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Este libro estudia el camino recorrido por el Feminismo desde sus inicios en la Modernidad hasta el momento más actual. De las primeras vindicaciones barrocas e ilustradas al "Me Too" que ha inaugurado el siglo XXI. En el Feminismo siempre encontramos cuatro grandes bloques: Una teoría explicativa, una agenda, una vanguardia y un conjunto de consecuencias impremeditadas. Durante cuatro siglos de existencia ha cambiado por completo la faz social y se ha probado como la política capaz de introducir mayor libertad y bienestar en el mundo que habitamos. Porque está vivo, debate con el tiempo que le toca vivir. Ahora enfrenta un tiempo decisivo: el tiempo global.
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Seitenzahl: 382
Veröffentlichungsjahr: 2019
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Amelia Valcárcel
Ahora, Feminismo
Cuestiones candentes y frentes abiertos
PRÓLOGO
CAPÍTULO PRIMERO. Pongamos las agendas en hora
Los albores de la Modernidad
Los dones de la paz
Lo que le debemos a Descartes
¿Cómo fue posible el feminismo y en qué consiste?
CAPÍTULO 2. El feminismo ilustrado: la primera ola
La polémica en que todo el mundo tomó partido
Las declaraciones
Las revoluciones
Las revolucionarias
Corolario y una precisión importante
CAPÍTULO 3. El feminismo sufragista: la segunda ola
La Declaración de Sentimientos
La agenda sufragista
Los derechos educativos y sus progresos
La educación superior
El final de la segunda ola
CAPÍTULO 4. La tercera ola
La mística de la feminidad
En 1968
Los así llamados derechos sexuales
La paridad
El internacionalismo
CAPÍTULO 5. De nuevo el poder
La invención del matriarcado
Epicleras
La ciudadanía
Democracia y feminismo
La representación
Normar y representar
El erotismo de representar
Las poderosas
Hechas para agradar
Buscad a las extrañas
La mirada
CAPÍTULO 6. De nuevo la ley del agrado
Ética y estética de los sexos
El cuerpo libre
Otra vuelta de tuerca
La feminidad expresionista
Nada hay insignificante
CAPÍTULO 7. La mirada iracunda
El camino de la autoconciencia
La guerra de sexos
Aquel día en Nueva York
Conservar la especie
La deflación de expectativas
CAPÍTULO 8. Sufridoras-venaditas
El destino del talento femenino
De dos en dos. Una fenomenología
Aquiles y la tortuga
La obligación del humor
CAPÍTULO 9. La experiencia intelectual de las mujeres
Un siglo de avances y paradas
La experiencia intelectual de las mujeres: si hablamos de poder
Las seis moradas
Cien años de victorias sin cronista
Cien años de luchar contra mentiras interesadas
Confianza: romper las paradojas
CAPÍTULO 10. Religiones y reglas
Religiones y ética
Mínimos comunes y diversidad
Normar el sexo
¿Hablamos de religión o de sexo?: aclaraciones
Opresión de las mujeres, religión y costumbre
Ni la religión ni la naturaleza
CAPÍTULO 11. Naturaleza, cultura, paz
Guerras, paces, mujeres
Amparadas por el poder de la tradición
Comunidad y violencia
Racionalismo pacifista
Ética y estética
CAPÍTULO 12. Entrando en la senda de la autoconciencia
Las mujeres y la sabia civilidad
Saber, ornato y competencia
Saber y ciudadanía
La fabricación de diferencia: máscaras y hormas
De nuevo derecho al mal
El feminismo y su agenda sobrevenida .
CAPÍTULO 13. Fintas laterales: multiculturalidad
La multiculturalidad
Multiculturalidad y mujeres
Ni putas ni sumisas
Laicismo y feminismo
CAPÍTULO 14. Desviaciones, señuelos, troyanos y cimbeles
Género y empoderamiento
Una no, las dos
Qué pueden esperar las mujeres de la política
La micropolítica, la biopolítica, el heteropatriarcado y las acepciones «post»
CAPÍTULO 15. El caballo de Troya y la agenda sobrevenida
El canon gringo
Mercancía averiada
La zorra y las uvas
El feminismo no es plural, sino que debate
La libertad
CRÉDITOS
El Feminismo deberá ser reconocido algún día como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad.
C. ALBORCH
Dedicado a su memoria y a la salud de Isabel Morant, que inició este empeño, amigas ambas
Debí de haberme dado cuenta aquel día. Bueno, en verdad en Bogotá ya se estaba haciendo de noche. En el inmenso salón de actos de aquella universidad, a la que se llegaba por calles no muy bien asfaltadas, los enormes sillones de la presidencia esperaban a alguien con más entidad corpórea que yo. Hundida en el del centro, digno de un virrey, intentaba atisbar al auditorio que se mantenía en penumbra. Pero yo a lo mío. Expuse ordenadamente el corpus estable de doctrina feminista sin faltar tilde. Bueno... lo expuse hasta que la voz del gato fantasma comenzó.
Fue luego cuando me dijeron que el gato se oía, pero que nunca nadie lo había podido ver. Solo asistía a conferencias selectas el minino. Paré, carraspeé y pregunté si alguien más sentía sus maullidos. El auditorio respondió que todos lo escuchaban, a la perfección. Sonaba tal cual tras las cortinas que yo tenía a la espalda. Le pedí su amistosa colaboración y decidió aplacarse. Terminada la conferencia, con la ordenada costumbre americana, me fueron pasando las preguntas por escrito. Esta era una: «¿Puede, por favor, explicarnos qué tienen que ver feminismo y lesbianismo?».
