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Todas sus historias empiezan y acaban en este lugar: Villa de la Fuente. La gente habla mucho de ellos, pero no sabe nada de lo que les pasa. Son los que se perdieron, los que andan en la droga, los que no se adaptan, los raros. El Juanillo, el Jony, Lolo, la Vanessa y el Cucaracha. Treintañeros con el pelo teñido y la música demasiado alta en el coche, beben cerveza y comen bolsas de patatas fritas, usan Tinder y se meten rayas, llegan tarde si es que llegan. Drogas, atracos chapuceros, líos en el trabajo y en el amor, mentiras y PlayStation. Todos sus problemas empiezan y acaban en este lugar: Villa de la Fuente. La gente habla de ellos, pero no tiene ni idea de qué sienten. Una novela coral, canalla pero tierna que presta oído y da voz a los que apenas pueden explicarse. Entre Faulkner y Makoki, entre Rebeldes y Carson McCullers, un libro durísimo y divertido sobre un lugar y sobre no poder salir de él.
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Seitenzahl: 472
Veröffentlichungsjahr: 2021
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La perrita Blackie sabía que la peor compañía es a veces una misma.
Por eso odiaba estar sola.
Índice
Portada
Al final siempre ganan los monstruos
Créditos
Al final siempre ganan los monstruos
Epílogo
JUAN MANUEL LÓPEZ, conocido como Juarma, nació en Deifontes, un pueblo en los Montes Orientales de Granada, en 1981. Desde los catorce años dibuja y escribe, aunque la mayoría de las cosas que ha escrito permanecen inéditas (aún) y sus ilustraciones están casi todas descatalogadas. Es, no obstante, un referente en el mundo del cómic underground.
Ha publicado tebeos y fanzines como Me gustas pero dentro de un nicho (autoeditado, 2020), Historia inventada del punk, con guiones de Jorge B. Ortiz (Ondas del Espacio, 2017), Romance neanderthal (Ultrarradio, 2016), Amor y policía (Ultrarradio, 2014) o Libertad para lo mío (Ultrarradio, 2013), entre muchos otros. Ha trabajado como jornalero, obrero de la construcción y camarero, entre otras muchas cosas. También autoeditó un poemario, Poemas escritos a navajazos (2017), casi dos décadas después de haberlo escrito.
Al final siempre ganan los monstruos es la primera novela que publica. Fue escrita entre octubre y diciembre de 2017 en un Club de Lectura que él mismo creó en una red social. Participaron sesenta y cinco personas, para las que Juarma escribía sobre la marcha, sin guiones e ideas previas. El entusiasmo de sus lectores hizo que finalmente entrelazase las tramas, y que crease alrededor de los personajes todo un mundo ficticio que sin embargo se antoja de lo más real.
Diseño de colección y cubierta: Setanta
www.setanta.es
© del texto: Juan Manuel López, 2019 © de la edición: Blackie Books S.L.U. Calle Església, 4-10
Calle Església, 4-10
08024 Barcelona
www.blackiebooks.org
Maquetación: Newcomlab
Primera edición: junio de 2021
ISBN: 978-84-18733-30-7
Todos los derechos están reservados.
Queda prohibida la reproducción total o parcial de este libro por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, la fotocopia o la grabación sin el permiso expreso de los titulares del copyright.
«Mamá dice que todos mis errores servirán como lección».
Centavito, ROMEO SANTOS
Supongo que a todos nos pasan cosas raras. Ya sabes. La típica basura que muchos piensan que son movidas paranormales. Nunca le he dado mucha importancia a estas paridas y siempre lo he achacado a que no debo estar muy bien de la cabeza. Ni tan siquiera soy capaz de recordar cómo empezó o cuándo fue la primera vez que sentí miedo. Porque, tío, que soy el puto Lolo, ¿cuándo me has visto tú a mí tenerle miedo a nada? Bueno, tal vez a mi padre cuando me pegaba de niño y no sabía defenderme. Siéntate, Dani. Pedimos otro par de cervezas, ¿no? ¿Qué te pasa, tío? Estás cuajado. Voy al baño a hacerme unas rayas y enseguida te lo cuento. Pasa tú cuando salga, a ver si te espabilas.
Al principio era una luz amarilla, como un destello en un ángulo muerto de los ojos. No sé, no soy muy entendido en esto y supongo que tendrá algún nombre más científico. Pero vamos, tú entiendes lo que te quiero decir. Sí. Como un parpadeo que cuando giras la cabeza ya no está. Como si apareciera una estrella fugaz y de repente se esfumase. Como la luz de un teléfono móvil cuando tienes una notificación. Solo que mido uno ochenta y tres y la luz la veo a la altura de mis ojos. Es imposible que sea el móvil. De hecho, muchas veces lo siguiente que hago es ubicar el teléfono, queriéndome convencer de que se trata de eso. Pero qué hostias. No. Al principio era ocasional. Ya sabes. Ir de noche por la calle y ver la luz. Estar leyendo un libro y ver la luz. Hablar con alguien y girar la cabeza porque he visto la luz. No le daba mucha importancia. Pero llevo mucho tiempo en que la puta luz me está rayando un poco y no he sido capaz de contárselo a nadie.
La luz aparecía constantemente, sobre todo por las noches. Llegué incluso a googlear «VEO UNA JODIDA LUZ Y CUANDO MIRO YA NO ESTÁ». Pensaba que igual era algún síntoma de alguna enfermedad mental o alguna cosa más grave. Pero no encontré nada que me aclarase un poco qué coño era eso. Es decir, tampoco voy a ir a ver al payaso de mi médico. Mi historial médico es vergonzoso. Ya sabes que tengo antecedentes penales por agresiones y otras movidas, que he acabado un montón de veces en Urgencias, y solo me faltaría ir una mañana a decirle que veo lucecitas. Me encierran en una habitación acolchada y tiran la llave. Seguro que él lo achacaría a que dejé de tomar sin consultarle los antidepresivos con los que me trató tres años, obligado por aquel puto juez. Claro. Es lógico pensar eso. Médico no es cualquiera, tienes razón. Pero vaya, que la agresividad no me la quitaban las putas pastillas y solo me ha dado problemas lo de tomar esa puta basura tanto tiempo. Espera. Voy a volcar otro par de lonchas. Dile a ese payaso que nos llene.
Pero joder, Dani. Es que ya no era solo la luz. Empezaron los putos sueños raros y las pesadillas. Sí, una movida. Al principio parecían solo sueños. Yo qué sé. Pues los normales. Los que tiene todo el mundo. Eran siempre iguales. Me tomaba el Diazepam para poder dormir, me entraba la modorra y la luz empezaba a parpadear a mi izquierda y a mi derecha. Luego me quedaba dormido y me pasaban esas putas cosas raras. Vale, son solo sueños. Pero qué hostias. Te juro que me quedaba dormido y me despertaba no-sé-dón-de. En otro puto sitio. Hasta notaba que estaba en otra parte de un modo físico. Claro, pues lo flipaba bastante. Pero también sentía miedo, porque el sitio donde iba era extraño y no podía despertar cuando quería. Y joder, Dani. Que tú sabes que no le tengo miedo a nada. Que te estoy hablando en serio, tío. Las primeras semanas los sueños raros se convirtieron en eso: iba al lugar extraño, me escondía porque sentía el puto miedo y observaba. Sí, raro de cojones. Frío y como algo futurista, como una película mala de ciencia ficción. Había sombras que parecían algo así como personas. Era como estar aquí, pero de una forma diferente y tenebrosa. Las putas sombras pasaban de mí al principio, no me hacían caso. Entonces, con los días, me fui acostumbrando. Sí, claro. Es verdad. Una pena no poder hacer fotos para subirlas a las redes sociales. Ja, ja. Aquí, sufriendo. Veo el pie de la foto.
