Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
Hemos comenzado a decir adiós a los medios tal y como los habíamos conocido. Hoy la comunicación de masas coexiste y se retroalimenta con las redes sociodigitales. La gran transformación cultural y política de nuestra época es la descentralización de la creación y las decisiones, pero también en la divulgación de mensajes y contenidos. El empleo intensivo de pantallas durante la pandemia confirmó la consolidación de un sistema comunicacional en donde los individuos somos espectadores, pero también actores y, cuando queremos, además autores de nuestros propios contenidos. Adiós a los medios es una guía para entender a la comunicación contemporánea. Este libro está destinado a todos aquellos que se preguntan cuáles son los alcances de esos procesos de comunicación de los que somos parte.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 228
Veröffentlichungsjahr: 2022
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
La era de la comunicación descentrada
La era de la comunicación descentrada
Raúl Trejo Delarbre
Adiós a los medios. La era de la comunicación descentrada / Raúl Trejo Delarbre – México: Productora de Contenidos Culturales Sagahón Repoll, 2022. 184 p.; 11 x 18 cm – (Colec. Brújula) ISBN: 978-607-8346-68-4
1. Comunicación. 2. Medios. 3. Redes digitales. 4. Teorías de la comunicación. 5. Espacio público. 6. Política.
D.R. © 2022, Productora de Contenidos Culturales
Sagahón Repoll, S. de R.L. de C.V.
Concepción Béistegui 2103-C4
Colonia Narvarte
México, CDMX
Diseño de la colección
Estudio Sagahón
Cuidado de edición
Jerónimo Repoll
Corrección de estilo
Roberto Barajas
Formación y captura
Guadalupe Cárdenas
D.R. © Imagen de portada
Leonel Sagahón
ISBN 978-607-8346-68-4
Primera edición
Agosto de 2022
Todos los libros de Tintable están dictaminados con el formato doble ciego.
Para mayor información sobre nuestros procesos y el comité, visita www.tintable.com.mx
Esta publicación no puede ser reproducida, ni en todo ni en parte, ni registrada por un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún medio, sea mecánico, fotoquímico, electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia, o cualquier otro, sin el permiso previo por escrito de la editorial.
Para Patricia,
por supuesto
Para Bertha Trejo
Presentación
De los medios al espacio público
Medios omnipresentes, indispensables, unilaterales, centralizados
No hay medio sin mensaje
No hay sociedad sin medios
La idea de la comunicación
Comunicar es transmitir mensajes
Tecnología, concentración y antidemocracia
Espacio público y esfera pública
El mercado de la comunicación
Los medios como empresas
Los medios como instituciones
Glosario
La comunicación descentrada
Globalización y comunicación
Comunicación digital y reticular
Sociedad de la información
Informatización de la sociedad
Contenidos y redes digitales
Ecosistema comunicacional
Glosario
Cómo comunican los medios
Segmentación y representación
Influencia mediática en la sociedad
Grupos sociales, identidades y estereotipos
Decisiones que implican exclusiones
Diversidad, conflictos y coberturas
Violencia de una pantalla a otra
Los medios como escenario político
Glosario
Sociedad, audiencias y quehacer político
No hay medios sin audiencias
El público reacciona ante un mensaje
Públicos complejos y diversos
Opinión pública y opinión publicada
Ciudadanos, consumidores y democracia
La recepción crítica
Audiencias transfiguradas en prosumidores
Partidos, movimientos sociales y medios
Tarea de pocos en representación de muchos
¿A qué se debe el descrédito de la política?
