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Eugenia Scarzanella

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Cuando en 1941 Cesare Civita y otros exiliados italianos antifascistas desembarcaron en Buenos Aires y fundaron la editorial Abril, pocos imaginaron que alcanzaría un éxito tan rotundo. Libros, fascículos, colecciones y revistas como Gatito, Misterix, Idilio, Nocturno, Rayo Rojo, Cinemisterio, Claudia, Panorama y Siete Días, entre muchas otras, se convirtieron rápidamente en sucesos editoriales que vendieron cientos de miles de ejemplares. Asimismo, Hugo Pratt, Héctor G. Oesterheld, Rodolfo Walsh, Boris Spivacow y Gino Germani son algunos de los escritores e intelectuales que colaboraron en sus publicaciones. ¿Cuál fue el origen de revistas indispensables como Siete Días y Panorama? ¿Cómo se publicaron las primeras historietas de Disney en Argentina? ¿Por qué la revista Claudia logró conmover a miles de lectoras? A partir de un recorrido por el vasto material publicado y de entrevistas a protagonistas y testigos, Eugenia Scarzanella reconstruye la historia de Abril a la luz de las vicisitudes y las transformaciones de la sociedad argentina desde la década de 1940 hasta los años setenta. En el punto de encuentro entre política, mercado y edición, Scarzanella sigue los pasos de Cesare Civita para analizar su proyecto editorial y la profunda renovación que representó en el mercado argentino. Así, Abril reconstruye la trayectoria de una editorial que estuvo indisolublemente ligada a la agitada historia argentina desde el peronismo hasta el golpe de Estado de 1976 y que, como sostiene su autora, fue "parte integrante de la sociedad argentina y víctima de una de sus crisis más dramáticas".

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Veröffentlichungsjahr: 2022

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EUGENIA SCARZANELLA

ABRIL

Un editor italiano en Buenos Aires, de Perón a Videla

Presentación de Torcuato S. Di Tella

Cuando en 1941 Cesare Civita y otros exiliados italianos antifascistas desembarcaron en Buenos Aires y fundaron la editorial Abril, pocos imaginaron que alcanzaría un éxito tan rotundo. Libros, fascículos, colecciones y revistas como Gatito, Misterix, Idilio, Nocturno, Rayo Rojo, Cinemisterio, Claudia, Panorama y Siete Días, entre muchas otras, se convirtieron rápidamente en sucesos editoriales que vendieron cientos de miles de ejemplares. Asimismo, Hugo Pratt, Héctor G. Oesterheld, Rodolfo Walsh, Boris Spivacow y Gino Germani son algunos de los escritores e intelectuales que colaboraron en sus publicaciones.

¿Cuál fue el origen de revistas indispensables como Siete Días y Panorama? ¿Cómo se publicaron las primeras historietas de Disney en Argentina? ¿Por qué la revista Claudia logró conmover a miles de lectoras? A partir de un recorrido por el vasto material publicado y de entrevistas a protagonistas y testigos, Eugenia Scarzanella reconstruye la historia de Abril a la luz de las vicisitudes y las transformaciones de la sociedad argentina desde la década de 1940 hasta los años setenta.

En el punto de encuentro entre política, mercado y edición, Scarzanella sigue los pasos de Cesare Civita para analizar su proyecto editorial y la profunda renovación que representó en el mercado argentino. Así, Abril reconstruye la trayectoria de una editorial que estuvo indisolublemente ligada a la agitada historia argentina desde el peronismo hasta el golpe de Estado de 1976 y que, como sostiene su autora, fue “parte integrante de la sociedad argentina y víctima de una de sus crisis más dramáticas”.

 

 

EUGENIA SCARZANELLA

Es doctora en Ciencias Políticas y profesora asociada de Historia e Instituciones de América Latina en la Facultad de Ciencias Políticas de la Universidad de Bolonia. Sus áreas de investigación son la historia argentina y los estudios migratorios y de género.

Ha publicado numerosos artículos y ensayos en revistas especializadas y editado los volúmenes Mujeres y naciones en América Latina. Problemas de inclusión y exclusión (con Barbara Potthast, 2001), Sin fronteras. Encuentros de mujeres y hombres entre América Latina y Europa (siglos XIX-XX) (con Mônica Raisa Schpun, 2008) y Género y ciencia en América Latina: mujeres en la academia y en la clínica (siglos XIX-XXI) (con Lizette Jacinto, 2011).

Entre sus libros se cuentan: Italiani d’Argentina. Storie di contadini, industriali e missionari italiani in Argentina, 1850-1912 (1983) y Ni gringos ni indios. Inmigración, criminalidad y racismo en la Argentina, 1890-1940 (2002).

El Fondo de Cultura Económica ha publicado su compilación Fascistas en América del Sur (2007).

Índice

CubiertaPortadaSobre este libroSobre la autoraAbril y la inmigración antifascista en Argentina, por Torcuato S. Di TellaPrólogoI. El Pato Donald en Buenos AiresII. En tiempos de Perón: amor, aventuras y ciencia ficciónIII. Claudia: no solo modaIV. Revistas de actualidad: entre el desarrollismo y la dictaduraV. Abril se convierte en una multinacionalVI. Políticos, militares y oportunistas a la conquista de AbrilBibliografíaÍndice de nombresCréditos

Traducción de MARÍA JULIA DE RUSCHI

ABRIL Y LA INMIGRACIÓN ANTIFASCISTA EN ARGENTINA

Torcuato S. Di Tella1

ITALIA hizo un importante aporte al gran flujo que representó el traslado de intelectuales, políticos y empresarios europeos hacia las Américas. Esto fue generado por la política de persecución y discriminación de los regímenes totalitarios que se impusieron en Europa desde la década de 1920 hasta la Segunda Guerra Mundial. La mayor parte de estos exiliados se refugió en Estados Unidos, pero muchos fueron a parar a Argentina, donde los favorecía el gran número de compatriotas ya instalados allí y la predisposición de la población a acogerlos. Entre estos emigrados, se contaron Cesare Civita, Paolo Terni y Alberto Levi, que fundaron Editorial Abril, destinada a tener un gran éxito en el campo de los libros y de las revistas, expandiéndose más tarde a Brasil y a México.

Entre los muchos desterrados, había socialistas, como Sigfrido Ciccotti, hijo del conocido diputado Ettore, quien luego también se convirtió en un exponente socialista de la corriente de Giuseppe Saragat. Se hallaba asimismo la hija de Giolitti con sus hijos, entre los cuales se destacaba Curio Chiaraviglio, que se definía como “heredoliberal”, por razones obvias, aunque se orientaba más bien hacia la izquierda. Y se encontraba también el joven Gino Germani, a quien habían confinado varios años en la isla de Ponza para que meditara acerca de la “necesidad funcional” de la autoridad. Esa isla se convirtió en su posgrado en política, en virtud de sus largas conversaciones con otros reclusos.

