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Publicada por primera vez en 1956, Zama está considerada de manera unánime como una de las grandes novelas del siglo veinte en lengua española. Con una escritura bella y precisa, Antonio Di Benedetto narra la existencia solitaria y suspendida de Don Diego de Zama, un funcionario de la corona española en Asunción del Paraguay que, víctima de una interminable espera, aguarda ser trasladado a Buenos Aires a fines del siglo XVIII. La de Zama no es cualquier espera, se trata de una condición existencial, angustiosa y reflexiva, en un territorio caracterizado por la lejanía, la ajenidad y la disposición para el recuerdo. 'Zama' es la novela de un exiliado castizo, con un lenguaje intemporal y arcaico, por momentos cercano al del Siglo de Oro. Se trata de un libro perfecto, donde la cualidad filosófica se desprende naturalmente de una prosa deslumbrante. "'Zama' es la gran novela americana". J.M. Coetzee "¿Por qué hacer una película de Zama? Porque pocas veces en la vida se puede emprender una excursión irreversible y exquisita entre sonidos e imágenes a un territorio decididamente nuevo." Lucrecia Martel
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Seitenzahl: 278
Veröffentlichungsjahr: 2020
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Antonio Di Benedetto
Zama
Di Benedetto, Antonio
Zama / Antonio Di Benedetto. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Adriana Hidalgo editora, 2019.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-987-4159-86-1
1. Narrativa Argentina. I. Título.
CDD A863
la lengua / novela
Editor: Fabián Lebenglik
Diseño: Gabriela Di Giuseppe
Producción: Mariana Lerner
13a edición en Argentina
4a edición en España
© Luz Di Benedetto
© Adriana Hidalgo editora S.A., 2018
www.adrianahidalgo.com
ISBN: 978-987-4159-86-1
Queda hecho el depósito que indica la ley 11.723
Prohibida la reproducción parcial o total sin permiso escrito
de la editorial. Todos los derechos reservados.
A las víctimas de la espera
Año 1790
1
Salí de la ciudad, ribera abajo, al encuentro solitario del barco que aguardaba, sin saber cuándo vendría.
Llegué hasta el muelle viejo, esa construcción inexplicable, puesto que la ciudad y su puerto siempre estuvieron donde están, un cuarto de legua arriba.
Entreverada entre sus palos, se menea la porción de agua del río que entre ellos recae.
Con su pequeña ola y sus remolinos sin salida, iba y venía, con precisión, un mono muerto, todavía completo y no descompuesto. El agua, ante el bosque, fue siempre una invitación al viaje, que él no hizo hasta no ser mono, sino cadáver de mono. El agua quería llevárselo y lo llevaba, pero se le enredó entre los palos del muelle decrépito y ahí estaba él, por irse y no, y ahí estábamos.
Ahí estábamos, por irnos y no.
Con ser tan mansa, cuidábame de la naturaleza de esta tierra, porque es infantil y capaz de arrobarme y en la lasitud semidespierta me ponía repentinos pensamientos traicioneros, de esos que no dan conformidad ni, por tiempos, sosiego. Hacía que me diese conmigo en cosas exteriores, en las que, si a ello me resignaba, podía reconocerme.
Esos temas quedaban sólo para mí, excluidos de la conversación con el gobernador y con todos, por mi escasa o nula facilidad para hacer amigos íntimos con quienes explayarme. Debía llevar la espera –y el desabrimiento– en soliloquio, sin comunicarlo. Como me lo decía ese a veces insolente Ventura Prieto, que se me arrimó aquella tarde, por cierto que no buscándome, sino yendo al azar. Consideraba que, en esta tierra llana, yo parecía estar en un pozo. Me lo dijo una vez, y más de una, lo dijo a otros, descuidándose de lo que todos sabían: que fui gallo de riña o al menos dueño de reñidero.
Apareció precisamente cuando me entretenía el mono y se lo enseñé, para distraerlo y atajar que me preguntara qué esperaba ahí. Y él, Ventura Prieto, que era inferior a mí, caviló un momento, como si buscara el medio de apabullarme en materia de curiosidades o descubrimientos. Luego me refirió una de esas que él llamaba investigaciones y yo ignoro si lo eran pero que, por sospechosas de insinuar comparación, me desconcertaban, dejándome repercusiones que podían superar lo sufrible.
