Adolescencia: espacio para la fe - María Eugenia Gómez Sierra - E-Book

Adolescencia: espacio para la fe E-Book

María Eugenia Gómez Sierra

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Este libro se presenta como una respuesta razonada y creíble al reto que el mundo de las religiones dirige a la didáctica, para que, con la ayuda de sus recursos, posibilite el diálogo de la fe con la cultura y la vida. Transmitir la fe, darla a conocer a otros, siempre será un reto para el profesor de Religión, que le exige conocer bien a su destinatario -en este caso al adolescente- tanto en su desarrollo evolutivo como en su relación con el mundo de lo religioso. Una noble realidad abierta a la esperanza del futuro, donde la tarea educativa puede penetrar el corazón del ser humano hasta lo más profundo de sus entrañas.

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Veröffentlichungsjahr: 2015

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A Julia, mi madre

La mujer que tiene a Dios, esa será alabada.

Dadle del fruto de sus manos

y que en las puertas la alaben sus obras

PRÓLOGO

La preocupación de la Iglesia, ya desde sus comienzos, por la educación de la juventud responde al convencimiento de que en esta etapa de la vida se dan las primeras experiencias válidas para una maduración de su personalidad religiosa. Para el cumplimiento de esta tarea, la Iglesia, apoyándose en realidades pedagógicas anteriores, ha creado escuelas en las que se ofrece a los jóvenes la necesaria formación integral que les ayude no solo a insertarse en la sociedad, sino a dar también un sentido a su vida. La escuela, como complemento y prolongación de la formación familiar, es el instrumento institucional que la sociedad se da a sí misma como lugar de formación integral que, al tiempo que nos abre y nos enseña a comprender la realidad, desarrolla el sentido de lo verdadero, lo bueno y lo bello para que el alumno lo cultive en su vida (papa Francisco).

Es cierto que en los últimos años ha crecido la sensibilidad por parte de la opinión pública y de los gobiernos hacia los problemas educativos, pero también se constata una extendida reducción de la educación a los aspectos meramente técnicos y funcionales. Una educación así concebida difícilmente puede dejarnos satisfechos, pues olvida la finalidad esencial de toda educación, que no es otra que la formación integral de la persona, a fin de capacitarla para vivir con plenitud y aportar su contribución al bien de la comunidad. Reducir la enseñanza solo al aprendizaje de saberes técnicos va en detrimento de aquellas fuentes de sentido transmitidas por las generaciones pasadas y que tratan de mostrarnos la verdad de la esperanza que habita en todo ser humano, la que da sentido a nuestra peregrinación en la historia. De ahí que se vayan difundiendo una atmósfera, una mentalidad y una forma de cultura que llevan a dudar del valor de la persona, del significado de la verdad y del bien, y, en definitiva, de la bondad de la vida. Por el contrario, la reflexión por el sentido de la vida que han venido realizando las tradiciones religiosas ayuda a no dejar en el olvido la pregunta por Dios.

Difícilmente comprenderemos la compleja realidad del ser humano si ponemos entre paréntesis su carácter interrogador. El hombre existe preguntando, y cometemos un grave error cuando arrancamos de su vida la pregunta acerca del sentido de su vida. Si Dios hubiera hablado solo con un lenguaje divino, no perceptible para el hombre, no tendríamos constancia de la revelación. Pues esta existe cuando la acción por la que él se manifiesta es percibida por alguien que se siente interpelado por medio de las preguntas. Por eso Benedicto XVI, dirigiéndose a profesores de Religión, les pedía de corazón que invitasen a los alumnos «a hacer preguntas no solo sobre esto o aquello –aunque esto sea ciertamente bueno–, sino principalmente sobre de dónde vieney adónde va nuestra vida. Ayudadles a darse cuenta de que las respuestas que no llegan a Dios son demasiado cortas».

