Almas heridas - Lee Mckenzie - E-Book
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Almas heridas E-Book

Lee Mckenzie

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Beschreibung

AJ Harris necesitaba marcharse para no enfrentarse con el pasado, personificado por una belleza con herramientas de carpintero y botas de trabajo... que además resultaba ser la madre de su hijo. Pero el destino tenía otros planes para él porque, sin saberlo, AJ había contratado a la empresa de Samantha Elliott para que arreglara y vendiera la vieja casa de su abuela. Tendría que ocultar que hacía tres años había adoptado en secreto al hijo que Sam había abandonado. Con lo que AJ no contaba era con el vínculo que surgiría inmediatamente entre madre e hijo, ni tampoco sospechaba los motivos nada egoístas que habían llevado a Sam a renunciar a su hijo.

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Seitenzahl: 244

Veröffentlichungsjahr: 2013

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Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2011 Lee McKenzie McAnally. Todos los derechos reservados.

ALMAS HERIDAS, N.º 24 - diciembre 2013

Título original: The Christmas Secret

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con permiso de Harlequin Enterprises II BV.

Todos los personajes de este libro son ficticios. Cualquier parecido con alguna persona, viva o muerta, es pura coincidencia.

® Harlequin, logotipo Harlequin y Jazmín son marcas registradas por Harlequin Books S.A.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

I.S.B.N.: 978-84-687-3912-0

Editor responsable: Luis Pugni

Conversión ebook: MT Color & Diseño

Capítulo 1

El jardín de la abuela Harris era un lugar ideal para un niño y un perro. AJ Harris salió al porche con el café en la mano, justo a tiempo para ver cruzar el jardín a su hijo, seguido de cerca por el cachorro de Labrador color chocolate, bajo la atenta mirada de la niñera, Annie Dobson. Dejó la puerta entreabierta para escuchar el timbre cuando llamaran y se unió a ellos.

–¿Se va a tomar un descanso, señor Harris? –le preguntó Annie, sentada en una de las sillas y con una taza de té humeante en la mano.

–Es una de las ventajas de trabajar en casa, me puedo tomar un descanso siempre que quiera –aunque lo mejor era ser su propio jefe en lugar de un empleado más de su padre.

–¡Papi! ¡Estoy jubando con Hawshey!

–Jugando –le corrigió.

Su hijo dejó de correr y se tiró al césped, donde se echó a reír en cuanto el cachorro se le lanzó encima.

–¡William! No dejes que te chupe la cara –le advirtió Annie con firmeza pero amabilidad–. Ya has visto qué otras cosas chupa. ¡Piensa en todos esos gérmenes!

AJ se sentó junto a ella y dejó la taza en el reposabrazos de la silla. El niño y el perro volvían a correr de un lado a otro y la risa de Will animó a AJ más de lo que podría haberlo hecho ninguna otra cosa.

–Le agradezco que los haya sacado aquí a jugar –le dijo a Annie–. Los habría llevado yo al parque, pero los de la inmobiliaria llegarán en cualquier momento.

–A una vieja como yo también le viene bien un poco de aire fresco, y hace muy buen día para estar a finales de noviembre –explicó Annie antes de dar un sorbo de té–. Voy a echar de menos este lugar.

Él también. Sus primeros recuerdos y también los más felices de su vida eran de los momentos que había pasado allí. Odiaba tener que vender la casa, pero era lo mejor. Qué demonios, era lo único que podía hacer. La abuela Harris ya no estaba, así que la única familia que le quedaba en Seattle eran sus padres y no le habían vuelto a hablar desde que había vuelto del hospital con su hijo. AJ llevaba tres años con la sensación de estar conteniendo la respiración y rezando para no tener que enfrentarse al pasado.

Estaba deseando empezar de cero y para ello necesitaba el dinero de la herencia. Su hijo y él iban a empezar una nueva vida en Idaho, un lugar en el que ser «un Harris» no significaba nada, donde no corría el menor riesgo de encontrarse con su familia, ni con la mujer que había sido tan egoísta de abandonar a su hijo.

