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Esta trepidante novela de aventuras inicia cuando el piloto Ángel Colombo Roy vuelve de la primera Guerra Mundial sólo para enterarse de que su prometida está desaparecida. Decidido a encontrarla a toda costa, roba el avión que solía volar y se embarca en una búsqueda implacable y extraña en medio de una revolución en el sur de México, donde la incertidumbre y el cambio inesperado son la constante. Ambientada en los turbulentos años de 1923 y 1924, Alas de ángel. Episodios tropicales de A. C. Roy nos atrapa en un mundo gobernado por caudillos, en el que la zozobra permanente pone a prueba los límites del amor y de la cordura.
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Seitenzahl: 394
Veröffentlichungsjahr: 2026
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COLECCIÓN POPULAR
991
ALAS DE ÁNGEL
FONDO DE CULTURA ECONÓMICA
Primera edición, 2025 [Primera edición en libro electrónico, 2025]
Distribución mundial
La primera edición de esta obra se publicó en 1990
D. R. © 2025, Fondo de Cultura Económica Carretera Picacho-Ajusco, 227; 14110 Ciudad de México
Comentarios: [email protected] Tel.: 55-5227-4672
Diseño de portada: Teresa Guzman Romero
Se prohíbe la reproducción total o parcial de esta obra, sea cual fuere el medio, sin la anuencia por escrito del titular de los derechos.
ISBN 978-607-16-8749-4 (rústico)ISBN 978-607-16-8950-4 (ePub)ISBN 978-607-16-8942-9 (mobi)
Impreso en México • Printed in Mexico
El fin de los tiempos
I. Corpus Christi
En tierra, por fin, ella
Adiós al fantasma
Una golondrina
II. Palma sola
Los muertos no regresan
Noticias en el minarete
Maldita la palabra
Abajo, las masas
Fotografías en el aeródromo
Noche de fuego
Monólogo al amanecer
Una derrota muy particular
Segundo vuelo nocturno
Los niños del cielo
Noches erráticas
Títeres borrachos
Un arlequín exhausto
Pigmeos y titanes
Cabalgata entre nubes
El gato y la dama
Jaibas del Golfo
Sin cariño vive Pierrot
III. El Grijalva
Ocultos paños femeninos
La hora de la dinamita
Cita junto al Guacamayo
El ojo del huracán
Ciencia, justicia, progreso
Natación bajo las estrellas
Chanfaina y banderas
Los pobres, los ricos, los demás
Una ley bastante peculiar
Crimen y fuga
El basilisco
Aullido de colibrí
Eppur essere debit
El sinsabor de Yalina
La conferencia de Gohrou
Bañistas nocturnos
Delitos de peces
Ganar el cielo
IV. Holbox
Traducciones y rubores
Interrumpir la siesta
Renacimiento de Venus
Iracundos dípteros
Doña Otilia recuerda
Aguas del deseo
El Congreso de Tizimín
La vida no acepta preguntas
La voz de las estrellas
Después del silencio
Esperando a los potrillos
Machetes contra balas
Cuando tus besos
Dos peces, tres mangos
V. San Ángel
Cielo de Teruel
A Enrique Martín del Campo, alas solidarias
Los amantes, si los ángeles pudieran comprenderlos, conseguirían decir extrañas cosas en el aire de la noche.
RAINER MARIA RILKE
Alto hay que llegar. Eso le había dicho su padre, Omar Abed, mejor conocido como el Turco. “Alto hay que llegar”, sí, pensó Neftalí al atar la cola del gato.
—Apúrate, primo, que ya me quiere rasguñar —se quejó Neguib, con su dentadura siempre visible.
Neguib y Neftalí habían llegado a la playa tan pronto como terminaron su invento. La idea era de Neftalí, pero la fabricación del papalote fue mancomunada. “Nuestro pasajero será el gato de la tía Susana.” Al principio intentaron cazarlo sin mayor acechanza, pero el felino se escabullía trepando a los roperos. Luego trataron de capturarlo arrojándole una colcha revuelta, pero el gato volvió a escapar y la tía Susana los corrió gritando “¡Desalmados, muchachos hijos de puta!… Váyanse mejor a vender hilos en la plaza”.
Neftalí quería llegar alto, como le había sugerido su padre Omar Abed, luego que desembarcaron a la abuela Sajiye del Golden Nagus, un vapor que hacía la ruta Marsella-La Habana-Tampico. La abuela, pataleando en la red de la grúa, como a la fuerza la hicieron subir en Zgharta, al grito de “¡Nooo, a las Américas malditas no!”
Luego de muchos esfuerzos, Neftalí consiguió por fin un nudo ciego en la cola del gato. Neguib también sonrió satisfecho, pero el rasguño del animal lo hizo gritar:
—¡Ay, gato hijo de perra!
El papalote era enorme, tan alto como ellos mismos, de papel de china y varas de bambú. Lo mantenían acostado, sujeto con cuatro ladrillos sobre la arena. El gato, apenas se vio libre de los brazos del mozalbete, echó a correr. Lo habían atrapado con un truco demasiado burdo: una cabeza de pollo, una caja de jabón y un palito. Cuando Neftalí jaló el cáñamo, su primo Neguib comentó:
—Apúrate primo, porque este morrongo va a romper el papalote.
El felino, al descubrirse sujeto por la cola, se revolvía furioso y trataba de morder el nudo de aquel larguísimo trapo.
Neftalí avanzó contra el viento del norte, pulsó el cordel y gritó:
—Ahora, Neguib; levántalo despacio. Que agarre viento.
El muchacho obedeció, no porque su primo fuera mayor que él y lo aventajara en todo, sino que en verdad el gato empezaba a lastimar la estructura de la cometa.
La sorpresiva racha y el vertiginoso despegue del papalote fueron todos tres, porque se acompañaron con el maullido lastimero que ya se elevaba zigzagueante, “¡Miouuú, miouú, mioú!…”, y que Neguib celebró con su boca de mojarra:
—Vuela, vuela, vuela…
Neftalí debió emplear ambas manos para controlar aquello; el plano hexagonal era atacado por la brisa del mar y le exigía ceder una y otra braza del cordel. Cuando el muchacho retenía el cáñamo, la cometa empezaba a cabecear describiendo trayectorias de serpentina, y el pobre minino se balanceaba en el chicote igual que el péndulo de un reloj enloquecido.
—Gato, gato; ¿qué ves allá arriba? —preguntó Neguib, exaltado con aquella proeza.
