Aby - Marie de Quatrebarbes - E-Book

Beschreibung

 Marie de Quatrebarbes se inspira para su novela en la vida y la obra de Aby Warburg (1866-1929), pensador fundamental del siglo  xx , nacido en el seno de una acaudalada familia de banqueros judíos en Hamburgo. Aun siendo el primogénito, a los trece años renuncia a tomar las riendas del negocio familiar y se las cede a su hermano Max, a cambio de que éste le compre todos los libros que le pida. Este pacto de la niñez sustentará la sed coleccionista del historiador del arte, quien hasta el final de sus días reunió cerca de sesenta mil volúmenes en su biblioteca, germen del prestigioso Instituto Warburg, en Londres.   Entretanto, atormentado por los desastres de la Gran Guerra, Aby se precipita en las simas de la locura y lo internan. Basándose, entre otros documentos, en el expediente clínico de Warburg que el psiquiatra Ludwig Binswanger redactó en la clínica Bellevue entre 1921 y 1924, la autora sondea los abismos de la esquizofrenia, la paranoia y las fobias que lo atenazaron hasta su curación.   En un texto escrito por montaje, a imagen y semejanza del Atlas Mnemosyne, y a través de una prosa atravesada por relámpagos líricos y cuajada de electrizantes asociaciones de ideas e imágenes, la autora nos sitúa en una época de cambios tan vertiginosos como paradigmáticos: el telégrafo, los rayos  x , la teoría de la relatividad, la Primera Guerra Mundial.    A esta celeridad del mundo se opone el  tiempo mental de Warburg, quien conjuró la locura y el caos consagrándose al estudio de las imágenes y los libros que con tanto esmero reunió, y que encarnó como nadie  la figura del coleccionista según la definió Walter Benjamin: «Acaso el motivo último del coleccionista sea éste: librar una batalla contra la dispersión. De entrada, al coleccionista le perturban el caos y la dispersión  en que se encuentran todas las cosas en el mundo». 

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Seitenzahl: 172

Veröffentlichungsjahr: 2026

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COLECCIÓN FUERA DE SERIE, 14

Marie de Quatrebarbes

ABY

TRADUCCIÓN DE VANESA GARCÍA CAZORLA

EDITORIAL PERIFÉRICA

PRIMERA EDICIÓN: marzo de 2026

TÍTULO ORIGINAL:Aby

MAQUETACIÓN: Grafime

© P.O.L Éditeur, 2022

© de la traducción, Vanesa García Cazorla, 2026

© de esta edición, Editorial Periférica, 2026. Cáceres

[email protected]

www.editorialperiferica.com

ISBN: 978-84-10171-74-9

La editora autoriza la reproducción de este libro, total o parcialmente, por cualquier medio, actual o futuro, siempre y cuando sea para uso personal y no con fines comerciales.

Dibujad el siguiente cuento: «Era un día oscuro y nublado. La madre le dijo a su pequeño que no saliera, pero él lo hizo en mitad de la tormenta».

máscaras

Hamburgo, 1903

Un día, el banquero Max Warburg, hijo de Moritz y Charlotte Warburg, y hermano de Aby, de Paul, de Felix, de Olga y de los gemelos Fritz y Louise Warburg, reúne a su familia para celebrar el aniversario de su boda. Al final de la comida, Aby improvisa un número en el que imagina a sus hermanos Max y Paul enfrascados en una conversación sobre asuntos familiares, sólo que, en la escena, Paul está en Nueva York y Max en Hamburgo, y se comunican mediante un sofisticado aparato capaz de transmitir sonido e imágenes a distancia. En 1903 aún no se ha inventado la videoconferencia, pero la electricidad, aunándose con el capital, se ha propuesto la misión de liberar el cuerpo de los límites del espacio y del tiempo. De esa unión nace otro mundo, uno basado en la circulación de una materia más fluida que el oro, una liquidez total que todo lo absorbe al tiempo que congrega en el mismo bando los intereses más heterogéneos. Nadie escapa a su fabuloso poder de arrastre, y Aby no es una excepción. Su padre es banquero, lo mismo que sus hermanos, y, pese a que el norte de Aby es la historia del arte, pese a encontrar en Ghirlandaio y Botticelli los recursos para contrarrestar los excesos de una racionalidad desaforada, se siente atravesado por ese prodigioso fluido capaz de relacionar todas las cosas con su propio sistema de equivalencias.

