Un señor muy respetable - Naguib Mahfuz - E-Book

Un señor muy respetable E-Book

Naguib Mahfuz

0,0

Beschreibung

«Una especie de sacudida eléctrica recorrió todo su cuerpo y sintió brotar del interior de su corazón un amor delirante por el esplendor que proporcionaba estar en la cima del poder.» Uzmán Bayyumi consagra toda su vida a un único fin: llegar a ser director general y alcanzar la cúspide de la pirámide burocrática. Su desmedida ambición será el altar en el que inmolará toda su vida, dispuesto a sacrificar todo lo que no esté directamente relacionado con su escalada hacia el poder. Es consciente de que si quiere huir de la pobreza y salir del barrio no puede permitirse ninguna distracción. Mahfuz entra en la psicología surreal de un hombre cuya obsesión constituye el centro de su existencia, el nudo alrededor del cual su vida de soledad adquiere la forma de un sacrificio voluntario, de un sueño inútil. «Con una excepcional imaginación supo transformar la vida social de su país en la mejor novela árabe de todos los tiempos. No se puede entender Egipto sin Mahfuz.» Tahar Ben Jelloun

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern
Kindle™-E-Readern
(für ausgewählte Pakete)

Seitenzahl: 195

Veröffentlichungsjahr: 2023

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



NARRATIVAS GALLO NERO64

Un señor muy respetable

Naguib Mahfuz

Traducción de María Luisa Prieto

 

 

Título original:Hadrat al-muhtaram

Primera edición: marzo 2021

 

 

 

© Copyright 1975 by Naguib Mahfuz First published in Arabic in 1975 as Hadret al-muhtaram This edition is made by arrangement with The American University in Cairo Press

 

 

 

 

 

© 2021 de la presente edición: Gallo Nero Ediciones, S. L.

© de la traducción del árabe: María Luisa Prieto González

© 2010 del diseño de colección: Raúl Fernández

 

Diseño de cubierta: Gabriel Regueiro

Corrección y maquetación: Guillermo Pérez

Conversión a formato digital: Ingrid J. Rodríguez

La traducción de este libro se rige por el contrato tipo propuesto por Ace Traductores

ISBN: 978-84-19168-30-6

Proyecto financiado por la Dirección General del Libro y Fomento de la Lectura, Ministerio de Cultura y Deporte Financiado por la Unión Europea-Next Generation EU

Un señor muy respetable

1

Cuando se abrió la puerta apareció ante sus ojos un inmenso despacho: todo un mundo de significados y motivaciones; aquel no era solo un espacio limitado que soportaba el peso de un sinfín de detalles. Se imaginó entonces que todos los que entraran allí serían engullidos y desaparecerían de la faz de la tierra. Sentía que su sensibilidad se exacerbaba y se sumergía en una mágica fascinación. Al principio, dejó volar su imaginación. Olvidó lo que su alma anhelaba contemplar, el suelo, las paredes y el techo, incluso al dios que estaba sentado tras el magnífico escritorio. Una especie de sacudida eléctrica recorrió todo su cuerpo y sintió brotar del interior de su corazón un amor delirante por el esplendor que proporcionaba estar en la cima del poder. En ese momento le pareció que una poderosa fuerza lo impulsaba a prosternarse y a ofrecerse en sacrificio; no obstante, como todos los demás, siguió la senda poco heroica de la piedad, la súplica, la obediencia y la seguridad. Como los niños, tendría que derramar abundantes lágrimas antes de imponer su voluntad. Dejándose llevar por una irresistible tentación, lanzó una mirada furtiva al dios que permanecía sentado detrás del escritorio, luego bajó la vista en un ademán humilde.

Hamza al-Suwayfi, el jefe de Administración, encabezaba el pequeño cortejo y, dirigiéndose al director general, dijo:

—Aquí están los nuevos empleados, Excelencia.

Los ojos del director general examinaron los rostros de los recién llegados, incluyendo el suyo. En aquel momento le pareció que por fin había entrado a formar parte de la historia del Gobierno, que había logrado comparecer ante al-Husra. Creyó oír un extraño murmullo. Quizá lo oyó solo él, podría tratarse de la voz del Destino. Cuando Su Excelencia terminó de examinar sus caras, se dirigió a ellos con una voz pausada, suave, que nada revelaba de su personalidad.

