Al fin y al cabo - Francisco José Soler Gil - E-Book

Al fin y al cabo E-Book

Francisco José Soler Gil

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Beschreibung

En este breve ensayo sobre la muerte, escrito a partir del fallecimiento de un amigo, el profesor Francisco José Soler Gil va llevando de la mano al lector por una pausada meditación en torno a lo que sabemos de ella, además de estudiar nuestras reacciones y conjeturas acerca de su significado. Con una mirada rigurosa, propia del científico y del filósofo de la ciencia, el autor va exponiendo datos a partir de los cuales ir desentrañando, paso a paso, cómo es nuestra relación con la muerte y por qué se da de ciertas maneras, dejando espacio para la especulación que enriquece la certeza. "No sé hasta qué punto pueda ser una buena idea vivir en general de espaldas a la muerte. Pero ¿no es obvio que para un filósofo la renuncia a reflexionar sobre este tema equivale a frustrar su vocación? Difícil o no, para los que nos dedicamos a la filosofía el asunto es insoslayable, por muy brumoso, incierto o ingrato que pueda resultar. De forma que, al menos una vez en la vida, los que nos aplicamos a este oficio deberíamos hacer un alto en nuestras ocupaciones habituales, y reservar un tiempo para pensar en torno a la muerte: a su realidad, a su significado, y a la actitud que hemos de adoptar ante ella. Y este deber es el impulsor de las páginas que siguen".

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Seitenzahl: 357

Veröffentlichungsjahr: 2021

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Francisco José Soler Gil

Al fin y al cabo

Reflexiones en la muerte de un amigo

© El autor y Ediciones Encuentro S.A., Madrid 2021

Queda prohibida, salvo excepción prevista en la ley, cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública y transformación de esta obra sin contar con la autorización de los titulares de la propiedad intelectual. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (arts. 270 y ss. del Código Penal). El Centro Español de Derechos Reprográficos (www.cedro.org) vela por el respeto de los citados derechos.

Colección Nuevo Ensayo, nº 85

Fotocomposición: Encuentro-Madrid

ISBN EPUB: 978-84-1339-398-8

Depósito Legal: M-6541-2021

Printed in Spain

Para cualquier información sobre las obras publicadas o en programa y para propuestas de nuevas publicaciones, dirigirse a:

Redacción de Ediciones Encuentro

Conde de Aranda 20, bajo B - 28001 Madrid - Tel. 915322607

www.edicionesencuentro.com

Índice

Introducción

Fe de incompetencia

Estructura de este ensayo

Elogio de la sobriedad

Lo que sabemos sobre la muerte

I. La muerte como hecho biológico

El enigmático carácter dual de la experiencia humana

Los organismos biológicos

La muerte de los organismos biológicos

Sobre el momento de la muerte del organismo humano

¿Es posible impedir indefinidamente la muerte de los organismos biológicos?

II. La muerte como hecho biográfico

La muerte como ruptura de los proyectos personales

La muerte como ruptura de las relaciones personales

Recapitulación: La experiencia biográfica de la muerte como cuestionamiento radical del hombre

Reacciones ante la muerte

III. La reacción social ante la muerte: rituales y relatos

Los rituales funerarios

La muerte como separación del cuerpo y el alma

La muerte como punto de transición entre vidas corporales

La muerte como extinción completa y definitiva del hombre

Recapitulación

IV. La reacción individual: Actitudes ante la muerte

Posibles actitudes ante la muerte

¿Cómo valorar las actitudes ante la muerte?

V. La reacción ante los relatos sobre la muerte

Contra la elocuencia del miedo y el deseo

¿Argumentos débiles para conclusiones fuertes?

Sobre la variedad de miedos asociados con la muerte

Contra la filosofía de la sospecha

Conjeturas acerca del significado de la muerte

VI. ¿Mente o materia?

Aspectos de la relación entre mente y materia en el hombre

La mente como realidad primera: Indicios de la existencia de Dios a partir de la física

Balance: El peso ontológico de la mente

VII. Mi actitud ante la muerte

Sintiéndome en casa en el cristianismo

Mi versión particular del miedo a la muerte

Retazos de una actitud

Referencias

A la memoria de Javier Hernández-Pacheco Sanz, mi amigo y mi hermano mayor, muerto demasiado pronto. Para él esta disertación fúnebre, escrita a nuestro modo filosófico.

Introducción

«Luego, en realidad, oh Simmias —replicó Sócrates—, los que filosofan en el recto sentido de la palabra se ejercitan en morir»

Platón, Fedón 68b

Uno siempre va dejando el tema de la muerte para más adelante. En primer lugar por miedo. En segundo, por temor a que arroje una luz melancólica sobre todos los demás asuntos de la vida. Y luego también por la complicación del campo: porque hay muchas murmuraciones y muchos enredos en torno al mismo. Parece que sobre la muerte, más allá de señalar unas cuantas obviedades, solo queda la posibilidad de especular con escaso o nulo fundamento.

¿Cabe concebir un punto de partida más desalentador?

Da la impresión de que a las indagaciones filosóficas sobre este aspecto de la realidad se les aplicara el sabio dictamen del asno en el cuento de los músicos de Bremen: «Algo mejor que la muerte lo encuentra uno en cualquier parte». Y en consecuencia, lo más frecuente es aplazar para luego la reflexión. Para cuando se haya vivido lo suficiente. Para la madurez. Para nunca.

