Piense en ello —le dije—. Exactamente lo que he dicho.
—¡No has dicho nada!
—He dicho que no diré nada sobre los secretos. Ha dicho que quiere conocerlos, no es nada nuevo, ya lo sabía. Piensa que es suficiente con decirme que los quiere conocer para que se los cuente.
Era exactamente lo que pensaba.
—Así es como deben ocurrir las cosas —afirmó.
—¿Por qué?
Se quedó desconcertada. Vi que no estaba pensando en mi pregunta de lo asombrada que estaba de que hubiera podido hacerla. Era la heredera de una tradición de la que yo no formaba parte: cuando una mujer mayor le hace una pregunta a otra más joven, la más joven responde. Era una verdad indudable, pero yo, que había crecido en el sótano, no tenía razones para someterme a ella. Tras un momento, preguntó:
—¿Cómo que por qué?
—¿Por qué tendría que contestar? ¿Por qué le parece tan evidente?
Asomó una duda en sus ojos. Intentaba pensar, pero no tenía costumbre de hacerlo, fue como si el vértigo se apoderase de ella y se aferró a la primera idea que pasó por su mente:
—Eres una insolente —dijo aliviada, como si hubiera encontrado un sentido a las palabras incomprensibles que yo había pronunciado, segura de que sería suficiente con volver a las formas habituales, a las convenciones, a los lugares comunes.
—Es usted una estúpida —contesté, como embriagada por mis nuevas certidumbres— y esta conversación es absurda. Cree que tiene poder, pero está aquí como todas nosotras, reducida a recibir su ración de comida de manos enemigas, incapacitada para castigarme si me rebelo. Ellos no permiten más autoridad que la suya, no podría ni pegarme ni privarme de nada. ¿Por qué voy a obedecer?
Esta vez, fue evidente que no entendía nada. Creo que hubiera preferido quedarse sorda. Rezongó, se agitó un poco y luego mandó venir con un gesto a dos mujeres más jóvenes que la ayudaron a levantarse, algo que manifiestamente no necesitaba, y volvió a su lugar habitual, en el otro extremo de la jaula. La miraron intensamente sin atreverse a preguntar. Cerró los ojos para que creyeran que estaba reflexionando y se durmió.
—Es porque es vieja —dijeron las más jóvenes—, estas pruebas son excesivas para una mujer de su edad.
Volvieron a su charloteo y yo a mi historia. Me encontré de nuevo en la celda oscura en la que me habían aislado. No estaba herida, los guardianes eran muy precisos para someter sin golpear. Estaba acurrucada en un rincón, aterrorizada, y mi postura humillante me chocó: acurrucada, temblorosa, ¿era algo propio de alguien que acababa de enfrentarse con una de las mujeres más respetadas de la jaula, mirándola a los ojos y diciendo que era una estúpida? La había dejado sin palabras. Me recorrió un escalofrío delicioso y fue, creo, mi primer placer intelectual. En mi celda imaginaria, ahora tenía que levantarme y sonreír, tenía que hacerles frente. Me resultaba difícil concentrarme en la historia, el pequeño combate que acababa de vivir me había gustado y quería pensar en ello, pero eso no me traería el éxtasis, ya que el joven guardia no formaba parte de la historia, así que apelé a mi disciplina interior para volver a mi universo personal.
Si las mujeres hubieran sido prudentes, habrían dejado las cosas así. Podíamos seguir fingiendo que no pasaba nada sin exponernos a una batalla desigual. Comprendí que era tan fuerte como ellas y que no entregar un secreto, que está al alcance de todo el mundo mientras no se recurra a la tortura, hace creer que el secreto es infinitamente precioso. Sus conocimientos a propósito del amor me habían parecido lo más deseable porque me los negaban. Ahora me burlaba de su mezquindad, me decía que en otros tiempos habría tomado lo que quería de cualquier muchacho y que, al preguntárselo a las mujeres, les otorgaba unas prerrogativas que nunca habían tenido y que solo se debían a mi ignorancia. En cambio, ahora que se había excitado su curiosidad, conocían a su vez la exclusión y el despecho. Yo había encontrado el éxtasis para consolarme, ellas se quedarían agitadas, impotentes, royendo su despecho como único alimento. Comenzaron a vigilarme.
¿Vigilarme? Éramos cuarenta viviendo en esta gran sala subterránea en la que nadie podía ocultarse. A intervalos de cinco metros, las columnas sostenían la bóveda, una reja separaba de las paredes la parte en la que vivíamos, dejando en los cuatro laterales un pasillo amplio para las perpetuas idas y venidas de los guardias. Nadie podía escapar a las miradas y estábamos acostumbradas a satisfacer nuestras necesidades naturales delante de las demás. Al principio (me lo contaron, mis recuerdos no llegaban tan lejos), las mujeres se sentían muy incómodas, formaron una especie de barrera para aislar a la que estaba defecando, pero los guardias lo prohibieron, nadie podía quedar fuera del alcance de su mirada. A mí me parecía muy natural sentarme tranquilamente en el inodoro y continuar la conversación donde la había dejado, las pocas veces que conversaba. Las viejas rezongaban con furia, hablaban de indignidad y de verse reducidas a un estado animal. Si todo lo que nos separa de los animales es poder esconderse para defecar, la condición humana no parece ser gran cosa, pensaba. Nunca discutía con las mujeres, en realidad ya entonces me parecían estúpidas, pero no me había preocupado por decirlo con tanta claridad.
