Acoso - Marta Lamas - E-Book

Acoso E-Book

Marta Lamas

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Ante la urgencia ética para enfrentar el acoso, Marta Lamas realiza una profunda reflexión de las diferentes corrientes teóricas del feminismo, así como de las actitudes sociales en relación a éste. La autora busca, para ello, abrir el debate para definir aquellos actos que pueden ser considerados como acoso, de otros que no lo son y que encaminan, por otro lado, a la persecución y la difamación. En este proceso de crear una sociedad más justa e igualitaria, es necesario reflexionar críticamente entorno a aquellas prácticas que resultan emancipadoras, así como aquellas otras que son más bien, un tropiezo.

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Seitenzahl: 187

Veröffentlichungsjahr: 2019

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MARTA LAMAS

ACOSO

¿DENUNCIA LEGÍTIMAO VICTIMIZACIÓN?

Primera edición, 2018 Primera edición en libro electrónico, 2018

D. R. © 2018, Fondo de Cultura Económica Carretera Picacho-Ajusco, 227; 14738 Ciudad de México

Comentarios:[email protected] Tel. (55) 5227-4672

Diseño de portada: Teresa Guzmán Romero

Se prohíbe la reproducción total o parcial de esta obra, sea cual fuere el medio. Todos los contenidos que se incluyen tales como características tipográficas y de diagramación, textos, gráficos, logotipos, iconos, imágenes, etc., son propiedad exclusiva del Fondo de Cultura Económica y están protegidos por las leyes mexicanas e internacionales del copyright o derecho de autor.

ISBN 978-607-16-5888-3 (ePub)

Hecho en México - Made in Mexico

A Raquel Serur, que siempre supera a la ficción con su realidad

Índice

Prólogo. ¿Qué pretendo?

De la liberación sexual al miedo a la sexualidad

Violencia sexual y victimismo mujerista

La epidemia de acoso en las universidades estadunidenses

La disputa cultural entre Francia y Estados Unidos

La controversia en México

¿Guerra entre los sexos o conflicto de interés entre mujeres y hombres?

La amnesia social

Epílogo. ¿Y en México, qué hacemos con la rabia?

Anexo. «Defendemos una libertad de importunar, indispensable a la libertad sexual»

Bibliografía

Prólogo. ¿Qué pretendo?

No existe en el mundo nada más poderoso que una idea a la que le ha llegado su tiempo.1 Hoy esa idea, que moviliza a millones de mujeres, es ¡basta de acoso! El acoso sexual es repugnante, pero no todas las denuncias que se hacen pueden considerarse acoso; algunas nombran «acoso» a usos y costumbres culturales, como el piropo, incluso a prácticas tipo quid pro quo.2 Hoy en día muchísimas mujeres que denuncian acoso sexual canalizan así el malestar y la indignación que les provocan prácticas machistas, agresivas o discriminatorias. Ese ¡basta ya! en realidad es ¡basta ya de desigualdad, basta ya de doble moral, basta ya de discriminación, basta ya de machismo! Así, el discurso hegemónico sobre el acoso reduce, en el significante «acoso», la complejidad de un contexto violento, desigual y explotador.

¿Por qué actualmente se habla mucho más que antes de acoso sexual, y qué es lo que en el fondo se está diciendo? ¿Cuáles son los efectos de poder inducidos por la retórica del acoso? ¿Qué relación existe entre el discurso hegemónico sobre el acoso y las prácticas calificadas de acoso? Un discurso no es un texto sino, como ha señalado Foucault, una estructura histórica, social e institucionalmente específica de enunciados, categorías, creencias y términos. El discurso actual sobre el acoso tiene una historia, y para entenderla me interesa rescatar la memoria de quienes hablaron antes de acoso sexual, cómo lo hicieron y qué creencias se formaron desde sus palabras. Esta historia se ubica en el proceso que Bolívar Echeverría calificó como «americanización de la modernidad».3 La hegemonía en el discurso sobre acoso la tienen las dominance feminists4estadunidenses, que han insertado su perspectiva en el debate a nivel mundial tal como Echeverría señala que ha ocurrido en otros campos. Para este filósofo, la tendencia principal de desarrollo en el conjunto de la vida económica, social y política es la que impone Estados Unidos. Según Echeverría, la americanización de la modernidad durante el siglo XX es un fenómeno general: no hay un solo rasgo de la vida civilizada de ese siglo que no presente de una manera u otra una sobredeterminación en la que el americanismo o la identidad americana no haya puesto su marca. El rotundo papel que han tenido las teorizaciones y el activismo de esa tendencia de las feministas estadunidenses ha incidido de forma determinante en otras latitudes y, por razones geográficas, especialmente en nuestro país.