No resulta difícil hacerlo. A fin de cuentas, la vida plantea sobradas preguntas a las que dedicarse. Y también sobradas urgencias que atender. Y el profesor de filosofía, como cualquier otro, tiene que preparar clases, corregir exámenes, dirigir tesis doctorales, y trabajos de fin de grado, y de fin de máster, y redactar informes de revisión, y participar en comisiones académicas... En fin, todo eso.

Además, cabe parapetarse tras las advertencias de algunos pensadores célebres. Y recordar la respuesta de Confucio al discípulo que le preguntaba sobre la muerte: «Si no comprendes ni siquiera la vida. ¿Cómo vas a comprender la muerte?». O la archifamosa sentencia de Spinoza: «Un hombre libre en nada piensa menos que en la muerte, y su sabiduría no es una meditación de la muerte, sino de la vida», etc.

Sin embargo, la aspiración de la filosofía es entender la realidad en todos sus aspectos, así como alcanzar una visión articulada de los mismos. Se trata de integrar observaciones y reflexiones en una imagen global máximamente razonable del mundo, y del hombre, y de nuestro lugar en el conjunto de lo real. ¿Y cómo podría lograrse este fin eludiendo la cuestión del significado de la muerte?

No sé hasta qué punto pueda ser una buena idea vivir en general de espaldas a la muerte. Pero ¿no es obvio que para un filósofo la renuncia a reflexionar sobre este tema equivale a frustrar su vocación?

Difícil o no, para los que nos dedicamos a la filosofía el asunto es insoslayable, por muy brumoso, incierto o ingrato que pueda resultar. De forma que, al menos una vez en la vida, los que nos aplicamos a este oficio deberíamos hacer un alto en nuestras ocupaciones habituales, y reservar un tiempo para pensar en torno a la muerte: a su realidad, a su significado, y a la actitud que hemos de adoptar ante ella. Y deberíamos, además, expresar estos pensamientos por escrito. Pues hacerlo así nos obliga a concretar, a precisar lo dicho, y a comprometernos en serio con lo expuesto.

Y este deber es el impulsor de las páginas que siguen.

Pues ocurre que yo también he dedicado mi tiempo a otros asuntos. A la naturaleza sobre todo, y en particular a las exploraciones fronterizas entre la física y la filosofía. No por escapismo, sino por pasión auténtica. Por la curiosidad que despierta el mundo que nos rodea, con su orden fascinante, complejo y fecundo. Décadas de estudio, artículos y libros —mejor o peor logrados— avalan ese esfuerzo por comprender aspectos del orden natural, que espero seguir realizando en el futuro.

Pero, no obstante, podría ser otoño ya. Otoño en el norte de Alemania. Y andar las hojas de los tilos diluyéndose como lluvia, y extendiéndose el ocre en los parques, y cayendo las tardes cada vez más deprisa. Podría ser una tarde como esta. Y tener uno más de cincuenta años, e ir ya recorriendo el último tercio. Quizás con sorpresa, y sin entender bien cómo han llegado las cosas hasta este punto.

Podría ser una tarde como esta. Una tarde de duelo, y aún bajo el impacto de la muerte reciente del amigo. Del hermano.

Podría ser, en definitiva, el momento de hacer ese alto, y de plantearse las preguntas que se han venido aplazando tanto tiempo. De planteárselas completamente en serio:

¿Qué sé yo de la muerte? ¿Qué sé decir de ella con seguridad? ¿Qué conjeturas razonables caben sobre ella, más allá de los pocos hechos obvios que constituyen su manifestación? ¿Cómo orientarse entre tales conjeturas? ¿Qué actitud convendría adoptar ante la muerte?

Lo que me propongo en este breve ensayo es ofrecer una respuesta a esas preguntas.

Fe de incompetencia

Por mera honradez, conviene empezar dejando claro a quien pueda interesar que yo no soy un especialista en el pensamiento sobre la muerte. Y recordándole que no tiene que desplazarse muy lejos ni en el tiempo ni en el espacio para encontrar autores que verdaderamente han tratado el tema con solvencia. En nuestro entorno más próximo contamos, sin ir más lejos, con las aportaciones de Unamuno, de José Ferrater Mora, de Fernando Savater, de José María Cabodevilla, de Olegario González de Cardedal y de Jacinto Choza. Contamos con los bellos pasajes sobre la muerte en las obras de Javier Hernández-Pacheco y con el extraordinario análisis de Jorge Vicente Arregui.

El lector interesado en una reflexión sobre la muerte haría bien en acudir a esas fuentes primarias, y no a este librito. Doy fe de mi incompetencia en el tema que me dispongo a abordar. Y, por tanto, de que no tengo otra cosa que ofrecer a quien prosiga la lectura más allá de estas líneas que el acceso a una indagación personal, privada, de un asunto que nos concierne a todos.

¿Por qué publico entonces este libro? En primer lugar porque se lo debo a mi amigo Javier Hernández-Pacheco: porque esta es mi disertación fúnebre en su honor, sea yo más o menos competente en la materia. Una disertación en forma de ensayo filosófico, como corresponde a nuestro oficio.

En segundo lugar por lo que he apuntado más arriba: porque proceder así me obliga a concretar más las ideas, a precisar lo dicho, y a un compromiso en serio con lo expuesto. Se aprende escribiendo. Y por ello, una vez decidido a hacer un paréntesis en mis ocupaciones para plantearme las preguntas en torno a la muerte, tengo que hacerlo de tal modo que saque el máximo provecho de la indagación. Y eso incluye la escritura.

