A la deriva en el Nilo - Naguib Mahfuz - E-Book

A la deriva en el Nilo E-Book

Naguib Mahfuz

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«El narguile prosiguió su ronda melodiosa e incandescente. Un halo de mosquitos giraba alrededor de la lámpara de neón. Fuera del balcón, la oscuridad se había instalado y en el Nilo solo aparecían formas geométricas regulares e irregulares reflejadas por las farolas de la calle en la otra orilla y las ventanas iluminadas de las casas flotantes.» A la deriva en el Nilo, hasta hoy inédita en español, se publicó por primera vez en 1966, y en ella el premio nobel Naguib Mahfuz escenifica el desarraigo de la cosmopolita clase media egipcia. Anís Zaki, su protagonista, es un funcionario aburrido que todas las noches acoge en una casa flotante en el Nilo a un grupo variopinto de amigos cínicos y desencantados para compartir una pipa de agua llena de kif. Se trata de una novela de tintes oníricos y nostálgicos que podría definirse como un pequeño y elegante drama existencial. La casa flotante representa una isla permisiva, una huida de la vida real, en la que Anís marca el paso de una noche a otra, cuando él y sus amigos de treinta y tantos se reúnen para mantener conversaciones interminables y sin rumbo sobre la sociedad egipcia, la política y la religión que hoy resultan sorprendentemente actuales.

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Seitenzahl: 189

Veröffentlichungsjahr: 2025

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NARRATIVAS GALLO NERO

104

A la deriva en el Nilo

Naguib Mahfuz

Traducción del árabe, notas y glosario deMaría Luisa Prieto

Título original:

Tharthara fawq al-Nil

 

Primera edición: septiembre 2025

 

© 1966 by Naguib Mahfuz

First published in Arabic by Maktaba Misr in 1966

This translation rights published by arrangement with

The American University in Cairo Press

 

© 2025 de la presente edición: Gallo Nero Ediciones, S. L.

© 2025 de la traducción, notas y glosario: María Luisa Prieto

© Diseño de colección: Raúl Fernández

Diseño de cubierta: Gabriel Regueiro

Corrección: Chris Christoffersen

Maquetación: David Anglès

Conversión digital: Pilar Torres

 

La traducción de este libro se rige por el contrato tipo propuesto por Ace Traductores

 

eISBN: 978-84-19168-79-5

A la deriva en el Nilo

1

Abril, mes de polvo e inocentadas.1 La habitación, alargada y de techo alto, es un lúgubre depósito de humo de cigarrillos. En los estantes, las carpetas disfrutan de una muerte tranquila. ¡Qué divertido es observar al empleado de aspecto serio realizando una tarea trivial: registrar en los cuadernos el correo entrante y saliente, y archivarlo en las carpetas! Hormigas, cucarachas, arañas y el olor a polvo infiltrándose por las ventanas cerradas.

—¿Ha terminado el informe? —le preguntó el jefe de la oficina.

—Sí —respondió con indolencia—. Se lo he enviado al director general.

El superior le dirigió una mirada penetrante, de resplandor cristalino, a través de sus gruesas gafas. ¿Lo había pillado in fraganti con una sonrisa tonta e injustificada? Pero en abril, mes de polvo e inocentadas, hay que permitir estas tonterías.

Entonces se produjo un cambio extraño en las partes del cuerpo del jefe del departamento visibles sobre el escritorio, en una lenta ondulación pero con un efecto decisivo. Poco a poco comenzó a hincharse desde el pecho hasta el cuello, pasando a la cara y después a la cabeza. Anís Zaki, atónito, miró fijamente a su jefe. La hinchazón, iniciada en el pecho, se había expandido y había engullido el cuello y la cabeza, borrando todos los rasgos del rostro, transformando al hombre finalmente en una gran bola de carne. Pareció que su peso se aligeraba de una manera asombrosa, y la bola comenzó a elevarse, lentamente al principio, luego cada vez más rápido, hasta volar como un globo y pegarse al techo balanceándose.

—¿Por qué mira al techo, Anís Effendi? —le preguntó el jefe del departamento.

¡Ay! Lo había vuelto a pillar in fraganti. Todos lo miraron con lástima y burla. Sacudieron la cabeza en señal de lamento, celebrando y respaldando el comentario del jefe.