Conocí a muchos de ellos; venían a mi casa; mi padre Torcuato los recibía y los apoyaba financiando a veces sus actividades. Más tarde, conocí a Gino Germani, como colega y maestro de mis trabajos sociológicos y, en parte, históricos en la Universidad de Buenos Aires.

Para nosotros, Editorial Abril constituyó una base permanente de referencia. Recuerdo que Germani trabajó en ella muchos años, en momentos en que las actividades culturales al margen del régimen eran consideradas bajo una luz desfavorable.

Durante un cierto período, entre los antifascistas en Argentina se contó también Arturo Labriola, proveniente de Bélgica, antes de su desafortunado regreso a Italia para solidarizarse con la aventura fascista en Etiopía, aprovechando, supongo, el afecto de viejos amigos y colegas provenientes de las filas del sindicalismo revolucionario y, por lo tanto, bien vistos por el régimen.

Pero en toda guerra hay batallas ganadas y perdidas; hay muertos, heridos y extraviados. Y, por último, las armas hablaron, de parte de los aliados y en especial de los partisanos. Gracias a su coraje y a sus sacrificios, se rescató el honor de Italia y el país pudo encaminarse por las vías de la democracia republicana.

Querría recordar que la pléyade de brillantes personalidades antifascistas que se reunieron en Buenos Aires constituyó un aspecto esencial de mi formación cultural, política y moral, que nunca podré olvidar.

Me siento, pues, muy feliz de poder releer ese pasado en esta nueva publicación de Eugenia Scarzanella, a quien le deseo un muy merecido éxito.

1 Sociólogo e historiador, enseñó en la Universidad de Buenos Aires y en las principales universidades de Estados Unidos, Chile e Inglaterra. Es autor de numerosos ensayos, entre los cuales recordamos, publicados en Italia, Tra caudillos e partiti politici. La mobilitazione sociale in America latina, Milán, Feltrinelli, 1993, y Le forze popolari nella politica argentina. Una storia, Roma, Ediesse, 2012. Luego de haber sido secretario de Cultura de su país, Torcuato S. Di Tella fue, desde 2010 hasta 2016, embajador de la República Argentina en Italia.

PRÓLOGO

El pasado está delante de nosotros.

 

EN EL VERANO de 2008, me encontraba en Buenos Aires iniciando una nueva investigación. Había partido con la idea de entrevistar a mujeres judías italianas que habían emigrado a Argentina a raíz de las leyes raciales. Quería profundizar el tema de la emigración femenina a través de sus historias de vida. En los años precedentes, había trabajado en un ensayo acerca del fascismo italiano en América del Sur y había leído el hermoso libro de testimonios de judíos italianos editado por Nora Smolensky y Vera Vigevani Jarach.1

Nora fue mi primer contacto. Releyendo su libro, “descubrí” que ella y otras hijas de judíos que llegaron de pequeñas a Buenos Aires habían trabajado en su juventud para una editorial fundada por compatriotas en 1941, Editorial Abril. A medida que entrevistaba a las amigas de Nora, reconstruía fragmentos de una historia fascinante. Abril fue la editorial que publicó por primera vez en Argentina las historietas de Disney; que trajo a Buenos Aires a Hugo Pratt, a Alberto Ongaro y a todo el grupo de los autores venecianos de Asso di Picche; que publicó historietas famosas, como Salgari, Misterix, Rayo Rojo, y fotonovelas en centenares de miles de ejemplares, como Idilio y Nocturno.

Pieza tras pieza, entrevista tras entrevista, gracias al boca a boca y a una trama cada vez más tupida de teléfonos en mi agenda, aumentaba mi interés por las numerosas publicaciones de Abril: desde libros infantiles que se vendían en los kioscos, como Gatito y Bolsillitos, a la revista de ciencia ficción Más Allá; desde la revista femenina Claudia a publicaciones de actualidad, como Panorama, Siete Días y Semana Gráfica.

La investigación de estas revistas populares, que las bibliotecas rara vez conservan, fue difícil. Pude encontrar ejemplares en las ferias de usados o gracias a incompletas colecciones privadas. La imposibilidad de consultar la documentación de la empresa, en parte dispersa, en parte destruida por un incendio, y la escasez de estudios sobre el tema me indujeron a concentrar en las fotonovelas y las revistas femeninas la nueva investigación que había sustituido mi proyecto originario sobre la emigración femenina.

La reconstrucción sumaria de la historia de la editorial para un ensayo acerca de la transnacionalidad y el empresariado italiano, en ocasión de un congreso internacional del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) en Madrid en noviembre de 2009, me permitió descubrir las huellas de otras historias vinculadas a Editorial Abril y el perfil de nuevos personajes. El antifascismo y el antiperonismo de muchos de sus colaboradores, como el sociólogo Gino Germani o el gestor cultural Boris Spivacow, me impulsaron a explorar más en detalle los primeros años de vida de la editorial. La curiosidad por la colaboración en Abril de intelectuales que luego se hicieron famosos (escritores, pintores, científicos) y los nombres de redactores y periodistas vinculados al radicalismo político de la década de 1970 (como Héctor Germán Oesterheld, Rodolfo Walsh y Tomás Eloy Martínez, para citar solo a algunos) me llevaron a seguir investigando en nuevas direcciones. Hasta que apareció, entre los personajes de la historia, el más oscuro, Licio Gelli, jefe de la P2 [Propaganda Dos], junto con el “brujo” José López Rega y el tristemente célebre Emilio Eduardo Massera.

Me decidí entonces a intentar reconstruir ya no solo la historia de las revistas femeninas o para niños, sino también la entera historia de una editorial cuya suerte estuvo indisolublemente vinculada a la agitada historia argentina desde el peronismo hasta el ascenso al poder del general Jorge Rafael Videla con el golpe del 24 de marzo de 1976. Una historia que a menudo se entrelaza con la italiana, confirmando el profundo vínculo entre ambos países.

La investigación nunca me parecía terminada. Sucesivos viajes a Argentina me convencieron de que era difícil lograr una reconstrucción que no resultase fragmentaria e impresionista. Fui reuniendo muchas piezas del rompecabezas y, si bien incompleta, ahora me parece que la historia de la editorial del árbol (el logo elegido por sus fundadores) puede encontrar un público y brindarles a otros estudiosos el incentivo para nuevas investigaciones. Gracias a un período sabático financiado por la Ricerca Fondamentale Orientata [RFO, Investigación Fundamental Orientada] de la Università di Bologna y una beca del Gemma Master Erasmus Mundus in Women’s and Gender Studies [Gemma Máster Erasmus Mundus en Estudios de Mujeres y Género], pude trabajar en las bibliotecas de distintos países: la Biblioteca Nacional, la Biblioteca del Congreso de la Nación, la Biblioteca del Centro de Documentación e Investigación de la Cultura de Izquierda en Argentina (CeDInCI) y la Biblioteca del Ministerio de Economía en Buenos Aires; la Biblioteca Nacional en Montevideo; la Biblioteca de la University of British Columbia en Vancouver, y la Biblioteca Hispánica de la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID) en Madrid.