Y en tercer lugar también lo hago porque creo que hay cuestiones que no conviene dejar exclusivamente en las manos de los especialistas —aunque, por supuesto, siempre es bueno que los haya—. Y esta es una de ellas. También lo son, por ejemplo, las cuestiones relativas al gobierno de nuestras sociedades. No se puede negar que hay grandes especialistas en el pensamiento político. Pero a la hora de la verdad, todos los votos valen igual. Y probablemente cualquier otra solución sería peor. La marcha de la sociedad afecta a cada uno de sus miembros, y por ello es sensato otorgar a cada uno de sus miembros la posibilidad de decir algo al respecto, y de influir, por poco que sea, en el curso de los acontecimientos.

También la muerte nos afecta por igual —y no poco— a cada uno de nosotros. En filosofía se aprende esto ya desde hace muchos siglos en el primer curso de lógica: «Todos los hombres son mortales. X es hombre. Luego X es mortal». Por este motivo, no está de más que cada mortal se exprese públicamente sobre su condición. En el mejor de los casos, tal vez su discurso aporte algo de luz sobre un asunto tan enigmático. Y aunque no sea así, no es fácil que aumente aún más la oscuridad del mismo.

¿Aporta algo de luz mi ensayo? No lo sé. Eso debe juzgarlo el lector. Advertido queda, ya desde esta misma página, de que no cabe esperar gran cosa del mismo. Pero quién sabe...

Estructura de este ensayo

En cualquier caso, se impone proceder ordenadamente en el desarrollo del asunto. (Esto, que es un principio básico de toda investigación, lo es más aún si tenemos que movernos en un terreno tan incierto, emotivo y brumoso como es el que nos va a ocupar en este libro). Y para ello conviene trazar desde el primer momento una estructura clara.

Al enfocar la muerte como objeto de estudio, puede resultar útil distinguir entre tres aspectos diferentes de esta temática: (I) lo que sabemos con seguridad sobre el hecho de la muerte; (II) las reacciones sociales e individuales ante este hecho; y (III) el análisis filosófico de las ideas acerca del significado de la muerte que se han venido proponiendo.

Cada uno de los aspectos anteriores requiere luego una subdivisión en facetas más específicas. Pero hay que hacerlo atendiendo a no introducir un exceso de distinciones que emborrone la línea discursiva.

Teniendo en cuenta todo esto, propongo al lector que me acompañe en el desarrollo de una exploración cuyo plan completo vendría a quedar así:

(I) Lo que sabemos sobre la muerte

La muerte como hecho biológico: capítulo destinado a sintetizar la primera y más clara manifestación de la muerte: la cesación de las actividades biológicas propias de los organismos vivos, más la subsiguiente pérdida de unidad del organismo y su descomposición material. Y a plantear algunas cuestiones en torno a estos hechos.

La muerte como hecho biográfico: capítulo destinado a caracterizar los aspectos de la muerte relacionados con la vida humana en su dimensión mental y que pueden afirmarse más allá de toda controversia. Lo que incluirá el aspecto de la interrupción y anulación de los planes personales, y el de la ruptura de las relaciones personales entre el difunto y los vivos. Y a subrayar el carácter problemático de la muerte que se deriva de tales rasgos.

(II) Reacciones ante la muerte

La reacción social: donde se consignarán dos constantes culturales relacionadas entre sí: la ejecución de ritos funerarios y el desarrollo de relatos sobre el significado de la muerte. Estos relatos dibujan ante todo tres vías, o tres comprensiones distintas de la realidad de la muerte: (a) la que postula algún tipo de supervivencia espiritual tras la muerte; (b) la que supone algún tipo de reencarnación o renacimiento; (c) la que entiende la muerte como extinción completa y definitiva. Si bien veremos que las tres alternativas no son excluyentes entre sí, sino que en la historia de las religiones y del pensamiento en torno a la muerte han solido combinarse de diversos modos. En todo caso dichos relatos constituyen las conjeturas sobre la muerte recibidas socialmente, cuyo contenido podrá luego ser objeto de un análisis filosófico.

La reacción individual: donde se tratará de las posibles actitudes personales ante la muerte. Este es un asunto de importancia capital —entre otras cosas porque, a fin de cuentas, la pretensión última del libro es iluminar mi propia actitud ante la muerte—. Pero la postura que cada uno adopte aquí va a depender en gran medida de la realidad que atribuya a la muerte. De manera que, inevitablemente, la reflexión sobre la actitud personal ante la muerte nos incitará a ir más allá de lo que conocemos a ciencia cierta, para adentrarnos en un análisis de las conjeturas recibidas acerca de lo que pueda ser la muerte y mencionadas en el capítulo anterior. Ahora bien, antes de dar ese paso convendrá que nos detengamos a considerar un punto adicional, que es el siguiente:

La reacción ante los relatos sobre la muerte: donde se rechazará el uso de argumentos destinados a desacreditar tales o cuales ideas sobre el significado de la muerte aludiendo a los sentimientos de los que las proponen. Pues no cabe duda de que la cuestión de la muerte suscita importantes reacciones emocionales, y ello hace que el tema se preste con facilidad a ser enfocado desde la óptica de la llamada «filosofía de la sospecha». La filosofía de la sospecha descarta determinados planteamientos, no sobre la base de un análisis crítico de las razones en las que se apoyan, sino por medio de la denuncia de los intereses ocultos que operarían detrás de los mismos. Por eso será necesario mostrar la inutilidad de este enfoque ante los relatos relativos a la muerte. Solo así contaremos con un suelo firme para pasar a la tercera parte de la indagación.

