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Un pueblo sin futuro. Navajas, coca, punk, ternura, coches trucados, vidas rotas. Muchos secretos, ninguna escapatoria. Verano de 2002. Miguel tiene veintiún años, la esperanza de encontrar a alguien con quien charlar de poesía y el objetivo de largarse de Villa de la Fuente en cuanto consiga ahorrar cuatro duros. Por eso cuando su colega Rober le ofrece un currillo en la obra ni se lo piensa: cargará ladrillos, cemento y placas de yeso, sacará escombro y cerrará la boca por novecientos euros en nómina y las horas extra en mano. Mientras, quemará discotecas con sus colegas Rober y Lupe, se enamorará todas las semanas y saltará de piscina en piscina para quemar cada minuto de un verano que parece eterno.
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Seitenzahl: 492
Veröffentlichungsjahr: 2025
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La perrita Blackie decía que albergamos muchas cosas dentro: algunas tan bonitas como un poema, otras tan destructivas como el fuego que lo reduce a cenizas.
Poética de la Autodestrucción
JuanManuelLópez, conocido como Juarma, nació en Deifontes, un pueblo en los Montes Orientales de Granada, en 1981. Desde los catorce años dibuja y escribe, aunque la mayoría de las cosas que ha escrito permanecen inéditas (aún) y sus ilustraciones están casi todas descatalogadas. Es, no obstante, un referente en el mundo del cómic underground. Ha publicado tebeos y fanzines como Estampitas de santos (autoeditado, 2022), Abrázame hasta que esta vida deje de dar puto asco (Autsaider, 2021), Me gustas pero dentro de un nicho (autoeditado, 2020), Historia inventada del punk, con guiones de Jorge B. Ortiz (Ondas del Espacio, 2017), Romance neanderthal (Ultrarradio, 2016), Amor y policía (Ultrarradio, 2014) o Libertad para lo mío (Ultrarradio, 2013), entre muchos otros. Ha trabajado como jornalero, obrero de la construcción y camarero, entre otras muchas cosas. Se licenció en Filología Hispánica. También autoeditó un poemario, Poemas escritos a navajazos (2017), casi dos décadas después de haberlo escrito. Al final siempre ganan los monstruos, Punki y Poética de la Autodestrucción forman parte del Universo Villa de la Fuente, emplazado en la Granada rural del cambio de siglo, donde los personajes se encuentran y desencuentran a lo largo de los años. La obra más ambiciosa de un artista incombustible.
JUARMA
© del texto: Juan Manuel López, 2025
© de la ilustración de la cubierta: Beatriz Lobo
© de la fotografía del autor: Vanessa Beltrán Codina
© de la edición: Blackie Books, S.L.
Calle Església, 4-10
08024, Barcelona
www.blackiebooks.org
Maquetación: Bookwire
Primera edición digital: septiembre de 2025
ISBN: 979-13-87748-21-0
Todos los derechos están reservados. Queda prohibida la reproducción total o parcial de este libro por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, la fotocopia o la grabación sin el permiso expreso de los titulares del copyright.
Villa de la Fuente es un pueblo ficticio nacido en un club de lectura en Facebook. Un mundo narrativo que Juarma empezó a escribir por entregas, para sesenta y cinco seguidores. Lo que empezó de manera tan casual ha acabado siendo todo un universo literario de miles de lectores y varios libros publicados, en los que se cuentan los truculentos sucesos que tienen lugar en este pueblo granaíno de principios de los años 2000. Todos los personajes que aparecen entre las callejuelas de estas novelas se cruzan en un punto, aparecen y desaparecen entre sus páginas para acabar regresando en otro volumen del universo. Puedes empezar por el libro que quieras, las historias que se cuentan son autoconclusivas y no están pensadas para seguir ningún orden concreto. Sin embargo, solo leyéndolos todos podrás conocer la historia completa de este pueblo sin esperanza, sin justicia y sin futuro, del que todos quieren huir pero nadie puede. Nadie. El lector menos que ninguno.
A mis abuelos, Juanita y Enrique.
Y a Juani, mi madre.
Canto I
Canto II
Canto III
Canto IV
Canto V
Canto VI
Canto VII
Canto VIII
Canto IX
Canto X
Canto XI
Canto XII
Canto XIII
Canto XIV
Canto XV
Canto XVI
Canto XVII
Canto XVIII
Canto XIX
Canto XX
Canto XXI
Canto XXII
Canto XXIII
Canto XXIV
Canto XXV
Canto XXVI
Canto XXVII
Canto XXVIII
Canto XXIX
Canto XXX
Canto XXXI
Canto XXXII
Canto XXXIII
Canto XXXIV
Canto XXXV
Canto XXXVI
Canto XXXVII
Canto XXXVIII
Canto XXXIX
Canto XL
Canto XLI
Canto XLII
Canto XLIII
Canto XLIV
Canto XLV
Canto XLVI
Canto XLVII
Canto XLVIII
Canto XLIX
Canto L
Canto LI
Canto LII
Canto LIII
Canto LIV
Canto LV
Canto LVI
Canto LVII
Canto LVIII
Canto LIX
Canto LX
Canto LXI
Canto final
Epílogo
A los diecisiete años, Miguel se enteró de que en Villa de la Fuente residía un jubilado que escribía poesía, algo que él llevaba tiempo haciendo a escondidas. Comenzó a merodear por los alrededores de la casa del anciano, que siempre estaba sentado a la sombra de una higuera, con su gorra, su transistor, su perrillo pulgoso y su sabiduría. Le escudriñaba con admiración, fantaseaba con romper el hielo y confesarle su secreto. Quizá podría ser su mentor y escribir juntos odas al vino o a los atardeceres.
Pero no se atrevía.
Solo lo observaba y soñaba con conversaciones imposibles.
Hasta que un día el viejo se coscó de que el zagalillo le miraba raro, se levantó de la silla y lo llamó.
Miguel se acercó a las barandillas de su casa. Frenético, torpe e ilusionado.
El señor gritó:
—¡Como seas tú el que m'está randando las brevas, juro por mis muertos que t'abro la cabeza a ti y a tu pae!
Teresa y Lucas tienen cuatro hijos: Cristina, Miguel, Álvaro y Sergio. Cris y Miguel son mellizos.
En noviembre de 1995, Miguel se escapó de casa de sus padres. Fue una fuga irrisoria: enseguida apareció en Salinas de la Cueva. Pero lo que solo saben su abuela y Cris es que su motivación era arrojarse a las vías en cuanto cruzase un tren. Ocho kilómetros a pie sobre los raíles. Pero no pasó ninguno. Puta RENFE. Lucas y Teresa culparon a Ozzy Osbourne de payasear todavía más a su hijo. A nadie se le ocurrió acercarlo a un médico para que el chiquillo le aclarase a alguien toda esa oscuridad que le incendiaba el pecho. En esa época no era un tema de conversación recurrente airear las enfermedades mentales, y menos tratándose de un menor de edad.
Unos meses antes, en verano, el mismo día que cumplió catorce años, comenzó a trabajar en la región de Bouches du Rhône. A las pocas horas de su primera jornada laboral estaba bardao, y Lucas le lanzó una pera a la cabeza para que espabilase. Su padre, cada vez que se emborracha, suele relatar a sus amiguetes del pirriaque ese episodio humillante como si tuviera gracia. El sol dándole en la mollera durante diez horas, el ruido infernal de las chicharras, el olor a humedad de las cajas de madera, la exagerada cantidad de productos químicos con los que sulfatan sus campos los franchutes y el tufo de las peras maduras y podridas, sumado al desprecio de su padre, que odiaba a su hijo por ser demasiado sensible, le hicieron a Miguel enfermar de tristeza, aunque venía abollao de antes. Entonces le dio por escribir poesías en las cartonetas que se colocaban al fondo de las cajas de fruta. En su cabeza anidaban pájaros, mientras las horas pencando en el campo desfilaban lentas.