Existen múltiples feminismos, y también sus posturas respecto al acoso varían. Mi perspectiva abreva en la crítica que hace Elisabeth Badinter5 al estado actual de las relaciones entre mujeres y hombres y en el análisis de Janet Halley6 sobre las governance feminists. Estas feministas de la gobernanza, que participan en procesos locales y mundiales, en instancias como la ONU y las secretarías de Estado, y que trabajan desde ciertas ONG, han desarrollado sus intervenciones en la realpolitik desde una perspectiva que Halley califica de «una tríada»: la inocencia de las mujeres, el daño que sufren y la inmunidad de los hombres.7 En este texto rastreo el proceso que ha ido filtrando esa perspectiva y la forma en que dicha tríada está presente en el discurso hegemónico sobre el acoso sexual. Para ello, me remonto al surgimiento de la lucha política contra el acoso sexual en el espacio laboral, cuyos antecedentes están en el activismo feminista estadunidense contra la violencia sexual como su impulsor inicial. Al recordar este fenómeno contrapongo la postura crítica de otra tendencia, que está preocupada por el avance indiscriminado de un discurso puritano y victimista. Esta reacción se ha arraigado incluso en espacios donde se esperaría mayor conocimiento, como las universidades. También ahí el discurso del feminismo radical sobre el «acoso sexual» ha generado prácticas injustas y ha erosionado el debido proceso. Esto ha despertado gran inquietud y malestar, y ya han surgido agudos cuestionamientos, especialmente del profesorado, sobre los procesos internos de manejo del problema en los campus. El debate, además de fundamentado, es crucial, pues en él se defienden la presunción de inocencia y se ponen en evidencia nefastas prácticas, como acusaciones falsas o exageradas.

Mi propuesta de analizar el discurso actual sobre acoso tiene como eje la confrontación entre el #MeToo y la declaración de un grupo de francesas.8 Tal oposición se ha interpretado como una expresión de la diferencia ancestral entre las valoraciones culturales francesas y estadunidenses respecto a las relaciones entre los hombres y las mujeres. Hace tiempo circula una representación del Viejo Mundo (historia, experiencia y alta cultura) opuesta a la del Nuevo Mundo (dinero, frivolidad y ausencia de refinamiento), que promueve estereotipos: se ve a Francia como la nación que aprecia la seducción y el juego del amor, y a Estados Unidos como un país donde impera el puritanismo. Es evidente que ambas naciones difieren respecto a las valoraciones que otorgan a la conducta sexual, a la vida privada y a las responsabilidades públicas.

En Francia, por ejemplo, Mitterand mantuvo una relación extramarital siendo presidente, e incluso procreó a una hija a la que visitaba; mientras que en Estados Unidos cualquier político que hubiera hecho lo mismo habría sido exhibido como un adúltero y habría tenido que renunciar a su cargo. Sin embargo, y pese a la diferencia cultural en ambos países, justo por la «americanización» que señala Echeverría, las llamadas «guerras en torno a la sexualidad» (Sex Wars) se han replicado en Francia y ahí también las feministas están posicionadas en uno de los dos bandos que han dividido al movimiento feminista en varios países.