Que las estrellas sean testigos. ¡Hasta los mosquitos y las ranas me tratan con más generosidad y amabilidad! La serpiente moteada le prestó un valioso servicio a la reina del antiguo Egipto, pero vosotros, compañeros, carecéis de bondad. Mi consuelo, cuando lo busco, son las palabras de aquel amigo que me dijo: «Quédate en la casa flotante,2 no te costará ni un céntimo de alquiler, pero deberás prepararlo todo para nosotros».

Con una repentina determinación, empezó a despachar un montón de correo: «Muy señor mío, en relación con su carta, referencia 1911, del 2 de febrero de 1964, y la siguiente, referencia 2008, de fecha 28 de marzo de 1964, me complace informarle…».

Junto con el olor del polvo que se filtraba, se esparcía de una radio de la calle la canción Madre, la luna está en la puerta. Él dejó de escribir murmurando: «¡Dios mío!».

Entonces, su compañero de la derecha le dijo:

—¡Qué afortunado eres por no tener preocupaciones!

¡Hijos de la antigüedad absoluta! A la espera de un sueño imposible, sois expertos en acrobacias. Y yo estoy entre vosotros cruzando el espacio interplanetario milagrosamente sin cohete.

La entrada del ordenanza provocó un temblor de deseo en su cuerpo:

—Un café sin azúcar —le dijo.

—Lo encontrará en su mesa cuando vuelva de su entrevista con el señor director general —respondió el ordenanza parándose ante su mesa.

Salió de la habitación. Era alto y fuerte, debido al tamaño de sus huesos, no a estar grueso.

En el despacho del director se detuvo humildemente ante la mesa. La cabeza calva, inclinada sobre los documentos que estaba revisando, le parecía la popa de un barco volcado. Ahuyentó con el resto de su voluntad cualquier pensamiento que pudiera perturbarlo y ponerlo en un aprieto de terribles consecuencias. El hombre levantó una cara afilada y rugosa, y le dirigió una mirada penetrante. ¿Qué error se podría haber deslizado en el informe que había redactado con tanto cuidado?

—Le pedí un informe detallado sobre el movimiento del correo entrante del mes pasado.

—Sí, excelencia, ya se lo envié a su excelencia.

—¿Es este?

Anís miró el informe y leyó en la portada, escrito por él a mano: «Informe sobre el correo entrante del mes de marzo, a la atención del Sr. Director General de Archivos».

—Este, señor.

—Mire y lea.

Anís vio unas líneas escritas claramente, seguidas de un espacio en blanco. Hojeó los papeles con asombro, luego miró al director general como un idiota.

—Lea —repitió el hombre enfadado.

—Señor director… lo escribí palabra por palabra.

—Entonces dígame cómo ha desaparecido.

—La verdad es que es un misterio inexplicable.

—Pero tiene delante las marcas del plumín.

—¿El plumín?

—¡Deme su pluma mágica!

El director tomó la pluma con un movimiento brusco y empezó a trazar líneas en la portada del informe sin que ninguna quedara visible.

—¡No tiene ni una gota de tinta!

El ancho rostro de Anís expresó consternación.

—Usted empezó a escribir estas líneas, luego se acabó la tinta, pero continuó escribiendo —dijo el director amargamente, pero él no respondió.

—No se dio cuenta de que la pluma no escribía.

Anís movió la mano, perplejo.

—Dígame, señor Anís, ¿cómo es posible que haya sucedido eso?

Sí, ¿cómo? ¿Cómo surgió la vida por primera vez en las algas de las grietas de las rocas, en las profundidades oceánicas?

—Creo que usted no es ciego, señor Anís.

Él bajó la cabeza con sumisión.

—Yo le responderé. ¡No vio la página porque estaba drogado!

—Excelencia…

—Esa es la verdad. La verdad que todos conocen, hasta los ordenanzas y los conserjes. No soy un predicador, ni tampoco su guardián. Haga lo que le parezca, pero tengo derecho a exigirle que se abstenga de drogarse durante las horas de trabajo.

—Excelencia...

—¡Déjese de excelencias y evasivas! Simplemente cumpla mi petición de no drogarse durante el trabajo.

—¡Dios es testigo de que estoy enfermo!