Dijo que hay un pez, en ese mismo río, que las aguas no quieren y él, el pez, debe pasar la vida, toda la vida, como el mono, en vaivén dentro de ellas; aún de un modo más penoso, porque está vivo y tiene que luchar constantemente con el flujo líquido que quiere arrojarlo a tierra. Dijo Ventura Prieto que estos sufridos peces, tan apegados al elemento que los repele, quizás apegados a pesar de sí mismos, tienen que emplear casi íntegramente sus energías en la conquista de la permanencia y aunque siempre están en peligro de ser arrojados del seno del río, tanto que nunca se los encuentra en la parte central del cauce sino en los bordes, alcanzan larga vida, mayor que la normal entre los otros peces. Sólo sucumben, dijo también, cuando su empeño les exige demasiado y no pueden procurarse alimento.
Yo había seguido con viciada curiosidad esta historia, que no creí. Al considerarla, recelaba de pensar en el pez y en mí a un mismo tiempo. Por eso invité a Ventura Prieto a que regresáramos y retuve mis opiniones.
Procuré ocupar la cabeza en el motivo de mi caminata, en el hecho de que yo esperaba un barco, y si un barco entraba en él podría llegar algún mensaje de Marta y de los niños, aunque ella y ellos no vinieran, ni nunca hubiesen de venir.
2
Puedo apiadarme de mí, sin la vanidad de la maceración, si el temor no es ya de avergonzarme ante los demás, sino de exceder la medida que sin avaricia me concedo. Si admito mi disposición pasional, en nada he de permitirme estímulos ideados o buscados. Ninguna disculpa cabe frente al instinto que nos previene y no respetamos.
Me empujó el sol que, desembarazado ya de las nubes de tantos días sin tormenta, se había encendido hasta el blanco y allí conjugaba su sin color y su tersura fija y ardiente con la arena limpia que da visiones. Pude ver un puma y creerlo estático e inofensivo como una decoración, muy liso, sin detalles, como si no tuviera garras ni dientes, como si las curvas de su cuerpo no denunciaran elasticidad para el salto, sino docilidad y blanda disposición para alguna mano cariñosa. Por este puma no visto medité en los juegos que fueron o pueden ser terribles, no en el momento en que se juegan, sino antes o después.
Busqué el reparo frondoso del arroyo y entre los primeros árboles debí quedarme, porque venían, libres y confiadas, voces de mujeres excitadas por el goce del agua.
No obstante, me adentré y, embozado por la vegetación, vi un instante, de frente, desnudos cuerpos, morenos y dorado-oscuros, y de costado, ocultas las facciones, pues sólo distinguía una nuca y pelo recogido arriba, otro que no supe si era blanco o mulato. No quise seguir mirando, porque me arrebataba y podía ser mulata y yo ni verlas debía, para no soñar con ellas, y predisponerme y venir en derrota.
Huí. Pero era evidente que me habían notado y al percibirlo no precisé si entre el alboroto que escuchaba a mi espalda escuchaba alborozo.
Mis piernas se volvieron firmes en la zancada porque algo me advertía que era perseguido. Hombre no podía ser, porque los hombres no cuidan el baño de las mujeres; india sí o mulata, por la rapidez con que andaba fuera del sendero, donde hay maleza y los troncos se ponen delante.
Ella casi me daba alcance y este afán me advirtió que buscaba ver mi rostro, conocerme, que tal debía de ser el mandato de su ama y, entonces, resultaba que ella era blanca. Renegué de mi retirada, de haberla entrevisto apenas privándome de saber quién era. Tenía que volver a enfrentar lo que fuere: descubrirla y descubrirme.
No era posible.
Únicamente podía descargar en la espía el ímpetu que alimentaba mi ánimo defraudado.
Con un súbito vuelco a izquierda penetré entre los árboles y ella, alelada de sorpresa, no atinó a fugarse. Así como estaba, en cueros, la tomé del cuello ahogándole el grito y la abofeteé hasta secar el sudor de mis manos. De un empujón di con su cuerpo en el suelo. Se acurrucó volviéndome la espalda. Le apliqué un puntapié en la nalga y partí.
Conmigo iba la furia atenuada, dando paso a un pensamiento severo contra mí mismo: ¡Carácter! ¡Mi carácter!... ¡Ja!
Mi mano puede dar en la mejilla de una mujer, pero el abofeteado seré yo, porque habré violentado mi dignidad.
Aunque esto no fuera, aunque sólo fuese en el empaque el desorden, me sabía sin justificación por entregarme a la ira y a la represión en el prójimo de lo que yo mismo había engendrado en él.