Las fuentes archivísticas que utilicé fueron el Archivo Histórico de la Fondazione Arnoldo e Alberto Mondadori; el Archivo del Istituto Nazionale per la Storia del Movimento di Liberazione in Italia, en Milán; el Archivo del Estado de Pistoia; el Archivo de la Fundación Rizzoli-Corriere della Sera de Milán; el Archivo de la Escuela de periodismo TEA en Buenos Aires; el Rockefeller Archive Center de Nueva York, y fondos o archivos no abiertos todavía al público: el fondo Gino Germani, conservado en la biblioteca de la Fondazione Ugo Spirito en Roma (agradezco a Ana Alejandra Germani), el Archivo Histórico de Techint en Buenos Aires (agradezco a Stefano Cappelli y a Lucía Rossi) y el Archivo Memoria de Abril de San Pablo (agradezco a Roberto Civita).

Durante la investigación, vi aumentar progresivamente las fuentes disponibles en la red: no solo pude acceder a artículos, libros y fuentes archivísticas, sino también, a través de sitios de coleccionismo y venta de libros y de revistas de la época, pude recuperar imágenes, materiales e informaciones preciosas.

Este trabajo está basado, en gran medida, en los testimonios de sus protagonistas. Por primera vez en mi experiencia como historiadora, trabajé con las herramientas de la historia oral. Tuve que aprender a usar esas fuentes y, al mismo tiempo, tuve la alegría de vincular mi trabajo profesional al placer de conocer gente y entablar relaciones de amistad. Conversé con personas disponibles y a menudo felices de poder hacer su aporte a mi trabajo y al mismo tiempo recordar su propia juventud. Esperando no olvidarme de nadie, les agradezco a Franca Beer Roux, Nelly Becerra Salaberry, Anna Bises, Marisa de Braud, Ricardo Camara, Mino Carta, Mario Enrico Ceretti, Haydée Codda, Sidi Edelstein, Marco Fano, Beatriz Ferro, Norberto Firpo, Anna Fusoni, Mempo Giardinelli, Alicia Gironella, Alberto Goldberg, Daniel Goldstein, Susi Hochstimm, Linda Olivetti Kohen, Claudio Kornfeld, Jorge Lafforgue, Elda Lanza, Meri Lao, Onofre Lovero, Vittorio Luzzati, Rosita y Guido Luzzati, Tomás Eloy Martínez, Sergio Morero, Alberto Ongaro, Arturo Pellet Lastra, Julia Pomier, Paola Ravenna, Marisa Rossi, Antonio Salonia, Edmundo Scattini, Claudio Scazzocchio, Ernesto Schoo, Malvina Segre, Nora Smolensky, Pedro Vargas Gallo, Ruth Varsavsky, Vera Vigevani Jarach, Alvaro Zerboni y Héctor Zimmerman.

Un agradecimiento particular a los miembros de la familia Civita: Adriana, Barbara, Carlo y Roberto, que estuvieron disponibles para compartir conmigo sus recuerdos.

Agradezco también a los estudiosos que me han brindado datos preciosos, sugerencias y oportunidades de confrontación: en Argentina, Dora Barrancos, Luis Cortese, María Inés Barbero, Isabella Cosse, Fernando Devoto, Nora Domínguez, Noemí Girbal, Tulio Halperin Donghi, Judith Gociol, Ignacio Klich, Francis Korn, Mirta Zaida Lobato, Andrea Lluch, Leticia Prislei, Karina Ramacciotti, Ana Lía Rey, Viviana Roman, Luis Alberto Romero; en Italia, Edoardo Balletta, Federica Bertagna, Gianni Brunoro, Pietro Rinaldo Fanesi, Zelda Franceschi, Luciano Gallinari, Ana Alejandra Germani, Emilia Perassi, Francesco Perfetti, Irene Theiner, Claudio Tognonato, Cecilia Toussonian, Angelo Trento, Chiara Vangelista y Sofia Venturoli; en España, Lola Luna, Elda González, Ricardo González Leandri, Asunción Merino y mis colegas de la Red de Estudios Migratorios Transatlánticos; en Francia, Andrea Goldstein y Mónica Raisa Schpun; en Alemania, Barbara Potthast y Sandra Carreras; en Brasil, Leonardo Avritzer, Guita Green Debert, Joana Maria Pedro y Cristina Scheibe Wolff; en Uruguay, Clara Aldrighi, Juan Andrés Bresciano, Marisa Ruiz, Graciela Sapriza y Dante Turcatti; en México, Carmen Ramos Escandón y Anna Susi; en Canadá, Graciela Ducatenzeiler y Anne Emanuelle Birn; en Colombia, Gisela Cramer, Stefania Gallini y Nancy Rozo Montana.

Los temas tratados en este libro ya han sido objeto de ponencias en varios congresos internacionales: el XV Congreso de la Asociación de Historiadores Latinoamericanistas Europeos (AHILA, Leiden, 2008); el Congreso Internacional América Latina: Crisis y Cambio Global (CSIC, Madrid, 2009); el IX Congreso Fazendo Gênero, Universidade Federal de Santa Catarina (Florianópolis, 2010), y el XXXII Congreso de la International Standing Conference for the History of Education (ISCHE), Internationalization in Education (18th-20th Centuries) (Ginebra, 2012).

Un agradecimiento especial a mi colega y amiga Camilla Cattarulla, a quien le debo su lectura atenta y crítica del manuscrito y su ayuda en la búsqueda de una editorial italiana interesada en la historia y en el presente del sur del continente americano.

Agradezco a mis familiares: Bruna, que ya no está, Sergio, Salvatore y Federica. El libro está dedicado a Olimpia, que acaba de llegar para hacernos felices a todos.

 

EUGENIA SCARZANELLA

Bolonia, 19 de marzo de 2013

 

 

 

 

Anticipos de partes de este volumen han aparecido en las revistas Hojas de Warmi, tercera época, núm. 14, 2009, pp. 1-23; Revista de Indias, vol. LXIX, núm. 245, 2009, pp. 65-94; Nuova Storia Contemporanea, año XV, núm. 5, 2011, pp. 115-132; RiMe, Rivista dell’Istituto di Storia dell’Europa Mediterranea, núm. 6, junio de 2011, pp. 503-523; y en los volúmenes: Emilia Perassi y Laura Scarabelli (eds.), Itinerari di cultura ispanoamericana, Novara, Uter, 2011, pp. 239-250, y Claudio Tognonato (ed.), Affari nostri. Diritti umani e rapporti tra Italia e Argentina, 1976-1983, Roma, Fandango, 2012, pp. 236-257.