Glosario
Comunicación, cultura y espectáculo
Cultura, una idea desde los medios
La sociedad del espectáculo
Consumo cultural en los medios
Medios como industrias culturales
Cultura digital en la era de la velocidad
Nuevas formas de creación cultural
Periodismo en un mundo hiperinformado
Vigencia y metamorfosis del libro
Trabajo intelectual en colaboración
El (¿nuevo?) canon cultural
Glosario
La comunicación como instrumento
Exigencias de la comunicación profesional
Causas y usos de la comunicación
El Estado comunicador
Medios públicos (pero no oficiales)
Censura y libertad de expresión
Derechos, deberes y legislación
Ética, necesidad y utilidad
Pluralismo, comunicación y democracia
El ocaso de los mensajeros
Glosario
Fuentes
Quizá no nos damos cuenta, pero desde hace rato comenzamos a decir adiós a los medios tal y como los habíamos conocido. El empleo intensivo de pantallas durante la pandemia, la diversificación de opciones para difundir y consumir contenidos de toda índole, así como la ampliación del espacio público en donde medios convencionales y digitales —y nosotros con ellos— intercambian mensajes todo el tiempo, han consolidado un sistema de comunicación en el cual los grandes medios están acotados por variados espacios digitales y los individuos somos espectadores, pero también actores —y cuando queremos, además, autores de nuestros propios contenidos—.
La comunicación de masas coexiste y se retroalimenta con redes de acceso abierto. La gran transformación cultural y política de nuestra época es la descentralización de la creación y las decisiones, pero también de la divulgación de mensajes y contenidos. La gente dispone de más información como nunca antes y cada vez más personas participan en la discusión de los asuntos públicos; el escrutinio social sobre las acciones y decisiones del poder es constante e influyente. La contraparte indeseable de tal escenario comprende la abundancia de información trivial e incluso inútil, las apreciaciones maniqueas y, por lo tanto, la polarización que predomina en nuestras sociedades y el debilitamiento de la política que con frecuencia es desplazada por conductas clientelares y populistas.
Todas esas tendencias y actitudes son favorecidas, esparcidas, expuestas e incluso aprovechadas por los medios de comunicación. Los medios han contribuido, más que ningún otro instrumento o fuerza técnica o cultural, a remodelar a las sociedades de nuestros días. Esas transformaciones incluyen a los medios mismos.
Los modelos políticos que prevalecieron en el siglo XX, más allá de las ideologías a las que sirvieron, estuvieron fincados en la concentración del poder. La creación cultural, por otra parte, también se centralizó en ciudades, corrientes y modelos cardinales. Unos y otra han comenzado a transformarse en un proceso que apenas inicia y de cuya comprensión dependerán las capacidades de influencia y presencia pública tanto de los políticos como de los creadores culturales —y, de manera más amplia, de los ciudadanos— en el futuro inmediato. En ese proceso de transformaciones, los medios de comunicación tradicionales han perdido la centralidad que desplegaron durante todo el siglo anterior y ahora se complementan con las redes de carácter digital en las que todos nos involucramos de una u otra manera. El ecosistema comunicacional que se articula con los viejos medios y con los espacios de interacción en línea nos abruma de mensajes y nos impone nuevas exigencias para convivir con la información así multiplicada. Los mensajes son elaborados e intercambiados en redes de interacción, a diferencia del esquema vertical que ha estructurado a los grandes medios.
Para entender esos procesos de comunicación es preciso volver a lo básico. Es pertinente explicarnos las funciones y, así, la influencia de los medios, pero también sus limitaciones y los contextos que los circunscriben, de la misma manera que acotan a sus receptores. El nuevo entorno de redes sociodigitales y otros espacios de comunicación en línea, le dan a la gente posibilidades de expresión e intercambio que eran inéditas hace pocos años y que no desplazan del todo, pero sí modifican el viejo predominio cultural e ideológico que podían alcanzar aquellos medios.
Este libro explica el funcionamiento de la comunicación mediática y se apoya en rudimentos del estudio de los medios para comprender las capacidades de la nueva comunicación en redes. A ese ecosistema comunicacional, como lo denominamos, se le ubica en sus circunstancias e implicaciones políticas y culturales. Como a los medios es imposible entenderlos al margen de tales dimensiones, estas páginas acuden a conceptos fundamentales de ciencia política y sociología.
La reconfiguración del sistema comunicacional tiene perspectivas aún inciertas, pero aquí sostenemos que los viejos medios, sin desaparecer del todo, seguirán cediendo espacio a las plataformas de comunicación digital. Al término de este proceso, la sociedad prescindirá de los esquemas verticales como fuente primordial de contenidos de entretenimiento e información, aunque eso no implicará necesariamente la extinción de las corporaciones comunicacionales. Al contrario, algunas de ellas se reconfiguran en el escenario digital o son desplazadas por las corporaciones que manejan el acceso, el alojamiento y los contenidos de Internet. Se les dirá adiós a los medios que ahora nos parecen tradicionales y, en su lugar, el espacio comunicacional estará saturado de estructuras reticulares con múltiples vías para la circulación de mensajes.