(III) Conjeturas acerca del significado de la muerte

En esta tercera parte —que constituye la parte nuclear del libro, y también la más controvertible— intentaré un análisis (dudoso y provisional) de la principal disyuntiva que aparece entre las diferentes comprensiones de la muerte expuestas en el capítulo III: la disyuntiva entre el supuesto de que la muerte es la aniquilación completa y definitiva del hombre, y la hipótesis de que puede haber algún tipo de pervivencia post mortem. La empresa es arriesgada en extremo, pero inevitable si se busca un punto de apoyo filosófico para decidir una actitud personal ante la muerte. (Y tal búsqueda constituye el eje de todo el ensayo, o al menos mi interés principal al emprender este trabajo).

Esta parte incluirá dos capítulos:

¿Mente o materia?: donde argumentaré que la clave para evaluar la verosimilitud de las alternativas mencionadas se encuentra en el análisis de la cuestión relativa a la primacía ontológica de la mente o de la materia. Contrastaré luego tentativamente los argumentos principales en favor de las dos opciones. Y aplicaré los resultados de estas reflexiones a la consideración de las conjeturas sobre el significado de la muerte.

Mi actitud ante la muerte: donde concluiré con unas reflexiones de carácter personal, basadas en lo expuesto en los capítulos anteriores.

Por supuesto, la limitación de este esquema me obligará a dejar fuera del texto numerosas facetas del campo temático relacionado con la muerte. Sin embargo, espero a cambio que la estructura sea tan sencilla, y el desarrollo del discurso tan lineal, que no haya forma de perderse.

Elogio de la sobriedad

Antes de comenzar la andadura de este ensayo, importa llamar la atención sobre el que quizás constituya el obstáculo más peligroso al que vamos a tener que enfrentarnos tanto el lector como yo mismo: el de la carga emocional asociada con el tema de la muerte.

Ya en las páginas anteriores he aludido a este peligro en dos ocasiones: al comienzo mismo de la introducción, al hacer referencia al miedo y la melancolía que suele provocar la mera invocación de la muerte; y en el apartado anterior, al mencionar lo expuestas que se encuentran las indagaciones sobre la muerte a los ataques de los filósofos de la sospecha. Autores que aprovechan la intensidad de las emociones que suscita este asunto para desacreditar las posiciones de sus adversarios.

En efecto, pocos temas hay tan propicios al desbordamiento emocional como el de la muerte, incluso cuando se pretende reflexionar sobre ella sin ocasión de su impacto cercano. Y pocos factores hay que puedan dar más fácilmente al traste con un análisis filosófico como el exceso de sentimentalismo. Los sentimientos, cuando se adueñan de la conciencia, la llevan a un estado muy similar al de la ebriedad. Y la ebriedad suelta la lengua, la pluma o el teclado... pero con resultados generalmente lamentables.

Por ello, en las páginas de este libro voy a poner especial cuidado en no dejar más espacio que el estrictamente necesario a la mención de las emociones asociadas con los distintos aspectos del asunto a tratar1. Lo cual implica, entre otras cosas, prescindir casi por completo de las referencias literarias.

Entiendo que esta renuncia le va a quitar colorido al texto. Y que va además contra la costumbre en los ensayos sobre la muerte, que suelen estar salpicados de citas de Tolstoi, de Rilke, de Hölderlin, de Quevedo, de la poesía mística española, etc.

Para que la renuncia no sea completa, valga aquí el testimonio de uno de los grandes clásicos de nuestra literatura, el poeta Jorge Manrique, que en las Coplas por la muerte de mi padre nos advierte:

Dejo las invocaciones

de los famosos poetas

y oradores;

non curo de sus ficciones,

que traen yerbas secretas

sus sabores.

Sabio aviso. Y ejemplo al que pienso atenerme (casi) a rajatabla en lo que sigue.

En general, y por mor de la sobriedad, procuraré no sobrecargar de citas el texto. A fin de cuentas, esta es una reflexión personal, y no un texto académico que tenga que someterse a las convenciones de los procedimientos de revisión usuales, que penalizan la falta de referencias, y favorecen los artículos sembrados de notas a pie de página, con constantes alusiones a autores anglosajones, y a publicaciones de menos de cinco años. La madurez, que tantas desventajas trae consigo, nos permite al menos tomarnos este tipo de libertades. Y puede que el lector termine agradeciéndolo.

Advertido lo cual, solo me resta invitar a ese hipotético lector a que me acompañe en las reflexiones que van a seguir, si es que ha llegado hasta aquí, y no ha bastado el aviso de mi incompetencia para disuadirlo de seguir adelante. Se lo agradezco, y reconozco que me hará bien su compañía en esta singladura.

Y tú, hermano Javier, ¿no querrías también venir con nosotros...?

Comencemos, pues.

Lübeck, noviembre de 2020

Lo que sabemos sobre la muerte

I. La muerte como hecho biológico

El punto de partida más sencillo y prometedor de cualquier investigación consiste en reunir, ordenar, y presentar sintéticamente los datos que se conocen sobre el objeto de estudio. O sea, se trata de comenzar inventariando los aspectos fenoménicos de ese objeto de una forma tan clara y precisa como sea posible.

Dado que la sencillez y las posibilidades de éxito importan, voy a tratar de proceder así. Y de entre los hechos inequívocos que conocemos por lo que se refiere a la muerte, el primero y más inequívoco de todos es que la muerte supone la cesación de las actividades propias de un determinado tipo de cuerpos físicos —los organismos biológicos—, y la posterior descomposición material de dichos cuerpos.

De ahí que el primer capítulo deba dedicarse a resumir este fenómeno, así como a mencionar algunas cuestiones que suscita.