Pero es que no tiene ni puta gracia, tío.
Me aterraba ver la luz amarilla. Te juro que se me erizaba la piel. El otro día estuve de fiesta y me acosté a las dos o las tres de la tarde. Pfff, ya te digo si tardé en dormirme. Pero lo hice. Dos o tres diazepames. Hacía mucho calor y me pesaban los brazos y los pies. Cambiaba de sitio cuando sentía el hormigueo por el cuerpo y zas, llegaba allí. Pero ese sueño no fue como los otros. Una de las sombras me miraba. Le dio por ahí. Pero no se parecía a las otras sombras. Tenía cara, ojos y manos. Y daba mucho mal rollo. Tenía la boca enorme y unos dientes monstruosos. Joder, pues claro que me asusté. Allí no me sentía tan fuerte. Allí nadie se acojonaba al ver mis cicatrices. Me sentía como cuando mi padre me pegaba y lo único que podía hacer era esconderme y llorar. Intentaba escapar de ella pero la puta sombra con dientes me seguía a todas partes. Hasta que le eché cojones, me paré delante de su puta cara y le grité que me dejara en paz, que era mi puto sueño raro y que no pintaba nada allí. Sí, claro, me puse hasta chulo y acabé gritando: «Vete de aquí, hija de puta»; repetidas veces. Y la sombra con cara, ojos y manos desapareció. Y claro, me sentía como cuando le parto la cara a algún estúpido en una discoteca. Sí, me sentía como de normal y fue el primer momento en que no tuve miedo dentro de los putos sueños raros. Era valiente y duro como siempre. Pero justo cuando dentro del sueño pensaba (qué movida, ¿no?, pensar dentro de un puto sueño) que no sentía miedo, el brillo de una luz amarilla me cegó un poco. Entonces la puta sombra con los dientes grandes me agarró del brazo y me lo retorció. No podía soltarme y ella, porque la jodida sombra tiene la cara de una mujer, tiró de mi brazo y me apretó contra su cuerpo. Como si me fuese a estrangular. Intenté resistirme pero era como mil veces más fuerte que yo. Me sujetó el cuello y su boca asquerosa quedó justo al lado de una de mis orejas. Y comenzó a chillarme. No entendía lo que me decía porque estaba intentando zafarme, soltarme y patearle la cabeza. A cada golpe ella me apretaba más. Me hacía daño. Y me gritaba con una voz espantosa. Algunas cosas ya sí las iba entendiendo, pero otras no. ¿Que qué me decía? Eso no te lo puedo contar, Dani. Son movidas mías que no debe saber nadie. Lo siento, tío. Ya bastante tonto me siento contándote esto. Pues eso, que volví a sentir el puto miedo y sabía que la única forma de que la puta sombra dejara de hacerme daño era despertar. Pero joder, es que no podía. Cada vez la golpeaba más fuerte, pero no me soltaba. Gritaba, pegaba puñetazos con todas mis putas fuerzas, pataleaba, intentaba incluso morder, pero no podía salir de allí. Estaba tan angustiado que dentro del sueño perdí el conocimiento. No sé lo que pasó después.
Cuando desperté eran las tres de la madrugada. Llevaba como doce horas en la cama. Estaba sudando y me costaba respirar. Encendí la luz y observé cómo me sangraban los nudillos de ambas manos. Tenía arañazos en el cuello, en la cara, en las piernas y en la espalda. Y mira que me han metido hostias y tengo la piel tan dura como la de un lagarto. Lo primero que pensé fue, y joder, no te rías, que te reviento un tercio en la puta cara; tengo que llamar a la policía. Pero me pareció una idea tan absurda que me calmé un poco. Intenté respirar hondo, controlar la puta ansiedad y contar hasta diez, como me enseñó mi médico. Acabé contando hasta cien, mientras tomaba aire como un subnormal. Me fijé en que había sangre en el cabezal de la cama y en la pared con la forma de mis nudillos, por lo que deduje que todo había sido una maldita pesadilla y que me había pasado la noche dándome hostias con todo lo que alcanzaba a mi alrededor. Pero estaba muy acojonado. Salí de la cama, me di una ducha fría, me puse algo de ropa y me fui a la calle. Serían las cuatro y pico de la mañana. Claro, en el Paranoid que me metí. Esto me pasó hace tres días. Sí, por eso te decía que llevo tres días sin dormir y sin comer. ¿No ves la puta cara que llevo, Dani? Me llegan las putas ojeras al suelo. ¿Has visto cómo tengo de reventadas las manos? El tatuaje que me hizo Álex en el puño da puto asco de mirarlo. Mira mis brazos, tío. Me paso todo el día en la calle, bebiendo con unos y con otros y poniéndome hasta el culo porque no quiero volver a dormir nunca. Ni siquiera me he presentado en el trabajo. Que les jodan. Que sí, tío. De farlopa nada más. ¿Qué os ha dado para comerme la cabeza con el puto basuco? No me rayes, tío. ¿Que si he vuelto a ver las luces? Espera, vamos a pedir más cerveza. Voy al baño a hacer más rayas, vuelvo rápido. Disimula cuando entres, que como nos diga algo le arranco los dientes de un cabezazo a ese puto camarero subnormal.
No, esta coca no es de Jony. Que le jodan a esa rata. Bueno, deja que termine de contarte esto, joder. Que me cuesta, tío. Que no es una puta broma, Dani. Pues eso. Que si había vuelto a ver las putas luces. Anoche estuve de fiesta con el Liendres. Nos fuimos del Paranoid a las cinco de la mañana. Sí, imagina cómo estábamos. Salimos, nos encendimos un cigarro y echamos a andar para buscar el puto coche del Liendres, que lo había dejado a tomar por culo. Como me veía muy pasado, me dijo que me acercaba a mi piso y que seguíamos metiéndonos coca allí, que ya sabes que al Liendres se la suda ir de empalmada al taller. Cuando llegamos al coche, su polla se para a liarse un porro. Voy a abrir la puerta para meterme dentro y volcar unas lonchas para el camino, pero antes de montarme en el Seat León, giro la cabeza nervioso porque he visto otra vez la puta luz amarilla. Pero, y flipa con esto, el Liendres con el puestazo que lleva dice que también la ha visto. Me pongo nervioso, un poco agresivo, le interrogo sobre la luz amarilla y él jura que la ha visto. Sigo intentando sonsacarle algo, con ganas de soltarle una hostia por si me está vacilando, cuando de repente me dice:
—Tío, pues no veas cómo te mira esa pava. Creo que le gustas.
