Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
Cuando Reuben era un niño, debía subir 84 escalones para llegar a casa, ubicada en el mismo edificio que pronto ocuparon oficiales Nazis cuando el régimen se instaló de lleno en Bulgaria. Entre todas sus conjeturas, Reuben nunca se imaginó que esto podría pasar, ni las consecuencias que tendría para su familia judía. Pronto, no ir a la escuela o negarse a portar la estrella amarilla se convierten en el menor de sus problemas. El pequeño Rudy se ve obligado a crecer de súbito y navegar la espiral de su vida un día a la vez, sin mirar atrás. Escalar pendientes se convierte en su constante, donde es necesario luchar para sobrevivir en todas las situaciones. Pero Rudy no se rendirá. 84 escalones para llegar a casa es tanto sobre la superación de la adversidad, como sobre la pasión por la vida, el placer de las cosas cotidianas, la búsqueda de la pertenencia y, por supuesto, el amor a la familia, ese motor que conecta todos los puntos de nuestra existencia. De alguna forma, la historia de Rudy es atemporal, pues representa algo dentro de cada uno de nosotros: el camino del niño que aún llevamos dentro, la dualidad de nuestras decisiones, el cambio constante de nuestras vidas y la manera definitiva en la que nos marca nuestro entorno.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 502
Veröffentlichungsjahr: 2022
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
84 escalones para llegar a casa
D.R. © Libros del Marqués, 2021.
D.R. © Texto de Victoria Pinto y Jenny Michan, 2021.
D.R. © Diseño interiores y forros: Textofilia S.C., 2021.
LIBROS DEL MARQUÉS
Limas No. 8 int. 301,
Col. Tlacoquemecatl Del Valle,
Alcaldía Benito Juárez, Ciudad de México.
C.P. 03200
Tel. (52 55) 55 75 89 64
www.librosdelmarques.com
ISBN: 978-607-8713-76-9
ISBN digital: 978-607-8713-97-4
Diagramación digital: ebooks Patagonia
www.ebookspatagonia.com
Queda rigurosamente prohibido, bajo las sanciones establecidas por la ley, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento sin la autorización por escrito de los editores o el autor.
Basado en la vida de Reuben Ovadia.
LUZ DE LUNA
Israel. Octubre 3 de 1973.
El aire era denso, y respirar era como intentar hacerlo bajo el agua. Las últimas horas estuvieron sumergidas en el sopor inminente de una guerra. Las alarmas aullaban sin parar sobre sus cabezas, minuto tras minuto, sin dar tregua.
Reuben se llevó las manos a la cabeza, como si no pudiera creer lo que veía por primera vez en su vida. Después de todo lo que había visto y por lo que había pasado. Y, aún así, sin pista alguna de lo que vendría.
—¡Ovadia! —alguien gritó desde el otro lado de la habitación, su voz silenciada por la densidad del aire, y por el chillido de las alarmas.
—¡Ovadia! —Reuben alzó los ojos.
—¿Comandante? —preguntó, bajando las manos. El hombre se puso la mano en la oreja.
—Le llaman —Reuben leyó en sus labios.
Reuben caminó a zancadas, sin llegar a correr, por los corredores iluminados con luz blanca, mortecina, diseñada para generar alerta; esquivando soldados con morrales y tulas llenas de provisiones, que se movían en dirección contraria.
Cuando llegó a la esquina le costó trabajo frenar, y el caucho de las suelas de sus botas rechinó contra la baldosa. Entró en el pequeño cuarto de la izquierda, agarró la bocina del teléfono y la puso contra su oreja.
—¿Sí?
—Rudy —dijo una voz serena.
—¿Están todos bien? —interrumpió con la voz ahogada
—Todos bien. Escucha, quiero hablarte de Mony.
—¿Qué pasa con Mony?
—Está… oficialmente desaparecido. Han venido hoy a confirmarlo. Por favor, Rudy, ayúdales.
Reuben se mantuvo en silencio, con la bocina contra la frente. ¿Alguna vez hizo algo distinto?
Esa noche, Reuben, recostado en su litera, observó los patrones de luz de luna que se marcaban sobre la superficie del techo. Reuben los había visto ya, algún otro día en el que no había podido dormir. Pero no recordaba haber tenido nunca este tipo de problema.
Las alarmas sonaban lejanas, ensordecedoras aún, pero, por lo menos no encima de su cabeza.
En las calles, ni un sólo sonido, ni un sólo paso, ni una luz en las ventanas; el día de Yom Kippur más silencioso que Reuben viviría.Tendría que estar listo antes del amanecer. Debía hacer lo posible por dormir.
El sonido de alguna radio sonaba en la habitación contigua. Debido al ataque, los programas de noticias habían vuelto a transmitir. Reuben se dejó arrullar por la voz. Cerró los ojos.
84
Plovdiv. Noviembre de 1942.
Uno tras otro, Ruben los contó en voz baja, en un susurro que los vecinos no percibirían en medio del escándalo que acababan de escuchar agazapados en sus departamentos, sin nada que hacer y con mucho por perder.
Un escalón, dos escalones, tres, y así hasta llegar a 84. Ruben los bajó como si alguien lo persiguiera: un zumbido como de miles de abejas aun retumbándole en los oídos, dentro de la cabeza “¡¿Ovadia?! ¡¿David Ovadia?! ¡Entréguenlo ya!”.
No tuvo tiempo ni de ponerse los zapatos. Así, descalzo, corrió con la velocidad que sus piernas de nueve años le permitieron, hasta que le ardieron los pulmones, escabulléndose entre los callejones en los que ayer lo habían perseguido sus amigos jugando a las carreras; atravesando patios traseros, raspándose las rodillas, los brazos y las mejillas con rejas y ramas de árboles amarillentos. Un niño solo en medio de la noche.
El sonido de las botas de aquellos soldados se cerraba sobre él, más allá, sobre el pavimento de las calles principales. Pronto llegarían.
De pronto, en medio de la noche, iluminada como por un foco por la luz de luna, divisó la casa. Ruben atravesó la pequeña calle que lo separaba de la puerta principal. No había ninguna otra forma de entrar. No había forma diferente de avisar.
Tocó a la puerta con desespero, su corazón como si quisiera salirse, mirando sobre su hombro izquierdo hacia la vía principal, ¿eran botas lo que escuchaba?
Nadie contestó. Sin embargo, Ruben oyó algo adentro de la casa, el sonido de alguien que se levanta con rapidez, de personas que discuten con voces atenuadas las cuales intentan ahogar.
Entonces, estuvo seguro de que había alguien respirando al otro lado de la puerta. Volvió a tocar.
—¿Quién es? —dijo un hilo de voz desde adentro.
—El pollo chico —susurró Ruben —. Vienen por él.
PARTE ICAPÍTULO 1UN HILO DE COLOR ROJO
Plovdiv. Noviembre de 1940.
Desde esta altura, Ruben pensó que veía toda la ciudad. Los techos rojos y los árboles de hojas moribundas. El ático en el que vivía con su familia, el kínder al cual asistió cuando era pequeño, el mercado, la sinagoga, la catedral, las callecitas polvorientas, el techo del taller de su padre, las ruinas romanas, el río Maritza.
El aire le pegó fuerte en los ojos y lo hizo parpadear dos veces por segundo. Sintió como si hubiera despertado de un sueño, como si nada hubiera sido real hasta ese mismo momento. Olvidó las canicas, las bicicletas y las carreras, y se sintió como un pájaro en control del viento. ¿Había algo más libre que un pájaro?
En el fondo de su cabeza, registró algunos sonidos, como gritos de puro espanto. “¡Rudy!”. Extendió los brazos como si fueran alas y miró hacia el cielo; por un segundo se sintió desorientado; no supo qué era arriba y qué estaba abajo. Ruben se enamoró de inmediato de esta sensación.