Asistimos a un mundo cada vez más globalizado, con capacidad de satisfacer muchas de las demandas que hacen posible el bienestar de las personas, pero que, a su vez, olvida otras que son también necesarias para configurar la identidad de las mismas. Ante esta situación, los distintos agentes educativos tienen una responsabilidad particular para ayudar a comprender la creciente complejidad de los fenómenos mundiales y dominar el sentimiento de incertidumbre que suscita. Esto implica que una de las tareas educativas sea procurar al mismo tiempo que el individuo sea consciente de su identidad –a fin de que pueda disponer de puntos de referencia que le sirvan para orientarse en el mundo– y que en el encuentro con los otros –en la medida en que se establece un diálogo fecundo– aprenda a respetar otras formas de estar en el mundo. En resumidas cuentas, la educación debe asumir como una de sus tareas la de transformar la diversidad en un factor positivo de entendimiento mutuo entre las personas y los distintos grupos humanos.

Sin embargo, hoy se hace difícil para cualquier educador transmitir de una generación a otra algo válido y cierto, reglas de comportamiento, objetivos creíbles en torno a los cuales construir la propia vida. Es cierto, como han puesto de manifiesto distintos autores, que la crisis global de las estructuras de acogida –familia, ciudad, religión– implica hacerse eco de las graves interrupciones que en la actualidad experimentan los procesos de transmisión en el seno de nuestra sociedad, en la que muchos no tiene puntos de referencia estables para construir su vida. De ahí la importancia que cobra el docente de Religión para capacitar al alumno a descubrir el bien y para crecer en la responsabilidad.

Ahora bien, a pesar del esfuerzo realizado por los profesores de Religión para dar razones de la presencia de su asignatura en el conjunto del currículo, la enseñanza religiosa escolar sigue generando polémica en algunos colectivos que, desde una discutible comprensión de la aconfesionalidad del Estado, más próxima al laicismo excluyente que a una «sana laicidad», la confinan a los lugares de culto de los distintos credos religiosos, arguyendo que las creencias religiosas del ciudadano individual pertenecen al ámbito de lo estrictamente privado y, por tanto, su transmisión en forma de enseñanza religiosa no debe asimilarse a las asignaturas ordinarias del currículo.

La profesora Gómez Sierra, en las antípodas de esta forma de pensar, nos presenta su libro como una respuesta razonada y creíble al reto que el mundo de las religiones dirige a la didáctica, para que, con la ayuda de sus recursos, posibilite el diálogo de la fe con la cultura y la vida. Transmitir la fe, darla a conocer a otros, siempre será un reto para el profesor de Religión, que le exige conocer bien a su destinatario –en este caso al adolescente– tanto en su desarrollo evolutivo como en su relación con el mundo de lo religioso. Y todo ello en el marco de una nueva ley educativa que ha de conocer y comprender bien para que dicha enseñanza se realice con todas las exigencias metodológicas que exige el ámbito escolar. Todo esto se encontrará expuesto de forma competente en este libro que tengo el gusto de presentar. Felicito a la autora, amiga y compañera en la docencia universitaria, porque, como en ocasiones anteriores, ha sabido aunar la pasión de su docencia con un conocimiento riguroso de la materia tratada.

AVELINO REVILLA CUÑADO

Delegado Diocesano de Enseñanza,

Archidiócesis de Madrid

INTRODUCCIÓN

Suprimir a Dios de la vida cotidiana es expresión de plena libertad. Ser ateo, agnóstico o indiferente es el eslogan que el individuo del siglo XXI lleva inscrito en su cabeza para usarlo cuando convenga.

El hombre, liberado progresivamente del esfuerzo del trabajo por los descubrimientos, de la ignorancia gracias a la escuela o de la penuria por el desarrollo de la economía y el mercado, se cree también capaz de separarse del origen que sustenta su propia existencia. «¡Oh!, tu corazón se ha engreído y has dicho: “Soy un dios, estoy sentado en un trono divino, en el corazón de los mares”. Tú eres un hombre y no un dios, equiparas tu corazón al corazón de Dios» (Ez28,2).