—¿Todos tienen la diplomatura? —preguntó.

—Dos de ellos son licenciados en comercio —respondió Hamza al-Suwayfi.

—El mundo progresa —observó el director general, animoso—. Todo está cambiando. En la actualidad la diplomatura reemplaza el certificado de estudios primarios.

Ahora parecían más tranquilos y ocultaban su satisfacción tras un gesto aparente de sumisión.

—Espero que sean dignos de la confianza que se ha depositado en ustedes —dijo Su Excelencia.

Repasó la lista de nombres y súbitamente preguntó:

—¿Quién es Uzmán Bayyumi?

El corazón de Uzmán latió con fuerza. El hecho de que Su Excelencia hubiera pronunciado su nombre le había causado una profunda impresión. Sin levantar la mirada, dio un paso y susurró:

—Soy yo, Excelencia.

—Sus calificaciones son excelentes. ¿Por qué no ha cursado estudios superiores?

Confundido, permaneció en silencio. En realidad no sabía qué responder, a pesar de que estaba seguro de cuál debía ser su respuesta.

El jefe de Administración habló por él, disculpándole:

—Tal vez fueron las circunstancias, Excelencia.

De nuevo oyó el murmullo de la voz del Destino. Por primera vez sintió que el azul del cielo y que una fragancia extraña pero agradable impregnaban la sala. Ya no le preocupaba la alusión a sus «circunstancias», pues había sido santificado por la amable atención de Su Excelencia. Se dijo a sí mismo que sería capaz de luchar solo contra todo un ejército y salir vencedor. Su imaginación empezó a ascender hasta que su mente desapareció entre las nubes, en un estado de euforia y embriaguez. Entonces, Su Excelencia tamborileó con los dedos en el borde del escritorio y dijo, dando por finalizada la entrevista:

—Gracias. Buenos días.

Uzmán salió del despacho recitando en silencio la aleya1del Trono.

2

Estoy ardiendo, Dios mío.

El fuego consumía su alma sumida en un mundo lleno de sueños. En un instante fugaz, el mundo le pareció una explosión de luz cegadora que intentaba atrapar en su corazón y aferrarse a ella como un loco. Durante toda su vida había soñado, deseado, anhelado, pero esta vez el deseo le consumía y, a la luz de ese fuego sagrado, vislumbró en un momento el sentido de la vida.

De cualquier forma, con los pies en la tierra, había decidido dedicar la suya al Departamento de Archivos. No le importaba cómo sería el principio; la misma vida se había iniciado por una sola célula o quizá por algo más ínfimo. Temblando todavía, se dirigió a su nuevo puesto en el sótano del ministerio, donde percibió una intensa oscuridad y aquel olor típico del papel viejo. A través de una ventana con rejas, pudo ver que el suelo de la calle estaba al mismo nivel de su cabeza. Ante él se extendía la inmensa sala, con hileras de archivadores a ambos lados y en el centro. Las mesas de los empleados estaban colocadas en los espacios vacíos que quedaban entre los archivadores. Siguió a un empleado hasta una mesa situada al fondo, en un hueco de la pared, tras la que se sentaba el jefe del Departamento de Archivos. Aún no se había recuperado del acceso de inspiración divina. Ni siquiera tras su descenso al sótano había conseguido volver en sí. Seguía al empleado, distraído, desconcertado y excitado, mientras se repetía a sí mismo: «Las aspiraciones humanas son infinitas».

El empleado hizo las presentaciones:

—El señor Uzmán Effendi2 Bayyumi, el nuevo empleado. Nuestro jefe, el señor Safán Effendi Basyuni.

Uzmán reconoció alguna señal familiar en la cara de aquel hombre, como si se tratara de un vecino suyo. Le resultaron agradables la marcada complexión ósea de su cara, su piel oscura y tensa, así como su pelo blanco y despeinado. Pero todavía se sintió más atraído por su mirada gentil y amistosa, que trataba de mostrar en vano un aire de autoridad. El hombre sonrió, descubriendo el rasgo más desagradable de su fisonomía: unos dientes negros entre los que se veían unos grandes huecos.