Observó el agua clara que parecía estar a kilómetros de distancia, y se dejó caer.
UNA BICICLETA ROJA
Plovdiv. Octubre de 1940.
Polvo de tierra amarilla era lo único que podían ver los niños que seguían a Ruben, a toda velocidad en sus bicicletas. Las callecitas de la ciudad les servían de pista, desde la esquina del mercado hasta la pared que daba contra la cuadra del hotel Balneario: tres manzanas de camino casi recto que podían recorrer virtualmente sin obstáculos.
Ruben tomó una de las bicicletas del taller de reparaciones de su padre antes de salir por el mandado: dos bolsas de zanahoria, una de calabaza, dos pimientos. Su madre empezaría a preparar las latas de conserva para el invierno, éste era el primer año en que Matilde había decidido que Ruben estaba listo para ir solo al mercado, y él estuvo más que dispuesto a asumir la responsabilidad. Repetía la lista en voz baja, cuando se topó con Moshe, Alexander y Bogdan.
No se hubieran encontrado tan fácil de haberse citado, pero la probabilidad de las coincidencias es lo último que pasaba por la mente de un niño de siete años con una bicicleta abducida del trabajo de su padre.
Al ver a Moshe a lo lejos, Ruben insistió, sin embargo, en cumplir con su trabajo primero. Algo que su madre tendría en cuenta de seguro. Ruben bajó la cabeza y giró hacia el mercado, empujando la bicicleta, demasiado grande para él, a través de los caminos apenas suficientes para que algunas pocas personas pasaran con sus bolsas. Ruben deslizó la bicicleta entre costales llenos de granos, canastos a rebosar de coles, mujeres balanceando bebés en la cadera y perros dormidos bajo el sol de medio día.
—¡Ey, Rudy! —gritó Moshe, quien lo había alcanzado.
—Dos de zanahoria, una calabaza, un pimiento —dijo Ruben como respuesta, ignorándolo.
—¡Alexander la tiene! Rudy, anoche, su papá se la entregó. Es fantástica, tu papá la pintó de rojo y todo.
Las últimas palabras de Moshe hicieron que Ruben dejara de caminar. Se refería a la bicicleta. Después de tantos días de espera, por fin, aquí estaba, la bicicleta. El padre de Alexander la había pedido en el taller de bicicletas del padre de Ruben hacía meses, y Ruben estuvo espiando su manufactura y relatando sobre los avances a sus amigos. “Ayer pusieron la silla. Papá la estuvo engrasando. Dancho puso la canasta”.
Ruben no esperaba que estuviera lista tan rápido. Giró sobre sí mismo y empujó su bicicleta en el sentido contrario.
—¿Entonces es roja? —preguntó con interés. Cuando la vio. Allí estaba, recostada sobre la banqueta frente a la carnicería de la señora Albena. Alexander a su lado, en cuclillas, admirándola desde todos los ángulos, Bogdan al otro lado, examinando el manubrio: la bicicleta más hermosa que Ruben había visto salir del taller de su padre. Y eso era mucho decir, pues había visto salir muchas. Incluso, el año pasado, en Hanuka, su padre lo había sorprendido con una bicicleta para él solo, “adecuada para su tamaño”, el mejor regalo que Ruben había recibido jamás; la había pintado de color azul profundo y brillante, como las olas del mar negro –que Ruben nunca había visto, pero se imaginaba que así debían de ser–, pero, claro, Ruben ya se había estrellado dos veces en ella, y estaba en reparación desde hacía dos meses. “No podemos vivir la vida arreglándola”, le había dicho Dancho con un suspiro de “eres sólo un niño” que a Ruben le había hecho hervir la sangre.
Dancho había hecho el trabajo de la pintura roja de Alexander, Ruben estaba seguro: su hermano tenía talento para esto. Brevemente, Ruben se preguntó cuánto habría pagado el padre de Alex por ella. El otro hermano de Ruben, Nisso, siempre pensaba en este tipo de cosas.
—¡Hay que probarla! —dijo, olvidando por completo a qué había venido al mercado.
Los otros chicos agarraron sus bicicletas desgonzadas sobre la tierra del piso, listos para la acción. La dinámica era la de siempre.
—El primero que llegue a la pared de la payasa, gana —les recordó Ruben, sin una duda en su cabeza de que él sería el ganador.
El camino era simple; una cuadra, derecho, por entre los kioskos de verduras, un giro hacia la derecha y luego hasta llegar a la siguiente esquina, a la consulta del Dr. Nadhezda, de allí otro giro a mitad de calle por el callejón que daba exactamente hacia la parte de atrás del balneario de La Payasa.
La Payasa era la dueña del balneario que quedaba justo a dos edificios desde donde vivía Ruben. Una mujer de acento extraño y pelo rubio platinado, que se untaba colorete rojo en los labios y las mejillas. Ruben no tenía idea de cuál era su verdadero nombre; en su mente, cuando sus padres la saludaban con amabilidad al encontrársela en la calle, de camino a alguna parte, decían “Buenos días, Señora… Payasa” “Que tenga un buen día, Señora Payasa”: No… Ruben no podía recordar su verdadero nombre, pero se sentía extremadamente orgulloso de que sus padres la conocieran, pues él era el único que había podido ver las albercas del balneario de cerca, un día que su padre lo había llevado.
Eran “pozos de agua turquesa, grandes como el mar”, les había dicho a sus amigos –aunque Ruben no estaba muy seguro de cuál era el color turquesa, ni mucho menos conocía el mar, pero así se imaginaba que debía de ser–. Durante el verano, a menudo, Ruben se recostaba contra el marco de la ventana de su departamento, en el ático del edificio, a mirar con ojos soñadores las dos albercas gigantes que se veían como gemas bajo el sol y, algunas veces, sus padres hasta le habían permitido ir. El Balneario de la Payasa, sin embargo, siempre estaba lleno de turistas y de huéspedes “honorables”, por lo que a la mayoría de los niños no les era permitido importunar.
“Es por eso y porque no tienes el dinero para entrar”, le recordaba Nisso cada vez que Ruben le preguntaba a su madre por qué no podían ir a las albercas de la Payasa.
—¡Ahora! —gritó Moshe.
Ruben fue el primero en salir, como de costumbre. Era el más ágil de los cuatro. Sus piernas se estiraron sin clemencia para adaptarse a los pedales del armazón, demasiado alto para su talla, pero Ruben no sentía dolor, ni ningún tipo de incomodidad. En su cabeza sólo existía la fijación de la meta y la adrenalina de la velocidad.
Apenas era consciente del polvo que levantaban las gomas de su vehículo. Al girar por el consultorio del doctor se le vino a la mente la hermosa bicicleta roja de Alex, fruto del trabajo de su padre y de sus hermanos. Todo el mundo sabía que Joseph Ovadia hacía las mejores bicicletas, al menos en esta parte de la ciudad. Pronto, el propio Ruben empezaría a ayudar a su padre y a sus hermanos en el taller.
A metros de llegar a la meta, Ruben bajó la velocidad con la que sus piernas daban vida a las llantas, lo hizo casi imperceptiblemente. Alex lo rebasó como una flecha roja entre una nube de polvo. Alex había ganado la carrera.
Ruben se quedó sumergido en el polvo amarillo en medio del callejón, sonriendo sin que nadie lo pudiera ver.
TRAGEDIA
La peste negra, las siete plagas, la destrucción del templo de Jerusalén: todas tragedias que se quedaron pequeñas frente al hecho de que Ruben hubiera llegado a casa sin las dos bolsas de zanahoria, la bolsa de calabazas y el pimiento.
Al ver la indignación de su madre, cualquiera hubiera pensado que Ruben se había olvidado de apagar la estufa y se había ido, o que había dejado la ventana abierta en invierno. Ruben no entendía por qué todo lo que hacía parecía de vida o muerte a ojos de su madre.