Es cierto que el término «muerte» se emplea también para hablar de la destrucción o de la cesación de las actividades de otros sistemas físicos, más allá de los organismos biológicos. Y así se habla, por ejemplo de la «muerte de las estrellas», o de la «muerte térmica del universo», etc. Pero en estos casos la palabra «muerte» se está empleando de modo analógico. Se está haciendo uso de una metáfora. Como también ocurre cuando se habla de la muerte de una nación, o de un movimiento cultural, o de una amistad etc. Cada vez que tenemos que referirnos a la desaparición de algún tipo de realidad, podemos hablar de su «muerte». Pero en sentido propio, el término se refiere a un tipo de cuerpos muy particulares, que son los organismos biológicos. Así que es en ellos en los que hay que poner el foco de atención.

No obstante, este punto de arranque puede motivar una sospecha de sesgo que no hay que soslayar, puesto que si el análisis del tema queda sesgado ya en el mismo principio, no cabe esperar nada bueno de toda la empresa. La cuestión es la siguiente: nosotros estamos interesados en reflexionar sobre la muerte del hombre. Sobre nuestra muerte. Pero si comienzo ya refiriéndome al hombre en términos de sistema físico del tipo que sea (en este caso del tipo de un organismo biológico), ¿no estoy adoptando implícitamente un enfoque materialista, que determinará el resto del discurso?

La pregunta es oportuna, pues señala un punto en el que hemos de andarnos con especial cuidado. En efecto, como se verá más adelante —en los capítulos III y VI—, el materialismo es un planteamiento filosófico del que se deriva una cierta lectura del significado de la muerte humana (y de la muerte en general). Un planteamiento sobre cuya verosimilitud tendremos que reflexionar en su momento. Y por ello, hay que evitar que lleguemos a ese momento ya escorados hacia su aceptación (o hacia su rechazo). De ahí que en este y en los próximos capítulos haya que esforzarse por mantener puntillosamente la neutralidad cosmovisional.

Atendiendo a lo anterior, y de cara a asegurar esa necesaria neutralidad, voy a comenzar la exposición con un apartado que tiene por objeto recordar el extraño carácter dual de la experiencia humana. Una experiencia enigmática, ya que incluye aspectos físicos y aspectos al menos aparentemente no físicos (las vivencias de lo mental). Dos clases de experiencias, o dos vertientes de la experiencia humana, que poseen tal grado de distinción y al mismo tiempo de imbricación entre sí, que los filósofos llevan ya muchos siglos discutiendo sobre la clave de la unidad entre ambas, sin que hasta ahora se haya logrado resolver satisfactoriamente el problema... y sin que quepa esperar soluciones en el futuro previsible.

Ahora bien, sea esta unidad algún tipo de identidad, o de dependencia de unos aspectos sobre los otros, o de correlación entre realidades diferentes, o sea cualquiera otra de las alternativas que han ido proponiendo los filósofos, o incluso alguna que no hayan propuesto aún (si tal cosa cabe), lo cierto es que hay al menos una dimensión, o una componente física en el hombre. Está por ver si el hombre es o no es algo más que un sistema físico, pero al menos cabe decir que también es (total o parcialmente) un sistema físico. Y en ese punto es donde nos sale al encuentro en primer lugar el fenómeno de la muerte.

En consecuencia, conviene dedicar a continuación un apartado a esbozar (en líneas muy generales) las características de los sistemas físicos en donde encontramos la muerte. O sea, las características de los organismos biológicos.

Hecho esto, lo siguiente será presentar esquemáticamente el fenómeno de la muerte de los organismos. Para pasar luego a considerar dos cuestiones controvertidas que se plantean ante el hecho de la muerte de los organismos biológicos: la relativa a la determinación del momento preciso en que tiene lugar esa muerte, y la pregunta sobre si los organismos están abocados inevitablemente a la muerte, o si podría evitarse en principio.

El enigmático carácter dual de la experiencia humana

Como de costumbre, esta mañana, antes de sentarme frente al ordenador para continuar la redacción del libro, he salido a dar un largo paseo junto al río Wakenitz, por la senda de Eichholz.

Desde luego, el paisaje que se ofrece al espectador en la senda de Eichholz es delicioso. Y más en estas semanas de otoño, en las que los árboles van cambiando día tras día de color, y las neblinas se alternan con momentos en los que el aire es especialmente nítido, como un cristal recién lavado, y los reflejos del sol en el agua aún traen recuerdos del esplendor del verano... Sin embargo, hoy apenas si prestaba atención a toda esta gloria, porque iba pensando en cómo plantear el apartado que estoy ahora comenzando a redactar.

Si alguien se hubiera fijado entonces, quizás habría dicho que yo parecía «ensimismado». Y esa es sin duda una palabra muy certera y muy significativa. Pues podría afirmarse que había dos realidades, o dos ámbitos de experiencia disjuntos: fuera, el mundo de la naturaleza, de las cosas, de las formas, de los colores y de los sonidos; y dentro («en sí»), el mundo de los pensamientos, de las deliberaciones, de los conceptos, de las relaciones lógicas entre ellos... Y yo estaba mucho más en ese mundo interior que en el exterior.

¿Son tan distintos estos dos mundos? Indudablemente. El mundo exterior, físico, es el ámbito de la luz, de los objetos sólidos, de las fuerzas de la naturaleza, de las distancias. Es el mundo de las cosas que pesan, de las diferencias de temperatura, de las diferencias de presión, y de todas las demás magnitudes físicas. Pero, ¿qué color, qué peso, qué extensión espacial o qué temperatura tiene un pensamiento? ¿O qué delibera el agua del río?