Vivimos en tiempos de increencia. Instalados en un desierto donde abrasa la sed de Dios (Ratzinger, 2012) y se palpa asfixiantemente la experiencia de vacío que deja el corazón insatisfecho.

Muchos de los adolescentes han nacido en esta tierra inhóspita donde no es fácil encontrar el frescor del agua que les hace reverdecer. Viven un horizonte de sentido inmanente, incapaces de percibir la riqueza de la creencia. Anestesiados, adormilados, caminan como huesos secos, sin vida. Esperan la voz del profeta como eco de Dios: «Ven, espíritu, de los cuatro vientos, y sopla sobre estos muertos para que vivan» (Ez37,9).

En el origen de nuestra existencia, la Trascendencia nos supera. Hay un proyecto de amor divino, un amor que nos precede invitándonos a compartir con los otros nuestros bienes. La Verdad empuja al hombre a anunciar y a acoger lo que ha recibido.

La adolescencia es momento de carencia y apertura, tiempo de búsqueda y de donación. Una noble realidad abierta a la esperanza del futuro, donde la tarea educativa puede penetrar el corazón del hombre hasta lo más profundo de sus entrañas.

Formación y testimonio son los cauces creíbles para que los adolescentes se interpelen y empiecen a buscar respuestas a las inquietudes profundas de sus vidas. El acompañamiento fiel es el camino para que, desde la libertad, decidan si Jesucristo, modelo de hombre nuevo, merece la pena.

En este libro no hay mayor pretensión que mostrar unas pautas didácticas que puedan auxiliar a la tarea de tantos extraordinarios profesores de Religión que, con su vida, son transmisores de la Buena Noticia a diario en la escuela. Nada novedoso ni original, simplemente una sistematización de aquellos aspectos que deben considerarse en la práctica educativa desde el punto de vista pedagógico.

A partir de una mirada algo superficial al prototipo de adolescente proponemos considerar cómo es su recién estrenada manera de pensar y qué cambios supone en su postura frente al mundo. La incomprensión profunda de sus sentimientos desde fuera, su vacío y soledad, su desajuste corporal y tantas otras realidades que le acontecen le separan sin pretenderlo de nosotros, llamados a tender puentes que faciliten el acceso a la vida adulta.

El mundo de lo religioso, esquivado y necesario a la vez, supone en estos momentos un reto al que debe responder la didáctica, ofreciendo todas las estrategias posibles para permitir el diálogo fe-cultura-vida.

La etapa Secundaria no es sin más una continuidad de la feliz época de educación básica, centrada en la instrumentalización y los escasos saberes; es una apertura a la realidad de la vida, donde la religión y Dios tienen un hueco ineludible.

Enclavadas en la reforma educativa LOMCE, con estas palabras intentamos ofrecer fundamentos y claves para que la asignatura de Religión sea en este momento garantía para una educación integral. Para que sean reales en cada centro educativo las palabras del evangelista: «Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre, que está en los cielos» (Mt 5,14).

I

EL ALUMNO DE EDUCACIÓN SECUNDARIA EN LA ESCUELA

La enseñanza Secundaria tiene ya una cierta andadura en la historia de la educación en España. Desde que la ley Moyano (1857) estructurara el sistema educativo, reconociendo la segunda enseñanza, se han producido ciertos cambios, pero se ha mantenido siempre la idea esencial. Se trata de un período de tiempo educativo transitorio con el que se da paso tanto al mundo académico como al laboral.

Esta primera parte nos sitúa ante la realidad de los alumnos que forman parte de esa etapa tan singular del sistema educativo. Nos invita a reflexionar en estos momentos de crisis para descubrirlos como una oportunidad en el camino hacia la madurez personal.

1

EL PERFIL GENERAL DEL ADOLESCENTE

La Educación Secundaria Obligatoria coincide, en el desarrollo psicoevolutivo de los estudiantes, con la preadolescencia y la primera adolescencia. Dos momentos difíciles en los que los muchachos se enfrentan con las contradicciones de la vida humana en la dimensión personal y social.

