Actores del poder - Rubén Pizano - E-Book

Actores del poder E-Book

Rubén Pizano

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Beschreibung

Cuatro personajes, cuatro hombres extraídos del libro de la historia humana y la actitud de cada uno ante el poder. El ejercicio de gobernar, tema que apasiona al autor, como ya lo hizo patente en otras dos piezas teatrales publicadas en el libro titulado "La política es puro teatro", que obtuvo el Premio Creación Literaria Morelense. En estas cuatro obras, el autor analiza las emociones de célebres personajes en pasajes decisivos de la vida de cada uno. Las cuatro historias, que pueden ser leídas como novelas, son muy entretenidas y atrapan al lector, que seguramente no querrá apartar sus ojos de las páginas hasta llegar al final sorpresivo en que desemboca cada una de las obras.

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Seitenzahl: 386

Veröffentlichungsjahr: 2021

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Ficha bibliográfica

Pizano Díez, Rubén

ACTORES DEL PODER

Cuatro Obras de Teatro

287 páginas de 14 x 21 cms

 

© Rubén Pizano Díez

Primera edición: 2012

ISBN libro físico: 978-607-95658-5-5

ISBN libro electrónico: 978-607-8427-031

 

Inscrito ante el Registro Público del

Derecho de Autor en Septiembre de 2012

 

Grabado de la portada: Josef Hlavácek

 

Diseño y cuidado de la edición:

Carmen Bermejo

[email protected]

 

Editor:

LUZAM

Río Lerma No. 260

Col. Vistahermosa

62290 Cuernavaca, Mor.

[email protected]

Impreso y hecho en México

Prohibida la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio. Se autorizan breves citas en artículos y comentarios bibliográficos, periodísticos, radiofónicos y televisivos, dando al autor el crédito correspondiente.

ACTORES DEL PODER

Cuatro Obras de Teatro:

Neron Imperator Mundi

Carlomagno en el Ocaso

S.A. la Nostalgia del Poder

Diaz sin Gloria

Rubén Pizano

PRESENTACIÓN

Bajo el título de Actores del Poder, el autor de este volumen reúne cuatro obras de teatro, cada cual con una figura histórica conocida en el papel principal.

Esos protagonistas son, en orden cronológico, el emperador romano Nerón y Carlomagno, soberano absoluto del Imperio Romano de Occidente durante una importante fracción de la Edad Media. El tercero es mexicano, del siglo XIX, Antonio López de Santa Anna, varias veces gobernante de México, y en cuarto sitio está Porfirio Díaz, presidente durante 30 años y, al final, tachado de dictador. Ciertamente, hay una relación directa entre los cuatro hombres: la pasión por el ejercicio del Poder que guió sus acciones, aunque hayan vivido en épocas muy distantes en el tiempo.

Rubén Pizano se interna por los sombríos y torcidos rincones de los mecanismos mentales y emocionales que llevan a ciertos seres humanos a realizar cualquier esfuerzo, por abrumador que sea, para tomar en sus manos las riendas de los destinos de miles y aun millones de personas. El Poder como tema teatral ya fue abordado por este dramaturgo en otras obras escénicas, dos de ellas publicadas y galardonadas con el Premio Creación Literaria Morelense, otorgado por el Instituto de Cultura del Estado de Morelos con el expresivo título La Politica es Puro Teatro. En las obras de teatro que forman dicho volumen se tocaron temas de raíz totalmente local, sobre México y el carácter peculiar de la política mexicana, pero ahora el autor incursiona en horizontes más amplios, más universales.

El tono en que se tratan las primeras dos obras de este volumen es semejante. Hay matices de tragedia en ambas, pero no llegan a entrar en tal género clásico, porque en todo momento asoma la ironía, la burla a la ambición y a la soberbia absurda del ser humano, lo que consigue despertar sonrisas, aunque éstas sean algo amargas.

No hay rigor histórico en ninguna de las cuatro obras. El autor plantea, en tres actos, el mismo número de momentos decisivos en la vida de Nerón; acomoda hechos a la medida de sus necesidades dramáticas e inclusive inventa sucesos. Las negras leyendas que pesan sobre Nerón, acerca de actos suyos calificables como atroces y productos de una mente desquiciada, encuentran en el hecho escénico implicaciones políticas y psicológicas extraordinariamente dignas de crédito. Tal vez la fantasía del dramaturgo encontró motivaciones lógicas que el análisis histórico no pudo penetrar. Un detalle destacable está en el hecho de que el autor no cayó en la tentación de imponer una lección moral.

En la segunda obra, Carlomagno en el Ocaso, la acción tiene lugar cuando el gran emperador despierta una mañana, enfermo y hasta desvariando un poco a ratos por la fiebre. Su estado lo apabulla, pues resulta excepcional para él que, si hemos de creer en los historiadores, conservó un vigor físico extraordinario hasta edad avanzada y creyó, además, que gozaba de un favor divino que le permitió escalar hasta la posición de emperador más poderoso de la cristiandad. Carlomagno, entonces (en el juego escénico), rebajado por un prosaico malestar físico al nivel de cualquier mortal, se permite observar los pequeños sucesos que ocurren alrededor de él, detalles que, encumbrado en su majestad, no había tomado nunca en cuenta. Lo que descubre es que su poder no es tan absoluto como ha pensado y no ejerce el control que daba como hecho seguro. El personaje, poco conocido en nuestras latitudes, se hace universalmente interesante en la óptica del dramaturgo, porque con él como pretexto se analiza una más de las fascinantes facetas del fenómeno al que llamamos Poder.

Antonio López de Santa Anna es el objeto de atención en la tercera obra, tratada totalmente en tono de comedia, según la cual el varias veces gobernante supremo de México tiene la ilusión de serlo una vez más, mientras se halla en el exilio. El texto escénico es un intento de ver al personaje bajo una óptica informal, irónica, planteándolo como un ser de carácter que tiene muchos puntos de semejanza con políticos actuales, corruptos, tramposos, codiciosos y voraces, pero no malvados a fin de cuentas y sí muy vulnerables, como lo somos todos los seres humanos.

La noche anterior a la presentación de la renuncia de Porfirio Díaz al poder máximo es el argumento de la última obra teatral del volumen, en la que el célebre personaje encara no solamente lo que sin duda es su peor derrota en lo personal, sino la evidencia de los estragos de la edad, que lo han convertido en un hombre diferente al que fue en sus años de juventud y de madurez, un hombre que, en la licencia de la ficción se desdobla de él mismo para echarle en cara sus errores y lo coloca en una disyuntiva que, finalmente, el anciano sabe que sólo puede resolverse de la manera menos agradable para él. También aquí, un objetivo adicional del drama es analizar a don Porfirio como un ser humano falible.