De entre todos los filósofos, es mérito de Descartes el haber comprendido máximamente la radical distinción con la que se nos presentan estos dos ámbitos de la experiencia: el ámbito físico y el ámbito del pensamiento. Fue Descartes el que se dio cuenta de que no poseíamos conceptos comunes, aplicables para describir los fenómenos de uno y otro ámbito. Y fue este descubrimiento el que le llevó a formular su filosofía dualista: la mente (es decir, el ámbito del pensamiento) y la materia (a la que él caracteriza por medio del atributo de la extensión) serían dos realidades distintas, dos sustancias separadas, aunque puedan circunstancialmente aparecer en correlación.

En la actualidad está muy de moda criticar a Descartes por su dualismo. Pero el hecho básico sobre el que desarrolló su pensamiento sigue siendo tan cierto y tan firme como siempre: no hay conceptos comunes entre los que usamos para describir las experiencias mentales y los que usamos para describir el ámbito físico. Si en algún caso nos parece haber dado con alguna noción que pudiera servir de puente, enseguida descubrimos que se está empleando la palabra de forma analógica, y no unívoca. Por ejemplo, cabe hablar de fuerza, de energía y hasta de peso para describir un estado de ánimo. Pero en ese contexto no nos estamos refiriendo a lo mismo que cuando hablamos de fuerza o de energía o de peso en la física. Si habláramos de lo mismo, un peso en la conciencia se podría medir en kilos2 (... o quizás en miligramos...), la energía de un estado de ánimo se mediría en julios, o en electronvoltios, y la fuerza de un pensamiento la mediríamos en newtons. Lo que obviamente no es el caso.

No hay conceptos comunes que sirvan para describir aspectos de una experiencia mental y de una experiencia corporal. Y este hecho parece indicarnos que nos encontramos ante realidades de orden muy diferente.

Y sin embargo, pocos se atreven a recorrer esa línea de pensamiento hasta la radicalidad de Descartes. Y el temor a hacerlo se encuentra justificado. Pues el entrelazamiento entre ambos dominios de nuestra experiencia es tan denso, tan íntimo y tan polifacético, que este hecho se contrapone al de la tajante distinción conceptual entre pensamiento y mundo físico, y nos sitúa ante una verdadera aporía.

Concretemos un poco:

Es cierto que mientras que caminaba por la ribera del Wakenitz hoy el mundo exterior se me aparecía desdibujado, al tiempo que una tormenta muy viva de ideas se enfrentaba en mi interior buscando el planteamiento más conveniente para estas páginas. Pero no es menos cierto que la percepción del mundo exterior seguía estando en todo momento ahí, aunque no ocupara el primer plano de la escena mental. No ocupaba el primer plano, pero la mente no podía desligarse por completo de ese otro ámbito, y clausurarse en sí misma, absuelta del entorno físico.

Más aún, a veces bastaba el color rojo intenso de un arce, o una ráfaga de viento arremolinando las hojas sueltas en el camino, o un reflejo intenso del sol en la superficie del agua, para suspender la deliberación y devolverme la plena conciencia de las cosas, desplazando todo lo demás.

Item más, mi perspectiva de esas cosas dependía de la posición de mi cuerpo. Por muy desligado que parezca el ámbito interior de uno, lo cierto es que nadie puede situarse sensorialmente en cualquier perspectiva del mundo, sino solo en aquella ligada al lugar que ocupan los propios ojos y los propios oídos.

¿Y qué decir de todos los procesos corporales que estaban ocurriendo sin prestarles atención, pero sin los cuales no podría estar desarrollándose esa escena? El caminar de las piernas, el bombear del corazón, la respiración, la coordinación motora del sistema nervioso...

¿Me atreveré a seguir apuntando obviedades? Aquí va otra más: el propio pensamiento se nutría de lo exterior como punto de partida para su propia actividad. En este caso resultaba especialmente claro, puesto que el contraste entre lo que estaba percibiendo «de ahí afuera» y los procesos de reflexión interiores constituía el tema central de mis pensamientos. Pero incluso cuando el tema es otro, la mente no parece tener mucho que pensar sin el mundo físico.

Y un último detalle, tan obvio como intrigante: nuestro pensamiento se despliega gracias al lenguaje. Pero el lenguaje lo aprendemos por medio de relaciones con otras personas cuya interioridad es invisible para nosotros. Podría decirse que accedemos a lo más íntimo de nuestra interioridad gracias a la acción de cuerpos físicos exteriores: los de las personas con las que hemos aprendido a comunicarnos. Más todavía: ¿Acaso no es el diálogo la forma más efectiva del pensamiento? ¿Y no es el diálogo una relación en la que el pensamiento nos llega a través de los sonidos y gestos corporales de los interlocutores?

Doy por hecho que a estas alturas el lector debe hallarse entre divertido y molesto de atender a semejante sarta de perogrulladas. Pero las he apuntado aquí porque son estas perogrulladas, y otras mil más por el estilo que podrían añadirse, las que fundan la resistencia a considerar el ámbito mental como una realidad independiente.

