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Se despliega en estas páginas una breve epopeya en la que aflora la fuerza contenida de los habitantes originarios de los Andes, confrontados solidariamente a los predadores de la era contemporánea.
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Seitenzahl: 317
Veröffentlichungsjahr: 2025
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Esta obra cuenta con el apoyo del Fondo del Libro y la Lecturaen su línea de Fomento a la creación.© LOM ediciones Primera edición, noviembre 2024 Impreso en 1.000 ejemplares ISBN Impreso: 9789560018595 ISBN Digital: 9789560019431 RPI: 2024-a-10599 Diseño, Edición y Composición LOM ediciones. Concha y Toro 23, Santiago Teléfono: (56-2) 2860 [email protected] | www.lom.cl Tipografía: Karmina Impreso en los talleres de gráfica LOM Miguel de Atero 2888, Quinta Normal Santiago de Chile
Para Mía Collyer, porque un mundo mejores todavía posible para ella.
Una vez fundido el hielo, de lo último que nos ocuparemos será de dejar constancia del pasado.
Nancy CampbellLa biblioteca de hielo
Fueran cuales fueran los resultados –declaró el enfermo,tres días después de la operación–, la actual terapéuticame parece muy inferior a la de los brujos, que sanabancon encantamientos y con bailes.
Adolfo Bioy Casares«Post-operatorio»
En abril recrudeció el calor y Mamani vino a ratificarle al ingeniero que la base del volcán y el borde inferior del glaciar se estaban quedando sin nieve y al descubierto. Rovira estimó que el ritmo al que estaría fundiéndose el manto blanco debía ser incluso mayor que antes y fue luego a solas hasta ese borde inferior a echar sucesivos vistazos, como si examinarlo con detención hubiera podido revertir de algún modo el derretimiento, devolver el hielo agónico y ya fundido a su sitio.
Entonces la vio cuando escudriñaba la franja de terreno ahora sin nieve. Una opción que no debía estar allí y parecía... ¿una mano?
Al aproximarse vio que efectivamente lo era: contra toda lógica, una mano diestra asomada desde el subsuelo, agarrotada como una zarpa, con todos sus dedos y falanges. Una mano que debía traer adosado a ella un cuerpo, aunque este no había aflorado aún, como si su propietario hubiera subido arañando desde las profundidades hasta asomar allí la mano, para descubrir solo entonces que no le quedaban más fuerzas, sin poder conseguir aflorar por entero a la superficie, ni experimentar de nuevo el aire del altiplano.
Él quedó comprensiblemente perplejo, rodeado del silencio habitual y esa quietud omnipresente en el altiplano. Como ese mutismo absoluto en que estaría envuelto el mundo al principio –era lo que proponía Glassley, el geólogo–, cuando la vida no había aún terminado de surgir sobre la tierra y solo había desiertos, el rumor del mar batiendo la orilla de los continentes, algún sismo ocasional o una erupción distante. El resto era silencio, antes de que el aire comenzara a llenarse de insectos y zumbidos, rugidos o alaridos humanos, aullidos inesperados. Le ocurre a él mismo allí en Kururu lo de vivir gratamente adormecido en la altura y esa quietud, invadido cada día de ese sopor que no diferencia ya de su estado normal, concentrado en sus mediciones diarias del glaciar en retroceso y desplazándose sin prisa por sobre las laderas cada vez más despojadas de nieve.
A cierta hora de la mañana, el sol refulge sobre el glaciar como un mar de cristales dispersos en las laderas, a cuyos pies está el refugio que Rovira se construyó al llegar con la ayuda de Mamani –primero fue una caseta, ahora es una suerte de palafito desvencijado, pero más acogedor–, igual que hicieron otros glaciólogos enviados a distintos puntos de los Andes para evaluar el ritmo al que disminuía el hielo y controlar cada día los parches de nieve que aún subsisten entre la mole rocosa, en los resquicios del macizo andino y esa escenografía todavía espléndida del Tahuantinsuyo. Más que un glaciar al estilo habitual, con la nieve retenida en una quebrada o extendida en un vasto campo de hielo, el suyo resultó ese volcán en Kururu oculto por el manto blanco y eso que él y sus colegas denominan un apron de hielo, como un delantal helado que recubre las faldas del antiguo cráter. Un paisaje que los cóndores sobrevuelan cada día en círculos, como suspendidos en el aire, atentos desde lo alto al glaciar con sus tentáculos de nieve, que se irradian desde la base cónica del volcán como una estrella de mar gigantesca y blanca, llegada por error hasta esas alturas.