Discípula como soy, aunque lejana, de Ferrater Mora, opero siempre bajo el síndrome «Voltaire en Nueva York». Ferrater, una de las personas con el sentido del humor más fino que he conocido, si no la más, escribió un relato inmarcesible y probablemente autobiográfico: un joven profesor de provincias es invitado, por fin, a dar una conferencia en una prestigiosa institución neoyorquina. Venciendo a sus espantosos cuan envidiosos colegas, marcha triunfante y a dar la mejor de su vida. Llega, se equivoca de sala primero, busca, y encuentra a tres personas dispuestas a escucharle. Una se larga al inicio. Decide sobreponerse y le suelta toda su erudición a una amable señora que le escucha con sonrisa de entendimiento. Cuando la conferencia termina... comienzan las preguntas: «¿Voltaire era un filósofo del siglo XVIII?». Incapaz de creer en la literalidad de tal asunto, el joven erudito interpreta que se le pregunta si, después de todo, no hay en Voltaire elementos que no se corresponden del todo con su siglo, sino con el anterior o el XIX. Y da la más completa y precavida respuesta. Pero... resulta que... lo que le han preguntado es tal cual: si Voltaire era un tipo del siglo XVIII.
Sirva este exordio para colocar a la luz lo que me pasó por la cabeza: sin duda, pensé, quien pregunta quiere saber si existe una conexión entre alguno de los aspectos teóricos o prácticos del feminismo y las libertades sexuales adquiridas por las personas, incluida la de desviarse sin problemas de las rígidas normas pasadas. En consecuencia, desarrollé el asunto lo mejor que pude. Y fue la primera vez que yo misma puse en claro en mi propia cabeza la evidente conexión entre las victorias feministas y el tema que ahora llamamos, para abreviar, diversidad. Ahora ya no estoy tan segura de que ese fuera el matiz de la pregunta. Pero... ahí lo dejo.
La tercera ola del feminismo está asistiendo cada vez con mayor intensidad al solapamiento de la agenda feminista en pro de asuntos desiderativos, teorías del deseo o inflaciones emocionales. A fin de popularizar a veces conviene rebajar, incluso facilitar y edulcorar contenidos. Y no puede dudarse de que el feminismo está alcanzando cierta popularidad. El problema es de costes. La teoría, la propaganda o la publicidad no se rigen por las mismas varas de medir. Por citar a Mary Beard, «operar con la democracia es más complicado que hacer eslóganes y super-simplificar no es tampoco la manera de resolver problemas complejos». El feminismo puede sin duda enseñarse, proponerse para principiantes o incluso padecer un Assimil o un «cuatro primeras letras». Pero de suyo es exigente, como lo ha sido toda la tradición moderna.
Siempre en el feminismo encontramos cuatro grandes bloques: una teoría explicativa, una agenda, una vanguardia y un conjunto de consecuencias impremeditadas. La teoría se suele acompasar a la que sea de recibo en su tiempo: lockeana, liberal, liberal milleana, socialista utópica, marxista, democrática, socialdemocrática, freudomarxista, radical democrática. La agenda incluye todas aquellas acciones que se desean abolidas y cuantas se proponen para que sean ensayadas e introducidas en la vida privada y pública. La vanguardia se hace cargo de la tarea de poner tal agenda por obra. Inútil será decir que nunca se hace al completo ni sus resultados suelen coincidir al ciento por ciento con lo que se proyectó. Por ello debemos ya comenzar a estudiar, y con sentido histórico, cuantas consecuencias no premeditadas e incluso no queridas han derivado de las muchas propuestas y victorias feministas.
A este cuarto bloque de estudio y sentido, del que todavía sabemos poco, le he llamado «consecuencias no previstas», pero se le podría igualmente entender como «resultados colaterales». El propio feminismo en buena parte fue una consecuencia, un hijo no querido, de la Modernidad. Porque el feminismo, durante cuatro siglos de existencia, ha cambiado por completo la faz social y se ha probado como la política capaz de introducir mayor libertad y bienestar en el mundo que habitamos. Tiene sus reales en Occidente pero se está exportando, con enormes dificultades, fuera de sus fronteras. El feminismo es el producto más elevado de la democracia como horizonte de valor y tiene tanta viabilidad como ella posea. Porque está vivo, debate con el tiempo que le toca vivir. Ahora enfrenta un tiempo decisivo: el tiempo global.
Este libro es producto del trabajo, reflexiones y debates de la última década. Está lleno de referencias amistosas y criptocitas. Para salvarlas, aunque no todas, me gustaría hacer explícitos algunos agradecimientos poderosos: además de a las personas a las que va dedicado, Carmen Alborch e Isabel Morant, debe ideas y palabras al enorme movimiento feminista que lo alimenta. A mis Comadres de Xixón, a nuestro Tren de la Libertad, a nuestra Escuela Rosario de Acuña, a Alicia Miyares, Rosa R. Magda, Consuelo Flecha, Ana de Miguel, X. Araquistain, Mercedes Navarro, Ángeles Álvarez, María José Guerra, Rosa Peris, Oliva Blanco, Carmen Romero, Rafaela Pastor, Silvia Buavent, Isabel Gómez-Acebo, Cristina Molina, Ana Hardison...
Cómo no recordar a Soledad Gallego, que tantas batallas ha librado. A Rosa Conde, que puso puente a las Américas. Y allí tengo en mi corazón a María Elena Chapa, Ana Laura Santamaría, Dulce María Sauri, Marita Perceval, Marcela Lagarde, Diana Maffia.
A las amigas y amigos de Face especialmente: desde que resido en esa ágora que nunca cierra, jamás me siento sola, sea la hora que sea del día o de la noche. Siempre encuentro una idea, un argumento, una palabra amable.
Por último, a Alicia Puleo, directora de esta Colección, y a Raúl García, que ponen su esfuerzo constante en la continuidad de este empeño que casi alcanza ya treinta años de singladura.