En estos años, los escolares experimentan un proceso de cambio especialmente significativo. Se trata de un tiempo en que el preadolescente está llamado a su nacimiento social (Rocheblave-Spenle, 1978, p. 125), abandonando paulatinamente la vida familiar para empezar a mostrar socialmente su identidad. Paso que supone a la vez incertidumbre, miedo y temor, pero también grandes expectativas (Castillo, 2001, pp. 45-59).

Alrededor de los 11 o 12 años se advierten novedades en el desarrollo físico, intelectual y afectivo, que suponen una nueva forja de personalidad del alumno (Hoffman/Paris/Hall, 61996, p. XV). Los cambios de pensamiento y la inserción en la sociedad adulta obligan a una total reformulación de la personalidad.

La adolescencia supone un cambio vital en el ser humano. Se trata de una etapa de transición (Feldman, 2007, p. 390) en la que progresivamente se abandona la infancia para comenzar a ser adulto, tanto desde el punto de vista psicobiológico como desde la perspectiva social. El niño deja de sentirse subordinado al adulto y se mide con él como un igual.

A pesar de que la persona vive como una unidad global, el estudio didáctico de la educación Secundaria separa para su análisis las diversas dimensiones de la persona, distinguiendo, además, un período preadolescente y otro adolescente.

Piaget, en oposición a otros psicólogos, plantea el desarrollo de los procesos cognitivos y las nuevas relaciones sociales como los factores más relevantes para identificar el período. En su opinión, la aparición del desarrollo de la capacidad lógico-formal permite interpretar la realidad de forma autónoma, haciendo significativo el diálogo con la cultura que nos rodea.

El aprendizaje significativo de la enseñanza Primaria se convierte ahora en un aprendizaje selectivo que depende de la voluntad del propio sujeto.

1. El alumno en crisis

La Educación Secundaria Obligatoria (ESO) supone un cambio radical en la vida del alumno y de su familia. A esta edad, el alumno es una persona inmersa en los cambios que conlleva la pubertad (Carretero/Palacios/Marchesi, 1986, pp. 13-14)1; cambios que vive con tensión, nerviosismo y preocupación. Es un momento psicoevolutivo y académico de gran trascendencia, que invita a la elaboración de proyectos personales y a la toma de decisiones arriesgadas que permiten la consecución de esos proyectos.

La incorporación a un centro educativo que abre paso a la futura realidad universitaria o laboral provoca cierta inquietud al exigir un grado de maduración e independencia para el que, con frecuencia, no están preparados ni los alumnos ni los padres.

Tampoco se trata de un momento fácil para la enseñanza. Los cambios fisiológicos del alumnado condicionan la acción didáctica y exigen al docente un sólido conocimiento de los rasgos psicológicos de los alumnos.

Con la adolescencia comienza un proceso de adaptación, amplio y paulatino, que ha de llevar al adolescente a aceptar su nueva imagen corporal, sus nuevas capacidades motoras y la configuración de su identidad sexual; junto a esto es necesario encajar además la ruptura de la dependencia emocional y protectora de los padres y el desarrollo de habilidades de relación social; en definitiva, la construcción de la propia identidad (Hoffman/Paris/Hall, 61996, pp. 10-12).

Los cambios físicos y, en consecuencia, la aceptación de su cuerpo afectan a la estabilidad emocional del adolescente y, de manera muy marcada, a su rendimiento escolar.

Siegel (1982) resumió hábilmente el impacto que las transformaciones físicas provocan sobre los adolescentes. Entre ellas conviene resaltar: 1) el interés excesivo por los aspectos relacionados con el cuerpo (favorecidos por el cambio cognitivo); 2) la insatisfacción con su aspecto, y 3) la relación entre el atractivo físico y la aceptación social.

La formación de la personalidad genera igualmente una serie de problemas y de situaciones conflictivas en el comportamiento que en modo alguno han de escapar a la atención de profesores y tutores en su intervención didáctica y tutorial.