—Usted es el eterno enfermo.

—No crea lo que…

—¡Ya basta! Mírese los ojos.

—Es la enfermedad, nada más.

—En sus ojos solo he visto enrojecimiento, oscuridad y pesadez.

—No escuche lo que digan…

—Sus ojos miran hacia adentro, no hacia afuera, como el resto de la creación de Dios.

Con las manos cubiertas de vello blanco y enredado, el director hizo un gesto amenazador, luego dijo en tono brusco:

—La paciencia tiene límites, así que no se entregue a un deterioro ilimitado. Es un hombre de cuarenta años, la edad de la sensatez, déjese de disparates.

Anís retrocedió dos pasos, con la intención de marcharse, pero el director añadió:

—Solo le descontaré dos días de sueldo, pero que no se vuelva a repetir.

Al dirigirse a la puerta, le oyó decir con desprecio:

—¿Cuándo va a diferenciar la Administración del fumadero?

Cuando volvió a su departamento, las cabezas se alzaron para mirarlo con curiosidad. Ignorándolos, se sentó y contempló la taza de café. Notó que su compañero se inclinaba hacia él, seguramente para preguntarle, y murmuró con fastidio:

—Ocúpate de lo tuyo.

Sacó un tintero del cajón y se dispuso a cargar la pluma. Tenía que volver de nuevo al informe. «Movimiento del correo entrante.» En realidad no había ninguno. Un movimiento circular en torno a un eje fijo, un movimiento circular que se divierte con el absurdo. Un movimiento circular cuyo resultado inevitable es el mareo. En el desvanecimiento por el mareo, todas las cosas de valor desaparecen, entre ellas la medicina, la ciencia, el derecho y la familia olvidada en el buen pueblo… la esposa y la hija pequeña yaciendo bajo la tierra y palabras ardientes de entusiasmo enterradas bajo un montón de nieve. Ningún hombre quedó en el camino. Las puertas y las ventanas se cerraron. El polvo se levantó por el impacto de los cascos de los caballos y los mamelucos gritaron de alegría en la expedición de tiro. Cada vez que encontraban a alguien en los barrios de Maryush o Yamaliyya lo convertían en un objetivo para su entrenamiento. Las víctimas se perdían entre los vítores de alegría loca y los gritos de los afligidos: «¡Piedad, mameluco!». El cazador se abalanzó sobre ella el día de la diversión.

El café se había enfriado y tenía otro sabor…

Los mamelucos seguían riéndose a mandíbula batiente. La jaqueca sustituyó a la imaginación mientras los mamelucos no cesaban de reír, soltando insultos, levantando polvo y deleitándose con el esplendor y la tortura.

Una alegre actividad invadió la sombría habitación anunciando la hora de salida.

1 Se refiere a las inocentadas que se realizan cada 1 de abril, considerado el día de los Inocentes.

2 En árabe, awwama. Estructuras de madera que bordeaban el Nilo desde el siglo xix y se conectaban por jardines con la parte continental de El Cairo. Comenzaron a aparecer entre la aristocracia y los artistas como una forma de prestigio social. También se convirtieron en parte de la historia del cine egipcio, especialmente desde que se rodaron allí algunas películas como Charlas en el Nilo, basada en esta novela de Naguib Mahfuz.

2

La casa flotante descansaba sobre las aguas plomizas del Nilo, familiar como un rostro. A la derecha había un espacio vacío que estuvo ocupado durante mucho tiempo por otra casa flotante, antes de que un día la arrastrara la corriente. A la izquierda, en una amplia extensión de la orilla, había un oratorio rodeado por una tapia de arcilla seca y el suelo cubierto con una estera desgastada.

Anís Zaki entró por la puerta de madera blanca, bordeada a cada lado por setos de violetas y jazmines. Amm Abduh, el guardián, lo recibió de pie. Su gigantesca estatura excedía el techo de su cabaña de adobe, cubierto de madera y hojas de palma. Se dirigió a la pasarela por un camino pavimentado, rodeado a ambos lados por un terreno cubierto de hierba. En medio del de la derecha había un huerto de berros. En el extremo del de la izquierda, plantas de hiedra que se habían extendido como telón de fondo de un esbelto guayabo. Los cálidos rayos de sol penetraban a través de un dosel de ramas de eucalipto que se extendían sobre el pequeño jardín desde los árboles plantados en el camino.