Para resumir, cada obra contiene una premisa propia: la borrachera del poder en la primera; las dudas acerca del poder en la segunda; la nostalgia por el poder en la tercera y la pérdida dolorosa e inapelable del poder en la última

G. C. L.

NERÓN IMPERATOR MUNDI

Obra de Teatro en Tres Actos

Original de

Rubén Pizano

PERSONAJES

Nerón: Joven emperador de Roma.

Agripina: Madre de Nerón. Madura, pero aún bella.

Cecilio: Patricio de edad madura.

Licinio: Otro patricio romano maduro.

Grato: Patricio ya anciano.

Pisón: Joven patricio, arrebatado e impaciente.

Gayo: Anciano general romano. Prudente y leal.

Tigelino: Cortesano y más tarde prefecto de la guardia pretoriana. Joven.

Petronio: Amigo de Nerón. Maduro, ingenioso y elegante.

Séneca: Filósofo, al principio de la vejez.

Lucano: Poeta, de modales afeminados. De unos 32 años de edad.

Clauso: Senador, de edad madura.

Fabio: También senador. Entrado a la madurez pero menor que Clauso.

Popea: Amante de Nerón y luego su esposa.

Rufo: General de edad madura. Ambicioso.

Macer: General, algo más joven que Rufo y más ambicioso.

Corbulón: General, en los cuarenta, rudo y directo.

Galba: También general. El más viejo de los cuatro, pero más prudente.

Pretorianos: Cuatro guardias jóvenes y fornidos. Silenciosos.

PRIMER ACTO

ESCENA PRIMERA

Escenario:Una habitación suntuosa de un palacio de la Roma imperial. Muebles sólidos, esculturas clásicas, jarrones exóticos y cortinajes pesados predominan en la decoración. Casi al centro de la habitación hay un diván grande.

(Sobre el diván yacen un hombre y una mujer en actitud de abandono, en reposo, evidentemente después de una relación sexual. Ella, Agripina, cubre su desnudez con una fina sábana y acaricia el cuello de él –Nerón–, quien permanece en postura casi fetal, apoyando la cabeza en el vientre de ella, envuelto el cuerpo en su parte media con un lienzo de tela púrpura. Agripina es una mujer madura, con algunas hebras blancas entre su cabello oscuro y con leves marcas de edad en derredor de los ojos. Nerón está cerca de los 20 años y tiene el físico de un muchacho común.)

Agripina.— ¿Estás dormido, César?

(Nerón, que siempre aparenta ser algo tonto y fatuo, remolonea un poco, gruñendo placenteramente. Luego abre los ojos y hace pucheritos, como un niño disgustado.)

Nerón.— ¿Por qué quieres interrumpir mi reposo? El amor me fatiga.

Agripina.— Has descansado lo suficiente. Es tiempo de despertar. Dormir demasiado es morir un poco.

(Nerón se yergue y se sienta en la orilla del mueble.)

Nerón.— ¿Acaso resulta molesto mi peso sobre tu vientre?

Agripina.— ¿Te das cuenta de la tontería que acabas de decir?

Nerón.— Perdóname. Aún te guardo rencor. Me has abandonado tanto últimamente...

(Agripina lo atrae hacia ella y lo obliga a recargar la cabeza en su seno, para acariciarle el rostro con ternura.)

Agripina.— Querías estar solo y probar la fuerza de tus alas, por eso me alejé una temporada. Además, no creo que me hayas extrañado mucho. Popea Sabina estuvo siempre a tu lado

Nerón.— Petronio la trajo al Palatino y la introdujo en mis habitaciones para disipar mi tristeza por tu ausencia.

Agripina.— Tendré que reprocharle al querido Petronio intentar convertir a mi Nerón en un libertino como lo es él.

Nerón.— No lo hizo por maldad.

Agripina.— Lo perdonaré si disfrutaste de una agradable experiencia. Dicen que Popea enloquece a los hombres. ¿Te dio más placer del que yo te proporciono?

Nerón.— No. Es diferente. Sus prácticas eróticas son casi atléticas. Solamente un hombre de dotes físicas divinas, como yo, puede resistir la intensidad de su amor bárbaro. Agradezco a los dioses porque soy el mejor atleta del mundo conocido.

(Nerón se enreda en la cintura el lienzo púrpura, abandona el lecho y se pasea por la habitación mientras habla.)

Nerón.— Pero mi mayor fuerza está en mi alma de poeta. ¿Te he dejado escuchar mi más reciente canto a Rómulo y Remo?

Agripina.— Debe ser sublime, pero en este momento lo más importante no es la inspiración de tu luminoso espíritu, sino la solidez de tu voluntad y el vigor de tu brazo.

Nerón.— ¿No he demostrado suficientemente esas cualidades? ¿Acaso no fui el atleta invencible durante los pasados juegos en Roma? ¿No derroté a los más grandes púgiles y a los más ágiles corredores? ¿No fui más inteligente y hábil que los más famosos aurigas? ¿Quién envió el disco más lejos que yo? Dime, ¿aún me falta demostrar algo?

Agripina.— Sí. El temple de tu carácter.

Nerón.— ¿En qué he fallado?

(Agripina abandona el lecho, enredándose en la sábana que apenas la cubría, y se acerca a Nerón con un gesto enérgico en el rostro.)

Agripina.— El mundo no ha presenciado aún acciones decisivas del augusto Nerón como político. Tu talento de líder no ha rendido frutos que queden como lección y ejemplo para estadistas del futuro.

(Visiblemente molesto, Nerón se pasea.)

Nerón.— He sido justo y clemente con el pueblo de Roma. Me he preocupado por darle suficiente bebida y comida; le proporciono los más espléndidos juegos y le obsequio con mi participación en ellos; le he regalado mis mejores versos en plazas públicas. Nunca antes de Nerón se vieron en la arena gladiadores tan feroces ni luchas tan emocionantes... Aun los gladiadores gozan de mi magnanimidad; los que han peleado bravamente y tuvieron la desgracia de perder un combate, recibieron la gracia de la vida. Y aquellos que lograron la victoria en muchas batallas fueron declarados hombres libres y disfrutan hoy de su existencia, cubiertos de honores y dinero. El populacho romano está ahíto de alimento, vino y diversiones. ¿Y el gobierno? Todos los funcionarios trabajan poco y cobran salarios elevados. El senado, por primera vez en siglos, está de acuerdo con los dictados del César y vela por los intereses del pueblo. Yo hice lo que Claudio sólo se atrevió a imaginar: he conseguido integrar un senado con mayoría popular, para reinar con las mayorías de mi parte y evitar las iras de la chusma. Los impuestos apenas han sido aumentados. ¿Y qué decir de las naciones que nos rinden tributo? Sus contribuciones a Roma no son más elevadas que las pagadas por los ciudadanos romanos; viven en la libertad de sus costumbres y de sus cultos; ni siquiera les impongo la adoración a nuestros dioses familiares y sí, por el contrario, nosotros rendimos veneración a los suyos en altares levantados ex-profeso. ¿Limitamos acaso su comercio? No, los mismos productos que disfrutamos los romanos están al alcance de los demás en sus mercados. ¿Alguna vez en la historia hubo menos sentencias de muerte que en los pasados cinco años? ¿Puedes llamar malo a un gobierno que ha mantenido una paz casi absoluta en todos sus territorios, sin usar la fuerza para reprimir a alguien?

