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Yo no soy humana, sé que no pertenezco a esta especie porque puedo hacer cosas que los demás no pueden. Mis padres, adoptivos, los llaman secretos. Yo los llamo encantos. Tengo que descubrir quién y qué soy, pero solo tengo una pista: vengo del mar. Sumérgete conmigo en este mundo de aventura, amor y fantasía, y ayúdame a descubrirlo. ¿Estás preparado?
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Veröffentlichungsjahr: 2019
© Derechos de edición reservados.
Letrame Editorial.
www.Letrame.com
© Andrea Villa Fuertes
Diseño de edición: Letrame Editorial.
ISBN: 978-84-17818-27-2
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Gracias a aquellos que creyeron en mí,
aún cuando yo no lo hacía.
Prólogo
En un lago azul rodeado de montañas se veía a dos grandes hombres discutiendo:
—Poseidón, ¿por qué me has llamado?
—Ella está llegando, Zeus. Es más poderosa que todos nosotros juntos. No podemos correr el riesgo, tenemos que llevarla con los humanos y que aprenda algunas de sus ideologías.
—Pero hermano, ya sabes que los seres humanos no son buenos ¿y si en vez de ayudarla, la utilizan?
—Tenemos que correr el riesgo porque si la dejamos aquí, con nosotros, puede ser el exterminio de los humanos, de los dioses e incluso del mundo.
—Está bien, Poseidón. Pero cuando cumpla dieciocho estará en el lugar que le pertenece del Olimpo. Espero que estés en lo correcto, hermano. Tanto tú, como Hades y yo sabemos lo que puede hacer.
El hombre de barba blanca que parecía llamarse Poseidón, se sumergió en el lago y se fue. Mientras que el otro hombre desaparecía dejando un rastro de polvo tras él.
Al otro lado del mundo, en una playa de arena fina y mar cristalino, estaba el hombre de barba con un bebé en las manos. La dejó en la arena y se fijó en sus ojos verdes que estaban cargados de poder, él sabía que lo hacía por el bien de todos. Solo siendo un bebé ya era hermosa, no imaginaba que pasaría cuando ella fuese mayor, pero tenía fe en que aprendiese el bien de la vida y no provocase muerte. Hizo muchas cosas mal, pero había aprendido de sus errores y sabía que lo que hacía era lo correcto.
Capítulo 1
Me encanta levantarme muy temprano para ver el amanecer. Es una de mis raras obsesiones. Me gusta la mezcla de colores cálidos que se refleja en el mar a esta hora. Una de mis pasiones es observar cosas hermosas y ahora mismo estoy observando una de ellas. Me llamo Afrodita y soy una chica algo peculiar. Vivo en la capital de Grecia, Atenas. Me encanta mi ciudad, es un conjunto de casas blancas, turistas y templos.
—Afroditaaaa, baja.
Oí la voz de Adara. Cyril y Adara son mis padres adoptivos. Siempre he sabido que era adoptada. No porque fueran malos padres, no, ellos son geniales, sino porque siempre han sido sinceros conmigo. Además yo no me parezco en nada a ellos.
Adara es bajita, pelirroja, de ojos azules y un poco gorda, pero es normal, porque si no has probado su comida, nunca has tomado comida griega. Trabaja en el restaurante más caro de la ciudad como chef. En cambio Cyril es moreno, de ojos marrones y está muy musculado. Él es policía. No solo en físico son opuestos, también en carácter. Adara es impaciente y Cyril es todo lo contrario. Y luego estoy yo. Soy rubia, de ojos grandes y verdes. No soy muy alta ni muy baja. Mi piel es pálida al contrario de la de los griegos, que son muy morenos por naturaleza. Nunca he tenido que maquillarme y mi pelo es sedoso y brillante sin necesidad de echarle nada. Adara y Cyril dicen que no es algo que le pase a todos los de mi edad y que forma parte de los secretos.
Los secretos son habilidades que yo poseo y al parecer las demás personas corrientes no. Yo los llamo encantos.