3
Era de nuevo la siesta, que me hacía deseable, pero riesgoso, el lecho; era la siesta que, al menos ese día, tan cercano al del baño de las mujeres, no quería repetir a campo.
Era la siesta y ese hombrón terrible se me vino por la calle vacía como un meteoro de sol destinado a mí, entre todos los mortales, por potencias infalibles.
Me tomó de las ropas y yo quise contenerlo con un enérgico “¡Caballero!”. No me escuchó, llamándome sin respiro “buscón de mujeres honestas” y “asqueroso mirón que ni se les atreve”. En un confuso indignarme y comprender que se trataba del marido y saber quién era ella y tratar de desasirme, me gritó “¡Habrá duelo!”, y se fue y me dejó. Me dejó con la necesidad de seguirlo y sacudirlo, engañándome, conteniéndome, con la promesa del desquite futuro, porque, él dijo, habría duelo.
Pero no habría. Por toda la calle no pasaban más que una perra en celo y sus pretendientes de cuatro patas; en consecuencia, ningún testigo le exigiría el cumplimiento de su palabra, un anuncio explosivo que seguramente le bastó para quitarse la gana de darme un maltrato. De mi parte, peores flaquezas podía reprocharme.
Sin embargo, me juré que sería la última. Me dije que, si a sufrir ésa me avenía, era únicamente comprendiendo la razón de su arrebato, conociéndome culpable. Salvo que, yo alegaba, no debió insultarme. “Asqueroso mirón”: son palabras que entran sin alternativa de olvido.
De ser así, de nunca producirse el proclamado duelo, ¿debía deducir que existe una medida para la satisfacción de la ofensa, aun en los individuos aparentemente más brutales? ¿Debía creer que, tal vez, el hombre que defiende con escaso celo a su mujer más que temeroso es un limitado por secretas motivaciones, que le vedan ocuparse demasiado de ella: un oculto odio, un lejano hastío, un amor extinto y no obstante para nadie evidente, ni para él siquiera?
4
El gobernador me entregó un incomprensible caso. Nada más me solicitaba que consulte y al pedido me atuve. No quise pensar si él, el gobernador, tenía o no autoridad para sacar de la cárcel a un reo, convicto de asesinato, y hacerlo ir a mi despacho con sólo un guardián al costado a “explicarme la situación”, de modo de ver “por dónde y cómo procede la exención de cargos”. Se imponía atenderlo y no darme por enterado de cómo llegó a mí ni con qué alta recomendación y designios del recomendante. Era preciso que yo cuidase mi estabilidad, mi puesto, justamente para poder desembarazarme de él, del puesto.
Era preciso que oyese al preso, lo cual en pocos momentos se me pintó imposible, por cuanto no es posible oír a quien no habla. Estaba cerrado, no con dureza, sino con ausencia, en callar sobre el meollo de la cuestión, esto es, la trama de su delito.
El guardián, con mucho comedimiento, de atrás del preso me advirtió que debíamos temer una crisis de llanto o no sé qué desgarramiento de orden sentimental.
No era, pues, un individuo temible, sino un quebrantado.
Por ahorrarme la escena que, quizás, yo mismo había provocado con la desnudez del interrogatorio y el fastidio que me sobrevino demasiado pronto, lo dejé solo, con el guardián que, más que vigilarlo, parecía hacerlo objeto de su protección.
En el intervalo, creo que por cambiar de humor, pasé al cuarto donde trabajaba Ventura Prieto. Le narré el caso de mudez que había dejado tras la puerta.
No tuve que arrepentirme, pues Ventura Prieto, con un no desdeñoso “Así no andará”, me pidió autorización para tratarlo y ayudarme.
Merced a una sonrisa de amigo, que bien podía parecerlo por asemejarse escasamente a lo que se supone sea un funcionario, Ventura Prieto pudo hacer que ese espíritu clausurado se entregara brevemente.
La mirada baja, una respetable pesadumbre gravando el acento de su voz, dijo aquel mozo que fue apuesto y estaba prematuramente marchito:
–Yo era un tenaz fumador. Una noche, con espanto, observé que me había nacido un águila de murciélago...
Se interrumpió.
Con la escasa declaración nos inquietó lo suficiente como para desear que no enmudeciera de nuevo. No lo hizo. Había advertido que las palabras no respondían enteramente a su pensamiento y procuraba, mediante un repaso mental, una justa coordinación. Muy luego, recomenzó y compuso su discurso.