P.S. En bastantes ocasiones y en el feminismo, como nos sabemos vanguardia relativamente frágil y por lo tanto fácil de atacar, silenciamos las disensiones. Pero a veces hay que arrostrar el peligro y decir bien fuerte que... hasta aquí hemos llegado.
En este primer capítulo me propongo que pongamos el reloj en hora. Y quiero que lo hagamos para tratar de saber dónde estamos en cada lugar y qué nos queda por delante. Por lo tanto, para lograrlo, no hay otra opción que reconstruir toda la trayectoria de lo que el feminismo es desde su origen. Nos conviene poner esa memoria en hora, ese reloj en hora, para poder entender y situarnos.
Mi maestra Celia Amorós siempre afirmó que pocas cosas hay mejores que una buena cronología. Y aunque sea una tarea costosa vamos a hablar de fechas y espacios, de tiempos y espacios. Coloquemos nuestro pensamiento en el lugar de donde venimos. Alguien pensará, y con razón, que venimos de lugares y países muy diferentes; es cierto, pero no son demasiado divergentes. Desde luego, no tanto como para que no podamos entendernos. Y no me refiero al idioma común, sino a los valores de trasfondo que probablemente admitimos. La mayoría venimos de un único espacio-tiempo. Solemos referirnos a él utilizando un término geográfico, Occidente. Y eso tiene un tiempo y una edad. Venimos de la paz de Westfalia. Así, sin matiz. Dicho en otros términos, lo que nos ha hecho posibles es la paz de Westfalia. Coloquémonos, pues, en 1648 y en Europa.
Se hace por fin la paz que cierra las guerras de religión. La paz de Westfalia ha sido difícil de conseguir. Ha tenido muchas paces previas, todas caducadas, comenzando por la llamada «de las Damas»1. Porque ninguna paz bastaba, como tampoco ningún principio. Las guerras que en 1648 cerraba la paz de Westfalia llevaban abiertas más de un siglo.
Las guerras de religión habían empezado en Europa inmediatamente después de la Reforma protestante. En el momento en que Lutero clava sus tesis en Wittemberg, la noche de Walpurgis de 1517, se inicia una revolución en Alemania y una guerra civil europea en la que todos los estados se verán comprometidos. Una guerra que se transforma en cada país en varias y terribles guerras civiles, excepto en aquellos que prefieren la unidad doctrinal a toda costa y comienzan a perseguir a cualquier elemento que supongan contaminado por las nuevas ideas, como es el caso de la corona hispánica.
La corona hispánica se deshace de sus disidentes. Lo hace en dos grandes procesos: el proceso de Valladolid, primero, y el proceso de Sevilla, después; ambos acaban con cualquier brote de Reforma y con lo que en España se llaman «alumbrados». A nadie le quedan, tras aquellos enormes procesos inquisitoriales, ganas de seguir practicando doctrinas que se consideran no solo erróneas, sino, y sobre todo, extranjeras. Felipe II decreta el cierre de las fronteras intelectuales de la monarquía hispánica. Nadie de fuera, de ninguna universidad foránea, podrá venir a enseñar a las universidades españolas, aunque sea una persona de solvencia católica reconocida. El país se transforma en una autarquía intelectual. Este país que, además, se cree, y de hecho es, dueño del mundo. Este país cuyo rey se denomina a sí mismo «Rey Planeta» porque en sus dominios el sol no se pone. Este país gastará toda la enorme aferencia del oro que viene de América (ese oro por el que a veces todavía se nos pregunta) en intentar frenar la Reforma protestante. Ese oro no se quedó en Castilla; ya lo dicen nuestros poetas en el siglo XVII. Nace en América, viene a morir en España y lo entierran en Génova. Los banqueros de Génova, cierto, se lo quedan porque con él se están pagando ejércitos que frenen la Reforma a cualquier precio. Como sea. ¿Pero se puede frenar la Reforma? No. Se pueden gastar cien años y cien flotas de oro en pretenderlo; se puede hacer una Contrarreforma para intentar tomar la delantera. Pero lo que de hecho se pagan son cien años de guerras, de guerras terribles. Las guerras de religión fueron probablemente las más duras, y lo afirmo sabiendo que Europa ha sido un continente que no ha dejado de tener guerras, de hacerlas y sufrirlas. Si nosotros consideramos a Europa una unidad política, y ahora tenemos que hacerlo, debemos interpretar todas sus guerras como guerras civiles. Pues bien, en Europa hemos protagonizado las más terribles, hasta la Segunda Guerra Mundial. Este es un continente que ha vivido y pensado constantemente en la guerra.
Esa es nuestra tradición, por si acaso alguien cree que lo nuestro con la paz y los principios viene de serie. Lo que tenemos detrás es guerra y desolación. Las guerras de religión bien se supo por qué comenzaron, era evidente: unos querían la reforma de la Iglesia, y otros querían atajar esa reforma, entendiendo que bajo ella lo único que había eran disturbios civiles y ambiciones políticas. Pero qué rara se hizo esta guerra que empezó en 1517 y en 1527 ya se había retorcido: pasaban cosas extrañas. Recordaré una. El emperador Carlos V hace decir una misa en Valladolid, donde tenía entonces su corte, para pedir a Dios que libere al Papa. Porque el Papa, ¡ay dolor!, está en manos de los protestantes, del ejército hugonote comandado por el duque de Borbón, al que, por cierto, lo está pagando él, el César Carlos. El emperador está rogando a Dios para que libere al Papa, que está en manos del emperador, solo que por medio de un ejército protestante mandado por un francés hugonote, el duque de Borbón. O sea, que a diez años del inicio el engendro ya es monumental, y aquello solo acaba de empezar, puesto que va a durar largamente cien años más.