Pálido y acojonado, te lo juro Dani, me doy la vuelta. Y allí está la puta sombra de los dientes grandes. Sentada en la parada de un autobús, al lado de un puto anuncio de Juego de Tronos. Me mira y se ríe, mostrándome su dentadura asquerosa. El Liendres dice que caí redondo al suelo. Mira, aquí en la cabeza tengo la brecha que me hice al golpearme contra el asfalto. Me llevó a Urgencias porque no había forma de espabilarme y se asustó. Hace un rato me he despertado y no sabía ni dónde estaba, me he arrancado las vías de los sueros y he salido de allí corriendo. El Liendres se fue a trabajar cuando le dijeron que había sido por llevar tantos días sin comer y metiéndome farlopa, que estaba fuera de peligro. Normal. Ya sabes cómo son los putos médicos. La murga que te dan cuando te da un chungo por la droga. Yo también me hubiese pirado. Ni he pasado por el piso a cambiarme, mira las marcas de las vías, tío. Me fui a casa de la tía esa a la que me follo a veces para pillarle más coca. Luego he llamado al Liendres y jura por su madre que había una mujer allí, pero que parecía tan borracha que ni siquiera hizo por ayudarle cuando perdí el conocimiento. Que no se acuerda de cómo tenía la puta boca. Luego te he llamado a ti porque esta puta mierda se la tengo que contar a alguien. Solo lo sabéis tú y el Liendres. ¿Que qué voy a hacer? No me jodas, a un médico no le cuento esto en la puta vida. Que no, Dani. No me toques los putos cojones. ¿Lo que voy a hacer? Pues no voy a dormir. Ese es mi plan. Aquí no le tengo miedo. Anoche me pilló de sorpresa. Que le eche cojones a venir a cogerme otra vez del brazo y decirme esas cosas que nadie debería saber. La estoy esperando.
Dani me gritaba:
—¡Lolo! ¡Lolo!
Después estaba cubierto de sangre. Supongo que fue mi puta culpa. Suelo ser prudente y siempre que me subo a un coche lo primero que hago es ponerme el puto cinturón de seguridad. Pero no sé en qué hostias estaba pensando para no hacerlo. Ya sabes. Vas colocado, hablando por los codos, sin saber muy bien dónde estás y zas. Frenazo y sales disparado contra el cristal. Menos mal que este no se rompió y no acabé rodando por la calzada.
Me incorporé sin saber muy bien qué había pasado. Dani se sacó el cinturón, apagó la radio e intentó calmarme y ver qué me había hecho en la puta cabeza. Su nerviosismo me tocaba un poco los cojones y me cabreó muchísimo. Le empujé, me lo quité de encima y le grité que no me había pasado nada. Dani se puso pálido. Yo estaba algo conmocionado y solo era capaz de concentrarme en la sangre que me cubría los ojos.
La brecha que me hice en la frente es muy aparatosa pero no parece grave. Llevo unas semanas en las que no me caben más heridas en el cuerpo. Dani paró la hemorragia con un paquete de clínex. A mis pies y bajo el asiento quedó un puñado de pañuelos ensangrentados. Me preguntó cómo estaba y le respondí que bien. Me preguntó, acojonado, que por qué no llevaba puesto el cinturón y me eché a reír. Me dijo que bajaba porque creía que había atropellado un gato. Salió del coche y yo tras él, sujetándome la frente con un clínex empapado de sangre. Eran las seis de la mañana y la calle estaba oscura. A unos metros del coche encontramos al gato muerto. Nunca lloro, pero por el ciego que llevaba o por el golpe o porque llevo un tiempo muy gilipollas, me emocioné un poco, se me hizo un nudo en el pecho y casi se me escapa una lágrima. Dani dijo que nos fuésemos de allí cagando leches, que como nos viese alguien nos metíamos en un lío. Me puse muy cabezón para que hiciésemos algo. Después de discutir un poco y amenazarle con patearle la cabeza, Dani aparcó el coche y decidimos quitar el cadáver de la carretera.
Llevaba una camiseta en una bolsa detrás del coche. Sin darle muchas vueltas y algo alterado, la saqué y fui hacia el cadáver, cubriéndome todavía la frente con un clínex. Dani estaba nervioso y paranoico con la idea de que pasase algún coche de la policía, nos cacheasen y nos metiesen un paquete, así que me hice cargo de la situación. Extendí la camiseta, cubrí con ella al gato, le di la vuelta y me lo llevé en el regazo hasta la acera. Dani, en su paranoia, insistió en que nos fuésemos de ahí y en que tirase el gato a un contenedor. Que los putos gatos negros traen mala suerte. Volvimos a discutir y lo convencí, más por sus ganas de salir corriendo y el miedo que me tiene, de dejarlo al lado del contenedor pero a la vista, por si alguien lo había perdido y estaba buscándolo. Lo dejé envuelto en la camiseta, lo miré por última vez, se me volvió a hacer un nudo en el pecho y me fui hacia el coche. La herida de la frente ya había dejado de escupir sangre y me encendí un cigarro mientras Dani, paranoico perdido, me acercaba a casa. Era el colofón perfecto a una noche jodidamente rara.
Por la tarde había ido a comprar unos discos y me había liado, para variar. No puedo poner un puto pie en la calle sin montar el follón. Llamé a Dani, que todavía pone cara de susto cuando me ve desde que le conté lo de que veo putas luces, pillamos unos cuantos gramos y nos fuimos al Music Club. Al rato de estar en el Music Club me encontré a una de las amigas de María, que nunca recuerdo cómo coño se llama. A sus amigas nunca les he caído bien, y lo entiendo. La saludé, fui sociable un minuto o dos y tal y nos volvimos a la barra. Al poco su amiga se acerca, más simpática de lo habitual, y comienza a darme conversación. Yo drogado. Que si esto, que si lo otro. Me dice que María está bien, que ya me vale no preguntar por ella, que igual se pasa en un rato. Aunque voy hasta el culo de cocaína y me da mucha vergüenza que María me vea así y por eso siempre la evito, decido no huir del Music Club. Llevo mucho tiempo sin verla, aunque siempre hemos mantenido contacto por teléfono o por las redes sociales. Estuvimos juntos un tiempo y nos quisimos mucho, pero ella al final acabó dejándome por ser un monstruo y un mentiroso, algo que entiendo perfectamente.
Cuando entró por la puerta del Music Club me hice el tonto y seguí hablando con Dani. María me vio y se acercó, con una sonrisa preciosa. Yo estaba como en una nube, no sé si por el alcohol y la cocaína o por tenerla a un metro de mí. Hablaba, me abrazaba, volvía a sonreír y en mi puto corazón, que he aprendido a tener escondido, era como si se hubiese desatado una tormenta tropical. Dani se fue al baño a meterse una raya y me dejó a solas con María, así que le pregunté si le apetecía una copa. Ella se quedó un rato conmigo. A pesar de vivir en la misma ciudad, apenas nos hemos visto cuatro o cinco veces desde que lo dejamos hace seis años. Le pedí un cubata de ron. Hablamos. Nos reímos. Me preguntó que dónde iba con una bolsa. Le enseñé unos discos que me había comprado en Subterránea, una tienda de tebeos donde suelo comprar vinilos heavies de segunda mano, frente al Plantabaja: uno de Black Sabbath, Sabotage y otro de Thin Lizzy, Bad reputation. También llevaba una camiseta de Guadalupe Plata, un grupo de blues-rock que conocí gracias al Potas y del que me hice fan. Cuando María extendió la camiseta se partió de risa y me dijo:
—No me puedo creer que ahora te gusten los Guadalupe Plata.