–Yo era un tenaz fumador. Una noche quedé dormido con un tabaco en la boca. Desperté con miedo de despertar. Parece que lo sabía: me había nacido un ala de murciélago. Con repugnancia, en la oscuridad busqué mi cuchillo mayor. Me la corté. Caída, a la luz del día, era una mujer morena y yo decía que la amaba. Me llevaron a prisión.
No habló más.
Compartimos su silencio.
Con los ojos indiqué al guardián que podía conducirlo de regreso.
También Ventura Prieto dijo que yo debía hallar la forma de salvarlo.
Se lamentaba de no haber visto el cuerpo acuchillado de la mujer morena. Quería saber por dónde la cortó.
5
Esta audiencia absorbente hizo acallar los estampidos que en mi corazón causaron los dos espaciados cañonazos anunciadores de la presencia de un barco.
El saco de correspondencia fue traído a la gobernación antes que yo pudiese salir, como otras veces, hasta el muelle, para acercarme más a las posibles novedades y al rostro de los marinos y contados viajeros de arribo.
El oficial mayor distribuyó concienzudamente sobre su mesa los envíos para cada cual, ninguno para don Diego de Zama, porque mis manos estaban destinadas a permanecer vacías otro largo tiempo.
Esta ausencia de noticias de Marta, de mis hijos y de mi madre me causó esa depresión que en más de una llegada de barco tuve que sufrir, pero que, al sumarse la cifra en el transcurso de los ya catorce meses de permanencia, me abatía aún más.
Al abandonar mi despacho, prescindí de ese espectáculo siempre deseable de otra embarcación grande y procelosamente viajera, en el puerto.
Me reduje a casa.
Pedí a una esclava una colación de huevos de gallina. Por desacostumbrado, ya que siempre comía fuera, esto atrajo la atención de las hijas de mi huésped, don Domingo Gallegos Moyano, y determinó que más tarde una de ellas se aproximara a mi aposento con oferta de mate, que acepté.
Consagré la segunda mitad del día a una epístola, detenida y quejosa, a Marta, para que el barco la llevase en su camino río abajo.
Desenvolvía despacio en mi mente el viaje de la carta, por agua hasta Buenos-Ayres, por tierra después centenares de leguas con su rumbo oeste, y me dolían los reproches, frescos aún en el papel que mi esposa, lejana y sin su hombre, habría de leer tres, cuatro meses más tarde, quizás en un día en que yo fuese feliz. Pero no modifiqué mi escrito.
En mi retiro, hacia el crepúsculo, tuve el anuncio de un visitante.
Como ignoraba cuál barco había arribado, asimismo desconocía que el capitán era mi amigo, el oficial Indalecio Zabaleta, a quien abracé con fuerza y cariño.
Entreví que, si me buscaba tan pronto, apartando los asuntos que normalmente ocupan a un capitán en su primer día de puerto, algo traía para mí. Pero alguien distinto capturó mi atención, antes de hacerle cualquier pregunta.
Más allá de la puerta, en la galería, estaba detenido –contenido, me pareció– un niño. Ciertamente, venía con Indalecio y podía ser hijo de éste. Sin embargo, no me importaba eso, sino sus facciones, noblemente agitadas, y los ojos, anunciadores de un desborde que, al volverse el capitán hacia él, se produjo sin aguardar otro estímulo.
Corrió y se volcó en mis brazos, estremecido por un sollozo que, se me ocurrió, era de gusto y entusiasmo.
Acertaba. Indalecio me lo explicó, impresionado, tal vez orgulloso, por el arrebato de su vástago.
–En el viaje le he dicho quién era el doctor don Diego de Zama.
El doctor Diego de Zama con el homenaje, imprevisible y tocante, de un mozuelo de doce años. Ese reconocimiento hacía contrapeso a tantos olvidos y disminuciones soportados en días y días hasta aquella tarde.
¡El doctor don Diego de Zama!... El enérgico, el ejecutivo, el pacificador de indios, el que hizo justicia sin emplear la espada. Zama, el que dominó la rebelión indígena sin gasto de sangre española, ganó honores del monarca y respeto de los vencidos. No era ése el Zama de las funciones sin sorpresas ni riesgos. Zama el corregidor desconocía con presunción al Zama asesor letrado, mientras éste se esforzaba por mostrar, más que un parentesco, cierta absoluta identidad que aducía. Mostrábale al corregidor antiguo la asesoría, en rango segundo en toda la extensión de la provincia, exactamente luego de la gobernación. Pero, al hacerlo, Zama asesor sabía, sin que pudiera esconderlo, que en este país, más que en los otros del reino, los cargos no endiosan, ni se hace un héroe sin compromiso de la vida, aunque falte la justificación de una causa. Zama asesor debía reconocerse un Zama condicionado y sin oportunidades.