Se volcó en una nueva actividad literaria: un montón de poemas espantosos con rimas lamentables que le impregnaban de rebeldía. El trabajo era tan mecánico, y él estaba tan aburrido, y le veía tan poco sentido a todo, que apenas dormía por las noches tratando de idear algún modo de desertar, de dejar atrás a su familia, su vida entera, ese universo adulto donde le introdujeron a la fuerza y del que desconocía los mecanismos por los cuales toda esa farsa se mantenía en pie. Teresa tenía la impresión de que su hijo no carburaba bien y ansiaba que se distrajera, pero le resultaba difícil. A su madre le escamaba que Miguel se pareciera demasiado a su hermana Conchi, la que se ahorcó en el Quejigo de Barrascales en otoño de 1987.
Al acabar la temporada de la pera y la manzana, la familia se fue a la cosecha de la uva de mesa en el departamento de Vaucluse. De Francia, Miguel se trajo el pelo largo, un montón de heridas y unas ganas terribles de desaparecer, algo que puso en práctica a las pocas semanas, con resultado fallido, en aquella huida para lanzarse a las vías. Nada más bajar del autobús de vuelta de Francia, su abuela le obligó a cortarse el pelo para que no pillase piojos en el instituto. Miguel empezó el bachillerato en el IES Montes Orientales un mes más tarde que sus compañeros. No consiguió adaptarse, y eso que Cris estaba en su misma clase. Durante sus primeros meses echaba las mañanas o bien en los futbolines, o bien bebiendo litronas o fumando porros, pese a las reprimendas de su hermana. Álex El Esmayao, Lupe la del Larios y Rober El Malhecho, sus amigos, no entendieron ese cambio de actitud, no se enteraron de su reciente fuga e intento de suicidio y se distanciaron de él.
Cuando el autobús escolar se detenía en el pueblo y Cris y Miguel entraban en casa, donde Teresa y Lucas estaban discutiendo 24/7, Miguel se encaraba y enfrentaba a Lucas, borracho 24/7. Las discrepancias entre padre e hijo, cada vez más violentas, eran cíclicas y acababan por aquel entonces del mismo modo: Miguel encerrado en su habitación escuchando cintas pirateadas de Black Sabbath después de ganarse unos cuantos mecos.
Suspendió todas las asignaturas. A pesar de su rareza e introversión, todos los adultos, a excepción de sus abuelos y Teresa a ratos, le auguraban un gran futuro como delincuente. Lucas le caneó cuando asomó por casa con el boletín de suspensos. Todos los lazos que le ataban a su familia, a su pueblo, a sus amigos, se quebraron. Se encerró en su habitación. Dejó de salir a la calle. La única aspiración de Miguel durante el año y medio siguiente fue morirse.
Hay una parte sanadora y otra destructiva cuando escribes. A Miguel El Vuelcavasos le gusta enredar en los contornos de la realidad y la ficción. Es una víctima de su propia tontería. Su poesía es tan estrafalaria que le horroriza cavilar con que, si se quita la vida y su familia encuentra sus textos, les dé el puntazo de publicarlos, puteándole después de muerto, dando por hecho que era un genio incomprendido que se mató por la literatura, como un poeta romántico de baratillo, achacando su defunción a esa ensoñación boba, cuando las ganas de diñarla por su propia mano le vienen de los traumas que arrastra, no de sus poemas y relatos. Se le da bien mentir, por eso escribe.
De la depresión pretendió curarse escribiendo, tomándose más en serio las tonterías que escupía en secreto. A los dieciséis decidió usar seudónimos y apareció Emmanuel Hurler, su alter ego más notable. A la mañana siguiente de firmar el primer poema como Emmanuel Hurler, le endiñó un cadenazo en la boca al chico que más se burlaba de él en el instituto. Se acabó el acoso escolar. Por fin buenas notas. Poco después consiguió tumbar a calimonazos a su padre, en igualdad de condiciones. Un enclenque, pero puro nervio. Adiós mano ligera paterna. Fuera lo que fuese, ese Emmanuel Hurler lo sacó de sus abismos, le mostró que debía devolver golpes en defensa propia y espabilar. Le había salvado. Cada vez que construía un verso era como escapar. Como explicar algo de todo ese sinsentido. Como mearse en la cara avinagrada de sus padres, sus profesores y todos los hijos de puta que le rodeaban. Su poesía ordenaba el caos, apaciguaba su inseguridad y sus vacíos. Y lo inundaba todo de cólera, de ilusiones, de vidas posibles.
Cándido, un primo de Lucas, le regaló antes de fallecer de cáncer una guitarra eléctrica y un amplificador. Miguel aprendió a tocarla a su puta bola, imitando a Tony Iommi y sus canciones favoritas de los primeros discos de Black Sabbath. Se reenganchó a callejear con Rober, Álex, Lupe y Rubén El Cartones. Cris se hizo novia del Potas, que convenció a su cuñado para montar una banda punk. Miguel componía las letras y grabaron una maqueta. Pero pronto abandonó el grupo tras una pelea a tiquillazos con el bajista. Álex acabó en la cárcel por agresión al año siguiente.
Entre desgracias propias y ajenas se espoleó, aprendió a combatir de nuevo, a enseñar los dientes. Seguía siendo quebradizo, pero no le asustaba sacar su agresividad para defenderse, así acabase a trompadas con Lucas. El padre sustituyó las guantadas por el maltrato psicológico, y así le hacía todo el daño posible a Teresa, que aguantaba carros y carretas, sumisa a su esposo por razones que nadie entendía.
A Lucas le salía rentable llevarse a sus hijos a pencar en la vendimia o en la aceituna con menos papeles que una liebre. Cris se libró de las temporadas agrícolas hasta los dieciséis. El principal problema al que se enfrentan todavía, con veinte años, es que toda la guita que ganan se la queda Lucas, como un impuesto revolucionario por el colchón donde duermen. No pueden administrar su dinero, ni siquiera el de las becas. Lucas interpreta las ayudas para los estudios en los que se machacan sus merguizos como sueldos extra para su polla. Cuando hacen las maletas para ir a la vendimia o llega la temporada de la aceituna, Cris y Miguel deben tragarse todo, porque su padre amenaza con que, si los merguizos no van a currar, él tampoco. La vivienda de protección oficial donde residen no la han pagado, y podrían desahuciarlos. Sus hijos cargan sobre sus lomos una hipoteca que no firmaron. Si compran ropa o alguna otra cosa visible, toca discutir con Lucas.
Con diecinueve años, el 1 de enero de 2001, a Miguel le dio por escribir en libretas, para mejorar su torpe prosa. Pero en esas libretas no escribía Miguel, sino Emmanuel Hurler, quien le empujaba a zambullirse dentro de su propia obra literaria, a convertir su cotidianeidad en una aventura imprevisible y a profesar una fe ciega en que los escenarios horribles adonde se arrastraba eran parte de un cuento de hadas con final feliz. Buscaba la magia por todas partes, se autoengañaba y cuando se enfrentaba a la realidad acababa en el suelo escupiendo sangre. Mientras todo se desmoronaba, se aferraba a cualquier sentimiento o idea descabellada con todas sus fuerzas, como una garrapata a un perro. Disfrutaba dándose hostias contra todo. Pero qué más daba. Escribir en esas libretas sin saber qué sucedería, meterse en mil líos para crear material arrastraría a Miguel a joderse más la vida. Mezclar su experiencia en una localidad de 2366 habitantes con una tasa de desempleo hiriente, con la literatura, fue una negligencia, una bomba casera que arrasaría todo, convirtiendo a Miguel en una tormenta, en una calamidad, en una sucesión de descalabros y heridas que nunca cicatrizarían del todo.