—¡Bienvenido al Departamento de Archivos! ¡Siéntese! —dijo, mientras echaba un vistazo a los papeles que tenía sobre la mesa—. Toda la vida puede resumirse en dos palabras: hola y adiós.

«A pesar de todo —pensaba Uzmán—, la vida es infinita.» Sentía soplar un extraño y misterioso viento, repleto de posibilidades. De nuevo se dijo a sí mismo que la vida era infinita, como debía serlo la voluntad para conseguir todos aquellos deseos. El jefe del departamento le señaló una mesa vacía, de cuero desgastado por el uso, de color indefinido y en la que se veían varias manchas de tinta.

—Su mesa —dijo—. Examine la silla detenidamente, el clavo más diminuto puede hacer trizas un traje nuevo.

—Menos mal que mi traje es muy viejo —replicó Uzmán.

El hombre siguió con sus consejos:

—Y acuérdese de rezar una oración antes de abrir un archivador. Antes de un día de bayram salió de uno de ellos una serpiente que medía por lo menos un metro.

Empezó a reírse hasta que le entró la tos, luego continuó:

—Pero no era venenosa.

—¿Y cómo se sabe si es o no venenosa? —preguntó Uzmán preocupado.

—Puede preguntárselo al conserje; es de Abu Rawnash, la región de las serpientes.

Uzmán tomó aquello como una broma y no le dio más importancia. Ahora se reprochaba no haber observado meticulosamente el despacho de Su Excelencia el director general, no haber retenido en su mente el rostro y la personalidad de aquel hombre y no haber intentado descubrir el secreto del poder con el que había puesto a todos bajo sus órdenes. Ese era el poder que había que adorar. En eso consistía la belleza divina. Era uno de los secretos del universo. La tierra está llena de innumerables secretos divinos para quien sepa ver y pensar. El breve espacio de tiempo entre «hola» y «adiós» también es infinito. ¡Desgraciado el que ignore esa realidad! Hay personas que nunca se mueven, como Safán Basyuni, un hombre bueno pero gris, que respeta una sabiduría de la que no ha aprendido nada; así era también su padre. Qué distintos son aquellos cuyo corazón ha tocado el fuego sagrado. Ante él se extendía un camino de felicidad que comenzaba en el octavo grado del funcionariado y terminaba en el brillante cargo de Su Excelencia el director general. Este era el más alto ideal al que podía aspirar la gente común. Ese era el más alto cielo donde se reflejaban la misericordia divina y la dignidad humana. Octavo, séptimo, sexto, quinto, cuarto, tercero, segundo, primero… y director general. El milagro podía producirse en treinta y dos años o quizá algo más. Los que se quedaban a mitad de camino eran innumerables. La justicia celestial todavía no se podía aplicar a los humanos, y menos aún a los empleados del Gobierno. «El tiempo se acurruca en tus brazos como un niño dormido, pero no puedes predecir tu futuro.» Sentía que se consumía en su propi0 fuego, eso era todo. Le pareció que el fuego que ardía en su pecho era el mismo que irradiaban las estrellas en el firmamento. Somos criaturas misteriosas cuyos secretos permanecen ocultos a todos excepto a su Creador.

—Lo primero que hará será encargarse del correo, ya que es lo más sencillo —le dijo Safán Basyuni. Y añadió riendo—: Los empleados de esta sección suelen quitarse la chaqueta mientras trabajan o, al menos, se ponen unos manguitos para protegerse del polvo y de los clips.

Todo eso era fácil. Lo realmente difícil era cómo arreglárselas con el tiempo.