—Afrodita, que sea tu cumpleaños no significa que puedas llegar tarde al instituto.
Sí, hoy es mi cumpleaños. Cumplo diecisiete años el 6 de marzo, es decir, hoy. Bajé rápido porque es mejor no hacer esperar a Adara. Ella me dio un abrazo y me ordenó que me sentara en la mesa para desayunar. Me senté en la mesa blanca que al parecer, tenía mi pastel favorito. El pastel de leche griega, el Galaktoboureko. Adara me sirvió un buen pedazo y yo me lo comí bastante rápido porque iba a llegar tarde.
Oí los pitidos de un coche seguidos por los gritos de mi mejor amiga Fília. Me despedí de mis padres y fui con Fília. Ella se bajó del coche y me dio un rápido abrazo. Luego me obligo a sentarme en el asiento al lado suyo. Fília es morena, bastante alta y tiene unos ojos azules fuera de lo normal. Ella tiene el color de piel característico de todos los griegos. Es un poco mandona, pero se hace querer.
En el asiento del coche había un paquete grande envuelto. ¿Os dije ya que Fília es la mejor?
—¿Qué esperas? Ábrelo.
Me dispuse a abrirlo y mis manos toparon con una tela roja que parecía seda, y cuando lo abrí del todo, me di cuenta que era un vestido rojo sencillo de seda de Coco Chanel.
—Te has pasado. Esto no te lo perdono en la vida.
— Sabía que ibas a decir eso, así que considéralo el regalo de Año Nuevo también.
Aún estaba asombrada por ese vestido. Nunca había visto nada tan precioso. La seda no era transparente pero era fina. Aunque era un vestido sencillo, sabía que nada más ponerlo llamaría la atención a cualquiera.
De repente el coche se paró. Habíamos llegado y nada más bajarnos, una multitud nos rodeó. En el instituto todos saben quién soy, qué hago y qué día es mi cumpleaños, así que eso explica por qué técnicamente me estaba rodeando todo el colegio y deseándome feliz cumpleaños. Me corrijo, no todos.
Capítulo 2
El chico «malo» del instituto, ese que siempre pasa de ti y que tú alguna vez caíste enamorada de él, no estaba. Vale, soy de las más populares y agradables del instituto, no tengo por qué preocuparme de que Ares no me haga caso. Además solo he cruzado cinco palabras y un experimento de física y química con él. Hay que reconocer que la chupa negra le queda muy bien, y el pelo negro que sopla cuando se le cae en los ojos le hace tener un aspecto muy sexy, pero hay más chicos en el mundo. No tengo por qué preocuparme por ese.
Me dirigí a las taquillas con Fília. Allí, apoyado, me esperaba mi mejor amigo, Giles. Él era el chico perfecto. Rubio, ojos azules, piel morena y de esos amigos que siempre van a estar ahí. Pero para mí es solo un amigo. Estuve un mes con él y no funcionó, pero sé que a Fília le gusta mucho y sería genial que mis mejores amigos estuviesen juntos.
Giles me saludó con un movimiento de cabeza y cuando llegué a las taquillas me abrazó y me deseó un feliz cumpleaños. Abrí mi taquilla con él mirando y encima de mis libros había un pequeño paquete envuelto. Debí haberlo supuesto, solo él y Fília saben la contraseña de mi taquilla. Él me insistió con la mirada para que lo abriera.
—¡Por todos los dioses!
Era un colgante con un corazón dorado que no tenía pinta de ser barato. Justo en ese momento, aparecía Fília riéndose de mi cara de sorpresa.
—Os habéis pasado los dos. Merecéis que me enfade con vosotros durante diez años.