A medida que el siglo avanza, el XVI, esta guerra religiosa no cambia, rebrota constantemente aquí y allá. Las gentes que la padecen, como en toda guerra horrible, comienzan a olvidar por qué empezó. Comenzó, sí, por la Reforma, pero al final todo es poder y geopolítica: monarcas católicos pagan a ejércitos luteranos para que estos ataquen a otros monarcas católicos, porque lo que quieren es hacer vacilar sus tronos, o cortar su influencia en Italia, o cualquier otra maquiavélica partida... Al final es una cuestión de estrategia y geopolítica. Por fin se llega a un aproximado principio de acuerdo en 1585. Se intenta dividir lo que hay mediante el recurso a un principio por todos aceptado.Y es este: cuius regio eius religio, es decir, que la religión del rey sea la de sus súbditos y no haya, por tanto, libertad religiosa, sino que, si tocó rey católico, súbdito católico, si tocó rey reformado, súbdito reformado. Se trata de acabar al menos con las querellas internas.
Fijémonos en que este principio es todo lo contrario del principio de tolerancia. Es un principio cerrado: cuius regio eius religio: unicidad de estado y creencias. Aun así, no funciona. La geopolítica sigue inexorable y se ahondan los terribles problemas de la corona hispánica, del «Rey Planeta», con la corona francesa, con el padre de quien se acabará llamando a sí mismo el «Rey Sol», para poner al español en su sitio. Todo el mundo proclama cosas y elige emblemas por algo; aquella gente tenía sus ideas.
Francia lucha por ser la suprema potencia de Europa. ¿Qué hacen nuestros reyes castellanos? Endeudarse cada vez más para proseguir las guerras, traer la plata americana, dársela a los banqueros genoveses y, por descontado, provocar bancarrotas continuas. Si las estudiamos, veremos que son recurrentes, que no pueden pagar. Tienen que esperar a la flota del oro, que viene una vez al año, a la que, además del exhausto tesoro real, esperan siempre los corsarios ingleses y franceses. Al pairo, hasta que pase la flota del oro, con una buena rapiña, con buen viento y mejor fortuna, uno se puede hacer con ella. Los mares no son seguros, y andar al corso es legal. Existen caballeros corsarios, que no son los de la pierna cortada y sin un ojo con el añadido de un loro en el hombro derecho. Los caballeros corsarios son gente seria, que consigue que una monarquía le extienda una patente de corso, la cual autoriza a tomar en el mar cualquier barco que pueda y quiera, siempre que no sea suyo, esto es, de la enseña de su monarca. Se debe, por descontado, pagar por ello: un quinto a la corona. Alguno lo hace tan bien que le imponen nada menos que la Orden de la Jarretera. Imaginemos que los mares no son seguros, que las tierras no son seguras; que aquello es lo que es. Y todo esto en medio de una querella religiosa donde la gente se sigue matando por el problema de si hay o no transubstanciación durante la misa, una cosa que, bien pensada, quita el sueño a cualquiera.
Por si sucediera que ya nadie recuerda bien la transubstanciación, me veo en el deber de recordar que así se llamó a la presencia real de Cristo en la hostia. Y ello en medio de un debate: si en efecto en la hostia está verdaderamente el cuerpo de Cristo o simplemente Cristo nos dijo que hiciéramos aquello en memoria suya, que hiciéramos como si fuera Él el que estuviera entre nosotros, pero no queriendo decir que aquello era efectivamente su cuerpo. Esto quizá nos parecerá ahora una fruslería, pero a la gente la quemaban viva por mucho menos. Las religiones siempre tienen algunos de estos puntos calientes que pueden resultar mucho más peligrosos para sus contemporáneos de lo que queremos saber.
Pues bien, ese era el estado de la cuestión. Es fácil comprender que la posibilidad de ocurrencia del feminismo en tal contexto sea, digamos, escasa. Esto dicho, vamos a ver por qué la paz de Westfalia es nuestra fecha de nacimiento. La peor parte de esa guerra fue la última. Se la conoce como Guerra de los Treinta Años. Fue espantosa. La gente ya no solo no se acordaba de por qué guerreaba, sino que odiaba guerrear, pero no podía parar. El terror marchaba solo. Y nadie parecía poder pararlo porque —esto nos sonará— se había creado con él un grupo de gentes, varones, violentos por costumbre y oficio, que se alquilaban a cualquiera, que solo eran candidatos a ejércitos mercenarios y que no querían que la guerra acabara nunca, dado que era su modo de vida. O dicho en otros términos: en algunos territorios había más de tres y cuatro generaciones de europeos que jamás habían conocido la paz. Solo sabían lo que era la guerra. Y la gente, mucha, sabía vivir en la guerra, era el modo de vida que conocían y tenían.
En la guerra los cuatro jinetes del Apocalipsis corren por sus propios escenarios. Los representan bien quienes los padecieron. Hay quien se pone frente a Brueghel y se pregunta cómo podía tener este pintor esa terrible imaginación, la que aparece en el Triunfo de la Muerte, por ejemplo. Me pregunto: ¿cuál otra iba a poder tener según estaba Europa en aquel momento? Era lo que tenían más claro. Se pasaban el día temiéndolo o viéndolo. Por eso lo pintaban. Repasemos: incendios, saqueos, peste, tortura, violación y asesinato; en la guerra todo vale, toda la legalidad está interrumpida, toda moral está interrumpida. Todo vale con el enemigo, todo. Y con la enemiga... en fin. Y, como todo valía, todo se hacía. Estos ejércitos mercenarios lo hacían; llevaban décadas así y no querían terminar la guerra, en absoluto, vivían de ella. La guerra acaba con ganados y cosechas. Trae el hambre y la peste. ¿Para qué cultivar si no sabes si vas a recoger? Territorios enteros de Europa quedaron despoblados. La Pomerania entera, otras regiones de Alemania, quedaron simplemente sin gente. Sin nadie. La gente llegó a desenterrar a los muertos para tener qué comer, y se los comían. Mujeres fueron acusadas de devorar a sus hijos. A toda costa se intentó una paz complicada. Porque «Eso» había que pararlo.