De Matojos, el pueblo situado más abajo, sube hasta allí un camino a medias asfaltado que en ese punto donde están el glaciar y el refugio se bifurca en dos: un sendero que sigue de largo hasta el complejo minero surgido a pocos kilómetros de allí y una desviación a la izquierda que lleva hasta Kururu, el poblado de igual nombre que el glaciar, con una placita habitual al centro del caserío más bien modesto, cuyo latido cotidiano presiente Rovira en la distancia.
Instalado él mismo al pie del glaciar desde hace más de un lustro, vive en cierta forma desligado del tiempo y sus minucias, lo que tal vez sea la manera más aconsejable de sobrellevar su vida en el lugar, tras dejar atrás su vida en Santiago y, entre otras cosas, su relación amorosa con Sofía, ella que aún reside en la capital chilena, tras esa despedida y clausura a medias de su vínculo de dos años, que ambos prefirieron etiquetar como una «separación transitoria» y luego se volvió indefinida. Para la gente de Kururu, el tiempo no es un agregado de minutos y horas que un día se corta de manera abrupta, sino una noción algo más optimista, como un velo invisible que los envuelve a todos con liviandad y amortigua sus gestos, los nimios y los más trascendentes. ¿Será todo ello una ganancia, en su caso? ¿O más bien una carencia que él no percibe ya como tal? ¿Se habrán ensanchado de veras sus arterias para llevar el riego sanguíneo con mayor ímpetu a su cerebro o su calma presunta es solo una torpeza inducida por el aire diverso del lugar, menos abundante en oxígeno? Quizá sea solo un letargo parecido al de Mamani cuando anda con la mirada desvaída y el cerebro embebido de alguna pócima que él y su gente extraen del cactus machacado a esos efectos, cuando se esfuerza por atender a sus instrucciones con la expresión ida y los ojos puestos en algo que parece estar viendo más allá del propio ingeniero. Como traspasándolo con sus ojos penetrantes y derivando luego a lo alto, extraviando los ojos en el cielo y las cumbres sin nieve de alrededor y las pocas nubes que la sequedad reinante posibilita.
Rovira sabe, como a la vez lo intuyen los lugareños, que las dos cosas están relacionadas: la desaparición acelerada de la nieve hace que la evaporación sea menor y las nubes disminuyan cada día, con lo cual escasean las precipitaciones. Es lo que han de evaluar los glaciólogos enviados a los Andes y eso que viene haciendo él mismo desde su primer año en Kururu, en esa fase inicial un poco abrumadora donde los campesinos recelaban de ellos. Al punto de una noche irrumpir, en el caso suyo, en la pequeña caseta que había levantado con Mamani cerca del volcán y en la cual se había refugiado durante esos meses iniciales. Ocurrió un día que bajó por el camino en el jeep a buscar suministros y se quedó a pasar la noche en Matojos. Al volver al día siguiente encontró todo arrasado y la caseta con los vidrios pulverizados, en una reacción a todas luces contraria de la gente a los intrusos cuyas intenciones no estaban demasiado claras.
–Será por su experiencia con otras invasiones parecidas –concluyó Rovira al comunicar por teléfono los estropicios a un colega de La Paz–. Piensan que los sensores de hielo afectarán aún más la provisión de agua.
–¿Por eso los rompieron? –indagó su colega.
–Es miedo a que todo acabe secándose sin remedio por obra de la gente que viene, una vez más, de afuera… En este caso, nosotros.
Los campesinos saben con certeza –como Rovira y sus colegas– que el glaciar está retrocediendo, recogiéndose en su sitio, decreciendo cada año hacia la cima del volcán.
–Se va alejando de nosotros, ingeniero –le comentó el propio Mamani cuando él llegó a poner en marcha la estación de sondeo.
–¿Quieres decir…?
–La nieve. Se ha ido retirando hacia la cumbre. Hasta que un día va a desaparecer, ¿lo ves?
–¿Por qué? –lo tanteó Rovira como para conocer su versión de las variaciones climáticas.
–Debe ser que la montaña está acalorada, pues, con tantísimo como pega el sol aquí arriba –le dijo Mamani–. Se ha ido sacudiendo de encima la nieve.
Para Mamani y su gente, las montañas respiran y hasta se excitan en alguna época del año, escogiendo desnudarse y «sacudirse» el abrigo blanco para en otros momentos enfundarse en él. Las nubes palpitan nerviosas en lo alto y los riachuelos murmuran entre las piedras, con los lagos aburridos de estar entre las montañas y el sol presentándose cada día a voluntad en la escena, insistiendo –desde hace unos años– en resecarlo todo sin tregua, impidiéndole incluso el consuelo de las lluvias en los meses de invierno, que allí en el altiplano discurren entre noviembre y febrero, a diferencia de otros parajes continentales. Lo que todos esos campesinos de aire ausente advierten al contemplar ahora las laderas desprovistas de nieve, es que las oscilaciones climáticas de antaño tienden a ser menos pronunciadas y el calor se ha vuelto endémico: la montaña está irritada desde hace años y la nieve la rehúye, ya no se aposenta como antes en sus flancos y tampoco en los valles. Está ocurriendo en las laderas del volcán que se yergue frente a ellos y otros puntos de la cadena montañosa a su alrededor, en la mole andina batallando por conservar la nieve que la recubría desde hace milenios, una sábana blanca que la ocultaba de las miradas y está ahora reducida a harapos, apenas unas estrías de nieve en su rostro falto de maquillaje y su faz pedregosa.