Agripina.— El imperio romano descansa, como el César quería hacerlo hace unos minutos. Nada se ha movido en los últimos años... Digo mal, el emperador y su familia han tenido que reducir sus gastos como en las épocas de avaricia maniática de Claudio, el imbécil. ¿No es ese un síntoma alarmante?

Nerón.— No. Claudio, tu esposo, no era idiota y decía que, si no empezábamos a repartir mejor la riqueza, la plebe perdería la paciencia y la tomaría por la fuerza.

Agripina.— La riqueza vuelve insolente a la gentuza. ¿Sabes que el senado se ha atrevido a criticar públicamente a la madre del emperador?

Nerón.— No sé nada de eso.

Agripina.— César duerme. ¿Será posible despertarlo?

Nerón.— ¿Me censuras?

(Agripina abraza a Nerón, lo acaricia y lo besa en el rostro y en la boca, coqueta y zalamera.)

Agripina.— Quiero espantar tu sueño. ¿No he velado siempre por tu bienestar? ¿No te di todo lo que pudieras desear? Sabes bien que estás en mis pensamientos en todo momento. Eres mi obra ¿y qué podría un ser humano amar más que aquello que edificó con dolor y esfuerzo?

Nerón.— ¿Tú me hablas de amor? —(Se aleja de ella.)— ¿De qué manera me amas?

Agripina.— De todas las maneras posibles. ¿Aún tienes dudas? ¿A quién si no a mí le debes el trono? ¿Por qué he vivido, me he humillado, he aguardado, he intrigado, he aplastado y finalmente cometido magnicidio, si no por amor a ti?

Nerón.— Calla. No me recuerdes el asesinato de tu esposo. Claudio fue un buen hombre y un gran emperador. Él pacificó al imperio y dilató sus fronteras.

Agripina.— Lo que buscaba era la destrucción del imperio.

Nerón.— ¿Cómo podía Claudio desear la destrucción de Roma y al mismo tiempo la engrandecía?

Agripina.— Quería que Roma sobreviviera, pero como una república.

Nerón.— No puedo creerlo. Tuvo el poder en sus manos, ¿por que no lo usó para proclamar la república, si tal era su propósito?

Agripina.— Porque era cobarde o no tan estúpido como para desdeñar el poder. Quizá porque los dioses iluminaron su entendimiento para que se diera cuenta de que la democracia es un sueño de ebrio, sin posibilidades de hacerse real. El gobierno no puede ponerse en manos de la estúpida chusma.

Nerón.— Pero Agripina sí puede exponerse a la lujuria de la gentuza. Agripina sí corre a todos los lechos de Roma. ¿Sabes que cada vez que te despojas de tus ropajes temo hallar en tu cuerpo las huellas de la degradación? Manchas, llagas, pústulas asquerosas... Cada vez que estoy contigo es una oportunidad de asombro; no puedo entender como logras conservar la belleza y la frescura de tu piel.

(Se acerca a Agripina y la acaricia lascivamente. Luego la lleva al lecho, en donde la deposita suavemente y se arrodilla para besarle los pies, los tobillos, las rodillas... y entonces lo interrumpen unos golpes discretos en la puerta. Nerón se yergue, enojado.)

Dejadme en paz. El descanso de César debería ser sagrado.

(A continuación se vuelve hacia Agripina y su gesto se hace iracundo.)

A veces te odio.

(Agripina se levanta del diván.)

Agripina.— ¿Porque busco un poco de placer en otros lechos? ¿Te he reprochado tus relaciones con Popea? No. Quiero que disfrutes de todos los placeres; mientras tu amor sea para mí. Quiero solamente lo mejor para ti.

Nerón.— ¿Y qué deseas para ti misma? ¿No soy yo, Nerón César, lo mejor para Agripina? ¿Por qué tienes que comportarte como Mesalina?

Agripina.— Entre esa puta y yo no hay comparación posible. Ella vivió para aplacar con placer el fuego de sus entrañas, como una insaciable perra en celo. Agripina ha vivido para el amor de Nerón y el placer ha sido para ella un instrumento de poder: un arma de conquista en favor tuyo.

Nerón.— ¿En qué me beneficia tu trato carnal con tu maldito esclavo griego?

Agripina.— Diómedes, como otros, es un objeto de gozo, al que utilizo cuando mi señor no tiene tiempo para mí. Agripina tiene juguetes, pero no es de nadie más que del augusto Nerón.

(Con cara de niño disgustado, Nerón va y se sienta en el diván.)

Nerón.— Odio compartirte con otros hombres.

Agripina.— ¡Tontito! ¿Me compartes con la copa que me llevo a la boca? ¿Me compartes con las aguas que lavan mis miembros? Nada existe en el mundo que compita con Nerón.

Nerón.— ¿Y Tigelino? ¿También es un juguete?

Agripina.— Más que ninguno otro. ¿Osaría yo comparar a ese hijo de una ramera y de un artesano borracho con el hijo de los dioses?

Nerón.— Lo has elevado a la corte; le has procurado medios de enriquecerse y hasta le regalaste con una noble estirpe falsa en la que nadie cree.

Agripina.— Así conviene a los intereses de César. Necesitábamos un incondicional dentro de la corte y de este modo, podrá moverse entre los patricios, para ser nuestros ojos y oídos.

(Ella estrecha a Nerón entre sus brazos y le besa el cabello.)

¿Comprendes ahora mi conducta y apruebas mis intenciones?, porque si no es así, en este mismo momento enviaré por Tigelino y lo sentenciaré a muerte, igual que a todo aquel que con su existencia te agravie.

Nerón.— Déjalo vivir. Puede ser útil, como dices.