Entonces apareció Dolores.
Dolores era alta y se recogía el pelo largo y negro en un moño. Miguel nunca supo con certeza por qué regresó a casa de sus padres en Villa de la Fuente. Ella le contó que se acababa de divorciar, pero las causas eran un tabú. Al chaval le costaba fingir que no se daba cuenta de lo jodida que estaba.
A Dolores, el regreso al lugar donde se había criado le sirvió para recuperar la ilusión, aunque el dolor se esconde dentro y lo que más escuece suele ser invisible. Allí se reencontró con muchas personas que había visto por última vez en los carricos de bebé de sus mamás. Hizo buenas migas con Cris, la novia de su primo Potas. Le encantaba coincidir con ellos en el Hocicoperro o en el Cilorón. Envidiaba la felicidad, la confianza y el respeto que irradiaban, la fortaleza con la que afrontaban los problemas, el amor tan puro que compartían. Cris la invitó a pasar con ella, su primo y sus amigas la romería de San Isidro.
Enamorarse es un accidente de dos. A veces cuando dos personas rotas se encuentran, asumen que juntas forman una entera. Al poner en común los pedacicos en los que se han quebrado, puede ser que brote una afinidad extraña, que conecten, que se dejen llevar. Y ese San Isidro, el día antes de que el Alavés perdiera la final de la Copa de la UEFA contra el Liverpool, se fraguó algo entre Dolores y Miguel.
A Dolores el hermano de Cris, de primeras, le pareció tontísimo. Mientras todos bebían, cascurreaban y evitaban pensar en Polly y Álex, Miguel estaba sentado sobre la arena, fumando porros, contemplando vete a saber qué entre los olmos enfermos del Nacimiento. Al cabo de un rato, se dio cuenta de que estaba mirando cómo volaban los pajarillos, y le resultó tierno. Cuando los porros y el alcohol se le subieron a la perola, su actitud cambió. De repente y sin que sus amigos se extrañasen, el chico introvertido y callado hablaba por los codos, contaba chistes, tonteaba con algunas chicas. Y luego, sin previo aviso, volvía a perderse, siguiendo con sus ojos marrones el aleteo de las aves que surcaban libres. Así una y otra vez. Al oscurecer, recogieron las sillas y las mesas, el poco alpiste sobrante, la basura acumulada, y se fueron a la carpa que Los Cucaracha montaban frente al restaurante. Allí Dolores y Miguel charlaron, compartieron chupitos, carcajadas, confidencias bobas. La fiesta terminó y creyeron que sería buena idea pasear juntos hasta el pueblo. Sin salir del Nacimiento, en la puerta de la ermita, se besaron.
Dolores era una gran conversadora, le gustaba leer. Miguel le dejó alguno de sus poemas secretos. Entre ellos, el primero que escribió en una cartoneta con catorce años y transcribió más tarde: «Vi a Satanás». Se titulaba así porque de niño Miguel salió a mear a la alcantarilla del patio de sus abuelos, sin encender la luz. Al acabar, descubrió frente a él una sombra erguida que ocupaba más espacio que la puerta de la cocinilla bajo la terraza. Miguel, con la picha en la mano, se quedó bloqueado mirando lo que en su imaginación asoció a un demonio. Cuando se dio la vuelta para correr, estaba tras él su tita Conchi, la que poco después se suicidó, que le dio un abrazo y le susurró:
—¿Tú tamién lo ves? No le tengas miedo, Miguelillo.
15 de junio de 2002. A Rober El Malhecho le ha resultado divertido entrar en Prado Alto, el sábado de las fiestas de San Antonio de Padua, haciendo un trompo con su coche y «La princesa de Ceilán» a máximo volumen. Aunque antes aporreaba la batería en un grupo punki, a Rober le gusta elegir la música que suena en su automóvil, para dejarle claro a los demás quién manda. Le protestaban por su viciaera con AC/DC y ahora disfruta jodiéndoles con Tijeritas.
Casi se empotran contra la fachada de la Casa Cuartel. Lupe, siempre de copiloto, le ha gritado:
—¡Para, ennortao! ¡Y bájale voz a la puta arradio, joer!
Rober la ha cortado rápido, señalando que le chifla esa canción y sabe conducir. Antes manejaba el vehículo de su padre, pero lleva unos meses con su Opel Calibra 2.0 16V 150CV Tuning rojo de dos puertas y ahí, en los límites que marcan la tapicería de cuero, los cristales tintados y los altavoces que brotan de todas partes, decide su polla. Y ni Lupe, ni Miguel, ni Rubén, con los argumentos más razonables en las puntas de sus lenguas, podrían convencerle de lo contrario. Para algo es el único que trabaja en serio desde que dejó el instituto: de lunes a viernes en la construcción, los fines de semana en los olivos de su padre, sulfatando, cavando capotes, revisando goteros, mamonando o haciendo rueos. Conquistó su independencia económica y puede permitirse comprar a plazos un Opel Calibra de segunda mano o convidar a rondas de bebida. Suele estar molido y con más sueño que un canastillo de gatos, pero no se pierde ninguna fiesta de los pueblos de alrededor, así trasnoche, porque con veintiún años toca disfrutar y divertirse. Si no que le pregunten a Álex, encerrado desde hace más de un año en prisión tras lisiar a un niñaco pijo en una pelea estúpida, por ir de enteraillo, con lo parguela que fue siempre el puñetero punki.
El plan de futuro de Rober es ser albañil, echarse una novia del mismo Villa de la Fuente, comprar un solar, construir su propia casa. Eso es todo lo que le importa. Con lo que sueña mientras prepara hormigoneras de cemento, saca cascajo y aprende a colocar ladrillos. Luego la vida es como es y los finales no son los que a cada uno le gustarían.
Aparca el Calibra un par de calles detrás de la discoteca. Comparten un porro por la acera, que Lupe apura junto a la ventanilla donde venden los tiques. Lupe, con una camiseta de Rip Curl y su pelo negro y largo suelto, fuma con un deje macarra. Se mueve tranquila y firme, con chulería. Rober saca cubalibres para los cuatro. Sus amigos ni protestan porque están acostumbrados a que se comporte como si fuese el padre del resto. Los demás estudian, con la esperanza de salir adelante, y Rober les incomoda cuando los invita a alcohol, cuando paga los taleguillos de chocolate, cuando no consiente que hagan un mocho para echar gasolina, a dejcote, tal como antes, cuando les insiste y les come la oreja con que lo mejor es dejar de estudiar e irse a la obra, porque el futuro está ahí.