Neftalí volvió a ceder la carrera del cáñamo, que ya le quemaba los pliegues de las manos, y la cometa recuperó su desplazamiento cenital. “Más alto, más alto”, pensaba el mocetón al soltar el cordel, mientras en su mente vibraba una extraña emoción. Quisiera ser el gato agitado por los aires, ocupar ese punto cimero y dominar el horizonte del país. “Hay que llegar alto…”, comenzó a balbucir, pero entonces el cáñamo interrumpió su carrera. Dos habían sido las madejas de bramante anudadas, y ahora la cometa aparecía como un punto anaranjado entre las nubes que invadían el continente.
—No veo a nuestro tripulante —sonrió Neguib junto a su primo—. ¿Se habrá caído?
Neftalí cedió el control del papalote, que ya cabeceaba a izquierda y derecha.
—Está muy pesado, primo —reconoció Neguib, y sonrió emocionado—: Por allá debe andar el gato de la tía Susana.
Una súbita racha hizo que la cometa describiera un ocho horizontal, después comenzó a dibujar círculos en espiral creciente, hasta que un último giro concluyó en tierra, donde iniciaba la llanura.
—… allá debía andar —corrigió lacónico Neftalí; el cordel colisión.
Neftalí se cruzó de brazos. La emoción había concluido y el cordel se agitaba sin fuerza a lo ancho de la playa. Y sí, había que llegar alto, pero de otra manera.
En la distancia Neguib comenzó a describir extraños ademanes. Agitaba los brazos sobre la cabeza y los extendía luego hacia el piso. Neftalí no sabría, sino horas después, que su primo lloraba desconsolado.
—¡Está muerto, Neftalí! ¡Está muerto el gato de la tía Susana! —clamaba Neguib al observar cómo el micho peludo era tironeado por los restos del papalote.
Neftalí reparó entonces en el caballo de la familia. Ahí cerca el jamelgo ramoneaba con las ancas vueltas contra el viento. Comenzó a recuperar el ovillo del cáñamo sin querer pensar en nada, pero entonces detuvo el manoteo. Algo le hizo voltear la cabeza hacia lo alto.
Neguib también percibió aquello. Dejó de mirar el cuerpo estallado del felino y elevó la mirada hacia el cielo. “¿Qué será eso?”, se preguntó.
Confundidas con el rumor del viento, otras voces llegaban a ese páramo mineral. Aquello parecía un lamento metálico, los aullidos quebrados de un lobezno, gemidos agónicos de la resurrección de los muertos.
Neguib volvió a mirar al gato de la tía Susana, se volvió hacia arriba y se persignó:
—¡Ay no, Dios santísimo! —murmuró al dejarse caer arrodillado porque el fin de los tiempos, irremediablemente, había llegado—. ¡Fue idea de mi primo! —imploró con el llanto.
Neftalí, sin embargo, permaneció de pie. Estaba como paralizado, aquello, simplemente, lo tenía fascinado. La voz parecía cantar y quejarse a un tiempo, como un coro celestial navegando entre las nubes que se desleían al topar con tierra firme. Volvió a experimentar ese pulso visceral que mordía las arterias bajo la piel.
—¡Arcángel San Miguel, ampáranos! —clamaba el joven Neguib, devorado por el pánico—. ¡Virgen Santísima, detenlo! —volvía a encomendarse porque ésas eran, definitivamente las trompetas del Juicio Final. Ya lo había advertido la abuela Sajiye ante su altar de rito maronita, cuando les previno que el Holocausto iniciaría en las Américas, “donde los hombres comen hombres y las mujeres andan sin pudor alguno”.
Y sí, la silueta del Primer Arcángel ya aparecía en lo más alto. Se presentaba a contraluz de un Sol que pronto se extinguiría. Luego vendría la lluvia de hielo ardiente en esa playa donde el gato de la tía Susana lanzó su último maullido.
—¿Doscientas libras, Jesús? —preguntó en español el piloto de la Aero Navigation Limited. Ángel Roy sabía que la capacidad del Bristol Scout era de 270 libras, o un pasajero con su equipaje.
El mexicano Jesús Martín revisó la lista del cargamento, apoyó un codo en el ala baja del biplano:
—Ciento cuarenta, jefe Roy —y luego precisó—: Ciento treinta y el maletín de usted.
El piloto hizo una mueca contrariada, no porque en ello le fuera la sobrevivencia, sino porque del negocio dependían, obviamente, sus ingresos.
—La gente sigue prefiriendo el correo terrestre, jefe Roy. El tren hace veinte horas hasta Miami, nuestro avioncito recorre la distancia en cuatro horas… pero hay que hacer escalas.
—Como todo en la vida, Chuy. Las diligencias del viejo oeste, los camellos en el desierto. Escalas para repostar y el necesario descanso del cuerpo.
—Sólo que de noche no hay servicio —aclaró el mecánico—. Ahí es donde nos empata el ferrocarril, jefe.
Los vuelos nocturnos aterraban a Roy. Su único accidente había sido cuando las tinieblas se apoderaban del aeródromo, en el verano de 1917, al concluir uno de sus últimos entrenamientos en Baton Rouge.
—El vuelo nocturno es lo más parecido a un primer coito —Roy destapó el depósito de combustible, introdujo en él la regla de cedro—. El vértigo te ciega, se apodera de ti sin que sepas cómo terminará eso porque, ¡Dios santo, en algún momento deberás aterrizar de nuevo!
La regla de cedro marcaba dos tercios de su longitud; el depósito debía superar los 80 litros de gasolina. El bracero Jesús Martín no dijo nada. Cada vez que los pilotos de la empresa referían sus experiencias, él callaba con recato para reinventarse, después, aquellas aventuras como propias.
Ángel Roy trepó a la carlinga y manipuló a izquierda y derecha el manubrio de alabeo, tiró de la palanca de profundidad para inquirir con la mirada al mozo, quien ya repetía con la mano los movimientos del ala posterior. Aquella era una rutina necesaria, y cuando accionó los pedales del timón tornó la cabeza para comprobar que la cauda del biplano virase a babor y estribor. Después observó su reloj de bolsillo para sincronizarlo con las manecillas del tablero. Faltaban algunos minutos para el despegue.
—¿Ciento cuarenta libras? —volvió a preguntar.
—Ciento treinta, y su equipaje de usted, jefe Roy —recordó Jesús Martín bajo el fuselaje amarillo del Scout.
El piloto de la Aero Navigation hizo retroceder la cremallera del asiento; con ello compensaría el centro de gravedad pues lo más importante era la estabilidad de vuelo. Entonces un balido lo distrajo.