Desde esta perspectiva hemos de componer un marco de referencia que nos ayude a entender a los adolescentes, situándolos en un contexto real y auténtico, con el fin de saber elegir la intervención educativa más acorde con sus necesidades.

a) El cambio biológico, algo más que un nuevo aspecto

Frecuentemente, la transición de la escuela Primaria a la Secundaria, sobre los 12 años, es bastante incierta. En este período, el chico está dominado por las novedades exteriores, que atraen su atención y reclaman todo su esfuerzo. Su persona se siente insegura ante los nuevos hechos personales y sociales que tienen lugar, tanto en él como a su alrededor: escuela, profesores, materias, amistades y contactos sociales resultan nuevos, además de tener que afrontar la llegada de la pubertad.

La adolescencia es un fenómeno psicológico que comprende un período de la vida, más o menos largo, que no puede confundirse con la pubertad (Delval, 52002, p. 544).

Los cambios del crecimiento no son los únicos que se dan en este período, pero sí resultan los más llamativos, porque con ellos se alcanza la capacidad reproductora. El comienzo de la adolescencia se marca con la pubertad, un proceso biológico que transforma al niño inmaduro en una persona madura sexualmente.

Desde el punto de vista físico y fisiológico se producen transformaciones profundas a gran velocidad, de manera semejante a las del desarrollo fetal. El cambio más significativo hace referencia al tamaño y forma del cuerpo, junto al desarrollo de los órganos reproductivos; a partir de ese momento se ponen de relieve los primeros pasos y afirmaciones del yo personal, por lo que se conoce también como «segundo nacimiento» (Agazzi, 1964, p. 183).

Los cambios del adolescente se deben a la puesta en marcha de la función de diversas hormonas que activan el sistema endocrino, que viene funcionando desde la niñez, pero con menos intensidad.

En la pubertad, como respuesta a una señal biológica aún indeterminada, el hipotálamo manda órdenes a la glándula pituitaria, que estimula las glándulas hormonales y aumentan considerablemente su producción. Las gónadas (ovarios y testículos) y las glándulas adrenales secretan hormonas directamente a la sangre. El aumento de estos niveles provoca cambios físicos que, al cabo de tres o cuatro años, permiten la transformación en un adulto. Los adolescentes se convierten en seres maduros sexualmente, aunque su potencial hormonal seguirá creciendo hasta la etapa adulta temprana, a los 20 años.

Cuando describimos el proceso no podemos entender que este no se realice de forma ordenada y gradual, sino más bien con una falta de armonía en el crecimiento denominada asincronía, que provoca desproporciones que generan ciertamente ansiedad (Hoffman/Paris/Hall, 61996, pp. 6-7).

– Maduración sexual femenina.Los diez años suele considerarse la edad en la que da comienzo la madurez sexual. La estatura empieza a aumentar con rapidez, alcanzando la cumbre del crecimiento entre los 12 y los 15 años. Los cambios de altura se acompañan de transformaciones en las proporciones corporales, especialmente en las caderas y hombros, y de aumento de los niveles de grasa.

Los órganos sexuales se empiezan a desarrollar y comienza la menarquía o primera menstruación, pero aún no se ha alcanzado la función reproductiva y no existe, por tanto, fertilidad.

– Maduración sexual masculina.El desarrollo madurativo de los chicos es posterior al de las chicas aproximadamente en dos años. La cumbre de este proceso suele situarse entre los 14 y 16 años.

El patrón de crecimiento entre chicas y chicos es muy distinto. En ellos crecen en mayor proporción los hombros que las caderas, existe menor acúmulo de grasa y aumenta considerablemente la musculatura.

El pene y el escroto aceleran su crecimiento hacia los 13 años, siendo el cambio más rápido y llamativo que el correspondiente en las chicas. A pesar de la existencia de esperma, no se sabe con certeza si durante el principio del período puede fecundar al óvulo o no.

b) Reacciones a los cambios de la imagen corporal

A diferencia de los bebés, en los que también se produce un cambio brusco extraordinariamente rápido, los adolescentes son conscientes de lo que sucede en su cuerpo y no permanecen indiferentes. Reaccionan con pánico o con satisfacción, según el contexto social en el que se hayan educado.