Agripina.— Tendrás entonces que empezar a escucharme con mayor atención y tomar en consideración mis consejos.

(Con mueca de malhumor, Nerón se aparta de Agripina.)

Nerón.— ¿No lo hago así siempre?

Agripina.— No lo suficiente en los tiempos recientes. Por eso me fui, pues te comportabas ya como un chiquillo rebelde hacia mí autoridad.

Nerón.— Soy el César... el emperador del mundo.

Agripina.— Justamente eso quiero que seas. Velo por ello y todos mis afanes y pensamientos se encaminan por ese rumbo.

Nerón.— ¿Qué quieres de mí?

Agripina.— Que impongas respeto y veneración. Un soberano, un dios, no puede andar por ahí con sandalias polvorientas y togas raídas. La corona de una divinidad no puede ser de otro metal que no sea oro. La presencia del señor del mundo debe deslumbrar los ojos de los simples mortales. El amo del universo no tiene que complacer ni divertir a la plebe; no debe pedir opinión acerca de sus actos a nadie, así sea senador, cónsul, general o gobernador. El divino y augusto César tiene que mandar o acabará por ser una marioneta que sólo imite la vida, mientras alguien sostiene los hilos que atan sus miembros.

Nerón.— No lo soy ni lo seré. En Roma mando yo.

Agripina.— ¿Con iniciativas del senado? Es el senado, no Nerón, quien ha gobernado a Roma en los últimos meses.

Nerón.— Los senadores escuchan mis opiniones y trabajan de acuerdo con ellas.

Agripina.— Tus opiniones para proyectos suyos. Lo único que a ti se te ocurre es organizar juegos florales, recitales poéticos y competencias deportivas en el circo máximo. El senado te cumplimenta para que lo dejes gobernar a su antojo.

Nerón.— ¡Mentira! Todas son mentiras. Soy el emperador.

Agripina.— Lo eres gracias a Agripina. Debes darte cuenta de que hago todo por tu bien... como cuando empezaste a crecer dentro de mí, deformando mi vientre. ¿Sabes que jamás me sentí molesta contigo aunque hacías que mi cuerpo luciera feo, hinchado y grotesco?, porque siempre te amé.

(Agripina abraza a Nerón y lo besa en la boca, dejando que la sábana que tan precariamente la cubría resbale de su cuerpo y caiga al suelo. Nerón no rechaza la caricia.)

TELÓN RÁPIDO

ESCENA SEGUNDA

Escenario: Un salón suntuoso, al fondo del cual se ve una terraza, a la que se accede por una amplia escalinata. Más allá de la terraza sólo se ve el cielo.

(En este salón encontramos al patricio Pisón, joven, guapo y ceñudo, quien se pasea nerviosamente ante Cecilio, Licinio, Grato, el anciano general Gayo y Tigelino.)

Pisón.— El emperador nos dio una cita. Hace más de una hora que debió admitirnos ante su presencia.

Tigelino.— Te digo que el divino Nerón se negó a escuchar mis llamadas a su puerta. Se halla reposando en compañía de su madre... augusta madre del estado, como él exige que se llame a Agripina.

Pisón.— Tu protectora, Tigelino.

Tigelino.— Algunos hombres se acogen a la protección de los dioses. Yo prefiero una protectora tangible que responda a mis peticiones.

Pisón.— Extraña diosa, que se mete en el lecho con su propio hijo.

Tigelino.— El incesto es gracia, cuando es divino.

(Pisón va a replicar algo, pero lo impide Cecilio con un ademán suave.)

Cecilio.— Ten tu lengua en su sitio. ¿Quieres atraer la desgracia sobre nuestras cabezas?

Tigelino.— Deja que el noble Pisón hable. Las palabras no dañan a nadie, Cecilio.

Cecilio.— Las palabras dictadas por la imprudencia siempre se vuelven en contra de quien las pronunció.

Licinio.— Además, los actos privados de César y su madre no son la raíz de nuestros problemas; lo son las excesivas licencias que se toma el bajo pueblo, solapado por los senadores.

Pisón.— Tienes razón, Licinio, pero ya no puedo retirar mis palabras y nadie evitará que lleguen a los oídos de Agripina y su hijo.

Tigelino.— ¿Insinúas que soy un espía de la augusta?

Pisón.— El último esclavo, metido en la más profunda mina, sabe el papel que desempeñas ante las personas del Palatino... el único que cabe esperar en un ente de tu ralea, Tigelino.

Tigelino.— Cuidado con lo que dices, Pisón.

Pisón.— ¿Desde cuándo un patricio romano debe callar delante de gentuza?

Tigelino.— No eres justo. Utilizas como ariete tu calidad contra la modestia de mis orígenes. Iré a ver si el César está disponible por fin.

(Con ademán digno, Tigelino abandona la sala.)

Licinio.— ¿Qué haces, Pisón? ¿Acaso te volviste loco y quieres arruinarnos?

Pisón.— Sí. Estoy loco de rabia, Licinio. Las furias me persiguen en sueños y me piden que haga lo que se tiene que hacer.

Licinio.— ¿Y cómo lo harás?, ¿ganando la mala voluntad de Tigelino?

(El general Gayo carraspea para llamar la atención de los demás.)

Gayo.— ¡Cuidado, joven Pisón! Si yo llegara a escuchar algo concreto que implique traición al gobierno, me vería en la obligación moral de ser tu enemigo.

(Los patricios ya habían olvidado la presencia del viejo militar y ahora lo miran con sorpresa y temor.)

Grato.— No interpretes mal lo dicho aquí por Pisón, buen general, que no son amenazas sino simple descontento.

Gayo.— El descontento alimenta a las rebeliones, Grato.

Cecilio.— Gayo tiene razón. Seamos prudentes con lo que decimos. Podríamos hasta dar a los desvergonzados senadores las armas para liquidarnos.

(En este momento entran Petronio, Séneca y Lucano.)

Petronio.— ¿Se alude con amargura a los ilustres miembros del senado?

(Los patricios miran hacia la puerta, con espanto, pero luego suspiran, tranquilizados al reconocer a los recién llegados.)

Pisón.— Petronio Árbitro.

Petronio.— Y conmigo viene nuestro amado Lucano, príncipe de los poetas. Y también Séneca, el más grande filósofo de nuestra era.

(Lucano, notoriamente afeminado, polveado y maquillado, se pavonea, mientras Séneca hace un gesto de falsa modestia.)

Cecilio.— ¿Qué hacéis vosotros aquí?

Petronio.— Con frecuencia, venimos a estas horas para beber un poco de vino en la compañía de César y hablar acerca de poesía o música. La índole de nuestras actividades no es un misterio. En cambio, vuestra actitud me parece de auténticos conspiradores.