1 E. M. Smolensky y V. Vigevani Jarach, Tantas voces, una historia. Italianos judíos en la Argentina, 1939-1948, Buenos Aires, Temas, 1999.

I. EL PATO DONALD EN BUENOS AIRES

Beautiful music,

dangerous rhythm.

“The Continental”*

ESCUCHO la voz cálida y autorizada de Cesare Civita grabada en un casete: me hace entrar en una historia singular y apasionante, la que quiero contar en este libro. Escucho los fragmentos musicales que acompañaron “una vida diferente”.

Las canciones fueron grabadas en Nueva York en 1985, reproducidas de discos o cantadas a dos voces por Cesare Civita y su hermano Vittorio: empiezan con la música italiana que se tocaba en las fiestas de la calle Mulberry en Nueva York, donde nacieron ambos hermanos; se escuchan luego fragmentos de ragtime y canciones y rimas infantiles.

Cantos y música de mi vida1 narra una infancia y una juventud felices en Milán y una madurez y una vida profesional que sufren un giro dramático en 1938. Se elige, casi con amarga ironía, la voz de Edith Piaf en “La vie en rose” e “Hymne à l’amour” para acompañar el relato del traslado de Cesare Civita a París huyendo de las leyes raciales de Mussolini. “The Continental”, de Frank Sinatra, en cambio, es la banda sonora de su llegada en 1939 a New Rochelle en Estados Unidos. Por último, un tango de Juan de Dios Filiberto y Enrique Santos Discépolo, cantado por el mítico Carlos Gardel, abre el capítulo más largo de su autobiografía musical, el de su emigración a Argentina.

A partir de este punto, desde las dramáticas vísperas de la guerra, que transcurre entre Europa y Estados Unidos, y de su viaje a Buenos Aires en 1940, empiezo a contar la historia de una editorial, Editorial Abril, que interpretó a través de sus libros y sus revistas todos los cambios y acontecimientos dramáticos de la sociedad argentina desde la década de 1940 hasta la década de 1970.

1. DE MILÁN A AMÉRICA

Los judíos no pertenecen a la raza italiana […] Los judíos representan la única población que no se asimiló nunca en Italia porque está constituida por elementos raciales no europeos, absolutamente distintos a los elementos que dieron origen a los italianos.

Manifesto sulla purezza della razza, 14 de julio de 1938

Los milaneses Cesare Civita y Alberto Levi, como tantos otros judíos italianos, ven confirmado en julio de 1938 que el fascismo está definitivamente comprometido en una política de discriminación que apunta a expulsarlos del cuerpo “ario” de la nación. Las leyes raciales les impedirán trabajar, estudiar, enseñar, compartir la vida de siempre con sus amigos.2 Se preparan para irse de Milán. Cesare Civita lee el Manifesto sulla purezza della razza [Manifiesto sobre la pureza de la raza] en un diario en Génova y le basta una mirada de entendimiento con su hermano Vittorio para decidir la partida. Las exhortaciones de Margherita Sarfatti (pariente de los Civita), que prevé acertadamente el agravamiento de la situación, los inducen a acelerar los tiempos.3

Alberto Levi se embarca con su madre en septiembre de 1939 rumbo a Buenos Aires. En el transatlántico español Cabo San Antonio, se encuentran también otros amigos y conocidos, como Enrico Bises, que una vez iniciada la guerra han logrado por suerte embarcarse.4 Los exiliados utilizarán luego el nombre de la nave que los transportó al otro lado del océano como elemento de reconocimiento en la pequeña colectividad de expatriados (alrededor de mil personas) que se va formando en la capital argentina. Alberto Levi y Cesare Civita se habían conocido en su juventud y habían frecuentado el mismo curso en la academia militar en 1926. Levi provenía de “una buena familia de la burguesía judía milanesa, era inteligente, culto y divertido” y trabajaba como corredor de bolsa.5

La familia de los Civita había vivido entre Italia y América.6 Carlo Civita y Vittoria Carpi, los padres de Cesare, se habían casado en Estados Unidos en 1903,7 donde nacieron él y su hermano Vittorio, mientras el tercer hermano, Arturo, nació en Milán luego del regreso de la familia a Italia en 1909. Los hermanos Civita, entre fines de la década de 1920 y comienzos de la década de 1930, pasaron los tres algunos períodos en Estados Unidos para el aprendizaje del idioma y de la administración de negocios. Luego trabajaron con su padre en Milán en una sociedad que importaba máquinas industriales estadounidenses y, más adelante, en un garaje donde editaban para sus propios clientes la publicación mensual Garage Moderno e Stazione Servizi, primera experiencia editorial de Cesare y Vittorio. Luego de haber conocido a Alberto Mondadori, Cesare empezó a colaborar en una pequeña sociedad, la Edizioni Disney, que publicaba libros para niños y la revista de novelas policiales Cerchio Verde (Civita sacaba las fotos para ilustrar los cuentos de la revista). En 1936, se convierte en el director de Cerchio Verde y a partir de ese momento comienza a trabajar de manera estable en el mundo editorial de Milán, con la excepción de un paréntesis africano entre 1936 y 1937, cuando junto con Vittorio se traslada a Etiopía para ocuparse de la importación y la exportación de materiales varios, desde grupos electrógenos hasta repuestos para camiones. En Milán, Cesare colabora con distintas casas editoriales (Hoepli, Bompiani, Vallardi) hasta llegar a convertirse en codirector general de Mondadori y hombre de confianza de Arnoldo. Estaba a cargo tanto de la sección libros como de las revistas (área de competencia con la otra editorial milanesa, Rizzoli): además de Topolino [Ratón Mickey] y Paperino [Pato Donald], también el Giornale delle Meraviglie, Settebello y Grandi Firme, periódico turinés del escritor Dino Segre (conocido por todos como Pitigrilli), adquirido por sugerencia de Cesare Zavattini. Este último, con las famosas portadas de Gino Boccasile, tuvo un gran éxito, y mucho del trabajo realizado con Zavattini (incluida la elección de una nueva tipografía, los acuerdos acerca de los avisos publicitarios y la campaña de promoción que se valía de concursos de belleza) contribuyó a formar el patrimonio de experiencias que Cesare Civita utilizó luego en Argentina. También otros aspectos de su vida en Milán constituyeron un bagaje útil cuando inició su vida del otro lado del océano. Uno en particular fue la pasión por el cine, que llevó a Cesare Civita a realizar dos películas en 16 milímetros con Alberto Mondadori, Mario Monicelli y Alberto Lattuada.8 Las amistades milanesas, de las cuales formaba parte también Saul Steinberg, no se interrumpieron durante los dramáticos años de la guerra y del exilio, sino que representaron más bien una red importante con la que pudo contar en esos momentos difíciles y durante la posguerra.