De sus amigas, Lorena me odia especialmente. No ya por haberme portado mal con María, sino porque está convencida de que Chimo, el puto subnormal de su hermano, se metió en la coca por mi culpa. Tampoco le puse una pistola en el cuello en el caso de que fuera así. Lorena se acercó con mala cara y le dijo a María que se cambiaban de pub. Dani se dio cuenta de la movida a lo lejos, se acercó e intentó hacerse el simpático, pero no coló. María se despidió y se marchó. Mi corazón volvía a la calma a cada paso que daba hacia la puerta. Dani y yo llenamos. Nos pasamos toda la noche de la barra al baño. Cuando cerraron el Music Club nos quedamos allí dentro, porque somos colegas de los dueños, fumando, bebiendo y metiéndonos rayas. Salimos a las cinco de la mañana o así, y Dani me dijo que me llevaba al piso, que ni de coña me dejaba solo por ahí porque ahora todos están encima de mí como si fuese un puto bebé. Además, somos casi vecinos. Pues nada, tocaba retirada. Echamos a andar, encontramos su coche y nos subimos. Iba a ponerme el cinturón, pero en lugar de hacerlo le quité voz a la radio porque Dani había puesto al puto Romeo Santos a toda hostia. Al rato le pasamos por encima a un gato.
Cuando llegué a casa me di una ducha, me limpié la herida y la cubrí con una gasa y esparadrapo. Me senté en el sillón y puse la televisión. Tomé un puñado de diazepames, porque sabía que no iba a ser capaz de dormir. Me encendí un cigarro, me puse unas cuantas rayas y me acaricié el chichón, cubierto con una gasa, y la brecha, ya curada, que me abrí hace unas semanas. Me eché también agua oxigenada en las heridas que me hice en los puños al golpear las paredes de los baños del Paranoid y las paredes de mi dormitorio algunas noches. Pensé en María y en el gato que habíamos atropellado. Y entonces me di cuenta de que había cubierto el cadáver del gato con la camiseta de Guadalupe Plata que compré por la tarde en Subterránea. A pesar de la pena y la rabia que sentía me hizo hasta un poco de gracia. En Teledeporte estaban echando los campeonatos de atletismo de no sé dónde. Cuando los diazepames empezaron a hacer su puta magia, me fui a la cama.
Me desperté a las tantas de la madrugada del día siguiente, con el cuerpo hecho un puto acordeón. Las pesadillas habían vuelto a ser espantosas. Había otra vez sangre cubriendo la pared y las sábanas. Los puños los tenía amoratados y cubiertos de sangre seca. La cabeza me dolía bastante y lo primero que hice al despertarme fue darme una ducha fría y volver a limpiarme la herida de la frente y las de las manos. Busqué el teléfono, que estaba todavía en los pantalones que me puse el viernes. Tenía un montón de llamadas perdidas y wasaps que supuse serían del paranoico de Dani, pero antes de responderle decidí abrir el Instagram para ver si María había subido alguna foto, alguna cita bonita o algo que significase cualquier cosa, por pequeña que fuera, sobre nosotros. Pero, joder. En su Instagram había un cartel de SE BUSCA GATO:
«Gato negro de ojos amarillos de año y medio, pesa unos seis kilos. Perdido en zona de Traumatología el día 13 de octubre. Se llama Mordisquitos. Llamar a Lorena: 6135451666».
Si lo contara, la gente me diría: «Juanillo, estás como una puta cabra». Ya, ya. Pues no sé qué pollas se me pasó por la cabeza. A veces soy un poco peliculero, ya sabes, me monto mis paranoias. Quizá mi mama tiene razón y la culpa es de las películas de kung-fu que veo a todas horas desde que era un chavea. Pero yo qué sé. Bueno, yo soy así. Y no voy a cambiar ahora con cuarenta y tres años recién cumplidos. ¿Qué hago, mama? No puedo parar el tiempo, volver atrás y en lugar de fundirme los dineros alquilando VHS en el videoclub del Liendres haber invertido ese tiempo y esa pasta en algo de más provecho. Ya es tarde, ¿no? Es decir, ¿qué sentido tiene pretender cambiar las cosas? Las cosas son así y ya está. Unas veces todo te sale de cara. Y otras veces, como esta, todo te sale de culo. Y nada, allí estaba yo en la casa del Jony. Se me ocurrió que por si acaso debería tener algo para poder defenderme. Bajé al garaje y allí, en ese nido de urracas, entre las herramientas que tenía de cuando hace de albañil, vi un poste redondo de madera de pino, con acabado en punta, y me dije: pues me llevo esto.
¿Qué hacía yo en casa del Farriao? La vin, compae. Digamos que tampoco tenía nada mejor que hacer. No tengo faena estable, no tengo pareja, no tengo hijos. Me paso los días y las noches en los bares del pueblo, bebiendo con unos y con otros y metiéndome coca, que es lo que más me gusta hacer en el mundo. La gente muchas veces dice, no veas el Bruce Lee, qué finico se pone todos los días. Pero a mí me da igual. Es decir, cá uno es cá uno, nunca he querido muchas complicaciones y me la suda todo. También tengo fama de tener buen corazón y saber tener la boca cerrada, por lo que no paso desapercibido en este pueblo de chivatos, hipócritas y tontos del culo. Vamos, que mis camellos y la gente con la que alterno me aprecian. Y para mí eso vale mucho.
A veces, no sé, pero mi mama por ejemplo se preocupa. O me quiere apalancar con todas las divorciadas o las solteronas del pueblo y yo le digo:
—Mama, para chatarra ya estoy yo. Y la única mujer en el mundo que quiero es a ti.
Y ella me sonríe y me atusa el pelo y yo vuelvo a sentirme un niño. El niño de mi mama.
Y nada. Estaba en el bar del Cucaracha, con mis cervecicas, a mi puta bola, leyendo el periódico, pensando en mis cosas. Y en esto que llega el Jony del Farriao con su novia. Nos saludamos, se sientan conmigo y pedimos más cervezas. Yo ya con la mosca detrás de la oreja porque el Jony no suele ser tan simpático, ¿sabes? Es un fullero y un avaricias. Bueno, a ver, me aprecia mucho y tal. Somos muy amigos. Tenemos nuestras historias. Pero como le compro la coca y él siempre lleva el rollo ese en plan misterioso, pues me extrañó un poco su calidez y simpatía. Hasta que me lo soltó:
—Juanillo, me tienes que hacer un favor.
—Claro, Jony, lo que te haga falta.
—Mira, tengo que ir esta tarde al dentista. Y Vanessa se ha empeñado en que nos quedemos luego por ahí. Nos pasaremos por la Batanga a ver tocar a los Apache. ¿Sabes quiénes son? Joder, menudo grupazo. Tocan versiones de Queen y todo eso.