Cuando por fin se logró la paz de Westfalia y se acabó esta atroz e inacabable contienda, entonces comenzaron a nacer los principios en cuyo despliegue se acabará por basar la convivencia democrática. Conviene citarlos. El primero: la religión no es superior al poder político, es un asunto privado. El segundo: la política es una asociación espontánea en los seres humanos pero no natural, que tiene que estar siempre sometida a reglas: John Locke o Thomas Hobbes. Esta es la gran novedad: hemos de entender la sociedad política como si fuera un contrato y la ley como el producto de la voluntad humana. La legitimidad divina de los reyes queda en entredicho. Empero, lo que más en entredicho queda es la propia religión: que aquello que era religión, lo que se supone que nos hace mejores y nos hace ir al cielo... parece que no sirve para vivir en la tierra; por lo menos si la religión acaba rigiendo la política. Por tanto, la religión ha de ser considerada privada. Este principio se enuncia claramente en Holanda. La religión es privada y las diferentes religiones tienen la obligación de tolerarse entre sí. El Estado tiene el deber de protegerlas a todas, siempre y cuando no alteren la paz civil. Hobbes lo ratificará. Pero la filosofía llega al atardecer. El principio ya ha sido establecido en un lugar peculiar.
Se establece en la monarquía de Holanda. Una monarquía singular y extraña porque es, durante cierto tiempo, una monarquía sin rey. Sí, los holandeses se han librado de la tutela de la corona hispánica; se han quedado sin rey, pero no parecen muy deseosos de tener uno. Se declaran «reino sin rey» a la espera de encontrar uno que se les adecúe. Tenían muy mala experiencia del pasado y se tornaron innovadores. A decir verdad, los holandeses siempre han sido extraordinariamente innovadores. Y a la vez que esta bonita innovación política, produjeron otra que fue la libertad de imprenta. En Holanda se puede imprimir cualquier cosa, y solo después de impresa, se decidirá si es legal o no; por lo tanto... se acabó la censura previa.
La imprenta holandesa se convierte en una potencia. Los mapas y los libros punteros son suyos. Muchos libros se llevan a imprimir a Holanda. Cada vez que alguien se plantea la duda de si algo va a ser bien recibido, lo manda de tapadillo a Holanda. En Holanda lo imprimen y luego se distribuye. Que no se le pone reparo, excelente. Que lo tiene... ¡id a preguntar a Holanda!, se ha impreso allí. Pero no vayamos a pensar que los holandeses eran unos seres angélicos y desprendidos. Se dedican sobre todo a la trata de esclavos, porque además de innovar en política pasaban sus años económicamente útiles yendo a los estuarios del África verde, comprando y llevando africanos a América, de lo que sacaban enormes beneficios. Así eran las cosas.
Pero si estableces el principio, estableces el principio, y Holanda ha establecido el principio de tolerancia, ha establecido el principio de la supremacía de la ley como un pacto civil y ha establecido la libertad de prensa. Así, con tales novedades, se abre el periodo en que vivimos, el nuestro, esto a lo que llamamos Modernidad. Se comienza a cortar con el Antiguo Régimen. Si has comenzado por afirmar que los monarcas no tienen autoridad divina, ello quiere decir también que el mundo puede que sea el resultado de un designio creador divino, pero en todo caso no se gobierna mejor utilizando los textos sagrados como vía de gobierno, sino la razón humana. La razón humana empieza a adquirir el lugar central, el lugar de la luz.
¿Quién nos puede ayudar en nuestra confusión? El uso de la recta razón. ¿Quiénes la encarnaron? Descartes, Locke, Espinosa, Hobbes, los grandes pensadores barrocos, las cabezas más descollantes del siglo XVII; a esto llamamos la Modernidad. De todos ellos somos herederas y herederos. Las mujeres, más. No es que nos tuvieran previstas; es más, no creo ni siquiera que les hubiéramos gustado. Pero tal como ahora somos nos derivamos directamente de los principios que establecieron.
A veces pienso, y a menudo lo digo, que hay que recapacitar en lo que las mujeres y las feministas le debemos a Descartes, porque son muchas cosas. Se atrevió a afirmar que escribía de tal manera que lo entendieran «hasta las mujeres». Si lo tomamos a mal, podemos pensar que es una expresión desafortunada, ¡caramba!, pero mirémoslo por la parte buena. Es esta: no procede Descartes como los antiguos escolásticos, primero, escribiendo «utrum si», «si quando», «ut aliquando»; ni «Anselmo dixit» y esotro «replicavit». No. No es su estilo. Cualquiera puede seguirlo. Hay un discurso bien hilvanado de lo que parecen verdades que tienen que ser evidentes y, por lo tanto, en su orden, demostradas. Así funciona la razón, así han de funcionar el saber y la ciencia. Todo lo que hemos heredado como saber de la tradición hay que someterlo a esta nueva luz. Porque puede que de la tradición hayamos heredado cosas que simplemente sean malos usos inveterados.
Es muy fácil que en semejante nuevo y libre lugar crezca una idea: ¿no puede ser la sujeción de las mujeres un mal uso inveterado que simplemente hemos heredado? Si no hubiera aparecido la ilegalización de la tradición que es el cartesianismo, el feminismo no habría tenido condición de posibilidad. Porque nosotras, feministas, ilegalizamos la tradición y decimos que hemos sido sometidas secularmente por obra de un abuso o un mal uso. Eso es lo que venimos afirmando y desplegando desde hace tres siglos.