Este libro tiene un afán pedagógico. En el transcurso de seis capítulos se explica el funcionamiento que han tenido los medios y su contraste con la comunicación digital y reticular. En contrapunto con los modos de comunicación hasta ahora preponderantes, asistimos a la expansión de la comunicación descentrada, pero tanto en el anterior esquema de difusión vertical como en los contenidos en redes, hay pautas en la manufactura, transmisión y recepción de mensajes que se mantienen. En cada uno de esos capítulos ordenamos, explicamos y actualizamos definiciones indispensables que permiten pensar a la comunicación como parte de sistemas políticos y económicos con los cuales interactúa y, desde luego, como parte de la cultura.
Adiós a los medios es una guía para entender a la comunicación contemporánea. Todos navegamos en Internet, miramos la televisión, nos asomamos a Twitter, nos encadenamos en WhatsApp, quizá vemos la prensa en papel o escuchamos la radio, pero también leemos libros y diarios digitales, descargamos podcasts y la música la obtenemos de Spotify, además de que todos miramos Netflix, aunque no nos entretengan las mismas series, y recibimos o hasta compartimos memes a pesar de que muchos de ellos nos disgusten. Todos nos hemos ensimismado y desesperado, y nos encontramos y acompañamos navegando en busca de respuestas o mirándonos en salas de Zoom durante las etapas más difíciles de la pandemia de COVID-19. En estas páginas se describen los procesos de elaboración, circulación e intercambio que inevitablemente nos involucran cuando nos enlazamos a cualquiera de esos medios o plataformas. Por eso, el presente libro está destinado a todos aquellos que se preguntan cuáles son los alcances de esos procesos de comunicación de los que somos parte.
Al final de cada uno de los seis capítulos en los que se despliega este libro se incluyen las definiciones más importantes de los conceptos que han sido mencionados, en negritas, en las páginas precedentes. En muchos sentidos este libro puede ser empleado como una brújula para no extraviarse —eso esperamos— en el universo mediático de nuestros días.
Esta investigación surgió de los apuntes que escribí para el curso Sociedad y Comunicación que ofrecí durante algunos años en la licenciatura en Comunicación de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Una versión más detallada, que ahora he ampliado y actualizado, me sirvió de apoyo en el curso Teoría y Crítica del Espacio Público Comunicacional que impartí en el Posgrado en Ciencias Políticas y Sociales. Además, este texto es resultado de las tareas que desempeño en el Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM.
Granja de la Concepción, Ciudad de México, Verano de 2021.
Hasta ahora, todos entendíamos qué eran los medios. Estos han formado parte de la creación y la propagación de la cultura, han sido plataformas esenciales en la articulación de consensos y el quehacer político y siempre hemos vivido con ellos. A los medios los hemos presenciado, sintonizado, recibido, padecido y disfrutado —o sobrellevado— todos los días de nuestras vidas. Ni la sociedad contemporánea, ni la cultura de masas, ni la política moderna podrían entenderse ni ser lo que han llegado a ser sin los medios de comunicación. Pero con los medios ha ocurrido, por esa misma omnipresencia y por la familiaridad que les tenemos, algo similar a lo que nos sucede con el aire o con el sol: todos los conocemos, pero en definiciones se rompen géneros.
Cuando nos referimos a los medios, aludimos a los espacios de comunicación de masas que propagan mensajes a grandes públicos: prensa, cine, radio y televisión. Los medios implican audiencias y estas, a su vez, recursos técnicos para recibir los mensajes a través de aquellos instrumentos de propagación masiva. Con la revolución digital y la expansión de Internet, los medios convencionales tuvieron nuevas plataformas y espacios para difundir sus mensajes, pero, además, la comunicación mediada por dispositivos capaces de propagar contenidos de manera amplia dejó de ser patrimonio de las empresas e instituciones de comunicación de masas. Seguimos hablando de medios para referirnos a televisión, radio y prensa (también podríamos sumar al cine y a los libros, entre otras plataformas de difusión masiva), pero ahora los medios incluyen a las redes sociodigitales y a otros recursos de comunicación accesibles para quienes tienen conexiones y dispositivos, precisamente, digitales.