Pero la principal razón por la que quería irse de la ciudad era William. Un cuento que habían leído hacía poco había hecho que empezaran a interesarle las madres y dentro de unos años empezaría a preguntar por la suya y quizá quisiera verla. Era mejor marcharse ahora, antes de que Will fuera lo bastante mayor para plantearse preguntas sobre la mujer que lo había traído al mundo y antes de que se le fijaran en la memoria para siempre los años que había vivido en Seattle. AJ no tenía ni idea de lo que le diría cuando empezara a preguntar por ella, pero para eso aún quedaba mucho tiempo, o eso esperaba. Se prometió que sería la única vez que mentiría a su hijo, pero tendría que hacerlo. Ningún niño debía saber que su madre no lo había querido.

Will y él también iban a echar de menos a Annie Dobson, pero la niñera no tenía el menor deseo de mudarse a las afueras de un pueblecito de Idaho, lo cual era de entender. Además, probablemente había llegado el momento de que pensara en jubilarse.

El timbre de la puerta le hizo volver al presente.

–Yo me quedo aquí con William y con el perrito para que no los interrumpan –se ofreció Annie.

–Gracias. Cuando termine con los de la inmobiliaria la relevo un buen rato.

Le había hablado de aquella inmobiliaria el editor de una revista que le había comprado un par de artículos. AJ se había reunido a principios de aquella semana con una tal señorita DeAngelo que lo había impresionado de tal modo con su eficiencia que la había contratado allí mismo. Esa mañana iba a llevar a «su equipo» para que examinara la casa. La centenaria casa de estilo Craftsman de su abuela estaba ubicada en el prestigioso barrio de Queen Anne y tenía unas magníficas vistas del lago Union, pero, tras años de abandono, eso era todo lo que tenía. La señorita DeAngelo, no conseguía recordar su nombre, le había asegurado que su empresa haría los arreglos necesarios. Incluso iban a ayudarlo a decidir qué hacer con todas la pertenencias de su abuela.

Cruzó el comedor y el salón, pasando por décadas y décadas de muebles y enseres, algunos antiguos y otros no tanto, y llegó al recibidor. Al abrir la puerta se topó de golpe con el pasado.

Allí estaba Samantha Elliott, la madre de Will, la mujer cuya traición jamás podría olvidar ni perdonar. AJ se vio invadido por multitud de emociones. Resentimiento, recelo, indignación, pero la más intensa de todas era el miedo. Llevaba tres años sintiendo sobre los hombros la pesada carga de guardar aquel secreto y ahora que estaba tan cerca de escapar de Seattle y del pasado, el destino había puesto en su camino a la única persona que podía arrebatárselo todo. ¿Por qué?

–¿AJ? –su sorpresa era tan grande como la de él. Dio un paso atrás y comprobó el número de la casa y la dirección que tenía en el documento que llevaba en la mano.

¿Sería posible que se hubiera equivocado de casa? ¿Que el destino le hubiese gastado una broma cruel?

–Sam –AJ se arrepintió inmediatamente de haber dicho su nombre en voz alta porque eso convertía en realidad su presencia y él quería que solo fuese una alucinación–. ¿Qué es lo que quieres? –odiaba tener que preguntárselo, pero debía saberlo.

Ella le dio una tarjeta en la que se leía:

¿Quiere vender su casa?

¿Desea hacer un buen negocio en el competitivo mercado inmobiliario?

Llame a Samantha Elliott de READY SET SOLD

1-800-555-SOLD

www.Ready-Set-Sold.net

Era idéntica a la que le había dado la señorita DeAngelo, solo cambiaba el nombre.

–Soy una de las propietarias de la Ready Set Sold y nos han contratado para que vendamos esta casa.

El miedo de AJ se quedó en nerviosismo. Era obvio que no conocía su secreto, que no era eso por lo que estaba allí.

–Es la casa de mi abuela. O más bien lo era. Me la dejó al morir.

–Ah, lo siento. Lo de tu abuela, no lo de la casa –se volvió a mirar hacia la calle–. Yo... tenía que reunirme aquí con mi equipo, pero supongo que he llegado pronto. Puedo esperar... –justo en ese momento se oyó la puerta de un coche y Sam volvió a mirar hacia atrás con alivio–. Estupendo, ahí está Claire.

Eso, Claire. La mujer que había conocido a principios de semana se acercó a la casa y subió los escalones del porche con seguridad, a pesar de los tacones que llevaba. AJ se fijó en que Sam llevaba botas de trabajo, seguramente con la puntera reforzada de acero. Igual que su corazón.