You Press the Button, We Do the Rest. Con este eslogan, George Eastman, inventor y fundador de la empresa Kodak, prometía a cualquier ciudadano de a pie multiplicar hasta el infinito las perspectivas de una misma cosa. Lejos de la magia, los números de circo, los besos eléctricos y las danzas del radio, la electricidad ha domesticado subrepticiamente al hombre. Esto es lo que repite Aby, convencido como está de que la racionalidad, en su vertiente tecnológica, está matando a la sociedad al someterla a su calculadora lógica. A sus ojos, el ferrocarril, el telegrama y el teléfono son herramientas asesinas. Está persuadido de que esos inventos cuyo propósito es acercar a los seres humanos malogran en realidad la posibilidad de un recogimiento fecundo, la posibilidad de una falla por la que el pensamiento pueda introducirse para irrigar la piedra de la razón. Al mismo tiempo que destruyen la distancia física entre los objetos y las personas, estos inventos suprimen la profundidad de campo necesaria para la formación de imágenes. El gesto, al romper las amarras que lo conectaban con el mito, se funde, como un relámpago, con su objetivo. Lo que sigue es un cortocircuito, una brecha irreversible en el haz de causas. Pronto ya no habrá distancias en el mundo ni umbrales que cruzar.

Mucho ha llovido desde que, en 1559, Simon von Cassel se estableciera en Warburg, ciudad ubicada en Westfalia, para ampliar sus actividades de prestamista. Algo más de dos siglos después, los hermanos Moses Marcus y Gerson Warburg fundaban M. M. Warburg & Co. en Hamburgo, una ciudad cosmopolita por la que pasan a diario el pescado de Escandinavia, la lana de Flandes y las pieles de Rusia. Al cabo de cien años, M. M. Warburg & Co. se convierte en uno de los principales bancos de Alemania. De los seis hijos que tuvieron Charlotte y Moritz Warburg, es Max quien, en 1893, da sus primeros pasos a la cabeza de la banca familiar, en lugar de Aby, cuyo estatus de primogénito lo destinaba naturalmente para desempeñar ese papel. Entre Aby y Max hay un pacto que sellaron en su infancia, una resolución temprana por la que el hermano mayor decide ceder su puesto al menor. A los trece años, Aby renuncia al derecho a hacerse cargo del banco familiar y, a cambio, hace prometer a Max que le comprará cuantos libros desee. Max cumple su palabra y, durante toda su existencia, Aby se beneficia de una fuente inagotable de obras que, año tras año, van engrosando las baldas de su inmensa biblioteca.

Mediante la acumulación de volúmenes y el estudio paciente, Aby opone a las contigüidades propiciadas por la electricidad un gesto de lento alejamiento. Así espera alcanzar el hipotético lugar donde las corrientes se invierten y el plomo del oro se convierte en el oro de los libros. Sin embargo, para ese hijo de banquero cuya biblioteca prospera al mismo tiempo que el banco familiar cosecha beneficios, esa conversión no está exenta de ambigüedad: la ambigüedad del dinero que Aby obtiene gracias a las ganancias familiares, de las que nunca se distanciará del todo. La ambigüedad de una relación con ese inesperado maná que obra, en el seno de un contrato de la niñez, como una transferencia especulativa entre el conocimiento y el oro.

Así pues, ese día, tras la máscara de sus hermanos y ante un público formado por sus allegados, Aby se enfunda el traje del oscuro precursor que deja su impronta en el mundo, impronta de una modernidad prometeica que él intuyó unos años atrás cuando, equipado con su Kodak, atravesó Nuevo México en busca del vínculo sagrado preservado en los ritos de los indios pueblo para conjurar el miedo. En su viaje de regreso, al pasar por San Francisco, lo sobrecoge la figura, mucho más inquietante, del Tío Sam, que se le aparece en un recodo de la calle tocado con un sombrero de copa que parece lanzar relámpagos. Sumido en un estado prácticamente alucinatorio, Aby imagina que el sombrero, que aumenta en unos centímetros la estatura del hombre, a la vez lo confirma como pararrayos. Detrás del transeúnte, un poste de electricidad parece haber brotado de él como si le hubiera crecido en la espalda y estuviera a punto de salir disparado del sombrero para coronarlo de chispas. Aby captura ese instante con su Kodak. A su regreso a Hamburgo, mandará el negativo a revelar y, más adelante, varias veces extraerá la copia de una de las cajas forradas con papel estampado en las que guarda sus imágenes y sus notas. Andando el tiempo, la fotografía se deslizará por su recuerdo y, a causa de la distancia, algo se enturbiará. Aby se preguntará qué vio aquel día que lo perseguirá para siempre. Se preguntará qué es eso que, apuntalando la silueta del hombre eléctrico, le devuelve la mirada.