—¿Qué estabas haciendo? —preguntó Matilde varias veces, las manos en jarras sobre su cuerpo esbelto, el pelo negro amarrado en una trenza.
Ruben fue incapaz de decir lo que realmente había estado haciendo, pero la verdad era que sólo podía pensar en eso.
—Y me dijo tu papá que te llevaste una de las bicicletas. Te hemos dicho que no son para que andes paseando por ahí —añadió Matilde con tono severo.
Ruben había estado completamente distraído cuando había llegado a casa, sólo pensando en la bicicleta color rojo apagado de Alex. Quería hablar de ella con papá, decirle que Alex había ganado la carrera. Entró a la cocina y agarró un trozo de galleta con mermelada con total inocencia; aun estando allí, no había notado las latas de conserva, ya listas –sólo esperando por las verduras–, que su madre tenía ubicadas en el suelo. “¿Y?”, le había dicho su madre. “¿Y, qué?”, había respondido él.
Oh, Dios. Ruben había olvidado las compras. Ya no podrían empezar a llenar las latas. Todos los inviernos, su madre tenía preparadas decenas de latas de conserva llenas de vegetales y cerezas. En su casa nunca se pasaba hambre. Y hoy su madre “tenía todo preparado”, el mercado había cerrado ya, y seguramente no habría sino sobras.
“No sé qué vamos a hacer con este niño”, escuchaba Ruben desde su cama y “no puedo creer que no trajo la compra” y “es que no está listo”. Su madre lo había enviado a dormir sin postre.
Esta era una situación cotidiana en su vida. A Ruben no le importunaba mucho, trataba de no pensar en ello. De pronto, su padre entró en la recamara. Los dos se observaron a los ojos, y luego sonrieron.
—Papá —dijo Ruben.
Joseph se arrodilló frente a la cama de Ruben.
—¿Entonces? —dijo— ¿qué piensas de la bicicleta?... Espera, le dije a tu madre que mañana volverás al mercado y traerás la compra. Sin falta. ¿Estás de acuerdo, jovencito?
Ruben asintió sin rastro de afectación.
Jaco entró como tromba en la recámara y se tumbó en la cama de sus padres, a unos metros de la de Ruben.
—Hermanito, dicen en la calle que Alex te ganó en las carreras hoy —,mencionó con una mueca de burla.
Ruben se levantó de la cama y salió corriendo hasta la puerta, y luego por las escaleras.
—¿Rudy, a dónde vas? ¡no te deslices por el barandal! —oyó a su madre decir. Bajó hasta el tercer piso contando los escalones, y luego se subió sobre la baranda de madera y se deslizó entre pisos, a toda velocidad, hasta que llegó a la planta baja, donde se sentó en uno de los escalones, recostado contra la pared. Se revisó los bolsillos y sólo sacó pelusas de lana y algunos papelitos arrugados.
La música de la orquesta clásica, que ensayaba en el primer piso de su edificio, sonaba a través de la puerta abierta, por donde se veía a los músicos sosteniendo sus instrumentos. Hoy debía ser día de ensayo de violines, pues había varios músicos ensayando una melodía una y otra vez. Era algo alegre y a la vez desesperanzador, como un final en el que el héroe parte hacia otros rumbos excitantes y nunca lo volveremos a ver.
El director de la orquesta era un hombre flaco de caminar desgarbado, que siempre estaba hablando con los vecinos de “volver la orquesta la primera filarmónica de Plovdiv”, Ruben no entendía cuál era la diferencia, ¿no eran una orquesta ya? ¿No era todo el sentido de una orquesta tocar la música? Y eso ya lo estaban haciendo. El director le hizo una seña de saludo a Ruben, a lo que él respondió con un puchero. Era muy tarde para salir del edificio, y el ático muy lleno de hermanos como para subir.
Ruben siempre había sido su pelota de juego. Era el más pequeño de todos, por muchos años; aún no trabajaba en el taller de bicicletas, y dormía con sus padres. Muchas veces, cuando había sido un día en el cual Ruben había, particularmente, contrariado a su madre, sus hermanos hacían burlas y comentarios que Ruben no entendía, y que no le explicaban por más que les rogara.
Ruben giró la cabeza cuando oyó a alguien bajando por las escaleras. Eran raras las personas que aún estaban en el edificio a esa hora. Era Joseph, su padre, que bajaba con pasos firmes y expresión seria.
—¿Viniste a buscarme? —dijo Ruben, con un tono desafiante.
Joseph se sentó en el primer escalón, sin decir nada. Cerró los ojos; estaba escuchando la música. Después de algunos minutos, Ruben se sentó junto a su padre e hizo lo mismo.
—Tu madre está muy molesta —dijo Joseph, finalmente.
Ruben sólo puso la mirada en el piso.
—¿Piensas subir a dormir a alguna hora? Mañana será un día pesado, tu madre quiere que vuelvas a comprar los víveres y le ayudes a preparar las conservas después de la escuela.
—¿Por qué yo? —se quejó Ruben, levantándose.
—No discutas —dijo en voz baja—. Todo se retrasó, y ahora debes ayudar.
—¡Pero, papá, Jaco o Nisso pueden ayudarle!
—Si te preocupan las carreras en bicicleta o ver a tus amigos, debiste haber traído lo que tu mamá te encomendó. Y necesito a Nisso y a Jaco en el taller. Además, debemos prepararnos para el invierno.
—¡Yo quiero ayudar en el taller! Papá, ya tengo siete años, puedo hacerlo
—Eres muy pequeño, Rudy —Joseph negó con la cabeza.
—¡No!, papá, quiero ayudar.
Dancho, Jaco y Nisso se burlarían de él por tener que quedarse en casa ayudando con las latas de conserva. Llamarían a Ruben “La niña”, por semanas. Cuando Ruben nació, estuvieron convencidos de que sería una niña, así que Ruben había usado pequeños sombreros y botines tejidos de color rosa con encaje durante largos años de su infancia. “Nada se desperdicia” había dicho su madre. Los hermanos de Ruben tuvieron su sana dosis de risas a costa de esto, y se lo recordaban cada vez que tenían la oportunidad.
Joseph volvió a cerrar los ojos.
Ruben torció los labios y se sentó de nuevo, con su batalla perdida.
—¿No te parece una suerte que vivamos aquí? ¿Ah?, ¿Ruben?
—¿Por la música?
—Claro, por la música, pero, también, por todo. ¿Te conté que tu tío Marco hizo este edificio para que lo pudiera usar la comunidad de Plovdiv?
—No —dijo Ruben— … ¿todo, todo el edificio?
—Sí. Tenías apenas seis meses cuando nos mudamos al ático sobre el tercer piso.
—¿Dónde vivíamos antes, papá? —preguntó Ruben con interés, encantado de oír sobre su propio pasado.
—En una casa junto a la sinagoga. Pero llegó tu tío Marco y nos dio esta posibilidad de vivir más cómodos. ¿Te gusta vivir aquí? —preguntó Joseph.
Ruben no podía pensar en una pregunta más obvia. Aun no sabía qué era el amor, pero se lo imaginaba como algo parecido a lo que sentía cuando llegaba a casa con los zapatos en la mano, observaba los techos diagonales y luego se iba a sentar con su madre a comer. O a cuando se quedaba de noche despierto, observando la luna a través de las ventanas triangulares, mientras que sus padres roncaban suavemente en la cama contigua. O a cuando llegaba y había una fiesta dos pisos abajo del ático, en donde a veces se hacían celebraciones, cumpleaños, bodas, brit milot y bar mitzvot; Ruben siempre recibía alguna golosina o un trozo de pastel. Pero lo que a Ruben más le gustaba, eran esos 84 escalones franqueados por la baranda de metal y madera sobre la que se deslizaba cada vez que iba a bajar –cuando su madre no estaba vigilando–. Era como tener su propia pista de obstáculos.