Le agrada la idea tan vívida que Mamani y su gente tienen del entorno, como si todo fuera una puesta en escena de cumbres y laderas disputándose las miradas de los visitantes, de cimas irguiéndose al paso de las nubes para deshilacharlas en su derrotero. El glaciar es, por su parte, de un temperamento díscolo y a veces se mueve a su arbitrio, cuando menos las franjas de nieve que parten radialmente desde su base, escogiendo por su cuenta la época en que van a desplazarse y qué parte piensan mover. En otras épocas permanece el propio glaciar estático durante largo tiempo, corroyendo de paso el subsuelo en que se aposenta, como esperando a que le venga un rapto de inspiración antes de avanzar o retroceder, de moverse o recoger sus tentáculos de nieve, inmutable durante meses, hasta que comienza de nuevo a desplazarse en auténticas «oleadas», algo que Rovira y Mamani perciben incluso a simple vista –la nieve superficial avanzando más rápido que la más profunda–, desplazamientos de hasta un metro o dos cada día, no es poco decir. Después de esas transiciones lo han visto detenerse y quedar como al acecho, en una espera que podría tomarle años, aunque ahora esas fases de inmovilidad duran menos, con la línea de deshielo recogiéndose progresivamente hacia las cumbres.
–La montaña está enervada, recalentada por dentro, ya no tolera como antes la presencia de la nieve –le explicó él mismo, en uno de sus informes iniciales por vía telefónica, a Zamorano, el director del Instituto de Glaciología en La Paz.
–¿A qué se refiere, ingeniero? –le preguntó el director–. Las montañas no se enervan.
Él guardó silencio. Fue la primera vez que sintió la distancia, esa fisura imperceptible que se iba abriendo entre él y su mentor. Desde entonces sigue redactando puntualmente los informes técnicos que se le exigen desde La Paz, aun cuando preferiría emplear los términos de Mamani, hablar de esa melancolía que ha invadido a las montañas y les impide ahora aplacar la sed de las comunidades locales, con él sumergido cada mañana en ese aluvión de tristeza que le sobreviene al toparse con Mamani en sus labores.
O con algo tan imprevisto como esa mano que acaba de surgir de las profundidades, cuesta creerlo.
Desde el punto en que aún está detenido, escudriña perplejo esa mano diestra con los dedos recogidos, asomada por derecho propio de la tierra. ¿Habrá sido su propietario uno de esos invasores pretéritos llegados en alguna expedición de conquista, para luego quedar olvidado bajo la nieve? Mamani y él tendrán que desenterrarlo para examinar su vestimenta o rasgos faciales, si le queda alguno intacto o por degradados que estén al cabo de los años.
Mamani anda ahora cerca de allí talando algunos arbustos en la ladera del volcán, alzando el machete y golpeando la base de los mismos a intervalos regulares, solo que el ruido llega hasta Rovira con retraso. Primero es la imagen del propio Mamani enarbolando en el aire el machete, asestándolo contra el arbusto, y un segundo después llega el ruido del golpe, en una descoordinación previsible que invade a Rovira de una sensación de irrealidad, como de algo que no ocurre del todo; parece una imagen rescatada del cine mudo, seguida del ruido seco que le va en saga, un golpe que no termina de coincidir con su complemento sonoro en el mundo.
Atento a la mano, Rovira deduce en ese momento algo que ya ha previsto: si las nieves se van derritiendo, acabarán por emerger en todas partes cosas insospechadas, quizás otros cuerpos o utensilios de épocas pretéritas, armas antiguas, alguna vivienda ancestral sepultada por una avalancha, tablillas con símbolos y representaciones desconocidas u olvidadas. O incluso otras manos crispadas como esa, ancladas a un cuerpo reflotado de pronto, que espera desde hace años (¿siglos?) para volver a la superficie, tal vez un campesino extraviado durante una tormenta de nieve o un guerrero enviado al Kollasuyo en la época del incanato. O hasta un insurrecto de la fase contemporánea, algún guerrillero que se aventuró a solas hasta allí en busca de agua dulce para su cantimplora, hasta que el frío inmisericorde de la cordillera por la noche o las fatigas de su causa lograron abatirlo, adormecerlo de a poco en ese lugar del que ya no volvió a levantarse.