Sus reacciones frente a la pubertad dependen mucho de los patrones de pensamiento y de los sentimientos que sobre la sexualidad han tenido durante la niñez. Y su respuesta psicológica se ve muy influida por el comportamiento de padres y amigos frente a sus cambios de apariencia. El contexto cultural ofrece un modelo de cuerpo ideal que el chico, pero fundamentalmente la chica, va descubriendo a través de las expectativas de amigos y familiares.

En esa valoración social, la maduración temprana o tardía no resulta indiferente. Con frecuencia, los adolescentes varones que maduran prontamente se sienten orgullosos y son bien valorados en campos como el deporte, debido a la altura, la popularidad y el autoconcepto, aunque esto puede acarrearles problemas escolares.

En el caso de las chicas, la historia resulta diferente. Los cambios corporales suelen provocarles incomodidad con sus amigas, aunque por otra parte pueden sentirse halagadas al ser requeridas por los chicos. Existe una visión muy diferente sobre el tema en las distintas culturas.

Respecto a la maduración tardía, el fenómeno suele invertirse. Los chicos sufren mayor presión cuando son inmaduros porque son vistos como pequeños y menos atractivos; en general suelen ser ridiculizados. Las chicas, por el contrario, suelen mantener una imagen positiva y una buena autoimagen, que responde al perfil que reclama la sociedad.

Como podemos deducir, se trata de un fenómeno complejo que requiere para trabajar didácticamente una mirada de conjunto de todos los factores que ejercen influencia.

2. En busca de una nueva identidad

Durante la adolescencia aparecen una serie de nuevas tareas que tienen influencia sobre la vida futura. Es el momento de «desatelizarse» de los padres, alcanzando cierta autonomía, el tiempo de tomar decisiones sobre los estudios y de emprender la vida como una vocación que no tiene vuelta atrás.

El nacimiento de la sexualidad ofrece nuevas oportunidades de relación con el otro sexo, un placer frente al que se teme la amenaza que puede acarrear la responsabilidad de una familia. La incipiente autonomía se expresa como poder, que viene del contacto con nuevos principios y valores hasta ese momento ajenos; pero supone a la vez riesgo.

La transformación del cuerpo evoca nuevas expectativas y conductas frente a sus padres y compañeros que influyen en todos los aspectos de la vida, especialmente en las emociones. Los adolescentes ponen a prueba los sentimientos sobre sí mismos, lo que produce cambiantes estados de ánimo que visibilizan su forma de resolver los nuevos problemas. Muestran variabilidad de humor, llanto y risa, depresiones y exaltaciones, irritabilidad, excitabilidad, agitación, etc.

Generalmente aparece una continua exaltación del egocentrismo, preocupación por sí mismo, conflictividad con los adultos, rechazo de la autoridad (familiar, escolar, religiosa), una cierta originalidad (modos de decir, de hacer, de vestir, de comportarse) que, por lo demás, no es tan original, ya que supone la adopción de ideas, comportamientos y modas del grupo de pertenencia. Se une a esto la idealización de algunas personas (cantantes, actores, deportistas) como forma de búsqueda de autonomía e independencia, así como la aparición de infinitos porqués que justifiquen los comportamientos de los de alrededor.

Poco a poco van realizando, en silencio, una de las tareas esenciales de la adolescencia, la configuración de su identidad. Van dando sentido coherente a su individualidad según la propia personalidad y circunstancias. Comienza para el sujeto un proceso lento de organización de todas las partes de su yo que buscan la unidad.

Aunque la formación de la identidad es una tarea que comienza en la primera niñez y dura toda la vida, la adolescencia es un momento muy relevante porque la confluencia del crecimiento físico, el desarrollo cognitivo y las nuevas expectativas sociales hacen posible que se forme la identidad madura.