El término “medios” viene del latín medium, pero se hizo frecuente el vocablo “media”, empleado según la acepción inglesa que se refiere a la comunicación que llega a auditorios numerosos o a las técnicas modernas de difusión masiva. En el sentido anglosajón, a los medios se les entiende fundamentalmente como los mecanismos de difusión “que alcanzan al público en general y que contienen publicidad” (Webster, 1971), pero si somos estrictos, salvo excepciones, ningún medio llega a todo el público.
La idea del “público en general” es un recurso para referirse a los segmentos de la sociedad más expuestos a los medios de masas. Sin embargo, como se verá más adelante, la diversificación de tales medios, junto con la elaboración de contenidos de lo más variados, han ampliado sustancialmente el universo de los emisores —es decir, de acuerdo con la acepción que hemos empleado, el universo de los medios— y también la idea del público. Entonces, hay que referirse, más bien, a “públicos”, en plural. Además, en otros contextos culturales, a los medios se les definió como “los mecanismos de distribución de las obras del espíritu o los instrumentos de comunicación entre los hombres” (Albert, 1989). En esa tradición humanística, se puede reconocer como medio a una estación de televisión y también a una cuenta en Twitter.
Los medios se distinguen por ser portadores de mensajes:
Los medios de comunicación masiva —explicó Janowitz— comprenden las instituciones y técnicas mediante las cuales grupos especializados emplean recursos tecnológicos para difundir contenidos simbólicos en el seno de un público numeroso, heterogéneo y disperso (Janowitz, 1972).
Esa definición subrayaba, con razón, la especialización (técnica, profesional e incluso financiera y cultural) que durante todo el siglo XX fue indispensable para comunicar de manera masiva. Ahora, sin que las empresas e instituciones mediáticas hayan sido desplazadas, contemporizan con grupos e individuos que difunden mensajes frecuentemente con eficacia y que pueden tener amplio alcance en las redes sociodigitales. Por eso puede seguirse empleando otra definición, más sencilla y directa, que entiende al medio de comunicación como “todo instrumento o soporte de mensajes” (Goded, 1985). De acuerdo con esta acepción, que el profesor Jaime Goded ofreció una década antes de que comenzara la expansión de Internet, las plataformas de redes sociodigitales —Facebook, Twitter, Instagram, etcétera— y los dispositivos que empleamos para conectarnos a ellas (tabletas, celulares, laptops, computadoras) son medios de comunicación, y lo son incluso en dos sentidos: instrumentos para recibir mensajes y para producirlos.
Los esquemas teóricos diseñados desde los años 40 —desde luego, del siglo XX— para entender los procesos de comunicación, partían de un reconocible sentido común: los medios conducen mensajes entre una entidad que los produce y sus destinatarios, que los reciben. Cuando son de comunicación de masas, los medios llevan mensajes propagados a públicos amplios. Esta última función solamente la podían cumplir las empresas o instituciones públicas capaces de tener equipo transmisor, antenas y permisos para utilizar un segmento del espectro radioeléctrico o, en otros casos, con capacidad para disponer de una imprenta y un mecanismo para distribuir las publicaciones así fabricadas. Por eso el rasgo más importante de esa comunicación de masas ha sido la unilateralidad. Los mensajes se propagan en un solo sentido, sin posibilidad de respuesta por la misma vía como, con tino e inquietud, señalaron también diversos teóricos de la comunicación a mediados del siglo XX: el flujo de mensajes descrito en conocidos esquemas no podía ser de ida y vuelta porque los receptores no tenían capacidades para difundir.
Ese atributo esencial de los medios convencionales para propagar mensajes fincado en su capacidad técnica se convirtió en un inigualable recurso mercantil y político, pero también cultural. Solo unos cuantos, en la sociedad de masas de aquel siglo, tuvieron la posibilidad de transmitir mensajes de manera amplia: unos pocos, difundiendo para muchos más. A esos medios —televisión, radio, prensa y cine, fundamentalmente— les llamaremos medios de comunicación concentrados para enfatizar la unilateralidad y exclusividad que tienen en comparación con los más recientes medios de carácter digital.