En ese momento pensé para mí: macho, como me diga de ir con ellos a ver a esos putos ennortaos, me ahorco en el baño ahora mismo. Pero no. Va y me dice:
—Pues eso, Juanillo. Que tengo las plantas de marihuana casi para cortarlas y no quiero dejarlas solas, que ya sabes que aquí no te puedes fiar de nadie. Que a ver si puedes pasar luego por mi casa y estar pendiente. Te dejo unas litronas en la nevera y un par de gramos de coca por hacerme el favor. Tienes la consola. Y está Linda para hacerte compañía.
—Claro, cuenta con ello.
Vamos, el plan era bueno. Cerveza, coca, unas partidicas al Call of Duty online. Además, estaba Linda. Linda es una rottweiler que no tendrá más de cinco años y pesa como dos mil kilos. Así que tranquilo iba a estar. Hay que ser muy tonto para meterse en la casa del Jony con ese adefesio allí y con la famica que tiene mi colega.
—Y mira, debajo del sofá tengo una escopeta cargada por si cualquier cosa. Si entra alguien y la sacas, los intimidas, no se te ocurra pegarle un tiro a alguien de verdad.
Yo me reí. Vamos, Jony. Ya me conoces. Me gustan las artes marciales, pero soy pacifista. En la puta vida voy a coger una escopeta, hombre. Así que Jony me suelta las llaves y me dice que cuando quiera tire para su casa. Pues de puta madre, Farriao. Nos despedimos, paga Jony, voy a casa, me afeito, me doy un fregao, me pongo un chándal con una camisa debajo por si hace frío por la noche, le digo a mi mama que llegaré tarde, que igual luego cenaré en la pizzería del Costacurta viendo el fútbol, le doy un beso y me tiro a casa del Jony, que está a tomar por saco, en el camino que lleva a la Fuente de la Viña.
Cuando llego, salgo al patio a acariciar a Linda. Siempre me hace muchas fiestas cuando me ve porque una vez cuando estaba pequeñica le saqué una astilla de madera que se le había clavado en la encía con mis manos. Ni de puta coña le meto la mano en la boca a esta bicharraca ahora. Me paso dentro, enciendo la televisión, busco la caja del FIFA, vuelco, me preparo un puñado de rayas, me saco un litro de la nevera. Voy a poner la consola cuando me doy cuenta de que el cabrón del Jony tiene en una estantería el DVD de Acorralado, de Sylvester Stallone. Una puta edición especial, con extras. Joder, macho. Perfecto. Pongo el DVD, me siento en el sillón, me apalanco con mi litrico, mis rayas y Rambo. Era todo perfecto, ¿qué más podría pedirle a la vida en ese momento? Al rato, cuando John Rambo está en el puto bosque repartiendo tiquillazos a los policías, Linda empieza a ladrar. Ya se ha hecho de noche y me digo a mí mismo: ¿qué pollas le pasa a la puta perra? Voy a mear primero y luego me asomo al patio. Linda está nerviosa. No me acerco para que no se ponga jartible y me dé la noche. No se ve nadie. Linda deja de dar por saco y se tumba en el suelo, tranquila. Con tó y con eso me fumo un cigarro allí en la puerta, como para que si algún eszichao quiere entrar al patio no me vea. No hay ruidos. Todo bien. Y me meto dentro a ver terminar la peli. Qué pasada Acorralado. Qué malafollá el sheriff. Mil veces que la he visto y no me canso nunca. Acaba la peli, Rambo le suelta el rollo al coronel Trautman entre sollozos y lamentos... y el coronel Trautman lo abraza. Y yo súper emocionado, la piel de gallina.
En eso que empiezo a montarme la película en mi cabeza de qué pollas hago si viene alguien. Hago un paracaídas y me vuelco lo que queda de uno de los gramos. Me preparo las chanfletás con el DNI, que lo tengo hecho peazos y pegado con cinta adhesiva, y un chivato del tabaco. Me meto un puñado haciendo un turulo con un cupón que le compré el día de antes al Juan Miguelete y que no había tocado. Pero me da por cavilar y es entonces cuando decido ir a buscar una machota al garaje de Jony. Por si acaso. Que no te puedes fiar de nadie. Enciendo la luz, bajo y no encuentro nada. Tampoco quiero revolverle todo y que se piense el agonías que intentaba randarle algo. Arriba está la escopeta, pero yo no sé ni quitarle el seguro. Entonces veo el puto poste de madera, apoyado en una esquina. Si John Rambo con un cuchillo monta esos follaeros y pone como una vara verde a la guardia nacional, con esto me apaño bien en caso de emergencia, pensé. Subo, salgo al patio y dejo el poste de madera al lado de la puerta. Y Linda no ladra. Sigue tumbada en el suelo, muy tranquila. Está oscuro y la veo desde lejos, pero parece un poco atontoliná. Pienso que igual se ha comido las bajeras de alguna planta de marihuana, porque quien sea me dijo una vez en el bar del Entretenío que los perros a veces comen hierba para purgarse o algo así. Me enciendo un cigarro y Linda a lo lejos ronronea de un modo tan lastimero que me hace incluso risia. La miro, allí en la penumbra, y pienso: menudo pedal llevamos los dos. Vuelvo a entrar a casa del Jony, saco de la nevera otro litro, me meto un par de rayicas generosas, me pongo a leer la cubierta de Acorralado y justo en ese momento, mientras me recoloco la nariz con una mano y sujeto el DVD con la otra, escucho un ruido. ¿Pero qué pollas?, pienso. Sin encender las luces que van hacia el patio, camino sigiloso, abro la puerta y veo una sombra donde están las plantas. Agazapado, intento controlar la situación y veo que hay otra sombra cerca de la tapia. Con dos puedo, me digo. Como si fuese Rambo. Agarro el poste de madera a estilo compae y salgo como follasca hacia las sombras. Linda creo que la ha espichao porque ni siquiera ha ladrado ni se ha puesto en pie.
Al primer hijoputa que alcanzo le meto un talegazo con el poste de madera y cae redondo al suelo. El que hay cerca de la tapia, en lugar de salir escopeteao, se aprieta el cordel de la capucha de la sudadera para que no le vea la cara, levanta los puños y viene a por mí. Me endiña una patada voladora en la barriga y me estampo contra la alambrada metálica del huerto. Pero no caigo, pillo impulso y le meto un mantimplazo con el poste de madera en la boca que noto hasta como le han saltado un par de dientes. Los veo volar. Se quedan esnoclaos en el suelo los hijoputas. No puedo controlar el subidón de adrenalina. Lo primero que hago es acercarme a Linda y, gracias a Dios, parece que respira. Justo en ese momento, cuando noto la respiración de Linda, me incorporo y miro a ese par de espundias tendidos en el patio. ¿Y sabes lo que se siente? ¿Recuerdas cuando John Rambo le mete una pedrá al alicóptero y tira a un policía esaborío? ¿O cuando Zlatan Ibrahimović marca un gol y se señala el dorsal de su camiseta con esa cara de farruco? ¿O cuando tu mama te atusa el pelo y te dice lo mucho que te quiere? Así me sentía yo. Flotando en una nube de adrenalina y coca. Ardiendo como un ciquitraque. En ese instante volví a mirar los cuerpos tendidos en el patio y pensé: ¿cómo pollas saco a estos dos pencos de la casa del Farriao? ¿Quiénes serán? No les había visto las putas caras. ¿Lo llamo por teléfono y le fastidio la noche o me las apaño yo? Claro, estaba de subidón. Me sentía el rey de España. Eso es lo último que recuerdo. Después todo se volvió negro.