Cerca de ahí, al otro lado de la estacada, un arriero conducía un hato de borregas. El aeródromo de Nueva Orleans estaba situado muy cerca de los muelles, donde esas ovejas abordarían pesadas barcazas para remontar la corriente del Mississippi. ¿De dónde procederían? ¿De Escocia, de España?, imaginó Roy mientras las borregas salpicaban el fango rumbo al embarcadero.
—¿Has matado borregos, Chuy? —preguntó de pronto.
—¿Borregos?, no, jefe. Ni una mosca.
El piloto del Bristol Scout volvió a torcer el cuerpo. Atrás del respaldo quedaba un estrecho compartimiento adaptado como bodega del biplano. Comprobó que los paquetes estuvieran correctamente estibados. Pelucas, documentos, obsequios familiares. Algunas veces el hueco era ocupado por valientes pasajeros que recorrían la ruta Nueva Orleans-Mobile-Tallahassee-Orlando-Miami; “el primer servicio postal aéreo del sur”, como referían los folletos publicitarios.
—Yo sí —continuó el piloto Roy—. Fue hace tres años, en Saint-Mihiel.
—¿Y eso dónde es?
—En Francia, al sur de Verdún —el mexicano Martín sonrió al evocar aquellas exóticas referencias.
—Desembarcamos en Burdeos en agosto de 1918, semanas antes del armisticio de Rethondes, así que nos sentíamos los reclutas más inútiles del universo. Estábamos en el aeródromo, ateridos por la lluvia, sin más quehacer que aburrirnos en las barracas del campamento… o llenarnos de coñac en los burdeles de Nancy. Entonces, una mañana, nos ordenaron hacer un vuelo de reconocimiento sobre el cauce del Mosa. Íbamos piloteando tres Camel cuando descubrimos aquel rebaño en un claro del bosque. Cuarenta, setenta borregas. No podría precisar si fui yo el que empezó con aquello, pero segundos después cada cual lanzó una picada de ametrallamiento contra aquellas pobres borregas.
—¿Y el pastor? —interrumpió Jesús Martín—, quiero decir… ¿Había un pastor, o algo?
Ángel Colombo arqueó las cejas. De eso habían pasado ya muchas horas de vuelo.
—No recuerdo —se disculpó—. Supongo que no.
El mozo se volvió hacia el pastizal, más allá del aeródromo, pero del hato de ovejas sólo quedaba un amasijo de fango y boñiga oscureciendo la vereda.
—La guerra —comentó el mexicano—. Es algo horrible.
—No sé —el piloto dio varios golpecitos a la carátula del altímetro—. Mi guerra fue un invierno de adiestramiento en Baton Rouge… y una docena de borregas destripadas.
—Yo, la verdad, jefe, sí conocí la guerra. La “bola”, como le llaman por allá. No se imagina usted.
—¿Muchos muertos?
—Muchos muertitos, mucha hambre, mucha orfandad… Ahora que me acuerdo…
—Se acuerda de qué —el piloto se ajustaba el casco de cuero.
—Me acuerdo que sí, una vez sí matamos una yegua.
—¿Mataron una yegua?
—Veníamos a salto de mata por los llanos del Mante, huyendo de Veracruz. Huyendo y más huyendo porque la leva era ley de muerte. Un día los hombres de Pablo González, otro la tropa del bandido Pancho Villa. O los carrancistas. Total que…
—Mataron la yegua.
—De hambre, jefe Roy. Ya teníamos una semana de no comer más que las yerbitas que hallábamos al paso. Éramos dos: Rigoberto el Ojo de Culebra y yo. Entonces, desesperado de tanta hambre, me bajo de la yegua y le digo al compadre aquél: “Tú mátala, y yo voy preparando la lumbre”. Pero no quiso, o no pudo. Así que le metí un balazo en la cabeza, qué remedio, y nos comimos a la yegüita hasta hartarnos. Una pata que sabía medio dulzona, como panocha tatemada. ¡Uuh, y qué dolor de panza luego toda la noche! Y así, el Ojo de Culebra amaneció muerto… ¡así nomás!, luego de una pesadilla de retortijones. Sería el empacho, quién sabe. Y yo, qué remedio, jefe. No me morí y a darle pies a la pena. Así alcancé el paso por Laredo, el puente. Desde entonces que no pruebo carne, me repugna el olor de los asaderos… “A medio día de camino llegas a Corpus Christi; preguntas ahí por el rancho Lyncott”, me había dicho semanas atrás la niña Merirrí. Y de allí para acá.
Ángel Colombo, tejano, excombatiente del Ejército del Aire, quedó paralizado.
—¿Qué fue lo que dijiste, Chuy? —profirió cuando el mecánico se aprestaba a propulsar la hélice del avión, pero el otro no lo escuchó.
Manipuló el interruptor eléctrico, hizo contacto y la hélice produjo la primera explosión. El motor Le Rhône comenzó a rugir con sus nueve cilindros en estrella. Mantuvo el ahogador a fondo, observó el manómetro, la presión del aceite, y alzándose las gafas asomó del compartimento:
—¡Jesús! —le gritó cuando aquello se transformaba en un torbellino.
El mozo abandonó las cuñas de las ruedas y trepó en el estribo.
—¿Qué manda, jefe? —bramó a su vez.
—¿Quién dices que te envió aquí?
—¿Quién qué? —la borrasca del aparato era una tromba estridente.
—¿Quién te mandó al rancho Lyncott?
—¡Ah! ¡Pues la señorita Merirrí, la profesora que tuvimos allá en Veracruz… el puerto!
—¿Mary Riff?
A pesar del chorro de viento, Jesús abrió enormes los ojos:
—¡Sí, claro! ¡La señorita Mary! ¡Su papá era míster Riff, mayordomo del rancho! —aclaró Jesús Martín.
El piloto de la Aero Navigation asió la melena encanecida del bracero y le besó la frente:
—¡Ángel de salvación! —le dijo—. Te debo la vida… —y le hizo la señal de trámite. Que retirara las calzas que frenaban el tren de aterrizaje.
Aflojó la cuerda del ahogador, tiró del acelerador a fondo sin esperar los dos minutos de calentamiento reglamentarios. Ángel Roy se entregó una vez más a la carrera del aeroplano que a dos mil revoluciones por minuto devoraba las marcas de la pista. Apenas sentir que la cauda se alzaba sobre el pastizal, tiró del bastón de profundidad y gritó:
—¡Yajúuu! —porque él era el Bristol Scout ascendiendo con balanceos temerarios.
Allá abajo, además de los meandros del Mississippi, el pasmado Jesús Martín y las barcazas que abordaban las ovejas europeas, ese martes de octubre de 1921 estaba, debía estar en tierra, por fin, ella.