Ellos me dieron un puñetazo amistoso en el hombro y yo les saqué la lengua. En ese momento sonó el timbre y me fui con Fília a una de las pocas clases que teníamos juntas. Cuando llegamos, nos sentamos en nuestros correspondientes sitios y nos rodeó toda la clase, excepto él. Pero no penséis que me importa que Ares no me hiciera absolutamente nada de caso, me daba igual. La gente empezó a preguntarme qué iba a hacer para celebrarlo. Yo les respondí que mis padres querían contratar el pub Asteeri para la fiesta. Todos se entusiasmaron con ir a ese pub, porque el Asteeri es el más famoso de la ciudad y hace unos cócteles increíbles. A mí me da igual, porque el alcohol me afecta lo mismo que si tomo agua, pero a los demás les encanta la idea.
La multitud se dispersó preguntándose que se pondrían.
—¿A mí me invitarás no? —Me pregunta Fília en plan broma.
—No. Recuerda que estoy enfadada con vosotros durante diez años —le respondo yo, siguiéndole la broma.
Ella me pellizca cariñosamente, yo se lo devuelvo y terminamos las dos riéndonos como niñas pequeñas, y como los demás de la clase quieren ser como nosotras, pues ellos nos imitan y al rato estamos todos riéndonos. Entonces me doy cuenta de que Ares está al lado mío.
—Vamos a reírnos todos, porque la princesita y su amiga se ríen.
—¿Ni siquiera el día de mi cumpleaños eres capaz de no amargarme el día?
La clase está ahora callada, esperando nuestro enfrentamiento, cuando él sonríe y me dice lo que menos espero:
—En ese caso feliz cumpleaños, princesita. —Y se va a su sitio de nuevo.
Justo en ese momento entra la Srta. Raissa y comienza la clase. Yo salgo voluntaria como todos los días, pero no atiendo tanto como otras veces. No paro de pensar que Ares se ha vuelto a reír de mí y yo he caído en sus redes como una ilusa. Me apetece usar uno de mis encantos para que sintiese dolor, pero no podía hacer eso. Si lo hacía, decepcionaría a Cyril y a Adara, así que me contuve.
Sonó el timbre y salí con Fília de clase. Ella fue a su taquilla y yo fui a la mía. Cuando la abrí encontré una nota muy bien doblada que decía mi nombre. En la nota me citaba a ir después de clases a la puerta del gimnasio. Supongo que era de Giles, lo que no entendía era el porqué de tanto misterio.
Capítulo 3
Al fin terminé la última clase del día. Odiaba los lunes porque solo tenía una clase con Fília y no tenía ninguna con Giles. Lo bueno de ser de las más populares de este instituto es que nadie se va a oponer a acompañarte o a hablar contigo. Me dirigí al gimnasio para encontrarme con Giles.
—¿Qué haces tú aquí?
Quien estaba delante de mí no era Giles. Era una persona que vestía con una chupa de cuero negra, tenía un pelo perfecto, debería odiarle profundamente e irme corriendo, pero yo no soy así. Me acerqué a él y simplemente le pregunté que hacía ahí y que si era una broma pesada, que se largase. Ares sonrío de esa manera que solo él sabe. Y dijo con esa voz sexy:
—Te quería dar mi regalo, princesita.
Sé que tendría que haberme ido justo en ese momento, ya que estaba muy cerca de mí, pero mis pies estaban clavados al suelo y no podía dejar de mirar los ojos azules de Ares. Sabía que se estaba burlando de mí pero aún así seguía sin moverme. Entonces Ares puso en mi mano un paquete minúsculo y se fue. Recobré mi compostura extrañada y lo abrí. Al principio de la caja salió una luz cegadora, luego había un anillo dorado con una A y una nota que decía: «Llévalo siempre contigo».
Me invadió la furia. ¿Quién se creía que era para darme un anillo con una nota diciendo que lo llevase e irse sin más? O Ares era una idiota, o la idiota lo era yo. Estoy más segura de lo segundo porque mientras llegaban Giles y Fília, me lo estoy poniendo.
—Afrodita, vamos, que hay que organizar la fiesta. Por cierto, que anillo más bonito.
Fília me lleva arrastras mientras Giles se ríe y nos sigue.
—Nos vemos allí —dice Giles.