Autores como Erikson describen la adolescencia como un tiempo de moratoria (Hoffman/Paris/Hall, 61996, p. 10) en el que, a pesar de que se posponen las elecciones definitivas, se van dado pequeños pasos para consolidar la unidad de vida. Comienza la tarea de consolidar aspectos innatos de la personalidad junto con rasgos del desarrollo, como pasividad, agresividad, sensualidad, talentos, habilidades, etc. Se provoca también la identificación con modelos paternos, de compañeros o de personajes culturales; los modos de regular la conducta, de afrontar los conflictos o de adaptarse a los papeles sociales.

Es cierto que este proceso varía mucho según el contexto en el que se encuentra el alumno y tiene un perfil muy diverso para los que optan por el mundo universitario o por el campo del trabajo.

James Marcia (1980), apoyándose en el planteamiento teórico de Erikson, clasifica en cuatro las actitudes que pueden adoptar los adolescentes a la hora de formar su identidad:

1) Compromiso: actitud que proviene de aceptar en la propia vida las metas o valores elegidos ya por otros, como pueden ser padres, profesores o compañeros. Estos jóvenes no suelen sufrir crisis de identidad, puesto que aceptan de buen grado opciones de otros.

2) Moratoria: responde al comportamiento de alumnos que posponen siempre sus opciones finales mientras se entretienen en debatir temas profesionales o ideológicos.

3) Construcción de la identidad: se trata de jóvenes que realizan el esfuerzo de perseguir metas últimas también en el campo profesional e ideológico.

4) Difusión de la identidad: es la respuesta del adolescente que trata los temas importantes sin tomar decisiones y sin preocuparse de aceptar compromisos. No siente la presión de tener que elegir, porque no pasa una crisis de identidad.

Estos cuatro perfiles responden a modelos de sociedades distintas. Los adolescentes de moratoria suelen ser independientes, seguros de sí mismos y creativos; se contentan con su camino preferido antes de construir la personalidad; son muy frecuentes en las culturas contemporáneas. Por el contrario, los que consolidan su personalidad en la adolescencia necesitan mayor aprobación, son conformistas y respetuosos con la autoridad, suelen ser religiosos y se comportan según un modelo estereotipado; abundan en las sociedades tradicionales.

Mayor problema presentan los que siguen una difusión de la personalidad, pues suelen estar perturbados a causa de la falta de direccionalidad, tienen dificultades de relación con los demás y escaso razonamiento moral.

El arte del diálogo y la conversación, la propuesta de aceptación de uno mismo y de los otros, así como la paciencia y la comprensión por los eventuales errores cometidos por decisión propia, «porque se cree mayor», etc., son el mejor tratamiento pedagógico y la mejor forma de encajar con ellos en una relación de clase.

La diferencia sexual en la formación de la identidad

Las investigaciones realizadas muestran diferencias entre chicos y chicas a la hora de configurar su identidad. En el caso de los chicos suele existir una preocupación por su identidad profesional desde muy pronto; las chicas, por el contrario, muestran el deseo de tener una profesión, pero suelen evitar el sentido de competición para conseguirla.

Socialmente se ha tendido a presionar a los varones con el trabajo, mientras que en las chicas se ha considerado más importante el mundo de las relaciones; a pesar de que la mujer se haya incorporado al mundo laboral, este planteamiento ha evolucionado muy lentamente y muchos de los adolescentes viven este imaginario social.

Aún hoy en día el sentido de maternidad tiene desde la adolescencia mucha influencia sobre la joven, aunque cada vez es más frecuente descubrir la importancia para ellas del logro personal y no solo el éxito interpersonal.

3. La conflictividad del adolescente en el ámbito familiar

La naturaleza de las relaciones familiares en la niñez tiene mucha influencia sobre estos momentos de crisis. Cuanto mayor haya sido la comunicación entre padres e hijos desde el principio, más fácil será que posean una imagen positiva de sí mismos y que acepten con mayor facilidad los valores y creencias de la familia.