Dos veces más conversó Ángel Roy con Chuy Martín. Fue entonces cuando decidió violar el séptimo mandamiento de la Ley de Dios. Católico por las dos partes, Colombo Roy era descendiente de irlandeses por la vía paterna y texanos, tejanos con “j”, por la materna. Los Colombo. Aquellos pioneros del siglo XVII que poblaron la cuenca del río Bravo, más preocupados por las tropelías de los comanches que por la megalomanía de Antonio López de Santa Anna, cuyos devaneos caudillescos demediaron la patria y su pierna izquierda.
“Mary”, suspiró Roy sobre el plano cartográfico extendido en su mesa de trabajo. El Bristol Scout rendía, con el motor al ralentí, 160 kilómetros por hora. Examinó la curva del Golfo de México, algo que semejaba un garfio en mitad del Atlántico. Dotados originalmente con motores de siete pistones, los Scout más recientes salían de la fábrica equipados con máquinas de nueve cilindros, Le Rhône, que generaban 120 caballos de vapor. Era el caso de los dos aeroplanos adquiridos por la Aero Navigation Limited en 1919 que superaban, con dificultad, el “techo” de los cinco mil metros de altitud.
Colombo Roy hizo algunos cálculos aritméticos en los márgenes del mapa, sin olvidar que el radio de acción de su aparato superaba ligeramente las tres horas de vuelo. El plano era de 1890, editado por la Oficina Cartográfica de la República Mexicana, y distaba mucho de ser una carta de navegación aérea como las diseñadas para el frente de guerra por el ejército norteamericano. El piloto dobló en cuatro el mapa y lo guardó en su camisa.
Un prolongado suspiro le recordó la hora; pasaba de la medianoche. Supuso con razón que no lograría conciliar el sueño pues había decidido no volar a Miami. Cerró la llave de gas y la llama del quinqué languideció hasta desaparecer. La oscuridad reinante, sin embargo, no resultó ciega. Los tres cuartos de la luna, más allá de la ventana, contagiaban al aposento una mínima penumbra. Roy sabía que una noche después iba a morir, así que se entregó al sueño sin sueño.
Un accidente en la hoja de servicios será siempre un obstáculo para ascender en el escalafón… siempre y cuando lo sobreviva el piloto. Aquel aterrizaje nocturno en Baton Rouge, aunque no ocasionó más que la rotura del eje, fue el argumento que la empresa esgrimió para contratarlo como “mecánico en tierra”, no obstante sus elocuentes 215 horas de vuelo. Aquello había sido en el verano de 1919, recién inaugurada la ruta del correo Nueva Orleans-Miami. En febrero del año siguiente, sin embargo, Roy comenzó a tripular el Bristol Scout no tanto por méritos propios (su impuntualidad en el aeródromo era más que habitual) como por la desaparición de dos pilotos de la empresa: uno degollado al precipitarse contra un puente en Pensacola, otro ahogado frente a la costa de Mobile una tarde en que se desató una borrasca de “sur”.
Ángel no era el mejor piloto del mundo, vamos, ni siquiera el mejor de los dos que tenía contratados la Aero Navigation Limited; pero era, a fin de cuentas, capaz de trasladar por los aires aquel aparato de 350 kilogramos brutos y su carga.
—Va a entrar el “norte” —dijo Chuy Martín cuando la brisa le arrebató el sombrero.
Roy efectuaba la revisión de rutina, no quiso escuchar las palabras del empleado.
—Aquí, al menos, el “norte” sale.
—¿Cómo sale? —rezongó el piloto tejano.
—Sale al mar, porque allá en el puerto el “norte” entra a tierra y hace cualquier destrozo.
—¿El puerto? ¿Cuál puerto, Jesús?
—Cuál será, jefe Roy: el único del mundo. Heroico y bello, sólo Veracruz.
Roy le dispensó una sonrisa y continuó anudándose la bufanda.
—Apenas despegar —anunció—, voy a ganar rumbo al sur un par de minutos. Quiero probar el ajuste del timón con el viento en popa. Después recuperaré la ruta hacia Mobile.
El bracero volvió a perder el sombrero con otra racha de viento. Lo alcanzó y, tras ajustárselo con fuerza, llegó junto al fuselaje para aventurar:
—A lo mejor habría que suspender la ruta, jefe. El “norte” está apenas agarrando —y derivó con humor—: No me gustaría rezarle tendido entre cuatro cirios.
—No te preocupes, Jesús —bromeó el piloto en inglés porque ésa era su oportunidad—. Nadie rezará por mí —y fue cuando le mostró su reluciente trombón—. Los santos marcharán conmigo cantando rumbo al cielo.
Fue hasta el tercer tirón que la hélice desbocó en el estrépito del arranque. El piloto esperó los dos minutos reglamentarios para ganar temperatura de marcha, y recortó la carrera del ahogador. Apenas el mozo retiraba las calzas cuando Roy empujó a fondo el acelerador. Había que ganar velocidad y pista, sobre todo por las ráfagas que descargaba el mal tiempo. Un minuto después el piloto logró elevar el aeroplano en diagonal y viró, como lo había advertido, hacia el sur. Una vez alcanzado el “techo” de los mil metros lo mantuvo ahí.
De ese modo, supuso Roy, todo mundo recordaría la trayectoria inicial del biplano, así que la conservó durante varios minutos.
—Es el momento —se dijo entonces, y fijó el “palo de escoba” en mitad del gozne para desabrocharse tranquilamente el cinturón de seguridad.
Acto seguido se encaramó sobre el respaldo para alcanzar el compartimento de carga, y uno a uno fue arrojando los paquetes del porte. Arrebatadas por el viento, las cajas se precipitaban sobre la superficie del mar como obsequios para Neptuno.
De pronto Roy experimentó un mareo y se depositó en el asiento para revisar instintivamente la carátula del altímetro. La columna de mercurio se acercaba a los 2 500 metros… aquel ajetreo había modificado el centro gravitacional y, por consiguiente, la trayectoria de vuelo. Roy destrabó la palanca y recuperó lo que supuso un avance horizontal. Quedaban solamente dos paquetes en el hueco, así que volvió a encaramarse en el respaldo y los extrajo forcejeando. Arrojó el mayor de ellos, y cuando se disponía a lanzar el otro algo le produjo una corazonada: el destinatario de aquella “caja de galletas” (según anunciaba el rótulo) era un tal Mr. Stephen Schwartz en Miami. La advertencia no era para menos. ¿Qué judío recibía galletas por vía aérea?