Desperté a los ocho días en el hospital. Tuve un trauma moderado. Me hicieron un coma inducido en la UCI, con intubación endotraqueal o algo así. Me entubaron y estuve en tratamiento. Todavía me duelen partes de mi cuerpo que ni sabía que existían. Me sacaron las túrdigas. Tengo un coágulo en la cabeza. En la boca me han reventao a cachos cuatro dientes. La nariz me la han dejado hecha mistos y tengo rotas un par de costillas, que gracias a Dios no se me clavaron en los pulmones. Los médicos dicen que es un milagro que siga con vida, teniendo en cuenta también que mi supuesta adicción a la coca dificultó muchas cosas cuando me llevaron a Urgencias. Cuando abrí los ojos y vi a mi mama, acurrucada en una silla del hospital, me quise morir. Poco a poco pude empezar a hablar. Vino la Guardia Civil a hacer putas preguntas. Me visitaban los conocidos del pueblo. Todos querían saber qué había pasado, pero yo me escudaba en que no recordaba nada. Los médicos justificaban mi coartada diciendo que una de las secuelas del coágulo que tenía en la cabeza era la amnesia retrógrada. Que es algo así como que no recuerdas una mierda de la jangá que te ha pasado, ni siquiera de los días anteriores al traumatismo. Pero vaya si me acordaba. A mí, cuando me la hacen, no se me olvida. Tengo una cabeza y una memoria privilegiadas. Mi mama lloraba y yo solo podía apretar los puños entre las sábanas de la camilla del hospital mientras el corazón me estallaba en mil pedazos.
La mañana que desperté mi mama se fue al pueblo a descansar un poco. Tuve muchas visitas y se quedó conmigo el Priscos, que trabaja de repartidor y tenía el día libre. Me trajo unas revistas de motociclismo, el Marca, el Interviú y unos zumos. Me insistió el espabilao en que le contase qué pasó, pero yo, con mi careta de misterioso, le dije que no recordaba una polla. Y justo al mediodía, llegó el Farriao. Me dio un par de besos y se sentó al lado de la cama, mirándome con una falsa cara descompuesta. Estuvimos un rato los tres hasta que Jony le dijo al Priscos que bajase a comer, que le hacía falta descansar un poco, que él se quedaba conmigo. Cuando salió el Priscos, Jony cerró la puerta de la habitación, se aseguró de que el viejo que estaba en la cama de al lado dormía, se acercó y me dijo:
—Joder, lo siento mucho, Juanillo.
Empezó a fingir llorar, pero solo le salían unos gemidos bochornosos. Le pregunté que cómo pollas llegué al hospital. Que me contase la verdad. No la retrajila que me habían dicho mi mama y los que habían venido a verme. Pero antes me preguntó con cara de loco que si sabía quiénes eran. Que los iba a matar. No, Jony, no les vi las putas caras. Se le notaba cabreado. Volvió a hacer el teatrico de llorar y arrastraba las palabras por su garganta como en un culebrón de la tele. Me dijo que Linda estaba bien, que se había recuperado y me enseñó una foto suya con el móvil. Que solo se llevaron un par de plantas, gracias a Dios, porque se debieron asustar y pensarían que me habían matao. Que le explicase por qué no encendí las luces. Que por qué agarré un palitroque. Cuando se lo conté se puso de muy mala fondinga y me dijo que allí estaba la escopeta, que a ver si es que me creo que soy Bruce Lee de verdad. Le dije que yo qué sé, que todo fue muy rápido. Se volvió a tranquilizar un poco y me dio las gracias por no haber contado nanai a nadie, por no desmontar su historia de que me encontraron eslomao en mitad del pueblo y no sé qué más. Pero, ojito: que ni se me ocurriera hacerlo. Que cuidaico con la Guardia Civil. Joder, Jony. Ya sabes que soy una puta tumba. Que no cuento nada. Me dijo que el chicoleo que circulaba por el pueblo es que estaba de pingo con alguna mujer casada, que nos pilló el marido y que por eso la Guardia Civil no está haciendo muchas preguntas. Imaginación tienen los hijoputas del pueblo, desde luego.
En esto que se abrió la puerta de la habitación y entraron mi mama, el Priscos y una chica del pueblo, soltera, que creo que tiene retraso mental y que va a la zumba con mi mama. Mi mama se alegró al ver al Farriao allí y le dio las gracias llorando porque Vanessa me trajo al hospital, que si no me hubiesen visto tirado en la carretera igual la habría diñao. Se sentaron los cuatro en las sillas que había al lado de la cama. El Priscos estaba sonriendo todo el rato, con la antena puesta por si se podía llevar algún chisme. Mi mama, demasiado contenta. Jony intentaba aparentar normalidad. El viejo de la cama de al lado igual estaba muerto. Dormía más que un gusano de seda, el cabrón. Y no le visitaba naiden, al pobre. La amiga de zumba de mi mama me miraba, se sonrojaba y se reía poniendo muecas raras todo el rato. Pensé: es bonica esta niña, pero le falta un hervor. Menudo cuadro. Mi mama le dio un codazo a la Antoñica pretendiendo que yo no me había dado cuenta. La Antoñica dijo:
—Ju-ju-a-anillo-illo, Ju-ju-a-anillo-illo. ¿Cu-cu-cu-ándo v-v-vas a-a vo-vo-volver?
—Yo qué sé, hija de puta —debería haber respondido, pero la cara de mi mama me hizo encoger los hombros y poner cara como de si tuviese algo de simpatía.
Mi mama me agarró del brazo y me dijo:
—Juanillo, cuando vuelvas a casa, te vas a portar bien y no vas a salir tanto ni andar con pelanduscas. Mira la Antoñica, qué apañada es, siempre en su casa, ayudando a sus padres, con sus tareas. Una mujer de las que ya no quedan. Como las de antes. No como las frescas con las que te vas en el pueblo. Porque tienes que pensar qué va a pasar cuando yo falte, Juanillo. Tienes que echar cabeza, mi pequeño.
Teniendo en cuenta que el médico me había dicho que igual tenía que andar con muletas toda la vida porque también me habían dejado jodidas las piernas, de esa encerrona de mi mama no iba a poder salir corriendo. La Antoñica se empezó a reír, con la cara como un tomate, y le dio hipo. Jony se levantó sonriendo y dijo:
—Bueno, familia, el Priscos y yo bajamos al bar, que no ha podido comer todavía y además, no queremos interrumpir algo tan bonico.
Todos rieron y yo empezaba a echar de menos estar en coma. Antes de salir de la habitación, Jony me dio un chanteo. Se giró, metió la mano en su bolsillo y me acercó una tarjeta de visita. La agarré entre mis manos, la miré y le pregunté:
—¿Qué pollas es esto?
Me dijo:
—Es la tarjeta de mi dentista. Si le comentas que vas de mi parte, seguro que te hace un descuento.
Mi casero, aún en el suelo y con sangre chorreándole de la cabeza, me dijo:
—Lolo, me han atracado.