Cuando lo pienso ahora, ¡menuda niña impertinente era! Orgullosa de haber inventado una diversión que me parecía extraordinaria, me veía haciendo frente a una jauría que me perseguía, cuando todas éramos igualmente prisioneras e impotentes. Quizá, aislada por mi edad y por las limitaciones que nos imponían, sentía necesidad, como las otras, de inventarme una ilusión para refugiar en ella mi desesperación. No lo sé. Desde que no puedo andar, pienso mucho, pero sin diálogo me parece que mis reflexiones entran en una espiral inútil. Por eso es interesante escribir mis pensamientos: cuando me vienen por segunda vez, los reconozco y no los repito.
Cuando Dorothée se despertó y se encontró con fuerzas para contar nuestra conversación, no reveló que la había llamado estúpida, pero por mucho que intentara conservar su prestigio, no sabía nada de mi secreto y no lo pudo ocultar.
—¡Un secreto! ¡Un secreto! ¿Con qué derecho guarda un secreto en la situación en que nos encontramos?
Théa, que era la más inteligente, comprendió enseguida que lo que importaba no era el contenido mismo del secreto, sino que se pudiera alardear de un secreto viviendo constantemente ante los ojos de las demás, y que te creyeran. Las mujeres encontraron esa explicación muy complicada, apartaron a Théa con un gesto irritado y exigieron que alguien me arrancara el secreto.
—Hay que forzarla. Obligarla.
—¿Y cómo lo harás?
Colette, la más tonta y la más excitada, se plantó frente a mí y me instó a hablar con un tono amenazador.
—¡Si no, ya te puedes preparar!
—¿Preparar para qué? —dije soltando una carcajada.
Hizo un gesto violento, estaba claro que pensaba darme una bofetada. Era tan evidente que los guardias, que nunca nos perdían de vista, se percataron al mismo tiempo que yo y escuchamos el chasquido del látigo. Sabíamos que los golpes no iban contra nosotras, que el látigo solo chasqueaba en el vacío de la galería que nos rodeaba, pero este ruido siempre nos daba miedo y Colette dio un respingo. Ninguna de las mujeres tenía el recuerdo preciso de haber sido golpeada, pero, Théa me lo comentó más tarde, quizá ocurriera en el periodo oscuro, cuando empezó el encierro, porque se había quedado grabado en nuestras memorias un temor muy profundo. Nunca nadie desobedecía al látigo y las mujeres a veces describían las marcas de sangre que dejaba en la piel desnuda, el dolor ardiente que duraba días y días. El hecho es que varias mujeres tenían largas cicatrices blancas. Colette, aterrorizada, retrocedió. Yo le sonreí con dureza. Estaba dudando entre el deseo de burlarme de ellas en silencio, convirtiendo a los guardianes en mis aliados, y el de explicarles su estupidez y su impotencia, cuando Théa intervino. Se acercó a Colette, quien temblaba de ira y de miedo, y le dijo que se apartara.
—Ven. No sirve de nada —dijo con una voz muy dulce.
Colette se estremeció con todo su cuerpo, creí que se arrojaría en los brazos de Théa, pero sabíamos que teníamos prohibido tocarnos y agachó la cabeza.
—Ven —repitió Théa.
Y se marcharon las dos juntas. Yo me senté de nuevo, con la cabeza sobre las rodillas, contenta de que por fin me dejaran en paz, y me di cuenta de que no podía volver a meterme en la historia. Me había puesto nerviosa y ya no tenía ganas de quedarme sentada, no podía recuperar la concentración. Me levanté, me uní a las mujeres, que preparaban verduras para hervir, y me ofrecí a ayudarlas, pero estaba muy torpe y las ponía nerviosas.
—¡Vete a jugar! —dijo una de ellas.
—¿Con quién?
Era la más joven, la única que todavía era una niña cuando nos encerraron. Las mujeres siempre pensaron que estaba allí por error, que durante el gran tumulto me quedé en el lugar equivocado y ese error nunca se corrigió: cuando cerraron las rejas fue para no abrirlas nunca más. A veces decían que se habían perdido las llaves y que, aunque quisieran, ya no podrían liberarnos. Creo que era una broma, pero solo me acuerdo ahora y es demasiado tarde para saberlo con certeza.
Aline, la mujer que me había dicho que me fuera a jugar, parecía turbada. Me miró con tristeza, quizá le daba lástima y no aprobaba la obstinación por arrancarme mi secreto.
—Es cierto. Pobre pequeña. Estás sola.