Sí, definitivamente, a Ruben le gustaba mucho vivir allí.
—¡Que no se me olvide! —dijo Joseph, de repente metiéndose la mano en el bolsillo.
Sacó la mano cerrada y la abrió delante de Ruben. Sobre la palma de la mano había la más maravillosa canica: completamente redonda, del tamaño de una bellota grande, verde y amarilla como las limas en primavera, con trazos de azul turquesa como el color de las albercas de la Payasa.
Ruben la agarró de inmediato sin poder reprimir un chillido de emoción.
—¿Dónde la encontraste? ¿La compraste? Nunca había visto una así.
—Ah… ¿Qué te digo? Al taller llegan cosas extrañas, a veces. En fin, anda para arriba, vamos a dormir.
Esa noche, Ruben esperó a que sus padres se quedaran dormidos, sacó la canica de debajo de su almohada y la puso contra uno de los rayos de luz de luna que entraban por la ventana. Se le cerraban los parpados del cansancio, pero quería verla una vez más. Al día siguiente, a primera hora, se la mostraría a Nisso.
PÉRDIDA
Moshe, Alexander y Bogdan se turnaron para sostener la canica en las palmas de sus manos. Moshe, incluso, la puso contra el sol. Alexander se vació los bolsillos y sacó todo lo que tenía: un par de stotinki –Alexander siempre tenía dinero entre los bolsillos–, un caramelo, y tres de sus propias canicas transparentes con tinte azul y rayas rojas; ninguna tan grande como la de Ruben.
—Te cambio los dos stotinki por la canica amarilla.
Ruben miró a Alexander como si lo estuviera viendo por primera vez, por unos segundos. Los otros niños se mantuvieron quietos, con los ojos clavados en la negociación, apenas capaces de no dar pequeños brinquitos por la excitación.
Ruben salió esa mañana muy temprano y llegó hasta el mercado cuando los puestos aún se estaban montando. Hacer esto no le había dejado tiempo de ir en bicicleta; el taller de su padre aún estaba cerrado cuando había salido. De modo que Rudy compró todos los víveres –y algunas otras cosas que su madre le encargó de último minuto– y los había cargado escaleras arriba para antes de la hora de ir a la escuela. Todavía tenía las marcas de las bolsas de tela en los brazos.
Su madre apenas había tenido tiempo de descargar, cuando Ruben ya estaba de nuevo saliendo por la puerta, ansioso por mostrarle el nuevo tesoro a sus amigos.
—Estás loco —dijo Ruben, con una sonrisa —esas monedas no valen ni la pintura de esta canica. Nunca te la daré.
—No creo que usen pintura en las canicas…—dijo Moshe.
Ruben tomó la canica de nuevo y se la metió en uno de los bolsillos.
—Te digo qué —dijo Alexander—, juguemos a las carreras, el que gane se queda con la canica.
—¿Y el que pierda? —preguntó Bogdan
—Eso no importa —interrumpió Rudy— de todas formas, no traje bicicleta.
—Anda Rudy —dijo Alexander con voz persuasiva—. ¿Quién dijo que necesitas una bicicleta para ganarme? Pensé que eras el corredor más rápido, o, por lo menos, eso es lo que dices todo el tiempo.
Ruben dio un paso hacia atrás entre confundido y ofendido. Alexander interpretó esta respuesta como quiso y en menos de un segundo ya estaba montado en su bicicleta, dejando una estela de polvo tras él. Antes de que poder reaccionar propiamente, Ruben ya estaba corriendo.
No veía nada, y sus dedos desnudos se enterraban constantemente entre la tierra mojada por la neblina mañanera. Por un momento, mientras corría, olvidó por qué lo hacía, y se entregó a la velocidad y al viento, extendió los brazos.
Por segundo día consecutivo, Ruben perdió las carreras.
MISIÓN
—¿Qué miras, niño? —preguntó Nisso cuando llegó a casa ese día y encontró a Ruben clavado en la ventana, mirando hacia afuera, con el cejo fruncido y la lengua afuera, como si estuviera sumando cifras de tres dígitos.
—Las albercas de la Payasa —respondió Ruben sin mirarlo.
—¿Aún con eso? Nunca te van a dejar entrar.
—Si no me meto, Alexander no me devolverá la canica de papá —dijo Ruben, ahora mirando con ojos húmedos a Nisso—. ¿Me ayudarás?
—¿Estás loco, Rudy? Y, ¿cuál canica?
—La que me dio papá, te la iba a mostrar, pero… no importa. Alex me la devolverá si logro meterme en una de las albercas de la Payasa.
Nisso se acurrucó al lado de la ventana con Rudy, lo despelucó y luego se quedó mirando hacia afuera, después de dar un largo suspiro.
—La verdad es que el balneario se ve un poco vacío en estos días. La Payasa vino el otro día a hablar con papá y le dijo que no tenía ni una sola reserva para el otoño. Y los pedidos en el taller también han bajado... Mis amigos de la escuela dicen que se viene alg…
—¿Estás seguro? —preguntó Ruben casi gritando, saltando de la emoción—. Entonces la Payasa no tendrá problema en dejarme entrar, digo, si no tiene reservas, o tal vez papá ahora pueda pedirle permiso, ¿tú qué crees, Nisso?, ¿ah?
Al día siguiente, Ruben no salió a ver a sus amigos. Resolvió que no saldría hasta poder recuperar su canica. Pero, más importante que eso, estaba enfocado en sumergirse en una de las albercas a como diera lugar; haría lo que fuera, hablaría con su padre, o iría el él mismo a engatusarla. La payasa siempre había querido a Ruben y a su padre, o, al menos, eso era lo que decía. Siempre que Ruben se la encontraba, ella le pellizcaba los cachetes o le daba caramelos.
Matilde pasó varias veces detrás de Ruben, que seguía como pegado al marco de la ventana, analizando por donde podría colarse, imaginando el agua fresca que se estamparía en su cara cuando se lanzara “de bomba” como veía hacer a los otros niños que espiaba desde la ventana.
En la tarde, después de la escuela, se decidió a hablar con su padre para que lo dejaran entrar. Iniciaría por las vías “razonables” y luego, si esto no funcionaba, se colaría, y punto.
Cuando estaba a punto de deslizarse por la baranda de la primera sección de escaleras, alguien lo agarró por el cuello de la camisa.
—Jovencito, debes ayudarme con las latas de conserva. Y te he dicho que bajes los escalones como una persona normal… y que te pongas zapatos.
—¡No! —sólo gritó Ruben, tratando de zafarse como un pez recién ensartado.
—Claro que sí, Ruben, que deben quedar selladas hoy, además, algo estás tramando, ¿verdad?
La madre de Ruben siempre tuvo un olfato inaudito para prevenir una travesura.
Cuando era más pequeño, Ruben había convencido a todos sus amigos de cavar un hueco en el arenero del jardín de niños, según él, porque si cavaban lo suficiente, encontrarían el mar. Así, cuando la maestra se dio cuenta, había un hoyo enorme en medio del arenero, un montón de arena y tierra regada por todas partes en el jardín y cinco niños sucios a los que se les tuvieron que limpiar los ojos con agua a presión. Ese día, extrañamente, Matilde había estado en el jardín de niños más temprano de lo necesario; era ella misma quien le había avisado a la maestra que los niños estaban haciendo un desastre.
Era una suerte para Matilde que el jardín de niños quedara justo abajo del edificio de Ruben. Así, cuando se portaba mal –que, según Matilde, era a menudo–, la maestra solamente salía al patio y gritaba “¡Señora Matilde!”. Pero, ahora que Ruben ya no iba al jardín, su mamá no podía vigilarlo todo el día.
Entre los amigos de Ruben se contaban historias épicas sobre sus travesuras. Ruben nunca pensaba en esto, sólo hacía lo que sentía que debía hacer en el minuto que lo quería hacer, y así vivía su vida. Y ahora su misión era meterse en una de esas albercas, y no había pensado en nada más durante días.