Especulando con esas opciones, Rovira avanza al fin en propiedad hasta la mano para examinarla de cerca y corrobora, sin necesidad de tocarla, que está tiesa y que la piel del dorso es translúcida, se ha vuelto brillosa por el pulimiento al que el hielo la ha sometido, disecándola en forma espontánea en ese lugar. Enseguida se encuclilla y despeja la tierra en torno a ella, hasta hacer aflorar por entero el antebrazo escuálido. Momento en que presiente a Mamani a solo unos pasos, observándolo desde allí con su expresión inmutable y habitual, sin que parezca extrañarle ese novedoso cadáver al pie del glaciar.
–Yo la vi ayer –corrobora al llegar junto a Rovira–. La mano esa.
–¿Y no me lo dijiste?
–Es que no hacía diferencia, pues… ¿Qué diferencia iba a hacer? ¿Para ti hacía alguna diferencia?
El ingeniero piensa que, en efecto, no ha hecho mucha diferencia, menos para el muerto.
–Igual tendremos que dar cuenta a la policía o al ejército –dice en voz alta–. A la gente de Matojos.
–Ya deben saberlo –lo sorprende otra vez Mamani–. Capaz que se lo cargaron ellos mismos.
Rovira queda de nuevo perplejo. Nada indica que alguien se haya cargado al recién aparecido, pero en los varios años que lleva en la montaña ha aprendido a no hacer demasiadas preguntas frente a esas acotaciones de su ayudante.
–Vamos a desenterrarlo, ¿no? –sugiere entonces Mamani–. ¿O no, decís vos?
Rovira duda un segundo. Si se tratara efectivamente de un crimen, puede ser aconsejable no mover nada. La curiosidad puede en cualquier caso más que sus prevenciones y comienzan entre los dos a remover con las manos la tierra en torno al cuerpo, que asoma de a poco y por partes, vestido con una camisa y pantalón desteñidos, la ropa que ha perdido algo de su color bajo el hielo, aunque igual conserva una tonalidad verdosa, con la tela desgarrada en varios puntos. Es como una escultura maltrecha o mal vestida que van despejando con sus manos, extrayéndola de ese útero improvisado en la tierra, descubriéndola boca abajo y con el rostro hundido en la tierra. La camisa desteñida y andrajosa les permite concluir que es un muerto contemporáneo. Ninguno de los dos tiene, aun así, suficiente presencia de ánimo para voltearlo y examinar sus facciones, inhibidos antes su derecho tácito de quedarse allí de bruces, con la faz oculta ante el mundo y los dos observándolo en silencio, dejándose envolver por ese abandono tan soberano en que parece sumido, un aura de quietud que emana a la vez –como sucede con el entorno– del cuerpo boca abajo.
Entonces Rovira llama, desde su teléfono satelital, a Adriana Chacón, la antropóloga afincada en Kururu desde hace tres años, para que venga a verlo por sí misma y extraiga sus propias conclusiones.
Claro, pues, el ingeniero Rovira habló conmigo a poco de llegar y me dijo que tenía que construirse un refugio, hacerse una casetita pa’ vivir al lado del volcán. Nada del otro mundo, dijo, una casuchita de una sola pieza, con el pozo del baño afuera, algo para partir y donde pudiera dormir, guardar su instrumental. Entonces no sabíamos si era buena o mala persona, ¿te das cuenta? No podíamos saberlo cuando recién subió a Kururu con todos esos cachivaches que se trajo en su jeep, nadie sabía nada de sus intenciones, pues, solo que habíamos visto antes a gente de la ciudad llegar a instalarse con camas y petacas donde se les ocurriera, a poner cables y antenas y contratar a la gente de Kururu para que los ayudara con las provisiones y les trabajara por cuatro pesos… ¿O no, decís vos? Nunca querían pagar mucho, pero igual exigían a todo el mundo que trabajara como burro, ya me dirás tú.
Para más problemas, el ingeniero era chileno. Primero se trajo una carpita que armó en un dos por tres a los pies del volcán. Partió durmiendo en ella y a veces en el pueblo, en la residencial de Kururu. Otras a la intemperie en el glaciar, ¡en la carpa! Tenía que estar muy convencido de lo que venía a hacer, pues, con el frío que hace allá por las noches… Se la pasaba yendo de aquí para allá en el jeep, trasladando materiales para terminar la caseta, el cemento y ladrillos que llevó del pueblo y fue dejando a los pies del glaciar, eso fue hace cinco años, quizás un poco más.