Lupe es hija del Larios, el albañil con el que trabaja Rober. Si Rober suelta esas sobradas, Lupe le chantea con que a ella nunca la cogerían de peón, ni siquiera en la empresa donde trabajan ellos. Y Rober no dice nada, aunque piensa: «Pos cásate con uno, Lupe, y t'ocupas de la casa y de criar a los niños». Porque, aunque sacudiese las baquetas cuando tocaba con los Trankimazín, Rober es una persona tradicional. Su mayor aspiración es ser un hombre, con todas las letras, como la mayoría de los albañiles con los que penca. Su madre limpia chalés en la Urbanización del Pantano del Cubillas. Su padre es camionero. Gana buenos dineros reventándose a kilómetros e invirtió en olivos. Nico, su hermano, es administrativo, se casó y tuvo una hija. Los padres de Rober son generosos con sus hijos, siempre que se lo curren. Y a Rober le gusta esa vida de clase obrera apacible, sus padres y su hermano son su modelo de conducta. La tara de Rober es que le cuesta relacionarse con chicas, no acierta a qué decirles, si liga es por accidente y sin buscarlo. Tontea con algunas cuando se van de jarana a los pueblos de la comarca, pero esas relaciones de viernes y sábado no prosperan. Es enamoradizo y tímido, una mezcla mala.
Se acercan a la barra y todos los ojos se clavan en ellos. Lo de Álex corrió como la pólvora por los pueblos cercanos y todos rumian que a los chavales de Villa de la Fuente se les va la pinza y son más brutos que un bocao en los güevos. Poca broma, que la noticia salió en la portada del Ideal.
Rober, Miguel y Lupe son amigos desde el colegio. Rubén se junta con ellos si no tiene mejores planes. Rober sigue escocido con Miguel, porque le advirtió mil veces que ojo cuidao con Dolores y no le hizo ni puto caso. Le jode que Miguel ni pronuncie el nombre de esa mujer que por poco destroza a la pandilla. Si le saca el tema, El Vuelcavasos cierra el pico o cuenta un chiste o se hace er longui. Le repatea que a su amigo no le saques una verdad ni apretándole un cuchillo a la garganta. O que, en Las Candelarias, Miguel se tragase una caja de benzodiacepinas con vodka a palo seco. Le molestan esos intentos de llamar la atención. Pero no le preguntó al día siguiente la razón de esa estupidez. Si mirabas para otro lado en Villa de la Fuente, los problemas se esfumaban.
Nada más entrar, Miguel se encuentra con Eva y desaparece. Lupe y Rubén brincan en la pista, mientras Rober permanece en la barra, de cháchara con cualquiera que se detenga a su lado. Observa a Lupe, difuminada por las luces de colores y el humo que huele a azúcar, disfrutando con Rubén, y especula con que sería una buena candidata con la que compartir el resto de sus días, de no ser porque a Lupe le suda el coño echarse novio y lo único que ambiciona es perderse cuanto antes del pueblo y encontrar un roal donde empezar una vida distinta a la que tendría si se quedara en Villa de la Fuente y se casara con un tipo como, por ejemplo, él mismo. Y eso que Rober ambiciona ganarse al Larios y tira pesetillas y flores si le habla de su hija. Pero El Larios no se baja del burro:
—Nanai. A mi niña solo l'interesa estudiar, ya tendrá lugar d'atarse a algún tolai.
Y Rober sueña con ser ese tolai que la conquiste, pero no hay manera, aunque su proyecto de suegro ideal le da la murga con que es más apañao que un jarrillo de lata. Lupe y Rubén cascurrean con una mozuela. Rober no les quita ojo. Le choca que Lupe no deje de mirarle las tetas a la chica, con el mismo deseo con el que le brillan las pupilas a Rubén, que acaba seduciéndola y besuqueándose con ella, mientras Lupe se da la vuelta y bufa. Cabizbaja, se arrima a la barra:
—¡A bailar, Rober! ¡No te quees solico! ¡Paece q'estás mosqueao con nosotros!
—Estoy bien anquí, odio esa puta música.
Lupe le otea con los ojillos entornados, con Tijeritas todavía clavado en su lóbulo frontal. A Rober le encanta cuando le examina así, pero se atribula. Para cambiar de tema palmea y le canta «Larios, Larios, Larios con Coca-Cola» y Lupe sonríe. Rubén y la chavala con la que se enrolla se najan a la calle. Rober se cosca de que Lupe continúa fisgando a la chica. No atina a decirle nada. Lupe, pese a la testarudez de Rober, paga otra ronda.
—Joer, ¡cómo cargan los cubatas! ¿Önde pollas está el Miguel?
—Se fue por ahí con la Eva. Equilicuá. ¿Por qué crees q'el escichao estaba tan resabiao pa pelusear esta noche? Como eso es to.
—No te cueles con él, bastante mal lo tratamos el verano pasao por los cotilleos de la Dolores.
—El domingo estuvimos en el pub, de tranquis. Se levantó tarde y subió sin comer y sin estar fumao. Nos tomamos unas cervezas y le pregunté por la Dolores, por las cosas que chismeaba. ¿Y sabes qué me respondió?
—No me jodas, ¿ha hablao d'ella por fin?
—Ni de puta coña. Me suelta «vamos a jugar al futbolín», como si nah. Echamos una moneda, se unen tu prima Elenita y el Santi y le insisto: «¿por qué te puteaba?» Y sigue callao. Hasta que se cruza El Sofisticao, se choca con él sin querer y el Miguel lo agarra del pescuezo y lo estampa contra la pared. Tuvimos que separarlos entre todos.
Miguel es, por decirlo de una manera suave y sin recurrir a los insultos, una persona difícil. Ya tiene casi veintiún años, pocos gávilos, días buenos rara vez y atontolinaos la mayoría del tiempo. Sufre cambios de humor o de patrones alimenticios bruscos. A veces es divertido de un modo inquietante, en otras le da por cometer actos vandálicos o parlotear de más, pero de normal se queda callado, ausente y mustio. La versión más resumida es que su infinita tristeza se debe a la complicada situación económica que tiene en casa, a una infancia difícil, una adolescencia peor, a una depresión con ideación suicida sin diagnosticar y al trauma con Dolores.
Cuando la ansiedad le producía pinchazos insoportables en la barriga que no salían en las ecografías y que el propio Miguel no alcanzaba a explicar, los médicos de urgencias le recetaban, por ejemplo, que comiera más jamón y bebiese más leche, como si eso fuese a curar las ganas de matarse. Al final decidió que lo mejor era solucionarse sus propios problemas, en los que se le daba tan bien meterse (si tuviese un don sería ese, mucho más que su fantasía de la escritura). Se ayudaba de su poesía secreta o bien del alcohol, los porros y las pastillas, de modo que su salud mental y emocional ha acabado como un páramo más quemao de lo que ya de por sí estaba. Cada vez que van de golismeo, sus amigos nunca saben qué sorpresas habrá o qué tipo de Miguel les tocará en la lotería de esa madrugada.
Está flaco y va con el pelo rapado, unos vaqueros rotos de viejos y una camiseta blanca. Aunque es muy joven, ya tiene las manos encallecidas de trabajar para otros en el campo. Eva se ha alegrado de encontrárselo en la discoteca. No se veían desde navidades, aunque ambos estudiaban en la ciudad y los últimos encuentros casi siempre han desembocado en ruinas.
Eva es de Prado Alto, y le gusta Miguel, pero solo para una mihilla. A todas sus amigas les parecía un colgao, pero a ella le encantaba verle escribir en una libreta, con la cabeza en las nubes y la mirada perdida. Cuando acabaron el instituto se carteaban. Eva creyó enamorarse, e iniciaron un romance idiota que duró un suspiro. Seguían queriéndose o algo así, pero cada uno a su manera. Aunque lo de ser novios ni se lo plantearon, suelen enrollarse si se encuentran. A Miguel esa relación anómala le confunde, pero cuando conectan levita con ese fuego y se olvida de todo. Su flirteo ocasional son las agujas de un sismógrafo.