–Señor Harris –lo saludó Claire, tendiéndole la ma-no–. Es un placer volver a verlo. Veo que ya conoce a nuestra carpintera, Samantha Elliott. Kristi Callahan, nuestra decoradora de interiores, llegará enseguida.

–Llámeme AJ, por favor –le pidió mientras le daba la mano–. El señor Harris es mi padre.

La mirada azul de Sam se endureció al oír nombrar al viejo señor Harris. AJ no la culpaba por ello.

Una camioneta blanca que hacía un ruido infernal se detuvo frente a la casa y aparcó detrás del coche gris y de la otra camioneta que había ya allí. Los tres vehículos llevaban el logotipo de la inmobiliaria.

–AJ Harris, le presento a Kristi Callahan, nuestra magnífica decoradora –le dijo Claire en cuanto estuvo allí la tercera integrante del equipo.

AJ se sintió repentinamente abrumado. De pronto tenía la sensación de que había sido una mala idea. Por nada del mundo habría contratado a esa empresa de haber sabido que Sam era una de las propietarias. Debería haber mirado su página de Internet o algo así en lugar de dejarse impresionar por la profesionalidad y la eficiencia de Claire DeAngelo, que lo había hecho pensar que su empresa se encargaría de todo y él podría marcharse con su hijo con los bolsillos de dinero para empezar una nueva vida, muy lejos de la mujer que acababa de irrumpir en su vieja vida.

–Hoy solo vamos a echar un vistazo –le explicó Claire–. Una vez que lo hayamos visto todo, prepararemos una lista de todos los arreglos que hay que hacer y le presentaremos un proyecto de diseño completo.

Parecía todo muy fácil, pero no lo era porque ahora sabía la que iba a hacer todos esos arreglos era Sam.

–¿Empezamos? –sugirió Claire.

AJ miró a Sam otra vez y se sintió arrastrado por aquellos ojos dulces. Era muy hermosa y la odiaba por ello. Deseaba decir que no, que había cambiado de opinión y que tenía otro plan para vender la casa, pero la curiosidad lo impulsaba a decir que sí. Quería descubrir si había cambiado. Sabía que era peligroso, pero no había vuelto a sentirse tan vivo desde la última vez que había estado con ella.

Así pues, se echó a un lado y dejó entrar en su casa a las tres mujeres, permitiendo que Samantha Elliott entrara también en su vida de nuevo.

Samantha siguió a sus socias con cierta reticencia. Tenía que prestar más atención a la parte comercial del negocio. Si lo hubiera hecho, se habría enterado que las había contratado Andrew James Harris, de los Harris de Seattle, y habría podido impedirlo antes de que Claire firmara el contrato. La última vez que había trabajado para él la cosa no había acabado nada bien y aquel nuevo encargo también parecía ir rumbo al desastre.

No obstante, se aseguró que el pasado había quedado atrás y que AJ no podría descubrir jamás su secreto. La única persona que lo conocía era su madre y cualquiera que conocía a Tildy Elliott jamás lo creería; pensarían que era una más de las fantasías de la pobre Tildy.

«Todo va a ir bien», se dijo Sam. Además, Claire y Kristi siempre la respaldaban, así que, si la situación se complicaba, las convencería para que contrataran a otro carpintero que hiciera el trabajo. Tendría que contarles que había tenido un desastroso romance con AJ Harris, pero no tendría que contárselo todo.

Aún no se había recuperado del shock que había supuesto verlo abrir la puerta. Tres años antes había estado completamente enamorada de él y había llegado a pensar que estaban hechos el uno para el otro. Acostumbrada a pasarlo mal en la vida, a Sam le había resultado muy fácil identificarse con alguien tan misterioso y torturado como él. Lo poco que se habían contado el uno al otro sobre sus respectivas vidas había hecho que surgiera entre ellos una conexión muy intensa... o al menos eso había creído ella. Pero claro, él era AJ Harris, de los Harris de Seattle, y ella no era nadie. Algo que el padre de AJ se había encargado de hacerle ver con toda la crueldad posible y algo con lo que AJ había estado de acuerdo, puesto que había dejado que se enfrentara sola a las consecuencias de su aventura.