Descartes afirmó que su obra estaba escrita para que la entendieran «hasta las mujeres» porque pensaba, además, que las mujeres puede que no tuvieran erudición escolástica, de aquella del «utrum si», «et aliquando», pero tenían, decía muy seguro, buen juicio, bon sense, como cualquiera. Y en tanto que tenían bon sense, les podía ser sometida cualquier cuestión, porque con bon sense la resolverían2. Si Descartes mantiene todo esto, está claro que está estableciendo el lugar teórico donde puede crecer el feminismo. Hace tiempo, cuando la historia canónica de este estaba por hacerse, Amorós y yo nos planteábamos si no habría habido un núcleo feminista dentro de lo que podríamos llamar los aledaños del cartesianismo. Nos parecía imposible que nadie hubiera sacado las rectas conclusiones de estos planteamientos. Por ello fue un fogonazo de alegría intelectual descubrir a Poulain de la Barre.
Exactamente aparecía donde era de esperar. El primer feminista, la primera obra que podemos considerar sin matices que pertenece a la tradición política a la que llamamos feminismo, es De la igualdad de los dos sexos, de Poulain de la Barre, un cartesiano. Poulain de la Barre escribe esta obra en la segunda mitad del XVII,y también De la educación de las damas. Son dos obras fundamentales. En De la igualdad de los dos sexosargumenta, en efecto, que los dos sexos son iguales y que simplemente una tradición mal entendida ha llevado a excluir a uno del todo y de todo. Y en De la educación de las damas en realidad De la Barre no habla de ese tema, la educación de las damas, sino que argumenta que el sistema de su maestro Descartes es mejor que cualquier otro; más exactamente, se lo hace argumentar a unas protagonistas que son mujeres y que son cartesianas.
Las fechas son decisivas: De la Barre publica veinte años después de la paz de Westfalia. Su obra se convierte en un éxito inmediato con un gran número de ediciones. Ello es posible también porque el terreno está abonado por el movimiento asombroso que llamamos preciosismo, del que cada vez sabemos más. El preciosismo, ese movimiento francés en que las mujeres por primera vez tratan de apoderarse del saber, del que por cierto son expulsadas a coces. De las preciosas recordamos mucho mejor cómo y cuánto las denostaba Molière que lo que ellas mismas hacían. Conocemos bien esas obras críticas con ellas. Por lo menos en España, una vez a la década, alguno de estos que monta obras de teatro se ve compelido a volver a poner Las mujeres sabias, La academia de las damas o Las preciosas ridículas. Si bienúltimamente cosechan unos fracasos imponentes que ellos mismos no saben explicarse. Quizá no está el horno para bollos. Lo que esas comedias transmiten es un completo escarnio de cualquier pretensión que tengan las mujeres de adquirir saber. En el siglo XVII era lo que el horno deseaba oír y aplaudir: a las mujeres había que quitarles ínfulas. Estaban corriendo demasiado. El arma, como tantas veces, el ridículo.
A veces nos preguntamos qué obstáculos tenemos. Y hay en los debates un obstáculo que surge constantemente en las intervenciones, uno con mitra. Ocurre que los varones inspirados por Dios, ignoro por qué, tienen comúnmente grandes aficiones a ponerse cosas en la cabeza. Dejemos esto de momento. Repasemos: tenemos a Poulain de la Barre y al preciosismo funcionando, en esta primera entrada pública. Y, de inmediato, se produce un gran frenazo por la vía del ridículo. Esta es siempre una vía importante. La otra suele ser la religión, sea la Iglesia luterana, baptista, pietista o católica, si bien la católica cierto que con más afición. Pero siempre hay otro frente vinculado con ambos, el de los moralistas; me refiero a quienes hacen libros y tratados sobre qué es conveniente para educarnos, qué valores son los buenos y cuáles no, qué costumbres hay que respetar y cuáles no. En sí esta es una actividad explicativa noble, pero a menudo sucede, en cada tiempo histórico, que en cuanto un mínimo destello de libertad para las mujeres aparece, el frente moralista se activa, pero en contra.
O, visto desde otro ángulo: el feminismo pocas veces en sus vindicaciones se encara con un frente político que le diga política y rotundamente no. Las mujeres como sexo padecen el ridículo. Y el feminismo, también. Siempre aparece primero el ridículo, y después lo hacen los moralistas, sobre todo si el ridículo no ha funcionado. El argumento de fondo también es siempre el mismo: si tales o cuales cosas se consiguen (sean estas la educación, el matrimonio por voluntad, el voto), va a producirse un enorme desorden moral en la sociedad que a quienes primero afectará será precisamente a las mujeres. Por lo tanto, en orden a la seguridad propia y ajena, tales cosas deben ser evitadas.
Cuando ya la vindicación apareció clara, se llegaron a predicar cosas como que la elección matrimonial, el casarse por inclinación, era malo y poco inteligente. Moralistas hubo que escribieron, sin que esto les avergonzara, que no estaba bien que los novios se conocieran antes de casarse, ni mucho menos que eligieran: en la vida todas las cosas van a menos, de modo que si dos personas se aman al principio, más que probablemente pasados unos años ya no se amarán, y por lo tanto pasarán de tener algo a no tenerlo. Mientras que, si no se conocen de nada, o incluso se tienen cierta ojeriza, con el tiempo y el trato continuado llegarán a tomarse afecto; conseguirán, mediante un matrimonio obligado, una posición mejor que la que tenían en un principio. En consecuencia, el matrimonio concertado por los padres es mucho mejor que el matrimonio por elección. Y además, si empezamos a admitir novedades que nunca se han probado, no sabemos cómo se puede acabar. Es el argumento conocido por «pendiente deslizante». Se empieza por la elección de estado, pero ¿cómo acabarán? Moralistas hay, no pocos, que auguran que si se alcanzan estas cosas aparentemente inocentes, al final lo que ocurrirá es que las mujeres perderán el respeto que han de tener, y perderán con él también el recato, y al final perderán la honra, que es lo más sagrado e importante que tienen. Porque basta con empezar por abolir una cosa para que las demás vayan seguidamente. Toda novedad, si cursa con la mayor libertad de las mujeres, es mala.