Se suceden los años y Aby avanza dando pasos de funambulista, renqueando por una cresta que se eleva entre dos simas. Carga con el peso de una herencia a la que intenta sustraerse, pues prefiere confiar en los cantos de sirena antes que en el crujido de los billetes bancarios, pero, a la vez que clama por que lo suelten del mástil familiar, sopesa los pros y los contras de esa fragua fiduciaria que se alimenta de libros, que transmuta los beneficios en ciencia, y el dinero, en detalles extrapolables a lo que lo rodea. No sabe cuánto tiempo podrá permanecer así en esa línea de existencia. En cualquier momento podría desviarse de ella, ir a parar, sin retorno, al lugar que lo separará de sí mismo para siempre. A pesar de que se siente tan vivo, tan poseído por su búsqueda, está consumiendo sus últimas fuerzas. Los días pasan, y él intenta rasgar el manto de inmaterialidad que todo lo envuelve, pero la trama de ese manto es tan fina, se ciñe tan estrechamente a sus contornos, que Aby ve su adherencia derretirse poco a poco como la nieve al sol. ¿Qué puede uno hacer cuando el océano de su pensamiento ya no tiene orillas a las que regresar? ¿Cómo alcanza la margen en la que su cuerpo estará a salvo de nuevo? Aby, da igual que te falte el aire: veamos adónde te lleva el viento. Y, si la lluvia te acribilla, bailarás con ella. Los símbolos excavan en la realidad nichos votivos y refugios. Cuando sus dedos accionan el disparador de su Kodak, y cada vez que repite ese gesto –que se extiende imparablemente por el espacio y el tiempo–, Aby sabe, a la luz del flash, que los rayos se domesticaron tanto para la salvación de la humanidad como para su mayor desgracia. En las ciudades de todo el mundo, millones de cables eléctricos crecen entre las casas y trenzan sus destinos. Todo está en calma, aparentemente, mientras la serpiente de cobre duerme enroscada sobre sí misma. Aun así, puede despertarse en cualquier momento y manifestarse mediante el rayo. Es entonces cuando se la ve lanzar sus anillos hacia el cielo para dejar su fosforescente marca.

Hamburgo — Nueva York, 1895

Ocho años antes, Aby había salido de Alemania a bordo del SS Fürst Bismarck, botado por la HAPAG, la línea exprés que, en sólo cinco días, unía Hamburgo con Nueva York. Dotado de tres chimeneas y de cinco cubiertas, el Fürst Bismarck es uno de los buques insignia de una flota que incluye también el Columbia, el Normannia y el Augusta Victoria, que cada semana transportan a familias de inmigrantes, turistas, aventureros y buscadores de oro. Antes de que, a principios del siglo siguiente, los rusos lo transformaran en buque de guerra y después pasara a manos de Austria e Italia hasta que, finalmente, en 1924, lo pusieron fuera de servicio, el Fürst Bismarck surca las vinosas olas. Es la primera vez que Aby emprende un viaje semejante. Su hermano Paul lo espera al otro lado del océano, donde se dispone a celebrar su boda con Nina J. Loeb, hija de Salomon Loeb, fundador de Kuhn, Loeb & Co., el banco que financió el ferrocarril en Estados Unidos. Aby se embarca en el transatlántico y, nada más zarpar, siente que se le encoge el corazón. Cada minuto que pasa a bordo y cada partícula de agua que lo separa del fondo lo alejan irremediablemente de sus orígenes. Tiene la sensación de no ser más que eso, una delgada ramita que se retuerce al viento, un injerto que, arrancado de su tierra natal, flota a la deriva. Pero, en el momento en que la tierra desaparece del horizonte y se convierte, como quien dice, en la nada, Aby se siente como liberado de un peso. Delante de él, todo es un vacío y una nebulosa, no se ve nada, no hay mojones en el espacio ni en el tiempo, no hay más puntos de referencia que los de su cuerpo y el barco que, bajo sus pies, hiende las aguas como un relámpago. Aby se pone entonces en manos del doble casco del transatlántico, de sus tres mil toneladas de peso, de su desmesura, de su indescifrable matemática. Desde que se ha embarcado, el monstruo ha absorbido su energía, la ha metabolizado para alimentar un sofisticado sistema del que no sabe nada, pero que abraza un poco más cada segundo.