A esta altura del duelo, Zama el menguado podía sospechar que Zama el bravío no tuvo tanto de aguerrido y temible: un corregidor de espíritu justiciero puede seducir fácilmente la voluntad de esclavos estragados por meses de represión más que violenta, cruel.
Yo fui ese corregidor: un hombre de Derecho, un juez, y esas luces, en realidad, sin ser las de un héroe, no admitían ocultamiento ni desmentidos de su pureza y altura. Un hombre sin miedo, con una vocación y un poder para terminar, al menos, con los crímenes. Sin miedo.
“Le he dicho quién era Zama.” Un resplandor de mi otra vida, que no alcanzaba a compensar el deslucimiento de la que en ese tiempo vivía.
Zama había sido y no podía modificar lo que fue. Podía creerse que me determinaba un pasado exigente de mejor porvenir. Ese niño, el hijo de Indalecio, venía a reclamármelo con su emoción admirativa.
Sin embargo, yo veía el pasado como algo visceral, informe y, a la vez, perfectible. Por los elementos nobles no dejaba de reconocer algo –lo más– pringoso, desagradable y difícil de capturar como los intestinos de un animal recién abierto. No renegaba de eso; lo tomaba como una parte de mí, incluso imprescindible, aunque no hubiese intervenido en su elaboración. Más bien, yo esperaba ser yo en el futuro, mediante lo que pudiera ser en ese futuro.
Tal vez creía serlo ya y vivir en función de esa imagen que me aguardaba adelante. Tal vez ese Zama que pretendía parecerse al Zama venidero se asentaba en el Zama que fue, copiándolo, como si arriesgara, medroso, interrumpir algo.
Mediado el aguardiente, supe que Indalecio estuvo en Buenos-Ayres con mi cuñado, gestor ante el virrey del traslado que estrictamente me correspondía y precisaba tener.
Las promesas eran para un tiempo incierto, pero de signos positivos.
A cambio del anuncio, en el que confiaba, aunque a medias, ya que poseía algunos rasgos de reiteraciones fallidas, entregué al capitán una confesión de mis necesidades: no apetecía tanto un ascenso como la ubicación en Buenos-Ayres o en Santiago de Chile, porque mi carrera estaba estancada en un puesto que, se me insinuó con el nombramiento, implicaba apenas un fugaz interinato. Y esto más: entre mi mujer y yo mediaba la mitad de la longitud de dos países y todo lo ancho del segundo.
No obstante, quizá por la presencia de la criatura, me guardé la confesión total: hasta qué punto la distancia implicaba tortura, por la rigurosa lealtad guardada a Marta, aunque a mi conciencia no pudiera explicarle claramente por qué le era tan fiel.
Cenamos en la posada.
De regreso, tan tarde, pude maravillarme del señorío solitario de la Luna y, con el empuje del alcohol, sentirme predispuesto a igualarlo ante cualquier situación de prueba. Las calles solitarias, bordeadas de casonas y baldíos en sombras, el terreno accidentado en su depresión hacia el río, eran propicios a la sorpresa que mi estoque, ciertamente, sabría responder sin cortedad.
Me sentía valeroso e inmensamente dispuesto a amar, esa noche.
Tuve, como predestinado, la sorpresa y una mujer hermosa y fresca conmigo.
Como la hora era ya tan alta, entré a la casa por los fondos, utilizando la reservada portezuela del huerto, más allá del patio de los sirvientes.
Creo que mi presencia, inesperada en ese lugar y tan tarde, desbarajustó algo. Calculo que alguien pudo fugarse o esconderse demasiado bien antes que yo entrara.
Pero alguien más quedó sin poder disimularse bastante. Intentó un tardío escape al abrigo de los paredones y la distinguí mujer, sin identificarla. Con diez pasos largos muy tácticos, llegué adonde podía cortarle el paso; y ella, sin duda viéndose irremediablemente interceptada, no se detuvo.
Avanzaba directamente y esos instantes de espera quizá calaron más en mí que en ella, porque tuve el optimismo y la audacia de concebir rápidas esperanzas.