Cuatro días. Cuatro infames días, Ruben tuvo que aplazar su plan. El viernes, tuvo que ayudar a su madre con las latas de conserva, a meter los víveres y a sellarlas sin dejar aire adentro. Todo el día, su madre no le permitió salir. Los minutos se arrastraron como un aceite negro que nublaba la esperanza de Ruben, que sentía que se ahogaba cuando no podía salir, daba pequeños brinquitos y se quejaba por todo, como si su casa le diera comezón.
El sábado y el domingo no hicieron la diferencia. Se celebraría una boda en el segundo piso y Matilde se había comprometido a hacer la comida. Ruben tuvo que ayudar con esto también; incluso Nisso y Dancho dejaron el taller de bicicletas para venir a ayudar con la preparación del evento, que era para cuarenta personas, aunque Ruben contó más de 50.
—Mamá, estoy cansado. ¿Puedo salir? —se quejó varias veces.
Pero su madre no tenía tiempo ni de respirar. La casa era un hervidero de prisa y productividad.
—Si estás tan cansado, vete a dormir —respondía Matilde, sabiendo que lo que Ruben quería era salir.
El domingo, Ruben pasó todo el día con su padre, ayudando al maestro del primer piso a afinar el piano. La mayoría del tiempo, Ruben sudó por el temor de que su padre le preguntara por el paradero de la canica, y la otra mitad imaginándose cómo se lanzaría en la alberca de la payasa. Tenía tanto miedo de explicarle a su padre lo que había pasado, que no dijo más de tres palabras seguidas en todo el día. Joseph, incluso, le puso la mano en la frente varias veces
—No vaya a ser que estés enfermo —le dijo. Ruben no recordaba un día en el que hubiera estado más callado.
UN HILO DE COLOR ROJO
Bogdan y Alexander reían. Moshe los miraba con la cabeza ladeada. Ruben apretaba los puños; tenía las mejillas rojas y sudor en la frente. Era un día frío y el viento era tan fuerte que silbaba a través de los callejones.
La Payasa había decidido cerrar antes la temporada, por cualquier razón. Moshe escuchó que cubrirían las albercas ese mismo día.
Ruben no dijo nada cuando se lo anunciaron.
—Dijiste que la conocías y que te dejaría entrar —comentó Alexander, teniéndose el estómago como si le doliera de tanto reír.
—Ya será hasta el otro año, aunque nunca lo vas a lograr —lo secundó Bogdán.
—Está bien, no importa, me dejarán entrar en la primavera —dijo Ruben, indiferente—. ¿Y, saben? Ya no puedo estar con ustedes hoy.
Se giró y empezó a correr en el sentido contrario, hacia su casa.
—¡Rudy! —Moshe gritó. Pero Ruben no se detuvo.
Antes de llegar a casa, vio que las puertas del balneario estaban abiertas de par en par. Ruben se acercó cautelosamente, como si tan sólo eso fuera un delito. Asomó la cabeza. El corredor de entrada estaba desierto. De pronto, unos hombres pasaron a su lado cargando rollos de lona. Ruben saltó al verlos, pero ellos ni notaron la presencia de un niño descalzo.
Ruben resolvió entrar y caminar como Pedro por su casa. Al terminar el corredor, sintió que se le paraba el corazón. La Payasa estaba justo allí, frente a las albercas, fumando un cigarrillo largo y dando indicaciones con muchos movimientos de las manos.
—¡Rudy! —dijo al verlo.
Ruben no perdió tiempo. Se echó a correr hacia el segundo piso del edificio, atravesó los corredores y giró como un bólido por las esquinas de los balcones. Cuando estuvo frene a la alberca principal se encaramó como un gato en la cornisa del balcón, observó la alberca y sus aguas tranquilas, que se extendían como joyas brillantes bajo el sol; el viento amenazó con tumbarlo, pero él pudo más. Extendió los brazos y sintió como si pudiera volar. Dejó de parpadear.
—¡Rudy! ¡No! —oyó por entre los silbidos del viento.
Ruben observó el agua clara que parecía estar a kilómetros de distancia, y se dejó caer.
Así se debía de sentir el cielo: como una red invisible que te acaricia, que te sostiene, y que a la vez te deja pasar.
Lo primero que sintió fue el agua entrado a borbotones por su nariz, luego, un ardor en el pecho que le impidió respirar y, después, el más extraordinario dolor que se extendió por su cuerpo. Vio un hilo de color rojo que se mezcló con el agua azul; Ruben pensó que se parecía a las canicas azules y rojas de Alexander.
CAPÍTULO 2UNA ESTRELLA AMARILLA
Plovdiv. Junio de 1941.
El cielo era azul, pero era como si Joseph lo viera gris. Las plantas y las flores y los pájaros, todo había florecido de nuevo, pero era como si Joseph no lo supiera, como si se negara a aceptar el sol, la primavera y el verano.
Ruben se preguntaba por qué esta pequeña estrella que sostenía entre sus dedos, pequeña y amarilla, hecha de alguna basura que había estado ayer tirada en el piso del mercado, significaba ahora tanto para ellos; por qué su padre la miraba como si le doliera el estómago, como si hubiera sido una mosca en medio de su sopa.
—Dámela ya, Rudy —le dijo su padre sin mirarlo, mientras se abotonaba la última parte de la camisa, de abajo hacia arriba. Últimamente, el padre de Rudy acostumbraba a hablar sin mirarlo. Rudy estaba sentado en el borde de la pequeña cama en la que dormía, junto a la de sus padres. Anoche los había escuchado hablar en susurros, pensando que Ruben dormía.
Ruben tenía clara una sola cosa: Esa estrella amarilla significaba malas noticias. Y cambio, mucho cambio. Eso decía la gente en la calle “las cosas van a cambiar”. Ruben no sabía lo que significaba el cambio, no encontraba base alguna en sus recuerdos para imaginarlo, pero lo asimilaba como algo conceptual, que no había comprobado aún, como la apariencia real del color turquesa.
Al parecer, el cambio era algo peor que la llegada de los Reyes Católicos. La abuela de Ruben, Zimbul, hablaba mucho de eso: que al parecer había sucedido hacía muchísimos años y fue una tragedia terrible; nadie ponía mucho cuidado a lo que decía la abuela Zimbul, en principio porque insistía en hablar un idioma distinto al búlgaro, pero a Ruben le gustaba sentarse con ella y agarrarle las manos, siempre heladas como un bloque de hielo.
“Peor ke los reyes de España” decía ella con su acento extraño, las arrugas profundas en el entrecejo, y Ruben se imaginaba el cambio como un gran monstruo blanco con corona de fuego que instalaría una noche eterna que permanecería en invierno, como contaban las leyendas búlgaras… no como una estrella amarilla hecha de los restos de cualquier botón viejo.
FURIOSA
Plovdiv. Noviembre de 1940.
Ruben se levantó de la cama y el mismo dolor le recorrió desde el pie hasta la cabeza. El mismo que venía sintiendo hacia tres días, desde que había caído en una de las albercas a medio vaciar de la payasa. Siempre olvidaba que no podía poner el pie en el suelo, hasta que sentía el dolor.
Aún podía oír los gritos ensordecedores. ¡Rudy! ¡Rudy! El olor del perfume de la Payasa y la visión de su colorete embarrado, mientras lo sacaba de la alberca y lo acunaba en sus brazos. Ruben no lloró; le dio vueltas la cabeza y le ardieron los pulmones. No era así como había pensado que se sentiría sumergirse en una alberca, y el agua turquesa había probado ser tan plana como todas las demás.