Eva y Miguel comparten un cigarro. Se ríen, se rozan y experimentan emociones antiguas, intercambian los cubatas, bailotean. Eva le besa y por unos segundos el mundo deja de moverse. Ella le coge de la mano y lo arrastra hacia el minibús que, en mitad de la pista, sirve como reservado. Suben y se acomodan al lado de la puerta. Todo permanece quieto, como si no hubiese más personas en la discoteca, como si nada más existiera o importase. Entonces, en una pausa para hidratarse de tantos besos, Eva le pregunta:
—¿Cómo te han ido los exámenes?
—Suspendí tres el primer cuatrimestre porque estaba en l'acituna. A finales d'agosto iré a la uva. Aluego, pos ni puta idea.
—Debes centrarte. Sacabas buenas notas en el instituto...
—No es lo mismo, Eva. Aemás, tengo munchos problemas en casa.
—¿Y lo de escribir? ¿Te sigue dando vergüenza enseñarlo? El artículo que publicaron en la revista del instituto el año pasado triunfó.
—No me jodas, Eva. Maldita la hora en q'escribí esa puta mierda.
El artículo se titulaba «Memento mori». Le engatusó una antigua profesora. A Miguel le iba tan mal en la universidad que traicionó una vez más su labor secreta e interpretó la petición como una señal del universo. Miguel escribió un texto sombrío sobre el asco que le producía soñar con un futuro, algo que vaticinaba más negro que el sobaco de un grajo. El texto fue un bombazo, lo más parecido al éxito que tendría jamás. Los profesores lo leían y analizaban en clase, le felicitaban en las discotecas... pero todo aquello le jodía. Le venía demasiado grande, tanto que acabó arrepintiéndose de haberlo escrito.
—A mí me encantó. Pero si te sirve de consuelo, a mi madre no le gustó nada.
—Pos tu mae es la única que l'ha entendío. Le das las gracias.
Ambos se carcajean, aunque Miguel se encabrita al pensar en «Memento mori». Eva suaviza la tirantez con hermosas palabras y caricias. Si alguien los observase desde una distancia prudente, les parecería una pareja maravillosa, que se compenetra bien. Pero a Eva no le gusta en serio porque está muy perdido. Y Miguel en el fondo intuye que es un monstruo y que ella se merece algo mejor.
—Eva, dime a la cara que no me quieres.
—No puedes pedirme eso...
—Pos claro, porque me quieres.
—No te quiero... de la forma en la que tú lo haces.
—Gracias, Eva.
—¿Por qué?
—Por decírmelo.
—No te he dicho que no te quiero.
—Sí, lo acabas de decir.
Eva nota que el Miguel encantador que le gusta, a ratos, desaparece, dejando un manchurrón negro con su careto, sus ojeras y su mismo corte de pelo. Vuelven a besarse, pero ya nada es igual. Ninguno cierra los ojos. A Miguel le acorrala un ataque de ansiedad, la boca se le queda seca, le tiemblan las piernas, se le clavan puñalás invisibles en el estómago y quisiera contarle la verdad a Eva de una puta vez y llorar. Pero en ese endeble cuento de hadas hay demasiada distancia entre lo que sienten una y otro.
—¿Por qué seguimos liándonos cada vez que nos encontramos, Eva?
Permanecen sentados juntos, pero no se tocan, ni se besan, ni se miman. La conversación no los conduce a ninguna parte, callan y agachan los ojos. Miguel escucha el pitido de liarla en su cerebro, esa voz que aparece cuando él no se siente capaz de gestionar lo que sucede y que susurra: «Venga, Miguel, confía en mí, que soy tu colega. Tú lo que necesitas es emborracharte y desconectar, porque a tus amigos se la sudas y Eva no te ha querido nunca».
La puerta del minibús se abre y Miguel le endiña una patada. Alguien cae al pavimento, rodando por los escalones, porque la puerta le ha golpeado en toda la jeta. Cuando Eva quiere sujetarle, es tarde. Miguel ha saltado del minibús y patea con saña al tipo. Nadie entiende estos puntazos de Miguel, que siempre acaba liándola con conocidos o desconocidos, como si se le olvidara de lo que pasó con Álex.
Miguel sabe a quién está atizando. Solía insultarle y reírse de él en el instituto, cuando la depresión le devoraba. Ahora la violencia le da vidilla. En su cabeza tiene una extensa lista de personas a las que se la tiene jurá. Y, desquitándose de afrentas pasadas, las llamas de ira que le consumen cuando está solo o cuando la chica de la que está enamorado le dice «no te quiero» se sosiegan. Algunas personas que estaban bailando se acercan, primero con intención de separarles, luego con ganas de devolvérsela a Miguel por venir de fuera a joder a un vecino. Eva y sus amigas, a regañadientes, lo apartan, sacándole de la pista.
Algunos le arrojan vasos, otros sueltan coces. Miguel no se acobarda y, cada vez que Eva y sus amigas bajan la guardia, se abalanza contra todo aquel que ose acercarse. Su inferioridad numérica absoluta no le importa. Su valentía y necedad dura lo que tarda el empleado de seguridad en agarrarle del cuello y arrastrarlo afuera, con media discoteca tras él, cada vez más enfurecida. Miguel desea golpear al de seguridad, pero el bíceps que le estrangula a cada segundo con más fuerza le hace entrar en razón. Comprende con facilidad cuándo gana y cuándo pierde.
En el otro extremo de la pista, Lupe y Rober están apretujados contra la barra. Mientras pimplan, ven la pelea a lo lejos, desdibujada y borrosa por la oscuridad; las luces de colores, la máquina de humo y los flases. Rober reacciona y suelta el vaso de tubo sobre la barra.
—¡Es el Miguel! ¡Qué pollas hace!
Salen escopeteaos hacia fuera, esquivando gente. Una multitud de curiosos se arremolina junto a la entrada de la discoteca. La riña se ha reducido a Miguel contra otros tres tíos, a los que Eva y otra gente de Prado Alto sujetan. Lupe balbuce algo al de seguridad, insulta a todo quisqui, amenaza con dejar sin dientes al más bigardo de todos y el tipo se achanta y agarra a Miguel para tranquilizarlo. Su amigo luce algunos cortes en la cara, va empapado y está fuera de sí. Alguien le chilla que lo va a matar y Miguel le escupe en el rostro. Los ánimos vuelven a caldearse.
Rober desconoce quién ha provocado la trifulca. Nunca le han atraído las pendencias y no las entiende, pero están zurrándole a Miguel delante de sus narices. Se entromete en mitad de la vorágine. Empuja a los que más vociferan. Le arrea un manotazo en la boca a uno. Forcejea con el empleado de seguridad que parece tenerle ojeriza a Miguel. De nuevo vuelan las llamarás por todas partes. Son forasteros, están en las fiestas de un pueblo que no es el suyo y, por solidaridad, el tumulto que anhela agredirles es cada vez mayor. Lupe grita a sus amigos:
—¡Ámonos ya d'anquí, son munchos!