Roy violó el paquete y las galletas resultaron ser un envoltorio de billetes. Billetes de a diez y veinte dólares.
—¡Yajúuu! —gritó el piloto del Bristol, y procedió a guardarse el botín bajo la chamarra de cuero.
Apenas recuperar los controles derivó lentamente hacia el oeste. Asomó de la carlinga hacia abajo, tratando de reconocer alguna estela náutica, pero no. No habría testigos de su óbito. Sería uno más de los pilotos “desaparecidos” bajo encargo de la Aero Navigation Limited.
Bostezaba, extrañando la siesta de mediodía, cuando volvió a torcer hacia el norte. Disminuyó la potencia del motor y el aeroplano fue perdiendo altitud. El piloto estaba decidido a evitar demasiados testigos de su desplazamiento, así que mantuvo el rumbo a escasos metros sobre el oleaje. Minutos después creyó reconocer la línea de la costa y, destacando en el litoral, un caserío blanco.
Aquel poblado debía ser Corpus Christi, así que Ángel Roy enfiló hacia la prolongada península de Isla del Padre. “Más allá de las cien palmeras”, donde solía pescar sábalos en su juventud. Así lo había precisado en el telegrama del domingo anterior. Alineó el Bristol al filete de arena y apenas sobrevolar sobre el oásis de palmeras, aflojó los controles permitiendo que el aparato se depositara sobre aquel polvo de marfil.
—¡Ángelo, Ángelo, querubín de alas quemadas! —gritó, como lo hacía desde su accidente en Baton Rouge.
Antes de cortar el circuito, Roy se irguió para otear el terreno. Sí, definitivamente, estaba solo. Descendió de la cabina, se quitó las gafas de vuelo y desabotonó el correaje de su chamarra para alcanzar los cigarrillos. De espaldas al viento logró encender el primero. “¿Y si el telegrama no llegó?”, se dijo. Volvería a Nueva Orleans, argumentaría que una turbulencia térmica le hizo perder el cargamento en una voltereta, aunque nadie le creería. Sería enjuiciado en los tribunales, perdería su licencia de aviador porque…
—¿Estás en líos?
La voz llegó de detrás de sus espaldas. Volteó y, con los oídos aún tapados por el descenso, se reencontró con James Roy, su padre.
—¿Estás metido en problemas? —volvió a preguntar el viejo.
—¿Y los bidones? —fue la respuesta de Ángel.
Se lo había advertido claramente en el telegrama: “No hagas preguntas”.
—Siete; están en el carro con las mulas.
—¿Gasolina ligera?
—Mira, hijo, con trabajos logré adquirirla. Eso sí, vigilé que la filtraran con paño de gamuza, como dijiste. —Se quedó mirando al muchacho y temió que lo rechazara si buscaba abrazarlo. Aquel violento divorcio pesaba demasiado entre ellos.
—¿Robaste el aeroplano? —el viejo trataba de reconocerse en aquellas aureolas de palidez silueteadas por las gafas de vuelo.
—No hagas preguntas, papá —suplicó Roy al adivinar el carruaje a cien pasos del lugar.
Sin poder evitarlo, avanzó hacia su padre, lo ciñó con un corto abrazo y le besó una mejilla.
—¿Me ayudas? —pidió, como si nada hubiera ocurrido.
Seis fueron los bidones que lograron estibar en el compartimiento de carga, algo así como ciento veinte litros de gasolina. El séptimo lo vaciaron directamente al depósito de combustible. Roy sacó entonces un billete de diez dólares y lo entregó a su padre… un billete suyo, no del judío Schwartz.
—Déjalo, hijo —sonrió el viejo James—. Acéptalo como un regalo de bodas.
El piloto postal se aproximó a su padre y, resistiendo el impulso de un segundo abrazo, le advirtió:
—Hazme dos últimos favores.
—¿De qué se trata, hijo? —el viejo retrocedió un paso, dando a entender los límites de su generosidad.
—Van a llamarte esta noche, o mañana temprano. Te anunciarán que he muerto en el avión; y tú llorarás mi muerte y cobrarás el seguro —al viejo se le iluminó la mirada—. Quédate con la mitad y envíale un giro a Carmen Colombo sin explicar nada. No moriré, padre… Voy a México. Es todo lo que te puedo decir.
—Muy bien, hijo. Sólo el diablo sabe qué te propones —James Roy jugueteó con un zapato en la arena.
—Hazme el segundo favor, viejo —dijo en español.
—¿De qué se trata? —el encuentro comenzaba a incomodarlo.
—Vas a tener que jalar la hélice para el arranque.
Roy avanzó al frente del aparato:
—Así, con las dos manos, como si tiraras de las campanas de una catedral… ¡y rápido te haces a un lado!… no son de mucha utilidad los viejos mancos.
James Roy eructó mientras repetía los ademanes gimnásticos de su hijo. Antes de llegar a la hélice, metió la mano bajo el cinto para rebuscar, y extrajo una botella aplanada:
—Es bourbon, Roy —masculló al entregársela—. Siete onzas del mejor whisky canadiense que le puedas birlar a este tonto de Wilson y sus fuentes de templanza.
Roy metió aquello dentro de su chamarra y trepó en el estribo del biplano.
—¡Adiós, padre! —exclamó, temiendo no ser escuchado—. Gracias por todo.
James Roy alzó la mano como respuesta, y procedió al empuje del torbellino de la hélice. El rugido del arranque disparó una perdigonada de arena revuelta, ocasionando que la figura del viejo James se difuminara como fantasma de utilería.
La campanilla del cronómetro había sonado una hora atrás. Ángel Roy miró la carátula de su reloj, las 3:15 de la tarde, y volvió a guardarlo en el bolsillo. Tenía helada la nuca. Gobernó una leve inclinación de alabeo y asomó hacia abajo. No era visible más que el gris rasgado de las nubes. Las 3:15 de la tarde y sólo le quedaba combustible para otra media hora. ¿Dónde se encontraba? Sólo Dios lo sabía… y acaso ni él.
El cronómetro estaba diseñado para que en mitad del vuelo saltara la campanilla de aviso; de ese modo el piloto conocía que estaba en los umbrales del “punto de retorno”. Era un invento para los aparatos de guerra, cuando el aviador no tiene ojos más que para perseguir enemigos y salvar el pellejo. La alarma había sonado por segunda vez, así que llevaba recorridas tres cuartas partes de su itinerario. Volvió a sentir el hálito aterido apoderándose de su nuca.