La rodilla le palpitaba como si el corazón, con el golpe, se le hubiera trasladado allí. Ruben no perdió el sentido; nunca se desmayaba, por más fuerte que fuera el golpe; esto le daba un poco de orgullo. No había perdido el sentido incluso cuando se rompió el párpado al golpearse contra una esquina que había salido de la nada en el taller de su padre. Esa vez el dolor fue distinto: punzante, rojo, líquido. Su padre lo había alzado aquella vez, sin gritos.
Su madre entró en la recámara, apurada, como siempre. Al ver que Ruben se había levantado, el cuerpo se le volvió rígido y se cambió la trenza del hombro izquierdo al lado derecho. Siempre hacia eso cuando quería ignorar a alguno de sus hijos.
Buscó unas cosas en el armario, refunfuñando, luego pareció encontrar lo que quería, se irguió, se inclinó sobre la camita de Ruben y, sin mirarlo, le tocó la frente. Hizo un gesto de aprobación y se fue por donde había venido.
Ruben pensó que había cerrado la puerta con más fuerza de la necesaria. Afuera, la casa era la misma, con los ruidos cotidianos, su madre cocinando, la abuela Zimbul oyendo la radio.
Ruben se levantó y agarró la muleta que su padre le había improvisado. Tembló de dolor cuando la puso bajo su brazo. Ya no sabía si le dolía más la axila o la rodilla.
Apoyar el pie era impensable. Tenía la rodilla vendada y entablillada en un “ángulo de 75 grados” como había dicho el doctor Nadezdha.
El primer día intentó bajar un par de escalones, para salir a la calle, incluso, Moshe fue a ayudarle.
La madre de Ruben sacó a Moshe de la casa casi a punta de escoba cuando los vio intentando salir por la puerta, no sin antes meterle a Moshe un par de pasteles en los bolsillos “para tu madre” había dicho con tono muy severo.
Luego le dijo a Nisso que ayudara a Ruben a sentarse en la mesa del comedor en la cocina, todo sin mirar a Ruben a los ojos.
Ruben estaba seguro de que su madre estaba “furiosa” con él. Al principio ni siquiera lo había notado, pero Nisso le había hecho ver que Matilde no le hablaba, ni lo miraba, ni se acercaba a él más que para tomarle la temperatura de la frente y cambiarle los vendajes de la rodilla, los cuales los primeros días estuvieron completamente rojos en cuestión de horas.
Ruben no había confirmado la actitud de su madre sino hasta que Jaco le aseguró durante la cena, con la boca llena de pan, que, efectivamente, Matilde estaba “furiosa”, “iracunda”.
Y, francamente, Ruben no sabía qué hacer con esta información. Se llenó de valor y apoyó la axila contra la madera de la muleta. Salió con dificultad y se instaló en el mismo sitio en el que había pasado los últimos tres días, mirando hacia afuera, examinando los techos rojos, contando los pájaros, escrutando los árboles cuyas hojas parecían caer con igual lentitud que el paso del tiempo.
Ruben puso la barbilla contra el marco de la ventana, y se alistó para pasar los tres meses –aproximadamente, había dicho el doctor– de su condena.
EL CAMBIO
La madre de Moshe apareció con una cazuela al día siguiente, a eso de las nueve de la mañana.
Ruben estaba aún terminando el desayuno cuando ella había llegado. Moshe estaba en la escuela.
Ruben la interrogó hasta donde pudo.
—Señora, ¿sabe si Moshe ganó a las carreras ayer?
¿Qué le dijo? ¿Sabe si Alexander está usando bien la bicicleta? Porque a veces se le sale el pie del pedal, y lo único que va a lograr con eso es rayarla.
—Jovencito —dijo Matilde. Ruben se quedó tieso. Era la primera vez que su madre le hablaba directamente en cuatro días—. Esa no es manera de hablarle a los mayores. Deja en paz a la señora.
Y luego se giró y, con la sonrisa más dulce dijo:
—María, ¿ya desayunaste? ¿Quisieras una infusión y un pedazo de patatnik? Lo acabo de hacer…
—Me encantaría, Matilde, pero, vine a agradecerte por lo que me enviaste ayer con Moshe.
A Matilde se le descompuso la cara y se giró, como si, de repente, hubiera mucho oficio en la cocina. Se ocupó con la infusión de fruta, buscó las servilletas en todos los cajones incorrectos antes de encontrarlas y se demoró cortando el trozo de pastel de patata, como si se tratara de cirugía y no de repostería.
—Las cosas... es decir, ¿el padre de Moshe aún no tiene trabajo? —preguntó mientras hacía todo esto.
María negó con la cabeza sin decir nada. Matilde tuvo que girarse para ver la respuesta.
—Nadie quiere contratarlo —dijo María, finalmente, con los labios apretados, lo que hacía que las as le sonaran como us— Tú sabes por qué —dijo.
—¿Por qué? —intervino Ruben, que había estado concentradísimo observando el intercambio.
Cada día se interesaba más por las cosas cotidianas de la casa que antes le habían parecido nimiedades. El sonido de la lluvia sobre la ventana: como iniciaba y luego se hacía rápido, sin orden aparente; la vista de la ciudad, desde donde podía verlos a todos, pero nadie a él; pero, sobre todo, las conversaciones de las personas que a menudo venían a visitar a su madre, y a hablar sobre “el cambio”.
Cada día, Ruben se hacía una idea más clara de lo que era el cambio. El cambio era que al padre de Moshe lo hubieran despedido del trabajo. Que la mezuzah de Rachel y Pablo Dalven hubiera aparecido pisoteada en el barro frente a su casa; que, de repente, no te dieran dinero en el banco; y que no pudieras casarte con la mujer que querías.
Matilde se sentó en la mesa y miró a Ruben:
—Rudy, ¿por qué no vas a sentarte junto a la ventana?
NUESTROS TANQUES
El doctor Nadezdha iba a visitar a Ruben una vez a la semana. Matilde le cambiaba los vendajes todos los días a la hora de la comida y antes de dormir, hasta que la herida sanó.
A Ruben le encantaba mirar la cicatriz morada y sentirla con el dedo índice. Era suave como la panza de los cachorros recién nacidos; tocarla ya no le dolía para nada.
Apoyar el pie... bueno, eso era otra cosa. Se fracturó la rodilla al caer sobre el fondo de la alberca norte del balneario, y el doctor había recetado tres meses de “absoluto reposo”.
Al principio, Ruben lloró todos los días; la cara se le hinchó entre mocos y lágrimas saladas, como un preso de cadena perpetua.
—Nisso —rogaba— dile a mamá que me deje salir.
Era como si, en su mente, fuera su madre quien le impidiera poner un pie fuera de la cama.
Un día, Nisso había vuelto a la recámara con una sonrisa torcida.
—Dice mamá que se cansó de tus quejas y puedes salir.
Ruben nunca se había sentido tan feliz, sólo cuando su padre le armó su primera bicicleta, pero, aun así, este momento se acercó mucho a la completa felicidad. Se apresuró a levantar la manta que le cubría las piernas y a bajar el pie sobre el piso de madera.
Hasta allí habían llegado sus sueños de libertad. Pronto se dio cuenta de que no era su madre quien lo retenía en cama, sino esa mugrosa rodilla que se le había quebrado en pedazos cuando cayó en la alberca. ¿Una alberca sin agua... a quien se le habría ocurrido? Ruben sentía más rabia contra sí mismo cada mañana que pasaba.
Un día se levantó de mal humor, agarró la muleta, la puso con violencia bajo su axila, y salió a la sala dando tumbos, refunfuñando: un día más en el exilio.
Cuando salió a la pequeña sala, la encontró llena con su padre, todos sus hermanos, el doctor Nadezdha, su madre y un par de vecinas, oyendo la transmisión alrededor del radio Aga que su tío Marco les había traído el año pasado.
“Aqui vienen, gloriosos y dignos a la tierra de la Dobruja Dorada –nuestros vehículos de batalla– nuestros tanques. Las personas están emocionadas, batiendo sus manos al aire.