Cesare, a partir de 1938, empezó a ser atacado como “socialista masón” y “judío estadounidense”, acusado de proteger, entre los colaboradores y los autores de Mondadori, a “una pandilla de prófugos judíos”. Obligado a renunciar a la Anonima Periodici Italiani (API)9 y decidido a irse de Milán, organizó su partida con toda su familia. Cesare Civita se había casado en 1929 con Mina Consolo y tenían tres hijos (Carlo, Adriana y Barbara); Vittorio en 1935 se había casado con Sylvana Piperno (Alcorso)10 y de su unión había nacido Roberto.

Sus ancianos padres, Carlo y Vittoria, se establecieron en Nueva York; la familia de Cesare, en Bruselas, y la de Vittorio, en Londres. De Bélgica, Cesare se desplazó a París. El editor milanés le había cedido como liquidación los derechos sobre las historietas de Disney. Se puso en contacto con editores como Paul Winkler y Cino del Duca, que trabajaban en el área de las revistas femeninas y de las historietas.11 Además del capital líquido transportado riesgosamente desde Italia y el material de Disney, Cesare Civita contaba con su relación con los diseñadores de la API, con los cuales había mantenido contacto y que estaban dispuestos a trabajar para él. Intentó un nuevo proyecto con editores ingleses (imprimió con el editor Collins de Glasgow los Cinelibri, pequeños volúmenes con personajes de Disney que, si se pasaban rápido sus hojas, creaban una ilusión de animación), hasta que obtuvo la visa para Estados Unidos. La guerra ya había estallado y Cesare Civita, el 11 de septiembre de 1939, logró embarcarse a tiempo en El Havre (su familia y la de Vittorio ya habían partido dos meses antes de Cannes en el mítico transatlántico Rex) en un barco estadounidense, el Washington, en el que también viajaba Thomas Mann. Su tercer hermano, Arturo, había logrado embarcarse en Génova.

Desde la casa de sus padres en New Rochelle (donde muchos años después grabará junto con su hermano su autobiografía musical), Cesare intentó insertarse en el mercado editorial estadounidense. En la pequeña ciudad, contaba con un círculo de amigos, judíos italianos exiliados de diversas ciudades y antifascistas, como Toscanini: una primera red que se revelará útil una vez llegado a Argentina, una primera acumulación de capital social en el exilio. Mientras Vittorio empieza a trabajar en una empresa de embalajes para cosméticos y perfumes, Cesare establece contacto con distintas editoriales especializadas en libros para niños. Las perspectivas no eran deslumbrantes y, por lo tanto, decide emigrar al sur del continente: un mercado todavía abierto y rico en oportunidades para una editorial especializada en historietas. Su amistad con Kay Kamen, responsable de la explotación comercial de los personajes de Disney y a quien Civita había conocido en Milán, le permite obtener la autorización para comenzar a viajar por cuenta de la empresa de Burbank. Se trataba de hacer contratos para la utilización en varios sectores (desde juguetes a historietas) de las imágenes de los famosos cartoons estadounidenses. Después de un viaje de exploración por Brasil y Argentina, fue detenido en su camino de regreso y retenido por los ingleses en la isla de Trinidad durante unos quince días, por ser ciudadano de una nación enemiga. Fue liberado solo gracias a la intervención de amigos como Arturo Toscanini y Walt Disney. El viaje al sur del continente había empezado después de que Italia entrara en guerra y, a pesar de contar con un certificado especial obtenido en Washington, Civita viajaba todavía con pasaporte italiano. En 1941, se traslada definitivamente a Buenos Aires con toda su familia, después de haber perfeccionado su acuerdo con Disney, aunque en términos menos favorables de lo previsto: sería administrador a sueldo de una sociedad de representación de Disney en América Latina, con una pequeña participación en las utilidades.

Entre mediados de la década de 1930 y la Segunda Guerra Mundial, Argentina vio crecer el sector industrial; habían llegado inmigrantes a la capital desde las provincias limítrofes y Buenos Aires era una ciudad proyectada al futuro, con edificios de estilo modernista y los primeros rascacielos. Desde el punto de vista político, la situación era menos favorable para quienes, como Civita y Levi, habían dejado la Europa de Hitler y de Mussolini. La enfermedad del presidente Roberto Marcelino Ortiz había determinado el nombramiento como presidente ad interim del vicepresidente Ramón S. Castillo Barrionuevo (septiembre de 1940), un rígido conservador. Las relaciones con Estados Unidos se habían enfriado tras la designación como ministro de Relaciones Exteriores de Enrique Ruiz Guiñazú, quien transformó la política de neutralidad del país en un abierto desafío a las propuestas estadounidenses de solidaridad panamericana contra el Eje.

A partir de 1938, se emitieron en Argentina decretos tendientes a volver muy difícil el ingreso legal de refugiados judíos provenientes de Europa. Los italianos lograron superar esta barrera gracias a precedentes experiencias de trabajo en Argentina y a relaciones con personas que podían ofrecerles los contratos de trabajo necesarios para su traslado. Otros tenían parientes que los podían traer por medio de un atti di chiamata* o poseían recursos económicos suficientes no solo para pagarse el viaje en un barco de línea italiano, español o inglés, sino también para corromper a los funcionarios consulares argentinos que “vendían” las visas para el país sudamericano. Llegaron, de este modo, alrededor de mil judíos italianos que lograron instalarse en el Río de la Plata. Algunos se quedaron en Montevideo, Uruguay, y mantuvieron siempre estrechos contactos con los que eligieron Buenos Aires como destino. El hecho de pertenecer a una clase media alta, con recursos económicos y culturales, favoreció su inserción en el nuevo país. La antigua y consolidada presencia italiana les permitió ser recibidos sin prejuicios. Sus apellidos sonaban simplemente como italianos y no los delataban como judíos, a diferencia de los inmigrantes de Europa Oriental que llegaron en los siglos XIX y XX: los rusos, judíos askenazíes. Para los judíos italianos, era más fácil “pasar inadvertidos” y evitar la hostilidad y el antisemitismo que estaban muy presentes en la sociedad argentina. A veces, no obstante, una erre gutural, o una erre francesa, bastaba para ser señalado en la escuela como judío, como lo recuerdan dos niñas de ese entonces.12 La doble identidad judía e italiana no se entendía, y a uno de los hijos de los recién llegados un compañero de escuela le preguntó: “Pero si tú eres italiano, ¿cómo es que también eres ruso?”. El riesgo de ser etiquetado como “ruso de porquería [sic]” había preocupado al mismo Civita en el momento de su llegada.