3

En la única habitación de su piso podía continuar examinándose. El sentido de su vida se materializaba ante él. Vivía constantemente en alerta, aguzando su conciencia para hacerse con todas las armas posibles. Desde su pequeña ventana podía ver el lugar donde había nacido: el barrio de al-Husayni, una prolongación de su cuerpo y de su alma. La suya era una calle larga con un marcado recodo, famosa por el apartadero para carros y su abrevadero para animales de carga. La casa en la que había nacido y crecido había sido demolida. En su lugar se extendía ahora una pequeña explanada para carretones. Los pocos vecinos que habían abandonado aquella calle lo habían hecho solo para irse a la tumba. Trabajaban en diversos barrios: al-Mabyada, al-Darrasa, al-Sikka, al-Yadida o incluso más lejos, pero todos regresaban al final de la jornada. Una de las características principales de aquella calle era que no conocía murmullos ni confidencias. La voces allí eran muy fuertes, unas veces sabias y otras primarias. Entre aquellas voces había una muy cercana a él, una voz recia, áspera, a la que la edad no había debilitado: la voz de Umm3Husni, su casera. Los sueños de eternidad eran extenuantes, pero ¿qué había sido él en el pasado y qué era en el presente? Era natural que alguien como él no supiera nada de imposibles y que no se dejara arrastrar por la corriente sin un plan preconcebido. Muchas veces había soñado que estaba orinando, pero siempre se despertaba en el momento oportuno. ¿Qué significaba aquello? Umm Husni había sido una buena amiga de su madre, su compañera y confidente durante toda la vida. Ambas se habían casado con carreteros y habían trabajado duramente con la paciencia y tenacidad de las hormigas por unas cuantas piastras para ayudar a sus esposos a sacar adelante a la familia. Habían sido vendedoras ambulantes, peluqueras, casamenteras, etcétera. Su madre aún trabajaba cuando murió y Umm Husni continuaba demostrando su tesón. Ella había tenido más suerte y había conseguido ahorrar más que su amiga. Por esta razón, llegó a reunir el suficiente dinero para construirse una casa: un almacén de madera en la planta baja y dos pisos. Uno lo ocupaba ella y el otro, Uzmán. Del único hijo de su casera solo quedaba el nombre, Husni, pues la guerra y las penalidades lo habían llevado a residir en tierras lejanas.

¿Acaso no tenía él derecho a soñar? Soñaba gracias a la llama sagrada que ardía en su pecho y también gracias a su pequeña habitación. Estaba acostumbrado a sus sueños tanto como lo estaba a la cama, al sofá, a la cómoda y a la estera, y también a la voz, estridente o melodiosa, que brotaba de su garganta y cuyo eco resonaba en aquellas gruesas y oscuras paredes.

¿Qué había sido de su pasado? Su padre quería que fuera carretero, como él, pero el Sheij4 de la escuela coránica le dijo:

—Confíe en Dios, Bayyumi, y mande al chico a la escuela primaria.

Su padre se mostraba confundido:

—¿Acaso no sabe ya el suficiente Corán para rezar sus oraciones?

—El chico es despierto e inteligente. Tal vez pueda trabajar como funcionario —replicó el Sheij.

Bayyumi, incrédulo, se echó a reír, pero el Sheij continuó aconsejándole:

—Puede llevarlo a una escuela gratuita; quizá lo acepten.

Bayyumi estuvo dudando durante un tiempo y por fin ocurrió el milagro. En la escuela, Uzmán consiguió obtener el certificado de estudios primarios con calificaciones notables. Se distanció de los niños descalzos del barrio y sintió que un primer chispazo sagrado brotaba de su corazón palpitante. Estaba seguro de que Dios había bendecido sus pasos y le había abierto las puertas de lo infinito.

Ingresó en una escuela secundaria, también gratuita, y logró un éxito que nadie en el barrio de al-Husayni habría llegado a imaginar. Pero, cuando aún estaba en el segundo curso, su padre contrajo una enfermedad mortal y se mostró arrepentido de lo que «había hecho» con su hijo.

—Voy a morirme y tú no eres más que un alumno que no conoce ningún oficio. ¿Quién va a conducir el carro y quién va a mantener la casa?