–Empecemos aquí mismo, en el vestíbulo –dijo Claire–. La ebanistería está en perfectas condiciones y nunca la han pintado. Es increíble. ¿Está así toda la casa?

AJ asintió

–¿Qué piensas, Kristi? Sé que ahora está de moda pintar las molduras de madera, pero me parece que el color natural le va mejor al estilo de la casa.

Kristi ya estaba haciendo fotos de todo.

–Estoy de acuerdo. Primero quitaremos el papel pintado de las paredes y luego les daremos una buena mano de pintura. Yo las veo en color marfil o en blanco roto... le daremos mucha más luz a la habitación y parecerá más grande. Vamos a cambiar todas esas alfombras pequeñas por una alfombra pasillera –bajó la cámara un momento–. Me encanta esa barandilla. En el mes que estamos, se me está ocurriendo decorar la casa con un aire navideño –dio una vuelta en redondo, como si estuviera imaginando el resultado–. Va a quedar impresionante, con lazos rojos y ramas de muérdago.

–Buena idea. ¿Qué se te ocurre, Sam?

Lo del aire navideño le parecía una tontería, pero prefirió no decirlo.

–Lo del papel pintado no supondrá ningún problema y también puedo poner otra lámpara. Esa no encaja con el estilo rústico de la casa.

AJ, con las dos manos hundidas en los bolsillos del pantalón, levantó la mirada al techo y examinó la lámpara como si fuera la primera vez que se fijaba en ella. Después miró a Sam. Sus miradas se cruzaron y se quedaron mirándose el uno al otro durante un instante que bastó para despertar en ella un deseo que llevaba mucho tiempo dormido.

Eso no estaba nada bien.

AJ apartó la mirada, pero Sam sabía que él también lo había sentido. Y, a juzgar por el modo en que los miraba Claire, también ella se había dado cuenta. Estupendo, seguro que sería uno de los asuntos del día en la reunión semanal que debían celebrar al día siguiente. Sam no tenía por qué contárselo todo, solo que su nuevo cliente y ella habían tenido una breve aventura que había terminado con una desagradable ruptura.

Kristi estaba tan concentrada en lo que veía a través de su cámara y en la feísima lámpara del techo que era completamente ajena a todo lo demás.

–Está habitación ya está –anunció la decoradora.

Con las manos temblorosas, Sam tomó nota en su agenda para acordarse de buscar alguna lámpara de estilo rústico en el almacén. Había encontrado varias el año anterior en una casa que iban a demoler y quizá alguna encajara allí.

–El comedor y el salón podemos verlos más tarde –dijo Claire–. Vamos a la cocina, que, por lo que recuerdo del otro día, es donde más trabajo vamos a tener junto con el cuarto de baño de la planta de arriba.

Qué suerte la suya, pensó Sam. Los baños y las cocinas eran lo que más se tardaba en arreglar, por lo que iba a tardar bastante en hacer aquel trabajo. Lanzó otra rápida mirada a AJ y pudo ver un destello de pánico en sus ojos. Vaya.

Parecía que tenía algo en la cocina que no quería que vieran y Sam no tenía ninguna duda de que era algo más que un fregadero lleno de platos sucios. Pero Claire ya estaba en camino, así que todos los demás la siguieron.

Sam se quedó la última e intentó olvidarse de AJ mientras examinaba la habitación. La cocina no era ninguna maravilla, pero tampoco estaba mal. Los armarios eran un poco antiguos, pero nada que no se pudiera arreglar con una mano de pintura y unos tiradores nuevos. Los electrodomésticos eran relativamente nuevos, pero la encimera de motas doradas y el recubrimiento plástico del suelo eran típicamente setenteros. Esas dos cosas habría que cambiarlas.

Kristi ya estaba haciendo fotos.

–Hay demasiadas cosas –dijo, luego bajó la cámara y sonrió a AJ–. Lo siento, pero con tantos frascos y utensilios de todo tipo la habitación parece mucho más pequeña de lo que es. Queremos que, nada más entrar, los posibles compradores se imaginen aquí desayunando tranquilamente y no que piensen que sus cosas no van a caber.

AJ se encogió de hombros.

–Todo esto era de mi abuela. Yo lo habría quitado todo, pero no sabía muy bien qué hacer con ello.

Kristi volvió a sonreírle.