¿Dónde estaba? Revisó la brújula montada en la bitácora del tablero. Había tratado de seguir la ruta del sur, con leves coqueteos hacia el poniente, pero una hora después del despegue en Isla del Padre la bruma se había apoderado del entorno y allá abajo el Golfo de México era una duda borrascosa. En dos ocasiones, al descender del “techo” de los 1 500 metros buscando la visibilidad, la turbulencia había azotado al Bristol reventándole uno de los tirantes. Además de que en una de las sacudidas se había trabado el juego de la brújula. Veinte minutos después otra sacudida destrabó el compás, pero en ese lapso el biplano pudo evolucionar hacia el infierno mismo. ¿Dónde se ubicaba?
Roy sudaba frío, igual que aquella vez cuando el vuelo nocturno transformó su bufanda en un sudario de miedo y alquitrán. “¿Y si ahí abajo está por fin Tampico?”, se dijo el piloto para no dejarse caer en la vorágine del pánico.
Aquella era una evidencia ociosa: no existía ya punto de retorno. Había desobedecido las primeras dos leyes de la aeronáutica; aquellas que rezan: “Una vez arriba, se tiene que bajar…”, y la otra: “Volar con prisa sólo apresura los epitafios”.
—Hubiera esperado un día más —dijo de pronto. Eran las primeras palabras que pronunciaba desde el despegue en Corpus Christi. Tal vez las últimas.
Tampico debía estar ahí abajo. Lo había revisado en el mapa: el avión cumplía cinco horas de vuelo, es decir, cerca de 700 kilómetros de ruta… pero ¡rumbo a dónde! Y si Tampico estaba ahí abajo sería una azarosa posibilidad. Roy era consciente de que un tercer descenso le significaría, seguramente, la imposibilidad de recuperar el “techo” de los 1 500 metros porque en ese punto le restaban diez minutos de combustible (no estaba seguro). No le quedaba más que obedecer la última de las normas: “Los ciegos altos viven más”.
Sí, él era un piloto “ciego” a punto de quedarse al garete. Volando alto, al menos, tendría oportunidad de planear con mayor inercia y llegar más lejos. Si iba a morir en la colisión… moriría más tarde. Quince minutos más tarde.
Ángel tiró de la palanca de profundidad y sus oídos, más que sus ojos, comenzaron a ser testigos de aquel ascenso al cielo. Después del “techo” de los dos mil metros el dolor lo ensordeció. A partir de ahí el fragor de la máquina fue más bien un arrullo, además de que la ligereza del aire le obsequiaba frialdad y silencio.
Una sensación semejante había experimentado ocho años atrás, al volver de la Gran Guerra Inexistente, luego de vagabundear por un París plagado de mutilados y fornicadores. “Se mudó a Filadelfia”, le habían informado apenas preguntar en casa del nuevo mayordomo en el rancho Lyncott.
“La señorita Mary se mudó a Filadelfía”, insistió el nuevo encargado, pero había sido mentira o, en todo caso, una suerte de verdad a medias. Lo cierto era que Mary no estaba ya en Corpus Christi, además de que en la última de sus cartas (dirigida aún al campamento militar en Nancy), ella le había advertido:
Roy, te amo desmesuradamente y no quiero perder el seso por tu culpa. Además de que amo demasiado a la gente. No quiero destruirte ni destruirme. Viajaré para olvidarte; México es un lugar que necesita ahora de gente como nosotros. Un país en llamas donde podré ser útil. Olvídame por favor, amor mío. Seamos el uno del otro el mejor recuerdo de la vida.
Mil besos y todo mi amor: MARY RIFF.
No era una broma. Roy alzó la bufanda para secarse las lágrimas que le helaban el rostro bajo las gafas. El tufo de la pañoleta le recordó la pirueta de tres horas atrás en que trasegó los seis bidones de gasolina, en pleno vuelo, sobre la boca del depósito. Y así, de repente, retumbó el silencio.
Miró instintivo el altímetro; estaba sobre el “techo” de los 2 700 metros y no, aquello no era una broma; el motor Le Rhône simplemente se había parado. Un precepto fundamental: sin gasolina los nueve pistones de la máquina permanecerían inmóviles dentro de sus camisas de acero.
—¡Yajúuu! —gritó entonces.
Estaba por cumplir con la primera ley de la aeronáutica… si tocaba mar sería un náufrago de tantos, y si tierra, un esqueleto fracturado. Sacó la botella de bourbon y empujó dos tragos contra su garganta.
Con la hélice paralizada, Roy hizo esfuerzos por dominar a pulso el vuelo libre pues aquello era un descenso ciego. Se imaginó como un ave muerta en busca del reposo. “Después de todo”, pensó, “nadie es eterno”.
El viento era cada vez más agresivo, silbaba contra las riostras del fuselaje, no ofrecía más que una visión vertiginosa en tono gris. Fue entonces que Ángel Colombo Roy alzó el trombón que llevaba estibado bajo el asiento y comenzó a tocar desatinadamente. Eran fragmentos de distintas melodías, imbricadas sin ton ni son, pues estaba visto que jamás sería un buen músico… y menos a partir de ese momento. Era simplemente un pájaro feliz cantando el himno del Sol cuando la primera luz.
“¡Tuuuuúhhh, tuóoooohh, tuíiiiiiiiih!”
De pronto ocurrió el milagro. Ahí estaba, apenas visible, la divina textura del suelo terrenal.
Sobre la playa barrida por el viento, el Bristol Scout describía piruetas locuaces de posicionamiento, igual que una golondrina borracha.
Neguib abandonó el cadáver del gato. Ya tendría oportunidad la tía Susana de medio matarlo a palos porque esa aparición no podía ser el arcángel San Miguel anunciando el Juicio Final. Avanzó varios pasos, presa aún del embeleso, pues aquella silueta celeste era demasiado material. Y encima que tenía alas.
—¡Un avión, Neftalí! —celebró el muchacho cuando el berrido metálico cesaba—. ¡Mira, un avión!
El grito parecía más para convencerse a sí mismo que para alertar a su primo, y encima que el aeroplano, castigado por el viento, parecía precipitarse contra las rocas donde yacían los despojos del papalote.
El aeroplano, sin embargo, superó el promontorio y volvió a remontar, suspendiéndose momentáneamente contra el vendaval y así, casi inmóvil, se posó en la playa.
Neftalí Abed permanecía desconcertado esperando que aquel ingenio guardase las alas, igual que las gaviotas al reposar en el rompeolas. El avión había aterrizado no lejos del zacatal donde descansaba su caballo y entonces, a través del vendaval, creyó escuchar un grito:
—¡Ángelo, querubín de alas quemadas…! —porque Roy había cumplido por fin su travesía.