Los medios de comunicación concentrados, a los que también podemos denominar centralizados, están a cargo de esa diseminación (que no intercambio) de contenidos. Son el mecanismo que difunde tales mensajes, pero también son la institución que decide acerca de los contenidos que habrá de propagar. De esta manera, a esos medios se les ha definido:
a. Por su carácter de mensajeros en el proceso de la comunicación.
b. Por los recursos tecnológicos que hacen posible la propagación de tales contenidos en las sociedades de masas.
Los medios masivos que ahora llamamos concentrados son “canales artificiales que el hombre ha creado para llevar sus mensajes a auditorios representativos” (González Alonso, 1992). Su existencia misma implica un desarrollo tecnológico y, además, un funcionamiento corporativo o empresarial. Tales medios,
por lo general necesitan para su desarrollo de organizaciones estables, profesionales y complejas. En otras palabras, se requiere de vigilancia financiera, de considerable personal humano especializado en diversas áreas y de controles normativos y administrativos (González Alonso, 1992).
En el entorno digital, la organización administrativa, las exigencias profesionales y la complejidad empresarial pueden ser prescindibles. El único requisito ineludible para comunicar, incluso con alcances masivos, es la tecnología y esta es accesible a casi todas las personas, o al menos a quienes cuentan con dispositivos y conexiones. La posibilidad de que un tuitero difunda un mensaje capaz de ser trending topic o de que un audiovisual en YouTube sea visto por millones de personas no significa que todos los tuits ni todos los videos en esas plataformas tengan las mismas audiencias. En los medios convencionales, los ratings también son variados. Desde luego, en el entorno digital los contenidos diseñados y distribuidos por las corporaciones mediáticas tienen más posibilidades de alcanzar audiencias muy amplias que los tuits y videos de personas que no son profesionales de la comunicación. La transformación digital no ha abolido la desigualdad, pero sí ha disminuido las barreras para acceder a la comunicación. Gracias a ello hoy tenemos un escenario comunicacional poblado por una abundancia de participantes que, por sí solo, impone a los medios convencionales un entorno muy distinto al que habían tenido.
Hay autores que consideran prioritario el mensaje por encima del medio mismo. El profesor venezolano Antonio Pasquali advirtió contra la tendencia a conceder demasiada importancia a los medios en sí, incurriendo en el error de
creer que el desarrollo tecnológico de los modernos medios de comuni cación es el factor desencadenante de un problema de comunicaciones antes inexistentes [...]. Las nuevas tecnologías solo han expandido una función, la de comunicarse, que es esencial, permanente e inherente a la naturaleza social del hombre. Los nuevos medios [...] solo han venido a ampliar una capacidad preexistente y a facilitar una función esencial, no a engendrarla (1978).
Para ese autor, “el problema esencial sigue siendo el de la comunicación humana y no el de los medios o de su desarrollo” (Pasquali, 1978). Pasquali escribió esta precisión antes de 1970, que fue el año de la primera edición del libro que hemos citado, y es vigente medio siglo más tarde. Si los medios existen y alcanzan audiencias e influencia, es porque hay quienes tienen cosas que decir y porque las personas quieren recibir mensajes. Por supuesto, además de esa condición, los medios convencionales aprovechan las facilidades tecnológicas, económicas y jurídicas que les permiten llegar a sus audiencias. En el entorno digital, la necesidad de comunicación puede ser ejercida con posibilidades antes vetadas para la mayor parte de las personas. El amplio acceso a la difusión e incluso al diseño de mensajes que pueden tener amplia propagación no implica que sean de calidad o que siempre puedan competir con los contenidos de los medios de comunicación concentrados.
La relevancia pública que alcanzaron y mantienen los medios de comunicación concentrados ha sido tal que se les denomina simplemente como “los medios”, prescindiendo del apellido “comunicación” que durante décadas les confirió sentido. Desde que comenzaba la segunda mitad del siglo XX se ha podido hablar de “los medios” para referirse fundamentalmente a los canales de comunicación de masas. La capacidad que han tenido para difundir publicidad comercial o propaganda política fueron los motores esenciales para el desarrollo de tales medios. A partir de su consolidación como cauces para la difusión de mensajes relevantes o de mayor alcance en las sociedades, especialmente desde esos años, los medios se convirtieron en instrumentos indispensables para informar y entretener.