Y echan a correr, perseguidos por todos los mozos de Prado Alto en edad de participar en un linchamiento colectivo. Rober va orgulloso por proteger a su amigo, pero teme que tomen represalias contra su Opel Calibra y le destrocen alguna luna o un retrovisor, o que se lo rayen. Algunos botellines y piedras caen sobre ellos con poca puntería. Lupe espera que Rober abra el coche, se suban y se najen de ahí lo más pronto posible, sin caer en que les falta Rubén. Pero Rober abre el maletero. Lleva las herramientas con las que trabaja en una espuerta. Cinceles, paletas, una machota, espiocha, llana lisa y dentada... Si le preguntan a qué se dedica, no le agrada afirmar que es peón de albañil. Responde que es oficial de segunda. Hay que ser echao p'alante en la construcción para ser oficial de primera, como le repite El Larios, quien le está enseñando, porque hay obra por todas partes y faltan albañiles, y le deja faenas para que se vaya soltando, mientras saca escombro, corta losetas o llena pasteras de cemento. En el maletero lleva también la motosierra de talar los olivos. La euforia y el subidón por inmiscuirse en una reyerta le nublan y decide rápido que la motosierra es una mejor opción para autoprotegerse que la machota. La saca del maletero, da un tirón a la cuerda y arranca. La sujeta con fuerza entre sus manos. Las personas que les rodean se espantan con el ruido, que penetra en la noche con la ferocidad de un animal salvaje. Miguel, magullado, chorreando, sudando y asfixiado, se descojona. Lupe se sorprende por la bravata, es algo impropio de Rober, con lo formal que es. Lo observa con los ojos muy abiertos. Los mozos de Prado Alto se piran en estampida. Rober decide corretearlos para espantarlos y que no le jodan el coche. Está envalentonado. Las vecinas, sentadas al fresco en mitad de las aceras y las calles, saltan de las sillas y se encierran en sus casas, gritando:
—¡Q'alguien avise a la Guardia Civil! ¡Estos niñacos están chalaos!
Un perrillo vagabundo sin rabo y comido por los reznos se ha unido a la persecución y ladra junto a Rober.
Rubén, que volvió a la discoteca tras enrollarse con Tania sobre un banco, al lado de la fuente de la plaza, remolonea porque algunos le están poniendo mala cara, le señalan y se incomoda. Menudo follaero se ha montado, hay más dientes que en una pelea de perros. Por una calle divisa a Rober hostigando a unos desconocidos con una motosierra. Lupe y Miguel claman tras él:
—¡Ámonos, Rober, que van a venir los picoletos!
Rubén se esconde el cordón de oro dentro de la camiseta y huye, escupiendo fuego por el culo.
Una noche del verano anterior, el de 2001, Miguel salió una noche de fiesta con sus amigos a la discoteca del minibús, antes de irse a la vendimia. Estaba en mitad de la movida con Dolores, quien, a base de embustes, se dedicaba a medrar para aislarle de todo el mundo. Y aunque no le apetecía una mierda a nadie, al final Miguel decidió salir porque Rubén pinchaba en la discoteca. Esa madrugada, Eva lo besó por primera vez.
Rober, Lupe y Miguel se habían acercado a la barra a pedir cubatas. Miguel, de espaldas, observaba las botellas mientras se abstraía del padecimiento y la culpa. Le costaba hablar. Sus amigos no paraban de reprocharle las historias que les relataba Dolores, él se negaba a responderles y ni siquiera adivinaba si ellos lo sabían todo. Entonces Eva, con la que llevaba un tiempo carteándose, apareció por detrás, lo abrazó y le besó en la nuca. Fue como si un ángel lo levantase del suelo.
Miguel quiso llevarla a un aparte y contarle todo, porque necesitaba desahogarse con alguien que no lo juzgara, pero sucedió algo distinto: esa noche, aunque lo de Dolores le carcomía por dentro y le dolía tanto que no atinaba a explicarlo o contárselo a alguien, Eva lo besó en un sillón de discoteca envuelto en papel de aluminio, y le susurró «te quiero». Aquella confesión tan natural lo pilló por sorpresa. Equivalía a zambullirse otra vez dentro de un cuento de hadas. Y Miguel se volvió loco por Eva, aunque solo fuera para borrar todas las cosas malas que sucedieron y las que estaban por venir. Hasta el momento, su único objetivo había sido cortarse las venas o pegarse un tiro con la escopeta de caza de su padre, pero Eva le contagió de expectativas e ilusiones, transmutando en algo real todas las frases que habían intercambiado en las cartas. Miguel se agarró a ese espejismo para sacarse los demonios de la cabeza.
Durante el tiempo en que sus amigos dejaron de hablar a Miguel, Eva y él se escribieron cartas a diario. Pero todas llegaron demasiado tarde. Jugaban a estar en una película de Disney con un espantoso decorado. Miguel filtraba sus cataclismos a través de una visión del amor y la vida propia de un cuento de hadas. Se decían cosas bonicas. Se veían alguna vez. Pero ese amor que florecía salvaje, diferente y especial no tardó en diluirse. Las cartas con sellos conmemorativos del «75° aniversario de los Colegios de Agentes Comerciales» que llegaban a deshora se fueron espaciando con el fluir de las semanas. Y todavía hoy a Miguel le cuesta superarlo, porque si deja de pensar en Eva volverán a clavársele los recuerdos que quiere borrar, esas heridas que oculta por dentro y jamás restañan.
Encontrársela tras tantos meses le ha confundido aún más. No entiende por qué ella le ha besado de nuevo, si le dejó claro que no siente lo mismo por él. Cuando se morrean se ahoga en emociones que nunca ha sentido con nadie más, ni tan siquiera escribiendo, ni reventando mobiliario urbano, ni drogándose, ni jugando al fútbol. Ahora le da vergüenza haber perdido el control delante de Eva y liarse a patadas con un imbécil en mitad de una discoteca. Y para rematar: gol de taconcico de Rober persiguiendo a una multitud de capullos con una motosierra.
Teresa, al ver la camiseta manchada de sangre y alcohol y los cortes que trae de Prado Alto en la cara, le echa la bronca, recordándole con ahínco lo de Álex. Lucas, sentado en el sofá, mientras se pimpla una litrona delante de la televisión, siente miedo del rarico de su hijo.
Por las noches a Miguel le gusta observar la yegua blanca que merodea entre los olmos del descampao junto a la orilla del río Cubillas, que se ve desde su ventana. Le cuesta dormir, así que cierra los ojos y se relaja escuchando el ruido de los cascos que producen las herraduras contra la tierra. Escucha la respiración y los relinches de la yegua. Brinca de la cama y la contempla, con la luna llena sobre su cabeza y las estrellas parpadeando. Alza los ojos hacia la puta constelación de la Osa Menor y la oscuridad. La idea cruza sus sienes como un perdigón: podría editar un fanzine, pero no de punk, como el de su prima Polly y Álex, en el que participó, sino de literatura.
Agarra una postal antigua que reposa en la mesita de noche, donde sale una chica pálida sujetando un cigarro y una copa en una mesa, rodeada de flores. Lucas se la envió a Teresa siendo novios. En la trasera su padre escribió: «Si de noche te despiertas y sientes frío, no le eches las culpas al viento que son suspiros míos». Debió de funcionar. Pero ahora no dejan ver ni un asomo de cariño. Sus hijos nunca los han visto, ni los verán jamás, dándose ni un simple beso.
A Miguel le jode que la vena poética le venga del cabrón de Lucas, y cuando encontró esos ripios se rayó con el recurrente «la poesía me la tomo demasiao en serio pa la tontería q'es». Copia el dibujo a mayor escala para usarlo a modo de portada. Maqueta en un par de días su fanzine con acuarelas, tijeras y una barra de pegamento, porque si la depresión se lo come por dentro despacha sus mamarrachadas creativas con decisión y vehemencia. Tras el pifostio en Prado Alto se obsesiona con su fanzine, va con el piloto automático puesto, rebanándose la sesera con la elección de los contenidos, sumergido en interminables soliloquios, dándole más importancia de la que debería porque total, nadie que no sea él va a leerlo.