El piloto de la Aero Navigation conservaba su instrumento sobre las rodillas. Afianzó los alerones, de modo que el viento no arrastrase el aeroplano, y al descubrir a los dos muchachos aproximándose recordó que él era un desaparecido más en mitad del Golfo.
—¿Dónde estoy? —los saludó en español acomodando el trombón bajo el asiento.
—Aquí es Palma Sola, señor —anunció Neftalí.
—Palma Sola, en Veracruz —precisó su primo.
—¿Veracruz? —exclamó Roy al desprenderse de los anteojos protectores—. ¿No estoy en Tampico?
—Eso queda a catorce horas —Neguib señalaba hacia el norte, donde la playa era un telón plomizo—. Catorce horas a lomo de mula.
—¿De dónde viene usted? ¿Se le descompuso la máquina? —preguntó Neftalí.
Roy se desabrochó la chamarra, arqueó la espalda:
—¿Estoy muy lejos de Veracruz? —contestó sin responder.
—A cuatro horas en carreta —señaló Neguib hacia el sur.
—O dos en automóvil —Neftalí tocó la cubierta de lona barnizada del fuselaje. “Y vuela”, se dijo—. ¿Viene de Monterrey?
—Sólo sé que perdí el rumbo.
—En Veracruz hay un aeródromo —Neftalí miraba al recién llegado con algo más que admiración—. Los aviones que había llegaron de Monterrey, pero todos se los llevó Obregón.
El piloto revisaba el plano cartográfico que había extraído de la chamarra. Quedó sorprendido. La turbonada que lo había extraviado le había obsequiado, igualmente, doscientos kilómetros de desplazamiento hacia el sur. De modo que el “norte”, paradójicamente, lo había salvado.
—¿Quién es Obregón? —preguntó.
—¿El general Obregón? —repitió sorprendido Neguib—. Pues quién va a ser… El general Obregón.
—Es el presidente —dijo una tercera voz detrás de los muchachos—. El presidente luego de Carranza, y antes de los rufianes que lo sucedan en el carrusel de ambición en que se ha convertido este país.
El inoportuno era un hombre delgado y descalzo. Una corbata color de lila tremolaba alrededor de su cuello.
—Permítame presentarme, señor aeronauta —le advirtió con la sonrisa—. Yo soy René Gálvez, servidor de usted y de la poesía.
Ayudándose con el caballo, los primos habían auxiliado a Roy en el arrastre del Bristol Scout. Cerca de ahí, parapetado tras una cabaña de pescadores, el biplano reposaba libre de las rachas del “norte”.
Roy se hospedó en casa de la familia Abed, donde debió esperar dos días hasta que el sol volvió a asomar. Asediado por el interrogatorio de los muchachos, había prometido que “oquei, algún día” los enseñaría a volar. Así que, apenas cesó el mal tiempo, adquirió varias latas de gasolina, lubricante y un bote de esmalte amarillo que entregó a los muchachos. Les encargó que pintaran el timón y la orla del fuselaje donde destacaba el número 2 y el emblema de la Aero Navigation Limited.
“Va a quedar como canario”, comentó Neguib, y a Roy no le pareció mala idea. Canario. Así bautizaron al avión quebrándole una botella de cerveza en el eje de la propela.
Una semana después Ángel Roy tornó a la playa para ultimar los preparativos del próximo vuelo. Un crepúsculo color ámbar parecía confundirse con el origen del universo. “El hombre es mortal, y sus sueños se van al limbo si no hay una acción de por medio”, se dijo. Nada lo debería detener, reflexionaba, cuando de nueva cuenta lo distrajo la voz del poeta Gálvez:
—¿De regreso al norte?
Roy miró extrañado al flaco poeta:
—Al norte no —respondió. “Los muertos no regresan”, se dijo al explicar—: estoy buscando a una mujer.
El poeta Gálvez hizo a un lado el cajón de madera que cargaba.
—Ay, señor… todos estamos buscando una mujer —y al acuclillarse a su lado, insistió—: Todos, siempre, nuestra madre, nuestra amasia, nuestra cómplice.
La corbata del poeta volvió a ondear impulsada por la brisa del mar.
—Y usted, ¿a quién busca? —preguntó Ángel Roy al abandonar el bote de grasa bajo el motor Le Rhône.
El hombre de rostro mustio se volvió hacia la rompiente del oleaje no lejos de ahí. Suspiró en silencio:
—Soy una persona descuidada. Un hombre en extremo olvidadizo —confesó—. Sé mi nombre por lo que dicen mis credenciales. Soy poeta porque los versos no me abandonan, las metáforas más inverosímiles —el tipo se acomodó en la caja de tejamanil—. Una tarde me descubrí paseando en el andén de Orizaba como si acabara de bajar del reino de los justos. Hasta ahí llega mi memoria. Dicen que repetía: “Rápido, que no nos alcancen”. ¿Pero quién me perseguía? ¿A mí y a quiénes más?… Eso no lo puedo precisar.
—Entonces, está perdido.
—Ay, señor… ¡Todos estamos perdidos! Un tanto perdidos, si así lo quiere ver —se rascó el entrecejo—. Entonces, ¿había perdido el tren que salía a México, o sólo soy un vendedor de pañuelos? Tampoco lo sé a ciencia cierta. Lo único real es mi amnesia y esta caja sin remitente.
—¿Qué lleva en la caja?
—¿Que qué llevo? —el flaco hizo a un lado su corbata y destapó el cajón—. Son pañuelos, señor del aire —dijo al mostrarlos—. Supongo que soy vendedor de pañuelos… y poeta, como dice este prontuario.
El sujeto extrajo un librito de la camisola que vestía, y con el golpe del sol en la nuca empezó a recitar:
Como un país demolido,
está el mar.
El mar ha naufragado
después de muchos siglos de inútil navegar.
Los puertos están anclados para siempre.
Baja un alto silencio sobre la Humanidad.
El mar ha naufragado
después de tantos siglos de loco navegar.