Si bien en 1941 el clima político no era muy favorable, la capital de Argentina aparecía moderna y atrayente a los ojos de los exiliados europeos. Cesare Civita se enamoró de ella apenas desembarcó: “La gente era cordial y amable, con una educación de tipo europeo, y un notable sentido del humor”.13

La vida era animada. Las salas de cine proyectaban filmes de Hollywood y las películas de una naciente cinematografía local. Había muchas salas para el teatro y la música, bares y restaurantes. La prensa contaba con dos grandes y prestigiosos diarios matutinos y otro vespertino. Había numerosas revistas de toda índole y para todo público. Las librerías estaban llenas de gente y la industria editorial se encontraba en plena expansión gracias a la crisis de las editoriales españolas (a partir del comienzo de la guerra civil) y, luego, de las de todo el mundo, lo cual favorecía la sustitución de las importaciones. Como escribió Arrigo Levi a propósito de la capital argentina: “Esta grande y filosofante ciudad europea (y casi ciudad italiana), que si en el mundo quedase solo ella podríamos saber igualmente cómo fue Europa en todos sus aspectos, tanto los frívolos como los esenciales”.14

Cesare Civita y Alberto Levi se reencontraron el 13 de mayo de 1941 en Buenos Aires (se habían vuelto a ver en noviembre de 1940 durante un primer viaje de Civita a América del Sur y en esa ocasión habían sentado las bases para trabajar juntos en la venta de los derechos de Disney en Argentina). Los dos amigos, junto con el abogado Paolo Terni, oriundo de Ancona, y el abogado romano Leone Amati, también ellos judíos italianos recientemente llegados al Río de la Plata, decidieron tomar clases de español. Civita ya había aprovechado su primer viaje a América del Sur en octubre de 1940 para empezar a aprender en el piróscafo el nuevo idioma.

Gracias a un aviso publicitario en el diario La Nación, encontraron quien les enseñara, un joven estudiante de física: Boris Spivacow,15 un ruso. En las clases, se intercalaban discusiones sobre política y sobre las perspectivas de trabajo. Cesare Civita les propuso a sus amigos ayudarlos a realizar un proyecto: independizarse de Disney y crear su propia editorial. En 1941, Civita, Levi y Terni, a los cuales se unió también Emanuele Diena desde Montevideo, decidieron invertir dinero y otros valores en el proyecto. Civita logró hacer salir milagrosamente de Italia parte de sus ahorros por medio de un fraile romano en una serie de viajes entre París y Milán.16 Obtuvo préstamos, empeñó un brillante de su esposa17 e invirtió las ganancias obtenidas gracias a sus derechos sobre el gato Félix.18

El capital inicial de la sociedad, de la cual Civita era socio mayoritario, fue de 90.000 pesos; su fecha de nacimiento, el 21 de noviembre de 1941.19 Boris Spivacow sugirió una cantidad de nombres para la nueva editorial; se eligió Editorial Abril, que tenía la ventaja no solo de evocar una idea de juventud, sino también la de no estar todavía registrado. Como logo se adoptó un arbolito estilizado (símbolo del conocimiento).20

Civita pensaba publicar una historieta para niños al estilo del Topolino de Mondadori en Italia, dedicado por entero a protagonistas de dibujos animados: una revista que ningún editor argentino había intentado hacer a causa de las onerosas condiciones impuestas por el editor de Burbank. Existían en cambio colecciones de tiras cómicas publicadas por los diarios, cuyos derechos estaban en poder del King Features Syndicate. Los superhéroes como Superman (1938) y Batman (1939), que se hicieron populares durante la guerra, y tantos otros personajes de historieta estadounidenses, eran bien conocidos en Argentina.

FIGURA 1. El primer logo de la Editorial Abril. Luego fue modificado y estilizado.

Existían también revistas de historietas de producción local, entre las cuales la primera era El Tony, que había aparecido en 1928 en la editorial de los hermanos Columba. A principios de la década de 1940, el editor de revistas de historietas más importante era Dante Quinterno (hijo de piamonteses). Sus publicaciones se titulaban Intervalo, Patoruzito y Rico Tipo. Había un gran interés por las historietas de Disney. El mismo Walt había visitado Argentina en octubre de 1941. Por lo tanto, sin lugar a dudas, existía el espacio para una revista como la italiana Topolino.

A la espera de lanzarse a esta aventura, la nueva editorial se inició con un proyecto más fácil de realizar en lo inmediato. La idea era publicar libros para niños sobre la base del modelo de los libros de bolsillo ingleses y estadounidenses (los famosos Better Little Books), cuyos derechos había adquirido Civita. La escasez de papel, típica del período bélico, constituía una contra para las ediciones, pero también una oportunidad para quien se especializara en productos de pequeñas dimensiones, que se podían hacer con los recortes de las grandes hojas de papel utilizadas por los diarios. Civita había estudiado el mercado y sus potencialidades. Había visto cuán “chatas, míseras y carentes de gusto” eran las publicaciones locales, había recorrido los kioscos, había estudiado cómo “competir con mis propios clientes” (a quienes les vendía los derechos de Disney). Sus Pequeños Grandes Libros (PGL) iban a transformar en novelas de bolsillo las aventuras de los amados héroes de las historietas.

2. ACTIVIDAD EDITORIAL, POLÍTICA Y CULTURA (1941-1946)

¡Italianos!

[…] Los italianos libres son la única fuente de legítima soberanía que puede representar actualmente al Pueblo Italiano en estado de cautiverio, porque se ve privado de su soberanía por el fascismo que domina a Italia con el apoyo y al servicio del invasor alemán. Este inalienable derecho soberano impone el deber de ejercitarlo y los italianos libres se deben reunir para concretar las fundamentales aspiraciones del Pueblo en la hora actual.

El Pueblo Italiano quiere: Paz, Justicia, Libertad, Trabajo, Reconstrucción.

Italia Libre, Buenos Aires, 3 de mayo de 1941

Las conversaciones acerca del desarrollo de la guerra no solo tenían lugar en la casa de Spivacow, sino también en las de los judíos italianos que se habían reencontrado o conocido en Buenos Aires. Además de las familias Terni y Amati, los nuevos amigos eran los Levialdi (Andrea y Lea), los Segre, de Milán (Mario, Manfredo y Marco), los Coen, los Sonnino, los Vigevani, los Luzzati, los Vitale, los Rabello, los Eppinger, los Smolensky, los Pugliese, los Conti, los Sacerdote, los Volterra y los Beer.21

Algunas de estas familias habían emprendido un segundo viaje de Italia a Argentina, un viaje que ya habían realizado en el pasado sus padres, sus abuelos o ellos mismos. La madre de Paolo Segre había nacido en Argentina; el ingeniero Mario Beer había trabajado entre 1910 y 1940 en la Patagonia; los abuelos de Vittorio Luzzati habían vivido y trabajado en Buenos Aires (se habían conocido en la sucursal de Harrods); el hermano de Manfredo Segre, después de la Primera Guerra Mundial, había emigrado a Buenos Aires, donde había abierto una gran tienda.