Todas sus inseguridades, todos sus miedos, todas sus ensoñaciones, las encajó en su vida fundando la «Poética de la Autodestrucción». Una de las ideas fundamentales del manifiesto de doce puntos que escribió era: «Que nadie te lea nunca». Y aunque no haya lectores, salvo alguna contada excepción, y toda su creatividad se asemeje a una masturbación tonta y solitaria, se deja el corazón en cada payasada que se propone. Es exigente consigo mismo. Aunque a nadie le importe, su objetivo es innegociable: convertirse en el mejor escritor posible y después, quemarlo todo.
Incluye textos de Plath, Jayyam, Storni, Cavafis, Pessoa, Lorca, Maiakovski, Woolf... Algunos los mecanografía con la Olivetti que le presta Rubén. Otros los arranca tal cual de libros de la Biblioteca Municipal. Las imágenes que ilustran su fanzine las dibuja él mismo, o las recorta de periódicos y revistas. Entremedias de los textos de escritores ilustres, oculta los suyos. Ninguno lo firma con su propio nombre. Se inventa seudónimos. Al escribir se envalentona y se siente protegido cuando su personalidad la absorbe uno de sus seudónimos, el más importante de todos, el más perjudicial para su salud, el que engulle todos aquellos yoes falsos: Emmanuel Hurler.
Emmanuel Hurler es quien aspira a ser.
Emmanuel Hurler es más echao p'alante, seguro e imprevisible.
Emmanuel Hurler es la máscara donde se esconde, el escudo que impide que el mundo le provoque tanto daño.
Acaba su fanzine. Hay algo mágico en la forma en que el «hazlo tú mismo» penetra en espacios vulnerables y precarios. Embriagado por su capacidad inventiva, inserta en la segunda página una editorial incendiaria contra todo y un staff, donde aparecen sus yoes desdoblados, esa multitud de identidades contradictorias que coexisten en su interior. Con el staff al completo, su fanzine cuenta con más colaboradores que el Ideal. Falta fotocopiarlo, graparlo y destruir la copia original. En el estanco de Villa de la Fuente cada fotocopia vale quince céntimos. Fotocopiar las veinte páginas a doble cara, le saldrá por seis euros. Editar su fanzine le va a costar renunciar a un taleguillo de chocolate para el que ahorraba esa semana, pero por la puta literatura está dispuesto a cualquier sacrificio.
Sale de casa con el contenido de su fanzine en una carpeta azul, y al pasar por el Olivar se encuentra con un primo de su padre. Lucas tiene como cien primos, pero Eusebio el Clenchillas es de los pocos no fallecidos que le caen bien:
—Pri. ¿Önde vas con la calor q'hace?
—A por unas fotocopias al estanco.
—Pri, ¿no sabes que sacan fotocopias en l'aseguraora del Cuidaoso? A cinco céntimos. Muncho más barato q'el trapaloso del estanco.
Echa números y ahorrarse cuatro euros le parece un planazo. Las musas se ponen de su parte. Trepa las escaleras del Anfiteatro, llega a la Plaza Nueva, se mete por la calle Marqués de Casablanca y camina hasta La Charquilla, callejeando y bajando cuestas hasta dar con la oficina. El letrero de Pelayo Seguros deslumbra en la segunda planta de la vivienda. Palmea el timbre.
Le abre El Cuidadoso.
—¿Qué quieres?
—Traigo un puñao de folios pa fotocopiar a doble cara.
—Espera aquí.
El Cuidadoso avisa a su mujer. Esta le solicita que le acompañe a la oficina. Enciende la máquina, deja que se caliente y le pide las hojas. La mujer del Cuidadoso escudriña a ese chico tímido, con magulladuras en la cara, ojeras y una camiseta de Cypress Hill, entre sorprendida y maravillada. Lo ve cada vez más torpe y tembloroso, al lado de un ficus de plástico junto al escritorio. Al fotocopiar la última página se fija con descaro y sin disimulo en el staff del fanzine. Aparecen más de quince nombres que ella no asocia con nadie del pueblo, entre ellos el de Emmanuel Hurler. Miguel está por saltar desde la ventana, atravesando la cristalera, y ella, para destensar, comenta:
—¡Cuántas personas han participado en la revista, y te ha tocado a ti sacar las fotocopias!
—El Miguel no está mu católico.
Ni a Rober ni a Rubén les apetece mantener esa conversación otra vez. Comparten una litrona sentados bajos los olmos en los poyetes de la Plaza Nueva, en la esquina frente a la Casa de la Cultura, la Biblioteca Municipal y el bar de los jubilados. La cabeza, el sistema nervioso y el corazón de Miguel se llevan mal y andan a la gresca.
—Siempre está igual, Lupe. Ni puto caso, ya espabilará.
—Rober, es la tercera vez que la lía de juerga. No nos van a quear pueblos a los que ir. Y me contaste lo del Sofisticao. Dende lo del Álex está mu perdío.
—¡Pero si el Álex y él ni se hablaban! No digas chuminás, Lupe. El Miguel ha salío asín. La Cris se queó toa la simpatía y las luces compartiendo la bartola de su mae. Y el Miguel está a medio cocer.
Rubén se ríe, aunque es consciente de que, en las dos primeras pendencias comarcales de las tres, Miguel acabó atizándose con otros por defenderle, sin importarle que él fuese el que más se regodeó en las puñaladas traperas que le endiñó Dolores el verano pasado, tras la ruptura. Pero tiene razón Rober. Los mellizos son el día y la noche. Es como si a cada uno lo hubiesen recogido de una canastilla a la deriva en distintos tramos del río Cubillas. Rubén le da un trago a la litrona y enciende un cigarro.
—Igual es por la Dolores. Hacían güenas migas.
—Pero ¿qué jilonás dices, Rubén? Bien que le dabas a la sin güeso con las cizañas que nos contaba esa petarda. ¿Tú ves al Miguel con ganas d'echarse novia y quearse en el pueblo? A él le gusta la Eva porque no es d'anquí. Por eso está tan soliviantaíco.
Rober se encabrona cuando mencionan a Dolores. Él ya le puso la cabeza como un bombo a Miguel con que ese romance furtivo entre los dos fue una majadería que no acabaría bien. Que le hubiese escuchado, joder. Pero Miguel se monta unas películas y quimeras que nadie entiende. Es el cuchillo y la herida al mismo tiempo.
Lupe ve a Rober enfrascao.
—Tú q'eres su mejor amigo sabrás qué coño pasó —le dice—. ¿Por qué s'ensañó tanto con él? A mí m'escamó cuando me dijo, como si fuese un misterio, que l'agüela del Miguel no es la verdadera. ¡La Dolores es una tonta del culo! Tós sabemos que su agüela materna falleció cuando parió a la Teresa y que su agüelo se casó de segundas. Y su agüela quiere a la Cris, al Miguel, al Álvaro y al Sergio como si fuesen hijos suyos, aunque no tengan su sangre.
Rober la mira.
—Dimpués de que chismease q'el Miguel nos llamaba drogadictos, la pava me dijo: «el Miguel es un falso, consume cocaína y pastillas». Y le respondí: «pos claro, sunnormal: soy yo quien lo lleva al Polígono». Y dejó de darme la matraca. Tardé en coscarme, pero la calé bien, antes que ninguno.