Yo le dije que primero debía hacer una base de concreto y levantar las cuatro paredes alrededor, y que mejor no fueran de adobe, ya que el adobe se demora mucho en hacerse y después se resquebraja al trasladarlo. ¿O no, decís vos? Él me dijo que ya había pensado en lo de la base y las paredes de ladrillo, aunque no pretendía gran cosa para partir, me lo repitió varias veces, yo no quiero gran cosa... Aunque ahora sea un tremendo refugio, ¿lo ves?, las cosas le han mejorado mucho desde que llegó, cuando solo tenía esa caseta que levantamos entre los dos, porque los demás del pueblo no movieron un dedo ni quisieron venir a ayudarlo en nada, ¿te fijas?, solo porque era chileno, era lo que decían todos mal enquistados. Él les ofreció pagar lo que iba necesitando y sus servicios a todos, pero la gente desconfiaba, ha habido mucho afuerino que no traía buenas intenciones, y hasta alguno que hizo su hacienda por aquí cerca y se llevó parte del agua a su terreno.
Yo había trabajado antes en Matojos y el policlínico de por allí, tenía costumbre con gente como él. Dijo que venía de la universidad a medir la nieve acumulada y la que ya no se acumula, pues, y que pa’ eso tenían que construir, él y sus colegas destinados todos a otros lados de los Andes, varias casetas parecidas a la que estábamos haciendo los dos, otros refugios iguales que se hicieron en Perú y cerca del Titicaca, incluso en Ecuador. Hasta allá pensaban llegar con sus instrumentos, pero nadie del gobierno regional nos lo explicó bien, pues, y a los demás les vino la desconfianza aquí en Kururu, porque aquí el agua escasea hace años y hay cada vez menos nieve, ¿lo ves?, es como si se estuviera yendo para arriba de a poco y ya no quisiera bajar más... ¿O no, decís vos? Algunos años hasta ha habido huaicos y se ha dejado caer toda la nieve junta por las quebradas, a una familia se la llevó completita cerro abajo con sus animales. Después hubo que ir a sacarlos a todos del barro, y todos muertos, pues.
Así que fui el único que aceptó trabajarle y lo ayudé a trasladar el cemento para la base y después los ladrillos, la puerta de madera prensada y las dos ventanas que se trajo de más abajo, con marcos de aluminio. Los demás tomaron palco y nos vieron acarrear el material a los dos, y después martillar hasta que la casetita quedó terminada y con el pozo cerca, y él no tuvo ya que dormir en la carpa ni al aire libre, sino más abrigado, pues, que eso quería decir, además, que se iba a quedar pa’ largo, fuera lo que fuese que hubiera venido a hacer. Con eso, a los demás les entró más desconfianza todavía y, al ver la caseta terminada, empezaron a hacerme el vacío también a mí en el pueblo y donde fuera que me viesen. Yo les dije que no fueran giles, pues, y que no había pa’ qué andar con esas tonterías, ¡poniendo caras largas! Si alguien tenía algún problema, mejor que me lo dijera de frente y lo arreglábamos. Y que el chileno era buena persona, les dije, que había venido justamente a resolver el problema del agua, no a seguir llevándosela. Habíamos puesto él y yo varios sensores de hielo en las laderas y anotábamos muchas cosas todos los días, como la profundidad de la nieve y la calidad del hielo, y medíamos también la dirección del viento o el agua caída, cuando caía algo de agua, claro.
Hasta que la gente no se aguantó más y una noche que él no llegó a dormir en la caseta porque andaba en Matojos, esa noche fueron varios del pueblo sin que yo lo supiera y le quebraron los vidrios, pues, y le sacaron todo lo que tenía guardado en la caseta, los tubos y embudos, las mangueras, y lo rompieron todo a machetazos, no dejaron nada bueno. Me da pena hasta contarlo, vergüenza me da, qué te voy a decir a vos. Metieron las patas no más, eso digo yo, porque el ingeniero es buena persona, y menos mal que de ahí en adelante empezaron a entenderlo todos de a poco… Al otro día del vandalismo, que así lo califiqué yo en la reunión que tuvimos más adelante, el ingeniero volvió en su jeep y se topó con el estropicio. Yo lo estaba esperando junto a la caseta y le conté avergonzado lo que había pasado, que la gente del pueblo había ido por la noche, cuando estaba todo a oscuras, y la había emprendido a piedrazos contra el refugio.
Los demás esperaban que le vinieran los monos o que «montara en cólera», como dice aquí el alcalde, pero el ingeniero no montó en nada, solo se estuvo un rato callado mirando las dos ventanas con los vidrios rotos y los sensores retorcidos en el suelo. Otro le hubiera ido con el reclamo al alcalde de aquí o a la gente de más abajo, se hubiera traído a la policía, ¡o hasta al ejército desde Matojos! A algún juez que abriera un proceso y que los hubiera metido presos a toditos, ¿o no, decís vos?