(Los patricios se sobresaltan patentemente. Sólo el general Gayo permanece tranquilo.)

Licinio.— ¡Calla, nobilísimo Petronio! Ni lo digas.

Petronio.— Fue lo que me pareció. Además de las cosas que nuestro estimado Pisón ha dicho por ahí, poniendo como testigos a los dioses de su decisión de hacer lo necesario para devolver a la casta patricia de Roma el sitio que le corresponde.

Licinio.— ¡Por Júpiter Tonante! ¿En cuántos sitios has abierto la boca, Pisón?

Petronio.— No lo amonestes, Licinio. Pisón es impetuoso y habla, ya que no tiene la oportunidad de actuar... ¿o debo decir el valor?

Grato.— ¿Dirás al César lo que sabes, Petronio?

Petronio.— Nadie aún ha dicho que Cayo Petronio sea un delator. Por otra parte, el padre de este joven fue buen amigo mío; ¿desearía yo algún mal para su primogénito?

Cecilio.— No, no lo creemos. Eres de los nuestros, como Lucano y Séneca. Y todos hemos sido afectados por los mismos problemas por culpa del César.

Petronio.— No me incluyas, Cecilio. No tengo dificultad alguna y Nerón César me allana cualquier problema; así que no tengo queja de él. Excepto quizá de su tacañería.

Grato.— ¿Tacañería?

Petronio.— Así se lo dije a él. Me siento defraudado, luego de haber sido nombrado árbitro de la elegancia, sin tener suficientes oportunidades para poner en práctica mis conocimientos.

Lucano.— Tú impones la moda, aunque no salgas de los límites de tus propiedades.

Petronio.— Me adulas por amistad, pero el tema no era Petronio, sino nuestro emperador. ¿Se trama algo en su contra?

Grato.— No lo digas ni en broma. ¿Cómo podríamos siquiera atrevernos a desear algo malo a Nerón?

Petronio.— Nadie más audaz que el pensamiento, querido Grato.

Licinio.— Sólo bienestar queremos para César. Vinimos a hablar con él, para convencerle de que su actual política comercial es errónea.

Cecilio.— Eres un patricio y no puedes permanecer ajeno a los problemas de la gente de tu clase. Ayúdanos, Petronio. Nerón te escuchará, pues eres su mejor amigo.

Licinio.— También tú, Lucano... y tú, Séneca, preceptor muy amado por nuestro César. Hacedle ver sus errores.

Séneca.— Por desgracia, amigos míos, no tengo el mismo ascendiente que antes sobre el joven soberano.

Cecilio.— Pero aún te distingue con su afecto y se vuelve hacia ti en demanda de consejo sensato.

Séneca.— Consejos que la mayoría de las veces opta por no seguir.

Lucano.— Lo mejor que podéis hacer es acercaros al César más a menudo y demostrarle sumisión y amor. Hay que ganarse el favor de los poderosos; es una ley aunque no esté consignada en pergamino.

Petronio.— Deponed vuestro orgullo.

Pisón.— ¿Disfrutas tú, prescindiendo de tu orgullo en tu trato con Nerón? Me enferma que un hombre de elevada casta tenga que lamer las sandalias de alguien como el César.

Petronio.— Más doloroso es que un patricio respetable se comporte como un estúpido carnero, golpeando una y otra vez con la cabeza contra un sólido muro. No eres muy generoso contigo mismo, ni con los demás.

Pisón.— ¿Lo eres tú?

Petronio.— Sabemos que nuestro César es hombre sensible y necesitado de admiración. Yo, con mis halagos, le obsequio confianza en sí mismo. ¿No es bastante generosidad?

Pisón.— Y eres recompensado con largueza por Nerón.

Petronio.— Los dioses premian al hombre justo. ¿Qué pasa contigo en cambio? Te muestras hostil, amargado y desdeñoso delante de Nerón; le arruinas la digestión por un rato y nadie gana nada. Todos vosotros hacéis lo mismo de una u otra manera.

Grato.— ¿En qué forma molestamos al César? Nos dedicamos a nuestro trabajo, sin darle problemas, ¿no es cierto?

Petronio.— El problema de vosotros es casi como el de Pisón. Viene a menudo al Palatino para embriagarse con los vinos del César, para después proferir amenazas y maldiciones al emperador. Vosotros le hacéis mala cara también con vuestra ausencia. ¿Cómo pues esperáis favores?

Cecilio.— Vinimos en representación de muchos honrados patricios con las mismas o semejantes tribulaciones, no en nombre propio.

Petronio.— Sois muchos los que deseáis conservar la dignidad intachable de vuestros nombres y, al mismo tiempo, aumentar vuestros caudales. Sois demasiados los que dormís en vuestros añejos laureles y no os ubicáis en la realidad.

Pisón.— No nos gusta la realidad de Nerón.

Petronio.— No existe otra. Honor y riqueza muy pocas veces van de la mano.

Licinio.— Extrañas palabras en ti, Petronio. ¿No eres un hombre de honor?

Petronio.— Hace mucho ya que no tengo nada qué ver con eso... por más que no he podido deshacerme del todo de la vergüenza. Conservo ciertos principios, pero debo confesaros que frecuentemente me estorban un poco.

Cecilio.— ¡Terrible época la que nos toca vivir! ¿Qué se puede hacer?

Petronio.— Vivir placenteramente.

Lucano.— Y con elegancia.

Petronio.— Por supuesto, amigo querido. ¿Veo desaprobación en tus ojos, Séneca? Sé que no comulgas con los epicúreos, pero convendrás conmigo en que las doctrinas estoicas son poco divertidas.

Pisón.— Eliges un momento poco propicio para charlas filosóficas, Petronio. Puedes permitírtelo porque estás a salvo de los males que aquejan a los demás.

Petronio.— ¿Males? ¿Cuáles te afectan a ti? ¿Quizá poca notoriedad? Casio Queroneo alcanzó fama y todos pronunciaron su nombre a lo ancho del imperio, cuando abatió a puñaladas a Calígula, pero su notoriedad lo hizo feliz por tiempo muy corto.

Pisón.— ¿Me acusas de algo, Petronio?

Petronio.— De impaciencia, imprudencia y ambición.

Grato.— ¡Cuidado, que alguien viene!

(Cada uno de los personajes adopta una actitud de despreocupación. Un instante después entran Agripina y Tigelino, seguidos por dos guardias pretorianos, que se colocan marcialmente a los lados de la puerta.)

Petronio. Salve, augusta.