—Pfff... —suspira Lupe—. L'hicimos un feo mu grande enfadándonos con él.
—Güeno, pero lo arreglamos. A mí lo que m'endemonia es q'el Miguel ni dio explicaciones en el momento. Y ahora ha pasao un año y sigo esperando a que m'aclare qué puntas de pollas ocurrió pa que la Dolores nos envenenase a tós en su contra.
—¿Por qué se pelearon?
—Pos porque la Dolores es una mujer y el Miguel un niñaco. No te sofoques por él, Lupe, ca uno es ca uno. Y se la suda lo del Álex y lo de la Dolores.
—¿Te queas tan josco? ¿No habláis de vuestras mierdas o qué?
—No, ¿pa qué remover los problemas? Tós los tenemos y los solucionamos solicos. Y el que no parlotea de la Dolores es él. Debe centrarse, dejar de ser un pelavaras y de mariposear, quitarse d'estudiar y currar pa él y no estar costeándole las jumeras a su pae. Esa es otra, muncho renegar de su viejo, pero aluego le viene bien pa choricearle los mejores punteros a los matojos de marigüana y fumárselos o venderlos en la universidá.
Lupe se muerde el labio inferior. No entiende a las personas que le rodean. Antes de entrar a la universidad creía que quizá las cosas eran así y punto. Pero salir de Villa de la Fuente, compartir piso durante los cursos con otras chicas de distintas provincias y tratar con sus compañeros de clase, le ha cambiado la perspectiva. Las historias que suceden en el pueblo no son normales. A ella hasta le da corte referirlas. Por fuera parece normal, pero dentro se maquilla todo y suceden cosas muy bestias. Su única certeza es que quiere ser maestra, sacarse las oposiciones y vivir como le dé la gana. Su vocación le viene de pequeña. Los maestros que les daban clase en la escuela eran terribles y ella tenía claro que podía hacerlo mejor. Ni de puta coña se quedará en el sitio donde nació. También le incomodan sus amigas del pueblo. Prefiere irse los fines de semana con Rober, Miguel y Rubén. Sobre todo, desde lo de Álex, que nunca le dio buena espina, porque sus secretos eran semejantes a los suyos. Alguna vez ha sugerido, conticoneso, que podrían visitarlo en la cárcel, pero Miguel y Rober se niegan. La relación acabó deteriorada y cada uno continuó para adelante, como si nada hubiese pasado.
A Lupe no le importa que sus amigas la critiquen por juntarse con chicos, le da igual que la llamen bollera o marimacho a sus espaldas. Además, es prima de Lolo. Como para columpiarse con ella. A finales de septiembre regresa a la universidad. Su tercer año. Sobresaliente en todas las asignaturas. Su lugar no está aquí y ya puede chismorrear la gentuza todo lo que quiera, que ella no cambia nada, porque está orgullosa de sí misma. De juntarse con los chicos le gusta que son más simples que el mecanismo de un botijo. No se critican por bobadas como la forma de ir vestida, con quién sales o entras y ni siquiera parlotean de sus achuchaeras y los asuntos que les preocupan. Está más cómoda con ellos, aunque eso no quita que se extrañe de la frialdad con la que esos zánganos se tratan unos a otros. Cuando ocurren sandeces como la pelea absurda en Prado Alto, recela. Miguel, sabiendo que Álex cumple condena por ir de bravucón, debería dejar de comportarse como un imbécil. Le intriga la rapidez con la que se le funden los plomos, sin miedo a las consecuencias. Lupe es consciente de que Miguel es raro. Criarse en esa casa, donde falta el dinero y sobran los problemas, no debe ser fácil para los cuatro hermanos. Pero Cris tiene la cabeza muy bien puesta. Álvaro se alistó al ejército profesional y va en serio con Jenny, su novia. Y Sergio, el más pequeño con sus quince años, es buen niño, con un gran corazón. Suele encontrárselo con sus amiguillos en la vereda detrás de la casa de sus padres, porque echan las tardes buscando tortugas, serpientes o aves en el río.
En ese momento Rubén, que está fumando de pie delante del poyete, a través de las rejas pintadas de verde y blanco, ve cómo Miguel se acerca por la calle de la puerta lateral del palacio, donde se encuentra el ayuntamiento.
—Callarsus, que por ahí viene...
Todos tienen un teléfono móvil, excepto Miguel. A él le resulta absurdo que sus amigos insistan en que debe pillarse uno, para quedar en la Plaza Nueva, por ejemplo, cuando desde niños se ven ahí por las tardes sin necesidad de avisarse por SMS. Miguel no ahorra y la poca guita que trinca se la funde en drogas y alcohol. Guarda en una cartera de Jim Morrison que compró en el mercaillo un flyer con números de teléfono apuntados a mano. Los de chicas, con todas sus letras. Para los camellos, una inicial o dos.
Miguel va mirando el asfalto, con unos bermudas amarillo fosforescente, una camiseta del Atlético Villa de la Fuente, unas chanclas y unos cuantos libros en las manos. Saluda a sus amigos.
—¿Önde pollas vas con tanto libro?
—A la biblioteca, Rober. Me los he leído y voy a arramblar algunos más.
—¿Cuántos te dejan sacar?
—Los que quiera.
Miguel es el usuario más activo de la Biblioteca Municipal. Rara vez se encuentra a otro lector allí. Solo a la bibliotecaria y a su pareja, estudiando unas oposiciones para bombero. Alguna vez coincide con Lourdes la del Bienve, pero ella si lo ve se va a husmear libros en la estantería más alejada frente a la que se detenga Miguel. Al principio sacaba los libros de uno en uno, pero con los años ha cogido confianza con la bibliotecaria y le deja tomar prestados más libros con los carnés de sus hermanos. Rubén le acerca la litrona y Miguel le da un tiento.
—La cerveza está calentorra, joer. Subo pa la biblioteca. Bajo d'anquí a una mihilla.
Entra en la Casa de la Cultura y, cuando desaparece, Rober se vuelve hacia Lupe.
—Qué pedrá l'endilgaba. Se va a quear más esfaratao de lo q'está leyendo tantos putos libros.
—¿A ti qué más te da, Rober? —dice Lupe—. Si le gusta leer, pos déjalo.
Rubén, con otro cigarro en la boca, suelta:
—El Miguel escribe poesías.
—El coño tu prima, Rubén. ¡No seas tan fantasioso!
—Que sí, Lupe. Una vez l'escribió una y le regaló una flor a la Eva por San Valentín. Me lo chivateó la Tania, una amiga suya, con la que m'enrollé en Prao Alto cuando el Miguel montó la pelotera. Ninguna lo soporta y les fastidia si se lía con la Eva.
—La Eva va de mosquica muerta. Ni come ni deja comer. Igual la responsable de la pelea fue ella y nosotros culpamos al Miguel.
—No digas payasás, Lupe. El follete al q'agredió se burlaba de nosotros al principio del instituto. El liante es el Miguel. No da una puntá sin hilo. Una persona normal s'olvía d'esas pollás. Y sí, el Miguel escribe. Las letras de Trankimazín eran suyas. Toas eran de «me cagüen Dios, me cagüen en el Gobierno y me cagüen en la policía». A veces traía algunas pamplinas, como d'amor o yo qué sé. Su cuñao se negaba a cantar eso. Y el Miguel s'enfurruñaba. Hasta que se jartó y se fue.
—Rober, podéis retomar el grupo y asín se distrae.