Las casas de los judíos askenazíes o sefardíes (Kohner, Falush, Engel, Vamos, Teubal, Cuenca, Modai, Angel), conocidos en la capital argentina, estaban abiertas a encuentros y a un tipo de sociabilidad que hacía menos duro el tener que empezar todo de cero.22 Se hablaba de política, de negocios y de cultura.

También los exiliados españoles republicanos formaban parte de esta red, de una especie de nueva “familia que se iba formando en base a afinidades ideológicas, culturales y religiosas”.23

Las relaciones de negocios, políticas y culturales se combinaban con el placer de fiestas hogareñas, encuentros en cafés, fines de semana en Tigre (localidad en las afueras de Buenos Aires) o vacaciones en los balnearios de Uruguay, como Atlántida y Punta del Este.24 Uruguay fue una etapa temporaria en el trayecto hacia Argentina para algunos exiliados italianos (Margherita Sarfatti,25 Rodolfo Mondolfo y Renato Treves), mientras otros26 la eligieron como tierra de acogida, teniendo también en cuenta la política a favor de los aliados del gobierno uruguayo.

La vida social resultó muy importante para consolidar redes útiles para insertarse en la sociedad argentina y fortalecerse económicamente. Buenos Aires era una ciudad muy animada en términos culturales, con abundantes restaurantes, como el Perosio, que se convirtió pronto en lugar de encuentro de los italianos, o cafés como La Vascongada. Había clubes donde se podía jugar al tenis y practicar otras actividades deportivas (Ferrocarril Oeste, Belgrano Athletic Club, Deportes Racionales) o clubes de la comunidad judía, como el Bnai Brith. Había también salas de baile, teatros y cines, como el Ópera y el Rex, grandes como catedrales, y estaban el teatro lírico Colón y los jardines de los parques de Palermo. La ciudad era acogedora, moderna, con rascacielos, subterráneos, grandes autos estadounidenses y veloces autobuses.

En los años treinta, el gobierno fascista había intentado conquistar a la colectividad italiana en el Río de la Plata y, en parte, lo había logrado. Existían estructuras organizativas como los Fasci y el Dopolavoro, y gracias al compromiso de algunos industriales, en primer lugar Vittorio Valdani, aparecía Il Mattino d’Italia, el diario dirigido en sus primeros años por el conocido periodista Mario Appelius.27 Casi todas las sociedades italianas de socorros mutuos habían entrado en la federación Feditalia, controlada por los fascistas. También la Dante Alighieri se había alineado con el régimen: por eso, en 1935 los antifascistas fundaron una Nueva Dante Alighieri, a la cual adhirieron de inmediato Civita y sus amigos.

El antifascismo, minoritario y afectado por divisiones internas, contaba con el diario L’Italia del Popolo, que se enfrentó ásperamente con Il Mattino d’Italia con motivo de la guerra de Etiopía, acontecimiento que tuvo un gran consenso entre los inmigrantes.28

El ambiente del antifascismo italiano constituyó otro de los puntos de referencia para los socios de Abril. En torno al honorable Mario Chiaraviglio (yerno de Giolitti y masón) y Francesco Ciccotti Scozzese (socialista), se había formado en la década de 1930 un grupo de ítalo-argentinos unidos por vínculos familiares y políticos. Gioacchino Dolci, Tito y Curio Chiaraviglio y Sigfrido Ciccotti constituyeron el núcleo originario de la asociación Italia Libre,29 creada en mayo de 1940 y afiliada al Centro Matteotti y que publicó, a partir de agosto de ese año, el periódico homónimo, dirigido por Nicola Cilla.30 El diario tuvo un discreto éxito, superior a las expectativas de sus fundadores. Según Cilla, “pensábamos hacer un pequeño diario más por escrúpulos de conciencia y para demostrar que los italianos libres todavía existían, con la esperanza de poner en marcha un auténtico emprendimiento que llamara la atención de ‘gente importante’ de aquí, de Estados Unidos e incluso de Europa”.31 El diario Italia Libre estaba financiado por el empresario de origen italiano Torcuato Di Tella y por las embajadas inglesa y francesa.32 La asociación se apoyaba en algunas sociedades de socorros mutuos italianas que no habían adherido al fascismo (Unione e Benevolenza [Unión y Benevolencia] y Mutualità e Istruzione [Mutualidad e Instrucción]). Según la Embajada de Italia, el comité directivo estaba compuesto, además de por Cilla, por Renato Ugolini, Remo Mello Sartor y Ugo Tempesti.33 Era un movimiento que se quería independiente de los partidos italianos activos en el exilio. En él coexistían liberales, socialistas, masones, radicales y católicos liberales. El diario exaltaba la figura de Garibaldi y en sus páginas escribían también radicales y socialistas argentinos. Los dirigentes de Italia Libre mantenían vínculos con los emigrados políticos en Nueva York, reunidos en torno a la revista Il Mondo, fundada por Serafino Romualdi y Giuseppe Lupis.34 Es muy probable que Cesare Civita hubiera tomado contacto con este grupo en Nueva York antes de su partida.35

Civita había adherido con los demás socios de Abril a Italia Libre, de la cual formaban parte también sus amigos Piero Luzzati y Giorgio Volterra. Otro exiliado antifascista, que se hizo muy pronto amigo de los socios de Abril, y en especial de Paolo Terni, fue Gino Germani, un estudiante romano condenado al destierro en la isla de Ponza en 1930 y expatriado a Buenos Aires en 1934 (a la edad de 23 años) donde vivían algunos parientes de su madre. Germani era un joven culto y curioso (leyó la obra de Freud en su adolescencia) que había encontrado trabajo en la capital argentina como empleado del Ministerio de Agricultura y se había inscripto en la Facultad de Filosofía y Letras. En las organizaciones estudiantiles, había estrechado amistades y participado en ásperas discusiones políticas acerca del tema del vínculo entre los antifascistas y los comunistas.