Sin embargo, si no es una realidad independiente, entonces, ¿qué es? ¿Acaso una segregación corporal del cerebro, como han afirmado algunos materialistas? No es tan fácil: si fuera una segregación corporal, tendríamos que ser capaces de analizar el pensamiento con conceptos físicos, y con aparatos de medida como los que empleamos para analizar otros productos corporales. Y ya he indicado algo más arriba que no podemos hacer eso. ¿Es tal vez el pensamiento un epifenómeno de la actividad del cerebro, o del cuerpo humano completo? Tampoco esa respuesta nos lleva más lejos. Porque «epifenómeno» es una palabra que solo sirve para indicar la fe en la dependencia de lo mental con respecto a la materia, pero no explica cómo surge lo mental, ni por qué, ni en realidad explica nada. (Y además presenta otros problemas, por ejemplo relativos a la libertad... pero entrar en eso nos desviaría mucho del tema en el que estamos ahora...) ¿Ocurre quizás que la mente y el cuerpo son dos perspectivas o dos dimensiones diferentes de una realidad que engloba a ambos, o que en sí no es ni lo uno ni lo otro? Tampoco esta vía se encuentra libre de objeciones, tanto por remitir a una entidad desconocida, como por los problemas que implica considerar dos dimensiones de lo mismo a dos formas de experiencia tan disjuntas, etc.

En definitiva, tenemos un hecho: el carácter dual de la experiencia humana. Y tenemos una aporía: la que se pone de manifiesto al tratar de ofrecer una explicación del origen de esta dualidad. A lo largo de una disputa que dura ya siglos (o más bien milenios), los filósofos y los científicos han venido proponiendo todo tipo de respuestas, y de objeciones a las respuestas, y de réplicas a las objeciones, y de modificaciones y matizaciones. Hasta ahora no se ha resuelto nada. De hecho, ni siquiera puede decirse que se haya avanzado en la resolución del enigma, salvo en la medida en que pueda considerarse un avance el disponer de un elenco creciente de propuestas fallidas, y de los argumentos que muestran esos fallos3.

Entonces, ¿es el hombre un cuerpo físico ligado a una mente? ¿O es un cuerpo que origina de algún modo una mente? ¿O es una realidad de la que cuerpo y mente son dimensiones, o perspectivas parciales?

Dado que ni la filosofía ni las ciencias naturales nos aclaran nada al respecto, considero que lo más honrado es dejar aquí la respuesta abierta. Más adelante, cuando tratemos de las conjeturas en torno al significado de la muerte, veremos que lo que se opine sobre la relación entre la mente y el cuerpo determina decisivamente el carácter y el enfoque de dichas conjeturas. Y trataré de aproximarme a la cuestión de lo mental desde otra perspectiva.

Pero de momento, lo que sí se puede decir es que, ya sea el hombre un cuerpo físico, o bien un cuerpo físico y algo más, o bien una realidad de la que el cuerpo es una dimensión o una perspectiva, en cualquier caso es o tiene cuerpo. Y es ahí, en el ámbito del cuerpo humano, y del cuerpo de los organismos biológicos en general, donde nos encontramos primariamente con el fenómeno de la muerte.

Por eso, el siguiente paso que debemos dar en esta indagación consiste en resumir brevemente las características de los cuerpos en los que va a manifestársenos dicho fenómeno.

Los organismos biológicos

La Tierra es un planeta que gira en torno a una estrella de tercera generación. Es decir, una estrella, el Sol, que se ha formado a partir de los restos de otra estrella anterior, que a su vez se formó de los restos de una de las primeras estrellas de nuestra galaxia. Como la síntesis de los elementos pesados se produce en esos grandes hornos de fusión nuclear que son las estrellas (y muy en especial durante las etapas finales de su existencia), el hecho de que el sistema solar se constituyera a partir de un material ya tan enriquecido en átomos pesados, hizo posible la formación de planetas sólidos como el nuestro, en el que además del hidrógeno (elemento primordial), abundan los átomos de carbono, de nitrógeno, de oxígeno, de hierro, etc.

Siendo estos los elementos que predominan en la corteza terrestre, no debe sorprender que los objetos materiales que pueblan dicha corteza no presenten gran diferencia entre sí (en la mayor parte de los casos), considerados desde el punto de vista de la composición atómica. Los átomos que constituyen una piedra, o un cristal, o un copo de nieve, o un ser vivo, son prácticamente los mismos.

Sin embargo, cuando pasamos a considerar todos estos objetos físicos al nivel molecular, las diferencias comienzan a ser ya notables. En general, las moléculas que componen los cuerpos que denominamos inertes, o inorgánicos, son muy sencillas: están compuestas de pocos átomos. Mientras que, por el contrario, las moléculas que componen los organismos biológicos suelen ser mucho más grandes y complejas. Lo cual implica a su vez que hay muchos más tipos de moléculas en los organismos biológicos. Y que sus propiedades son más variadas.

Un elemento clave para la formación de estas moléculas grandes y complejas es el carbono, porque su corteza atómica le dota de la capacidad de agruparse con otros átomos (tanto del mismo como de otros elementos), formando cadenas largas, que poseen una doble característica: tienen cierta estabilidad, pero también versatilidad. Es decir, capacidad de integrarse en estructuras aún mayores, de transformarse en otras moléculas ante la presencia de nuevos materiales, de ensamblarse fácilmente, de descomponerse parcialmente de diversos modos y, en definitiva, de producir el enorme conjunto de piezas distintas que estudia la fascinante rama de la química del carbono.

Como consecuencia, las posibilidades estructurales de este tipo de moléculas, en un ambiente adecuado, superan sin punto de comparación a las que poseen las combinaciones más sencillas de otros tipos. Y esto da lugar a que mientras que los sistemas físicos inorgánicos —como las rocas, los cristales, los metales etc.— no presentan más que un nivel estructural, o poco más (y eso significa, por ejemplo, que un cristal es siempre lo mismo, a cualquier escala que lo enfoquemos), los sistemas biológicos muestran toda una jerarquía de estructuras distintas a diferentes escalas de tamaño.