–Para eso estamos nosotras –le dijo, en tono reconfortante–. Cuando terminemos, parecerá una cocina completamente nueva –agarró las cortinas de flores de la ventana–. De estilo vintage, pero en buenas condiciones –entonces vio algo en el jardín que le llamó la atención–. Qué niño tan encantador. ¿Es su hijo?

A Sam le dio un vuelco el corazón. ¿AJ tenía un hijo?

Capítulo 2

Sam tuvo que apoyarse en el marco de la puerta, abrumada por la rabia y el dolor. «Respira hondo», se dijo. «Solo tienes que respirar. Puedes hacerlo».

AJ respondió a la pregunta de Kristi con un movimiento de cabeza casi imperceptible. No miró a Sam al asentir, pero ella percibió el mismo pánico que había visto en él cuando Claire había sugerido que fueran a la cocina.

–¿Cuántos años tiene? –preguntó Kristi.

AJ siguió sin mirar a Sam, mientras que ella no habría podido apartar los ojos de él.

–Dos años.

AJ tenía un hijo de dos años. Lo que quería decir que debía de tener una mujer con la que seguramente ya estaba casado mientras se había estado acostando con ella. Había estado ocupado intentando dejar embarazada a su mujer mientras ella había tenido que tomar la decisión de buscarle a su hijo una vida mejor de lo que ella jamás podría darle.

Se le encogió el corazón mientras se veía invadida por los recuerdos. Entre esos recuerdos estaba la conversación que había tenido con el padre de AJ. James Harris le había dicho que tenía por costumbre tener aventuras con mujeres como ella y luego las abandonaba. Sam no lo había creído, pero Harris la había amenazado con dejarla sin trabajo si insistía en seguir viendo a AJ y después le había advertido que su madre debería estar ingresada en algún lugar.

Sam se había quedado atónita, sin comprender có-mo se habría enterado de lo de su madre, pero consciente de que era un hombre peligroso y malvado. Ella tenía una vida muy complicada y había creído que el estar enamorada haría que fuera algo más fácil.

Romper con AJ había sido sencillo. Él había recibido la noticia encogiéndose de hombros, igual que había hecho su padre cuando le había dicho que no pensaba encerrar a su madre en ninguna institución. De tal palo, tal astilla. Entonces no lo había creído del todo, pero ahora sí.

Un mes después había empezado a sospechar que estaba embarazada y, cuando por fin había tenido que afrontar los hechos y había decidido ir al médico, la gestación estaba más avanzada de lo que ella creía. No podía abandonar a su madre, pero tampoco podía permitir que su hijo creciera en el ambiente inestable y tenso en el que se había criado ella.

–Es encantador. Y el perro también es precioso –como de costumbre, Kristi no veía lo que ocurría delante de sus narices–. Es muy alto para su edad. Debe de haberlo heredado de su padre.

AJ parecía estar deseando que Kristi cerrara la boca. Igual que Sam.

–¿Y su esposa? –preguntó Kristi, que seguía sin notar la tensión–. ¿No le molestará que estemos aquí?

AJ miró hacia Sam, pero apartó la vista antes incluso de llegar hasta sus ojos.

«El muy cobarde», pensó ella.

–Pues... no... ella no vive aquí. Tengo una niñera que se encarga de... nosotros. Y de la casa. Ahora mismo está fuera con... Luego la conocerán.

Claire, a la que nunca se le escapaba nada, llevaba un buen rato observando las reacciones de Sam y en ese momento decidió hacerse con la conversación, lo cual fue un alivio para Sam.

–No sabía que tuviera familia –dijo–. Trataremos de molestar lo menos posible.

–No se preocupen por eso. Yo trabajo en casa, pero intentaré... intentaremos no molestar.

Sam seguía planteándose preguntas. ¿Lo habría dejado su mujer? No le extrañaría, pero sí que hubiera abandonado también a su hijo. Aunque, conociendo a los Harris, quizá no hubiera podido decidir libremente. También le había sorprendido que AJ trabajara en casa porque se suponía que iba a hacerse con el negocio familiar cuando su padre se retirara.