Durante todo ese tiempo fue posible estudiar y entender a los medios de comunicación a partir de su capacidad para distribuir mensajes de manera amplia y, por lo general, masiva. Un programa en la televisión llega a ser visto, dependiendo del alcance de la señal y del tamaño de la colectividad en donde se difunda, por millones e incluso decenas de millones de personas. Un partido de futbol internacional, transmitido a varias regiones del mundo a través de enlaces satelitales, llega a miles de millones de espectadores. Gracias a esa posibilidad de propagación, a los medios de comunicación se les ha asociado con lo masivo, con las audiencias abundantes y, de esa manera, con la creación de multitudes dispersas delante de cada televisor, pero cohesionadas por la experiencia que significa compartir la recepción de los mismos contenidos.
Con el auge de Internet, los medios perdieron el patrimonio de la propagación masiva. Un tuit suficientemente original y oportuno o una foto llamativa en Instagram pueden alcanzar audiencias equiparables a las de un programa de televisión o a las noticias en un periódico. Los medios están acompañados —y de esa manera acotados— por una gran cantidad de emisores de toda índole.
Los medios son consecuencia, pero a la vez articuladores, de la sociedad de masas. Unos no existen sin la otra y viceversa. Los medios de comunicación concentrados tuvieron sentido en la medida en que fueron capaces de difundir los mismos mensajes, de manera simultánea, a una sociedad constituida por multitudes. La cultura de masas se afianzó y extendió gracias a esos medios de comunicación.
La cultura de masas, que los medios crean, administran y divulgan, es centralizada porque así es la índole de los espacios que la publicitan. Eso no implica que la cultura mediática sea definida al margen de la sociedad, al contrario, los medios permean todos los intersticios de la sociedad. La escuela y los centros de trabajo, la familia y las redes de amigos, el mundo de la política y los ámbitos profesionales más variados, atienden de manera intensa a los contenidos de los medios de comunicación. Sin embargo, los medios no se desempeñan de forma autónoma: sus contenidos y orientaciones recuperan, recrean y procesan rasgos, costumbres, intereses y gustos de la sociedad o, mejor dicho, de la variada colección de grupos que conforman a la sociedad contemporánea. Ello no significa que el interés social prevalezca en las decisiones que se toman acerca de los contenidos que son propalados en los medios de comunicación.
Es imposible disociar a los medios de los contenidos que comunican. Con frecuencia unos y otros se confunden, difuminando la importancia de los mensajes y estos, a su vez, suelen tener formatos e intencionalidades que dependen de las concepciones y los intereses de las organizaciones (empresas o instituciones) capaces de difundir mensajes de manera masiva. López Veneroni ha explicado:
En efecto, los medios masivos, en sí mismos, solo entrañan una sustan cialidad tecnológica. Lo que los hace objeto de interés social es su uso; este [...] está determinado por las condiciones económicas y sociopolíticas de las formaciones sociales en las que aquellos emergen. De ahí se sigue que lo que en verdad se estudia, desde una perspectiva social, es su uso económico, político, educativo, psicológico, la estructuración de men sajes y el régimen legal en el que los medios están circunscritos (1989).
Comunicar es transmitir información. Hay numerosas definiciones para explicar formas, efectos e intencionalidades de la comunicación, pero prácticamente todas contienen cinco elementos:
a.Emisor, quien formula un mensaje con el propósito de difundirlo.
b.Mensaje, es el contenido, articulado en signos, que se pretende transmitir.
c.Código, empleado para hacer comprensible el mensaje.
d.Canal, a través del cual se difunde el mensaje.
e.Receptor, que es el destinatario del mensaje.
Estos elementos se encuentran tanto en la comunicación humana más elemental, cara a cara, como en la de índole masivo que se difunde a través de los grandes medios y, desde luego, en las redes sociodigitales.