Los Demás.— Salve.

Agripina.— Amadísimo Petronio, ¿has venido de visita o formas parte de este comité de quejosos?

Petronio.— Séneca, Lucano y yo vinimos por nuestra cuenta.

Agripina.— Bienvenidos. Tal vez no hallaréis muchos motivos de distracción al lado de mi hijo, quien vendrá en un momento para entrevistarse con estos... suplicantes. Por cierto que el talante del César no es hoy de los mejores.

Grato.— Tal vez tú podrás calmar su furor, divina.

Agripina.— Sería mejor que intentara calmar el de Pisón. Esas sombras en su ceño revelan una terrible tempestad en sus pensamientos. Pero aun enojado es hermoso, ¿no lo crees así, Petronio?

Petronio.— Tu gusto siempre ha sido irreprochable.

(Agripina se dirige ahora a los otros hombres en el salón, cada uno de los cuales besa la mano de ella. Petronio se acerca a Pisón y lo reconviene.)

Petronio.— Será mejor que vayas a tu casa y enfríes tu cabeza; no sea que hagas algo de lo que debas arrepentirte.

Agripina.— ¿Hay secretos entre Pisón y tú, Petronio?

Petronio.— Este noble joven me consultaba acerca de la conveniencia de marcharse y hablar con tu hijo en ocasión más propicia.

Agripina.— ¿Por qué te asalta de pronto esa urgencia por marcharte, querido?

(Pisón lanza una mirada de desafío a Petronio.)

Pisón.— Si la excelsa Agripina desea que me quede, mi corazón lo acogerá como un honor.

(Uno de los guardias pretorianos golpea el piso con el asta de su lanza y anuncia.)

Guardia.— Nerón César, emperador de Roma.

(Todos prestan atención, al hacer Nerón su entrada, con gesto de fastidio.)

Todos.— Salve, César.

Nerón.— Os bendigo. ¿De qué hablabais?

Petronio.— No es importante. Tu presencia tiene la virtud de eclipsarlo todo.

Nerón.— Me amas mucho, Petronio. A veces hasta temo no poder corresponderte en la misma medida.

Petronio.— Tu sola cercanía paga la insignificancia que, para un dios, debe ser el amor del pobre mortal que es Petronio.

Nerón.— Aun los dioses tienen miedo del oscuro espíritu de la soledad. Me siento solo con demasiada frecuencia y sólo Petronio tiene la gracia de ahuyentar a ese fantasma.

(Petronio hace una elegante genuflexión ante el César.)

Nerón.— ¿Qué quieren éstos de Nerón? ¿Qué pasa contigo, Cecilio?, ¿tus mieses han sido víctimas de la sequía? Muy amado debió ser para ti ese trigo, pues has preferido quedarte a su lado en lugar de venir a comer el pan y a beber el vino que te ofrecí.

Cecilio.— Mi señor, no digas eso.

Nerón.— ¿Y tú, Grato? ¿Cómo es que dejas sin tu vigilancia estrecha a tus ocho lindas hijas? ¿Está su virginidad a salvo? Tal vez deberías entregarlas al templo de Vesta, donde harían voto de castidad eterna; entonces podrías visitar a tu emperador de vez en cuando.

Grato.— ¡Perdóname, César!

Nerón.— ¿Estás aquí, Licinio? El más severo e ilustre de mis patricios. ¿Ha sanado al fin tu enfermiza esposa y ya pudiste separarte de su lecho para venir a ver a Nerón?... ¡No me digas que Prócora falleció!

Licinio.— Los dioses la conservan con vida y te envía sus respetos y amor, divino César.

Nerón. ¡¿Pisón?! Creí que vendrías tú solo. La última vez que viniste al Palatino, hablaste poco. ¿Crees que acaparé la atención y estabas disgustado por eso?

(Pisón mira a Nerón con rencor y abre la boca para decir algo, pero Petronio se le adelanta.)

Petronio.— Cuando el sol brilla, las estrellas se apagan con modestia.

Nerón.— Calla, Petronio, Helios podría disgustarse, creyendo que intento usurpar su trono... ¡Ah!, ¿no es éste el más bravo de mis generales?

Gayo.— El más humilde de todos, César.

Nerón.— Mira esto, madre. Es noche de sorpresas. ¿Qué celebramos hoy? No es mi cumpleaños. ¿Organizaste tú esta reunión?

Agripina.— No fue idea mía.

Nerón.— ¿Tuya acaso, mi dilecto Petronio?

Petronio.— No tuve parte en esto, César. Tu maestro Séneca, Lucano y yo únicamente vinimos con intención de pasar una velada agradable contigo.

Cecilio.— Asuntos más banales que el placer del emperador nos trajeron, señor. Te damos nuestras disculpas.

Licinio.— Sí, pero el interés de Roma no admite que sus hijos duerman.

Nerón.— Y César es Roma. ¿Es eso lo que quieres decir?

Grato.— Nada escapa a la maravillosa percepción de nuestro divino emperador.

Nerón.— Difícilmente, Grato. Sé incluso cuál es la índole de vuestras inquietudes.

Cecilio.— ¿Lo sabes?

Nerón.— Te preocupa la actitud que las clases inferiores han tomado con respecto a los patricios. ¿No es eso lo que dices a todos? Hoy en día, cualquier comerciante al menudeo se permite alzar la vista delante de un rico patricio y adopta aires de gran señor. Eso hiere las susceptibilidades de mis buenos nobles, ¿no es así?

Pisón.— No sólo comerciantes, César. También los miembros del populacho más bajo, libertos y aun esclavos se comportan con altanería ante gente a la que deben respetar por su posición y clase.

Nerón.— ¿Extraviaste tus látigos, Pisón? ¿O son tan graves tus deudas que has debido empeñarlos o venderlos?

Grato.— Comprensivo emperador del mundo, es físicamente imposible ir de acá para allá repartiendo latigazos a todos los que se permiten faltarnos al respeto.

Nerón.— Es cierto. Ellos son muchos más que todos los nobles de Roma. Tal vez os parecería buena la idea que alguna vez tuvo mi funesto pariente Calígula y desearíais que todo el populacho tuviese un solo cuello, para cercenar su cabeza de un tajo. Os gustaría, ¿verdad? Sólo habría un inconveniente: mi padre adoptivo, Claudio, decía que Roma es la chusma. ¿Qué haríamos sin la gentuza? ¿Quién haría el trabajo pesado? Tendremos que aprender a convivir con el pueblo.