—¿Ya ve? —continuó sin quitar los ojos de la remota vastedad oceánica—. ¿Quién me dicta eso, de dónde lo invento, o dónde lo he leído?… Ésta es una tripa de imprenta —mostró el mazo de páginas— en la que no se apunta el nombre del autor. No lo sé. Debo ser poeta… por lo que me ocurrió el mes pasado, señor aeronauta. Iba muy quitado de la pena ofreciendo mi mercancía por la avenida Independencia, cuando de pronto un sujeto que viajaba en el tranvía asoma y grita desde la ventanilla: “Ey, poeta, ¿qué tal la musa? ¡Saludos a la señora!” Pero no lo pude alcanzar…
Gálvez se limpió una lágrima con la punta de la corbata:
—Y aquí me tiene a sus órdenes, señor del cielo —insistió mirándose las manos huesudas—. Es terrible esto. Saber que hay gente que es de uno, que lo necesitan a uno en algún sitio, que uno es alguien en alguna casa… ¿Cuántos hijos tengo? ¿Cómo se llaman? ¿Quién es mi mujer? Sólo Dios lo sabe.
—I don’t envy you at all —musitó Roy.
—Yo, la verdad… —el mercader de pañuelos se animó a continuar—. ¡De buena gana aviento la poesía que no sé quién diablos me dicta al oído! La incendio… a cambio de mi identidad. ¿De qué me sirven los poemas? ¿De qué sirve una puta rima, un verso hijo de la chingada, una estrofa de nada cuando uno es nadie y al mismo tiempo, cualquiera?
Roy miró compasivamente al canijiento Gálvez. Sospechó que él era, de algún modo, una réplica de su caso:
—Buscamos mujeres —dijo.
El hipotético poeta sonrió y se recompuso la camisa. Planchó la corbata con una palmada:
—Claro, estamos buscando a una mujer… Usted en su aeroplano, yo declamando estos remilgados poemas para descubrir alguna pista. O dejándome ver en la calle esperando que alguien me reconozca y reclame: “Olavarría, te está esperando Carolina para que lleves a los niños al colegio”. ¡Que me nombren, señor aeronauta! “Ezequiel, Pedrito, Rigoberto, Juandelachingada, Protasio, Baldomero Albarrán”, ¡carajo! Que me digan quién soy porque a lo mejor, quién sabe, soy el que atentó contra el Manco… y por eso íbamos huyendo en el tren de Orizaba.
—¿El Manco? —repitió Ángel Roy.
Al ponerse de pie, el poeta Gálvez sacudió la bastilla de sus pantalones. Acto seguido se restregó el rostro como quien sale del teatro a mediodía.
—Usted no conoce este país, señor aeronauta. Déjeme decirle que por acá hemos tenido una revolución, tres lemas, quinientos generales y un millón de muertos en las trincheras y los paredones. Así que uno más, o uno menos, le aseguro que no se notará.
—Algo he escuchado —se limitó a comentar.
—Ándese con pies de plomo —le confió con tono de compadre—. Ya se irá dando cuenta porque la feria de sangre aún no termina. Ayer se llamó Díaz, luego Madero, hoy Obregón y mañana quién sabe. La mitad del país celebra el triunfo de Obregón y sus huestes, la otra mitad lo quiere difunto, y mientras tanto la Revolución a gira y gira como carrusel de pirotecnia. Quién sabe a dónde vaya a parar todo esto… ¿Usted, querube sin alas, está con Obregón?
Roy no supo qué responder. En todo caso él estaba consigo mismo, era tejano y, en aquellas circunstancias, resultaba un entrometido. Había que hacer lo que había que hacer; lo demás ya se iría componiendo.
—Véndame tres pañuelos finos… para dama —le contestó.
Veintidós fueron las cartas remitidas a Mary Riff. De esa manera mataba el tiempo en el cuartel de Baton Rouge, no porque el aburrimiento acechara las calurosas tardes de aquel verano, sino porque al escribirle su amada era más que un recuerdo y podía imaginar el encuentro a orillas de un lago, como ocurre en las novelas.
Mary, sin embargo, se disculpaba. Advertía que era “técnicamente” incapaz de responder a ese alud de misivas pues se encontraba “muy ocupada con sus diminutos demonios” en la escuela del rancho Lyncott, además de que el infaltable quehacer apenas le dejaba tiempo libre. “No soy buena escritora de cartas”, aseguraba, pero Roy insistía con su tráfago epistolar.
“¿Cómo es posible que alguien se esfume así nomás luego de veintidós cartas?”, reflexionaba el piloto de la Aero Navigation cuando descubrió, ahí abajo, la mentada base aérea.
Aflojó el cable del acelerador y descendió en círculos alrededor del aeródromo, sólo que no había señales de vida. Tenía tiempo de sobra, además de los veinte galones de combustible en el depósito. Observó la sombra del aeroplano deslizándose por encima de las ondulantes palmeras.
“Veracruz al fin”, se dijo al disponerse a efectuar el aterrizaje a media marcha. Una vez recorrer la pista, se desplazó hasta el minarete de control y suspiró al cortar el circuito eléctrico. “Bueno, ya estamos.”
Varios kilómetros al sur, en el puerto, Mary debía estarlo esperando. El silencio volvía a apoderarse del páramo. Un silencio de bochorno y cigarras aturdiendo la tarde.
Roy se desprendió del casco y la bufanda. Empezó a sudar apenas inició el ascenso por la escalera interior del minarete. Una vez arriba columbró la extensa lastra color plomo del Golfo de México y, al pie de la torre, tres gallinas que picaban junto a la alambrada. Había un periódico abandonado en el piso. Era un ejemplar de El Dictamen fechado el 28 de noviembre de 1921, en cuyo titular se destacaba: “Mayor control político anuncia el presidente Obregón”. Vaya pues, se dijo, cuando en la distancia avistó un gusano de polvo que avanzaba a su encuentro. Había que bajar de nueva cuenta la escalera en caracol.
Minutos después tres personas descendían del auto. Una de ellas era un fotógrafo que, sin esperar palabra, disparó un fogonazo de magnesio cuando Roy apoyaba un pie en el estribo del avión.
—Soy el capitán Manuel López, director del Campo Aeronáutico del Golfo —se presentó éste, golpeando la visera del quepis—. ¿Origen y misión?
El piloto reconoció aquel requerimiento militar. Sacudió el polvo de sus botas. “Vengo de Tejas, estoy buscando a Mary Riff”, imaginó que respondería, pero contestó:
—Ésta es una misión especial del general Obregón —señaló el biplano a veinte pasos de ahí—. Le suplico, oficial, que no haga demasiadas preguntas.
—¡Misión secreta de Obregón! —exclamó el fotógrafo al disparar un segundo fogonazo—. Ya me llevé la de ocho columnas.
El capitán López no supo qué responder. Soltó el primer botón de su guerrera:
—Misión secreta… —repitió—. Es que el de usted es el primer aeroplano que aterriza aquí en muchos meses. Todos se los llevaron a México.
—Todos eran dos avioncitos —comentó el fotógrafo mientras buscaba un nuevo ángulo.