Como en estas páginas me interesa precisar el «hecho discursivo» actual sobre el acoso, pretendo analizar la reacción negativa que suscitó esa declaración del grupo de francesas. Pero ¿qué tienen que ver esos hechos con la realidad mexicana? Creo que, a pesar de enormes diferencias, mucho. El 18 de enero de 2018, una semana después de la publicación de dicho texto, hubo una mesa de debate en el Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM sobre acoso, titulada «Del silencio al estruendo».9 En su intervención, una de las participantes, Marta Ferreyra, señaló:

A raíz del debate del #MeToo, tuve la ocasión de dialogar con la antropóloga argentina Rita Laura Segato, un referente teórico y del activismo de la lucha contra la violencia de género en América Latina. Me dijo varias veces lo mismo: «No es nuestro debate. No perdamos tiempo en esto». Me impactó, porque como veremos más adelante, sí hay algunos elementos que creo debemos aprovechar para debatir.10

Coincido totalmente con Ferreyra. Aunque en México, y en América Latina, la violencia sexual y las distintas formas de acoso y abuso sexual son mucho más brutales y más cotidianas que en Estados Unidos y Francia, debemos aprovechar ciertos elementos de esos acontecimientos mediáticos para debatir, pues algo que nos atraviesa por igual, pese a los procesos y contextos diferentes, es la división entre feministas respecto a la perspectiva interpretativa del problema.

Aunque en estas páginas no documento la situación de acoso cotidiano que padecen mis conciudadanas, soy consciente de que lo que ocurre en México es muy grave, mucho más que lo que viven diariamente las estadunidenses y las francesas. Aquí, el acoso es más que una importunación torpe. María Teresa Priego cita a una joven que exclamó: «Ya quiero ver a la Deneuve caminando por Ecatepec».11 También Priego relata el caso de otra joven que se cortó el cabello y anda con una chamarra grande para pasar desapercibida, luego de que una de sus mejores amigas fuera asesinada en el Estado de México.

Sí, el contexto machista y violento en México es aterrador, pero en estas páginas, de momento, pondré esa preocupación a un lado para concentrarme en un análisis específico: me interesa rastrear el fenómeno de cómo la batalla en contra del acoso sexual, que se inició por feministas, con el tiempo ha dividido a las propias feministas. En ese sentido, me centro en el discurso social sobre el acoso, y en la forma en que ciertas ideas feministas prenden en el imaginario social, pero al mismo tiempo, mutan y son usadas por fuerzas políticas lejanas al feminismo.

Luego de recordar algunos aspectos de la disputa cultural entre Francia y Estados Unidos abordo los recientes escándalos de mexicanas del mundo del espectáculo, que sin duda también están cruzados por la «americanización» del debate. Reviso las definiciones de acoso, abuso sexual y hostigamiento en nuestras leyes y retomo algunos datos disponibles de las denuncias, sentencias y consignaciones para hacer un esbozo de la situación nacional. No profundizaré en casos específicos, pues mi objetivo es analizar el discurso social, pero ello no me impide ver que la situación nacional es terrible, como lo constatan todo el tiempo desgarradoras noticias, y como lo escucho de mis alumnas cuando me comparten sus desagradables experiencias cotidianas.

Interpreto el discurso hegemónico sobre acoso como una expresión emergente de una problemática que, aunque ha existido siempre, hoy en día va acompañada de controversias políticas, mediáticas y jurídicas. Para reflexionar sobre una de las formas actuales que adquiere la ya antigua «guerra entre los sexos» tomo en cuenta la lúcida reflexión de Duncan Kennedy sobre el abuso sexual12 que ofrece claves interpretativas importantes. Ante la fuerza cultural que en nuestra sociedad tiene la erotización de la dominación, y convencido de que el sexismo nos afecta a todas las personas,13 Kennedy analiza el persistente conflicto de interés entre mujeres y hombres desde un marco que alienta a construir otro tipo de relaciones placenteras.

Indudablemente existe una urgencia ética para enfrentar el acoso sexual, en cualquiera de sus formas, pero junto a dicha urgencia existe la imperiosa necesidad de comprender sus causas y también de interpretar correctamente lo que el discurso hegemónico está manifestando y produciendo. Precisamente entre los efectos de poder que Foucault busca en las creencias y prácticas sexuales hoy, destacan el victimismo y el mujerismo que articulan el discurso sobre el acoso. Doy una breve explicación sobre en qué consisten el mujerismo y el victimismo, para adentrarme en el fenómeno de la amnesia social,14 una dinámica sociopolítica que elimina la memoria y dificulta comprender lo que nos está pasando.