Su padre murió muy triste. Pero su madre continuó trabajando día y noche, con la esperanza de que Dios hiciera de su hijo un gran hombre. ¿Acaso Dios no tiene poder para hacer cualquier cosa? De no haber sido por la inesperada muerte de su padre, Uzmán habría terminado sus estudios superiores. Sentía cómo se acrecentaba su angustia porque era consciente de su ambición y de sus sagradas aspiraciones. Pero sagrada era también la memoria de sus padres, y en todas las fiestas religiosas acudía a visitar su tumba, una tumba pobre perdida entre las otras en una gran extensión de tierra. Ahora estaba solo, como una rama desgajada de su tronco. Su hermano mayor —que era policía— había muerto en una manifestación. Su hermana había muerto de tifus en un hospital y otro hermano había fallecido en la cárcel. El recuerdo de su familia le resultaba muy doloroso y no podía dejar de llorar la muerte de sus padres. Relacionaba todos aquellos acontecimientos con una dramática exaltación que lo hacía temblar. El destino de la gente que conocía se había abierto paso a través de deseos enfrentados y fuerzas desconocidas, y se había consagrado para la eternidad. Por ello, la confianza en sí mismo no tenía límite, a pesar de que al final buscaba el amparo de Dios. Por esta razón, nunca olvidaba rezar sus oraciones, especialmente la de los viernes en la mezquita de al-Husayni. Como el resto de la gente de su barrio, no hacía distinción alguna entre religión y vida: la religión era para la vida y la vida, para la religión, y una joya deslumbrante como el cargo de director general era solo una estación sagrada en el camino divino e infinito. En los juegos y las charlas con sus amigos, siempre alerta, había captado las ideas y las palabras que le parecían importantes. Luego se dedicó a trazar un plan minucioso para el futuro, el Programa de Trabajo, que revisaba cada mañana antes de salir de casa:

Programa de trabajo y vida

Cumplir con el deber con precisión y honestidad.Estudiar las leyes del presupuesto como si fuera un libro sagrado.Cursar estudios universitarios como alumno libre.Aprender inglés y francés, además de mejorar el árabe.Adquirir cultura general, en especial la que puede resultar útil a un funcionario.Demostrar por todos los medios posibles piedad y rectitud, así como diligencia en el trabajo.Esforzarse por ganar la confianza y el aprecio de los superiores.Aprovechar las oportunidades sin menoscabo de la propia autoestima. Por ejemplo: ayudar a alguien que ocupe un cargo influyente, hacer amistades útiles o una buena boda que permita progresar.

Se miraba con frecuencia en un pequeño espejo colgado entre la ventana y el perchero para examinar su aspecto y darse confianza. Estaba claro que su aspecto nunca supondría un obstáculo en su carrera. Tenía una buena figura, como la gente de su barrio, un rostro moreno y alargado, de frente alta y despejada, y un cabello hermoso. Su físico le capacitaba para lograr cualquier puesto, fuera cual fuera su importancia.

Sacaba fuerza y valor de lo más recóndito de su alma y se decía a sí mismo:

«No ha sido un mal comienzo. Y el camino es infinito.»

4

El momento de la cita.

La hora del encuentro en el umbral del vacío también era sagrada. Se apresuraba hacia ella con el corazón ardiente y con la alegría de quien se ha desprendido del peso de la vida. Allí, en el umbral del desierto, estaba la fuente vieja y abandonada, al pie de cuyos escalones se sentarían juntos, en el regazo infinito del atardecer. Frente a ellos, el desierto se extiende hasta la ladera de la montaña, mientras el silencio entona su canto desconocido. El color oscuro de su piel recuerda el tono encendido del atardecer, un color heredado de una madre egipcia y un padre nubio que murió cuando ella solo tenía seis años. Aquella antigua amistad de la calle se perdía en el lejano pasado hasta desvanecerse en la fuente de la propia vida. Cuando él se mira en sus ojos grandes y profundos o contempla su cuerpo, pequeño y firme, rebosante de vitalidad, se siente ante la presencia de un ideal estremecedor que despierta en sus instintos una especie de anhelo. Era su amiga de la infancia en la calle y en la azotea; y también su compañera de estudios. Con solo dieciséis años, todo el mundo la consideraba una buena ama de casa. Era la única ayuda con la que contaba su madre, pues sus siete hermanas ya se habían casado.

Sayyida sonreía, siempre sonreía, con los ojos brillantes y el cuerpo en constante movimiento, con una especie de gracia inquieta. Las trenzas de su espeso y ondulado cabell0 se movían al compás de la seca brisa procedente de la montaña. Rompiendo el dulce silencio, dijo:

—Mi madre está contenta de que hayas empezado a trabajar para el Gobierno.