Yo no me había movido de su lado y preferí quedarme allí callado, mirando junto a él los destrozos. Hasta que él suspiró hondo y dijo bueno, qué le vamos a hacer, hay que partir de nuevo, pues, no queda otra, ¡a cambiar los cristales! Eso no más dijo, y después lo vimos venir al pueblo a comprar los vidrios de reemplazo, que esos sí había en la cristalería de Kururu, atendida por el chiquito ese que el tata deja cada día en el mesón.
Entonces pasó lo que pasó, ¿te fijas? Como que les vino a todos el remordimiento al verlo cargando materiales de nuevo y que anduviera otra vez en eso, buscando reparar con mi ayuda su casucha. El remordimiento les vino y la pena de que él no se quejara con nadie, de que solo le pidiera al chiquito que nos ayudara a amarrar los vidrios al techo del jeep para que llegaran enteros al glaciar, y varios que estaban cerca se vinieron entonces hacia el vehículo a ayudar, era lo que correspondía, y él les sonrió agradecido, moviendo la cabeza de arriba abajo, y les dijo que a él también le dolía que se estuviera acabando el agua, pero que iba a seguir tratando de remediarlo, que pa’ eso tenía que arreglar él mismo los equipos y poner vidrios nuevos.
A partir de ahí nadie volvió ya a hablar mal de él ni propuso de nuevo ir a romperle nada, pues, y a mí dejaron de hacerme el vacío. El alcalde dijo luego en la reunión semanal que, a su modesto entender, así dijo, que a su modesto entender el ingeniero era buena persona y tenía buenas intenciones y no había venido a llevarse más agua para él, sino a ver por qué se estaba acabando la poca que quedaba. Así que era mejor que lo dejáramos tranquilo, mal no nos iba a hacer a ninguno con sus instrumentos, y a partir de ahí ya nadie volvió a molestarlo, pues, lo dejaron al fin en paz, ¿viste?... ¿O no, decís vos?
Adriana Chacón llega caminando desde el pueblo, enfundada en un poncho de alpaca y sus jeans gastados. La antropóloga a la que todos conocen en Kururu como «Nana» y es allí la que más sabe de fósiles. Ella echa una ojeada rápida al cuerpo boca abajo y lo relaciona por su parecido con «el Hombre deÖtzi», un fósil de cinco mil años de antigüedad descubierto en los Alpes el año 91, encontrado allí por dos montañistas alemanes. Le cuesta, así y todo, determinar la antigüedad de este fósil altiplánico y su datación probable, si será un escalador más o menos reciente, extraviado y congelado allí hace unos decenios o un súbdito de otras épocas, quizá de los tiempos del incanato y fugado un día a las montañas.
–La camisa y el pantalón son de la guerrilla –dice entonces Mamani, como sin darle importancia.
–¿Cuál guerrilla? –preguntan Nana y Rovira a la par.
–La del 74, pues. Ustedes no estaban, faltaba un rato para que llegaran por aquí.
Al oír esto, Rovira experimenta el curioso embarazo que le sobreviene cuando se habla de esos años en que el glaciar estaba aún entero. Como si el derretimiento habido desde entonces fuera, en algún sentido, responsabilidad suya.
–Esa fue la guerrilla de Juanjo Arias, ¿no? –pregunta enseguida a Mamani.
–La misma, pues… Y después la siguió Néstor Bondi, cuando se cargaron a Juanjo en el 76. Tiempos duros, ingeniero.
A Nana y él les llama la atención la familiaridad con que Mamani habla de Arias y Bondi, lo cual sugiere una afinidad tácita de su parte con los dos líderes guerrilleros.
–Tiempos duros, es cierto, en el mundo entero –coincide Rovira–, con el Departamento de Estado y la CIA pendientes de frenar alzamientos como ese en todos lados.
–Y sin mucha Convención de Ginebra de por medio –complementa Nana, que de paso cultiva un aire como de esa época, el talante de esa multitud desgreñada que estuvo en el Festival de Woodstock, aunque ella ni siquiera había nacido entonces.
–Es verdad, sin mucho respeto por los derechos del adversario –corrobora Rovira–. Debían enterrar a la gente al completo azar en cualquier resquicio de la selva o incluso dinamitarla en fosas comunes en que luego se mezclaban sus restos. A veces, hasta la ocultarían bajo la nieve, ya se ve –agrega y señala con la barbilla el cadáver.