Por último, reconozco la rabia que legítimamente expresan muchas personas en la actualidad, y también la inquietud que expresan activistas, académicas y personas expertas en el tema, por los efectos negativos que está produciendo el discurso hegemónico sobre acoso. Cada día aparecen nuevos casos de injusticias: difamaciones, persecuciones mediáticas y despidos. Algunas personas denuncian de forma equivocada, y otras lo hacen con mala intención. Esto amerita un análisis que instale una conciencia más certera sobre qué es el acoso, que deslinde apropiadamente conductas e intenciones, miradas y tocamientos, agresiones y torpezas. Espero que estas líneas colaboren a fortalecer una discusión seria dentro del feminismo y con nuestros aliados sobre qué discursos y qué prácticas realmente son emancipadores y cuáles, finalmente, son tropiezos, pasos en falso o errores.

Este libro es resultado de múltiples discusiones con amigas, compañeras feministas y con mis estudiantes de la UNAM y del ITAM, a todxs les doy las gracias y reconozco que he enriquecido y matizado algunas de mis ideas a partir de sus comentarios. Tengo un agradecimiento especial a quienes leyeron el borrador e hicieron críticas y sugerencias puntuales: Ximena Andión, Amneris Chaparro, Marta Ferreyra, Ana Luisa Liguori, Chaneca Maldonado, María Teresa Priego (quien gentilmente hizo la traducción del anexo), Raquel Serur y Fabio Vélez. Evidentemente no he hecho caso de muchas de sus críticas, por lo que la responsabilidad de lo que aquí se publica es exclusivamente mía.

También doy las gracias a Alex Alí Méndez, por su ayuda con la información legal, a Yahir Alavés, por la búsqueda lexicográfica del término acoso y a Regina Larrea, por haberme descubierto el pensamiento de los Critical Legal Studies y de Janet Halley. No podría ponerme a escribir si no fuera por el apoyo siempre solidario de Francisca Miguel Nicolás, Vicenta Sánchez Felipe, Ofelia Sánchez Felipe y de mi asistente, Patricia Ramos Saavedra. Su ayuda en la vida cotidiana me permite dedicarme a leer, investigar y sentarme frente a la computadora.

A Leonard le agradezco su compañía en las madrugadas.

De la liberación sexual al miedo a la sexualidad

En el mundo existen muchos feminismos, con variadas tendencias dentro del movimiento social, distintos postulados del pensamiento político y diversos enfoques de la crítica cultural. No obstante, cada tendencia tiene una perspectiva específica para enfrentar la problemática de desigualdad y discriminación que viven las mujeres; por la «americanización», una corriente se ha vuelto la hegemónica en la perspectiva con la que se analiza y aborda el tema del acoso. Se recordará que en los años sesenta, en el contexto del surgimiento de varios movimientos sociales, aparece en Estados Unidos el movimiento de liberación de la mujer. Desde los primeros años (1966-1968) en que las feministas estadunidenses se organizaron,1 la sexualidad se convirtió en un tema político de suma importancia. Por un lado, la libertad sexual de las mujeres fue una reivindicación sustantiva, y por otro, la violencia sexual se consideró el enemigo a vencer. Muy pronto, ya en 1971, las feministas discreparon respecto a qué significaban la libertad sexual y la violencia sexual, y esas agudas diferencias condujeron a una confrontación que se llamó las Sex Wars2 o «guerras en torno a la sexualidad».3