A pesar de la importancia de la comunicación, también el estilo educativo de los padres ejerce una gran influencia en la configuración de la identidad adolescente. Los padres que han favorecido la autonomía del hijo buscando su individualización en un ambiente democrático, pero exigente, se encuentran con situaciones de mayor tranquilidad en estos momentos. Los que, por el contrario, han generado una dependencia constante se ven abocados ahora al enfrentamiento casi permanente.

El estilo educativo familiar influye radicalmente en los conflictos y en la forma de gestionarlos, pero además tiene bastante relevancia para el joven la aceptación o el rechazo de su estilo familiar en las experiencias grupales que vive, aspecto curiosamente muy condicionado por la cultura (un ejemplo claro se observa en África, donde existe un respeto natural por la autoridad transmitido de generación en generación).

En general, los problemas del adolescente son muchos y raramente entendidos por los adultos, a pesar de que haya habido una buena comunicación. A veces pueden ser injustamente tratados por los padres al considerar sus problemas como verdaderas tonterías frente a los del mundo adulto. Ellos, por el contrario, suelen vivir sus retos o dificultades con una fuerte resonancia, y dicha discrepancia en cuanto al punto de vista ante una situación puede desembocar en auténticos conflictos.

Las crisis de llanto o de soledad, las permanentes colisiones con los adultos, que no entienden sus deseos continuos de ocio o sus fantasías, pueden desembocar en conductas ciertamente dramáticas.

Hay que contar con que el alumno se encuentra frente a situaciones cotidianas que pueden resultarle problemáticas, por ejemplo:

1) Desarrollo inarmónico del cuerpo, que no saben coordinar debido al crecimiento del tejido nervioso-linfático y al desarrollo del esqueleto corpóreo (altura, peso).

2) Cambio de algunos aspectos exteriores, particularmente visibles en las chicas, que se convierten en fuente de preocupaciones, ansiedades y temores ciertamente desproporcionados con respecto a la realidad.

3) Agitación, nerviosismo e incapacidad de estar quietos y atentos, especialmente en la aparición de la menstruación, que determina la madurez sexual y física.

4) Interés por la sexualidad, que se traduce en observaciones, indagaciones, encuentros, diálogos, simpatías y primeros contactos sentimentales.

5) Vida de grupo, con sus relativas pretensiones de libertad e imposición de un mundo de normas ideal.

6) Libertad como sueño evasivo e imaginado de la realidad, en contraste con los comportamientos impuestos por la familia, la escuela, la sociedad o la religión.

El tono conflictivo procede a veces de situaciones inconscientes que condicionan el comportamiento, como por ejemplo el cansancio físico provocado por el gasto de cantidades de energía en una actividad sin descanso y muchas veces sin sentido.

4. El contraste entre la búsqueda de la autonomía y la vida familiar

La búsqueda de la autonomía del adolescente guarda relación directa con su individualización y, por tanto, con la consolidación de su identidad.

Uno de los aspectos más importantes de la autonomía y la identidad tiene que ver con el distanciamiento de los padres. La separación emocional de ellos dulcifica la presión con sus compañeros, por lo que se convierte en una fuente lucha. Cuanto mayor es la desvinculación afectiva de los padres, mayor es el sometimiento al mundo de los iguales, lo que acarrea en no pocas ocasiones bastantes inseguridades.

Curiosamente se produce una discrepancia de aceptación de criterios familiares o de compañeros en función del tema de que se trate. Los adolescentes aceptan acríticamente la opinión de sus compañeros en temas de moda, música, ocio, etc., pero raramente lo hacen en asuntos de importancia.

A pesar de esto, las relaciones familiares se resienten hasta que se produce un entendimiento por ambas partes. Los padres generalmente se resisten a aceptar la maduración de sus hijos, y estos creen que el mundo adulto se basa exclusivamente en el derecho reclamado y reconocido.