Él tiene su propio coche, yo siempre voy en el de Fília, porque yo no tengo. Cuando estamos en el coche me regaña:
—Afrodita no puedes juntarte con él y dejar que te regale un anillo. No puedes estar con gente como él, solo buscan problemas.
—¿Gente como quién? —pregunté extrañada.
—Gente como Ares. ¿Crees que no me he dado cuenta? Él es peligroso y puede bajarte de tu vida perfecta en un santiamén. Sé que te gusta, pero…
Ahí la interrumpí:
—No me gusta. Además pensé que era con Giles y contigo con quien había quedado, no con ese idiota.
—¿Y por qué llevas el anillo que te dio?
—Porque… ay, no sé, qué más da, es solo un anillo.
Llegamos a mi casa en el momento exacto para evitar contestar más preguntas. Por una vez me alegro de que Fília sea la que más rápido conduce de toda Atenas. Entramos en casa y saludé a Adaras y Cyril. Ellos me dieron otro paquete. Este era mediano. Giles y Fília estaban demasiado emocionados para ser el regalo de mis padres. Lo abrí rápidamente y me quedé estupefacta. Eran los tacones más hermosos que había visto en mi vida. Eran dorados con purpurina del mismo color y eran perfectos. Entonces caí.
—Habéis organizado todo esto juntos. Por eso todo lo que me habéis regalado va a juego. —Les acusé yo y ellos se rieron—. Os pasasteis.
—Pues aún queda otro regalo —dijo Cyril.
—Sorprendedme —respondí yo medio enfadada.
—Ya tienes reservado el pub y va a venir Orfeo a cantar.
—¿Cómo? ¡Oh por todos los dioses! Os habéis pasado muchísimo.
Orfeo era el mejor cantante de toda Grecia, con diferencia. Ninguna voz igualaba la suya. Corría el rumor de que no era mortal, pero solo eran eso, rumores. Pero lo más importante es que yo lo iba a conocer en persona.
Ya se sabía la rutina. Giles se iba a la habitación de mis padres y Fília y yo a la mía para prepararnos para la fiesta. Mientras Fília se vestía con su vestido azul, que le hacía juego con sus ojos, yo me ponía mis regalos de cumpleaños: el vestido me encajaba a la perfección y resaltaba mi pelo rubio y mis ojos verdes, el collar era precioso y fácil de abrochar y los zapatos… Los zapatos me añadían cinco centímetros de altura y además nunca me había puesto unos tacones tan cómodos. Ayudé a Fília a maquillarse y cuando terminé, las dos nos analizamos y las dos coincidimos en una cosa:
—Estamos increíbles.
—Sí, estoy segura de que a Giles le encantarás —añadí yo con un guiño.
Cuando salimos del cuarto Giles estaba en el salón y se quedó con la boca abierta.
Yo deseé que Giles dijera algo a Fília en vez de a las dos, y lo raro es que sucedió:
—Fília, estás increíble.
Ella se sonrojó y en un murmullo inaudible respondió un «tú también» que ni siquiera yo, que estaba a su lado, escuché bien.
—Bueno, es hora de irnos —dije, porque se estaba convirtiendo en un momento incómodo.
Ellos recobraron la compostura y afirmaron con la cabeza sin dejar de mirarse, así que yo arrastré a mi amiga al porche donde estaba el coche y por una vez, creo que la mandona fui yo.
Ella condujo hasta el pub y me dejó allí para ir a buscar una copa, según ella, pero las dos sabíamos que había ido a buscar a Giles. Por primera vez estaba sola en una fiesta, así que fui a la barra y en tres segundos un chico estaba intentando ligar conmigo. Debía de tener como veinte años y no era muy guapo. Por eso odiaba no estar con Giles en las fiestas. Los chicos pensaban que Giles era mi novio y me dejaban en paz. Pero hoy estaba sola y tenía que solucionarlo por mí misma.
—Hola, encanto.
Además de ser feo, era vulgar.
—Hola ¿podría estar sola por favor? —Le requerí yo, amablemente. Me fijé en que había bebido algunas copas de más.
—Hoy no, guapa —dijo él.