Esbozando a grandes rasgos este fenómeno, observamos que las moléculas orgánicas pueden ensamblarse en una serie de estructuras diversas (capas de lípidos, orgánulos, ácidos nucleicos) que, a su vez, se ensamblan en unidades llamadas células, que constituyen los primeros sistemas físicos considerados como seres vivos. A su vez, los organismos pluricelulares no solo agrupan grandes conjuntos de células, sino que estas se diversifican en tipos morfológicamente muy distintos (aunque manteniendo sus aspectos estructurales más esenciales), y los conjuntos de células diversificadas constituyen tejidos, y los tejidos constituyen órganos, y los órganos finalmente forman el ser vivo pluricelular. Es decir, que en un organismo vivo complejo, como son los animales, encontramos (hablando grosso modo) al menos cinco niveles estructurales distintos.

No obstante, el enfoque estructural no es más que una primera aproximación al fenómeno de la vida. Para entender mejor este fenómeno hay que pasar a considerarlo desde una perspectiva dinámica. Y para ello, un buen punto de partida puede ser la termodinámica4.

La segunda ley de la termodinámica establece que en los sistemas cerrados la entropía (que es una magnitud física asociada con el desorden estructural) siempre tiende a aumentar. Ahora bien, el hecho que he tratado de resumir en los párrafos anteriores es que los organismos biológicos se encuentran ordenados en grado sumo. Más aún, tanto si consideramos el proceso de desarrollo histórico de estos organismos (la historia de la vida en la Tierra), como si consideramos el proceso de formación de cada organismo particular, lo que se encuentra es un dinamismo de progresiva complejificación y ordenación: de las células primitivas hasta los animales más complejos en un caso, de las células reproductoras a los individuos adultos en el otro.

Esto indica claramente que los organismos biológicos no pueden ser sistemas cerrados, sino que deben estar en todo momento intercambiando materia y energía con su entorno. Y haciéndolo de tal modo que el resultado sea el aumento de orden que observamos en ellos, y la conservación luego de ese orden (... a cambio, claro está, de aumentar el desorden del entorno, puesto que la segunda ley de la termodinámica es tan inexorable como el resto de las leyes de la física).

Más aún, dado que las moléculas (mayoritariamente carbonatadas) que componen la materia orgánica son versátiles y más susceptibles de alteración que otras, la tendencia al desorden de las estructuras que componen los organismos vivos es grande. Lo que aumenta la necesidad de intercambios con el medio que contrarresten dicha tendencia.

De ahí que las estructuras de los organismos vivos sean necesariamente estructuras dinámicas, en continua interacción con el medio. Y que esa interacción pueda ser vista ante todo como una lucha por el aumento o el mantenimiento del orden frente a la tendencia natural al desorden.

Esto es, las múltiples estructuras de los organismos son estructuras que se constituyen y se mantienen por medio de una permanente actividad encaminada a que los procesos de interacción (entre sus partes y con el medio) se plasmen en un reforzamiento del propio sistema estructural, y por tanto del orden. Lo que podríamos expresar diciendo que son estructuras desarrolladas para posibilitar y aumentar las posibilidades de la autoconservación: un orden encaminado a su propio mantenimiento, y su replicación (dando lugar estos últimos dinamismos al desarrollo de procesos reproductivos, que generan otros organismos similares).

La dinámica que tiene lugar por tanto en los organismos biológicos es tal que la forma más sencilla de describir lo que ocurre es recurriendo a un planteamiento teleológico, o intencional. Decimos entonces que el organismo tiende a la adquisición, el mantenimiento y la reproducción de su estructura. Y que los distintos componentes del mismo (órganos, tejidos, células, orgánulos celulares...) realizan funciones orientadas a la consecución de estos fines.

El uso de este lenguaje teleológico no está exento de problemas. Pues ocurre que la física moderna se desarrolló reemplazando el análisis causal aristotélico (en el que la causalidad final jugaba un papel clave) por un esquema basado exclusivamente en la causalidad mecánica, que no es teleológica (en principio). Por tanto, desde el siglo XVII la causa final ha sido contemplada como un concepto a desterrar en las explicaciones científicas. Y sin embargo, no deja de ser cierto que resulta casi imposible describir los dinamismos que tienen lugar en los organismos biológicos sin recurrir a términos que suponen un fin al que tienden los distintos procesos que ocurren en dichos organismos.

Esto ha dado lugar a una de esas controversias filosóficas de larga duración, en torno a si resulta aceptable o no, y en qué sentido, el mantenimiento de las descripciones de los procesos biológicos en términos de tendencias, funciones, fines etc. Pero de cara al objetivo de esta investigación no es preciso entrar en ese tema... afortunadamente.

La muerte de los organismos biológicos

Los organismos biológicos son sin duda los objetos más fascinantes y complejos que pueblan la Tierra. Quizás existan en algún rincón del universo otras entidades aún más complejas y asombrosas, aunque me inclino a pensar que no, a la vista de que la naturaleza parece ser igual en todas partes.

El desarrollo de la ciencia moderna nos ha permitido desvelar múltiples facetas de la estructuración de los seres vivos que no eran conocidas hasta el descubrimiento del microscopio y otros instrumentos de análisis y medida. Pero incluso antes de contar con estas informaciones lo que se sabía sobre la complejidad de los vivientes (y en particular sobre la complejidad del organismo humano) bastaba para que en muchas culturas se haya afirmado que el hombre es una especie de microcosmos. También se ha comparado con frecuencia el funcionamiento de los organismos biológicos con la estructura de las sociedades humanas... lo que quizás sea incluso algo más que una metáfora, dado que las sociedades podrían interpretarse como un nuevo nivel de organización biológica.