Se cambió de ropa y se sentó, vestido con su galabeya blanca, en el umbral del balcón que daba al Nilo, recibiendo una suave brisa, entregándose a sus tiernas caricias, recorriendo con la mirada la extensión de agua, que parecía estable y tranquila, sin ondulaciones ni destellos, pero era una excelente transmisora de las voces de los residentes en las casas flotantes de la otra orilla, en su larga fila bajo las ramas de casuarinas y acacias. Suspiró audiblemente, y Amm Abduh le preguntó, mientras preparaba la mesita pegada a la pared derecha, a dos metros del frigorífico Norge:

—¿Está bien?

—El kif se ha topado con un ambiente corrupto y repugnante —murmuró Anís, volviéndose hacia él.

—Pero al final vuelve a su buen ambiente.

El anciano siempre le causaba admiración. Era como un viejo gigante arraigado en el tiempo, con su mirada vivaz emergiendo del círculo de arrugas sólidas. Quizá la profundidad de los surcos era lo que le asustaba, o el espeso mechón de pelos blancos que asomaban, como flores de dátiles, por el escote de su galabeya de algodón, que caía holgadamente, envolviéndolo como a una estatua. Su cuerpo no era más que piel y huesos. ¡Pero qué huesos! Un esqueleto gigante cuya cabeza rozaba el techo de la casa flotante. Su persona irradiaba una atracción irresistible. Era un verdadero símbolo de la resistencia frente a la muerte. Por eso a Anís le encantaba hablar con él, a pesar de que se conocían desde hacía apenas un mes.

Se acercó a la mesa, tomó asiento y empezó a comer una chuleta, agarrándola por el extremo de la pluma, mientras miraba la pared de madera, revestida de una capa de cola azul celeste, y seguía a una pequeña salamanquesa que trepaba rápidamente por la pared y luego se ocultaba detrás del interruptor eléctrico. ¿Por qué la salamanquesa le recordó al director del departamento? Una pregunta repentina le apremió: ¿el fatimí al-Muizz Li-Din Allah tendría descendientes que pudieran reclamar algún día el trono de El Cairo?

—¿Cuántos años tienes, Amm Abduh?

El anciano estaba de pie detrás del parabán que ocultaba la puerta exterior, mirándolo desde arriba como un ciprés flotando en las nubes. Sonrió, como si no se tomara la pregunta en serio.

—¿Que cuántos años tengo?

Anís confirmó su pregunta moviendo la cabeza y saboreando la carne.

—¿Quién sabe? —respondió el anciano.

No soy experto en calcular edades, pero es probable que él caminara sobre la tierra antes de que se plantara el primer árbol en la calle del Nilo. Y era increíble lo fuerte que seguía siendo para su edad.

Inspeccionaba las sentinas, tiraba de las casas flotantes con sus cuerdas, según las circunstancias, y estas le obedecían, regaba el huerto, dirigía la oración y era un buen cocinero.

—¿Vives siempre solo en la cabaña?

—Apenas quepo yo solo.

—¿De qué lugar viniste, Amm Abduh?

—Mmm…

—¿No tienes parientes en El Cairo?

—Ninguno.

—Al menos nos parecemos en eso. Tu comida es deliciosa.

—Gracias.

—Comes demasiado para tu edad.

—Como lo que puedo digerir.

Anís miró los huesos de la chuleta y pensó que algún día no quedaría del director general más que unos huesos como esos. ¡Cómo le gustaría presenciar su rendimiento de cuentas el día del juicio final!

Empezó a pelar un plátano continuando su pesquisa:

—¿Desde cuándo trabajas en la casa flotante?

—Desde que la trajeron a su fondeadero.

—¿Cuándo fue eso?

—Mmm…

—¿Su primer dueño era el actual?

—Ha habido muchos.

—¿Te gusta tu trabajo?

—Yo soy la casa flotante —respondió con orgullo—, soy las cuerdas y las sentinas. Y si por un momento me olvidara de lo que debo hacer, se hundiría y la arrastraría la corriente.

Anís se rio de su ingenua y encantadora autoestima. Lo miró atentamente, luego le preguntó:

—¿Qué es lo más importante del mundo?