En el silencio que sobreviene, Rovira se pregunta si habrá sido en efecto el caso del cuerpo ese boca abajo o será la razón de sus atavíos verde oliva. «Capaz que se lo cargaron ellos mismos», ha dicho Mamani con extraña simpleza, habituado a cosas que la gente de las ciudades considera impensables, como el desalojo entonces frecuente de cualquier familia campesina de su choza o los traslados arbitrarios en la noche bajo la luz de los focos, con simulacros de fusilamiento y a veces fusilamientos de verdad, y la muerte impuesta contra un paredón improvisado o una pared en que solo quedaban luego los agujeros de bala, con la sangre de los ajusticiados salpicada sobre el adobe.
Nana está ahora arrodillada junto al cadáver. En el tiempo que lleva en el pueblo –tres años ya desarrollando su investigación entre la gente de Kururu, toda de la etnia kallahuaya– ha comprobado el arribo a la región de varias empresas transnacionales, de esas que traen consigo promesas varias de un bienestar futuro y la maquinaria que habrá de corroer un poco más el bienestar presente de los lugareños. Un lapso prolongado en que ha estado, por la misma razón, viviendo a distancia de su novio abogado que aún la espera en La Paz, al cual visita una vez al mes. Esa estancia allí le ha permitido corroborar lo que en su época universitaria era apenas una abstracción, solo una retahíla de temas que se repetían en los manifiestos y las asambleas estudiantiles. Ahora sabe con certeza que hay una escisión irremediable de la humanidad en dos segmentos palpables: los favorecidos por la historia y los que no, esos que mueren en el anonimato, cuyos restos nadie reclama y que pasan por la faz de la tierra como si nunca hubieran pasado, terminando su vida en las quebradas cercanas, igual que ocurría en esos años a los que ahora alude Mamani, hablando con secreta admiración de Juanjo Arias y Néstor Bondi, los líderes del foco guerrillero que quiso ser más que un foco, cuyos cadáveres permanecen hasta hoy extraviados en puntos desconocidos de la montaña.
A la mente de Rovira acuden varias preguntas a la vez.
–¿Tú qué edad tenías, Mamani? –dice formulando la primera de ellas.
–¿El 74, decís vos? Veinte años. O por ahí… Es que aquí arriba se pierde la cuenta, pues.
Rovira va a enunciar otra interrogante, pero su interlocutor se le adelanta:
–A veces ayudábamos.
–¿A la guerrilla?
–A esconderlos y darles agua, a veces algo de comer.
Nana y Rovira se miran entre sí esperando algo más, pero es todo cuanto dice, volviendo enseguida al silencio. El tema está momentáneamente zanjado para él.
Rovira adivina, como otras veces, que tampoco ahora cabe preguntar nada más, acostumbrado a no transgredir esa esfera de silencio en la que Mamani y su gente suelen permanecer. Una consideración que le ha permitido granjearse la aceptación gradual de los lugareños, desde el momento preciso en que dejó de hacer más preguntas de las necesarias. Ahora solo puede deducir por su cuenta cómo habrá sido todo, la guerrilla y la represión consiguiente, y los campesinos atrapados entre dos fuegos, como ocurriría luego en Perú y Ayacucho con la irrupción del senderismo. Y todos –reclutas movilizados por el ejército, campesinos y paramilitares– luchando para sobrevivir o imponerse, cuál más, cuál menos doblegado ante los que mandaban y arbitrario con los que estaban debajo.
Mucha gente le ha hablado al propio Rovira, en La Paz y la universidad, de las atrocidades del ejército asociadas a esa insurrección encabezada por Juanjo Arias. Un proceso sin muchas contemplaciones y una guerra prolongada por más de tres años, casi cuatro en toda la región, alcanzando esas escaramuzas con el ejército hasta la hondonada de Coroneles, allí donde ha surgido hace poco la gran mina a cielo abierto, sin que los inversionistas belgas deban ya temer a las sublevaciones del campesinado. Las guerras sucesivas y sus muertos han acallado al fin esos ímpetus, con centenares de campesinos alineados en cada pueblo («Poca cosa», dijo el coronel Camacho, enviado en esos días con tres destacamentos de rangers para poner atajo a la guerrilla), subidos a culatazos en los camiones militares y conducidos a un destino poco claro del que muchos no regresaron.
–¿Y tú perdiste a alguien? –le pregunta ahora a Mamani, transgre-diendo su propia regla de cautela–. ¿Algún conocido?
–Les pasó a todos, pues –dice Mamani con ambigüedad–. Casi todos perdieron a un conocido o algún familiar.
Rovira y Nana alzan interrogadoramente las cejas, pero su interlocutor no llega a explayarse y un momento después les anuncia que debe retornar al pueblo.
–Se nos tiende a olvidar que Mamani y su gente vinieron del otro hemisferio –dice Nana cuando ya han subido con Rovira al refugio–. ¡Que son de otra civilización, por eso resultan tan distantes a veces o tan enigmáticos! Si te fijas, hay algo en su rostro que recuerda al tronco asiático original. Yo lo veía claramente en mi abuelo, que nació aquí en el altiplano. ¡Es la etnia mongoloide, Rovira, son asiáticos de origen! Es lo que tampoco entiende Omar, mi abogado tan entusiasmado con traerles aquí el progreso.