Cecilio.— ¿Querrá el pueblo convivir con la clase patricia, César? La plebe está siendo agitada y sus inquietudes son solapadas por la demagogia del senado, que maneja las pasiones del populacho para fomentar un odio de clases que, más tarde o más temprano, tendrá consecuencias funestas. Hay que reprimir esta subversión, que no tiene otro fin que extorsionar a los grandes propietarios.

Nerón.— Haces graves acusaciones contra los senadores.

Licinio.— Ellos alientan el odio contra los patricios.

Grato.— Además del trabajo que realizan otros agitadores con nuevas ideas, quienes se han agenciado hasta un dios que apoya sus pretensiones.

Nerón.— ¿Un dios?

Cecilio. Sí, César. Una deidad plebeya que desdeña al opulento y ama al pobre y al esclavo.

Nerón.— Un dios muy estúpido tiene que ser ése. Sus altares jamás serán asiento de ricas ofrendas.

Cecilio.— Ese dios no tiene altares ni templos.

Nerón.— Es lógico. ¿Cómo podría tenerlos sin adoradores acomodados?

Grato.— Se dice que a esa divinidad no le interesa tener aras o dádivas; que sus altares son los corazones de todos sus partidarios, a los que sólo pide amor y bondad hacia sus semejantes, sobriedad, castidad y humildad.

Licinio.— Eso no es lo peor. Lo que ese dios y sus seguidores predican es la igualdad de todos los hombres: reyes y esclavos. Mucha gente abraza la nueva religión y se muestra sumisa, perdonando a quienes la maltratan, para cumplir con su mandamiento de amor; pero no son así todos; hay otros que optan por amar solamente a sus correligionarios y odiar a quienes no piensan como ellos. Ésos son los que incitan a la revuelta y a la violencia.

Nerón.— ¿Y qué dios es ése que mencionáis?

Grato.— Un carpintero. Se asegura que ese dios habitó entre los hombres y ejerció tal oficio durante su estancia en el mundo.

Nerón.— ¡Absurdo! ¿Cómo podría un dios dedicarse a tan bajos menesteres?

Agripina.— Como ejemplo de humildad. Tiene lógica dentro de su estupidez.

Nerón.— ¿Por qué tiene que intervenir una deidad extranjera en los asuntos de Roma? ¿Qué se cree que es? ¿Cuál es su nombre y de dónde vino?

Grato.— Lo llaman algo así como Crestos.

Licinio.— Jesús, le dicen a veces; o Jesús Cristo. Pude averiguar que vivió en tus dominios de Judea.

Nerón.— ¡Tenía que ser de Judea! Esa gente es revoltosa. Los judíos nunca accedieron a levantar un altar a Júpiter dentro del recinto de su templo en Jerusalén; siempre alegaron que no reconocen a otro dios que su Yava, o como se llame. ¿Y ahora resulta que tienen otro dios después de todo?

Grato.— Éste es hijo de aquél, según parece, aunque la mayoría del pueblo hebreo lo niega.

Nerón.— Los judíos jamás se ponen de acuerdo en nada. Tal vez este Crestos es un bastardo de su dios mayor y por ese motivo no todos lo aceptan. ¿Quién sabe? No me importa demasiado, ni creo que a vosotros os preocupe tampoco. Lo que os exaspera en verdad es el aumento de los impuestos sobre las grandes fortunas y las facilidades fiscales para pequeñas empresas.

Pisón.— Nosotros nos rompemos los riñones para producir los alimentos necesarios para Roma; y los pequeños propietarios, así como los comerciantes al menudeo, se enriquecen cobrando precios exorbitantes sin que se les apliquen las mismas tasas de impuesto que a nosotros. ¿Quién se beneficia? Un senado que recibe sobornos para crear y mantener ese estado de cosas. Se nos despluma arbitrariamente en nombre de la ley. Todos los funcionarios se han corrompido.

Licinio.— Pisón no debería exaltarse, pero dice verdades, César. Sabemos que ni siquiera tú obtienes ganancia del producto del chantaje, pero cargas con las críticas y maldiciones de esa plebe que ya venera a un dios nuevo, ¿sabes por qué?, porque tus senadores dejan correr el rumor de que todas las disposiciones impopulares son dictadas por ti, mientras que las leyes favorables a la plebe son logros obtenidos por el senado.

Nerón.— ¿Es verdad todo eso, Petronio?

Petronio.— No metería las manos al fuego por tus honrados senadores.

Agripina.— Este hombre no te miente, hijo mío. Lo sé; estoy informada al respecto.

Nerón.— He tratado bien al populacho, ¿no es cierto?

Agripina.— La gentuza siempre es ingrata.

Cecilio.— Así es, divino César. Ahora busca pretextos como ese tal Jesús Crestos, para atacar a tu soberanía y conseguir más y más poder.

Nerón.— Haré investigar todo acerca de ese dios carpintero y, si fuese necesario, lo adoptaré como otro de los dioses de Roma. ¡Tanto da uno más! Le construiremos un templo y le llevaré ofrendas; así evitaré que sus adoradores me impugnen, pues seré uno de ellos.

Grato.— Te digo que Crestos no desea templos.

Nerón.— ¡Pues mal que le pese, los tendrá ese necio dios judío si el César lo considera conveniente!

Pisón.— Adora a esa deidad si quieres, pero antes pon en su lugar a la chusma y a tus senadores, retirándoles sus privilegios antes de que se insolenten más.

Agripina.— El emperador hará lo que le plazca.

Nerón.— Sí, se hará lo que yo quiera.

Agripina.— Tened confianza en el buen juicio de César. Él responderá a su tiempo. Marchaos ahora.

Nerón.— Sí, que se retiren.

(Pisón va a protestar, pero Cecilio y Licinio lo frenan, poniendo las manos en sus hombros.)

Grato.— Tu voluntad es ley, divino señor.

(Cuidando de no dar la espalda a Nerón y haciendo a cada momento serviles inclinaciones, los nobles más viejos van hasta la salida, empujando a Pisón, y salen. Nerón se vuelve hacia el viejo general Gayo.)

Nerón.— Creí que formabas parte de esa comitiva, mi buen Gayo.

Gayo.— Soy un soldado, venerado César. No sé nada de los problemas de esos nobles hacendados.

Nerón.— ¿No fueron agricultores y soldados al mismo tiempo los primitivos patricios romanos?

Gayo.— Así fue, mi señor, pero los tiempos cambian.

Nerón.— Pisón se atreve a decir que se parte los riñones trabajando. Jamás ha tomado un arado en sus delicadas y perfumadas manos. Es seguro que mata de fatiga a los siervos que lo alimentan y, no obstante, odia al populacho. ¿Qué opinas tú de eso, Gayo? ¿Debemos congraciarnos con la nobleza y malquistarnos a la plebe?