La visión de estas bestias de acero que se arrastran sobre el suelo es gloriosa y espectacular. Queridos radioescuchas, hoy están oyendo nuestra transmisión final desde la región liberada de Dobruja. Más de 15 días de manifestaciones llenas de alegría...”
El padre de Ruben se giró para verlo. Ruben se acercó a la ventana. Afuera parecía que había estallado una fiesta; podía oír el eco de decenas de radios en el mismo dial.
“Dobruja siempre ha sido y permanecerá la cuna del pueblo Búlgaro...”
Afuera, el viento sacudía las copas de los árboles, de alguna forma imitando el ánimo de la ciudad; el ambiente empoderado y a la vez enrarecido de unas nubes pesadas se instaló en el cielo. Adentro, Joseph se veía como si tuviera el corazón en la garganta y el estómago en los pies, como si el mundo como lo conocía hubiera justo cambiado de orden.
—Vamos, Rudy —dijo Joseph—, te ayudaré a bajar al primer piso.
Ruben perdió de vista de inmediato las caras de todas las personas que estaban en su casa.
—¿Lo harás, papá?
Entre Dancho y Joseph bajaron a Ruben a través de los 84 escalones hasta la puerta de la entrada del edificio, donde Ruben fue más que feliz de sentarse en la banqueta a observar con ánimo a las personas que pasaban vitoreando a nombre del Rey Boris Tercero y del magnífico Filov.
Moshe vino a acompañarlo. Juntos vieron como algunos compañeros de la escuela pasaban corriendo y agradeciendo algo que Ruben no entendió.
Ruben no sabía quién era el tal Filov, ni qué tenía que agradecerle; a duras penas sabía que el Rey se llamaba Boris. No reparó en los gritos de algunas personas ni en el silencio de las otras. Ruben se sentó al borde del Camino a jugar con sus canicas.
Cuando el cambio llegó, no fue en forma de monstruo que escupía hielo: inminente, violento, rotundo, indudable. El cambio llegó sutil, como el viento que sacudía las hojas de los árboles: sigiloso, sibilante, devastador y letal.
¿A DÓNDE?
—Escúchame, Joseph. Hitler está tomando Europa. Está apropiándose de los territorios como si fueran galletas. ¿Sabes qué pasó en Sofía? Hubo bailes, Joseph, ¡bailes! En las calles, frente a mi casa. Y tuvimos que salir y poner nuestra mejor cara, como si no supiéramos lo que esto significa. Allí estaban esas mujeres con sus faldas blancas como un maldito carnaval. El Rey Boris de repente es el Rey unificador y Alexander Belev será el nuevo secretario para la “cuestión judía”. ¡La cuestión judía! ¿Qué quieren decir con esto? ¿Joseph, sabes? Que Alemania nos ha sobornado con tierra sin que nuestro ejército haya puesto un solo pie en la región.
El tío Marco gritaba en la habitación contigua. Ruben podía verlo por la puerta entreabierta. La cara roja, las mejillas como si estuvieran a punto de explotar, hablaba con tanta pasión que pequeñas gotas de saliva se le escapaban de la boca y le caían a su padre en la superficie del chaleco.
Joseph escuchaba moviendo la cabeza de un lado al otro.
—Marco —dijo Joseph con la expresión tranquila, casi burlona de quien tranquiliza a un niño que ha tenido una pesadilla en medio de la noche: “No es verdad”, “ya pasó”—. Estás exagerando. Tienes una posición muy buena en Sofía. El Rey Boris jamás dejará que Alemania se inmiscuya en las políticas de estado. Y, Alexander Felev… nunca he escuchado de él.
—Belev —corrigió Marco—. Dios mío, Joseph, ¿tengo que recordarte el acuerdo que firmamos? Bulgaria escogió un bando, y no es un bando que nos protege.
El tío Marco era un tipo alto e imponente, de ojos claros y penetrantes, que siempre vestía de traje con zapatos brillantes y hablaba como si no hubiera discusión para lo que decía. Ruben siempre estaba encantado de ver a su tío, que había llegado temprano aquel día y había irrumpido en el ático sin siquiera tocar a la puerta, con el semblante pálido y seco, como si no acabara de subir 84 escalones de un solo tirón.
Fue directo a la habitación en donde Joseph se terminaba de vestir. No había nadie más en casa aquel día. Eran sólo Ruben y su padre. Ruben había estado en su puesto habitual: lisiado, escrutando la ciudad a través de la ventana.
El tío Marco no había reparado en Ruben. Había entrado en la recámara y dijo:
—¡El bulevar Evlogi Georgiev ya no existe! ¡No existe, Joseph!
Ruben saltó en una sola pierna y se situó junto a la puerta, hacia donde su padre lo había mirado de reojo con esa expresión que quería decir “no digas nada”.
—¿Qué quieres decir? —respondió Joseph sin dejar de abotonarse la camisa ni demostrar sorpresa por la apurada llegada de su hermano.
—Que ahora se llama la calle “Adolf Hitler”, ¡de la noche a la mañana!
A Ruben no le hacía sentido nada de lo que oía. El Rey Unificador había traído los territorios perdidos a la patria. Eso era lo que se escuchaba en las calles según Moshe, quien venía casi todos los días a acompañar a Ruben y, de vez en cuando, a hacer mandados para Matilde.
—Estoy seguro de que no es tan grave como dices, Marco. Aquí en Plovdiv las cosas seguirán igual, las personas aún necesitan quién les pegue las suelas de los zapatos en invierno y quien les aceite las bicicletas en la primavera. Además, ¿qué podemos hacer? —dijo Joseph con tono calmado.
—Eso no es así, y lo sabes. ¿Piensas que es casualidad que el doctor Nadezdha haya tenido que cerrar su práctica? Qué digo, si prácticamente lo obligaron. ¿Piensas que las leyes para la defensa de la nación nunca se van a poner en práctica? ¿Y, qué podemos hacer? Te diré lo que voy a hacer; voy a recoger todo mi dinero antes de que sea demasiado tarde, y tú deberías hacer lo mismo. Voy a tomar a mi familia y me voy a ir —respondió de vuelta Marco.
Al oír esto, Joseph se sentó en la cama y, por primera vez desde que había llegado su hermano, dejó las manos quietas.
—Eso lo harás tú. Porque puedes, y, por favor, hazlo. Pero Plovdiv es nuestro hogar, y no nos iremos a ninguna parte. Y, además, irte, ¿a dónde?
—Para Turquía —dijo Marco.
NO PODRÍA HUIR
Ruben no sabía qué hacer con toda la información obtenida de su padre y de su tío. No se lo diría a ninguno de sus hermanos, quienes seguramente se burlarían de él por no entender nada. Después de esa conversación extraña, no se movió del marco de la puerta. Su tío pasó como una ráfaga sin despelucarle el pelo, como si Ruben no estuviera allí. Antes de salir por la puerta, Marco gritó con tono severo:
—Rudy, ¿cuándo te quitarán esas tablillas?
—¡Aún no lo sé! —gritó Ruben de vuelta. Y su tío salió con un portazo.
A continuación, Joseph salió de la recámara completamente vestido, serio, masticando su labio inferior como hacía siempre que pensaba algo. Ruben conocía su vestimenta; era la que siempre usaba para ir a pescar al rio Maritza.
—Adiós, papá —le dijo Ruben.
Joseph se giró e hizo el amago de una sonrisa.
—Algún día irás conmigo. Y no te preocupes por lo que dijo tu tío Marco —Joseph se quedó callado, y luego añadió como si fuera para sí mismo—. Es el presidente del B’nei B’rith, a él no le puede pasar nada.