Sam se dio cuenta de que seguía con los ojos clavados en él mientras que él seguía evitando mirarla. Nunca lo había visto con alianza, pero eso no quería decir que no estuviera casado mientras había estado con ella. Pero, ¿a quién quería engañar? Nunca habían tenido una cita, solo se habían acostado juntos. Tras el ultimátum de su padre, Sam había supuesto que AJ había mantenido la relación en secreto porque, como su padre, la consideraba lo bastante buena para acostarse con un Harris, pero no para ser una Harris. No solo era un arrogante, sino que además estaba casado.

–¿Sam? –la voz de Claire interrumpió suavemente su desagradable viaje al pasado–. ¿Qué piensas de la cocina?

Por ella, podían prenderle fuego.

–Está claro que tendremos que pintar los armarios y cambiar la encimera y el suelo, además de la iluminación –tendría que examinar bien el fregadero, pero para ello tendría que cruzar la habitación y entonces estaría al lado de la ventana y... No, no podía mirar.

AJ tenía un hijo y ella no.

Hacía tres años había tenido que desprenderse de una parte de sí misma al dar a su hijo en adopción. Ni siquiera había podido permitirse el lujo de llorarlo porque había tenido que volver al trabajo para llevar algo de comer a casa y pagar las facturas médicas de su madre. Había afrontado la situación igual que lo había hecho siempre a lo largo de su vida: cumpliendo con sus responsabilidades y sin pensar lo terrible que era su existencia.

Pero lo de ahora... El saber que él tenía un hijo cuando ella había tenido que renunciar al suyo... era más de lo que podía soportar. Miró hacia la puerta de la casa y pensó si podría poner una excusa para marcharse. Podría decirle a Kristi y a Claire que tenía que ir con su madre y pedirles que terminaran la visita solas.

Pero fue AJ el que habló.

–Yo tengo trabajo, así que, a menos que necesiten algo, las dejo que sigan sin mí.

Claire, siempre tan profesional, respondió con rapidez.

–Claro, claro. No queremos robarle más tiempo. No tardaremos más de una hora. En cuanto terminemos, nos vamos. Lo llamaré mañana cuando tengamos las cifras y las fechas del proyecto.

AJ respondió con un movimiento de cabeza y una tenue sonrisa antes de salir de la cocina. Sam sabía que estaba evitándola deliberadamente y le daban ganas de lanzarle la cinta métrica. Unos segundos después, se oyó una puerta exterior y sus pasos en las escaleras. El trabajo que tenía que hacer era en el patio. Con su hijo.

Claire miró a Sam inmediatamente.

–¿Qué ha sido todo eso?

Sam sintió que las lágrimas le quemaban los ojos. «No llores», se ordenó. «No merece la pena».

–¿De qué hablas? –preguntó, tratando de hacerse la sorprendida, sin conseguirlo.

–No me vengas con esas. Está claro que entre el hombre de negro y tú ha habido algo en algún momento y es evidente que no terminó bien.

–Aquí no puedo hablar de ello. Luego os cuento.

Claire se acercó a darle un abrazo.

–Lo siento, querida. No tenía ni idea.

Kristi se unió también al abrazo.

–¿Vas a poder hacerlo?

Sam aceptó el cariño de sus amigas durante unos segundos, pero enseguida fingió un valor que no sentía.

–Claro que sí. No podías saberlo. Si prestara más atención a quién nos contrata, habría estado preparada.

Pero Claire no iba a dejarlo pasar tan fácilmente.

–Antes de Navidad siempre hay poco trabajo, así que nos iría bien hacer esto, pero si...

Sam negó con la cabeza.

–Nada de «peros». Vamos a aceptar el proyecto. Yo estoy bien. Lo que ocurre es que... no esperaba que fuera su casa y me ha pillado por sorpresa verlo, pero de verdad estoy bien. ¿Podemos terminar con esto e irnos de aquí cuanto antes?

–Claro. Vamos a ver el resto de la planta principal –dijo Claire–. Nos queda la sala de estar, el comedor y un pequeño estudio. Después iremos al primer piso.

A Sam volvió a acelerársele el corazón. En el primer piso estarían los dormitorios. El dormitorio de AJ. ¿Habría vivido allí con su mujer, o se habría trasladado allí con su hijo después de que se separaran? Daba igual. El caso era que ahora vivía allí y esperaba que no hubiera que hacer nada en su dormitorio, porque no pensaba poner un pie allí.