—La salud y el bienestar.

Había algo misterioso y encantador en la respuesta. Anís se echó a reír y le volvió a preguntar:

—¿Cuándo fue la última vez que amaste a una mujer?

—Mmm…

—Y, aparte del amor, ¿has encontrado algo que te haga feliz?

—La oración es mi consuelo.

—Tu voz es bonita cuando llamas a la oración.

Y añadió con un tono alegre:

—Y lo sigue siendo cuando vas a buscar el kif o desapareces para volver con una chica de la noche.

Amm Abduh se rio, inclinando la cabeza cubierta con una ta­qiyya blanca hacia atrás, pero no respondió.

—¿No es así?

—Estoy al servicio de los señores —respondió enjugándose el rostro con su manaza.

No. Él era la casa flotante, como había dicho, las cuerdas, las sentinas, el huerto, la comida, la mujer y la llamada a la oración.

Anís se levantó con la toalla bajo el brazo y se fue por una puerta lateral de la misma pared al lavabo para lavarse las manos. Regresó pensando que los excesos habían sido la única causa de que la mayoría de los califas no hubieran vivido mucho.

Vio a Amm Abduh ocupado en limpiar la mesa, con la espalda inclinada cual palmera arqueada, y le preguntó en broma:

—¿No has visto a ningún genio3 en tu vida?

—He visto de todo.

—¿No ha vivido nunca una familia honorable en esta casa flotante? —le preguntó Anís guiñándole un ojo.

—Mmm…

—¡Guardián de los placeres! Si no te gustara esta vida, la habrías dejado desde el primer día.

—Pero yo construí el oratorio con mis propias manos.

Anís miró los libros alineados en las estanterías que ocupaban la larga pared a la izquierda de la entrada. Una biblioteca de historia, desde la era arcaica hasta la era atómica. El reino de su imaginación y el tesoro de sus sueños. Tomó al azar el libro de K. K. sobre el monacato en la época copta y lo estuvo leyendo una o dos horas antes de la siesta, como hacía cada día. Amm Abduh terminó su trabajo y se acercó a Anís para pedirle sus últimas instrucciones antes de marcharse.

—¿Qué pasa afuera, Amm Abduh? —le preguntó Anís.

—Lo de siempre, señor.

—¿No hay nada nuevo?

—¿Por qué no sale usted, señor?

—Cada día voy al ministerio.

—Quiero decir que salga a distraerse.

—Mis ojos miran hacia adentro, no hacia afuera, como el resto de la creación de Dios —respondió Anís entre risas. Luego lo despidió, diciéndole que lo despertara antes del atardecer si se quedaba dormido.

3Ifrit, en árabe. Es un ser de la mitología popular árabe preislámica. Generalmente se considera que es un tipo de genio dotado de gran poder y capaz de realizar tanto acciones benignas como malignas.

3

Anís preparó la sesión lo mejor posible, con los cojines colocados en una amplia media luna debajo del balcón, y en el centro una gran bandeja de cobre con el narguile y sus accesorios. El crepúsculo envolvió los árboles y el agua, por el ambiente se esparció una tranquila ensoñación y bandadas de palomas blancas volaron rápidamente sobre el Nilo. Se sentó con las piernas cruzadas detrás de la bandeja contemplando la puesta de sol con su habitual mirada soñolienta, pero cuando la magia de la porción disuelta en el café amargo hiciera efecto, las cosas cambiarían. Formas abstractas, cubistas, surrealistas o fauvistas sustituirían a las casuarinas, los eucaliptos, las acacias y los nenúfares de las casas flotantes. El ser humano regresaría a la época de las algas. Pero ¿por qué algunos egipcios se habían hecho monjes?

¿Cuál era el último chiste que había oído sobre un monje y un zapatero?

Hubo una leve sacudida en la casa flotante provocada por pies caminando por la pasarela, por lo que se preparó para recibir a quien llegaba. Una chica de mediana estatura y pelo rubio fue hacia el balcón y lo saludó alegremente.

—Doy la bienvenida al Ministerio de Asuntos Exteriores —susurró él.