Hace seis años de esto pero lo recuerdo como si fuese ayer. Como para no recordarlo, joder. Me quité la puta camiseta para limpiarle la sangre y hacerle presión. A mi lado, una señora bastante alterada y su perro, un Yorkshire bastante bonito que se había puesto a lamer la sangre del suelo. Le dije a la señora que se tranquilizara, que si me podía decir qué había pasado. Ella, nerviosa y al borde de un colapso, balbuceaba que no había visto nada, solo al señor tendido en el suelo y alguien que salió a correr al verla.
La ambulancia tardó en llegar unos quince minutos, que se hicieron eternos. La señora se estaba poniendo de color amarillo. Subieron a mi casero a una camilla y lo metieron dentro de la ambulancia, para hacerle un reconocimiento. La policía me preguntó que si sabía lo que había pasado. Les dije que no, que estaba en el piso jugando al FIFA, escuché gritos y bajé. A la dueña de Puqui la subieron también a la ambulancia. Pensaba que estaba intentando llamar la atención. Me quedé con Puqui en los brazos, lamiéndome la cara y ladrando. Uno de los policías me dijo que habían intentado atracar con fuerza a mi casero, pero que no consiguieron llevarse el dinero. La dueña de Puqui les había contado que llegué tras oír sus gritos y que tenía la camiseta manchada de sangre porque intenté parar la hemorragia con ella, que si no llego a salir, el señor se habría desangrado en la acera o les hubiesen robado a los dos. Que les había salvado. Me tomaron los datos. Tenía antecedentes por agresiones, pero no me dijeron nada. Solo que ya me podía ir, que había sido muy valiente y que los primeros auxilios que le hice a mi casero fueron vitales. A la dueña de Puqui y a mi casero los iban a llevar al hospital para tenerlos en observación. Los enfermeros me dijeron que el herido y la señora querían verme. Ella, con la cara descompuesta y tartamudeando, me dijo que si podía quedarme con Puqui hasta que saliera del hospital, que no tenía familia alguna y que Puqui es lo que más quería en el mundo, que ya le había dicho el señor malherido que era mi casero y que yo era muy apañado y formal. Le dije que vale, que no se preocupase por Puqui. Mi casero me agarró de la mano con fuerza y me dijo, entre lágrimas:
—Gracias, Lolo. No sé qué hubiese pasado si no llegas a bajar tú.
Me contó, mientras los enfermeros le metían prisa, que al salir de cobrar los alquileres del bloque donde vivo le asaltó un tipo con la cara cubierta y una navaja. Que él se resistió y el atracador le empujó y se abrió la cabeza contra el suelo. Que el ladrón se había debido asustar porque salió a correr sin tocarle el dinero. Le dije con Puqui entre mis brazos que no se preocupase, que podría haber sido peor, que me llamara por teléfono cuando estuviese en casa para quedarme más tranquilo. Y que le diese mi teléfono a la dueña de Puqui cuando se pusiera bien. Se fue la ambulancia, la policía y los pocos curiosos que se arremolinaron alrededor. Solté a Puqui en el suelo y saqué de mi pantalón el teléfono. Llamé al Liendres pero el puto idiota no me lo cogía. En ese momento, Puqui se meó en mis piernas. Le iba a meter una patada, pero me dio lástima y bajamos juntos al supermercado a comprar un saco de pienso para perros, sin cambiarme siquiera la puta camiseta.
Si ves a mi casero por la calle da la impresión de que es pobre. Su rebequita gastada en agosto, su camisa de cuadros, el pantalón a la altura de las axilas, un cinturón zarrapastroso, las perneras siempre manchadas de polvo y los zapatos sucios. Pero no, las apariencias engañan, como se suele decir. Es propietario de seis o siete pisos, cuatro de ellos en el bloque donde vivo. Hace muchos años había vendido las tierras que heredó de su familia en el pueblo y se trasladó a la ciudad. Invirtió en ladrillo y acertó. Alquila sus putos pisos a pringados sin mucho futuro como yo. Ya está más viejo y ha dejado de pasarse el día cinco de cada mes piso por piso para cobrar. Pero antes nunca quería que le ingresáramos el dinero en el banco. Le gustaba ese ritual y llevarse el taco. Metía el dinero en un sobre y se lo guardaba en los bolsillos, con toda la inocencia que te puedas imaginar. Es buena gente mi casero, un tipo sociable y agradable, me aprecia mucho. Pero a veces a mí me parecía que era demasiado confiado, teniendo en cuenta que esta vida está llena de hijos de puta. A María a veces le comentaba en broma que le iba a atracar y así me sacaba un dinero extra. Ella se reía, me abrazaba y me besaba mientras susurraba:
—No digas esas cosas, Lolo. Tú no eres así.
María todavía vivía con sus padres y casi siempre estaba solo. El Liendres y yo quedábamos todas las tardes para jugar a la consola. Nos gastábamos todo el dinero que ganábamos en cocaína y el mes se nos hacía muy largo. No podíamos irnos ni de vacaciones, pero nos la sudaba. Lo pasábamos bien así. Fumando porros, metiéndonos rayas, poniendo el tocadiscos y jugando al puto FIFA. Siempre nos cogíamos Brasil con la equipación amarilla contra Brasil con la equipación azul. Entre partido y partido solíamos hablar nuestras cosas. La forma de conseguir el dinero que nos faltaba.
Una tarde estábamos los dos allí, sin farlopa y sin dinero, empanadísimos de los porros. Estábamos tan tiesos de pasta que ni el puto Jony, que se cree que es un empresario, nos fiaba la farlopa. El Liendres me contó que unos días antes iba con la moto y le pegó un tirón al bolso de una chica, por probar y ver lo que se sentía. La chica cayó al suelo y casi lo tira de la moto. Salió de allí echando hostias, encerró la moto en la cochera, se subió al piso de sus padres y se metió en su habitación. Ilusionado como un niño cuando lo suben a un columpio. Cuando abrió el bolso solo había un billete de cinco euros, caramelos, condones y un puto DNI. El Liendres siempre cuenta las cosas con mucha gracia y nos dio un ataque de risa. Paramos la partida para liarnos unos porros y le dije:
—Oye, Liendres, ¿tú eres capaz de hacer una cosa?
Era día cinco. Insisto, que hace ya seis años. Agosto. Las calles estaban vacías. Mi casero me había llamado por la mañana para pasarse a cobrar después de almorzar. Se la sudaba el calor que hiciera, no iba a cambiar su rutina así cayeran llamaradas solares. Le dije que estupendo. Había tenido que pedirle dinero prestado a María para juntar los trescientos y pico euros que pagaba de alquiler. Ni sabía cómo podría conseguir dinero para pagar el agua y la luz. Estaba asfixiado con la puta pasta. Le puse un wasap al Liendres y le dije la hora. Le advertí que no hiciera ninguna gilipollez. Al rato oí abrirse el portal. Ahí estaba ya el confiado de la rebequita en el puto mes de agosto. Oí subir el ascensor a la planta de arriba y sonó el timbre. Abrieron. Al rato sonó el otro timbre. Abrieron. Volvió a escucharse el ascensor. Sonó el timbre de la puerta de enfrente. Abrieron. Y por fin sonó el timbre de mi puerta. Abrí con la mejor de mis sonrisas y allí estaba mi casero.