Simultáneamente, el reclamo a favor de la igualdad entre mujeres y hombres y contra la discriminación invadió el campo del derecho. Ciertas abogadas feministas empezaron a criticar el estatuto legal de las mujeres y desarrollaron argumentos que postulaban la importancia de otorgar un tratamiento igualitario. Y como Estados Unidos es una cultura con una larga tradición de litigio jurídico, muy pronto se presentaron demandas por la discriminación que había en comparación con los varones.4 Tradicionalmente, los actos groseros, libidinosos y acosadores de muchos hombres con poder habían sido —y lo siguen siendo— la tortura de las mujeres que trabajaban para ellos. Todavía resulta muy difícil probar un acoso sexual en el trabajo, a menos que implique una agresión que deje huellas, como la violación. Pero los requerimientos verbales, incluso los manoseos o forcejeos resultan casi imposibles de verificar. Es la palabra de la mujer frente a la del hombre. Por eso, muchas mujeres, en una decisión de sobrevivencia laboral y ante la posibilidad de perder el empleo, aguantan y callan.

En Estados Unidos, a principios de los años setenta y en plena efervescencia feminista, se empiezan a dar litigios de mujeres que habían sido despedidas del trabajo por negarse a los avances sexuales de sus jefes, así como de otras que habían abandonado sus empleos por esa razón. El combate contra el sexual harassment surge de la conjunción del activismo civil en contra de la discriminación en el empleo y de la lucha feminista contra la violencia hacia las mujeres.5 El concepto harassment, que se traduce como acosamiento u hostigamiento, no estaba todavía reconocido legalmente, por lo cual los requerimientos sexuales no eran considerados delito. Por ese motivo, cuando las primeras denuncias laborales fueron formuladas, la Comisión para la Igualdad en el Empleo (EEOC, por sus siglas en inglés) no asumió la defensa de las demandantes. Fue entonces cuando aparecieron las activistas feministas, muchas de las que se habían organizado en contra de la violencia hacia las mujeres y habían creado los primeros refugios para mujeres golpeadas, que acompañaron a las demandantes.

También hubo trabajadoras que por su cuenta buscaron a la floreciente organización feminista National Organization for Women (NOW).6 La denuncia de sexual harassment se formuló como un tipo de discriminación que violaba la sección VII (TitleVII) de la Ley de Derechos Civiles (Civil Rights Act) de 1964, que prohíbe la discriminación por motivos de sexo y raza. En 1975 aparecieron públicamente las primeras organizaciones contra el acoso sexual en el trabajo: la Working Women United (WWU) en Nueva York y la Alliance Against Sexual Coercion (AASC) en Cambridge. Con base en litigios y juicios, y con el apoyo de la movilización feminista, en Estados Unidos se instaló, a mitad de los años setenta, la idea de que el hostigamiento sexual en el trabajo era una forma de discriminación.

Muchas personas le dan el crédito a Catherine MacKinnon de ser la pionera de esta lucha, puesto que Sexual Harassment of Working Women, su libro publicado en 1979, fue, sin duda, un hito en el desarrollo de la jurisprudencia. Además, como abogada litigante ganó varios juicios, uno de ellos en la Suprema Corte de Justicia. MacKinnon sentó las bases teóricas de la jurisprudencia desde su postura feminista radical e instaló con fuerza la interpretación de que con el acoso laboral se mantenía la relación de dominación patriarcal. A pesar de que la reacción inicial del mundo jurídico fue considerar esa definición como «una invención feminista»,7 en poco tiempo el planteamiento prendió con fuerza y el sexual harassment se sancionó dentro del ámbito laboral.8 Pero MacKinnon fue más lejos y avanzó sobre otros temas además de la violación, que inscribía dentro de la violencia sexual: la pornografía, el acoso sexual, la prostitución y la trata.9 Esta abogada se convirtió en la ideóloga principal de lo que hoy se llama indistintamente feminismo de la dominación (dominance feminism) o feminismo radical. Esta perspectiva dio forma no sólo a la conceptualización del delito de acoso sexual, sino también a gran parte de la protesta social y de la orientación de la lucha feminista.