Era Rita, la menor de las hijas de don Domingo, mi huésped. Lo supe cuando aún nos separaban cuatro varas de distancia, pese a la mantilla que apenas limitaba la claridad de la Luna sobre su rostro. Mujer lunar, me dije, por conferirle embrujo al trance; pero otro era el estremecimiento que mandaba en mis sentidos.
No había dado dos pasos más y cayó al suelo. Había tropezado. Corrí a ayudarla, aunque ya medio se ponía de pie y evidentemente no precisaba socorro. Mas yo, descontrolado, para aprovechar, la tomé de atrás y terminé de alzarla mientras mis manos codiciosas hacían presión sobre sus pechos. Eran blandos, como muy tocados.
Me cobraba el silencio que guardaría sobre su escapada nocturna. Descubría intenciones sin el menor reparo. Ella las ignoró. Repuesta, suave, desentendida de mi abrazo, me miró con resolución a los ojos, me dijo unas quedas palabras de agradecimiento, como correspondiendo a un gran favor, y con dignidad y cautela se retiró hacia las habitaciones.
No podía imputarme atrevimiento ni abuso. Lo entendió muy pronto. A su vez, me hizo entender que no me temía.
Me demoré en la huerta. Un rato estuve vuelto hacia el sitio por donde ella había desaparecido. Supongo que debo de haber permanecido estúpidamente envarado y absorto.
Después, reaccionando, me recosté en un retazo de hierba fragante. Necesitaba que un rato más me asistiera el encanto de aventura a descubierto de esa noche. Porque se me había revelado una posibilidad, bajo mi propio techo. Blanca y española; muy joven. Mis manos sabían que no era pura.
6
Fiesta en casa de don Godofredo Alijo, ministro de la Real Hacienda.
La esposa había anunciado que sería a la moda inglesa y nos citó a las cinco de la tarde. Hizo servir cacao humeante con copitas de licor dulce y confituras. Todos decían que era “muy inglés” y yo me abstuve de opinar, porque había observado en las costas del Pacífico que los ingleses que lo tomaban, habitualmente como alimento, eran los marineros. No hubiera desagradado a mis contertulias, menos a los hombres, saber que la bebida era de marineros, ya que aquí son en cierto modo de usos llanos, aunque de ningún modo les habría causado buen efecto enterarse de que para ellos constituía un alimento y no una golosina. En fin, para alternar y por no desatender las costumbres, la dueña de casa prodigó también el mate, que en definitiva gustó más que el cacao.
Antes de la comida nocturna se incorporó alguien que se había permitido prescindir de la “recepción inglesa”. La divisé desde que traspuso la puerta y a partir de ese instante la reunión se convirtió para mí en un sutil juego de expectativa.
Era la esposa del meteoro de sol. Luciana, cónyuge de Honorio Piñares de Luenga, colega de Godofredo Alijo, ausente una vez más sin que nadie reparase en ello, porque la esposa y no él aparecía siempre en las reuniones y el mundillo oficial había concluido por habituarse a que así fuera.
Naturalmente, no me era desconocida Luciana y hasta algunos diálogos mediaron antes entre nosotros. Desde que, por el reto del marido, supe que ella era la mujer del baño en el arroyo, dispensé ocasionales lapsos imaginativos a su cuerpo, agraciado más de lo que las ropas permitían suponer. No obstante, desconté que se trataba de algo prohibido e imposible.
Aunque Piñares no hubiese venido, la presencia de ella en la fiesta entorpecía, trababa mis movimientos, más porque no me dirigió una mirada ni dio la menor posibilidad al saludo personal que yo no habría sabido cómo presentarle.
Me condenaba por no haber previsto el encuentro, rigurosamente lógico por eso de ser Alijo y Piñares miembros del mismo cuerpo. Es que en los días que mediaron desde el convite mi atención estuvo puesta, de un modo excluyente, en Rita.
Permanecí en casa tanto como antes nunca lo hice. Aceché su paso, vigilé sus salidas a misa, todo en pos de algún signo de condescendencia en retribución del encubrimiento. Pero prescindió orgullosamente de mí.
Me puse afiebrado como si la fiebre me viniese de la cabeza, consagrada a Rita y los proyectos que con ella me hacía.
La fiesta se me presentó como un probable respiro.