Todo en la vida es comunicación; de hecho, no hay vida sin comunicación. Las células en todo tipo de organismos se comunican unas con otras. Nuestras neuronas se transmiten información —a través del mecanismo denominado “sinapsis”— mediante procesos físicos y químicos. Nuestras reacciones al frío, al ruido, a los estímulos visuales y al tacto, entre otras formas de relación con el ambiente, son respuestas a inducciones externas. El contacto humano en cualesquiera de sus formas (una caricia, un guiño, un ademán, una charla) es comunicación.
Las relaciones entre las personas dependen de su capacidad o no para comunicarse. Lo mismo sucede entre los grupos sociales. Cuando un grupo entabla comunicación con otro, tiende puentes o señala rechazos que son consecuencia de los contenidos que se han comunicado unos y otros. La civilización, es decir, el nivel de relaciones sociales en donde las personas y los grupos despliegan sus conocimientos y cultura más desarrollados, supone la permanencia de puentes comunicacionales expeditos y compartidos por todos o al menos por la mayoría. Sin comunicación no hay entendimiento; comunicar, en las relaciones sociales, es consolidar.
La comunicación, en términos sociales, se ejerce en comunidad. Comunicar, en tal sentido, es poner en común, hacer a todos partícipes de una información, un mensaje o un conocimiento específicos. Si la comunicación articula las relaciones entre los individuos, la comunicación en sociedad ensambla a los individuos que forman parte de un grupo social o a los grupos que conforman a la sociedad misma en torno a conocimientos o propósitos comunes. La comunicación puede ser animal o humana, verbalizada o no, presencial o a distancia, interpersonal o colectiva, individual o social, analógica o digital, etcétera.
Volvamos a los elementos constitutivos de la comunicación:
a. Comunicar implica la decisión o al menos la necesidad de un emisor para transmitir un mensaje.
b. Ese mensaje ha de ser elaborado o retransmitido por el emisor. Allí se encuentra lo que quiere decir.
c. Se requiere de un código comprensible tanto para el emisor como para el receptor. Ese código es entendido, o no, según los respectivos contextos tanto del emisor como del receptor. Guiñar un ojo, por ejemplo, puede tener significados diferentes de acuerdo con las circunstancias en que se expresa ese gesto. Un guiño puede ser expresión de complicidad, advertencia, picardía o coqueteo, o simplemente la reacción a una luz intensa o cuando nos entra una basura en el ojo. Para comunicar una frase necesitamos palabras que sean comprendidas tanto por el emisor como por su receptor. Igual sucede con los mensajes acústicos, visuales o de cualquier índole.
d. El canal para difundir el mensaje así codificado requiere de una capacidad de propagación sin la cual no alcanzaría a los destinatarios que pretende. Si quiero llamar la atención de las personas que están a 20 metros de distancia, pero únicamente murmuro lo que trato de decirles, mi intento de comunicación será infructuoso. El canal de un mensaje tiene que ser reconocido como tal tanto por el emisor como por el receptor.
e. El receptor comprenderá el mensaje de acuerdo con su capacidad para desentrañar el código y para sincronizarse con el canal. Un sordo no puede recibir un mensaje que se transmita por la radio, una persona que únicamente entiende alemán no comprenderá una alocución en chino, un lego en temas de medicina no entenderá una conferencia especializada en neurocirugía o un recién llegado a Twitter puede confundirse entre un meme y una imagen original.
Algunos estudiosos de la comunicación incorporan un sexto elemento al considerar que también los efectos del mensaje forman parte del proceso comunicacional. Otros, estudian las consecuencias de la comunicación como un fenómeno posterior a ella. Por ejemplo, si desciende la temperatura en la habitación en la que estoy reposando, las terminales nerviosas que parten de mi epidermis enviarán un mensaje al cerebro. Así me doy cuenta de que hace y tengo frío. La respuesta ante ello puede ser de indiferencia si el frío es llevadero o podré ponerme de pie para ir a buscar un suéter o mi cuerpo comenzará a tiritar si el frío es mucho y no busco o no encuentro cómo cobijarme. En cualquiera de esos casos, el mensaje que me fue comunicado suscitó una reacción que ya no forma parte del proceso de comunicación.
En la comunicación social