En 1939, después de la alianza de Alemania y Rusia, los comunistas argentinos, liderados por el italiano Vittorio Codovilla, se habían apartado del movimiento antifascista, declarándose en contra de la “guerra imperialista”. Por su parte, la asociación Italia Libre condenaba la política de la Unión Soviética y el pacto Ribbentrop-Mólotov. Solo después de junio de 1941 y de la invasión alemana a la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), los comunistas intentaron acercarse nuevamente a los demás antifascistas y entrar en Italia Libre. Vittorio Codovilla, agente soviético en España, había regresado de la URSS a Buenos Aires en 1941 con el encargo de promover el llamado “frentismo”.

Al entrar Estados Unidos en la guerra en diciembre de 1941, el Departamento de Estado estadounidense les dio su apoyo a Italia Libre y al antifascismo no comunista. Cercana a Italia Libre existía otra asociación, Argentina Libre, tan afín, que incluso sus respectivos diarios se servían a menudo de los mismos colaboradores. Italia Libre se caracterizaba por un cuidado estilo gráfico, por los dibujos y las caricaturas de ilustradores como Clément Moreau (Carl Meffert), Roberto Gómez y Fernando Cozzolino. Para los socios de Abril, la publicación de un diario antifascista constituía al mismo tiempo una actividad política y una oportunidad de tomar contacto con escritores e ilustradores. En la revista aparecían también historietas de tema histórico y otros de inspiración “panamericana”, en apoyo de la unidad del continente.36 En el transcurso de 1942, entre los miembros de Italia Libre se acentuó el debate acerca del vínculo con los comunistas y con la Mazzini Society [Sociedad Mazzini] de Nueva York. La asociación recibía financiamiento de la International Ladies Garment Workers Union [Sindicato de Trabajadores de la Confección de Indumentaria Femenina] de Luigi Antonini afiliada a la American Federation of Labor [Federación Americana del Trabajo].37

Entre los antifascistas del Río de la Plata, se discutía también la actitud a adoptar en relación con la Alianza Garibaldi, que había surgido en México por iniciativa del comunista Mario Montagnana y del socialista Francesco Frola.38 La posición de quienes favorecían la unidad antifascista se enfrentaba con la de quienes se sentían en el deber de condenar todos los sistemas totalitarios, el soviético inclusive.

La conferencia panamericana de Italia Libre, que tuvo lugar en Montevideo en agosto de 1942,39 fue la ocasión para plantear, por parte de algunos socios, los problemas relacionados con la inclusión de las asociaciones comunistas. En Rosario, en enero de 1943, se retomó el debate: el pedido del comité directivo de Italia Libre a sus socios, de firmar una prejudicial anticomunista, y su subsiguiente rechazo provocaron la intervención de la sección de Buenos Aires. Los socios de la capital crearon una nueva asociación (Italia Libera Unita [Italia Libre Unida]) a la cual adhirieron, además de Cesare Civita, también Gino Germani, Giuseppe Alterisio, Giuseppe Parpagnoli, Giuseppe Coppola, Mario Mariani, Ugo Ravenna, Mario Segre, Renato Ugolini, Guido Tempesti y Baiocco. Su órgano de prensa, entre marzo y agosto de 1943, fue La Nuova Italia. La nueva asociación mantuvo contacto con la Alianza Garibaldi, con la cual terminó por fundirse.40 La posición del antifascista Randolfo Pacciardi, exiliado en Estados Unidos, quien había abandonado la Mazzini Society y favorecido la aproximación a los comunistas, despertó más interés en el grupo de Buenos Aires que el moderantismo de la dirigencia de Italia Libre. La estrategia de los comunistas, basada en un insistente llamado a la unidad, resultó más persuasiva, tanto que en el diario La Nuova Italia se decía en marzo de 1943: “Un movimiento antifascista en la emigración política puede aceptar solo republicanos, socialistas, un cierto número de libertarios y puede también soportar una minúscula infiltración de rusófilos”.41

Se hablaba de “rusófilos” y no de comunistas pues el Partido Comunista argentino era ilegal. También influyeron, en la separación del grupo filocomunista Italia Libera Unita del núcleo originario de Italia Libre, las futuras perspectivas políticas de Italia. Gino Germani, con el pseudónimo de Giovanni Frati, en polémica con la revista Domani, de Paolo Vita Finzi, decía en La Nuova Italia que el posfascismo debía implicar una ruptura con el pasado y no una solución “darlaniana”.42

Se recuperará la unidad, al menos hasta 1946, con el Comité de Ayuda a Italia, creado en 1944 por Italia Libre.43

La elección de los socios de Abril de alinearse con el sector más radical del antifascismo dependió también del ambiente intelectual que frecuentaban. Margherita Sarfatti le comentaba a su amigo estadounidense Nicholas Murray Butler que “en Buenos Aires hay gente de vanguardia. Pero son, en su mayor parte, comunistas”.44

La situación en Argentina se caracterizaba, en esos años, por un clima de incertidumbre y tensiones, que es preciso tener en cuenta para comprender la decisión del grupo bonaerense de Italia Libre de alinearse con los comunistas. Después de Pearl Harbor, en 1941, el presidente Ramón Castillo había declarado el estado de sitio y prohibido las demostraciones a favor de los Aliados o del Eje. La situación económica todavía era buena, y Estados Unidos aprovechó esa circunstancia para afianzar sus relaciones económicas con el país sudamericano. En noviembre de 1941, en el marco de una ofensiva diplomática y cultural, Walt Disney viajó a Buenos Aires para preparar dos películas (Saludos amigos y Los tres caballeros) que debían favorecer un clima de creciente simpatía entre ambos hemisferios. También la publicación en español de Reader’s Digest, distribuida por suscripción en Argentina, o la circulación de la revista En Guardia para la Defensa de las Américas formaban parte de esta ofensiva cultural. La política exterior argentina, como en el pasado, se caracterizaba por su hostilidad hacia el panamericanismo y la desconfianza ante el imperialismo estadounidense. Después de la conferencia de Río de Janeiro en enero de 1942 y del rechazo (junto con Chile) a romper relaciones diplomáticas con el Eje, el vínculo entre Estados Unidos y Argentina se deterioró. Entre 1942 y 1943, surgió en el seno del Ejército una logia secreta, denominada Grupo de Oficiales Unidos (GOU), formada por militares desencantados del sistema político y que no toleraban las presiones externas ejercidas sobre Argentina para convencerla de abandonar la neutralidad.45 Después de que se eligiera como sucesor de Castillo al ultraconservador Robustiano Patrón Costas, el “barón del azúcar”, la organización secreta (a la que pertenecía el coronel Juan Domingo Perón) empezó con los preparativos para un golpe, que tuvo lugar el 4 de junio de 1943. Ese día, Civita y Terni, mientras caminaban por Avenida de Mayo, escucharon los golpes secos de disparos de armas de fuego, al punto que Terni le gritó a su amigo, apurando el paso: “¡Muévete, idiota! ¡Esta es una revolución!”.46