Tres horas de tertulia, entre cacao y cena, forzosamente tenían que acrecer la familiaridad que lo limitado de nuestro círculo favorecía en la vida cotidiana, siempre repetida a lo largo de meses y años.
Podíamos permitirnos mucho, unos a otros, aunque en verdad yo permitiese más de lo que mi natural corrección me autorizaba a hacerles a los demás.
Alguien propuso, en la rueda masculina, que al cabo de la cena, devueltas las mujeres al hogar, se hiciera una reunión con mulatas libres en cierta casa de las afueras. Como la mayoría aprobó con lascivia evidente en la comisura de los labios, un hombre de iniciativa, un organizador consagrado, preguntó de a uno en uno quiénes irían, para echar cálculos y disponer todo en una escapada inmediata.
Yo me hacía fiera violencia en la vacilación, hasta que llegó mi turno y me excusé.
Entonces, uno de ellos, como muchos ya al tanto de mi comportamiento, me preguntó sin malicia:
–¿Sólo blanca ha de ser?
–¡Y española! –respondí con arrogancia.
Lo terminante de mi réplica cortó cualquier posibilidad de comentario.
El organizador prosiguió tomando lista.
Solamente el hombre de la pregunta no cejó en su curiosidad y, con respeto y discreción, se atrevió a llamarme aparte para decirme que estaba asombrado de mi preferencia excluyente. Me pidió el honor de confiarle si al proceder de tal modo estaba dando cumplimiento a un voto de carácter religioso.
Le contesté la verdad:
–Temo el contagio del mal gálico. Temo perder la nariz, comida por la enfermedad.
Me dejó en paz.
No había confesado la totalidad de mis razones, sí una principal. Nunca, hasta hacerlo, pude prever que descubriría así mis aprensiones y un móvil de mi conducta a una persona ajena a mi intimidad.
Pero era un caballero y ni el menor gesto insinuó la burla que bien podía permitirse cuando, en la mesa, hablando para los comensales más cercanos, incluso las señoras, el dueño de casa peroró con aprobación sobre los hombres virtuosos e insinuó cuál de los contertulios podía ser tenido por tal.
Yo me hallaba en su radio de influencia; también Luciana, que no mostraba atender el discurso moralista. Sin embargo, cuando el perorante dio a entender quién de los que ahí estábamos cargaba, según dijo, el tormento blanco y santificador de la pureza, Luciana soltó el brío de su mirada penetrándome, sus ojos puestos en los míos brevemente. Fue como si ella respondiera sin resistencia al llamado de algo nuevo y levemente extraño.
Me sentí repentinamente ablandado y benigno. Pude sustraerme con facilidad al halago de otras silenciosas miradas estimativas y aferrarme sólo a ésa, fugaz, de la mujer del admirable desnudo, que ya evocaba sin sensualidad y prescindiendo de la evidencia de que ella, esa noche y entre las demás mujeres, no parecía superior a ninguna.
En el transcurso de la comida no volvió a ocuparse de mí. Ese despego más me atraía y hasta me condujo a un exceso de copas en procura de animarme a parecer brillante, lo cual, pude comprobarlo, no seducía a Luciana.
Torné a guardar mi ansiedad en prudencia y silencio.
Yo no sabía hasta qué punto me había traicionado. Me enteré, no sin inquietud, cuando desplacé la silla para abandonar la mesa, como lo hacían todos, y el oficial mayor, Bermúdez, se aproximó a mi oreja, simulando para los demás una confidencia amistosa y risueña, y me dijo:
–Alguien, cerca de mí, tuvo una ocurrencia que hemos festejado mucho. Señaló a Luciana Piñares y exclamó: “Es la mujer de cuerpo más hermoso que Zama ha imaginado”.
Era como para que en mí se levantase una tempestad de carácter. Pero ocurrió que el imaginador de cuerpos hermosos recibió en ese momento, ni un segundo después, otra mirada de la mujer del cuerpo más hermoso que había imaginado. Una mirada que cantaba este mensaje: “Si mejor os conociera...”.
Si de regreso me hubiese dado en la calle con Su Majestad y en sus labios esta propuesta: “Zama, ¿quieres cargo en Buenos-Ayres, mejor visto y rentado, si es que aceptas partir mañana?”, le habría respondido: “Todavía no”.
Ningún hombre –me dije– desdeña la perspectiva de un amor ilícito. Es un juego, un juego de peligro y satisfacciones. Si se da el triunfo, ha ganado la simulación ante interesado tercero y contra la sociedad, guardiana gratuita.