—¿Y tú? —le preguntó él sonriendo.

Ella mostró su alegría, pero no respondió. La estrechó entre sus brazos y sus labios perfilados besaron los gruesos labios de ella. Ninguno de los dos había hablado de amor, pero lo demostraban cuando estaban a solas mediante abrazos y besos. Ella saciaba esa parte de su alma que ansiaba los sencillos placeres de la vida. También la amaba con la razón porque apreciaba sus virtudes y su sinceridad, y tenía el presentimiento de que ella podría hacerle feliz.

—Ya eres funcionario… —Su voz revelaba admiración y él la besó de nuevo—. En nuestra calle nadie ha llegado tan lejos.

Todos sus amigos trabajaban en oficios manuales. Siempre lo habían mirado con respeto y, algunos, con envidia. ¡Qué satisfecho se sentiría si no fuera consciente, con amarga certidumbre, del largo y difícil camino que debía recorrer!

—Solo tú has conseguido trabajar en un despacho.

—Eso no tiene ningún valor fuera de nuestro entorno —respondió con calma.

—Lo único que importa es que el lugar donde nacimos no es más que un apartadero de carros.

La besó por tercera vez y dijo:

—No hables de los carros sin respeto.

—Tienes razón. ¡Qué corazón tan noble!

Al padre de Sayyida lo habían arrestado en los mismos disturbios que su hermano y había muerto en la cárcel. Todos aquellos acontecimientos eran considerados como viejas glorias que daban prestigio al barrio. Pero Sayyida solo tenía en mente un objetivo evidente; era inútil ignorarla. Ya estaba con la pregunta de siempre:

—¿Y ahora?

Uzmán era consciente del ansia que sentía por escuchar la palabra que tranquilizara su corazón y la hiciera feliz. También sabía que su felicidad no era menor que la de ella, mayor, incluso. Amaba a esa muchacha como ella lo amaba a él, y no podía prescindir de ella. Pero tenía miedo. Tenía que pensar en muchas cosas, atenerse a su riguroso Programa de Trabajo. Aún debía reflexionar mucho sobre la vida que estaba esperándole, su deseo y desafío a un mismo tiempo.

—¿A qué te refieres, Sayyida?

—¡A nada! —respondió ella con un disimulado tono de insistencia.

—No debemos olvidar que aún somos muy jóvenes.

—¿Yo? —Su tono de dulce protesta aludía a su evidente feminidad.

—Me refería a mí —dijo él bromeando.

—Déjate bigote. Eso es lo que necesitas.

Se tomó en serio su consejo y pensó que aquello podría resultarle útil en su lucha, pues ¿quién se podía imaginar a un alto cargo sin bigote?

—Voy a completar mis estudios, Sayyida —dijo con calma.

—¿Aún necesitas estudiar más?

—Quiero un título universitario.

—¿Para qué?

—Es condición para conseguir un ascenso.

—¿Tardarás mucho tiempo?

—Cuatro años, por lo menos.

Con angustia, observó una expresión lánguida en sus ojos que delataba timidez y algo de enfado.

—¿Y para qué necesitas ascender?

Se rio y le besó el pelo, pero no se atrevió a ir más allá. El aroma de su pelo le recordó los juegos de infancia y el azote que se ganó cuando los pillaron jugando a los novios. La oscuridad de la noche cubría la colina y de un gramófono lejano les llegaban las notas de una canción.

—Parece que el ascenso es más importante de lo que creía.

La cogió de la mano y susurró:

—Te querré siempre.

Decía la verdad, una verdad acompañada de una sensación de tristeza, dolor y odio a sí mismo. Pensó que la vida era una experiencia grande y magnífica, pero extenuante.

5

Se detuvo junto a la tumba de sus padres, una más entre muchas, y recitó la Fatiha.5Luego, como si se dirigiera a ellos, dijo:

—Dios tenga misericordia de vosotros.

Después continuó hablándoles en tono confidencial:

—Uzmán es ahora un respetable funcionario que da sus primeros pasos por un camino difícil, pero está empeñado en llegar hasta el final. —Se inclinó ligeramente y añadió con humildad—: Todas las cosas buenas que tengo os las debo a Dios y a vosotros.