Media hora después, Sam estaba en la planta de arriba con Claire y Kristi, viendo el cuarto de baño. El suelo rosa y los azulejos del mismo color de las paredes hacían evidente que el baño había sido reformado en los años cincuenta.

Kristi se echó a reír.

–Es uno de los cuartos de baño más feos que he visto. Menos mal que los sanitarios son blancos, así tendremos que invertir un poco menos de dinero.

Sam pensó en el baño del apartamento en el que vivía con su madre; las juntas de los azulejos se caían a tiras y no tenía personalidad alguna; le gustaba más el que tenía delante. A su madre también le gustaría.

–No sé si deberíamos arreglarlo –opinó Claire–. Tendríamos que invertir tiempo y dinero y lo cierto es que este estilo retro tiene mucho éxito –agarró la muñequita de ganchillo que sería para guardar el papel higiénico–. Pero la verdad es que nunca he visto una casa tan abarrotada de cosas. ¿Cuántos artículos de ganchillo puede haber en una misma vivienda?

–He contado ochenta y siete solo en la planta principal. La parte positiva es que, si el cliente quiere deshacerse de la ropa de hogar, a muchas de las cosas podrá sacarle varios dólares –dijo Kristi.

Sam no creía que AJ sintiera el menor apego a las cosas de su abuela y Kristi tenía razón sobre la ropa blanca, pero no pensaba que a nadie le interesaran todos esos adornos de ganchillo.

–¿Qué piensas, Sam? –le preguntó Claire.

Lo que ella quería era que el proyecto les llevase el menor tiempo posible.

–Yo digo que lo dejemos como está. Seguro que con la magia de Kristi, queda precioso.

Claire echó a andar mientras tomaba notas.

–Me parece bien. ¿Vamos a ver las habitaciones?

–¿Cómo puedes hablar, andar y teclear al mismo tiempo? –le preguntó Kristi.

–¿Qué puedo decir? –respondió Claire con una sonrisa–. Supongo que es un don.

Sam siempre había admirado la capacidad que tenía su socia para hacer varias cosas al mismo tiempo y nunca había agradecido tanto su sensatez y su inteligencia para los negocios como en ese momento, porque sabía que trataría de hacerle más llevadera aquella odisea. Kristi tendía a hablar y a actuar sin antes detenerse a pensarlo bien. Pero era una persona que afrontaba todo con enorme entusiasmo y todo el mundo la quería por ello. O a pesar de ello. Juntas, pasarían la prueba y luego la vida de Sam volvería a la normalidad.

–Este parece el dormitorio principal –anunció Claire–. Y me da la impresión de que era el de la abuela.

–Más adornos de ganchillo y flores de plástico –gruñó Kristi.

Sam examinó la habitación.

–Voy a tener que dedicar todo un día a quitar el papel de pared y otro a pintar. Pero parece que el suelo de roble está en buenas condiciones.

Claire siguió tomando notas en movimiento.

–Este debe de ser el dormitorio de AJ –dedujo, e inmediatamente después miró a Sam.

Desde la puerta, Sam examinó la habitación a toda prisa y comprobó que estaba impoluta y que era muy austera en comparación con la de su abuela. Otro punto positivo era que las paredes no estaban empapeladas.

–Si la de la abuela tenía demasiada personalidad, esta no tiene ninguna –comentó Kristi–. Sé que es un hombre y que los hombres no suelen tener ni idea sobre decoración, pero este lugar es tan aburrido que dan ganas de llorar. Lo bueno es que aquí solo tendremos que pintar y poner cortinas nuevas.

Pues más valía que la habitación se pintara sola, pensó Sam, porque ella no iba a hacerlo. ¿Y si AJ había vivido allí con su mujer? ¿Y si esa era la cama donde habían concebido a su hijo?

–Quedan dos habitaciones más –las informó Claire–. Supongo que esta es la de la niñera.

Sam se enamoró de aquel lugar nada más verlo. La habitación de la niñera era sin lugar a dudas el lugar más acogedor de la casa. Aunque hacía un día algo gris, típico del mes de noviembre, en aquella habitación uno tenía la impresión de que hiciera sol. Resultaba incluso extraño, pensó Sam. El único ocupante del dormitorio era en ese momento un osito de peluche que había en una butaca amarilla junto al cuento Huevos verdes con jamón.