A bordo, el tiempo fluye a cámara lenta. El azul está terso. Para distraer la espera, Aby pasa los días al aire libre. No es que disfrute especialmente de la belleza de los amaneceres marinos, de hecho, no está seguro de que le gusten hasta ese punto los espacios infinitos, pero durante su travesía tiene la impresión de haber recuperado sus funciones motrices más simples. La mayoría de las veces deambula. No tiene rumbo. Se lo ve recorrer la cubierta de un lado a otro, detenerse de tanto en tanto para respirar hondo y espirar el aire fresco, estirarse levantando los brazos como si tratara de alcanzar las nubes o saltar y girar hasta que le cruje el esqueleto. Viste un atuendo de viaje un poco holgado y un sombrero de fieltro de ala blanda que se sujeta con una mano para evitar que se lo lleve el viento. Se apoya en la borda con una pose estudiada, imitando un anuncio de la HAPAG o de la marina mercante en el que se cantan las virtudes de las especias, las telas, el jabón y las kilotoneladas de mercancías.

La travesía le permite acercarse a la gente de un modo único. Las conversaciones se entablan más fácilmente gracias a la perfusión del azul. La mañana del segundo día, Aby advierte que en su fuero interno aflora una suerte de excitación sin objeto que se manifiesta en arrebatos y que lo impulsa a dirigirse a todo el mundo con cierta grandilocuencia. Se siente unido a los demás pasajeros por una especie de pacto secreto. Se lo ve levantar el sombrero más de la cuenta, saludar a cuantos atraviesan su campo visual, todos ellos, como él, sometidos al proyecto de una maquinaria de acero que se precipita hacia algún hipotético destino. Pronto las miradas estarán puestas en el puerto de Nueva York, al menos en teoría, ya que nada es menos cierto: aún puede ocurrir cualquier cosa en la brecha abierta por la travesía. En realidad, mientras el barco avanza, Aby no está en ninguna parte: se balancea en la indeterminación. Cuando habla, se enciende, las mejillas se le arrebolan, las palabras se deslizan por un largo hilo de seda para recomponer un collar efímero en el aire. Un matrimonio inglés que se embarca en Southampton presta cortés atención a sus efusiones mientras él conversa con ellos febrilmente, multiplicando los neologismos y los juegos de palabras. Sus respuestas llegan a Aby en capas fluidas al mismo tiempo que parecen desprovistas de sentido, reducidas a onomatopeyas que rayan en la insignificancia. Aby necesita las olas, el viento, el perpetuo movimiento del transatlántico, la insufrible calma de las mañanas a bordo y la compañía de los demás para sentirse vivo. Presiente que ese estado durará mucho más allá del viaje. Cuando sus pies vuelvan a pisar tierra firme, dentro de unas horas, días o semanas, se habrá convertido en otra persona. Sea como fuere, el Aby que inició el viaje no será el mismo que lo termine. Puede que se transforme en un pájaro o en un pez, pero, en cualquier caso, su sitio ya no estará en la tierra. Por la noche, cuando se duerme, siente que el transatlántico, semejante a un animal marino vagamente hostil, se desliza contra su vientre. Aby se confía a su fluido viaje, siempre idéntico a sí mismo, aunque atravesado sin cesar por tenues variaciones que actúan casi por debajo del umbral de la percepción. Poco a poco, el océano aumenta su influjo. Aby ya no sabe si está soñando o contemplando el horizonte mientras éste se disuelve tras sus párpados. Su cuerpo se hincha y se amolda a los contornos del barco, del que siente cada remache y cada clavo, y con el que comparte un mismo destino translúcido.

precipicios

Nueva York — Washington, 1895

Nada más pisar tierra firme, Aby se tambalea. Todo a su alrededor se funde en una maraña de colores y sonidos en la que es incapaz de distinguir unos de otros. La ciudad descansa sobre un dispositivo enteramente arquitectónico, un delirio geométrico que, traduciéndolo todo a líneas verticales, anula el horizonte. A la vez que descubre ese mundo de acero y cristal, esas torres que se alzan sobre un cielo inmutable, Aby se siente expulsado de sí mismo. Tiene la impresión de haber abandonado su cuerpo, como si lo hubiera dejado en el barco, donde continúa sin él. Desde que a Aby ya no lo transporta el doble casco del transatlántico, desde que en él ya no obra ninguna fuerza externa, de continuo ha de poner todo su empeño en orientarse en el mundo. Pasan los días y no sabe a qué asidero agarrarse para no sucumbir al vértigo que lo asalta. Por la mañana, le cuesta ponerse en pie: sus piernas retroceden ante la idea de levantarse. Sus manos ya no pueden sujetar los objetos, que escapan a su control, y su cabeza, su pobre y febril cabeza, cae pesadamente sobre el mármol de la mesilla de noche, convertida en yunque. Por si fuera poco, la asfixiante atmósfera de la habitación del hotel lo empuja a la calle. Aun así, una vez fuera, no logra encontrar el menor punto de anclaje. No hay ninguna dirección a la que dirigir sus pasos, ningún espacio vacío en el que descansar su cuerpo. El aire, embriagado por su propia velocidad, huye de él.