–¿Es lo que quiere hacer tu novio?
–Él y sus colegas del partido que han fundado en La Paz.
Queda reflexionando un instante.
–La etnia mongoloide –prosigue–. En las mujeres y niños, el factor asiático se traduce en una especie de dulzura en la expresión, pero en los varones no siempre. Ellos te miran desde una lejanía parecida a la de esos ancestros asiáticos, como la distancia con que miran al turista a los ojos y luego desvían la mirada. Es como si se ausentaran frente a él, cuando el comprador de turno se pone a regatear el precio miserable que cobran por sus artesanías…
Rovira la escucha con una cerveza en su mano, parado ante la ventana. Conoce en términos gruesos la historia –nada más saber que había sido destinado a Kururu hizo abundantes lecturas de la historia del Kollasuyo–, pero se complace al escuchar de nuevo los detalles en boca de Nana, referidos con su vehemencia característica:
–Después vinieron los caucásicos y se jodió todo, claro. Pasa siempre que llegan los caucásicos con su dios.
–Su dios tan monotemático –repite él, pensando en lo que ella acaba de decir: que Mamani y su gente estaban allí desde que los hielos predominaban en el escenario, ese páramo en altura que las gentes originarias del Asia convirtieron en su hábitat, aprendiendo a sobrevivir en el frío imperturbable de los Andes y las tormentas que oscurecían tempranamente los días, habituándose a la altura y la escasez de oxígeno. Hasta que ellos mismos y sus crías desarrollaron bronquios más espaciosos, acordes a esa cordillera inagotable que a veces buscaba expulsarlos, arrasarlos en sus frágiles comunidades, imponerles sus condiciones hostiles en esa región donde solo sobrevivían los cactus y los alacranes, los armadillos acorazados contra el frío.
Al cabo de un rato, Nana se va también al pueblo y él permanece otro poco ante la ventana, recorriendo aún en su mente esa historia de las huestes mongoloides adaptadas al lugar, trasladando de aquí para allá a sus animalitos, labrando de sol a sombra esas tierras díscolas, comerciando en cada pueblo sobre una manta extendida en el suelo, desplegando en ella lo poco y nada que obtenían de la tierra. Piensa que estuvieron allí desde luego antes que los belgas de la compañía minera y los europeos venidos con la Conquista, y que se adelantaron varios siglos a todos ellos, viniendo a instalarse en el altiplano y sus resquicios inhóspitos, en las quebradas y gargantas calcinadas durante el día y heladas al extremo por las noches, cuando la gran glaciación era la tónica alrededor. Le hubiera gustado presenciar todo eso, haber disfrutado de esos parajes cuando el hielo era el amo y señor entre las rocas y nadie debía subir desde La Paz a medir con sus instrumentos el gradual repliegue de los glaciares.
La luz comienza a irse entre las cumbres y él se bebe el último sorbo de cerveza, evocando al final ese momento cruento en que el incanato estaba ya desgarrado a causa de su propia úlcera y, a las arbitrariedades del emperador vecino, se sumaron las de los centauros con sus arcabuces, con sus voces tronantes y las muchas blasfemias que brotaban de sus labios salpicando a sus interlocutores del altiplano, cuando escalaban como termitas las laderas y montañas para irrumpir en cualquier aldea perdida en la altura y brindarles a sus residentes la nueva civilización cristiana, forzándolos a desechar sus ídolos de piedra y las deidades que los lugareños desconcertados convocaban, a ese sol que viajaba cada día por los cielos y un cóndor detenido entre las nubes, flotando en las corrientes de aire. Esos dioses visibles que ya no consiguieron, pese a todo, restituir el orden del universo, un mundo alterado de manera irremediable por los invasores barbados, sembrado de cadáveres y huesos triturados por sus caballos, con las entrañas profanadas por el filo de sus espadas.
Ha oscurecido del todo y ya no ve el cuerpo desde sus ventanas, al guerrero ese aparecido del subsuelo y olvidado al pie del glaciar, quizás el último de una larga serie de alzamientos colectivos contra el extranjero, en esas batallas que Rovira repasa cada tanto en su mente. Como si recrearlas en su cerebro o a veces escucharlas en boca de Nana les permitiera –no solo a él, a los dos– neutralizar el resultado, evitar que esa historia escrita con sangre se derrita con los hielos o desaparezca con sus malogrados protagonistas.
Esa misma noche, Mamani da aviso al pueblo del hallazgo del cadáver y el asunto provoca un esperado revuelo. Al otro día llega un jeep