Layla Zaydán, amiga de los últimos diez años, era una solterona de treinta y cinco, como correspondía a una pionera de la libertad, que había renegado de su ambiente conservador. Tú no la has tocado, pero sí la vejez: esas finas arrugas, como pelusa, alrededor de las comisuras de los ojos y de los labios, y un toque de la sequedad áspera y desolada de un recipiente que nunca se ha llenado de agua. Todavía poseía una belleza deseable en su tez clara, a pesar de su nariz gruesa y los misteriosos presagios que la acechaban, amenazando con destruirla. En la época de Keops, pastoreaba ovejas en la península del Sinaí, pero murió sin dejar rastro, tras morderla una serpiente ciega.

Sin volverse hacia él, dijo, como dirigiéndose al Nilo:

—Un día duro en el ministerio. He traducido veinte folios.

—¿Y cómo va la política exterior?

—¿Qué esperas?

—Solo pido protección.

Ella fue hacia un cojín más alejado, en el ala derecha de la estancia, y se sentó diciendo:

—El mismo panorama de cada día: Amm Abduh sentado en el jardín como una estatua y tú aquí preparando el narguile.

—Eso es porque el hombre tiene que trabajar.

Anís se abandonó a una sensación de aturdimiento y la noche se personificó ante él como un ser burlón que hubiera vivido durante millones de años. Comenzó a referirse a una mujer apasionada que, cada vez que un amante la abandonaba, se arrojaba en brazos de otro. Según él, tal comportamiento se podía explicar por las fases sucesivas de la luna, desde la luna nueva hasta la luna llena.

Ella sonrió fríamente y respondió con ironía, en el mismo tono:

—Eso es porque la mujer tiene que amar.

Luego murmuró: «¡Sinvergüenza!». Él leyó en su rostro un leve atisbo de enfado, aunque no detectó rastro de aversión, por lo que creyó que en su escarceo no podía compararse con una mujer como Victoria, la reina de una época conservadora, cargada de tradición.

—¿Por qué no me tomas como compañero? —le preguntó Anís sin seriedad. Continuó mirándola y ella respondió:

—Si alguna vez utilizas el amor como sujeto en una oración, inevitablemente olvidarás el predicado para siempre.

Recordó lo bueno que era en lengua árabe, como el director general, lo cual quedaba evidenciado por su decisión de descontarle dos días de sueldo simplemente por haber escrito una página en blanco. Y también que un día Layla le dijo: «No tienes corazón», cuando se habían marchado los amigos y no quedaban en la casa flotante más que ella y Jalid Azuz. Sin preámbulos, él la agarró del brazo y le respondió: «Esta noche eres mía». ¿Por qué siempre Jalid? Él te heredó después de que Rayab te abandonara. Así que esta noche es mía. Alzó la voz enfadado en el momento de la llamada a la oración del alba. Amm Abduh llamando a la oración fuera y tú dentro gritando como un loco. Jalid extendió las palmas de las manos, suplicante, y dijo: «Nos has puesto en evidencia».

Layla primero se rio y luego lloró. Se planteó una cuestión altamente filosófica: decían que amaba a Jalid, por eso no podía someterse al deseo de Anís, a pesar de su amistad, de lo contrario sería una prostituta. Esa noche, él había gritado que la llamada a la oración era más fácil de comprender que esos misterios.

—La amistad es lo más importante y duradero —dijo Layla intentando despejar el ambiente.

—¡Que tengas una larga vida!

Anís preparó una cazoleta para que fumaran juntos mientras esperaban. Ella aspiró con avidez y luego tosió durante un buen rato. Él repitió lo que solía decir, que la primera chupada hace toser y luego viene el placer. Pensó que no era extraño que los egipcios adorasen al faraón pero sí que este se creyera que era un dios.

La casa flotante se movió bruscamente y llegaron varias voces desde el exterior. Anís miró hacia la entrada oculta por el parabán y vio al grupo de amigos que llegaban animadamente: Ahmad Nasr, Mustafá Rashid, Ali al-Sayyid y Jalid Azuz. «Buenas noches», «hermosa noche». Jalid se sentó junto a Layla y Ali al-Sayyid se recostó a la derecha de Anís gritando:

—¡Atiéndenos!

Anís llenó y ajustó el narguile para que se lo fueran pasando.

—¿Hay noticias de Rayab?— preguntó Mustafá Rashid.