Cuando cree que le ha llegado la hora suprema, Aby recuerda a sus amistades transatlánticas. Durante sus interminables paseos por la cubierta, se había hecho amigo de un empleado del Instituto Smithsoniano de Washington. Este célebre centro de investigación ha visto la luz hace medio siglo, después de que un científico inglés, James Smithson, decidiera destinar su fortuna a la gloria universal de la ciencia y eligiera al Congreso de Estados Unidos para ser su legatario. Se desconoce qué movió al anciano a incluir a Estados Unidos en su testamento, máxime cuando nunca había viajado al Nuevo Mundo. Sea como fuere, es en el Instituto Smithsoniano donde Aby encuentra refugio a finales de 1895. Durante un tiempo acompasa sus pasos con los de los investigadores, quienes, al igual que él, viven al ritmo de la ciencia y trabajan de la mañana a la noche como una colonia de abejas junto al lecho de su reina. A su lado redescubre los gestos de la investigación, los de una búsqueda lenta y asidua, los de una alegría tanto más delectable cuanto que hay que arrebatársela al esfuerzo. Su entusiasmo alcanza su cénit en las reservas amerindias. Allí descubre un mundo primitivo, prehistórico, radicalmente distinto del que conoce. En contraposición a un país feliz, Estados Unidos, donde los negocios lo deciden todo y el dinero es el dios omnipotente e intocable al que todos profesan devoción, otro continente cobra vida ante sus ojos. Con infinita paciencia, Aby desempolva las patas de los documentos, sopla sus escamas de papel hasta que recuperan sus colores, alisa sus arrugadas alas. Pronto las polillas de los archivos revolotean a su alrededor, ebrias de su libertad recobrada.

Una imagen le llama la atención más que ninguna otra. Perteneciente a las investigaciones del explorador sueco Gustaf Nordenskiöld en Mesa Verde, el dibujo representa a un amerindio posando delante de unos cliff dwellings. Hace más de mil años, los indios anasazi construyeron viviendas trogloditas en las paredes de los cañones del actual estado de Colorado. Por más que lleven siglos abandonados, los asentamientos anasazi siguen en pie en el precipicio y resisten a los derrumbes cíclicos. En lugar de empujar la aldea hacia la escarpadura, la falla la retiene, pues preserva la huella de las vidas circunscritas en esa configuración rocosa. Aby se siente irresistiblemente atraído por la imagen de Nordenskiöld. No puede apartar los ojos de la silueta del indoamericano delante del poblado vacío. Diríase que lo habita desde fuera, desde un punto distinto al de sus antepasados, como si se inscribiera en él a contrapelo, en el lugar mismo en que aquellos desaparecieron. Aby está imantado por la brecha que subsiste entre el temporal cuerpo del amerindio y la permanencia de la aldea que se alza tras él. Durante cientos de años, el asentamiento ha sobrevivido a las masacres. Sus habitantes ya no están allí para verlo, pero su hijo, depositario de su memoria, los sobrevive. Está en lo alto del despeñadero y algo en su porte salva del olvido a sus ancestros. Hay algo en ese porte que atestigua una supervivencia más allá de la vida. Resulta imposible decir qué perpetuidad establece su mirada ni qué reavivan las miles de miradas ausentes que ahora confían en él. El amerindio de Nordenskiöld, receptor mnemónico de la muerte de los otros, cultiva una relación de poder dentro del dispositivo que lo representa. Ese día, sin que pueda explicarse claramente el porqué, Aby se estremece ante el dibujo. Presiente que está ocurriendo algo que la mirada aviva considerablemente en el archivo. En el momento en que sus ojos se cruzan con los del amerindio, tiene la certeza de que las fallas de ambos se superponen.

Más adelante, cuando regrese a Hamburgo, Aby reunirá una colección de imágenes que clasificará en grupos diferentes. De uno de éstos, titulado Judíos o Antisemítica, el historiador Michael Steinberg extraerá una fotografía que tomaron unos soldados alemanes en 1915. Titulada Judíos de Lodz