Por lo tanto, ¿cómo tendrá el feminismo que argumentar? Las mujeres subrayarán que no desean perder el recato, que no quieren perder el respeto, que no piensan perder la honra. Siempre decimos lo mismo. Que no queremos lo que queremos. Incluso llegamos a cegarnos. No es raro que, en cualquier coloquio, alguna exprese que «no es verdad que queramos quitarles a los hombres nada». Siempre se dice, invariablemente. Pero... ¡no va a ser verdad! ¿No es más cierto que tienen mucho y hasta demasiado? Pues habrá que quitárselo para hacer un reparto un poco más decente. Tenemos que ir diciendo que no vamos a hacer lo que es evidente que sí vamos a hacer. Es lógico. Siempre ha sido así, no es de ahora, ya tiene antecedentes en el siglo XVII. Para introducir una vindicación hay que afirmar que tu vindicación no altera el orden; esta es la única manera de que te permitan, y no siempre, introducirla. El feminismo asegura en el siglo ilustrado que será mucho mejor tener mujeres que aman a su esposo y que le son fieles compañeras que simplemente unas pobres jóvenes, arrastradas al matrimonio, que luego a saber lo que harán. Conocemos el argumentario. Es como si abrieras un cajón y vieras todas las fichas y cómo se van a ir jugando, porque son siempre las mismas y están ahí.
Nuestras antepasadas hicieron eso, nosotras también3. Lo tenemos que entender. Naturalmente que lo tengamos que entender no quiere decir nada más que lo tenemos que entender con la cabeza. No podemos, sin más, llevarnos las manos a ella. Entender es un largo proceso. Lo que es el feminismo ya lo enunció en el siglo XVII Poulain de la Barre. Ser mujer, dice, no es nada diferente de ser varón, pero es nacer condenada a una minoría de edad perpetua. Nacer condenada a una minoría de edad perpetua por el sexo en que naces, no por ninguna otra cosa. Ser para siempre menor de edad. Hay que romper esta situación porque, aunque antigua, es malvada. Porque —y esto ya es privativo de Poulain de la Barre, no de Descartes— la inteligencia no tiene sexo y no puede nacer condenada. Más exactamente: no dice inteligencia, sino que usa la palabra de la época, «esprit». «L’esprit» es más que inteligencia. «L’esprit n’a pas de sexe». Esto es lo que nos hace humanos, no tiene sexo. Esta toma de distancia con la tradición, con el ridículo, con la religión y con la hipocresía moralista es lo que las libertades de las mujeres deben a Descartes y al racionalismo cartesiano. No es poca cosa.
Hay dos preguntas que se relacionan y, con todo, deben separarse: ¿qué ha hecho posible al feminismo?, ¿qué ha hecho el feminismo? Contemplemos un gran cuadro, las Meninas. Ninguno de sus personajes puede ver el cuadro; pero, aunque estuvieran vivos y no pintados, tampoco verían el cuadro, porque para verlo hay que salirse de él. Entonces es cuando se ve. El feminismo fue posible porque llevó a cabo algo que hizo toda la teoría política europea para salir del Antiguo Régimen: dar un paso fuera del cuadro. Situarse a cierta distancia y observar. Poder decir «mira, esto es lo que pasa». Ese pequeño paso es el enorme salto teórico que va de las sociedades del Antiguo Régimen a las sociedades modernas. Es el paso a la autorreflexión, a poder verse y juzgar desde ese nuevo lugar qué nos pasa. Eso hizo la Modernidad. El feminismo solo intentó seguir ese paso, pero lo siguió bien, con exactitud y medida; porque el feminismo es el hijo, la hija si queréis, más serio, adelantado, consciente, coherente y lúcido del pensamiento barroco ilustrado. Probablemente era un hijo no querido, pero salió perfecto.
Consiste en cuatro cosas, dicho con brevedad. Una teoría que señala lo que es relevante y cómo ha de ser interpretado el mundo. Dos, una agenda que indica qué hay que hacer. Tres, un movimiento, esto es, una serie de gente que se compromete con la agenda para llevarla adelante. Y cuatro, un conjunto de acciones no especialmente dirigidas o solo parcialmente dirigidas. Digamos, resultados laterales de las acciones que la agenda emprende4. ¿Cuánto feminismo llevamos desde 1673? Más de tres siglos, en tres grandes olas. La buena cronología ayuda mucho. La primera, de 1673 a 1792. La marco así por dos grandes obras teóricas, desde Poulain de la Barre, en su De la igualdad de los dos sexos, hasta la Vindicación de los Derechos de la Mujer de Mary Wollstonecraft en 1792. Más de un siglo. Esta es la primera ola del feminismo. Se caracteriza, como conjunto teórico-explicativo, por una base en el racionalismo cartesiano y una expresión política lockeana. Sabemos que es así porque los sucesivos panfletos, escritos, etc., de este siglo y pico están llenos de sus suposiciones y su terminología. Esta primera fase produce una plétora de escritos. Si buscamos en las bibliotecas, se nos presentan avalanchas, montones de escritos, de cartas, de pequeños folletos, que constituyen la polémica feminista durante el siglo ilustrado. Y recordemos que nadie escribe sobre algo polémico sin haberlo hablado previamente. Existe una enorme literatura y debió de existir un debate aun mayor.