Esta tendencia feminista ha aportado el encuadre ideológico a los grupos de activistas que luchan contra lo que consideran distintas expresiones de la violencia sexual. MacKinnon sostiene que las mujeres son una clase oprimida, que la sexualidad es la causa de dicha opresión y que la dominación masculina descansa en el poder de los hombres para tratar a las mujeres como objetos sexuales. La influencia teórica, política y jurídica de esta autora ha sido inmensa, y ha ido potenciando un discurso mujerista y victimista respecto de la sexualidad, la violencia y la ley, en términos tales que definen a las mujeres víctimas de alguna agresión sexual como «sobrevivientes». Una relevante activista de esa perspectiva es Kathleen Barry,10 quien, en su manifiesto Esclavitud sexual de la mujer, plantea la importancia de «recuperar los valores que desde siempre han atribuido las mujeres a la sexualidad, unos valores que nos han sido arrebatados, que han sido distorsionados y destruidos como parte de nuestra colonización, tanto a través de la violencia sexual como de la llamada liberación sexual».11 Barry sostiene la creencia de que hay una sexualidad apropiada para todas las mujeres, lo que coincide en gran medida con la tradición religiosa judeocristiana, y explica en parte la alianza que las feministas radicales han desarrollado con los grupos conservadores para emprender una cruzada moralista.

En Estados Unidos la confrontación entre feministas en relación con la sexualidad ha sido atizada por fuerzas políticas y religiosas preocupadas por la liberalización de las costumbres sexuales.12 Los conservadores religiosos, que condenaban la sexualidad fuera del matrimonio por considerarla pecaminosa, respaldaron esa política, pues veían en la libertad sexual una amenaza para la institución de la familia y, en consecuencia, una fuente de decadencia moral en la sociedad. Lo asombroso es que muchas feministas se unieron a las organizaciones religiosas en la batalla contra ciertas cuestiones, como la pornografía y el comercio sexual.

Las dominance feminists argumentan así que la dominación sexual de las mujeres por los hombres es la fuente primaria de la subordinación social general de las mujeres; algunas, como Andrea Dworkin,13 llegan al extremo de plantear la importancia de abstenerse de la penetración, pues la heterosexualidad es fundamental para el dominio de los hombres sobre las mujeres. Esta perspectiva concibe al sistema legal como un mecanismo para la perpetuación del dominio masculino, y sostiene que habida cuenta de que las leyes han sido escritas desde un punto de vista masculino, no reflejan la situación y las vivencias de las mujeres. Según esta tendencia, como el lenguaje, la lógica y la estructura de la ley han sido creados por hombres, refuerzan a su vez los valores masculinos. Así, al tomar las características masculinas como «norma» y las características femeninas como una desviación de ésta, las concepciones prevalecientes de la ley refuerzan y perpetúan el poder patriarcal. Su perspectiva difiere, por tanto, de la teoría jurídica crítica, que también considera el potencial de la ley para actuar como un instrumento de dominación, pero que pone su mirada en todos los seres humanos, y no sólo en las mujeres. La corriente denominada Critical Legal Studies14 analiza lo que le ocurre a otros grupos oprimidos, e incluso señala que a cualquier mujer blanca le iría mucho mejor legalmente en comparación con otros sujetos pertenecientes a esos grupos minoritarios.

Con la jurisprudencia feminista15 van a surgir distintas tendencias y críticas en torno a estos problemas. Una figura notable es Vicki Schultz, profesora de derecho, ciencias sociales y asuntos públicos en Yale. En 1998, la abogada Schultz publica un denso y riguroso alegato con el objetivo de reconceptualizar el sexual harassment. Ya para entonces la Suprema Corte había sostenido, en dos ocasiones, que el hostigamiento sexual en el trabajo violaba la sección VII de la Ley de Derechos Civiles,16 y al mismo tiempo se conformaba un cuerpo doctrinario que detallaba el alcance de la protección legal. Mientras tanto, la conciencia social sobre el problema había ido en aumento y cada vez más trabajadoras interponían demandas.

Schultz recuerda el cambio cultural que sucedió: al principio, las cortes se resistían a aceptar el contenido sexual de la discriminación, para poco después solamente enfocarse en el aspecto sexual, sin registrar otras formas de hostigamiento. Según la autora, esto ocurrió porque el sexual harassment