Gayo.— Soy un simple soldado, mi César; sólo puedo decirte algo en función a lo que conozco. Un ejército de generales y oficiales no sería nada sin la soldadesca.

Nerón.— ¡Bien dicho, Gayo! Algo semejante opinaba Claudio, aunque algo de cierto dicen esos patricios: la chusma llega a la soberbia con poca cosa.

Gayo.— Existe algo más peligroso que la soberbia de la plebe: la desesperación. Acerca de eso vine a hablar, señor; del descontento en que viven tus fuerzas armadas.

Nerón.— ¿De qué pueden quejarse mis soldados? ¿No han tenido en tiempos recientes todo el descanso que pudieron desear? Solamente se han dado escaramuzas sin importancia en lejanas regiones y, sin embargo, todos cobran puntualmente sus salarios, viviendo descansadamente y conservando la vida sin riesgos graves.

Gayo.— Ahí está lo malo, César: la inactividad. Durante meses he escuchado la misma queja de labios de tus más aguerridos servidores. La molicie propicia el descontento entre los soldados y, como consecuencia, ha venido la indisciplina, cuando no la franca rebelión. Magnánimo emperador, ¿qué puede hacer un hombre de guerra cuando hay paz? La soldadesca pide acción. El salario no basta para el guerrero, que debe complementarlo con lo que obtiene en el saqueo de los pueblos conquistados. Tus tropas necesitan pelea, señor, o perderán sus habilidades bélicas, desde los oficiales hasta el último soldado... Es necesaria la guerra.

Nerón.— No quiero guerras. Muchos romanos perderían la vida. Licenciaré a todas las tropas.

Gayo.— ¿Y qué harán? Sólo saben luchar. La mayoría no tendría otro remedio que convertirse en piratas, salteadores de caminos o asesinos. ¿Quién protegería a Roma de sus enemigos?

Nerón.— No crearemos enemistades.

Gayo.— Ya existen, augusto Nerón. Sin ejércitos, Roma no tardaría en ser atacada por las naciones que, sólo por temor a nuestra fuerza actual, guardan sumisión y dan tributo al imperio. Ya se han iniciado movimientos de rebelión en países ocupados, debido a la inactividad militar de Roma. Perro que se echa a dormir, cría pulgas.

Nerón.— ¿Y qué es lo que sugieres al César que haga?

Gayo.— No lo pide Marcelo Gayo, ilustre señor; ya mencioné lo que suplican tus más leales generales, para garantizar la defensa de Roma.

Nerón.— La degollina preventiva. La represión por motivos de precaución. Y mataremos a quién sabe cuántos pájaros con la misma piedra, ¿no es cierto? Haremos efectivo el derecho de nuestros heroicos soldados al botín de guerra; daremos trabajo a nuestros casi olvidados armeros y serán más ricos los proveedores de abastos para las fuerzas armadas.

Agripina.— Nuestro César tomará las medidas convenientes para que el ejército, principal sostén de Roma, reciba satisfacción. ¿No es así, amado hijo?

(Nerón lanza una mirada colérica a su madre durante unos segundos, antes de responder.)

Nerón.— Cada quién recibirá lo que merece.

Gayo.— Bendita sea tu magnanimidad, César. La historia te mencionará como salvador de las instituciones romanas. Los siglos alabarán tu previsión y tu genio.

Nerón.— Ya lo sé. Tú, Tigelino, acompaña al general a la salida.

(Tigelino conduce al viejo general a la salida del salón. En el momento en que va a abandonar el recinto se da cuenta de que alguien llega y se vuelve.)

Tigelino.— Vienen los senadores Clauso y Fabio, divino César.

(Gayo y Tigelino por fin salen. Agripina se vuelve hacia Petronio.)

Agripina.— Es noche de decisiones políticas. El emperador no está para discusiones filosóficas o polémicas literarias.

Petronio.— La augusta Agripina tiene razón. Si algo me fastidia es la política; así que iba a proponer a Lucano y a Séneca que vengan a mi casa para probar un excelente vino nuevo... si no te opones.

Nerón.— Envidio a Lucano y a Séneca. Id y que los dioses os acompañen.

(Petronio, Séneca y Lucano hacen un ademán de saludo y lanzan una exclamación en coro.)

Los Tres.— Salve, César.

(Van a la salida y se cruzan en la puerta con los senadores que llegan, quienes intercambian saludos con ellos en susurros. Los senadores no son muy distintos en atuendo y ornamentos a los patricios que ya conocimos; si cabe, son más altaneros y atrevidos. Petronio, Lucano y Séneca se marchan.)

Nerón.— Venid acá, nobles representantes del pueblo de Roma.

Clauso.— Salve, César. Nuestra estancia será corta. Vinimos en representación de la mayoría del senado para comunicarte una importante decisión que hemos tomado.

Agripina.— ¿Con la venia del emperador?

Fabio.— Nerón César ha dicho que secundaría nuestras iniciativas.

Clauso.— Siempre lo consultamos antes de tomar resolución alguna, ¿no lo sabes, noble Agripina?

Agripina.— Estuve ausente de Roma por un tiempo y no asistí a las reuniones de César con los senadores.

Fabio.— ¿Sufrías un quebranto en tu salud, señora?

Agripina.— Nada de importancia.

Clauso.— Nos congratulamos por ello.

Agripina.— ¿Realmente? A mis oídos llegó el rumor de que varios senadores manifestaron su alegría, sin recato alguno, por mi alejamiento de los actos oficiales durante los pasados meses.

Clauso.— Personas malintencionadas te informaron mal, madre de la nación. Tu presencia es siempre bien acogida en las reuniones con tu divino hijo, inclusive cuando impugnas algunas de las propuestas del honorable senado.

Agripina.— Cuando manifiesto reprobación, lo hago en nombre de Roma. Los senadores parecen pensar más que nada en el honor y el interés del senado.

(Nerón hace una mueca de enojo.)

Nerón.— ¡Madre!

Agripina.— Suplico al emperador se digne permitirme decir lo que mi corazón dicta a mis labios, ya que Nerón César se muestra excesivamente complaciente con el senado y desdeñoso con la gente más importante de Roma.

Clauso.— Todos los ciudadanos de Roma son igualmente importantes a los ojos de la ley, señora. Por otra parte, el senado está integrado por patricios tan nobles como aquellos que poseen las mayores fortunas.

Agripina.— Patricios demagogos, que vuelven la espalda a los de su clase y utilizan a la plebe para debilitar y extorsionar a quienes realmente sostienen al estado.

Fabio