El feminismo viene de la Ilustración europea, aunque arranca previamente de la filosofía barroca. Pero es en el Siglo de las Luces cuando toma su primer gran impulso. Ese siglo, que es una larga polémica en torno a la más variada tópica (el lujo, el gusto, las artes y las ciencias, la superstición, los textos sagrados, las formas de estado, los temperamentos... y tantas otras), inaugura como polémica la igualdad de ingenio y trato para las mujeres. El XVIII, que es el origen de nuestro mundo de ideas, de gran parte de nuestro marco institucional y de bastantes modos de vida actuales, es también la fuente de nuestro horizonte político e incluso del horizonte de reformas sociales y morales en el que todavía estamos viviendo. Ese siglo singular presenta el primer feminismo como una de las partes polémicas del programa ilustrado.
Subrayar este origen ilustrado del feminismo pienso que consigue distinguir lo que es literatura política feminista de una serie de pensamientos, también polémicos, que se producen recurrentemente en la tradición europea desde el siglo XIII. En los albores de la Baja Edad Media y en el entorno del nacimiento y expansión del gótico ciudadano y las formas civilizatorias bajomedievales, nacen toda una serie de nuevos modos e ideas que suelen resumirse bajo el nombre de «amor cortés». En tal entorno surge una literatura peculiar que llamaré «discurso de la excelencia de las nobles mujeres» y que tiene sus cultivadoras y cultivadores, así como usos sociales inequívocos. Sirve para proporcionar modelos de autoestima y conducta a las mujeres de las castas nobles. Glosa a reinas, heroínas, santas y grandes damas del pasado, reales o ficticias, y a través de ellas ofrece modelos de feminidad que contribuyan a la creación de cortesía en el grupo de poder. Este «discurso de la excelencia» no se produce sin disenso: tiene como paralelo continuado una literatura misógina, por lo común clerical pero también laica, que, a su vez, viene de remotos orígenes. Ambos, el discurso de la excelencia y el misógino, compiten hasta el Barroco de forma casi ritualizada. Uno exalta las virtudes y cualidades femeninas y da de ellas ejemplos. Otro se ensaña en los defectos y estupidez pretendidamente ingénitos del sexo femenino con una plantilla de origen que habría de remitirse a los Padres de la Iglesia o incluso a Aristóteles. Filóginos y misóginos repiten los mismos ejemplos y argumentos sin jamás llegar a acuerdo —ni quizá pretenderlo— en una disputa tan ritualizada como la de Don Carnal y Doña Cuaresma. Unos y otros no ponen tampoco en duda el marco común: que las mujeres han de estar bajo la autoridad masculina, sino que discrepan en lo que toca al respeto que haya de acordárseles. Porque es eso, el derecho a la dignidad y al respeto de seres esencial y funcionalmente separados, lo que se pone en común. En el mejor de los casos, la pretensión más alta a la que cabe apelar, si la disputa se resuelve a favor de las mujeres, es la que resume Calderón en El alcalde de Zalamea: «Puesto que de ellas nacemos, no digas mal de mujer». Pero tampoco cambies nada. El mundo estamental, a fortiori, contempla como legítima la desigualdad entre los sexos; es un mundo esencialmente desigual. La Modernidad comienza a separarse de él. El feminismo corta con el pensamiento heredado y lo hace durante una polémica que dura más de un siglo; una polémica hoy casi olvidada pero en la que intervienen muchos autores y autoras, corrientes o las mejores cabezas, tanto a favor como en contra. Un mundo nuevo que se abre con la expansión geográfica y la nueva cronología armado para orientarse con un nuevo mundo de ideas.
1 Paz de las Damas porque en sus inicios diversas reinas, hermanas y familiares de los primeros contendientes se reunieron a fin de encontrar algún armisticio; lograron uno; por eso aquella primera paz fue llamada así.
2 La primera vez que Celia Amorós y yo percibimos esto, casi nos deslumbramos. Estábamos, hacía tantos años, carentes de noticias sobre la tradición propia... Debíamos hacer de detectives. Y así leímos a Descartes, con la lupa. Encontrar al cartesiano supuesto, saber qué había ocurrido, fue una experiencia de «eureka».
3 ¿Dónde se está produciendo este debate con similar argumentario en el momento presente? Y sin libertad de prensa, además. En los Emiratos Árabes y en Arabia Saudí, por ejemplo. El debate sobre la elección matrimonial sigue las pautas que bien conocemos. Las mujeres no pueden declarar que desean ser como las occidentales porque entonces no van a ningún lado. No entra en el orden que se admite. Habrán de asegurar que un matrimonio de conveniencia es horrible en términos morales y religiosos. Dirán que quieren tener un marido que Alá les haya dado: yo con Alá, con él, mi esposo, Alá con los dos, los dos con los hijos. O sea, el matrimonio santo, de creyentes, pero por inclinación.
4 Este último rasgo se muestra más y más importante en las fases del feminismo más cercanas al mundo contemporáneo.
El feminismo es una de las tradiciones políticas de la Modernidad. Es firme, estable y antigua. Tiene más de trescientos años a su espalda y ha sido la idea impulsora de la mayoría de las transformaciones sociales de calado a las que Occidente ha asistido. Sucede que la jerarquía masculina es una invariante antropológica presente en todo el planeta. Quienes imaginaron la democracia como forma verosímil de gobierno no vieron la necesidad de abolirla. La mayoría de los autores clásicos de la teoría política moderna compartían que se podía cambiar casi todo pero que eso no era necesario tocarlo. Señalar esta desigualdad inmemorial y desfundamentarla fue la tarea que el feminismo se impuso. No ha resultado fácil. Habérselas con una invariante antropológica no es una deconstrucción sencilla.