Traía una bombilla alargada LED en una bolsa de plástico. Se me había olvidado que le había dicho que la luz de la cocina se había roto. Me preguntó, sabiendo la respuesta, que si le podía ayudar a cambiarla. Le dije que no se preocupase, que la cambiaba yo. Mi casero no iba a salir de allí hasta que cambiara la puta bombilla alargada LED, así que me acompañó a la cocina. Me subí en una silla, quité el reflector, saqué la bombilla rota, puse la nueva. Mi casero dirigía aquel trabajo de ingeniería desde abajo, con entusiasmo. Me bajé de la silla y, sabiendo que esas cosas le hacían ilusión, le dije que le diera al interruptor. La luz de la cocina volvió a ser clara y luminosa y a él se le dibujó una sonrisa tonta en la cara. Así de sencillo es. Sin poder disimular su gozo, me dijo:
—Qué apañado eres, Lolo. Tengo que hacer algunas chapucillas en los pisos, te voy a llamar un fin de semana que no trabajes y te vienes conmigo. Te pago tu jornal y todo, ¿vale?
Me sonrojé un poco y le pregunté si quería tomar una cerveza. Dijo que mejor un vasito de agua, que su mujer le echaba la bronca si llegaba oliendo a cerveza a casa cuando estaba de cobro. Me reí. Allí mismo en la cocina nos tomamos juntos unos vasos de agua fresca. Me dio la mano antes de salir del piso, apretándola con fuerza contra las suyas, y me dijo:
—Hasta pronto, Lolo, cuídate y sigue así de apañado. Y saluda a esa novia tan guapa que tienes de mi parte.
Cuando se marchó, estaba bastante nervioso. Agarré el librillo de OCB, el paquete de tabaco, un tarro con marihuana y me hice un porro. Ni siquiera puse el tocadiscos, para estar pendiente si pasaba algo. Saqué una litrona de la nevera. Si yo, que estoy acostumbrado a las movidas y los trapicheos, estaba nervioso, no me quería imaginar cómo estaría el Liendres. Me senté en el sillón, con la ventana abierta. Inhalé el humo del porro y lo solté por la nariz. Una neblina se instaló en el salón del piso. Entonces, escuché:
—¡Al ladrón, al ladrón!
Y la litrona se hizo pedazos contra el suelo.
El Liendres es muy buen tipo, tiene un gran corazón, es divertido, valiente y una persona genial para acompañarte de farra, pero no es que sea el más listo de mis amigos. Cuando oyó abrirse el portal, se metió la camiseta que llevaba puesta en la cabeza, dejando la abertura del cuello a la altura de los ojos. Con las mangas, se la anudó como si fuese la máscara de un puto ninja. Cuando mi casero salió del portal se encontró al Liendres enmascarado, sujetando una navaja Opinel de diez centímetros con la hoja oxidadísima. Mi casero le dijo que no llevaba dinero encima, que él era solo un señor mayor que había salido a dar un paseo. El Liendres se puso histérico, lo zarandeó y le metió una mano en los bolsillos mientras con la otra sujetaba de un modo ridículo la navaja. Entonces mi casero, asustado, se tropezó, perdió el equilibrio y cayó contra el suelo. Sonó un golpe seco en la acera y la cabeza comenzó a vomitar sangre. La primera reacción del puto Liendres, en lugar de agarrar el dinero y salir a correr, fue asustarse e intentar levantarlo del suelo. Pero los gritos de la señora y los ladridos del puto perro lo asustaron, así que escondió la navaja en el bolsillo y salió a correr, con la camiseta liada en la cabeza. Menos mal que no había nadie por la calle, que si no esa noche dormimos en un calabozo.
Unos días después estaba en el piso, había cobrado y me compré hasta una botella de güisqui del bueno de lo contento que estaba por volver a tener un poco de puto dinero. Tenía puesto en el tocadiscos el Kiss of death, de Mötorhead. Sonaba «God was never on your side» y Puqui jugueteaba por el salón con una chancla en la boca. Sonó el timbre. Abrí y allí estaba mi casero, acompañado de su esposa. Le habían dado no sé cuántos puntos en la cabeza. Me agarró con fuerza de la mano mientras su esposa se limpiaba las lágrimas con un pañuelo. Él también comenzó a llorar, mientras balbuceaba con insistencia:
—Gracias, Lolo, gracias, gracias...
Su esposa sacó un sobre del bolso, se lo dio y mi casero lo extendió hacia mi mano. Me dijo:
—Ni se te ocurra rechazar este dinero, Lolo; si no llegas a bajar me lo habrían robado todo.
A mí se me cayó la cara de vergüenza, pero disimulé como pude y le dije que gracias, que no hacía falta. Pero él insistió en que me lo quedara. Cogí el sobre y para cambiar de tema, porque me sentía un falso, le pregunté si sabía algo de la dueña de Puqui, que llevaba unos días apalancado en casa y la señora todavía no me había llamado. Mi casero y su esposa volvieron a llorar:
—¿No lo sabías, Lolo? ¿No lees el Ideal? Le dio un infarto al llegar al hospital y se murió allí mismo, la pobre, de los nervios, de la impresión. Dijeron los médicos que estaba ya tocada, pero el miedo que pasó le terminó de reventar el corazón. Ojalá agarren pronto a ese chorizo sinvergüenza y lo encierren en la cárcel hasta que se pudra, porque se ha llevado por delante a una buena mujer y mira lo que me hice en la cabeza por su culpa.
Puqui, ajeno a esta pérdida, se meó en mitad del pasillo.
En el sobre había quinientos euros. Me sentía un poco mal por haber querido darle el palo a mi casero, pero mira. No contaba con ese dinero. Al final, no había salido mal del todo el intento de atraco. María estaba en la playa con sus padres, pero tenía ganas de celebrar que volvía a tener dinero para quemar. Le puse agua y comida a Puqui por si acaso no asomaba por el piso en todo el fin de semana. Me di una ducha, me puse guapo y llamé por teléfono al Liendres. Quedamos en el Tornado, un pub de la calle Pedro Antonio de Alarcón. No le dije nada de mi recompensa por buen tío para darle una sorpresa. Me pasé por el polígono a pillar coca. Cuando nos encontramos en el Tornado nos dimos un abrazo. Él también estaba contento porque había cobrado, tenía ganas de celebrarlo y llevaba también cocaína y un poco de MDMA. Nos pedimos unos cubatas, nos metimos unas rayas juntos, sin poder esconder lo contentos que estábamos. Nos sentamos en la barra. Le conté una parte de la historia y le di doscientos cincuenta euros, la mitad. El Liendres estaba en una nube de tanta alegría. Por supuesto, omití la parte de la señora muerta y de Puqui, para que no se rayase y se sintiera mal.
Al poco era el cumpleaños de María. Se volvía a la ciudad para celebrarlo conmigo. Le gustan mucho los animales, así que decidí regalarle a Puqui. No se me ocurría otra cosa que le hiciera más ilusión y tampoco tenía ganas de explicarle de dónde había salido el puto perrillo. Bañé a Puqui y lo metí dentro de una caja llena de agujeros para que pudiese respirar. Limpié el piso y escondí el saco de pienso, para que mi chica no hiciera muchas preguntas. Cuando llegó le tapé los ojos y le puse una banda en la que ponía FELIZ CUMPLEAÑOS