Ruben se quedó completamente solo. Todos los otoños el padre de Ruben pescaba en el rio Maritza enormes peces, Palamidas del Bósforo, los cuales luego descabezaba y dejaba colgando del techo engarzados en ganchos, para que escurrieran la grasa. A los hermanos de Ruben les encantaba asustarlo con las bocas de los pescados, pero Ruben nunca se espantaba o al menos nunca demostraba su espanto, y se preciaba de eso.
Su juego favorito era untarse el uno al otro con la grasa asquerosa que caía en los botes metálicos que Matilde situaba debajo de los pescados colgados. Este año, Ruben no podría huir.
Se preguntó cuándo podría caminar de nuevo. La rodilla no le dolía tanto como al principio y los techos rojos de Plovdiv empezaban a recibir los primeros copos de nieve.
EL SOLDADO
Plovdiv. Febrero de 1941.
El día que Ruben pudo caminar de nuevo, fue el mismo día que aparecieron las primeras campañillas de invierno, que ese año fue más temprano que tarde.
Ruben había estado observando detenidamente a la evolución de la nieve en la tierra debajo de su edificio. Las kokishes aparecieron ese día sin previo aviso, así como el doctor Nadezdha, quien se aparecía en casa todos los días como si no tuviera nada más que hacer.
Ruben podía correr, apoyar el pie, bailar y saltar. Los kokishes anunciaban el final del invierno sin duda alguna, y también el final de su encierro. ¡Qué horribles fueron todos aquellos días! Hanukkah fue una pesadilla; sus hermanos habían estado ausentes en el taller o demasiado amargados para jugar con él. Los pescados se habían escurrido por completo sin que a Ruben lo hubieran perseguido para ponerle una sola gota de grasa; y ni siquiera había podido ir a visitar las decoraciones de navidad que sus amigos instalaban en sus casas. A Ruben siempre lo invitaban a decorar el árbol, o él simplemente se aparecía. Moshe había dicho que la decoración de ese año en la casa de Alex había sido “simplemente espectacular”. El pobre de Moshe era un niño sensible, Ruben estaba seguro de que exageraban.
Después de apoyar el pie un par de veces, como prueba, y de ver que no le dolía la rodilla, se aventuró a la terraza, aprovechando que sus padres estaban encerrados en la habitación discutiendo.
Al salir, un frío extremo le pegó en la nariz como si hubiera sido un puño. Tiritando, buscó con los ojos para encontrar su trineo. Aún había nieve en las calles; seguramente podría echarse una o dos veces desde cualquier colina, y hasta apostar unas carreras.
Aguzó el oído para asegurarse de que sus padres seguían en la recámara: Matilde jamás lo dejaría salir a aventurar con el trineo, no estando tan reciente su recuperación.
—Joseph, ¿qué vamos a hacer? —dijo Matilde. A Ruben le pareció que su madre sonaba un poco resfriada. Su madre nunca se resfriaba.
Su padre no respondió nada.
Ruben se metió sigilosamente en el departamento, por la ventana, con el trineo a cuestas. Lo cargó hasta la entrada del piso y se le hizo extremadamente pesado: esos meses de exilio habían pasado cuenta a su físico.
Una vez afuera, cerró la puerta con cuidado y arrastró el trineo cuesta abajo por las escaleras, con una sonrisa de oreja a oreja. Si por él hubiera sido, se hubiera lanzado él mismo con trineo y todo hasta el primer piso. Pero su madre no le hubiera perdonado que hiciera un daño en las paredes.
Moshe, Bogdan y Alexander se sorprenderían mucho de verlo. Seguramente, Alex tendría una pizca de honor y, al verlo, boquiabierto, le devolvería la canica amarilla.
Ruben se estaba imaginando esto, y arrastrando su trineo, cuando se estrelló de frente con lo que pensó era una columna que alguien había situado erróneamente durante el invierno, en medio del descanso de la escalera entre su casa y el tercer piso.
—¡Cuidado, niño! —dijo la columna.
Ruben lo observó de abajo a arriba, impresionado. Traía botas negras brillantes, que le cubrían el pantalón hasta la rodilla, uniforme oscuro, completamente cerrado con botones dorados y lustrosos, grabados con escudos de armas. En la solapa, un pin brillante en forma de cruz negra, sobre un cinturón con una hebilla enorme. El hombre tenía ojos oscuros y penetrantes, y usaba una especie de boina.
Ruben no dijo nada. Jamás había visto una persona parecida en su vida. Sabía –no– estaba seguro, de que se trataba de un soldado, pero nunca había visto alguno parecido.
Ruben se sintió confundido cuando el hombre puso la rodilla derecha sobre el suelo y lo miró a los ojos.
—¿Qué tenemos aquí? —dijo con un acento extraño que salió de su boca sonriente, Ruben a duras penas pudo entenderle.
—Soy Rudy —respondió con el ceño fruncido—. Vivo en el ático con mis papás y mis hermanos.
El soldado dio una mirada más extensa a Ruben. Se levantó un poco y le miró la cabeza, luego, lo agarró por los hombros y lo giró de un lado para otro. A Ruben le dio la impresión de que también le había mirado las orejas.
Ruben no era de quedarse quieto mientras un extraño lo examinaba. ¡El doctor Nadezdha decía que jamás se quedaba quieto, como si siempre lo estuvieran picando las abejas! Pero algo, Ruben no supo qué, le dijo que se quedara quieto.
—Bien, Rudy, mucho gusto de conocerte —dijo el extraño extendiendo la mano—. Soy Leon Fynn, oficial del ejército alemán.
Ruben observó la mano que se mantenía firme en el aire, enguantada en cuero negro. Entonces se echó a correr escaleras abajo, lo más rápido que pudo, incluso sin el trineo, sin contar los escalones, hasta que se encontró en la salvedad de las calles de Plovdiv, que había conocido durante toda su vida.
UNA ESTRELLA AMARILLA
Plovdiv. Junio de 1941.
Parecía que en la calle nadie más había oído el término: “La ley para la defensa de la Nación”. Nadie más que Ruben. Él tenía al tío Marco, quien había venido acuñando la frase desde el verano pasado. Pero había pasado casi un año y no sucedía nada. Ruben no veía el cambio que le aseguraon que vendría.
El tío Marco lo había advertido a gritos, por teléfono y por carta. Matilde pensaba que era una suerte que el hermano de su marido se moviera en las altas esferas del Gobierno en Sofía, pero, hasta ahora, Ruben no entendía por qué su madre pensaba esto. Ruben sólo asentía cuando lo escuchaba. Por su lado, veía a su padre más amargado cuando hablaba con su hermano Marco, ¿cuál era la suerte allí?
Cuando Ruben pensaba en Sofía, la capital, se imaginaba a los personajes de los cuentos fantásticos; príncipes y princesas vestidos de gala y bailando al ritmo del vals, no de los acordeones que solían animar las fiestas que hacían en el segundo piso de su edificio. No, en su cabeza, Sofía no tenía nada que ver con Plovdiv, y nada de lo que pasara allí, ni en la mansión de su tío Marco, podría afectarlos.
Entonces, de repente, un día, Ruben despertó y todo el mundo sabía qué era La Ley para la defensa de la Nación, y muchos estaban furiosos, en contra de ella, enviando cartas al gobierno, y otros tantos no decían nada, absolutamente nada sobre el tema, y habían seguido sus vidas como si nada.
La vida de Ruben se sentía diferente, ¿sería éste el cambio?, ¿pero acaso el cambio no sucedía de un minuto para el otro, como un mazazo en la cabeza? –Así describía su madre las cosas que llegaban de la nada, de sorpresa. “Su hija ha decidido casarse, así, como un mazazo en la cabeza” o “Su padre ha muerto de la nada, ni siquiera estaba enfermo, así, como un mazazo en la cabeza” –.
En primer lugar, el segundo piso ya no era un salón de fiestas. Oficiales alemanes se habían instalado con todo y escritorios, y ya nadie iba de visita a la casa de Ruben.