7
Esa noche, además, se me presentaba como establecida para el amor con Rita: entraría por la puerta del fondo y le daría caza en el huerto, esta vez implacable y, quizás, amado voluntariamente. La menor de las Gallegos Moyano había pasado para mí a una condición de inferioridad con respecto a Luciana y, en el planeamiento del futuro que me hice asistido por la Luna, a una función meramente accesoria.
Sin embargo, mientras más cerca me sabía de la casa, mayor importancia cobraba para mis ansias urgentes de amar, aunque fuese buenamente. Disponía de anticipada resignación, mas no podría soportar que el huerto vacío me defraudara.
Me defraudó.
Vino a mí, ni un grado menos, el furor empecinado.
Atravesé los patios sin cuidarme de no hacer ruido y llegué al mío de un solo impulso, dispuesto a golpear la puerta malogrando el reposo y la tranquilidad de Rita.
Mi puerta estaba abierta y la habitación echaba afuera un estable resplandor. Quise que fuese ella aguardándome y sabía que eso era imposible. Maldije mis trancos destructores del silencio y del sueño y procuré remediar el anterior alboroto acercándome con pies de pluma.
Sobre la mesa ardía una vela y junto a la vela se hallaba una caja de latón, secreto depósito de mis monedas de plata.
Un ladrón.
Me desmandé de nuevo atropellando, crujiendo de rabia.
Lo primero que me reclamó fue la caja. Tres o cuatro monedas desparramadas sobre la tabla, las demás adentro. Fue una comprobación velocísima, pero más rápido resultó el intruso, a quien no había visto hasta entonces. Salió de las sombras de mi lecho, me orilló con agilidad y se lanzó hacia la galería sin darme tregua en la sorpresa.
Era un niño rubio, desarrapado y descalzo.
Fui hasta la puerta. Se lo había tragado la oscura galería. Pensé que un niño solo era poco para tanto atrevimiento y supuse un cómplice aún escondido. Me volví hacia el interior, ya con el estoque desenfundado y dando grandes voces de amenaza hacia adentro y de alarma hacia el exterior.
Impetuoso, busqué las sombras y les tiré puntazos, infructuosos. Luego, con la vela inspeccioné mejor y más la parte inferior del lecho.
Mientras, llegaba don Domingo, dispuesta una veterana pistola de rueda, pero con escasa firmeza y vista para que resultase eficaz.
Tres esclavos, que por la prisa no habían terminado de ponerse la camiseta, obedecieron nuestras perentorias conminaciones: “¡Buscad! ¡Buscad!”, buscando por las galerías, los patios, tras las plantas y botijones, hasta desaparecer. Regresaron sin haberse topado con nada, a tal punto que parecían advertir en ese momento que fueron a descubrir algo e ignoraban qué.
Don Domingo les explicó lo que yo vi, por si alguien podía aportar referencia esclarecedora: “Un niño rubio, espigado, como de doce años; descalzo y casi sin ropas, que ha de haber dormido unas horas aquí, en el lecho de don Diego”.
Los esclavos se consultaron entre sí, con la mirada y voces bajas y nerviosas.
Uno de ellos, un zambo, resumió lo que podía considerarse un dictamen:
–Ha de ser un niño muerto, mi amo.
Si Rita, en una de las habitaciones que destilaban luz por las rendijas, estaba escuchando, era preferible que compartiese la idea supersticiosa del negro. De lo contrario, me habría juzgado merecedor de todas las burlas.
En la mañana se repitió la revisación prolija de la casa y sus dependencias. Sólo mi habitación había sido visitada y nada de valor faltaba.
Me poseía la sospecha de una malévola chanza, mas no acertaba a determinar sospechosos. ¿Por qué pensé en Ventura Prieto si nada hacía razonable acto tan fastidioso contra mí? Levantisco y dispuesto a la pendencia, no pude, en las horas de despacho, sustraerme a una recatada vigilancia de sus gestos, a un control prevenido de sus posibles alusiones, por si alguna lo delataba. Pero no, ninguna.
En la tarde, mientras cavilaba dónde esconder con mayor seguridad mis escasas monedas de plata, tuve el más deseado convite: de mate cebado por Rita.
Nos sentamos al amparo de un plátano anciano, en sillitas bajas, y me sirvió el primero en silencio. Era azucarado y flojón. Lo sorbí despaciosamente y creo que con el líquido me venía gradual conciencia de cariño, tanto que me anegaba.
